INDICE




CAPITULO II

 

LA MISCELANEA

 

Consecuencias de la revolución española de 1820 en Colombia.-Simpatías de los americanos para con los liberales.-Paralelismo en las ideas, en la constitución y en algunas leyes.-Cuestiones eclesiásticas.-Oposición a las novedades.-Declinación del influjo español, y preferencia dada a todo lo extranjero y especialmente a lo inglés.-Impiedad de nuestros hombres públicos abultada.-La Miscelánea: sus redactores y espíritu.-El doctor Cuervo y don J. Fernández Madrid.-Parte literaria de |La Miscelánea: importancia de conservar pura la lengua castellana; federación literaria.-Noticias individuales de los redactores.

Así como en los primeros pasos de nuestra revolución se ve el impulso de las doctrinas proclamadas en Francia, luégo la suerte próspera de los Estados Unidos y el poderío que alcanzaba la Gran Bretaña bajo sus instituciones liberales, aumentaron la inclinación a todo lo extranjero y el desprecio a lo heredado de la metrópoli. Mas cuando en la Ilustración y en las aspiraciones de los independientes parecían ya definitivamente aliados con el orden y estabilidad de las naciones de raza inglesa el gusto de la literatura francesa y los recuerdos de Grecia y Roma evocados por ella, un suceso inesperado distrajo ocasionalmente de tales pensamientos.

El 14 de mayo de 1820 se anunció en Bogotá por gaceta extraordinaria la insurrección de las fuerzas españolas destinadas a pasar a América; referíase cómo el 1º de enero anterior el comandante del batallón de Asturias don Rafael del Riego, formando su cuerpo en el pueblo de Cabezas de San Juan, había proclamado la constitución de 1812, y nombrado alcaldes constitucionales, y pasando en seguida a Arcos, donde se hallaba el cuartel general, había arrestado al conde de Calderón, general en jefe, y a los generales Fournas, Salvador y Blanco; añadíase cómo muchos batallones habían seguido el movimiento, y cómo Quiroga desde San Fernando convidada a los militares españoles a seguir las banderas de la libertad: todo esto en el concepto de que la revolución no tenía otro fin que arrojar del trono al tirano de España. Concluía la narración con este apóstrofe a los españoles:

"Prosperad, pues, defensores de la patria: salvadla del tirano, vengad sus agravios. La América, os felicita, bravos campeones de la libertad; la América, que ha sufrido con vosotros, y mucho más que vosotros. Nunca se marchiten los laureles que ya habréis ganado, y dirigíos de continuo a la razón. Tened siempre presente la gloria que recompensa al patriota, y en todos los eventos de la fortuna acordaos que tenéis hermanos en este hemisferio que aspiran, como decís, a establecer el imperio de la ley y salvar la patria". Estos sentimientos de fraternidad que brotaron entre los americanos para con los liberales españoles, fueron tan sinceros, que en Bogotá se cantaba el himno de Riego con no menos efusión que en la península; y como con bastante fundamento se creía que la victoria de Boyacá fue mucha parte en decidir las tropas españolas a la insurrección, los dos sucesos se enlazaban a cada paso, para significar en cierto modo la mancomunidad de independientes y liberales. "hoy es el día de Boyacá -decía Bolívar en el aniversario de la gran jornada-; el día que ha dado la vida a Colombia y la libertad a España".

Luego en la célebre entrevista de Santa Ana (27 de noviembre) fueron Boyacá, Riego, Quiroga, manantial inagotable de cordial y animada conversación entre los oficiales de los dos ejército | (1) . Fuera de esto, las publicaciones de los insurrectos españoles daban por inevitable la separación de América, y se contentaban con que España mantuviese estrechos vínculos con ella, las primeras providencias del gobierno constitucional fueron hacer poner en libertad a cuantos se hallaban presos por causas políticas en España y América, y prevenir a las autoridades civiles y militares que abriesen negociaciones con los jefes de los disidentes (no ya insurgentes ni facciosos) para concluir la paz, reconociéndolos en sus empleos y sin más condición, como decía Morillo en su proclama, que el juramento de ser libres, aludiendo a la constitución gaditana; los jefes españoles a su vez trataron para este fin con respetuosa cortesía al congreso de Angostura y demás autoridades colombianas; de suerte que todo fomentaba la lisonjera esperanza de que, gracias al triunfo de los liberales, se inclinaba España a reconocer la independencia de sus colonias. No es pues extraño que el Libertador, anunciando el armisticio de Trujillo y el tratado de regularización de la guerra, dijese al ejército: "El primer paso se ha dado hacia la paz. Una tregua de seis meses, preludio de nuestro futuro reposo, se ha firmado entre los gobiernos de Colombia y España... El gobierno español, ya libre y generoso, desea ser justo para con nosotros...  La paz hermosea con sus primeros y espléndidos rayos el hemisferio de Colombia, y con la paz, contad con todos los bienes de la libertad, de la gloria y de la independencia."

Esta simpatía con los liberales, españoles dio a los principios y tendencias de los jefes de nuestra revolución un impulso de incalculables resultados en los primeros años de Colombia. Reproducíanse por dondequiera las publicaciones españolas, ya en prenda de adhesión y fraternidad, que había de comprometer a sus autores a usar con los americanos la misma medida con que ellos querían ser medidos; ya para imponer silencio a los realistas y escrupulosos que se escandalizaban de las ideas que corrían en América, haciéndoles palpar que en España iban más altas las aguas y que nada ganarían con el restablecimiento de su dominio. Poco tardaron en aparecer escritos originales en igual sentido, como si en Colombia tuviésemos ya un partido idéntico al de los doceañistas. Las sociedades secretas, que fueron en España el elemento poderoso que preparó y llevó a cima la revolución y después de lograda aparecieron omnipotentes, tomaron también en Colombia pasmoso incremento. Fue tal el prestigio de su hazaña, que, aunque nuestros triunfos eran debidos al heroísmo y a los sacrificios descubiertos y no a tenebrosos amaños, los patriotas, entre ellos algunos clérigos y frailes, acudieron por bandadas a las logias, juzgándolas antemural de la libertad y oficina de odio contra los tiranos. Se recibieron con los brazos abiertos los libros desvergonzados e irreligiosos que se escribían, se traducían o eran aplaudidos en España, y aun se hizo moda como allá herir al clero, despreciar los institutos monásticos y aun afectar descreimiento. Entre los autores y doctrinas que de este modo se introdujeron y divulgaron, son de mencionarse Destutt de Tracy con su sensualismo y Bentham con su utilitarismo. Acaso la primera vez que en Colombia se nombró a Jeremías Bentham fue en La Bagatela de Nariño (números 23 y 24, diciembre de 1811), donde se reprodujo, tornándolo de |El Español, periódico publicado en Londres por Blanco White, un artículo extractado de sus manuscritos. Pero su gran crédito le vino de haber sido considerado como un oráculo en la revolución española: para el código penal que iban a dar las cortes fue consultado por el conde de Toreno, y en los mismos momentos salió la traducción que debía difundir por dondequiera una de sus obras capitales | (2) . Nuestro espíritu novelero y versátil (como años después lo decía el doctor Cuervo) se prendó de estos libros, no para sacar lo bueno que tuvieran, sino para formar bandera de sus teorías erróneas. La propagación de estas y otras obras fue la última crueldad que los españoles ejercieron en la que había sido su colonia.

