CAPITULO IV
FISCALIA DEL CAUCA
Inseguridad pública.-Otros destinos
que desempeña el doctor Cuervo.-Su matrimonio.-Nombrado ministro
fiscal de la Corte de Justicia del Departamento del Cauca.-Popayán.
Recibe el doctor Cuervo generales muestras de aprecio.-Sus
servicios a la Universidad.-El terremoto-Situación política de la
República y de Popayán.-Conducta moderada del doctor
Cuervo.-Federación y centralismo.-Junta convocada por el intendente
Mosquera y juramento de los empleados.-Correspondencia de Santander
con el doctor Cuervo sobre los acontecimientos de la
época--Impresión que deja.-El Libertador y los liberales.
El año de 1825 se hizo memorable en Bogotá y en los lugares
comarcanos por una infinidad de robos, asesinatos y violencias
cometidos con el mayor descaro. Gracias a tántos años de guerra y
de penuria, al movimiento de ejércitos y a los regocijos mismos con
que se festejaba la libertad recién adquirida y que, haciendo más
sensible la miseria con la ostentación del lujo y de los placeres,
aguijoneaban la desmoralización, se vio la capital atestada de gran
copia de gente vaga y pervertida, pronta a cualquier desmán. Fue lo
peor que en algunos robos de consideración figuraron como autores o
fautores sujetos de familias conocidas y pudientes
|
(1)
. Con poca e inexperta policía,
los criminales se libraban de caer en manos de la justicia, y
cuando por acaso eran aprehendidos, era su defensa lo defectuoso de
las leyes de procedimiento, pues las burlaban abiertamente,
valiéndose de sus fórmulas lentas y escurridizas pava prolongar
indefinidamente los procesos y eludir al fin el castigo. Los
presos, confiados en esto, se hicieron tan procaces, que cuando los
robados pasaban por frente de las rejas de la cárcel, los
insultaban y mofaban
|
(2)
. Los particulares, sobrecogidos de
espanto, acudían a las autoridades pidiendo seguridad para sus
casas, para las, calles y los campos. La Alta Corte de Justicia
excitaba el celo de la del departamento; el vicepresidente
consultaba a la primera; la municipalidad de Bogotá representaba al
congreso para que diese leyes rigurosas, y a la Corte del
Departamento para que apresurase los procedimientos, porque no
sabía ya qué hacer con los encarcelados. Otros hacían al último
tribunal el agravio de traer a comparación la antigua Audiencia. El
se defendía (12 de diciembre de 1825) exponiendo que era injusto
exigir que este solo tribunal despachase los negocios de casi la
mitad de Colombia, por no haberse establecido todavía en cuatro
departamentos las cortes creadas por la ley; que desde el 20 de
septiembre, en que se puso en planta la nueva organización
judicial, se habían repartido a los cuatro jueces que componían el
tribunal quinientas veinte causas, sin contar aquellas que por
hallarse en estado de verse por la sala y estar ya citadas las
partes, no había sido necesario repartirlas para la sustanciación;
que para dar vado a tántos negocios cada ministro llevaba los
expedientes a su casa para leerlos por la tarde o por la noche, y
haciendo él mismo oficio de relator y aun de escribiente, los
devolvía despachados al día siguiente; y sobre todo, que si los
oidores daban las sentencias según su leal saber y entender, ahora
los jueces eran obligados a fundarlas. De todos estos clamores
resultó la ley de 3 de mayo de 1826 sobre procedimiento en las
causas de hurto y robo, la cual abreviaba sumamente los trámites e
imponía gravísimas penas a los ladrones y vagos, aun la de muerte a
los que en número de dos o más entrasen por la noche en las casas
escalando, fracturando o con cualquier linaje de violencia
|
(3)
.
El doctor Cuervo fue ministro juez interino de la Corte Superior
del Departamento en los dos meses últimos del año 1825 y en seguida
pasó a ser fiscal, también interino de la Alta Corte; por manera
que el excesivo recargo de trabajo que hemos ponderado cayó sobre
las tareas periodísticas que por entonces traía entre manos. Además
en mayo de 1826 entró a formar con don Rafael Revenga, secretario
de relaciones exteriores, y don Francisco Soto la comisión
encargada de redactar el reglamento orgánico de las escuelas
primarias de la República.
Pero una persona con los hábitos de orden y trabajo que
distinguían al doctor Cuervo, y con una invencible atracción a los
goces del hogar, no podía aquietar sus aspiraciones en solos los
negocios públicos, y anhelaba por la vida íntima y laboriosa del
matrimonio. Dios quiso colmar sus deseos, concediéndole por esposa
a doña María Francisca Urisarri, hija, como queda dicho, de don
Carlos Joaquín de Urisarri y Elispuru, que entre otros cargos tuvo
en Bogotá el de director general de rentas del Virreinato de la
Nueva Granada, y de doña Mariana Tordesillas y Torrijos,
perteneciente a una antigua y respetable familia de Bogotá. Con
este matrimonio, que se celebró el 14 de mayo de 1826, el doctor
Cuervo halló un abrigo contra los huracanes de la vida pública, en
el cual no dejó de reinar la dicha más pura y apacible aun en las
horas de mayor angustia. "La señora Urisarri de Cuervo,
dice un escritor de nuestros días, era una matrona distinguidísima
por su piedad, su modestia, su agradabilísimo trato. Hacen de ella
grato recuerdo cuantos tuvieron la dicha de tratarla. Ella conservó
en su familia las austeras y puras tradiciones de sus
antepasados"
|
(4)
.
Tres meses llevaba de casado, cuando el gobierno le designó
ministro fiscal de la Corte de Justicia del Departamento del Cauca,
pero no pudo ponerse en camino para tomar posesión hasta enero del
año siguiente. Duro sacrificio se le impuso, pues este nombramiento
traía como consecuencia el haber de dejar a su tío el canónigo
Cuervo y separarse de su esposa, por lo menos hasta que ella
pudiese emprender tan largo viaje; con todo esto, no titubeó en dar
su aceptación, como que siempre estuvo pronto a servir a la patria
dondequiera que se le exigiese, aun en menoscabo de su mismo
bienestar.
No eran muchas las ciudades de la América española que pudieran
enorgullecerse de ser cuna de tánto patriota ilustre como Popayán,
y de tener en su seno una sociedad tan culta y letrada, de que
salían continuamente para los congresos y magistraturas caballeros
que honraban a la República. Entonces, a pesar de los estragos de
la guerra de la independencia, era una población respetable que
contaba con acaudalados propietarios, y adonde refluía gran parte
de la riqueza del privilegiado valle del Cauca. Según un viajero
francés que la visitó por este tiempo, era en muchas cosas superior
a la capital: sus alrededores amenísimos y bien cultivados
anunciaban una ciudad importante; sus casas mejor construidas, más
ventiladas y sobre todo más alegres; la calle de Belén, bella en
cualquier ciudad europea
|
(5)
. Contrastaban además con el aspecto
encogido y friolento del pueblo de Bogotá, los trajes vistosos y
pintorescos, el andar garboso y desenfadado de los mestizos y
mulatos de Popayán, y sobre todo aquel llevar los cántaros y cestos
en la cabeza con tanta gracia como los llevarían las mujeres que en
la antigüedad sugirieron el uso de las cariátides. La clase alta,
casi toda con humos aristocráticos, era franca y cordial en sus
relaciones sociales y de una moralidad ejemplar; el pueblo,
inteligente y laborioso, sin perder en un ápice el respeto a la
gente elevada, tendía a educarse y a participar de los bienes de la
República: en fin, era una ciudad a quien singulares condiciones
llamaban a representar un gran papel en la historia de América.
El doctor Cuervo fue recibido con aprecio y agasajado
sinceramente por todas las clases de la sociedad; como a su esposa,
que se le reunió a fines de 1827, se le prodigaron las más
exquisitas atenciones. Las familias a porfía se empeñaban en
obsequiarlos y en hacerles olvidar que estaban lejos de su suelo
natal; y tánto supieron cautivarlos, que el doctor Cuervo estuvo a
punto de comprar una linda propiedad en los afueras de Popayán, con
ánimo de radicarse allí; y lo efectuara a no sobre venir la muerte
de su primogénito Antonio María, que lo entristeció profundamente,
en circunstancias en que negocios de familia lo llamaron a Bogotá,
conforme a su tiempo veremos.
