CAPITULO V
EL ECO DEL TEQUENDAMA
Vuelve el doctor Cuervo a
Bogotá.-Sabe antes de llegar la conspiración de septiembre-Nombrado
fiscal de la Corte de Apelaciones del Centro.-Empéñanse algunos
amigos para que sea nombrado ministro en Holanda.-Comisión para
adaptar el
|Código Napoleón.-Situación política.-Los
liberales moderados se quedan sin bandera.-Muchos se ponen del lado
de Bolívar. Estimula éste a que se expresen las opiniones sobre la
forma de gobierno que debía adoptarse.-
|Meditaciones
Colombianas. Ideas monárquicas,-Opinión en el sur.-
|Eco del
Tequendama: su principios y materias que en él se tratan;
acogida que tuvo. Ultimos sucesos de Colombia.
El 5 de mayo de 1827 había muerto en Bogotá don Carlos de
Joaquín de Urisarri, y como la familia encontrase algunas
dificultades para el arreglo de sus intereses, creyó el doctor
Cuervo de su deber trasladarse a la capital con el fin de prestarle
sus servicios; viaje que hizo naturalmente llevando consigo a su
esposa. Lo anunció a sus cuñados desde el mes de mayo de 1828, y lo
puso por obra a principios de septiembre, obtenida licencia
temporal para separarse de la fiscalía. No hay para qué ponderar la
pena con que dejarían una ciudad en que habían recibido tan
encontradas impresiones: apacibles unas con lo nuevo y peregrino de
la escena, con los goces de la amistad y con los obsequios y
atenciones de que habían sido colmados; tristes las otras y
desgarradoras, como los horrores del terremoto y la pérdida del
primogénito; y todas capaces de detenerlos, que los corazones
sensibles no menos se apegan a los sitios en que han padecido que a
aquellos en que han gozado Atestígualo así el hecho de haber mirado
siempre nuestros padres su permanencia en Popayán como una de las
épocas más risueñas de su vida; de suerte que en nuestra casa se
hablaba siempre con tal cariño de esta ciudad, que nosotros
aprendimos a amarla y a recordar con agradecimiento su generosa
hospitalidad.
La Corte Superior de Justicia, la Universidad, los empleados,
las personas todas con quienes había tenido que ver el doctor
Cuervo, dieron inequívocos testimonios de alta estimación a su
persona, de cumplida aprobación a su conducta social y política y
de gratitud a sus servicios. El intendente Mosquera y don J. Rafael
Arboleda, grande amigo del Libertador, escribieron a éste
manifestándole cuán provechoso sería a Popayán que el doctor Cuervo
volviese a su destino. No Haríamos aquí mención de tales empeños si
no corriesen impresas las cartas en que se hacían
|
(1)
, y si la buena voluntad con que
el señor Arboleda quiso conciliar a sus deseos la condescendencia
del Libertador, no le llevara a disculpar con injusticia e
inexactitud al mismo a quien quería favorecer. Presentábale como
débil de carácter y actualmente resentido con Santander y Soto
porque habían querido descargar sobre él la criminalidad de La
Bandera tricolor. Lo que dejamos historiado acerca del juramento de
los empleados de Popayán, debió probar al señor Arboleda que poseía
el doctor Cuervo la entereza y energía del hombre consecuente con
sus principios; ni éste podía estar quejoso de Soto, que ninguna
parte había tenido en tan conocida publicación, y mucho menos le
fuera posible decir lo mismo respecto de Santander, cuando debía
ser notorio en la ciudad que estaba en constante correspondencia
con él, supuesto que todas sus cartas traían autógrafas en el sobre
sus iniciales.
Poco faltaba para vencer el penoso viaje, cuando al llegar a
Tocaima, el 1º de octubre, supo el doctor Cuervo la conspiración
del 25 de septiembre, y que, errado felizmente el golpe, casi por
milagro había escapado con vida el Libertador; de modo que entró a
Bogotá en medio de la consternación producida por el atentado y por
los procesos y la ejecución de los culpados. La impresión que
recibió su ánimo se colige de estas palabras de don Manuel José
Mosquera en carta escrita de Popayán el 22 de octubre:
"Coincidimos con mucha frecuencia en nuestras reflexiones.
He escrito a usted lamentándome de la inmensa pérdida de nuestra
moral, con motivo del atentado del 25 de septiembre, y usted hace
lo mismo en su carta citada (de 8 del mismo mes). Estamos
perfectamente acordes en ideas como en sentimientos."
