CAPITULO VII
GOBERNACION DE BOGOTA
(Parte administrativa)
Providencias del gobernador sobre
policía.-Sobre rentas.-Sobre salinas-Sobre escuelas.-La
Universidad.-Fundación del Colegio de la Merced.-Catecismo de
urbanidad.-Aseo y ornato. Cementerio.-Hospital.-Hospicio.--Otras
providencias benéficas.-Agricultura.-El Cultivador
Cundinamarqués.-Proyecto de banco-Espíritu de todas estas
medidas.-Deja el doctor Cuervo la gobernación.
Pasemos a reseñar lo que se hizo en orden la mejora moral y
material de la provincia. Ya que el rigor y los sucesos tristes
acarreados por el deseo patriótico de ahogar el espíritu de
insubordinación puedan merecer censuras y acriminaciones de
partido, los incansables esfuerzos que en esos mismos días
consagraron nuestros padres a fundar la administración pública, a
levantar la condición de los pueblos y brindarles algún bienestar,
serán siempre dignos de la gratitud y loa de la posteridad.
Las revueltas pasadas habían dejado entre la población de Bogotá
una especie de sedimento de gente perdida, que, sin medio de
subsistir, vivía en el desorden y del crimen, manchando el buen
nombre de los bogotanos; para cortar este mal organizó el prefecto
un sistema de policía muy activa en que él mismo tomaba parte,
acompañando las rondas que todas las noches debían hacer los
alcaldes con la fuerza pública, no sólo para seguridad de la
población, sino para la represión de los juegos prohibidos, de la
embriaguez y demás actos ofensivos a la moral. Fueron tan eficaces
estas medidas en el territorio de su mando, que en el primer
mensaje a la cámara de provincia le fue lícito decir: "Los
delitos se han disminuído hasta el punto de que en un año no han
pasado de seis los homicidios cometidos. Son raros los hurtos; y
los ciudadanos y los correos transitan con sus caudales, sin que
hasta ahora ninguno haya sido asaltado en los caminos, a pesar de
la miseria pública y de la desmoralización que han debido producir
las pasadas disensiones". Al mismo tiempo que con esta
energía se encarrilaban los pueblos en los hábitos de orden y
quietud, y nadie agraviaba el gobierno de la provincia por sus
opiniones políticas y procuraba la fusión de los partidos bajo el
amparo de una bien entendida tolerancia.
En la relación de mando que al separarse de la gobernación dejó
a su sucesor, que lo fue el general José María Mantilla, pintaba el
estado de las rentas públicas al hacerse cargo de la prefectura en
1831 con estos términos:
"Indiqué al principio de esta exposición que al salir
la Nueva Granada de la dominación dictatorial y de la usurpación
militar que la siguió, carecía de un sistema fijo y combinado de
contribuciones y de administración, y así era la verdad. No se
cobraban con exactitud los impuestos, o los encargados de su
recaudación cometían fraudes o malversaciones de todo género: cada
prefecto, cada gobernador y aun los jefes políticos disponían
libremente de los fondos públicos; los comandantes militares y aun
los jefes de escolta o partida en marcha giraban libramientos
contra las administraciones subalternas de rentas y contra los
asentistas de ellas. De aquí provenía que no podía llevarse una
exacta cuenta y razón, ni hacerse efectiva la responsabilidad de
los empleados de hacienda; sufriendo entre tanto el pueblo onerosas
y vejatorias exacciones, insultos y concusiones, sin que a pesar de
todo se consiguiera cubrir las asignaciones de los servidores
públicos, ni hacer frente a comprometimientos los más sagrados. El
crédito estaba perdido y exhaustas las cajas: no había confianza y
todos sacaban sus intereses de la circulación para ponerlos a
salvo; en suma, todo presentaba la imagen horrible del caos que
había producido una inmoral y escandalosa revolución."
Tan sabido era esto, que una de las primeras medidas que tomó
como prefecto fue pedir a todos los jefes políticos noticias sobre
las rentas municipales para cortar el desorden, decía, y el abuso
que en este punto se notaban. Estableció luégo la Convención la
tesorería general por indicación del doctor José Ignacio Márquez;
expidiose en abril de 1832 el decreto orgánico de la hacienda
nacional, y quedó abierto el camino para manejarla con regularidad
y economía. La provincia de Bogotá fue la primera en que se planeó
la nueva organización, sin necesidad de visitadores o comisionados
especiales como en otras, y fueron tan satisfactorios sus
resultados que en la citada relación de mando escribía el doctor
Cuervo:
"Las rentas públicas sufragan superabundantemente a los
consumos de la nación en esta provincia; no se invierte ni un
centavo sino en los objetos determinados por la ley, y los
sobrantes que resultan al
|fin del mes, que en ocasiones
|han pasado de diez y siete mil pesos, se remiten a la
tesorería general. Las contribuciones se recaudan con interés y
actividad, y si es cierto que se emplea algunas veces alguna
severidad con los deudores públicos, también lo es que nunca se
cometen extorsiones ni vejaciones, y que todo lo recaudado se
destina al mejor servicio del público, acumulándose lo que sobra,
bien para hacer frente a nuestros comprometimientos con el acreedor
extranjero y el doméstico, o bien para aligerar más adelante los
impuestos nacionales. Interés en la cobranza de las rentas
públicas, economía en los gastos, exactitud en la cuenta y razón,
hé aquí los principios que han guiado mi conducta como director de
la hacienda en la provincia.
"Hasta el 31 del próximo pasado (enero de 1835) están
cubiertos íntegramente de sus asignaciones todos los empleados
civiles, militares y de hacienda de la provincia; se han pagado
todas las deudas que estaban pendientes, y se han satisfecho las
cantidades que la tesorería general ha librado contra la provincia.
|A nadie se debe un centavo con plazo cumplido. ¿Qué
diferencia, bajo este respecto, entre el año de 1831 y el de 1835?
Los servidores de la patria no recibían entonces sino una mitad o
una tercera parte de su sueldo cada cuatro o seis meses y para
socorrer al ejército con una miserable ración diaria hubo necesidad
muchas veces de que yo comprometiera mi responsabilidad personal
para conseguir en empréstito algunas cantidades de los ciudadanos
particulares: no sucede hoy así, y los gobernantes pueden trabajar
descansadamente sin ser distraídos con las reclamaciones de los
acreedores y con los ruegos y súplicas del empleado."
