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CAPITULO III

 

LA BANDERA TRICOLOR

 

|La Bandera tricolor, fundada para combatir la insurrección de Páez.-Estado de la opinión.-Las actas de Guayaquil y Quito y la contestación del secretario del Libertador; el acta de Cartagena y el voto de Manuel Núñez.-Proclama de Bolívar en Guayaquil.-Rcstablecimiento, del orden constitucional. Desaliento con que concluye |La Bandera.-Consideraciones sobre ella.-Vuelta del Libertador a Bogotá-Resonancia de La Bandera y parte que en su redacción tuvo el doctor Cuervo. Su conducta después de la llegada de Bolívar.

Al suspenderse |La Miscelánea había empezado a representarse el drama melancólico que debía terminar con la disolución de Colombia, y hervían las pasiones que han oscurecido esta parte de nuestra historia. Los que alcanzaron aquellos días agitados apenas han logrado desprenderse de ellas al describirlos; y los que ahora se complacen en buscar a sus opiniones un abolengo autorizado, pintan los hechos a su manera y los arrebolan con la saña de los partidos modernos. Sin imitar ni a los primeros ni a los segundos, pretendemos seguir, en vista de los documentos coetáneos, las palpitaciones de la opinión en los tiempos azarosos en que salía |La Bandera tricolor, periódico que baldonado entonces por unos, aprendido casi de memoria por otros, tuvo tan grande resonancia que todavía en épocas posteriores han quedado ecos de ella, aunque vagos y contradictorios. Así, los que defienden a todo trance al Libertador, se figuran esta publicación como un pasquín incendiario, al mismo tiempo que los demagogos de 1849 hacían gravísimo capítulo de acusación contra el doctor Cuervo la parte que tuvo en ella | (1) . Fueron sus redactores los mismos de |La Miscelánea, a excepción de Aranzazu, que por negocios de familia hubo de ausentarse a Antioquia, y de Vélez, que siguió para Filadelfia, nombrado cónsul de Colombia. En cambio el general Santander enviaba de cuando en cuando algunos escritos, como lo hacía a la |Gaceta de Colombia.

