CAPITULO IV
VICEPRESIDENCIA DE LA REPUBLICA
(Gobierno de Mosquera)
Monumentos de la prosperidad a que llegó la nación en el gobierno
de Mosquera. - Oposición que desde un principio encontró.
|Libertad y Orden. - Conducta de Mosquera: su carácter. -
Dificultades que vence para empezar sus reformas.- Gravedad de
ellas, y temores que inspiran. - Auméntase el desagrado con el
nombramiento de don Florentino González para la secretaría de
hacienda. - Sus proyectos en el congreso. - Se posesiona el doctor
Cuervo de la vicepresidencia de la República. - Se encarga del
gobierno por ausencia de Mosquera. - Obras que lleva a cima. - El
plan de estudios de 1826, el de 1844 y el de 1847.
|El
Duende. - Crece la oposición al declinar el gobierno de
Mosquera; motivos para ello. - Conquistas de los principios
liberales y sus exageraciones. - Falta de continuidad personal y de
principios en nuestros partidos políticos. - Se consuman las
divisiones del partido dominante con la elección de presidente.
Candidatos: Gori, López, Cuervo. - Se propala que el último es
candidato de Mosquera. - Otros candidatos. - Periódicos que
Sostienen la lucha, y punto a que ésta se reduce. -Denominaciones
de los partidos. - Asonada del 13 de junio. - Resultado do las
elecciones. - Medios que adoptan los liberales para asegurar el
triunfo. - Sociedades democráticas. -Confianza de los
conservadores. - Se presiente y anuncia la coacción del congreso.
Primeras sesiones. - Junta en casa de don R. Santamaría. Sesiones
del 6 y del 7 de marzo. - El doctor Cuervo y Mosquera después de la
elección. - Redactan varios ciudadanos una protesta al congreso. -
Los lopistas y los goristas quedan aliados. Reflexiones sobre el 7
de marzo. - El fin del gobierno de Mosquera comparado con el fin
del de Santander.
En la historia moderna de nuestra nación ningún gobierno ha
promovido reformas más ostentosas que la administración del general
Mosquera de 1845 a 1849. Baste recordar que entonces se estableció
la navegación por vapor en el Magdalena y se inició el ferrocarril
de Panamá; se arregló la contabilidad pública; se renovó la
maquinaria de la casa de moneda de Bogotá y se amortizó la
macuquina, dando en cambio monedas de buena ley y bella forma;
recibió incomparable mejora el arte tipográfico, e ingresaron en la
biblioteca nacional millares de volúmenes escogidos en Francia e
Inglaterra por el escrupuloso y diligente ministro don Manuel María
Mosquera, entre ellos muchos libros españoles de importancia. A
pesar de su nombre presuntuoso y su plan poco acertado, el
Capitolio mismo, por el hecho de haberlo dirigido un arquitecto
inglés y de trabajar en él obreros europeos, sirvió de escuela
práctica para nuestros artesanos, que, perdida la tradición
española, ya no concebían cómo pudiera nadie hacer un arco.
Además, durante este período se comenzó bajo la dirección de un
ingeniero francés el camino carretero de Bogotá al Magdalena por la
vía de Siete Vueltas; y otros profesores también europeos de
indisputable mérito pusieron la enseñanza de varias facultades a la
altura de la ciencia contemporánea. El observatorio y los gabinetes
de física y de química se enriquecieron con instrumentos valiosos.
La instrucción pública llegó al apogeo en todos sus ramos: se fundó
el colegio militar en que se formaron ingenieros que figuran
todavía en primera línea; el seminario de ordenados de Bogotá,
correspondiendo a su elevado objeto, produjo sacerdotes que han
sido ornamento de la Iglesia granadina, y los jesuítas por su parte
siguieron dando no solamente santos que fueron a morir entre las
tribus salvajes, sino sabios que en las cátedras arrancaban
aplausos aun de sus más tercos detractores; del auge de la
Universidad no podemos dar idea mejor que valiéndonos de las
palabras con que José Eusebio Caro nos convida a visitarla, al
recontar los servicios hechos por el partido conservador a la causa
de la civilización: "Vamos a la Universidad: su arreglo, su salón,
su biblioteca, sus instrumentos parece que al doctor Ospina, al
doctor Cuervo, al general Mosquera se deben. Y ya que estamos en la
Universidad, no es malo recordar que una de las más grandes
libertades de la República, la libertad de enseñanza, se debe a la
administración Mosquera, y muy especialmente al doctor Cuervo, que
fue el redactor de la ley. Después de la libertad de conciencia no
hay una ley mejor"
|
(1)
.
Cualquiera pudiera imaginarse que tántos esfuerzos meritorios
fueran estimulados y coronados por el aplauso unánime de la nación.
Pero no sucedió así: rarísima fue la reforma que dejó de ser blanco
a censuras, quejas o inculpaciones violentas y hasta soeces; que
esta época no fue menos memorable por la poderosa iniciativa del
gobierno que por el choque de doctrinas, intereses y pasiones que,
derrocando al partido dominante, puso fin a una éra de orden,
libertad y progreso.
Los vencedores de 1841 apenas tenían otro vínculo que el de
haber vivaqueado juntos en defensa de la legitimidad; y no era el
tumulto de la guerra el campo más apto para que llegaran a una
fusión completa de principios o tendencias los liberales moderados
que no podían soportar se impusiese a la nación un presidente
arbitrario e inculto como Obando, y el vulgo de los bolivianos y
dictatoriales agrupados por su aversión a Santander. Desde los
primeros días del triunfo hubo ya discordancias en el congreso
sobre puntos capitales de gobierno, y todas las medidas de
conciliación adoptadas por el presidente Herrán lograron más bien
apaciguar a los vencidos que aunar a los vencedores. En la elección
de Mosquera apareció ya clara la división, pero el patriotismo por
una parte y las promesas de tolerancia y de progreso del nuevo
presidente, por otra, unieron en torno suyo los esfuerzos comunes.
Todavía el llamamiento de Borrero al ministerio (14 de julio de
1845) se recibió con aplauso como paso político que le alejaba de
ciertas gentes peligrosas que querían apropiársele por caudillo.
Sin embargo, esta calma no duró largo tiempo. A las publicaciones
de los facciosos vencidos vino a prestar apoyo el resentimiento
personal de uno de sus más furibundos perseguidores, don Alfonso
Acevedo, que, removido de su empleo, declaró al gobierno desaforada
guerra en un periódico titulado
|Libertad y Orden, cuyos
primeros números aparecieron por mayo de 1846. Lo violento del
ataque, afeado por un lenguaje descompuesto y por las más
indecorosas personalidades, desautorizó el periódico, aunque sirvió
de pernicioso ejemplo para que otros se dieran a buscar en todo
motivos de acusación y ocasiones de quitar fuerza moral al
gobierno. Mosquera, contra todo lo que se podía temer, guardó su
decoro, despreciando los insultos, y no desviándose de la conducta
que había prometido seguir. Cosa muy digna de considerar, porque
demuestra lo mucho que podían con él las ideas de las personas que
le rodeaban, y determina la responsabilidad que a otros ha cabido
en sus desafueros. Con una volubilidad pasmosa ha representado en
la historia del país dos papeles diametralmente opuestos: en 1845
llega al poder por el camino de la constitución, apoyado por un
partido que sólo aspira a la paz y al progreso; casi todos sus
amigos son hombres de ideas fijas que vienen trabajando por aliar
la libertad con el orden y el engrandecimiento de la patria con la
felicidad y mejora individual; mientras que el año de 1861, en la
segunda manera, como se diría de un pintor, se arrogó a punta de
lanza un poder omnímodo hollando toda ley divina y humana, y en la
atmósfera revolucionaria que lo circunda, sus nuevos partidarios,
enemigos la víspera, llenos de odio y ambición, lejos de contrariar
sus instintos dañinos y obligarlo a seguir por la senda del honor,
son humildes turibularios que lo desvanecen con sus zahumerios
hasta convertirlo en despreciable tiranuelo. Ni hay que pensar que
semejante cambio se verificase de un momento a otro y como por vía
de arte mágica. Mosquera siempre fue el mismo. Durante la primera
época dejaba a veces clarear las mismas ideas y tendencias que en
la segunda produjeron resultados tan desastrosos; sólo que las
morigeraban y templaban el respeto de la ley y los sentimientos que
dominaban en torno suyo. Veamos un rasgo que comprueba la identidad
de su carácter: en octubre de 1847 escribía desde Nare al doctor
Cuervo: "El año entrante va a ser fecundo en intrigas
eleccionarias, y es sin duda el campo que preparan los facciosos
para combatirnos. Yo moriré como artillero al pie del cañón, y no
me dejo cortar el pescuezo por Obando y compañía. Soy el mismo
hombre de 1840 y 1841 y con otros elementos que no tenía entonces.
¿Qué más he podido hacer para refundir los partidos y hacer marchar
el país? ¿Quieren buscar al bandolero de Berruecos por cabecilla?
Se perderán con él, y acabaré de purgar la tierra de sabandijas"
|
(2)
. No menos
aparece lo que podían las benéficas influencias de sus amigos en el
siguiente cotejo: recuérdese la manera feroz como trató a los
jesuítas luégo que tomó a Bogotá como dictador, y léanse estas
palabras que desde Santa Marta escribía al doctor Cuervo en 3 de
noviembre de 1847: "El 29 entré a esta ciudad, como verá usted la
relación de Murillo en
|La Gaceta Mercantil. Ha, como de
costumbre, tergiversado mis expresiones sobre el régimen municipal:
quizá haré rectificar mis ideas. Lo mismo sucede en cuanto a lo que
dice de antijesuíta, pues una cosa es decir que no soy jesuíta o
ser antijesuíta, porque claramente dije que no los perseguiría ni
lo permitiría, porque era necesario ser tolerante. Sin embargo,
cada cual tiene la libertad de decir lo que se le antoja, y allá
las beatas declamarán contra mí como quieran: mis hechos
decidirán."
A este carácter arrebatado y dispuesto a cualquiera
arbitrariedad se allegaban en Mosquera la pasión del mando, una
exagerada vanidad y un espíritu inquieto y revolvedor, avivado todo
esto por una imaginación fogosa y por aquella instrucción
superficial y embrollada que se nota en todos sus escritos. Así no
les faltaba razón hasta cierto punto a los que le creían peligroso
para el mando, y aun fue muy valida la especie de que una señora
que le tocaba muy de cerca dijo al saber su elección para la
presidencia de la República, que eso era como soltar un mico en un
pesebre (así llamamos los nacimientos que con muchas figuras se
arman por aguinaldos y nochebuena). Pero con todo eso, el más
apasionado no podrá negar que durante su gobierno comprobó Mosquera
la sinceridad con que prometió ser tolerante y procurar el progreso
y mejora de la nación. No le arredraron de este propósito ni los
graves empeños con que encontró el tesoro público, rastros todavía
de la pasada revolución
|
(3)
, ni la necesidad en que nos puso de
mantener un numeroso ejército en la vecindad del Ecuador. Fue el
primer motivo para ello la actitud agresiva que mostró para con la
Nueva Granada el gobierno provisional del Ecuador después de los
tratados de Virginia (17 de junio de 1845) y la expatriación de
Flores, hasta el punto de que nuestro encargado de negocios en
Quito pidió su pasaporte; situación que duró hasta el año siguiente
y se terminó con los arreglos celebrados por el general Herrán y
don Modesto Larrea. Aquietados apenas estos temores, sobrevino
nueva alarma con la noticia de la inicua expedición que bajo el
patrocinio de la reina Cristina empezó el mismo Flores a reclutar
en España y en Irlanda para recuperar el mando en el Ecuador,
susurrándose, con risible credulidad, que se atentaba contra la
independencia o a lo menos contra la forma republicana de otros
Estados de América; entonces fue menester agregar a la división que
con el general Herrán guardaba la frontera del sur y a las que se
hallaban en el centro y el litoral del Atlántico, la cuarta que se
creó para presidiar a Panamá.
