CAPITULO II
LA MISCELANEA
Consecuencias de la revolución
española de 1820 en Colombia.-Simpatías de los americanos para con
los liberales.-Paralelismo en las ideas, en la constitución y en
algunas leyes.-Cuestiones eclesiásticas.-Oposición a las
novedades.-Declinación del influjo español, y preferencia dada a
todo lo extranjero y especialmente a lo inglés.-Impiedad de
nuestros hombres públicos abultada.-La Miscelánea: sus redactores y
espíritu.-El doctor Cuervo y don J. Fernández Madrid.-Parte
literaria de
|La Miscelánea: importancia de conservar pura la
lengua castellana; federación literaria.-Noticias individuales de
los redactores.
Así como en los primeros pasos de nuestra revolución se ve el
impulso de las doctrinas proclamadas en Francia, luégo la suerte
próspera de los Estados Unidos y el poderío que alcanzaba la Gran
Bretaña bajo sus instituciones liberales, aumentaron la inclinación
a todo lo extranjero y el desprecio a lo heredado de la metrópoli.
Mas cuando en la Ilustración y en las aspiraciones de los
independientes parecían ya definitivamente aliados con el orden y
estabilidad de las naciones de raza inglesa el gusto de la
literatura francesa y los recuerdos de Grecia y Roma evocados por
ella, un suceso inesperado distrajo ocasionalmente de tales
pensamientos.
El 14 de mayo de 1820 se anunció en Bogotá por gaceta
extraordinaria la insurrección de las fuerzas españolas destinadas
a pasar a América; referíase cómo el 1º de enero anterior el
comandante del batallón de Asturias don Rafael del Riego, formando
su cuerpo en el pueblo de Cabezas de San Juan, había proclamado la
constitución de 1812, y nombrado alcaldes constitucionales, y
pasando en seguida a Arcos, donde se hallaba el cuartel general,
había arrestado al conde de Calderón, general en jefe, y a los
generales Fournas, Salvador y Blanco; añadíase cómo muchos
batallones habían seguido el movimiento, y cómo Quiroga desde San
Fernando convidada a los militares españoles a seguir las banderas
de la libertad: todo esto en el concepto de que la revolución no
tenía otro fin que arrojar del trono al tirano de España. Concluía
la narración con este apóstrofe a los españoles:
"Prosperad, pues, defensores de la patria: salvadla del
tirano, vengad sus agravios. La América, os felicita, bravos
campeones de la libertad; la América, que ha sufrido con vosotros,
y mucho más que vosotros. Nunca se marchiten los laureles que ya
habréis ganado, y dirigíos de continuo a la razón. Tened siempre
presente la gloria que recompensa al patriota, y en todos los
eventos de la fortuna acordaos que tenéis hermanos en este
hemisferio que aspiran, como decís, a establecer el imperio de la
ley y salvar la patria". Estos sentimientos de fraternidad
que brotaron entre los americanos para con los liberales españoles,
fueron tan sinceros, que en Bogotá se cantaba el himno de Riego con
no menos efusión que en la península; y como con bastante
fundamento se creía que la victoria de Boyacá fue mucha parte en
decidir las tropas españolas a la insurrección, los dos sucesos se
enlazaban a cada paso, para significar en cierto modo la
mancomunidad de independientes y liberales. "hoy es el día
de Boyacá -decía Bolívar en el aniversario de la gran jornada-; el
día que ha dado la vida a Colombia y la libertad a
España".
Luego en la célebre entrevista de Santa Ana (27 de noviembre)
fueron Boyacá, Riego, Quiroga, manantial inagotable de cordial y
animada conversación entre los oficiales de los dos ejército
|
(1)
. Fuera de esto,
las publicaciones de los insurrectos españoles daban por inevitable
la separación de América, y se contentaban con que España
mantuviese estrechos vínculos con ella, las primeras providencias
del gobierno constitucional fueron hacer poner en libertad a
cuantos se hallaban presos por causas políticas en España y
América, y prevenir a las autoridades civiles y militares que
abriesen negociaciones con los jefes de los disidentes (no ya
insurgentes ni facciosos) para concluir la paz, reconociéndolos en
sus empleos y sin más condición, como decía Morillo en su proclama,
que el juramento de ser libres, aludiendo a la constitución
gaditana; los jefes españoles a su vez trataron para este fin con
respetuosa cortesía al congreso de Angostura y demás autoridades
colombianas; de suerte que todo fomentaba la lisonjera esperanza de
que, gracias al triunfo de los liberales, se inclinaba España a
reconocer la independencia de sus colonias. No es pues extraño que
el Libertador, anunciando el armisticio de Trujillo y el tratado de
regularización de la guerra, dijese al ejército: "El
primer paso se ha dado hacia la paz. Una tregua de seis meses,
preludio de nuestro futuro reposo, se ha firmado entre los
gobiernos de Colombia y España... El gobierno español, ya libre y
generoso, desea ser justo para con nosotros... La paz hermosea con
sus primeros y espléndidos rayos el hemisferio de Colombia, y con
la paz, contad con todos los bienes de la libertad, de la gloria y
de la independencia."
Esta simpatía con los liberales, españoles dio a los principios
y tendencias de los jefes de nuestra revolución un impulso de
incalculables resultados en los primeros años de Colombia.
Reproducíanse por dondequiera las publicaciones españolas, ya en
prenda de adhesión y fraternidad, que había de comprometer a sus
autores a usar con los americanos la misma medida con que ellos
querían ser medidos; ya para imponer silencio a los realistas y
escrupulosos que se escandalizaban de las ideas que corrían en
América, haciéndoles palpar que en España iban más altas las aguas
y que nada ganarían con el restablecimiento de su dominio. Poco
tardaron en aparecer escritos originales en igual sentido, como si
en Colombia tuviésemos ya un partido idéntico al de los
doceañistas. Las sociedades secretas, que fueron en España el
elemento poderoso que preparó y llevó a cima la revolución y
después de lograda aparecieron omnipotentes, tomaron también en
Colombia pasmoso incremento. Fue tal el prestigio de su hazaña,
que, aunque nuestros triunfos eran debidos al heroísmo y a los
sacrificios descubiertos y no a tenebrosos amaños, los patriotas,
entre ellos algunos clérigos y frailes, acudieron por bandadas a
las logias, juzgándolas antemural de la libertad y oficina de odio
contra los tiranos. Se recibieron con los brazos abiertos los
libros desvergonzados e irreligiosos que se escribían, se traducían
o eran aplaudidos en España, y aun se hizo moda como allá herir al
clero, despreciar los institutos monásticos y aun afectar
descreimiento. Entre los autores y doctrinas que de este modo se
introdujeron y divulgaron, son de mencionarse Destutt de Tracy con
su sensualismo y Bentham con su utilitarismo. Acaso la primera vez
que en Colombia se nombró a Jeremías Bentham fue en La Bagatela de
Nariño (números 23 y 24, diciembre de 1811), donde se reprodujo,
tornándolo de
|El Español, periódico publicado en Londres por
Blanco White, un artículo extractado de sus manuscritos. Pero su
gran crédito le vino de haber sido considerado como un oráculo en
la revolución española: para el código penal que iban a dar las
cortes fue consultado por el conde de Toreno, y en los mismos
momentos salió la traducción que debía difundir por dondequiera una
de sus obras capitales
|
(2)
. Nuestro espíritu novelero y versátil
(como años después lo decía el doctor Cuervo) se prendó de estos
libros, no para sacar lo bueno que tuvieran, sino para formar
bandera de sus teorías erróneas. La propagación de estas y otras
obras fue la última crueldad que los españoles ejercieron en la que
había sido su colonia.
