CAPITULO VI
GOBERNACION DE BOGOTA
(Parte política)
Situación al constituírse la Nueva
Granada.-El doctor Cuervo último prefecto de Cundinamarca y primer
gobernador de Bogotá.-Sus primeras providencias--Competencia con la
autoridad militar.-Elección del general José María Obando para
vicepresidente por renuncia del general Caicedo-Decreto reservado
del congreso sobre persecución.-Primeras órdenes que se dan al
gobernador y su intervención en favor de los perseguidos.-Aconseja
una amnistía-Medidas contra los empleados desafectos-Trata de
eludirlas el gobernador.-Desagrado del gobierno .-Renuncia repetida
de aquél.-Quieren desairarle.-Renuncia todos sus empleos y piensa
en dejar la vida pública.-Vuelve a la gobernación llamado por
Márquez. Llegada de Santander.-Sus esfuerzos en favor de la
conciliación.-Primeros amagos de revolución.-Conspiración del 23 de
julio de 1833.-Muerte de Mariano París.-Causa y ejecución de los
conspiradores.-Motivos de rigor-Ejecución de Anguiano.-Muerte de
Sardá.-Expulsión de doña Manuela Sáenz.-Periodismo.-
|El
Cachaco-Estado de los partidos al declinar el gobierno de
Santander.
"Los Estados Unidos se han librado de la guerra civil
que amenaza a las colonias españolas, porque aprendieron a gozar de
la libertad antes de gozar de la independencia", así
escribía en carta que poseemos autógrafa Alejandro Humboldt en
julio de 1817 a uno de los ministros de Luis XVIII, remitiéndole la
primera parte de sus viajes. Palabras profundas y cuasi proféticas,
pues, sin tener ni remota idea de la libertad política, nos
encontramos al separarnos de España en la condición de aquellas
aves que, criadas en la jaula, no saben qué hacer de sí cuando se
ven en el aire libre. Al cabe de largos esfuerzos parecía que no
supiéramos sino devorarnos, y Bolívar pudo decir con razón en su
mensaje al congreso constituyente de 1830: "Ardua y grande
es la obra de constituir un pueblo que sale de la opresión por
medio de la anarquía y de la guerra civil, sin estar preparado
previamente para recibir la saludable reforma a que aspiraba...
Todo es necesario crearlo... Conciudadanos, me ruborizo de decirlo:
la independencia es el único bien que hemos adquirido, a costa de
los demás". Sí, en la Nueva Granada, más que en Venezuela
y el Ecuador, todo había que crearlo. La capital, especialmente,
era liza de todos los partidos; a ella venían todas las quejas, en
ella se sentía el estremecimiento de todas las conmociones de los
demás departamentos; aquí había de arbitrarse el remedio, de aquí
habían de salir los recursos, y mientras el gobierno atendía
afanoso a todo esto, apenas tenía tiempo para cumplir los
filantrópicos designios de los congresos, que habían ido acumulando
leyes sobre leyes, como si hubiera fuerza en el brazo que las debía
ejecutar y voluntad dispuesta en quien las había de obedecer. La
misería pública y privada había llegado a su colmo, tal que a fines
de 1829 el interés del dinero era del seis al diez por ciento
mensual, la agricultura estaba postrada, por fundar la industria,
desorganiza da la instrucción pública, casi cegados los caminos.
Disuelta de hecho Colombia por la separación de Venezuela, y
derrocado por una facción militar el gobierno que tenía su asiento
en Bogotá, se agravaron los males hasta un punto que difícilmente
podemos concebir; y como para poner el sello a tamañas calamidades,
acabaron el hervor de los partidos y el horror a la anarquía con el
espíritu de nacionalidad. Al paso que lo había despertado la
emulación en Venezuela y el Ecuador, se diría que nosotros habíamos
olvidado nuestros linderos; y si Casanare y el Cauca volvieron a
abrigarse bajo el pabellón granadino, no se debió por cierto a
impulsos de un vehemente amor patrio, sino más bien a la noble
conducta de Venezuela, que se negó a contar a la primera entre sus
provincias, y a la energía con que la convención y nuestras fuerzas
en el sur pusieron a raya la ambición de Flores.
De aquí se puede colegir cuánto tino y entereza fueron menester
para fundar la Nueva Granada, y lo que vamos a decir sobre los
desvelos con que se logró levantar de su postración varios ramos
del servicio público, será argumento de lo que antes había. Aquí
nos concretaremos a la parte que en esta labor cupo al doctor
Cuervo, que, aunque era como prefecto y gobernador agente del poder
ejecutivo, tenía muchos ramos bajo su inmediata dependencia, y para
su organización tomó vigorosa iniciativa.
Desde febrero de 1830 ocupaba la plaza de juez en la sala de lo
civil de la corte de apelaciones del centro, de la cual era antes
fiscal, cuando fue llamado a la prefectura de Cundinamarca, en
tanto que don Andrés Marroquín, que obtenía el cargo, iba al
congreso constituyente de la Nueva Granada. Se le nombró el 5 de
octubre de 1831, de modo que fue el último prefecto de este
departamento conforme a la constitución de Colombia y el primer
gobernador de la provincia de Bogotá en la división acordada por el
congreso de la nueva República.
El vicepresidente Caicedo, que llevaba adelante con nunca bien
alabado patriotismo el intento de apaciguar los odios de partido y
mantener la constitución, había visto la decisión con que el doctor
Cuervo se opuso a que los exagerados proclamaran la dictadura de
Obando con ruina del mismo gobierno que acababa de restablecerse; y
valiéndose de la afectuosa amistad que le profesaba, logró vencer
su repugnancia a ocupar un puesto que bien adivinaba cuántos
sinsabores había de ofrecerle
|
(1)
. Pundonoroso y hecho a los trámites
ajustados de los tribunales, iba a ponerse entre las borrascas de
la política, en que las leyes hallan escaso favor, para ser blanco
de censura a los violentos y de resentimiento a los perseguidos, y
con corta esperanza de hacer algún bien al Estado o a los
particulares. Mucho hubo de batallar consigo para dar su
aceptación, pero al fin venció el amor patrio, y si no se engañó al
prometerse desacatos, odiosidades y calumnias, todo quedó
superabundantemente compensado con la satisfacción de haber abogado
por los caídos, minorado a algunos sus padecimientos, y contribuído
más que nadie, cuando todo estaba por hacer, a la mejora física y
moral de la provincia.
El número del periódico del departamento en que aparecieron las
primeras providencias del nuevo prefecto (23 de octubre de 1831),
prueba que no eran exagerados sus temores al echar sobre tal faena.
En una circular a los jefes políticos pedía datos sobre las
escuelas existentes en el cantón y métodos que regían en ellas; en
otra exigía informes sobre los derechos municipales que se cobraban
en el cantón, en qué se invertían, cómo se administraban, quién era
el recaudador y si había rendido cuentas; al juez conservador de
hospicios preguntaba con qué fondos contaba el establecimiento, el
número de empleados y sus sueldos con los demás pormenores de que
se carecía en la prefectura; al director de la Facultad Central de
Medicina, que se había puesto en receso, exigía que la hiciese
volver al ejercicio de sus funciones. No menos dan que pensar otras
providencias relativas a la necesidad más premiosa, aquella en cuya
satisfacción se libraba la suerte de la República, el dar vigor,
decimos, a la autoridad y afianzar la seguridad pública. Una de
estas providencias se enderezaba a cortar la propagación de
hablillas e imputaciones con que los enemigos del orden querían
desacreditar la convención, aun antes de reunirse, haciendo creer
que en ella no se haría sino atacar la religión y proscribir a los
ciudadanos. Pero lo más ruidoso fue la entereza con que el prefecto
defendió su autoridad contra la altanería de los militares,
acostumbrados a hacer cuanto se les antojaba, en desprecio del
poder civil. Fue el caso que dos miembros muy conocidos del
ejército, el general Joaquín París, jefe de Estado Mayor, y el
coronel Joaquín Posada tuvieron un desafío la tarde del 14 de
octubre, el cual causó grande escándalo en la ciudad;
inmediatamente el prefecto pide al ministro de guerra que los
entregue a la autoridad civil, para encarcelados y juzgarlos, según
las leyes vigentes, junto con los padrinos, coronel Ramón Espina y
capitán Alejandro Gaitán. El ministro contesta que se han dado las
ordenes necesarias para el efecto, pero el comandante general
Antonio Obando se niega a ello y aun pide con altivez al prefecto
le remita lo actuado, pues que gozando los procesados de fuero
militar, la autoridad civil nada tiene que ver con ellos. El
prefecto, después de desvanecer los argumentos del comandante
general, agrega:
"De buena gana prescindiera de las últimas expresiones
ofensivas de su citado oficio, pero la dignidad del puesto que
ocupo me impone el deber de sostenerla. Desde que por complacer al
supremo gobierno me encargué de la prefectura, no dudé que iba a
ser ultrajado y vilipendiado, porque tal es la desmoralización del
país, y tal el poco respeto que se tiene por las autoridades y por
las personas. Cuando los hombres apelan a las vías de hecho, y
cuando se quiere hacer revivir el detestable uso de la venganza
privada de la edad media, cómo no había yo de temer que el primer
magistrado del departamento fuese desacatado de un modo tan
indecoroso? V. S. ha debido saber que por el artículo 1º de la ley
de 13 de abril del año 16, todas las autoridades del departamento,
tanto civiles como
|militares me están sujetas, y no ha
debido ignorar que el delito de desacato produce el desafuero; pero
si estos principios legales le son desconocidos, no le deben ser
los que arreglan las relaciones de urbanidad y atención entre las
autoridades y los particulares. La falta de V. S. por eso no es
disculpable, a menos que haya sido sorprendido y engañado por
alguno de los que temen de mi vigilancia el castigo de su
delito.