Alguno pudiera sospechar qué en tiempo en que los méritos se
medían por los años, un tribunal como el de Popayán, compuesto de
letrados beneméritos, llegara a mirar con frialdad la ida de un
compañero como el doctor Cuervo, y aun a tomar como desdén del
supremo gobierno el que asociase a sus labores un abogado tan
joven. Pero si algo de esto hubo, tal impresión debió de
desvanecerse rápidamente, pues hicieron ver su capacidad la
expedición y prontitud con que despachó no sólo los expedientes que
diariamente se presentaban, sino diez y ocho más que dormían hacía
dos años; y al fin sus compañeros le regraciaron por haberles
llevado "los conocimientos y la experiencia de los
tribunales de la capital".
Su casa, arreglada con el buen gusto que él mostraba en todas
sus cosas y adornada además con algunos muebles europeos que llevó
desde Bogotá, llamó la atención general y vino a ser el centro de
sus numerosos amigos; donde unidos todos por iguales tendencias,
analizaban los graves acontecimientos que tan agitado tenía al
país, e ideaban mil proyectos para salvarlo. En este continuo
comercio de ideas fue el doctor Cuervo reforzando insensiblemente
su prestigio y adquiriendo tal predominio sobre los sujetos
notables del lugar, que desde entonces vino a ser como consejero de
algunos de ellos, y casi siempre su candidato para los primeros
puestos de la República.
Pero en justicia así debía ser, pues además de las simpatías que
se conciliaba por su carácter, influía el interés que tomaba por la
población y en particular por la Universidad. En ésta desempeñó sin
remuneración alguna la secretaría las clases de legislación civil y
penal, a las que concurrían no sólo los estudiantes sino los
empleados de la Universidad y aun personas extrañas, atraídas por
la novedad con que trataba las materias. Sus discípulos, que casi
todos han lucido después en destinos de importancia, hicieron tales
progresos, que estos cursos se citan como de los más notables que
allí se siguieron, con ser así que al claustro de esta Universidad
habían dado lustre un José Félix Restrepo, un Joaquín Mosquera y
otros. Diez años después pasaba por Popayán don Joaquín Acosta con
dirección a Quito, adonde iba de ministro de la Nueva Granada, y
felicitaba calurosamente al doctor Cuervo porque la mayor parte de
los jóvenes que estaban figurando se gloriaban de ser sus
discípulos, y más aún porque sus doctrinas habían formado escuela.
Tánta fue la influencia de su enseñanza.
A más de la merecida reputación que disfrutaba la Universidad de
Popayán por la sólida instrucción que en ella se recibía, teníala
envidiable en toda la República, tal que aun jóvenes de Bogotá la
frecuentaban, por la pureza de sus enseñanzas y por la moralidad
que allí reinaba, y por cierto no era sino reflejo de la proverbial
de la población. Para poner esto en su punto basta recordar que
componían el cuerpo universitario el doctor Manuel José Mosquera,
que tan ilustre había de ser como Arzobispo de Bogotá, don Lino de
Pombo, don José Antonio Arroyo, don Manuel Mariano Urrutia y otros
no menos respetables por su saber y virtud, y que dirigida la
educación religiosa por el mismo señor Mosquera, y unidos todos los
profesores no sólo por la comunidad de ideas y el amor a la
juventud, sino por cordial amistad, todas las cátedras armonizaban,
sin que se o una nota discordante.
Durante la permanencia del doctor Cuervo en Popayán acaeció el
espantoso terremoto del 16 de noviembre que llenó la ciudad de
ruinas y de consternación. Sobrevino apenas puesto el sol, y los
habitantes en su mayor parte salieron huyendo a las márgenes del
Cauca en busca de seguridad. Pero allí los aguardaba mayor
conflicto, pues notaron que las aguas del río se iban mermando,
mientras observaban pasmados el caso, sin comprender lo que era ni
poder indagar su causa, se vieron de repente sorprendidos por una
creciente formidable, que, según después se supo, debió su origen a
la violencia con que rompieron las aguas de uno de los afluentes
del Cauca, represadas por una peña que con el terremoto se desgajó
de las montañas. El terror fue indecible. Todavía después de muchos
años guardaba nuestra madre vivo re cuerdo de aquellas escenas
lastimosas. Todos corrieron a guarecerse en las colinas cercanas;
por entre las malezas llegaban a las alturas señoras delicadas con
las ropas hechas jirones y los pies chorreando sangre, hijos
cargados de sus ancianas madres, mujeres con tres o cuatro niños a
cuestas y en brazos o llevando lo primero que al huir hallaron a la
mano, y todos en fin con el espanto retratado en los semblantes.
Desde allí contemplaron los estragos de la avenida: ya llega a una
cabaña, la invade y la arrebata como si fuera una débil paja; ya
lame y corta un pedazo de la margen y lo arrastra flotando por un
trecho con sus árboles como una balsa; y por todas partes se
divisan a la flor del agua las cabezas de los caballos y ganados
que hacen infinitos esfuerzos por no ahogarse. Al bajar la
creciente fue quedando todo cubierto de limo ceniciento, como de un
inmenso sudario; las aguas corrieron fétidas durante muchos días, y
por largo tiempo dejaron los caucanos de ver cristalino y
transparente su hermoso río.
Volvamos los ojos a la vida política del doctor Cuervo en estos
días borrascosos para Colombia. Sería ajeno de nuestra labor narrar
los sucesos que mantuvieron en agitación, mayor o menor, la
República entera. Todas las historias nos refieren cómo el
Libertador puso fin a la insurrección de Páez con la amnistía de
Puerto Cabello (1º de enero de 1827), colmando de distinciones a
los disidentes de Venezuela; la insurrección de la 3ª división
colombiana en Lima (26 de enero), promovida por los peruanos
enemigos de Colombia y coloreada por los amotinados con el pretexto
de sostener la constitución de su patria contra toda tentativa de
reemplazarla con otra o de alzar un dictador; la insensata alegría
que mostraron tos exaltados de Bogotá al saber este suceso,
creyéndolo efecto de amor a las instituciones liberales, y su
desengaño al penetrar las miras proditorias de los facciosos y la
invasión con que trastornaron los departamentos del sur; la justa y
enérgica improbación dada por el Libertador a este movimiento, y la
irritación de los mismos exaltados en viendo que se adelantaban
fuerzas de Venezuela para contrarrestar la división invasora; la
calma pasajera que vuelve a los espíritus al posesionarse el
Libertador de la presidencia, para la cual había sido nombrado
segunda vez con inmensa popularidad; la convocatoria hecha por el
congreso para la Convención que debía reunirse en Ocaña el 2 de
marzo de 1828; la actividad con que trabajaron los contrarios de
Bolívar para ganar las elecciones y el triunfo que obtuvieron; el
triste fin de esta asamblea con la separación de la minoría; el
acta hecha en Bogotá el 13 de junio e imitada en toda la República,
para desconocer los actos de la Convención y conferir al Libertador
el mando supremo y finalmente el enojo de la burlada mayoría de
dicho cuerpo y el frenesí con que algunos conspiraron contra la
vida misma del Libertador.
Situado Popayán entre Bogotá y Guayaquil parecía ajeno a las
conmociones violentas de uno y otro lugar, y como aislado en medio
de dilatada conflagración; pero no era esto efecto casual, sino
obra del patriotismo y del tacto delicado de sus ciudadanos más
distinguidos, que en todas las agitaciones de la República estaban
"conformes en conservar su reputación de amigos del orden
y de las leyes"
|
(6)
. Republicanos moderados, no dieron acogida
a las exaltadas declamaciones de
|El Conductor, y eligieron
para la Convención diputados que se hicieron notar por su
moderación e imparcialidad. Más todavía: era Popayán como una
altura desembarazada cuyos aires puros serenaban la agitación de
las pasiones, y desde donde se veían con todos sus lineamientos los
sucesos políticos; allí conoció claramente el Libertador el año de
1826 el estado de la opinión en el Centro, y se afianzó en su
resolución de gobernar constitucionalmente; allí desaprobó en 1829
los proyectos de monarquía que traía entre manos el consejo de
ministros
|
(7)
. No
era pues dé extrañarse que la ida del doctor Cuervo despertase
algún recelo. Su nombre había Sonado apasionadamente en boca de la
comitiva del Libertador como de uno de los abominados periodistas
de Bogotá, y algunos se figuraban que iría a continuar allí la
violenta propaganda que se le había achacado. Pero no fue así, y a
poco se encontraron todos de acuerdo con él, no sólo en el campo
literario y de las relaciones sociales, sino en el político. Aun
cuando por precisión había de tratar con tal cual exaltado, que
allí se encontraba, jamás desmintió la moderación de sus opiniones
y el decoro de su conducta oficial y privada. Nunca desaprovechó
las ocasiones de conciliar los ánimos, y aun casi llegó a ser frase
consagrada la de que era articulación entre los diversos partidos
|
(8)
. Tal sucedió en
un convite dado por el obispo, en el cual se levantó un caballero
enemigo del Libertador, y brindó contra él en términos muy
ofensivos; originóse el disgusto que era natural, y exaltándose
todos, pasaran las cosas muy adelante (así se creyó generalmente en
la ciudad), si el doctor Cuervo apaciguando al provocador y
calmándolos a todos, no hubiera cortado la disensión.