Este paralelismo de las ideas recibió forma más concreta en la
constitución y en algunas leyes. Cuando se ofreció a los americanos
como fuente de libertad y dechado de sabiduría la carta gaditana,
el congreso de Cúcuta presentó la suya, calcada sobre aquélla, por
lo que especta al plan y distribución de materias y a muchos de sus
artículos, pero notablemente mejorada. No sólo se diferenciaba por
su estilo más condensado y por estar libre de las inoportunas
menudencias de la española, sino que le era superior en puntos
capitales, por ejemplo, en la institución de dos cámaras en vez de
una y en la simplificación de las elecciones, reducidas de tres
grados a dos. Dicho se está que nuestra constitución no señaló como
una de las principales obligaciones de los ciudadanos, la de ser
justos y benéficos. A cualquiera se le ocurre suponer, lo que es
verdad, que la constitución de lo Estados Unidos suministró a los
redactores una buena parte, pero hoy nadie repara en lo que tomaron
de la de Cádiz; y no cabiendo en lo posible que esto pasase
entonces inadvertido, por ser ella tan conocida de todos, como que
en el año anterior se había jurado en Caracas y Cartagena, es,
visible que el intento de nuestros constituyentes era decir a la
Metrópoli: Eso que nos ofrecéis es lo que nos otros estamos
haciendo; los derechos que consagráis son tan nuéstros como
vuestros. Donde la una decía: "La nación española es libre
e independiente, y no es ni puede ser patrimonio de ninguna familia
ni persona", la otra recalcaba: "La nación
colombiana es para siempre, e irrevocablemente, libre e
independiente de la monarquía española, y de cualquiera otra
potencia o dominación extranjera: y no es ni será nunca el
patrimonio de ninguna familia ni persona". ¿Qué tenían que
replicar a estos los liberales españoles o los realistas
americanos? Observaciones parecidas pueden hacerse sobre algunas
leyes. La que dio el congreso colombiano sobre el modo de conocer y
proceder en las causas de fe (17 de septiembre de 1821) fue copiada
del decreto de abolición de la Inquisición y establecimiento de
tribunales protectores de la fe, promulgado por las cortes en 22 de
febrero de 1813 y puesto en vigor por Fernando VII en 9 de marzo de
1820. La de supresión de conventos menores, o sea en que no
alcanzase a haber ocho religiosos de misa (6 de agosto de 1821),
tuvo su modelo en el decreto de conservación o restablecimiento de
aquellos conventos que no contasen doce individuos profesos;
decreto que las de 1820 exageraron, subiendo a veinticuatro el
número de profesos, lo que equivalía a cerrar más de la mitad de
los conventos existentes, y prohibiendo a todas las órdenes
religiosas dar hábitos y admitir a profesión. Tan sabido era en
Colombia que en todo esto no se hacía sino seguir las pisadas de
España, que sobresaltadas en gran manera las comunidades por
aquellos primeros pasos del congreso, tuvo el gobierno que
tranquilizarlas, asegurándoles que no se procedería con ellas como
lo hacían las cortes españolas.
Sin embargo, para apreciar justamente los sucesos de estos años
que se rozan con materias eclesiásticas, no debe olvidarse una
consideración importante. A título de patronato y de sostener las
regalías de la corona, los reyes de España tenían a fines del siglo
anterior sometida la Iglesia a la más oprobiosa servidumbre,
haciéndose y soportándose buenamente cosas que hoy nos parecen
escandalosas. Unos dos casos lo pondrían de manifiesto. Sabido es
que por real cédula de 18 de enero de 1762 (ley 9ª. tít. 3º. lib.
2º de la Novísima Recopilación de 1768) se mandó entre otras cosas
que antes de prohibir o condenar ningún libro, se citase y llamase
al autor o al que quisiese defenderlo, se oyesen sus defensas, se
le comunicasen los cargos y la censura que se hiciese de algunos
lugares de su obra para que pudiese corregirlos o enmendarlos, y
que, juzgándolos dignos de censura, no los prohibiese el inquisidor
por su propia autoridad sin presentar antes el edicto al rey por la
secretaría de gracia y justicia para su ejecución. El único prelado
que se atrevió a quejarse de esta intrusión del poder civil, fue el
obispo de Cuenca, pero la ruidosa causa que se le siguió impuso
silencio para en adelante; sin embargo, sobreviniendo algunos
escrúpulos, se suspendió la ejecución de la cédula, aunque siempre
quedó en pie la obligación de presentar la minuta del edicto
prohibitivo antes de publicarse (Novísima Recopilación de 1805, ley
3ª, tít. 18, lib. 8º); a poco todo el decreto volvió a plantearse y
"ha seguido hasta nuestros días, sancionándose así el
derecho con el hecho"
|
(3)
. En conformidad con esto procedió el
Gobierno republicano cuando en 1823 el provisor y vicario capitular
del arzobispado don F. Caicedo publicó de por sí un edicto
prohibiendo ciertos libros; el fiscal don J. I. Márquez reclamó
contra el procedimiento como ilegal, y el provisor se vio obligado
a recoger el edicto
|
(4)
. En el mismo año de 1823 el mencionado
señor Caicedo de acuerdo con el vicepresidente Santander se propuso
fundar el colegio de ordenandos, y al representar con este fin al
congreso ofrecía someter a su aprobación las constituciones del
establecimiento; contemplación indebida, se ha dicho, que sometía a
la potestad temporal lo que correspondía a la eclesiástica. Sea
indebida enhorabuena; pero no era nueva, porque esto se hallaba
claramente dispuesto en la ley 1ª, tít. 11, lib. 1º de la Novísima
Recopilación. Por manera que el provisor de grado o por fuerza se
hubiera visto precisado a obrar como obró en los dos casos citados,
si ellos se hubiesen presentado en 1809 antes de la revolución; y
por eso no hay bastante justicia al tildar al gobierno republicano
como si hubiese hecho exigencias nunca oídas, y a las autoridades
eclesiásticas como si condescendieran, por propia y ocasional
debilidad, con las pretensiones de los, impíos.
