INDICE




CAPITULO II

SECRETARIA DE HACIENDA


Nombrado el doctor Cuervo para varios cargos en 1542, acepta la cartera de hacienda. - Emprende la vuelta por Pasto. - Opiniones reinantes en la capital: rigor y clemencia; intervención extranjera. - Cuestiones religiosas; llamamiento de los jesuitas. Miseria pública; quiebra de Landínez. - Desorganización del gobierno. - Entra de asiento Herrán a la presidencia. - La nueva Constitución. - Don Mariano Ospina. - Se posesiona el doctor Cuervo de la secretaría de hacienda. - Estado de este ramo. Memoria al congreso. - Deja la secretaría. - Elecciones para presidente. - Los tres candidatos.



El año de 1842 comenzó con más gratos auspicio para el doctor Cuervo. El 27 de enero fue nombrado por el vicepresidente Caicedo enviado extraordinario y ministro plenipotenciario ante los gobiernos del Perú y Bolivia, y además comisionado fiscal en el primero de estos países para liquidar los créditos de Colombia. No aceptó este nombramiento por la necesidad en que se hallaba de volver a su familia y de atender a sus intereses después de tan larga y calamitosa ausencia. En febrero fue ya propuesto su nombre con el de otros varios, para que entre ellos se escogiera el candidato para vicepresidente de la República. En la junta de miembros del congreso que hizo la designación, obtuvo veintitrés votos en concurrencia con Aranzazu, que llevó dos más; otros propusieron a don Joaquín José Gori y al general Mosquera. Aunque el último sacó la mayoría en las asambleas electorales, manifestó desde Chile, donde se hallaba, que en caso de ser electo por el congreso al perfeccionarse la elección, no aceptaría el cargo; así fue que desde el primer escrutinio quedó excluido; al tercero fue elegido Gori en competencia con el doctor Cuervo. Muchos dejaron de votar por el último, juzgando más conveniente elevarlo a la presidencia | (1) . "Al señor Cuervo debe serle satisfactorio'', decía un periódico contemporáneo, "haber obtenido trescientos votos en diferentes pueblos de la República, sin empeño, sin recomendación y sin intriga, hallándose ausente, y cuando la envidia y la indignidad doméstica y extranjera, y hasta sus mismos allegados combatían su candidatura."

Al volver el presidente Herrán de la campaña de la costa, lo llamó a la cartera de hacienda, la cual admitió, con todo el temor que le infundía lo defectuoso de la legislación fiscal, cediendo a las circunstancias especiales de este nombramiento. En mayo le escribía don Mariano Ospina, secretario del interior: "La República anda muy mal, porque no ha habido ni hay todavía quien quiera gobernarla, es decir, hacer algo que merezca este nombre. Lo peor de todo es la hacienda pública. Desde antes que empezara esta administración he creído que debían llamarlo a usted a la secretaría de hacienda para que la arreglara, y no he cesado de repetirlo; cada día me convenzo más de la necesidad de este paso. La opinión ha llegado ya a formalizarse acerca de él, y yo me anticipo a decirle esto, porque no dudo que usted será llamado con instancia, sea quien fuero el que ejerza el poder ejecutivo. Arreglar la hacienda pública es el negocio más importante y más difícil que hoy tiene y que tendrá por muchos años la República." El general Herrán, don Ignacio Gutiérrez y otros amigos repitieron estas instancias, interponiendo su amistad y alegando el clamor general con que se pedían sus servicios. Como estaba fresca la memoria de la actividad y tino con que había desempeñado encargos conexos con las rentas públicas desde que fue gobernador de Bogotá hasta su partida para el Ecuador, no tenía por qué interpretar a lisonja expresiones semejantes, y condescendiendo al deseo de sus amigos, cedió al mismo tiempo a la opinión pública.

En los primeros meses del año de 1842 indicó el doctor Cuervo al general Herrán que esta cartera debía darse a don Ignacio Gutiérrez, conociendo mejor que todos, como antiguo amigo suyo, lo que la República debía aguardar de su ilustración, y en particular de su pericia en un ramo que fue siempre para él objeto de constantes estudios. No eran menos su consagración, desprendimiento y modestia; y los que en años posteriores vimos la fortaleza y serenidad con que soportó prisiones, vejámenes y amagos de muerte antes que cejar en sus principios, no podíamos ni imaginar que al morir su ilustre padre en un patíbulo por la causa de la independencia le había transfundido su abnegación y aquel amor de la patria que reputa como mero cumplimiento de mi deber el ofrecerse todo al servicio de ella. Nunca procuró el propio adelantamiento, ni miró cuál era el puesto que se le designaba, como juzgase que en él podía ser útil. Así aceptó interinamente la secretaría para la cual le señalaba en propiedad el doctor Cuervo, con el pensamiento de que, puestos los dos de acuerdo se fuese preparando el campo para las reformas necesarias.

El nombramiento del doctor Cuervo fue expedido en 18 de junio, y el 23 de agosto se leyó con particular satisfacción en el consejo de gobierno la nota de aceptación. Con todo eso, tuvo que aguardar para emprender su viaje la llegada del genera José María Ortega, designado para sucederle, quien no estuvo en Quito sino ya bien adelantado el mes de agosto. Presentadas pues sus letras de retiro, en que el gobierno aprobaba su conducta de la manera más completa y explícita, y dado un banquete de despedida, se puso en camino a fines de septiembre, tomando la vía de Pasto, que, aunque excesivamente penosa, le proporcionaba el gusto de satisfacer los deseos de estos habitantes, que querían mostrarle personalmente su estimación, más aún, su gratitud. En efecto, durante la pasada contienda, cuando se veían aislados y rodeados de peligros, era el doctor Cuervo a quien dirigían sus quejas y comunicaban sus proyectos y esperanzas, y a quien ahora en gran parte debían el ser granadinos. Ellos mejor que nadie sabían que él con su sagacidad para descubrir las arterias del gobierno ecuatoriano y su firmeza en oponerse a ellas, había abierto los ojos a la nación y encendido pundonor de los engañados; así como también había movido en su favor la general simpatía, desvaneciendo la extraña preocupación de que Pasto sería siempre cuna de revoluciones. Por eso en su viaje fue acogido dondequiera con las más vivas y sinceras demostraciones de aplauso y consideración; sentimientos de tan hondas raíces que siempre en esta provincia obtuvo notabilísima mayoría en las elecciones en que figuró su nombre | (2) .

