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CAPITULO IV

 

FISCALIA DEL CAUCA

 

Inseguridad pública.-Otros destinos que desempeña el doctor Cuervo.-Su matrimonio.-Nombrado ministro fiscal de la Corte de Justicia del Departamento del Cauca.-Popayán. Recibe el doctor Cuervo generales muestras de aprecio.-Sus servicios a la Universidad.-El terremoto-Situación política de la República y de Popayán.-Conducta moderada del doctor Cuervo.-Federación y centralismo.-Junta convocada por el intendente Mosquera y juramento de los empleados.-Correspondencia de Santander con el doctor Cuervo sobre los acontecimientos de la época--Impresión que deja.-El Libertador y los liberales.

El año de 1825 se hizo memorable en Bogotá y en los lugares comarcanos por una infinidad de robos, asesinatos y violencias cometidos con el mayor descaro. Gracias a tántos años de guerra y de penuria, al movimiento de ejércitos y a los regocijos mismos con que se festejaba la libertad recién adquirida y que, haciendo más sensible la miseria con la ostentación del lujo y de los placeres, aguijoneaban la desmoralización, se vio la capital atestada de gran copia de gente vaga y pervertida, pronta a cualquier desmán. Fue lo peor que en algunos robos de consideración figuraron como autores o fautores sujetos de familias conocidas y pudientes | (1) . Con poca e inexperta policía, los criminales se libraban de caer en manos de la justicia, y cuando por acaso eran aprehendidos, era su defensa lo defectuoso de las leyes de procedimiento, pues las burlaban abiertamente, valiéndose de sus fórmulas lentas y escurridizas pava prolongar indefinidamente los procesos y eludir al fin el castigo. Los presos, confiados en esto, se hicieron tan procaces, que cuando los robados pasaban por frente de las rejas de la cárcel, los insultaban y mofaban | (2) . Los particulares, sobrecogidos de espanto, acudían a las autoridades pidiendo seguridad para sus casas, para las, calles y los campos. La Alta Corte de Justicia excitaba el celo de la del departamento; el vicepresidente consultaba a la primera; la municipalidad de Bogotá representaba al congreso para que diese leyes rigurosas, y a la Corte del Departamento para que apresurase los procedimientos, porque no sabía ya qué hacer con los encarcelados. Otros hacían al último tribunal el agravio de traer a comparación la antigua Audiencia. El se defendía (12 de diciembre de 1825) exponiendo que era injusto exigir que este solo tribunal despachase los negocios de casi la mitad de Colombia, por no haberse establecido todavía en cuatro departamentos las cortes creadas por la ley; que desde el 20 de septiembre, en que se puso en planta la nueva organización judicial, se habían repartido a los cuatro jueces que componían el tribunal quinientas veinte causas, sin contar aquellas que por hallarse en estado de verse por la sala y estar ya citadas las partes, no había sido necesario repartirlas para la sustanciación; que para dar vado a tántos negocios cada ministro llevaba los expedientes a su casa para leerlos por la tarde o por la noche, y haciendo él mismo oficio de relator y aun de escribiente, los devolvía despachados al día siguiente; y sobre todo, que si los oidores daban las sentencias según su leal saber y entender, ahora los jueces eran obligados a fundarlas. De todos estos clamores resultó la ley de 3 de mayo de 1826 sobre procedimiento en las causas de hurto y robo, la cual abreviaba sumamente los trámites e imponía gravísimas penas a los ladrones y vagos, aun la de muerte a los que en número de dos o más entrasen por la noche en las casas escalando, fracturando o con cualquier linaje de violencia | (3) .

El doctor Cuervo fue ministro juez interino de la Corte Superior del Departamento en los dos meses últimos del año 1825 y en seguida pasó a ser fiscal, también interino de la Alta Corte; por manera que el excesivo recargo de trabajo que hemos ponderado cayó sobre las tareas periodísticas que por entonces traía entre manos. Además en mayo de 1826 entró a formar con don Rafael Revenga, secretario de relaciones exteriores, y don Francisco Soto la comisión encargada de redactar el reglamento orgánico de las escuelas primarias de la República.

Pero una persona con los hábitos de orden y trabajo que distinguían al doctor Cuervo, y con una invencible atracción a los goces del hogar, no podía aquietar sus aspiraciones en solos los negocios públicos, y anhelaba por la vida íntima y laboriosa del matrimonio. Dios quiso colmar sus deseos, concediéndole por esposa a doña María Francisca Urisarri, hija, como queda dicho, de don Carlos Joaquín de Urisarri y Elispuru, que entre otros cargos tuvo en Bogotá el de director general de rentas del Virreinato de la Nueva Granada, y de doña Mariana Tordesillas y Torrijos, perteneciente a una antigua y respetable familia de Bogotá. Con este matrimonio, que se celebró el 14 de mayo de 1826, el doctor Cuervo halló un abrigo contra los huracanes de la vida pública, en el cual no dejó de reinar la dicha más pura y apacible aun en las horas de mayor angustia. "La señora Urisarri de Cuervo, dice un escritor de nuestros días, era una matrona distinguidísima por su piedad, su modestia, su agradabilísimo trato. Hacen de ella grato recuerdo cuantos tuvieron la dicha de tratarla. Ella conservó en su familia las austeras y puras tradiciones de sus antepasados" | (4) .

Tres meses llevaba de casado, cuando el gobierno le designó ministro fiscal de la Corte de Justicia del Departamento del Cauca, pero no pudo ponerse en camino para tomar posesión hasta enero del año siguiente. Duro sacrificio se le impuso, pues este nombramiento traía como consecuencia el haber de dejar a su tío el canónigo Cuervo y separarse de su esposa, por lo menos hasta que ella pudiese emprender tan largo viaje; con todo esto, no titubeó en dar su aceptación, como que siempre estuvo pronto a servir a la patria dondequiera que se le exigiese, aun en menoscabo de su mismo bienestar.

No eran muchas las ciudades de la América española que pudieran enorgullecerse de ser cuna de tánto patriota ilustre como Popayán, y de tener en su seno una sociedad tan culta y letrada, de que salían continuamente para los congresos y magistraturas caballeros que honraban a la República. Entonces, a pesar de los estragos de la guerra de la independencia, era una población respetable que contaba con acaudalados propietarios, y adonde refluía gran parte de la riqueza del privilegiado valle del Cauca. Según un viajero francés que la visitó por este tiempo, era en muchas cosas superior a la capital: sus alrededores amenísimos y bien cultivados anunciaban una ciudad importante; sus casas mejor construidas, más ventiladas y sobre todo más alegres; la calle de Belén, bella en cualquier ciudad europea | (5) . Contrastaban además con el aspecto encogido y friolento del pueblo de Bogotá, los trajes vistosos y pintorescos, el andar garboso y desenfadado de los mestizos y mulatos de Popayán, y sobre todo aquel llevar los cántaros y cestos en la cabeza con tanta gracia como los llevarían las mujeres que en la antigüedad sugirieron el uso de las cariátides. La clase alta, casi toda con humos aristocráticos, era franca y cordial en sus relaciones sociales y de una moralidad ejemplar; el pueblo, inteligente y laborioso, sin perder en un ápice el respeto a la gente elevada, tendía a educarse y a participar de los bienes de la República: en fin, era una ciudad a quien singulares condiciones llamaban a representar un gran papel en la historia de América.

El doctor Cuervo fue recibido con aprecio y agasajado sinceramente por todas las clases de la sociedad; como a su esposa, que se le reunió a fines de 1827, se le prodigaron las más exquisitas atenciones. Las familias a porfía se empeñaban en obsequiarlos y en hacerles olvidar que estaban lejos de su suelo natal; y tánto supieron cautivarlos, que el doctor Cuervo estuvo a punto de comprar una linda propiedad en los afueras de Popayán, con ánimo de radicarse allí; y lo efectuara a no sobre venir la muerte de su primogénito Antonio María, que lo entristeció profundamente, en circunstancias en que negocios de familia lo llamaron a Bogotá, conforme a su tiempo veremos.

