CAPITULO II
SECRETARIA DE HACIENDA
Nombrado el doctor Cuervo para varios cargos en 1542, acepta la
cartera de hacienda. - Emprende la vuelta por Pasto. - Opiniones
reinantes en la capital: rigor y clemencia; intervención
extranjera. - Cuestiones religiosas; llamamiento de los jesuitas.
Miseria pública; quiebra de Landínez. - Desorganización del
gobierno. - Entra de asiento Herrán a la presidencia. - La nueva
Constitución. - Don Mariano Ospina. - Se posesiona el doctor Cuervo
de la secretaría de hacienda. - Estado de este ramo. Memoria al
congreso. - Deja la secretaría. - Elecciones para presidente. - Los
tres candidatos.
El año de 1842 comenzó con más gratos auspicio para el doctor
Cuervo. El 27 de enero fue nombrado por el vicepresidente Caicedo
enviado extraordinario y ministro plenipotenciario ante los
gobiernos del Perú y Bolivia, y además comisionado fiscal en el
primero de estos países para liquidar los créditos de Colombia. No
aceptó este nombramiento por la necesidad en que se hallaba de
volver a su familia y de atender a sus intereses después de tan
larga y calamitosa ausencia. En febrero fue ya propuesto su nombre
con el de otros varios, para que entre ellos se escogiera el
candidato para vicepresidente de la República. En la junta de
miembros del congreso que hizo la designación, obtuvo veintitrés
votos en concurrencia con Aranzazu, que llevó dos más; otros
propusieron a don Joaquín José Gori y al general Mosquera. Aunque
el último sacó la mayoría en las asambleas electorales, manifestó
desde Chile, donde se hallaba, que en caso de ser electo por el
congreso al perfeccionarse la elección, no aceptaría el cargo; así
fue que desde el primer escrutinio quedó excluido; al tercero fue
elegido Gori en competencia con el doctor Cuervo. Muchos dejaron de
votar por el último, juzgando más conveniente elevarlo a la
presidencia
|
(1)
. "Al señor Cuervo debe serle
satisfactorio'', decía un periódico contemporáneo, "haber obtenido
trescientos votos en diferentes pueblos de la República, sin
empeño, sin recomendación y sin intriga, hallándose ausente, y
cuando la envidia y la indignidad doméstica y extranjera, y hasta
sus mismos allegados combatían su candidatura."
Al volver el presidente Herrán de la campaña de la costa, lo
llamó a la cartera de hacienda, la cual admitió, con todo el temor
que le infundía lo defectuoso de la legislación fiscal, cediendo a
las circunstancias especiales de este nombramiento. En mayo le
escribía don Mariano Ospina, secretario del interior: "La República
anda muy mal, porque no ha habido ni hay todavía quien quiera
gobernarla, es decir, hacer algo que merezca este nombre. Lo peor
de todo es la hacienda pública. Desde antes que empezara esta
administración he creído que debían llamarlo a usted a la
secretaría de hacienda para que la arreglara, y no he cesado de
repetirlo; cada día me convenzo más de la necesidad de este paso.
La opinión ha llegado ya a formalizarse acerca de él, y yo me
anticipo a decirle esto, porque no dudo que usted será llamado con
instancia, sea quien fuero el que ejerza el poder ejecutivo.
Arreglar la hacienda pública es el negocio más importante y más
difícil que hoy tiene y que tendrá por muchos años la República."
El general Herrán, don Ignacio Gutiérrez y otros amigos repitieron
estas instancias, interponiendo su amistad y alegando el clamor
general con que se pedían sus servicios. Como estaba fresca la
memoria de la actividad y tino con que había desempeñado encargos
conexos con las rentas públicas desde que fue gobernador de Bogotá
hasta su partida para el Ecuador, no tenía por qué interpretar a
lisonja expresiones semejantes, y condescendiendo al deseo de sus
amigos, cedió al mismo tiempo a la opinión pública.
En los primeros meses del año de 1842 indicó el doctor Cuervo al
general Herrán que esta cartera debía darse a don Ignacio
Gutiérrez, conociendo mejor que todos, como antiguo amigo suyo, lo
que la República debía aguardar de su ilustración, y en particular
de su pericia en un ramo que fue siempre para él objeto de
constantes estudios. No eran menos su consagración, desprendimiento
y modestia; y los que en años posteriores vimos la fortaleza y
serenidad con que soportó prisiones, vejámenes y amagos de muerte
antes que cejar en sus principios, no podíamos ni imaginar que al
morir su ilustre padre en un patíbulo por la causa de la
independencia le había transfundido su abnegación y aquel amor de
la patria que reputa como mero cumplimiento de mi deber el
ofrecerse todo al servicio de ella. Nunca procuró el propio
adelantamiento, ni miró cuál era el puesto que se le designaba,
como juzgase que en él podía ser útil. Así aceptó interinamente la
secretaría para la cual le señalaba en propiedad el doctor Cuervo,
con el pensamiento de que, puestos los dos de acuerdo se fuese
preparando el campo para las reformas necesarias.
El nombramiento del doctor Cuervo fue expedido en 18 de junio, y
el 23 de agosto se leyó con particular satisfacción en el consejo
de gobierno la nota de aceptación. Con todo eso, tuvo que aguardar
para emprender su viaje la llegada del genera José María Ortega,
designado para sucederle, quien no estuvo en Quito sino ya bien
adelantado el mes de agosto. Presentadas pues sus letras de retiro,
en que el gobierno aprobaba su conducta de la manera más completa y
explícita, y dado un banquete de despedida, se puso en camino a
fines de septiembre, tomando la vía de Pasto, que, aunque
excesivamente penosa, le proporcionaba el gusto de satisfacer los
deseos de estos habitantes, que querían mostrarle personalmente su
estimación, más aún, su gratitud. En efecto, durante la pasada
contienda, cuando se veían aislados y rodeados de peligros, era el
doctor Cuervo a quien dirigían sus quejas y comunicaban sus
proyectos y esperanzas, y a quien ahora en gran parte debían el ser
granadinos. Ellos mejor que nadie sabían que él con su sagacidad
para descubrir las arterias del gobierno ecuatoriano y su firmeza
en oponerse a ellas, había abierto los ojos a la nación y encendido
pundonor de los engañados; así como también había movido en su
favor la general simpatía, desvaneciendo la extraña preocupación de
que Pasto sería siempre cuna de revoluciones. Por eso en su viaje
fue acogido dondequiera con las más vivas y sinceras demostraciones
de aplauso y consideración; sentimientos de tan hondas raíces que
siempre en esta provincia obtuvo notabilísima mayoría en las
elecciones en que figuró su nombre
|
(2)
.
