INDICE




CAPITULO V

 

EL ECO DEL TEQUENDAMA

 

Vuelve el doctor Cuervo a Bogotá.-Sabe antes de llegar la conspiración de septiembre-Nombrado fiscal de la Corte de Apelaciones del Centro.-Empéñanse algunos amigos para que sea nombrado ministro en Holanda.-Comisión para adaptar el |Código Napoleón.-Situación política.-Los liberales moderados se quedan sin bandera.-Muchos se ponen del lado de Bolívar. Estimula éste a que se expresen las opiniones sobre la forma de gobierno que debía adoptarse.- |Meditaciones Colombianas. Ideas monárquicas,-Opinión en el sur.- |Eco del Tequendama: su principios y materias que en él se tratan; acogida que tuvo. Ultimos sucesos de Colombia.

 

El 5 de mayo de 1827 había muerto en Bogotá don Carlos de Joaquín de Urisarri, y como la familia encontrase algunas dificultades para el arreglo de sus intereses, creyó el doctor Cuervo de su deber trasladarse a la capital con el fin de prestarle sus servicios; viaje que hizo naturalmente llevando consigo a su esposa. Lo anunció a sus cuñados desde el mes de mayo de 1828, y lo puso por obra a principios de septiembre, obtenida licencia temporal para separarse de la fiscalía. No hay para qué ponderar la pena con que dejarían una ciudad en que habían recibido tan encontradas impresiones: apacibles unas con lo nuevo y peregrino de la escena, con los goces de la amistad y con los obsequios y atenciones de que habían sido colmados; tristes las otras y desgarradoras, como los horrores del terremoto y la pérdida del primogénito; y todas capaces de detenerlos, que los corazones sensibles no menos se apegan a los sitios en que han padecido que a aquellos en que han gozado Atestígualo así el hecho de haber mirado siempre nuestros padres su permanencia en Popayán como una de las épocas más risueñas de su vida; de suerte que en nuestra casa se hablaba siempre con tal cariño de esta ciudad, que nosotros aprendimos a amarla y a recordar con agradecimiento su generosa hospitalidad.

La Corte Superior de Justicia, la Universidad, los empleados, las personas todas con quienes había tenido que ver el doctor Cuervo, dieron inequívocos testimonios de alta estimación a su persona, de cumplida aprobación a su conducta social y política y de gratitud a sus servicios. El intendente Mosquera y don J. Rafael Arboleda, grande amigo del Libertador, escribieron a éste manifestándole cuán provechoso sería a Popayán que el doctor Cuervo volviese a su destino. No Haríamos aquí mención de tales empeños si no corriesen impresas las cartas en que se hacían | (1) , y si la buena voluntad con que el señor Arboleda quiso conciliar a sus deseos la condescendencia del Libertador, no le llevara a disculpar con injusticia e inexactitud al mismo a quien quería favorecer. Presentábale como débil de carácter y actualmente resentido con Santander y Soto porque habían querido descargar sobre él la criminalidad de La Bandera tricolor. Lo que dejamos historiado acerca del juramento de los empleados de Popayán, debió probar al señor Arboleda que poseía el doctor Cuervo la entereza y energía del hombre consecuente con sus principios; ni éste podía estar quejoso de Soto, que ninguna parte había tenido en tan conocida publicación, y mucho menos le fuera posible decir lo mismo respecto de Santander, cuando debía ser notorio en la ciudad que estaba en constante correspondencia con él, supuesto que todas sus cartas traían autógrafas en el sobre sus iniciales.