Alguno pudiera sospechar qué en tiempo en que los méritos se medían por los años, un tribunal como el de Popayán, compuesto de letrados beneméritos, llegara a mirar con frialdad la ida de un compañero como el doctor Cuervo, y aun a tomar como desdén del supremo gobierno el que asociase a sus labores un abogado tan joven. Pero si algo de esto hubo, tal impresión debió de desvanecerse rápidamente, pues hicieron ver su capacidad la expedición y prontitud con que despachó no sólo los expedientes que diariamente se presentaban, sino diez y ocho más que dormían hacía dos años; y al fin sus compañeros le regraciaron por haberles llevado "los conocimientos y la experiencia de los tribunales de la capital".

Su casa, arreglada con el buen gusto que él mostraba en todas sus cosas y adornada además con algunos muebles europeos que llevó desde Bogotá, llamó la atención general y vino a ser el centro de sus numerosos amigos; donde unidos todos por iguales tendencias, analizaban los graves acontecimientos que tan agitado tenía al país, e ideaban mil proyectos para salvarlo. En este continuo comercio de ideas fue el doctor Cuervo reforzando insensiblemente su prestigio y adquiriendo tal predominio sobre los sujetos notables del lugar, que desde entonces vino a ser como consejero de algunos de ellos, y casi siempre su candidato para los primeros puestos de la República.

Pero en justicia así debía ser, pues además de las simpatías que se conciliaba por su carácter, influía el interés que tomaba por la población y en particular por la Universidad. En ésta desempeñó sin remuneración alguna la secretaría las clases de legislación civil y penal, a las que concurrían no sólo los estudiantes sino los empleados de la Universidad y aun personas extrañas, atraídas por la novedad con que trataba las materias. Sus discípulos, que casi todos han lucido después en destinos de importancia, hicieron tales progresos, que estos cursos se citan como de los más notables que allí se siguieron, con ser así que al claustro de esta Universidad habían dado lustre un José Félix Restrepo, un Joaquín Mosquera y otros. Diez años después pasaba por Popayán don Joaquín Acosta con dirección a Quito, adonde iba de ministro de la Nueva Granada, y felicitaba calurosamente al doctor Cuervo porque la mayor parte de los jóvenes que estaban figurando se gloriaban de ser sus discípulos, y más aún porque sus doctrinas habían formado escuela. Tánta fue la influencia de su enseñanza.

A más de la merecida reputación que disfrutaba la Universidad de Popayán por la sólida instrucción que en ella se recibía, teníala envidiable en toda la República, tal que aun jóvenes de Bogotá la frecuentaban, por la pureza de sus enseñanzas y por la moralidad que allí reinaba, y por cierto no era sino reflejo de la proverbial de la población. Para poner esto en su punto basta recordar que componían el cuerpo universitario el doctor Manuel José Mosquera, que tan ilustre había de ser como Arzobispo de Bogotá, don Lino de Pombo, don José Antonio Arroyo, don Manuel Mariano Urrutia y otros no menos respetables por su saber y virtud, y que dirigida la educación religiosa por el mismo señor Mosquera, y unidos todos los profesores no sólo por la comunidad de ideas y el amor a la juventud, sino por cordial amistad, todas las cátedras armonizaban, sin que se o una nota discordante.

Durante la permanencia del doctor Cuervo en Popayán acaeció el espantoso terremoto del 16 de noviembre que llenó la ciudad de ruinas y de consternación. Sobrevino apenas puesto el sol, y los habitantes en su mayor parte salieron huyendo a las márgenes del Cauca en busca de seguridad. Pero allí los aguardaba mayor conflicto, pues notaron que las aguas del río se iban mermando, mientras observaban pasmados el caso, sin comprender lo que era ni poder indagar su causa, se vieron de repente sorprendidos por una creciente formidable, que, según después se supo, debió su origen a la violencia con que rompieron las aguas de uno de los afluentes del Cauca, represadas por una peña que con el terremoto se desgajó de las montañas. El terror fue indecible. Todavía después de muchos años guardaba nuestra madre vivo re cuerdo de aquellas escenas lastimosas. Todos corrieron a guarecerse en las colinas cercanas; por entre las malezas llegaban a las alturas señoras delicadas con las ropas hechas jirones y los pies chorreando sangre, hijos cargados de sus ancianas madres, mujeres con tres o cuatro niños a cuestas y en brazos o llevando lo primero que al huir hallaron a la mano, y todos en fin con el espanto retratado en los semblantes. Desde allí contemplaron los estragos de la avenida: ya llega a una cabaña, la invade y la arrebata como si fuera una débil paja; ya lame y corta un pedazo de la margen y lo arrastra flotando por un trecho con sus árboles como una balsa; y por todas partes se divisan a la flor del agua las cabezas de los caballos y ganados que hacen infinitos esfuerzos por no ahogarse. Al bajar la creciente fue quedando todo cubierto de limo ceniciento, como de un inmenso sudario; las aguas corrieron fétidas durante muchos días, y por largo tiempo dejaron los caucanos de ver cristalino y transparente su hermoso río.

Volvamos los ojos a la vida política del doctor Cuervo en estos días borrascosos para Colombia. Sería ajeno de nuestra labor narrar los sucesos que mantuvieron en agitación, mayor o menor, la República entera. Todas las historias nos refieren cómo el Libertador puso fin a la insurrección de Páez con la amnistía de Puerto Cabello (1º de enero de 1827), colmando de distinciones a los disidentes de Venezuela; la insurrección de la 3ª división colombiana en Lima (26 de enero), promovida por los peruanos enemigos de Colombia y coloreada por los amotinados con el pretexto de sostener la constitución de su patria contra toda tentativa de reemplazarla con otra o de alzar un dictador; la insensata alegría que mostraron tos exaltados de Bogotá al saber este suceso, creyéndolo efecto de amor a las instituciones liberales, y su desengaño al penetrar las miras proditorias de los facciosos y la invasión con que trastornaron los departamentos del sur; la justa y enérgica improbación dada por el Libertador a este movimiento, y la irritación de los mismos exaltados en viendo que se adelantaban fuerzas de Venezuela para contrarrestar la división invasora; la calma pasajera que vuelve a los espíritus  al posesionarse el Libertador de la presidencia, para la cual había sido nombrado segunda vez con inmensa popularidad; la convocatoria hecha por el congreso para la Convención que debía reunirse en Ocaña el 2 de marzo de 1828; la actividad con que trabajaron los contrarios de Bolívar para ganar las elecciones y el triunfo que obtuvieron; el triste fin de esta asamblea con la separación de la minoría; el acta hecha en Bogotá el 13 de junio e imitada en toda la República, para desconocer los actos de la Convención y conferir al Libertador el mando supremo y finalmente el enojo de la burlada mayoría de dicho cuerpo y el frenesí con que algunos conspiraron contra la vida misma del Libertador.

Situado Popayán entre Bogotá y Guayaquil parecía ajeno a las conmociones violentas de uno y otro lugar, y como aislado en medio de dilatada conflagración; pero no era esto efecto casual, sino obra del patriotismo y del tacto delicado de sus ciudadanos más distinguidos, que en todas las agitaciones de la República estaban "conformes en conservar su reputación de amigos del orden y de las leyes" | (6) . Republicanos moderados, no dieron acogida a las exaltadas declamaciones de |El Conductor, y eligieron para la Convención diputados que se hicieron notar por su moderación e imparcialidad. Más todavía: era Popayán como una altura desembarazada cuyos aires puros serenaban la agitación de las pasiones, y desde donde se veían con todos sus lineamientos los sucesos políticos; allí conoció claramente el Libertador el año de 1826 el estado de la opinión en el Centro, y se afianzó en su resolución de gobernar constitucionalmente; allí desaprobó en 1829 los proyectos de monarquía que traía entre manos el consejo de ministros | (7) . No era pues dé extrañarse que la ida del doctor Cuervo despertase algún recelo. Su nombre había Sonado apasionadamente en boca de la comitiva del Libertador como de uno de los abominados periodistas de Bogotá, y algunos se figuraban que iría a continuar allí la violenta propaganda que se le había achacado. Pero no fue así, y a poco se encontraron todos de acuerdo con él, no sólo en el campo literario y de las relaciones sociales, sino en el político. Aun cuando por precisión había de tratar con tal cual exaltado, que allí se encontraba, jamás desmintió la moderación de sus opiniones y el decoro de su conducta oficial y privada. Nunca desaprovechó las ocasiones de conciliar los ánimos, y aun casi llegó a ser frase consagrada la de que era articulación entre los diversos partidos | (8) . Tal sucedió en un convite dado por el obispo, en el cual se levantó un caballero enemigo del Libertador, y brindó contra él en términos muy ofensivos; originóse el disgusto que era natural, y exaltándose todos, pasaran las cosas muy adelante (así se creyó generalmente en la ciudad), si el doctor Cuervo apaciguando al provocador y calmándolos a todos, no hubiera cortado la disensión.