Deseo también de continuar la tradición española obró en
Colombia al darse por heredera del derecho de patronato que el rey
ejercía en las iglesias del Nuevo Mundo, en lo cual se mezclaba
además el interés político y un sentimiento de amor propio. La
empresa era ardua y los títulos problemáticos, de suerte que no es
extraño que Bolívar y Santander no estuviesen por esta medida
|
(5)
, muy propia de
legistas imbuídos en las doctrinas de los abogados regios. La
condición de la Iglesia en América se debía a concesiones
personales hechas por la Santa Sede a los soberanos españoles, y
una vez derribada la dominación de éstos y cancelados todos sus
títulos por la República era claro que la Iglesia quedaba en el
pleno uso de su libertad, mientras por nuevas concesiones no se
restableciesen las cosas a su anterior estado. Pero pareció duro,
renunciando a una prerrogativa tan preciosa, quedar en pie de
inferioridad con respecto al rey, y sobre todo perder un elemento
incomparable de influjo, en circunstancias en que, si bien el clero
era en su mayor parte adicto a la causa de la independencia,
ejemplos recientes, como el del obispo de Popayán, probaban que
podía ser necesario disponer de todos los medios suficientes para
impedir que se repitiesen. Diose forma a ideas que habían estado
corriendo en los años anteriores con la ley de 28 de julio de 1824,
"que declara que toca a la República el ejercicio del
derecho de patronato, tal como lo ejercieron los reyes de
España"; y basta pasar los ojos por su parte motiva y por
los primeros artículos para echar de ver el poco fundamento y la
inconsideración con que se procedió en el particular. Causa
extrañeza que cuando la constitución de Cúcuta nada hablaba de las
relaciones del Estado con la Iglesia, pretendiera el primero
ejercer el patronato en calidad de protector de la segunda y que se
fundara derecho para ello en la disciplina establecida, que no era
sino efecto de títulos especiales del rey. Más singular es todavía
el tono de vacilación con que está redactada la ley: ''La República
de Colombia debe continuar en el ejercicio del derecho de
patronato"; "Es un deber de la República de
Colombia y de su gobierno sostener este derecho y reclamar de la
silla apostólica que en nada se varíe ni innove; y el poder
ejecutivo bajo este principio celebrará con su Santidad un
concordato que asegure para siempre e irrevocablemente esta
prerrogativa de la República, y evite en adelante quejas y
reclamaciones". Se confesaba pues que el congreso acababa
por donde debía haber empezado, que lo primero era impetrar el
patronato y luégo decretar sobre el modo de ejercerlo. Quizá este
paso con que la ley arrebataba lo que no podía obtener sino por
concesión, empeoró la causa colombiana; pero sea de ello lo que
fuere, lo cierto es que cuando la ley se dio, ya Fernando VII,
puesto sobre aviso con los arreglos benévolos que para Chile obtuvo
de Pío VII D. José Ignacio Cienfuegos, no perdonaba medio alguno
para estorbar que el Papa diese poderosa sanción a la independencia
americana declarando abrogados sus derechos a la presentación de
obispos. De lo que sería esta presión dan idea las siguientes
palabras de León XII al Vicario capitular de Bogotá: ''Igualmente
deseamos ardentísimamente poder, cuanto antes sea posible, daros un
pastor, y vos otros que con tan ardientes deseos pedís esto mismo,
haced con vuestros ruegos y oraciones que Dios nos abra camino y
modo de ejecutarlo." (1º de enero de 1825). Dolía en lo
vivo a su Santidad el desamparo de nuestras diócesis, y viendo que
eran infructuosas cuantas tentativas hacía para meter en razón a
Fernando VII, meditaba manera de ponerle fin. Olió esto el partido
apostólico en la corte de España, y pretendió que luégo se enviase
a Roma un plenipotenciario que con toda energía se opusiese al
nombramiento de los obispos; pero antes de que esto se efectuase,
se dio el temido golpe. No se hubo sabido en Madrid, cuando el rey,
montado en cólera, hizo pasar orden a todas las fronteras para que
no se dejase entrar al nuncio Monseñor Tiberi, que junto con la
noticia había salido de Roma. Para hacer los últimos esfuerzos,
envió cerca del Papa al marqués de Labrador, representante que
había sido de España en el congreso de Viena, y tenido por
destrísimo diplomático. Toda su habilidad se estrelló contra la
invencible entereza del cardenal Capellari, y también acaso contra
sus simpatías en favor de las repúblicas americanas, supuesto que,
llamándose Gregorio XVI, había de reconocer su independencia. Al
preconizar la santidad de León XII a los nuevos obispos (21 de mayo
de 1827), declaró que no pudiendo dejar por más tiempo vacantes
tántas sedes ni permitir que pueblos tan numerosos estuviesen como
rebaños sin pastor, los había provisto de prelados dignos, sin
intervención alguna de las partes y en virtud de su suprema
autoridad apostólica. Así fue que en las bulas de institución no se
hizo mérito de la presentación del gobierno de Colombia, como
tampoco se hizo después en casos iguales, ni se permitió que se
hiciera en los demás en que hubiese lugar a ella. Por manera que,
no reconociendo la Santa Sede el derecho de patronato en nuestro
gobierno, aunque sí nombrando a los presentados desde 1823 y
sanando lo hecho antes, adoptaba un temperamento justo, porque ni
dejaba desairada a la República ni ponía en sus manos una
prerrogativa concebible en las monarquías tradicionales, pero
peligrosísima en gobiernos que de hoy a mañana se ejercen ora por
católicos fervorosos, ora por demagogos e impíos. El patronato pues
fue una yana ilusión, y con ser tan dudoso el derecho con que se
defendió y tan falto de fundamento su ejercicio, ya veremos el uso
que de él se hizo, funesto cuanto basta para disculpar lo minucioso
de las noticias que anteceden
|
(6)
.
