CAPITULO I
LEGACIÓN EN EL ECUADOR
Acércase Mosquera a Pasto. - El doctor Cuervo se niega a ir a las
conferencias de este lugar. - Lo que en ellas se trató. - Recibe el
doctor Cuervo nuevas instrucciones. - Cambios de la opinión en
Bogotá con respecto a él. - Comunicación que dirige sobre la
provincia de Pasto. - Fin de la campaña de Flores y lo que de ella
sacó el Ecuador. - Especulaciones con la deuda granadina. -
Consigue el doctor Cuervo el sometimiento de Panamá. - Cómo fue
recibido este suceso en Bogotá. - Disgustos que causó al doctor
Cuervo. - Reclama éste la extradición de Obando. - Juicios que se
hicieron en la Nueva Granada sobre la conducta del doctor Cuervo
durante su misión. - Su manejo privado en Quito.
Terminadas las conferencias de Túquerres, pensó Flores en mover su
campo, y saliendo de este lugar el 8, reocupó a Pasto el 12. El
doctor Cuervo, que se fue a Ibarra para observar los
acontecimientos, cuidó mucho de no intervenir ni con la indicación
más ligera en movimientos que no podía apoyar sino sacrificando sus
principios respecto de toda intervención extranjera, ni tampoco
contrariarlos sin atacar el depósito de Pasto hecho en el gobierno
del Ecuador. Acercábase a la sazón el general Mosquera, y con esto
renacieron las esperanzas del ministro granadino, pues no olvidaba
que desde Cali le había escrito aquél en 16 de julio que "sus
valientes tropas traerían el estandarte de las leyes hasta el
Carchi, y que entre tanto prestaría a los pueblos de la provincia
de Pasto la protección que imploraban para sostener su resolución
de no separarse de la sociedad granadina", y que luégo desde
Popayán le aseguraba (como arriba queda apuntado) que tenía cuatro
mil hombres llenos de entusiasmo y resueltos a acometer las más
arduas empresas. En previsión pues de una guerra próxima comenzó a
recoger todos los datos posibles sobre el estado político, militar
y rentístico del Ecuador, y a preparar la opinión tanto en Pasto
como en el exterior, cuidando de imponer a Mosquera de todos sus
pasos con cuanta reserva y discreción requería la gravedad de las
circunstancias. Le indicó además y aun le suplicó enviase una
persona de confianza con quien conferenciar para ponerse todos de
acuerdo. Fue efectivamente el general Joaquín Barriga, pero en
lugar de las halagüeñas noticias que de él aguardaba, supo que
Mosquera, facultado para entrar en negociaciones, no tenía ni con
mucho los ponderados cuatro mil hombres, y que, lejos de pensar en
pedir reparaciones a Flores, estaba en buena inteligencia con él y
dispuesto a pasar por la cesión del territorio. Aumentóse la
amargura de este desengaño con saber que todavía se hallaba la
República en estado de guerra.
Desde antes le habían invitado premiosamente los dos generales a
abocarse con ellos en Pasto: "Véngase usted volando, volando (le
escribía Flores el 29 de septiembre). Yo le suplico a usted que lo
haga por la patria y por mi amistad. ¿Podrá usted resistirse a tal
invitación? No lo creo." Sin hablar de aquellos motivos reservados
que en su concepto hacían más provechosa su asistencia en Quito,
miraba como razón plausible para esquivar su presencia el mal
cumplimiento que daba el Ecuador a los compromisos que con él había
contraído. Erale notorio por una parte que Flores continuaba
acogiendo en el Ecuador a los facciosos que se iban presentando, y
por otra que el comandante Víctor Sanmiguel, enviado a Bogotá con
voz de dar las explicaciones prometidas en la Convención de junio,
no había desempeñado otra comisión que la de tiznar al
representante de la Nueva Granada en el Ecuador, sembrando contra
él las especies más adecuadas a traerle la odiosidad pública en
aquella época de implacable exaltación. Viendo pues ahora que sólo
se pretendía autorizar con su presencia conciertos ajenos de sus
principios y contrarios a sus instrucciones, se cerró en la
resolución dicha. No por eso dejó de significar a Mosquera cuáles
eran a su entender las bases que debían tomarse para la
negociación: reconocimiento y pago de lo que adeudase la Nueva
Granada al Ecuador por los auxilios prestados hasta la fecha del
pronunciamiento de Pasto, y fijación de preliminares para un buen
tratado de comercio; en cuanto a límites se ciñó a indicar que por
diversos actos era ya manifiesta la voluntad de Pasto en este
punto, y que de contrariarla no se obtendría otra cosa que un
levantamiento como el que tan funesto fue a las dos naciones en
julio anterior.
No habían pasado cuatro días de la llegada de Barriga a Quito,
cuando recibió el doctor Cuervo carta de Mosquera, en que
desentendiéndose de cuanto con anterioridad había dicho oficial y
privadamente acerca de los motivos de queja que había con el
Ecuador, se mostraba sentidísimo de que no hubiese ido a tomar
parte en las negociaciones, que pararon en los
|esponsales de
4 de noviembre, arriba mencionados; y al mismo tiempo Flores, a
quien Mosquera con reprensible ligereza, para no usar un
calificativo más justo, había mostrado las cartas del doctor
Cuervo, le escribía acriminando su conducta.