Una de las cuestiones que más inquietaban entonces, era la elección entre el gobierno federativo y el central. Fue siempre el Libertador sobremanera adverso a la federación, y no hay para qué decir que sus amigos participaban de esta antipatía. Entre los demás la opinión no era ni uniforme ni constante; pocos eran federalistas por convicción; la mayor parte no veía en la adopción de este sistema sino un expediente para desatarse de Venezuela, y librar a la Nueva Granada de la gravosísima carga de tener en sí la capital de Colombia, que era como decir comprar con su sangre y sus ya casi agotados caudales el desdén y la malquerencia de su compañera. Entre éstos se hallaba el general Santander. Azuero fue en |El Conductor opuesto a la federación, y todavía cuando muchos de la mayoría de la Convención estaban por ella, manifestaba los temores que le causaba su planteamiento | (9) , aunque al fin acabó por proponer un federalismo a su modo. En Popayán la opinión general prefería el gobierno unitario; de modo que el doctor Cuervo, que en |La Bandera tricolor se había burlado de la federación pintando chistosamente las pretensiones autonómicas de la parroquia de Tuso | (10) , se vino a encontrar allí en tierra amiga. Con otros compañeros fundó y redactó |El Constitucional, periódico de ideas esencialmente patrióticas, y en defensa del centralismo, como única forma de gobierno adaptable a nuestro país; y cuando gran parte de las municipalidades y corporaciones dirigieran a la Convención peticiones para que en la futura constitución se adoptara esta forma, muy a su gusto firmó la que hizo la Corte Suprema de Justicia del Cauca. Este cuerpo recomendaba la conservación del sistema constitucional vigente, reformándose, si se quería, los artículos incidentes cuya inconveniencia estuviese comprobada de hecho, a fin de que la mejora de las instituciones fuese la obra paulatina del tiempo, de la experiencia y de la sabiduría; y decían: "Los hombres honrados, el labrador, el propietario, el que ejercita su industria, todos, todos creen que la debilidad del gobierno federal produjo en el año 6º nuestro sometimiento a los españoles; todos creen que la disociación federal nos sumergiría hoy en nuestras pasadas desgracias y en los males de la anarquía.''

Es más: el intendente Mosquera testifica que a la cooperación del doctor Cuervo se debió casi exclusivamente el que la municipalidad de Popayán hiciera igual manifestación, y agrega que ofreció emplear su influjo en Buga y Cali para lograr el mismo efecto | (11) . De resultas de esto y viendo que al seguir tal conducta se apartaba de las opiniones actuales de Santander, con quien le imaginaba mancomunado, llegó el intendente a pensar que se le había ganado a su partido | (12) , cuando en realidad no hacía más que pretender el triunfo de ideas que le eran propias.

Más adelante, disuelta la convención y comunicada a toda la República el acta de Bogotá, por la cual se investía a Bolívar del poder dictatorial, el mismo Mosquera, tomando por pretexto las noticias que Flores le daba sobre la guerra del Perú, reunió primeramente una junta de militares, que hizo su acta como las demás; enseguida citó a los empleados principales, y esa junta, en vista del peligro, acordó la reunión de un cabildo abierto. Congregáronse en consecuencia el 3 de julio de 1828 los empleados y personas notables, y con no poca sorpresa del intendente, el doctor Cuervo se opuso con energía a que se extendiera el acta en los mismos términos que en Bogotá. No podemos decir hasta qué punto esta resistencia suscitó o alentó la de otros, pero el hecho es que después de largas discusiones, que duraron desde las tres de la tarde a las nueve de la noche, la manifestación de esta junta se redujo a un juramento del intendente hecho en estos términos: "Juro a Dios por los santos Evangelios y prometo a la República sostener la integridad nacional y al presidente de ella en la presente crisis, como el punto de contacto para reunir los partidos y evitar la guerra civil". Los concurrentes, dice la relación oficial, manifestaron su aprobación con regocijados vivas, y procedieron en seguida los jefes, autoridades y empleados a prestar el mismo juramento ante el intendente. Por eso no se dijo acta sino juramento de los empleados de Popayán. El doctor Cuervo tuvo pues la satisfacción de no firmar un acta de dictadura después de haber atacado vigorosamente con su nombre las de Guayaquil y Quito y coadyuvado por lo menos a tratar duramente sobre el caso al mismo Mosquera; se esforzó además, hasta donde era posible en tan extremadas circunstancias, a salvar el principio de la legalidad, que fue la aspiración constante de su vida, pues por aquel juramento todos los ciudadanos se congregaban en torno del |Presidente, para asegurar el orden interior y el triunfo sobre los enemigos de fuéra. Mosquera dio bien a entender, al noticiar a Libertador lo acontecido, que no había sido posible conseguir más | (13) ; pero a su vanidad no le faltó medio de ponderar sus esfuerzos y las medidas violentas que tenía preparadas | (14) .

Durante todo este tiempo se correspondió el doctor Cuervo por cartas con Santander. Queremos dar muestras aquí de esta correspondencia, que publicamos íntegra, primeramente para hacer ver la clase de relaciones que entre los dos existían, y luégo porque en ella vemos las opiniones de este personaje y su disposición para con el Libertador, hasta poco antes de disolverse la convención, época en que se interrumpen las cartas. Dícennos los historiadores que ya por esos tiempos estaba devorado Santander por el odio más profundo al Libertador y que no tenía más anhelo que el de desacreditarle y aun salir de él. Que en momentos de exaltación se expresara descompuestamente contra Bolívar, no es extraño, y aun se disculpa que estuviese ofendido, cuando era público el poco miramiento con que aquél le había tratado en los últimos tiempos, sobre todo al hablar del empréstito; pero, según vamos a ver, él conservaba todavía sentimientos benévolos y fundadas esperanzas del bien que el Libertador podía hacer a la patria. Parece que al cortarse las sesiones de la convención, al perder toda esperanza de ver establecido el orden legal, fue cuando su ánimo se agrió completamente, y las antiguas quejas se convirtieron en oposición declarada. Ni cabe decir que esta correspondencia carece de sinceridad, pues qué motivo puede imaginarse para que no se desahogase francamente su autor, cuando hablaba con un compañero de redacción en |La Baudera tricolor, que sustancialmente concordaba con él en ideas políticas y habitaba una población que en su mayor parte abundaba en los mismos sentimientos y donde pudieran hallar eco, las efusiones de su ira?

" |1º de marzo de 1827. Mi querido amigo Cuervo: Veo en su carta del 12 que ya está usted no sólo en Popayán sino ejerciendo su fiscalía con algún contento Me alegro de su feliz viaje, y deseo que a la estimación que debe granjearse por el recto desempeño de su puesto, reúna la que le merezca su porte particular. Usted no puede dudar de la sinceridad y extensión de mi afecto hacia usted, y por lo mismo creerá que mis deseos nacen del corazón.

"¿Qué diré a usted de nuestros negocios públicos? Nada agradable. La amnistía de Puerto Cabello ha sido una capitulación disimulada, y posteriormente el Libertador ha sido pródigo en recompensas y condecoraciones a todos los revolucionarios, como si hubieran hecho una acción hazañosa hollando el pacto social y arrojando sombras sobre la resplandeciente gloria de Colombia... Quizás mi limitado entendimiento no alcanza a comprender la sabiduría y tino de estas medidas, y en esta desconfianza, debo creer que todo será para bien de Colombia, y para que aparezca nuevamente con mayor realce y majestad...

"Ya usted habrá visto |El Conductor hago todos mis esfuerzos porque no se escriba con acrimonia contra el Libertador, ni se le digan pesadeces, porque si él llega a concebir que puede haber perdido su reputación es capaz de cortar el nudo con la espada. Por otra parte, el general Bolívar puede salvar este país a fuerza de su influjo y experiencia. No es tarde todavía en mi humilde concepto. Creo que en esto cumplo yo con los deberes de patriota y de fiel amigo del Libertador."