Para dar a entender con claridad cuál era el estado de los espíritus en la capital a mediados de 1826, hemos de tomar el agua de más arriba. Nombrado Bolívar presidente de Colombia por la convención de Cúcuta y facultado para dirigir en persona, las operaciones de la guerra, quedando entre tanto encargado del gobierno el vicepresidente, que lo era el general Francisco de Paula Santander, se puso en camino para Bogotá, y de aquí pasando por Cali, para Popayán, con el fin de activar los aprestos de la campaña del sur. La batalla de Pichíncha, en que Sucre deshizo las fuerzas de Aymerich (24 de mayo de 1822), abrió a los independientes las puertas de Quito, y redujo a don Basilio García, que atajaba el paso a Bolívar, a capitular en Pasto, dejando sometida y franca esta indomable comarca. El 29 de mayo ratificó Quito el pacto de unión con la Nueva Granada y Venezuela, con lo cual integró Colombia su territorio. A fines del año siguiente quedó en rigor concluída la guerra de su independencia con la entrega de la plaza de Puerto Cabello, donde se abrigaba el último resto del ejército traído a América por Morillo. Pero vencidas todas las fuerzas españolas que habían pisado su suelo, cargada de laureles y llena de brío y generosidad, vio Colombia que su obra no quedaba completa ni su suerte futura libre de peligros, si no barría de enemigos toda la América meridional. Por boca de Bolívar ofreció pues auxiliar al Perú, donde se sostenía un numeroso y aguerrido ejército español. Todos aplaudieron la hazañosa empresa, y el júbilo no tuvo límites cuando se proclamaron las victorias de Junín y Ayacucho (6 de agosto y 9 de diciembre de 1824), que pusieron en los cielos el renombre de Sucre, de Bolívar y de Colombia. Con todo, tánta gloria no costó menos que la vida de esta República. Reunidos por la fuerza de la necesidad Estados que tenían escasas afinidades, sometidos a una constitución en todo diferente de las instituciones con que por siglos habían vivido, y que, pudiendo suspenderse a cada paso por el ejercicio de facultades extraordinarias, ni inspiraba respeto ni enseñaba obediencia, si era posible consolidar en un solo cuerpo tan diversos elementos, nadie lo pudiera lograr sino el mismo que los había juntado; y sólo el caudillo que aunaba en sí las glorias, el amor y veneración de todos, consiguiera que todos simbolizaran en el nombre de Colombia los sentimientos de patria y nacionalidad. Desgraciadamente, mientras este hombre único andaba por el Perú, quedó ocupando su puesto un mero mandatario, encargado de hacer cumplir leyes múltiples e inadecuadas al país, de proveer a los gastos y necesidades de una guerra costosa cuanto distante, y de organizar pueblos casi asolados por largas calamidades; su acción e influjo no alcanzaban a los extremos de la nación, donde le veían con celos y trataban su gobierno con desdén; de modo que sobre él y las instituciones cargó todo el descontento. Situación tan peligrosa no podía disimularse al vicepresidente; ya en 1822 empezó a escribir con instancia a Bolívar que viniese a la capital a en cargarse del mando | (2) , manifestándole que sólo él "con su genio creador, su poderosa influencia y su profundo conocimiento en todos los negocios era capaz de remediarlo todo". Ni se ocultaba esto fuéra: en Inglaterra, donde se aguardaba para reconocernos como nación a que estuviésemos regidos por un gobierno estable, al tenerse noticia de la campaña del Perú, vieron muchos, con la penetración propia de los políticos de aquel gran pueblo, que lo que parecía argumento de fuerza y duración, era cabalmente lo que iba a derrocar las nacientes instituciones de Colombia | (3) ; y los hechos los sacaron verdaderos. Día por día los periódicos y el movimiento de la opinión anunciaban el descontento, particularmente en Venezuela; las censuras al gobierno se doblaban, la constitución central parecía mala a unos y se hablaba mucho de federación; otros, por el contrario, propendían al establecimiento de una monarquía constitucional. Estando así las cosas, los que en Caracas sostenían la última opinión, despacharon dos comisionados, el uno Antonio Leocadio Guzmán, que debía ir al Perú a proponer el plan al Libertador, y el otro, Domingo Briceño, que pasó a Bogotá a explorar el ánimo de Santander y otras personas de cuenta. Mientras pasaba esto, se complicaron las cosas de una manera impensada. Un decreto del vicepresidente sobre alistamiento había tropezado en Caracas con grande repugnancia, y queriendo Páez, comandante general, llevarlo a efecto, acudió a atropellos indebidos (6 de enero de 1826). Las quejas del intendente y de la municipalidad motivaron la acusación de Páez ante el senado, el cual le suspendió de sus funciones y le mandó comparecer en Bogotá. Aparejábase él a obedecer, cuando se arma en Valencia un motín para obligarle a reasumir el mando (30 de abril), lo que hizo, doblegándose a las sugestiones de malos consejeros, y declarándose por lo tanto en rebelión. La llama cundió con facilidad, Caracas aprobó lo hecho en Valencia y felicitó a Páez, y lo mismo fueron haciendo otras poblaciones. Sabido esto en Bogota mientras todos estaban preocupados con la misión de Briceño, y que se coloreaba la insurrección con el pretexto de reformar inmediatamente la constitución, se sobresaltaron los republicaros del Centro y determinaron defenderla vigorosamente, resolución tanto más natural y sincera cuanto sólo en estos departamentos, o si se quiere en Bogotá, como se deja decir Baralt, regía y era respetada esta constitución, que en Venezuela y en el sur querían derrocar. En 9 de junio reunió el gobierno un consejo extraordinario, a que asistieron varias personas connotadas, con el fin de decidir la conducta que se debía seguir, y por unanimidad se aprobaron las medidas suaves y prudentes que propuso Santander para atajar la insurrección, o transigir con ella, convocando el congreso en caso de que se extendiera a toda Venezuela. Puso por breves días treguas a esta ansiedad con otra de diverso género el terremoto del 17; pero no más que el 6 del mes siguiente dio el vicepresidente una proclama exponiendo los acontecimientos de Venezuela y protestando defender a todo trance los principios republicanos contra las ideas monárquicas; y el 8 salió el decreto en que reprobaba los procedimientos de las municipalidades de Valencia y Caracas, y declaraba ilegítima la autoridad de que habían investido a Páez. El 16 apareció |La Bandera tricolor, y lo que dejamos dicho explica suficientemente por qué eligió como epígrafe el artículo primero de la constitución: "La nación colombiana... no es ni será nunca el patrimonio de ninguna familia ni persona". Por lo mismo todos sus tiros se asestaron desde un principio contra la insurrección de Venezuela: "Cuando un puñado de facciosos, decía la introducción, sembró las primeras semillas de la división por medio de los periódicos que se publicaron en la ilustre Caracas, bajo los títulos del |Anglo-colombiano, del |Venezolano y otros, cuyo manifiesto designio fue extraviar al pueblo con ideas exageradas de libertad y con la perspectiva de una federación tan inmatura como mal digerida, se notó con asombro y no sin desconfianza que una de las disposiciones constitucionales que merecieron una fuerte censura, fue el artículo 1º que adoptamos nosotros por texto". "Hoy que los mismos facciosos han logrado precipitar al general Páez en una defección ignominiosa halagándolo con la infame esperanza de erigirse en rey y tirano de sus compatriotas, por medio de la violencia y de la fuerza que tiene a sus órdenes, es llegado el tiempo de sostener con firmeza y constancia este principio vital, este pacto sagrado y eterno". "Nuestro intento, pues, al escribir este nuevo periódico, es ayudar también con nuestra débil voz al sostenimiento de esta constitución, que es la garantía de las libertades nacionales, y el vínculo de unión y de orden, sin el cual nuestra patria sería sepultada en un abismo de desgracias''. ''Defenderemos el pacto fundamental, cuya inviolabilidad por diez años hemos jurado solemnemente, demostraremos que es más difícil, más costoso, más imposible a Colombia ser esclava de un rey, que ser libre y gobernada por sus mandatarios; pero al mismo tiempo que afianzaremos el sistema popular representativo como el único que conviene a nuestra adorada patria, haremos ver que los que pretenden deslumbrar al pueblo con temores quiméricos y exagerados y con los prestigios de una federación tumultuosa e intempestiva, no aspiran en realidad sino a empujarlo más rápidamente a la servidumbre".