Este paralelismo de las ideas recibió forma más concreta en la constitución y en algunas leyes. Cuando se ofreció a los americanos como fuente de libertad y dechado de sabiduría la carta gaditana, el congreso de Cúcuta presentó la suya, calcada sobre aquélla, por lo que especta al plan y distribución de materias y a muchos de sus artículos, pero notablemente mejorada. No sólo se diferenciaba por su estilo más condensado y por estar libre de las inoportunas menudencias de la española, sino que le era superior en puntos capitales, por ejemplo, en la institución de dos cámaras en vez de una y en la simplificación de las elecciones, reducidas de tres grados a dos. Dicho se está que nuestra constitución no señaló como una de las principales obligaciones de los ciudadanos, la de ser justos y benéficos. A cualquiera se le ocurre suponer, lo que es verdad, que la constitución de lo Estados Unidos suministró a los redactores una buena parte, pero hoy nadie repara en lo que tomaron de la de Cádiz; y no cabiendo en lo posible que esto pasase entonces inadvertido, por ser ella tan conocida de todos, como que en el año anterior se había jurado en Caracas y Cartagena, es, visible que el intento de nuestros constituyentes era decir a la Metrópoli: Eso que nos ofrecéis es lo que nos otros estamos haciendo; los derechos que consagráis son tan nuéstros como vuestros. Donde la una decía: "La nación española es libre e independiente, y no es ni puede ser patrimonio de ninguna familia ni persona", la otra recalcaba: "La nación colombiana es para siempre, e irrevocablemente, libre e independiente de la monarquía española, y de cualquiera otra potencia o dominación extranjera: y no es ni será nunca el patrimonio de ninguna familia ni persona". ¿Qué tenían que replicar a estos los liberales españoles o los realistas americanos? Observaciones parecidas pueden hacerse sobre algunas leyes. La que dio el congreso colombiano sobre el modo de conocer y proceder en las causas de fe (17 de septiembre de 1821) fue copiada del decreto de abolición de la Inquisición y establecimiento de tribunales protectores de la fe, promulgado por las cortes en 22 de febrero de 1813 y puesto en vigor por Fernando VII en 9 de marzo de 1820. La de supresión de conventos menores, o sea en que no alcanzase a haber ocho religiosos de misa (6 de agosto de 1821), tuvo su modelo en el decreto de conservación o restablecimiento de aquellos conventos que no contasen doce individuos profesos; decreto que las de 1820 exageraron, subiendo a veinticuatro el número de profesos, lo que equivalía a cerrar más de la mitad de los conventos existentes, y prohibiendo a todas las órdenes religiosas dar hábitos y admitir a profesión. Tan sabido era en Colombia que en todo esto no se hacía sino seguir las pisadas de España, que sobresaltadas en gran manera las comunidades por aquellos primeros pasos del congreso, tuvo el gobierno que tranquilizarlas, asegurándoles que no se procedería con ellas como lo hacían las cortes españolas.

Sin embargo, para apreciar justamente los sucesos de estos años que se rozan con materias eclesiásticas, no debe olvidarse una consideración importante. A título de patronato y de sostener las regalías de la corona, los reyes de España tenían a fines del siglo anterior sometida la Iglesia a la más oprobiosa servidumbre, haciéndose y soportándose buenamente cosas que hoy nos parecen escandalosas. Unos dos casos lo pondrían de manifiesto. Sabido es que por real cédula de 18 de enero de 1762 (ley 9ª. tít. 3º. lib. 2º de la Novísima Recopilación de 1768) se mandó entre otras cosas que antes de prohibir o condenar ningún libro, se citase y llamase al autor o al que quisiese defenderlo, se oyesen sus defensas, se le comunicasen los cargos y la censura que se hiciese de algunos lugares de su obra para que pudiese corregirlos o enmendarlos, y que, juzgándolos dignos de censura, no los prohibiese el inquisidor por su propia autoridad sin presentar antes el edicto al rey por la secretaría de gracia y justicia para su ejecución. El único prelado que se atrevió a quejarse de esta intrusión del poder civil, fue el obispo de Cuenca, pero la ruidosa causa que se le siguió impuso silencio para en adelante; sin embargo, sobreviniendo algunos escrúpulos, se suspendió la ejecución de la cédula, aunque siempre quedó en pie la obligación de presentar la minuta del edicto prohibitivo antes de publicarse (Novísima Recopilación de 1805, ley 3ª, tít. 18, lib. 8º); a poco todo el decreto volvió a plantearse y "ha seguido hasta nuestros días, sancionándose así el derecho con el hecho" | (3) . En conformidad con esto procedió el Gobierno republicano cuando en 1823 el provisor y vicario capitular del arzobispado don F. Caicedo publicó de por sí un edicto prohibiendo ciertos libros; el fiscal don J. I. Márquez reclamó contra el procedimiento como ilegal, y el provisor se vio obligado a recoger el edicto | (4) . En el mismo año de 1823 el mencionado señor Caicedo de acuerdo con el vicepresidente Santander se propuso fundar el colegio de ordenandos, y al representar con este fin al congreso ofrecía someter a su aprobación las constituciones del establecimiento; contemplación indebida, se ha dicho, que sometía a la potestad temporal lo que correspondía a la eclesiástica. Sea indebida enhorabuena; pero no era nueva, porque esto se hallaba claramente dispuesto en la ley 1ª, tít. 11, lib. 1º de la Novísima Recopilación. Por manera que el provisor de grado o por fuerza se hubiera visto precisado a obrar como obró en los dos casos citados, si ellos se hubiesen presentado en 1809 antes de la revolución; y por eso no hay bastante justicia al tildar al gobierno republicano como si hubiese hecho exigencias nunca oídas, y a las autoridades eclesiásticas como si condescendieran, por propia y ocasional debilidad, con las pretensiones de los, impíos.