Es de notar que aunque la primera impresión que causaron en el ánimo de Santander las medidas del Libertador fue desfavorable, luégo hizo justicia al espíritu conciliador que las dictó, por más que no en todas hubiera absoluta imparcialidad, como lo observa Baralt. Así, dijo en su mensaje al congreso: "Veréis igualmente que el influjo del Libertador y la suavidad e indulgencia que derramé en sus providencias, ahogaron la guerra civil, reintegraron el celestial imperio de la ley, y han devuelto a Colombia la paz."

" |15 de marzo. El Libertador ha remitido su renuncia de la presidencia fundándola en que Colombia por su estado de paz no necesita ya de sus servicios cómo soldado, y en que desconfiando de sus miras los celosos republicanos de Colombia, y no creyéndose él mismo libre de ser víctima de la ambición, le parecía que el mejor medio de salvarse la República y él era dimitir la presidencia ¿Quiere usted saber mi opinión en esto? Pues opino que no se debe admitir: si usted opina lo contrario, le manifestaré oportunamente las poderosas razones que tengo para pensar así."

Cosa sabida es que Azuero y Soto calurosamente apoyaron el que se admitiera la renuncia del Libertador. Aquí vemos que Santander no pensaba como ellos, y en otras ocasiones sucedió lo mismo; de manera que no es tan cierto, como se asegura, que estos tres personajes formaran una trinidad indivisible, y que el vicepresidente seguía a ojos cerrados a los que han sido llamados sus consejeros.

" |30 de marzo. Nuestro Vélez me ha escrito dos cartas interesantes de Filadelfia: me dice que los escritores se habían desencadenado contra el general Bolívar, adhiriendo a las sospechas que inspiraban sus miras. Los papeles de Inglaterra están en el mismo sentido, y un folleto impreso en Hamburgo con el título de "La Europa y América en 1848" ( |sic) está terribilísimo. Mire usted qué des gracia la nuéstra, perder o por lo menos ver disminuída la brillante reputación de nuestro primer hombre. Pero yo tengo la esperanza de que el suceso del Perú sea aquella eficacísima voz que salió del cielo para detener al perseguidor de los cristianos y convertirlo en apóstol de las gentes; sí, mi amigo, tengo esta esperanza, si todos contribuimos a aconsejar al general Bolívar, a no desesperarlo ni irritarlo, y a convencerlo de que, perdida la base del Perú, comprometida su gloria, tajadas todas las plumas extranjeras para tildar su conducta, y amenazada la brillante reputación de Colombia, no le queda más partido que unirse de corazón a los colombianos, prometer ser el apoyo de las leyes, y serlo efectivamente, gobernar conforme a ellas, abandonar las ideas de confederación y de constitución boliviana, y marchar de acuerdo con el congreso para pensar en las ulteriores reformas. Así se lo he escrito nuevamente el 12 de febrero y se lo he repetido ahora con motivo de las ocurrencias del Perú. Es imposible que yo aborrezca al Libertador" | (15) .

'' |8 de mayo. El general Bolívar ha visto encallados sus proyectos, su constitución y sus planes: precisamente cree que yo tengo, si no la mayor, la principal parte, y debe allá en su corazón tenerme una ojeriza, tanto más grande cuanto pudo presumirse que mi amistad y gratitud hacia él debían ahogar mis principios y sobreponerse a mis comprometimientos con la nación''.

Aquí por primera vez hace referencia a sentimientos personales.

" |21 de julio. El Libertador viene a la capital no embargante sus promesas irrevocables; allá verá usted la proclama del 19 de junio, y cuánto enojo vomita contra las tropas venidas de Lima. Aquí no sólo están los patriotas disgustados con esta proclama, sino alarmados. La suerte está echada, en mi concepto, y vamos todos los republicanos a pasar mil disgustos. Si esta proclama la hubiera expedido en Guayaquil el 12 de septiembre, otro gallo nos cantara. En fin la lucha que vamos sosteniendo será larga, peligrosa, y... qué sé yo qué más. No sean ustedes débiles: nada de insultos, nada de bochinches; mucha firmeza y decencia para sostener los principios y la libertad. Cuando nos echen una mordaza, callemos. Comunique estas ideas a López y a otras personas de confianza y energía."

Los que se figuraron granjear un firme apoyo a la constitución promoviendo o preconizando el alzamiento de la 3ª división, vinieron a verse en grandes apuros, luégo que empezó a transpirarse que estaba revolviendo el sur y aun a susurrarse que Bustamante se había vendido al Perú. Santander decía en carta de 8 de mayo: ''Las cosas del Perú y del sur me tienen vacilante: ya creo que el Perú se porta con ingratitud pretendiendo revolucionar el sur, y ya desecho tan negro pensamiento; luégo pienso que se haya seducido a nuestros oficiales con el temor del castigo por el suceso de 26 de enero y después no quiero pasar por la triste idea de que haya un colombiano que quisiera despedazar a su patria en beneficio de un país extranjero, que jamás igualará a Colombia. Lo que sea lo sabremos pronto". Luégo en 22 del mismo mes:

"Todavía subsisten para mí las dudas en que está envuelto el sur, y hasta que no nos escriba el general Obando | (16) no saldremos de ellas: diferentes son las opiniones aquí: unos sostienen que nuestra división es traidora, otros la defienden". Ocho días después: "Estoy más dudoso con estas cosas del sur. Entre Flores, Torres y Pérez me tienen la cabeza atontada. Si Bustamante ha vendido sus servicios al Perú, que lo fusilen después de ponerle una corona de encina y grama por su hecho del 26 de enero". Y por fin el 15 de junio: "Obscuro, obscurísimo está nuestro sur. Obando no me ha escrito. De Cuenca me dicen que Bustamante tiene buenas intenciones, pero que López Méndez es el diablo, y lo trastorna a cada paso". En estas dudas obraba ciertamente el puntillo que hacía cerrar los ojos para no ver con claridad la vergüenza de haber victoreado y premiado a los traidores; y es lo singular que el decreto mismo en que disponía el vicepresidente la represión y castigo de los invasores, se refería a meros rumores, y las medidas que contra ellos se dictaban aparecían como las que la prudencia aconseja en casos dudosos y de graves consecuencias (22 de mayo). Tal era la situación cuando llega la proclama de 19 de junio, acompañada de una nota en que el secretario decía estar el Libertador resuelto a marchar contra los traidores, y que se pondría inmediatamente en camino para la capital. Por más que el vicepresidente mismo le hubiese llamado, y precisamente en la comunicación que motivó la proclama y la decisión referidas, los exaltados a consecuencia de la renuncia de Bolívar no le esperaban, y como les remordía la conciencia, al saber su venida se vieron amagados, y no supieron qué decir ni qué camino tomar. Según Restrepo, fue alimento de las pasiones, en que se abrasaba por esos días la capital, un artículo publicado por Azuero en |El Conductor, artículo en que proponía como medida única que podía salvar a la Nueva Granada el separarse de Venezuela; y agrega el mismo historiador que estuvo a pique de estallar una revolución el 21 de julio, encabezada por el mismo Santander y encaminada a llevar a efecto aquella idea de Azuero, pero que a instancias de Soublette desistió el primero de su intento y tomó eficaces medidas para cortar lo que tenía adelantado. En carta escrita el domingo 15 de julio decía Azuero al doctor Cuervo: "Aún no se sabe si Bolívar vendrá o no; está de malas, según dicen, con Páez, el cual está enfermo. El vendrá siempre a mandar sin freno ninguno legal, como se dice descaradamente en |La Lira | (17) . Se anuncia que en el momento que se retire de Venezuela se alzará aquel país. Yo voy a decir abiertamente en |El Conductor del miércoles que nos separemos de Venezuela y nos organicemos por nosotros mismos. Sé que no se hará, pero como veo que mi muerte es inevitable, quiero tener el consuelo de haber dado abiertamente mis más íntimos consejos a mis compatriotas. Santander tiene buenas disposiciones, pero tiene un pésimo Consejo: en estas circunstancias uno de los que más nos han perjudicado con sus opiniones apáticas y su grande influencia es el señor Castillo." Confrontada esta carta con la de

Santander, fechada el 21, día mismo en que, según Restrepo, debía verificarse la revolución, aparece claro que antes de salir el artículo de Azuero algo se proyectaba, y que exasperados los liberales con la proclama de Bolívar y la noticia de su venida, pudieron en efecto acoger como salvador aquel pensamiento, después de publicado.