"Confieso a usted con franqueza (escribía el doctor Cuervo a un
amigo en julio de 1842) que a pesar del amor que profeso a mi
familia y del deseo que tengo de ver a usted y a todos los de su
casa, marcho con disgusto a Bogotá, en donde voy a encontrar un
cambio completo de ideas, de sentimientos, de intereses, de amigos
y de todo. No sé cómo me recibirán algunos hombres que se han
apoderado de la influencia política y social, y si con todo mi
catolicismo, nunca desmentido, me haré sospechoso a ciertos
creyentes fanáticos, como lo he sido a ciertos incrédulos, pues
nunca he estado ni estaré con unos ni con otros.'' Todo esto ha de
aguardar quien pase algunos años fuéra de su patria en tiempo de
revoluciones. Distante de los peligros y de las pasiones que ellos
remueven, y entretenido en meditar los acontecimientos con una
serenidad y reposo que a los que son arrebatados por ellos
parecería criminal, se encuentran en breve a enorme distancia de
los amigos de ayer; y a trasladarse a la nueva escena, se sentiría
extranjero entre estadistas y generales improvisados, que engreídos
con un triunfo en que han tenido quizá parte pequeña, se creen
dueños únicos del campo. Hace a nuestro propósito indicar algunas
de las cuestiones en que el doctor Cuervo no se hallaba de acuerdo
con las opiniones reinantes, y señalar ciertos sucesos que
determinaron la situación política y económica que le inspiraba
tántos recelos.
La oposición que encontró el modo pacífico con que el doctor
Cuervo logró el sometimiento de Panamá, se extendía a toda medida y
a toda palabra de moderación o indulgencia. El las había aconsejado
incesantemente en su correspondencia oficial y privada, y sus votos
corrieron la misma suerte que los de Herrán, Ospina, Acosta y otros
pocos, ahogándose entre las voces de la mayoría de los vencedores,
que se mostraban implacables en las cámaras no menos que por las
calles, y estigmatizaban a quienes abogaban por la clemencia. En el
congreso de 1842 dijeron cosas harto duras contra el presidente por
los indultos que había concedido, y faltó poco para que le
retiraran la facultad de darlos. Arrebatados por su excitación,
aplicaban una misma regla a casos diversos. Con razón llamaban
malhadados los indultos de los Arboles y Vélez, que se dieron en
los primeros meses de 1840, cuando la oposición estaba llena de
vigor y de esperanzas, y sirvieron más para soplar el fuego que
para extinguirlo; y sin vacilar llamaríamos nosotros lo mismo a los
fusilamientos de Vesga, Córdoba y los demás; porque cuando una
facción se presenta poderosa y amenazante, es infructuoso y aun
perjudicial cuanto no conduzca a darle golpes decisivos que la
anodaden física y moralmente. La revolución no acabó sino cuando
Tescua, Ocaña, La Chanca dejaron al enemigo sin armas y en la
impotencia que trae el descrédito, Reducido a este extremo, negarle
el indulto era modo de ejercer represalias o venganzas. Cosa
semejante sucedía con las medidas de seguridad, absolutamente
necesarias mientras dura el peligro, armas de mala ley al pasar la
guerra: algunos hubieran querido que se derogaran luégo, otros,
menos templados o más asustadizos, no lo consintieron hasta marzo
de 1845.
Pero debemos ser justos: los estragos de la revolución fueron
horribles. Los demagogos de Bogotá desencadenaron sobre la
República una horda de salvajes que la anegaron en sangre,
devoraron la riqueza, persiguieron la instrucción
|
(3)
y ahogaron los gérmenes de
la libertad política. El recuerdo del bien perdido acrecentaba las
desgracias actuales, y la indignación y la cólera eran
disculpables. Veamos el cotejo que del pasado y del presente traza
una pluma maestra:
"Pensad, recordad conmigo, comparad conmigo lo que éramos en el
año 39 con lo que somos hoy el año de 42.
''En el año 39 estábamos en paz; hoy estamos en paz también:
pero esta paz de ahora es muy distinta de aquella paz de
entonces.
''En el año de 39 había paz; pero entonces la sociedad vivía,
estaba animada, todo se movía, todo hablaba, nadie temía. . . había
periódicos, se comenzaban a establecer sociedades, las escuelas se
difundían, la instrucción se generalizaba, el pueblo empezaba a
salir del pupilaje y a comprender la libertad viril.
"Oh! ¿Con qué responderán los que nos han robado tamaños
bienes?
''. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
. . . . . .
"Dije que en el año de 39 el pueblo empezaba a salir del
pupilaje y a comprender la libertad viril. Sí; la libertad, en el
seno de una paz de siete años empezaba ya a tomar popularidad,
crédito y auge; pagados todos los empleados, florecientes toda las
rentas, ya se había comenzado a satisfacer los intereses de nuestra
enorme deuda y aun se pensaba en amortizar los capitales. El
comercio había recibido un impulso hasta entonces desconocido: se
hizo para los granadinos más familiar y fácil un viaje a Londres
que lo era en otro tiempo uno a Jamaica. Los matrimonios se
multiplicaban; el celibato voluntario comenzaba a ser mirado como
inmoral. La riqueza nacional hacía progresos cada vez más rápidos;
la ilustración descendía, aunque lentamente todavía, hasta las
clases inferiores. Todo en la sociedad comenzaba a tomar una marcha
más arreglada y un aspecto más democrático y uniforme: los sastres
y zapateros empezaban a usar para sí las casacas y botas que antes
apenas sabían hacer para otros; sus mujeres comenzaban por su parte
a vestirse decentemente. Veíase ya con frecuencia a hombres de
ruana detenerse en una esquina a leer un aviso, o en frente de un
taller a leer un letrero. La señoritas se avergonzaban de no saber
ortografía, y empezaba a aparecer insuficiente la educación
monástica que antes exclusivamente se les daba. Verdad es que la
educación de los hombres sobre ciertas materias estaba radicalmente
viciada; pero bajo todos los demás respectos era sin disputa más
extensa, más profunda, más apropiada, sobre todo se había hecho más
accesible y más fácil. La nueva generación que entonces crecía
comprendía la importancia de los altos destinos a que la
Providencia la llamaba: ella sabía que el porvenir de la Nueva
Granada era su patrimonio.
"¿Lo diré todo? En medio de aquella profunda paz y de
aquella prosperidad creciente, el uso y la noción de los derechos
empezaban a comprenderse; y, lejos de mirar la libertad como una
causa de desorden, se empezaba a comprender que ella es el
manantial de toda felicidad y de toda vida. La imagen de la fuerza
material empezaba a ser odiosa; me acuerdo que ya la sola vista de
un soldado en Bogotá irritaba; no porque los militares en sí fuesen
el objeto de antipatías, sino que ya parecía odiosa la idea de que
aún se tuviesen por necesarias las bayonetas para la conservación
del orden y para el sostenimiento de las leyes. El clero empezaba a
retirarse de los negocies políticos; y estoy persuadido de que si
aquella venturosa paz no hubiese sido interrumpida, los sacerdotes
no hubieran tardado en apartarse del todo de las elecciones, de la
política y del poder, y en la clase irreligiosa de nuestra
sociedad, Pan numerosa por desgracia, unos por hipocresía y por
bien parecer, otros por amor y por convicción, habría vuelto por
fin al pie de los altares a escuchar la palabra evangélica, cuando
ya no les hubiera parecido
|parcial e interesado el apóstol.
