INDICE




CAPITULO IV

VICEPRESIDENCIA DE LA REPUBLICA

(Gobierno de Mosquera)


Monumentos de la prosperidad a que llegó la nación en el gobierno de Mosquera. - Oposición que desde un principio encontró. |Libertad y Orden. - Conducta de Mosquera: su carácter. - Dificultades que vence para empezar sus reformas.- Gravedad de ellas, y temores que inspiran. - Auméntase el desagrado con el nombramiento de don Florentino González para la secretaría de hacienda. - Sus proyectos en el congreso. - Se posesiona el doctor Cuervo de la vicepresidencia de la República. - Se encarga del gobierno por ausencia de Mosquera. - Obras que lleva a cima. - El plan de estudios de 1826, el de 1844 y el de 1847. |El Duende. - Crece la oposición al declinar el gobierno de Mosquera; motivos para ello. - Conquistas de los principios liberales y sus exageraciones. - Falta de continuidad personal y de principios en nuestros partidos políticos. - Se consuman las divisiones del partido dominante con la elección de presidente. Candidatos: Gori, López, Cuervo. - Se propala que el último es candidato de Mosquera. - Otros candidatos. - Periódicos que Sostienen la lucha, y punto a que ésta se reduce. -Denominaciones de los partidos. - Asonada del 13 de junio. - Resultado do las elecciones. - Medios que adoptan los liberales para asegurar el triunfo. - Sociedades democráticas. -Confianza de los conservadores. - Se presiente y anuncia la coacción del congreso. Primeras sesiones. - Junta en casa de don R. Santamaría. Sesiones del 6 y del 7 de marzo. - El doctor Cuervo y Mosquera después de la elección. - Redactan varios ciudadanos una protesta al congreso. - Los lopistas y los goristas quedan aliados. Reflexiones sobre el 7 de marzo. - El fin del gobierno de Mosquera comparado con el fin del de Santander.



En la historia moderna de nuestra nación ningún gobierno ha promovido reformas más ostentosas que la administración del general Mosquera de 1845 a 1849. Baste recordar que entonces se estableció la navegación por vapor en el Magdalena y se inició el ferrocarril de Panamá; se arregló la contabilidad pública; se renovó la maquinaria de la casa de moneda de Bogotá y se amortizó la macuquina, dando en cambio monedas de buena ley y bella forma; recibió incomparable mejora el arte tipográfico, e ingresaron en la biblioteca nacional millares de volúmenes escogidos en Francia e Inglaterra por el escrupuloso y diligente ministro don Manuel María Mosquera, entre ellos muchos libros españoles de importancia. A pesar de su nombre presuntuoso y su plan poco acertado, el Capitolio mismo, por el hecho de haberlo dirigido un arquitecto inglés y de trabajar en él obreros europeos, sirvió de escuela práctica para nuestros artesanos, que, perdida la tradición española, ya no concebían cómo pudiera nadie hacer un arco.

Además, durante este período se comenzó bajo la dirección de un ingeniero francés el camino carretero de Bogotá al Magdalena por la vía de Siete Vueltas; y otros profesores también europeos de indisputable mérito pusieron la enseñanza de varias facultades a la altura de la ciencia contemporánea. El observatorio y los gabinetes de física y de química se enriquecieron con instrumentos valiosos. La instrucción pública llegó al apogeo en todos sus ramos: se fundó el colegio militar en que se formaron ingenieros que figuran todavía en primera línea; el seminario de ordenados de Bogotá, correspondiendo a su elevado objeto, produjo sacerdotes que han sido ornamento de la Iglesia granadina, y los jesuítas por su parte siguieron dando no solamente santos que fueron a morir entre las tribus salvajes, sino sabios que en las cátedras arrancaban aplausos aun de sus más tercos detractores; del auge de la Universidad no podemos dar idea mejor que valiéndonos de las palabras con que José Eusebio Caro nos convida a visitarla, al recontar los servicios hechos por el partido conservador a la causa de la civilización: "Vamos a la Universidad: su arreglo, su salón, su biblioteca, sus instrumentos parece que al doctor Ospina, al doctor Cuervo, al general Mosquera se deben. Y ya que estamos en la Universidad, no es malo recordar que una de las más grandes libertades de la República, la libertad de enseñanza, se debe a la administración Mosquera, y muy especialmente al doctor Cuervo, que fue el redactor de la ley. Después de la libertad de conciencia no hay una ley mejor" | (1) .

Cualquiera pudiera imaginarse que tántos esfuerzos meritorios fueran estimulados y coronados por el aplauso unánime de la nación. Pero no sucedió así: rarísima fue la reforma que dejó de ser blanco a censuras, quejas o inculpaciones violentas y hasta soeces; que esta época no fue menos memorable por la poderosa iniciativa del gobierno que por el choque de doctrinas, intereses y pasiones que, derrocando al partido dominante, puso fin a una éra de orden, libertad y progreso.

Los vencedores de 1841 apenas tenían otro vínculo que el de haber vivaqueado juntos en defensa de la legitimidad; y no era el tumulto de la guerra el campo más apto para que llegaran a una fusión completa de principios o tendencias los liberales moderados que no podían soportar se impusiese a la nación un presidente arbitrario e inculto como Obando, y el vulgo de los bolivianos y dictatoriales agrupados por su aversión a Santander. Desde los primeros días del triunfo hubo ya discordancias en el congreso sobre puntos capitales de gobierno, y todas las medidas de conciliación adoptadas por el presidente Herrán lograron más bien apaciguar a los vencidos que aunar a los vencedores. En la elección de Mosquera apareció ya clara la división, pero el patriotismo por una parte y las promesas de tolerancia y de progreso del nuevo presidente, por otra, unieron en torno suyo los esfuerzos comunes. Todavía el llamamiento de Borrero al ministerio (14 de julio de 1845) se recibió con aplauso como paso político que le alejaba de ciertas gentes peligrosas que querían apropiársele por caudillo. Sin embargo, esta calma no duró largo tiempo. A las publicaciones de los facciosos vencidos vino a prestar apoyo el resentimiento personal de uno de sus más furibundos perseguidores, don Alfonso Acevedo, que, removido de su empleo, declaró al gobierno desaforada guerra en un periódico titulado |Libertad y Orden, cuyos primeros números aparecieron por mayo de 1846. Lo violento del ataque, afeado por un lenguaje descompuesto y por las más indecorosas personalidades, desautorizó el periódico, aunque sirvió de pernicioso ejemplo para que otros se dieran a buscar en todo motivos de acusación y ocasiones de quitar fuerza moral al gobierno. Mosquera, contra todo lo que se podía temer, guardó su decoro, despreciando los insultos, y no desviándose de la conducta que había prometido seguir. Cosa muy digna de considerar, porque demuestra lo mucho que podían con él las ideas de las personas que le rodeaban, y determina la responsabilidad que a otros ha cabido en sus desafueros. Con una volubilidad pasmosa ha representado en la historia del país dos papeles diametralmente opuestos: en 1845 llega al poder por el camino de la constitución, apoyado por un partido que sólo aspira a la paz y al progreso; casi todos sus amigos son hombres de ideas fijas que vienen trabajando por aliar la libertad con el orden y el engrandecimiento de la patria con la felicidad y mejora individual; mientras que el año de 1861, en la segunda manera, como se diría de un pintor, se arrogó a punta de lanza un poder omnímodo hollando toda ley divina y humana, y en la atmósfera revolucionaria que lo circunda, sus nuevos partidarios, enemigos la víspera, llenos de odio y ambición, lejos de contrariar sus instintos dañinos y obligarlo a seguir por la senda del honor, son humildes turibularios que lo desvanecen con sus zahumerios hasta convertirlo en despreciable tiranuelo. Ni hay que pensar que semejante cambio se verificase de un momento a otro y como por vía de arte mágica. Mosquera siempre fue el mismo. Durante la primera época dejaba a veces clarear las mismas ideas y tendencias que en la segunda produjeron resultados tan desastrosos; sólo que las morigeraban y templaban el respeto de la ley y los sentimientos que dominaban en torno suyo. Veamos un rasgo que comprueba la identidad de su carácter: en octubre de 1847 escribía desde Nare al doctor Cuervo: "El año entrante va a ser fecundo en intrigas eleccionarias, y es sin duda el campo que preparan los facciosos para combatirnos. Yo moriré como artillero al pie del cañón, y no me dejo cortar el pescuezo por Obando y compañía. Soy el mismo hombre de 1840 y 1841 y con otros elementos que no tenía entonces. ¿Qué más he podido hacer para refundir los partidos y hacer marchar el país? ¿Quieren buscar al bandolero de Berruecos por cabecilla? Se perderán con él, y acabaré de purgar la tierra de sabandijas" | (2) . No menos aparece lo que podían las benéficas influencias de sus amigos en el siguiente cotejo: recuérdese la manera feroz como trató a los jesuítas luégo que tomó a Bogotá como dictador, y léanse estas palabras que desde Santa Marta escribía al doctor Cuervo en 3 de noviembre de 1847: "El 29 entré a esta ciudad, como verá usted la relación de Murillo en |La Gaceta Mercantil. Ha, como de costumbre, tergiversado mis expresiones sobre el régimen municipal: quizá haré rectificar mis ideas. Lo mismo sucede en cuanto a lo que dice de antijesuíta, pues una cosa es decir que no soy jesuíta o ser antijesuíta, porque claramente dije que no los perseguiría ni lo permitiría, porque era necesario ser tolerante. Sin embargo, cada cual tiene la libertad de decir lo que se le antoja, y allá las beatas declamarán contra mí como quieran: mis hechos decidirán."

A este carácter arrebatado y dispuesto a cualquiera arbitrariedad se allegaban en Mosquera la pasión del mando, una exagerada vanidad y un espíritu inquieto y revolvedor, avivado todo esto por una imaginación fogosa y por aquella instrucción superficial y embrollada que se nota en todos sus escritos. Así no les faltaba razón hasta cierto punto a los que le creían peligroso para el mando, y aun fue muy valida la especie de que una señora que le tocaba muy de cerca dijo al saber su elección para la presidencia de la República, que eso era como soltar un mico en un pesebre (así llamamos los nacimientos que con muchas figuras se arman por aguinaldos y nochebuena). Pero con todo eso, el más apasionado no podrá negar que durante su gobierno comprobó Mosquera la sinceridad con que prometió ser tolerante y procurar el progreso y mejora de la nación. No le arredraron de este propósito ni los graves empeños con que encontró el tesoro público, rastros todavía de la pasada revolución | (3) , ni la necesidad en que nos puso de mantener un numeroso ejército en la vecindad del Ecuador. Fue el primer motivo para ello la actitud agresiva que mostró para con la Nueva Granada el gobierno provisional del Ecuador después de los tratados de Virginia (17 de junio de 1845) y la expatriación de Flores, hasta el punto de que nuestro encargado de negocios en Quito pidió su pasaporte; situación que duró hasta el año siguiente y se terminó con los arreglos celebrados por el general Herrán y don Modesto Larrea. Aquietados apenas estos temores, sobrevino nueva alarma con la noticia de la inicua expedición que bajo el patrocinio de la reina Cristina empezó el mismo Flores a reclutar en España y en Irlanda para recuperar el mando en el Ecuador, susurrándose, con risible credulidad, que se atentaba contra la independencia o a lo menos contra la forma republicana de otros Estados de América; entonces fue menester agregar a la división que con el general Herrán guardaba la frontera del sur y a las que se hallaban en el centro y el litoral del Atlántico, la cuarta que se creó para presidiar a Panamá.