Hay otro pasaje en la misma carta del 21 que creemos oportuno copiar aquí, por su conexión con el objeto de este trabajo, en cuanto demuestra el aprecio con que siempre miró el Gobierno los servicios hechos a la patria por el doctor don Nicolás Cuervo:

"Antier han prestado el juramento civil nuestros arzobispos y obispos colombianos. A pesar de las amarguras que sufre mi corazón por el estado político de nuestra patria, he tenido un día del más grande contento al ver que hemos obtenido este triunfo sobre las beatas y los godos escrupulosos, y he añadido esta nueva fuerza al gobierno. Nuestro doctor Cuervo habría sido obispo también, si el año de23 cuando yo hice las presentaciones, no hubiera estado próximo a morir: he sentido ahora infinito esta ocurrencia, porque yo amo a su tío con ternura y con el agradecimiento de quien recibió tánta ayuda y cooperación en la difícil época de 1819 y 1820. Así mismo se lo he dicho el día de la función, y él se contenta con decir: bueno que está, señor Santander.

" |15 de agosto. Esperamos al general Bolívar en todo este mes. Cada cual hace sus pronósticos, según sus deseos o sus intereses. Yo espero muy poco bueno para las libertades colombianas, y si el general Bolívar se encarga de la presidencia, y gobierna conforme a las leyes, será un milagro que celebraré con todo mi corazón. Pero sea lo que fuere, yo estaré firme hasta exhalar el último aliento, si es preciso. Primero sufro cualquier sacrificio que transigir con la dictadura indefinida como magistrado. Si me destituyeren por la fuerza, la imprenta hablará; y si no hubiere imprenta, la habrá en otra parte.

" |8 de septiembre. Pasado mañana entrará aquí el Libertador. Quién sabe cómo señalará la historia este día, si como fausto o infausto. La inquietud de los ánimos es muy general, y la desconfianza es extraordinaria. Algunos diputados del congreso han emigrado ya, otros seguirán y con ellos algunos de los escritores públicos. Yo quedo esperando la tormenta; pero más decidido que nunca a no transigir con dictaduras indefinidas, con reformas violentas, ni con medidas ilegales. La inocencia de mi conducta me anima mucho a mostrar en esta borrasca todo el carácter de que soy capaz. Jamás, jamás vaya usted a creerme débil ni inconsecuente, sea cual fuere la suerte que me toque en esta contienda.

¡Ah! si el Libertador, desengañado de la oposición a sus planes, empezara a gobernar constitucionalmente, a ser moderado con los que lo han censurado o atacado, a despedir sus pérfidos consejeros, a reunirse hombres íntegros e imparciales, y a dejar obrar libremente a los pueblos en las elecciones para la Gran Convención! Entonces cantaríamos himnos de gracias, elogiaríamos al Libertador, y nos felicitaríamos todos los que hemos sostenido firmemente las instituciones y con ellas las libertades públicas. Veremos lo que da de sí el tiempo.

" |15 de septiembre. El Libertador llegó el 10; prestó lisa y llanamente el juramento constitucional, y se encargó del gobierno conservando los mismos antiguos ministros, incluso el señor Castillo, a quien no ha permitido su separación. El pueblo de Bogotá el día de la entrada del Libertador se ha portado con una dignidad laudabilísima; sin irrogar la más leve ofensa al Libertador, ha ratificado su amor a las instituciones y su estimación por mí. Nadie se permitió un viva que desdijese lo uno ni lo otro; hizo todavía más: luégo que el Libertador después del juramento pronunció su arenga, gritó uno '¡Viva el Padre de la Patria!', y nadie contestó; acabó la suya Borrero, presidente del senado, que la dijo muy bien y en el sentido más liberal, y el numeroso concurso reunido en Santo Domingo se desató en aplausos y vivas a la libertad, a la constitución y al Libertador. En palacio nadie dio voz ninguna hasta que yo no lo hice victoreando al Libertador Presidente de la República. Mi discurso ha merecido aprobación, y en el del Libertador a mí tuve la satisfacción de oírle confesar 'que mi conducta en estas difíciles circunstancias toda había sido conforme a las leyes', especie que repitió al día siguiente en un convite en su casa, no estando yo presente.

"El se muestra ofendido de mí a causa de la contradicción en que hemos estado de poco tiempo a esta parte: pero, sin embargo, le he merecido atenciones y consideración en las veces que he estado con él. No me parece que es tiempo todavía de entrar en explicaciones y entendernos; lo haré en su oportunidad, porque yo también estoy ofendido de él, y tengo mucha delicadeza y carácter.

"Hasta ahora marcha el presidente muy legalmente: no quiere facultades extraordinarias; no piensa emplear la fuerza en el arreglo y quietud de nuestros departamentos del sur, y siempre repite que no se mete para nada con el Perú. Ya ha mandado circular el reglamento de elecciones para la Convención, con la recomendación de que sean libres y se elijan personas de notorio amor a la independencia y a las libertades. Mi amigo, si la cosa prosigue como ha empezado, podremos tener paz y libertad. Colombia aparecerá nuevamente con todo su poder, y el general Bolívar disipará las sombras que han rodeado su reputación. Entonces diremos que hemos triunfado los constitucionales, que hemos vencido a los perversos que quisieron corromper el corazón del Libertador, y que él ha tenido bastante heroicidad para rendirse a los votos de los libres, despreciando los consejos de las almas abyectas. Yo trabajaré con celo por esta obra, ya porque soy patriota y magistrado de un pueblo que ha inmolado en el altar de la libertad grandes sacrificios, y ya porque no debo ser por ningún título indiferente a la gloria del general Bolívar, colombiano como yo, y el antiguo caudillo de las huestes republicanas.

" |15 de octubre. Sólo una vez he visitado al general Bolívar; de resto lo veo sólo en público o en el gobierno, y estoy resuelto a no restablecer con él nuestra antigua confianza y amistad mientras que él sea presidente de la República. Cuando vuelva a la vida privada, si volviere, entonces buscaré ocasiones de acreditarle que no soy su enemigo, que le vivo agradecido, y que yo sólo he combatido sus opiniones políticas y sus hechos contra la constitución de mi patria.

" |29 de octubre. Las cosas llevan regularidad, y si no fuera por los nombramientos de ciertos empleados a algunos departamentos, estaríamos más llenos de contento. Pero la verdad es que si no hubiera sido por el torrente de opinión liberal, estaríamos en el abismo. Nuestra parte principal de militares trabaja por la esclavitud, y el general Bolívar, manifestando menos adhesión a estos sentimientos que a la opinión de los pueblos, se porta ciertamente bien y no desconoce ni los intereses comunes ni la propia reputación. La Gran Convención es el punto del día: ya los acalorados convencionistas desconfían del éxito de ella, y aun el mismo Libertador quisiera que no se hubiera convocado tan pronto. |El Conductor nos está dando ya su opinión, y en los dos números últimos verá usted que no está por federación ni por separación de los dos países.

"Ayer día de San Simón tuvimos función de iglesia, sermón bastante liberal y constitucional predicado por Sotomayor, gran convite en casa de Leidesdorf y famoso baile costeado por veintitrés empleados públicos. El Libertador ha estado contento, no obstante que recibimos antier la mala nueva de la muerte del señor Canning.