Pero no bastaba esto: los periódicos de los sediciosos pretendían hacer creer que prestaría su apoyo a tales designios el Libertador, a quien ya Páez en otra ocasión había ofrecido inútilmente la corona; y era por tanto menester cortar de raíz tales esperanzas, recordando los juramentos que el presidente había hecho en favor de la República y su constitución, y realzando el valor de estas promesas con el encomio fervoroso de sus glorias.

Todos tenían vueltos los ojos al Perú, aguardando la resolución que tomara el Libertador acerca de los sucesos de Venezuela, y de la cual con razón juzgaban que dependía la suerte de la República. Así fue que, aunque en 24 de agosto llego a Bogotá el el capitán Francisco Montúfar con las actas de Guayaquil y Quito de 6 y 19 de julio, en las cuales se pedía la pronta reforma de la constitución, no se hizo mucho caso, y |La Bandera nada dijo de ellas; pero al leer la contestación que en 1º de agosto dio a la municipalidad de Guayaquil el secretario general del Libertador, en que haciendo pomposo elogio de la constitución boliviana declaraba que en ella tenía hecha el mismo Libertador su profesión de fe política, los constitucionales se llenaron de pasmo, pues vieron que en vez de defender resueltamente el orden legal que había jurado el presidente de la República, convidaba en cierto modo a subvertirlo. Tan desfavorable fue esta impresión en el público, que |La Bandera (24 de septiembre) juzgó como el mejor partido revocar a duda la autenticidad de aquella comunicación, o a lo menos sugerir que debía de representar el parecer del secretario más bien que la resolución de Bolívar. Después de alegar varias razones, agregan:

"Descenderemos por último a la razón que, en nuestro concepto, es irresistible y contra la cual no cabe ninguna especie de réplicas. El general |Bolívar, que siempre ha dado pruebas ineluctables de la sinceridad de su corazón, ha jurado la constitución de Colombia el 3 de octubre de 1821, a presencia del congreso constituyente y de una brillante oficialidad que le había acompañado a la sala de sus sesiones. Allí dijo (número 37 de la |Gaceta de Colombia): "El juramento sagrado que acabo de prestar, en calidad de presidente de Colombia, es para mí un pacto de conciencia que multiplica mis deberes de sumisión a la ley y a la patria... La gratitud que debo a los representantes del pueblo me impone además la agradable obligación de continuar mis servicios por |defender con mis bienes, con mi sangre y aun con mi honor esta constitución... que será junto con la independencia, la ara santa en la cual haré los sacrificios". En la proclama que dirigió a los colombianos el 8 del referido mes de octubre: "El libro de la ley, dice, que tengo la gloria de ofreceros como la expresión de vuestra voluntad, y la arca de vuestros derechos, fija para siempre los destinos de Colombia". Y en la felicitación que hizo al congreso de 1823 se ha expresado en estos términos: "Fiel a mi juramento de obedecer la ley fundamental de la república, reitero por segunda vez a los legisladores de Colombia mi primer promesa de morir antes, la espada en la mano, a la cabeza del ejército de Colombia, que permitir que se holle el pacto de unión que ha presentado al mundo una nación compuesta de Venezuela y Nueva Granada. La constitución de Colombia es sagrada por diez años; no se violará impunemente mientras mi sangre corra por mis venas y estén a mis órdenes los libertadores". Cómo después de juramentos tan solemnes y tan voluntariamente repetidos; de actos públicos y espontáneos que han nacido del convencimiento interior, del amor al orden y a las leyes; de la exaltada pasión por la libertad que hace muchos años anima al |Libertador; ... cómo después de haberse granjeado el afecto de los hombres virtuosos y el respeto de todo el mundo ilustrado, no tanto por la fortuna que ha premiado sus esfuerzos en los campos de batalla, cuanto por la heroica consagración al sostenimiento de la libertad de su patria? ¿Cómo después de haber adquirido una gloria inmarcesible, y de haber logrado que su nombre sea inscrito por consentimiento universal al lado del de |Washington, y en concepto de muchos, sobre el del héroe de los Estados Unidos? | (4) ¿Cómo, después de todo esto, habría de venir a mancharse con el más horrendo perjurio? No: tal apostasía no es siquiera verosímil. Para que el general |Bolívar fuese capaz de intentar |recibiésemos nosotros inmediatamente por constitución de Colombia el proyecto que redactó para Bolivia, era necesario que tuviese una alma tan pérfida e ingrata como Fernando de Borbón; y entre el déspota de España y el Libertador de la República, hay la distancia inmensa que separa a la luz de las tinieblas y de los vicios más detestables las más sublimes virtudes.''