"Confieso a usted con franqueza (escribía el doctor Cuervo a un amigo en julio de 1842) que a pesar del amor que profeso a mi familia y del deseo que tengo de ver a usted y a todos los de su casa, marcho con disgusto a Bogotá, en donde voy a encontrar un cambio completo de ideas, de sentimientos, de intereses, de amigos y de todo. No sé cómo me recibirán algunos hombres que se han apoderado de la influencia política y social, y si con todo mi catolicismo, nunca desmentido, me haré sospechoso a ciertos creyentes fanáticos, como lo he sido a ciertos incrédulos, pues nunca he estado ni estaré con unos ni con otros.'' Todo esto ha de aguardar quien pase algunos años fuéra de su patria en tiempo de revoluciones. Distante de los peligros y de las pasiones que ellos remueven, y entretenido en meditar los acontecimientos con una serenidad y reposo que a los que son arrebatados por ellos parecería criminal, se encuentran en breve a enorme distancia de los amigos de ayer; y a trasladarse a la nueva escena, se sentiría extranjero entre estadistas y generales improvisados, que engreídos con un triunfo en que han tenido quizá parte pequeña, se creen dueños únicos del campo. Hace a nuestro propósito indicar algunas de las cuestiones en que el doctor Cuervo no se hallaba de acuerdo con las opiniones reinantes, y señalar ciertos sucesos que determinaron la situación política y económica que le inspiraba tántos recelos.

La oposición que encontró el modo pacífico con que el doctor Cuervo logró el sometimiento de Panamá, se extendía a toda medida y a toda palabra de moderación o indulgencia. El las había aconsejado incesantemente en su correspondencia oficial y privada, y sus votos corrieron la misma suerte que los de Herrán, Ospina, Acosta y otros pocos, ahogándose entre las voces de la mayoría de los vencedores, que se mostraban implacables en las cámaras no menos que por las calles, y estigmatizaban a quienes abogaban por la clemencia. En el congreso de 1842 dijeron cosas harto duras contra el presidente por los indultos que había concedido, y faltó poco para que le retiraran la facultad de darlos. Arrebatados por su excitación, aplicaban una misma regla a casos diversos. Con razón llamaban malhadados los indultos de los Arboles y Vélez, que se dieron en los primeros meses de 1840, cuando la oposición estaba llena de vigor y de esperanzas, y sirvieron más para soplar el fuego que para extinguirlo; y sin vacilar llamaríamos nosotros lo mismo a los fusilamientos de Vesga, Córdoba y los demás; porque cuando una facción se presenta poderosa y amenazante, es infructuoso y aun perjudicial cuanto no conduzca a darle golpes decisivos que la anodaden física y moralmente. La revolución no acabó sino cuando Tescua, Ocaña, La Chanca dejaron al enemigo sin armas y en la impotencia que trae el descrédito, Reducido a este extremo, negarle el indulto era modo de ejercer represalias o venganzas. Cosa semejante sucedía con las medidas de seguridad, absolutamente necesarias mientras dura el peligro, armas de mala ley al pasar la guerra: algunos hubieran querido que se derogaran luégo, otros, menos templados o más asustadizos, no lo consintieron hasta marzo de 1845.

Pero debemos ser justos: los estragos de la revolución fueron horribles. Los demagogos de Bogotá desencadenaron sobre la República una horda de salvajes que la anegaron en sangre, devoraron la riqueza, persiguieron la instrucción | (3) y ahogaron los gérmenes de la libertad política. El recuerdo del bien perdido acrecentaba las desgracias actuales, y la indignación y la cólera eran disculpables. Veamos el cotejo que del pasado y del presente traza una pluma maestra:

"Pensad, recordad conmigo, comparad conmigo lo que éramos en el año 39 con lo que somos hoy el año de 42.

''En el año 39 estábamos en paz; hoy estamos en paz también: pero esta paz de ahora es muy distinta de aquella paz de entonces.

''En el año de 39 había paz; pero entonces la sociedad vivía, estaba animada, todo se movía, todo hablaba, nadie temía. . . había periódicos, se comenzaban a establecer sociedades, las escuelas se difundían, la instrucción se generalizaba, el pueblo empezaba a salir del pupilaje y a comprender la libertad viril.

"Oh! ¿Con qué responderán los que nos han robado tamaños bienes?

''. . .  . . .  . . .  . . .  . . .  . . .  . . .  . . .  . . .  . . .  . . .

"Dije que en el año de 39 el pueblo empezaba a salir del pupilaje y a comprender la libertad viril. Sí; la libertad, en el seno de una paz de siete años empezaba ya a tomar popularidad, crédito y auge; pagados todos los empleados, florecientes toda las rentas, ya se había comenzado a satisfacer los intereses de nuestra enorme deuda y aun se pensaba en amortizar los capitales. El comercio había recibido un impulso hasta entonces desconocido: se hizo para los granadinos más familiar y fácil un viaje a Londres que lo era en otro tiempo uno a Jamaica. Los matrimonios se multiplicaban; el celibato voluntario comenzaba a ser mirado como inmoral. La riqueza nacional hacía progresos cada vez más rápidos; la ilustración descendía, aunque lentamente todavía, hasta las clases inferiores. Todo en la sociedad comenzaba a tomar una marcha más arreglada y un aspecto más democrático y uniforme: los sastres y zapateros empezaban a usar para sí las casacas y botas que antes apenas sabían hacer para otros; sus mujeres comenzaban por su parte a vestirse decentemente. Veíase ya con frecuencia a hombres de ruana detenerse en una esquina a leer un aviso, o en frente de un taller a leer un letrero. La señoritas se avergonzaban de no saber ortografía, y empezaba a aparecer insuficiente la educación monástica que antes exclusivamente se les daba. Verdad es que la educación de los hombres sobre ciertas materias estaba radicalmente viciada; pero bajo todos los demás respectos era sin disputa más extensa, más profunda, más apropiada, sobre todo se había hecho más accesible y más fácil. La nueva generación que entonces crecía comprendía la importancia de los altos destinos a que la Providencia la llamaba: ella sabía que el porvenir de la Nueva Granada era su patrimonio.