El odio estúpido a los extranjeros, triste herencia que nos legaron
los españoles nuestros padres, empezaba a amortiguarse en la plebe:
ya no se oía hablar de aquellos frecuentes y espantosos asesinatos
que en los primeros años de Colombia parecieron condenar a muerte a
todo inglés que se detuviese un momento en nuestro suelo; ni
tampoco había escritores que, como ahora, se empeñasen, con una
obstinación culpable, en irritar pasiones que antes debían calmar y
en especular sobre las preocupaciones populares que antes debían
combatir. En medio de todos estos bienes, el pueblo, satisfecho y
como triunfante, empezaba a conocer el
|orgullo nacional: a
vista de la anarquía y del despotismo que reinaban en todo el
continente, los granadinos nos felicitábamos por nuestra dicha, y
altamente decíamos que íbamos a la vanguardia de nuestros hermanos
y que éramos "la estrella polar del sur". Nadie se avergonzaba de
ser granadino, y aun nos honrábamos ya de serlo.
"Vino la revolución y todo desapareció como el humo. . .
Disipáronse los capitales, multiplicáronse las quiebras,
interrumpiéronse las profesiones, la clase más florida de la
juventud vio segadas sus filas, cerráronse las escuelas y los
colegios, todos se volvieron soldados, el país se militarizó, la
República se convirtió en un inmenso cuartel. Durante la lucha,
todos los progresos se atajaron y en algunos se agostó su
manantial; y, después de la victoria, la santa causa de la libertad
se ve casi desacreditada y el poco orgullo nacional que teníamos
enteramente se ha perdido. A innumerables personas de todas clases
se lo he oído repetir cobardemente: "Somos indignos de ser
libres; la anarquía entre nosotros es una enfermedad periódica; un
gobierno fuerte tan sólo puede salvarnos."
José Eusebio Caro, que era quien así escribía
|El
Granadino de 16 de septiembre de 1842, exhortaba también al
olvido y la reconciliación. Esto era lo más digno y generoso. Pero
¿quién podía compeler a todos a que ahogasen con esta nobleza de
sentimientos la voz interior que les pedía hacer justicia?
El horror a la guerra y a la anarquía y la resolución de
comprimir a todo trance el espíritu revolucionario que había
desvencido la prosperidad nacional, llevaron a los defensores del
orden hasta el extremo de buscar y admitir la intervención de los
extranjeros en nuestros asuntos domésticos, olvidando lo desdorosa
que es y cuántas complicaciones puede originar. El congreso de
1841, en la ley de medidas de seguridad (17 de abril), facultó al
poder ejecutivo para solicitar y admitir tropas de naciones amigas
en calidad de auxiliares para el caso de conmoción interior, con lo
cual se sancionaba la entrada de las tropas ecuatorianas
|
(4)
. Aceptó además
nuestro gobierno la oferta que el encargado de negocios de la Gran
Bretaña hizo de "resistir de la manera más positiva, por medio de
la fuerza, cualquiera tentativa de las autoridades de los
insurrectos de la costa para infligir la muerte a cualquiera de los
amigos y defensores del gobierno que entonces se hallasen en su
poder o que durante la actual contienda pudiesen llegar a caer en
sus manos" (23 de febrero de 1841); oferta hecha y aceptada bajo la
condición de conmutar la pena de muerte a Ramón Acevedo,
revolucionario que se hallaba ya en capilla. Por efecto de la misma
exagerada tendencia se introdujo en un proyecto de convenio para el
pago de los intereses de la deuda extranjera, una cláusula por la
cual se estipulaba "que el gobierno de la Nueva Granada no se
comprometía al pago de los intereses de la deuda inglesa, mientras
el gobierno británico no se comprometiese por su parte a garantir
contra las facciones de la costa los fondos destinados al pago
aquellos intereses''. De aquí se asieron los revolucionarios para
decir que se trataba de someter la nación al protectorado de
Inglaterra
|
(5)
.
Como la parte militante e inquieta de la gente piadosa, después
de las vacilaciones de sus jefes, apoyó al fin con calor la causa
de la legitimidad, tomaron gran vuelo las ideas religiosas, una vez
logrado el triunfo. Situación delicada, porque en cayendo estas
cosas en manos de hombres poco doctos y prudentes, no es raro que
se engañe su celo y con el intento de defender la religión se deje
llevar a pretensiones injustas o descabelladas
|
(6)
, y aun se ponga en contra de
quien mejor y con títulos más valederos puede o debe defenderla. El
influjo de esta fracción se hizo temible para los buenos
ciudadanos, así católicos de ley como indiferentes, y de ahí venía
la inquietud del doctor Cuervo
|
(7)
. El sesudo Aranzazu le escribía: "¿Sabes
lo que pienso de esto? Voy a decírtelo: los progresos de la escuela
materialista que fundó el maestro Pacho nos alarmaron y produjeron
una reacción; pues bien, si las gentes de hopalandas se propasan un
poco, viene otra reacción, y entonces quizá van y le aplican el
pico a Santo Domingo, San Agustín, etc., y hasta echan con cajas
destempladas a los padres jesuítas, si es que alcanzan a venir,
como parece que sí vendrán."
Con el llamamiento de estos regulares se satisfacían, cierto,
los ardientes deseos de gran número de padres de familia, anhelosos
de proporcionar a sus hijos una educación cristiana y sólida al
mismo tiempo; pero acaso la manera y la coyuntura en que se llevó a
efecto no fueron las más oportunas para producir los bienes
duraderos que se buscaban. Oigamos lo que sobre el particular
escribía el doctor Cuervo al arzobispo de Bogotá:
''Verdaderamente ha sido una cosa inesperada el restablecimiento
de los jesuítas en la Nueva Granada. Conforme absolutamente con las
miras y sentimientos de usted, no discrepo sino en cuanto al modo y
oportunidad de llevar a efecto la medida. Nuestra patria, dígase lo
que se quiera, todavía no ha vuelto a su aplomo, y cualquier
providencia trascendental que se tome puede causar alarma, y dar
pretexto a los revolvedores para promover nuevos trastornos. Ya de
Bogotá se ha escrito al Ecuador que el restablecimiento de la
Compañía de Jesús tiene un objeto esencialmente político, el de
asegurar la dominación de ciertas personas con apoyo del fanatismo.
. . En Buenos Aires se hizo venir a los jesuítas estando el país
dividido por las facciones, y después los han expelido. Ojalá que
no suceda otro tanto en la Nueva Granada. Me parece que la misión
de ellos es afianzar sobre las bases de la religión y de la moral
la conservación del orden, pero antes debe existir éste, porque en
tiempo de revolución no se oye sino la voz de las pasiones y de los
intereses, y de todo se saca pretexto para engañar y resolver. A
pesar de todo, estando echada ya la suerte y siendo usted el
principal interesado en la parada, es mi deber como, patriota, como
amigo de usted y como padre de familia, emplear mi poco influjo y
valer para que salgamos avante."