En el número 15 de octubre analiza y rebate victoriosamente los fundamentos de las segundas actas de Guayaquil y Quito de 28 de agosto y 6 de septiembre, en las cuales se confiere la dictadura al Libertador; sobre lo cual dice:

"No creemos que el |hombre de este siglo, el genio de la empresa, el Libertador de tres naciones, descienda hasta el extremo de admitir el titulajo con que le quieren regalar cuatro perjuros y rebeldes. Mil veces hemos oído de sus labios sus protestas de obediencia a las leyes, sus votos por la libertad de este país y su odio a la tiranía. ¿Cómo posponer el título de Libertador al de Dictador? ¿Cómo autorizar con su nombre la violación de los deberes más sagrados? ¿Cómo exponer su gloria tan costosamente adquirida por complacer a hombres que no saben apreciarse a sí mismos? El general |Bolívar se respeta mucho a sí propio, respeta a su patria, y respeta al inundo que lo observa."

Los que han tachado de violento, agresivo o irrespetuoso el lenguaje de |La Bandera, no han emitido su juicio sobre el que usaban los partidarios de la dictadura; copiamos la parte resolutiva del acta de Quito para que los lectores juzguen si sentimientos tan abatidos correspondían a las glorias y a las esperanzas de la patria, y si había razón para que se enardecieran los ánimos generosos:

"1º. Que roguemos a S. E. el Libertador presidente Simón Bolívar se digne recibirnos bajo su protección y reasumir, a más de las facultades extraordinarias que le competen por la ley, todas cuantas por insuficiencia de ésta residen en nosotros en virtud de la soberanía radical del pueblo.

2º Que bajo la investidura de Dictador, que le conferimos espontáneamente, disponga cuanto conduzca al bien de esa patria que ha formado, hasta asegurar su existencia de un modo incuestionable y que se constituya oportunamente sobre bases indestructibles.

3º Que se haga notorio este acto en toda la República.

4º Que la administración del Estado sea inviolable en todos sus ramos, entre tanto que otra cosa resuelve S. E. el Dictador."

Refiriéndose a estos artículos dice |La Bandera: "Tales son los votos de algunos que han usurpado el nombre de la benemérita ciudad de Quito. El mundo civilizado sabrá, como siempre, hacerles la justicia que merecen. Entre tanto, nosotros aguardamos que S. E. el |Libertador, a su llegada a aquel lugar, habrá restablecido el orden constitucional y entregado a los criminales para que sufran su bien merecido castigo. Este es el deber que le imponen las leyes, su conciencia política y su gloria misma. Por nuestra parte, no dejaremos jamás de sostener los principios y las libertades nacionales, por muy débil que sea el influjo de nuestra voz."

La última esperanza que se expresaba en estas líneas se desvaneció al llegar la |Gaceta extraordinaria de Cartagena con el acta de 29 de septiembre, hecha a imitación de las anteriores, y acompañada del voto escrito del concejal Manuel Núñez en que afirmaba saber por personas respetables y de poder que el Libertador estaba de acuerdo con los autores de tales movimientos. Súpose al mismo tiempo que estos sucesos coincidían con la llegada de A. L. Guzmán, y no se necesitó más para tener por cierto que todo se hacía en virtud de instrucciones que éste hubiese traído de Lima. No hay para qué decir que los que sostenían la legalidad vieron la constitución derrocada por medio de pérfidos amaños; |La Bandera salió extraordinariamente el 25 y el 27 de octubre rebosando indignación y profunda tristeza, y sin duda fueron estos números los que dieron ocasión a que los adversarios la tildasen de violenta, por más que en seguida los redactores, protestando no haber sido su animo ofender al Libertador, explicaron las expresiones que pudieran interpretarse siniestramente.