"¿Lo diré todo? En medio de aquella profunda paz y de aquella prosperidad creciente, el uso y la noción de los derechos empezaban a comprenderse; y, lejos de mirar la libertad como una causa de desorden, se empezaba a comprender que ella es el manantial de toda felicidad y de toda vida. La imagen de la fuerza material empezaba a ser odiosa;  me acuerdo que ya la sola vista de un soldado en Bogotá irritaba; no porque los militares en sí fuesen el objeto de antipatías, sino que ya parecía odiosa la idea de que aún se tuviesen por necesarias las bayonetas para la conservación del orden y para el sostenimiento de las leyes. El clero empezaba a retirarse de los negocies políticos; y estoy persuadido de que si aquella venturosa paz no hubiese sido interrumpida, los sacerdotes no hubieran tardado en apartarse del todo de las elecciones, de la política y del poder, y en la clase irreligiosa de nuestra sociedad, Pan numerosa por desgracia, unos por hipocresía y por bien parecer, otros por amor y por convicción, habría vuelto por fin al pie de los altares a escuchar la palabra evangélica, cuando ya no les hubiera parecido |parcial e interesado el apóstol. El odio estúpido a los extranjeros, triste herencia que nos legaron los españoles nuestros padres, empezaba a amortiguarse en la plebe: ya no se oía hablar de aquellos frecuentes y espantosos asesinatos que en los primeros años de Colombia parecieron condenar a muerte a todo inglés que se detuviese un momento en nuestro suelo; ni tampoco había escritores que, como ahora, se empeñasen, con una obstinación culpable, en irritar pasiones que antes debían calmar y en especular sobre las preocupaciones populares que antes debían combatir. En medio de todos estos bienes, el pueblo, satisfecho y como triunfante, empezaba a conocer el |orgullo nacional: a vista de la anarquía y del despotismo que reinaban en todo el continente, los granadinos nos felicitábamos por nuestra dicha, y altamente decíamos que íbamos a la vanguardia de nuestros hermanos y que éramos "la estrella polar del sur". Nadie se avergonzaba de ser granadino, y aun nos honrábamos ya de serlo.

"Vino la revolución y todo desapareció como el humo. . . Disipáronse los capitales, multiplicáronse las quiebras, interrumpiéronse las profesiones, la clase más florida de la juventud vio segadas sus filas, cerráronse las escuelas y los colegios, todos se volvieron soldados, el país se militarizó, la República se convirtió en un inmenso cuartel. Durante la lucha, todos los progresos se atajaron y en algunos se agostó su manantial; y, después de la victoria, la santa causa de la libertad se ve casi desacreditada y el poco orgullo nacional que teníamos enteramente se ha perdido. A innumerables personas de todas clases se lo he oído repetir cobardemente: "Somos indignos de ser libres; la anarquía entre nosotros es una enfermedad periódica; un gobierno fuerte tan sólo puede salvarnos."

José Eusebio Caro, que era quien así escribía |El Granadino de 16 de septiembre de 1842, exhortaba también al olvido y la reconciliación. Esto era lo más digno y generoso. Pero ¿quién podía compeler a todos a que ahogasen con esta nobleza de sentimientos la voz interior que les pedía hacer justicia?

El horror a la guerra y a la anarquía y la resolución de comprimir a todo trance el espíritu revolucionario que había desvencido la prosperidad nacional, llevaron a los defensores del orden hasta el extremo de buscar y admitir la intervención de los extranjeros en nuestros asuntos domésticos, olvidando lo desdorosa que es y cuántas complicaciones puede originar. El congreso de 1841, en la ley de medidas de seguridad (17 de abril), facultó al poder ejecutivo para solicitar y admitir tropas de naciones amigas en calidad de auxiliares para el caso de conmoción interior, con lo cual se sancionaba la entrada de las tropas ecuatorianas | (4) . Aceptó además nuestro gobierno la oferta que el encargado de negocios de la Gran Bretaña hizo de "resistir de la manera más positiva, por medio de la fuerza, cualquiera tentativa de las autoridades de los insurrectos de la costa para infligir la muerte a cualquiera de los amigos y defensores del gobierno que entonces se hallasen en su poder o que durante la actual contienda pudiesen llegar a caer en sus manos" (23 de febrero de 1841); oferta hecha y aceptada bajo la condición de conmutar la pena de muerte a Ramón Acevedo, revolucionario que se hallaba ya en capilla. Por efecto de la misma exagerada tendencia se introdujo en un proyecto de convenio para el pago de los intereses de la deuda extranjera, una cláusula por la cual se estipulaba "que el gobierno de la Nueva Granada no se comprometía al pago de los intereses de la deuda inglesa, mientras el gobierno británico no se comprometiese por su parte a garantir contra las facciones de la costa los fondos destinados al pago aquellos intereses''. De aquí se asieron los revolucionarios para decir que se trataba de someter la nación al protectorado de Inglaterra | (5) .

Como la parte militante e inquieta de la gente piadosa, después de las vacilaciones de sus jefes, apoyó al fin con calor la causa de la legitimidad, tomaron gran vuelo las ideas religiosas, una vez logrado el triunfo. Situación delicada, porque en cayendo estas cosas en manos de hombres poco doctos y prudentes, no es raro que se engañe su celo y con el intento de defender la religión se deje llevar a pretensiones injustas o descabelladas | (6) , y aun se ponga en contra de quien mejor y con títulos más valederos puede o debe defenderla. El influjo de esta fracción se hizo temible para los buenos ciudadanos, así católicos de ley como indiferentes, y de ahí venía la inquietud del doctor Cuervo | (7) . El sesudo Aranzazu le escribía: "¿Sabes lo que pienso de esto? Voy a decírtelo: los progresos de la escuela materialista que fundó el maestro Pacho nos alarmaron y produjeron una reacción; pues bien, si las gentes de hopalandas se propasan un poco, viene otra reacción, y entonces quizá van y le aplican el pico a Santo Domingo, San Agustín, etc., y hasta echan con cajas destempladas a los padres jesuítas, si es que alcanzan a venir, como parece que sí vendrán."

Con el llamamiento de estos regulares se satisfacían, cierto, los ardientes deseos de gran número de padres de familia, anhelosos de proporcionar a sus hijos una educación cristiana y sólida al mismo tiempo; pero acaso la manera y la coyuntura en que se llevó a efecto no fueron las más oportunas para producir los bienes duraderos que se buscaban. Oigamos lo que sobre el particular escribía el doctor Cuervo al arzobispo de Bogotá:

''Verdaderamente ha sido una cosa inesperada el restablecimiento de los jesuítas en la Nueva Granada. Conforme absolutamente con las miras y sentimientos de usted, no discrepo sino en cuanto al modo y oportunidad de llevar a efecto la medida. Nuestra patria, dígase lo que se quiera, todavía no ha vuelto a su aplomo, y cualquier providencia trascendental que se tome puede causar alarma, y dar pretexto a los revolvedores para promover nuevos trastornos. Ya de Bogotá se ha escrito al Ecuador que el restablecimiento de la Compañía de Jesús tiene un objeto esencialmente político, el de asegurar la dominación de ciertas personas con apoyo del fanatismo. . . En Buenos Aires se hizo venir a los jesuítas estando el país dividido por las facciones, y después los han expelido. Ojalá que no suceda otro tanto en la Nueva Granada. Me parece que la misión de ellos es afianzar sobre las bases de la religión y de la moral la conservación del orden, pero antes debe existir éste, porque en tiempo de revolución no se oye sino la voz de las pasiones y de los intereses, y de todo se saca pretexto para engañar y resolver. A pesar de todo, estando echada ya la suerte y siendo usted el principal interesado en la parada, es mi deber como, patriota, como amigo de usted y como padre de familia, emplear mi poco influjo y valer para que salgamos avante."