Al mismo tiempo que así se ordenaban y acrecían las rentas, se
promovió con empeño la averiguación de varias fundaciones pías que
con el tiempo y a la sombra de las revoluciones estaban olvidadas
en manos de los detentadores, para aplicarlas al objeto de utilidad
pública con que fueron instituídas.
Por una de las muchas incoherencias que en aquel tiempo
abundaban en la administración pública, la complicada renta de
salinas estaba bajo la vigilancia y dirección del gobernador de la
provincia de Bogotá. Siendo absolutamente imposible que el
gobernador atendiera a todas las funciones que las leyes le
asignaban, además de las puramente relativas al gobierno de la
provincia, indicó la necesidad de que esta renta se anexase a otra,
por ejemplo a la de tabacos, con la cual tenía alguna analogía, o
que se nombrase un empleado a cuyo cargo corriesen exclusivamente
los negocios de hacienda, dado que el personal de la gobernación,
sobre ser reducido y estar abrumado de trabajo, no tenía
remuneración suficiente. Conocidos los principios de orden y la
severidad del gobernador, fácilmente se alcanza que al proponer el
alivio de estas oficinas no era su intento crear una nueva para
atestarla de empleados ociosos, sino mejorar el servicio con la
conveniente y proporcionada distribución de sus funciones, como ya
antes lo había pedido, apoyándose en las más acertadas
consideraciones, con respecto a la renta de diezmos. Por falta de
práctica en los organizadores de entonces, las oficinas presentaban
un aspecto enteramente singular, pues mientras en unas se
entorpecía el trabajo por la abundancia de empleados, en otras por
la escasez apenas se podía resistir el peso de los negocios; y aun
acaecía que las oficinas de más complicadas incumbencias eran las
que contaban con un personal más escaso.
La reforma de la oficina de salinas era tanto mas urgente cuanto
iba a verificarse en ella un cambio fundamental. Para conocimiento
de este ramo no parecerán fuéra de su lugar algunas indicaciones
sobre su historia y estado coetáneo.
Los que no están al cabo de lo que son las salinas del interior
de la República, no tienen sino considerar la sorprendente e
inagotable formación de sal gema de Zipaquirá, con sus
ramificaciones de Nemocón, Tausa y Sesquilé, y las que aparecen en
otros puntos de la meseta de Bogotá y en la cordillera oriental de
los Andes colombianos. Hemos visitado las minas de Wieliczka, cerca
de Cracovia, que pasan por ser de las más ricas de Europa, y vimos
los cálculos de los millones de kilogramos que contienen; pero son
nada en presencia de las que cercan a Bogotá, cuyos bancos, apenas
rasguñados, son adecuada muestra de las proporciones sorprendentes
que alcanza la formación salina.
Desde antes de la conquista los aborígenes conocían estas
salinas, en especial la de Zipaquirá, y no sólo extraían la sal
gema, sino que aprovechaban las vertientes condensando el agua
salada por medio del fuego en ollas chicas de barro, y formando así
panes, que, vistas las condiciones meteorológicas y topográficas
del país, eran lo más acertado que pudo idearse; en efecto, su
dureza facilita la conducción e impide que absorba la humedad,
ventaja que no tiene la gema, ni la cristalizada por cualquier otro
procedimiento. Durante la Colonia se siguió el sistema de los
indios y se abrieron las minas de Zipaquirá más o menos
científicamente, para ensanchar la producción de sal gema a fin de
atender a las necesidades de la ganadería y de algunos pueblos de
Tunja que aficionaron a ella a causa del bajo precio a se vendía.
Al venir la República, aunque en ella todo fue ensayos y
vacilaciones, se continuó con el mismo sistema de administración
que venía del gobierno colonial; pero llegaron a tánto las
dilapidaciones y la ineptitud de algunos administradores, que,
según oímos referir a un antiguo empleado de salinas, hubo día que
en vez de producir rendimiento, tuvo la tesorería general de Bogotá
que enviar dinero para pagar los servicios de la fabricación. En
tales circunstancias se formó una compañía que tomó en
arrendamiento las salinas, dando anualmente una crecida suma. Con
esto parecía haberse obtenido una ventaja inmensa, pues lo que iba
a recibir el gobierno se miró como bajado del cielo; mas luégo se
echó de ver que el contrato ofrecía gravísimos inconvenientes,
porque, no contentándose los asentistas con una utilidad razonable,
comenzaban a formar enormes acopios de sal, de modo que al
terminarse el arrendamiento, o habría de comprárselos el gobierno,
o de renunciar a vender una sola arroba mientras durase la que
aquéllos tenían almacenada. Concebido este temor, pedía la opinión
pública que se buscase medio de hacer una transacción para impedir
cuanto antes el mal, la que fue llevada a cabo por el doctor
Cuervo, después de escrupulosos estudios y de largas conferencias
con los asentistas. Como la ocasión era propicia para dar a esta
renta la estabilidad e importancia de que era susceptible, se
volvió otra vez al régimen de administración, pero aliando
prudentemente el interés individual con el de la nación. Al efecto
celebró el doctor Cuervo con los mismos arrendatarios el contrato
de abril de 1834, que fue aprobado por el congreso, y según el cual
se les pagaba una pequeña cantidad por cada arroba de sal elaborada
y gema que entregaran, siendo de su cargo todos los gastos de
producción, al paso que quedaban al del gobierno los del expendio y
custodia de la renta. Estimaremos los resultados de este contrato,
viendo lo que el mismo doctor Cuervo dice en la
|Memoria que
presentó al congreso de 1843 como secretario de hacienda:
"Se ha dicho, y así es la verdad, que los gobiernos son
malos administradores, porque no encuentran en sus empleados el
celo, la eficacia y el espíritu de economía que requiere el manejo
de los negocios; y por esto se profesa y practica hoy la máxima de
hacer marchar unidos los cálculos fiscales con los de los hombres
acaudalados. En prueba de los útiles resultados que ella ha
obtenido entre nosotros, véase lo que sucedía antes con la renta de
salinas, lo que sucede ahora y lo que sucederá más tarde cuando
terminen los actuales contratos. Basta leer los informes dados a la
corte de Madrid por los visitadores de rentas y últimamente por el
general expedicionario don Pascual Enrile, para conocer hasta qué
punto llegaban los despilfarros y malversaciones en las salinas de
Zipaquirá, Nemocón y Tausa, aun bajo la vigilancia y tremendo poder
de los mandatarios españoles, y los escasos rendimientos que
dejaban, comparados con los que tienen después de celebrado el
contrato de 21 de abril de 1834. Siento hablar de un negocio en
cuyo arreglo y buena marcha tuve una pequeña parte; pero cuando se
trata del servicio público, nada debe omitirse de cuanto conduzca a
indicar el camino de las mejoras positivas, aun con riesgo de
sufrir las mezquinas interpretaciones de la
malevolencia."