Ya dijimos algo sobre uno de los puntos que se arreglaron en la
esponsión; falta hablar de las conferencias que le precedieron y
del espíritu con que se juntaron los dos jefes. Flores, empeñado en
sincerarse, halló favorable ocasión para desfogar el resentimiento
que abrigaba contra el doctor Cuervo, por la energía con que había
contrariado sus pretensiones, y no pensó en otra cosa que en
hacerle odioso en la Nueva Granada. Mosquera, dolorido por las
pérdidas que a él y a sus allegados había causado la ocupación de
Popayán por los facciosos, no vacilaba en escribir que "en la
alternativa de ser dominados por Obando o por el Ecuador, para él,
como para todos los habitantes de las provincias del Cauca que
valen algo, es una cosa decidida escoger el último partido";
agregando que "le era agradable saber que el Gobierno estuviese
satisfecho de no haberse prestado el doctor Cuervo a pedir el
auxilio ecuatoriano para Popayán, pues con esto descargaba en el
primero la responsabilidad moral que pesaba sobre él"
|
(1)
. Con estos
sentimientos, el general granadino no volvió por el representante
de su patria en la nación vecina, antes bien esforzó las
acusaciones del enemigo. De acuerdo quedaron ambos generales en que
Popayán se habría salvado de caer en manos de Obando, y la guerra
civil no se hubiera prolongado tánto, con sólo que el ministro
granadino no se opusiera tercamente al auxilio que pedían Márquez,
Mosquera y Borrero, y que Flores generosamente brindaba; conformes
estuvieron en que no había motivo alguno de queja por la anexión de
Pasto y Túquerres desde que el general ecuatoriano la había
comunicado al doctor Cuervo; y también en que el envío de Villamil
como comisionado al campamento de Obando procedía de haber indicado
el ministro granadino la conveniencia de que el gobierno
ecuatoriano interpusiese su amistosa mediación entre los dos
contendores. Leamos lo que sobre esto escribió el doctor Cuervo a
Mosquera el 17 de noviembre de 1841:
"El general Flores se ha desahogado anchamente contra
mí en las conferencias. Hablando del auxilio de Popayán omite: 1°
Que el vicepresidente de la República, el señor Rocafuerte y otras
personas notables se opusieron fuertemente a que se prestase; 2 Que
después de esto me había asegurado que cuatrocientos hombres
ecuatorianos irían con la guardia nacional de Pasto a aquella
ciudad, para lo cual escribió a Carmen López, y no se verificó la
marcha por miedos y embrollos de este jefe, y 3° Que cuando el
señor Márquez le escribió pidiéndole dos mil hombres para que
siguiesen a Bogotá, se negó a ello porque no les tenía preparados,
porque estando para reunirse el congreso necesitaba obtener su
consentimiento, y porque el Ecuador estaba entonces en una
situación alarmante a causa del calor de los partidos.
"Los pronunciamientos de Pasto y Túquerres no podían
justificarse, ni yo podía guardar silencio acerca de ellos, porque
el general Flores me hubiese escrito una carta particular que en
ningún caso ponía a salvo mi responsabilidad. El no está reconocido
ostensiblemente por autócrata del Ecuador, estaba entonces separado
del gobierno, y yo no podía entenderme sino con el ministro de
relaciones exteriores, quien me negó las explicaciones que
oportunamente pedí, y ahora se han dado porque usted venía con tres
mil soldados, y porque era necesario recriminarse de todas
maneras.
"Usted habrá visto que yo no solicité la mediación ecuatoriana,
que lo que sobre este particular aduje en mi protesta de 31 de mayo
fue más bien un reproche a la conducta doble y falaz del gobierno
ecuatoriano. Es muy ridículo que con esto quiera cohonestar la
comisión de Villamil a Popayán, el libre tránsito por el Ecuador
concedido a los jefes y oficiales de Obando y las conferencias con
el comisionado de éste, a las cuales se les dio un giro diferente
después de la noticia de La Chanca, ocultándose lo tratado
anteriormente. ¿Por qué ha olvidado el general Flores hacer merito
con usted, como lo hizo con Brusual, de las cartas en que yo le
dije muchas veces que no transigiría con Obando, enemigo implacable
de mi patria? ¿No quiere decir esto que su intención ha sido
malquistarme y perderme con los hombres de todos los partidos de la
Nueva Granada?
"Sobre estos y otros hechos he tenido ahora largas conferencias
con dicho general delante de varias personas notables del Ecuador,
y si no me engaño, el juicio de éstas me ha sido favorable. ¿Podré
esperar que también lo sea el de mis compatriotas? Mucho lo dudo,
así porque a la distancia se desfiguran los hechos, como porque
tengo un enemigo fuerte y sagaz de quien hay que temer y esperar
mucho más que de un patriota que no tiene en su apoyo sino su
honradez y la noble causa que ha defendido. Si se me inmola a la
venganza del general Flores, aceptaré con resignación el
sacrificio, pero mi reputación quedará inmaculada."
Con igual razón escribía por el mismo tiempo al general Herrán:
"Ya sabrás el giro dado en Pasto a nuestros negocios con el
Ecuador. El general Flores se ha presentado como un santo,
haciéndome aparecer a mí como un demonio. La lealtad, el
desinterés, la circunspección y la cordura han estado de su parte y
de la de su gobierno; en mí, todo ha sido malo. En Pasto se me
siguió un consejo de guerra, tuve muchos fiscales, muy pocos
defensores, y mis jueces fueron apasionados. El proceso ha pasado
a Bogotá, y allí será sentenciado en última instancia. Mi causa es
la del gobierno granadino, la del honor y dignidad de la nación,
bienes que son más estimables y de más difícil reparación que la
libertad misma, cuando son perdidos.''
Quedóle sí la triste satisfacción de no haber concurrido a
composiciones que, si no son de extrañarse entre jefes militares,
hubieran caído muy mal en su carácter diplomático. Cierto que su
decoro se hubiera resistido a consentir en que fuesen premiados con
grados en el ejército granadino varios jefes Ecuatorianos, entre
ellos el que había desacatado gravemente al gobernador de Pasto, y
que fuese honrado este mismo gobernador, como en premio de su poca
firmeza. con el título de comandante y comisario de guerra del
ejército del Ecuador; para no hablar mas de otros sujetos todavía
menos acreedores a distinción alguna.
Por efecto de los convenios de Pasto las fuerzas del Ecuador
evacuaron el territorio de la Nueva Granada. Flores entró a Quito
con solemne triunfo el 15 de noviembre. La adulación le ofrendó
toda linaje de honores, entre ellos el título de doctor conferido
por el cuerpo universitario.
Mientras estaba el doctor Cuervo mortificado así con semejantes
contrariedades, llegó a sus manos, después de largo rodeo
|
(2)
, una comunicación
de su gobierno, fechada el 2 de agosto, en que sé le decía:
"Por nota de V. S. de 2 de mayo, muy tarde recibida, se ha
instruído el gobierno de las pretensiones y pérfida conducta del
general Flores y del gobierno ecuatoriano. Después del triunfo de
La Chanca fueron hallados en el campo de Obando varios documentos
que han hecho conocer al poder ejecutivo los pronunciamientos de
Pasto y Túquerres uniéndose al Ecuador, y la acogida dada a estos
actos por el gobierno de esa República. La conducta de ese gobierno
es notoriamente indigna y pérfida; no obstante, las circunstancias
en que se encuentra la Nueva Granada la obligan a disimular el
agravio y diferir su satisfacción y el arreglo de la cuestión.
Aunque las tropas constitucionales triunfan por todas partes, el
partido desorganizador, titulado la oposición, no disminuye ni
cede. Calla hoy, pero maquina con el mismo tesón que antes y
aprovechará cualquiera ocasión para lanzarse en otra rebelión. Un
rompimiento en estas circunstancias sería peligroso, y el poder
ejecutivo cree que lo más conveniente es diferir la cuestión cuanto
lo permitan el honor y la dignidad de la nación, hasta que
restablecido el orden en toda la República y afirmado más
sólidamente el gobierno, pueda atender con todos los recursos al
grave objeto que examino. Como según los informes que el poder
ejecutivo ha recibido, el general Flores, que es quien por parte
del Ecuador dirige todo lo relativo a este negocio, se halla
actualmente en Pasto y entrará en comunicaciones con el general en
jefe de nuestras tropas, se dan con esta fecha al general Mosquera
las instrucciones que en copia dirijo a V. S."