Verificadas estas tristes predicciones, explayaba así su opinión
en 1852:
"Pasando al hecho del llamamiento (de los jesuítas), diré
francamente que no fueron conformes mis opiniones los actos
legislativo y ejecutivo que lo decretaron: creí entonces, como creo
todavía, que, habiendo triunfado el partido de orden y de
legitimidad de las facciones de 1840 y 1841, no debía traerse como
elemento de conservación un instinto por el cual no manifestaban
simpatía muchos miembros de ese mismo partido; que siendo constante
que en ningún país y menos en las repúblicas hispanoamericanas dura
por largo tiempo un partido en el poder, era perjudicial, aun a los
mismos jesuítas, el hacer depender su permanencia en la República
de la duración de los conservadores en el mando; y que por lo mismo
que esta orden ha sido motivo y objeto de disputas y controversias
en las naciones en que ha tenido una existencia legal, no debían
venir los jesuítas a la Nueva Granada sino
|a la sombra de la
tolerancia general, como han sido admitidos y existen en
Inglaterra, Francia y los Estados Unidos. Yo manifesté estas
opiniones desde Quito, en donde me hallaba entonces, y luégo las
repetí en Bogotá a mi regreso del Ecuador; y por cierto que me
valieron agrias censuras de cierto circulo retrógrado y antipático
que me ha juzgado con sobra de liviandad"
|
(8)
.
"Los partidos medios se van; ¡todo se va! exclamaba un elocuente
español hace veinticinco años. Palabras lastimeras con que se
significa haberse acabado en los pueblos de raza latina el
verdadero espíritu de libertad, a cuyo influjo logra respeto la
conciencia con títulos mejores que la propiedad, y convertidas la
moral y la religión en cuestiones de partido, haberse trocado las
contiendas políticas en lucha interminable, satánica, trabada, si
cabe decirlo, en los más hondos senos de la conciencia, para acabar
con toda paz y acibarar la vida social y de familia. Nuestros
padres acariciaban todavía la ilusión de gozar un gobierno nacional
a la inglesa o a la norteamericana, colocado sobre una altura
serena como el Olimpo, de donde observase a los partidos luchando
con dignidad y decencia, pronto a ceder honradamente el puesto al
vencedor; temblaban de sólo imaginar a los pueblos rodando de
reacción en reacción a la barbarie; y al ver saltar las primeras
chispas del incendio, acudían presurosos a ahogarlas y apartar los
elementos de combustión. No tardaron mucho los días aciagos en que
el incendio se declaró violento, y los que así obraban ocuparon los
puestos de más peligro, como para demostrar que su prudencia no era
cobardía
|
(9)
.
Sus pensamientos y esfuerzos anteriores parecieron entonces y
parecen a los que hoy vivimos un devaneo; trasladémonos, con todo,
a la época en que el mal apenas asomaba, y estimaremos cuánto
patriotismo, cuánta generosidad había en alejar el momento en que
se tuviera por digno de compasión o de desprecio a quien no
arrojase su haz a la hoguera.
La miseria pública y privada era suma. El gobierno,
imposibilitado para subvenir a los gastos ordinarios, se vio
reducido a solicitar un empréstito de ciento a doscientos mil
pesos, ofreciendo pagar hasta el dos por ciento mensual. Los
particulares vieron en Bogotá casi devorados sus haberes con la
quiebra de don Judas T. Landínez, que con razón fue considerada
corno una calamidad pública. Este caballero, dejada la carrera
política, en que había ocupado puestos importantes, se dedicó de
lleno al comercio empezando con un mediano caudal, el que a fuerza
de actividad y exactitud adelantó notablemente, negociando sobre
todo en documentos de deuda pública. Por ese entonces se entablaron
los negocios de bolsa, que, gracias al buen éxito obtenido por
Landínez y otros, volvieron el juicio aun a propietarios que
pasaban por los más sesudos. En septiembre de 1841 escribía al
doctor Cuervo uno de sus amigos: "Los negocios de la bolsa están
aquí en mucho auge. Landínez es el Rothschild de esta tierra.
Morales ha vendido todo lo que tiene, y hasta don Ramón de la Torre
se ha despojado de Tilatá; pero admírese usted, don Francisco
Suescún está de bolsista, y sus propiedades han pasado a poder de
Landínez. Vicente Lombana le vendió su botica y las tierras que
tenía en Neiva. En fin, esto es otro Londres en miniatura." Otro le
decía: "Landínez es el hombre del día: maneja dos millones de
pesos." En diciembre: "Landínez es dueño del comercio y se han
puesto las cosas de modo que nadie puede hacer un trato sin tocar
con él. Con este motivo y por el curso de las especulaciones, todo
lo que tenemos mi hermano y yo está en obligaciones de aquella
casa. Hoy se está divulgando la noticia de que suspenderá sus
pagos, y vamos a quedar escuchando dónde guisan" Habiendo sido la
puntualidad en los pagos lo que principalmente había acreditado a
Landínez, al ensanchar sus especulaciones se vio obligado a valerse
de expedientes ruinosos para satisfacer a sus acreedores. Compraba
a precios altísimos cualesquiera cosas que se le ofrecían, con tal
que fuesen dotadas (como decían) con una suma de dinero, por la
cual y por el precio de lo vendido otorgaba obligaciones que luégo
entraban en circulación y empezaban a andar de mano en mano con
tánta más rapidez cuanto era mayor la viveza y recelo de los
poseedores. Aun fue por algún tiempo objeto comerciable el precio
de bienes que no existían. En este movimiento vertiginoso los más
avisados salieron ilesos, y algunos pocos con enormes ganancias;
pero la generalidad no abrió los ojos sino cuando las propiedades
estaban en manos que no habían de soltarlas, y cuando no quedaban
más que papeles sin respaldo ni garantía. Las combinaciones en que
Landínez fundaba sus esperanzas eran verdaderamente fantásticas, y
cayeron como castillos de naipes. Por ejemplo, dueño, como de otras
empresas, de la fábrica de loza, cuyos productos, según él mismo
confesaba, no tenían salida, vendió a otro negociante cien mil
pesos de estos efectos entregaderos a plazos; y como la producción
no le costaría sino treinta mil pesos, le parecía tener ya en el
bolsillo los setenta mil restantes; y otros negocios así
|
(10)
. El fracaso
era inevitable, y la mala fe de unos hizo, como siempre, su agosto
aprovechándose de la mala fe de otros menos vivos, y lo que es más
sensible, de la imprevisión o incauta codicia de la gente honrada.
El pasivo ascendió a dos millones y cien mil pesos; el activo era
de algo más de medio millón, Como efecto de esta quiebra vinieron
otras, y una desconfianza general, perjudicialísima para las
transacciones comerciales.