Una de las cuestiones que más inquietaban entonces, era la
elección entre el gobierno federativo y el central. Fue siempre el
Libertador sobremanera adverso a la federación, y no hay para qué
decir que sus amigos participaban de esta antipatía. Entre los
demás la opinión no era ni uniforme ni constante; pocos eran
federalistas por convicción; la mayor parte no veía en la adopción
de este sistema sino un expediente para desatarse de Venezuela, y
librar a la Nueva Granada de la gravosísima carga de tener en sí la
capital de Colombia, que era como decir comprar con su sangre y sus
ya casi agotados caudales el desdén y la malquerencia de su
compañera. Entre éstos se hallaba el general Santander. Azuero fue
en
|El Conductor opuesto a la federación, y todavía cuando
muchos de la mayoría de la Convención estaban por ella, manifestaba
los temores que le causaba su planteamiento
|
(9)
, aunque al fin acabó por
proponer un federalismo a su modo. En Popayán la opinión general
prefería el gobierno unitario; de modo que el doctor Cuervo, que en
|La Bandera tricolor se había burlado de la federación
pintando chistosamente las pretensiones autonómicas de la parroquia
de Tuso
|
(10)
, se
vino a encontrar allí en tierra amiga. Con otros compañeros fundó y
redactó
|El Constitucional, periódico de ideas esencialmente
patrióticas, y en defensa del centralismo, como única forma de
gobierno adaptable a nuestro país; y cuando gran parte de las
municipalidades y corporaciones dirigieran a la Convención
peticiones para que en la futura constitución se adoptara esta
forma, muy a su gusto firmó la que hizo la Corte Suprema de
Justicia del Cauca. Este cuerpo recomendaba la conservación del
sistema constitucional vigente, reformándose, si se quería, los
artículos incidentes cuya inconveniencia estuviese comprobada de
hecho, a fin de que la mejora de las instituciones fuese la obra
paulatina del tiempo, de la experiencia y de la sabiduría; y
decían: "Los hombres honrados, el labrador, el
propietario, el que ejercita su industria, todos, todos creen que
la debilidad del gobierno federal produjo en el año 6º nuestro
sometimiento a los españoles; todos creen que la disociación
federal nos sumergiría hoy en nuestras pasadas desgracias y en los
males de la anarquía.''
Es más: el intendente Mosquera testifica que a la cooperación
del doctor Cuervo se debió casi exclusivamente el que la
municipalidad de Popayán hiciera igual manifestación, y agrega que
ofreció emplear su influjo en Buga y Cali para lograr el mismo
efecto
|
(11)
. De
resultas de esto y viendo que al seguir tal conducta se apartaba de
las opiniones actuales de Santander, con quien le imaginaba
mancomunado, llegó el intendente a pensar que se le había ganado a
su partido
|
(12)
,
cuando en realidad no hacía más que pretender el triunfo de ideas
que le eran propias.
Más adelante, disuelta la convención y comunicada a toda la
República el acta de Bogotá, por la cual se investía a Bolívar del
poder dictatorial, el mismo Mosquera, tomando por pretexto las
noticias que Flores le daba sobre la guerra del Perú, reunió
primeramente una junta de militares, que hizo su acta como las
demás; enseguida citó a los empleados principales, y esa junta, en
vista del peligro, acordó la reunión de un cabildo abierto.
Congregáronse en consecuencia el 3 de julio de 1828 los empleados y
personas notables, y con no poca sorpresa del intendente, el doctor
Cuervo se opuso con energía a que se extendiera el acta en los
mismos términos que en Bogotá. No podemos decir hasta qué punto
esta resistencia suscitó o alentó la de otros, pero el hecho es que
después de largas discusiones, que duraron desde las tres de la
tarde a las nueve de la noche, la manifestación de esta junta se
redujo a un juramento del intendente hecho en estos términos:
"Juro a Dios por los santos Evangelios y prometo a la
República sostener la integridad nacional y al presidente de ella
en la presente crisis, como el punto de contacto para reunir los
partidos y evitar la guerra civil". Los concurrentes, dice
la relación oficial, manifestaron su aprobación con regocijados
vivas, y procedieron en seguida los jefes, autoridades y empleados
a prestar el mismo juramento ante el intendente. Por eso no se dijo
acta sino juramento de los empleados de Popayán. El doctor Cuervo
tuvo pues la satisfacción de no firmar un acta de dictadura después
de haber atacado vigorosamente con su nombre las de Guayaquil y
Quito y coadyuvado por lo menos a tratar duramente sobre el caso al
mismo Mosquera; se esforzó además, hasta donde era posible en tan
extremadas circunstancias, a salvar el principio de la legalidad,
que fue la aspiración constante de su vida, pues por aquel
juramento todos los ciudadanos se congregaban en torno del
|Presidente, para asegurar el orden interior y el triunfo
sobre los enemigos de fuéra. Mosquera dio bien a entender, al
noticiar a Libertador lo acontecido, que no había sido posible
conseguir más
|
(13)
; pero a su vanidad no le faltó medio de
ponderar sus esfuerzos y las medidas violentas que tenía preparadas
|
(14)
.
Durante todo este tiempo se correspondió el doctor Cuervo por
cartas con Santander. Queremos dar muestras aquí de esta
correspondencia, que publicamos íntegra, primeramente para hacer
ver la clase de relaciones que entre los dos existían, y luégo
porque en ella vemos las opiniones de este personaje y su
disposición para con el Libertador, hasta poco antes de disolverse
la convención, época en que se interrumpen las cartas. Dícennos los
historiadores que ya por esos tiempos estaba devorado Santander por
el odio más profundo al Libertador y que no tenía más anhelo que el
de desacreditarle y aun salir de él. Que en momentos de exaltación
se expresara descompuestamente contra Bolívar, no es extraño, y aun
se disculpa que estuviese ofendido, cuando era público el poco
miramiento con que aquél le había tratado en los últimos tiempos,
sobre todo al hablar del empréstito; pero, según vamos a ver, él
conservaba todavía sentimientos benévolos y fundadas esperanzas del
bien que el Libertador podía hacer a la patria. Parece que al
cortarse las sesiones de la convención, al perder toda esperanza de
ver establecido el orden legal, fue cuando su ánimo se agrió
completamente, y las antiguas quejas se convirtieron en oposición
declarada. Ni cabe decir que esta correspondencia carece de
sinceridad, pues qué motivo puede imaginarse para que no se
desahogase francamente su autor, cuando hablaba con un compañero de
redacción en
|La Baudera tricolor, que sustancialmente
concordaba con él en ideas políticas y habitaba una población que
en su mayor parte abundaba en los mismos sentimientos y donde
pudieran hallar eco, las efusiones de su ira?
"
|1º de marzo de 1827. Mi querido amigo Cuervo:
Veo en su carta del 12 que ya está usted no sólo en Popayán sino
ejerciendo su fiscalía con algún contento Me alegro de su feliz
viaje, y deseo que a la estimación que debe granjearse por el recto
desempeño de su puesto, reúna la que le merezca su porte
particular. Usted no puede dudar de la sinceridad y extensión de mi
afecto hacia usted, y por lo mismo creerá que mis deseos nacen del
corazón.
"¿Qué diré a usted de nuestros negocios públicos? Nada
agradable. La amnistía de Puerto Cabello ha sido una capitulación
disimulada, y posteriormente el Libertador ha sido pródigo en
recompensas y condecoraciones a todos los revolucionarios, como si
hubieran hecho una acción hazañosa hollando el pacto social y
arrojando sombras sobre la resplandeciente gloria de Colombia...
Quizás mi limitado entendimiento no alcanza a comprender la
sabiduría y tino de estas medidas, y en esta desconfianza, debo
creer que todo será para bien de Colombia, y para que aparezca
nuevamente con mayor realce y majestad...
"Ya usted habrá visto
|El Conductor hago todos
mis esfuerzos porque no se escriba con acrimonia contra el
Libertador, ni se le digan pesadeces, porque si él llega a concebir
que puede haber perdido su reputación es capaz de cortar el nudo
con la espada. Por otra parte, el general Bolívar puede salvar este
país a fuerza de su influjo y experiencia. No es tarde todavía en
mi humilde concepto. Creo que en esto cumplo yo con los deberes de
patriota y de fiel amigo del Libertador."