Hecho ya a la apacible serenidad de Popayán, escenas tan tristes le
inclinaron a volverse prontamente a ella, y así lo comunicaba a su
amigo el señor Mosquera, que recibió con júbilo semejante
resolución. No obstante, después de algunos días con la
satisfacción de hallarse en medio de su familia y de sus amigos, se
moderó aquel deseo, y suprimida por el gobierno una de las
fiscalías de la Corte de Apelaciones del Cauca (decreto de 6 de
noviembre), y reorganizados los tribunales de la República por el
decreto de 18 de noviembre, aceptó en la Corte de Apelaciones del
Centro el puesto que ocupaba en la del Cauca. A este destino estaba
llamado naturalmente, no sólo como a un ascenso a que le hacía
acreedor la carrera que llevaba hecha, sino la circunstancia de
haberlo desempeñado interinamente en otra ocasión, como también el
cargo de juez en el mismo tribunal. Era tan urgente la
reorganización decretada por el Libertador, que la sala del crimen
de Bogotá recibió setecientos y tantos procesos que yacían
olvidados
|
(2)
; y
cosa honrosa para los jueces y para los fiscales (que despachaban
indistintamente en esta sala y en la de lo civil), a la vuelta de
un año los tuvieron todos definitivamente sentenciados. El doctor
Cuervo se consagró con tal asiduidad al trabajo, que repetidas
veces sintió flaquear su salud, y se vio precisado a interrumpirlo
saliendo al campo, y en particular a una pequeña propiedad que
había comprado no lejos de la ciudad. Varios de sus amigos,
viéndole tan quebrantado, se empeñaron en que hiciera un viaje a
Europa, y para este fin solicitaren del Libertador que le nombrase
ministro en Holanda. Este contestó al general Herrán, quien había
tomado el asunto con el más amistoso interés: "Yo no puedo
disponer de la legación de Holanda, porque ya está dada a R.
Arboleda, que parte para Europa pronto. Además que aquí necesitamos
a Cuervo para veinte cosas: después será mejor su viaje"
|
(3)
. Pero no por
aquellos achaques se esquivó de otras cargas. A mediados de 1829
dispuso Bolívar que examinase el Código Napoleón una comisión
presidida por el ministro de lo interior, a fin de presentarlo con
las oportunas reformas al Congreso Constituyente, y en el mes de
agosto el consejo de ministros designó para el efecto a don Miguel
Tobar y al doctor Cuervo. El primero hubo de renunciar, pues en
octubre formaban la comisión el doctor Cuervo, don Manuel Camacho
Quesada y don José Angel Lastra. No sabemos hasta qué punto se
adelantó esta revisión
|
(4)
, pero referiremos una anécdota curiosa,
que pinta las contrariedades anejas a la vida literaria en lugares
cortos. Comunicó el doctor Cuervo, la empresa en que estaba a su
amigo el canónigo Mosquera, convidándole a que se encargar de una
parte; hízolo éste de muy buen grado, ofreciendo trabajar lo
relativo a sucesiones, y cuando tenía ya bien adelantada la labor,
hé aquí que llega Bolívar de vuelta del Ecuador, y pide el
prefecto, para recibirle, la casa que habitaba Mosquera; tiene éste
que mudarse precipitadamente, y al cabo de algunos días de forzosa
suspensión reconoce casualmente un fragmento de su manuscrito en un
cartucho de alhucema; corre a buscar: ni papeles ni código impreso
encontró; toda diligencia fue inútil, pues en una botillería habían
dado cuenta de ellos: era el único ejemplar que había en Popayán, y
se lo había prestado un amigo. Este fin tuvo su afectuosa
cooperación.
Entre tanto el estado de las cosas públicas era cual nunca se
había visto antes. Los dos partidos que, como hemos dicho, dividían
a Colombia al convocarse la convención de Ocaña, los unos queriendo
darlo todo y someterlo todo al Libertador, los otros sacrificándolo
todo al régimen constitucional, no tardaron en llegar a un
rompimiento. Reunida la Convención, sus miembros desautorizan la
constitución de Cúcuta, declarándola defectuosa, se parten en
bandos irreconciliables, se disuelven sin dar otra, y en los
pueblos se hacen actas para ponerse sin reserva en manos del
Libertador. Persuadidos al liberales frenéticos, en vista de lo que
había estado pasando desde 1826 hasta esos momentos, de que era
imposible la creación de una república verdadera mientras el nombre
de Bolívar fascinase, como fascinaba, a las muchedumbres, atentaron
contra su vida; el espanto causado por este sangriento desvarío
enajenó las simpatías a la causa de sus autores y selló la ruina
del antiguo régimen legal; de donde vinieron a quedar sin bandera
los liberales moderados que no participaban de aquellos furores.
Sin constitución, con un gobierno puramente provisional, perdida la
fe política, divididas las opiniones entre proyectos desconformes,
algunos jamás oídos desde que fue proclamada la independencia,
nadie podía prever cuál sería la suerte final de la República.