Poco faltaba para vencer el penoso viaje, cuando al llegar a Tocaima, el 1º de octubre, supo el doctor Cuervo la conspiración del 25 de septiembre, y que, errado felizmente el golpe, casi por milagro había escapado con vida el Libertador; de modo que entró a Bogotá en medio de la consternación producida por el atentado y por los procesos y la ejecución de los culpados. La impresión que recibió su ánimo se colige de estas palabras de don Manuel José Mosquera en carta escrita de Popayán el 22 de octubre: "Coincidimos con mucha frecuencia en nuestras reflexiones. He escrito a usted lamentándome de la inmensa pérdida de nuestra moral, con motivo del atentado del 25 de septiembre, y usted hace lo mismo en su carta citada (de 8 del mismo mes). Estamos perfectamente acordes en ideas como en sentimientos." Hecho ya a la apacible serenidad de Popayán, escenas tan tristes le inclinaron a volverse prontamente a ella, y así lo comunicaba a su amigo el señor Mosquera, que recibió con júbilo semejante resolución. No obstante, después de algunos días con la satisfacción de hallarse en medio de su familia y de sus amigos, se moderó aquel deseo, y suprimida por el gobierno una de las fiscalías de la Corte de Apelaciones del Cauca (decreto de 6 de noviembre), y reorganizados los tribunales de la República por el decreto de 18 de noviembre, aceptó en la Corte de Apelaciones del Centro el puesto que ocupaba en la del Cauca. A este destino estaba llamado naturalmente, no sólo como a un ascenso a que le hacía acreedor la carrera que llevaba hecha, sino la circunstancia de haberlo desempeñado interinamente en otra ocasión, como también el cargo de juez en el mismo tribunal. Era tan urgente la reorganización decretada por el Libertador, que la sala del crimen de Bogotá recibió setecientos y tantos procesos que yacían olvidados | (2) ; y cosa honrosa para los jueces y para los fiscales (que despachaban indistintamente en esta sala y en la de lo civil), a la vuelta de un año los tuvieron todos definitivamente sentenciados. El doctor Cuervo se consagró con tal asiduidad al trabajo, que repetidas veces sintió flaquear su salud, y se vio precisado a interrumpirlo saliendo al campo, y en particular a una pequeña propiedad que había comprado no lejos de la ciudad. Varios de sus amigos, viéndole tan quebrantado, se empeñaron en que hiciera un viaje a Europa, y para este fin solicitaren del Libertador que le nombrase ministro en Holanda. Este contestó al general Herrán, quien había tomado el asunto con el más amistoso interés: "Yo no puedo disponer de la legación de Holanda, porque ya está dada a R. Arboleda, que parte para Europa pronto. Además que aquí necesitamos a Cuervo para veinte cosas: después será mejor su viaje" | (3) . Pero no por aquellos achaques se esquivó de otras cargas. A mediados de 1829 dispuso Bolívar que examinase el Código Napoleón una comisión presidida por el ministro de lo interior, a fin de presentarlo con las oportunas reformas al Congreso Constituyente, y en el mes de agosto el consejo de ministros designó para el efecto a don Miguel Tobar y al doctor Cuervo. El primero hubo de renunciar, pues en octubre formaban la comisión el doctor Cuervo, don Manuel Camacho Quesada y don José Angel Lastra. No sabemos hasta qué punto se adelantó esta revisión | (4) , pero referiremos una anécdota curiosa, que pinta las contrariedades anejas a la vida literaria en lugares cortos. Comunicó el doctor Cuervo, la empresa en que estaba a su amigo el canónigo Mosquera, convidándole a que se encargar de una parte; hízolo éste de muy buen grado, ofreciendo trabajar lo relativo a sucesiones, y cuando tenía ya bien adelantada la labor, hé aquí que llega Bolívar de vuelta del Ecuador, y pide el prefecto, para recibirle, la casa que habitaba Mosquera; tiene éste que mudarse precipitadamente, y al cabo de algunos días de forzosa suspensión reconoce casualmente un fragmento de su manuscrito en un cartucho de alhucema; corre a buscar: ni papeles ni código impreso encontró; toda diligencia fue inútil, pues en una botillería habían dado cuenta de ellos: era el único ejemplar que había en Popayán, y se lo había prestado un amigo. Este fin tuvo su afectuosa cooperación.

Entre tanto el estado de las cosas públicas era cual nunca se había visto antes. Los dos partidos que, como hemos dicho, dividían a Colombia al convocarse la convención de Ocaña, los unos queriendo darlo todo y someterlo todo al Libertador, los otros sacrificándolo todo al régimen constitucional, no tardaron en llegar a un rompimiento. Reunida la Convención, sus miembros desautorizan la constitución de Cúcuta, declarándola defectuosa, se parten en bandos irreconciliables, se disuelven sin dar otra, y en los pueblos se hacen actas para ponerse sin reserva en manos del Libertador. Persuadidos al liberales frenéticos, en vista de lo que había estado pasando desde 1826 hasta esos momentos, de que era imposible la creación de una república verdadera mientras el nombre de Bolívar fascinase, como fascinaba, a las muchedumbres, atentaron contra su vida; el espanto causado por este sangriento desvarío enajenó las simpatías a la causa de sus autores y selló la ruina del antiguo régimen legal; de donde vinieron a quedar sin bandera los liberales moderados que no participaban de aquellos furores. Sin constitución, con un gobierno puramente provisional, perdida la fe política, divididas las opiniones entre proyectos desconformes, algunos jamás oídos desde que fue proclamada la independencia, nadie podía prever cuál sería la suerte final de la República.