Es de notar que aunque la primera impresión que causaron en el
ánimo de Santander las medidas del Libertador fue desfavorable,
luégo hizo justicia al espíritu conciliador que las dictó, por más
que no en todas hubiera absoluta imparcialidad, como lo observa
Baralt. Así, dijo en su mensaje al congreso: "Veréis
igualmente que el influjo del Libertador y la suavidad e
indulgencia que derramé en sus providencias, ahogaron la guerra
civil, reintegraron el celestial imperio de la ley, y han devuelto
a Colombia la paz."
"
|15 de marzo. El Libertador ha remitido su
renuncia de la presidencia fundándola en que Colombia por su estado
de paz no necesita ya de sus servicios cómo soldado, y en que
desconfiando de sus miras los celosos republicanos de Colombia, y
no creyéndose él mismo libre de ser víctima de la ambición, le
parecía que el mejor medio de salvarse la República y él era
dimitir la presidencia ¿Quiere usted saber mi opinión en esto? Pues
opino que no se debe admitir: si usted opina lo contrario, le
manifestaré oportunamente las poderosas razones que tengo para
pensar así."
Cosa sabida es que Azuero y Soto calurosamente apoyaron el que
se admitiera la renuncia del Libertador. Aquí vemos que Santander
no pensaba como ellos, y en otras ocasiones sucedió lo mismo; de
manera que no es tan cierto, como se asegura, que estos tres
personajes formaran una trinidad indivisible, y que el
vicepresidente seguía a ojos cerrados a los que han sido llamados
sus consejeros.
"
|30 de marzo. Nuestro Vélez me ha escrito dos
cartas interesantes de Filadelfia: me dice que los escritores se
habían desencadenado contra el general Bolívar, adhiriendo a las
sospechas que inspiraban sus miras. Los papeles de Inglaterra están
en el mismo sentido, y un folleto impreso en Hamburgo con el título
de "La Europa y América en 1848" (
|sic)
está terribilísimo. Mire usted qué des gracia la nuéstra, perder o
por lo menos ver disminuída la brillante reputación de nuestro
primer hombre. Pero yo tengo la esperanza de que el suceso del Perú
sea aquella eficacísima voz que salió del cielo para detener al
perseguidor de los cristianos y convertirlo en apóstol de las
gentes; sí, mi amigo, tengo esta esperanza, si todos contribuimos a
aconsejar al general Bolívar, a no desesperarlo ni irritarlo, y a
convencerlo de que, perdida la base del Perú, comprometida su
gloria, tajadas todas las plumas extranjeras para tildar su
conducta, y amenazada la brillante reputación de Colombia, no le
queda más partido que unirse de corazón a los colombianos, prometer
ser el apoyo de las leyes, y serlo efectivamente, gobernar conforme
a ellas, abandonar las ideas de confederación y de constitución
boliviana, y marchar de acuerdo con el congreso para pensar en las
ulteriores reformas. Así se lo he escrito nuevamente el 12 de
febrero y se lo he repetido ahora con motivo de las ocurrencias del
Perú. Es imposible que yo aborrezca al Libertador"
|
(15)
.
''
|8 de mayo. El general Bolívar ha visto encallados sus
proyectos, su constitución y sus planes: precisamente cree que yo
tengo, si no la mayor, la principal parte, y debe allá en su
corazón tenerme una ojeriza, tanto más grande cuanto pudo
presumirse que mi amistad y gratitud hacia él debían ahogar mis
principios y sobreponerse a mis comprometimientos con la
nación''.
Aquí por primera vez hace referencia a sentimientos
personales.
"
|21 de julio. El Libertador viene a la capital
no embargante sus promesas irrevocables; allá verá usted la
proclama del 19 de junio, y cuánto enojo vomita contra las tropas
venidas de Lima. Aquí no sólo están los patriotas disgustados con
esta proclama, sino alarmados. La suerte está echada, en mi
concepto, y vamos todos los republicanos a pasar mil disgustos. Si
esta proclama la hubiera expedido en Guayaquil el 12 de septiembre,
otro gallo nos cantara. En fin la lucha que vamos sosteniendo será
larga, peligrosa, y... qué sé yo qué más. No sean ustedes débiles:
nada de insultos, nada de bochinches; mucha firmeza y decencia para
sostener los principios y la libertad. Cuando nos echen una
mordaza, callemos. Comunique estas ideas a López y a otras personas
de confianza y energía."
Los que se figuraron granjear un firme apoyo a la constitución
promoviendo o preconizando el alzamiento de la 3ª división,
vinieron a verse en grandes apuros, luégo que empezó a transpirarse
que estaba revolviendo el sur y aun a susurrarse que Bustamante se
había vendido al Perú. Santander decía en carta de 8 de mayo: ''Las
cosas del Perú y del sur me tienen vacilante: ya creo que el Perú
se porta con ingratitud pretendiendo revolucionar el sur, y ya
desecho tan negro pensamiento; luégo pienso que se haya seducido a
nuestros oficiales con el temor del castigo por el suceso de 26 de
enero y después no quiero pasar por la triste idea de que haya un
colombiano que quisiera despedazar a su patria en beneficio de un
país extranjero, que jamás igualará a Colombia. Lo que sea lo
sabremos pronto". Luégo en 22 del mismo mes:
"Todavía subsisten para mí las dudas en que está
envuelto el sur, y hasta que no nos escriba el general Obando
|
(16)
no saldremos
de ellas: diferentes son las opiniones aquí: unos sostienen que
nuestra división es traidora, otros la defienden". Ocho
días después: "Estoy más dudoso con estas cosas del sur.
Entre Flores, Torres y Pérez me tienen la cabeza atontada. Si
Bustamante ha vendido sus servicios al Perú, que lo fusilen después
de ponerle una corona de encina y grama por su hecho del 26 de
enero". Y por fin el 15 de junio: "Obscuro,
obscurísimo está nuestro sur. Obando no me ha escrito. De Cuenca me
dicen que Bustamante tiene buenas intenciones, pero que López
Méndez es el diablo, y lo trastorna a cada paso". En estas
dudas obraba ciertamente el puntillo que hacía cerrar los ojos para
no ver con claridad la vergüenza de haber victoreado y premiado a
los traidores; y es lo singular que el decreto mismo en que
disponía el vicepresidente la represión y castigo de los invasores,
se refería a meros rumores, y las medidas que contra ellos se
dictaban aparecían como las que la prudencia aconseja en casos
dudosos y de graves consecuencias (22 de mayo). Tal era la
situación cuando llega la proclama de 19 de junio, acompañada de
una nota en que el secretario decía estar el Libertador resuelto a
marchar contra los traidores, y que se pondría inmediatamente en
camino para la capital. Por más que el vicepresidente mismo le
hubiese llamado, y precisamente en la comunicación que motivó la
proclama y la decisión referidas, los exaltados a consecuencia de
la renuncia de Bolívar no le esperaban, y como les remordía la
conciencia, al saber su venida se vieron amagados, y no supieron
qué decir ni qué camino tomar. Según Restrepo, fue alimento de las
pasiones, en que se abrasaba por esos días la capital, un artículo
publicado por Azuero en
|El Conductor, artículo en que
proponía como medida única que podía salvar a la Nueva Granada el
separarse de Venezuela; y agrega el mismo historiador que estuvo a
pique de estallar una revolución el 21 de julio, encabezada por el
mismo Santander y encaminada a llevar a efecto aquella idea de
Azuero, pero que a instancias de Soublette desistió el primero de
su intento y tomó eficaces medidas para cortar lo que tenía
adelantado. En carta escrita el domingo 15 de julio decía Azuero al
doctor Cuervo: "Aún no se sabe si Bolívar vendrá o no;
está de malas, según dicen, con Páez, el cual está enfermo. El
vendrá siempre a mandar sin freno ninguno legal, como se dice
descaradamente en
|La Lira
|
(17)
. Se anuncia que en el momento que se
retire de Venezuela se alzará aquel país. Yo voy a decir
abiertamente en
|El Conductor del miércoles que nos separemos
de Venezuela y nos organicemos por nosotros mismos. Sé que no se
hará, pero como veo que mi muerte es inevitable, quiero tener el
consuelo de haber dado abiertamente mis más íntimos consejos a mis
compatriotas. Santander tiene buenas disposiciones, pero tiene un
pésimo Consejo: en estas circunstancias uno de los que más nos han
perjudicado con sus opiniones apáticas y su grande influencia es el
señor Castillo." Confrontada esta carta con la de
Santander, fechada el 21, día mismo en que, según Restrepo,
debía verificarse la revolución, aparece claro que antes de salir
el artículo de Azuero algo se proyectaba, y que exasperados los
liberales con la proclama de Bolívar y la noticia de su venida,
pudieron en efecto acoger como salvador aquel pensamiento, después
de publicado.