Por este tiempo era la América española teatro de escandalosas y
al parecer interminables discordias, y todo anunciaba también para
Colombia el principio de aterradora anarquía. Ya eran señalados con
el dedo los caudillos que se adjudicarían los pedazos de la patria,
y combatirían para defender su presa, y los ciudadanos pacíficos
como que buscaban un abrigo para la borrasca
|
(5)
. El patriotismo no hallaba a
dónde volver los ojos: el Libertador mismo pensó en poner la
República bajo la salvaguardia de una nación poderosa, y el consejo
de ministros dio pasos para fundar una monarquía constitucional con
un príncipe extranjero. En tal desconcierto no quedaba más
principio de fuerza y de vida que Bolívar, cuyas glorias y
prestigio acertaron a reverdecer como en sus mejores días. Ante
todo, la jornada de Tarqui (27 de febrero de 1829), coronación de
una campaña de treinta días, dirigida por el Mariscal de Ayacucho,
con dejar humillados a los peruanos y poner fin a una guerra
provocada y hecha con la saña y perfidia propias de la ingratitud,
reanimó el entusiasmo que suelen las proezas militares; y luégo,
abrió los pechos a la esperanza la generosidad de las concesiones
con que el Libertador desarmó a López y Obando, que, confiados en
el apoyo de los invasores extranjeros, habían levantado en el sur
del Cauca el estandarte de la discordia civil. En esta coyuntura
recordarían sin duda los liberales moderados que en 1826 se habían
visto días de paz y confianza cuando, vuelto del Perú, restableció
el Libertador el imperio de las leyes, y se les representaría que
después de conciliar a los disidentes de Venezuela, contaron su
buen gobierno como un triunfo. Por eso muchos tuvieron aun por
extravío su antigua oposición, y resolvieron adherirse de corazón
al Libertador; así, los que en época anterior habían sostenido la
constitución para Bolívar, se determinaron, desaparecida ésa, a
buscar en Bolívar la base de otra constitución más duradera y
acomodada a los hábitos y necesidades de Colombia. "Ya no
se trataba de hacer revivir lo que estaba muerto para siempre; se
trataba de salvar siquiera los principios bajo un orden
nuevo" (véase atrás, página 60). "En época de
revolución -escribía el doctor Cuervo defendiendo a un amigo
calumniado cuando los sucesos de 1830-, en época de revolución, más
que en ninguna otra la virtud es la garantía del ciudadano: las
opiniones políticas, resultado de los hechos, varían como éstos y
se cambian. La moral sola es de todos los tiempos, y el que la
practica merece indulgencia por los errores de política,
disculpables siempre en los pueblos cultos". Cierto que en
esos tiempos en que los acontecimientos se atropellaban,
desapareciendo las instituciones que antes se habían defendido con
calor, mal pudiera nadie jactarse de consecuente. No había más
norte que el patriotismo sincero que lo sacrifica todo al bien
común y presta su apoyo a los que honradamente lo promueven; Así
procedió el doctor Cuervo, volviendo sus esperanzas al Libertador;
e hízolo con la decisión y franqueza que acostumbró en el discurso
de su vida pública. Fue esta conducta tanto más natural, cuanto
Bolívar dio también prendas de conciliación a los liberales de
buena voluntad: bastará mencionar el nombramiento de don José
Ignacio Márquez para prefecto de Cundinamarca, aceptado bajo la
promesa de que nunca se le exigiría cosa contraria a sus
principios.
Aunque bullían muchos proyectos para la reorganización del país,
los que deseaban dar al gobierno nueva forma y nueva fuerza, habían
procedido a la callada y como tentando vado; pero el tiempo corría,
y era me aprovecharlo encaminando la opinión y uniformándola. El
Libertador, afligido de este silencio, escribía de Guayaquil al
general Herrán, que había tomado a pechos hacerle ver que Bogotá le
era leal, y al efecto le hablaba de las personas que le tenía como
fundamento de la buena causa: " Qué podré yo hacer con
nuestra gente, que la observo más apática cada día y más
indiferente a su suerte. Yo veo que nadie escribe y que
públicamente nada se hace de lo que a ellos, más que a mí, debiera
interesar tánto. En fin, haga usted que el doctor Cuervo escriba, y
que todos inflamen la opinión pública dilucidando las cuestiones
del caso, y haciendo conocer a nuestro pueblo su verdadero interés
y los riesgos a que está expuesto en una crisis como la presente''
|
(6)
. Esta carta es
de 13 de agosto de 1829, y en consonancia con ella dictó Bolívar el
31 del mismo mes la célebre circular en que excitaba a todos los
ciudadanos a dar su opinión con franqueza, si bien moderadamente y
dentro del orden legal, sobre la forma de gobierno que debiera
adoptarse; medida con que se proponía mostrar su resolución de no
influir en manera alguna en el partido que la nación tomara por
medio del congreso constituyente, pero que resultó funesta, pues
aumentando la confusión, dio pretexto a Venezuela para romper la
unidad de Colombia y llenar de baldones a su libertador.