Estas instrucciones son a la letra como sigue:
"Por parte de la Nueva Granada debe procederse de manera que le
quede una salida honrosa al Ecuador, para no comprometerlo a
resistir o llevar adelante los pasos dados. Es necesario hablar en
el sentido de que los pronunciamientos de Pasto y Túquerres y la
acogida dada a ellos por el gobierno del Ecuador no han tenido
lugar sino en el supuesto de que la facción capitaneada por Obando
triunfaría y que desapareciera el gobierno constitucional; pero que
en el supuesto contrario tales actos serían de ningún valor. V. S.
debe ponerse en comunicación con el general Flores y solicitar que
se retiren las fuerzas ecuatorianas como innecesarias ya al objeto
con que se recibió su auxilio. Procurará con toda diligencia
persuadirle de que el gobierno granadino no ha dudado de su
sinceridad y buena fe, ni sospechado ninguna pretensión injusta y
alevosa de su parte sobre el territorio de la Nueva Granada. La
remisión a dicho general de una copia de los actos legislativos en
que se dispone que se den las gracias a aquel gobierno y al general
Flores por su cooperación al restablecimiento del orden en la Nueva
Granada y en que se ordena lo conveniente para el pago de las
tropas ecuatoriana auxiliares, ofrecerá una ocasión oportuna para
esta manifestación. La presentación del primero de estos actos al
gobierno del Ecuador debe hacerla nuestro encargado de negocios
cerca de él. El lenguaje y los pensamientos deben ser los que se
usarían en el supuesto de que por parte de aquel jefe y de su
gobierno no hubiese nada que mereciera queja y reconvenciones de
nuestra parte. Es innecesario recomendar a V. S. cuánto interesa
evitar todo lo que pudiera ser causa de ofensa o de desabrimiento
hacia el general Flores, de quien exclusivamente depende todo lo
que se haga a nombre del Ecuador. Si se pusiere como condición para
evacuar la provincia de Pasto el pago de los gastos hechos por el
Ecuador en las tropas auxiliares, V. S. se apresurará a arreglar
este negocio de la manera más conveniente, contando con que el
tesoro público está hoy exhausto; que por otra parte es más
económico obligarse a condiciones gravosas para hacer el pago
dentro de algún tiempo, que exponer la República a una guerra en
que necesariamente consumiría cien veces más, aunque el éxito le
fuera decisivo. Particularmente está convenido con S. E. el general
Herrán que no entablaría ninguna gestión sobre arreglo de límites
entre las dos repúblicas sin haber antes evacuado las tropas
ecuatorianas el territorio de la Nueva Granada. Este es un punto
sobre el cual V. S. debe recalcar constantemente. No conviene dejar
entrever a general Flores que la Nueva Granada no convendrá en
ningún arreglo de límites que deje al Ecuador la parte de
territorio que apetece; pero tampoco debe hacerse sobre esto
ninguna promesa positiva. Debe sí hacerse entrever que el pueblo de
la Nueva Granada en ningún tiempo consentiría en que por vía de
hecho se le arrebatase una parte de territorio: que intentarlo
sería sancionar la enemistad perpetua de las dos naciones; lo que
sería el efecto más funesto que acontecimiento alguno pudiera
producir para los dos países. Lo más conveniente pues, en concepto
del poder ejecutivo, es procurar por medios suaves la evacuación de
la provincia de Pasto por las tropas ecuatorianas, dejando
pendiente la cuestión de un nuevo arreglo de límites para cuando,
retiradas las tropas auxiliares, pueda darse principio a la
negociación, la cual no será difícil prolongar hasta que
restablecido el orden en toda la República pueda el gobierno hacer
valer sus derechos por medio de la fuerza si fuere necesario, sin
exponer la nación a los gravísimos riesgos que hoy correría si
tuviese lugar un rompimiento con el Ecuador. No cree el poder
ejecutivo que deban darse a V.S. instrucciones detalladas sobre el
modo de conducir este negocio al fin que se propone; y descansa
confiando en la acreditada discreción e ilustrado juicio de V. S.
que salvará justamente el decoro nacional y la paz y seguridad de
toda la República."
El doctor Cuervo vio que para seguir esta política ningún
esfuerzo había tenido que hacer Mosquera, pues que le bastó no
contradecir en nada a Flores y convenir en la cesión del
territorio, salvando la responsabilidad de su opinión en este punto
con exponer que carecía de autorización; él, por el contrario, se
encontró en el conflicto más desagradable, porque tenía que
contrariar sus sentimientos y en cierto modo desdecirse de los
cargos y protestas ruidosas que había hecho. Puesto en
contradicción consigo mismo, pidió en seguida sus letras de retiro,
empeñando con instancia a todos sus amigos para conseguirlas; pero
el gobierno no consintió en ello, porque, de hacerlo, parecería
improbar la conducta anterior de su representante, y luégo porque
cabalmente el éxito de su plan dependía en gran parte de que él
mismo ayudase a llevarlo adelante. Exigiósele que a lo menos por un
tiempo sacrificase sus opiniones y aun su reputación en obsequio de
la paz y de la consolidación del gobierno, y él venció toda su
repugnancia para hacer al patrotismo la ofrenda que se le
demandaba.