"Si la comandancia general no ha tenido consideraciones
con un magistrado que dentro de su esfera promueva la persecución
de los delincuentes; si la autoridad civil ha de ser vejada en
todos tiempos por los que creen tener la fuerza a su disposición, y
si ésta es la suprema ley de la nación, debió V. S. haber respetado
por lo menos la orden del señor ministro de la guerra. Bien conocí
yo de antemano que en el presente negocio había de encontrar
dificultades y contradicciones, y para salvarlas me dirigí al
gobierno dando parte de lo acaecido, e implorando su autoridad para
que la mía no fuese burlada. Obtuve en efecto la resolución que
deseaba; pero V. S. la ha despreciado, y no contento con esto me
zahiere e injuria. Tal es el premio de los que tratan de ajustar a
las leyes su conducta.
|Sin embargo, con el código en la mano
reprendo a V. S. seriamente su conducta, y la denuncio a la opinión
pública, para que sea juzgada como merece".
Cumplido por el prefecto el deber de poner a los culpables en
manos de la justicia, cosa única que incumbía a su autoridad, se
instituyó el sumario ante el juzgado civil; pero como no en todas
partes se hallaban el vigor e independencia debidos, se consiguió
echar tierra al asunto.
El proceder del doctor Cuervo fue alabado generalmente, pues
desde muchos años atrás no se veía un empleado civil que se
atreviera a hacer a un miembro del ejército la más ligera
observación. Al contrario: el prefecto de Cundinamarca casi nunca
se ocupaba en otra cosa que en buscar alojamiento para las tropas,
conseguirles bagajes y auxilios de marcha
|
(2)
; en una palabra era más bien un agente del
ministro de guerra, expuesto a cada instante a las altaneras
exigencias de los militares y a ser ignominiosamente tratado en
caso de no hallar modo de complacerlos. Con aquel acto de energía,
seguido de una conducta digna y atenta para con los militares, fue
poco a poco desapareciendo "la pretendida barrera entre el
jefe civil y el militar", y quedando "resuelto el
problema de que la autoridad civil puede ser obedecida y respetada
por los ciudadanos armados"
|
(3)
.
Para mayor claridad de este escrito, tocaremos en primer término
los sucesos políticos que se cumplieron en los tres años y cuatro
meses que duró la gobernación del doctor Cuervo, y en seguida
bosquejaremos las múltiples tareas que impuso a su actividad en el
desempeño de este cargo.
El 22 de noviembre hizo el congreso, después de veintitrés
votaciones, la elección del general José María Obando para
vicepresidente de la República, en competencia de don José Ignacio
Márquez, y en reemplazo del general Caicedo, que había renunciado.
El primero, como ministro de guerra, había estado ejerciendo una
especie de dictadura en persecución de los revolucionarios de 1830,
y era puesto adrede en la primera magistratura para continuar la
obra, con violación de lo ajustado en las Juntas de Apulo. El 24
fueron a felicitarle, según costumbre, los empleados y
corporaciones civiles, militares y eclesiásticas, y el prefecto,
llegada su vez, le convidó discreta pero enérgicamente a dejar su
nombre escrito entre los benefactores de la humanidad, haciendo
triunfar las leyes conculcadas, refundiendo los partidos y
restableciendo la paz y la confianza, y expresó el deseo de que
todas sus medidas fuesen dictadas por la sabiduría y la prudencia.
Pero tales conceptos por fuerza habían de disonar en esos momentos.
No más tarde que el 29 de noviembre, tras larga resistencia de los
moderados, dio el congreso su decreto reservado de persecución, por
el cual quedaba el poder ejecutivo autorizado: para expeler
gubernativamente del territorio de la Nueva Granada o confinar a
diferentes provincias a aquellos individuos que por su influencia y
su conducta anterior diesen fundados motivos de temer que turbasen
el orden público o atacasen la seguridad del Estado; para borrar de
la lista militar a todos los generales, jefes y oficiales
subalternos, tanto del ejército permanente como de la milicia
nacional, que hubieran cooperado a la destrucción del gobierno
legítimo o al sostenimiento del de Urdaneta, y a los que hubieran
recibido de éste empleos, grados y ascensos militares; y por
último, para separar de sus destinos a los empleados civiles que
con sus hechos u opiniones conocidas hubieran manifestado ser
desafectos al gobierno constitucional, y de quienes se temiera
fundadamente que no le sirvieron con la fidelidad y actividad
necesarias al bien público. Los autores de este decreto protestaban
que no lo habían dictado sin imponer duro sacrificio a su
sensibilidad; el gobierno, calificando estas providencias de
medidas de seguridad, cuidaba de afirmar a cada paso que no quería
castigar hechos u opiniones anteriores, sino mantener la
tranquilidad pública; pero es evidente que más que nada obraba aquí
el espíritu de represalia, el deseo de ''callar la efervescencia de
algunos ciudadanos que fueron muy perjudicados con los trastornos
de agosto del año próximo pasado"
|
(4)
. El congreso y el poder
ejecutivo se encargaron, pues, de vengar agravios que venían
amontonándose desde 1828. Azuero, Gómez, Soto y muchos otros
sospechados de favorecer la conspiración de septiembre pasaron por
mil amarguras, fugitivos o en el destierro; en la dominación de
Urdaneta hubo los alistamientos, rondas, prisiones, confiscaciones
y demás vejámenes a que sabemos acuden los partidos que quieren
sostenerse. Los nombres de don Ventura Ahumada, Beriñas y Domínguez
de Hoyos fueron entonces tan execrados como el de cualquiera de los
alcalduchos que en épocas posteriores se han hecho famosos por sus
ruines procederes
|
(5)
. Pero había una diferencia: éstos eran
agentes de un gobierno dictatorial, mientras que un congreso que
expide reservadamente un decreto para contentar la rabia de los
quejosos, excede la medida de toda odiosidad.
En pocas personas hizo desde un principio impresión más amarga y
profunda la revolución de 1830 que en el doctor Cuervo. Hallábase
con la familia en su casa de campo cuando la acción del Santuario,
y fueron tantos los riesgos que corrieron de parte de los
insubordinados sabaneros, que se determinaron a trasladarse al día
siguiente a Bogota. Tuvieron que pasar por en medio de fuerzas
triunfantes y recorrer el camino de Puente Grande, cubierto todavía
de cadáveres; presenciaron la triste operación de sacar con ganchos
los que habían caído en la laguna, viéndolos salir envueltos en
plantas acuáticas; y acá y allá reconocieron medio desnudos y
ensangrentados a ranchos artesanos y jóvenes que habían acudido en
defensa de su ciudad natal contra una temida soldadesca. Sin
embargo, nada de esto agrió el ánimo del doctor Cuervo, apartándole
de su moderación, y cuando se vio, contra sus esperanzas y
sentimientos, reducido a ser agente de inevitable persecución,
quiso suavizarla y detenerla de cuantos modos pudo.
El 3 de diciembre se sancionó por el vicepresidente Obando el
decreto, y el 6 recibió el gobernador una lista de diez y siete
personas condenadas a confinamiento o destierro; catorce fueron los
primeros, entre los cuales figuraban don Estanislao Vergara,
Mariano París, Buenaventura Ahumada, prefecto de Urdaneta, Ramón
Beriña, juez político, y Manuel Alvarez Lozano, con varios
eclesiásticos, el principal el presbítero Manuel Fernández
Saavedra. El más conocido de los desterrados era Pedro Domínguez de
Hoyos, jefe de policía en la dictadura. La mayor parte
representaron al gobierno solicitando gracia, ya de algún plazo, ya
de conmutación del lugar de confinamiento, y por los documentos
originales que tenemos a la vista aparece que el gobernador apoyó
sus peticiones, obteniendo en algunos casos resolución favorable
del poder ejecutivo. Así, de los confinados a Casanare sólo a Fr.
Emigdio Camargo no se le conmutó el lugar; a muchos otros se les
acercó el destierro, a don Manuel Bernardo AIvarez se le prorrogó
el plazo, y al fin no salió para su destino; al doctor Saavedra,
que debía permanecer en Choachí, se le permitió quedarse en la
ciudad mientras predicaba varios sermones que le estaban
encargados; y al señor Vergara dentro de pocas semanas envió el
doctor Cuervo un salvo conducto a la hacienda del Oratorio, no
lejos de Zipaquirá, a donde se le había destinado, después de ser
destituído del cargo de ministro de la Alta Corte de Justicia.