La gravedad de las reformas que el nuevo presidente traía proyectadas asustó a varios de los que él llamó como auxiliares de su gobierno, por más que algunas fuesen conformes a los principios de la buena economía. Pero veamos cómo refiere el mismo Mosquera los primeros pasos de su administración en un escrito publicado en El Día el 10 de noviembre de 1849:

"Cuando me encargué del poder ejecutivo el 1 de abril de 1845, llamé a mi lado a los señores Márquez, De Francisco, general Gómez y Ordóñez para que formasen el gabinete de mi administración. El señor De Francisco se excusó por indisposición de su salud y lo reemplacé con el general Borrero. El señor Ordóñez fue el primero que se separó renunciando hasta por tercera vez, pues quería conservarlo a mi lado, hasta que me manifestó que no podía llevar al cabo mis ideas sobre la ley de exportación de oro y rebaja del derecho de quintos, ni sostener el proyecto de ley de monedas ni la mayor parte del sistema de contabilidad en que me ayudó el señor Caro, y con cuyo objeto llamé a éste primeramente a la subdirección de tesorerías y después a la contaduría general . . . Reemplacé al señor Ordóñez con mucha dificultad, porque dentro de dos meses y días se debía reunir el congreso. El señor Pombo aceptó la cartera: este nombramiento, que no fue del gusto del vicepresidente señor Gori, ocasionó un principio de desunión entre algunos individuos que eran del mismo color político que yo, y se comenzó a hacerme oposición en las cámaras y fuéra de ellas. Había injusticia en esto, y la probidad y laboriosidad del señor Pombo le hacían acreedor a mis distinciones.

"Al fin de las sesiones de 1846 se separaron todos los secretarios, unos por una causa, otros por otras, y vime en la necesidad de organizar de nuevo el ministerio entre los individuos más decididos del partido que había combatido por mantener el orden. Entonces llamé a los señores Osorio, Mallarino, general Barriga y Calvo. Todos aceptaron; pero el señor Calvo, a quien encargué el despacho de hacienda, se excusó antes de posesionarse; entonces hablé con los señores Ospinas, Torices, Gutiérrez Vergara, Martínez Escobar, De Francisco, Quijano y Arboleda para que lo aceptasen, y todos con razones muy plausibles y amistosas se excusaron. Hice entonces el nombramiento en el señor Arosemena, y mientras respondía quedó la secretaría a cargo del subsecretario. Excusóse, y tuve que hacer nombramiento, después de algunos meses de vacante, para el importante empleo de secretario de hacienda. Pensé en varios otros individuos, y al fin me decidí por el doctor González; porque sabía que había apoyado en conversaciones particulares el sistema que había adoptado sobre reformas financieras. . . El doctor González trabajaba por la conservación del orden social y me había manifestado confidencialmente sus buenas ideas: condenaba los excesos revolucionarios de 1840, y estaba identificado con los principios que me guiaban en la administración: era el hombre que podía y debía llamar. Consulté la medida con íntimos amigos míos, personales y políticos, uno de ellos el general Herrán, y me la aprobaron."

Este negarse tántas personas entendidas a aceptar la secretaría de hacienda, prueba bien que las reformas intentadas por el presidente no contaban con la aprobación general; y cuando tomó a su cargo el ponerlas en planta un hombre cuyos antecedentes políticos no eran gratos en manera alguna a la mayoría del partido dominante, y empezó a usar en defensa de ellas un tono dogmático y presuntuoso como si nunca antes se hubiera oído hablar de cuestiones de hacienda, se extendió el desagrado; y tanto mayor cuanto la multitud de los proyectos hacia pensar a los tímidos que nada iba a quedar en pie. Así para el congreso de 1847 se prepararon, entre otros, el proyecto de ley orgánica de la administración de la hacienda nacional; el de nueva organización de la renta de tabaco; el de franquicia completa del istmo de Panamá; el de monedas, complementario de la ley del año anterior, y en que se disponía la acuñación de piezas de a diez reales y la admisión de monedas francesas, belgas y sardas; el de ley orgánica del comercio de importación, que rebajaba los derechos, abolía el derecho diferencial y sustituía al sistema protector y restrictivo los principios del comercio libre; el de establecimiento de una contribución general para los gastos del culto y abolición del diezmo; el de conversión en renta perpetua, pagadera por el Estado, de la deuda pública, de los censos impuestos sobre propiedades particulares y del valor de bienes de manos muertas.

La oposición que se levantó en el congreso fue de lo más tenaz; en los primeros días se rechazó el proyecto sobre franquicia del Istmo, y el secretario González se separó del ministerio por causa de esto. El presidente llamó sucesivamente para reemplazarlo a los diputados que con más calor lo habían impugnado; no habiendo aceptado ninguno,  volvió González a tomar la cartera, y ostentando su carácter de acero, no se separó de las cámaras, sosteniendo de día y de noche sus proyectos, hasta que logró la sanción de la mayor parte de ellos.

Hasta este punto llevaba Mosquera adelantada su empresa, cuando subió a la vicepresidencia el doctor Cuervo | (4) . Al contestar al presidente del congreso la comunicación en que le participaba el nombramiento, fijándole el 10 de abril como día en que había de posesionarse, tuvo la satisfacción, que no a muchos de nuestros hombres públicos sería concedida, de escribir estas palabras:

"Habiendo aceptado siempre sin vacilar los destinos públicos a que se me ha llamado, desde juez de paz hasta presidente de la Corte Suprema de Justicia, desde simple regidor hasta secretario de Estado y desde catedrático de latinidad hasta director general de instrucción pública, acepto también hoy con igual agrado la segunda magistratura de la república, a que me ha elevado la mayoría relativa de los electores y la mayoría absoluta de los representantes del pueblo."

Por agosto del mismo año de 1847 dejó el general Mosquera la capital con el fin de restaurar su salud, e hizo una correría por Antioquia, de donde pasó a la costa del Atlántico, para arreglar definitivamente el buen servicio de los vapores en el Magdalena. Durante los cuatro meses de su ausencia lo reemplazó el vicepresidente, guardando la mejor armonía con los secretarios de Estado, quienes escribían al presidente encareciendo el tino y actividad con que despachaba los negocios. Como era natural, no sufrió ninguna alteración el orden que llevaba la administración, demostrándose de este modo que eran las ideas y no los hombres los que estaban gobernando, según expresión del mismo Mosquera. Pero aun así, se dictaron entonces medidas muy del carácter del doctor Cuervo. Se reparó la calzada de Puente Grande, en que no se había puesto mano desde que él mismo la hizo construir siendo gobernador de Bogotá. Se proveyó prudentemente a la disminución paulatina del ejército permanente. Se procedió a llevar a efecto la ley del mismo año sobre inmigración, tratando de subsanar en la práctica sus inconvenientes, y usando de toda circunspección para lograr el buen éxito de los primeros ensayos; era el punto más delicado, tanto que Su Santidad protestó contra él, por la libertad que daba la ley a los inmigrantes, de cualquiera religión que fuesen, para profesar públicamente su culto; y con el intento de orillarlo se dispuso que fuesen escogidos de pueblos católicos, designando como cualidad de primera importancia la comunidad de religión | (5) . Pero fue sobre todo la educación lo que se llevó la preferencia: se preparó amueblé el local del Colegio Militar para que pudiese sin falta abrirse el 1º de enero siguiente; se estableció una cátedra de arquitectura teórica y práctica a cargo del director de los trabajos del Capitolio, y además se recabó del mismo que enseñase la albañilería a dos jóvenes de cada provincia escogidos por los gobernadores y auxiliados por el gobierno; y se mandó arreglar en el hospital una sala de maternidad de acuerdo con la disposición del decreto orgánico de las universidades dado el 14 de septiembre.

La importancia de este decreto demanda que nos dilatemos algo más sobre él. Cuando se afianzó la paz bajo el presidente Herrán, uno de sus primeros cuidados fue restablecer los estudios, que como en otro lugar hemos visto, ningún esfuerzo había sido capaz de levantar, gracias al defectuoso plan de 1826, "cuadro hermoso (decía don Mariano Ospina) de los estudios que convendría hacer, en que están doctamente detalladas las materias de enseñanza y hasta los libros que debieran servir para darla; pero en el cual falta, o es notoriamente deficiente, la parte que debía comprender los medios de ejecución, el modo de hacer que los que debían enseñar enseñasen, y que los que debían aprender aprendiesen" | (6) . Estos inconvenientes obvió el plan de 1842, sujetando las universidades a un régimen severo, que contra los clamores de la pereza y la rutina restauró los estudios y prometió grandes bienes para lo venidero; notáronse, con todo, algunos vacíos y defectos que se hicieron desaparecer en el famoso plan de 1844, obra del mencionado señor Ospina, bajo cuyas saludables disposiciones se formaron tántos y tántos jóvenes que después han brillado en todas las carreras. Todavía la práctica descubrió otros lunares que fue preciso quitar con decretos reformatorios y adicionales, particularmente siendo secretario de gobierno el doctor J. I. Márquez en tiempo de Mosquera. La creación del Colegio Militar, el creciente progreso de las luces y sobre todo la experiencia, pidieron nuevas alteraciones, con lo cual se hizo necesario reducir la obra a una redacción uniforme y metódica, conservando lo vigente, omitiendo lo derogado e introduciendo en sus lugares convenientes las adiciones y variaciones anteriores y actuales. El doctor Cuervo tomó este trabajo a su cargo, de que resultó el decreto orgánico de las universidades, expedido por él mismo el 14 de septiembre, congruente en todas sus partes, claro y sobre todo práctico. Nótase particularmente el espíritu liberal con que estimula a cuantos se dedican al estudio y a la enseñanza, abriendo las puertas a todos y extendiendo por dondequiera la acción benéfica de un sistema razonable de educación. Se aplaudió especialmente la preferencia y particular protección que, volviendo a las tendencias del plan de 1842, se dispensaban a los estudios de literatura y filosofía y de ciencias físicas y naturales, al paso que se ponían oportunas trabas a las profesiones de médico y abogado, que con graves inconvenientes se han facilitado siempre más de lo que piden las necesidades públicas. Los religiosos quedaron muy agradecidos por el aliento que recibían lo decaídos estudios de los conventos con permitir que pudiesen entrar en el concierto universitario. En fin, el plan del doctor Cuervo señala el punto a que llegó el desarrollo de la educación pública en el régimen de los |doce años, como con escarnio lo llamaban los mismos que de todo lo que entonces se hizo habían de dar la buena cuenta que después veremos.

La oposición tuvo por estos tiempos un refuerzo en el periódico jocoso y satírico llamado |El Duende, que merece especial recordación por algunos artículos escritos con chispa y cierta gracia local; pero como esto de decir donaires no es de todos ni de todos los días, el papel dio en maldiciente. Al doctor Cuervo le hizo el cargo de cobrar sueldo de presidente mientras estaba encargado del poder ejecutivo; no faltó quien les diera en cuatro líneas un tapaboca apelando al testimonio de dos de los principales redactores que, como empleados en el ramo ejecutivo, debían estar bien informados. Ya antes habían dicho que había sido necesario llamar al presidente para que viniera a inventar recursos con que atender a los gastos públicos, siendo notorio que se acababan de pagar los intereses de la deuda pública, se cubrían con toda puntualidad sus sueldos a los empleados, y se atendía a las mejoras materiales, aun las de puro ornato, y esto sin acudir a medio ninguno extraordinario. Pero basta y sobra para una publicación destinada a divertir a los ociosos.