Verificadas estas tristes predicciones, explayaba así su opinión en 1852:

"Pasando al hecho del llamamiento (de los jesuítas), diré francamente que no fueron conformes mis opiniones los actos legislativo y ejecutivo que lo decretaron: creí entonces, como creo todavía, que, habiendo triunfado el partido de orden y de legitimidad de las facciones de 1840 y 1841, no debía traerse como elemento de conservación un instinto por el cual no manifestaban simpatía muchos miembros de ese mismo partido; que siendo constante que en ningún país y menos en las repúblicas hispanoamericanas dura por largo tiempo un partido en el poder, era perjudicial, aun a los mismos jesuítas, el hacer depender su permanencia en la República de la duración de los conservadores en el mando; y que por lo mismo que esta orden ha sido motivo y objeto de disputas y controversias en las naciones en que ha tenido una existencia legal, no debían venir los jesuítas a la Nueva Granada sino |a la sombra de la tolerancia general, como han sido admitidos y existen en Inglaterra, Francia y los Estados Unidos. Yo manifesté estas opiniones desde Quito, en donde me hallaba entonces, y luégo las repetí en Bogotá a mi regreso del Ecuador; y por cierto que me valieron agrias censuras de cierto circulo retrógrado y antipático que me ha juzgado con sobra de liviandad" | (8) .

"Los partidos medios se van; ¡todo se va! exclamaba un elocuente español hace veinticinco años. Palabras lastimeras con que se significa haberse acabado en los pueblos de raza latina el verdadero espíritu de libertad, a cuyo influjo logra respeto la conciencia con títulos mejores que la propiedad, y convertidas la moral y la religión en cuestiones de partido, haberse trocado las contiendas políticas en lucha interminable, satánica, trabada, si cabe decirlo, en los más hondos senos de la conciencia, para acabar con toda paz y acibarar la vida social y de familia. Nuestros padres acariciaban todavía la ilusión de gozar un gobierno nacional a la inglesa o a la norteamericana, colocado sobre una altura serena como el Olimpo, de donde observase a los partidos luchando con dignidad y decencia, pronto a ceder honradamente el puesto al vencedor; temblaban de sólo imaginar a los pueblos rodando de reacción en reacción a la barbarie; y al ver saltar las primeras chispas del incendio, acudían presurosos a ahogarlas y apartar los elementos de combustión. No tardaron mucho los días aciagos en que el incendio se declaró violento, y los que así obraban ocuparon los puestos de más peligro, como para demostrar que su prudencia no era cobardía | (9) . Sus pensamientos y esfuerzos anteriores parecieron entonces y parecen a los que hoy vivimos un devaneo; trasladémonos, con todo, a la época en que el mal apenas asomaba, y estimaremos cuánto patriotismo, cuánta generosidad había en alejar el momento en que se tuviera por digno de compasión o de desprecio a quien no arrojase su haz a la hoguera.

La miseria pública y privada era suma. El gobierno, imposibilitado para subvenir a los gastos ordinarios, se vio reducido a solicitar un empréstito de ciento a doscientos mil pesos, ofreciendo pagar hasta el dos por ciento mensual. Los particulares vieron en Bogotá casi devorados sus haberes con la quiebra de don Judas T. Landínez, que con razón fue considerada corno una calamidad pública. Este caballero, dejada la carrera política, en que había ocupado puestos importantes, se dedicó de lleno al comercio empezando con un mediano caudal, el que a fuerza de actividad y exactitud adelantó notablemente, negociando sobre todo en documentos de deuda pública. Por ese entonces se entablaron los negocios de bolsa, que, gracias al buen éxito obtenido por Landínez y otros, volvieron el juicio aun a propietarios que pasaban por los más sesudos. En septiembre de 1841 escribía al doctor Cuervo uno de sus amigos: "Los negocios de la bolsa están aquí en mucho auge. Landínez es el Rothschild de esta tierra. Morales ha vendido todo lo que tiene, y hasta don Ramón de la Torre se ha despojado de Tilatá; pero admírese usted, don Francisco Suescún está de bolsista, y sus propiedades han pasado a poder de Landínez. Vicente Lombana le vendió su botica y las tierras que tenía en Neiva. En fin, esto es otro Londres en miniatura." Otro le decía: "Landínez es el hombre del día: maneja dos millones de pesos." En diciembre: "Landínez es dueño del comercio y se han puesto las cosas de modo que nadie puede hacer un trato sin tocar con él. Con este motivo y por el curso de las especulaciones, todo lo que tenemos mi hermano y yo está en obligaciones de aquella casa. Hoy se está divulgando la noticia de que suspenderá sus pagos, y vamos a quedar escuchando dónde guisan" Habiendo sido la puntualidad en los pagos lo que principalmente había acreditado a Landínez, al ensanchar sus especulaciones se vio obligado a valerse de expedientes ruinosos para satisfacer a sus acreedores. Compraba a precios altísimos cualesquiera cosas que se le ofrecían, con tal que fuesen dotadas (como decían) con una suma de dinero, por la cual y por el precio de lo vendido otorgaba obligaciones que luégo entraban en circulación y empezaban a andar de mano en mano con tánta más rapidez cuanto era mayor la viveza y recelo de los poseedores. Aun fue por algún tiempo objeto comerciable el precio de bienes que no existían. En este movimiento vertiginoso los más avisados salieron ilesos, y algunos pocos con enormes ganancias; pero la generalidad no abrió los ojos sino cuando las propiedades estaban en manos que no habían de soltarlas, y cuando no quedaban más que papeles sin respaldo ni garantía. Las combinaciones en que Landínez fundaba sus esperanzas eran verdaderamente fantásticas, y cayeron como castillos de naipes. Por ejemplo, dueño, como de otras empresas, de la fábrica de loza, cuyos productos, según él mismo confesaba, no tenían salida, vendió a otro negociante cien mil pesos de estos efectos entregaderos a plazos; y como la producción no le costaría sino treinta mil pesos, le parecía tener ya en el bolsillo los setenta mil restantes; y otros negocios así | (10) . El fracaso era inevitable, y la mala fe de unos hizo, como siempre, su agosto aprovechándose de la mala fe de otros menos vivos, y lo que es más sensible, de la imprevisión o incauta codicia de la gente honrada. El pasivo ascendió a dos millones y cien mil pesos; el activo era de algo más de medio millón, Como efecto de esta quiebra vinieron otras, y una desconfianza general, perjudicialísima para las transacciones comerciales.