Algunos huyeron o se escondieron; esto hizo Domínguez de Hoyos,
sujeto que, según queda dicho, se había concitado muchos enemigos,
a punto que poco antes de reunirse el congreso le hicieron una
asonada. Hallándose como acosado, autorizó al mencionado Alvarez
Lozano, su amigo, para que ofreciese al gobernador que se
presentaría si se le daban garantías; él, notificándole el
destierro, le prometió que se le dejaría salir sin escolta y
protegiéndole de todo insulto, promesa que se cumplió
puntualmente.
El poder ejecutivo, tenaz en su empeño, pasó en 22 de diciembre
al doctor Cuervo una comunicación, pidiéndole que informase sobre
las personas que podían ser comprendidas en las disposiciones del
decreto. La contestación fue la siguiente:
''Con fecha de ayer me pide V. S. informe de los individuos de
mi provincia que se hallen comprendidos en el decreto de la
Convención de 3 del corriente, y paso a evacuarlo oyendo
exclusivamente los consejos de mi razón.
"Dos clases de desafectos existen en este país: unos
puramente de opinión, y otros que con sus hechos han dado días de
llanto a la nación. Los primeros son dignos de indulgencia y se les
debe atraer a la buena causa por medio de una política hábil y
conciliadora. Las opiniones interiores del hombre no están bajo la
potestad del magistrado: la ley sólo mira a los actos externos. Por
otra parte, deslumbrados nuestros pueblos con la gloria de un
hombre a quien se habían tributado honores divinos, siguieron
ciegamente su partido, pocos fueron los que permanecieron fieles a
la patria, y el extravío casi fue general. Este es, pues, el caso
de un olvido y de una política que inspire a la vez respeto,
confianza y estimación en los que han sido víctimas de la
seducción. Lo mismo digo de los que, después de hecha una
revolución en que no tuvieron parte, siguieron pasivamente su
curso. Estos, cuando más, serán débiles, pero no criminales; y el
no tener la constancia de un héroe no merece castigo.
"Paso ahora a los individuos de la segunda clase. El
hombre que no satisfecho con profesar una opinión, la quiere hacer
triunfar, atropella sus juramentos, trama contra el gobierno y
empapa sus manos en la sangre de sus hermanos, es un monstruo que
está fuéra de las relaciones sociales. Tales son muy
particularmente los rebeldes del Santuario. Siempre he creído que
ellos deben estar lejos del teatro de sus sangrientas y horribles
hazañas. El delito fue atrocísimo, y prueba tal maldad de corazón,
que nada bueno puede esperarse de su autor, debiendo por el
contrario vivir los patriotas honrados siempre poseídos de temores
y de muy justos sobresaltos. Sin embargo, yo encuentro en el día
dos inconvenientes para la ejecución de un acto ejemplar: 1º el
haber pasado la época oportuna en que debió tener lugar, porque,
como V. S. sabe, cuando el castigo, y lo propio puede decirse de
las medidas de seguridad, no se decreta inmediatamente después del
hecho que lo motiva, no se consigue el grande efecto del
escarmiento y del horror al delito; y 2º que después de haber
decretado confinamiento en un pueblo que está en los arrabales de
Bogotá, contra uno de los principales caudillos de la citada
infernal revolución de agosto, y dejado al señor Mariano París en
su hacienda, yo no encuentro ya otros individuos en mi provincia a
quienes, según el orden de la justicia, pudiera expulsarse o
confinarse. Si un coronel lo ha sido a Une, ¿a dónde deberá serlo
el subteniente?
"En general he dicho que los santuaristas son hombres
peligrosos y esos son los que se hallan comprendidos en el decreto
de la Convención. O se procede contra todos, y bajo la justa
proporción de sus delitos, o debe concederse una amnistía que los
iguale a todos en el perdón. Esto es lo que me parece justo, esto
lo que demanda el honor y dignidad del gobierno, y esto lo que
puedo informar a V. S. Ni como hombre público, ni como patriota, ni
como honrado padre de familia debo hacer traición a mi conciencia
ni a la confianza que de mí hace el ejecutivo. Dígnese pues V. S.
poner en su conocimiento este informe franco, sincero y digno de un
republicano."
Innecesario parece decir que el gobierno no se olvidaba del
artículo 4º del decreto en que se ordenaba separar de sus destinos
a los desafecto u tenidos por tales. El 21 del mismo diciembre
previno el ministro de hacienda al gobernador que sin la menor
consideración ni demora informase individualmente de la conducta
política de todos los empleados en el ramo de hacienda, en el
concepto de que este informe debía evacuarlo por el conocimiento
que tuviese de los empleados, tanto en virtud de sus propias
observaciones como de las noticias que privadamente o por la voz
pública hubiese adquirido, y de ningún modo consultando a los jefes
de las oficinas, lo que, agregaba, sería ocasión de demora. Causa
extrañeza que don Diego Fernando Gómez, que conocía de tiempo atrás
al doctor Cuervo y tenía por él amistosa estimación, se figurase
que podía rebajar su carácter pundonoroso y delicado hasta dar
semejantes informes o, mejor dicho, delaciones: tánto ciega la
pasión política. Muy bien se guardó de darlos el gobernador; antes
mostró claramente al ministro de hacienda que no eran estas
persecuciones el modo de asegurar el buen servicio público y la
prosperidad de las rentas. Con este designio traza el cuadro del
miserable estado a que se hallaban reducidas las oficinas de
hacienda y los abusos y descuidos de los empleados, y propone se
nombre un visitador que examine las cuentas y tantee la capacidad
de los empleados, para proceder igualmente contra los defraudadores
y los ineptos, sólo por serlo y no por consideraciones
políticas.
Es de suponer el desagrado que produciría el gobierno esta
resistencia del gobernador a convertirse en instrumento obediente
de sus enconadas pasiones, y de ello dio buena muestra el ministro
del interior pasándole en 30 de diciembre esta secreta
comunicación:
"Habiendo visto S. E. las observaciones de V. S. de 23
del actual sobre el decreto de la Convención autorizando al
ejecutivo para las medidas de seguridad, me ha mandado contestar a
V. S. que lo que quiere es que V. S. individualice nominalmente las
personas que haya en esta provincia que deban ser comprendidas en
las medidas de que trata aquel decreto."
Semejante desacuerdo no podía continuarse, pues ni el gobierno
tenía trazas de ceder ni el gobernador se podía conformar con verse
desatendido; en estas circunstancias sobreviene la muerte del
doctor Nicolás Cuervo (5 de enero), que al mismo tiempo que llenó
de aflicción a su sobrino, que le amaba y veneraba como a su
segundo padre, le ofreció motivo plausible para esforzar su
renuncia, apoyándola en sus deberes de albacea no menos que en su
salud quebrantada por el rudo trabajo. Elevóla el día 13 de enero,
pero el gobierno no accedió a ella, ''considerando que acaso
recibirían un perjuicio las diferentes obras útiles que había
emprendido, si se retirase ahora del mando de la
provincia". Frustrado este paso, solicita licencia
temporal (20 de enero), y obtenida de quince días, creyó que, una
vez separado del mando, le sería más fácil dejarlo definitivamente,
y renunció segunda vez; pero tampoco obtuvo la resolución que
deseaba. Pudiera alguno figurarse al ver lo que sucedió después,
que tántas negativas no se encaminaban sino a aguardar ocasión y
modo de desairarle. Es el caso que de tiempo atrás había gran
desarreglo en la administración de tabacos; el prefecto Marroquín
había procurado remediarlo, aunque inútilmente; el doctor Cuervo,
su sucesor, en la primera visita que hizo a la oficina, descubrió
algunas de las faltas y formó expediente, oído el fiscal, para
cobrar las deudas existentes. Al otro mes, no habiéndose cumplido
sus órdenes, rehusó poner el
|Visto bueno al estado mensual,
y con estos y otros datos solicito del poder ejecutivo que ordenase
la visita de las oficinas de hacienda, convencido de que los males
que se advertían no podían remediarse por la sola autoridad del
gobernador. En virtud de estas indicaciones el ministro de hacienda
decretó la visita, y se consiguió el objeto deseado. Entonces, sin
oír el informe del gobernador, sin propuesta suya e infringiendo
con estos las disposiciones vigentes, proveyó los empleos de la
administración de tabacos, y para colmo de injusticia hizo publicar
tal resolución imputando en ella a descuido de los jefes de la
provincia cuanto había estado pasando. Escandecido el doctor Cuervo
con tan ofensivo proceder, hizo por tercera vez su renuncia (16 de
febrero) exponiendo estos hechos por los mismos términos que quedan
referidos, y concluía: "Tales razones y el deseo de
separarme de los negocios públicos me hacen dimitir formalmente el
empleo de gobernar en comisión de Bogotá, el de ministro
propietario de la corte de apelaciones y el de miembro de la
dirección general de estudios. ¡Quiera el cielo que esta ofrenda
aplaque el enojo de mis gratuitos y encarnizados émulos!"