Este contrato es el fundamento de cuantos se han hecho después,
y por lo mismo el origen de la no imaginada prosperidad de esta
renta, que ha venido a ser la segunda de la República, y da vida y
riqueza a unas cuantas poblaciones. Como complemento del contrato y
no menos digno de elogio, debemos mencionar aquí el informe que en
mayo de 1834 dio el gobernador sobre la manera de organizar la
renta y crear la administración, obra acabada que parece más bien
hija de una larga experiencia en la materia que un proyecto de
organización. Ni debernos tampoco olvidar la exposición que, como
director de la renta de salinas y en cumplimiento de la ley del año
anterior, pasó en 31 de enero de 1835 al secretario de hacienda: es
una extensa memoria donde se halla todo lo relativo a la marcha de
las salinas desde que están administradas por el gobierno, junto
con oportunas indicaciones para aumentar el consumo y conservar en
buen estado las minas y propiedades de la nación. Entre aquellas
indicaciones llama la atención la de abrir a la mayor brevedad un
buen camino de Ibagué a Cartago por la montaña de Quindío para
llevar a poco costo la sal del interior al valle del Cauca y
venderla a menor precio que la del Ecuador y el Perú, que se
consume allí con gran perjuicio de las rentas nacionales.
Al acabar la dictadura de Urdaneta no quedaron en las noventa y
ocho parroquias del departamento de Cundinamarca sino veintitrés
escuelas. Da suficiente idea de cuál serían ellas el informe pasado
por no don Gil Ricaurte, visitador de las de Bogotá, a fines de
1831 no halló en la ciudad sino la llamada normal, acomodada con
una primaria en una misma casa del barrio de Las Nieves; concurrían
a ellas ochenta y cuatro niños, y no podían recibir las enseñanzas
por falta de enseres y por el ruinoso estado del local; agrega
tener noticia de otras dos escuelas privadas. El doctor Cuervo, que
tanto había trabajado antes en la dirección de instrucción pública,
no dejó pasar la primera semana de su prefectura sin empezar el
restablecimiento de la educación primaria. En el primer año
quedaron establecidas sesenta y dos escuelas, veinte según el
método lancasteriano, y con mil novecientos noventa y siete
alumnos; todo esto sin recargar las contribuciones ni fundar nuevas
y costosas oficinas. Al separarse de la gobernación dejó setenta y
tres, gran parte de ellas montadas según el sistema lancasteriano y
con más de tres mil doscientos niños varones, y además nueve de
niñas, dotadas todas con fondos suficientes para asegurar su buena
marcha. Fuéra de esto subvencionó, conforme a un decreto de la
Convención de la Nueva Granada, con cincuenta pesos mensuales la
gratuita que dirigían las monjas de La Enseñanza, excitó a los
conventos de frailes para que arreglasen sus escuelas públicas, y
estimuló a los buenos ciudadanos que se dedicaban a la educación.
Estos resultados, aunque inmensos, no los miraba sino como los
primeros pasos dados en la organización de la provincia, y así lo
advierte él mismo: "Yo no puedo lisonjearme de que todas
estas escuelas tengan la perfecta organización que corresponde a la
importancia de su objetivo y al espíritu del siglo; pero he zanjado
los cimientos para la obra, en medio de las agitaciones que se han
sucedido entre nosotros, y luchando con la escasez de fondos, con
la pobreza de algunos vecindarios, con el egoísmo, con las
preocupaciones y con absurdas y perjudiciales
rutinas."
Queriendo dar a la educación primaria un aspecto esencialmente
popular, pero sin gravar al tesoro con una complicada oficina,
solicitó de la cámara de provincia la creación de la
|Sociedad de
educación primaria, a semejanza de la que se había establecido
en Popayán para que sirviera de cuerpo auxiliar a las autoridades,
conciliándoles sobre todo el apoyo de la opinión pública. Su idea
fue tan bien acogida, que una vez autorizada la fundación por la
Cámara, se instaló la Sociedad con lo más lucido de la población de
la capital, siendo su primer presidente don Joaquín Mosquera y
secretarios don Pastor Ospina y el coronel Joaquín Acosta. En las
principales poblaciones se creyeron las personas de más
consideración en el deber de inscribirse y ayudar con su influencia
y sus ofrendas pecuniarias. La organización fue tan sólida y tan
benéficos los resultados, que a pesar de nuestra veleidad e
inconstancia por largos años tuvo en ella el gobierno cooperación
eficaz y patriótica. De sus fondos suministraba a las escuelas
libros y otros útiles, y en 1843, siendo presidente el ilustrísimo
señor Mosquera y vicepresidente el doctor Cuervo, labró a su costa,
al lado del observatorio astronómico, un amplio local para la
escuela primaria y normal del barrio de la Catedral
|
(1)
.
Ni vaya a creerse que al trabajar el doctor Cuervo por extender
las escuelas hasta los últimos distritos de la provincia tenía por
móvil el mezquino interés de inculcar las ideas de tal o cual secta
política. Para él la educación de la juventud era sagrada y
superior a las ambiciones de los partidos, y por eso la puso bajo
la protección de lo más ilustrado de la sociedad y le dio por base
la enseñanza religiosa: garantías ambas de que las escuelas serían
semilleros de ciudadanos honrados, acordes en los principios
fundamentales de toda sociedad bien organizada.