Cuando se escribían las líneas copiadas y la circular, habían ya
empezado a aparecer en Bogotá las Meditaciones Colombianas de don
Juan García del Río. En las tres primeras, cuyas dedicatorias
llevan las fechas de 20 de julio, 24 de agosto y 24 de septiembre,
se bosquejan con pincel vigoroso y desembarazado las glorias y
desastres de Colombia desde los primeros albores de la
Independencia hasta los sucesos actuales, descollando en el
grandioso cuadro el valor, la constancia, la magnanimidad y el
desprendimiento de Bolívar, libertador y creador de la patria. La
cuarta y la quinta (30 de octubre y 19 de diciembre) versan sobre
las bases que conviene dar a la reorganización política de Colombia
y sobre reformas y medidas esenciales a su prosperidad. El autor se
había educado en Europa, y ahora se hallaba recién vuelto de
Inglaterra, donde había residido por algún tiempo en comunicación
con insignes literatos y estadistas; desde allí, disfrutando de la
libertad confortadora que parece tener su asiento en aquel poderoso
imperio, había podido contemplar calmadamente las turbulencias y
escándalos de la América antes española. Conmovido su patriotismo,
pensó que semejante desasosiego no podía curarse en su patria sino
con la adopción de instituciones parecidas a las de los pueblos más
adelantados y felices de Europa; ideas que concordaban con los
planes del consejo de ministros, quien sin duda no pudo desear
propagador más elocuente y convencido. En la cuarta Meditación
desenvuelve el cuadro halagüeño de las sólidas libertades que goza
un pueblo a la sombra de la monarquía constitucional, y para
establecerla en Colombia, con una transición suave, propone el
gobierno vitalicio de Bolívar, a quien juzgaba como elemento
necesario de toda reorganización, con el título de Libertador
Presidente. Semejante proyecto sirvió en su tiempo de pretexto para
que se descararan algunos ambiciosos, y no ha dejado de ofrecerlo
después a declamaciones y aspavientos. El hecho comprobó que, sobre
peligroso, era tan inadecuado a nuestras circunstancias como
repugnante a las ideas del mayor número, y en este concepto fue un
error el proponerlo; pero la franqueza con que lo presentaron sus
partidarios a la discusión pública y a la determinación del
congreso, más bien que merecer vituperio, arguye un ánimo
levantado, capaz de sacudir las preocupaciones de aquel estrecho
filosofismo del siglo anterior que, cerrados los ojos a los hechos,
resolvía a priori todas las cuestiones del orden moral y político,
no menos que las del orden científico y literario, para ensayar
después sus teorías sobre las sociedades. Ha sido preciso hacer
particular mención de las Meditaciones Colombianas, porque su
significación política y literaria las ha hecho sobrevivir a cuanto
se publicó entonces sobre derecho público, y porque representan el
punto extremo a que se llegó en busca de solidez y libertad en las
instituciones
|
(7)
.
Por el mes de abril de 1829 empezaron a difundirse en la capital
estas ideas monárquicas. El doctor Cuervo, siguiendo el hilo de las
conferencias habidas entre el ministro de relaciones exteriores y
los caballeros Bresson y Campbell, representantes de Francia e
Inglaterra, comunicaba puntualmente a sus amigos de Popayán los
pasos que se daban para conseguir la aquiescencia de estas
potencias al establecimiento de la monarquía después de los días
del Libertador, y para procurar que ocupase el trono un príncipe de
la familia de Orleans. Por la correspondencia de don Manuel José
Mosquera vemos que al contrario del sur, donde universalmente
estaban por la monarquía, en el Cauca eran decididamente adversos a
ella, y más que todo a la idea de traer un príncipe extranjero,
inclinándose la mayor parte a apoyar la presidencia vitalicia de
Bolívar. Con la mayor claridad expresaba estas ideas don Joaquín
Mosquera, escribiendo con fecha 13 de julio: "En esta
provincia se manifiesta una inmensa repugnancia a todo lo que se
parece a monarquía. Mas creo no equivocarme si aseguro a usted que
convendría en que el Libertador mandase por vida y sin
responsabilidad, teniéndola los ministros; y habiendo dos cámaras
esencialmente distintas, que por sus bases y calidades pudiesen
considerarse como representantes del pueblo. En punto a garantías
no hay que decir, porque creo que todos estamos arrastrados por el
espíritu del siglo."
Con ideas sustancialmente parecidas a éstas emprendió el doctor
Cuervo la publicación del
|Eco del Tequendama, periódico del
que salieron once números, desde el 11 de octubre al 20 de
diciembre de 1829. El texto de Virgilio
|Vincet amor patriae
(Ac., VI, 823), que va a la cabeza de todos ellos, era una
deprecación y también una esperanza en la deshecha borrasca. ¿Cómo,
poniéndose de acuerdo todos los buenos para buscar la concordia y
la paz, no habían de hallarlas? ¿Quién, vistas las calamidades de
la patria, no ahogaría sus rencores y le sacrificaría sus
particulares intereses? ¿Quién, vistas las lecciones de la
experiencia, no cercenaría algo de sus sueños, o no levantaría su
espíritu apocado, para alcanzar una libertad posible, real?
Consiguientemente, un gobierno
|fuerte y liberal, que dé
garantías prácticas y no de libro a los ciudadanos, que castigue
severamente los delitos y dé aliento a la virtud (página 40), es la
aspiración que bulle en todos los artículos de política publicados
en este periódico. Como medio de lograrlo, apoya la opinión
pública, "que si en algunas cosas divergente, no le está
en estos dos puntos: que el gobierno de Colombia sea republicano y
que el Libertador sea siempre su caudillo y magistrado'' (página
54). En un breve proyecto de constitución que se halla en el número
6º están apuntadas muchas ideas que aprovechó el Congreso
Admirable, ya fuese que directamente las tomara de ahí, ya que
corriesen como opiniones dominantes. Particularmente se nota esto
en el capítulo de garantías y derechos; sirva de ejemplo la
abolición de la pena de confiscación, y el declarar que no es
lícito al poder ejecutivo remover empleado alguno sin que conste su
mal desempeño por informe documentado del jefe o corporación de que
dependa. En algunos puntos la constitución moderó el pensamiento
del
|Eco: éste proponía un presidente por diez años, y el
congreso lo decretó por ocho; aquél proponía que los
representantes, tomada la base de uno por cuarenta mil habitantes,
se eligiesen por cinco años, y éste, con la misma base, rebajó su
duración a cuatro; el senado del proyecto debía componerse de los
ciudadanos más distinguidos por su categoría, como arzobispos,
obispos, generales en jefe y de división, y de sujetos insignes por
sus servicios, su probidad, su saber y su riqueza; la constitución
señaló como condiciones para ser elegible a esta cámara una edad y
riqueza mayores que las requeridas para ser representante, y fijó
la duración de sus miembros en ocho años, renovándose por cuartas
partes cada dos años.