El vicepresidente "creyó justo no contrariar por más
tiempo los urgentes deseos que el doctor Cuervo había manifestado
de desprenderse de estos destinos que tan satisfactoriamente había
sabido desempeñar". Y agregaba el ministro del interior,
Pereira: "Por sus conocimientos, por su actividad y entera
dedicación al lleno de sus deberes públicos, usted era sin duda
llamado a ocupar por más tiempo unos puestos que reclaman hombres
escogidos; pero usted se ha denegado de un modo decidido y
absoluto, que el gobierno ha tenido que acceder a la solicitud de
usted admitiéndole, como le admite, las dimisiones que ha
presentado, con el tributo de las gracias más sinceras a sus
importantes servicios". Estos documentos se publicaron el
19 de febrero en
|El Constitucional de Cundinamarca.
Si esto pudo parecer un triunfo a los que se creían humillados
por el mérito ajeno o a los que ven un acusador de su propia
violencia en la circunspección e imparcialidad de un compañero,
tuvo que ser para los buenos ciudadanos causa de sincero pesar,
como se podrá conjeturar cuando hablemos de los bienes que se
estaban haciendo a la provincia. La Corte de Apelaciones, en
particular, se mostró muy sensible a la separación de "un
compañero a quien amaban" y cuyo "infatigable
celo y aplicación admiraban"; expresiones, entre otras,
igualmente lisonjeras, que descubren a las claras cuánto le
estimaban, y cobran realce autorizadas con la firma del presidente
de este tribunal, que lo era don Sebastián Esguerra, maestro un
tiempo del doctor Cuervo.
Al determinarse a dejar la carrera pública, contó con que el
crédito que gozaba en su profesión le franquearía el camino para
alcanzar una posición independiente. Ya le hemos visto encargado
con don Miguel Tobar de la adaptación del Código Napoleón; y pocos
días antes de entrar a la prefectura fue llamado a dar su dictamen
sobre un punto de derecho canónico, en unión del mencionado doctor
Tobar, de Fr. Fernando Racines y el doctor Vicente Azuero. No eran
pues infundadas sus esperanzas de que, si abría bufete, como
algunos amigos le consejaban, sin mayor afán se igualaría con los
abogados de más nota y le acudirían de todo el país muchísimos
negocios judiciales; ni es dudoso que quien se captaba de juez el
respeto y simpatía de sus colegas, hiciese triunfar en estrados la
causa de sus clientes; y en verdad así sucedió cuantas veces la
tomó a su cargo. Si al ejercicio de la abogacía hubiera querido
agregar otra especulación, acrecentara considerablemente su caudal,
con sólo algunas horas de trabajo diario, pues en nuestro archivo
hallamos consultas de comerciantes respetables y manifestaciones de
gratitud por haberlos librado con sus consejos de pérdidas seguras.
Alejado entonces de la vida pública, se hubiera ahorrado disgustos
sin número, que, agotando sus fuerzas y destruyendo su constitución
física, le arrebataron en la plenitud de la vida. Pero la
Providencia lo tenía dispuesto de otro modo.
El 9 de marzo eligió la Convención presidente del Estado al
general Santander, y vicepresidente al doctor José Ignacio Márquez,
quien por ausencia del primero tomó luégo posesión del puesto.
Márquez había ostentado, siendo ministro de hacienda de Mosquera,
tántos talentos y laboriosidad, cuanto entonces y después
moderación e imparcialidad, con lo cual su advenimiento al poder,
aunque fuese por pocos días, dio grandes esperanzas para la
conciliación y el progreso. Desde luegó pensó en llamar al doctor
Cuervo a la gobernación, y no bien se trascendió este designio, se
publicaron en
|El Constitucional estas líneas:
"Sabemos privadamente que el ejecutivo trata de nombrar
para este destino (gobernador de Bogotá) al doctor Rufino Cuervo.
Si fuertes motivos y consideraciones obligaron a este ilustrado
patriota a renunciar el gobierno de la provincia, no son de menor
peso los que ahora deben estimularle a aceptarlo. Va a plantarse
una constitución, a organizarse el Estado, a establecerse un nuevo
orden de cosas. De las medidas enérgicas y saludables que se tomen
al principio en favor de los pueblos, de pende la consolidación de
sus instituciones; y para esta grande obra necesita el gobierno
supremo la cooperación de todos, y en particular de aquellos
ciudadanos que acompañen a su patriotismos probidad y saber,
actividad y firmeza. Estas cualidades distinguen al doctor Cuervo,
y son una prueba de sus talentos y aptitudes las mejoras que ha
recibido la provincia de las órdenes y decretos que dictó como
prefecto y gobernador, cuyos buenos resultados aún están sintiendo
los habitantes de la ciudad y demás pueblos que formaban el
departamento de Cundinamarca. Fácil sería hacer aquí una reseña de
sus providencias, pero nos referirnos a los números anteriores de
este periódico en que están consignadas algunas de ellas.
|El
Constitucional hará, pues, en todo tiempo el debido elogio de
la administración del señor Cuervo; y los actuales editores (así se
llamaban entonces los redactores) le conjuran para que acepte un
destino a que lo llaman las necesidades de los hijos de Bogotá y el
honor de la capital del Estado."
Llenóse el voto: en 2 de abril recibió el nombramiento, en que
se asentaba el hecho de "ser señalado para este destino
por la opinión de muchos respetables hijos de esta
provincia" Aunque se excusó de aceptar, insistiendo el
gobierno, se vio precisado a ceder, y desde ese momento volvió a
emplear en servicio público una actividad verdaderamente
increíble.
La administración de Márquez era provisional, y los ojos de
todos se volvían a Santander, que estaba va de camino en los
Estados Unidos. El 12 de marzo se le enviaron las comunicaciones de
la Convención y del vicepresidente, y el 14 partió en comisión a
encontrarle el entonces comandante Joaquín Acosta. Los liberales
todos recordaban los enérgicos esfuerzos que empleó para plantear
la constitución de Cúcuta y su celo por la observancia de las leyes
sus esperanzas ponderan de cuánto habría adelantado en Europa y los
Estados Unidos, y aun tenían por cierto que con la adversidad se
habría madurado su juicio y hasta amansado su carácter, tildado por
algunos de duro e irritable. Era, en su concepto, el hombre capaz
de organizar la nueva República y de hacer olvidar las discordias
pasadas a la sombra de un gobierno fuerte pero justo y moderador de
los partidos. Celebrose con júbilo en la capital la noticia de
haber llegado a Santa Marta el 16 de julio, y se le recibió con
patriótica efusión el 4 de octubre; que tanto así se demoró a causa
de haberse venido por Ocaña y Cúcuta, con el fin, según él dijo, de
recorrer varias provincias tomando el pulso a la opinión y
estudiando las necesidades más premiosas. Tres días después se
encargó de la presidencia, y con toda franqueza manifestó la
conducta que se proponía observar en el gobierno. En circular del
13 de octubre decía el secretario Vélez al gobernador de
Bogotá:
"Todos los granadinos deben disfrutar de las garantías
que les aseguran la constitución y las leyes, a todos se debe dar
una igual protección, y hasta los que siguieron un sendero opuesto
a los intereses sociales en los infaustos tiempos del desorden,
deben participar de los beneficios del sistema establecido. Mas el
día en que ellos, o cual quiera otro, olvidando sus obligaciones
atenten contra el Estado o pretendan turbar el reposo público,
caerá sobre sus cabezas la espada inflexible de la ley, serán
castigados con toda la severidad del caso.
"Cree S. E. que perpetuándose los nombres que alguna
vez han distinguido los partidos se perpetuarán éstos, y se
retardará la completa consolidación de la tranquilidad social,
alejándose el día deseado de una sincera concordia entre todos los
granadinos. Por lo mismo me manda encargar a V. S. influya hasta
donde sea posible para que a ningún individuo u asociación se le
califique o distinga con dichos nombres."
Sin duda que este designio de borrar los partidos que dividían
la nación era sincero y patriótico, pero no por eso menos ilusorio.
Cuando se dice al vecino: no habrá partidos, él oye la sentencia
que le anonada, y con razón no entiende otra cosa que: nadie
resistirá, nadie se bullirá ni dirá palabra. Como era natural, los
antiguos odios y rencores no se apagaron, ni el gobierno pudo
cumplir más que sus promesas rigorosas.
Instalado apenas el gobierno de la Nueva Granada, comenzó a
susurrarse que se tramaba una conspiración para derribarlo: por
abril de 1832 fueron aprehendidos los que pasaban como principales
motores y entregados al poder judicial, pero no se logró sacar nada
en claro y fueron puestos en libertad; de modo que lo único que se
hizo fue aumentar la vigilancia. Algo después acaeció un lance que
hubiera sido insignificante en otras circunstancias, pero que ahora
puso al gobierno en mucho cuidado. Celebrábase con corridas de
toros y otros regocijos populares el estreno de la capilla de Las
Cruces, reducida a escombros por el terremoto de 1827, y acabada de
reedificar en este año, gracias casi en un todo a los esfuerzos del
honrado vecino don Lucas Madero; una tarde de toros la tropa
encargada de despejar la plaza atropelló a unos jóvenes que querían
meterse a ella, de que se originó reyerta entre soldados y
paisanos, la cual a pocas vueltas se convirtió en contienda entre
gente de levita y zapatos y gente descalza. Ya comenzaban a
amenazarse con las armas, cuando el general López, que acaso se
hallaba de espectador y procuraba inútilmente departirlos, tuvo la
feliz ocurrencia de hacer soltar un toro a la plaza. El remedio fue
tan eficaz que quedó luégo despejada, y hubo tiempo de que acudiera
el gobernador con fuerza armada y pusiese fin a todo arrestando a
los principales alborotadores. No obstante lo casual del suceso,
muchos vieron aquí asomos de un movimiento, y el gobierno tomó las
más eficaces medidas para frustrar cualquiera tentativa
|
(6)
.