Hechas estas salvedades, en otra cosa es notable el paralelismo
entre España y Colombia por estos días. Ni en una ni en otra parte
fue popular esta alianza de la libertad con el poco respeto a las
cosas de la religión, de que se originó nueva causa de discordia
entre los ciudadanos. No eran ya pocos en Colombia los que,
guardando cariño a la metrópoli, no podían mirar con buenos ojos
cosa alguna de la república, ni los timoratos que dudaban seguir la
causa nacional, creyéndose todavía ligados al rey de España por un
juramento de fidelidad; y como si esto no bastase, se suscitaron
las quejas de muchos patriotas piadosos y de sanas intenciones, que
con justicia debían clamar contra la difusión de las malas
doctrinas y contra la omnipotencia de las sociedades secretas,
anatematizadas por la Iglesia. Entre estos últimos descollaba el
ferviente predicador don Francisco Margallo; siendo contadas las
personas de luces que coadyuvaban a su labor, los desatinos de los
demás dañaban a su causa, y hasta cierto punto daban motivo a la
juventud y a los más entre los que pasaban por ilustrados para
tratarlos de sostenedores de la superstición y el fanatismo. En
efecto, ora se oían las arengas mazorrales de algún tribuno que
desde sus balcones apellidaba guerra contra los masones y los
impíos, ora corrían impresas hojas estrafalarias, según la mente de
sus autores encaminadas al mismo fin. Baste mencionar la
|Tapa
del Cóngolo, que ha sobrevivido en la memoria de las gentes
como tipo acabado de producciones descabelladas. Así que poco faltó
para que de tal lucha se originasen como en España dos partidos que
se abominaran recíprocamente, teniendo los unos a sus opuestos por
hostiles a todo sentimiento religioso, y pagándoles los otros con
despreciarlos como a enemigos naturales de toda libertad. Entre
nosotros se llegó hasta cambiar el mote de
|serviles por el
de
|godos, para hacer pasar por enemigos de la independencia
a los impugnadores de las logias y de los libros dañinos. Reyertas
fatales al bien común, que inspiraron al Libertador igual aversión
hacia los fanáticos que hacia los demócratas
|
(7)
. Por fortuna las circunstancias
se mudaron, y no llegó a arraigarse del todo en Colombia el
liberalismo español, mezcla informe de regalismo y demagogia, de
volterianismo y jansenismo. La influencia peninsular fue mermando
con la caída del sistema constitucional y el restablecimiento del
absolutismo; con los triunfos de Junín y Ayacucho; con el triste
papel que hacía la metrópoli en el mundo civilizado, donde la
consideraban ''como una segunda Turquía, más miserable y peor
gobernada que la primera"; incapaz de conseguir un
empréstito con condiciones parecidas o semejantes a las que
obtuvieron aun antes de ser reconocida su independencia, Méjico,
Colombia, Chile y el Perú; impotente para poner a raya a los
corsarios que cubiertos con los pabellones de Méjico y Colombia, le
estorbaban hasta el tráfico de carbón y vituallas
|
(8)
. Ni valieron mucho para
vivificar el decaído influjo las infinitas traducciones, manuales,
catecismos y otras zarandajas literarias que a destajo hacían para
la joven América los ahuyentados por el despotismo de Fernando VII,
obedeciendo sin duda más a la necesidad de ganar con qué comer que
al espíritu de proselitismo. La experiencia, por su parte, fue
aleccionando el patriotismo, y los principales entre nuestros
repúblicos, convencidos de que es absurda la idea de
"gobernar como se conspira" (así se expresa
Quintana hablando de lo que pasó en su patria), dieron de mano a
las logias, abandonándolas a gente de menor suposición. Los
jóvenes, llevados del ansia vehemente con que anhelaban por el
progreso y la difusión de las luces, apartaron los ojos de la pobre
España para convertirlos a sus antiguos ideales y a los intereses
de la nación. La venida de extranjeros al país era el grande anhelo
de los patriotas, quienes ya se figuraban ver con vertidos en un
emporio los montes y llanos de Colombia, gracias a la industria y a
los capitales de las naciones más civilizadas; y ante esta ilusión
no había tropiezo que no les pareciera lícito remover, aunque se
tratase de los que opone la diferencia de cultos
|
(9)
. La Gran Bretaña se llevaba los
ojos y corazones de todos; y no les faltaba razón: al revés de
Francia, que haciendo causa común con España, se mostró por largo
tiempo desdeñosa para con las nuevas naciones de América, aquélla
reconoció, la primera entre las potencias europeas, la
independencia de Colombia, después de haber enviado sus hijos para
que su sangre corriera en los campos de batalla confundida con la
de los americanos. El Constitucional de Bogotá se publicó por
bastante tiempo en inglés y castellano, como para dar a entender
que tampoco era obstáculo la divergencia de lengua. Lo inglés
privaba en todo: hasta se establecieron carreras de caballos
conforme en un todo a la usanza de Inglaterra, contándose las
distancias por millas y apostándose sumas de consideración; para
fomentarlas se fundó un club de que fue patrono el vicepresidente
|
(10)
. Introdújose
en las escuelas primarias y en las oficinas de la República
"el abuso de sustituir a los caracteres de la hermosa
letra española unos que se dicen ingleses"; práctica que
se arraigó definitivamente, a despecho de los laudables esfuerzos
que en 1831 hizo la dirección general de estudios para desterrarla,
ordenando se enseñase precisamente a escribir a los niños por las
muestras españolas de Morante, Palomares, Torío de la Riba u otras
de esta clase. Llegó a tánto la anglomanía, que aun la autoridad
eclesiástica apoyó candorosamente por un momento la fundación de la
Sociedad Bíblica, y en el colegio de San Bartolomé se defendió en
públicas conclusiones de Sagrada Escritura, bajo la dirección del
catedrático, que era el rector mismo y canónigo de la catedral,
junto con la utilidad de la lección de la Biblia en lenguas
vulgares, lo benéfico de aquel instituto en nada opuesto, decían, a
los derechos de la Iglesia católica. En suma, Londres, corno
asentaba el Repertorio Americano en su prospecto
|
(11)
, no era solamente la
metrópoli del comercio: en ninguna otra parte del globo eran tan
activas como en la Gran Bretaña las causas que vivifican y fecundan
el espíritu humano; en ninguna parte era más audaz la
investigación, más libre el vuelo del ingenio, más profundas las
especulaciones científicas, mas animosas las tentativas de las
artes. Con esta decidida predilección por cuanto venía de fuéra, y
en particular de Inglaterra, concurría una fe sincera, aunque
excesiva, en los principios democráticos y un amor ilimitado a la
libertad civil, que atribuyendo a las leyes un origen casi sagrado,
aspiraba a someterlo todo a ellas y miraba como enemigo público a
quien dejase sospechar siquiera que pensaba sobreponerles otra ley
u otra voluntad. Era además estímulo a la determinación de fundar
una república sólida y respetable la expectación con que se
observaba fuéra a los Estados americanos; pues si unos presagiaban
que no llegarían a sazón, devorados por las discordias o atajados
por la ineptitud, los mejor dispuestos aguardaban, para
dispensarles su amistad, a que diesen continuadas pruebas de
juicio. En todos los periódicos del antiguo mundo se publicaban las
noticias de América, y según eran favorables o adversas al orden y
estabilidad, crecía allí la esperanza o el recelo, y subía o bajaba
el crédito en el mercado. De modo que para la gente pundonorosa que
aspiraba a tener una patria estimada en el exterior, era tormento
cruel imaginar que, por efecto de revueltas y desórdenes, pudieran
ser escarnecidos por España y la Santa Alianza o mirados con desdén
por la Gran Bretaña o los Estados Unidos.