Deseo también de continuar la tradición española obró en Colombia al darse por heredera del derecho de patronato que el rey ejercía en las iglesias del Nuevo Mundo, en lo cual se mezclaba además el interés político y un sentimiento de amor propio. La empresa era ardua y los títulos problemáticos, de suerte que no es extraño que Bolívar y Santander no estuviesen por esta medida | (5) , muy propia de legistas imbuídos en las doctrinas de los abogados regios. La condición de la Iglesia en América se debía a concesiones personales hechas por la Santa Sede a los soberanos españoles, y una vez derribada la dominación de éstos y cancelados todos sus títulos por la República era claro que la Iglesia quedaba en el pleno uso de su libertad, mientras por nuevas concesiones no se restableciesen las cosas a su anterior estado. Pero pareció duro, renunciando a una prerrogativa tan preciosa, quedar en pie de inferioridad con respecto al rey, y sobre todo perder un elemento incomparable de influjo, en circunstancias en que, si bien el clero era en su mayor parte adicto a la causa de la independencia, ejemplos recientes, como el del obispo de Popayán, probaban que podía ser necesario disponer de todos los medios suficientes para impedir que se repitiesen. Diose forma a ideas que habían estado corriendo en los años anteriores con la ley de 28 de julio de 1824, "que declara que toca a la República el ejercicio del derecho de patronato, tal como lo ejercieron los reyes de España"; y basta pasar los ojos por su parte motiva y por los primeros artículos para echar de ver el poco fundamento y la inconsideración con que se procedió en el particular. Causa extrañeza que cuando la constitución de Cúcuta nada hablaba de las relaciones del Estado con la Iglesia, pretendiera el primero ejercer el patronato en calidad de protector de la segunda y que se fundara derecho para ello en la disciplina establecida, que no era sino efecto de títulos especiales del rey. Más singular es todavía el tono de vacilación con que está redactada la ley: ''La República de Colombia debe continuar en el ejercicio del derecho de patronato"; "Es un deber de la República de Colombia y de su gobierno sostener este derecho y reclamar de la silla apostólica que en nada se varíe ni innove; y el poder ejecutivo bajo este principio celebrará con su Santidad un concordato que asegure para siempre e irrevocablemente esta prerrogativa de la República, y evite en adelante quejas y reclamaciones". Se confesaba pues que el congreso acababa por donde debía haber empezado, que lo primero era impetrar el patronato y luégo decretar sobre el modo de ejercerlo. Quizá este paso con que la ley arrebataba lo que no podía obtener sino por concesión, empeoró la causa colombiana; pero sea de ello lo que fuere, lo cierto es que cuando la ley se dio, ya Fernando VII, puesto sobre aviso con los arreglos benévolos que para Chile obtuvo de Pío VII D. José Ignacio Cienfuegos, no perdonaba medio alguno para estorbar que el Papa diese poderosa sanción a la independencia americana declarando abrogados sus derechos a la presentación de obispos. De lo que sería esta presión dan idea las siguientes palabras de León XII al Vicario capitular de Bogotá: ''Igualmente deseamos ardentísimamente poder, cuanto antes sea posible, daros un pastor, y vos otros que con tan ardientes deseos pedís esto mismo, haced con vuestros ruegos y oraciones que Dios nos abra camino y modo de ejecutarlo." (1º de enero de 1825). Dolía en lo vivo a su Santidad el desamparo de nuestras diócesis, y viendo que eran infructuosas cuantas tentativas hacía para meter en razón a Fernando VII, meditaba manera de ponerle fin. Olió esto el partido apostólico en la corte de España, y pretendió que luégo se enviase a Roma un plenipotenciario que con toda energía se opusiese al nombramiento de los obispos; pero antes de que esto se efectuase, se dio el temido golpe. No se hubo sabido en Madrid, cuando el rey, montado en cólera, hizo pasar orden a todas las fronteras para que no se dejase entrar al nuncio Monseñor Tiberi, que junto con la noticia había salido de Roma. Para hacer los últimos esfuerzos, envió cerca del Papa al marqués de Labrador, representante que había sido de España en el congreso de Viena, y tenido por destrísimo diplomático. Toda su habilidad se estrelló contra la invencible entereza del cardenal Capellari, y también acaso contra sus simpatías en favor de las repúblicas americanas, supuesto que, llamándose Gregorio XVI, había de reconocer su independencia. Al preconizar la santidad de León XII a los nuevos obispos (21 de mayo de 1827), declaró que no pudiendo dejar por más tiempo vacantes tántas sedes ni permitir que pueblos tan numerosos estuviesen como rebaños sin pastor, los había provisto de prelados dignos, sin intervención alguna de las partes y en virtud de su suprema autoridad apostólica. Así fue que en las bulas de institución no se hizo mérito de la presentación del gobierno de Colombia, como tampoco se hizo después en casos iguales, ni se permitió que se hiciera en los demás en que hubiese lugar a ella. Por manera que, no reconociendo la Santa Sede el derecho de patronato en nuestro gobierno, aunque sí nombrando a los presentados desde 1823 y sanando lo hecho antes, adoptaba un temperamento justo, porque ni dejaba desairada a la República ni ponía en sus manos una prerrogativa concebible en las monarquías tradicionales, pero peligrosísima en gobiernos que de hoy a mañana se ejercen ora por católicos fervorosos, ora por demagogos e impíos. El patronato pues fue una yana ilusión, y con ser tan dudoso el derecho con que se defendió y tan falto de fundamento su ejercicio, ya veremos el uso que de él se hizo, funesto cuanto basta para disculpar lo minucioso de las noticias que anteceden | (6) .
Hechas estas salvedades, en otra cosa es notable el paralelismo entre España y Colombia por estos días. Ni en una ni en otra parte fue popular esta alianza de la libertad con el poco respeto a las cosas de la religión, de que se originó nueva causa de discordia entre los ciudadanos. No eran ya pocos en Colombia los que, guardando cariño a la metrópoli, no podían mirar con buenos ojos cosa alguna de la república, ni los timoratos que dudaban seguir la causa nacional, creyéndose todavía ligados al rey de España por un juramento de fidelidad; y como si esto no bastase, se suscitaron las quejas de muchos patriotas piadosos y de sanas intenciones, que con justicia debían clamar contra la difusión de las malas doctrinas y contra la omnipotencia de las sociedades secretas, anatematizadas por la Iglesia. Entre estos últimos descollaba el ferviente predicador don Francisco Margallo; siendo contadas las personas de luces que coadyuvaban a su labor, los desatinos de los demás dañaban a su causa, y hasta cierto punto daban motivo a la juventud y a los más entre los que pasaban por ilustrados para tratarlos de sostenedores de la superstición y el fanatismo. En efecto, ora se oían las arengas mazorrales de algún tribuno que desde sus balcones apellidaba guerra contra los masones y los impíos, ora corrían impresas hojas estrafalarias, según la mente de sus autores encaminadas al mismo fin. Baste mencionar la |Tapa del Cóngolo, que ha sobrevivido en la memoria de las gentes como tipo acabado de producciones descabelladas. Así que poco faltó para que de tal lucha se originasen como en España dos partidos que se abominaran recíprocamente, teniendo los unos a sus opuestos por hostiles a todo sentimiento religioso, y pagándoles los otros con despreciarlos como a enemigos naturales de toda libertad. Entre nosotros se llegó hasta cambiar el mote de |serviles por el de |godos, para hacer pasar por enemigos de la independencia a los impugnadores de las logias y de los libros dañinos. Reyertas fatales al bien común, que inspiraron al Libertador igual aversión hacia los fanáticos que hacia los demócratas | (7) . Por fortuna las circunstancias se mudaron, y no llegó a arraigarse del todo en Colombia el liberalismo español, mezcla informe de regalismo y demagogia, de volterianismo y jansenismo. La influencia peninsular fue mermando con la caída del sistema constitucional y el restablecimiento del absolutismo; con los triunfos de Junín y Ayacucho; con el triste papel que hacía la metrópoli en el mundo civilizado, donde la consideraban ''como una segunda Turquía, más miserable y peor gobernada que la primera"; incapaz de conseguir un empréstito con condiciones parecidas o semejantes a las que obtuvieron aun antes de ser reconocida su independencia, Méjico, Colombia, Chile y el Perú; impotente para poner a raya a los corsarios que cubiertos con los pabellones de Méjico y Colombia, le estorbaban hasta el tráfico de carbón y vituallas | (8) . Ni valieron mucho para vivificar el decaído influjo las infinitas traducciones, manuales, catecismos y otras zarandajas literarias que a destajo hacían para la joven América los ahuyentados por el despotismo de Fernando VII, obedeciendo sin duda más a la necesidad de ganar con qué comer que al espíritu de proselitismo. La experiencia, por su parte, fue aleccionando el patriotismo, y los principales entre nuestros repúblicos, convencidos de que es absurda la idea de "gobernar como se conspira" (así se expresa Quintana hablando de lo que pasó en su patria), dieron de mano a las logias, abandonándolas a gente de menor suposición. Los jóvenes, llevados del ansia vehemente con que anhelaban por el progreso y la difusión de las luces, apartaron los ojos de la pobre España para convertirlos a sus antiguos ideales y a los intereses de la nación. La venida de extranjeros al país era el grande anhelo de los patriotas, quienes ya se figuraban ver con vertidos en un emporio los montes y llanos de Colombia, gracias a la industria y a los capitales de las naciones más civilizadas; y ante esta ilusión no había tropiezo que no les pareciera lícito remover, aunque se tratase de los que opone la diferencia de cultos | (9) . La Gran Bretaña se llevaba los ojos y corazones de todos; y no les faltaba razón: al revés de Francia, que haciendo causa común con España, se mostró por largo tiempo desdeñosa para con las nuevas naciones de América, aquélla reconoció, la primera entre las potencias europeas, la independencia de Colombia, después de haber enviado sus hijos para que su sangre corriera en los campos de batalla confundida con la de los americanos. El Constitucional de Bogotá se publicó por bastante tiempo en inglés y castellano, como para dar a entender que tampoco era obstáculo la divergencia de lengua. Lo inglés privaba en todo: hasta se establecieron carreras de caballos conforme en un todo a la usanza de Inglaterra, contándose las distancias por millas y apostándose sumas de consideración; para fomentarlas se fundó un club de que fue patrono el vicepresidente | (10) . Introdújose en las escuelas primarias y en las oficinas de la República "el abuso de sustituir a los caracteres de la hermosa letra española unos que se dicen ingleses"; práctica que se arraigó definitivamente, a despecho de los laudables esfuerzos que en 1831 hizo la dirección general de estudios para desterrarla, ordenando se enseñase precisamente a escribir a los niños por las muestras españolas de Morante, Palomares, Torío de la Riba u otras de esta clase. Llegó a tánto la anglomanía, que aun la autoridad eclesiástica apoyó candorosamente por un momento la fundación de la Sociedad Bíblica, y en el colegio de San Bartolomé se defendió en públicas conclusiones de Sagrada Escritura, bajo la dirección del catedrático, que era el rector mismo y canónigo de la catedral, junto con la utilidad de la lección de la Biblia en lenguas vulgares, lo benéfico de aquel instituto en nada opuesto, decían, a los derechos de la Iglesia católica. En suma, Londres, corno asentaba el Repertorio Americano en su prospecto | (11) , no era solamente la metrópoli del comercio: en ninguna otra parte del globo eran tan activas como en la Gran Bretaña las causas que vivifican y fecundan el espíritu humano; en ninguna parte era más audaz la investigación, más libre el vuelo del ingenio, más profundas las especulaciones científicas, mas animosas las tentativas de las artes. Con esta decidida predilección por cuanto venía de fuéra, y en particular de Inglaterra, concurría una fe sincera, aunque excesiva, en los principios democráticos y un amor ilimitado a la libertad civil, que atribuyendo a las leyes un origen casi sagrado, aspiraba a someterlo todo a ellas y miraba como enemigo público a quien dejase sospechar siquiera que pensaba sobreponerles otra ley u otra voluntad. Era además estímulo a la determinación de fundar una república sólida y respetable la expectación con que se observaba fuéra a los Estados americanos; pues si unos presagiaban que no llegarían a sazón, devorados por las discordias o atajados por la ineptitud, los mejor dispuestos aguardaban, para dispensarles su amistad, a que diesen continuadas pruebas de juicio. En todos los periódicos del antiguo mundo se publicaban las noticias de América, y según eran favorables o adversas al orden y estabilidad, crecía allí la esperanza o el recelo, y subía o bajaba el crédito en el mercado. De modo que para la gente pundonorosa que aspiraba a tener una patria estimada en el exterior, era tormento cruel imaginar que, por efecto de revueltas y desórdenes, pudieran ser escarnecidos por España y la Santa Alianza o mirados con desdén por la Gran Bretaña o los Estados Unidos.