Entre tanto crecían los rumores, menudeaban los avisos y se
señalaban al gobierno los conspiradores, aunque de una manera vaga
que no permitía cortar de raíz el mal procediendo contra ellos. El
22 de julio de 1833 escribía el presidente esta esquela:
"Mi querido gobernador: como ni todo se debe creer, ni
nada despreciar, aviso a usted que esta noche me han dicho que
Sardá está aquí intrigando, y aun convidando para irse a Vélez o
Chiquinquirá, donde dicen que Serna hace su deber. Es imposible ya
vivir con tánta chispa, sean ciertas o falsas. Póngale usted un
espía verdadero a cada uno de esos pícaros como París, Sardá, etc.,
para saber dónde van, quiénes los ven, a quiénes hablan, etc. He
dicho lo conveniente a Montoya. Ya estoy fastidiado de tántas
camorras. Yo escribiré lo conveniente a Vélez mañana y a Tunja.-De
usted apasionado amigo y servidor,
|F. de P.
Santander."
José Sardá, español de nacimiento, había abrazado la causa de la
independencia, ascendido a general y desempeñando cargos de
consideración; borrado de la lista militar por Obando y condenado a
destierro, había podido quedarse y trabajaba por que se le alzasen
estas penas, que alegaba se le habían impuesto con injusticia;
despechado por no salir con su pretensión, se dio a conspirar, como
cabeza de los descontentos. Mariano París, coronel, era miembro de
respetable familia bogotana y caballero de excelentes prendas
personales, pero de carácter bullicioso y precipitado; tenía
influjo en los lugares circunvecinos a la capital. José María
Serna, de conexiones igualmente respetables, insinuante y generoso
para gastar su dinero, había tomado para sí el encargo de preparar
y acaudillar la revolución en las partes del Norte. Tales fueron
los principales actores en esta descabellada conspiración, víctimas
infelices, cada uno por diferente manera, de su despecho y
temeridad. Los demás eran personas de poquísima importancia.
Las denuncias del 22 no carecían de fundamento, pues que el 23
al anochecer recibió el presidente aviso cierto y con todas sus
circunstancias, de que dentro de breves horas iba a estallar la
revolución. Tomáronse sin dilación las medidas más oportunas para
coger in-fraganti a los conspiradores, y se procedió a asegurar a
varios oficiales que en el cuartel de artillería estaban de acuerdo
con ellos. Mas dio la suerte que mientras se aprehendía a Pedro
Arjona, su compañero Manuel Anguiano, hijo adoptivo de Sardá, saltó
por una ventana del cuartel y alcanzó a avisar a los de fuéra que
todo estaba descubierto. Desconcertado Sardá, partió
precipitadamente con unos cuantos de sus consortes en dirección a
Tunja, donde contaba con hallar algún apoyo, o en último caso tomar
la vía de Venezuela; pero le salieron vanas sus esperanzas, por que
llegaron con tiempo órdenes al gobernador de Tunja, y el coronel
Manuel María Franco les cortó la marcha y prendió a treinta y
tantos, que llevados a Tunja, rindieron sus declaraciones, y el 30
de julio fueron enviados para la capital. Aunque Sardá pudo
escapar, cayó a los dos días no lejos de Sogamoso en manos de los
que le seguían el alcance, y el 8 de agosto entró también preso a
Bogotá. Quedó así sofocado el movimiento sin otra pérdida para el
gobierno que la harto sensible del coronel José Manuel Montoya, que
conducía de solo a solo al oficial Pedro Arjona, arriba mentado,
del cuartel de artillería, situado en la plazuela de San Francisco,
al principal en la plaza de Bolívar; obedeciendo a su natural
generoso, no pensó en desarmarle, y el preso, fugarse, le dejó
muerto de un pistoletazo.
En las declaraciones que se tomaron al otro día de la
conspiración sonaba ya Mariano París como que estaba con una
guerrilla; el 28
|
(7)
hubo denuncio formal de que andaba por los pueblos de Chipaque y
Cáqueza seduciendo a las gentes contra el gobierno. Particularmente
indicó Santander al doctor Cuervo que podía ir mandando la partida
en cargada de aprehenderlo un capitán retirado por nombre
Castellanos; pero no hallándose éste en estado de marcha, el
gobernador designó al capitán José Manuel Calle, antioqueño, que
con motivo de un juicio militar acababa de llegar de Popayán, donde
estaba el batallón a que pertenecía. Esa misma tarde se puso en
marcha, y a las cinco de la mañana del 29 tocó en Une, a la puerta
de la casita donde supo que estaba París, quien, requerido que se
diese preso, lo hizo, y montando en su propio caballo por
resistirse a ir en otro, siguió con la partida hasta Chipaque. Por
sus palabras y ademanes sospecharon que intentaba echar mano a
alguna arma y fugarse, y para evitarlo le hizo el jefe mudar de
caballo, y después de pedir auxilio a Bogotá, auxilio que en efecto
envió el gobernador, siguió hasta el sitio llamado la Fiscala. Aquí
entró Calle a la venta a poner otro oficio al gobernador, y los
soldados a beber; París quedó fuera guardado por el cabo Tomás
Muñoz, y aprovechando esta coyuntura, dijo
|adiós,
|señores, y picó el caballo y echó a correr. Siguióle el
cabo, y a alguna distancia le disparó un tiro que, dándole en la
espalda, le hizo encorvar; en esto el sargento Eusebio Velásquez,
que ya iba en su seguimiento a pie, le hizo otro tiro, con que cayó
del caballo herido de muerte. Calle a las voces de
|se les
fue,
|se les fue, dadas por un muchacho de la venta,
monta a toda prisa y encuentra al preso con las ansias de la
muerte; Para que "no penara más", que tales
fueron sus palabras, ordenó que le acabaran: le hicieron dos tiros
más. Atravesaron en seguida el cadáver sobre una caballería,
continuaron su marcha a la capital, a donde llegaron con la tarde y
entraron por las calles más públicas. Al saberlo, vuela el
gobernador y pregunta a los jefes de la partida cómo han dado
muerte al señor París, y el teniente Torres le entregó este
oficio:
"Colombia.-Chipaque, julio 29 de 1833.
"Al teniente Francisco Torres.
"Marchará V. en el momento con el preso Mariano París,
pues yo me quedo aguardando un caballo; en la inteligencia que si
este señor se resiste a marchar o trata de tomar alguna arma para
es caparse, en el primer caso use V. de todos los medios posibles
para que marche, y en el segundo le hará usted fuego, que yo
respondo al gobierno. La precaución y vigilancia en todo es lo que
encargo a V. hasta que me reúna.
"Dios y libertad.-El capitán, J. M.
Calle."
Viendo el gobernador que Calle ofrecía aquí responder al
gobierno, corrió en busca del presidente y le preguntó qué había
sobre eso. Su respuesta fue: "Déjeme el oficio, que yo
haré mis averiguaciones." Ni una palabra más volvió a
decirle sobre el particular, hasta que en 1835, al partir el doctor
Cuervo para Europa, consiguió que le devolviese el oficio
|
(8)
.
El gobernador puso los perpetradores de este hecho a disposición
de la autoridad competente.
Instruído el sumario, de que hemos tornado los por menores de la
muerte, el auditor de guerra, que lo era don Antonio Plaza, el
conocido historiador, no halló mérito para el adelantamiento de la
causa, dictamen a que se conformó el jefe militar general José
Hilario López, con le cual cortaron la causa. La ingenuidad del
jefe y los soldados al declarar contestes la fría inhumanidad con
que acabaron al infortunado caballero, prueba que los pormenores
del hecho son ciertos, pues si hubiera habido interés en encubrir
la verdad, no se habría cargado la mano en atrocidad semejante.
La compasión y el horror que excitó la vista del cadáver, la
circunstancia de haber recibido el gobernador delante de todo el
mundo el papel que queda copiado, y la absolución dictada por el
tribunal militar dieron margen para que el espíritu de partido se
imaginara un plan trazado de ante mano para asesinar a París. Los
jefes de la partida, dijeron los enemigos del gobierno, llevaban la
orden expresa, esa orden fue la que pidió y guardó el gobernador
para que no quedase testimonio, y la impunidad de Calle y sus
cómplices es la comprobación más fehaciente del crimen.