La gravedad de las reformas que el nuevo presidente traía
proyectadas asustó a varios de los que él llamó como auxiliares de
su gobierno, por más que algunas fuesen conformes a los principios
de la buena economía. Pero veamos cómo refiere el mismo Mosquera
los primeros pasos de su administración en un escrito publicado en
El Día el 10 de noviembre de 1849:
"Cuando me encargué del poder ejecutivo el 1 de abril de 1845,
llamé a mi lado a los señores Márquez, De Francisco, general Gómez
y Ordóñez para que formasen el gabinete de mi administración. El
señor De Francisco se excusó por indisposición de su salud y lo
reemplacé con el general Borrero. El señor Ordóñez fue el primero
que se separó renunciando hasta por tercera vez, pues quería
conservarlo a mi lado, hasta que me manifestó que no podía llevar
al cabo mis ideas sobre la ley de exportación de oro y rebaja del
derecho de quintos, ni sostener el proyecto de ley de monedas ni la
mayor parte del sistema de contabilidad en que me ayudó el señor
Caro, y con cuyo objeto llamé a éste primeramente a la subdirección
de tesorerías y después a la contaduría general . . . Reemplacé al
señor Ordóñez con mucha dificultad, porque dentro de dos meses y
días se debía reunir el congreso. El señor Pombo aceptó la cartera:
este nombramiento, que no fue del gusto del vicepresidente señor
Gori, ocasionó un principio de desunión entre algunos individuos
que eran del mismo color político que yo, y se comenzó a hacerme
oposición en las cámaras y fuéra de ellas. Había injusticia en
esto, y la probidad y laboriosidad del señor Pombo le hacían
acreedor a mis distinciones.
"Al fin de las sesiones de 1846 se separaron todos los
secretarios, unos por una causa, otros por otras, y vime en la
necesidad de organizar de nuevo el ministerio entre los individuos
más decididos del partido que había combatido por mantener el
orden. Entonces llamé a los señores Osorio, Mallarino, general
Barriga y Calvo. Todos aceptaron; pero el señor Calvo, a quien
encargué el despacho de hacienda, se excusó antes de posesionarse;
entonces hablé con los señores Ospinas, Torices, Gutiérrez Vergara,
Martínez Escobar, De Francisco, Quijano y Arboleda para que lo
aceptasen, y todos con razones muy plausibles y amistosas se
excusaron. Hice entonces el nombramiento en el señor Arosemena, y
mientras respondía quedó la secretaría a cargo del subsecretario.
Excusóse, y tuve que hacer nombramiento, después de algunos meses
de vacante, para el importante empleo de secretario de hacienda.
Pensé en varios otros individuos, y al fin me decidí por el doctor
González; porque sabía que había apoyado en conversaciones
particulares el sistema que había adoptado sobre reformas
financieras. . . El doctor González trabajaba por la conservación
del orden social y me había manifestado confidencialmente sus
buenas ideas: condenaba los excesos revolucionarios de 1840, y
estaba identificado con los principios que me guiaban en la
administración: era el hombre que podía y debía llamar. Consulté la
medida con íntimos amigos míos, personales y políticos, uno de
ellos el general Herrán, y me la aprobaron."
Este negarse tántas personas entendidas a aceptar la secretaría
de hacienda, prueba bien que las reformas intentadas por el
presidente no contaban con la aprobación general; y cuando tomó a
su cargo el ponerlas en planta un hombre cuyos antecedentes
políticos no eran gratos en manera alguna a la mayoría del partido
dominante, y empezó a usar en defensa de ellas un tono dogmático y
presuntuoso como si nunca antes se hubiera oído hablar de
cuestiones de hacienda, se extendió el desagrado; y tanto mayor
cuanto la multitud de los proyectos hacia pensar a los tímidos que
nada iba a quedar en pie. Así para el congreso de 1847 se
prepararon, entre otros, el proyecto de ley orgánica de la
administración de la hacienda nacional; el de nueva organización de
la renta de tabaco; el de franquicia completa del istmo de Panamá;
el de monedas, complementario de la ley del año anterior, y en que
se disponía la acuñación de piezas de a diez reales y la admisión
de monedas francesas, belgas y sardas; el de ley orgánica del
comercio de importación, que rebajaba los derechos, abolía el
derecho diferencial y sustituía al sistema protector y restrictivo
los principios del comercio libre; el de establecimiento de una
contribución general para los gastos del culto y abolición del
diezmo; el de conversión en renta perpetua, pagadera por el Estado,
de la deuda pública, de los censos impuestos sobre propiedades
particulares y del valor de bienes de manos muertas.
La oposición que se levantó en el congreso fue de lo más tenaz;
en los primeros días se rechazó el proyecto sobre franquicia del
Istmo, y el secretario González se separó del ministerio por causa
de esto. El presidente llamó sucesivamente para reemplazarlo a los
diputados que con más calor lo habían impugnado; no habiendo
aceptado ninguno, volvió González a tomar la cartera, y ostentando
su carácter de acero, no se separó de las cámaras, sosteniendo de
día y de noche sus proyectos, hasta que logró la sanción de la
mayor parte de ellos.
Hasta este punto llevaba Mosquera adelantada su empresa, cuando
subió a la vicepresidencia el doctor Cuervo
|
(4)
. Al contestar al presidente
del congreso la comunicación en que le participaba el nombramiento,
fijándole el 10 de abril como día en que había de posesionarse,
tuvo la satisfacción, que no a muchos de nuestros hombres públicos
sería concedida, de escribir estas palabras:
"Habiendo aceptado siempre sin vacilar los destinos públicos a
que se me ha llamado, desde juez de paz hasta presidente de la
Corte Suprema de Justicia, desde simple regidor hasta secretario de
Estado y desde catedrático de latinidad hasta director general de
instrucción pública, acepto también hoy con igual agrado la segunda
magistratura de la república, a que me ha elevado la mayoría
relativa de los electores y la mayoría absoluta de los
representantes del pueblo."
Por agosto del mismo año de 1847 dejó el general Mosquera la
capital con el fin de restaurar su salud, e hizo una correría por
Antioquia, de donde pasó a la costa del Atlántico, para arreglar
definitivamente el buen servicio de los vapores en el Magdalena.
Durante los cuatro meses de su ausencia lo reemplazó el
vicepresidente, guardando la mejor armonía con los secretarios de
Estado, quienes escribían al presidente encareciendo el tino y
actividad con que despachaba los negocios. Como era natural, no
sufrió ninguna alteración el orden que llevaba la administración,
demostrándose de este modo que eran las ideas y no los hombres los
que estaban gobernando, según expresión del mismo Mosquera. Pero
aun así, se dictaron entonces medidas muy del carácter del doctor
Cuervo. Se reparó la calzada de Puente Grande, en que no se había
puesto mano desde que él mismo la hizo construir siendo gobernador
de Bogotá. Se proveyó prudentemente a la disminución paulatina del
ejército permanente. Se procedió a llevar a efecto la ley del mismo
año sobre inmigración, tratando de subsanar en la práctica sus
inconvenientes, y usando de toda circunspección para lograr el buen
éxito de los primeros ensayos; era el punto más delicado, tanto que
Su Santidad protestó contra él, por la libertad que daba la ley a
los inmigrantes, de cualquiera religión que fuesen, para profesar
públicamente su culto; y con el intento de orillarlo se dispuso que
fuesen escogidos de pueblos católicos, designando como cualidad de
primera importancia la comunidad de religión
|
(5)
. Pero fue sobre todo la
educación lo que se llevó la preferencia: se preparó amueblé el
local del Colegio Militar para que pudiese sin falta abrirse el 1º
de enero siguiente; se estableció una cátedra de arquitectura
teórica y práctica a cargo del director de los trabajos del
Capitolio, y además se recabó del mismo que enseñase la albañilería
a dos jóvenes de cada provincia escogidos por los gobernadores y
auxiliados por el gobierno; y se mandó arreglar en el hospital una
sala de maternidad de acuerdo con la disposición del decreto
orgánico de las universidades dado el 14 de septiembre.
La importancia de este decreto demanda que nos dilatemos algo
más sobre él. Cuando se afianzó la paz bajo el presidente Herrán,
uno de sus primeros cuidados fue restablecer los estudios, que como
en otro lugar hemos visto, ningún esfuerzo había sido capaz de
levantar, gracias al defectuoso plan de 1826, "cuadro hermoso
(decía don Mariano Ospina) de los estudios que convendría hacer, en
que están doctamente detalladas las materias de enseñanza y hasta
los libros que debieran servir para darla; pero en el cual falta, o
es notoriamente deficiente, la parte que debía comprender los
medios de ejecución, el modo de hacer que los que debían enseñar
enseñasen, y que los que debían aprender aprendiesen"
|
(6)
. Estos
inconvenientes obvió el plan de 1842, sujetando las universidades a
un régimen severo, que contra los clamores de la pereza y la rutina
restauró los estudios y prometió grandes bienes para lo venidero;
notáronse, con todo, algunos vacíos y defectos que se hicieron
desaparecer en el famoso plan de 1844, obra del mencionado señor
Ospina, bajo cuyas saludables disposiciones se formaron tántos y
tántos jóvenes que después han brillado en todas las carreras.
Todavía la práctica descubrió otros lunares que fue preciso quitar
con decretos reformatorios y adicionales, particularmente siendo
secretario de gobierno el doctor J. I. Márquez en tiempo de
Mosquera. La creación del Colegio Militar, el creciente progreso de
las luces y sobre todo la experiencia, pidieron nuevas
alteraciones, con lo cual se hizo necesario reducir la obra a una
redacción uniforme y metódica, conservando lo vigente, omitiendo lo
derogado e introduciendo en sus lugares convenientes las adiciones
y variaciones anteriores y actuales. El doctor Cuervo tomó este
trabajo a su cargo, de que resultó el decreto orgánico de las
universidades, expedido por él mismo el 14 de septiembre,
congruente en todas sus partes, claro y sobre todo práctico. Nótase
particularmente el espíritu liberal con que estimula a cuantos se
dedican al estudio y a la enseñanza, abriendo las puertas a todos y
extendiendo por dondequiera la acción benéfica de un sistema
razonable de educación. Se aplaudió especialmente la preferencia y
particular protección que, volviendo a las tendencias del plan de
1842, se dispensaban a los estudios de literatura y filosofía y de
ciencias físicas y naturales, al paso que se ponían oportunas
trabas a las profesiones de médico y abogado, que con graves
inconvenientes se han facilitado siempre más de lo que piden las
necesidades públicas. Los religiosos quedaron muy agradecidos por
el aliento que recibían lo decaídos estudios de los conventos con
permitir que pudiesen entrar en el concierto universitario. En fin,
el plan del doctor Cuervo señala el punto a que llegó el desarrollo
de la educación pública en el régimen de los
|doce años, como
con escarnio lo llamaban los mismos que de todo lo que entonces se
hizo habían de dar la buena cuenta que después veremos.
La oposición tuvo por estos tiempos un refuerzo en el periódico
jocoso y satírico llamado
|El Duende, que merece especial
recordación por algunos artículos escritos con chispa y cierta
gracia local; pero como esto de decir donaires no es de todos ni de
todos los días, el papel dio en maldiciente. Al doctor Cuervo le
hizo el cargo de cobrar sueldo de presidente mientras estaba
encargado del poder ejecutivo; no faltó quien les diera en cuatro
líneas un tapaboca apelando al testimonio de dos de los principales
redactores que, como empleados en el ramo ejecutivo, debían estar
bien informados. Ya antes habían dicho que había sido necesario
llamar al presidente para que viniera a inventar recursos con que
atender a los gastos públicos, siendo notorio que se acababan de
pagar los intereses de la deuda pública, se cubrían con toda
puntualidad sus sueldos a los empleados, y se atendía a las mejoras
materiales, aun las de puro ornato, y esto sin acudir a medio
ninguno extraordinario. Pero basta y sobra para una publicación
destinada a divertir a los ociosos.