El 29 publica la proclama dada por el Libertador al arribar a las costas de Colombia; la que por desgracia no fue bien explícita, y vista a la luz de los papeles que con ella llegaron de Guayaquil, dejaba pensar que la |oliva de paz allí ofrecida no era otra cosa que la constitución boliviana, que debía plantearse sobre las ruinas de la de Cúcuta; y los que habían permanecido sumisos a la ley no pudieron llevar en paciencia que se les igualase a los revoltosos con la oferta de un ósculo común y un abrazo simultáneo para justos e injustos. Esta impresión aparece no sólo en |La Bandera sino en otros periódicos de la capital.

El 5 del mes siguiente anunció aquélla con grande aplauso el restablecimiento del orden constitucional en los departamentos del sur; el 19 relata con viva satisfacción la entrada del Libertador, verificada el 14, sin hacer la más leve alusión a incidentes desagradables; el 26 publica con expresiones de júbilo el decreto del 23, con el cual la constitución ha cobrado nuevas fuerzas, pues con arreglo a ella se declara el Libertador en ejercicio de las facultades extraordinarias, el del 24, en que se prohíbe toda junta tumultuaria o clandestina, que era como poner fui a las actas de dictadura. En los números siguientes continúa defendiendo los mismos principios y doctrinas que antes, generalmente en impugnación de los periódicos del sur y de Venezuela, y siempre con las mismas expresiones de respeto y admiración que constantemente habían consagrado a Bolívar. El último número, que fue el 26, salió el 7 de enero de 1827, como para ser la inscripción sepulcral de la constitución de Cúcuta: el congreso no ha podido reunirse por faltar muchos de sus miembros; Bolívar, en camino para Venezuela, hace gente, allega armas y dinero, y pide nuevos y cuantiosos recursos al vicepresidente para el sometimiento de los departamentos rebeldes. Aquí se preguntan los redactores:

"¿Qué objeto puede hoy tener la guerra de Venezuela? No, restablecer el imperio de la constitución y de las leyes: los departamentos del sur, los del Magdalena e Istmo y otros varios, también se sustrajeron a este imperio, y no por eso se les hizo la guerra. No, castigar a los autores de aquellos movimientos: los que revolvieron al sur, a Cartagena y otras partes, no han sido castigados, han sido continuados en sus destinos; algunos han recibido nueva autoridad reuniendo el mando político al militar; y otros han obtenido grados y ascensos.

Nosotros nos hemos mantenido fieles a la constitución y a las leyes; no porque no apeteciésemos también reformas, sino porque era un deber cumplir nuestros comprometimientos y no turbar un orden de que dependían la paz, la unión, el crédito y prosperidad de la República. Pero hoy es una verdad incontestable y en que todos unánimemente convienen, que nunca se restablecerá el primitivo imperio de la constitución, porque no se quiere esto de buena fe, y porque ya no es posible someter tántos pueblos, castigar a tántos funcionarios y a tántos ciudadanos, que de grado o por engaño y debilidad han tomado parte en los trastornos. Por no haberse querido atajar el progreso del mal en sus principios, hemos llegado a tal extremo que sería mayor el número de males que resultarían de pretender que se restableciese en toda la República el imperio de la constitución, que de ceder al deseo de las reformas y variaciones.

Verosímilmente el congreso se reunirá dentro de muy pocos días; y este cuerpo augusto, que debe ser el baluarte de la libertad y felicidad nacional, se cubrirá de gloria y arrebatará el amor y las bendiciones de los pueblos, si evita, como puede hacerlo con la mayor facilidad, los estragos de la guerra civil. Un simple decreto que acuerde, mandando que se suspenda toda hostilidad contra Venezuela, nombrando una comisión que vuele a cortar la discordia, y ofreciendo a los pueblos que ellos podrán obtener aquellas reformas y mejoras que desean en la constitución, por medios pacíficos y regulares, bastará para disolver la terrible tempestad que nos amenaza. Entonces se palpará cuán innecesaria era ninguna especie de dictadura, qué sencillo era restablecer la unión, la concordia y el orden, y que los pueblos contentos con su forma de gobierno popular, representativo, alternativo y electivo, apetecen vivamente que se conserve la integridad de Colombia."