Si en la educación primaria se mostraban las huellas de los
últimos lamentables sucesos de Colombia, la Universidad, madre de
tánto hombre proclaro, no presentaba un cuadro menos doloroso. En
el edificio de San Bartolomé se había acuartelado el memorable
batallón Callao y destruído los pocos instrumentos de física que
quedaban, lo mismo que una parte de la biblioteca. El desarreglo y
la injusticia reinaban en las asignaciones de los empleados y
catedráticos, y la disciplina interior en ninguna para los pocos
jóvenes que cursaban en ella. ''Entronizado el despotismo'', dice
|La Diligencia, periódico de aquellos tiempos, "una
juventud ardiente embriagada con las ideas de libertad se propone
derrocarlo, y con este fin deja los libros empuña las armas,
abandona el estudio, y sólo se ocupa de vagar en las calles
averiguando noticias políticas. Coadyuvados sus esfuerzos por la
opinión pública, ella ataca, vence y destruye la tiranía; mas
preciso es confesar que si por una parte fue gloriosa esta lucha
para la juventud, por otra ha sido funesta. En efecto, exaltada su
imaginación con ideas exageradas, y familiarizada con el estrépito
de las armas, olvidó las ciencias y corrompió su moral. Hé aquí uno
de los males y quizá el mayor que ha causado el
despotismo". Fruto de esta indisciplina fueron los graves
escándalos que dieron varios jóvenes en las funciones religiosas de
la Semana Santa de 1832, con que llenaron de indignación a los
habitantes de la ciudad, provocando a la autoridad a dictar serias
medidas represivas. Afortunadamente el régimen de policía y la
severidad del nuevo rector del colegio de San Bartolomé, don José
Ramón Eguigurem, que restableció por entonces la disciplina y las
prácticas religiosas, refrenaron algún tanto la incivilidad e
insubordinación. Al año siguiente se notó en las mismas funciones
mayor respeto y compostura, efecto de estos enérgicos remedios.
Al elevar al gobierno en noviembre de 1831 la relación de caja
de la Universidad, formada por el síndico don José María Sáiz, y la
comunicación del rector sobre la imposibilidad de arreglar las
cuentas por el desorden en que vienen de atrás, halla motivo el
doctor Cuervo para indicar la manera de organizar nuevamente aquel
establecimiento y las economías que se deben hacer. Recuerda que,
conforme a la ley de 1826, el poder ejecutivo no puede nombrar para
miembros de la dirección general de estudios sino a individuos que
disfruten renta por cualquier otro título, con el objeto de no
gravar los fondos de la enseñanza con muchos sueldos, y agrega:
"Esta disposición es sabia, económica y está basada
sobre el principio legal de que nadie puede ganar dos rentas de los
fondos públicos. ¿Por qué, pues, no se hace extensiva a todos los
demás empleados en la instrucción nacional? Un canónigo, un
párroco, un ministro de un tribunal de justicia, un secretario de
Estado, cuyas plazas están bien dotadas, ¿tendrán tan poco
patriotismo que no comuniquen sus conocimientos si no se les da la
suma de trescientos pesos, suma que para ellos es insignificante y
de mucho provecho para la Universidad? En el departamento del
Cauca, el rector y la mayr parte de los catedráticos sirven de
balde, y los estudios hacen progresos admirables. El infrascrito
prestó allí este servicio, como catedrático y como secretario, y
hoy está empleado en la dirección general, y nunca ha percibido más
sueldo que el de su empleo civil, porque ha creído que él le basta
para subsistir, y que cualquier otro encargo de la sociedad está
obligado a desempeñarlo en recompensa de los bienes que ella le
proporciona. Sería, inútil y conveniente que por punto general se
resolviese que ningún empleado en la Universidad que disfruta por
otro título de una renta de más de mil pesos anuales, percibiera
sueldo de los fondos de la enseñanza. Con esta medida se proponían
aumenta los sueldos de los que no tienen otras entradas suficientes
para su manutención, o se harían los gastos de que he hablado antes
(la compra de libros para la biblioteca e instrumentos para las
ciencias exactas y experimentales, como también para la fundación
de cátedras de química y botánica)."
Y no hay que figurarse que actos de desprendimiento como los que
proponía el doctor Cuervo causasen extrañeza en aquellos tiempos.
Poco hacía (4 de junio de 1831) que el teniente coronel Juan José
Neira había devuelto el despacho de coronel efectivo con que el
Gobierno premiaba sus insignes servicios, suplicando se le
expidiese licencia absoluta o por lo menos letras de cuartel sin
goce alguno, "en atención a las escaseces del erario
público y al número crecido de jefes beneméritos que estaban por
colocar en el ejército". Más recientes eran las medidas
propuestas por el ministro de hacienda Márquez para disminuir los
gastos nacionales: el vicepresidente Caicedo las acogió el primero,
"deseando que los ahorros y economías comenzasen por el
jefe del ejecutivo, desprendiéndose voluntariamente de parte de su
sueldo", y se extendieron de los ministros y consejeros de
Estado abajo a todos los subalternos. La convención, aprobando
estas resoluciones, aplaudió, como era justo, que al reducir los
gastos se hubiera dado el buen ejemplo de comenzar por el jefe del
gobierno y por el ministerio
|
(2)
.
Desgraciadamente no estaba reservado a la buena voluntad de esta
administración levantar la Universidad cuanto correspondía al
primer cuerpo literario de la ilación
|
(3)
.
Cuanto queda expuesto con respecto a la instrucción se
encaminaba al fin a restablecer lo destruído o mejorar lo
existente; el doctor Cuervo quiso dejar un monumento fundado de
planta nueva y consagrado al bien de la mujer, por cuya educación
superior la República nada había hecho al paso que dirigía todos
sus cuidados a la del hombre. Con este pensamiento desenterró la
ley del congreso de Cúcuta que aplicaba a la instrucción los fondos
de los extinguidos conventos menores, aseguró las propiedades de
los de San Francisco de Guaduas y de Las Aguas de Bogotá,
amenazadas de desaparecer como otras tántas, buscó las fundaciones
destinadas para socorro y auxilio del sexo débil, y cuando tuvo
allegada una renta de más de dos mil pesos anuales propuso al
gobierno la fundación del colegio de La Merced, destinado
especialmente para las hijas de los próceres de la Independencia y
de los beneméritos de la patria. Pidió en nombre de las granadinas
esta gracia que no costaba a la nación sino él trabajo de dictar
los reglamentos, nombrar los empleados y otorgarle su protección.