Hay otro pasaje en la misma carta del 21 que creemos oportuno
copiar aquí, por su conexión con el objeto de este trabajo, en
cuanto demuestra el aprecio con que siempre miró el Gobierno los
servicios hechos a la patria por el doctor don Nicolás Cuervo:
"Antier han prestado el juramento civil nuestros
arzobispos y obispos colombianos. A pesar de las amarguras que
sufre mi corazón por el estado político de nuestra patria, he
tenido un día del más grande contento al ver que hemos obtenido
este triunfo sobre las beatas y los godos escrupulosos, y he
añadido esta nueva fuerza al gobierno. Nuestro doctor Cuervo habría
sido obispo también, si el año de23 cuando yo hice las
presentaciones, no hubiera estado próximo a morir: he sentido ahora
infinito esta ocurrencia, porque yo amo a su tío con ternura y con
el agradecimiento de quien recibió tánta ayuda y cooperación en la
difícil época de 1819 y 1820. Así mismo se lo he dicho el día de la
función, y él se contenta con decir: bueno que está, señor
Santander.
"
|15 de agosto. Esperamos al general Bolívar en
todo este mes. Cada cual hace sus pronósticos, según sus deseos o
sus intereses. Yo espero muy poco bueno para las libertades
colombianas, y si el general Bolívar se encarga de la presidencia,
y gobierna conforme a las leyes, será un milagro que celebraré con
todo mi corazón. Pero sea lo que fuere, yo estaré firme hasta
exhalar el último aliento, si es preciso. Primero sufro cualquier
sacrificio que transigir con la dictadura indefinida como
magistrado. Si me destituyeren por la fuerza, la imprenta hablará;
y si no hubiere imprenta, la habrá en otra parte.
"
|8 de septiembre. Pasado mañana entrará aquí el
Libertador. Quién sabe cómo señalará la historia este día, si como
fausto o infausto. La inquietud de los ánimos es muy general, y la
desconfianza es extraordinaria. Algunos diputados del congreso han
emigrado ya, otros seguirán y con ellos algunos de los escritores
públicos. Yo quedo esperando la tormenta; pero más decidido que
nunca a no transigir con dictaduras indefinidas, con reformas
violentas, ni con medidas ilegales. La inocencia de mi conducta me
anima mucho a mostrar en esta borrasca todo el carácter de que soy
capaz. Jamás, jamás vaya usted a creerme débil ni inconsecuente,
sea cual fuere la suerte que me toque en esta contienda.
¡Ah! si el Libertador, desengañado de la oposición a sus planes,
empezara a gobernar constitucionalmente, a ser moderado con los que
lo han censurado o atacado, a despedir sus pérfidos consejeros, a
reunirse hombres íntegros e imparciales, y a dejar obrar libremente
a los pueblos en las elecciones para la Gran Convención! Entonces
cantaríamos himnos de gracias, elogiaríamos al Libertador, y nos
felicitaríamos todos los que hemos sostenido firmemente las
instituciones y con ellas las libertades públicas. Veremos lo que
da de sí el tiempo.
"
|15 de septiembre. El Libertador llegó el 10;
prestó lisa y llanamente el juramento constitucional, y se encargó
del gobierno conservando los mismos antiguos ministros, incluso el
señor Castillo, a quien no ha permitido su separación. El pueblo de
Bogotá el día de la entrada del Libertador se ha portado con una
dignidad laudabilísima; sin irrogar la más leve ofensa al
Libertador, ha ratificado su amor a las instituciones y su
estimación por mí. Nadie se permitió un viva que desdijese lo uno
ni lo otro; hizo todavía más: luégo que el Libertador después del
juramento pronunció su arenga, gritó uno '¡Viva el Padre de la
Patria!', y nadie contestó; acabó la suya Borrero, presidente del
senado, que la dijo muy bien y en el sentido más liberal, y el
numeroso concurso reunido en Santo Domingo se desató en aplausos y
vivas a la libertad, a la constitución y al Libertador. En palacio
nadie dio voz ninguna hasta que yo no lo hice victoreando al
Libertador Presidente de la República. Mi discurso ha merecido
aprobación, y en el del Libertador a mí tuve la satisfacción de
oírle confesar 'que mi conducta en estas difíciles circunstancias
toda había sido conforme a las leyes', especie que repitió al día
siguiente en un convite en su casa, no estando yo presente.
"El se muestra ofendido de mí a causa de la
contradicción en que hemos estado de poco tiempo a esta parte:
pero, sin embargo, le he merecido atenciones y consideración en las
veces que he estado con él. No me parece que es tiempo todavía de
entrar en explicaciones y entendernos; lo haré en su oportunidad,
porque yo también estoy ofendido de él, y tengo mucha delicadeza y
carácter.
"Hasta ahora marcha el presidente muy legalmente: no
quiere facultades extraordinarias; no piensa emplear la fuerza en
el arreglo y quietud de nuestros departamentos del sur, y siempre
repite que no se mete para nada con el Perú. Ya ha mandado circular
el reglamento de elecciones para la Convención, con la
recomendación de que sean libres y se elijan personas de notorio
amor a la independencia y a las libertades. Mi amigo, si la cosa
prosigue como ha empezado, podremos tener paz y libertad. Colombia
aparecerá nuevamente con todo su poder, y el general Bolívar
disipará las sombras que han rodeado su reputación. Entonces
diremos que hemos triunfado los constitucionales, que hemos vencido
a los perversos que quisieron corromper el corazón del Libertador,
y que él ha tenido bastante heroicidad para rendirse a los votos de
los libres, despreciando los consejos de las almas abyectas. Yo
trabajaré con celo por esta obra, ya porque soy patriota y
magistrado de un pueblo que ha inmolado en el altar de la libertad
grandes sacrificios, y ya porque no debo ser por ningún título
indiferente a la gloria del general Bolívar, colombiano como yo, y
el antiguo caudillo de las huestes republicanas.
"
|15 de octubre. Sólo una vez he visitado al
general Bolívar; de resto lo veo sólo en público o en el gobierno,
y estoy resuelto a no restablecer con él nuestra antigua confianza
y amistad mientras que él sea presidente de la República. Cuando
vuelva a la vida privada, si volviere, entonces buscaré ocasiones
de acreditarle que no soy su enemigo, que le vivo agradecido, y que
yo sólo he combatido sus opiniones políticas y sus hechos contra la
constitución de mi patria.
"
|29 de octubre. Las cosas llevan regularidad, y
si no fuera por los nombramientos de ciertos empleados a algunos
departamentos, estaríamos más llenos de contento. Pero la verdad es
que si no hubiera sido por el torrente de opinión liberal,
estaríamos en el abismo. Nuestra parte principal de militares
trabaja por la esclavitud, y el general Bolívar, manifestando menos
adhesión a estos sentimientos que a la opinión de los pueblos, se
porta ciertamente bien y no desconoce ni los intereses comunes ni
la propia reputación. La Gran Convención es el punto del día: ya
los acalorados convencionistas desconfían del éxito de ella, y aun
el mismo Libertador quisiera que no se hubiera convocado tan
pronto.
|El Conductor nos está dando ya su opinión, y en los
dos números últimos verá usted que no está por federación ni por
separación de los dos países.
"Ayer día de San Simón tuvimos función de iglesia,
sermón bastante liberal y constitucional predicado por Sotomayor,
gran convite en casa de Leidesdorf y famoso baile costeado por
veintitrés empleados públicos. El Libertador ha estado contento, no
obstante que recibimos antier la mala nueva de la muerte del señor
Canning.
"Contaré a usted una anécdota rara del convite. Yo di
este brindis: 'Señores, la celebridad de este día manifiesta
claramente la acción e influencia del hombre sobre el tiempo. Sin
las acciones que han ilustrado la larga carrera del general
Bolívar, Libertador Presidente de la República, el 28 de octubre
sería un día ordinario y común. Yo me aprovecho de esta ocasión
para expresar mis sentimientos, y son: que una serie no
interrumpida de hechos de parte de V. E. en favor de la causa de
los pueblos aumente la celebridad de este día y haga para siempre
grata su memoria a todos los amigos de la libertad.' El Libertador
brindó por que el mismo día 28 de octubre de 1783, en que él había
nacido, había reconocido la España la independencia de los Estados
Unidos del Norte y había aparecido el primer pueblo libre de la
América, etc., con otras alusiones a la libertad
|
(18)
. Después el presidente de la
mesa, Leidesdorf, le hizo un bello discurso, y le pidió permiso
para que una joven le expresara mejor sus sentimientos. En efecto,
la hija de Soublette le dijo un soneto y le presentó una corona
cívica. Entonces el Libertador, tomando la corona, expresó bien que
el pueblo colombiano era el único acreedor a ella, porque suyos
habían sido los sacrificios, suya la causa, etc.; y dirigiéndose a
mí (que estaba a su derecha) concluyó: 'El vicepresidente, como el
primero del pueblo, merece esta corona', y me la puso en la cabeza.