El periódico concluye con estas líneas:

"Cuando emprendimos esta carrera nos propusimos ver si lográbamos cooperar de algún modo al restablecimiento del orden constitucional y a que la República no perdiese el ventajoso crédito adquirido. Nuestros esfuerzos han sido infructuosos: las cosas han cambiado absolutamente de aspecto: ya no se trata de hacer revivir lo que ha muerto para siempre; se trata siquiera de la salvación de los principios bajo un orden nuevo. Pero dejemos a otros el cuidado de lidiar en favor de esta empresa. Bastante hemos arrostrado ya las calumnias, los dicterios, los insultos de los hombres vendidos a la ambición, a la codicia, y a la servidumbre.  Hartos riesgos y peligros hemos afrontado. Que otros, pues, se presenten en la arena y nos reemplacen."

Estos breves rasgos permiten juzgar del tono y lenguaje de |La Bandera tricolor, y muestran su actitud para con el Libertador; sólo nos falta agregar que todavía después de la llegada de éste a Bogotá combatió algunos de sus proyectos como el de la confederación de Colombia, Perú y Bolivia. En suma: empezóse esta publicación con el designio de contrarrestar la rebelión de Páez, apoyada en actas populares; aunque con otro carácter, pero llevando siempre el fin de perturbar la legalidad, extendiéronse estas actas a los departamentos del sur, y fue consiguiente atacarlas como a las primeras; los mismos que las habían amañado se jactaban del apoyo del Libertador, y fue necesario recordar los juramentos que éste había repetido. Nada hay en esto que no sea patriótico, y para nuestro juicio contamos con el apoyo del historiador Restrepo: "Este periódico semanal, bien escrito, defendió con denuedo y valentía la constitución, el orden legal y los principios liberales: él dio al mismo tiempo fuertes ataques a la presidencia vitalicia, a la dictadura y a las actas de los perturbadores. Aunque impugnaba con vigor algunos proyectos de Bolívar, tratábale siempre con el respeto y consideración debidos a sus eminentes servicios."

Apasionados son los que creen que el Libertador, cegado por la ambición, pretendía asentar una dominación tiránica sobre Colombia; y no lo son menos los que acusan también de ambiciosos a los defensores de la constitución jurada, y notan de ingratos a quienes no aceptaban a ojos cerrados todos los planes de Bolívar ni identificaban la vida y la muerte de la República con la de su fundador. Sus glorias y eximias cualidades disculpan tal entusiasmo, pero el amor de la patria y la consideración de la suerte futura de ella eran motivos más justos para buscar la solidez de la organización política en el respeto de las leyes. Cosa es tan clara, que parecen escritos por una misma mano estos conceptos de |La Bandera tricolor (p. 88): "Si no hay otro arbitrio que este (la dictadura) para salvar la nación, la existencia de ésta es tan precaria como la vida de Bolívar, que por preciosa que sea, es siempre la de un mortal"; y los que en 13 de julio de 1829 dirigía el Libertador a don Estanislao Vergara: "Un país que está pendiente de la vida de un hombre, corre tanto riesgo como si lo jugaran todos los días a la suerte de los dados | (5) ". Sin exagerar, pues, el amor ni el odio, creemos que la juventud de principios liberales era en esos tiempos sincera, y seguía, al defender el orden legal, el único camino acertado para fundar un gobierno respetable. Atribuyendo el valor que era justo a las protestas de desprendimiento que sin duda de corazón repetía Bolívar, pensaba que su influjo imponderable podía y debía ser el mejor apoyo del sistema establecido; y de ahí el amargo desengaño que padeció al ver que los revoltosos levantaban como bandera aquel nombre mágico.

Para completar nuestra relación trasladémosnos al Perú. Al tiempo en que empezaba a publicarse |La Bandera tricolor, recibía el Libertador de todas partes noticias que le anunciaban estar la República a punto de correr recia tormenta: Venezuela en camino de separarse; los departamentos del sur mal hallados con las leyes vigentes, hasta el punto de lamentar la abolición del tributo que pagaban los indios; acá como allá grande encono contra el gobierno, que es como decir contra la Nueva Granada, donde tampoco faltaban quejas y acordes todos los descontentos en pedir reformas inmediatas. Coincidieron estos clamores con el momento en que Bolívar había dado cuerpo a sus teorías políticas en el proyecto de constitución que formó para Bolivia, y perdidas las esperanzas de ver establecido el orden en Colombia, antes conceptuando consumada la ruina de ésta desde el día en que el congreso llamó a juicio a Páez (como le escribía a este mismo en 8 de agosto), juzgó que de hecho había caducado la constitución de Cúcuta y que era llegado el momento de poner en planta sus planes. De aquí la declaración hecha por el secretario Pérez en 1º de agosto; de aquí la misión de Guzmán con credenciales del Libertador para comunicar de viva voz sus ideas, y las actas que en cada estación del enviado se iban formando; de aquí la proclama ambigua de Guayaquil y la conducta indecisa que le siguió: hechos bien claros en que parece no puede hacerse otro cargo a Bolívar que el de una ligereza apenas concebible en su alta inteligencia; pues bien debía penetrar que no serían duraderas las reformas que meditaba, si las introducía enseñando el camino de despreciarlas.

