CAPITULO X
LEGACION EN EL ECUADOR
(Antecedentes)
Aspiraciones del Ecuador a poseer
la provincia de Pasto.-En general Juan José Flóres.-Conducta del
gobierno del Ecuador en los primeros días de la revolución de
Pasto.-Es nombrado el doctor Cuervo encargado de negocios, y se
pone en camino para Quito.-Situación de las fuerzas granadinas en
Pasto. Flores presta auxilio a Herrán, y condiciones que se
estipulan. Convenio con Mosquera.-Cambia inmediatamente la
situación. Combate de Huilquipamba.-Queda Pasto encomendado a una
división ecuatoriana mientras Mosquera y Herrán se vuelven al
interior.-Primer resultado de la intervención extranjera. Se
extiende la revolución.-Aprieto de Bogotá.-Repara el gobierno sus
pérdidas.
La revolución de Pasto no sólo fue preludio de la que iba a
desolar la nación entera, sino de complicaciones de gran
trascendencia con la república vecina. Desde tiempo atrás miraba el
Ecuador con ojos ávidos la provincia de Pasto, y acechaba ocasión
oportuna para apropiarse el todo o parte de ella. Halagábale la
idea de obtener así una frontera militar por el norte, proporcionar
a los hacendados, a los dueños de obrajes y demás negociantes
propio y más extenso mercado para sus frutos y artefactos, y
asegurarse además de las gruesas cantidades de oro de excelente ley
que se extraían de Barbacoas, y con las cuales se sostenía
únicamente la casa de moneda de Quito.
En Pasto mismo no habían faltado desde mucho antes partidarios
del Ecuador, quienes lograron que Bolívar en enero de 1830
segregase en lo judicial esta provincia del departamento del Cauca
y la incorporase al del Ecuador, fundando el decreto en que la
población de Pasto tenía casi todas sus relaciones más bien con el
segundo que con el primero, y en que el tránsito de Pasto a Popayán
es muy penoso por lo caro de los víveres y lo mortífero del
temperamento. A poco representaron contra esta provincia algunos
vecinos alegando razones semejantes, y el gobierno de Colombia la
derogó. En 27 de abril un número casi igual de vecinos pidió al
general Flores, prefecto general del sur, que decretase la
agregación absoluta de la provincia al departamento de su mando, y
él sin titubear accedió a la petición, prometiendo que la
sostendría por todos los medios legales y a costa de cualesquiera
sacrificios. Esto escribió el 5 de mayo en Quito, y el 13 declaró
esta ciudad que el Ecuador formaba una nación independiente, y
nombró jefe supremo al mismo general Flores. Fácil a semejantes
intrigas, confirmó Pasto el 3 de noviembre con otro pronunciamiento
firmado por pocos más vecinos su incorporación al Ecuador; y el
nuevo Estado vio colmadas sus aspiraciones, cuando en el
desmoronamiento de Colombia, Popayán y otros lugares del Cauca,
oyendo los consejos del egoísmo, para librarse de la anarquía de
las provincias del centro, se sujetaron a su constitución y leyes
corno parte de su territorio, admitieron guarnición y nombraron
diputados al congreso de Quito. Popayán, chasqueadas sus esperanzas
con el desbarajuste de la patria recién adoptada, dio pronto a la
antigua el gozo de volver a su seno. En cuanto a Pasto, resistía el
Ecuador la devolución; mas forzado por la Nueva Granada a
encerrarse dentro de sus antiguos linderos, de muy mala gana, y
como quien no puede más, firmó el tratado de 8 de diciembre de
1832. Nada contento de resignarse a tamaño sacrificio, se propuso
demorar y entorpecer la ratificación, sobre todo la del artículo 2
relativo a límites, como para dejar abierta la puerta con el fin de
renovar antiguas pretensiones
|
(1)
. En vista de esto el congreso de la Nueva
Granada dio su decreto de 19 de mayo de 1834, que fue como una
declaratoria de guerra al Ecuador en caso de negarse a la
aprobación y ratificación. El poder ejecutivo lo notificó
rotundamente al gobierno de aquel Estado, fijando por plazo el 1°
de octubre siguiente; pero surgieron nuevas dilaciones con motivo
de los grandes trastornos que allí sobrevinieron, y las
ratificaciones no se canjearon hasta el 15 de septiembre de 1835.