El gobierno mismo, que tenía contratado con Landínez el
empréstito con que contaba para sus necesidades, se vio en los
mayores conflictos; y aumentaba sus embarazos la indecisión que
estorbaba o hacía ineficaz toda providencia. La voz común era que
en realidad de verdad desde tiempo atrás no había gobierno. El
doctor Márquez, hastiado del mando, no hizo más en los últimos días
que contar las horas que le faltaban para sacudir la carga. El
general Herrán no pudo posesionarse de la presidencia hasta el 2 de
mayo de 1841
|
(11)
, y al cabo de dos meses y medio le fue
preciso separarse de ella para ponerse otra vez a la cabeza del
ejército de la costa, que había padecido algunos reveses. Mientras
tanto ejercían el poder el vicepresidente Caicedo o el presidente
del Consejo de Estado, Aranzazu, según lo permitía la salud del uno
o del otro. Nadie se atrevía a tomar medida alguna decisiva en los
muchos negocios que la requería aguardando la venida del
presidente. Este, a su vez muy disgustado por las censuras que se
le hacían con motivo de los indultos concedidos en la costa y por
el giro dado a los asuntos del Istmo, y persuadido de que con la
Constitución de 1832 era imposible gobernar, hizo dimisión del
cargo; pero llegó impensadamente a la capital en momentos en que el
congreso declaraba por unanimidad no aceptarla, y con esto entró
en seguida a regir la nación (19 de mayo de 1842). Todo cambió como
por encanto, callaron los censores, y empezó a trabajarse con tesón
en todos los ramos de la administración. El respeto y estimación
que circundaban a Herrán no tenían por solo fundamento los triunfos
de las últimas campañas ni las penalidades que había soportado
heroicamente durante ellas; tampoco las acciones gloriosas con que
ganó sus grados militares en la guerra de la independencia. Lo que
más le granjeaba las voluntades y hace en especial grata su memoria
a la posteridad, es aquella magnanimidad con que se mostraba
superior a todo interés personal o de partido, el generoso empleo
que siempre hizo del poder o de la influencia para favorecer a los
caídos y a sus enemigos mismos, su lealtad, el patriotismo ardiente
y las rectas intenciones que sin cesar trabajó por el bien
público.
El 25 de junio se aprobó el proyecto de Constitución que con
cortas variaciones había de sancionarse definitivamente el año
siguiente. Con ella quedaban cumplidos los deseos del presidente y
de otros muchos que creían indispensable dar vigor al poder
ejecutivo, y poner en sus manos recursos que le negaba la de 1832
para conservar el orden y reprimir las revoluciones. Creemos se
leerán con gusto los siguientes conceptos de la
|Memoria
dirigida al congreso de 1843 por don Mariano Ospina, secretario del
interior y relaciones exteriores:
''Uno de los defectos de más trascendencia que se han notado en
la Constitución es que, calculada para un estado de perfecta paz,
llegado el caso de una invasión o de una sublevación, es ineficaz,
y el poder público que ella establece impotente para proveer a las
necesidades extraordinarias y urgentes de aquella situación. Esta
opinión, que era bastante común antes de que la experiencia hubiese
puesto a prueba la Constitución, se ha generalizado después de
esto. La nación ha visto al gobierno, en la pasada crisis, en la
imposibilidad de defenderse, resignado a perecer abrazado de la
Constitución. Acusósele con acrimonia de débil y pasivo, porque no
tomaba en la oportunidad las medidas eficaces, medidas que a toda
luz eran convenientes; pero al hacer tal cargo se olvidaban y aun
se olvidan hoy los censores, de que esas medidas convenientes y
eficaces eran también inconstitucionales, y que el gobierno no
debía ser sino el ejecutor de la Constitución. Convencido entonces
el pueblo de que el gobierno no obraba como era necesario para
defenderlo y para defenderse a sí mismo, asumió el derecho que todo
pueblo y todo individuo tiene para resistir y rechazar al agresor
injusto; desplegó la fuerza y puso en ejecución las medidas que las
circunstancias exigían. Los generales del ejército se vieron
obligados a abrazar una conducta semejante, y así fue como en todas
partes se desarrollaron los medios de defensa. El gobierno era
entonces más bien que autoridad directriz, espectador de la lucha
empeñada; no porque le faltase celo, sino porque no permitiendo las
circunstancias sino medidas extraordinarias de guerra, y siendo sus
funciones puramente de paz, era una especie de magistratura extraña
a la situación. La rebelión, que se adelantaba osada, porque traía
el convencimiento de que el gobierno atado por la Constitución,
como los cabecillas lo proclamaban, no podía defenderse, empezó a
cejar dondequiera tan luégo como encontró que le hacía frente un
poder, que puestas a un lado las fórmulas de la paz exigía y
aplicaba los medios de la defensa, según la necesidad lo requería.
Entre las diversas causas que hicieron desmayar a la rebelión, fue
una de las primeras el ver frustrada la esperanza, que acaso había
determinado su explosión, la esperanza de habérselas con un enemigo
maniatado. Cuando el pueblo y los jefe del ejército usaban del
derecho de la guerra para resistir a los sublevados, clamaban éstos
contra el gobierno que tal cosa permitía; y tan injustas eran estas
acusaciones como las quejas de los defensores del orden; porque el
gobierno ni podía tomar las medidas que las circunstancias
demandaban, ni impedir al pueblo que se defendiera"
|
(12)
.
Don Mariano Ospina, que fue el alma del gobierno en las
ausencias del general Herrán, ostentó durante su administración
dotes que antes no había tenido ocasión de exhibir. En otro lugar
haremos detenida mención de los incomparables servicios que le
debió la instrucción pública, título principal suyo en esta época
al reconocimiento de los buenos patriota. Pero en todos los ramos
brillaba por su inteligencia clarísima y la expedición en el
trabajo; aunque ya descubría el defecto, muy grave en un hombre
público, de ser más para lo especulativo que para lo práctico. Sus
|Memorias mismas, documentos preciosos de nuestra historia,
abundan en consideraciones agudas o profundas más bien que en datos
ciertos sobre los hechos a que se refieren. Ya entonces se le
achacaba tener la máxima de
|escribir aunque no se
cumpla.
Al entrar el doctor Cuervo a la secretaría de hacienda (1 de
enero de 1843), el tesoro público ofrecía un aspecto desconsolador:
la penuria que la revolución dejaba en pos de sí había consumado la
confusión a que de años atrás le tenía reducido un sistema bárbaro
de llevar las cuentas y de recaudar las contribuciones. Baste decir
que era tal la incoherencia y la complicación de la contabilidad,
que nunca, ni aun en los días de bonanza para la nación, se supo
con exactitud cuál era el estado del tesoro, y que había impuestos
cuya recaudación costaba más de un cincuenta por ciento de su
monto. La legislación fiscal era un conjunto de disposiciones que
venían aglomerándose desde la colonia, y aumentadas en cada
legislatura sin plan ni concierto alguno, formaban un cuerpo
heterogéneo y monstruoso; de modo que para dictar la resolución más
trivial era forzoso consultar y coordinar infinidad de leyes,
decretos y reglamentos, como si se tratase de formular una
sentencia. La contaduría general de hacienda da idea de cuál sería
la desorganización y abandono en que se hallaban las demás oficinas
del ramo. Los comisionados que en 1842 la visitaron de orden del
poder ejecutivo, encontraron que faltaban mil cuatrocientas
ochenta y siete cuentas por presentar; que había ciento cincuenta y
una ya examinadas cuyos reparos no habían sido contestados, y otras
cosas parecidas que clamaban contra la indolencia e ineptitud de la
infinidad de empleados de que estaba repleta la oficina. La misma
tesorería general, cosa apenas creíble, hacía diez años que no
presentaba sus cuentas. El sistema de recaudación en sus relaciones
con el poder judicial presentaba un aspecto todavía más triste,
pues en lo enmarañado de las leyes fiscales había hallado la
sutileza de los leguleyos mil arbitrios para convertir en
ordinarios los juicios ejecutivos, burlando a los agentes del fisco
y defraudando al fin las rentas públicas.