A medida que se acercaba a la capital, fue viendo la oposición que en el centro había a sus proyectos; al llegar a Popayán acabó de perder las esperanzas, y agregándose a esto lo que supo ahí mismo del Perú sobre la absolución de los que se decía haber atentado contra su vida, se desvanecieron todas sus ilusiones políticas; y lo que es más, el que daba por destruída como nación a Colombia, la dio en cierto modo por muerta en sus afectos, no llamando con el nombre de patria sino a Venezuela y asegurando que sólo en su dicha pensaría para lo venidero | (6) .

Entre tanto se contaban en Bogotá las bravatas de los militares que acompañaban a Bolívar y aun el enojo de este mismo, no faltando quienes temiesen que viniera exasperado a imponer silencio y obediencia por la fuerza. A estos temores alude Aranzazu en el siguiente párrafo de una carta que nos hace sentir hasta dónde podía exacerbarse la altivez republicana de la ardiente juventud de entonces:

"Cada vez que me despierto me parece que soy esclavo, me sobresalto involuntariamente y no me conformo, como no me conformaré jamás, con el estado a que nos quieren reducir!... Quizá, mi amigo, un cadalso será el lugar en que yo termine mi estéril carrera; tú lo temes también, y si la sangre de los liberales está destinada para salpicar el manto de la libertad, si la virtud puede ser convertida en un crimen y el amor de la patria en un delito de Estado, |malheur entonces a los usurpadores del poder del pueblo: la paciencia tiene un término, y la desesperación, a falta de otro honrado sentimiento, produce su efecto. Del esclavo al déspota no hay más que un paso; con un puñal se salva, ha dicho Mirabeau, y esta verdad la comprueban, entre otros muchos, Harmodio y Aristogitón, Servilio Casca y Bruto. Las almas vulgares se aterran con los obstáculos, las que no lo son se alientan con ellos.''

En consecuencia, se ocultaron muchos, en particular algunos periodistas. No lo hicieron así los redactores de |La Bandera tricolor, fiados sin duda en la lealtad de sus procedimientos, por más que su periódico hubiese alcanzado circulación extraordinaria y excitado violenta animadversión. Algunos hechos darán testimonio de esto. Los oficiales de la división colombiana que se insurreccionó en Lima, escribían de allí a Santander que una dejas cosas que más impresión les habían hecho, eran |Los lamentos de un patriota, que salieron en |La Bandera extraordinaria del 27 de octubre; la municipalidad del Espinal protestó contra la voz de haber sido quemado públicamente en la plaza el periódico; finalmente, el general J. Hilario López, entre varias especies, de las cuales algunas pueden ser exageradas, refiere en sus Memorias que en la entrevista que tres leguas antes de Popayán tuvo con el Libertador, le preguntó éste si tenía alguna correspondencia en Popayán, y que contestándole López que sí y que aun le traía algunos pliegos, le repuso Bolívar: "Muchas |Banderas tricolores me traerá usted, en que algunos ingratos se complacen en despedazar mi reputación y la del ejército que les ha dado patria y fortuna" (p. 146). Si estas palabras son exactas, podía asegurarse que Bolívar no conocía sino de oídas el periódico, pues de otro modo no tildaría de ingratos a los que no hacían sino sostener lo que él había prometido guardar. Por otra parte, este cargo de ingratitud, hecho vulgarmente a cuantos no aceptaron a ciegas todas las ideas del Libertador y de sus amigos, jamás pudo él hacerlo sino en momentos de sumo disgusto, pues nadie mejor que el sabia que si el había sido el alma de la guerra de Independencia, los demás algo hicieron, con sus brazos, con su sangre, con sus bienes y aun con sus lágrimas, para tener derecho de hablar y ser oídos.