Entre las huellas que dejó la influencia española es visible
sobre todo la franqueza en el desdén de las cosas de piedad y
religión, que en los tiempos anteriores a lo menos se había
contenido bastante. Pero no puede uno pensar que la depravación
fuese tan grande como después se ha dicho, cuando considera que
particularmente los jóvenes en su mayor parte volvieron sobre sus
pasos, para venir a ser la base del partido moderado que andando
los años se llamó conservador. Muchos de los que han sido tenidos
por corifeos de la impiedad, daban muestras de religiosidad, que no
tenernos derecho a tildar de hipocresía. Santander era asistente
seguro en todas las fiestas de iglesia, sin que valga decir que su
objeto era espiar lo que se predicara contra el gobierno, pues
nunca faltaba, por ejemplo, a las lamentaciones y tinieblas de la
semana santa, para las cuales le ponían en la catedral su asiento
cerca del coro, y seguía atentamente el oficio. Pasados algunos
años, junto con nuestra familia, iba el doctor Francisco Soto con
la suya a la capilla Castrense, a rezar la doctrina cristiana,
obedeciendo al cura, que había invitado a todos los que se habían
hecho empadronar como católicos. Lo que en nuestro sentir hacían
los más de estos hombres públicos era subordinar las cuestiones
religiosas a las políticas, para ahogar toda resistencia con que
pudieran simpatizar los partidarios de la dominación española. Al
cambiarse las circunstancias y recobrando su imperio la equidad
natural, casi todos hicieron justicia al mérito. Con respecto al
doctor Cuervo tenemos un testimonio íntimo que con satisfacción
alegamos. Sabido es que La Miscelánea apoyó los procedimientos del
gobierno contra las predicaciones del doctor Margallo; pues bien, a
pocos días de pasado éste a mejor vida, compró a sus herederos el
doctor Cuervo el
|Espíritu de San Francisco de Sales, y en la
primera página escribió de su letra y firmó estas palabras:
"Esta obra pertenecía al señor doctor Francisco Margallo y
Duquesne, y yo la compré a sus herederos el 6 de junio de 1837, por
conservar una prenda de aquel piadoso, ilustrado y ejemplar
sacerdote."
Las consideraciones que anteceden nos dispensan de exponer
cuáles eran las opiniones de que participaba el doctor Cuervo como
miembro de la juventud liberal al empezar a tomar parte en la
política. Sólo nos resta mostrar la independencia y moderación con
que las sostenía, y cómo, acendrándolas con la experiencia, fue
obedeciendo a los dictados del patriotismo durante la época borras
cosa que precedió a la disolución de Colombia.
El 18 de septiembre de 1825 apareció el primer número de
|La
Miscelánea, y a nadie se ocultó que sus redactores eran don
Alejandro Vélez, don José Angel Lastra, don Juan de Dios Aranzazu,
don Pedro Acevedo, y el doctor Cuervo, jóvenes todos y unidos por
unas mismas aspiraciones y por un mismo entusiasmo en favor de la
libertad fundada en el orden. En el prospecto aparece aquella
franqueza y valor ingenuo de la juventud, que cree que la verdad es
para dicha a todos y en todas ocasiones.
''La política, escriben, la legislación, el comercio, la
literatura ocuparán un lugar preferente en nuestras líneas; amantes
de la libertad y celosos de nuestros derechos, vigilaremos
cuidadosamente la conducta de los magistrados, para denunciar sus
faltas y reclamar el cumplimiento dé las leyes. Seremos libres en
nuestras censuras, pero decentee en nuestras expresiones; las
personas y todo lo que diga relación a la vida privada, es una
propiedad que miramos como inviolable. Combatiremos los principios
que no creamos en armonía con las instituciones que nos rigen, o
con las que reclama el bien del mayor número; y como tendremos que
luchar con opiniones añejas, con intereses encontrados, con
preocupaciones envejecidas, y sobre todo con hombres altivos, unos
por el poder, otros por el prestigio que les ha divinizado, es
probable que encontremos enemigos en la ruta; pero esperamos de la
justicia de nuestros conciudadanos que no se nos ataque con
insultos y sarcasmos, porque sobre ser demasiado prohibidas estas
armas, sólo sirven para desnaturalizar las cuestiones.
La constitución de Colombia, este libro precioso que nos ha
restituído al goce de nuestros más caros derechos, será uno de los
objetos de nuestras meditaciones; la defenderemos con constancia, y
si alguno de sus artículos mereciere nuestra crítica, será con el
solo intento de promover su reforma en el modo y términos que ella
misma previene; pero nunca con el de provocar a la
desobediencia.
Nuestro estilo será unas veces serio, otras jocoso; siempre
libre, pero moderado."
Consecuentes a estos propósitos, censuraron al gobierno siempre
que lo creyeron necesario, hasta recibir de la
|Gaceta el
calificativo de maldicientes; abogaron por la fiel administración
de justicia lo mismo en los negocios de los particulares que en un
juicio de imprenta entablado por el promotor fiscal eclesiástico
con ocasión de un artículo inserte en
|El Constitucional; así
aguijonearon la morosidad de los jueces como condenaron, aplicando
la fábula del gusano de seda y la araña, la precipitación de
ciertos magistrados de la corte superior del departamento que en
menos de cien días habían despachado trescientas causas;
combatieron con igual vigor el fuero militar y las pretensiones de
esta clase, que los "misterios, ceremonias y
embelecos" de la masonería; y si rindieron el merecido
homenaje de admiración al heroísmo, generosidad y desinterés de
Bolívar, aplaudieron el enjuiciamiento de Córdoba, de Páez y de
Peña. Con este ardoroso celo de las doctrinas republicanas y de la
observancia de las leyes, no era mucho que, confesándose católicos,
respetuosos para con el clero, defendieran en favor del gobierno de
la República las regalías propias de la corona de España, y que
reprendiesen a ciertos sacerdotes cuyas predicaciones daban en
algún modo alas a los enemigos de la patria, en cuanto las censuras
enajenaban al gobierno los ánimos de las poblaciones creyentes y
timoratas. No puede negarse, y es cargo que se les ha hecho, que en
uno que otro artículo asoma el filosofismo, peculiar de la
época.
Citaremos dos pasajes que creemos ponen de manifiesto el
espíritu independiente que dominaba esta publicación. Hablando de
la proclama dada por el vicepresidente Santander con motivo de su
reelección, dicen:
"Ella respira franqueza, generosidad, patriotismo y
sobre todo liberalidad. Juzgamos que su autor, a pesar de algunos
errores, tiene el mérito de haber planteado y hecho marchar al
través de innumerables obstáculos el sistema constitucional.
Tenemos el derecho de decir esto sin que se nos pueda tachar de
parciales, porque los que hayan leído los treinta números de
nuestro papel que tenemos publicados, conocerán que nosotros no
pertenecemos a ningún partido y que nuestra misión no es la de
prodigar elogios a nadie."
Es el otro pasaje relativo a un artículo en que se demostraba
con sólidas consideraciones políticas lo incompatibles que son las
sociedades secretas con el orden y buen concierto de la
República:
"Hemos recibido (se lee en la página 146) una carta
firmada
|Juan de la Luz en que se nos reconviene por haber
escrito contra la masonería, y se nos dice
|seriamente que
debemos retractamos. Hacemos saber a su autor que nosotros no
admitimos como escritores otra reconvención que la que se nos haga
ante los magistrados de la República, y que en lo sucesivo hará muy
bien en ahorrar su papel y su trabajo, y a nosotros nuestro tiempo,
que seguramente no lo tenemos tan de sobra como el señor Juan de la
Luz."