Estas hablillas se acallaron por entonces, pero hicieron
violento estallido el 27 de marzo de 1840, en aquella memorable
sesión de la cámara de representantes en que el coronel Borrero,
como señalando con el dedo a Santander, dijo: "Yo no di
orden al comandante de una escolta que llevaba preso a un individuo
para que, suponiendo que quería escaparse, lo asesinasen por la
espalda, como sucedió aquí con el señor Mariano París." El
mismo cargo en términos más exagerados e injuriosos hizo después al
doctor Cuervo un libelo escrito con el designio de tiznar la
reputación de todo hombre respetable y honrado del país, y al cual
nadie, excepto el general Mosquera, creyó decoroso contestar. Las
circunstancias que acompañaron este suceso lamentable demuestran
bien que fue casual e imprevisto por parte del gobierno, y su
trágico desenlace sólo es a de la barbarie a que llegan los
soldados tras largos años de desorden, haciéndose sordos a la
compasión, despreciadores de la vida ajena e incapaces de toda idea
de responsabilidad. Cuando fue muerto París, ya estaban presos
algunos otros conspiradores y daban luz sobre el plan y los
comprometidos en él, de un momento a otro debía recibirse noticia
de la aprehensión de los fugitivos; el gobierno tenía a su
disposición la terrible ley de 3 de junio de 1833, con la cual
podía condenar a muerte no solamente a los que por medio de
|tumultos o
|facciones tomasen las armas para destruír
las autoridades constituídas o para cambiar la forma de gobierno,
sino también a los que tuviesen comunicación con el enemigo,
tumulto o facción, y a los que aconsejasen, auxiliasen o fomentasen
la rebelión, traición o conspiración. ¿A qué, pues, ordenar un
asesinato con las circunstancias más agravantes? ¿A qué hacer un
mártir de quien, según las ideas del tiempo, podía resultar un
criminal? ¿A qué perder el efecto que se proponía conseguir el
gobierno haciendo un grande escarmiento, como lo hizo luégo sin
disfraz ni consideración alguna? Para concebir tal asesinato como
lo imaginaron los enemigos de Santander, será menester borrar todas
las consideraciones antecedentes y los hechos en que se fundan, y
luégo suponer que era París algo como un duque de Enghien,
representante glorioso de una gran causa, e incompatible su
existencia con la de Santander y los miembros de su administración.
Y nada de esto había: aquel ciudadano era uno de los varios que
tramaban una revuelta, sin descollar único entro ellos, y no hubo
por tanto ni razones políticas para deshacerse de él cuanto antes,
como no las hubo personales, para sacrificarlo a un odio cruel. Y
esto sin hablar de la falta absoluta de perspicacia y habilidad que
sería necesario atribuír a los que ordenasen semejante maldad.
No bien se descubrió la conspiración, empezó a instruírse el
sumario de los complicados; llovieron, como era natural, las
delaciones, y se prolongó tánto la causa, que hasta el 26 de
septiembre no se sentenció en primera instancia por el juez letrado
de hacienda, a quien competía actuar conforme a la ley de 3 de
junio. Subió esta sentencia al tribunal de apelaciones, que la
pronunció definitiva el 12 de octubre, condenando a la pena capital
a cuarenta y seis de los acusados, aunque pidiendo conmutación para
treinta y seis. El presidente no la conmutó sino a veintiocho, y el
16 del mismo octubre fueron los restantes (excepto Sardá, como
luégo veremos) pasados por las armas con todo el horrible y lúgubre
aparato que de tiempo inmemorial se estilaba para las ejecuciones
dé los malhechores. Hoy nos estremecemos al pensar que por causas
políticas se quite a uno la vida, cuanto más a diez y siete, y
todos los partidos están conformes en que la ley no castigue con
pena de muerte a los revolucionarios. Ni puede ser de otro modo:
¿cuál es el partido que no ha dictado leyes después de haber
conspirado con razón o sin ella? ¿Cuál está seguro de no volver a
conspirar? Mas no era lo mismo en los primeros años de la
República. Las revueltas pasadas, las conmociones sin fin de la
América española inspiraban a nuestros padres el temor de ver
comenzar una nueva éra de desórdenes; y cuando procuraban arraigar
un gobierno firme, era para ellos el revolucionario como monstruo
que destruía sus esperanzas y la paz y bienestar de sus
descendientes. Agravábase en el caso presente la causa de los
conspiradores con el hecho de no tener bandera alguna, pues era
cosa de risa el tomar como tomaban el nombre de la religión. Sería
un grave error pensar que este rigor legal era capa con que se
rebozaba una represalia de los perseguidos el año de 1828 o de
1830. En el proceso tuvieron los defensores toda la libertad
apetecible, y uno de ellos, el doctor Eladio Urisarri, que lo fue
de Sardá, hizo violentos ataques al gobierno, sin más consecuencias
que una reconvención del tribunal. Don Ezequiel Rojas y don Vicente
Azuero, a quienes como conjueces tocó fallar, fueron los que
pidieron la conmutación para treinta y seis, mientras que hombres
que no padecieron lo que aquéllos y a quienes estamos todos hechos
a mirar como moderados en los partidos posteriores, opinaban por la
necesidad de un castigo ejemplar. Para que no se nos crea sobre
nuestra palabra vamos a aducir testimonios los más autorizados de
la opinión corriente: el 30 de julio de 1833 escribía de Tunja el
general José Hilario López al doctor Cuervo: "Procure
usted que en el término de la ley se fusile a todos los que deben
sufrir la pena que ella impone, y que se haga el aniversario de los
treinta y nueve con otros tantos que he remitido. Es preciso cerrar
los ojos a toda consideración, si queremos quietud en lo sucesivo''
|
(9)
. El teniente
coronel Joaquín Acosta, contestando como presidente de la Cámara de
Provincia la memoria del gobernador de Bogotá, le decía en 17 de
septiembre: "Los hechos escandalosos que en esto últimos
días han sido presenta dos por una faccion obscura y desaforada que
intentó conculcar las leyes, segar en su flor la familia granadina
y trastornarlo todo, han llenado a los que componen la cámara de
asombro por lo que tienen de temerarios, de sentimiento por lo que
tienen de ingratitud, y de indignación por lo que tienen de
horrendos; pero les queda la satisfacción de que a los ojos del
mundo sensato esto no puede afectar de ninguna manera el honor de
la provincia, mucho más cuando se vea que las leyes ofendidas
reciben una satisfacción digna en el mismo lugar que se intentara
convertir en teatro de estupendos crímenes."
Si éstas eran las ideas de la parte más sana, ¿qué mucho que
|El Cachaco de Bogotá, que representaba la fracción
intolerante, lamentara que se hubiera conmutado la pena de muerte a
veintiséis de los condenados? Antes, pues, es de extrañar que no
fuese el gobierno todavía más duro; por eso consuela oír voces de
moderación como las que el secretario del interior, don Lino de
Pombo, dirigió al gobernador el 10 de octubre con ocasión de las
revelaciones que prometía hacer el preso Juan Arjona: ''En las
circunstancias lamentables del día, en que un crecido número de
individuos se hallan acusados del crimen de conspiración y
sentenciados en primera instancia la mayor parte de ellos a muerte
o a presidio, nada es más contrario a las ideas del ejecutivo que
suscitar nuevas persecuciones y descubrir nuevos delincuentes,
cuando lo que desea con más ansia es ver disipados para en adelante
todos los motivos o pretextos de desconfianza individual, sosegados
los ánimos, enjugadas las lágrimas de las familias, y echado un
denso velo sobre el origen y efectos de las presentes
calamidades."
El rigor de estas ejecuciones calmó la indignación primera, y
movió, como lo hace siempre la sangre derramada, a compasión para
con los muertos; de modo que a los pocos meses produjo efecto
desagradabilísimo la ejecución del joven Anguiano, el oficial aquel
de artillería que dio el aviso a Sardá, y que habiendo huído con él
y logrado escaparse cuando cayó éste en Quebrada-honda, fue después
aprehendido en Pore. El tribunal, pidiendo la conmutación, decía el
11 de diciembre de 1833: ''Después que para el castigo de este
mismo delito y para el escarmiento de los que aún pueden permanecer
ilusos, se ha presentado el triste espectáculo de diez y siete
víctimas que, con su sangre han satisfecho la vindicta pública y
han acreditado que la ley no se viola impunemente, un nuevo
sacrificio de sangre podrá presentar a los ojos de este mismo
pueblo y aun a los de otras naciones civilizadas la presente
administración como bárbara y enemiga de la especie
humana." No desaprovecharon este apunte los enemigos del
gobierno, y ora reproduciendo, ora comentando o adulterando una
tierna carta escrita desde la capilla por Anguiano a su madre,
excitaban por todas partes el odio. Aunque es preciso confesar que
si Santander se guió para conmutar o no la pena de muerte a los
primeros sentenciados por las circunstancias del proceso que
atenuaban o agravaban su culpabilidad, difícilmente pudiera usar de
clemencia con Anguiano, que a todo agregaba el ser militar en
servicio, lo que para un general veterano constituye además una
falta imperdonable en que ve comprometida la disciplina y moralidad
del ejército.
Nuevo alimento para esta guerra dieron las circunstancias que
acompañaron la muerte de Sardá. Este se había fugado de la cárcel
el 11 de octubre, en vísperas de notificársele la sentencia de
muerte que debía ejecutarse al mismo tiempo que en sus compañeros.