Como ya declinaba la administración, era natural que crecieran
los desafectos, y más después de un camino de reformas en que
hubieron de caer muchas rutinas, con agravio de sus defensores, y
alguna vez herirse intereses justos. Es peligro en que tropiezan
los reformadores el de deslumbrarse y no tener ni la mano tan
delicada que no corte más de lo debido, ni el ojo tan certero que
divise todos los daños e inconvenientes que pueden originarse. Nada
más razonable que la amortización de la macuquina, aquella moneda
de plata cortada y esquinada sin cordoncillo, que la gente de mala
fe iba cada día cercenando y deformando; nada más razonable que el
arreglo de las pesas y medidas; y sin embargo, no se pudo o no se
supo evitar que especuladores sagaces quisieran sacar provecho de
esto, y mucho menos que las mujeres se vieran en conflictos y
confusiones y renegaran del gobierno en los mercados y en las
despensas, dando ocasión a que sus amos y maridos se desquitaran
haciendo sus desazones arma de oposición. Por causas transitorias,
como las reformas aduaneras, se disminuyeron las entradas del
tesoro, y se dificultó algunas veces el pago puntual de los
empleados públicos; de donde se alzó el grito y se extendió el
aborrecimiento contra las reformas y las mejoras materiales. Hay
multitud de empresas que no pueden llevarse a cabo sino excitando
el interés de los particulares para que empleen en ellas sus
caudales; el político pobre y envidioso naturalmente se inclina a
pensar que estas combinaciones no se hacen sin que medie alguna
confabulación ilícita de que sacan buena tajada los gobernantes, y
en seguida se desboca contra el agio y el peculado. Cargos por este
estilo se hicieron contra los contratos de navegación en el
Magdalena y contra el establecimiento de factorías para extender y
enseñar el cultivo del tabaco, a fin de preparar el campo para la
abolición del monopolio. Cuando se aviva así el espíritu de
empresa, y se excita el interés individual, cosa que nunca se vio
en tánto grado como en esta época, comienzan a revolar en torno de
las arcas públicas aves de rapiña que acechan la ocasión de hacer
su presa, y entonces se pone a prueba, no ya la honradez, sino la
viveza del gobernante para no dejarles lograr el golpe. Así sucedió
a la administración del general Mosquera, como lo atestigua este
pasaje de una carta escrita por el presidente al doctor Cuervo
cuando estaba encargado del gobierno: "Tiene usted mucha razón en
quejarse de la falta de espíritu público y del empeño que hay en
explotar al tesoro nacional y engañarnos. Bajo estos dos puntos de
vista es que más he tenido que sufrir desde que me hice cargo del
poder ejecutivo."
Uno de los puntos en que anduvo Mosquera desacertado fue en lo
tocante a las rentas y propiedades eclesiásticas. Siempre se había
tropezado con los grandes inconvenientes que ofrecía la recaudación
y distribución de la renta decimal
|
(7)
, en su origen propio esencialmente de la
Iglesia y a que no se podía tocar sin previo acuerdo con ella. El
doctor Cuervo indicó en su
|Memoria de Hacienda (1843) una
combinación que cortaba muchas dificultades sin menoscabar en nada
los derechos eclesiásticos; pero en la época de que tratamos, el
gobierno propuso llanamente, según vimos arriba, la abolición de
los diezmos, reemplazándolos con otra contribución para los gastos
del culto. Esto y las medidas proyectadas con respecto a las manos
muertas y a los censos, asustaron al clero y a las conciencias
delicadas.
Con todos los errores y exageraciones que se quieran suponer y a
pesar de quejas y embarazos, ello es incontrovertible que el
partido que tenía por núcleo a los liberales moderados de tiempo de
Santander, había dado a la República tánta libertad, que más bien
era llegado el momento de recoger las riendas que de alargarlas.
|La Civilización, defensor el más vehemente de este partido,
se jactaba de haber demostrado que las más preciosas libertades que
entonces se poseían, aquellas que se habían conquistado en la Nueva
Granada y que no venían desde el gran congreso de 1821, habían sido
promovidas y sancionadas por él, "desde la libertad del oro hasta
la libertad de la enseñanza, desde la liberalidad de las tarifas de
correos y aduanas, hasta la ampliación mayor que entre nosotros se
hubiera visto de las libertades municipales"
|
(8)
. Ni paraba aquí la sed de
libertades: las aspiraciones exageradas de reforma social y
política que de Francia se difundían por todas partes, ejercieron
también su influencia en la Nueva Granada, y el liberalismo de
algunos miembros del partido dominante rayaba en radicalismo.
Cuando declamaban sus enemigos contra la constitución vigente, hubo
en él quienes dijeran: "Aceptamos las reformas, y las aceptamos tan
liberales, tan amplias, tan absolutas cuanto es posible imaginarlo.
Queremos el sufragio universal, la elección directa, la
elegibilidad de todos, la eliminación del presidente o rey
periódico, la ampliación indefinida de las libertades municipales"
|
(9)
.
Nuestra historia prueba que no existía continuidad personal en
los partidos políticos. De los que se opusieron a la dictadura de
Bolívar, o sea de los liberales de entonces, unos, como los que
acababan de redactar
|La Miscelánea, no habiendo tenido otro
móvil que evitar movimientos inconstitucionales, funestos en lo
venidero para la causa del orden, sostuvieron la legalidad contra
Urdaneta, fueron conciliadores con Caicedo y Márquez, lucharon
contra Obando y los supremos y siguieron adictos a los gobiernos de
Herrán y Mosquera; otros, exagerados y violentos, atentaron después
contra la vida de Bolívar, fueron perseguidores con Obando en 1831
y 1832, se rebelaron contra Márquez y continuaron su ojeriza con
sus sucesores. Entre los partidarios del Libertador los había que,
como Herrán, Restrepo y otros, sólo pensaban en aprovechar el
influjo y la experiencia de él para fundar una nación gloriosa, y
éstos vinieron a juntarse con los liberales moderados; pero también
los había que, no teniendo principios ningunos, se amistaron luégo
con sus perseguidores, y que, como Jiménez, Piñeres, Domínguez de
Hoyos, Beriñas y Melo, pasaron de santuaristas en 1830 a
ultraliberales en 1849 y 1850, y algunos a dictatoriales con Melo,
como antes lo habían sido con Urdaneta. En mala hora se les ocurrió
a los neo-liberales de 1849 repetir la cantinela de los
santanderistas llamando con el nombre de bolivianos a sus
contrarios e igualándolos con los secuaces de Urdaneta; ellos
rechazaron con energía ese calificativo, tan oprobioso para los que
alcanzaron la usurpación de 1830, como lo era el de melista en
1855; y lo rechazaban con tanto más fundamento, cuanto ellos se
jactaban de profesar solos el antiguo principio de sostener a todo
trance la legitimidad, el cual jamás fue grato a los bolivarianos,
que, enamorados de un gobierno personal, minaron la Constitución de
Cúcuta, impidieron que se diera otra en Ocaña, derrocaron la de
1830 y conspiraron contra la de 1832. "¡ Mentís! - les decía José
Eusebio Caro - ; entre los conservadores hay bolivianos, como los
hay entre vosotros, pero los conservadores no son los bolivianos. ¡
Mentís! Los conservadores de la Nueva Granada no pueden ser los
bolivianos de Colombia; los conservadores de 1849 no pueden ser los
bolivianos de 1828; los conservadores que no tienen, que no quieren
tener jefe, no pueden ser los bolivianos, que sólo vivían por su
jefe, que tomaban por nombre el nombre de Bolívar, de Bolívar, que
duerme, hace ya diez y nueve años, el sueño del sepulcro! Mentís!
No fueron los conservadores, pero ni siquiera fueron los bolivianos
los que se alzaron y derribaron el gobierno constitucional de 1830;
fue Urdaneta, fue Jiménez, fue Castelli, fue el Callao, fue la
facción venezolana de 1830. ¡ Mentís! Porque todos los hombres que
componían el gobierno constitucional de entonces (con excepción de
uno, el doctor Azuero, que ya ha muerto), han sido y son
conservadores: el doctor Alejandro Osorio, el doctor Ignacio
Márquez, y los generales París y Rieux, secretarios de Estado; el
general Domingo Caicedo, vicepresidente; pero sobre todo y sobre
todos, aquel varón eminente y respetable, aquel modelo de piedad
ilustrada y ferviente y de virtud pública y privada, el presidente
de Colombia, el señor Joaquín Mosquera. ¡Mentís! Porque al mismo
tiempo que nos queréis tratar de bolivianos, os obstináis en
suponer gratuitamente que el doctor Mariano Ospina es el jefe, el
padre, la piedra clave, la esencia y la necesidad del partido
conservador, que no tiene necesidades, ni esencias, ni piedras
claves, ni padres, ni jefes; y nombráis al doctor Ospina sólo para
insultarlo con el calificativo de conjurado liberal de 1828."
Tampoco es muy perceptible la continuidad en las ideas: si en el
gobierno conservador de Bolívar no se patrocinaron las malas
enseñanzas, sucedió lo contrario en el de Santander, todavía más
conservador en su política; y para que las ideas religiosas
lastimadas por el último viniesen a entrar en el credo de uno de
los partidos, fue menester que las doctrinas perniciosas que el
otro iba difundiendo arraigasen el convencimiento de que sólo con
la religión podían contrastarse. Santander, Soto, Azuero, se
creyeron siempre católicos y como tales murieron, mientras que no
podría asegurarse lo mismo de los que se tienen por sucesores
suyos. Aun en las comunidades religiosas se notaron estos
altibajos, como que los agustinos calzados, por ejemplo, tildados
de conspirar contra Santander, lo fueron también de muy afectos al
gobierno de López
|
(10)
.
Mucho hubiera sido que en circunstancias normales elementos tan
discordantes como se congregaron de resultas del triunfo de Buesaco
se mantuvieran tánto tiempo unidos; con los gravísimos problemas
políticos, económicos y aun religiosos entregados a la pública
discusión y con las aventuradas reformas que parecieron comprometer
la vida misma de la República, las antiguas divisiones se
ahondaron, y sobrevinieron otras nuevas que anunciaban para el
partido pronta e inevitable caída. La elección de presidente señaló
la hora en que, haciendo cada cual alarde de sus deseos y
pretensiones, se determinase una disolución completa, de que se
aprovechara un enemigo que sólo pensaba en reconcentrar todas sus
fuerzas para llegar al poder. Enumerando, por el orden en que
aparecieron, los diversos candidatos, trataremos de especificar las
tendencias que con más o menos claridad mostraban los grupos
principales. Mientras dura la representación del drama, suele ser
aventurado formar juicio de los personajes: no así pasada la
catástrofe, porque ella arroja una luz tal, que da relieve a los
incidentes, descubre los móviles de las acciones y revela los
quilates de los actores. Para tratar esta materia delicada no
aceptaremos las apreciaciones de los contemporáneos sin ponerlas al
toque de los sucesos posteriores.
Uno de los primeros candidatos presentados fue el doctor Joaquín
José Gori
|
(11)
. Era vicepresidente cuando Mosquera
llegó al gobierno, y tuvo con él muchos desagrados, particularmente
por el decreto de 22 de junio de 1846 en que se arreglaba el
despacho del consejo de gobierno. La constitución daba al
vicepresidente de la República la presidencia de esta corporación,
y en el decreto se decía que el presidente de la República podía
asistir a sus deliberaciones; Gori reclamó, juzgando invadidas sus
atribuciones, y se siguieron destempladas contestaciones, que
dieron mucho que hablar en el público. De manera que esta
candidatura parecía como un despique de todos los que en el partido
dominante malquerían a Mosquera. No era pues extraño que los
adversos al espíritu de reforma alabasen entre las cualidades de su
candidato la renuncia a toda innovación, y que mezquinamente
inclinados a no ver en cuantos frecuentaban el palacio sino un
enjambre de parásitos y agiotistas que desangraban la República,
creyesen que para gobernar no se necesita otra cosa que firmeza y
honradez, condiciones únicas que ensalzaban en su favorecido, como
señalando con el dedo la falta de ellas en los que gobernaban;
ultraje no merecido por un Pombo, un Osorio, un Ospina, un Caro, un
Mallarino, un González y tántos otros cuya reputación miramos hoy
como invulnerable. Todos convenían en que Gori era un abogado
respetable; estuvo en la Convención de Ocaña, y su nombre figura
entre los diputados de la minoría cuya separación cortó las
sesiones de esa asamblea; pero sin la parte que tuvo en el
juzgamiento de los conspiradores de septiembre y los violentos
ataques que por causa de esto le hizo
|El Cachaco, es muy
posible que no hubiera alcanzado la importancia que tuvo entre los
civiles que subieron al poder arrimándose a los liberales moderados
en 1837. Algunos arranques de entereza que tuvo siendo por breves
días gobernador de Bogotá, en lo más apretado de la revolución, le
elevaron a la vicepresidencia de la República. Reducido casi de
continuo al ejercicio de su profesión, no se halló en el caso de
mostrar sus aptitudes en el arte de gobernar, ni queda de él
documento por donde pueda formarse concepto de la extensión y
profundidad de su saber. Don Florentino González, que le trató en
el Consejo de Estado, le consideraba miope en política, ciego en el
conocimiento del mundo y en la marcha progresiva de la
civilización, y no veía en su decantada firmeza sino irascibilidad
y mal genio
|
(12)
.