El gobierno mismo, que tenía contratado con Landínez el empréstito con que contaba para sus necesidades, se vio en los mayores conflictos; y aumentaba sus embarazos la indecisión que estorbaba o hacía ineficaz toda providencia. La voz común era que en realidad de verdad desde tiempo atrás no había gobierno. El doctor Márquez, hastiado del mando, no hizo más en los últimos días que contar las horas que le faltaban para sacudir la carga. El general Herrán no pudo posesionarse de la presidencia hasta el 2 de mayo de 1841 | (11) , y al cabo de dos meses y medio le fue preciso separarse de ella para ponerse otra vez a la cabeza del ejército de la costa, que había padecido algunos reveses. Mientras tanto ejercían el poder el vicepresidente Caicedo o el presidente del Consejo de Estado, Aranzazu, según lo permitía la salud del uno o del otro. Nadie se atrevía a tomar medida alguna decisiva en los muchos negocios que la requería aguardando la venida del presidente. Este, a su vez muy disgustado por las censuras que se le hacían con motivo de los indultos concedidos en la costa y por el giro dado a los asuntos del Istmo, y persuadido de que con la Constitución de 1832 era imposible gobernar, hizo dimisión del cargo; pero llegó impensadamente a la capital en momentos en que el congreso declaraba por unanimidad no aceptarla,  y con esto entró en seguida a regir la nación (19 de mayo de 1842). Todo cambió como por encanto, callaron los censores, y empezó a trabajarse con tesón en todos los ramos de la administración. El respeto y estimación que circundaban a Herrán no tenían por solo fundamento los triunfos de las últimas campañas ni las penalidades que había soportado heroicamente durante ellas; tampoco las acciones gloriosas con que ganó sus grados militares en la guerra de la independencia. Lo que más le granjeaba las voluntades y hace en especial grata su memoria a la posteridad, es aquella magnanimidad con que se mostraba superior a todo interés personal o de partido, el generoso empleo que siempre hizo del poder o de la influencia para favorecer a los caídos y a sus enemigos mismos, su lealtad, el patriotismo ardiente y las rectas intenciones que sin cesar trabajó por el bien público.

El 25 de junio se aprobó el proyecto de Constitución que con cortas variaciones había de sancionarse definitivamente el año siguiente. Con ella quedaban cumplidos los deseos del presidente y de otros muchos que creían indispensable dar vigor al poder ejecutivo, y poner en sus manos recursos que le negaba la de 1832 para conservar el orden y reprimir las revoluciones. Creemos se leerán con gusto los siguientes conceptos de la |Memoria dirigida al congreso de 1843 por don Mariano Ospina, secretario del interior y relaciones exteriores:

''Uno de los defectos de más trascendencia que se han notado en la Constitución es que, calculada para un estado de perfecta paz, llegado el caso de una invasión o de una sublevación, es ineficaz, y el poder público que ella establece impotente para proveer a las necesidades extraordinarias y urgentes de aquella situación. Esta opinión, que era bastante común antes de que la experiencia hubiese puesto a prueba la Constitución, se ha generalizado después de esto. La nación ha visto al gobierno, en la pasada crisis, en la imposibilidad de defenderse, resignado a perecer abrazado de la Constitución. Acusósele con acrimonia de débil y pasivo, porque no tomaba en la oportunidad las medidas eficaces, medidas que a toda luz eran convenientes; pero al hacer tal cargo se olvidaban y aun se olvidan hoy los censores, de que esas medidas convenientes y eficaces eran también inconstitucionales, y que el gobierno no debía ser sino el ejecutor de la Constitución. Convencido entonces el pueblo de que el gobierno no obraba como era necesario para defenderlo y para defenderse a sí mismo, asumió el derecho que todo pueblo y todo individuo tiene para resistir y rechazar al agresor injusto; desplegó la fuerza y puso en ejecución las medidas que las circunstancias exigían. Los generales del ejército se vieron obligados a abrazar una conducta semejante, y así fue como en todas partes se desarrollaron los medios de defensa. El gobierno era entonces más bien que autoridad directriz, espectador de la lucha empeñada; no porque le faltase celo, sino porque no permitiendo las circunstancias sino medidas extraordinarias de guerra, y siendo sus funciones puramente de paz, era una especie de magistratura extraña a la situación. La rebelión, que se adelantaba osada, porque traía el convencimiento de que el gobierno atado por la Constitución, como los cabecillas lo proclamaban, no podía defenderse, empezó a cejar dondequiera tan luégo como encontró que le hacía frente un poder, que puestas a un lado las fórmulas de la paz exigía y aplicaba los medios de la defensa, según la necesidad lo requería. Entre las diversas causas que hicieron desmayar a la rebelión, fue una de las primeras el ver frustrada la esperanza, que acaso había determinado su explosión, la esperanza de habérselas con un enemigo maniatado. Cuando el pueblo y los jefe del ejército usaban del derecho de la guerra para resistir a los sublevados, clamaban éstos contra el gobierno que tal cosa permitía; y tan injustas eran estas acusaciones como las quejas de los defensores del orden; porque el gobierno ni podía tomar las medidas que las circunstancias demandaban, ni impedir al pueblo que se defendiera" | (12) .

Don Mariano Ospina, que fue el alma del gobierno en las ausencias del general Herrán, ostentó durante su administración dotes que antes no había tenido ocasión de exhibir. En otro lugar haremos detenida mención de los incomparables servicios que le debió la instrucción pública, título principal suyo en esta época al reconocimiento de los buenos patriota. Pero en todos los ramos brillaba por su inteligencia clarísima y la expedición en el trabajo; aunque ya descubría el defecto, muy grave en un hombre público, de ser más para lo especulativo que para lo práctico. Sus |Memorias mismas, documentos preciosos de nuestra historia, abundan en consideraciones agudas o profundas más bien que en datos ciertos sobre los hechos a que se refieren. Ya entonces se le achacaba tener la máxima de |escribir aunque no se cumpla.