"Contaré a usted una anécdota rara del convite. Yo di este brindis: 'Señores, la celebridad de este día manifiesta claramente la acción e influencia del hombre sobre el tiempo. Sin las acciones que han ilustrado la larga carrera del general Bolívar, Libertador Presidente de la República, el 28 de octubre sería un día ordinario y común. Yo me aprovecho de esta ocasión para expresar mis sentimientos, y son: que una serie no interrumpida de hechos de parte de V. E. en favor de la causa de los pueblos aumente la celebridad de este día y haga para siempre grata su memoria a todos los amigos de la libertad.' El Libertador brindó por que el mismo día 28 de octubre de 1783, en que él había nacido, había reconocido la España la independencia de los Estados Unidos del Norte y había aparecido el primer pueblo libre de la América, etc., con otras alusiones a la libertad | (18) . Después el presidente de la mesa, Leidesdorf, le hizo un bello discurso, y le pidió permiso para que una joven le expresara mejor sus sentimientos. En efecto, la hija de Soublette le dijo un soneto y le presentó una corona cívica. Entonces el Libertador, tomando la corona, expresó bien que el pueblo colombiano era el único acreedor a ella, porque suyos habían sido los sacrificios, suya la causa, etc.; y dirigiéndose a mí (que estaba a su derecha) concluyó: 'El vicepresidente, como el primero del pueblo, merece esta corona', y me la puso en la cabeza. El acto fue muy aplaudido, y yo recibí una sorpresa cual usted puede considerar. Lo que más me complació fue el aplauso general. Yo turbado di las gracias, y expresé algunas ideas sobre el interés que siempre tomaría por la causa del pueblo, por la gloria del gobierno del Libertador y por la conservación de la que ya había adquirido. ¿Qué le parece a usted esto? Juzgue usted allá a sus solas de esta escena.

" |8 de febrero de 1828. Dentro de ocho días partimos para Ocaña una porción de diputados. Todos vamos resueltos a que, si hay Convención y nada puede obrar en la salud pública, lavarnos las manos, porque no se convocó la tal Convención con nuestros votos, ni jamás justificamos las asonadas del año de 26 con el nombre de opinión nacional.

" |Ocaña, 17 de abril. Ayer tuve el gusto de recibir su estimable de 17 de marzo, y unos números del Constitucional. Ciertamente que el título del periódico no consoló, porque entre tánto papel servil con que nos hostigan los agentes del gobierno, es un bálsamo vivificador otro en sentido contrario. Me agrada el estilo suelto y claro del |Constitucional, me acomoda su lenguaje moderado con las personas y firme en favor de los principios liberales, y me gusta el desprecio con que trata la abominable constitución boliviana. Si ese periódico no sucumbe al decreto de asamblea general y al de conspiradores, debe siempre hablar a la nación en este idioma. En cuanto a sistema central, difiero absolutamente de las opiniones del periódico: para mí el sistema federal hoy es el único que puede salvar nuestras libertades de ser engullidas por el poder omnipotente que se está tomando de la constitución de 1821 y del sistema central. Para contener la autoridad ejecutiva no hay más remedio que dividirla,  y no se la divide sino repartiéndola en diferentes secciones. Hasta hoy es mi opinión el restablecimiento de los tres grandes antiguos departamentos, con otro nombre, una pequeña legislatura para los negocios locales, un gobierno simple dependiente del general de la Unión, y el congreso general, disminuído en el número de representantes y senadores. Contra este gobierno no hay argumentos de falta de hombres, caudales y experiencia, porque tales argumentos sólo valen para el caso de una federación del todo semejante a la del Norte. Yo alego en favor de mi opinión la experiencia de los años de 1819, 20 y 21. Sin embargo, pueden ser tales las razones de los que opinen en contrario, que me obliguen a variar en favor del rigoroso centralismo, y esa sea mi opinión en la Convención; porque, mi amigo, la cuestión es muy grave y de mucha trascendencia, y es preciso meditarla  y deferir a las razones más fuertes, aunque las propusiera el mismo Fernando VII.

" |Ocaña, 30 de mayo. La principal cuestión está ya decidida, es decir, que no se haga novedad en el régimen central o unitario, y bajo este pie se ocupa una comisión de redactar las reformas de la Constitución. No siento mucho esa determinación, aunque preveo que este régimen central durará poco, porque me parece que es un estado de verdadera violencia en el que están las provincias lejanas, principalmente aquellas que, como las de Venezuela, han perdido las consideraciones y prestigio de República. Lo sensible será que se toque a nueva reforma por medio de otra revolución valenciana, y nuestras pobres provincias granadinas serán siempre víctimas de las pretensiones de las del norte. Yo me atreví a decir en la Convención que el régimen central tal cual lo reconoce la constitución de 1821, no podía durar más allá de la vida o de la fortuna del general Bolívar. Sentiré infinito ser profeta. Estamos empeñados en aumentar las garantías individuales, aclarar algunos artículos oscuros, enfrenar el poder ejecutivo, y modificar el maldito artículo 128 | (19) . Puede ser que hagamos algo digno del aprecio de nuestros comitentes.

"La Convención ha dado a don Simón dos respuestas firmes: una a cierta reclamación que aquél hizo contra la diputación calificadora de Ocaña por una contestación que ella tuvo con el general Padilla; otra en el negocio del doctor Peña, en que don Simón quería que, revocando la resolución de no admitirlo, se le diese asiento. La Convención decretó, por 45 votos contra 16, que Peña no podía ser admitido. La votación anterior el día 2 de abril había sido de 42 votos contra 23."

Aquí se corta la correspondencia, y su últimas líneas transparentan ya aquel encono que señoreó a esta asamblea hasta darle triste fin, produciendo la separación de la minoría el 10 del mes siguiente. A cualquier persona imparcial dejarán los fragmentos copiados una impresión muy diversa de la que producen nuestras historias acerca de la conducta de Santander en estos días. Mientras que nos la representan obediente sólo a los estímulos del odio y aun de la envidia, aparece aquí defensor sincero de la constitución, y adversario de Bolívar sólo en cuanto le creía empeñado en proyectos que no podrían llevarse a cabo sin la violación de la misma constitución; y esto de tal modo que cuente como triunfo de su partido el buen gobierno del Libertador. Aquí le vemos moderado, y dispuesto a adoptar las ideas de sus adversarios si le prueban que son más fundadas que las propias, y antes nos tenían acostumbrados a contemplarle poseído de rabia y aferrado en imponer sus ideas. En una palabra, Santander es para muchos un personaje siempre odioso, y llega la preocupación hasta el punto de que escritores sensatos no citen una palabra suya juiciosa y moderada o una medida justa y patriótica, sin presentarlas como contradicción patente o argumento |ad hominem contra los liberales novísimos; y lo que es peor, miran como un borrón haber sido amigo de él. Lo que atrás dejamos dicho convence la sinceridad con que escribía estas cartas, y es lícito pensar que en la opinión común y en las páginas de nuestras historias hay un reflejo de los apasionados juicios coetáneos.

Bolívar y Santander, sin pensarlo, vinieron a ser mirados como jefes de dos partidos que ni se comprendieron ni se perdonaron. Mientras los unos por común impulso volvían los ojos a Bolívar, único que, en su concepto, podía poner remedio a su malestar, los otros adherían de corazón a las instituciones vigentes, ya porque las creían buenas y conformes a sus principios de derecho público, ya (y éstos eran los más) porque no podían concebir ni para entonces ni para lo venidero estabilidad alguna, si se acostumbraban los pueblos a ver las leyes violadas y cambiados a merced de veleidosas opiniones. Esto era lo que formaba el principio cardinal del liberalismo de ese tiempo; lo demás era accidental, pues ni el descreimiento, ni el federalismo ni la francmasonería caracterizaban a nadie de liberal, aunque es cierto que por la naturaleza misma de las cosas, entre ellos eran más comunes estas plagas. Empezaron entonces los clamores de los que sentían que la letra muerta de la constitución no podía aliviarlos; y no los opusieron menores sus contrarios, alegando el juramento con que ella había sido sancionada y los principios que en su sentir habían de salvar la patria. Querían los unos ponerse en manos de Bolívar, y tachaban de demagogos, demócratas e ideólogos a los sostenedores de abstracciones que consideraban como origen de sus males; y los otros, llamándose liberales, apellidaban serviles a los que quebrantaban sus juramentos en busca de una dominación más vigorosa y menos democrática. Concediendo como posible la consolidación de Colombia, aquí, como en otras ocasiones, la verdad y el error estaban divididos entre los dos partidos. Sólo Bolívar con sus grandes cualidades y con la aureola de sus triunfos heroicos hubiera asentado un gobierno estable sobre el amor de los pueblos, pero sólo a condición de imbuírlos desde un principio en el respeto de las leyes, las cuales, aun siendo buenas, pueden poco si no las dictan la gloria o la virtud, y si el amor y la confianza de los ciudadanos no las aceptan. Bolívar representaba la unidad y la gloria; la constitución, la estabilidad y la fuerza: fundidos estos elementos, constituyeran una nación poderosa. Bolívar sentía bien lo que su persona importaba para la República, y por eso, al llegar a Colombia en 1826, dijo: "En vuestra contienda no hay más que un culpable: yo lo soy. No he venido a tiempo: dos repúblicas amigas, hijas de nuestras victorias, me han retenido hechizado con inmensas gratitudes y con recompensas inmortales." Pero testigo sensible de las necesidades diferentes de las distintas comarcas de Colombia, no podía tener convicciones políticas absolutas, y en cada circunstancia se guiaba más bien por su imaginación fogosa o por los dictados de su corazón.