Por este tiempo era la América española teatro de escandalosas y al parecer interminables discordias, y todo anunciaba también para Colombia el principio de aterradora anarquía. Ya eran señalados con el dedo los caudillos que se adjudicarían los pedazos de la patria, y combatirían para defender su presa, y los ciudadanos pacíficos como que buscaban un abrigo para la borrasca | (5) . El patriotismo no hallaba a dónde volver los ojos: el Libertador mismo pensó en poner la República bajo la salvaguardia de una nación poderosa, y el consejo de ministros dio pasos para fundar una monarquía constitucional con un príncipe extranjero. En tal  desconcierto no quedaba más principio de fuerza y de vida que Bolívar, cuyas glorias y prestigio acertaron a reverdecer como en sus mejores días. Ante todo, la jornada de Tarqui (27 de febrero de 1829), coronación de una campaña de treinta días, dirigida por el Mariscal de Ayacucho, con dejar humillados a los peruanos y poner fin a una guerra provocada y hecha con la saña y perfidia propias de la ingratitud, reanimó el entusiasmo que suelen las proezas militares; y luégo, abrió los pechos a la esperanza la generosidad de las concesiones con que el Libertador desarmó a López y Obando, que, confiados en el apoyo de los invasores extranjeros, habían levantado en el sur del Cauca el estandarte de la discordia civil. En esta coyuntura recordarían sin duda los liberales moderados que en 1826 se habían visto días de paz y confianza cuando, vuelto del Perú, restableció el Libertador el imperio de las leyes, y se les representaría que después de conciliar a los disidentes de Venezuela, contaron su buen gobierno como un triunfo. Por eso muchos tuvieron aun por extravío su antigua oposición, y resolvieron adherirse de corazón al Libertador; así, los que en época anterior habían sostenido la constitución para Bolívar, se determinaron, desaparecida ésa, a buscar en Bolívar la base de otra constitución más duradera y acomodada a los hábitos y necesidades de Colombia. "Ya no se trataba de hacer revivir lo que estaba muerto para siempre; se trataba de salvar siquiera los principios bajo un orden nuevo" (véase atrás, página 60). "En época de revolución -escribía el doctor Cuervo defendiendo a un amigo calumniado cuando los sucesos de 1830-, en época de revolución, más que en ninguna otra la virtud es la garantía del ciudadano: las opiniones políticas, resultado de los hechos, varían como éstos y se cambian. La moral sola es de todos los tiempos, y el que la practica merece indulgencia por los errores de política, disculpables siempre en los pueblos cultos". Cierto que en esos tiempos en que los acontecimientos se atropellaban, desapareciendo las instituciones que antes se habían defendido con calor, mal pudiera nadie jactarse de consecuente. No había más norte que el patriotismo sincero que lo sacrifica todo al bien común y presta su apoyo a los que honradamente lo promueven; Así procedió el doctor Cuervo, volviendo sus esperanzas al Libertador; e hízolo con la decisión y franqueza que acostumbró en el discurso de su vida pública. Fue esta conducta tanto más natural, cuanto Bolívar dio también prendas de conciliación a los liberales de buena voluntad: bastará mencionar el nombramiento de don José Ignacio Márquez para prefecto de Cundinamarca, aceptado bajo la promesa de que nunca se le exigiría cosa contraria a sus principios.

Aunque bullían muchos proyectos para la reorganización del país, los que deseaban dar al gobierno nueva forma y nueva fuerza, habían procedido a la callada y como tentando vado; pero el tiempo corría, y era me aprovecharlo encaminando la opinión y uniformándola. El Libertador, afligido de este silencio, escribía de Guayaquil al general Herrán, que había tomado a pechos hacerle ver que Bogotá le era leal, y al efecto le hablaba de las personas que le tenía como fundamento de la buena causa: " Qué podré yo hacer con nuestra gente, que la observo más apática cada día y más indiferente a su suerte. Yo veo que nadie escribe y que públicamente nada se hace de lo que a ellos, más que a mí, debiera interesar tánto. En fin, haga usted que el doctor Cuervo escriba, y que todos inflamen la opinión pública dilucidando las cuestiones del caso, y haciendo conocer a nuestro pueblo su verdadero interés y los riesgos a que está expuesto en una crisis como la presente'' | (6) . Esta carta es de 13 de agosto de 1829, y en consonancia con ella dictó Bolívar el 31 del mismo mes la célebre circular en que excitaba a todos los ciudadanos a dar su opinión con franqueza, si bien moderadamente y dentro del orden legal, sobre la forma de gobierno que debiera adoptarse; medida con que se proponía mostrar su resolución de no influir en manera alguna en el partido que la nación tomara por medio del congreso constituyente, pero que resultó funesta, pues aumentando la confusión, dio pretexto a Venezuela para romper la unidad de Colombia y llenar de baldones a su libertador.