Como ya declinaba la administración, era natural que crecieran los desafectos, y más después de un camino de reformas en que hubieron de caer muchas rutinas, con agravio de sus defensores, y alguna vez herirse intereses justos. Es peligro en que tropiezan los reformadores el de deslumbrarse y no tener ni la mano tan delicada que no corte más de lo debido, ni el ojo tan certero que divise todos los daños e inconvenientes que pueden originarse. Nada más razonable que la amortización de la macuquina, aquella moneda de plata cortada y esquinada sin cordoncillo, que la gente de mala fe iba cada día cercenando y deformando; nada más razonable que el arreglo de las pesas y medidas; y sin embargo, no se pudo o no se supo evitar que especuladores sagaces quisieran sacar provecho de esto, y mucho menos que las mujeres se vieran en conflictos y confusiones y renegaran del gobierno en los mercados y en las despensas, dando ocasión a que sus amos y maridos se desquitaran haciendo sus desazones arma de oposición. Por causas transitorias, como las reformas aduaneras, se disminuyeron las entradas del tesoro, y se dificultó algunas veces el pago puntual de los empleados públicos; de donde se alzó el grito y se extendió el aborrecimiento contra las reformas y las mejoras materiales. Hay multitud de empresas que no pueden llevarse a cabo sino excitando el interés de los particulares para que empleen en ellas sus caudales; el político pobre y envidioso naturalmente se inclina a pensar que estas combinaciones no se hacen sin que medie alguna confabulación ilícita de que sacan buena tajada los gobernantes, y en seguida se desboca contra el agio y el peculado. Cargos por este estilo se hicieron contra los contratos de navegación en el Magdalena y contra el establecimiento de factorías para extender y enseñar el cultivo del tabaco, a fin de preparar el campo para la abolición del monopolio. Cuando se aviva así el espíritu de empresa, y se excita el interés individual, cosa que nunca se vio en tánto grado como en esta época, comienzan a revolar en torno de las arcas públicas aves de rapiña que acechan la ocasión de hacer su presa, y entonces se pone a prueba, no ya la honradez, sino la viveza del gobernante para no dejarles lograr el golpe. Así sucedió a la administración del general Mosquera, como lo atestigua este pasaje de una carta escrita por el presidente al doctor Cuervo cuando estaba encargado del gobierno: "Tiene usted mucha razón en quejarse de la falta de espíritu público y del empeño que hay en explotar al tesoro nacional y engañarnos. Bajo estos dos puntos de vista es que más he tenido que sufrir desde que me hice cargo del poder ejecutivo."

Uno de los puntos en que anduvo Mosquera desacertado fue en lo tocante a las rentas y propiedades eclesiásticas. Siempre se había tropezado con los grandes inconvenientes que ofrecía la recaudación y distribución de la renta decimal | (7) , en su origen propio esencialmente de la Iglesia y a que no se podía tocar sin previo acuerdo con ella. El doctor Cuervo indicó en su |Memoria de Hacienda (1843) una combinación que cortaba muchas dificultades sin menoscabar en nada los derechos eclesiásticos; pero en la época de que tratamos, el gobierno propuso llanamente, según vimos arriba, la abolición de los diezmos, reemplazándolos con otra contribución para los gastos del culto. Esto y las medidas proyectadas con respecto a las manos muertas y a los censos, asustaron al clero y a las conciencias delicadas.

Con todos los errores y exageraciones que se quieran suponer y a pesar de quejas y embarazos, ello es incontrovertible que el partido que tenía por núcleo a los liberales moderados de tiempo de Santander, había dado a la República tánta libertad, que más bien era llegado el momento de recoger las riendas que de alargarlas. |La Civilización, defensor el más vehemente de este partido, se jactaba de haber demostrado que las más preciosas libertades que entonces se poseían, aquellas que se habían conquistado en la Nueva Granada y que no venían desde el gran congreso de 1821, habían sido promovidas y sancionadas por él, "desde la libertad del oro hasta la libertad de la enseñanza, desde la liberalidad de las tarifas de correos y aduanas, hasta la ampliación mayor que entre nosotros se hubiera visto de las libertades municipales" | (8) . Ni paraba aquí la sed de libertades: las aspiraciones exageradas de reforma social y política que de Francia se difundían por todas partes, ejercieron también su influencia en la Nueva Granada, y el liberalismo de algunos miembros del partido dominante rayaba en radicalismo. Cuando declamaban sus enemigos contra la constitución vigente, hubo en él quienes dijeran: "Aceptamos las reformas, y las aceptamos tan liberales, tan amplias, tan absolutas cuanto es posible imaginarlo. Queremos el sufragio universal, la elección directa, la elegibilidad de todos, la eliminación del presidente o rey periódico, la ampliación indefinida de las libertades municipales" | (9) .

Nuestra historia prueba que no existía continuidad personal en los partidos políticos. De los que se opusieron a la dictadura de Bolívar, o sea de los liberales de entonces, unos, como los que acababan de redactar |La Miscelánea, no habiendo tenido otro móvil que evitar movimientos inconstitucionales, funestos en lo venidero para la causa del orden, sostuvieron la legalidad contra Urdaneta, fueron conciliadores con Caicedo y Márquez, lucharon contra Obando y los supremos y siguieron adictos a los gobiernos de Herrán y Mosquera; otros, exagerados y violentos, atentaron después contra la vida de Bolívar, fueron perseguidores con Obando en 1831 y 1832, se rebelaron contra Márquez y continuaron su ojeriza con sus sucesores. Entre los partidarios del Libertador los había que, como Herrán, Restrepo y otros, sólo pensaban en aprovechar el influjo y la experiencia de él para fundar una nación gloriosa, y éstos vinieron a juntarse con los liberales moderados; pero también los había que, no teniendo principios ningunos, se amistaron luégo con sus perseguidores, y que, como Jiménez, Piñeres, Domínguez de Hoyos, Beriñas y Melo, pasaron de santuaristas en 1830 a ultraliberales en 1849 y 1850, y algunos a dictatoriales con Melo, como antes lo habían sido con Urdaneta. En mala hora se les ocurrió a los neo-liberales de 1849 repetir la cantinela de los santanderistas llamando con el nombre de bolivianos a sus contrarios e igualándolos con los secuaces de Urdaneta; ellos rechazaron con energía ese calificativo, tan oprobioso para los que alcanzaron la usurpación de 1830, como lo era el de melista en 1855; y lo rechazaban con tanto más fundamento, cuanto ellos se jactaban de profesar solos el antiguo principio de sostener a todo trance la legitimidad, el cual jamás fue grato a los bolivarianos, que, enamorados de un gobierno personal, minaron la Constitución de Cúcuta, impidieron que se diera otra en Ocaña, derrocaron la de 1830 y conspiraron contra la de 1832. "¡ Mentís! - les decía José Eusebio Caro - ; entre los conservadores hay bolivianos, como los hay entre vosotros, pero los conservadores no son los bolivianos. ¡ Mentís! Los conservadores de la Nueva Granada no pueden ser los bolivianos de Colombia; los conservadores de 1849 no pueden ser los bolivianos de 1828; los conservadores que no tienen, que no quieren tener jefe, no pueden ser los bolivianos, que sólo vivían por su jefe, que tomaban por nombre el nombre de Bolívar, de Bolívar, que duerme, hace ya diez y nueve años, el sueño del sepulcro! Mentís! No fueron los conservadores, pero ni siquiera fueron los bolivianos los que se alzaron y derribaron el gobierno constitucional de 1830; fue Urdaneta, fue Jiménez, fue Castelli, fue el Callao, fue la facción venezolana de 1830. ¡ Mentís! Porque todos los hombres que componían el gobierno constitucional de entonces (con excepción de uno, el doctor Azuero, que ya ha muerto), han sido y son conservadores: el doctor Alejandro Osorio, el doctor Ignacio Márquez, y los generales París y Rieux, secretarios de Estado; el general Domingo Caicedo, vicepresidente; pero sobre todo y sobre todos, aquel varón eminente y respetable, aquel modelo de piedad ilustrada y ferviente y de virtud pública y privada, el presidente de Colombia, el señor Joaquín Mosquera. ¡Mentís! Porque al mismo tiempo que nos queréis tratar de bolivianos, os obstináis en suponer gratuitamente que el doctor Mariano Ospina es el jefe, el padre, la piedra clave, la esencia y la necesidad del partido conservador, que no tiene necesidades, ni esencias, ni piedras claves, ni padres, ni jefes; y nombráis al doctor Ospina sólo para insultarlo con el calificativo de conjurado liberal de 1828."

Tampoco es muy perceptible la continuidad en las ideas: si en el gobierno conservador de Bolívar no se patrocinaron las malas enseñanzas, sucedió lo contrario en el de Santander, todavía más conservador en su política; y para que las ideas religiosas lastimadas por el último viniesen a entrar en el credo de uno de los partidos, fue menester que las doctrinas perniciosas que el otro iba difundiendo arraigasen el convencimiento de que sólo con la religión podían contrastarse. Santander, Soto, Azuero, se creyeron siempre católicos y como tales murieron, mientras que no podría asegurarse lo mismo de los que se tienen por sucesores suyos. Aun en las comunidades religiosas se notaron estos altibajos, como que los agustinos calzados, por ejemplo, tildados de conspirar contra Santander, lo fueron también de muy afectos al gobierno de López | (10) .

Mucho hubiera sido que en circunstancias normales elementos tan discordantes como se congregaron de resultas del triunfo de Buesaco se mantuvieran tánto tiempo unidos; con los gravísimos problemas políticos, económicos y aun religiosos entregados a la pública discusión y con las aventuradas reformas que parecieron comprometer la vida misma de la República, las antiguas divisiones se ahondaron, y sobrevinieron otras nuevas que anunciaban para el partido pronta e inevitable caída. La elección de presidente señaló la hora en que, haciendo cada cual alarde de sus deseos y pretensiones, se determinase una disolución completa, de que se aprovechara un enemigo que sólo pensaba en reconcentrar todas sus fuerzas para llegar al poder. Enumerando, por el orden en que aparecieron, los diversos candidatos, trataremos de especificar las tendencias que con más o menos claridad mostraban los grupos principales. Mientras dura la representación del drama, suele ser aventurado formar juicio de los personajes: no así pasada la catástrofe, porque ella arroja una luz tal, que da relieve a los incidentes, descubre los móviles de las acciones y revela los quilates de los actores. Para tratar esta materia delicada no aceptaremos las apreciaciones de los contemporáneos sin ponerlas al toque de los sucesos posteriores.