Desde los primeros momentos se dedicó el nuevo secretario a
reconocer este maremágnum, buscando en su experiencia y en sus
estudios teóricos los medios de introducir una reforma fundamental.
El resultado de estas investigaciones aparece condensado en la
|Memoria que presentó al congreso el 1º de marzo, donde
bosquejó los graves vicios de que adolecían la organización y el
manejo de la hacienda pública, y propuso un plan claro y coherente
que él mismo encerró en estas palabras: Exactitud en la recaudación
y economía bien comprendida en la distribución. Produjo este
documento una impresión cual nunca pudo figurársela su autor: la
parte consagrada al crédito público pareció tan clara y completa,
que se designó como texto en la Universidad nacional, y en fin, de
todas partes llegaron calurosas felicitaciones. Sucede que algunas
obras que en su tiempo causaron una gran sorpresa, no ofrecen para
los que hoy las leen sino una doctrina trivial; pero esto mismo
realza su valor como documentos históricos, pues en la admiración
que despertaron dan la medida del estado coetáneo de la nación.
Muchas de las medidas propuestas en esta
|Memoria,
especialmente en el ramo de aduanas, fueron discutidas y aprobadas
en los congresos de 1843 y 1844; otras lo han sido posteriormente,
pues tan claras eran y naturales, que de suyo se han impuesto con
el mero correr del tiempo, y sin duda hoy causaría extrañeza a
muchos si se les dijese que antes se practicaba otra cosa.
No obstante, todas las esperanzas que se fincaban en la obra del
doctor Cuervo quedaron defraudadas por esta vez. Acercábanse las
elecciones para presidente de la República y los candidatos que más
aceptación alcanzaron fueron el general Mosquera, el general
Eusebio Borrero y el mismo doctor Cuervo. Las relaciones de familia
que ligaban a Mosquera con el presidente Herrán, y la división que
hubo entre los amigos personales del doctor Cuervo, hicieron su
posición en el ministerio sobremanera embarazosa, y como nunca
solicitó ni rehusó distinción o cargo alguno, determinó dejar
completamente a la opinión pública la decisión de este debate,
separándose de la secretaría para hacer otro viaje a Europa. Aunque
presentó su renuncia el 31 de julio, no dejó la secretaría hasta el
18 de septiembre, cediendo a las apremiantes instancias con que el
gobierno, ya que desesperase de disuadirlo en absoluto, le rogaba
retardase su separación. Entre tanto buenos ciudadanos que veían
las reformas que planteaba y los beneficios que de ellas reportaría
la nación, no andaban menos solícitos para obligarlo a desistir.
Entre las cartas que tenemos a la vista, hallamos una de don Manuel
María Mallarino, que tan grato renombre ha dejado en su patria como
uno de los presidentes más ilustrados y liberales, de la cual carta
transcribimos el fragmento siguiente:
"Hasta el 1 de enero último, es preciso confesarlo, no hemos
tenido secretario de hacienda: los individuos que se han
condecorado con tan pomposo nombre, aunque estimables por otra
parte, se han visto en un laberinto sin el hilo para seguir.
Circulares aisladas, órdenes inconexas, resoluciones poco
meditadas, hé aquí el sistema seguido: no se veía un plan, una idea
generadora, un principio de organización. Usted vino y todo cambió:
ya advierte el genio que crea y la inteligencia superior que
dirige: salga usted y todo volverá a estar como antes, y aun peor,
porque se querrá remedar su sistema, sin tener la inteligencia de
usted: será el grajo engalanándose con plumas ajenas.
"Por una rara casualidad, dice Necker, nace un hombre con las
cualidades necesarias para ser buen ministro de hacienda; es un
hallazgo precioso que es preciso saber aprovechar. Si yo fuera
presidente, no perdonaría medio para seguir el consejo del célebre
francés; pero como simple granadino, pongo los que están a mí
alcance: le ruego que haga el sacrificio de continuar por algún
tiempo más: acabe la obra empezada y goce después del placer de ver
la dicha de la patria, obra de su mano."
Durante la ausencia del doctor Cuervo se hicieron las elecciones
sin que el triunfo se disputase con mucho ardor, pues no se trataba
de una divergencia de principios fundamentales sino de la mayor
conveniencia de uno u otro entre los varios candidatos, a quienes
todos reconocían merecimientos. Por otra parte, Mosquera tenía en
su favor todas las probabilidades, pues que le apoyaban el clero,
por creerlo favorable a la Iglesia , como hermano que era del
arzobispo, los militares por compañerismo, y en fin, los que
buscaban un jefe temible a los revolucionarios y capaz de
escarmentarlos. El general Borrero, fuéra de varios malquerientes
de Mosquera, se atrajo por su escepticismo religioso aquellos
copartidarios suyos que no estaban por los jesuítas, y al partido
vencido por la misma razón y porque entre los tres candidatos era
el más opuesto al régimen actual. Parecía que hubiera escrito su
programa en estas palabras de un papel que publicó en abril de 1844
con el título de
|Apelación al tribunal de la opinión
pública: "He combatido desde muy temprano la actual
administración, porque la creo, con la mayoría de los granadinos,
mucho más arbitraria, apasionada, opuesta a los intereses del país,
hipócrita, inconsecuente en sus principios, y al mismo tiempo mucho
menos hábil que la del general Santander." El mismo, encerrándose
en un indiscreto silencio a consecuencia de sus resentimientos con
algunos ministeriales, dio motivo a que se pensase no le
desagradaba ser tenido como candidato de los facciosos. El doctor
Cuervo fue propuesto y sostenido por el elemento civil y moderado
del partido dominante.
Valiéndonos, en cuanto es posible, de las mismas expresiones de
un artículo publicado en
|El Día el mes de enero de 1845, en
vísperas de perfeccionarse la elección por el congreso, vamos a
bosquejar un retrato de cada uno de los tres candidatos, según se
les veía entonces, advirtiendo sí que en el autor de aquel escrito
se descubre a un partidario ciego de Mosquera, a un opositor de
Borrero, y a un amigo personal del doctor Cuervo.