Cuando se escribían las líneas copiadas y la circular, habían ya empezado a aparecer en Bogotá las Meditaciones Colombianas de don Juan García del Río. En las tres primeras, cuyas dedicatorias llevan las fechas de 20 de julio, 24 de agosto y 24 de septiembre, se bosquejan con pincel vigoroso y desembarazado las glorias y desastres de Colombia desde los primeros albores de la Independencia hasta los sucesos actuales, descollando en el grandioso cuadro el valor, la constancia, la magnanimidad y el desprendimiento de Bolívar, libertador y creador de la patria. La cuarta y la quinta (30 de octubre y 19 de diciembre) versan sobre las bases que conviene dar a la reorganización política de Colombia y sobre reformas y medidas esenciales a su prosperidad. El autor se había educado en Europa, y ahora se hallaba recién vuelto de Inglaterra, donde había residido por algún tiempo en comunicación con insignes literatos y estadistas; desde allí, disfrutando de la libertad confortadora que parece tener su asiento en aquel poderoso imperio, había podido contemplar calmadamente las turbulencias y escándalos de la América antes española. Conmovido su patriotismo, pensó que semejante desasosiego no podía curarse en su patria sino con la adopción de instituciones parecidas a las de los pueblos más adelantados y felices de Europa; ideas que concordaban con los planes del consejo de ministros, quien sin duda no pudo desear propagador más elocuente y convencido. En la cuarta Meditación desenvuelve el cuadro halagüeño de las sólidas libertades que goza un pueblo a la sombra de la monarquía constitucional, y para establecerla en Colombia, con una transición suave, propone el gobierno vitalicio de Bolívar, a quien juzgaba como elemento necesario de toda reorganización, con el título de Libertador Presidente. Semejante proyecto sirvió en su tiempo de pretexto para que se descararan algunos ambiciosos, y no ha dejado de ofrecerlo después a declamaciones y aspavientos. El hecho comprobó que, sobre peligroso, era tan inadecuado a nuestras circunstancias como repugnante a las ideas del mayor número, y en este concepto fue un error el proponerlo; pero la franqueza con que lo presentaron sus partidarios a la discusión pública y a la determinación del congreso, más bien que merecer vituperio, arguye un ánimo levantado, capaz de sacudir las preocupaciones de aquel estrecho filosofismo del siglo anterior que, cerrados los ojos a los hechos, resolvía a priori todas las cuestiones del orden moral y político, no menos que las del orden científico y literario, para ensayar después sus teorías sobre las sociedades. Ha sido preciso hacer particular mención de las Meditaciones Colombianas, porque su significación política y literaria las ha hecho sobrevivir a cuanto se publicó entonces sobre derecho público, y porque representan el punto extremo a que se llegó en busca de solidez y libertad en las instituciones | (7) .

Por el mes de abril de 1829 empezaron a difundirse en la capital estas ideas monárquicas. El doctor Cuervo, siguiendo el hilo de las conferencias habidas entre el ministro de relaciones exteriores y los caballeros Bresson y Campbell, representantes de Francia e Inglaterra, comunicaba puntualmente a sus amigos de Popayán los pasos que se daban para conseguir la aquiescencia de estas potencias al establecimiento de la monarquía después de los días del Libertador, y para procurar que ocupase el trono un príncipe de la familia de Orleans. Por la correspondencia de don Manuel José Mosquera vemos que al contrario del sur, donde universalmente estaban por la monarquía, en el Cauca eran decididamente adversos a ella, y más que todo a la idea de traer un príncipe extranjero, inclinándose la mayor parte a apoyar la presidencia vitalicia de Bolívar. Con la mayor claridad expresaba estas ideas don Joaquín Mosquera, escribiendo con fecha 13 de julio: "En esta provincia se manifiesta una inmensa repugnancia a todo lo que se parece a monarquía. Mas creo no equivocarme si aseguro a usted que convendría en que el Libertador mandase por vida y sin responsabilidad, teniéndola los ministros; y habiendo dos cámaras esencialmente distintas, que por sus bases y calidades pudiesen considerarse como representantes del pueblo. En punto a garantías no hay que decir, porque creo que todos estamos arrastrados por el espíritu del siglo."

Con ideas sustancialmente parecidas a éstas emprendió el doctor Cuervo la publicación del |Eco del Tequendama, periódico del que salieron once números, desde el 11 de octubre al 20 de diciembre de 1829. El texto de Virgilio |Vincet amor patriae (Ac., VI, 823), que va a la cabeza de todos ellos, era una deprecación y también una esperanza en la deshecha borrasca. ¿Cómo, poniéndose de acuerdo todos los buenos para buscar la concordia y la paz, no habían de hallarlas? ¿Quién, vistas las calamidades de la patria, no ahogaría sus rencores y le sacrificaría sus particulares intereses? ¿Quién, vistas las lecciones de la experiencia, no cercenaría algo de sus sueños, o no levantaría su espíritu apocado, para alcanzar una libertad posible, real? Consiguientemente, un gobierno |fuerte y liberal, que dé garantías prácticas y no de libro a los ciudadanos, que castigue severamente los delitos y dé aliento a la virtud (página 40), es la aspiración que bulle en todos los artículos de política publicados en este periódico. Como medio de lograrlo, apoya la opinión pública, "que si en algunas cosas divergente, no le está en estos dos puntos: que el gobierno de Colombia sea republicano y que el Libertador sea siempre su caudillo y magistrado'' (página 54). En un breve proyecto de constitución que se halla en el número 6º están apuntadas muchas ideas que aprovechó el Congreso Admirable, ya fuese que directamente las tomara de ahí, ya que corriesen como opiniones dominantes. Particularmente se nota esto en el capítulo de garantías y derechos; sirva de ejemplo la abolición de la pena de confiscación, y el declarar que no es lícito al poder ejecutivo remover empleado alguno sin que conste su mal desempeño por informe documentado del jefe o corporación de que dependa. En algunos puntos la constitución moderó el pensamiento del |Eco: éste proponía un presidente por diez años, y el congreso lo decretó por ocho; aquél proponía que los representantes, tomada la base de uno por cuarenta mil habitantes, se eligiesen por cinco años, y éste, con la misma base, rebajó su duración a cuatro; el senado del proyecto debía componerse de los ciudadanos más distinguidos por su categoría, como arzobispos, obispos, generales en jefe y de división, y de sujetos insignes por sus servicios, su probidad, su saber y su riqueza; la constitución señaló como condiciones para ser elegible a esta cámara una edad y riqueza mayores que las requeridas para ser representante, y fijó la duración de sus miembros en ocho años, renovándose por cuartas partes cada dos años.