Al entrar el doctor Cuervo a la secretaría de hacienda (1 de enero de 1843), el tesoro público ofrecía un aspecto desconsolador: la penuria que la revolución dejaba en pos de sí había consumado la confusión a que de años atrás le tenía reducido un sistema bárbaro de llevar las cuentas y de recaudar las contribuciones. Baste decir que era tal la incoherencia y la complicación de la contabilidad, que nunca, ni aun en los días de bonanza para la nación, se supo con exactitud cuál era el estado del tesoro, y que había impuestos cuya recaudación costaba más de un cincuenta por ciento de su monto. La legislación fiscal era un conjunto de disposiciones que venían aglomerándose desde la colonia, y aumentadas en cada legislatura sin plan ni concierto alguno, formaban un cuerpo heterogéneo y monstruoso; de modo que para dictar la resolución más trivial era forzoso consultar y coordinar infinidad de leyes, decretos y reglamentos, como si se tratase de formular una sentencia. La contaduría general de hacienda da idea de cuál sería la desorganización y abandono en que se hallaban las demás oficinas del ramo. Los comisionados que en 1842 la visitaron de orden del poder ejecutivo, encontraron  que faltaban mil cuatrocientas ochenta y siete cuentas por presentar; que había ciento cincuenta y una ya examinadas cuyos reparos no habían sido contestados, y otras cosas parecidas que clamaban contra la indolencia e ineptitud de la infinidad de empleados de que estaba repleta la oficina. La misma tesorería general, cosa apenas creíble, hacía diez años que no presentaba sus cuentas. El sistema de recaudación en sus relaciones con el poder judicial presentaba un aspecto todavía más triste, pues en lo enmarañado de las leyes fiscales había hallado la sutileza de los leguleyos mil arbitrios para convertir en ordinarios los juicios ejecutivos, burlando a los agentes del fisco y defraudando al fin las rentas públicas.

Desde los primeros momentos se dedicó el nuevo secretario a reconocer este maremágnum, buscando en su experiencia y en sus estudios teóricos los medios de introducir una reforma fundamental. El resultado de estas investigaciones aparece condensado en la |Memoria que presentó al congreso el 1º de marzo, donde bosquejó los graves vicios de que adolecían la organización y el manejo de la hacienda pública, y propuso un plan claro y coherente que él mismo encerró en estas palabras: Exactitud en la recaudación y economía bien comprendida en la distribución. Produjo este documento una impresión cual nunca pudo figurársela su autor: la parte consagrada al crédito público pareció tan clara y completa, que se designó como texto en la Universidad nacional, y en fin, de todas partes llegaron calurosas felicitaciones. Sucede que algunas obras que en su tiempo causaron una gran sorpresa, no ofrecen para los que hoy las leen sino una doctrina trivial; pero esto mismo realza su valor como documentos históricos, pues en la admiración que despertaron dan la medida del estado coetáneo de la nación. Muchas de las medidas propuestas en esta |Memoria, especialmente en el ramo de aduanas, fueron discutidas y aprobadas en los congresos de 1843 y 1844; otras lo han sido posteriormente, pues tan claras eran y naturales, que de suyo se han impuesto con el mero correr del tiempo, y sin duda hoy causaría extrañeza a muchos si se les dijese que antes se practicaba otra cosa.

No obstante, todas las esperanzas que se fincaban en la obra del doctor Cuervo quedaron defraudadas por esta vez. Acercábanse las elecciones para presidente de la República y los candidatos que más aceptación alcanzaron fueron el general Mosquera, el general Eusebio Borrero y el mismo doctor Cuervo. Las relaciones de familia que ligaban a Mosquera con el presidente Herrán, y la división que hubo entre los amigos personales del doctor Cuervo, hicieron su posición en el ministerio sobremanera embarazosa, y como nunca solicitó ni rehusó distinción o cargo alguno, determinó dejar completamente a la opinión pública la decisión de este debate, separándose de la secretaría para hacer otro viaje a Europa. Aunque presentó su renuncia el 31 de julio, no dejó la secretaría hasta el 18 de septiembre, cediendo a las apremiantes instancias con que el gobierno, ya que desesperase de disuadirlo en absoluto, le rogaba retardase su separación. Entre tanto buenos ciudadanos que veían las reformas que planteaba y los beneficios que de ellas reportaría la nación, no andaban menos solícitos para obligarlo a desistir. Entre las cartas que tenemos a la vista, hallamos una de don Manuel María Mallarino, que tan grato renombre ha dejado en su patria como uno de los presidentes más ilustrados y liberales, de la cual carta transcribimos el fragmento siguiente:

"Hasta el 1 de enero último, es preciso confesarlo, no hemos tenido secretario de hacienda: los individuos que se han condecorado con tan pomposo nombre, aunque estimables por otra parte, se han visto en un laberinto sin el hilo para seguir. Circulares aisladas, órdenes inconexas, resoluciones poco meditadas, hé aquí el sistema seguido: no se veía un plan, una idea generadora, un principio de organización. Usted vino y todo cambió: ya advierte el genio que crea y la inteligencia superior que dirige: salga usted y todo volverá a estar como antes, y aun peor, porque se querrá remedar su sistema, sin tener la inteligencia de usted: será el grajo engalanándose con plumas ajenas.

"Por una rara casualidad, dice Necker, nace un hombre con las cualidades necesarias para ser buen ministro de hacienda; es un hallazgo precioso que es preciso saber aprovechar. Si yo fuera presidente, no perdonaría medio para seguir el consejo del célebre francés; pero como simple granadino, pongo los que están a mí alcance: le ruego que haga el sacrificio de continuar por algún tiempo más: acabe la obra empezada y goce después del placer de ver la dicha de la patria, obra de su mano."

Durante la ausencia del doctor Cuervo se hicieron las elecciones sin que el triunfo se disputase con mucho ardor, pues no se trataba de una divergencia de principios fundamentales sino de la mayor conveniencia de uno u otro entre los varios candidatos, a quienes todos reconocían merecimientos. Por otra parte, Mosquera tenía en su favor todas las probabilidades, pues que le apoyaban el clero, por creerlo favorable a la Iglesia , como hermano que era del arzobispo, los militares por compañerismo, y en fin, los que buscaban un jefe temible a los revolucionarios y capaz de escarmentarlos. El general Borrero, fuéra de varios malquerientes de Mosquera, se atrajo por su escepticismo religioso aquellos copartidarios suyos que no estaban por los jesuítas, y al partido vencido por la misma razón y porque entre los tres candidatos era el más opuesto al régimen actual. Parecía que hubiera escrito su programa en estas palabras de un papel que publicó en abril de 1844 con el título de |Apelación al tribunal de la opinión pública: "He combatido desde muy temprano la actual administración, porque la creo, con la mayoría de los granadinos, mucho más arbitraria, apasionada, opuesta a los intereses del país, hipócrita, inconsecuente en sus principios, y al mismo tiempo mucho menos hábil que la del general Santander." El mismo, encerrándose en un indiscreto silencio a consecuencia de sus resentimientos con algunos ministeriales, dio motivo a que se pensase no le desagradaba ser tenido como candidato de los facciosos. El doctor Cuervo fue propuesto y sostenido por el elemento civil y moderado del partido dominante.

Valiéndonos, en cuanto es posible, de las mismas expresiones de un artículo publicado en |El Día el mes de enero de 1845, en vísperas de perfeccionarse la elección por el congreso, vamos a bosquejar un retrato de cada uno de los tres candidatos, según se les veía entonces, advirtiendo sí que en el autor de aquel escrito se descubre a un partidario ciego de Mosquera, a un opositor de Borrero, y a un amigo personal del doctor Cuervo.