El mismo espíritu de justicia mostró uno de los redactores de
|La Miscelánea con don José Fernández Madrid, tratándose de
los acontecimientos que bajo su gobierno precedieron a la ocupación
de la capital por las fuerzas de Morillo. Al anunciarse la llegada
del que había sido presidente de la Nueva Granada a Cartagena
después de largos padecimientos, la opinión pública no estaba
acorde acerca de su valor y patriotismo en aquella época aciaga; él
mismo, para poner en claro su inocencia, pidió al gobierno que se
le residenciara con todo el rigor de la ley. Publicóse entonces
anónima una hoja titulada
|Venida del doctor J. Fernández
Madrid, en que se lo hacían graves cargos, y cuyo autor fue el
doctor Cuervo, según la biografía del mismo señor Madrid. A poco
dio a la imprenta el inculpado su
|Exposición, en que se
vindicaba cumplidamente; y en
|La Miscelánea de 23 de octubre
apareció la siguiente carta, reproducida luégo en
|El
Constitucional:
"Señor doctor José Fernández Madrid.
Cuando El Constitucional anunció la llegada de usted a Cartagena e
hizo el elogio de su persona, creí de mi deber tornar la pluma y
pronunciarme contra usted. Yo recordaba sus medidas ostensibles, y
no sabía la intención que las dictaba: las apariencias, como usted
mismo confiesa, le eran desfavorables, y estas apariencias, que no
hacían ver un traidor o un cobarde en el presidente de la antigua
Nueva Granada, me dictaron el papel que di al público con el título
de
|Venida del doctor José Fernández Madrid. Presentes a mi
imaginación los males que había causado a mi patria el ejército
carnicero de Morillo, creía a usted autor, en gran parte, de estos
desgraciados sucesos, y en aquellos momentos en que, herida mi
sensibilidad en lo más vivo, traía a la memoria los patíbulos, las
confiscaciones, los destierros, los excesos de toda clase, creí
vindicar en cierto modo el honor nacional, presentando a usted como
a uno de los que habían forjado cadenas a esta tierra, bien digna
de la libertad. Mas hoy que usted ha publicado su manifiesto, le
confieso con la misma ingenuidad con que están escritas las líneas
que anteceden, que mi razón se ha plegado al convencimiento, y que
miro en usted un jefe que cedió al imperio de las circunstancias, y
a la fuerza irresistible de la opinión y del destino. Desvanecidos
por su
|Exposición los motivos que me hacían mirar a usted
con ojos de horror, me congratulo de verlo restituído al seno de su
familia y amigos, y deseo que usted consagre sus talentos y luces a
esta patria, que tánto necesita de los esfuerzos combinados de sus
hijos. Viva usted tranquilo y feliz y reciba la atención de su
afecto servidor,
El autor de la
|"Venida".
El biógrafo del señor Madrid considera el documento anterior
como una de las páginas de oro de nuestra historia, y el general
Santander, escribiendo al mismo Madrid, le decía:
"Reciba usted mis enhorabuenas por el artículo que ha
publicado
|La Miscelánea de ayer sobre usted. Ahora sí
quisiera haber sido yo el Autor de la Venida, por merecer el honor
de ser un hombre honrado y de buena fe. Este artículo me parece un
hermoso triunfo: entre mil veces, una es en la que un enemigo
confiesa que se ha equivocado y ofrece deponer su encono
|
(12)
.
El último número del periódico, que fue el 39, salió el 11 de
junio de 1826, y en la despedida decía:
"Como
|La Miscelánea ha combatido el fanatismo
religioso, las preocupaciones militares, la infatuación masónica,
la arbitrariedad en el mando, los defectos de las leyes, las faltas
en su aplicación, los conatos de trasgredirlas y las rapiñas contra
el tesoro nacional, nos persuadirnos que dejará muy pocos amigos,
pero nos contentamos con el sufragio de un corto número de
hombres."
Sería incompleta la idea que tratamos de dar de
|La
Miscelánea, si nos contentáramos con delinear su carácter
político. Como su mismo nombre, lo indica y lo requerían las
circunstancias, se trataban en ella las materias más diversas.
Largo sería mencionar, aunque fuera brevemente, los hechos o
asuntos sobre que allí se discurrió con más o menos extensión y
acierto; pero no parecería justo dejar en olvido la parte
literaria. Habiendo hecho los más entre sus redactores sólidos
estudios de humanidades, pocos números hay en que no se toque algún
punto relacionado con las buenas letras. Llama particularmente la
atención el empeño con que inculcan la importancia de conservar en
toda su pureza la lengua castellana; y en este particular descubren
un criterio sereno y desapasionado que en nuestra patria no se
vuelve a encontrar hasta muchos años después. Consideraciones
puramente políticas les hicieron acoger el pensamiento, varias
veces manifestado por Bolívar, de tratar cuanto antes con España, y
esto aun cuando fuese menester para ajustar la paz hacerle
concesiones pecuniarias, las cuales se compensarían en breve con
las ventajas consiguientes a la cesación de la guerra. Cierto, para
una nación joven que llevaba quince años de guerrear heroicamente y
mantenía un ejército de veintisiete mil hombres que le costaban
cosa de siete millones de pesos al año, serían bienes incomparables
desahogar su tesoro devolviendo al trabajo tántos brazos vigorosos
ocupados en el ejercicio de las armas; aplicar los esfuerzos
distraídos por la atención de la guerra al fomento de la educación,
el comercio y la agricultura, y sobre todo consolidar sus
instituciones y afirmar la igualdad ante la ley atajando el
predominio del espíritu militar, que era de temer se arraigase en
el gobierno, viniendo a constituírse una especie de casta
privilegiada. Pero la juventud de entonces no se contentaba con
encerrarse en los estrechos límites de la patria, sino que aspiraba
a vivir en íntima fraternidad con los pueblos del continente; y
como fuera yana ilusión pensar que hubiese de cobijarlos un solo
pabellón, anhelaban mantener intactos los lazos por que ya estaban
unidos.
|La Miscelánea reconoció que uno de los más fuertes
es el de la lengua y literatura comunes, y aconsejó y empleó para
lograr esta unidad en América los medios más oportunos; y es cosa
que causa maravilla que, apenas acabada una guerra de exterminio,
supiese con justo temperamento reconocer la primacía literaria de
España sin comprometer la independencia política de América;
proponer a nuestra imitación los grandes modelos de que aquélla se
gloría, sin renunciar a las ideas modernas, y proclamar la unidad
literaria de los pueblos que hablan la lengua de Cervantes.
Juzgamos que se leerán con gusto estas citas:
"No sabernos si podríamos con justicia llamar nuéstra
la literatura española, porque regularmente se entiende por
literatura nacional las producciones de los hijos del país escritas
en su lengua propia, y nosotros no somos ya españoles. Mas por otra
parte nos inclinamos a creer que la literatura de una nación se
halla más bien en el idioma y en el genio peculiar suyo que la
caracteriza y la distingue de las demás, que no en las divisiones
ni mutaciones políticas, ni en que sea ésta o aquella la patria de
los que han contribuido a formarla con sus obras. De donde se
infiere que no hay ninguna impropiedad en decir que nuestra
literatura es la española.