El doctor Cuervo tuvo en esta publicación parte tan activa como que lleva sus iniciales el único artículo que aparece firmado en la colección, y es nada menos que el que desbarata las actas de Guayaquil y Quito. Pudiera creerse que dirigía el periódico en vista de estas palabras de un billete de Santander: "Vea si la adjunta carta le agrada para la futura |Bandera: si le parece bien, corríjala en el modo que le parezca, y déle lugar. Encargué a Perucho (Pedro Acevedo) un diálogo jocoserio entre Páez y un vecino sensato de Caracas; si lo hiciere, se lo mandaré | (7) ". Como queda dicho, el periódico continuó después de llegado el Libertador a Bogotá; y el doctor Cuervo, lejos de modificar su conducta, tuvo ocasión de mostrar la moderada firmeza de su carácter en la noche del 23 de noviembre en que, hallándose acaso en la sala de la municipalidad a tiempo de ser invadida por una turba que aclamaba dictador a Bolívar, fue el primero en avanzar a ella, e imponiéndoles silencio, les hizo ver el desacato que cometían contra los representantes de la ciudad y el ultraje que inferían al mismo a quien vitoreaban.

(1) En los historiadores de nuestros días se advierte la misma vaguedad y aun alguna vez indicios de que sólo se habla de oídas. El general Posada en sus Memorias, tomo 1, página 59, da por cierto que cuando los sucesos de Guayaquil originados por la 3ª división insurrecta en Lima, |El Conductor y |La Bandera tricolor ''ayudaban con todo el frenesí de la pasión más exagerada a atizar el fuego en todas partes''. Cuando es sabido que |La Bandera tricolor concluyó antes de aquellos acontecimientos y que no fue contemporánea del |Conductor. Don José Manuel Groot en su Historia, tomo III, página 408, nos dice que el vicepresidente Santander elogió en la Gaceta de Colombia el discurso con que el Libertador presentó la constitución boliviana al congreso de Bolivia, y agrega que en |La Miscelánea lo elevó hasta los cielos: descartada la con fusión de |La Miscelánea con |La Bandera tricolor, ocurre preguntar: ¡Cómo consta que el general Santander es autor de esos elogios!
(2) Los extractos de estas comunicaciones se publicaron en la Gaceta de 7 de agosto de 1825 ''para que en ningún tiempo pueda hacerse cargo al actual encargado del gobierno que ha omitido esfuerzos para reducir al Libertador presidente a ponerse al frente de la administración''.
(3) Stapleton, |The political life of the Right Honourable George Canning, tomo II, pág. 61 (Londres, 1831).
(4) En aquel tiempo era muy común establecer el paralelo entre Bolívar y Washington. En un convite de los muchos que en Bogotá se dieron al Libertador, uno de los concurrentes brindó por el Napoleón y el Washington de Colombia, y Bolívar, con su prontitud habitual, contestó: ''Ni tan ambicioso como el uno, ni tan mal militar como el otro''.
(5) Catálogo de la Biblioteca Pineda, tomo II, p. 166.
(6) Testimonio elocuente de estos sentimientos nos dejó en su célebre carta a Santa Cruz, escrita en Popayán el 26 de octubre de 1826, y que puede verse, por ejemplo, en Restrepo, tomo III, p. 656. Ni fue ésta la única vez que, desde esa época, manifestó iguales sentimientos; dígalo la carta que dirigió a don José Fernández Madrid en 16 de junio de 1827, publicada en el |Repertorio Colombiano, tomo V, p. 351; y sobre todo su proclama de despedida a los venezolanos, de 4 de julio del mismo año: ''Por destruir a vuestros enemigos he marchado hasta las más distantes provincias de América: todas mis acciones han sido dirigidas por la libertad y la gloria de Venezuela, de Caracas. Esta preferencia era justa, y por lo mismo debo publicarla. He servido a Colombia y a la América, porque vuestra suerte estaba ligada a la del resto del hemisferio de Colón''. Algunos han creído que estos conceptos amenguan las glorias de Bolívar, y Larrazábal, en su |Vida de éste, al copiar la proclama, omite sin indicación alguna las palabras citadas. Para nosotros prueban que ya desde entonces el Libertador creía consumada la disolución de Colombia, y como el amor patrio no podía en él tener por objeto un fantasma, se dirigía sinceramente a la realidad.
(7) La carta a que se refiere Santander salió en el número del de agosto, y el Diálogo en el del 13. También consta por la correspondencia que es de Santander la Carta de un padre a su hijo, publicada en el número del 17 de septiembre; es además de él, o en todo caso recomendado por él, el artículo titulado Contradicciones del 24 de septiembre. Todos estos escritos del vicepresidente son relativos a la revolución de Páez, y nada hay en ellos que pueda redundar en desdoro de su autor.

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