Los constitucionales, amarrados a una ley inviolable, en viéndole vacilante, concibieron sospechas de su honradez. Ni al uno ni a los otros faltó sinceridad; pero el alma de Bolívar fue libro sellado para los liberales, como para los partidarios de Bolívar lo fue el rigorismo republicano de sus contrarios.

La defensa impasible de la constitución y el orden legal tiene algo de abstracto poco a propósito para entusiasmar las multitudes; no así la gloria militar de Bolívar, su fe incontrastable en el triunfo cuando todos desesperaban, su generosidad en dar, aplaudir y perdonar, su desprendimiento, su elocuencia arrebatadora, y la facilidad misma con que, sujetándose de corazón a las leyes, reparaba las violaciones contra las cuales protestaban los constitucionales, y gobernaba en seguida con soberana expedición y providencia: cualidades que constituyen el héroe legendario, el protagonista de una epopeya nacional, y ponen en olvido todos los defectos y errores, hasta convertirlos en proezas para la imaginación popular. Tan real era esta impresión, que todavía en época muy posterior, para ponderar la excelencia de una cosa, se decía: esto está como para Bolívar. En vista de semejante resplandor sus opositores quedaban como envueltos en una sombra que los hacía pequeños a los ojos de los pueblos, y ellos mismos, sintiendo su inferioridad, se confesaban débiles ante aquel influjo avasallador. Agreguemos que entre éstos había de cierto hombres exagerados y violentos, que, enardecidos por su misma impotencia, llegaron hasta el frenesí del 25 de septiembre, con que tiznaron los servicios más eminentes, haciendo sospechosas las anteriores protestas de honradez. Con esto nos explicaremos cómo a los ojos de algunos todos los de aquel partido han venido hasta hoy con la marca de ingratos y mezquinos envidiosos, sin distinción de tiempos ni personas. El escritor que tome a su cargo historiar estos sucesos, debe consignar tales sentimientos como hechos dignos de estudio y mención, sin dejarse arrebatar por ellos para dar más color épico a la leyenda de una lucha entre un héroe inmaculado con follones descreídos o de austeros catones contra un tirano abominable. El héroe tenía defectos, y clamar contra quien habla de ellos, es algo semejante a la queja del poeta porque, ante la verdad, la luna no es ya la enamorada de Endimión sino un planeta opaco; sus adversarios tuvieron virtudes e hicieron grandes servicios a la patria. Quien señale aquellos defectos, en nada amenguará la gloria de quien era hombre superior, privilegiado, pero hombre; quien haga aprecio de las virtudes de esotros, será justo, reconociendo que los fundadores de la Nueva Granada tienen títulos a la gratitud y veneración de la posteridad. En las escuelas oficiales de Suiza se ha prohibido enseñar como hecho real la leyenda de Guillermo Tell, y el patriotismo se ha resignado a rendir este homenaje a la verdad histórica.