Este núcleo fue creciendo con algunos artesanos a quienes se
acaloró exagerando los daños que les causaban las tarifas de
importación de artículos extranjeros, y con parte del clero, unos
asustados con los proyectos concernientes a diezmos y manos
muertas, y otros de menor nota, por cierto espítu de contradicción
al arzobispo, a quien desde un principio la oposición había tratado
de envolver en su odio a Mosquera. Estos voceaban que la ruina de
la Iglesia era inminente, que Gori iba a ser el nuevo Ciro que
devolvería los vasos al templo.
El partido vencido en 1841 había ido levantando cabeza poco a
poco, y teniendo representación en el congreso y uno que otro
periódico, hasta el punto de poder decirse que por este tiempo
estaba ya completamente organizado y dispuesto a contender con brío
en la próxima lid. Su natural caudillo, Obando, había procurado
fomentar siempre en los suyos el espíritu revolucionario, no
cesando de amagar con su venida; así desde 1846, al despedirse de
Chile, decía: "Nuevos sucesos favorables a la causa americana
verificados aun en el Ecuador, donde parecía eterna la tiranía
militar, me abren camino para regresar hasta los límites de la
Nueva Granada, confiando en que esta patria del heroísmo y de
sublimes virtudes ha de ser tan favorecida por el dios de la
libertad como recientemente lo han sido otras repúblicas que
también gimieron bajo el despotismo doméstico." Aunque le
representaban como víctima de una injusticia, era visto que no
podían valerse de su nombre para una lucha constitucional. En
consecuencia resolvieron cubrir sus principios anárquicos y sus
miras ulteriores con un nombre respetable, y echaron mano del
general José Hilario López, buscando en él más bien "una bandera
que un jefe". Pensaban sin duda que sería parte a embotar el temor
de ver en el mando a los revolucionarios de poco antes, el recuerdo
de los importantes servicios que presté después de la dictadura de
Urdaneta, la franqueza con que abandonó a Santander, su adhesión
constante a la causa de la legitimidad, guiado por la cual prestó
apoyo a Márquez, ofreció sus servicios desde Roma, donde era
ministro, al tener noticia de la revolución
|
(13)
; fue consejero de Estado
en tiempo de Herrán, en 1846 se brindó a ir a Pasto para transigir
las diferencias con el Ecuador, y aceptó luégo el nombramiento de
comandante general y jefe de la cuarta división destinada a
guarnecer el istmo de Panamá cuando la expedición de Flores.
Desgraciadamente, con todo su amor patrio, era López hombre de
pocos alcances, candoroso, y que perdía el seso en oyendo hablar de
libertad y democracia. El defensor más ardiente de su candidatura
fue
|El Aviso, periódico redactado por jóvenes inconsiderados
y faltos de tino, que desde un principio amalgamaron al insulto las
doctrinas sociales más disolventes. Y no fueron éstos, como pudiera
creerse, extravíos individuales: la mayoría del partido,
aplaudiéndolos, los hacía suyos; así fue que, contando por ese
tiempo don Florentino González con un número considerable de
sostenedores entre sus antiguos amigos políticos, que hubieran
querido verle presidente, le abandonaron no bien improbó, como era
justo, el asesinato del congreso de Caracas (24 de enero), que
|El Aviso ensalzaba como una gran proeza en servicio de la
libertad
|
(14)
.
Nada de esto sirvió para que los vencedores de 1841 sintiesen el
peligro que los amenazaba. La fracción que proclamaba a Gori y se
gloriaba de contar en sus filas hombres de todos los colores
políticos, era un grupo de descontentos, como si dijéramos de
protestantes, más bien que un partido impulsado por el amor de una
idea. Teniendo común con los revolucionarios, aunque por diversos
motivos, la aversión a Mosquera, casi no reparaba en lo que era
forzoso temer de ellos. La fracción que deseaba continuar, si bien
corrigiendo desaciertos y exageraciones, el camino de reformas
liberales por donde iba la nación, fue la menos activa en
aprestarse para la lucha; lo que debía suceder, porque no
pretendiendo sino la conservación de un bien conocido y
experimentado, le faltaban estímulos tan apremiantes como los
rencores personales, las ilusiones de los visionarios o el interés
de los revoltosos. Escogió por su candidato al doctor Cuervo, que
efectivamente representaba las antiguas tradiciones del buen
gobierno con que la nación había prosperado desde su nacimiento, y
a más de la iniciativa de todo progreso compatible con los recursos
del país, las seguridades de aquella libertad y tolerancia que
caben dentro de la civilización cristiana. El odio encarnizado que
desde 1841 le declaró Obando y de que dejó bastantes pruebas en sus
libelos, le hacía para los revolucionarios tan inaceptable como el
mismo Mosquera. Ya se concibe que la lucha inconciliable iba a ser
entre la candidatura de López y la del doctor Cuervo, pues los
sostenedores de Gori se decían dispuestos a amalgamarse con los de
la primera, sin pararse en sutilezas
|
(15)
.
Desde un principio se empeñaron los contrarios del doctor Cuervo
en propalar que era candidato del gobierno, y que se trataría de
imponerlo con manejos indebidos, todo para hacerlo inaceptable a
los descontentos; pero la verdad del caso es que nunca se apoyaron
sino en hablillas y rumores, sin poder presentar prueba ninguna de
la intervención que imaginaban; antes en ocasiones se mostraban
vacilantes e inciertos de si las simpatías del presidente se
inclinaban a Cuervo o a González. Dejando aparte el testimonio del
resultado, es oportuno decir que Mosquera desde mucho antes miraba
con buenos ojos la candidatura del primero, de modo que lo tardío
de su presentación arguye que no se ingirió en ella. Además carecía
de fundamento el suponer una absoluta conformidad de ideas y
sentimientos, cual debiera existir entre el presidente y el que
decían su favorecido. En los mismos días en que se empezaba a
trabajar con calor por su candidatura no sólo tuvieron desagrados
|
(16)
, sino
que en punto tan capital como la libertad del tabaco estuvieron en
completo desacuerdo, negando el doctor Cuervo su voto en el consejo
de gobierno a esta medida, que reputaba inoportuna. Sobre la parte
que él tuviera en las medidas del gobierno nos da luz el siguiente
suelto publicado en
|El Día (10 de mayo) y dirigido a los
editores de
|El Aviso: "Es falso que el vicepresidente haya
tenido parte ni conocimiento alguno de la remoción del señor José
Caicedo Rojas. El vicepresidente nunca asiste al despacho del poder
ejecutivo ni toma cartas en más negocios que en aquellos en que
conforme a la Constitución se oye al consejo de gobierno, al cual
concurre cuando el respectivo secretario de Estado lo cita por
escrito."
Como si el tener dos candidatos no fuera ya prueba suficiente de
la desorganización del partido que estaba en el poder, otros grupos
menos numerosos propusieron a don Mariano Ospina, que tuvo
partidarios sobre todo en Antioquia, y al general Joaquín Barriga,
el vencedor de Obando en La Chanca, que los tuvo dispersos en
muchas partes. Don Florentino González contó también entre sus
valedores miembros tan distinguidos del mismo partido como don Lino
de Pombo y don Julio Arboleda
|
(17)
; y hasta López con las pomposas
promesas de buen gobierno que acompañaron el anuncio de su
candidatura, se atrajo el apoyo de bastantes personas juiciosas, o
por lo menos se captó tántas simpatías, que su elección no les
inspiraba temor ni repugnancia. El lector verá con gusto el
siguiente fragmento de una carta escrita en 26 de septiembre de
1850 por don Pedro Fernández Madrid a don José Eusebio Caro, en que
la genial sinceridad de su autor comprueba muchas de las
apreciaciones que llevamos hechas:
''Buscando siempre el
|juste milieu, en 1844 fui
cuervista; estuve opuesto a la elección del general Mosquera, y
disgustado de su administración, como que a ella, desde su alianza
con Florentino González, es a la que principalmente pueden
atribuírse y atribuyo los males que hoy sufrirnos. Durante la
última cuestión presidencial opiné por el doctor Gori, y ahogando
mis simpatías particulares, estuve absolutamente en contra del
doctor Cuervo en su calidad de candidato del general Mosquera. No
podía, pues, desagradarme mucho, ni me desagradó directamente, la
elección del general López, aunque siempre temí que no gobernaría
muy bien y que sucedería algo, aunque no tánto, de lo mucho que ha
sucedido"
|
(18)
.
Todas las candidaturas contaban con sus periódicos. Los más
notables fueron:
|El Aviso, ya mencionado, que con sus
doctrinas y con sus agresiones a los hombres que habían tenido
parte en el gobierno desde 1837, hizo brotar
|El Progreso,
defensor de la candidatura del doctor Cuervo; éste tuvo entre sus
redactores a varios jóvenes que hicieron ahí sus primeras armas,
como don José María Torres Caicedo y don Escipión García Herreros.
|El Día, donde se propuso a Gori, le sostuvo, ladeándose con
evoluciones ambiguas y tortuosas a López hasta el día de saludar
con júbilo su elección.
|El Antioqueño Constitucional estaba
por Ospina, y
|Nuestra Opinión, de Tunja, por Barriga. En
favor de González abogaba
|El Siglo, asentando que entre los
partidos extremos estaban los moderados, justo término medio,
representado por su candidato y de que la patria debía esperarlo
todo. Fuéra de éstos había algunos auxiliares, como
|La
América, de
|El Aviso;
|El Semanario, de Santa
Marta, de
|El Progreso;
|El Tío Santiago y
|El
Independiente, de Cartagena, de
|El Día.
|El
Nacional, escrito por valientes plumas, cuales la de don
Mariano Ospina y don José Eusebio Caro, propuso en sus primeras
páginas que en obsequio de la unión y para asegurar el triunfo, se
abandonasen todos los candidatos presentados por sus copartidarios
y se eligiese otro que llenase los deseos de todos. El pensamiento
fue sin duda desinteresado y patriótico; pero cualquiera lo
calificará de quimérico, en vista de la incompatibilidad de
pretensiones y tendencias de los diversos grupos y de la falta de
un interés político común que les hiciera necesaria la unión para
conservar el poder.
Parecerá singular que entre estos periódicos y los de los
revolucionarios ya organizados rara vez se discutieran programas
políticos o administrativos; pero es lo cierto que los últimos casi
no tenían otra preocupación que la de hacerse al mando, y por eso
las cuestiones más debatidas pertenecían a un orden muy diverso y
que entraban más bien en los confines de la moral.
|El Aviso
daba por justo y honesto cualquier acto que en su concepto
contribuyese al triunfo de la libertad o al bien del Estado,
calificaba de heroica la conspiración del 25 de septiembre, el
asesinato de Sucre y el acometimiento del congreso de Caracas; se
dilataba en probar que es lícito asaltar el poder público a punta
de lanza como se pretendió en 1840; y practicaba la más descarada
difamación contra todos los hombres públicos del partido contrario.
|El Progreso rebatió con la mayor energía tales doctrinas,
condenándolas como contrarias a la moral y a la causa de la
civilización; y todos los periódicos de los varios grupos en que
estaba dividido el partido dominante, estuvieron conformes en igual
reprobación y en declarar que, adictos a la legitimidad,
obedecerían a cualquiera de los candidatos que fuese
constitucionalmente electo.