Si bien fue la política ocasión de publicarse este periódico,
puede decirse que apenas ocupó en él un lugar secundario: excepto
la introducción, el juicio de las
|Meditaciones Colombianas,
el esbozo de constitución, el examen e improbación del alzamiento
de Córdoba y el justo encomio de la firmeza con que Posada,
gobernador de Mariquita, rechazó las pérfidas seducciones con que
este jefe quiso atraerlo a su causa, como a Páez y a otros, todos
sus artículos son de interés general, sobre educación, agricultura,
economía, comercio y ciencias naturales, sección la última
redactada por don Manuel María Quijano. No sería aventurado
considerarlo como un programa que el doctor Cuervo deseaba llevar a
cabo en su carrera pública. La importancia que asignaba entonces a
la educación primaria, anunciaba el impulsó que luégo le daría; así
como fueron incluídas en las nociones de urbanidad que redactó para
el Colegio de la Merced sus ideas sobre la necesidad de atender en
la educación de la mujer a su desarrollo físico, enseñándola a
mirar como fuentes de belleza la templanza, el ejercicio y el aseo.
Al apoyar el pensamiento iniciado por la Sociedad Didascálica de
solicitar del gobierno que autorizase los estudios de filosofía
hechos en los colegios privados, declarándolos suficientes para
obtener grados universitarios, y al reconocer las ventajas que
estas casas de enseñanza llevan a las oficiales en materia de
vigilancia, moralidad, higiene y urbanidad, preparaba en cierto
modo la protección con que dentro de poco habían de ser favorecidas
y la proclamación más lejana de la libertad de enseñanza. Los
artículos sobre agricultura, comercio y ciencias naturales tuvieron
su coronación en
|El Cultivador y en las demás medidas con
que trató de aliviar la suerte de los agricultores y alentar la
producción a fin de redimir poco a poco a la nación del duro
tributo que nuestra falta de industria nos obliga a pagar al
extranjero. Esta publicación merecía pues mención especial en la
vida del doctor Cuervo, porque indica bastante la parte de
iniciativa que le cupo después en su gobernación, aun cuando no
tuviera la dirección absoluta de la cosa pública.
Sobre la acogida que tuvo
|El Eco, citaremos dos
testimonios; sea el primero sacado de la correspondencia de don
Manuel José Mosquera, que escribía en 29 de octubre:
"Hacía algún tiempo que mi corazón no tenía un consuelo
como el que me ha dado la lectura del Eco
|del Tequendama.
Usted sabe mis opiniones, que son idénticas a las suyas, y por lo
mismo, fuéra de lo mucho que promete el periódico, he recibido gran
contentamiento. Y pues usted ha tenido bastante valor para tomar la
pluma de un modo tan resuelto en esta época de desastres, continúe
sin arredrarse hasta alcanzar la palma que debe honrar el eminente
servicio que presta usted a la patria en formar la opinión. ¿Qué
podré ofrecer yo para ayudar a esta heroica empresa, yo que
pertenezco a los bermejos de Boileau, y que oliendo incienso y
eructando palabras buenas, no puedo dar buenos pensamientos? Mas
para no ser inútil, comunicaré a nuestros amigos el deseo de usted,
y lo bueno o malo que se conciba, allá irá." Y luégo, en
29 de noviembre: "Volvamos a cosas más agradables. He
visto su opinión sobre gobierno consignada en el número 6º del
|Eco, y con su lectura puedo asegurar a usted que me acomoda
lo sustancial de él, aunque discordamos en algunos puntos
subalternos.''
Aludiendo también al
|Eco escribía el Libertador al
general Herrán el 29 de noviembre: "He recibido el impreso
del señor Rufino Cuervo, que me parece en muy buen sentido. Yo le
doy la en horabuena por el servicio que acaba de hacer a la patria.
También el de García ha obtenido mucho aplauso de los más liberales
de aquí"
|
(8)
.
Dicho se está que con la invitación hecha a los pueblos y a los
ciudadanos para que manifestasen sus opiniones, hubieron de
proponerse las cosas más extrañas y contradictorias; pero en los
departamentos del centro y del sur de Colombia hubo notable
conformidad, como lo decía
|El Eco, en cuanto a conservar en
el mando a Bolívar
|
(9)
. No es por tanto de extrañarse que cuando
las poblaciones de Venezuela proclamaron la separación desatándose
contra el Libertador, hiciesen blanco de su saña las
|Meditaciones Colombianas lo mismo que
|El Eco del
Tequendama, tomándolos acaso como los órganos más autorizados
de estas opiniones
|
(10)
.