La evasión se verificó entre las dos requisas de seis y ocho de la
noche, favorecída por uno de aquellos aguaceros espantosos que tan
comunes son en Bogotá durante este mes, y cooperando, a lo que se
sospechó, un empleado de la cárcel. Quedaron en el calabozo puestos
algunos clavos y abierta una tronera como a seis varas de altura en
el espacio de una ventana tapiada, y atadas y colgando por fuéra
unas mantas. El preso había limado los pesados grillos que con su
nombre se hicieron famosos; pero no pudiendo todavía andar, le
llevó en hombros hasta ponerle en salvo el canónigo don Antonio
Herrán, único que había tenido entrada al calabozo. Tan bien
supieron esconderle, que no fue posible dar con él. El gobierno no
se sentía seguro; a cada paso temía una conspiración y nadie tenía
sosiego; el presidente salía con una escolta, temeroso de alguna
asechanza, y no revolvía otro pensamiento que el de asegurar al
cabecilla. Al cabo de un año se brindó sin pensarlo una ocasión. El
alférez Ricardo Serna, adicto a Sardá, se descubrió a los oficiales
Pedro Ortiz e Ignacio Torrente, convidándolos a tomar parte en una
conspiración; ellos fingieron aceptar, y en seguida lo pusieron
todo en conocimiento del presidente, quien, según él mismo lo dice,
impuso al consejo de gobierno, y con su voto resolvió que todas las
medidas se contrajesen, no a descubrir los revolucionarios sino a
apoderarse del jefe Sardá, para privar a los revoltosos del único
caudillo que tenían, ejecutando la sentencia de muerte dada un año
antes contra él. Los oficiales, industriados por el presidente,
lograron el 22 de octubre que el joven Cleto Margallo los llevase a
la casa en que se encontraba Sardá, cerca de la iglesia de La
Candelaria, y uno de ellos le dio muerte entre las demostraciones
de amistad. Habíalos seguido una escolta disfrazada, que entró a la
casa a tiempo que el infeliz caía expirante. En éste, como en casos
parecidos, es difícil saber lo que se debe a las órdenes del
superior y lo que de su parte acarrean las circunstancias o el
dañino celo de los subalternos. Ello es que el presidente asumió
completamente la responsabilidad de lo hecho, alegando la
inaceptable razón de que en esta muerte no hubo sino la ejecución
de una sentencia ejecutoriada.
Entre los incidentes relacionados con la conspiración y
producidos por la saña mezquina e implacable de los partidos, no
dejaremos sin mencionar la expulsión de doña Manuela Sáenz, aquella
mujer que Bolívar llevó a Bogotá después de la campaña del Perú, y
harto conocida por el escandaloso alarde que hacía de esas altas
relaciones a los ojos de una sociedad en parte amedrentada y en
parte demasiado agradecida. Tuvo decisiva influencia en la suerte
de la República cuando la noche del 25 de septiembre, atajando en
la puerta de la alcoba a los conspiradores, dio tiempo para que el
Libertador se escapase por una ventana; y constantemente ocupó la
atención pública con sus locuras. Se presentaba con frecuencia a
caballo vestida de oficial y seguida de dos esclavas negras con
uniforme de húsares, que se llamaban Natán y Jonatás. En este
traje, ella espada en mano y las negras con lanza, salieron en
1830, la víspera de Corpus, y rompiendo en la plaza mayor por la
muchedumbre y atropellando las guardias, fueron a desbaratar los
castillos de pólvora en que se decía haber figuras caricaturescas
del Libertador. Días después, en la entrada solemne del presidente
electo Mosquera, se desató públicamente en improperios contra el
gobierno y la población, acusándola de ingrata para con su
libertador. Cuando éste dejó a Bogotá, fue su casa el centro de los
bolivianos exaltados, y durante la dictadura de Urdaneta tuvo gran
mano en la cosa pública. Restablecido el gobierno legítimo en 1831,
se le intimó el destierro de orden del vicepresidente Caicedo; lo
cual no pasó de una pura amenaza. Sindicada luégo de acoger a los
desafectos y auxiliar a los conspiradores, se le exigió
privadamente en varias ocasiones que saliese del país. En estas
circunstancias dejó el doctor Cuervo temporalmente la gobernación,
y la primer medida de su sustituto fue notificarle el
extrañamiento, dándole plazo de algunos días para que arreglase sus
asuntos; pensando ella sin duda que no se atreverían a sacarla por
fuerza, se finge enferma; el día fijado, a las tres de la tarde, él
alcalde ordinario acompañado de un alguacil, se presenta en la
casa, y dejando en la puerta de la calle diez soldados y ocho
presidiarios, penetra hasta la alcoba a despecho de las voces y
amenazas de las negras, y le requiere que se vista y se ponga en
camino. Ella incorporándose, toma sus pistolas y jura que matará al
primero que se le acerque; el alcalde se retira en busca de nuevas
instrucciones, y reiterada la orden, vuelve, quítanle las armas,
métenla, arropándola decentemente, en una silla de manos, y no
siendo ya hora de emprender viaje, los presidiarios la llevan al
|Divorcio o sea la cárcel de mujeres, y encierran a las
negras en sendos calabozos. Al día siguiente (14 de enero de 1834),
también en silla de manos y acompañada por el alcalde, llega a
Funza, donde estaban los caballos preparados por el gobierno para
la marcha, y recobrando su buen humor, sigue contenta su viaje para
el Ecuador por la vía de Cartagena.
Con todas estas medidas represivas apenas logró el gobierno atar
las manos de los descontentos, pues la facilidad con que se eludían
las leyes de imprenta y que contrastaba singularmente con el rigor
de las de orden público, les ofrecía un fácil desahogo, que por
cierto no desaprovecharon, particularmente en Bogotá y Cartagena.
|El Cachaco de Bogotá, redactado ostensiblemente en un
principicio por don Florentino González y don Lorenzo M. Lleras, y
luégo sólo por el primero, tuvo grandísima influencia en levantar y
agriar la oposición pues era público que en esta hoja escribía el
presidente Santander. Sin faltarle algún móvil patriótico, parece
no obedecer a otro plan que al de invectiva violenta, aunque hecha
a menudo con desenfado y aun con gracia. En vano se buscará ahí un
principio dominante o consecuencia en las ideas; así, por ejemplo,
sin salirnos de las materias religiosas, no hallaba
|El
Cachaco en los eclesiásticos otro título de alabanza o
vituperio que su mayor o menor adhesión al gobierno actual. Se
burla de las logias como de reuniones de necios, y reputándolas
peligrosas si caen en manos de los enemigos del gobierno, pide que
sean destruídas, fundando su argumentación en las censuras
fulminadas por la Iglesia; y al mismo tiempo propone al congreso la
extinción de los conventos y la apropiación de las manos muertas al
fisco. Atestado siempre de descomedidos ataques a las personas, dio
origen a animosidades, amenazas, pasquines y constante zozobra.
Puesto así el tono, brotaron muchos periódicos, ya serios, ya
jocosos, como Los
|Díceres en Bogotá, y en Cartagena,
|El
Piringo, que tomó este nombre con que entonces se designaba
familiarmente a los habitantes de esa población, como para
encararse mejor al
|Cachaco, título que representaba la
juventud bulliciosa de la capital
|
(10)
. Por dicha no todo fue insultos y
chocarrerías, pues que hubo patriotas que inculcaban la templanza y
decencia en los debates; hízolo siempre dando el ejemplo con el
consejo
|El Constitucional, órgano de la gobernación de
Bogotá.
Pintan al vivo la agitación de la prensa en esos tiempos las
siguientes palabras con que
|El Nacional lamentaba la
desaparición del periódico que armó esta gresca:
"
|El Cachaco ha escrito patrióticamente mil
veces, habrá sido injusto, exaltado, personal quizá otras mil, pero
no por un desliz se ha de privar el pueblo de un Argos, y el
gobierno de un sostenedor.
|El Cachaco retirado parece que
deja en problema su crédito y en tesis el triunfo de los enemigos
de la patria. Muchos escritores han salido a luz en la Nueva
Granada sólo por contradecir al
|Cachaco; ésta es una guerra
en que el pueblo y las libertades públicas siempre gana: se han
dejado conocer nuevos talentos, picantes, denodados, graciosos, y
también miserables rapsodistas: todo contribuye al bien. Se
deprimía al Cachaco porque escribía a favor del jefe de la
administración y ¿esto qué importa? ¿No escribían otros en su
contra? El equilibrio queda establecido. Que el mismo presidente
escribía en él? Tanto mejor; no es el gobernante de peor condición
que el gobernado. Lejos de vedar esta arma al jefe del Estado,
nosotros aplaudimos que use de ella. Gloria sea dada a la nación
granadina si tiene un presidente que no se hace sordo al clamor de
la imprenta, que no desprecia las plumas que le censuran, que se
apresura a satisfacer las dudas que se suscitan, y que se empeña en
sostener sus providencias no con venganzas, ni proscripciones, ni
con un "yo lo mando, yo lo quiero", sino con
razones que las justifican. Vuelva
|El Cachaco a la arena,
ilustre S. E. su administración, la oposición no desmaye, y el
pueblo sabrá por qué obedece, el crítico por qué calla; el
magistrado quedará refrenado, el maligno confundido, y la nación
incontrastable.''