El punto más importante, por el lado histórico, que se decidió
en los debates de la prensa, fue la apropiación de nombres para
cada partido. El calificativo de liberal había corrido con varia
fortuna desde los primeros tiempos de Colombia: entonces se
llamaron así los que defendían la Constitución contra la dictadura,
y se conservó en este sentido en los primeros días de la Nueva
Granada; la oposición de 1839 se apellidó
|progresista,
imitando a uno de los partidos de España, sin duda por no atreverse
a tomar para sí un nombre que con más razón correspondía a la parte
civil de quien se habían apartado; al volver a la escena en la
época de que vamos tratando, conservó la misma denominación como en
memoria de sus antiguas tradiciones, pero la alargó diciéndose
|progresista liberal, para acabar suprimiendo el
|progresista y dejando sólo el liberal, a semejanza de lo que
entonces se hacía en Venezuela. Hecho curioso para los que estudian
la historia de las palabras, pues vemos aquí una que de haber
significado defensor de la constitución y del orden legal, pasó en
pocos años a denotar el revolucionario en principios y por
desgracia también trastornador del orden establecido. La naturaleza
de las tendencias con que apareció este partido sugirió a
|El
Siglo el nombre de
|niveladores, en cuanto pretendían
reducirlo todo a una igualdad arrasadora. Por los mismos días
apareció la denominación de
|conservador, tomada en su
sentido lato de sostenedor de los principios fundamentales de la
sociedad, contra las doctrinas inmorales y anárquicas que se
estaban predicando. El primer número de
|El Nacional (21 de
mayo de 1848) decía ya que su objeto era defender los intereses,
los derechos, los principios y las doctrinas del partido
conservador de la Nueva Granada. Este nombre fue generalmente
aceptado, salvo que el órgano de la candidatura de Gori lo
rechazaba a ratos, prefiriendo para los suyos el título de liberal
moderado, como para quedar lo menos lejos posible de los liberales
no moderados y poder confundirse con ellos cuando el caso lo
requiriera
|
(19)
. Primero está ser que ser libre; y los
que, sin haber tenido hasta entonces nombre que los calificase,
habían adquirido tan grande suma de libertad para su patria, bien
podían, por atender a la conservación de la sociedad civil, dejar
el de liberal a quien quisiera recogerlo.
El tercer domingo de junio debían empezarse las elecciones, y
cuando todos se aparejaban con más o menos ardor para la contienda,
sobrevino un acontecimiento a que en general no se atribuyó grande
importancia, pero que la tuvo muy funesta, pues allí se ensayaron
por primera vez los que habían de librar todas sus esperanzas en su
propia violencia y en la meticulosidad de quienes debían
contenerlos. Es el caso de que en el número 19 de
|El Aviso y
en el 11 de
|La América se reprodujo un artículo de
|El
Ecuatoriano de Quito, producción, según se decía, del señor
Espinel, que recuerdos tan poco gratos dejó en Bogotá, en el cual
se daba por cierto que el presidente Mosquera estaba confederado
con Flores y Páez para cambiar los gobiernos de las tres
repúblicas. El presidente acusó por medio del ministerio público el
escrito calumnioso, y declarado con lugar el juicio, se reunió el
jurado el 13 de junio. Desde el principio del acto comenzaron
algunos de los concurrentes, parciales de los acusados, a
interrumpir al fiscal con voces descompasadas, y cuando llegó su
turno a los defensores, que fueron algunos de los jóvenes
redactores de los periódicos inculpados, creció el alboroto,
provocado por aquella oratoria insultante o gerundiana que dentro
de poco había de enloquecer a las sociedades democráticas. Un
testigo nada sospechoso
|
(20)
refiere que llegó al local a tiempo
que don José María Vergara Tenorio, redactor de
|El Aviso,
hacía al presidente cargos temerarios; que en seguida habló uno de
los redactores de La América, explayándose sobre los temas de
libertad e independencia con toda la énfasis teatral con que en
otro tiempo se recitaban en el coliseo los monólogos de
|Catón y de
|Ricaurte. Aquí fue perder el seso el
auditorio, aquí hundirse el edificio con los vivas y palmoteos.
Quiso el juez sosegarlos con buenas palabras, y siendo éstas
ineficaces, amenazó con hacer dispersar la reunión; lo que dio
margen a que se burlaran de él y creciera el desorden. Terminada
con esto la parte pública de la sesión, el jurado, sin entrar a
decidir el punto que según la ley estaba sometido a su examen, es
decir, si se había cometido el delito de calumnia o no, se puso a
deliberar sobre la personalidad del fiscal, y pensando que no la
tenía, dedujo descaminadamente que la ley no le dejaba otro
arbitrio que absolver, con lo cual salieron libres y triunfantes
los acusados. Así leyes inconsultas dejaban a la merced del
atolondramiento de unos mozos y al arbitrio de un jurado imprudente
la honra del primer magistrado de la República, que en cierto modo
es la honra de la nación misma, y ponían a peligro la tranquilidad
exterior.
Exaltados con su victoria, los alborotadores salieron a la plaza
con gran tumulto y vocería, gritando unos: ¡Muera el traidor!
Otros: ¡Muera el tirano! En estos momentos llega Mosquera a palacio
de vuelta de un paseo, encuentra que la guardia ha cargado sus
fusiles, temiendo ser atacada, sabe cómo en vez de alcanzar
justicia, le han cubierto de oprobios, y al subir a su habitación
siente que llegan grupos y repiten sus gritos en frente de las
ventanas. Pensando que había estallado una revolución, se ciñe su
espada, vuela con la guardia al cuartel de San Agustín, y lleno de
enojo manda poner la tropa sobre las armas, resuelto a ir a la
plaza en busca de los amotinados. Mientras los militares, que no
creían en tal revolución, opusieron la inercia, llegaron el
arzobispo, don Florentino González y otras personas respetables que
le aplacaron e hicieron volver a palacio. La noticia de estos
sucesos cundió rápidamente por toda la ciudad, y como se hubiese
tocado generala, algunos malintencionados esparcieron la voz de que
se tocaba a degüello y que iba a haber una gran matanza. La
consternación y el espanto llegaron a su colmo: los comerciantes
cerraban sus almacenes; las placeras y campesinos que vendían
víveres los alzaban en el mayor desconcierto o los abandonaban
huyendo despavoridos; las mujeres corrían por las calles llorando
en busca de sus hijos y maridos; y al fin, la exaltación de unos,
la confusión de otros y la curiosidad del mayor número congregaron
en la plaza y calles circunvecinas un inmenso gentío. Entonces el
gobernador don José María Rubio, y el jefe político, don Fernando
Caicedo Santamaría, echaron un bando para tranquilizar la población
y ordenando que cada cual se retirase a su casa; para mejor lograr
la dispersión, el último se dirigió para el lado de Las Nieves,
llevando en pos de sí un gran número, que poco a poco se fue
disipando; el primero anduvo menos feliz, porque encanminándose a
San Victorino, se le apegaron los más acalorados, repitiendo sus
mueras e intimándole que volviese con ellos a palacio a notificar
al presidente que dejase el mando; y cómo él les dijese que aquello
era un disparate y que no debían pensar sino en irse a sus casas,
pretendieron llevarlo por fuerza; por dicha en esta brega logró
escabullirse y acogerse en una casa particular; los otros, viéndose
solos, desistieron de su intento. A las seis de la tarde todo
estaba apaciguado.
Las autoridades de la ciudad enviaron esa tarde un propio al
doctor Cuervo, que a la sazón se hallaba en Boyero, su casa de
campo, a dos horas largas de Bogotá, comunicándole que había habido
"una especie de asonada contra el presidente de la República, en la
cual se habían reunido más de cinco mil personas", y que aunque a
fuerza de prudencia se había logrado en parte disiparla, se temían
nuevos alborotos para esa noche, por lo cual le pedían que se
pusiese inmediatamente en camino para lo que pudiera suceder. Otras
personas de consideración dieron el mismo paso, comisionando al
efecto a un miembro de nuestra familia, con quien llegó el doctor
Cuervo a media noche; se apeó en palacio y en seguida se reunió el
consejo de gobierno.
Se hicieron algunas prisiones y se inició juicio contra los más
comprometidos; pero el 30 de junio se dio indulto y plena amnistía
en favor de todos los encausados o que pudieran serlo a
consecuencia de los hechos del 13 del mismo mes, y se sobreseyó en
los procedimientos incoados, inclusos los de injurias y calumnias
contra los que ese día ofendieron al presidente de la
República.
Es muy de creerse que las cosas hubieran llegado a tal extremo
si el juez que presidía el jurado deponiendo la falsa prudencia y
los miramientos indebidos, hubiera puesto a raya a los que iban a
meter ruido antes de estar acalorados y empeñado su amor propio.
Así procedió y con el mejor éxito don José María Malo Blanco en los
cabildos abiertos que se reunieron a fines del año, y en que la
minoría liberal pretendió estorbar las elecciones con discursos y
amagos tumultuosos.
Difícilmente puede darse en una república más alto ejemplo de
respeto a la libertad civil que el que dio Mosquera acudiendo para
reparar su honra a las tramitaciones y contingencias de un juicio,
y sin embargo le llamaron tirano; prueba evidente de que los que
así procedían ignoraban lo que es libertad, y de que esos gritos
eran aspiraciones de almas enfermas o aullidos de pasiones
hambrientas. No tildará de temerario este juicio quien repare en
que muchos de los que vociferaban contra el magistrado respetuoso
de la ley, le alzaron por dictador a vuelta de pocos años y le
fueron mansos servidores.
Al paso que los liberales rejuvenecidos, cifrando en el triunfo
electoral todas sus esperanzas y alentados con la división de sus
contrarios, trabajaban como movidos por un solo espíritu, los
conservadores, quebrantados con las rencillas y emulaciones, no
podían obtener el resultado que correspondía a su notoria mayoría;
sobre todo los partidarios del doctor Cuervo, a fuerza de oír que
era candidato ministerial, cayeron en la imprudente confianza de
que el gobierno había de hacerlo todo; cosa muy acertada si se
tratase de un gobierno menos circunspecto y deseoso de dejar en
completa libertad las opiniones. Agregóse a esto el concierto
tácito con que liberales y goristas hacían mortal guerra a esta
candidatura. Podemos juzgar de lo que sucedía en otras partes por
lo que pasó en la provincia de Tunja, según lo describe en carta de
8 de agosto don Juan N. Neira, caballero de excelentes prendas
morales e intelectuales, sobre todo de un valor incontrastable y
adhesión tan sincera y firme a su causa, que en tiempo adelante
mereció ser contado entre los varones insignes que una muerte
violenta ha arrebatado al partido conservador: "Dos masas de poder
y de intereses nos han enderezado sus golpes: el fanatismo ciego y
el libertinaje desenfrenado; los clérigos a nombre de la religión
proclamaron a Gori, y a nombre de ella nos juraban exterminio; y
los lopistas se prometían volver a ensangrentar el suelo de la
patria a nombre de la libertad. Tres eclesiásticos merecen una
honrosa excepción entre los primeros, a saber: Severo García,
Barrera y Calderón; y por fortuna han recibido sus esfuerzos un
espléndido premio.''
Terminadas las elecciones, ningún candidato obtuvo la mayoría
requerida por la ley, y tocaba al congreso perfeccionar la elección
entre los tres que mayor número de votos habían obtenido, y que
fueron: López 735, Gori 384 y Cuervo 304
|
(21)
. Entre los demás
candidatos conservadores completaron 207 votos, de modo que la
mayoría fue evidente en el partido, y de haberse cargado todos a
uno solo, como lo hicieron los liberales, la superioridad hubiera
sido considerable.