Mosquera ha tenido a los ojos desde sus primeros años los más
nobles ejemplos, por haber nacido en la ilustre Popayán y ser
oriundo de una familia esclarecida más que por las riquezas y
categoría por sus eximias virtudes, tal que se atribuye a Bolívar
la especie de haber dicho al ponderar las prendas personales de don
José María Mosquera, que si en su mano hubiera estado elegir padre,
no eligiera otro que aquel venerable anciano. Muy joven tomó las
armas en la guerra de la Independencia, y todavía lleva en la cara
las señales de la herida que recibió triunfando en Barbacoas; llegó
a ser edecán de Bolívar e intendente del departamento de Guayaquil.
Ha viajado por varios países y visitado las cortes europeas.
Después de haber estado en la cámara de representantes, se encargó
de la secretaría de guerra y marina, y no bien se oyó el primer
tiro allende el Guáitara, corrió en defensa del gobierno, para
empezar la serie de campañas que debía terminarse con las jornadas
de Aratoca y Tescua. Mosquera es vivo e inteligente, habla y
escribe con desembarazo, gusta de la fama y de la nombradía, como
todas las almas generosas, propensión que aunque ha sido mirada por
sus adversarios como un defecto, es más bien garantía de adelantos
y de mejoras efectivas; su talento e instrucción, sus viajes, los
servicios positivos hechos al país, la facilidad con que desenreda
las cuestiones más complicadas, el conocimiento de los hombres, el
entusiasmo por la gloria de la ilación y un vehemente deseo de que
prospere la República son cualidades que compensan los defectos que
pueda tener. Como militar se ha granjeado el amor del ejército,
compartiendo con él todas las fatigas y penalidades hasta echar pie
a tierra y marchar al frente de una compañía, conversando
familiarmente con los soldados, o sentarse al descubierto a comer
con ellos una ración miserable. Finalmente, el arzobispo será para
su hermano un mentor que a cada paso le inculca los principios de
la política cristiana, resultando una ventaja y no un inconveniente
el que la mitra y el bastón caigan en manos de una misma familia; y
las odiosidades que cargan sobre el futuro presidente son un timbre
más, porque le vienen de los perversos, en tanto que goza de la
aprobación de los buenos.
Es Borrero hombre de habilidad y de influjo, de altas dotes como
estadista, de acrisolado patriotismo, amante más que todo de su
provincia; terrible en las luchas parlamentarias, es más verboso
que elocuente, tiene una lógica mañosa peculiar suya, con que hasta
cierto punto aclara las cuestiones y las presenta de modo que
seduce muchas veces y algunas convence. Embebido en las historias
de griegos y romanos, como se estilaba al principio del siglo,
reviste en frase castellana pensamientos antiguos, y aun quisiera
imitar las virtudes de los filósofos y el valor de los guerreros de
aquellos tiempos. La sorpresa de García y la función de Itagüi le
califican de militar, si no inexperto, desgraciado. Sus ojos de
fuego en una cara circular y grave cuya frente está orlada por
algunos cabellos canos, descubren su energía, su inteligencia y sus
vivas pasiones, y anuncian al polemista iracundo que se deja llevar
de las primeras impresiones.
El doctor Cuervo natural de Tibirita y bogotano del barrio de la
Catedral, es un hombre de orden y de progreso, lo que es decir que
tiene principios fijos, ideas liberales, rectificadas con lo que ha
visto en países extranjeros, y que promueve el progreso moral,
intelectual e industrial de los granadinos. Su patriotismo es
incuestionable, y recomendables sus servicios a la República. Ha
hecho una carrera muy lucida empezando por la judicatura, y
desempeñando la secretaría de hacienda con tal desembarazo, que a
pesar de los pocos meses que estuvo sirviéndola, dejó tan bien
puesto su crédito que todos se hacen lenguas de su integridad y de
su acierto. Ha viajado: ha hecho más, viajado con fruto, llevado
del laudable deseo de aprender lo mucho que se ignora acá en el
centro de la cordillera los Andes. Cuervo es hombre de novedades y
enemigo de toda rutina, en nada parecido a aquellos viejos
achacosos que hasta hoy hemos tenido por ministros, los cuales para
mandar una futesa escriben tres circulares; él se avergonzaría, por
ejemplo, de haber escrito un decreto sobre enseñanza primaria con
cuatrocientos veintiséis artículos
|
(13)
. Poco, claro, bien dicho y muy
meditado es lo que sale de la pluma de este granadino que honra a
la patria que le dio el sér, y que seguramente ocupará la silla
presidencial cuando baje de ella el general Mosquera; aunque,
bastante rico como es para vivir con independencia, no anhela un
puesto que tántas inquietudes acarrea. Sabe granjearse la
benevolencia de las personas que trata con sus cumplimientos a la
parisiense y con sus sales andaluzas; sencillo y franco, atento,
obsequioso y cumplido, es un cortesano con las damas, un filósofo
con los moralistas, un diplomático con los hombres de Estado; se
expresa con primor en las tertulias y escribe con pureza la lengua
castellana. Al ver su cara oval, con sus ojazos negros y con
aquella sonrisa que es propia, reconoce úno al hombre de mundo,
sensible a los placeres y sensible a la gloria, tan previsor como
inteligente y tan filósofo como político
|
(14)
.
|
|
(1)
|
En junio de 1842 escribía al doctor
Cuervo un amigo:
''Presumo que sabrá. usted ya que por acá piensan en usted para la
vicepresidencia, y celébrolo por una parte, aunque por otra lo
siento, porque hablándole con la confianza que debo, le diré que
absolutamente no me satisface el que lo tomen para este puesto,
porque soy de sentir (y así lo he manifestado a amigos y no amigos
de usted) que deberá reservársele para la presidencia en el
siguiente período al del general Herrán. Yo he reflexionado que en
las venideras elecciones para presidente va a abogarse de nuevo por
el principio civil, porque ésta es la tendencia que le veo a la
opinión, y porque no encuentro en la lista militar otro que pudiera
ser candidato que el general Mosquera; pero esta candidatura será
fuertemente combatida: 1º Por los que tienen en mira el triunfo del
principio bueno; 2º Por los enemigos personales o políticos del
candidato; 3º Por los que encuentran en esta candidatura un no sé
qué de sucesión de familia, atendido el próximo enlace del general
Herrán con la hija del general Mosquera, y al propio tiempo
sucesión militar; y 4º Por los descontentos que deje con justicia o
sin ella la administración Herrán, porque aunque gobierne un ángel,
siempre dejará descontentos el que se separa del mando. Combatida
con tal fuerza aquella candidatura, es de presumirse con sobrado
fundamento que la opinión buscará un hombre civil; y he tenido para
mí de algún tiempo a esta parte que indisputablemente usted sería
ese hombre civil.''
|
|
(2)
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En la elección para vicepresidente
en 1842, de los 21 votos que cabían a Pasto obtuvo el doctor Cuervo
20, y Borrero 1; de los 23 de Túquerres, sacó el primero 20, y
Aranzazu 3. En la elección de 1844 para presidente, Pasto dio 10
votos a Mosquera, y 10 al doctor Cuervo; Túquerres, 19 a éste y 7 a
aquél; Barbacoas, 6 al último y 2 al primero. Carecemos de datos
numéricos posteriores.