El vicepresidente Márquez accedió inmediatamente a tan patrióticos
deseos, y el 30 de mayo de 1832 decretó la fundación del colegio,
aplicando los bienes señalados y dando los reglamentos. Recordando
después el doctor Cuervo que para esta empresa había tenido que
remover voluminosos expedientes, contrariar a los que sin títulos
disfrutaban de aquellos bienes y luchar con injustas pretensiones,
y contemplando la creciente prosperidad de aquel plantel y la
confianza que le dispensaban las familias más distinguidas, se
complacía en llamarlo la
|obra de sus esfuerzos. Hoy
sobrevive, habiendo resistido a todas las agitaciones y trastornos
políticos, sin duda, por el espíritu práctico que dominó en su
creación: "S ha sido contra mis principios indicar bellos
ideales'', dijo entonces el doctor Cuervo al gobierno todo allí
debía ser modesto, todo a la medida de los recursos disponibles,
todo adecuado a la condición y necesidades de nuestras mujeres.
En 1833, teniendo puestos los ojos en este colegio, escribió su
Catecismo de Urbanidad, obrita tan recomendable por la sencillez
como por la discreción y universal oportunidad de sus máximas. Es
un extracto, según él mismo lo advierte, de varios autores,
adicionado con observaciones propias, y dispuesto de manera que
pueda llegar lo mismo a manos de señoritas criadas en los salones
que a las de modestas aldeanas, sin riesgo de que la afectación
haga insoportables sus maneras. No habiendo faltado quien se lo
apropiase reimprimiéndolo fuéra de la república, sacó a luz el
autor otra edición en 1853, revisada y precedida de un prólogo en
que con brevedad hace importantes observaciones sobre la educación
de la mujer y la influencia de la urbanidad en la moralidad y bien
andanza de las familias. Lleva por epígrafe la divisa que parece
tuviera él estampada en el fondo de su corazón: "
|Quod
munus republicae maius meliusve offerre possumus, quam si docemus
atque erudimus inventutem? (Cicerón,
|De Div.) Qué mayor
beneficio, qué servicio más importante podemos hacer a la República
que el de enseñar y dirigir la juventud?"
Vengamos ahora a la parte material de la provincia y a las
necesidades de la capital. Como argumento del abandono anterior
baste decir que para terminar el empedrado de la calle de la
Carrera comenzado en 1824 por el doctor Cuervo como jefe político,
fue menester que él lo hiciera en 1831; y a nadie se le ocurrió
antes de esta época sacar de la plaza mayor los escombros
amontonados en ella cuando los terremotos de 1826 y 1827, ni atajar
los muladares que a toda priesa avanzaban hacia el centro de la
ciudad. Muchas otras mejoras de esta naturaleza se llevaron
entonces a cabo, corno construcción de puentes, empedrados,
acueductos y fuentes, contribuyendo en algunas el doctor Cuervo con
su propio peculio, según aparece de las cuentas publicadas en el
periódico oficial. Fue auxiliar activo en esta labor el jefe
político don José Vargas, cuyo nombre ha quedado grabado en varias
obras públicas.
Entre las más urgentes realizadas en la ciudad mencionaremos las
que se emprendieron en los cuarteles. Hallándose éstos casi en
completa ruina, decretó el gobierno en abril de 1832 su
reconstrucción y mejor arreglo; llevólo a efecto el gobernador,
bajo cuya dependencia se hallaba también este ramo, edificando
algunas piezas de absoluta necesidad, empedrando los patios, dando
buena disposición a las cuadras, haciendo piezas para los oficiales
y para el despacho, y camas, armeros y perchas para los soldados.
Los jefes del ejército la mostraron su satisfacción al separarse
temporalmente de la gobernación, encareciendo "el interés
que había tomado en mejorar la suerte del soldado y todo lo
correspondiente al ramo militar".
Entre tanto no se descuidaba el bienestar del resto de la
provincia: por primera vez se redujo a un sistema ordenado y
constante la composición de los caminos, que si siempre han sido
malos, entonces eran intransitables; particularmente se mejoraron
el de Honda y el de Zipaquirá y Ubaté. Se principió y adelantó
hasta casi concluírse la gran calzada de Puente Grande, obra
utilísima que evita las inundaciones en tiempo de lluvias, y la de
Balsillas, que presta igual servicio. Se labraron algunos puentes,
como los de Barandillas y Sisga.
El 15 de octubre de 1827 dio el Libertador un decreto poniendo
en vigor las leyes españolas que prohíben la inhumación de
cadáveres en las iglesias, decreto que en la capital debía empezar
a regir el 25 del mismo mes; pero como lo que se llamó cementerio
no era sino un pedazo de ejido apenas deslindado, esta providencia
causó sumo disgusto, porque la gente estaba acostumbrada a ver que
sus deudos difuntos descansaban bajo cubierto al pie de los
altares. El primer cadáver en que hubo de cumplirse acertó a ser el
de un caballero de dilatadas conexiones en la ciudad; hiciéronse
las exequias en la parroquia de San Victorino, y el ataúd, muy bien
clavado, se llevó al dicho ejido y se enterró convenientemente. A
los tres días se rugió que el cuerpo no había ido al cementerio,
sino que a inedia noche lo habían sepultado en una iglesia. Llegada
la voz a las autoridades, hubo grande alboroto; el jefe político,
acompañado de un escribano, se trasladó inmediatamente al
cementerio, desenterraron el ataúd y lo encontraron lleno de tierra
y sin cadáver alguno. Picados con la burla, mandaron a todas las
iglesias albañiles a abrir las sepulturas y reconocer los
cadáveres. A más del peligro de tan extraña pesquisa, fue fortuna
para el muerto buscado que vinieran otros sucesos a distraer por el
momento la atención, Con lo cual quedó en paz
|
(4)
. Luégo la escasez del tesoro
obligó al gobierno a permitir la continuación del abuso, mediante
el pago de diez a sesenta pesos por licencia, que se dijo estaban
destinados para la construcción de un gran cementerio en las
afueras de la ciudad. Cuando el doctor Cuervo tomó el mando,
arregló la recaudación de estos fondos, y ordenó se siguiese
inmediatamente la obra, de que apenas había puestas algunas
piedras. La dejó ya en estado de servir, concluídas las paredes del
contorno y con más de doscientos nichos y una buena portada, a la
que puso por inscripción:
|Exspectamus resurrectionem
mortuorum. Para desvanecer las prevenciones vulgares contra el
cementerio, él compró (y otros ciudadanos siguieron su ejemplo) el
nicho marcado con el número 1º, el cual fue ocupado no mucho
después por su hijo Angel María, muerto el 12 de marzo de 1837.