Entre las huellas que dejó la influencia española es visible sobre todo la franqueza en el desdén de las cosas de piedad y religión, que en los tiempos anteriores a lo menos se había contenido bastante. Pero no puede uno pensar que la depravación fuese tan grande como después se ha dicho, cuando considera que particularmente los jóvenes en su mayor parte volvieron sobre sus pasos, para venir a ser la base del partido moderado que andando los años se llamó conservador. Muchos de los que han sido tenidos por corifeos de la impiedad, daban muestras de religiosidad, que no tenernos derecho a tildar de hipocresía. Santander era asistente seguro en todas las fiestas de iglesia, sin que valga decir que su objeto era espiar lo que se predicara contra el gobierno, pues nunca faltaba, por ejemplo, a las lamentaciones y tinieblas de la semana santa, para las cuales le ponían en la catedral su asiento cerca del coro, y seguía atentamente el oficio. Pasados algunos años, junto con nuestra familia, iba el doctor Francisco Soto con la suya a la capilla Castrense, a rezar la doctrina cristiana, obedeciendo al cura, que había invitado a todos los que se habían hecho empadronar como católicos. Lo que en nuestro sentir hacían los más de estos hombres públicos era subordinar las cuestiones religiosas a las políticas, para ahogar toda resistencia con que pudieran simpatizar los partidarios de la dominación española. Al cambiarse las circunstancias y recobrando su imperio la equidad natural, casi todos hicieron justicia al mérito. Con respecto al doctor Cuervo tenemos un testimonio íntimo que con satisfacción alegamos. Sabido es que La Miscelánea apoyó los procedimientos del gobierno contra las predicaciones del doctor Margallo; pues bien, a pocos días de pasado éste a mejor vida, compró a sus herederos el doctor Cuervo el |Espíritu de San Francisco de Sales, y en la primera página escribió de su letra y firmó estas palabras: "Esta obra pertenecía al señor doctor Francisco Margallo y Duquesne, y yo la compré a sus herederos el 6 de junio de 1837, por conservar una prenda de aquel piadoso, ilustrado y ejemplar sacerdote."