La política de nuestro gobierno en los asuntos del Ecuador
expuso durante muchos días en Bogotá el crédito del doctor Cuervo a
las censuras más injustas. Por el temor de que al descubrirse los
manejos de Flores y del ministerio ecuatoriano se desencadenase la
indignación pública y sobreviniese un rompimiento fatal, se dejaban
correr las voces que por instrucciones de aquéllos se esparcían
contra nuestro ministro. Todos los miembros del gobierno granadino,
aprobando sus procedimientos, le hacían muda justicia (según feliz
expresión de don Ignacio Gutiérrez, que en estas circunstancias
dio, como siempre, al doctor Cuervo pruebas de su buena amistad); y
sin embargo, por acuerdo unánime del Consejo de Estado se publicó
en la Gaceta la carta de Flores a Herrán y Mosquera en que le hacía
responsable de la pérdida de Popayán, y esto sin comentario ni
correctivo alguno, cuando se tenían a la vista las comunicaciones
oficiales en que explicaba cumplidamente los hechos
|
(3)
. El ministro del
Ecuador don Marcos Espinel y el comandante Sanmiguel se valían de
esto y propalaban las mismas especies que Flores hizo aceptar a
Mosquera en las conferencias de Pasto, para mejorar su causa
presentándose como los más fieles amigos de la Nueva Granada y
acreedores por tanto a la recompensa apetecida. Otros, para
disfrazar el rompimiento buscado por el gobierno ecuatoriano
después de los pronunciamientos de Pasto, aseguraban que el doctor
Cuervo había solicitado espontáneamente su pasaporte. En el público
nada de cierto se sabía, de modo que entre los maldicientes y los
exaltados hallaban acogida las hablillas de los agentes del
Ecuador, y cuando uno que otro amigo bien impuesto salía en defensa
del agraviado, tenían que proceder con toda la mesura que exigían
las circunstancias. Hízolo principalmente el mencionado señor
Gutiérrez, quien con varios artículos publicados por octubre de
1841 calló a Espinel, y al fin en febrero de 1842 logró que se
publicase en
|El Constitucional la correspondencia oficial
entre la legación granadina y el gobierno del Ecuador con ocasión
de los sucesos de Pasto
|
(4)
.
Conforme fueron serenándose los tiempos y discerniéndose los
hechos con claridad, mereció patrióticos aplausos la energía del
doctor Cuervo; y el modo con que fue tratado en Quito produjo la
más profunda indignación, hasta desvanecer el proyecto de ceder
siquiera una mínima parte de territorio
|
(5)
. Nuestro ministro en el
Ecuador llevó pues la bandera a que se agruparon los defensores de
la integridad nacional. Para corroborarlos en estos sentimientos
sirvió mucho una comunicación que el mismo dirigió al gobierno en
diciembre de 1841, pintando con vivos colores el valioso territorio
que había estado y aun estaba a pique de ser cedido al Ecuador;
donde indicaba además el camino que se debía seguir para arrancar a
esos pueblos vigorosos del atraso en que vegetaban y despertar en
ellos aquel amor a la patria, cuya ausencia costaba tánta sangre a
la República.
Al arbitrio hábilmente ideado de dejar correr el tiempo sin
despertar iras ni desconfianzas ayudaron los triunfos decisivos del
gobierno granadino. Las arrogancias del Ecuador comenzaron a
descaecer, y el peso mismo de los acontecimientos hizo entrar en
caja sus extravagantes pretensiones. Como eco lejano vinieron
después polémicas periodísticas más o menos agrias sobre la validez
de los compromisos de la Nueva Granada, de que no resultó otra cosa
que la demostración de haber sido ellos completamente fantásticos.
La
|Gaceta de Quito achacó al doctor Cuervo los artículos
publicados en
|El Día de Bogotá sobre estos asuntos; él
guardó silencio mientras formaba parte del gobierno, mas al salir
declaró por la imprenta no haber sido autor de estas publicaciones,
pero añadió que ellas estaban en su mayor parte conformes con las
comunicaciones que había pasado a su gobierno.
En conclusión: tántos torcidos manejos llevados adelante con
verdaderos sacrificios del pueblo ecuatoriano para dar cima a un
empeño injustificable, no lograron más que una acción de gracias de
las cámaras legislativas de la Nueva Granada presentada con
expresiones amistosas por nuestro ministro, y el pago de
trescientos mil pesos por lo que se quedaba a deber de los
estipendios de las tropas auxiliares, cantidad que se redujo a la
mitad en manos de los agiotistas de Quito.
Las especulaciones de que fue objeto esta deuda causaron hartas
desazones al doctor Cuervo, de que da idea lo que en 12 de julio de
1842 escribía a don Mariano Ospina:
"Muy mortificado me tiene la conducta del general Flores en el
negocio de la deuda de la Nueva Granada en favor del Ecuador; pues
que al propio tiempo que me hace mil protestas de que no nos
estrechará al pago en circunstancias de estar exhausto nuestro
tesoro, y hallándose él, como se halla, persuadido de la honradez y
buena voluntad de nuestro gobierno, hace girar por el ministerio
letras de gruesas sumas, y después me envía a los interesados para
que hablen conmigo sobre aceptación y pago de ellas; lo cual me
pone en duros conflictos para contestar empeños, súplicas y aun
sandeces, sin presentar a esta gente la desnudez y miseria de la
patria, o el origen y naturaleza de un crédito que, no estando
todavía liquidado, tampoco es actualmente pagadero. Triste es por
cierto que nuestro pobre erario sea hoy el primer objeto de
especulación de muchos agiotistas y tramposos que buscan sus medros
o la cancelación de sus deudas a nuestra costa. Risa excitan las
cuentas que estos señores nos hacen; y lo singular de todo es que
poca o ninguna parte tendrá en ellas el tesoro del Ecuador, siendo
los aprovechados algunos individuos que viven de estos negocios
|
(6)
. El
general Flores ve muy próximo el término de su mando, si sucesos
extraordinarios no le hacen continuar en él, y no quiere dejar nada
atrás; y por eso está entrando en arreglos y transacciones con todo
el mundo, por medio de letras contra la Nueva Granada, las cuales
quiere que, aunque por el momento no se cubran, sean aceptadas por
el gobierno, a fin de quedar él así libre de responsabilidades.
Usted convendrá conmigo en que todo este manejo es chocante en sí,
y mucho más chocante para un pundonoroso ministro; pero es preciso
por ahora callar como unos muertos, dar largas a la aceptación de
las letras mientras se liquida la deuda, entretener con esperanzas
a los tenedores, y aguardar a que, cambiándose esta administración,
podamos entendernos racionalmente sin embrollos, sin zozobras y sin
cubiletes.''
Por no cortar el hilo de nuestra narración hemos dejado de
referir otro incidente de la misión del doctor Cuervo en el
Ecuador. Para hacerlo debemos recordar algunos antecedentes. A
fines de 1840 (18 de noviembre) se había pronunciado en Panamá el
coronel Tomás herrera apellidando independencia, y como no hubiese
podido el gobierno pensar en reducirlo a la obediencia, se había
mantenido por su mismo aislamiento ajeno a lo que pasaba en el
resto de la República, y aunque en estado de rebelión, conservaba
el orden local, sin ninguno de los escándalos dados por los demás
revolucionarios. No obstante, la manera como las fuerzas
legitimistas habían ido acosando a los facciosos del centro hacia
las fronteras, dejaba muy bien prever que en el Istmo irían a
buscar refugio y apoyo para nuevas tentativas los que lograran
escaparse. Así recelaba el doctor Cuervo que lo harían los del sur,
y con este pensamiento consiguió estipular en las conferencias de
Túquerres que los asilados en el Ecuador no pudiesen embarcarse
para la Nueva Granada. Pero confirmados a poco sus temores por
datos ciertos, se penetró de la necesidad de cortar de raíz el mal.