Mosquera ha tenido a los ojos desde sus primeros años los más nobles ejemplos, por haber nacido en la ilustre Popayán y ser oriundo de una familia esclarecida más que por las riquezas y categoría por sus eximias virtudes, tal que se atribuye a Bolívar la especie de haber dicho al ponderar las prendas personales de don José María Mosquera, que si en su mano hubiera estado elegir padre, no eligiera otro que aquel venerable anciano. Muy joven tomó las armas en la guerra de la Independencia, y todavía lleva en la cara las señales de la herida que recibió triunfando en Barbacoas; llegó a ser edecán de Bolívar e intendente del departamento de Guayaquil. Ha viajado por varios países y visitado las cortes europeas. Después de haber estado en la cámara de representantes, se encargó de la secretaría de guerra y marina, y no bien se oyó el primer tiro allende el Guáitara, corrió en defensa del gobierno, para empezar la serie de campañas que debía terminarse con las jornadas de Aratoca y Tescua. Mosquera es vivo e inteligente, habla y escribe con desembarazo, gusta de la fama y de la nombradía, como todas las almas generosas, propensión que aunque ha sido mirada por sus adversarios como un defecto, es más bien garantía de adelantos y de mejoras efectivas; su talento e instrucción, sus viajes, los servicios positivos hechos al país, la facilidad con que desenreda las cuestiones más complicadas, el conocimiento de los hombres, el entusiasmo por la gloria de la ilación y un vehemente deseo de que prospere la República son cualidades que compensan los defectos que pueda tener. Como militar se ha granjeado el amor del ejército, compartiendo con él todas las fatigas y penalidades hasta echar pie a tierra y marchar al frente de una compañía, conversando familiarmente con los soldados, o sentarse al descubierto a comer con ellos una ración miserable. Finalmente, el arzobispo será para su hermano un mentor que a cada paso le inculca los principios de la política cristiana, resultando una ventaja y no un inconveniente el que la mitra y el bastón caigan en manos de una misma familia; y las odiosidades que cargan sobre el futuro presidente son un timbre más, porque le vienen de los perversos, en tanto que goza de la aprobación de los buenos.

Es Borrero hombre de habilidad y de influjo, de altas dotes como estadista, de acrisolado patriotismo, amante más que todo de su provincia; terrible en las luchas parlamentarias, es más verboso que elocuente, tiene una lógica mañosa peculiar suya, con que hasta cierto punto aclara las cuestiones y las presenta de modo que seduce muchas veces y algunas convence. Embebido en las historias de griegos y romanos, como se estilaba al principio del siglo, reviste en frase castellana pensamientos antiguos, y aun quisiera imitar las virtudes de los filósofos y el valor de los guerreros de aquellos tiempos. La sorpresa de García y la función de Itagüi le califican de militar, si no inexperto, desgraciado. Sus ojos de fuego en una cara circular y grave cuya frente está orlada por algunos cabellos canos, descubren su energía, su inteligencia y sus vivas pasiones, y anuncian al polemista iracundo que se deja llevar de las primeras impresiones.

El doctor Cuervo natural de Tibirita y bogotano del barrio de la Catedral, es un hombre de orden y de progreso, lo que es decir que tiene principios fijos, ideas liberales, rectificadas con lo que ha visto en países extranjeros, y que promueve el progreso moral, intelectual e industrial de los granadinos. Su patriotismo es incuestionable, y recomendables sus servicios a la República. Ha hecho una carrera muy lucida empezando por la judicatura, y desempeñando la secretaría de hacienda con tal desembarazo, que a pesar de los pocos meses que estuvo sirviéndola, dejó tan bien puesto su crédito que todos se hacen lenguas de su integridad y de su acierto. Ha viajado: ha hecho más, viajado con fruto, llevado del laudable deseo de aprender lo mucho que se ignora acá en el centro de la cordillera los Andes. Cuervo es hombre de novedades y enemigo de toda rutina, en nada parecido a aquellos viejos achacosos que hasta hoy hemos tenido por ministros, los cuales para mandar una futesa escriben tres circulares; él se avergonzaría, por ejemplo, de haber escrito un decreto sobre enseñanza primaria con cuatrocientos veintiséis artículos | (13) . Poco, claro, bien dicho y muy meditado es lo que sale de la pluma de este granadino que honra a la patria que le dio el sér, y que seguramente ocupará la silla presidencial cuando baje de ella el general Mosquera; aunque, bastante rico como es para vivir con independencia, no anhela un puesto que tántas inquietudes acarrea. Sabe granjearse la benevolencia de las personas que trata con sus cumplimientos a la parisiense y con sus sales andaluzas; sencillo y franco, atento, obsequioso y cumplido, es un cortesano con las damas, un filósofo con los moralistas, un diplomático con los hombres de Estado; se expresa con primor en las tertulias y escribe con pureza la lengua castellana. Al ver su cara oval, con sus ojazos negros y con aquella sonrisa que es propia, reconoce úno al hombre de mundo, sensible a los placeres y sensible a la gloria, tan previsor como inteligente y tan filósofo como político | (14) .