Así, la prosperidad y el orden que habían reinado en la Nueva
Granada contuvieron las miras ambiciosas de nuestros vecinos, hasta
que sucediendo la revolución de Pasto, pensaron ellos encontrar ahí
una feliz coyuntura para el logro de sus anhelos, y olvidadas las
querellas de partido, con un solo aliento apoyaron al general
Flores, jefe de la nación y alma de estos proyectos.
Antes de pasar adelante juzgamos oportuno copiar de unos apuntes
inéditos del doctor Cuervo, escritos bajo la impresión misma de los
acontecimientos, varios rasgos que dan a conocer la cabeza que
combinaba tales maquinaciones y el brazo que había de darles
cima.
"No muy conocido el general Juan José Flóres durante la
guerra de la Independencia, sólo empezó a serlo después de
debeladas las huestes españolas en Colombia y en el alto y bajo
Perú. Hombre de valor, de talento y de fina perspicacia, fue
distinguido con particularidad por Bolívar, que tan entusiasta se
mostraba por las prendas relevantes. En la célebre jornada de
Tarqui fue él quien ejecutó el plan de batalla que hizo morder el
polvo a los peruanos. Valióle su bizarro comportamiento el grado de
general de división. Disuelta Colombia, creyó Flores que en la
división y partición que de ella hicieron los antiguos
libertadores, debían tocarle en herencia los tres departamentos
meridionales, y en efecto, constituído bajo su influencia y poder
el nuevo Estado del Ecuador, fue su primer presidente. Poco
satisfechos los ecuatorianos de ser gobernados por un venezolano,
intentaron en 1833 y 34 sacudir su dominación, logrando reducirlo
al suelo que materialmente ocupaba; pero hábil y astuto logró
triunfar espléndidamente de sus enemigos y que le sucediese en el
mando el ilustrado patriota don Vicente Rocafuerte, cuya amistad
había sabido conquistar por medios de que la historia presenta
pocos ejemplos. Durante los cuatro años que estuvo separado del
poder, aunque sin carecer de grande influencia en los negocios
públicos, se dedicó al cultivo de las letras, en las que con más
método y sistema en el estudio, pudo haber hecho más sólidos
adelantamientos. En 1839 volvió a tomar las riendas del gobierno.
Como hombre de Estado, no le debe el Ecuador progresos y mejoras en
los varios objetos que debieran llamar su atención, siendo sus
inclinaciones y aun muchas de sus virtudes personales tan poco
adecuadas como sus defectos para la severa administración pública,
en particular la de hacienda. Dadivoso hasta la prodigalidad amable
y complaciente con todos, especialmente cuando se le lisonjea su
vanidad como guerrero o como literato, las rentas públicas no han
estado bien administradas bajo su mando, ni el verdadero mérito ha
ocupado siempre los destinos más importantes. Afable y popular, a
veces con menoscabo de su dignidad, generoso con sus enemigos, y
convencido íntimamente de su sagacidad y su valor, prendas a que da
mayor realce la inexperiencia de los ecuatorianos, ha logrado
sobreponerse a los partidos, sin conseguir no obstante dar
estabilidad a su gobierno. Censúrasele generalmente que todo lo
ofrece y nada cumple, que gasta en intriguillas y frivolidades el
tiempo que debiera consagrar al despacho público, y
|
que no
contento con ser el primer magistrado de la República, aspira a que
se le señale en el Parnaso un lugar superior a sus merecimientos.