Si bien fue la política ocasión de publicarse este periódico, puede decirse que apenas ocupó en él un lugar secundario: excepto la introducción, el juicio de las |Meditaciones Colombianas, el esbozo de constitución, el examen e improbación del alzamiento de Córdoba y el justo encomio de la firmeza con que Posada, gobernador de Mariquita, rechazó las pérfidas seducciones con que este jefe quiso atraerlo a su causa, como a Páez y a otros, todos sus artículos son de interés general, sobre educación, agricultura, economía, comercio y ciencias naturales, sección la última redactada por don Manuel María Quijano. No sería aventurado considerarlo como un programa que el doctor Cuervo deseaba llevar a cabo en su carrera pública. La importancia que asignaba entonces a la educación primaria, anunciaba el impulsó que luégo le daría; así como fueron incluídas en las nociones de urbanidad que redactó para el Colegio de la Merced sus ideas sobre la necesidad de atender en la educación de la mujer a su desarrollo físico, enseñándola a mirar como fuentes de belleza la templanza, el ejercicio y el aseo. Al apoyar el pensamiento iniciado por la Sociedad Didascálica de solicitar del gobierno que autorizase los estudios de filosofía hechos en los colegios privados, declarándolos suficientes para obtener grados universitarios, y al reconocer las ventajas que estas casas de enseñanza llevan a las oficiales en materia de vigilancia, moralidad, higiene y urbanidad, preparaba en cierto modo la protección con que dentro de poco habían de ser favorecidas y la proclamación más lejana de la libertad de enseñanza. Los artículos sobre agricultura, comercio y ciencias naturales tuvieron su coronación en |El Cultivador y en las demás medidas con que trató de aliviar la suerte de los agricultores y alentar la producción a fin de redimir poco a poco a la nación del duro tributo que nuestra falta de industria nos obliga a pagar al extranjero. Esta publicación merecía pues mención especial en la vida del doctor Cuervo, porque indica bastante la parte de iniciativa que le cupo después en su gobernación, aun cuando no tuviera la dirección absoluta de la cosa pública.

Sobre la acogida que tuvo |El Eco, citaremos dos testimonios; sea el primero sacado de la correspondencia de don Manuel José Mosquera, que escribía en 29 de octubre: "Hacía algún tiempo que mi corazón no tenía un consuelo como el que me ha dado la lectura del Eco |del Tequendama. Usted sabe mis opiniones, que son idénticas a las suyas, y por lo mismo, fuéra de lo mucho que promete el periódico, he recibido gran contentamiento. Y pues usted ha tenido bastante valor para tomar la pluma de un modo tan resuelto en esta época de desastres, continúe sin arredrarse hasta alcanzar la palma que debe honrar el eminente servicio que presta usted a la patria en formar la opinión. ¿Qué podré ofrecer yo para ayudar a esta heroica empresa, yo que pertenezco a los bermejos de Boileau, y que oliendo incienso y eructando palabras buenas, no puedo dar buenos pensamientos?  Mas para no ser inútil, comunicaré a nuestros amigos el deseo de usted, y lo bueno o malo que se conciba, allá irá." Y luégo, en 29 de noviembre: "Volvamos a cosas más agradables. He visto su opinión sobre gobierno consignada en el número 6º del |Eco, y con su lectura puedo asegurar a usted que me acomoda lo sustancial de él, aunque discordamos en algunos puntos subalternos.''

Aludiendo también al |Eco escribía el Libertador al general Herrán el 29 de noviembre: "He recibido el impreso del señor Rufino Cuervo, que me parece en muy buen sentido. Yo le doy la en horabuena por el servicio que acaba de hacer a la patria. También el de García ha obtenido mucho aplauso de los más liberales de aquí" | (8) .

Dicho se está que con la invitación hecha a los pueblos y a los ciudadanos para que manifestasen sus opiniones, hubieron de proponerse las cosas más extrañas y contradictorias; pero en los departamentos del centro y del sur de Colombia hubo notable conformidad, como lo decía |El Eco, en cuanto a conservar en el mando a Bolívar | (9) . No es por tanto de extrañarse que cuando las poblaciones de Venezuela proclamaron la separación desatándose contra el Libertador, hiciesen blanco de su saña las |Meditaciones Colombianas lo mismo que |El Eco del Tequendama, tomándolos acaso como los órganos más autorizados de estas opiniones | (10) .