Uno de los primeros candidatos presentados fue el doctor Joaquín José Gori | (11) . Era vicepresidente cuando Mosquera llegó al gobierno, y tuvo con él muchos desagrados, particularmente por el decreto de 22 de junio de 1846 en que se arreglaba el despacho del consejo de gobierno. La constitución daba al vicepresidente de la República la presidencia de esta corporación, y en el decreto se decía que el presidente de la República podía asistir a sus deliberaciones; Gori reclamó, juzgando invadidas sus atribuciones, y se siguieron destempladas contestaciones, que dieron mucho que hablar en el público. De manera que esta candidatura parecía como un despique de todos los que en el partido dominante malquerían a Mosquera. No era pues extraño que los adversos al espíritu de reforma alabasen entre las cualidades de su candidato la renuncia a toda innovación, y que mezquinamente inclinados a no ver en cuantos frecuentaban el palacio sino un enjambre de parásitos y agiotistas que desangraban la República, creyesen que para gobernar no se necesita otra cosa que firmeza y honradez, condiciones únicas que ensalzaban en su favorecido, como señalando con el dedo la falta de ellas en los que gobernaban; ultraje no merecido por un Pombo, un Osorio, un Ospina, un Caro, un Mallarino, un González y tántos otros cuya reputación miramos hoy como invulnerable. Todos convenían en que Gori era un abogado respetable; estuvo en la Convención de Ocaña, y su nombre figura entre los diputados de la minoría cuya separación cortó las sesiones de esa asamblea; pero sin la parte que tuvo en el juzgamiento de los conspiradores de septiembre y los violentos ataques que por causa de esto le hizo |El Cachaco, es muy posible que no hubiera alcanzado la importancia que tuvo entre los civiles que subieron al poder arrimándose a los liberales moderados en 1837. Algunos arranques de entereza que tuvo siendo por breves días gobernador de Bogotá, en lo más apretado de la revolución, le elevaron a la vicepresidencia de la República. Reducido casi de continuo al ejercicio de su profesión, no se halló en el caso de mostrar sus aptitudes en el arte de gobernar, ni queda de él documento por donde pueda formarse concepto de la extensión y profundidad de su saber. Don Florentino González, que le trató en el Consejo de Estado, le consideraba miope en política, ciego en el conocimiento del mundo y en la marcha progresiva de la civilización, y no veía en su decantada firmeza sino irascibilidad y mal genio | (12) .

Este núcleo fue creciendo con algunos artesanos a quienes se acaloró exagerando los daños que les causaban las tarifas de importación de artículos extranjeros, y con parte del clero, unos asustados con los proyectos concernientes a diezmos y manos muertas, y otros de menor nota, por cierto espítu de contradicción al arzobispo, a quien desde un principio la oposición había tratado de envolver en su odio a Mosquera. Estos voceaban que la ruina de la Iglesia era inminente, que Gori iba a ser el nuevo Ciro que devolvería los vasos al templo.

El partido vencido en 1841 había ido levantando cabeza poco a poco, y teniendo representación en el congreso y uno que otro periódico, hasta el punto de poder decirse que por este tiempo estaba ya completamente organizado y dispuesto a contender con brío en la próxima lid. Su natural caudillo, Obando, había procurado fomentar siempre en los suyos el espíritu revolucionario, no cesando de amagar con su venida; así desde 1846, al despedirse de Chile, decía: "Nuevos sucesos favorables a la causa americana verificados aun en el Ecuador, donde parecía eterna la tiranía militar, me abren camino para regresar hasta los límites de la Nueva Granada, confiando en que esta patria del heroísmo y de sublimes virtudes ha de ser tan favorecida por el dios de la libertad como recientemente lo han sido otras repúblicas que también gimieron bajo el despotismo doméstico." Aunque le representaban como víctima de una injusticia, era visto que no podían valerse de su nombre para una lucha constitucional. En consecuencia resolvieron cubrir sus principios anárquicos y sus miras ulteriores con un nombre respetable, y echaron mano del general José Hilario López, buscando en él más bien "una bandera que un jefe". Pensaban sin duda que sería parte a embotar el temor de ver en el mando a los revolucionarios de poco antes, el recuerdo de los importantes servicios que presté después de la dictadura de Urdaneta, la franqueza con que abandonó a Santander, su adhesión constante a la causa de la legitimidad, guiado por la cual prestó apoyo a Márquez, ofreció sus servicios desde Roma, donde era ministro, al tener noticia de la revolución | (13) ; fue consejero de Estado en tiempo de Herrán, en 1846 se brindó a ir a Pasto para transigir las diferencias con el Ecuador, y aceptó luégo el nombramiento de comandante general y jefe de la cuarta división destinada a guarnecer el istmo de Panamá cuando la expedición de Flores. Desgraciadamente, con todo su amor patrio, era López hombre de pocos alcances, candoroso, y que perdía el seso en oyendo hablar de libertad y democracia. El defensor más ardiente de su candidatura fue |El Aviso, periódico redactado por jóvenes inconsiderados y faltos de tino, que desde un principio amalgamaron al insulto las doctrinas sociales más disolventes. Y no fueron éstos, como pudiera creerse, extravíos individuales: la mayoría del partido, aplaudiéndolos, los hacía suyos; así fue que, contando por ese tiempo don Florentino González con un número considerable de sostenedores entre sus antiguos amigos políticos, que hubieran querido verle presidente, le abandonaron no bien improbó, como era justo, el asesinato del congreso de Caracas (24 de enero), que |El Aviso ensalzaba como una gran proeza en servicio de la libertad | (14) .

Nada de esto sirvió para que los vencedores de 1841 sintiesen el peligro que los amenazaba. La fracción que proclamaba a Gori y se gloriaba de contar en sus filas hombres de todos los colores políticos, era un grupo de descontentos, como si dijéramos de protestantes, más bien que un partido impulsado por el amor de una idea. Teniendo común con los revolucionarios, aunque por diversos motivos, la aversión a Mosquera, casi no reparaba en lo que era forzoso temer de ellos. La fracción que deseaba continuar, si bien corrigiendo desaciertos y exageraciones, el camino de reformas liberales por donde iba la nación, fue la menos activa en aprestarse para la lucha; lo que debía suceder, porque no pretendiendo sino la conservación de un bien conocido y experimentado, le faltaban estímulos tan apremiantes como los rencores personales, las ilusiones de los visionarios o el interés de los revoltosos. Escogió por su candidato al doctor Cuervo, que efectivamente representaba las antiguas tradiciones del buen gobierno con que la nación había prosperado desde su nacimiento, y a más de la iniciativa de todo progreso compatible con los recursos del país, las seguridades de aquella libertad y tolerancia que caben dentro de la civilización cristiana. El odio encarnizado que desde 1841 le declaró Obando y de que dejó bastantes pruebas en sus libelos, le hacía para los revolucionarios tan inaceptable como el mismo Mosquera. Ya se concibe que la lucha inconciliable iba a ser entre la candidatura de López y la del doctor Cuervo, pues los sostenedores de Gori se decían dispuestos a amalgamarse con los de la primera, sin pararse en sutilezas | (15) .

Desde un principio se empeñaron los contrarios del doctor Cuervo en propalar que era candidato del gobierno, y que se trataría de imponerlo con manejos indebidos, todo para hacerlo inaceptable a los descontentos; pero la verdad del caso es que nunca se apoyaron sino en hablillas y rumores, sin poder presentar prueba ninguna de la intervención que imaginaban; antes en ocasiones se mostraban vacilantes e inciertos de si las simpatías del presidente se inclinaban a Cuervo o a González. Dejando aparte el testimonio del resultado, es oportuno decir que Mosquera desde mucho antes miraba con buenos ojos la candidatura del primero, de modo que lo tardío de su presentación arguye que no se ingirió en ella. Además carecía de fundamento el suponer una absoluta conformidad de ideas y sentimientos, cual debiera existir entre el presidente y el que decían su favorecido. En los mismos días en que se empezaba a trabajar con calor por su candidatura no sólo tuvieron desagrados | (16) , sino que en punto tan capital como la libertad del tabaco estuvieron en completo desacuerdo, negando el doctor Cuervo su voto en el consejo de gobierno a esta medida, que reputaba inoportuna. Sobre la parte que él tuviera en las medidas del gobierno nos da luz el siguiente suelto publicado en |El Día (10 de mayo) y dirigido a los editores de |El Aviso: "Es falso que el vicepresidente haya tenido parte ni conocimiento alguno de la remoción del señor José Caicedo Rojas. El vicepresidente nunca asiste al despacho del poder ejecutivo ni toma cartas en más negocios que en aquellos en que conforme a la Constitución se oye al consejo de gobierno, al cual concurre cuando el respectivo secretario de Estado lo cita por escrito."

Como si el tener dos candidatos no fuera ya prueba suficiente de la desorganización del partido que estaba en el poder, otros grupos menos numerosos propusieron a don Mariano Ospina, que tuvo partidarios sobre todo en Antioquia, y al general Joaquín Barriga, el vencedor de Obando en La Chanca, que los tuvo dispersos en muchas partes. Don Florentino González contó también entre sus valedores miembros tan distinguidos del mismo partido como don Lino de Pombo y don Julio Arboleda | (17) ; y hasta López con las pomposas promesas de buen gobierno que acompañaron el anuncio de su candidatura, se atrajo el apoyo de bastantes personas juiciosas, o por lo menos se captó tántas simpatías, que su elección no les inspiraba temor ni repugnancia. El lector verá con gusto el siguiente fragmento de una carta escrita en 26 de septiembre de 1850 por don Pedro Fernández Madrid a don José Eusebio Caro, en que la genial sinceridad de su autor comprueba muchas de las apreciaciones que llevamos hechas:

''Buscando siempre el |juste milieu, en 1844 fui cuervista; estuve opuesto a la elección del general Mosquera, y disgustado de su administración, como que a ella, desde su alianza con Florentino González, es a la que principalmente pueden atribuírse y atribuyo los males que hoy sufrirnos. Durante la última cuestión presidencial opiné por el doctor Gori, y ahogando mis simpatías particulares, estuve absolutamente en contra del doctor Cuervo en su calidad de candidato del general Mosquera. No podía, pues, desagradarme mucho, ni me desagradó directamente, la elección del general López, aunque siempre temí que no gobernaría muy bien y que sucedería algo, aunque no tánto, de lo mucho que ha sucedido" | (18) .

Todas las candidaturas contaban con sus periódicos. Los más notables fueron: |El Aviso, ya mencionado, que con sus doctrinas y con sus agresiones a los hombres que habían tenido parte en el gobierno desde 1837, hizo brotar |El Progreso, defensor de la candidatura del doctor Cuervo; éste tuvo entre sus redactores a varios jóvenes que hicieron ahí sus primeras armas, como don José María Torres Caicedo y don Escipión García Herreros. |El Día, donde se propuso a Gori, le sostuvo, ladeándose con evoluciones ambiguas y tortuosas a López hasta el día de saludar con júbilo su elección. |El Antioqueño Constitucional estaba por Ospina, y |Nuestra Opinión, de Tunja, por Barriga. En favor de González abogaba |El Siglo, asentando que entre los partidos extremos estaban los moderados, justo término medio, representado por su candidato y de que la patria debía esperarlo todo. Fuéra de éstos había algunos auxiliares, como |La América, de |El Aviso; |El Semanario, de Santa Marta, de |El Progreso; |El Tío Santiago y |El Independiente, de Cartagena, de |El Día. |El Nacional, escrito por valientes plumas, cuales la de don Mariano Ospina y don José Eusebio Caro, propuso en sus primeras páginas que en obsequio de la unión y para asegurar el triunfo, se abandonasen todos los candidatos presentados por sus copartidarios y se eligiese otro que llenase los deseos de todos. El pensamiento fue sin duda desinteresado y patriótico; pero cualquiera lo calificará de quimérico, en vista de la incompatibilidad de pretensiones y tendencias de los diversos grupos y de la falta de un interés político común que les hiciera necesaria la unión para conservar el poder.

Parecerá singular que entre estos periódicos y los de los revolucionarios ya organizados rara vez se discutieran programas políticos o administrativos; pero es lo cierto que los últimos casi no tenían otra preocupación que la de hacerse al mando, y por eso las cuestiones más debatidas pertenecían a un orden muy diverso y que entraban más bien en los confines de la moral. |El Aviso daba por justo y honesto cualquier acto que en su concepto contribuyese al triunfo de la libertad o al bien del Estado, calificaba de heroica la conspiración del 25 de septiembre, el asesinato de Sucre y el acometimiento del congreso de Caracas; se dilataba en probar que es lícito asaltar el poder público a punta de lanza como se pretendió en 1840; y practicaba la más descarada difamación contra todos los hombres públicos del partido contrario. |El Progreso rebatió con la mayor energía tales doctrinas, condenándolas como contrarias a la moral y a la causa de la civilización; y todos los periódicos de los varios grupos en que estaba dividido el partido dominante, estuvieron conformes en igual reprobación y en declarar que, adictos a la legitimidad, obedecerían a cualquiera de los candidatos que fuese constitucionalmente electo.