Con grande ansiedad se aguardaba la reunión del congreso
constituyente que debía verificarse el 2 de enero de 1830 y decidir
la suerte de Colombia determinando su futura organización, cuando
sucesos de la mayor gravedad cambiaron la situación y tuvieron por
resultas hacer brotar de entre rumas y escombros a la Nueva
Granada. No hace a nuestro propósito relatar la historia de estos
días, pues que el doctor Cuervo, siguiendo sus tareas forenses se
contentó con ponerse al lado del gobierno constitucional, figurando
entre los moderados; pero sí es necesario realzar algunos hechos
que dan luz sobre la formación y el carácter de los partidos que
habían de continuarse en la nueva República.
Como ya dijimos, en agosto de 1829 dictó Bolívar una circular
para que todos los pueblos expresaran sus opiniones sobre la forma
de gobierno que debiera adoptarse, de la cual circular se asieron
en Venezuela para separarse. Al principio se extendieron en algunos
lugares actas para pedir al congreso esta separación; pero Caracas,
en 26 de noviembre, la declaró de hecho, y su ejemplo cundió por
dondequiera. Con esto se avivó en la Nueva Granada el deseo que
desde antes abrigaban muchos de formar de ella una nacionalidad
aparte, y renunciaron otros a la irrealizable ilusión de Colombia.
Así fue que al llegar Bolívar a la capital (15 de enero de 1830),
no sólo sus antiguos adversarios habían alzado cabeza con los
acontecimientos de Venezuela, sino que muchos de sus partidarios se
fueron resfriando para confiarle el mando. Y no sin poderosas
razones. Si el Libertador era indispensable para la conservación de
Colombia, desaparecía el primer motivo de su elección, una vez que
él mismo daba por inevitable y necesaria la separación de
Venezuela. Resuelta ésta a romper a todo trance la unión, hasta el
punto de protestar Páez que antes que volver a ella se entregaría a
los españoles, y desencadenándose los odios contra Bolívar, que
simbolizaba a Colombia, el persistir en llevarle a la primera
magistratura fuera tanto como arrojar el guante para una contienda
civil. La idea de una guerra cruel después del cansancio de tántos
años de campañas, para conseguir una paz dudosa y en todo caso
instable, el aumentar y extender la miseria pública, acrecentar
fuerzas al ya odioso militarismo, y por fin recomenzar la
inacabable tarea de organizar a Colombia, eran cosas de cansar
espanto, y los amigos mismos del Libertador temieron de su
inmediata vuelta al poder, con lo cual quedaron todos conformes en
prescindir de él. En momentos en que la ansiedad y las sospechas
andaban vigilantes, fue nuevo motivo de desapego el sentimiento que
a las claras dejó ver cuando sus adictos le manifestaron que la
opinión pública estaba por que renunciase a la idea de ser elegido
presidente por el congreso. Es sin duda que no hubo aquí sino un
primer movimiento, reprimido luégo por el buen sentido, pero ello
es que esto trascendió hasta fuéra de la capital, y aun personas
calmadas creyeron ver ahí indicios de una ambición funesta.
Entre tanto el congreso, llenando con majestuosa serenidad el
objeto de su convocación, cerraba los oídos a las voces de fuéra, y
aprovechando las lecciones de la experiencia dictaba una
constitución igualmente apropiada para arraigar el orden que para
asegurar el goce de la libertad. Pero era imposible desentenderse
de lo que estaba pasando, y el congreso mismo convocado para
constituir a Colombia, por amor a la conciliación no dio a su obra
carácter permanente, sino que la sometió a la aceptación de
Venezuela. El mismo sentimiento obró sin duda en la elección de
presidente, como que los amigos incondicionados de Bolívar, ni más
ni menos que los que lo eran sólo dentro de la órbita de las ideas
liberales, estuvieron conformes en votar por dos ciudadanos
civiles, don Eusebio María Canabal y don Joaquín Mosquera. Hecho
singular, el último fue indicado por Bolívar, y, dejados aparte sus
merecimientos, los antecedentes inducen a creer que el principal
motivo fue el calor con que en
|El Meteoro y empleando su
influencia en Popayán había defendido la necesidad de aceptar la
separación de Venezuela y organizar de por sí la Nueva Granada.
Esta misma razón puso de su lado a los liberales, pues para lo más
exagerados Bolívar y Colombia eran una misma cosa. La elección se
hizo el 4 de mayo; lástima fue que Mosquera no obtuviera la mayoría
sino gracias a la coacción de una turba de alborotadores, quedando
sentado vergonzoso precedente a un mismo tiempo para los enemigos
del orden de la legalidad, y para los hombres pacíficos y
moderados, que dieron por bueno el hecho contra el cual no protestó
el congreso. Comoquiera que sea, la constitución conservadora y la
elección de un presidente civil señalan la aspiración a un nuevo
orden de cosas.
Con todo esto, Mosquera no tuvo, ni acaso nadie tuviera, la
fuerza y el tino necesarios para no zozobrar entre el
desencadenamiento de las pasiones más violentas y encontradas. Los
perseguidos con ocasión de la conspiración de septiembre y los
aprobadores del hecho atacaban con desusada violencia al Libertador
y a cuantos le mostraran simpatía o respeto siquiera. El periódico
llamado
|El Demócrata adquirió triste celebridad santificando
aquel atentado, prediciendo el asesinato de Sucre y cebándose
después en su cadáver; acometió al presidente Mosquera porque en su
proclama inaugural dio a Bolívar el título de Libertador, y luégo
al general Herrán porque providenció que se le facilitasen recursos
en Honda para su partida. Los militares, con el prestigio de sus
glorias, había tiempo que todo lo invadían y eran dondequiera
obstáculo al establecimiento y marcha de un gobierno concertado,
por lo cual eran mirados de reojo por los civiles; creyéronse
además agraviados al ver que el nuevo gobierno quería igualarlos a
los otros ciudadanos, declarando contrarios a la constitución
varios decretos del Libertador que los favorecían y privilegiaban.