(1) Uno de estos caballeros cayó con los ladrones de los vasos sagrados de Chía, y trató sino de sus allegados de persuadirle de que para librarse él mismo y librar a la familia de la deshonra, no tenía otro camino que matarse. Después de mucho dar y tomar, escogió como mejor medio el veneno, el cual le fue llevado por el aconsejador. Al día siguiente salió éste aguardando que en la calle le contaran la muerte de su pariente; pero como nadie le dijese palabra, se fue, como quien no quiere la cosa, al lugar donde estaba detenido, y viéndole bueno y sano, le preguntó qué había habido. -Sabes, repuso el otro, que he estado pensando que es mejor que des ese veneno a los testigos que van a declarar contra mi.
(2) La cárcel de Bogotá estaba en la plaza principal, y por la rejas que caían a ésta, se encontraban los presos en contacto con el público. Por ahí vendían ciertos artefactos menudos, que algunos de ellos fabricaban, en especial artículos de fique, como cabuya, mochilas, etc.
(3) Don J. M. Groot (Historia eclesiástica y civil, tomo III, página 386), cuenta entre los crímenes que motivaron la ley de 3 de mayo de 1826, el asesinato del presbítero don Tomás Barreto, tío del doctor Cuervo. Esto no es exacto, pues el horrendo hecho se cumplió el miércoles 28 de mayo de 1828. El doctor Nicolás Cuervo refiere a su sobrino, que estaba en Popayán, todas las circunstancias del crimen en cartas de 8, 21 y 29 de junio. A las ocho y media de la noche Dolores Pinto, beata de san Francisco se hizo abrir y entró a la casa de Barreto con achaque de entregar una carta; mientras ella le estaba hablando, lo acometieron Manuel Almeida, Pío Quinto Camacho, Manuel vega, marido de la Pinto, y Pedro José Amaranto, esclavo de Almeida, y echándole una ruana en la cara, le cosieron a puñaladas. En seguida robaron cuanto pudieron haber a la mano. A las voces de una criada de la casa acudió gente, y en la huerta bajo de unas matas cogieron al esclavo, todo ensangrentado, que sin dilación denunció a su amo y a los demás. Las autoridades, los vecinos, los habitantes de los campos se pusieron con tánta eficacia en busca de los asesinos, que el sábado estaban todos presos. Almeida, que, de guerrillero, había logrado burlar todas las pesquisas de los españoles ocultándose en una cueva de la hacienda de Tibabuyes en la Sabana, tuvo la indiscreción, pasado el peligro, de contar esto a don Buenaventura Ahumada, quien lo recordó al oír el denuncio del esclavo, y sin vacilar fue y lo sacó de su escondite. Todos fueron condenados a la pena capital, y su ejecución de las más vigorosas que jamás se liaban visto. Como asesinos sacrílegos, fueron absueltos con todas las solemnidades imponentes que usa la Iglesia, en el atrio de la iglesia de San Carlos, y el 7 de junio, viernes, día concurrido como que era de mercado, se les llevó al suplicio arrastrados en serones por bestias de albarda en torno de la plaza mayor y pregonándose el delito en cada esquina. No habiendo verdugo, fueron fusilados en banquillos puestos al pie de la horca y después colgados en ella por cuatro horas. Las cabezas de Almeida y Camacho fueron clavadas en escarpias en las entradas de la ciudad, la del primero en San Victorino y la del segundo en Las Nieves, y las manos derechas de los mismos en la casa donde se perpetró el Crimen (La sentencia de la Corte Suprema está publicada en el Suplemento a la |Gaceta de Colombia de 29 de junio de 1828).
(4) |Repórter ilustrado, de 4 de junio de 1890.
(5) Voyage pittoresque aux deux Amériques, publié sous la direction de M. Alcide d'Orbigny. París, 1836.
(6) Expresiones de don Manuel José Mosquera en carta de 29 de octubre de 1829. Con la misma fecha escribía don Lino de Pombo: ''Arregle usted sus negocios, y vuélvase al paraíso de Colombia, a esta ciudad que presenta en todas circunstancias el admirable Cuadro de la paz y la fraternidad. Venga usted a pasar en sosiego sus días en el país de la libertad y de la tolerancia.''
(7) En carta de 22 de noviembre de 1829 dice don Manuel José Mosquera: ''Llegó el Libertador ayer; citó de muy buen humor, porque, según ha dicho en confianza, la Inglaterra ofrece su apoyo para un gobierno cual propone la 4ª |Meditación.'' Y con la misma fecha 22 ofició el secretario del Libertador al ministro de relacione exteriores improbando los pasos dados para el establecimiento de una monarquía constitucional. Parece cierto que Bolívar fluctuaba entonces entre sentimientos y pensamientos contrarios: republicano de corazón, había llegado a persuadirse de que en la América española era impracticable la república, y de que la forma de gobierno más conveniente para ella era la monarquía constitucional; así lo manifestó varias veces y con particular claridad en la carta que poco antes de estos días dirigió al ministro inglés Campbell (Restrepo, |Historia de Colombia, tomo IV, página 228). Mientras estaba en el sur, donde predominaban las ideas monárquicas, callaba sin duda impulsado por un sentimiento de honradez que no le permitía improbar lo que creía saludable. Llega a Popayán lisonjeado con la esperanza de que el apoyo de Inglaterra un facilitará el cambio; pero encuentra con republicanos tan honrados como los Mosqueras y otros, renacen sus amortiguados sentimientos, cae de su pasajera ilusión y condena las negociaciones del consejo de ministros.
(8) Así lo conjeturamos de carta de don J. Rafael Arboleda al Libertador, publicada en las |Memorias del general O'Leary, tomo IX, página 226, comparándola con otra enteramente privada del doctor Manuel José Mosquera en que expresa el mismo concepto del texto subrayando la voz |articulación.
(9) Estas son sus palabras: ''Siento positivamente no tenerlo a usted de compañero en la Gran Convención. Yo voy con gusto a este cuerpo al considerar que su gran mayoría es compuesta de hombres libres, amigos de los principios y de un buen orden; mas de otra parte me recelo mucho que se nos sigan grandes males, si adoptamos la federación, a que parece inclinada la mayoría.'' Carta de don V. Azuero al doctor Cuervo, 5 de marzo de 1828.
(10)  Tuso era pueblo de indios situado al sur de Bogotá, a la izquierda del Funza y no muy distante del Salto de Tequendama. En la época a que nos referimos no quedaban ya ni rastros de él, como que había desaparecido desde fines del siglo pasado. El artículo de |La Bandera tricolor titulado |Acta de la parroquia de Tuso (número 8º) cayó muy en gracia, y nos hablaba con frecuencia de él, como escrito por el doctor Cuervo, nuestro pariente y buen amigo don Antonio González Manrique.
(11) ''Hoy he conseguido ya que se firme una representación por esta municipalidad y principales vecinos dirigida a la Gran Convención, oponiéndose al sistema federativo y apoyando el central con todo el vigor necesario a nuestras circunstancias. El doctor Cuervo, nuestro fiscal de este tribunal de justicia, ha tomado en el particular todo el empeño que podía apetecerse. Se conduce con acierto, y tengo la esperanza que sea uno de nuestros colaboradores en sostener el sistema central y a V. E. al frente de él. Puedo decir a V. E. que si él i se me une, esta vez el partido contrario me había hecho mucho peso, porque la ramificación de la facción de D. F. de P. (Francisco de Paula Santander) trabaja sin cesar por adelantar sus proyectos y aumentar prosélitos. El mismo señor me había ofrecido sus servicios para que en Cali y Buga se haga lo mismo.'' Carta de Mosquera al Libertador, Popayán, 5 de abril d 1828 (Memorias de O'Leary, tomo IX, página 110).
(12) ''Los agentes de Santander son Castrillón, Valencia y Cuervo''. Carta de Mosquera al Libertador, Popayán, 6 de enero de 1828 ( |ubi supra, IX, p. 99). ''El doctor Rufino Cuervo se ha convertido y me ayuda bastante, sin embargo que no le confío todavía cosas muy importantes''. Carta del mismo al mismo, Popayán, 22 de abril de 1828 ( |ubi supra, IX, p. 112).
(13) ''Sirviéndome muy poderosamente las noticias que recibí del general Flores oficialmente sobre la guerra del Perú, reuní a los jefes militares y formé con ellos una junta de guerra para manifestarles mis opiniones y la necesidad de tomar medidas. Las tomamos, como V. E. verá por el acta que acompaño a V. E. de oficio, por medio del secretario de guerra. En consecuencia cité los empleados principales y les hice ver los riesgos de la patria, y que era indispensable tomar medidas y que fuesen del momento. Se acordó por la reunión la rotación de un cabildo abierto, como verá V. E. por dicho acuerdo, y entre tanto mi padre y mi hermano Manuel José disponían los ánimos del pueblo a lo que debía hacerse, pues no dudábamos que los demagogos, aunque pocos, vinieran a declamar. Tuve a bien poner la tropa sobre las armas en el cuartel, por si se malograba el golpe darlo por la fuerza, y ahorcando cuatro de los más insolentes, hacer las correspondientes declaración, tomándome entonces la autoridad competente, y sólo dependiente de V. E.; mas no llegó el caso, y en lo substancial se acordó lo mismo que en Bogotá, después de muchas discusiones en el cabildo abierto que duró desde las tres de la tarde hasta las nueve de la noche, que se firmó el acta por parte de los concurrentes, y actualmente se está firmando por los demás". Carta de Mosquera al Libertador, Popayán, 29 de junio de 1828 (Memorias de O 'Leary, tomo IX, p. 119).
(14) Véase en el Epistolario la carta de Obando fechada en Pasto a 5 de mayo de 1829.
(15) Las cartas a que se refiere Santander aquí se hallan publicadas en el tomo III de las Memorias del general O'Leary, pp. 355, 362 y 375. Ya desde 1827, en un folleto titulado |Apelación a Colombia, p. 19, se hacía perfecta consonancia entre la conducta pública y su conducta privada con respecto al Libertador; citando todos los puntos importantes en que los dos no so hallaban de acuerdo, se prueba ahí que particularmente dijo a Bolívar lo mismo que después puso en práctica. No tenernos a la vista esta publicación, y nos referirnos al número 101 |del Constitucional de Cundinamarca (25 de agosto de 1833), donde se halla copiado el pasaje en un artículo suscrito J. P. G. Creemos que las cartas de Santander a Bolívar cobran grande importancia desde el momento en que concuerdan con las que escribía confidencialmente a un amigo. Santander miró siempre como punto de honor probar la lealtad que personalmente guardó a Bolívar, aunque no dejaría de haber también el intento de aparecer como víctima de una persecución injusta: el mismo Constitucional (3 de noviembre de 1833) publica, diciendo haberla recibido para que se dé a luz, una comunicación dirigida en 14 de noviembre de 1828 por el ministro de relaciones exteriores de Colombia al consulado general de la República de los Estados Unidos, y pone de bastardilla estos pasajes: ''Santander no ha resultado del proceso que hubiera tenido una parte inmediata o próxima en la conjuración del 25... '' ''No hay duda sobre la criminalidad en general de Santander, aunque sí la hay en cuanto a la aprobación que le haya merecido el horrible atentado cometido en la noche del 25''. Todavía el 28 de marzo de 1838 protestó en la cámara de representantes no haber tenido parte activa en la misma conjuración ( |Argos, 1º de abril de 1838). Esta conducta es laudable cuando tántos otro héroes del día siguiente reclamaban su parte en aquel atentado. Obando por ejemplo, que firmó el acta de los militares de Popayán para conferir a Bolívar el poder dictatorial, y recomendó en 183 al |benemérito batallón Vargas, diciendo: ''El ha sido desde su creación el defensor de la patria, el cuerpo de la libertad, el conservador del orden, el que salvó al Libertador de la alevosía cuando regía la nación'' ( |Gaceta de Colombia, Nº 471, correspondiente al 27 de junio de 1830), escribía en 1842: ''No tuve yo el honor de pertenecer a aquel número de romanos que, con una revolución desgraciada, aterraron sin embargo a la tiranía vencedora; yo hubiera tenido parte en ella, si hubiera estado en Bogotá; pero ya que no puedo contar éste entre los servicios que he hecho a la libertad, ya que no tuve aquel honor, tendré a lo menos la satisfacción de vindicar aquel grande hecho.''
(16) El general Antonio Obando, enviado por el vicepresidente a tomar el mando de la tropas insurreccionadas.
(17) Periódico redactado en Caracas por D. A. L. Guzmán.
(18) Bolívar nació el 24 de julio de 1783. El 28 de octubre es San Simón, y con frecuencia se ha equivocado la fecha natal con el día onomástico (Nota de Luis Augusto Cuervo).
(19) Este artículo es el relativo a las facultades extraordinarias del presidente.

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