El punto más importante, por el lado histórico, que se decidió en los debates de la prensa, fue la apropiación de nombres para cada partido. El calificativo de liberal había corrido con varia fortuna desde los primeros tiempos de Colombia: entonces se llamaron así los que defendían la Constitución contra la dictadura, y se conservó en este sentido en los primeros días de la Nueva Granada; la oposición de 1839 se apellidó |progresista, imitando a uno de los partidos de España, sin duda por no atreverse a tomar para sí un nombre que con más razón correspondía a la parte civil de quien se habían apartado; al volver a la escena en la época de que vamos tratando, conservó la misma denominación como en memoria de sus antiguas tradiciones, pero la alargó diciéndose |progresista liberal, para acabar suprimiendo el |progresista y dejando sólo el liberal, a semejanza de lo que entonces se hacía en Venezuela. Hecho curioso para los que estudian la historia de las palabras, pues vemos aquí una que de haber significado defensor de la constitución y del orden legal, pasó en pocos años a denotar el revolucionario en principios y por desgracia también trastornador del orden establecido. La naturaleza de las tendencias con que apareció este partido sugirió a |El Siglo el nombre de |niveladores, en cuanto pretendían reducirlo todo a una igualdad arrasadora. Por los mismos días apareció la denominación de |conservador, tomada en su sentido lato de sostenedor de los principios fundamentales de la sociedad, contra las doctrinas inmorales y anárquicas que se estaban predicando. El primer número de |El Nacional (21 de mayo de 1848) decía ya que su objeto era defender los intereses, los derechos, los principios y las doctrinas del partido conservador de la Nueva Granada. Este nombre fue generalmente aceptado, salvo que el órgano de la candidatura de Gori lo rechazaba a ratos, prefiriendo para los suyos el título de liberal moderado, como para quedar lo menos lejos posible de los liberales no moderados y poder confundirse con ellos cuando el caso lo requiriera | (19) . Primero está ser que ser libre; y los que, sin haber tenido hasta entonces nombre que los calificase, habían adquirido tan grande suma de libertad para su patria, bien podían, por atender a la conservación de la sociedad civil, dejar el de liberal a quien quisiera recogerlo.

El tercer domingo de junio debían empezarse las elecciones, y cuando todos se aparejaban con más o menos ardor para la contienda, sobrevino un acontecimiento a que en general no se atribuyó grande importancia, pero que la tuvo muy funesta, pues allí se ensayaron por primera vez los que habían de librar todas sus esperanzas en su propia violencia y en la meticulosidad de quienes debían contenerlos. Es el caso de que en el número 19 de |El Aviso y en el 11 de |La América se reprodujo un artículo de |El Ecuatoriano de Quito, producción, según se decía, del señor Espinel, que recuerdos tan poco gratos dejó en Bogotá, en el cual se daba por cierto que el presidente Mosquera estaba confederado con Flores y Páez para cambiar los gobiernos de las tres repúblicas. El presidente acusó por medio del ministerio público el escrito calumnioso, y declarado con lugar el juicio, se reunió el jurado el 13 de junio. Desde el principio del acto comenzaron algunos de los concurrentes, parciales de los acusados, a interrumpir al fiscal con voces descompasadas, y cuando llegó su turno a los defensores, que fueron algunos de los jóvenes redactores de los periódicos inculpados, creció el alboroto, provocado por aquella oratoria insultante o gerundiana que dentro de poco había de enloquecer a las sociedades democráticas. Un testigo nada sospechoso | (20) refiere que llegó al local a tiempo que don José María Vergara Tenorio, redactor de |El Aviso, hacía al presidente cargos temerarios; que en seguida habló uno de los redactores de La América, explayándose sobre los temas de libertad e independencia con toda la énfasis teatral con que en otro tiempo se recitaban en el coliseo los monólogos de |Catón y de |Ricaurte. Aquí fue perder el seso el auditorio, aquí hundirse el edificio con los vivas y palmoteos. Quiso el juez sosegarlos con buenas palabras, y siendo éstas ineficaces, amenazó con hacer dispersar la reunión; lo que dio margen a que se burlaran de él y creciera el desorden. Terminada con esto la parte pública de la sesión, el jurado, sin entrar a decidir el punto que según la ley estaba sometido a su examen, es decir, si se había cometido el delito de calumnia o no, se puso a deliberar sobre la personalidad del fiscal, y pensando que no la tenía, dedujo descaminadamente que la ley no le dejaba otro arbitrio que absolver, con lo cual salieron libres y triunfantes los acusados. Así leyes inconsultas dejaban a la merced del atolondramiento de unos mozos y al arbitrio de un jurado imprudente la honra del primer magistrado de la República, que en cierto modo es la honra de la nación misma, y ponían a peligro la tranquilidad exterior.

Exaltados con su victoria, los alborotadores salieron a la plaza con gran tumulto y vocería, gritando unos: ¡Muera el traidor! Otros: ¡Muera el tirano! En estos momentos llega Mosquera a palacio de vuelta de un paseo, encuentra que la guardia ha cargado sus fusiles, temiendo ser atacada, sabe cómo en vez de alcanzar justicia, le han cubierto de oprobios, y al subir a su habitación siente que llegan grupos y repiten sus gritos en frente de las ventanas. Pensando que había estallado una revolución, se ciñe su espada, vuela con la guardia al cuartel de San Agustín, y lleno de enojo manda poner la tropa sobre las armas, resuelto a ir a la plaza en busca de los amotinados. Mientras los militares, que no creían en tal revolución, opusieron la inercia, llegaron el arzobispo, don Florentino González y otras personas respetables que le aplacaron e hicieron volver a palacio. La noticia de estos sucesos cundió rápidamente por toda la ciudad, y como se hubiese tocado generala, algunos malintencionados esparcieron la voz de que se tocaba a degüello y que iba a haber una gran matanza. La consternación y el espanto llegaron a su colmo: los comerciantes cerraban sus almacenes; las placeras y campesinos que vendían víveres los alzaban en el mayor desconcierto o los abandonaban huyendo despavoridos; las mujeres corrían por las calles llorando en busca de sus hijos y maridos; y al fin, la exaltación de unos, la confusión de otros y la curiosidad del mayor número congregaron en la plaza y calles circunvecinas un inmenso gentío. Entonces el gobernador don José María Rubio, y el jefe político, don Fernando Caicedo Santamaría, echaron un bando para tranquilizar la población y ordenando que cada cual se retirase a su casa; para mejor lograr la dispersión, el último se dirigió para el lado de Las Nieves, llevando en pos de sí un gran número, que poco a poco se fue disipando; el primero anduvo menos feliz, porque encanminándose a San Victorino, se le apegaron los más acalorados, repitiendo sus mueras e intimándole que volviese con ellos a palacio a notificar al presidente que dejase el mando; y cómo él les dijese que aquello era un disparate y que no debían pensar sino en irse a sus casas, pretendieron llevarlo por fuerza; por dicha en esta brega logró escabullirse y acogerse en una casa particular; los otros, viéndose solos, desistieron de su intento. A las seis de la tarde todo estaba apaciguado.

Las autoridades de la ciudad enviaron esa tarde un propio al doctor Cuervo, que a la sazón se hallaba en Boyero, su casa de campo, a dos horas largas de Bogotá, comunicándole que había habido "una especie de asonada contra el presidente de la República, en la cual se habían reunido más de cinco mil personas", y que aunque a fuerza de prudencia se había logrado en parte disiparla, se temían nuevos alborotos para esa noche, por lo cual le pedían que se pusiese inmediatamente en camino para lo que pudiera suceder. Otras personas de consideración dieron el mismo paso, comisionando al efecto a un miembro de nuestra familia, con quien llegó el doctor Cuervo a media noche; se apeó en palacio y en seguida se reunió el consejo de gobierno.

Se hicieron algunas prisiones y se inició juicio contra los más comprometidos; pero el 30 de junio se dio indulto y plena amnistía en favor de todos los encausados o que pudieran serlo a consecuencia de los hechos del 13 del mismo mes, y se sobreseyó en los procedimientos incoados, inclusos los de injurias y calumnias contra los que ese día ofendieron al presidente de la República.

Es muy de creerse que las cosas hubieran llegado a tal extremo si el juez que presidía el jurado deponiendo la falsa prudencia y los miramientos indebidos, hubiera puesto a raya a los que iban a meter ruido antes de estar acalorados y empeñado su amor propio. Así procedió y con el mejor éxito don José María Malo Blanco en los cabildos abiertos que se reunieron a fines del año, y en que la minoría liberal pretendió estorbar las elecciones con discursos y amagos tumultuosos.

Difícilmente puede darse en una república más alto ejemplo de respeto a la libertad civil que el que dio Mosquera acudiendo para reparar su honra a las tramitaciones y contingencias de un juicio, y sin embargo le llamaron tirano; prueba evidente de que los que así procedían ignoraban lo que es libertad, y de que esos gritos eran aspiraciones de almas enfermas o aullidos de pasiones hambrientas. No tildará de temerario este juicio quien repare en que muchos de los que vociferaban contra el magistrado respetuoso de la ley, le alzaron por dictador a vuelta de pocos años y le fueron mansos servidores.

Al paso que los liberales rejuvenecidos, cifrando en el triunfo electoral todas sus esperanzas y alentados con la división de sus contrarios, trabajaban como movidos por un solo espíritu, los conservadores, quebrantados con las rencillas y emulaciones, no podían obtener el resultado que correspondía a su notoria mayoría; sobre todo los partidarios del doctor Cuervo, a fuerza de oír que era candidato ministerial, cayeron en la imprudente confianza de que el gobierno había de hacerlo todo; cosa muy acertada si se tratase de un gobierno menos circunspecto y deseoso de dejar en completa libertad las opiniones. Agregóse a esto el concierto tácito con que liberales y goristas hacían mortal guerra a esta candidatura. Podemos juzgar de lo que sucedía en otras partes por lo que pasó en la provincia de Tunja, según lo describe en carta de 8 de agosto don Juan N. Neira, caballero de excelentes prendas morales e intelectuales, sobre todo de un valor incontrastable y adhesión tan sincera y firme a su causa, que en tiempo adelante mereció ser contado entre los varones insignes que una muerte violenta ha arrebatado al partido conservador: "Dos masas de poder y de intereses nos han enderezado sus golpes: el fanatismo ciego y el libertinaje desenfrenado; los clérigos a nombre de la religión proclamaron a Gori, y a nombre de ella nos juraban exterminio; y los lopistas se prometían volver a ensangrentar el suelo de la patria a nombre de la libertad. Tres eclesiásticos merecen una honrosa excepción entre los primeros, a saber: Severo García, Barrera y Calderón; y por fortuna han recibido sus esfuerzos un espléndido premio.''

Terminadas las elecciones, ningún candidato obtuvo la mayoría requerida por la ley, y tocaba al congreso perfeccionar la elección entre los tres que mayor número de votos habían obtenido, y que fueron: López 735, Gori 384 y Cuervo 304 | (21) . Entre los demás candidatos conservadores completaron 207 votos, de modo que la mayoría fue evidente en el partido, y de haberse cargado todos a uno solo, como lo hicieron los liberales, la superioridad hubiera sido considerable.