Pendiendo ya del congreso la decisión de este debate, entraron
los partidos a conjeturar y recontar los votos de que podían
disponer. Los goristas, los primeros, juzgaron perdida su causa por
este lado y empezaron a inclinarse más y más a López; y desechando
con mayor claridad la clasificación de liberales y conservadores,
declaraban ser el justo medio entre los dos extremos, con lo cual,
en caso de no atraer a su candidato uno de los otros dos bandos,
podrían imponer condiciones, como árbitros que eran. Esto, por de
contado, no se entiende sino de los directores, pues la masa de la
parcialidad, obedeciendo al primer impulso y a las ideas que se le
habían imbuido, permaneció del todo ajena a estos manejos. La
cuestión entre los otros dos candidatos estaba en balanzas, y los
partidarios de López calculaban que, aun siendo ciertas las
esperanzas que daban los directores del bando gorista, no debían
esperar que todo él siguiera ciegamente lo que se pactara, y que
podían quedar vencidos con sólo que disintieran tres o cuatro de
los que le representaban en el congreso. Viéndose tan cerca del
triunfo, no pudieron consentir en que se les escapase de las manos,
y se determinaron a emplear todos los medios posibles para
asegurarlo. Amenazaban con un alzamiento para el caso de que el
congreso no eligiese a su candidato, y la actitud que tomaban en
las provincias hacía recordar los preludios de la revolución de
1840; como para abonar la justicia de su causa, hacían correr por
toda la República que López contaba en el congreso con cuarenta y
ocho votos, y que si no era elegido, se debería a malas artes del
gobierno. Pero el medio más eficaz parecióles la fundación de
sociedades a donde atraer a los artesanos y a los jóvenes de los
colegios para imbuirles las seductoras doctrinas socialistas de que
tánto se hablaba, y sacar de ellos prosélitos fanáticos capaces de
intentarlo todo y sacrificarlo todo por su causa. Hecha esta
iniciación, les inculcaban que ellos únicos constituían el pueblo
soberano, árbitro de la nación. Así tenían a la mano un núcleo de
gente resuelta, por si llegaba el caso de emplear la fuerza. Tal
fue la sociedad que se llamó
|Democrática en Bogotá, tales
los primeros
|democráticos.
El pensamiento de valerse de estas sociedades como de
instrumento político no era nuevo en ellos: durante el gobierno de
Márquez se fundó en Bogotá la sociedad democrática republicana, y
se enviaron emisarios a las provincias con el fin de propagarla; y
aunque en algunas partes, como en Tunja, se instaló con mucha
algazara y brindis a la libertad, no correspondieron a las
esperanzas de sus promotores. En 1845, a tiempo que se reorganizaba
el partido, se fundaron también sociedades en diversas partes y con
varios títulos, las que tampoco prosperaron, por faltarles un
elemento tan adecuado a remover las capas inferiores de la
sociedad, como la perspectiva de una nueva organización social en
que los poco favorecidos de la fortuna, serían por lo menos iguales
a aquellos a quienes siempre habían mirado con respeto o con
envidia.
El partido conservador, sin unidad de ideas ni de intereses
políticos, no pudo pensar en organizar otras sociedades análogas
para contrarrestar las del enemigo, como lo hizo después,
enardecido por el vencimiento y los ultrajes, fundando la Popular y
la Filotémica. La gente calmada miraba los fieros de los liberales
como efectos de exaltación pasajera, y contemplaba al gobierno con
la fuerza suficiente para atajar cualquiera tentativa de trastornar
el orden. El gobierno mismo se sentía vigoroso y seguro, y creía
cumplir con su obligación no tomando medida alguna represiva
mientras los exaltados no salieron del límite legal. La mayor parte
de la nación, viendo esta serenidad, descansaba en ella y aguardaba
como cosa fuéra de duda que el congreso, donde el doctor Cuervo
tenía la mayoría, le declarase presidente de la República.
A medida que se acercaba la reunión del congreso, crecían y se
determinaban los rumores de una coacción preparada por los
liberales. Ya hemos dicho que desde que se supo el asesinato del
congreso de Caracas, fue proclamado por ellos como acto heroico, y
después no se les caía de los labios el encomio de este atentado,
sobre todo cuando halagaban a sus parciales llamándolos pueblo
soberano y persuadiéndoles que nadie podía oponerse a su voluntad y
que toda era lícito para cumplirla. Dóciles a las lecciones de
|El Aviso, apacentábanse de continuo con imágenes de sangre y
de matanza, dando el crimen por virtud, con tal que se cometiese
con fines políticos. Así no es de admirar que proyectaran degollar
al doctor Cuervo si se declarase la elección en su favor
|
(22)
. Fue público
que se habían comprado cuantos puñales, pistolas, trabucos y
pólvora había en los almacenes de la capital; diariamente llegaban
de las poblaciones comarcanas bandadas de hombres desalmados para
refuerzo de los democráticos; a los diputados que iban llegando se
les notificaba que había brazos prontos para hacer elegir a López;
y como sello de todo, se agregaba que un ejército venezolano se
movía hacia nuestra frontera para prestarles apoyo.
Cuando unos, movidos por estos antecedentes, tenían por cierto
que el congreso sería teatro de una escena sangrienta, otros eran
menos pesimistas;
|El Nacional de 24 de febrero profetizaba
así lo que iba a suceder: "¿Qué será pues lo que en esta ocasión
intentará ese grupo? Intimidar con gritos y con demostraciones y
apariencias de fuerza y de violencia. Llevará sus seides a ocupar
la barra y las galerías, y a dar gritos insolentes y amenazadores,
esperando que haya diputados débiles y pusilánimes, que temiendo un
estrago, voten por el candidato de los agitadores. Habrá quizá
amenazas individuales, grupos que recorran las calles con el
intento de imponer a los tímidos, y otros actos semejantes." Y
agregaba: "¿Qué debe hacer el congreso en este caso? Hacerse
guardar cumplida y escrupulosamente
|todo el respeto y
veneración que se le debe; reprimir y hacer castigar pronta y
severamente hasta la más ligera falta que en ofensa suya se
cometa."
El día 1° de marzo se reunieron las cámaras y eligieron por
presidentes, el senado a don Juan Clímaco Ordóñez, y la cámara de
representantes a don Mariano Ospina; así pues los conservadores
pusieron en cierto modo su suerte en manos de los partidarios de
Gori, pues el señor Ordóñez, a quien correspondía presidir el
congreso, era uno de ellos.
El enlace de los acontecimientos permite suponer que si bien la
turba del partido liberal pudiera llegar a mancharse con sangre,
sus jefes procuraron probar si bastaba con la intimidación. El 13
de junio había hecho ver que por más que el presidente Mosquera
quisiese emplear la fuerza para ahogar un motín, no faltarían
quienes lo contuvieran, y esto era ya una premisa de mucha
significación. Además que, como ellos no cometiesen en la calle
ningún desafuero, estaban seguros de que la fuerza pública no
invadiría el local del congreso si éste no la llamaba. El 2 de
marzo acudieron en gran número los democráticos a la cámara de
representantes e insultaron groseramente a los conservadores que
tomaron la palabra: el presidente Ospina por primera y segunda vez
los excitó inútilmente al orden; quiso hacer despejar el recinto, y
al efecto ordenó al secretario pusiese una comunicación pidiendo el
auxilio de la policía, y éste no se atrevió a hacerlo; llamado el
gobernador de la provincia y requerido para que formase el sumario
y promoviese el enjuiciamiento de los culpados, se contentó con
suplicar a éstos que se retirasen. Este amago del presidente,
frustrado por la indecisión de la cámara y las contemplaciones de
la autoridad política, enseñó a los alborotadores qué era lo que
podían temer y los alentó para mayores hazañas.
A todo esto el senado, queriendo cortar las maquinaciones que
acaloraban los enemigos del orden, invitó desde el día de su
instalación a la otra cámara para que al siguiente se reuniesen en
la iglesia de Santo Domingo, a fin de proceder a los escrutinios y
hacer la elección de presidente de la república; mas la cámara no
vino en ello. Reiterada la invitación el tres de marzo e indicado
al efecto, no ya Santo Domingo, sino el salón en que se reunía la
cámara, segunda vez se negó ésta. Los liberales, sobre todo, cuyos
planes se desmoronaban con el cambio de local, amenazaron con no
concurrir si se efectuaba tal designio. Estas discordancias
sugirieron la idea de convocar a los diputados conservadores para
una junta que se verificó en casa de don Raimundo Santamaría el 4
de marzo; en la cual después de inútiles tentativas para que
conviniesen todos en votar por un solo candidato, uno de los
concurrentes expuso circunstanciadamente y asegurando saberlo de
ciencia cierta, el plan concertado para arrancar la elección de
López. Los hechos comprobaron la verdad del anuncio; pero, como
sucede a los hombres honrados, hubo allí muchos que no creyeron
posible tánta maldad, y aunque para llevar a efecto el crimen era
base que el congreso se reuniría, como era costumbre para
semejantes casos, en la iglesia de Santo Domingo, la junta no quiso
admitir cambio alguno en el particular, y se limitó a convenir en
que las cámaras se reunirían el día 6 y que los presidentes
tomarían las medidas oportunas para la seguridad de los
diputados.
Al efecto rodeóse el recinto en que debía reunirse el congreso
con una barrera que, dejando un espacio conveniente, impedía que
llegaran los concurrentes a rnezclarse con los diputados, lo cual
era, según estaba denunciado, uno de los medios que había de poner
la libertad y aun la vida de de éstos a merced de las turbas.
Comenzada apenas la lectura de los registros, la interrumpió el
senador Mantilla para exponer con descaro inconcebible que no
oyendo perfectamente el pueblo soberano todo lo que se leía, la
sesión era secreta, y por tanto el congreso estaba infringiendo la
Constitución y de hecho invalidando la elección misma; y después de
otras impertinencias encaminadas a deprimir el congreso y adular a
sus partidarios, acabó pidiendo que se quitase la barrera
mencionada. Mientras duraba la discusión suscitada por esta arenga,
fueron cortadas las cuerdas que mantenían la barrera, y una oleada
de populacho invadió con salvaje algazara el recinto de los
diputados. Para hacerlos retirar no bastó la energía con que
algunos protestaron contra semejante atentado, ni las exhortaciones
del presidente del congreso; fue menester que los diputados
liberales se lo ordenasen. Con esto y la condescendencia de acercar
a la barra las mesas de los escrutadores y secretarios pudo
continuar la sesión. Un vez más se dejó, pues, atropellar el
congreso sin emplear los medios que estaban en su mano para
sostener su dignidad e independencia. En el acta de este día no se
mencionó el escándalo; si por moderación, por debilidad o por
vergüenza, no se sabe.
El miércoles 7 de marzo de 1849 es sin duda uno de los días que
menos pueden olvidarse en nuestra historia moderna. En él se vio a
una turba soez, aleccionada de antemano, usurpar el nombre del
pueblo, violar el recinto del congreso de acuerdo con los diputados
de su bando, y obedeciendo a sus órdenes, asediar por largas horas
a la mayoría hasta sacar electo al hombre que debía el primero
subrogar en el gobierno, sistemáticamente y jactándose de ello, al
nombre de la nación el nombre de un partido. El acta misma de esta
sesión nos presenta los lineamientos del execrable suceso, y
testigos intachables, cuyo dicho hasta ahora nadie ha revocado a
duda, nos han conservado todos sus incidentes; nosotros no haremos
sino bosquejar rápidamente tan triste cuadro
|
(23)
.
Desde temprano acudieron los democráticos; los conocidos por más
temibles entraron al templo y cercaron el espacio donde estaban los
asientos de los diputados, ocupando todas las salidas; la turba
restante quedó encargada de mantener la agitación en la calle.
Todos llevaban en el sombrero divisas rojas que decían:
|Viva
López, candidato popular; hacían juego con estas divisas las
blancas que llevaban al brazo algunas mujeres esparcidas por los
balcones de las casas inmediatas, con el mote
|Viva López, terror
de los conserveros
|
(24)
.