Entre todos el adversario más terrible del gobierno y de
Santander mismo fue, a no dejar duda, el doctor Eladio Urisarri,
que para combatirlo empleó todos los tonos y una actividad casi
febril. No sólo escribía en los periódicos de la capital, sino que
enviaba constantemente artículos a los de provincia para
mantenerles unísonos; sin que fuesen parte a imponerle silencio las
repetidas acusaciones intentadas ante el jurado por el ministerio
público.
|El imperio de los principios, en que tuvo por
colaboradores a don Joaquín José Gori y don Alejandro Osorio, fue
la más importante de estas publicaciones; las
|Cartas al general
Santander, algo posteriores, la más apasionada. Como el doctor
Urisarri era liberal por principios, Santander se despicó en sus
|Apuntamientos achacando su oposición a resentimiento
personal o mejor dicho, literario.
Lo cierto es que estas reyertas periodísticas, la severidad
empleada contra los conspiradores y la facilidad que prestaba la
ley para perseguir como tal por los más fútiles pretextos a
cualquiera desafecto, mantuvieron vivos los antiguos odios y
estorbaron la calma y la reconciliación. Aún más: desde su número
2º (26 de mayo de 1833) condenó
|El Cachaco al desprecio la
moderación en política, protestando sus redactores tener la dicha
de no contarla entre sus cualidades; y al número siguiente ya
hicieron de ella un cargo al doctor Cuervo, con ser, como
gobernador, incansable promovedor de la seguridad y bienestar
públicos. Así se conservó también viva la división entre liberales
moderados e intransigentes, que apareció en la aurora de la Nueva
Granada. Por más que el presidente se la deara a los últimos, no
dejaron los otros de ejercer sobre él benéfica influencia, a la
cual se debió que hiciese cesar el mencionado, periódico
|
(11)
. Hallábanse pues los
partidos al declinar la administración del general Santander en el
mismo pie, si no peor, que bajo el duro gobierno de Obando.
|
(1)
|
Véase el
|Neogranadino de 10
de febrero de 1849.
|
|
(2)
|
Así lo manifestó don Andrés
Marroquín en nota oficial publicada en El Constitucional de
Cundinamarca de 4 de marzo de 1832.
|
|
(3)
|
Palabras del general J. H. López dirigidas al doctor Cuervo en
una comunicación de acción de gracias, en su propio nombre como
comandante en jefe de la primera columna y en el de los jefes y
oficiales de la misma (31 de diciembre de 1833).
|
|
(4)
|
Palabras del secretario Pereira en
oficio dirigido al gobernador el 10 de diciembre de 1831, número
319.
|
|
(5)
|
Oficialmente se decía
|Buenaventura Ahumada, Ramón
|Beriña, pero la gente llamaba a estos señores como queda
puesto en el texto. El último, que volvió a ser insigne en la
dictadura de Melo, decía estas palabras en una representación para
que se le alzara el confinamiento a Antioquia, apoyada entre otros
por el general Caicedo: ''Es cierto que al fin de la época de ellos
(de los trastornos pasados) ejercí el destino de juez político de
este cantón; pero lo es también que no obtuve el nombramiento a
virtud de pedimento ni mucho menos como en premio de ningún
servicio, porque siendo por su naturaleza concejil, sin sueldo ni
indemnización del trabajo, más bien es una carga insoportable; y
para mí lo fue tánto que a ella debo las animosidades que algunos
me profesan, porque el tiempo en que desempeñé aquel destino fue
precisamente el de las persecuciones, y aunque éstas no pudieron
manar de mi voluntad, ni ejecutarse por mi disposición, se me ha
creído por varios el autor''. Bogotá, diciembre 19 de 1831.
|
|
(6)
|
Memorias del general José Hilario López, tomo I, pág. 283.
|
|
(7)
|
El general Posada en sus
|Memorias (tomo 2º, páginas 38 y
124) refiere este hecho con alguna confusión e inexactitud; por
ejemplo, él da por supuesto que las providencias para la
aprehensión de París se tomaron en la madrugada del 24, antes de
partir el mismo para Zipaquirá, y que inmediatamente se llevaron a
efecto; cuando es constante que nada de esto se hizo hasta el 28.
En
|El Constitucional de 4 y 18 de agosto se hallan la orden
dada a Calle y las comunicaciones que se cruzaron durante la
comisión; son como siguen:
Bogotá, julio 28 de 1833.-El capitán José Manuel Calle y el
teniente Francisco Torres siguen a Chipaque y demás pueblos del
cantón de Cáqueza a buscar y a prender a Mariano París. Las
autoridades todas les prestarán cuantos auxilios necesiten y harán
comparecer dentro de veinticuatro horas a Gabriel y Gregorio
Sabogal y a Faustino Cubillos a que den una declaración ante el
juez letrado de hacienda-El gobernador, RUFINO CUERVO.
Estado de la Nueva Granada. Partida en Comisión. Chipaque, julio
29 de 1833.
Señor gobernador: Ahora que son las siete de la mañana acaba de
llegar de Une, en donde a las cinco de la mañana de hoy hice preso
al señor Mariano París; y como lo conduzco muy mal montada la
partida y temo pasar la noche en el camino con este preso, V. S. me
mandará cuatro caballos buenos con los que me bastan para llegar a
ésa con el preso hoy mismo, y de lo contrario, mandarme la orden de
marchar a pie, pues de este modo habrá más seguridad. Dios guarde a
V. S.-El capitán, J. M. CALLE.
Colombia. Estado de la Nueva Granada. Gobierno de la Provincia.
Bogotá, 29 de julio de 1833, 23º.
Al señor capitán Manuel Calle.-Remito a V. los cuatro caballos que
no pide en su comunicación de hoy, para que inmediatamente regrese
a esta capital con a partida que está a sus órdenes, sea a pie o a
caballo, supuesto que ya está llenada su comisión. Igual orden de
regreso dará al teniente Joaquín Delgado, que con treinta hombres
ha seguido hoy a ponerse a las órdenes de V.
Dios guarde a V.-
|Rufino Cuervo.
|
|
(8)
|
Así lo escribió el doctor Cuervo en el respaldo del documento
original, de que lo copiamos.
|
|
(9)
|
Igualmente rigoroso se muestra en la comunicación oficial
publicada en La
|Gaceta de 4 de agosto de 1833.
|
|
(10)
|
''Antes de la famosa y deplorable rebelión de 1830, tan grata a
la memoria de los enemigos descubiertos y solapados del sistema
liberal republicano, llamábase
|cachaco al que se vestía con
desaliño, o que era de poca consideración, especialmente si era
joven. Pero como en las revueltas de 1830 los jóvenes, y con
particularidad los
|estudiantes tomaron una parte activa en
defensa de las leyes ultrajadas y de la oprimida libertad, los
serviles y monarquistas los denominaron
|cachacos, por vía de
desdén y menos precio.
|Cachacos fueron los que, en la
rebelión del batallón
|Granaderos, sostuvieron el orden y las
autoridades, asociados a la milicia nacional; cachacos fueron
muchos de los que concurrieron con tesón a la plaza pública a hacer
el servicio en el agosto escandaloso del año de 1830;
|cachacos fueron muchos de los que formaron las guerrillas
patriotas, que tánto molestaron al usurpador Urdaneta; y muchos
cachacos se hallaban entre las tropas que coadyuvaron a restablecer
la constitución y el reinado de la ley. Los serviles, para
denominar un liberal, lo apellidaban
|cachaco; a los
militares jóvenes y liberales los llaman
|cachacos; a la
republicana cámara de representantes de 1833, la titulaban
|cámara de cachacos; y a todo lo que huele a republicanismo,
contrapuesto al gobierno boliviano o urdanetista, lo bautizaban con
el nombre de
|cachaco. Hé aquí, pues, que habiendo llegado la
voz indígena
|cachaco a ser sinónima de liberal, nosotros la
hemos adoptado de muy buena gana para nuestro papel, y nos hemos
honrado, nos honramos y nos honraremos siempre (no embargante el
exquisito gusto del
|Pensador granadino) de pertenecer a los
cachacos''. (
|El Cachaco de Bogotá. 1º de agosto de 1833).
Con este vocablo, que nosotros mismos alcanzamos todavía a oír en
su antiguo sentido, se denota hoy un joven elegante. Las palabras,
a par de la instituciones, las costumbres, las opiniones, cambian
al influjo de la revolución.
|
|
(11)
|
El último número del
|Cachaco se publicó el 20 de abril
de 1834. Los redactores del Argos, contestando en 1838 a
|La
Bandera Nacional, que en nada degeneraba del Cachaco por su
espíritu y estilo, decían: ''Preguntaremos al articulista: ¿ Cuál
de los del círculo argivo, esto es, de los redactores del
|Argos, ha adulado alguna vez al
|general de división?
¿Servir al país en un destino nacional en el tiempo en que él
gobernaba la República, ha sido adularlo? Ignora usted quiénes
fueron en aquella época las personas que interpusieron su voz con
el general Santander para que cesase la publicación del
|Cachaco, lográndolo al fin? ¿Ignora ciertas anécdotas del
consejo de gobierno, demasiado sabidas aquí y en las provincias?''
(
|Argos, número 25).
|