Pendiendo ya del congreso la decisión de este debate, entraron los partidos a conjeturar y recontar los votos de que podían disponer. Los goristas, los primeros, juzgaron perdida su causa por este lado y empezaron a inclinarse más y más a López; y desechando con mayor claridad la clasificación de liberales y conservadores, declaraban ser el justo medio entre los dos extremos, con lo cual, en caso de no atraer a su candidato uno de los otros dos bandos, podrían imponer condiciones, como árbitros que eran. Esto, por de contado, no se entiende sino de los directores, pues la masa de la parcialidad, obedeciendo al primer impulso y a las ideas que se le habían imbuido, permaneció del todo ajena a estos manejos. La cuestión entre los otros dos candidatos estaba en balanzas, y los partidarios de López calculaban que, aun siendo ciertas las esperanzas que daban los directores del bando gorista, no debían esperar que todo él siguiera ciegamente lo que se pactara, y que podían quedar vencidos con sólo que disintieran tres o cuatro de los que le representaban en el congreso. Viéndose tan cerca del triunfo, no pudieron consentir en que se les escapase de las manos, y se determinaron a emplear todos los medios posibles para asegurarlo. Amenazaban con un alzamiento para el caso de que el congreso no eligiese a su candidato, y la actitud que tomaban en las provincias hacía recordar los preludios de la revolución de 1840; como para abonar la justicia de su causa, hacían correr por toda la República que López contaba en el congreso con cuarenta y ocho votos, y que si no era elegido, se debería a malas artes del gobierno. Pero el medio más eficaz parecióles la fundación de sociedades a donde atraer a los artesanos y a los jóvenes de los colegios para imbuirles las seductoras doctrinas socialistas de que tánto se hablaba, y sacar de ellos prosélitos fanáticos capaces de intentarlo todo y sacrificarlo todo por su causa. Hecha esta iniciación, les inculcaban que ellos únicos constituían el pueblo soberano, árbitro de la nación. Así tenían a la mano un núcleo de gente resuelta, por si llegaba el caso de emplear la fuerza. Tal fue la sociedad que se llamó |Democrática en Bogotá, tales los primeros |democráticos.

El pensamiento de valerse de estas sociedades como de instrumento político no era nuevo en ellos: durante el gobierno de Márquez se fundó en Bogotá la sociedad democrática republicana, y se enviaron emisarios a las provincias con el fin de propagarla; y aunque en algunas partes, como en Tunja, se instaló con mucha algazara y brindis a la libertad, no correspondieron a las esperanzas de sus promotores. En 1845, a tiempo que se reorganizaba el partido, se fundaron también sociedades en diversas partes y con varios títulos, las que tampoco prosperaron, por faltarles un elemento tan adecuado a remover las capas inferiores de la sociedad, como la perspectiva de una nueva organización social en que los poco favorecidos de la fortuna, serían por lo menos iguales a aquellos a quienes siempre habían mirado con respeto o con envidia.

El partido conservador, sin unidad de ideas ni de intereses políticos, no pudo pensar en organizar otras sociedades análogas para contrarrestar las del enemigo, como lo hizo después, enardecido por el vencimiento y los ultrajes, fundando la Popular y la Filotémica. La gente calmada miraba los fieros de los liberales como efectos de exaltación pasajera, y contemplaba al gobierno con la fuerza suficiente para atajar cualquiera tentativa de trastornar el orden. El gobierno mismo se sentía vigoroso y seguro, y creía cumplir con su obligación no tomando medida alguna represiva mientras los exaltados no salieron del límite legal. La mayor parte de la nación, viendo esta serenidad, descansaba en ella y aguardaba como cosa fuéra de duda que el congreso, donde el doctor Cuervo tenía la mayoría, le declarase presidente de la República.

A medida que se acercaba la reunión del congreso, crecían y se determinaban los rumores de una coacción preparada por los liberales. Ya hemos dicho que desde que se supo el asesinato del congreso de Caracas, fue proclamado por ellos como acto heroico, y después no se les caía de los labios el encomio de este atentado, sobre todo cuando halagaban a sus parciales llamándolos pueblo soberano y persuadiéndoles que nadie podía oponerse a su voluntad y que toda era lícito para cumplirla. Dóciles a las lecciones de |El Aviso, apacentábanse de continuo con imágenes de sangre y de matanza, dando el crimen por virtud, con tal que se cometiese  con fines políticos. Así no es de admirar que proyectaran degollar al doctor Cuervo si se declarase la elección en su favor | (22) . Fue público que se habían comprado cuantos puñales, pistolas, trabucos y pólvora había en los almacenes de la capital; diariamente llegaban de las poblaciones comarcanas bandadas de hombres desalmados para refuerzo de los democráticos; a los diputados que iban llegando se les notificaba que había brazos prontos para hacer elegir a López; y como sello de todo, se agregaba que un ejército venezolano se movía hacia nuestra frontera para prestarles apoyo.

Cuando unos, movidos por estos antecedentes, tenían por cierto que el congreso sería teatro de una escena sangrienta, otros eran menos pesimistas; |El Nacional de 24 de febrero profetizaba así lo que iba a suceder: "¿Qué será pues lo que en esta ocasión intentará ese grupo? Intimidar con gritos y con demostraciones y apariencias de fuerza y de violencia. Llevará sus seides a ocupar la barra y las galerías, y a dar gritos insolentes y amenazadores, esperando que haya diputados débiles y pusilánimes, que temiendo un estrago, voten por el candidato de los agitadores. Habrá quizá amenazas individuales, grupos que recorran las calles con el intento de imponer a los tímidos, y otros actos semejantes." Y agregaba: "¿Qué debe hacer el congreso en este caso? Hacerse guardar cumplida y escrupulosamente |todo el respeto y veneración que se le debe; reprimir y hacer castigar pronta y severamente hasta la más ligera falta que en ofensa suya se cometa."

El día 1° de marzo se reunieron las cámaras y eligieron por presidentes, el senado a don Juan Clímaco Ordóñez, y la cámara de representantes a don Mariano Ospina; así pues los conservadores pusieron en cierto modo su suerte en manos de los partidarios de Gori, pues el señor Ordóñez, a quien correspondía presidir el congreso, era uno de ellos.

El enlace de los acontecimientos permite suponer que si bien la turba del partido liberal pudiera llegar a mancharse con sangre, sus jefes procuraron probar si bastaba con la intimidación. El 13 de junio había hecho ver que por más que el presidente Mosquera quisiese emplear la fuerza para ahogar un motín, no faltarían quienes lo contuvieran, y esto era ya una premisa de mucha significación. Además que, como ellos no cometiesen en la calle ningún desafuero, estaban seguros de que la fuerza pública no invadiría el local del congreso si éste no la llamaba. El 2 de marzo acudieron en gran número los democráticos a la cámara de representantes e insultaron groseramente a los conservadores que tomaron la palabra: el presidente Ospina por primera y segunda vez los excitó inútilmente al orden; quiso hacer despejar el recinto, y al efecto ordenó al secretario pusiese una comunicación pidiendo el auxilio de la policía, y éste no se atrevió a hacerlo; llamado el gobernador de la provincia y requerido para que formase el sumario y promoviese el enjuiciamiento de los culpados, se contentó con suplicar a éstos que se retirasen. Este amago del presidente, frustrado por la indecisión de la cámara y las contemplaciones de la autoridad política, enseñó a los alborotadores qué era lo que podían temer y los alentó para mayores hazañas.

A todo esto el senado, queriendo cortar las maquinaciones que acaloraban los enemigos del orden, invitó desde el día de su instalación a la otra cámara para que al siguiente se reuniesen en la iglesia de Santo Domingo, a fin de proceder a los escrutinios y hacer la elección de presidente de la república; mas la cámara no vino en ello. Reiterada la invitación el tres de marzo e indicado al efecto, no ya Santo Domingo, sino el salón en que se reunía la cámara, segunda vez se negó ésta. Los liberales, sobre todo, cuyos planes se desmoronaban con el cambio de local, amenazaron con no concurrir si se efectuaba tal designio. Estas discordancias sugirieron la idea de convocar a los diputados conservadores para una junta que se verificó en casa de don Raimundo Santamaría el 4 de marzo; en la cual después de inútiles tentativas para que conviniesen todos en votar por un solo candidato, uno de los concurrentes expuso circunstanciadamente y asegurando saberlo de ciencia cierta, el plan concertado para arrancar la elección de López. Los hechos comprobaron la verdad del anuncio; pero, como sucede a los hombres honrados, hubo allí muchos que no creyeron posible tánta maldad, y aunque para llevar a efecto el crimen era base que el congreso se reuniría, como era costumbre para semejantes casos, en la iglesia de Santo Domingo, la junta no quiso admitir cambio alguno en el particular, y se limitó a convenir en que las cámaras se reunirían el día 6 y que los presidentes tomarían las medidas oportunas para la seguridad de los diputados.

Al efecto rodeóse el recinto en que debía reunirse el congreso con una barrera que, dejando un espacio conveniente, impedía que llegaran los concurrentes a rnezclarse con los diputados, lo cual era, según estaba denunciado, uno de los medios que había de poner la libertad y aun la vida de de éstos a merced de las turbas. Comenzada apenas la lectura de los registros, la interrumpió el senador Mantilla para exponer con descaro inconcebible que no oyendo perfectamente el pueblo soberano todo lo que se leía, la sesión era secreta, y por tanto el congreso estaba infringiendo la Constitución y de hecho invalidando la elección misma; y después de otras impertinencias encaminadas a deprimir el congreso y adular a sus partidarios, acabó pidiendo que se quitase la barrera mencionada. Mientras duraba la discusión suscitada por esta arenga, fueron cortadas las cuerdas que mantenían la barrera, y una oleada de populacho invadió con salvaje algazara el recinto de los diputados. Para hacerlos retirar no bastó la energía con que algunos protestaron contra semejante atentado, ni las exhortaciones del presidente del congreso; fue menester que los diputados liberales se lo ordenasen. Con esto y la condescendencia de acercar a la barra las mesas de los escrutadores y secretarios pudo continuar la sesión. Un vez más se dejó, pues, atropellar el congreso sin emplear los medios que estaban en su mano para sostener su dignidad e independencia. En el acta de este día no se mencionó el escándalo; si por moderación, por debilidad o por vergüenza, no se sabe.

El miércoles 7 de marzo de 1849 es sin duda uno de los días que menos pueden olvidarse en nuestra historia moderna. En él se vio a una turba soez, aleccionada de antemano, usurpar el nombre del pueblo, violar el recinto del congreso de acuerdo con los diputados de su bando, y obedeciendo a sus órdenes, asediar por largas horas a la mayoría hasta sacar electo al hombre que debía el primero subrogar en el gobierno, sistemáticamente y jactándose de ello, al nombre de la nación el nombre de un partido. El acta misma de esta sesión nos presenta los lineamientos del execrable suceso, y testigos intachables, cuyo dicho hasta ahora nadie ha revocado a duda, nos han conservado todos sus incidentes; nosotros no haremos sino bosquejar rápidamente tan triste cuadro | (23) .

Desde temprano acudieron los democráticos; los conocidos por más temibles entraron al templo y cercaron el espacio donde estaban los asientos de los diputados, ocupando todas las salidas; la turba restante quedó encargada de mantener la agitación en la calle. Todos llevaban en el sombrero divisas rojas que decían: |Viva López, candidato popular; hacían juego con estas divisas las blancas que llevaban al brazo algunas mujeres esparcidas por los balcones de las casas inmediatas, con el mote |Viva López, terror de los conserveros | (24) .