El acto fue muy aplaudido, y yo recibí una sorpresa cual usted
puede considerar. Lo que más me complació fue el aplauso general.
Yo turbado di las gracias, y expresé algunas ideas sobre el interés
que siempre tomaría por la causa del pueblo, por la gloria del
gobierno del Libertador y por la conservación de la que ya había
adquirido. ¿Qué le parece a usted esto? Juzgue usted allá a sus
solas de esta escena.
"
|8 de febrero de 1828. Dentro de ocho días
partimos para Ocaña una porción de diputados. Todos vamos resueltos
a que, si hay Convención y nada puede obrar en la salud pública,
lavarnos las manos, porque no se convocó la tal Convención con
nuestros votos, ni jamás justificamos las asonadas del año de 26
con el nombre de opinión nacional.
"
|Ocaña, 17 de abril. Ayer tuve el gusto de
recibir su estimable de 17 de marzo, y unos números del
Constitucional. Ciertamente que el título del periódico no consoló,
porque entre tánto papel servil con que nos hostigan los agentes
del gobierno, es un bálsamo vivificador otro en sentido contrario.
Me agrada el estilo suelto y claro del
|Constitucional, me
acomoda su lenguaje moderado con las personas y firme en favor de
los principios liberales, y me gusta el desprecio con que trata la
abominable constitución boliviana. Si ese periódico no sucumbe al
decreto de asamblea general y al de conspiradores, debe siempre
hablar a la nación en este idioma. En cuanto a sistema central,
difiero absolutamente de las opiniones del periódico: para mí el
sistema federal hoy es el único que puede salvar nuestras
libertades de ser engullidas por el poder omnipotente que se está
tomando de la constitución de 1821 y del sistema central. Para
contener la autoridad ejecutiva no hay más remedio que dividirla,
y no se la divide sino repartiéndola en diferentes secciones. Hasta
hoy es mi opinión el restablecimiento de los tres grandes antiguos
departamentos, con otro nombre, una pequeña legislatura para los
negocios locales, un gobierno simple dependiente del general de la
Unión, y el congreso general, disminuído en el número de
representantes y senadores. Contra este gobierno no hay argumentos
de falta de hombres, caudales y experiencia, porque tales
argumentos sólo valen para el caso de una federación del todo
semejante a la del Norte. Yo alego en favor de mi opinión la
experiencia de los años de 1819, 20 y 21. Sin embargo, pueden ser
tales las razones de los que opinen en contrario, que me obliguen a
variar en favor del rigoroso centralismo, y esa sea mi opinión en
la Convención; porque, mi amigo, la cuestión es muy grave y de
mucha trascendencia, y es preciso meditarla y deferir a las
razones más fuertes, aunque las propusiera el mismo Fernando
VII.
"
|Ocaña, 30 de mayo. La principal cuestión está
ya decidida, es decir, que no se haga novedad en el régimen central
o unitario, y bajo este pie se ocupa una comisión de redactar las
reformas de la Constitución. No siento mucho esa determinación,
aunque preveo que este régimen central durará poco, porque me
parece que es un estado de verdadera violencia en el que están las
provincias lejanas, principalmente aquellas que, como las de
Venezuela, han perdido las consideraciones y prestigio de
República. Lo sensible será que se toque a nueva reforma por medio
de otra revolución valenciana, y nuestras pobres provincias
granadinas serán siempre víctimas de las pretensiones de las del
norte. Yo me atreví a decir en la Convención que el régimen central
tal cual lo reconoce la constitución de 1821, no podía durar más
allá de la vida o de la fortuna del general Bolívar. Sentiré
infinito ser profeta. Estamos empeñados en aumentar las garantías
individuales, aclarar algunos artículos oscuros, enfrenar el poder
ejecutivo, y modificar el maldito artículo 128
|
(19)
. Puede ser que hagamos algo
digno del aprecio de nuestros comitentes.
"La Convención ha dado a don Simón dos respuestas
firmes: una a cierta reclamación que aquél hizo contra la
diputación calificadora de Ocaña por una contestación que ella tuvo
con el general Padilla; otra en el negocio del doctor Peña, en que
don Simón quería que, revocando la resolución de no admitirlo, se
le diese asiento. La Convención decretó, por 45 votos contra 16,
que Peña no podía ser admitido. La votación anterior el día 2 de
abril había sido de 42 votos contra 23."
Aquí se corta la correspondencia, y su últimas líneas
transparentan ya aquel encono que señoreó a esta asamblea hasta
darle triste fin, produciendo la separación de la minoría el 10 del
mes siguiente. A cualquier persona imparcial dejarán los fragmentos
copiados una impresión muy diversa de la que producen nuestras
historias acerca de la conducta de Santander en estos días.
Mientras que nos la representan obediente sólo a los estímulos del
odio y aun de la envidia, aparece aquí defensor sincero de la
constitución, y adversario de Bolívar sólo en cuanto le creía
empeñado en proyectos que no podrían llevarse a cabo sin la
violación de la misma constitución; y esto de tal modo que cuente
como triunfo de su partido el buen gobierno del Libertador. Aquí le
vemos moderado, y dispuesto a adoptar las ideas de sus adversarios
si le prueban que son más fundadas que las propias, y antes nos
tenían acostumbrados a contemplarle poseído de rabia y aferrado en
imponer sus ideas. En una palabra, Santander es para muchos un
personaje siempre odioso, y llega la preocupación hasta el punto de
que escritores sensatos no citen una palabra suya juiciosa y
moderada o una medida justa y patriótica, sin presentarlas como
contradicción patente o argumento
|ad hominem contra los
liberales novísimos; y lo que es peor, miran como un borrón haber
sido amigo de él. Lo que atrás dejamos dicho convence la sinceridad
con que escribía estas cartas, y es lícito pensar que en la opinión
común y en las páginas de nuestras historias hay un reflejo de los
apasionados juicios coetáneos.
Bolívar y Santander, sin pensarlo, vinieron a ser mirados como
jefes de dos partidos que ni se comprendieron ni se perdonaron.
Mientras los unos por común impulso volvían los ojos a Bolívar,
único que, en su concepto, podía poner remedio a su malestar, los
otros adherían de corazón a las instituciones vigentes, ya porque
las creían buenas y conformes a sus principios de derecho público,
ya (y éstos eran los más) porque no podían concebir ni para
entonces ni para lo venidero estabilidad alguna, si se
acostumbraban los pueblos a ver las leyes violadas y cambiados a
merced de veleidosas opiniones. Esto era lo que formaba el
principio cardinal del liberalismo de ese tiempo; lo demás era
accidental, pues ni el descreimiento, ni el federalismo ni la
francmasonería caracterizaban a nadie de liberal, aunque es cierto
que por la naturaleza misma de las cosas, entre ellos eran más
comunes estas plagas. Empezaron entonces los clamores de los que
sentían que la letra muerta de la constitución no podía aliviarlos;
y no los opusieron menores sus contrarios, alegando el juramento
con que ella había sido sancionada y los principios que en su
sentir habían de salvar la patria. Querían los unos ponerse en
manos de Bolívar, y tachaban de demagogos, demócratas e ideólogos a
los sostenedores de abstracciones que consideraban como origen de
sus males; y los otros, llamándose liberales, apellidaban serviles
a los que quebrantaban sus juramentos en busca de una dominación
más vigorosa y menos democrática. Concediendo como posible la
consolidación de Colombia, aquí, como en otras ocasiones, la verdad
y el error estaban divididos entre los dos partidos. Sólo Bolívar
con sus grandes cualidades y con la aureola de sus triunfos
heroicos hubiera asentado un gobierno estable sobre el amor de los
pueblos, pero sólo a condición de imbuírlos desde un principio en
el respeto de las leyes, las cuales, aun siendo buenas, pueden poco
si no las dictan la gloria o la virtud, y si el amor y la confianza
de los ciudadanos no las aceptan. Bolívar representaba la unidad y
la gloria; la constitución, la estabilidad y la fuerza: fundidos
estos elementos, constituyeran una nación poderosa. Bolívar sentía
bien lo que su persona importaba para la República, y por eso, al
llegar a Colombia en 1826, dijo: "En vuestra contienda no
hay más que un culpable: yo lo soy. No he venido a tiempo: dos
repúblicas amigas, hijas de nuestras victorias, me han retenido
hechizado con inmensas gratitudes y con recompensas
inmortales." Pero testigo sensible de las necesidades
diferentes de las distintas comarcas de Colombia, no podía tener
convicciones políticas absolutas, y en cada circunstancia se guiaba
más bien por su imaginación fogosa o por los dictados de su
corazón.