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(3)
|
Basta recordar que en Popayán
destruyó Obando la biblioteca y el laboratorio de la Universidad, y
que Larrota en Tunja cerró las escuelas de la provincia ordenando
que sus fondos entrasen en las cajas comunes.
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|
(4)
|
Esta ley, con su adicional de 25 de
mayo de 1841, facultaba además al poder ejecutivo y a los
gobernadores para disponer que nadie viajase sin pasaporte ni
armado, para prohibir el comercio de armas y elementos de guerra y
recoger los que hubiese en manos de particulares; a las autoridades
políticas y judiciales para allanar las casas sospechosas; a los
gobernadores para confinar o expeler de su territorio, arrestar y
mantener arrestados a los individuos de quienes temieran que
estuviesen tramando contra el orden Publico; y disponía que los
comprometidos que hubiesen dejado el país no pudiesen volver sin
permiso del congreso.
|
|
(5)
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Véase La Civilización, de 1º de
noviembre de 1849.
|
|
(6)
|
La cámara de representantes aprobó
en 1841 un proyecta para derogar las disposiciones dadas sobre
reforma del hospital y ponerlo de nuevo todo en manos de los
religiosos hospitalarios. Así eran muchos de los agravios a la
religión que se querían deshacer.
|
|
(7)
|
En 21 de junio de 1542 escribía el
distinguido médico doctor Andrés Pardo, con el gracioso desenfado
que le caracterizaba:
''Todas las listas de electores son compuestas de capellanes y
algunos de casaca, pero que piensan como ellos. No se habla más que
de la salvación de las almas, de la restitución de los jesuítas, de
la bula de la Santa Cruzada, etc., etc.: Qué haremos para que en la
Nueva Granada no se tomen todas las cosas por los extremos? Yo
pienso, cuando salga a la calle, llevar una camándula y unos
escapularios, pues así podré al menos salir sin riesgo de que me
escupan.'' Don Ignacio Gutiérrez decía en 3 de agosto: ''Aquí es un
concilio ecuménico la asamblea electoral, y las elecciones serán
recochinas, porque quieren hacerlas los ultra-cristianos.'' Este
era el término con que se les designaba comúnmente. Don Mariano
Ospina escribía el 8 de junio: ''Don Joaquín Mosquera, por
indicación del obispo de Antioquia, metió en el proyecto de
constitución un artículo declarando la religión romana religión del
Estado: esto ha exacerbado algún tanto la fiebre de intolerancia,
tanto de parte de los ultra-cristianos como de los jacobinos; cosa
fatal y que puede impedir que el proyecto quede aprobado.'' El
proyecto era más católico que la Constitución de 1832, como aparece
con sólo cotejar la invocación; el artículo 15 de aquélla (''Es
también un deber del gobierno proteger a los granadinos en el
ejercicio de la religión católica, apostólica, romana'') se agregó
otro que fue el 16 y formaba de por sí el título 4º: ''De la
religión de la República: la religión católica, apostólica, romana,
es la única cuyo Culto sostiene y mantiene la República.'' En el
número 18 de
|El Granadino (27 de noviembre) proponía Caro
que se sancionase la tolerancia religiosa.
|
|
(8)
|
Defensa del Arzobispo de
Bogota.
|
|
(9)
|
Es contraste que no debemos callar
el que ofrecieron varios de los
|religioneros de 1830 y de
los miembros de la Católica en 1839 y 40, convirtiéndose en
frenéticos perseguidores de la Iglesia en tiempo de López.
|
|
(10)
|
Véase el folleto que publicó en
febrero de 1842, hallándose en la cárcel:
|Crisis mercantil
|o manifestación que hace el doctor Judas T. Landínez de las
causas que han motivado su quiebra en los negocios de
comercio.
|
|
(11)
|
Las votaciones para presidente
habían tenido este resultado: por Azuero, 596 votos; por Herrán,
579; por Eusebio Borrero, 377; por J. Rafael Mosquera, 8. Al
perfeccionarse la elección en el congreso (14 de marzo de 1841), el
primer escrutinio dio 30 votos por Herrán y 27 por Borrero; el
segundo, 53 votos por el primero y 14 votos por el segundo.
|
|
(12)
|
El gobierno amnistió (5 de julio de
1842) a los que en defensa del orden legal hubiesen excedido sus
facultades o violado las leyes.
|
|
(13)
|
Aquí se alude sin duda al decreto sobre establecimiento y
arreglo de las escuelas, publicado el 2 de noviembre de 1844, que
tiene, no 426, sino 440 artículos con infinitos parágrafos.
|
|
(14)
|
Por el mismo tiempo salió un
folleto con el título de
|Los tres candidatos para la presidencia
de la Nueva Granada considerados en relación con la cosa
pública, obra de don Julio Arboleda, según leemos en la
|Noticia Biográfica que a sus poesías antepuso don Miguel
Antonio Caro (Nueva York, 1883). El objeto visible de esta
publicación es atraer a Borrero los votos de los partidarios del
doctor Cuervo al perfeccionarse la elección en el congreso.
Copiamos las siguientes frases, por cuanto en algunas de ellas se
contienen apreciaciones que con frecuencia opusieron como cargo
contra el último sus enemigos políticos: " Es el doctor
Cuervo hombre de mundo, entendido en el trato y manejo de la
sociedad, tan avisado para hacer de los hombre sus amigos como para
hacer de sus enemigos los enemigos de cuantos por él tienen amistad
y simpatías." "Pliégase gentilmente a las
opiniones de los otros, sin seguirlas; paga el amor con cortesías y
algunas, aunque raras veces, las cortesías con amor."
"Rara ocasión ha podido encontrársele de frente, y, por
eso, rara ocasión se ha sabido que las opiniones de los otros hayan
chocado con las suyas." "Se ha desembarazado
frecuentemente de las más intrincadas dificultades con tal presteza
y maestría, que todos lo han aclamado victorioso cuando tal vez él
mismo se ha reputado vencido." "El partido que lo
tiene a él por jefe, pero de quien dudamos quiera él constituírse
en caudillo, es un partido que representa los buenos principios,
santo en sus intensiones, liberal en sus miras, y patriótico en sus
deseos; pero por desgracia demasiado reducido para poder solo
gobernar la República." "El clero no tiene
motivos por qué querer al doctor Cuervo, ni el ejército por qué
respetarlo." Manifiesta además que éste, ni por educación
ni por temperamento, era capaz de las arbitrariedades que tánto se
temían de Mosquera. Al objeto que, según dijimos, se propuso el
autor del folleto, correspondió en realidad el estado de la opinión
en el congreso; así fue que al contraerse la segunda votación a
Mosquera y Borrero, se cargaron a éste casi todos los disputados
que en la primera habían estado por el doctor Cuervo, y Mosquera
fue elegido por cortísima mayoría.
|