Las consideraciones que anteceden nos dispensan de exponer cuáles eran las opiniones de que participaba el doctor Cuervo como miembro de la juventud liberal al empezar a tomar parte en la política. Sólo nos resta mostrar la independencia y moderación con que las sostenía, y cómo, acendrándolas con la experiencia, fue obedeciendo a los dictados del patriotismo durante la época borras cosa que precedió a la disolución de Colombia.

El 18 de septiembre de 1825 apareció el primer número de |La Miscelánea, y a nadie se ocultó que sus redactores eran don Alejandro Vélez, don José Angel Lastra, don Juan de Dios Aranzazu, don Pedro Acevedo, y el doctor Cuervo, jóvenes todos y unidos por unas mismas aspiraciones y por un mismo entusiasmo en favor de la libertad fundada en el orden. En el prospecto aparece aquella franqueza y valor ingenuo de la juventud, que cree que la verdad es para dicha a todos y en todas ocasiones.

''La política, escriben, la legislación, el comercio, la literatura ocuparán un lugar preferente en nuestras líneas; amantes de la libertad y celosos de nuestros derechos, vigilaremos cuidadosamente la conducta de los magistrados, para denunciar sus faltas y reclamar el cumplimiento dé las leyes. Seremos libres en nuestras censuras, pero decentee en nuestras expresiones; las personas y todo lo que diga relación a la vida privada, es una propiedad que miramos como inviolable. Combatiremos los principios que no creamos en armonía con las instituciones que nos rigen, o con las que reclama el bien del mayor número; y como tendremos que luchar con opiniones añejas, con intereses encontrados, con preocupaciones envejecidas, y sobre todo con hombres altivos, unos por el poder, otros por el prestigio que les ha divinizado, es probable que encontremos enemigos en la ruta; pero esperamos de la justicia de nuestros conciudadanos que no se nos ataque con insultos y sarcasmos, porque sobre ser demasiado prohibidas estas armas, sólo sirven para desnaturalizar las cuestiones.

La constitución de Colombia, este libro precioso que nos ha restituído al goce de nuestros más caros derechos, será uno de los objetos de nuestras meditaciones; la defenderemos con constancia, y si alguno de sus artículos mereciere nuestra crítica, será con el solo intento de promover su reforma en el modo y términos que ella misma previene; pero nunca con el de provocar a la desobediencia.

Nuestro estilo será unas veces serio, otras jocoso; siempre libre, pero moderado."

Consecuentes a estos propósitos, censuraron al gobierno siempre que lo creyeron necesario, hasta recibir de la |Gaceta el calificativo de maldicientes; abogaron por la fiel administración de justicia lo mismo en los negocios de los particulares que en un juicio de imprenta entablado por el promotor fiscal eclesiástico con ocasión de un artículo inserte en |El Constitucional; así aguijonearon la morosidad de los jueces como condenaron, aplicando la fábula del gusano de seda y la araña, la precipitación de ciertos magistrados de la corte superior del departamento que en menos de cien días habían despachado trescientas causas; combatieron con igual vigor el fuero militar y las pretensiones de esta clase, que los "misterios, ceremonias y embelecos" de la masonería; y si rindieron el merecido homenaje de admiración al heroísmo, generosidad y desinterés de Bolívar, aplaudieron el enjuiciamiento de Córdoba, de Páez y de Peña. Con este ardoroso celo de las doctrinas republicanas y de la observancia de las leyes, no era mucho que, confesándose católicos, respetuosos para con el clero, defendieran en favor del gobierno de la República las regalías propias de la corona de España, y que reprendiesen a ciertos sacerdotes cuyas predicaciones daban en algún modo alas a los enemigos de la patria, en cuanto las censuras enajenaban al gobierno los ánimos de las poblaciones creyentes y timoratas. No puede negarse, y es cargo que se les ha hecho, que en uno que otro artículo asoma el filosofismo, peculiar de la época.

Citaremos dos pasajes que creemos ponen de manifiesto el espíritu independiente que dominaba esta publicación. Hablando de la proclama dada por el vicepresidente Santander con motivo de su reelección, dicen:

"Ella respira franqueza, generosidad, patriotismo y sobre todo liberalidad. Juzgamos que su autor, a pesar de algunos errores, tiene el mérito de haber planteado y hecho marchar al través de innumerables obstáculos el sistema constitucional. Tenemos el derecho de decir esto sin que se nos pueda tachar de parciales, porque los que hayan leído los treinta números de nuestro papel que tenemos publicados, conocerán que nosotros no pertenecemos a ningún partido y que nuestra misión no es la de prodigar elogios a nadie."

Es el otro pasaje relativo a un artículo en que se demostraba con sólidas consideraciones políticas lo incompatibles que son las sociedades secretas con el orden y buen concierto de la República:

"Hemos recibido (se lee en la página 146) una carta firmada |Juan de la Luz en que se nos reconviene por haber escrito contra la masonería, y se nos dice |seriamente que debemos retractamos. Hacemos saber a su autor que nosotros no admitimos como escritores otra reconvención que la que se nos haga ante los magistrados de la República, y que en lo sucesivo hará muy bien en ahorrar su papel y su trabajo, y a nosotros nuestro tiempo, que seguramente no lo tenemos tan de sobra como el señor Juan de la Luz."