A los tres días no más de elegido Mosquera, se sublevaron el
batallón Granaderos y el escuadrón Húsares de Apure. Acudió la
población, y especialmente los jóvenes, a prestar su apoyo al
gobierno, y a pesar de no tener armas, su actitud imponente hizo
moderar las pretensiones de los insurrectos, que sin causar
desorden salieron para Venezuela. La malquerencia entre los amigos
y los enemigos del Libertador fue más viva y funesta desde el punto
en que la guarnición de Bogotá se encontró igualmente dividida
entre los dos partidos, el batallón Callao por los primeros, y el
Boyacá y Cazadores de Cundinamarca por los segundos. De aquí la
insurrección del Callao, apoyada por los campesinos de la Sabana, y
la sangrienta acción del Santuario (27 de agosto), que redujo al
gobierno a la impotencia y a la más humillante capitulación; de
aquí el acta de Bogotá en que se llamaba al Libertador para
encargarle de los destinos de Colombia, y se designaba al general
Rafael Urdaneta para que tomase mientras tanto el mando. supremo;
lo que trajo consigo la disolución del gobierno legítimo.
En vano se ha pretendido defender o disculpar la usurpación de
Urdaneta (con esta palabra calificó Bolívar mismo el atentado).
Comenzada por un motín militar sin plan ni concierto alguno, cubrió
de sangre la sabana de Bogotá, y no proclamó el mando de Bolívar y
la integridad de Colombia, sino como expediente a que acudieron sus
autores para ganar partido y salir de la crítica situación en que
los puso su inesperado triunfo. Pretendiendo sostener a Colombia,
derrocaban su gobierno y anulaban su constitución; aclamando al
Libertador como caudillo de esta idea, querían comprometerle en una
aventura tan contraria a sus deseos como a su conciencia, y
agriaban más los odios de sus enemigos; ofrecían en fin labrar la
dicha de los pueblos, y antes de abalanzarlos a una guerra civil
que el congreso y Bolívar habían procurado evitar a todo trance, lo
hacían víctimas de crudas vejaciones. No es pues mucho que los que
vivieron en aquellos tiempos guardaran de ellos triste e infausto
recuerdo. Sólo el temor de caer en la anarquía y agonizar entre las
manos de tiranuelos de provincia hizo aceptable el mando de
Urdaneta, parapetado con los nombres todavía caros de Colombia y de
Bolívar.
Este había salido de Bogotá el 8 de mayo, cediendo
patrióticamente a las circunstancias y a los consejos de sus amigos
que temían su advenimiento al poder como ocasión probable de
mayores desgracias. Aunque debió ser grande su amargura al verse
obligado a dejar el campo de sus hazañas con insultante alegría de
un populacho soez, hubo de minorarse sin duda con el voto unánime
del congreso que le proclamó el primero y mejor ciudadano de
Colombia y confirmó el decreto de 1823 en que se le concedía una
pensión vitalicia de treinta mil pesos, el cual voto hacía honrosa
su salida y le proporcionaba con qué vivir decentemente en Europa;
a lo mismo contribuyó también la capital dándole un testimonio de
amor y gratitud por boca de sus ciudadanos más distinguidos, que se
despedían de él con tristeza como de un astro esplendoroso que se
hunde para no volver a aparecer. Hallábase en Cartagena aguardando
oportunidad de embarcarse para Europa, cuando tuvo noticia de los
movimientos del interior. A pesar de improbarlos duramente en
privado, en público se expresó con términos ambiguos, pensando,
decía, que si desairaba redondamente a los amotinados triunfantes,
habrían de surgir mil partidos que consumarían la ruina de la
patria
|
(11)
. Pero
el golpe que quiso ahorrar a sus amigos, lo descargó más duro su
propia muerte, acaecida el 17 de diciembre. La dictadura sintió
desmayar; al mismo tiempo el triunfo de Obando en Palmira (10 de
febrero) y la defección de Posada en Neiva (27 de marzo), quien,
rompiendo con el Dictador, se puso al servicio del gobierno
legítimo, abrieron el camino para que el vicepresidente Caicedo se
declarase en ejercicio del poder ejecutivo (14 de abril).
Siguiéronse los convenios de Apulo, en que Urdaneta con su
moderación y generosidad puso fin honroso a la usurpación, pues
teniendo fuerzas con qué resistir y aun vencer por entonces, entró
en un avenimiento patriótico. El vicepresidente, coadyuvando
poderosamente el general José Hilario López, dirigió todos sus
conatos a conciliar los partidos, cumpliendo fielmente lo pactado
en las Juntas de Apulo. Mas no eran estas voces de concordia y
patriotismo las que podían ser oídas por los antiguos enemigos de
Bolívar, ansiosos de saciar en los vencidos su rencor y de vengar
las persecuciones padecidas.