Dado el ejemplo en la capital, fue menos difícil obtener de las
otras poblaciones que abandonando la antigua costumbre construyesen
fuéra de poblado cementerios con la decencia que permitían las
rentas municipales o la generosidad de los vecinos.
El hospital de caridad fue también objeto de reformas
fundamentales.
"Esta casa de misericordia, dice el doctor Cuervo, ha
estado al cuidado y bajo la dirección de los religiosos de San Juan
de Dios desde que fue fundada. Los desarreglos y abusos que en ella
se introdujeron con el curso del tiempo, movieron al monarca
español a expedir la cédula de 6 de octubre de 1805, ordenando el
nombramiento de síndico y mayordomo para la recaudación y
administración de sus rentas; pero bien fuera por indolencia de los
mandatarios públicos, o bien por otros motivos que yo ignoro, nunca
se llevó a efecto tan saludable disposición. En 24 de diciembre de
1828 expidió el general Bolívar un decreto que tendía a hacerla
cumplir, y fijaba las atribuciones y deberes tanto del síndico como
del mayordomo; mas tampoco fue ejecutado. Luégo que yo tomé el
mando de la provincia, dirigí mi atención a la mejora y arreglo de
aquel asilo de la humanidad doliente, designé individuos de
respetabilidad y celo que lo visitasen, y por último nombré síndico
y mayordomo conforme a la ley de patronato. Jamás pude conseguir
que estos empleados entrasen a ejercer sus funciones, a causa de
que los prelados hospitalarios les han presentado gravísimas
dificultades para la entrega de los bienes pertenecientes al
hospital.
"La gobernación instruyó de todos estos hechos a la
cámara de provincia en sus tres reuniones pasadas, hasta que en su
última (1834) acordó dos decretos en 9 y 11 de octubre del año
anterior, dando reglas para la administración de las rentas
hospital y prescribiendo el modo con que el síndico debe llevar sus
cuentas. El poder ejecutivo suspendió los artículos 1º y 2º del
primer decreto por considerar que la cámara no tenía facultades
para dar las disposiciones en ellos contenidos; mas como siempre
quedaron salvas las del gobernador para hacer cumplir las leyes en
la provincia, expedí mi decreto de 26 de noviembre último
disponiendo se procediese a formar un inventario de todos los
bienes pertenecientes al hospital de San Juan de Dios en los
términos y con la extensión de que habla la ley 5ª título 4º, libro
1º de la Recopilación de Indias y según lo prevenido por el decreto
de la cámara provincial en la parte no suspendida. Dicho inventario
se ha practicado con toda la exactitud y escrupulosidad posible, y
la gobernación, usando de la facultad concedida por el artículo 9º
del decreto citado de 9 de octubre, ha dado un reglamento en que se
detallan las funciones del síndico y mayordomo, y se les asignan
las finanzas que deben prestar y sueldos que han de gozar, y se
dispone todo lo conducente a la buena marcha del establecimiento, a
la exacta y religiosa administración de sus rentas y a la más
puntual asistencia de los enfermos."
Entonces no faltó, como de costumbre, quien gritara contra las
usurpaciones de la autoridad civil, olvidando que los padres
hospitalarios, como bien lo había visto el gobierno español, eran
meros asistentes de los enfermos y no dueños del establecimiento, y
desentendiéndose de que la República había efectuado estas reformas
de acuerdo con ilustrados eclesiásticos que se dolían también del
abandono en que estaba el hospital.
El hospicio, cuyos sabios estatutos redactados por el ilustre
americano don Francisco Antonio Moreno obtuvieron la aprobación de
Carlos III en junio de 1777; recibió vital ensanche de la
beneficencia del virrey Ezpeleta; allí se recogían los mendigos, se
criaban y educaban los expósitos, y todos trabajaban en los telares
y otros oficios. En los últimos tiempos de Colombia había venido
tan a menos que sirvió el edificio sucesivamente de cuartel y de
cárcel, con tal abandono, que comenzaba ya a derruírse. Abierto de
lluevo, solicitó el doctor Cuervo de la cámara de provincia las
disposiciones convenientes para aumentar las rentas y darle nueva y
más amplia organización. Al cesar en su gobierno dejó la Casa de
Refugio, que este nombre se le dio, completamente arreglada,
habiendo cooperado para ello el celo infatigable de don Ignacio
Gutiérrez, nombrado director, no sólo por sus conocidos talentos
sino como descendiente del mencionado fiscal Moreno.
No hemos particularizado hasta ahora sino las obras de más
consideración, y para declarar la vida que se infundía en todos los
ramos sería necesario resumir aquí infinitos documentos oficiales
que corren en los periódicos, señalando sus resultados efectivos.
No callaremos, sin embargo, algunos hechos menudos que arguyen la
paternal intervención del gobierno en el bienestar de todas las
clases sociales de la provincia de Bogotá. El gobernador procuró
hacer eficaces las disposiciones del congreso de Cúcuta para la
libertad de los esclavos, organizando las juntas cantonales de
manumisión, poniendo orden en la recaudación de esta renta y
estimulando la simpatía hacia aquellos infelices. Para ello dio
gran solemnidad a la ceremonia de manumitir diez y seis esclavos,
escogiendo el día mismo en que se posesionaba de la presidencia de
la República el general Santander (7 de octubre de 1832); alzóse en
la plaza mayor un templete en frente del despacho de la
gobernación, donde ocuparon su lugar el concejo municipal y los
miembros de la Junta de Manumisión, y presidió el acto el
gobernador, teniendo a su derecha al presidente, quien terminó el
acto arengando al pueblo sobre los beneficios de un gobierno
liberal. Tres años hacía que en la provincia no daba el gobierno
libertad a ningún esclavo.
La Facultad de Medicina, contagiada del común desorden, se había
disuelto por rencillas de sus miembros con grave daño de la
juventud estudiosa y de la población en general, pues andaban
recetando individuos desprovistos de saber y de títulos. El doctor
Cuervo, conocedor de que este cuerpo, que contaba con profesores de
no escaso mérito, había de ayudarle poderosamente, desde los
primeros días de su gobierno los convocó a su despacho y con el
justo elogio de sus merecimientos, les recordó sus deberes legales
y de humanidad, restableció la armonía, y después estimulándolos
con honrosas comisiones benefició su ciencia en obsequio de la
salubridad pública. Ya hizo recorrer la provincia en busca de los
climas más adecuados para contener los estragos de la lepra y
construír lazaretos; ya vulgarizó los métodos que pasaban en Europa
por más eficaces para preservarse del cólera, que por entonces
amagaba comunicarse a América; ya distribuyó profusamente en todos
los distritos un folleto titulado
|Preceptos útiles sobre la
conservación de la salud y la asistencia de los enfermos,
traducido del francés y encaminado a difundir en el pueblo los
conocimientos indispensables de higiene y medios fáciles de atajar
con tiempo las enfermedades comunes, que sin esto a menudo
ocasionan la muerte en los habitantes de los campos.