(Impreso de 1838, titulado
|Verdades amargas). En su trato
particular es imposible aun al más adversamente prevenido dejar de
estimarle por su naturalidad y llaneza y por sus modales apuestos y
cumplidos. Menester es una perspicacia nada común para descubrir
bajo un exterior franco y militar la más profunda y disimulada
astucia. Pululan en su inquieta y desasosegada cabeza proyectos de
todo género, bien para satisfacer su ambición, o bien para distraer
y lisonjear los pueblos, a fin de que no piensen en la política;
empero no es de sus principales cualidades la constancia para
fijarse en un plan y conducirlo a su término. Tal es aunque en
miniatura el retrato histórico, político y social del actual
presidente del Ecuador. Bien querría mi pluma no trazar rasgo
alguno poco favorable a un hombre por quien tengo, desde que lo
traté, grata y fuerte simpatía; pero la patria y mi propio honor
exigen que sacrifique a la verdad y a la justicia mis más caras
afecciones. Si en el curso de mi vida me encontrare en ocasión de
servir al general Flores o a su estimable familia, me consideraré
feliz de poder hermanar mis deberes con mis afectos, acreditándole
que la ingenuidad y la franqueza del hombre público no están en
riña con la estimación personal."
A poco de tenerse noticia en Bogotá de la rebelión de Pasto, el
encargado de negocios del Ecuador manifestó al secretario de
relaciones exteriores que tenía instrucciones de su gobierno para
significar al de la Nueva Granada lo sensible que le había sido
saber el trastorno del orden en el cantón de Pasto y que podía
contar, como siempre, con la leal amistad y con la fiel observancia
de los pactos existentes, y aun ofrecía el auxilio de fuerzas
ecuatorianas, si se juzgaba necesario
|
(2)
. Desde febrero del año siguiente se
acercaron a la frontera fuerzas ecuatorianas como para custodiarla,
y sin embargo de eso llegaban continuamente avisos a nuestro
gobierno de que se enviaban del otro lado del Carchi auxilios a los
facciosos y de mil maneras se instigaba a hacer pronunciamientos y
actas para la agregación de la provincia de Pasto al Ecuador. Así
tuvo que manifestarlo nuestro secretario de relaciones exteriores
al encargado de negocios de aquella República en Bogotá,
especificando los hechos, para que se pusiese el remedio necesario
(3 de junio)
|
(3)
.
Como la voz pública culpase de todo esto al presidente mismo del
Ecuador, don F. Marcos, ministro de relaciones exteriores, ofició
el 12 de mayo en términos cautelosos a nuestro gobierno para que
desestimase los informes enviados de Pasto, agregando ser verdad
notoria que la opinión de su país estaba pronunciada por la
fijación perentoria de sus límites septentrionales y meridionales,
y que debía ser bien sabido que la voluntad del cantón, de
Túquerres especialmente era incorporarse al Ecuador; y para
concluir hacía la singular protesta de que nunca se emplearían
otras vías que las de la negociación, ni otras fuerzas que la
razón, el convencimiento y la voluntad bien expresada de los
pueblos. Como era forzoso, se le contestó enérgicamente (14 de
julio), rechazando la peregrina idea de dar por no existentes los
tratados públicos de 1832, y desembozando, a la luz de lo que
acontecía, las intenciones de promover pronunciamientos, y en fin,
de segregar la provincia de Pasto so pretexto de obtener buenas
fronteras
|
(4)
.
Puestas en situación tan delicada las relaciones entre las dos
repúblicas, juzgó conveniente nuestro gobierno enviar un agente
diplomático a Quito. Nombró primeramente al general Tomás C. de
Mosquera con el carácter de encargado de negocios; pero no siendo
posible que éste desempeñase el cargo por estar de segundo jefe de
la división del sur, designó en su lugar y con el mismo carácter al
doctor Cuervo (6 de agosto de 1840).