Con grande ansiedad se aguardaba la reunión del congreso constituyente que debía verificarse el 2 de enero de 1830 y decidir la suerte de Colombia determinando su futura organización, cuando sucesos de la mayor gravedad cambiaron la situación y tuvieron por resultas hacer brotar de entre rumas y escombros a la Nueva Granada. No hace a nuestro propósito relatar la historia de estos días, pues que el doctor Cuervo, siguiendo sus tareas forenses se contentó con ponerse al lado del gobierno constitucional, figurando entre los moderados; pero sí es necesario realzar algunos hechos que dan luz sobre la formación y el carácter de los partidos que habían de continuarse en la nueva República.

Como ya dijimos, en agosto de 1829 dictó Bolívar una circular para que todos los pueblos expresaran sus opiniones sobre la forma de gobierno que debiera adoptarse, de la cual circular se asieron en Venezuela para separarse. Al principio se extendieron en algunos lugares actas para pedir al congreso esta separación; pero Caracas, en 26 de noviembre, la declaró de hecho, y su ejemplo cundió por dondequiera. Con esto se avivó en la Nueva Granada el deseo que desde antes abrigaban muchos de formar de ella una nacionalidad aparte, y renunciaron otros a la irrealizable ilusión de Colombia. Así fue que al llegar Bolívar a la capital (15 de enero de 1830), no sólo sus antiguos adversarios habían alzado cabeza con los acontecimientos de Venezuela, sino que muchos de sus partidarios se fueron resfriando para confiarle el mando. Y no sin poderosas razones. Si el Libertador era indispensable para la conservación de Colombia, desaparecía el primer motivo de su elección, una vez que él mismo daba por inevitable y necesaria la separación de Venezuela. Resuelta ésta a romper a todo trance la unión, hasta el punto de protestar Páez que antes que volver a ella se entregaría a los españoles, y desencadenándose los odios contra Bolívar, que simbolizaba a Colombia, el persistir en llevarle a la primera magistratura fuera tanto como arrojar el guante para una contienda civil. La idea de una guerra cruel después del cansancio de tántos años de campañas, para conseguir una paz dudosa y en todo caso instable, el aumentar y extender la miseria pública, acrecentar fuerzas al ya odioso militarismo, y por fin recomenzar la inacabable tarea de organizar a Colombia, eran cosas de cansar espanto, y los amigos mismos del Libertador temieron de su inmediata vuelta al poder, con lo cual quedaron todos conformes en prescindir de él. En momentos en que la ansiedad y las sospechas andaban vigilantes, fue nuevo motivo de desapego el sentimiento que a las claras dejó ver cuando sus adictos le manifestaron que la opinión pública estaba por que renunciase a la idea de ser elegido presidente por el congreso. Es sin duda que no hubo aquí sino un primer movimiento, reprimido luégo por el buen sentido, pero ello es que esto trascendió hasta fuéra de la capital, y aun personas calmadas creyeron ver ahí indicios de una ambición funesta.

Entre tanto el congreso, llenando con majestuosa serenidad el objeto de su convocación, cerraba los oídos a las voces de fuéra, y aprovechando las lecciones de la experiencia dictaba una constitución igualmente apropiada para arraigar el orden que para asegurar el goce de la libertad. Pero era imposible desentenderse de lo que estaba pasando, y el congreso mismo convocado para constituir a Colombia, por amor a la conciliación no dio a su obra carácter permanente, sino que la sometió a la aceptación de Venezuela. El mismo sentimiento obró sin duda en la elección de presidente, como que los amigos incondicionados de Bolívar, ni más ni menos que los que lo eran sólo dentro de la órbita de las ideas liberales, estuvieron conformes en votar por dos ciudadanos civiles, don Eusebio María Canabal y don Joaquín Mosquera. Hecho singular, el último fue indicado por Bolívar, y, dejados aparte sus merecimientos, los antecedentes inducen a creer que el principal motivo fue el calor con que en |El Meteoro y empleando su influencia en Popayán había defendido la necesidad de aceptar la separación de Venezuela y organizar de por sí la Nueva Granada. Esta misma razón puso de su lado a los liberales, pues para lo más exagerados Bolívar y Colombia eran una misma cosa. La elección se hizo el 4 de mayo; lástima fue que Mosquera no obtuviera la mayoría sino gracias a la coacción de una turba de alborotadores, quedando sentado vergonzoso precedente a un mismo tiempo para los enemigos del orden de la legalidad, y para los hombres pacíficos y moderados, que dieron por bueno el hecho contra el cual no protestó el congreso. Comoquiera que sea, la constitución conservadora y la elección de un presidente civil señalan la aspiración a un nuevo orden de cosas.