A este fin, llevado sólo de su patriotismo y confiando en que la
importancia del servicio en peligro tan inminente sería a los ojos
del gobierno disculpa bastante si se excedía en sus atribuciones,
resolvió entenderse por la vía diplomática con Herrera, llamarle a
la obediencia y convertirlo en apoyo de la buena causa. Aunque no
tenía relaciones personales con él, lo conocía por caballero
honrado y pundonoroso, y sabía que el mismo general Mosquera le
había ofrecido por medio de Julio Arboleda hacerle comandante
militar y aun gobernador de Panamá. Envióle pues una comisión
compuesta del coronel Anselmo Pineda, gobernador que había sido de
Pasto, y su secretario don Ricardo de la Parra, quienes llevaban
por vía. de credenciales y de instrucciones la comunicación
siguiente:
"Quito, 28 de noviembre de 1841.
"Señor:
"La revolución que principió en la Nueva Granada hace dos años,
y que meses adelante se desenvolvió y continuó acompañada de
horrores y de escándalos, agotando el tesoro nacional, paralizando
las más útiles empresas, y relajando los hábitos de orden, de moral
y de trabajo, fruto de nueve años de paz y de sosiego, se acerca
hoy a su término. Las armas del gobierno constitucional han
marchado de victoria en victoria de un extremo a otro de la
República, conducidas por los mismos pueblos, a quienes el instinto
poderoso de la conservación sacó del letargo en que yacían,
demostrándoles la profunda sima en que iban a sepultarse junto con
nuestros más gloriosos recuerdos, junto con nuestras más lisonjeras
esperanzas. El principio de orden triunfó del principio anárquico,
y se obró una gloriosa contrarrevolución, tan honrosa a sus autores
como fecunda en importantes resultados. No presenta la América
española, en la carrera de sus ensayos y desaciertos, ejemplo más
brillante de buen sentido y de cordura nacional.
"Organo de un gobierno filantrópico y verdaderamente paternal,
no es mi ánimo despertar pasiones ni renovar heridas, enumerando
las causas e individualizando los efectos de los últimos
lamentables sucesos que han tenido lugar en la Nueva Granada.
Hechos son éstos que, si bien deben someterse al dominio de la
historia para ejemplo y lección de nuestros hijos, la prudencia
aconseja callarlos cuando con sinceridad y buena fe se buscan y se
ponen en acción los medios para darnos un abrazo fraternal,
rodearnos en torno del pabellón nacional, y someternos todos al
imperio de una ley, hechura propia nuéstra y objeto de nuestros
juramentos y sacrificios. La verdad, empero, exige confesar aquí
que, por muy lóbrego que sea este cuadro, el Istmo presentará,
entre todos los pueblos revolucionados, un claro no arrebolado con
la sangre granadina, ni manchado con los hechos atroces que en
otros puntos han acompañado los escandalosos motines de gente
perdida y rezagada, que salida de su bien merecida nulidad, se
lanzó en la carrera de los crímenes aparentando sostener principios
que ni entendía ni era capaz de practicar.
"Tan ventajosa circunstancia constituye un estado excepcional de
cosas en el Istmo, aun prescindiendo de su distancia del centro de
la República, del aislamiento e incomunicación en que quedó con el
supremo gobierno, y de otros motivos que pudieran inducir a muchos
de sus habitantes a erigir un Estado soberano, menos con el ánimo
de romper antiguos y estrechos vínculos, que con el de sustraerse a
los males de una conflagración general. Su causa, pues, debe
juzgarse por trámites especiales, y ser tan pacífico su término,
como lo ha sido el principio y marcha de su revolución. Todo en el
ha tenido el carácter de hipotético, todo ha sido obra de
circunstancias quizá más fuertes que la voluntad. Ni una gota de
sangre, ni una sola lágrima han derramado los istmeños en una época
de tántos azares y agonías, y menos la han hecho derramar a sus
compatriotas con la formación de cruzadas quijotescas para llevar
la propaganda revolucionaria a las provincias tranquilas y sumisas.
Aislado por su situación física, tanto como por el torrente de los
sucesos, ha sabido conservar el orden local y la paz doméstica,
aguardando el desenlace del drama extraordinario representado desde
el Septentrión al Mediodía de la República. El día de este
desenlace ha llegado ya, y a mí me cabe la dicha de anunciarlo a V.
S., y por tan fiel conducto a los pueblos que obedecen a su
autoridad.
"El gobierno constitucional, que después de haber visto con
amargura correr la sangre granadina en los campos de batalla, y
entregados a la cuchilla de la justicia o a la imperiosa ley de la
necesidad hombres audaces y turbulentos que buscaban sus medros en
las revoluciones, sacrificando lo más ilustre de la patria, o
cabecillas pertinaces cuya existencia era una amenaza a la quietud
pública, el gobierno constitucional, repito, consecuente con sus
principios de lenidad y moderación, extiende sus brazos a los
virtuosos habitantes del Istmo. Un decreto de olvido cubrirá todo
lo pasado, sin que en juicio o fuéra de él pueda nadie ser
molestado por sus actos u opiniones anteriores. Se reincorporará el
Istmo a la sociedad neogranadina, se restablecerá el régimen
constitucional y legal, se respetarán aquellos actos y decretos de
las autoridades istmeñas de un carácter transitorio, y cuyo objeto
fuera la conservación del orden y tranquilidad pública:
trabajaremos todos de consuno en reparar los males y pérdidas
causadas por las turbulencias interiores, se dará una particular
atención a los altos y peculiares intereses de esos pueblos, y
volveremos a presentar nuestra patria al mundo tan robusta y tan
lozana como lo estaba en 1838, y como se han mostrado las naciones
del Viejo Mundo después de que los grandes sacudimientos políticos
las hicieron menos exageradas en sus principios, más medidas en sus
pretensiones, más circunspectas en sus reformas, más justas y menos
intolerantes, y las condujeron lentamente, pero con paso seguro,
por el camino de la civilización y de la dicha.
"Tales son, señor, los sentimientos y tales los deseos
que a nombre y en representación del legítimo gobierno
constitucional presento al valeroso y entendido militar, que
habiendo vuelto a la unión granadina el país de su nacimiento en
1831, proclamando enérgicamente la causa de las leyes, es imposible
que no haga otro tanto en 1841. Una decena de años es muy poca cosa
para cambiar el carácter de los pueblos, destruir dulces simpatías,
crear nuevos intereses, y hacer olvidar los principios de lealtad e
hidalguía que guiaron una vez la conducta de un distinguido
ciudadano.