Los diputados conservadores atravesaron impávidos la muchedumbre
hasta llegar a sus puestos, sin que se les ocurriera mirar por su
seguridad o reclamar contra la violencia que anunciaban las miradas
amenazadoras que les clavaban. López, según era sabido, contaba con
treinta y tres votos decididos, más cuatro que se le agregaron a
última hora; dos cuervistas dejaron de concurrir por miedo. Abierta
la sesión a las diez de la mañana, después de algunos preliminares
se dio principio a la elección, y en el escrutinio, cada vez que se
pronunciaba el nombre de López, prorrumpían sus partidarios en
estrepitosos aplausos, así como recibían el de Cuervo con
vociferaciones de befa e improperio. Resultaron treinta y siete
votos por el doctor Cuervo, igual número por el general López y
diez por el doctor Gori. La siguiente votación debía concertarse a
los dos primeros, de modo que a los goristas tocaba decidir la
elección; era natural pensar que votarían con sus copartidarios de
poco antes, pero no sucedió así, que varios movidos de odio o
ganados con la promesa de un destino
|
(25)
, se fueron a López. Antes
de proceder a la votación declaró el presidente que, habiendo
obtenido en el escrutinio que acababa de hacerse igual número de
votos los dos candidatos, no se adjudicarían a ninguno de ellos los
votos en blanco que pudieran resultar en el escrutinio siguiente.
Al hacerse, se repitió el mismo alboroto. Cuarenta votos llevaba
cada candidato y dos habían salido en blanco, cuando se pronunció
una vez más el nombre del doctor Cuervo: momento de silencio
pavoroso en que los amotinados hacen ademán de apercibir las armas,
y con miradas de furor ansioso parecen convenirse para obrar; en
seguida el último voto por el doctor Cuervo. Aquí rompen los
democráticos las barreras, invaden el recinto de los diputados, y
los arrollan hasta la mesa del presidente, amagando a algunos con
los puñales. Varios diputados lopistas, subiéndose a las sillas y a
las mesas, logran contenerlos gritando: "Todavía no hay elección",
y en frase más breve y significativa: "Todavía no". hecha tercera
votación, la grita fue más frenética, el atropello más violento;
dos horas hubo que aguardar para hacer el escrutinio, mientras el
gobernador de la provincia, allí presente, conseguía que lentamente
se retirasen hasta la puerta del templo. Continuando la sesión, el
general José María Ortega, cuyo valor probado desde la guerra de la
independencia daba bien a entender que sólo obedecía ahora a la voz
del patriotismo, propuso se suspendiera la elección hasta que se
designase nuevo día. Los más de los conservadores sostuvieron esta
proposición, para salvar la dignidad nacional, y algunos hablaron
con la entereza y vehemencia propias del más alto valor personal.
Don Manuel de Jesús Quijano dijo entre otras cosas: "Aquí no hay
congreso; nosotros no podemos elegir presidente de la república; no
queda otro camino que romper estas hojas de papel" (y rompió las
papeletas en que estaban escritos los nombres de los candidatos) "
y que el populacho de Bogotá, que se ha erigido en soberano,
proclame el presidente que él se ha elegido. El congreso no tiene
seguridad, no tiene libertad; aquí no hay representación nacional,
aquí no hay Constitución." Y concluyó dirigiéndose a los diputados
liberales: "Mis manos no se mancharán con sangre de bandidos
miserables; cuando los asesinos den principio a la tarea preparada,
vosotros, que sois sus jefes y directores, obtendréis mi
preferencia." Don Juan N. Neira, desechando la proposición de
suspensión, exclamó: ''Este es el momento de sublime prueba para un
republicano; mi pecho no palpita, mi mano no tiembla a la sonrisa
de los asesinos, al reflejo fatídico de los puñales. Yo no sé si
debo a la naturaleza, que me dotó de una constitución atlética,
este privilegio, mas yo me siento fuerte y exijo a todos fortaleza.
Unos cuantos moriremos. ¿Qué importa, si la libertad y la
Constitución se salvan? Si esto no sucede, si el aspecto de la
muerte intimidare a unos pocos de mis amigos, lo que no quiero
pensar, que resulte nombrado un presidente de puñales para baldón
eterno del partido que tal sistema electoral establece. Procedamos,
pues, sin demora; que los hechos se consumen." Don Juan Antonio
Pardo había hablado después de Quijano y ratificando con no menor
vehemencia sus palabras; las siguientes describen claramente la
agonía de ésos momentos: "Jamás un cuerpo soberano se vio en
situación comparable a la situación en que se ve hoy el congreso
granadino. Siete horas hace que gime bajo el puñal alevoso de una
turba sin freno, y ni una voz se ha alzado para protegerlo, ni
autoridad alguna se ha movido a emplear la fuerza pública para
aligerar siquiera la degradante agonía que se nos impone. El
gobernador de Bogotá está delante de nosotros, el presidente de la
República a unos cuantos pasos en su palacio. . . Dios solo es
capaz de descifrar este enigma. . . Algunos diputados acaban de
decirme que la fuerza les obligó hace poco a cambiar sus votos;
otros vienen a anunciarme que alterarán los suyos, contrariando su
conciencia y el deber que los pueblos les impusieron al enviarlos a
este recinto; que no teniendo vocación para el martirio, la nación
no tiene derecho para exigirles un sacrificio inútil y evidente."
Impugnada por los liberales, sin que ninguno protestase contra los
conceptos de sus contrarios, la proposición de suspensión se negó
por cuarenta y ocho votos contra treinta y seis, y se pasó a nuevo
escrutinio, que dio cuarenta y dos votos por López, treinta y nueve
por el doctor Cuervo y tres en blanco, habiendo sido el último que
se leyó el de don Mariano Ospina, redactado así: "Voto por el
general José Hilario López para que los diputados no sean
asesinados"; con el cual, sin duda, pensó poner a la elección marca
de ilegalidad e ignominia. Acumulados los votos en blanco al
general López, fue declarado presidente de la República. Entonces,
a la señal de algunos diputados, la turba, que a duras penas había
podido ser detenida a la puerta del templo, se abalanzó adentro;
unos cuantos entraron furiosos por entre los diputados, creyendo
que todavía era necesaria la violencia; sabido que todo estaba
consumado, se apaciguaron.
Al levantarse la sesión los diputados liberales brindaron a los
conservadores protección contra los ataques a que, según ellos,
estaban expuestos si saliesen solos, y las turbas se derramaron con
grande algazara victoreando a Obando más bien que a López. Muchos
tomaron a su cargo el insultar a los conservadores. Delante de la
casa del doctor Cuervo se habían sucedido todo el día los vivas y
los mueras, como ecos de lo que pasaba en el congreso, pues hubo
momentos en que a la puerta del templo se creyó decidida la
elección a su favor; así, nada de extraño que muchas de aquellas
voces contrarias hubieran salido de unas mismas bocas; como fueron
al día siguiente rabiosos enemigos suyos otros que la víspera se le
ofrecieron para guarnecer su casa.
Apenas supo el general Mosquera en qué había parado la elección,
quiso que se desconociera lo que no era sino efecto de la coacción
y que el doctor Cuervo, como vicepresidente y con el título que le
daba su mayoría en el congreso, se encargase del poder, y nombrase
al mismo general Mosquera jefe supremo de la fuerza armada para
sostener tal determinación. El doctor Cuervo; que, si hubiese sido
electo, hiciera rostro a cualesquiera peligros para cumplir con su
deber, se negó a pie firme a dar semejante paso, enteramente
contrario a los principios que había profesado toda su vida
|
(26)
. Oída esta
resolución, juzgó el presidente que no quedaba otro camino que dar
por legítima la elección de López, y saliendo a la plaza, lo
victoreó entre la muchedumbre
|
(27)
.
Como se jactasen los liberales de que la elección se debía al
pueblo de Bogotá, una infinidad de artesanos y otros ciudadanos
pacíficos resolvieron dirigir al congreso una enérgica protesta
que, suavizada por algunos meticulosos, fue en pocas horas firmada
por gran número de personas; pero los que llevaban la voz del
partido no dejaron que tuviera curso. Sin esto se hubiera visto que
el congreso fue oprimido por un grupo insignificante con respecto a
la población de la capital.
El 12 de marzo siguiente se reunieron de nuevo las cámaras en
congreso con el fin de elegir designado para ejercer el poder
ejecutivo. Los conservadores votaron por el meritísimo general Juan
María Gómez, y los goristas y los lopistas aliados por el doctor
Gori
|
(28)
.
Reflexionando sobre los sucesos del 7 de marzo, se ocurre que
los liberales no sacaban provecho ninguno de asesinar al congreso,
cifrándose sólo su interés en obtener la elección de López, y por
tanto pueden ellos pretender que no fue otro su intento que el de
intimidar. Pero imposible es que no comprendiesen que la ejecución
de tal designio era peligrosísima, porque entre los instrumentos de
ese plan se contaban muchos individuos a quienes poco después sus
copartidarios mismos condenaron como malhechores al patíbulo o a
los presidios, y entre los diputados no escaseaban hombres de
temple y dignidad que no se sometían fácilmente a un ultraje; por
manera que el menor choque personal pudo ser principio de horrible
carnicería. Aun habiendo sido aquél el designio, todavía el
proceder de los caudillos de esta jornada, a más de criminal, fuera
villano. Todo esto hemos dicho en el supuesto sumamente inverosímil
de que los liberales tuviesen certidumbre plena de que las cosas
habían de pasar punto por punto como pasaron. Demos ahora que
contra lo que esperaban hubiera salido el doctor Cuervo; ¿qué
habrían hecho en esos momentos? Ellos no lo han dicho ni acaso lo
dirán jamás; ni lo puede imaginar quien no tenga la prudencia de
los hijos de las tinieblas. Lo seguro es que habría venido en pos
una gran revolución, para la cual sin duda se contaba con Obando,
que, comprendido en el indulto dado por Mosquera el día de año
nuevo, llegó a Bogotá el 13 de marzo
|
(29)
.
|El Día del sábado 10 en su artículo editorial decía:
"Felicitamos cordialmente a los diputados que supieron hacer honor
al incorruptible ciudadano doctor Joaquín José Gori, sufragando por
él; y felicitamos a los mismos que penetrándose de los principios
virtuales que animaban el pensamiento de esa candidatura,
coadyuvaron después la elección del ciudadano general José Hilario
López." ¿Estas últimas palabras aludirán sólo a los votos, o bien a
otra especie de cooperación? Vimos que lopistas y goristas se
aunaron para la elección de designado, lo cual no puede
interpretarse sino como una recíproca aprobación de lo hecho el 7
de marzo, y como una retribución por parte de los liberales. ¿Pero
cómo coadyuvaron los goristas al triunfo de sus aliados? Era
condición indispensable para el buen éxito de la coacción, esto es,
para lograr la elección de López con el menor peligro posible y
dándole todos los visos de legalidad, que la fuerza pública no
interviniera. Ahora bien, la tropa, acuartelada de antemano, los
fusiles en pabellón, los caballos ensillados y los cañones listos,
estaba a las órdenes del presidente del congreso; éste convino con
el gobernador, don Urbano Pradilla, cuervista "de entendimiento y
de corazón", en que cuando llegara el caso de llamar la tropa, le
haría cierta señal con el pañuelo si de palabra no era posible
darle la orden, excluyendo así cualquier otro modo o autorización.
Pues el gobernador habló varias veces con él, y nunca le pidió la
fuerza; encargado además de guardar el orden en las entradas y
salidas de la iglesia, llevaba consigo un corneta disfrazado y a
cada momento, y sobre todo cuando apretaba el tumulto, poniéndose
en un lugar visible, interrogaba con la vista al presidente, pero
en vano aguardó la seña convenida
|
(30)
. Es evidente pues que aquél previó
oportunamente el caso de una coacción, y comprendió que estaba
obligado a defender al congreso. No haciéndolo, favoreció a los
revolucionarios: ¿fue traidor o pusilánime? Si en él obraron otras
consideraciones, ¿por qué no se puso de acuerdo con los que iban a
ser atropellados? Si fuera cierto que los goristas estaban
confabulados con los lopistas, sería menor su crimen, pero, como en
otros casos que la ley castiga con menos rigor, inspiraría más
repugnancia a los hombres de sentimientos caballerosos. Los
liberales arrostraron con franqueza el peligro, los otros hubieran
contribuído solapadamente a ultrajar a la patria y a burlar con
ignominia a sus colegas.