Prenda de este mismo interés por la prosperidad pública y
privada fue el empeño con que se procuró adelantar la agricultura.
Veíase salir del país día por día el numerario en pago de los
artefactos extranjeros, sin esperanza de que la industria nacional
pudiera ni en época lejana resistir la competencia, y naturalmente
pensaron los buenos patriotas en fomentar la agricultura, como
verdadera fuente que es de la riqueza pública y salvación única de
la nación. Desde 1829 había señalado el doctor Cuervo en el
|Eco
del Tequendama la urgencia de aplicar este remedio a la miseria
general, pintando la infeliz suerte del agricultor, agobiado por
duros e injustos pechos, maniatado por la ignorancia o la rutina y
encerrado como en una prisión por los malos caminos. Llevando
adelante las mismas ideas y sentimientos, instó desde el principio
de su mando al gobierno para que fomentase activamente el cultivo,
y en varios informes, sobre todo el que pasó por febrero de 1833,
se contienen datos y enseñanzas que hoy mismo podrían tenerse en
cuenta para mejorar nuestra situación económica. Entre otras
medidas utilísimas que tomó fue la primera la de nombrar una
comisión compuesta de los señores don Alejandro Osorio, don
Fernando Caicedo y don José María Sáiz para que estudiaran
detenidamente las condiciones de la provincia y propusieran los
medios más rápidos y seguros de mejorar el cultivo y alentar a los
agricultores. Desempeñáronse estos buenos y doctos ciudadanos
extendiendo un nutrido informe, que el doctor Cuervo trascribió al
gobierno, añadiendo algunas indicaciones, como la erección de las
cátedras de química y botánica, para lo cual había fondos
disponibles, y la fundación en las capitales de las provincias de
Semanarios de agricultura, para difundir los conocimientos más
indispensables en la materia y vulgarizar los descubrimientos
científicos conducentes a su progreso. Consiguientemente fundó en
1832
|El Cultivador Cundinamarqués o Periódico d la industria
agrícola y de la economía domestica, escrito por personas
competentes, que sin ostentar ciencia recóndita, desarrollan
preciosas enseñanzas, poniéndolas al alcance del último labriego.
Para vencer la indiferencia, condición tan común de la ignorancia,
y despertar el interés de la gente del campo, obligó a las
autoridades municipales a que los domingos después de la misa mayor
y en presencia de todos los vecinos leyesen
|El Cultivador,
atendiendo a toda observación razonable que se hiciese para
trascribirla al gobernador. En cada distrito debía quedar un
ejemplar en el archivo municipal y otro en la casa cural a la
disposición del público. Fuéra de esto, era la agricultura objeto
predilecto en las
|Memorias a la cámara de provincia y en
otros escritos del gobernador, quien pasando adelante, estimulaba
la aclimatación o el cultivo de vegetales valiosos para el
comercio.
La escasez de numerario, que era una de las principales causas
de la pobreza y atraso, pensó obviarla fundando un banco
provincial, pero no con las rentas efímeras del Estado, sino
despertando el interés individual con la perspectiva de
considerables utilidades y ventajas. Por más que la creación de un
banco en aquellos tiempos pudiera parecer una fantasía superior a
los recursos del país y fraguada en cerebros enfermizos, no cabe
duda que el doctor Cuervo la llevara a efecto si por ese tiempo no
dejara la gobernación. Sería alargarnos demasiado entrar en los
pormenores de su proyecto: basta decir que fue convenientemente
madurado, y que, a llevarse a cabo, habría libertado a las
poblaciones y hasta al mismo gobierno de la usura que por entonces
explotaba con crueldad la miseria pública.
Tántas y tan variadas ocupaciones no agotaban la actividad del
doctor Cuervo. Si bien se vio precisado a confiar a un sustituto
(don José Duque Gómez) la cátedra de derecho canónico que regentaba
en el Colegio del Rosario, siempre vigilaba personalmente las
escuelas de la capital, visitaba con frecuencia las demás de la
provincia, y concurría a exámenes y grados, en que su indefectible
presencia era para los estudiantes no menos estímulo que motivo de
confianza.
Lejos de parecerse a aquellos gobernantes cuya actividad es
puramente material y como si dijéramos epiléptica, que hacen por
hacer, destruyen y no edifican, cansan a los empleados, fastidian y
exasperan a los pueblos y arruinan el tesoro, nada emprendía sin
proveer con tiempo a la seguridad del buen éxito, acompañando a las
obras más triviales un pensamiento elevado de equidad, compasión,
elegancia o comodidad. Así no establece la policía del teatro sin
inculcar, con las demás ventajas de las representaciones escénicas,
que son escuela de lenguaje puro y correcto, de urbanidad y buen
gusto. Si apoya la venta de algunos ejidos, no piensa sólo en que
se secarían los pantanos, se limpiaría la tierra, se harían útiles
sementeras, se construirían casas y adelantaría la agricultura,
sino también en que se embellecerían los alrededores de los lugares
y habría paseos de recreación y de gusto. Cuando el gobierno pide
los individuos necesarios para llenar las bajas del ejército,
cumple la orden convirtiéndola en medida de policía: más de mil
hombres sacó, pero escogiéndolos "entre los ociosos y mal
entretenidos, entre los guapetones y perdonavidas que hostilizan en
los pueblos a sus pacíficos habitantes, entre los casados que sin
motivo tienen abandonadas a sus mujeres, y en fin, entre los hijos
a quienes no puede sujetar la autoridad paterna"; por este
medio, agrega, ''no se han quitado brazos útiles a la agricultura y
a las artes, y se han castigado aquellos zánganos de la sociedad
para enmienda suya y escarmiento de los demás." Al activar
la construcción del cementerio de Bogotá no sólo pone los ojos en
los resultados higiénicos, le mueve el anhelo de suprimir con
brevedad una contribución tanto más dura cuanto se pagaba entre
sollozos y lágrimas, y no olvida pedir que se nombre un capellán
que aplique los sufragios de la religión por los que allí se
entierran.