Con todo esto, Mosquera no tuvo, ni acaso nadie tuviera, la fuerza y el tino necesarios para no zozobrar entre el desencadenamiento de las pasiones más violentas y encontradas. Los perseguidos con ocasión de la conspiración de septiembre y los aprobadores del hecho atacaban con desusada violencia al Libertador y a cuantos le mostraran simpatía o respeto siquiera. El periódico llamado |El Demócrata adquirió triste celebridad santificando aquel atentado, prediciendo el asesinato de Sucre y cebándose después en su cadáver; acometió al presidente Mosquera porque en su proclama inaugural dio a Bolívar el título de Libertador, y luégo al general Herrán porque providenció que se le facilitasen recursos en Honda para su partida. Los militares, con el prestigio de sus glorias, había tiempo que todo lo invadían y eran dondequiera obstáculo al establecimiento y marcha de un gobierno concertado, por lo cual eran mirados de reojo por los civiles; creyéronse además agraviados al ver que el nuevo gobierno quería igualarlos a los otros ciudadanos, declarando contrarios a la constitución varios decretos del Libertador que los favorecían y privilegiaban. A los tres días no más de elegido Mosquera, se sublevaron el batallón Granaderos y el escuadrón Húsares de Apure. Acudió la población, y especialmente los jóvenes, a prestar su apoyo al gobierno, y a pesar de no tener armas, su actitud imponente hizo moderar las pretensiones de los insurrectos, que sin causar desorden salieron para Venezuela. La malquerencia entre los amigos y los enemigos del Libertador fue más viva y funesta desde el punto en que la guarnición de Bogotá se encontró igualmente dividida entre los dos partidos, el batallón Callao por los primeros, y el Boyacá y Cazadores de Cundinamarca por los segundos. De aquí la insurrección del Callao, apoyada por los campesinos de la Sabana, y la sangrienta acción del Santuario (27 de agosto), que redujo al gobierno a la impotencia y a la más humillante capitulación; de aquí el acta de Bogotá en que se llamaba al Libertador para encargarle de los destinos de Colombia, y se designaba al general Rafael Urdaneta para que tomase mientras tanto el mando. supremo; lo que trajo consigo la disolución del gobierno legítimo.

En vano se ha pretendido defender o disculpar la usurpación de Urdaneta (con esta palabra calificó Bolívar mismo el atentado). Comenzada por un motín militar sin plan ni concierto alguno, cubrió de sangre la sabana de Bogotá, y no proclamó el mando de Bolívar y la integridad de Colombia, sino como expediente a que acudieron sus autores para ganar partido y salir de la crítica situación en que los puso su inesperado triunfo. Pretendiendo sostener a Colombia, derrocaban su gobierno y anulaban su constitución; aclamando al Libertador como caudillo de esta idea, querían comprometerle en una aventura tan contraria a sus deseos como a su conciencia, y agriaban más los odios de sus enemigos; ofrecían en fin labrar la dicha de los pueblos, y antes de abalanzarlos a una guerra civil que el congreso y Bolívar habían procurado evitar a todo trance, lo hacían víctimas de crudas vejaciones. No es pues mucho que los que vivieron en aquellos tiempos guardaran de ellos triste e infausto recuerdo. Sólo el temor de caer en la anarquía y agonizar entre las manos de tiranuelos de provincia hizo aceptable el mando de Urdaneta, parapetado con los nombres todavía caros de Colombia y de Bolívar.

Este había salido de Bogotá el 8 de mayo, cediendo patrióticamente a las circunstancias y a los consejos de sus amigos que temían su advenimiento al poder como ocasión probable de mayores desgracias. Aunque debió ser grande su amargura al verse obligado a dejar el campo de sus hazañas con insultante alegría de un populacho soez, hubo de minorarse sin duda con el voto unánime del congreso que le proclamó el primero y mejor ciudadano de Colombia y confirmó el decreto de 1823 en que se le concedía una pensión vitalicia de treinta mil pesos, el cual voto hacía honrosa su salida y le proporcionaba con qué vivir decentemente en Europa; a lo mismo contribuyó también la capital dándole un testimonio de amor y gratitud por boca de sus ciudadanos más distinguidos, que se despedían de él con tristeza como de un astro esplendoroso que se hunde para no volver a aparecer. Hallábase en Cartagena aguardando oportunidad de embarcarse para Europa, cuando tuvo noticia de los movimientos del interior. A pesar de improbarlos duramente en privado, en público se expresó con términos ambiguos, pensando, decía, que si desairaba redondamente a los amotinados triunfantes, habrían de surgir mil partidos que consumarían la ruina de la patria | (11) . Pero el golpe que quiso ahorrar a sus amigos, lo descargó más duro su propia muerte, acaecida el 17 de diciembre. La dictadura sintió desmayar; al mismo tiempo el triunfo de Obando en Palmira (10 de febrero) y la defección de Posada en Neiva (27 de marzo), quien, rompiendo con el Dictador, se puso al servicio del gobierno legítimo, abrieron el camino para que el vicepresidente Caicedo se declarase en ejercicio del poder ejecutivo (14 de abril). Siguiéronse los convenios de Apulo, en que Urdaneta con su moderación y generosidad puso fin honroso a la usurpación, pues teniendo fuerzas con qué resistir y aun vencer por entonces, entró en un avenimiento patriótico. El vicepresidente, coadyuvando poderosamente el general José Hilario López, dirigió todos sus conatos a conciliar los partidos, cumpliendo fielmente lo pactado en las Juntas de Apulo. Mas no eran estas voces de concordia y patriotismo las que podían ser oídas por los antiguos enemigos de Bolívar, ansiosos de saciar en los vencidos su rencor y de vengar las persecuciones padecidas.