El mismo espíritu de justicia mostró uno de los redactores de |La Miscelánea con don José Fernández Madrid, tratándose de los acontecimientos que bajo su gobierno precedieron a la ocupación de la capital por las fuerzas de Morillo. Al anunciarse la llegada del que había sido presidente de la Nueva Granada a Cartagena después de largos padecimientos, la opinión pública no estaba acorde acerca de su valor y patriotismo en aquella época aciaga; él mismo, para poner en claro su inocencia, pidió al gobierno que se le residenciara con todo el rigor de la ley. Publicóse entonces anónima una hoja titulada |Venida del doctor J. Fernández Madrid, en que se lo hacían graves cargos, y cuyo autor fue el doctor Cuervo, según la biografía del mismo señor Madrid. A poco dio a la imprenta el inculpado su |Exposición, en que se vindicaba cumplidamente; y en |La Miscelánea de 23 de octubre apareció la siguiente carta, reproducida luégo en |El Constitucional:

"Señor doctor José Fernández Madrid.
Cuando El Constitucional anunció la llegada de usted a Cartagena e hizo el elogio de su persona, creí de mi deber tornar la pluma y pronunciarme contra usted. Yo recordaba sus medidas ostensibles, y no sabía la intención que las dictaba: las apariencias, como usted mismo confiesa, le eran desfavorables, y estas apariencias, que no hacían ver un traidor o un cobarde en el presidente de la antigua Nueva Granada, me dictaron el papel que di al público con el título de |Venida del doctor José Fernández Madrid. Presentes a mi imaginación los males que había causado a mi patria el ejército carnicero de Morillo, creía a usted autor, en gran parte, de estos desgraciados sucesos, y en aquellos momentos en que, herida mi sensibilidad en lo más vivo, traía a la memoria los patíbulos, las confiscaciones, los destierros, los excesos de toda clase, creí vindicar en cierto modo el honor nacional, presentando a usted como a uno de los que habían forjado cadenas a esta tierra, bien digna de la libertad. Mas hoy que usted ha publicado su manifiesto, le confieso con la misma ingenuidad con que están escritas las líneas que anteceden, que mi razón se ha plegado al convencimiento, y que miro en usted un jefe que cedió al imperio de las circunstancias, y a la fuerza irresistible de la opinión y del destino. Desvanecidos por su |Exposición los motivos que me hacían mirar a usted con ojos de horror, me congratulo de verlo restituído al seno de su familia y amigos, y deseo que usted consagre sus talentos y luces a esta patria, que tánto necesita de los esfuerzos combinados de sus hijos. Viva usted tranquilo y feliz y reciba la atención de su afecto servidor,

El autor de la |"Venida".

El biógrafo del señor Madrid considera el documento anterior como una de las páginas de oro de nuestra historia, y el general Santander, escribiendo al mismo Madrid, le decía:

"Reciba usted mis enhorabuenas por el artículo que ha publicado |La Miscelánea de ayer sobre usted. Ahora sí quisiera haber sido yo el Autor de la Venida, por merecer el honor de ser un hombre honrado y de buena fe. Este artículo me parece un hermoso triunfo: entre mil veces, una es en la que un enemigo confiesa que se ha equivocado y ofrece deponer su encono | (12) .

El último número del periódico, que fue el 39, salió el 11 de junio de 1826, y en la despedida decía:

"Como |La Miscelánea ha combatido el fanatismo religioso, las preocupaciones militares, la infatuación masónica, la arbitrariedad en el mando, los defectos de las leyes, las faltas en su aplicación, los conatos de trasgredirlas y las rapiñas contra el tesoro nacional, nos persuadirnos que dejará muy pocos amigos, pero nos contentamos con el sufragio de un corto número de hombres."

Sería incompleta la idea que tratamos de dar de |La Miscelánea, si nos contentáramos con delinear su carácter político. Como su mismo nombre, lo indica y lo requerían las circunstancias, se trataban en ella las materias más diversas. Largo sería mencionar, aunque fuera brevemente, los hechos o asuntos sobre que allí se discurrió con más o menos extensión y acierto; pero no parecería justo dejar en olvido la parte literaria. Habiendo hecho los más entre sus redactores sólidos estudios de humanidades, pocos números hay en que no se toque algún punto relacionado con las buenas letras. Llama particularmente la atención el empeño con que inculcan la importancia de conservar en toda su pureza la lengua castellana; y en este particular descubren un criterio sereno y desapasionado que en nuestra patria no se vuelve a encontrar hasta muchos años después. Consideraciones puramente políticas les hicieron acoger el pensamiento, varias veces manifestado por Bolívar, de tratar cuanto antes con España, y esto aun cuando fuese menester para ajustar la paz hacerle concesiones pecuniarias, las cuales se compensarían en breve con las ventajas consiguientes a la cesación de la guerra. Cierto, para una nación joven que llevaba quince años de guerrear heroicamente y mantenía un ejército de veintisiete mil hombres que le costaban cosa de siete millones de pesos al año, serían bienes incomparables desahogar su tesoro devolviendo al trabajo tántos brazos vigorosos ocupados en el ejercicio de las armas; aplicar los esfuerzos distraídos por la atención de la guerra al fomento de la educación, el comercio y la agricultura, y sobre todo consolidar sus instituciones y afirmar la igualdad ante la ley atajando el predominio del espíritu militar, que era de temer se arraigase en el gobierno, viniendo a constituírse una especie de casta privilegiada. Pero la juventud de entonces no se contentaba con encerrarse en los estrechos límites de la patria, sino que aspiraba a vivir en íntima fraternidad con los pueblos del continente; y como fuera yana ilusión pensar que hubiese de cobijarlos un solo pabellón, anhelaban mantener intactos los lazos por que ya estaban unidos. |La Miscelánea reconoció que uno de los más fuertes es el de la lengua y literatura comunes, y aconsejó y empleó para lograr esta unidad en América los medios más oportunos; y es cosa que causa maravilla que, apenas acabada una guerra de exterminio, supiese con justo temperamento reconocer la primacía literaria de España sin comprometer la independencia política de América; proponer a nuestra imitación los grandes modelos de que aquélla se gloría, sin renunciar a las ideas modernas, y proclamar la unidad literaria de los pueblos que hablan la lengua de Cervantes. Juzgamos que se leerán con gusto estas citas:

"No sabernos si podríamos con justicia llamar nuéstra la literatura española, porque regularmente se entiende por literatura nacional las producciones de los hijos del país escritas en su lengua propia, y nosotros no somos ya españoles. Mas por otra parte nos inclinamos a creer que la literatura de una nación se halla más bien en el idioma y en el genio peculiar suyo que la caracteriza y la distingue de las demás, que no en las divisiones ni mutaciones políticas, ni en que sea ésta o aquella la patria de los que han contribuido a formarla con sus obras. De donde se infiere que no hay ninguna impropiedad en decir que nuestra literatura es la española.