Ni sus gustos e inclinaciones ni menos su constitución delicada
consentían al doctor Cuervo acomodarse a esta vida tan afanosa y
llena de contradicciones. Repetidas veces hizo renuncia formal y
otras tantas se negó el gobierno a condescender con sus deseos y
sus necesidades. En 7 de noviembre de 1832 se le contestó
"que siendo notorias la capacidad y celo del que
representa, en el desempeño de las importantes funciones de
gobernador, el poder ejecutivo sacrificará en la elección de sus
agentes el interés particular de ellos, al general del
Estado". En diciembre de 1833 apenas logró que se le
concediera licencia por tres meses, y dejó el puesto de 1º de enero
a 1º de abril de 1834, reemplazándolo interinamente al principio el
general José Hilario López y luégo don Francisco López Aldana,
fiscal del Tribunal de Apelaciones. Acometido de un grave accidente
en septiembre del mismo año, elevó igualmente su renuncia, pero
restablecido en breve, tampoco fue aceptada. Por fin, agobiado del
trabajo, decidió hacer un viaje a Europa, y en 4 de febrero de 1835
el gobierno le permitió retirarse, encomiando sus servicios y
merecimientos.
Con este testimonio llevaba el más satisfactorio de su
conciencia, pues que diciendo en su Relación de Mando:
"Ninguna orden queda por cumplirse, ningún negocio por
despachar", pudo concluírla en estos términos:
"Al despedirme de la carrera pública, en la que un
ímprobo trabajo y disgustos y pesares sin cuento han arruinado mi
salud, llevo el consuelo de haber pagado a mi patria las primicias
de mi primera edad; de haber contribuído al sostenimiento del orden
y a la consolidación del gobierno; y de haber dirigido todos mis
actos al servicio de la nación y de los pueblos de mi mando. Dejo
la provincia de Bogotá en paz y tranquila, gozando los ciudadanos
de libertad y seguridad en sus personas y propiedades, planteadas
escuelas en los dos tercios de las parroquias, establecida una
sociedad para aumentarlas y perfeccionarlas, mejorados los
establecimientos de beneficencia, los caminos y obras públicas,
administrada con regularidad la hacienda nacional, pagadas las
deudas, satisfechos de sus asignaciones los servidores públicos,
organizada la guardia nacional y bien asistido el ejército. A pesar
de esto no presumo del acierto en mis procedimientos, siendo tan
difícil lograrlo en todo: mucho que da por hacerse todavía; pero al
desempeñar la última función de mi cargo, tengo por una
circunstancia feliz, la de dejar un sucesor ilustrado que sabrá
rectificar y llevar al cabo las ideas que he concebido en el
período que he gobernado la provincia."
|
(1)
|
Véase la
|Gaceta de la Nueva
Granada, números 593, 595 y 665.
|
|
(2)
|
Varios militares, entre ellos el general José María Ortega,
siguieron la conducta de Neira, y entre los civiles no faltaron
ejemplos de este patriótico desprendimiento: el doctor Lorenzo M.
Lleras, redactor de la Gaceta, al ser nombrado secretario del
senado en 1833, siguió desempeñando el primer destino ''sin sueldo
alguno para hacer ahorros al Estado".
|
|
(3)
|
La ley de 18 de marzo de 1826, orgánica de la instrucción
pública, dispuso que se fundara una Academia Nacional, para
establecer, fomentar y propagar en toda Colombia el conocimiento y
perfección de las artes, de las letras, de las ciencias naturales y
exactas, de la moral y de la política. Al mismo tiempo que decretó
el establecimiento de la Universidad Central de Bogotá (octubre 20
do 1826), nombró el vicepresidente Santander los veintiún miembros
que debían formar la Academia, y fueron: don Félix Restrepo, don
Vicente Azuero, don Estanislao Vergara, don José María del
Castillo, don José Manuel Restrepo, don José R. Revenga, don Pedro
Gual, don José María Salazar, don Jerónimo Torres, don Francisco
Javier Yanes, don Cristóbal Mendoza, don Joaquín Olmedo, fray Diego
Francisco Padilla (por renuncia del cual fue nombrado don Benedicto
Domínguez), el canónigo magistral don Mariano de Talavera, el
arcediano don Manuel Benito Rebollo, don Santiago Arroyo, don José
Fernández Madrid, don Andrés Bello, don Francisco Soto, el coronel
don José Lanz y el comandante Pedro Acevedo. La instalación se
anuncié para el 25 de diciembre en el local de la Biblioteca
pública, al acabarse el acto de instalación de la Universidad en la
iglesia de San Carlos. Lo revuelto de los tiempos no dio logar a
pensar otra vez en la Academia hasta fines de 1832, en que el
secretario del interior informó que ya no existía, y en
consecuencia se dio el decreto de 15 de noviembre, que fijaba la
instalación para el 25 de diciembre siguiente, después de nombrar
los once individuos que debían reemplazar a los venezolanos y
ecuatorianos. Estos fueron: don Joaquín Mosquera, don Diego
Fernando Gómez, el doctor Cuervo, don Joaquín Acosta, el obispo de
Santa Marta, don Joaquín García, don Lino de Pombo, don Manuel
María Quijano, don Juan María Céspedes, el general José Hilario
López y don José Maria Triana. Transfirióse la instalación al 6 de
enero de 1833, la que se verificó en la casa de gobierno con un
discurso del presidente. En seguida fue nombrado director el obispo
de Santa Marta y secretario don Joaquín Acosta. Conforme al
reglamento, que se publicó en mayo, se dividía en cuatro secciones:
de moral y política; de instrucción y educación pública, de ciencia
naturales y exactas; de literatura y bellas leteas; y debía hacer
sesión solemne cada año el segundo domingo de enero. Proyectos
quiméricos como otros tántos, por no ser proporcionados al estado
de nuestra cultura.
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|
(4)
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Noticias sacadas de la correspondencia de nuestra familia. Los
sucesos a que aludimos fueron la muerte del cónsul de Holanda en un
desafío y el brutal ultraje hecho por un militar a don Vicente
Azuero a la mitad del día y en el sitio más concurrido de la
ciudad.
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