"El Istmo tiene, es verdad, necesidades y esperanzas que le son
peculiares: mas el remedio de las unas y la satisfacción de las
otras no se encuentran en una independencia prematura, que lejos de
darle nacionalidad y respeto, le presentaría al mundo como un
Estado en miniatura, sin otra recomendación material, por ahora,
que la de haber sido colocado por la naturaleza en medio de dos
grandes mares para unir dos grandes continentes. En balde, señor,
se daría la constitución más sabia, especulativamente hablando, en
balde expediría leyes protectoras de la agricultura, de la
industria y del comercio, en balde llamaría a grandes voces
pobladores y capitales extranjeros: treinta años de experiencia
persuaden ya, aun a los más obcecados, que sin unión moral, sin
obediencia a las leyes, sin respeto a las autoridades, sin amor al
trabajo, sin la buena fe en nuestras relaciones públicas e
individuales, la América española será siempre un vasto desierto a
donde venga el europeo a hacer su tráfico y granjería como lo hace
en la parte meridional de África, o a contemplar las locuras y
descarríos de pueblos a quienes falsas y deslumbrantes teorías han
hecho más desdichados que lo fueron nuestros mayores con toda su
ignorancia y desidia. Los preceptos escritos nada valen, ni
influencia alguna ejercen sobre los destinos de los pueblos, si
falta en éstos la virtud, y si en los mandatarios no se encuentra
probidad y patriotismo. ¡Cuántos países regidos por un gobierno
absoluto, como la Prusia, y cuántas colonias europeas en Asia y en
América, son quizá más felices, más ricas y aun más libres que
muchas de las repúblicas hispano americanas, con todo su boato de
constituciones con todo su atavío de dulces palabras que cautiva el
corazón e inflaman el entusiasmo! La marcha del género humano hacia
la perfección de sus instituciones es lenta y progresiva y no puede
precipitarse impunemente.
"Continuando el Istmo unido a la nación granadina, recibirá de
ella toda la protección que reclaman sus altos destinos, y que sea
compatible con las bases constitutivas del gobierno nacional y con
el interés general de la América. Disposiciones legislativas
especiales se expedirán a su favor, y si fuere tocar para ello
algún artículo constitucional, el acto adicional de 16 de abril de
este año designa el modo con que a ello puede llegarse. El Istmo de
Panamá, que campea como un distinguido blasón en el escudo
nacional, merecerá también una preferente y solícita atención en
las medidas que hayan de adoptarse para elevar el pueblo granadino
al grado de prosperidad y de respeto que le corresponde en la
América equinoccial. Tan risueño porvenir sirve de descanso al alma
cuando e recuerdan las pasadas escenas.
"Adherido inviolablemente a mi patria, tanto como soy adicto a
los istmeños, entre los cuales tengo la honra de contar fieles y
desinteresados amigos, querría pasar personalmente a mostrarles las
benévolas intenciones de mi gobierno, si el estado siempre achacoso
de mi salud no me lo estorbase. Privado, pues, por tal motivo, de
tan grata satisfacción, y seguro como estoy de las buenas
disposiciones de V. S., he determinado mandar en comisión a esa
ciudad al señor coronel Anselmo Pineda, antiguo gobernador de
Pasto, junto con su secretario el doctor Ricardo Parra, conduciendo
esta nota que le servirá de bastante credencial, a fin de que trate
con V. S. y acuerde el sometimiento de Panamá y Veraguas al
gobierno sobre las bases que quedan apuntadas, y de que ambos van
debidamente instruídos. Cuando los pueblos, lo mismo que los
individuos, están predispuestos a una franca y noble
reconciliación, no necesitan sino de una ocasión decorosa para
escuchar la voz del deber, renunciar a proyectos mal fundados,
darse un abrazo de paz, y someterse gustosos al imperio de
autoridad y de la ley. Espléndida e intachable prueba de ello es la
reciente conducta de Riohacha, que a una simple invitación del
general Martiniano Collazos, se echó en los brazos del gobierno, y
hoy disfruta de orden y reposo. ¿Será sólo el Istmo sordo a la voz
de la patria, que con triste y afectuoso acento llama a todos sus
hijos para que la saquen del estado de postración en que yace?
¿Querrá que sea regado con la sangre de sus hijos un suelo feraz
que sólo debe serlo con el sudor de laboriosos empresarios?
¿Preferirá llamar sobre ruinas y escombros las miradas del mundo
comercial, que sólo debe divisar en ese país la perspectiva de una
gran revolución en las artes, en la agricultura y en el comercio de
las tres cuartas partes del globo? La buena índole de ese pueblo
unida a los patrióticos sentimientos de V. S. me hacen rechazar tan
fatídicas ideas, y esperar fundadamente el éxito más satisfactorio
de la comisión de los señores Pineda y Parra, a quienes no dudo
tratará V. S. con las consideraciones y miramientos que entre
pueblos civilizados se estilan.
"La presente ocasión me brinda la de ofrecer a V. S. las
seguridades del particular aprecio y profundo respeto con que soy
su adicto compatriota y obediente servidor,
"Rufino Cuervo
"Al honorable señor Tomás Herrera, etc., etc."
La misión de paz fue recibida con simpática consideración, y sin
oponer mayor obstáculo celebraron los disidentes un convenio por el
cual volvieron a considerarse como granadinos. En medio del
alborozo que despertó en el Istmo tan fausto acontecimiento,
escribía uno de los jefes rebeldes, al doctor Cuervo: "No podía
menos de tener tan feliz resultado una negociación formada y
dirigida por usted, cuyas luces, patriotismo y simpatías por este
país nos son bien conocidos: aquí no hay uno solo que no sea su
amigo y apologista."
A poco se palparon los importantísimos resultados del cambio
obtenido en Panamá, pues Brusual y sus compañeros, que, volviendo
del Perú, pensaban hacer pie allí, se vieron forzados a seguir
hasta Guatemala; y Obando, que, llegado a Trujillo en el Perú
después de increíbles trabajos y fatigas, preparaba una expedición
para el Magdalena pasando por Panamá, refiere que al saber por los
periódicos el sometimiento de estas provincias, tuvo que desistir
de sus proyectos.