Los diputados conservadores atravesaron impávidos la muchedumbre hasta llegar a sus puestos, sin que se les ocurriera mirar por su seguridad o reclamar contra la violencia que anunciaban las miradas amenazadoras que les clavaban. López, según era sabido, contaba con treinta y tres votos decididos, más cuatro que se le agregaron a última hora; dos cuervistas dejaron de concurrir por miedo. Abierta la sesión a las diez de la mañana, después de algunos preliminares se dio principio a la elección, y en el escrutinio, cada vez que se pronunciaba el nombre de López, prorrumpían sus partidarios en estrepitosos aplausos, así como recibían el de Cuervo con vociferaciones de befa e improperio. Resultaron treinta y siete votos por el doctor Cuervo, igual número por el general López y diez por el doctor Gori. La siguiente votación debía concertarse a los dos primeros, de modo que a los goristas tocaba decidir la elección; era natural pensar que votarían con sus copartidarios de poco antes, pero no sucedió así, que varios movidos de odio o ganados con la promesa de un destino | (25) , se fueron a López. Antes de proceder a la votación declaró el presidente que, habiendo obtenido en el escrutinio que acababa de hacerse igual número de votos los dos candidatos, no se adjudicarían a ninguno de ellos los votos en blanco que pudieran resultar en el escrutinio siguiente. Al hacerse, se repitió el mismo alboroto. Cuarenta votos llevaba cada candidato y dos habían salido en blanco, cuando se pronunció una vez más el nombre del doctor Cuervo: momento de silencio pavoroso en que los amotinados hacen ademán de apercibir las armas, y con miradas de furor ansioso parecen convenirse para obrar; en seguida el último voto por el doctor Cuervo. Aquí rompen los democráticos las barreras, invaden el recinto de los diputados, y los arrollan hasta la mesa del presidente, amagando a algunos con los puñales. Varios diputados lopistas, subiéndose a las sillas y a las mesas, logran contenerlos gritando: "Todavía no hay elección", y en frase más breve y significativa: "Todavía no". hecha tercera votación, la grita fue más frenética, el atropello más violento; dos horas hubo que aguardar para hacer el escrutinio, mientras el gobernador de la provincia, allí presente, conseguía que lentamente se retirasen hasta la puerta del templo. Continuando la sesión, el general José María Ortega, cuyo valor probado desde la guerra de la independencia daba bien a entender que sólo obedecía ahora a la voz del patriotismo, propuso se suspendiera la elección hasta que se designase nuevo día. Los más de los conservadores sostuvieron esta proposición, para salvar la dignidad nacional, y algunos hablaron con la entereza y vehemencia propias del más alto valor personal. Don Manuel de Jesús Quijano dijo entre otras cosas: "Aquí no hay congreso; nosotros no podemos elegir presidente de la república; no queda otro camino que romper estas hojas de papel" (y rompió las papeletas en que estaban escritos los nombres de los candidatos) " y que el populacho de Bogotá, que se ha erigido en soberano, proclame el presidente que él se ha elegido. El congreso no tiene seguridad, no tiene libertad; aquí no hay representación nacional, aquí no hay Constitución." Y concluyó dirigiéndose a los diputados liberales: "Mis manos no se mancharán con sangre de bandidos miserables; cuando los asesinos den principio a la tarea preparada, vosotros, que sois sus jefes y directores, obtendréis mi preferencia." Don Juan N. Neira, desechando la proposición de suspensión, exclamó: ''Este es el momento de sublime prueba para un republicano; mi pecho no palpita, mi mano no tiembla a la sonrisa de los asesinos, al reflejo fatídico de los puñales. Yo no sé si debo a la naturaleza, que me dotó de una constitución atlética, este privilegio, mas yo me siento fuerte y exijo a todos fortaleza. Unos cuantos moriremos. ¿Qué importa, si la libertad y la Constitución se salvan? Si esto no sucede, si el aspecto de la muerte intimidare a unos pocos de mis amigos, lo que no quiero pensar, que resulte nombrado un presidente de puñales para baldón eterno del partido que tal sistema electoral establece. Procedamos, pues, sin demora; que los hechos se consumen." Don Juan Antonio Pardo había hablado después de Quijano y ratificando con no menor vehemencia sus palabras; las siguientes describen claramente la agonía de ésos momentos: "Jamás un cuerpo soberano se vio en situación comparable a la situación en que se ve hoy el congreso granadino. Siete horas hace que gime bajo el puñal alevoso de una turba sin freno, y ni una voz se ha alzado para protegerlo, ni autoridad alguna se ha movido a emplear la fuerza pública para aligerar siquiera la degradante agonía que se nos impone. El gobernador de Bogotá está delante de nosotros, el presidente de la República a unos cuantos pasos en su palacio. . . Dios solo es capaz de descifrar este enigma. . . Algunos diputados acaban de decirme que la fuerza les obligó hace poco a cambiar sus votos; otros vienen a anunciarme que alterarán los suyos, contrariando su conciencia y el deber que los pueblos les impusieron al enviarlos a este recinto; que no teniendo vocación para el martirio, la nación no tiene derecho para exigirles un sacrificio inútil y evidente." Impugnada por los liberales, sin que ninguno protestase contra los conceptos de sus contrarios, la proposición de suspensión se negó por cuarenta y ocho votos contra treinta y seis, y se pasó a nuevo escrutinio, que dio cuarenta y dos votos por López, treinta y nueve por el doctor Cuervo y tres en blanco, habiendo sido el último que se leyó el de don Mariano Ospina, redactado así: "Voto por el general José Hilario López para que los diputados no sean asesinados"; con el cual, sin duda, pensó poner a la elección marca de ilegalidad e ignominia. Acumulados los votos en blanco al general López, fue declarado presidente de la República. Entonces, a la señal de algunos diputados, la turba, que a duras penas había podido ser detenida a la puerta del templo, se abalanzó adentro; unos cuantos entraron furiosos por entre los diputados, creyendo que todavía era necesaria la violencia; sabido que todo estaba consumado, se apaciguaron.

Al levantarse la sesión los diputados liberales brindaron a los conservadores protección contra los ataques a que, según ellos, estaban expuestos si saliesen solos, y las turbas se derramaron con grande algazara victoreando a Obando más bien que a López. Muchos tomaron a su cargo el insultar a los conservadores. Delante de la casa del doctor Cuervo se habían sucedido todo el día los vivas y los mueras, como ecos de lo que pasaba en el congreso, pues hubo momentos en que a la puerta del templo se creyó decidida la elección a su favor; así, nada de extraño que muchas de aquellas voces contrarias hubieran salido de unas mismas bocas; como fueron al día siguiente rabiosos enemigos suyos otros que la víspera se le ofrecieron para guarnecer su casa.

Apenas supo el general Mosquera en qué había parado la elección, quiso que se desconociera lo que no era sino efecto de la coacción y que el doctor Cuervo, como vicepresidente y con el título que le daba su mayoría en el congreso, se encargase del poder, y nombrase al mismo general Mosquera jefe supremo de la fuerza armada para sostener tal determinación. El doctor Cuervo; que, si hubiese sido electo, hiciera rostro a cualesquiera peligros para cumplir con su deber, se negó a pie firme a dar semejante paso, enteramente contrario a los principios que había profesado toda su vida | (26) . Oída esta resolución, juzgó el presidente que no quedaba otro camino que dar por legítima la elección de López, y saliendo a la plaza, lo victoreó entre la muchedumbre | (27) .

Como se jactasen los liberales de que la elección se debía al pueblo de Bogotá, una infinidad de artesanos y otros ciudadanos pacíficos resolvieron dirigir al congreso una enérgica protesta que, suavizada por algunos meticulosos, fue en pocas horas firmada por gran número de personas; pero los que llevaban la voz del partido no dejaron que tuviera curso. Sin esto se hubiera visto que el congreso fue oprimido por un grupo insignificante con respecto a la población de la capital.

El 12 de marzo siguiente se reunieron de nuevo las cámaras en congreso con el fin de elegir designado para ejercer el poder ejecutivo. Los conservadores votaron por el meritísimo general Juan María Gómez, y los goristas y los lopistas aliados por el doctor Gori | (28) .

Reflexionando sobre los sucesos del 7 de marzo, se ocurre que los liberales no sacaban provecho ninguno de asesinar al congreso, cifrándose sólo su interés en obtener la elección de López, y por tanto pueden ellos pretender que no fue otro su intento que el de intimidar. Pero imposible es que no comprendiesen que la ejecución de tal designio era peligrosísima, porque entre los instrumentos de ese plan se contaban muchos individuos a quienes poco después sus copartidarios mismos condenaron como malhechores al patíbulo o a los presidios, y entre los diputados no escaseaban hombres de temple y dignidad que no se sometían fácilmente a un ultraje; por manera que el menor choque personal pudo ser principio de horrible carnicería. Aun habiendo sido aquél el designio, todavía el proceder de los caudillos de esta jornada, a más de criminal, fuera villano. Todo esto hemos dicho en el supuesto sumamente inverosímil de que los liberales tuviesen certidumbre plena de que las cosas habían de pasar punto por punto como pasaron. Demos ahora que contra lo que esperaban hubiera salido el doctor Cuervo; ¿qué habrían hecho en esos momentos? Ellos no lo han dicho ni acaso lo dirán jamás; ni lo puede imaginar quien no tenga la prudencia de los hijos de las tinieblas. Lo seguro es que habría venido en pos una gran revolución, para la cual sin duda se contaba con Obando, que, comprendido en el indulto dado por Mosquera el día de año nuevo, llegó a Bogotá el 13 de marzo | (29) .

|El Día del sábado 10 en su artículo editorial decía: "Felicitamos cordialmente a los diputados que supieron hacer honor al incorruptible ciudadano doctor Joaquín José Gori, sufragando por él; y felicitamos a los mismos que penetrándose de los principios virtuales que animaban el pensamiento de esa candidatura, coadyuvaron después la elección del ciudadano general José Hilario López." ¿Estas últimas palabras aludirán sólo a los votos, o bien a otra especie de cooperación? Vimos que lopistas y goristas se aunaron para la elección de designado, lo cual no puede interpretarse sino como una recíproca aprobación de lo hecho el 7 de marzo, y como una retribución por parte de los liberales. ¿Pero cómo coadyuvaron los goristas al triunfo de sus aliados? Era condición indispensable para el buen éxito de la coacción, esto es, para lograr la elección de López con el menor peligro posible y dándole todos los visos de legalidad, que la fuerza pública no interviniera. Ahora bien, la tropa, acuartelada de antemano, los fusiles en pabellón, los caballos ensillados y los cañones listos, estaba a las órdenes del presidente del congreso; éste convino con el gobernador, don Urbano Pradilla, cuervista "de entendimiento y de corazón", en que cuando llegara el caso de llamar la tropa, le haría cierta señal con el pañuelo si de palabra no era posible darle la orden, excluyendo así cualquier otro modo o autorización. Pues el gobernador habló varias veces con él, y nunca le pidió la fuerza; encargado además de guardar el orden en las entradas y salidas de la iglesia, llevaba consigo un corneta disfrazado y a cada momento, y sobre todo cuando apretaba el tumulto, poniéndose en un lugar visible, interrogaba con la vista al presidente, pero en vano aguardó la seña convenida | (30) . Es evidente pues que aquél previó oportunamente el caso de una coacción, y comprendió que estaba obligado a defender al congreso. No haciéndolo, favoreció a los revolucionarios: ¿fue traidor o pusilánime? Si en él obraron otras consideraciones, ¿por qué no se puso de acuerdo con los que iban a ser atropellados? Si fuera cierto que los goristas estaban confabulados con los lopistas, sería menor su crimen, pero, como en otros casos que la ley castiga con menos rigor, inspiraría más repugnancia a los hombres de sentimientos caballerosos. Los liberales arrostraron con franqueza el peligro, los otros hubieran contribuído solapadamente a ultrajar a la patria y a burlar con ignominia a sus colegas.