Los constitucionales, amarrados a una ley inviolable, en
viéndole vacilante, concibieron sospechas de su honradez. Ni al uno
ni a los otros faltó sinceridad; pero el alma de Bolívar fue libro
sellado para los liberales, como para los partidarios de Bolívar lo
fue el rigorismo republicano de sus contrarios.
La defensa impasible de la constitución y el orden legal tiene
algo de abstracto poco a propósito para entusiasmar las multitudes;
no así la gloria militar de Bolívar, su fe incontrastable en el
triunfo cuando todos desesperaban, su generosidad en dar, aplaudir
y perdonar, su desprendimiento, su elocuencia arrebatadora, y la
facilidad misma con que, sujetándose de corazón a las leyes,
reparaba las violaciones contra las cuales protestaban los
constitucionales, y gobernaba en seguida con soberana expedición y
providencia: cualidades que constituyen el héroe legendario, el
protagonista de una epopeya nacional, y ponen en olvido todos los
defectos y errores, hasta convertirlos en proezas para la
imaginación popular. Tan real era esta impresión, que todavía en
época muy posterior, para ponderar la excelencia de una cosa, se
decía: esto está como para Bolívar. En vista de semejante
resplandor sus opositores quedaban como envueltos en una sombra que
los hacía pequeños a los ojos de los pueblos, y ellos mismos,
sintiendo su inferioridad, se confesaban débiles ante aquel influjo
avasallador. Agreguemos que entre éstos había de cierto hombres
exagerados y violentos, que, enardecidos por su misma impotencia,
llegaron hasta el frenesí del 25 de septiembre, con que tiznaron
los servicios más eminentes, haciendo sospechosas las anteriores
protestas de honradez. Con esto nos explicaremos cómo a los ojos de
algunos todos los de aquel partido han venido hasta hoy con la
marca de ingratos y mezquinos envidiosos, sin distinción de tiempos
ni personas. El escritor que tome a su cargo historiar estos
sucesos, debe consignar tales sentimientos como hechos dignos de
estudio y mención, sin dejarse arrebatar por ellos para dar más
color épico a la leyenda de una lucha entre un héroe inmaculado con
follones descreídos o de austeros catones contra un tirano
abominable. El héroe tenía defectos, y clamar contra quien habla de
ellos, es algo semejante a la queja del poeta porque, ante la
verdad, la luna no es ya la enamorada de Endimión sino un planeta
opaco; sus adversarios tuvieron virtudes e hicieron grandes
servicios a la patria. Quien señale aquellos defectos, en nada
amenguará la gloria de quien era hombre superior, privilegiado,
pero hombre; quien haga aprecio de las virtudes de esotros, será
justo, reconociendo que los fundadores de la Nueva Granada tienen
títulos a la gratitud y veneración de la posteridad. En las
escuelas oficiales de Suiza se ha prohibido enseñar como hecho real
la leyenda de Guillermo Tell, y el patriotismo se ha resignado a
rendir este homenaje a la verdad histórica.
|
(1)
|
Uno de estos caballeros cayó con
los ladrones de los vasos sagrados de Chía, y trató sino de sus
allegados de persuadirle de que para librarse él mismo y librar a
la familia de la deshonra, no tenía otro camino que matarse.
Después de mucho dar y tomar, escogió como mejor medio el veneno,
el cual le fue llevado por el aconsejador. Al día siguiente salió
éste aguardando que en la calle le contaran la muerte de su
pariente; pero como nadie le dijese palabra, se fue, como quien no
quiere la cosa, al lugar donde estaba detenido, y viéndole bueno y
sano, le preguntó qué había habido. -Sabes, repuso el otro, que he
estado pensando que es mejor que des ese veneno a los testigos que
van a declarar contra mi.
|
|
(2)
|
La cárcel de Bogotá estaba en la
plaza principal, y por la rejas que caían a ésta, se encontraban
los presos en contacto con el público. Por ahí vendían ciertos
artefactos menudos, que algunos de ellos fabricaban, en especial
artículos de fique, como cabuya, mochilas, etc.
|
|
(3)
|
Don J. M. Groot (Historia
eclesiástica y civil, tomo III, página 386), cuenta entre los
crímenes que motivaron la ley de 3 de mayo de 1826, el asesinato
del presbítero don Tomás Barreto, tío del doctor Cuervo. Esto no es
exacto, pues el horrendo hecho se cumplió el miércoles 28 de mayo
de 1828. El doctor Nicolás Cuervo refiere a su sobrino, que estaba
en Popayán, todas las circunstancias del crimen en cartas de 8, 21
y 29 de junio. A las ocho y media de la noche Dolores Pinto, beata
de san Francisco se hizo abrir y entró a la casa de Barreto con
achaque de entregar una carta; mientras ella le estaba hablando, lo
acometieron Manuel Almeida, Pío Quinto Camacho, Manuel vega, marido
de la Pinto, y Pedro José Amaranto, esclavo de Almeida, y echándole
una ruana en la cara, le cosieron a puñaladas. En seguida robaron
cuanto pudieron haber a la mano. A las voces de una criada de la
casa acudió gente, y en la huerta bajo de unas matas cogieron al
esclavo, todo ensangrentado, que sin dilación denunció a su amo y a
los demás. Las autoridades, los vecinos, los habitantes de los
campos se pusieron con tánta eficacia en busca de los asesinos, que
el sábado estaban todos presos. Almeida, que, de guerrillero, había
logrado burlar todas las pesquisas de los españoles ocultándose en
una cueva de la hacienda de Tibabuyes en la Sabana, tuvo la
indiscreción, pasado el peligro, de contar esto a don Buenaventura
Ahumada, quien lo recordó al oír el denuncio del esclavo, y sin
vacilar fue y lo sacó de su escondite. Todos fueron condenados a la
pena capital, y su ejecución de las más vigorosas que jamás se
liaban visto. Como asesinos sacrílegos, fueron absueltos con todas
las solemnidades imponentes que usa la Iglesia, en el atrio de la
iglesia de San Carlos, y el 7 de junio, viernes, día concurrido
como que era de mercado, se les llevó al suplicio arrastrados en
serones por bestias de albarda en torno de la plaza mayor y
pregonándose el delito en cada esquina. No habiendo verdugo, fueron
fusilados en banquillos puestos al pie de la horca y después
colgados en ella por cuatro horas. Las cabezas de Almeida y Camacho
fueron clavadas en escarpias en las entradas de la ciudad, la del
primero en San Victorino y la del segundo en Las Nieves, y las
manos derechas de los mismos en la casa donde se perpetró el Crimen
(La sentencia de la Corte Suprema está publicada en el Suplemento a
la
|Gaceta de Colombia de 29 de junio de 1828).
|
|
(4)
|
|Repórter ilustrado, de 4 de
junio de 1890.
|
|
(5)
|
Voyage pittoresque aux deux
Amériques, publié sous la direction de M. Alcide d'Orbigny. París,
1836.
|
|
(6)
|
Expresiones de don Manuel José
Mosquera en carta de 29 de octubre de 1829. Con la misma fecha
escribía don Lino de Pombo: ''Arregle usted sus negocios, y
vuélvase al paraíso de Colombia, a esta ciudad que presenta en
todas circunstancias el admirable Cuadro de la paz y la
fraternidad. Venga usted a pasar en sosiego sus días en el país de
la libertad y de la tolerancia.''
|
|
(7)
|
En carta de 22 de noviembre de 1829
dice don Manuel José Mosquera: ''Llegó el Libertador ayer; citó de
muy buen humor, porque, según ha dicho en confianza, la Inglaterra
ofrece su apoyo para un gobierno cual propone la 4ª
|Meditación.'' Y con la misma fecha 22 ofició el secretario
del Libertador al ministro de relacione exteriores improbando los
pasos dados para el establecimiento de una monarquía
constitucional. Parece cierto que Bolívar fluctuaba entonces entre
sentimientos y pensamientos contrarios: republicano de corazón,
había llegado a persuadirse de que en la América española era
impracticable la república, y de que la forma de gobierno más
conveniente para ella era la monarquía constitucional; así lo
manifestó varias veces y con particular claridad en la carta que
poco antes de estos días dirigió al ministro inglés Campbell
(Restrepo,
|Historia de Colombia, tomo IV, página 228).