No obstante, asunto que parecía tan llano y plausible tropezó
con grandes contradicciones. Primeramente, los comisionados del
doctor Cuervo, saliéndose de sus instrucciones, ofrecieron a los
rebeldes cosas en que el gobierno no podía convenir; y luégo, aun
cuando no se tratara sino de un mero olvido para con los
disidentes, el hervor de las pasiones políticas no permitía en esos
momentos pronunciar tal palabra. Así fue que el vicepresidente
Caicedo improbó el convenio, pero solicitó del congreso
autorización para expedir una amnistía sin ninguna de las
restricciones de la rigorosa ley de 7 de mayo de 1841; y a su vez
los exaltados de Bogotá, que, según familiar y expresiva frase de
don Mariano Ospina en carta al doctor Cuervo sobre el particular,
"se comen crudos a los facciosos cuando están lejos y los ven
vencidos", alzaron el grito no menos contra los arreglos del Istmo
que contra los indultos otorgados por el presidente Herrán en la
costa atlántica. Contra el doctor Cuervo particularmente se
desbocaron en el congreso: cuál le inculpaba de haberse inmiscuido
en cosas que no le incumbían; cuál tenía por atentado arrancar de
las garras de la ley a los criminales del Istmo, como los
nombraban. El mencionado Ospina, secretario del interior y
relaciones exteriores, al defender las medidas benignas que el
gobierno proponía, hizo del doctor Cuervo una valiente apología
ensalzando la firmeza de sus principios políticos y patentizando
los imponderables servicios que había prestado a la nación. En este
debate ocurrió un incidente acaso único en la historia del
parlamentarismo: en acabando de defender el secretario del interior
y relaciones exteriores la amnistía amplia y generosa, se levantó
el de guerra y marina, general José Acevedo, y la combatió con tal
vehemencia que atrajo la mayoría y dejó desairado al poder
ejecutivo.
La amnistía no pudo darse pues sino en los términos de la ley
dicha, el convenio quedó en parte sin cumplimiento, como que
Herrera y sus principales compañeros tuvieron que salir del
territorio de la República, imposibilitados para volver sin permiso
del congreso, y se vieron expuestos a vejaciones los que se habían
fiado de las promesas de moderación y olvido. Ya se deja entender
el cúmulo de contradicciones y disgustos que por causa de esto hubo
de experimentar el doctor Cuervo, sin que pudiese ni quisiese
evitarlos; pues no fuera digno abandonar a los que habían soltado
las armas bajo la salvaguardia de su palabra. El mismo nos
pormenores interesantes de esto en los siguientes pasajes que
sacamos de cartas escritas por esos días:
(A don Ignacio Gutiérrez. - Quito,
15 de febrero de 1842)
"He estado de paseo por Ambato y Latacunga sacudiendo un poco
los males físicos y morales, y por este motivo no escribí a usted
en el correo anterior.
"Usted está instruído de la comisión que llevaron Parra y Pineda
a Panamá, y a la fecha debe tener noticia del resultado.
Ciertamente es honroso a nuestro país de una inmensa fuerza moral
para el gobierno el sometimiento de dos lejanas e importantes
provincias sin un tiro de fusil, sin derramar una gota de sangre,
sin gastar un centavo y, lo que vale más, sin dejar odios y
resentimientos perdurables como los que indudablemente quedan
cuando se quiere triunfar con la fuerza bruta o con una voz
imperiosa y humillante. Sin embargo, como los comisionados
celebraron sin autorización mía un convenio y reconocieron grados
militares y una deuda de 15.000 pesos, quizá mis enemigos me
echarán la culpa de todo esto, si no se traen a la vista mis
instrucciones, de las cuales hay una copia en la secretaría de
relaciones exteriores. Lo mismo digo de la
|mediación del
gobierno ecuatoriano de que habla el convenio, mediación que sólo
puede fundarse en una carta escrita por el general Flores desde
Guayaquil al coronel Herrera. Yo nunca la he querido, y sólo
convine con dicho general en que escribiese particularmente a sus
amigos, interesándoles en el buen éxito de la comisión de Pineda y
Parra. Es natural que estos señores den cuenta de su conducta al
gobierno y expliquen lo ocurrido, para que no se me crea ni muy
tonto ni más sabido de lo que es regular."
( Al mismo - Quito, 24 de mayo de
1842)
"Llegaron a Guayaquil los señores Tomás Herrera y Carlos Icaza,
y el primero se puso inmediatamente en camino para esta ciudad, en
donde se le aguarda de hoy a mañana. Dícese que viene muy quejoso y
con ánimo de exigir que el general Flores y yo salgamos a la
|evicción y
|saneamiento del convenio de 31 de
diciembre último. Calcule usted en las que me voy a ver por
patriota y por entremetido. El general Flores, que no le gusta
estarse quieto ni guardar circunspección en nada, se propone
recibirle con demostraciones de la más grande estimación. Yo le he
dicho, y también varios de mis amigos por insinuación mía, que
puede dispensarle cuantos servicios y consideraciones personales
tenga por conveniente como a un hombre desgraciado; pero que se
cuide mucho de darle siquiera esperanzas de protección política,
porque la Nueva Granada se ofenderá altamente de ello; y yo mismo
seré el primero en armar la gresca. Veremos lo que resulte. En
cuanto a mí, me encuentro dispuesto a visitar a Herrera y a
servirle con mis intereses, si me ocupa; porque habiéndome dado una
gran prueba de deferencia en someterse al gobierno a virtud de mi
excitación, sería una villanía tratarle con desdén en la
adversidad. Los deberes morales y sociales no están en pugna con
los deberes políticos, y yo he sido primero caballero, por carácter
y por principios, que diplomático."
(Al mismo. - Quito, 31 de mayo de
1842)
"Llegó Tomás Herrera e inmediatamente me visitó. Al ver su
moderación, su buen sentido y su patriotismo, se ha renovado el
disgusto que he tenido por los insultos que se le han prodigado en
Bogotá. Si el general Herrán es consecuente con lo que en varias
cartas ha manifestado a dicho Herrera, tiene que volver sobre sus
pasos el gobierno respecto del Istmo, cuyos negocios me han
mortificado y me mortifican demasiado, porque muchos señores de
aquellas provincias me han escrito requiriéndome para que les
garantice la amplia amnistía que les ofrecí. Herrera me ha hablado
también sobre esto, pero con tánta discreción que me ha cautivado.
En Panamá pudo haberse hecho una reacción, y si no se llevó a
efecto, fue porque él la impidió. Sin embargo de esto, todavía
tratan los chisperos de Bogotá de comprometerle a que sea
faccioso.
"Recibí el cuaderno de las conferencias con Villa, pero no los
papeles de la polémica de Gómez con Acevedo, que serán curiosos.
Por lo que veo, Bogotá está más embochinchada que en tiempos de los
|pateadores y
|carracos; ni puede ser de otra manera no
habiendo gobierno."
(A don Pedro Rodríguez, gobernador
de Pasto. - Quito, 17 de mayo de 1842).