Así que con razón deberá decirse que el vicepresidente mereció bien de la patria al mediar con imponderable serenidad en esta lucha encarnizada en que por una parte los militares se resistían a ver el fin de su dominación y los bolivianos todos se contemplaban ya presa indefensa de sus rabiosos enemigos, y por otra los liberales exaltados sin tener en nada la fe empeñada en los convenios, no e contentaban con menos que la destrucción de sus contrarios, ofreciendo, si para ello fuese necesario, la dictadura a un Obando o a un Moreno, a pesar de haber venido voceando contra la de un Bolívar. Si con todo el apoyo que los liberales moderados prestaban al gobierno, fueron estos hombres ganando terreno poco a poco, todavía pudo el vicepresidente poner la suerte de la nación en las manos del congreso constituyente de la Nueva Granada (20 de octubre de 1831).

Postrado el partido boliviano, quedó el liberal dividido en dos fracciones que casi se balanceaban en el congreso: violenta la una y arbitraria, moderada la otra e inclinada a poner el orden y la tolerancia por base de la libertad.

(1) |Memorias del general O'Leary. tomo IX.
(2) Eco del |Tequendama, número del 15 de noviembre de 1829.
(3) |Repertorio Colombiano, tomo IV, página 460.
En el libro |Papeles de Bolívar, del doctor Vicente Lecuna, página 215, hay una carta de Bolívar al general Urdaneta, fechado en Popayán el 20 de noviembre de 1829. Dice: ''He recibido el impreso del señor Rufino Cuervo, que no parece en muy buen sentido. Yo le doy la enhorabuena por el servicio que acaba de hacer a la patria. También el de García ha obtenido mucho aplauso de los más liberales de aquí. Yo no puedo disponer de la legación de Holanda porque ya está dada a E. Arboleda, que parte para Europa, pronto. Además de que aquí necesitamos a Cuervo para veinte cosas; después será mejor su viaje. Ya mando de nuevo entregar a usted el ministerio de guerra y a Cuervo lo propongo para otro destino al consejo. Usted lo sabrá si lo admiten ''. La misma carta que publica el |Repertorio Colombiano como dirigida a Herrán la trae |Papeles de Bolívar como enviada a Urdaneta. (Nota de Luis Augusto Cuervo).
(4) De la 5ª |Meditación colombiana, cuya dedicatoria lleva fecha de 19 de diciembre de 1829, puede colegirse que por entonces continuaban los trabajos de la comisión.
(5) Véase Posada, Memorias, tomo 1, página 109.
(6) Repertorio Colombiano, tomo IV, página 456.
(7) El futuro arzobispo, don Manuel José Mosquera, creyó en un principio que las |Meditacíones eran escritas por el doctor Cuervo. El 22 de julio de 1829 le escribía desde Popayán: ''He leído el principio de sus |Meditaciones y me han gustado sobremanera. La Introducción encierra tántos principios juiciosos, tántas ideas bellas y tántos sentimientos patrióticos, que me prometo que va usted a ganar mucha opinión y a aumentar su bien fundada reputación entre los literatos''. Un mes después (agosto 29) aclaraba: ''El florido estilo que trajo el prospecto de las |Meditaciones me pareció de usted, aunque empecé a dudar cuando ví la primera por ciertas frases que no son del gusto de usted". (Nota de Luis Augusto Cuervo).
(8) |Repertorio Colombiano, tomo IV, página 460. La fecha de la carta está equivocada, pues dice 20 y el Libertador llegó a Popayán el 21; hemos puesto 29, día en que salía correo, como las otras dos del mismo lugar están datadas el 22 y el 6.
(9) Baralt y Díaz, |Resumen de la historia de Venezuela, tomo II, página 275.
(10) El acta de Caracas decía: ''Los papeles que de la capital se enviaban por los agentes del gobierno a las provincias, participando todos del mismo espíritu y comunes en su origen, han recomendado constantemente el silencio en lugar de la verdad, la ciega obediencia por el sano criterio, la abyecta inacción por el honesto ejercicio de nuestros derechos, y la servidumbre por la libertad. Toda Colombia ha visto con asombro el |Eco del Tequendama y sus semejantes.'' En la de Calabozo se lee: ''Nosotros no hemos leído el |Eco del Tequendama, las |Meditaciones sediciosas del señor Ríos ni otros papeles incendiarios que se han impreso, por decir así, sobre la misma tarima del jefe supremo y se han lanzado a los pueblos para infestarlos.'' |Vida pública de Bolívar, tomo 21, páginas 85, 193.
(11) El consejo de ministros de Urdaneta y el mismo Urdaneta declararon terminantemente que Bolívar no había querido aceptar el mando que le ofrecían ( |Gaceta de Colombia, números 500 y 512).

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