"Nosotros creemos que es de sumo interés para los
nuevos Estados americanos, si es que quieren algún día hacerse
ilustres y brillar por las letras, conservar en toda su pureza el
carácter de originalidad y gentileza antigua de la literatura
española, tal cual se presentó en sus más hermosas épocas de Carlos
V y Felipe II. Hablamos en cuanto a la elegancia y nobleza de las
formas y los encantos y hechizos del estilo de los escritores de
aquellos tiempos, porque los asuntos mal podría sufrirlos la
tendencia general del siglo, las opiniones dominantes y aun las
ocupaciones habituales del hombre en el estado actual de las
sociedades.
Pensamos que los negociantes, los magistrados y todos los que de
cualquier modo puedan tener alguna influencia, deben proteger por
todos los medios que les sugiera el patriotismo y el amor a las
letras, la introducción de libros en español, la lectura y la
enseñanza por ellos y no por los que estén en lenguas
extranjeras."
Para dar calor a este movimiento de unidad literaria y dirigirlo
convenientemente, proponían, a la manera de la federación política
que debía sellarse en el congreso de Panamá, una federación
literaria representada constantemente en una academia formada de
miembros escogidos entre los más sabios de cada nación, y que había
de tener su asiento en una ciudad central, digamos Quito. Provista
de imprenta, biblioteca y cuantos elementos fuesen necesarios, y
ajena al mismo tiempo a toda ingerencia en tareas políticas, no
debía tener por instituto sino conservar la lengua castellana en la
misma pureza que nos la legó España, para que en ella pudieran
dignamente redactarse nuestros códigos, escribirse nuestra
historia, pintarse nuestra naturaleza y cantarse las glorias de
nuestros guerreros. Hoy que por otros caminos se procura llegar al
mismo resultado, tal pensamiento nos parece quimérico; pero quizá
lo era menos que el del congreso americano, porque es más fácil que
hambres de opiniones diversas se acuerden en el campo de la
literatura que en el de la política; compárese, si no, cualquiera
asamblea legislativa con la academia española o con la
francesa.
Saliendo del campo de la especulación, pusieron también manos a
la obra por medio de la crítica. En los artículos titulados
|Neologismo, Correspondencia entre un doctorcito flamante y su
padre, se satiriza con agudeza el galicanismo chabacano de los
recién graduados, que no habiendo estudiado ni leyendo sino libros
franceses o traducciones bárbaras, hacían alarde de estropear su
propia lengua.
No contribuye menos para formarse una idea acertada de las
tendencias y aspiraciones de
|La Miscelánea, el contemplar lo
que fueron y el papel que posteriormente desempeñaron sus
redactores. Todos se contaron entre los campeones denodados del
orden y del derecho. Acevedo mismo, muerto antes de cumplir
veintiocho años (31 de marzo de 1827), fue nombrado, sin que a
nadie causara extrañeza, miembro de la Academia Nacional entre los
hombres más eminentes de Colombia. Lo sorprendente es que habiendo
entrado casi niño en la carrera de las armas, pasado los días de la
dominación de Morillo oculto con su padre en las montañas de los
Andaquíes, y consagrado luégo tánto tiempo al servicio público,
primero en el Estado Mayor de Cundinamarca y después en la
secretaría de guerra, lo sorprendente, decimos, es que hubiera
hallado modo de adquirir tan buenos conocimientos científicos y
literarios. A él se debe la primera geografía de Colombia.
A Lastra tocó vida más larga para lucir sus claros talentos y
sólida y variada instrucción en diferentes cargos de importancia:
contador de diezmos, oficial mayor del ministerio del Interior y
relaciones exteriores, senador por Bogotá. Pero fue la magistratura
especialmente donde hizo estimar su saber, integridad e
independencia. Con su prematura muerte a los treinta y ocho años de
edad (9 de septiembre de 1837) creció el aprecio de sus virtudes
públicas, y en sus amigos jamás se borró el recuerdo de su lealtad,
benevolencia, trato jovial e instructivo y de la generosidad sin
límites con que servía a todos y a todos daba consejo.
Vélez, nacido en la provincia de Antioquia en noviembre de 1794,
discípulo de Caldas e ingeniero notable, prestó como tal servicios
importantes a la independencia; hecho prisionero por los españoles
y enrolado como soldado raso, descubrió Enrile sus talentos y le
empleó en varios trabajos de planos y dibujos para enviar a España.
Habiéndos fugado, volvió defender la causa nacional, hasta que,
viéndola triunfante, quiso dedicarse al comercio, y recorrió varios
países de Europa. De vuelta, redactó
|La Miscelánea, y luégo
fue nombrado sucesivamente cónsul y encargado de negocios en los
Estados Unidos. Asistió al congreso de 1830 y a la convención
granadinas, y obtuvo los cargos más importantes hasta la época de
su muerte. Presté el más decidido apoyo a la administración de
Márquez, escribiendo con sus antiguos compañeros en
|El Argos
y otros periódicos. Siendo necesaria su asistencia para la
instalación del senado en 1841, y hallándose de muerte, se reunió
aquel cuerpo en su casa; al prestar el juramento, dijo: ''Muero
tranquilo, habiéndome concedido la Providencia el placer de
contribuir, aunque moribundo, a la instalación del congreso que
salvará mi patria de la anarquía. Este es el último servicio que
puedo prestarle".
Es penoso haber de condensar en pocas líneas el recuerdo de
Aranzazu (1798-1845), varón eximio de que pocos iguales ha
producido nuestra nación. Ninguno más entero en sus principios y al
mismo tiempo más tolerante, ninguno más celoso de la libertad y más
repetador del derecho, ninguno más amante de su patria y más
circunspecto en promover su engrandecimiento. Nació rico, y por
servir a la causa pública murió pobre, después de haber acrecentado
con sus talentos la hacienda nacional. Cuantos le conocieron no
acababan de ponderar su apuesta figura, sus modales delicados, su
conversación inimitable, su ecuanimidad en los más variados trances
de la vida. Sus escritos se distinguen por una sencilla elegancia,
sin género alguno de prestados afeites, por su corrección y
claridad, por la elevación de las ideas y por aquel vigor del
razonamiento que confunde al adversario sin avergonzarlo de su
vencimiento. Estudiaba filosofía en el colegio de San Bartolomé el
20 de julio de 1810, y desde ese mismo día mostró su entusiasmo por
la libertad; enviado a Maracaibo, donde la familia tenía una casa
de comercio, a fin de alejarle de sus compañeros, tomó parte en el
primer movimiento revolucionario que allí hubo, y malogrado éste,
para librarle de persecuciones sus allegados le enviaron a Méjico.