Mientras estaba en el sur, donde predominaban las ideas
monárquicas, callaba sin duda impulsado por un sentimiento de
honradez que no le permitía improbar lo que creía saludable. Llega
a Popayán lisonjeado con la esperanza de que el apoyo de Inglaterra
un facilitará el cambio; pero encuentra con republicanos tan
honrados como los Mosqueras y otros, renacen sus amortiguados
sentimientos, cae de su pasajera ilusión y condena las
negociaciones del consejo de ministros.
|
|
(8)
|
Así lo conjeturamos de carta de don
J. Rafael Arboleda al Libertador, publicada en las
|Memorias
del general O'Leary, tomo IX, página 226, comparándola con otra
enteramente privada del doctor Manuel José Mosquera en que expresa
el mismo concepto del texto subrayando la voz
|articulación.
|
|
(9)
|
Estas son sus palabras: ''Siento
positivamente no tenerlo a usted de compañero en la Gran
Convención. Yo voy con gusto a este cuerpo al considerar que su
gran mayoría es compuesta de hombres libres, amigos de los
principios y de un buen orden; mas de otra parte me recelo mucho
que se nos sigan grandes males, si adoptamos la federación, a que
parece inclinada la mayoría.'' Carta de don V. Azuero al doctor
Cuervo, 5 de marzo de 1828.
|
|
(10)
|
Tuso era pueblo de indios situado
al sur de Bogotá, a la izquierda del Funza y no muy distante del
Salto de Tequendama. En la época a que nos referimos no quedaban ya
ni rastros de él, como que había desaparecido desde fines del siglo
pasado. El artículo de
|La Bandera tricolor titulado
|Acta
de la parroquia de Tuso (número 8º) cayó muy en gracia, y nos
hablaba con frecuencia de él, como escrito por el doctor Cuervo,
nuestro pariente y buen amigo don Antonio González Manrique.
|
|
(11)
|
''Hoy he conseguido ya que se firme
una representación por esta municipalidad y principales vecinos
dirigida a la Gran Convención, oponiéndose al sistema federativo y
apoyando el central con todo el vigor necesario a nuestras
circunstancias. El doctor Cuervo, nuestro fiscal de este tribunal
de justicia, ha tomado en el particular todo el empeño que podía
apetecerse. Se conduce con acierto, y tengo la esperanza que sea
uno de nuestros colaboradores en sostener el sistema central y a V.
E. al frente de él. Puedo decir a V. E. que si él i se me une, esta
vez el partido contrario me había hecho mucho peso, porque la
ramificación de la facción de D. F. de P. (Francisco de Paula
Santander) trabaja sin cesar por adelantar sus proyectos y aumentar
prosélitos. El mismo señor me había ofrecido sus servicios para que
en Cali y Buga se haga lo mismo.'' Carta de Mosquera al Libertador,
Popayán, 5 de abril d 1828 (Memorias de O'Leary, tomo IX, página
110).
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(12)
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''Los agentes de Santander son
Castrillón, Valencia y Cuervo''. Carta de Mosquera al Libertador,
Popayán, 6 de enero de 1828 (
|ubi supra, IX, p. 99). ''El
doctor Rufino Cuervo se ha convertido y me ayuda bastante, sin
embargo que no le confío todavía cosas muy importantes''. Carta del
mismo al mismo, Popayán, 22 de abril de 1828 (
|ubi supra, IX,
p. 112).
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(13)
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''Sirviéndome muy poderosamente las
noticias que recibí del general Flores oficialmente sobre la guerra
del Perú, reuní a los jefes militares y formé con ellos una junta
de guerra para manifestarles mis opiniones y la necesidad de tomar
medidas. Las tomamos, como V. E. verá por el acta que acompaño a V.
E. de oficio, por medio del secretario de guerra. En consecuencia
cité los empleados principales y les hice ver los riesgos de la
patria, y que era indispensable tomar medidas y que fuesen del
momento. Se acordó por la reunión la rotación de un cabildo
abierto, como verá V. E. por dicho acuerdo, y entre tanto mi padre
y mi hermano Manuel José disponían los ánimos del pueblo a lo que
debía hacerse, pues no dudábamos que los demagogos, aunque pocos,
vinieran a declamar. Tuve a bien poner la tropa sobre las armas en
el cuartel, por si se malograba el golpe darlo por la fuerza, y
ahorcando cuatro de los más insolentes, hacer las correspondientes
declaración, tomándome entonces la autoridad competente, y sólo
dependiente de V. E.; mas no llegó el caso, y en lo substancial se
acordó lo mismo que en Bogotá, después de muchas discusiones en el
cabildo abierto que duró desde las tres de la tarde hasta las nueve
de la noche, que se firmó el acta por parte de los concurrentes, y
actualmente se está firmando por los demás". Carta de
Mosquera al Libertador, Popayán, 29 de junio de 1828 (Memorias de O
'Leary, tomo IX, p. 119).
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(14)
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Véase en el Epistolario la carta de
Obando fechada en Pasto a 5 de mayo de 1829.
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(15)
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Las cartas a que se refiere
Santander aquí se hallan publicadas en el tomo III de las Memorias
del general O'Leary, pp. 355, 362 y 375. Ya desde 1827, en un
folleto titulado
|Apelación a Colombia, p. 19, se hacía
perfecta consonancia entre la conducta pública y su conducta
privada con respecto al Libertador; citando todos los puntos
importantes en que los dos no so hallaban de acuerdo, se prueba ahí
que particularmente dijo a Bolívar lo mismo que después puso en
práctica. No tenernos a la vista esta publicación, y nos referirnos
al número 101
|del Constitucional de Cundinamarca (25 de
agosto de 1833), donde se halla copiado el pasaje en un artículo
suscrito J. P. G. Creemos que las cartas de Santander a Bolívar
cobran grande importancia desde el momento en que concuerdan con
las que escribía confidencialmente a un amigo. Santander miró
siempre como punto de honor probar la lealtad que personalmente
guardó a Bolívar, aunque no dejaría de haber también el intento de
aparecer como víctima de una persecución injusta: el mismo
Constitucional (3 de noviembre de 1833) publica, diciendo haberla
recibido para que se dé a luz, una comunicación dirigida en 14 de
noviembre de 1828 por el ministro de relaciones exteriores de
Colombia al consulado general de la República de los Estados
Unidos, y pone de bastardilla estos pasajes: ''Santander no ha
resultado del proceso que hubiera tenido una parte inmediata o
próxima en la conjuración del 25... '' ''No hay duda sobre la
criminalidad en general de Santander, aunque sí la hay en cuanto a
la aprobación que le haya merecido el horrible atentado cometido en
la noche del 25''. Todavía el 28 de marzo de 1838 protestó en la
cámara de representantes no haber tenido parte activa en la misma
conjuración (
|Argos, 1º de abril de 1838). Esta conducta es
laudable cuando tántos otro héroes del día siguiente reclamaban su
parte en aquel atentado. Obando por ejemplo, que firmó el acta de
los militares de Popayán para conferir a Bolívar el poder
dictatorial, y recomendó en 183 al
|benemérito batallón
Vargas, diciendo: ''El ha sido desde su creación el defensor de la
patria, el cuerpo de la libertad, el conservador del orden, el que
salvó al Libertador de la alevosía cuando regía la nación''
(
|Gaceta de Colombia, Nº 471, correspondiente al 27 de junio
de 1830), escribía en 1842: ''No tuve yo el honor de pertenecer a
aquel número de romanos que, con una revolución desgraciada,
aterraron sin embargo a la tiranía vencedora; yo hubiera tenido
parte en ella, si hubiera estado en Bogotá; pero ya que no puedo
contar éste entre los servicios que he hecho a la libertad, ya que
no tuve aquel honor, tendré a lo menos la satisfacción de vindicar
aquel grande hecho.''
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(16)
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El general Antonio Obando, enviado
por el vicepresidente a tomar el mando de la tropas
insurreccionadas.
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(17)
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Periódico redactado en Caracas por
D. A. L. Guzmán.
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(18)
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Bolívar nació el 24 de julio de
1783. El 28 de octubre es San Simón, y con frecuencia se ha
equivocado la fecha natal con el día onomástico (Nota de Luis
Augusto Cuervo).
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(19)
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Este artículo es el relativo a las
facultades extraordinarias del presidente.
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