Habían tenido particular empeño los enemigos de la candidatura del doctor Cuervo en igualar malignamente la situación actual a la de 1837; fingían creer que Mosquera trataba de imponer un presidente a su gusto, y aun hablaban sin sombra de fundamento de inconstitucionalidad en la elección del vicepresidente. Pero el desenlace de este drama, además de esclarecer el punto, pone en contraste el fin de las dos administraciones. La de Mosquera no sólo había esquivado la más pequeña ingerencia en las elecciones, sino que permitió al congreso dar un vergonzoso escándalo, más bien que violar su neutralidad legal. Cuando Santander dispuso en el último mes de su gobierno de todos los empleos libres, hasta de las prebendas, colocando en ellos a sujetos que no podían menos de ser embarazosos a Márquez, y cuando declaró a ojos cerrados una oposición decidida a cuanto hiciera su sucesor únicamente por no ser de su agrado, Mosquera convoca en su casa una junta para el 31 de marzo, en la cual se recibe con caluroso entusiasmo la proposición, presentada por un joven, de no hacer oposición al general López hasta que sus procedimientos dieran lugar a ello; y llegado el caso, hacerla con lealtad y decencia.

El partido conservador se encontró en la alternativa de aceptar la elección del 7 de marzo o precipitar la nación a los escándalos de la guerra civil; e hizo al orden constitucional el sacrificio de olvidar la satisfacción de su agravio, cuando había la contingencia, aunque remota, de que López cumpliera las promesas lisonjeras que a su nombre se hicieron a la República.

 

(1) Civilización, número 16.
(2) Compárese este lenguaje con el que usó en la carta que citamos en el primer volumen. Con los arbitrarios fusilamientos de Cartago y otros a que alude en la carta del texto, tenía probado Mosquera que sus palabras podían pasar de meras fanfarronadas.
(3) La deuda pública causada por la revolución de 1840 pasaba de tres millones de pesos; en el gobierno de Mosquera se amortizaron casi dos millones, y al acabar éste quedaba reducida a unos ochenta mil. Véase la |Civilización, números 9 y 15.
(4) Los candidatos fueron el doctor Cuervo, don Diego Fernando Gómez y don Lino de Pombo, que obtuvieron, por su orden, 643, 165 y 161 votos. Cuando murió don D. F. Gómez (28 de mayo de 1853), con el espíritu de mentira que informaba las publicaciones del gobierno, se dijo en la |Gaceta, número 1.556, que el doctor Gómez obtuvo el mayor número de votos, pero que no apeteciendo el destino, se dirigió a cada uno de los miembros del congreso para pedirles que votaran por el doctor Cuervo, protestando no aceptaría aunque lo eligiesen, y que a esto se debió el nombramiento del último.
(5) Nota al ministro de la Nueva Granada en la Gran Bretaña. |Gaceta de 12 de septiembre de 1847.
(6) Don José Manuel Restrepo mismo, que intervino en la formación del plan y lo autorizó con su firma, lo desaprueba en estos términos enérgicos en circular de 20 de octubre de 1828 con ocasión de haber tenido parte algunos jóvenes en la conspiración del mes anterior: ''S. E., meditando filosóficamente el plan de estudios, ha creído hallar el origen del mal en las ciencias políticas que se han enseñado a los estudiantes, al principiar su carrera de facultad mayor, cuando todavía no tienen el juicio bastante para hacer a los principios las modificaciones que exigen las circunstancias peculiares a cada nación. El mal también ha crecido sobremanera por los autores que escogían para el estudio de los principios de legislación, como Bentham y otros, que al lado de máximas luminosas contienen muchas opuestas a la religión, a la moral y a la tranquilidad de los pueblos, de lo que ya hemos recibido primicias dolorosas. Añádase a esto, que cuando incautamente se daba a los jóvenes un tósigo mortal en aquellos autores, el que destruía su religión y su moral, de ningún modo se les enseñaban los verdaderos principios de la una y de la otra, para que pudiesen resistir a los ataques de las máximas impías e irreligiosas que leían a cada paso.'' Pero todo lo que se ha dicho sobre el acierto de la designación de textos es nada en vista de lo que se lee en el artículo 229 del mismo plan:''Los autores designados en este decreto para la enseñanza pública no se deben adoptar ciegamente por los profesores en todas sus partes. Si alguno o algunos tuvieren doctrinas contrarias a la religión, a la moral y la tranquilidad pública o erróneas por algún otro motivo, los catedráticos deben omitir la enseñanza de tales doctrinas, suprimiendo los capítulos que las contengan, y manifestando a sus alumnos los errores del autor o autores en aquellos puntos, para que se precavan de ellos y de ningún modo perjudiquen a los sanos principios en que los jóvenes deben ser imbuídos.'' Por manera que o los que designaron los libros no los habían leído, o pensaron salvar ante la opinión pública su responsabilidad por recomendar lo que en su conciencia era malo.
(7) "No creo equivocarme asegurando al congreso que los agricultores y criadores de ganados contribuyen con cerca de diez y seis millones de reales, y que sólo entran en arcas como tres millones, costando en consecuencia la recaudación por el sistema de arriendos trece millones." Mensaje dirigido por Mosquera al congreso en 1º de marzo de 1847.
(8) Número del 20 de septiembre de 1849.
(9) |La Civilización de 6 de septiembre de 1849. Estas ideas se habían sostenido en |El Nacional, números de 21 de mayo, de 30 de junio y 9 de septiembre de 1848. Es sabido que la eliminación de la presidencia fue sostenida en Francia por J. Grévy en 1848, y que con todo eso fue elegido presidente el 30 de enero de 1879.
(10) Las transformaciones por que los partidos han pasado después, son todavía más profundas: veremos que para poner de un solo lado a los buenos católicos se necesitó la persecución democrático-socialista de López; para volver al gobierno fuerte de Santander y de Herrán era necesario pasar por el caos de la federación. Con el cambio de ideas e intereses también ha cambiado el personal de los partidos. Es visto pues que se abusa notoriamente de los términos al decir que los conservadores o los liberales hicieron o dejaron de hacer tal cosa en 1826, o en 1838, o en 1847, tomando estas denominaciones en el sentido que hoy les damos. Lo justo será decir: Fulano hizo o dejó de hacer, con el apoyo de fulano o zutano; y averiguar luégo si sus principios morales han cambiado o no.
(11) En El Día de 11 de julio de 1847 propuso el general Antonio Obando una lista de cinco individuos entre los cuales podría escogerse el candidato para la próxima presidencia: éstos fueron los generales José María Mantilla y José Hilario López y los señores Vicente Borrero, Joaquín José Gori y Florentino González. En el número siguiente de |El Día apareció un remitido en que se escogía entre esta lista a Gori. Este periódico fue el órgano de su candidatura.
(12) Véase |El Día de 6 de marzo de 1850.
(13) Acaso con razón fue tachada de ambigua su conducta en los días que siguieron a su vuelta, pareciendo que se estaba a la capa mientras se decidía la contienda.
(14) Véase |El Nacional de 28 de mayo de 1848.
(15) Véase |El Día, números de 5 de julio y de 21 de octubre de 1848.
(16) Así aparece de una carta de Mosquera al doctor Cuervo de 17 de abril, aunque no se especifica el motivo. Sobre el punto del tabaco véase el curioso suelto de |El Día, número del 27 de mayo de 1848, que parece escrito para que se supiera cuál fue la opinión del vicepresidente.
(17) Véase |El Nacional de 16 de julio de 1848.
(18) |Repertorio Colombiano de julio de 1878. Véase además |La civilización de 8 de agosto de 1850, donde se alude a los que se desengañaron con el gobierno de López.
(19) Véase |El Día de 5 y de 8 de julio de 1848. Desde que apareció el nombre de |conservador los contrarios quisieron ridiculizarlo convirtiéndolo en |conservero, y llamando al partido entero la |conserva.
(20) Don Ulpiano González, sincerándose del cargo de haber sido uno de los alborotadores. Véase |El Día de 17 de junio.
(21) Hasta esta época, rigiendo las dos constituciones de 1832 y 1843, que exigían para ser elegido presidente la mayoría absoluta de los votos de los electores, y determinaban que en caso de no obtenerla ningún candidato, eligiese el congreso entre los tres que más votos hubieran obtenido, no se vio sino una sola elección popular, la de Santander en 1833: siendo los electores 1.263, él sacó 1.012 votos, y los que más se acercaron fueron don J. Mosquera con 121 y don J. I. Márquez con 35. Los demás presidentes fueron todos elegidos por el congreso, conforme a su tiempo lo hemos ido apuntando. La elección de Obando en 1853 fue también popular; pero es de advertirse que los conservadores se abstuvieron de votar, y los gólgotas, que lo hicieron por Herrera, eran poquísimos. La Constitución de 1853, que estableció el sufragio universal directo, no dejó al congreso otras funciones en el particular que declarar la elección en favor del que hubiese obtenido la mayoría relativa de los votos de los ciudadanos.
(22) Oímos decir a un personaje de los llamados liberales y sin hacer de ello misterio, que si el doctor Cuervo hubiera sido electo, lo habrían degollado antes de posesionarse.'' M. M. Madiedo, |El día, 8 de septiembre de 1849.
(23) La relación más circunstanciada es la que se halla en los números 19 a 27 de |La Civilización.
(24) Véase |El Neogranadino de 10 de marzo.
(25) Es sabido que algunos diputados goristas obtuvieron empleos tan luégo como López subió al poder.
(26) De este hecho se conservó memoria en nuestra familia, y al momento de narrarlo aquí nos lo corrobora en carta particular persona de alta respetabilidad a quien lo refirió el general Mosquera, siendo senadores ambos el año de 1855.
(27) Véase |El Neogranadino de 10 de marzo de 1849.
(28) Hubo además un voto por don Juan C. Ordóñez y otro por el general Joaquín M. Barriga.
(29) En el número 20 de |La Civilización leemos: ''Como la resistencia a mano armada estaba preparada para el caso en que saliese elegido el señor Cuervo, la rebelión habría empezado desde luégo, y se habría proclamado no al presidente López sino al dictador José María Obando. Este hecho, que es bastante sabido, lo tenemos nosotros de una de las primeras notabilidades de aquel partido."
(30) Sabemos estos pormenores de boca del mismo señor Pradilla, el que bajo su firma asegura en un escrito publicado en |El Día de 18 de agosto de 1849 que en los momentos en que se creyó necesaria la intervención de la fuerza armada, la ofreció al presidente, y que éste no aceptó el ofrecimiento. Los diputados liberales, agradecidos de que el gobernador se contuviera dentro de su deber, le dirigieron el 8 de marzo una acción de gracias en que le decían haber sido el día anterior uno de los más solemnes para la República y haber estado la paz pública en inminente peligro, y que él con su conducta circunspecta y patriótica había merecido bien de la patria. Este documento se halla en el número 30 de |La America.

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