Habían tenido particular empeño los enemigos de la candidatura
del doctor Cuervo en igualar malignamente la situación actual a la
de 1837; fingían creer que Mosquera trataba de imponer un
presidente a su gusto, y aun hablaban sin sombra de fundamento de
inconstitucionalidad en la elección del vicepresidente. Pero el
desenlace de este drama, además de esclarecer el punto, pone en
contraste el fin de las dos administraciones. La de Mosquera no
sólo había esquivado la más pequeña ingerencia en las elecciones,
sino que permitió al congreso dar un vergonzoso escándalo, más bien
que violar su neutralidad legal. Cuando Santander dispuso en el
último mes de su gobierno de todos los empleos libres, hasta de las
prebendas, colocando en ellos a sujetos que no podían menos de ser
embarazosos a Márquez, y cuando declaró a ojos cerrados una
oposición decidida a cuanto hiciera su sucesor únicamente por no
ser de su agrado, Mosquera convoca en su casa una junta para el 31
de marzo, en la cual se recibe con caluroso entusiasmo la
proposición, presentada por un joven, de no hacer oposición al
general López hasta que sus procedimientos dieran lugar a ello; y
llegado el caso, hacerla con lealtad y decencia.
El partido conservador se encontró en la alternativa de aceptar
la elección del 7 de marzo o precipitar la nación a los escándalos
de la guerra civil; e hizo al orden constitucional el sacrificio de
olvidar la satisfacción de su agravio, cuando había la
contingencia, aunque remota, de que López cumpliera las promesas
lisonjeras que a su nombre se hicieron a la República.
|
(1)
|
Civilización, número 16.
|
|
(2)
|
Compárese este lenguaje con el que
usó en la carta que citamos en el primer volumen. Con los
arbitrarios fusilamientos de Cartago y otros a que alude en la
carta del texto, tenía probado Mosquera que sus palabras podían
pasar de meras fanfarronadas.
|
|
(3)
|
La deuda pública causada por la
revolución de 1840 pasaba de tres millones de pesos; en el gobierno
de Mosquera se amortizaron casi dos millones, y al acabar éste
quedaba reducida a unos ochenta mil. Véase la
|Civilización,
números 9 y 15.
|
|
(4)
|
Los candidatos fueron el doctor
Cuervo, don Diego Fernando Gómez y don Lino de Pombo, que
obtuvieron, por su orden, 643, 165 y 161 votos. Cuando murió don D.
F. Gómez (28 de mayo de 1853), con el espíritu de mentira que
informaba las publicaciones del gobierno, se dijo en la
|Gaceta, número 1.556, que el doctor Gómez obtuvo el mayor
número de votos, pero que no apeteciendo el destino, se dirigió a
cada uno de los miembros del congreso para pedirles que votaran por
el doctor Cuervo, protestando no aceptaría aunque lo eligiesen, y
que a esto se debió el nombramiento del último.
|
|
(5)
|
Nota al ministro de la Nueva
Granada en la Gran Bretaña.
|Gaceta de 12 de septiembre de
1847.
|
|
(6)
|
Don José Manuel Restrepo mismo, que
intervino en la formación del plan y lo autorizó con su firma, lo
desaprueba en estos términos enérgicos en circular de 20 de octubre
de 1828 con ocasión de haber tenido parte algunos jóvenes en la
conspiración del mes anterior: ''S. E., meditando filosóficamente
el plan de estudios, ha creído hallar el origen del mal en las
ciencias políticas que se han enseñado a los estudiantes, al
principiar su carrera de facultad mayor, cuando todavía no tienen
el juicio bastante para hacer a los principios las modificaciones
que exigen las circunstancias peculiares a cada nación. El mal
también ha crecido sobremanera por los autores que escogían para el
estudio de los principios de legislación, como Bentham y otros, que
al lado de máximas luminosas contienen muchas opuestas a la
religión, a la moral y a la tranquilidad de los pueblos, de lo que
ya hemos recibido primicias dolorosas. Añádase a esto, que cuando
incautamente se daba a los jóvenes un tósigo mortal en aquellos
autores, el que destruía su religión y su moral, de ningún modo se
les enseñaban los verdaderos principios de la una y de la otra,
para que pudiesen resistir a los ataques de las máximas impías e
irreligiosas que leían a cada paso.'' Pero todo lo que se ha dicho
sobre el acierto de la designación de textos es nada en vista de lo
que se lee en el artículo 229 del mismo plan:''Los autores
designados en este decreto para la enseñanza pública no se deben
adoptar ciegamente por los profesores en todas sus partes. Si
alguno o algunos tuvieren doctrinas contrarias a la religión, a la
moral y la tranquilidad pública o erróneas por algún otro motivo,
los catedráticos deben omitir la enseñanza de tales doctrinas,
suprimiendo los capítulos que las contengan, y manifestando a sus
alumnos los errores del autor o autores en aquellos puntos, para
que se precavan de ellos y de ningún modo perjudiquen a los sanos
principios en que los jóvenes deben ser imbuídos.'' Por manera que
o los que designaron los libros no los habían leído, o pensaron
salvar ante la opinión pública su responsabilidad por recomendar lo
que en su conciencia era malo.
|
|
(7)
|
"No creo equivocarme
asegurando al congreso que los agricultores y criadores de ganados
contribuyen con cerca de diez y seis millones de reales, y que sólo
entran en arcas como tres millones, costando en consecuencia la
recaudación por el sistema de arriendos trece millones."
Mensaje dirigido por Mosquera al congreso en 1º de marzo de
1847.
|
|
(8)
|
Número del 20 de septiembre de
1849.
|
|
(9)
|
|La Civilización de 6 de
septiembre de 1849. Estas ideas se habían sostenido en
|El
Nacional, números de 21 de mayo, de 30 de junio y 9 de
septiembre de 1848. Es sabido que la eliminación de la presidencia
fue sostenida en Francia por J. Grévy en 1848, y que con todo eso
fue elegido presidente el 30 de enero de 1879.
|
|
(10)
|
Las transformaciones por que los
partidos han pasado después, son todavía más profundas: veremos que
para poner de un solo lado a los buenos católicos se necesitó la
persecución democrático-socialista de López; para volver al
gobierno fuerte de Santander y de Herrán era necesario pasar por el
caos de la federación. Con el cambio de ideas e intereses también
ha cambiado el personal de los partidos. Es visto pues que se abusa
notoriamente de los términos al decir que los conservadores o los
liberales hicieron o dejaron de hacer tal cosa en 1826, o en 1838,
o en 1847, tomando estas denominaciones en el sentido que hoy les
damos. Lo justo será decir: Fulano hizo o dejó de hacer, con el
apoyo de fulano o zutano; y averiguar luégo si sus principios
morales han cambiado o no.
|
|
(11)
|
En El Día de 11 de julio de 1847
propuso el general Antonio Obando una lista de cinco individuos
entre los cuales podría escogerse el candidato para la próxima
presidencia: éstos fueron los generales José María Mantilla y José
Hilario López y los señores Vicente Borrero, Joaquín José Gori y
Florentino González. En el número siguiente de
|El Día
apareció un remitido en que se escogía entre esta lista a Gori.
Este periódico fue el órgano de su candidatura.
|
|
(12)
|
Véase
|El Día de 6 de marzo
de 1850.
|
|
(13)
|
Acaso con razón fue tachada de
ambigua su conducta en los días que siguieron a su vuelta,
pareciendo que se estaba a la capa mientras se decidía la
contienda.
|
|
(14)
|
Véase
|El Nacional de 28 de
mayo de 1848.
|
|
(15)
|
Véase
|El Día, números de 5
de julio y de 21 de octubre de 1848.
|
|
(16)
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Así aparece de una carta de
Mosquera al doctor Cuervo de 17 de abril, aunque no se especifica
el motivo. Sobre el punto del tabaco véase el curioso suelto de
|El Día, número del 27 de mayo de 1848, que parece escrito
para que se supiera cuál fue la opinión del vicepresidente.
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(17)
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Véase
|El Nacional de 16 de julio de 1848.
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(18)
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|Repertorio Colombiano de
julio de 1878. Véase además
|La civilización de 8 de agosto
de 1850, donde se alude a los que se desengañaron con el gobierno
de López.
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(19)
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Véase
|El Día de 5 y de 8 de
julio de 1848. Desde que apareció el nombre de
|conservador
los contrarios quisieron ridiculizarlo convirtiéndolo en
|conservero, y llamando al partido entero la
|conserva.
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(20)
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Don Ulpiano González, sincerándose
del cargo de haber sido uno de los alborotadores. Véase
|El
Día de 17 de junio.
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(21)
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Hasta esta época, rigiendo las dos
constituciones de 1832 y 1843, que exigían para ser elegido
presidente la mayoría absoluta de los votos de los electores, y
determinaban que en caso de no obtenerla ningún candidato, eligiese
el congreso entre los tres que más votos hubieran obtenido, no se
vio sino una sola elección popular, la de Santander en 1833: siendo
los electores 1.263, él sacó 1.012 votos, y los que más se
acercaron fueron don J. Mosquera con 121 y don J. I. Márquez con
35. Los demás presidentes fueron todos elegidos por el congreso,
conforme a su tiempo lo hemos ido apuntando. La elección de Obando
en 1853 fue también popular; pero es de advertirse que los
conservadores se abstuvieron de votar, y los gólgotas, que lo
hicieron por Herrera, eran poquísimos. La Constitución de 1853, que
estableció el sufragio universal directo, no dejó al congreso otras
funciones en el particular que declarar la elección en favor del
que hubiese obtenido la mayoría relativa de los votos de los
ciudadanos.
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(22)
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Oímos decir a un personaje de los
llamados liberales y sin hacer de ello misterio, que si el doctor
Cuervo hubiera sido electo, lo habrían degollado antes de
posesionarse.'' M. M. Madiedo,
|El día, 8 de septiembre de
1849.
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(23)
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La relación más circunstanciada es
la que se halla en los números 19 a 27 de
|La
Civilización.
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(24)
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Véase
|El Neogranadino de 10
de marzo.
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(25)
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Es sabido que algunos diputados
goristas obtuvieron empleos tan luégo como López subió al
poder.
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(26)
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De este hecho se conservó memoria
en nuestra familia, y al momento de narrarlo aquí nos lo corrobora
en carta particular persona de alta respetabilidad a quien lo
refirió el general Mosquera, siendo senadores ambos el año de
1855.
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(27)
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Véase
|El Neogranadino de 10
de marzo de 1849.
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(28)
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Hubo además un voto por don Juan C.
Ordóñez y otro por el general Joaquín M. Barriga.
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(29)
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En el número 20 de
|La
Civilización leemos: ''Como la resistencia a mano armada estaba
preparada para el caso en que saliese elegido el señor Cuervo, la
rebelión habría empezado desde luégo, y se habría proclamado no al
presidente López sino al dictador José María Obando. Este hecho,
que es bastante sabido, lo tenemos nosotros de una de las primeras
notabilidades de aquel partido."
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(30)
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Sabemos estos pormenores de boca
del mismo señor Pradilla, el que bajo su firma asegura en un
escrito publicado en
|El Día de 18 de agosto de 1849 que en
los momentos en que se creyó necesaria la intervención de la fuerza
armada, la ofreció al presidente, y que éste no aceptó el
ofrecimiento. Los diputados liberales, agradecidos de que el
gobernador se contuviera dentro de su deber, le dirigieron el 8 de
marzo una acción de gracias en que le decían haber sido el día
anterior uno de los más solemnes para la República y haber estado
la paz pública en inminente peligro, y que él con su conducta
circunspecta y patriótica había merecido bien de la patria. Este
documento se halla en el número 30 de
|La America.
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