"Nosotros creemos que es de sumo interés para los nuevos Estados americanos, si es que quieren algún día hacerse ilustres y brillar por las letras, conservar en toda su pureza el carácter de originalidad y gentileza antigua de la literatura española, tal cual se presentó en sus más hermosas épocas de Carlos V y Felipe II. Hablamos en cuanto a la elegancia y nobleza de las formas y los encantos y hechizos del estilo de los escritores de aquellos tiempos, porque los asuntos mal podría sufrirlos la tendencia general del siglo, las opiniones dominantes y aun las ocupaciones habituales del hombre en el estado actual de las sociedades.

Pensamos que los negociantes, los magistrados y todos los que de cualquier modo puedan tener alguna influencia, deben proteger por todos los medios que les sugiera el patriotismo y el amor a las letras, la introducción de libros en español, la lectura y la enseñanza por ellos y no por los que estén en lenguas extranjeras."

Para dar calor a este movimiento de unidad literaria y dirigirlo convenientemente, proponían, a la manera de la federación política que debía sellarse en el congreso de Panamá, una federación literaria representada constantemente en una academia formada de miembros escogidos entre los más sabios de cada nación, y que había de tener su asiento en una ciudad central, digamos Quito. Provista de imprenta, biblioteca y cuantos elementos fuesen necesarios, y ajena al mismo tiempo a toda ingerencia en tareas políticas, no debía tener por instituto sino conservar la lengua castellana en la misma pureza que nos la legó España, para que en ella pudieran dignamente redactarse nuestros códigos, escribirse nuestra historia, pintarse nuestra naturaleza y cantarse las glorias de nuestros guerreros. Hoy  que por otros caminos se procura llegar al mismo resultado, tal pensamiento nos parece quimérico; pero quizá lo era menos que el del congreso americano, porque es más fácil que hambres de opiniones diversas se acuerden en el campo de la literatura que en el de la política; compárese, si no, cualquiera asamblea legislativa con la academia española o con la francesa.

Saliendo del campo de la especulación, pusieron también manos a la obra por medio de la crítica. En los artículos titulados |Neologismo, Correspondencia entre un doctorcito flamante y su padre, se satiriza con agudeza el galicanismo chabacano de los recién graduados, que no habiendo estudiado ni leyendo sino libros franceses o traducciones bárbaras, hacían alarde de estropear su propia lengua.

No contribuye menos para formarse una idea acertada de las tendencias y aspiraciones de |La Miscelánea, el contemplar lo que fueron y el papel que posteriormente desempeñaron sus redactores. Todos se contaron entre los campeones denodados del orden y del derecho. Acevedo mismo, muerto antes de cumplir veintiocho años (31 de marzo de 1827), fue nombrado, sin que a nadie causara extrañeza, miembro de la Academia Nacional entre los hombres más eminentes de Colombia. Lo sorprendente es que habiendo entrado casi niño en la carrera de las armas, pasado los días de la dominación de Morillo oculto con su padre en las montañas de los Andaquíes, y consagrado luégo tánto tiempo al servicio público, primero en el Estado Mayor de Cundinamarca y después en la secretaría de guerra, lo sorprendente, decimos, es que hubiera hallado modo de adquirir tan buenos conocimientos científicos y literarios. A él se debe la primera geografía de Colombia.

A Lastra tocó vida más larga para lucir sus claros talentos y sólida y variada instrucción en diferentes cargos de importancia: contador de diezmos, oficial mayor del ministerio del Interior y relaciones exteriores, senador por Bogotá. Pero fue la magistratura especialmente donde hizo estimar su saber, integridad e independencia. Con su prematura muerte a los treinta y ocho años de edad (9 de septiembre de 1837) creció el aprecio de sus virtudes públicas, y en sus amigos jamás se borró el recuerdo de su lealtad, benevolencia, trato jovial e instructivo y de la generosidad sin límites con que servía a todos y a todos daba consejo.

Vélez, nacido en la provincia de Antioquia en noviembre de 1794, discípulo de Caldas e ingeniero notable, prestó como tal servicios importantes a la independencia; hecho prisionero por los españoles y enrolado como soldado raso, descubrió Enrile sus talentos y le empleó en varios trabajos de planos y dibujos para enviar a España. Habiéndos fugado, volvió defender la causa nacional, hasta que, viéndola triunfante, quiso dedicarse al comercio, y recorrió varios países de Europa. De vuelta, redactó |La Miscelánea, y luégo fue nombrado sucesivamente cónsul y encargado de negocios en los Estados Unidos. Asistió al congreso de 1830 y a la convención granadinas, y obtuvo los cargos más importantes hasta la época de su muerte. Presté el más decidido apoyo a la administración de Márquez, escribiendo con sus antiguos compañeros en |El Argos y otros periódicos. Siendo necesaria su asistencia para la instalación del senado en 1841, y hallándose de muerte, se reunió aquel cuerpo en su casa; al prestar el juramento, dijo: ''Muero tranquilo, habiéndome concedido la Providencia el placer de contribuir, aunque moribundo, a la instalación del congreso que salvará mi patria de la anarquía. Este es el último servicio que puedo prestarle".