"Aunque respecto de mí he sentido que en mi patria no se me haya
tratado con todos los miramientos a que he procurado hacerme
acreedor, especialmente en la cuestión de Panamá, no por eso seré
menos patriota ni dejaré de servir en cuanto se me considere útil,
a pesar del achacoso estado de mi salud. Mi delicadeza, mi pundonor
y mi lealtad se ofenden en verdad con las injusticias de algunos de
mis compatriotas, como la del diputado que propuso se me juzgase
porque bien o mal volví a la Unión granadina dos provincias
importantes, sin una gota de sangre, sin una lágrima, sin el gasto
de un centavo; pero mi corazón y mi alma pertenecen inviolablemente
a mi patria."
El último acto importante del doctor Cuervo durante su
permanencia en Quito fue solicitar del Perú, en virtud de órdenes e
instrucciones especiales, la extradición de Obando. Hízolo por nota
de 16 de abril de 1842, recordando que este caudillo se había
fugado de la cárcel donde se hallaba a consecuencia de la ruidosa
causa que se le seguía por el asesinato del mariscal Sucre, para
hacerse cabeza de la revolución que acababa de asolar el país, y
que, no contentándose con esto, al ver frustrados sus planes,
continuó desde el momento de su llegada al Perú animando a la
rebelión, y emprendió la tarea de infamar en los periódicos de Lima
al gobierno de su patria. Esta gestión no tuvo efecto alguno,
porque el gobierno del Perú, en medio de los temores que corrían de
una guerra próxima con el Ecuador, se prometía que Obando le sería
de grande auxilio, encendiendo de nuevo la guerra en Pasto y
distrayendo por ese lado al enemigo.
La legación del Ecuador fue para el doctor Cuervo un verdadero
potro, donde estuvieron a prueba su destreza como hombre público y
su paciencia como particular. Tocóle sufrir largas y repetidas
incomunicaciones con su gobierno, privado a veces de los recursos
necesarios, y sin "tener más guía que su conciencia ni otra regla
de conducta que su patriotismo"; y luchar sin tregua con el
gabinete ecuatoriano, compuesto en general de personas de no muy
clara inteligencia, que tomaban por proezas de alta diplomacia lo
que no era las más veces sino vulgaridad y pequeñez; y para colmo
de amargura ver que sus actos, disfrazados o mal interpretados,
eran objeto de las más encontradas acusaciones por parte de los
círculos exagerados de su patria. Si defiende la dignidad nacional
y se opone a que las tropas ecuatorianas penetren hasta Popayán y
aun lleguen a Bogotá, dicen que está de acuerdo con Obando; si en
fuerza de las circunstancias y como el menor de los males continúa
la política iniciada antes sin su intervención y da instrucciones
al gobernador de Pasto para que obre de conformidad con Flores, le
condenan por vendido a los ecuatorianos; si ardiendo en patriotismo
pide al gobierno que mitigue el furor contra los vencidos y
comience el reinado de la clemencia y la reconciliación, gritan que
es mal defensor de la legitimidad; y entre tanto los
revolucionarios, a quienes frustra sus planes, vomitan contra él
odio y calumnia. Pero él con valor se sobrepone a todo, y escudado
con la rectitud de su conciencia, y con los felices resultados que
ha obtenido, aguarda que se calmen los ánimos para alcanzar
justicia de sus conciudadanos; sin olvidar poner a salvo en los
países americanos su buen nombre y los derechos de su patria. A
este efecto hizo en Quito con el título de
|A los pueblos de
América varias publicaciones en que se contienen los documentos
más importantes sobre nuestras relaciones con el Ecuador en aquella
época.
Si en su posición oficial echó menos algunas veces en Quito los
miramientos que le eran debidos, privadamente todos, del general
Flores abajo, se complacían en cultivar su amistad y no dejaban
pasar ocasión de obsequiarlo a él, lo mismo que a su secretario
particular don Antonio Álvarez y don Pedro María Moure, que como
amigo lo acompañó por algún tiempo. El señor Moure, que ha muerto
poco há en París, nos refería con su memoria prodigiosa las finezas
de que fueron objeto desde su llegada a Guayaquil, agregando que en
los días de más acalorada lucha parecía que se multiplicaban las
muestras de aprecio, como en desagravio de las malas obras del
gobierno. El doctor Cuervo por su parte, culto y galante, sabía
granjearse las voluntades y corresponder los agasajos, demostrando
la estimación que abrigaba por pueblo ecuatoriano. Con su genial
amor a todos los ramos de educación y cultura, no limitado por
fronteras ni ahogado por celos de nacionalidad, asistía
puntualísimamente a los actos literarios de los colegios, y honraba
y estimulaba a los aficionados a las letras, llevando su deseo de
complacer hasta dar en su casa lecciones privadas a los hijos de
algunos amigos; visitaba los obradores de los artistas quiteños y
pagaba generosamente sus obras, tenía para todos palabras de
estimación y aliento.
|
(1)
|
Carta al doctor Cuervo fechada el 9 de noviembre de 1841.
|
|
(2)
|
El 22 de octubre decía el doctor
Cuervo no haber recibido comunicaciones de su gobierno a
consecuencia de que el portador de ellas, que debía dirigirse a
Quito por Barbacoa, tomó de aquí el camino de Pasto.
|
|
(3)
|
En la carta que publicamos de
Aranzazu al mismo señor Gutiérrez sobre este asunto, se hallan los
motivos que se tuvieron para la publicación; el principal fue
desmentir a los progresistas que decían haber sido vendida a Flores
la provincia de Pasto.
|
|
(4)
|
Para desvanecer el efecto de esta
reimpresión, publicó el ministro del Ecuador en Bogotá el protocolo
de las conferencias de Pasto, de que arriba hablamos largamente.
Los documentos insertos en
|El Constitucional habían sido
antes sacados a luz por el gobierno ecuatoriano en el folleto
titulado
|Auxilios del Ecuador solicitados para Pasto.
|
|
(5)
|
Mosquera escribía de Popayán al doctor Cuervo el 7 de diciembre
de 1841: ''El poder ejecutivo parece que no esta perfectamente de
acuerdo con el presidente en cuanto a nuestras relaciones
internacionales con el Ecuador, y en el Sur serán apoyadas las
ideas del presidente para no hacer la guerra y darle una frontera
al Ecuador. La conducta de Marcos con usted ha traído esta
divergencia, pues ha irritado mucho el modo impropio y descortés
con que usted fue tratado; pero los intereses de estas provincias
están en pugna con que se pueda conducir el negocio a un
rompimiento; especialmente de Popayán no sale un hombre a tener
pleito con el general Flores.'' Compárese lo que dice el general
Herrán en el pasaje citado anteriormente.
|
|
(6)
|
Estos conceptos concuerdan con lo que asienta el señor Cevallos
en su
|Resumen de la historia del Ecuador, tomo V, página 388
(segunda edición).
|