Al volver a Colombia mostró en los congresos la independencia de su
carácter y su firmeza en los principios liberales, sorprendiendo
con su saber en ciencias políticas cuando sólo se le creía
literato. La convención de 1830 le designó como la persona más
adecuada para presentar a Venezuela la nueva constitución; y al
mismo tiempo que con su prudencia desarmaba la emulación de los
enemigos de la unidad colombiana, atendía a la creación de fuerzas
al lado de acá del Táchira para rechazar cualquiera invasión.
Después de asistir a la convención de la Nueva Granada, pasó como
gobernador a Antioquia, su provincia natal, donde en breve tiempo
dio cima a importantísimas mejoras en la instrucción pública, en
las vías de comunicación y en el buen orden de las rentas. Ayudó al
lucimiento de la presidencia de Márquez desempeñando la secretaría
de hacienda; mas obligado a dejarla por un violento ataque de la
enfermedad que de tiempo atrás le aquejaba, fue nombrado presidente
del Consejo de Estado. Aquí, donde se pensaba darle un puesto igual
a sus fuerzas físicas y no desproporcionado a sus merecimientos,
fue donde hubo de ostentarse toda su fortaleza y patriotismo: casi
disuelta la República, cae enfermo el vicepresidente Caicedo, y
tiene que ocupar su lugar el que apenas podía menearse. Tendido en
una hamaca oía al consejo y despachaba todos los negocios con una
serenidad que no eran parte a turbar ni los desastres del gobierno
ni los más acerbos dolores físicos.
Al doctor Cuervo tocó en suerte sobrevivir a todos sus
compañeros: por las páginas de este libro se podrá juzgar si su
vida correspondió a los ejemplos dejados por los amigos de su
juventud.
|
(1)
|
Gaceta de Cundinamarca, de 24 de
diciembre de 1820.
|
|
(2)
|
La primera edición de la traducción
del Tratarlo de legislación por ''Ramón Salas, ciudadano español y
doctor en Salamanca'', salió a luz en Madrid, 1821-1822. También en
Madrid y en 1821 salieron los
|Elementos de verdadera lógica.
Compendio o sea extracto de los elementos de ideología del senador
Destutt de Tracy, formado por el presbítero don Juan Justo García,
jubilado de matemáticas, de la Universidad de Salamanca, diputado
por la provincia de Extremadura a las cortes ordinarias de los
años 20 y 21. Es indudable que el prestigio de Bentham se
afianzó en Colombia por la circunstancia de ser inglés, así como es
probable que hicieran simpático también a Tracy sus entronques con
los norteamericanos. En un espléndido banquete que dieron a
Lafayette los franceses residentes en Filadelfia a fines de 1824,
el ministro de Colombia, don José M Salazar, propuso este brindis:
"Al célebre Destutt de Tracv, par de Francia miembro de la
sociedad filosófica de Filadelfia, uno de los primeros sabios de
Europa, defensor de las instituciones liberales, amigo de
Jefferson, de la América, y de la humanidad y que reúne el bello
título de padre de Madama Washington Lafayette'' (es decir de la
mujer del hijo de Lafayette, llamado Jorge Washington). No es
ocioso agregar que estas doctrinas habían estado arraigándose a la
sordina en España, y que sin duda llegaran a toda América, como
llegaron a Cuba, aun sin declararse independiente.
|
|
(3)
|
V. de la Fuente, Historia
eclesiástica de España, tomo III, p. 394 (Barcelona, 1855).
|
|
(4)
|
Por estas disposiciones de la ley
española se explica la conducta del doctor Nicolás Cuervo en el
caso que menciona el señor Groot en su Historia, tomo III, p.
166.
|
|
(5)
|
Así lo manifestó Bolívar a don
Manuel José Mosquera a su paso por Popayán en 1829. Por lo que toca
a Santander, vemos afirmado esto en un artículo publicado en la
Gaceta de Colombia número 215.
|
|
(6)
|
Los disgustos que dejamos apuntados
no fueron los únicos que a la Santa Sede ocasionaron con España los
asuntos americanos. Cuando por las gestiones de Cienfuegos fue
enviado a Chile Monseñor Muzi, arzobispo de Filipos, acompañado del
que andando el tiempo había de ser Pío IX, fueron éstos echados por
un temporal a Palma de Mallorca, y como el gobernador supiese
quiénes eran los eclesiásticos que iban a bordo y cuál el objeto de
su misión, los arrestó inmediatamente, los tuvo cuatro días en la
cárcel sujetándolos a una vejatoria pesquisa judicial, y estuvo a
pique de enviarlos a un presidio de Africa. Estas noticias y algo
de lo que decimos en el texto debemos a la obra del Cardenal
Wiseman:
|Recollections of the last four Popes and of Rome in
their times, (León XII, cap. VIII; Gregorio XVI, cap. I).
Nuestro ministro don Ignacio Tejada se vio hostilizado por intrigas
del gobierno español, hasta el punto de haberle costado trabajo el
que se le permitiese residir en Roma. Véanse en comprobación las
notas publicadas en la Gaceta de Colombia, número 194, y compárese
lo que sobre el particular se halla en los números 197 de la de
Colombia y 42 de la Nueva Granada. Los pormenores deben constar en
la correspondencia oficial que ha de encontrarse en el archivo del
Ministerio de Relaciones Exteriores; pues el gobierno naturalmente
no publicaba sino lo que podía atenuar la mala impresión de
noticias llegadas por otros conductos.
|
|
(7)
|
Carta de Bolívar a Páez fechada en
Lima el 8 de agosto de 1826 (Baralt, Resumen de la Historia de
Venezuela, tomo II, pág. 154).
|
|
(8)
|
|Exposición dirigida a S. M. el
señor don Fernando VII desde París en 24 de enero de 1826, por
el excelentísimo señor don
|Javier de Burgos, sobre los males que
aquejaban a España en aquella época, y medidas que debía adoptar el
gobierno para remediarlos. Cádiz, 1834. Estas noticias se
publicaban constantemente en la Gaceta y demás periódicos de
Colombia.
|
|
(9)
|
Puede formarse concepto aproximado
de las ilusiones que se tenían en materia de colonización,
considerando que en 26 de septiembre de 1833 declaró el gobierno
granadino haber caducado veinticuatro contratas hechas de 29 de
octubre de 1823 a 30 de enero de 1827, por las cuales se concedían
más de dos millones y medio de fanegadas de tierras baldías, a
condición de cultivarlas y poblarlas. Entre los contratistas
figuraban, con algunas casas inglesas, muchos ciudadanos conocidos
y pudientes de Colombia. El doctor Cuervo en unión de varios socios
obtuvo una concesión de 20.000 fanegadas el 22 de octubre de
1825.
|
|
(10)
|
Las primeras carreras se
verificaron los días 25, 27, 28 y 30 de junio de 1825.
|
|
(11)
|
Número de octubre de 1826. Sabido
es que esta afamada revista era redactada en Londres por Bello y
García del Río.
|
|
(12)
|
Biografía de don José Fernández
Madrid arreglada por Carlos Mario Silva, págs. 155 sigs. Bogotá,
1889.
|