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(1) En junio de 1842 escribía al doctor Cuervo un amigo:
''Presumo que sabrá. usted ya que por acá piensan en usted para la vicepresidencia, y celébrolo por una parte, aunque por otra lo siento, porque hablándole con la confianza que debo, le diré que absolutamente no me satisface el que lo tomen para este puesto, porque soy de sentir (y así lo he manifestado a amigos y no amigos de usted) que deberá reservársele para la presidencia en el siguiente período al del general Herrán. Yo he reflexionado que en las venideras elecciones para presidente va a abogarse de nuevo por el principio civil, porque ésta es la tendencia que le veo a la opinión, y porque no encuentro en la lista militar otro que pudiera ser candidato que el general Mosquera; pero esta candidatura será fuertemente combatida: 1º Por los que tienen en mira el triunfo del principio bueno; 2º Por los enemigos personales o políticos del candidato; 3º Por los que encuentran en esta candidatura un no sé qué de sucesión de familia, atendido el próximo enlace del general Herrán con la hija del general Mosquera, y al propio tiempo sucesión militar; y 4º Por los descontentos que deje con justicia o sin ella la administración Herrán, porque aunque gobierne un ángel, siempre dejará descontentos el que se separa del mando. Combatida con tal fuerza aquella candidatura, es de presumirse con sobrado fundamento que la opinión buscará un hombre civil; y he tenido para mí de algún tiempo a esta parte que indisputablemente usted sería ese hombre civil.''
(2) En la elección para vicepresidente en 1842, de los 21 votos que cabían a Pasto obtuvo el doctor Cuervo 20, y Borrero 1; de los 23 de Túquerres, sacó el primero 20, y Aranzazu 3. En la elección de 1844 para presidente, Pasto dio 10 votos a Mosquera, y 10 al doctor Cuervo; Túquerres, 19 a éste y 7 a aquél; Barbacoas, 6 al último y 2 al primero. Carecemos de datos numéricos posteriores.
(3) Basta recordar que en Popayán destruyó Obando la biblioteca y el laboratorio de la Universidad, y que Larrota en Tunja cerró las escuelas de la provincia ordenando que sus fondos entrasen en las cajas comunes.
(4) Esta ley, con su adicional de 25 de mayo de 1841, facultaba además al poder ejecutivo y a los gobernadores para disponer que nadie viajase sin pasaporte ni armado, para prohibir el comercio de armas y elementos de guerra y recoger los que hubiese en manos de particulares; a las autoridades políticas y judiciales para allanar las casas sospechosas; a los gobernadores para confinar o expeler de su territorio, arrestar y mantener arrestados a los individuos de quienes temieran que estuviesen tramando contra el orden Publico; y disponía que los comprometidos que hubiesen dejado el país no pudiesen volver sin permiso del congreso.
(5) Véase La Civilización, de 1º de noviembre de 1849.
(6) La cámara de representantes aprobó en 1841 un proyecta para derogar las disposiciones dadas sobre reforma del hospital y ponerlo de nuevo todo en manos de los religiosos hospitalarios. Así eran muchos de los agravios a la religión que se querían deshacer.
(7) En 21 de junio de 1542 escribía el distinguido médico doctor Andrés Pardo, con el gracioso desenfado que le caracterizaba:
''Todas las listas de electores son compuestas de capellanes y algunos de casaca, pero que piensan como ellos. No se habla más que de la salvación de las almas, de la restitución de los jesuítas, de la bula de la Santa Cruzada, etc., etc.: Qué haremos para que en la Nueva Granada no se tomen todas las cosas por los extremos? Yo pienso, cuando salga a la calle, llevar una camándula y unos escapularios, pues así podré al menos salir sin riesgo de que me escupan.'' Don Ignacio Gutiérrez decía en 3 de agosto: ''Aquí es un concilio ecuménico la asamblea electoral, y las elecciones serán recochinas, porque quieren hacerlas los ultra-cristianos.'' Este era el término con que se les designaba comúnmente. Don Mariano Ospina escribía el 8 de junio: ''Don Joaquín Mosquera, por indicación del obispo de Antioquia, metió en el proyecto de constitución un artículo declarando la religión romana religión del Estado: esto ha exacerbado algún tanto la fiebre de intolerancia, tanto de parte de los ultra-cristianos como de los jacobinos; cosa fatal y que puede impedir que el proyecto quede aprobado.'' El proyecto era más católico que la Constitución de 1832, como aparece con sólo cotejar la invocación; el artículo 15 de aquélla (''Es también un deber del gobierno proteger a los granadinos en el ejercicio de la religión católica, apostólica, romana'') se agregó otro que fue el 16 y formaba de por sí el título 4º: ''De la religión de la República: la religión católica, apostólica, romana, es la única cuyo Culto sostiene y mantiene la República.'' En el número 18 de |El Granadino (27 de noviembre) proponía Caro que se sancionase la tolerancia religiosa.
(8) Defensa del Arzobispo de Bogota.
(9) Es contraste que no debemos callar el que ofrecieron varios de los |religioneros de 1830 y de los miembros de la Católica en  1839 y 40, convirtiéndose en frenéticos perseguidores de la Iglesia en tiempo de López.
(10) Véase el folleto que publicó en febrero de 1842, hallándose en la cárcel: |Crisis mercantil |o manifestación que hace el doctor Judas T. Landínez de las causas que han motivado su quiebra en los negocios de comercio.
(11) Las votaciones para presidente habían tenido este resultado: por Azuero, 596 votos; por Herrán, 579; por Eusebio Borrero, 377; por J. Rafael Mosquera, 8. Al perfeccionarse la elección en el congreso (14 de marzo de 1841), el primer escrutinio dio 30 votos por Herrán y 27 por Borrero; el segundo, 53 votos por el primero y 14 votos por el segundo.
(12) El gobierno amnistió (5 de julio de 1842) a los que en defensa del orden legal hubiesen excedido sus facultades o violado las leyes.
(13) Aquí se alude sin duda al decreto sobre establecimiento y arreglo de las escuelas, publicado el 2 de noviembre de 1844, que tiene, no 426, sino 440 artículos con infinitos parágrafos.
(14) Por el mismo tiempo salió un folleto con el título de |Los tres candidatos para la presidencia de la Nueva Granada considerados en relación con la cosa pública, obra de don Julio Arboleda, según leemos en la |Noticia Biográfica que a sus poesías antepuso don Miguel Antonio Caro (Nueva York, 1883). El objeto visible de esta publicación es atraer a Borrero los votos de los partidarios del doctor Cuervo al perfeccionarse la elección en el congreso. Copiamos las siguientes frases, por cuanto en algunas de ellas se contienen apreciaciones que con frecuencia opusieron como cargo contra el último sus enemigos políticos: " Es el doctor Cuervo hombre de mundo, entendido en el trato y manejo de la sociedad, tan avisado para hacer de los hombre sus amigos como para hacer de sus enemigos los enemigos de cuantos por él tienen amistad y simpatías." "Pliégase gentilmente a las opiniones de los otros, sin seguirlas; paga el amor con cortesías y algunas, aunque raras veces, las cortesías con amor." "Rara ocasión ha podido encontrársele de frente, y, por eso, rara ocasión se ha sabido que las opiniones de los otros hayan chocado con las suyas." "Se ha desembarazado frecuentemente de las más intrincadas dificultades con tal presteza y maestría, que todos lo han aclamado victorioso cuando tal vez él mismo se ha reputado vencido." "El partido que lo tiene a él por jefe, pero de quien dudamos quiera él constituírse en caudillo, es un partido que representa los buenos principios, santo en sus intensiones, liberal en sus miras, y patriótico en sus deseos; pero por desgracia demasiado reducido para poder solo gobernar la República." "El clero no tiene motivos por qué querer al doctor Cuervo, ni el ejército por qué respetarlo." Manifiesta además que éste, ni por educación ni por temperamento, era capaz de las arbitrariedades que tánto se temían de Mosquera. Al objeto que, según dijimos, se propuso el autor del folleto, correspondió en realidad el estado de la opinión en el congreso; así fue que al contraerse la segunda votación a Mosquera y Borrero, se cargaron a éste casi todos los disputados que en la primera habían estado por el doctor Cuervo, y Mosquera fue elegido por cortísima mayoría.

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