Es penoso haber de condensar en pocas líneas el recuerdo de Aranzazu (1798-1845), varón eximio de que pocos iguales ha producido nuestra nación. Ninguno más entero en sus principios y al mismo tiempo más tolerante, ninguno más celoso de la libertad y más repetador del derecho, ninguno más amante de su patria y más circunspecto en promover su engrandecimiento. Nació rico, y por servir a la causa pública murió pobre, después de haber acrecentado con sus talentos la hacienda nacional. Cuantos le conocieron no acababan de ponderar su apuesta figura, sus modales delicados, su conversación inimitable, su ecuanimidad en los más variados trances de la vida. Sus escritos se distinguen por una sencilla elegancia, sin género alguno de prestados afeites, por su corrección y claridad, por la elevación de las ideas y por aquel vigor del razonamiento que confunde al adversario sin avergonzarlo de su vencimiento. Estudiaba filosofía en el colegio de San Bartolomé el 20 de julio de 1810, y desde ese mismo día mostró su entusiasmo por la libertad; enviado a Maracaibo, donde la familia tenía una casa de comercio, a fin de alejarle de sus compañeros, tomó parte en el primer movimiento revolucionario que allí hubo, y malogrado éste, para librarle de persecuciones sus allegados le enviaron a Méjico. Al volver a Colombia mostró en los congresos la independencia de su carácter y su firmeza en los principios liberales, sorprendiendo con su saber en ciencias políticas cuando sólo se le creía literato. La convención de 1830 le designó como la persona más adecuada para presentar a Venezuela la nueva constitución; y al mismo tiempo que con su prudencia desarmaba la emulación de los enemigos de la unidad colombiana, atendía a la creación de fuerzas al lado de acá del Táchira para rechazar cualquiera invasión. Después de asistir a la convención de la Nueva Granada, pasó como gobernador a Antioquia, su provincia natal, donde en breve tiempo dio cima a importantísimas mejoras en la instrucción pública, en las vías de comunicación y en el buen orden de las rentas. Ayudó al lucimiento de la presidencia de Márquez desempeñando la secretaría de hacienda; mas obligado a dejarla por un violento ataque de la enfermedad que de tiempo atrás le aquejaba, fue nombrado presidente del Consejo de Estado. Aquí, donde se pensaba darle un puesto igual a sus fuerzas físicas y no desproporcionado a sus merecimientos, fue donde hubo de ostentarse toda su fortaleza y patriotismo: casi disuelta la República, cae enfermo el vicepresidente Caicedo, y tiene que ocupar su lugar el que apenas podía menearse. Tendido en una hamaca oía al consejo y despachaba todos los negocios con una serenidad que no eran parte a turbar ni los desastres del gobierno ni los más acerbos dolores físicos.

Al doctor Cuervo tocó en suerte sobrevivir a todos sus compañeros: por las páginas de este libro se podrá juzgar si su vida correspondió a los ejemplos dejados por los amigos de su juventud.

(1) Gaceta de Cundinamarca, de 24 de diciembre de 1820.
(2) La primera edición de la traducción del Tratarlo de legislación por ''Ramón Salas, ciudadano español y doctor en Salamanca'', salió a luz en Madrid, 1821-1822. También en Madrid y en 1821 salieron los |Elementos de verdadera lógica. Compendio o sea extracto de los elementos de ideología del senador Destutt de Tracy, formado por el presbítero don Juan Justo García, jubilado de matemáticas, de la Universidad de Salamanca, diputado por la provincia de Extremadura  a las cortes ordinarias de los años 20 y 21. Es indudable que el prestigio de Bentham se afianzó en Colombia por la circunstancia de ser inglés, así como es probable que hicieran simpático también a Tracy sus entronques con los norteamericanos. En un espléndido banquete que dieron a Lafayette los franceses residentes en Filadelfia a fines de 1824, el ministro de Colombia, don José M Salazar, propuso este brindis: "Al célebre Destutt de Tracv, par de Francia miembro de la sociedad filosófica de Filadelfia, uno de los primeros sabios de Europa, defensor de las instituciones liberales, amigo de Jefferson, de la América, y de la humanidad y que reúne el bello título de padre de Madama Washington Lafayette'' (es decir de la mujer del hijo de Lafayette, llamado Jorge Washington). No es ocioso agregar que estas doctrinas habían estado arraigándose a la sordina en España, y que sin duda llegaran a toda América, como llegaron a Cuba, aun sin declararse independiente.
(3) V. de la Fuente, Historia eclesiástica de España, tomo III, p. 394 (Barcelona, 1855).
(4) Por estas disposiciones de la ley española se explica la conducta del doctor Nicolás Cuervo en el caso que menciona el señor Groot en su Historia, tomo III, p. 166.
(5) Así lo manifestó Bolívar a don Manuel José Mosquera a su paso por Popayán en 1829. Por lo que toca a Santander, vemos afirmado esto en un artículo publicado en la Gaceta de Colombia número 215.
(6) Los disgustos que dejamos apuntados no fueron los únicos que a la Santa Sede ocasionaron con España los asuntos americanos. Cuando por las gestiones de Cienfuegos fue enviado a Chile Monseñor Muzi, arzobispo de Filipos, acompañado del que andando el tiempo había de ser Pío IX, fueron éstos echados por un temporal a Palma de Mallorca, y como el gobernador supiese quiénes eran los eclesiásticos que iban a bordo y cuál el objeto de su misión, los arrestó inmediatamente, los tuvo cuatro días en la cárcel sujetándolos a una vejatoria pesquisa judicial, y estuvo a pique de enviarlos a un presidio de Africa. Estas noticias y algo de lo que decimos en el texto debemos a la obra del Cardenal Wiseman: |Recollections of the last four Popes and of Rome in their times, (León XII, cap. VIII; Gregorio XVI, cap. I). Nuestro ministro don Ignacio Tejada se vio hostilizado por intrigas del gobierno español, hasta el punto de haberle costado trabajo el que se le permitiese residir en Roma. Véanse en comprobación las notas publicadas en la Gaceta de Colombia, número 194, y compárese lo que sobre el particular se halla en los números 197 de la de Colombia y 42 de la Nueva Granada. Los pormenores deben constar en la correspondencia oficial que ha de encontrarse en el archivo del Ministerio de Relaciones Exteriores; pues el gobierno naturalmente no publicaba sino lo que podía atenuar la mala impresión de noticias llegadas por otros conductos.
(7) Carta de Bolívar a Páez fechada en Lima el 8 de agosto de 1826 (Baralt, Resumen de la Historia de Venezuela, tomo II, pág. 154).
(8) |Exposición dirigida a S. M. el señor don Fernando VII desde París en 24 de enero de 1826, por el excelentísimo señor don |Javier de Burgos, sobre los males que aquejaban a España en aquella época, y medidas que debía adoptar el gobierno para remediarlos. Cádiz, 1834. Estas noticias se publicaban constantemente en la Gaceta y demás periódicos de Colombia.
(9) Puede formarse concepto aproximado de las ilusiones que se tenían en materia de colonización, considerando que en 26 de septiembre de 1833 declaró el gobierno granadino haber caducado veinticuatro contratas hechas de 29 de octubre de 1823 a 30 de enero de 1827, por las cuales se concedían más de dos millones y medio de fanegadas de tierras baldías, a condición de cultivarlas y poblarlas. Entre los contratistas figuraban, con algunas casas inglesas, muchos ciudadanos conocidos y pudientes de Colombia. El doctor Cuervo en unión de varios socios obtuvo una concesión de 20.000 fanegadas el 22 de octubre de 1825.
(10) Las primeras carreras se verificaron los días 25, 27, 28 y 30 de junio de 1825.
(11) Número de octubre de 1826. Sabido es que esta afamada revista era redactada en Londres por Bello y García del Río.
(12) Biografía de don José Fernández Madrid arreglada por Carlos Mario Silva, págs. 155 sigs. Bogotá, 1889.

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