Así que con razón deberá decirse que el vicepresidente mereció
bien de la patria al mediar con imponderable serenidad en esta
lucha encarnizada en que por una parte los militares se resistían a
ver el fin de su dominación y los bolivianos todos se contemplaban
ya presa indefensa de sus rabiosos enemigos, y por otra los
liberales exaltados sin tener en nada la fe empeñada en los
convenios, no e contentaban con menos que la destrucción de sus
contrarios, ofreciendo, si para ello fuese necesario, la dictadura
a un Obando o a un Moreno, a pesar de haber venido voceando contra
la de un Bolívar. Si con todo el apoyo que los liberales moderados
prestaban al gobierno, fueron estos hombres ganando terreno poco a
poco, todavía pudo el vicepresidente poner la suerte de la nación
en las manos del congreso constituyente de la Nueva Granada (20 de
octubre de 1831).
Postrado el partido boliviano, quedó el liberal dividido en dos
fracciones que casi se balanceaban en el congreso: violenta la una
y arbitraria, moderada la otra e inclinada a poner el orden y la
tolerancia por base de la libertad.
|
(1)
|
|Memorias del general
O'Leary. tomo IX.
|
|
(2)
|
Eco del
|Tequendama, número
del 15 de noviembre de 1829.
|
|
(3)
|
|Repertorio Colombiano, tomo IV, página 460.
En el libro
|Papeles de Bolívar, del doctor Vicente Lecuna,
página 215, hay una carta de Bolívar al general Urdaneta, fechado
en Popayán el 20 de noviembre de 1829. Dice: ''He recibido el
impreso del señor Rufino Cuervo, que no parece en muy buen sentido.
Yo le doy la enhorabuena por el servicio que acaba de hacer a la
patria. También el de García ha obtenido mucho aplauso de los más
liberales de aquí. Yo no puedo disponer de la legación de Holanda
porque ya está dada a E. Arboleda, que parte para Europa, pronto.
Además de que aquí necesitamos a Cuervo para veinte cosas; después
será mejor su viaje. Ya mando de nuevo entregar a usted el
ministerio de guerra y a Cuervo lo propongo para otro destino al
consejo. Usted lo sabrá si lo admiten ''. La misma carta que
publica el
|Repertorio Colombiano como dirigida a Herrán la
trae
|Papeles de Bolívar como enviada a Urdaneta. (Nota de
Luis Augusto Cuervo).
|
|
(4)
|
De la 5ª
|Meditación colombiana, cuya dedicatoria lleva
fecha de 19 de diciembre de 1829, puede colegirse que por entonces
continuaban los trabajos de la comisión.
|
|
(5)
|
Véase Posada, Memorias, tomo 1,
página 109.
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|
(6)
|
Repertorio Colombiano, tomo IV,
página 456.
|
|
(7)
|
El futuro arzobispo, don Manuel José Mosquera, creyó en un
principio que las
|Meditacíones eran escritas por el doctor
Cuervo. El 22 de julio de 1829 le escribía desde Popayán: ''He
leído el principio de sus
|Meditaciones y me han gustado
sobremanera. La Introducción encierra tántos principios juiciosos,
tántas ideas bellas y tántos sentimientos patrióticos, que me
prometo que va usted a ganar mucha opinión y a aumentar su bien
fundada reputación entre los literatos''. Un mes después (agosto
29) aclaraba: ''El florido estilo que trajo el prospecto de las
|Meditaciones me pareció de usted, aunque empecé a dudar
cuando ví la primera por ciertas frases que no son del gusto de
usted". (Nota de Luis Augusto Cuervo).
|
|
(8)
|
|Repertorio Colombiano, tomo IV, página 460. La fecha de
la carta está equivocada, pues dice 20 y el Libertador llegó a
Popayán el 21; hemos puesto 29, día en que salía correo, como las
otras dos del mismo lugar están datadas el 22 y el 6.
|
|
(9)
|
Baralt y Díaz,
|Resumen de la
historia de Venezuela, tomo II, página 275.
|
|
(10)
|
El acta de Caracas decía: ''Los papeles que de la capital se
enviaban por los agentes del gobierno a las provincias,
participando todos del mismo espíritu y comunes en su origen, han
recomendado constantemente el silencio en lugar de la verdad, la
ciega obediencia por el sano criterio, la abyecta inacción por el
honesto ejercicio de nuestros derechos, y la servidumbre por la
libertad. Toda Colombia ha visto con asombro el
|Eco del
Tequendama y sus semejantes.'' En la de Calabozo se lee:
''Nosotros no hemos leído el
|Eco del Tequendama, las
|Meditaciones sediciosas del señor Ríos ni otros papeles
incendiarios que se han impreso, por decir así, sobre la misma
tarima del jefe supremo y se han lanzado a los pueblos para
infestarlos.''
|Vida pública de Bolívar, tomo 21, páginas 85,
193.
|
|
(11)
|
El consejo de ministros de Urdaneta y el mismo Urdaneta
declararon terminantemente que Bolívar no había querido aceptar el
mando que le ofrecían (
|Gaceta de Colombia, números 500 y
512).
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