"El objeto de esta misión", escribía el último
en los apuntes mencionados, "era examinar de cerca la
conducta del gobierno del Ecuador e impedir o protestar cualquier
medida con que tendiese a fomentar la sedición en la provincia de
Pasto o a desmembrar nuestro territorio, aprovechándose de nuestras
disensiones interiores, lo que, según había comenzado a susurrarse,
no sin fundamento, estaba ya poniendo por obra. Asunto era éste en
que se atravesaban la dignidad de la nación granadina y la
integridad de su territorio, no menos que el honor del gobierno.
¿Podría sin desdoro negarme a su desempeño en los días de
conflicto, después de haber aceptado otras graves comisiones en los
de reposo y prosperidad? Yo había prestado mi débil apoyo a la
administración del 4 de marzo, porque creía entonces, como creo
hoy, que es tarea patriótica y digna de alabanza la de sostener con
lealtad y sin bajeza estos débiles gobiernos de la América contra
un espíritu democrático mal entendido y peor aplicado, contra las
pretensiones exageradas de militares orgullosos, y en fin, contra
la ignorancia, la haraganería y los hábitos viciosos de las masas,
que son de ordinario juguete de los facciones y de los
intrigantes."
No faltaron entre los que sólo ven las acciones humanas al
través de su propia malignidad, quienes achacasen la aceptación de
este cargo diplomático al intento de guarecerse de la borrasca que
ya se veía venir sobre la República. "Ruin y
aventurado", dice el doctor Cuervo, "fue este
cálculo basado solamente en la suposición gratuita de estrechas
miras que nunca he abrigado. Verdad es que desde mediados de aquel
año (1840) empezaba a presentarse oscuro y encapotado el horizonte,
mas por muy recia que hubiera de ser la tormenta, nunca podría
imaginar, quien pecho notable y generoso tuviese, que ella había de
conmover hasta sus últimos cimientos nuestra sociedad. ¿Cómo
suponer, en efecto, que un país que tántas pruebas había dado de
cordura y de juicio, que se presentaba como una honrosa excepción
entre los horrores y escándalos de la América española y que
comprobaba a la faz del mundo que no es exótica la libertad en los
pueblos que hablan la lengua de Castilla, cómo suponer, repito, que
este país tan fecundo en hombres de grande ingenio, habría de
convertirse antes de seis meses en un teatro de perfidias y
defecciones, de matanza y de latrocino?"
El 19 de agosto, dejados los cargos de director del crédito
nacional y director general de instrucción pública, salió de Bogotá
tomando la vía de Cartagena y Panamá. Prefirióla, bien que larga y
penosa, por la ninguna seguridad que ofrecía la de Popayán, y para
instar al ilustrísimo señor don Mateo González Rubio, que de deán
de la catedral de Cartagena había sido preconizado obispo de
Lambesa
|in partibus infidelium y auxiliar de Popayán con
residencia en Pasto, para que acelerase el viaje a su diócesis,
donde el Gobierno esperaba con razón que su influjo inclinara los
ánimos a sumisión y obediencia.
Entre tanto las fuerzas granadinas, privadas de recursos y aun
incomunicadas con el interior de la República, eran víctima de las
más duras calamidades. Más de un año hacía que estaban empeñadas en
ingrata y porfiada lucha, en que los pastusos, diestros ya desde
las guerras de la Independencia en el arte de combatir en guerrilla
y favorecidos por sus agrias y casi ineccesibles montañas, cansaban
a nuestros soldados con ataques desparramados y continuos, sin
presentar jamás una acción decisiva. En ocasiones se les creía
completamente vencidos, y a poco volvían a aparecer con nueva
osadía. Para que nada faltase, se presentó la epidemia cebándose
cruelmente en las tropas del gobierno; más de setecientos hombres
habían muerto de viruela, disentería y calenturas, amargo fruto del
hambre y de las más crueles penalidades. Tan tristes y cada día más
apuradas circunstancias decidieron al fin al general Herrán a
"convenir en que las fuerzas del Ecuador pasasen a este
lado del Carchi hasta el Guáitara o hasta el Juanambú si fuese
preciso, con el único y exclusivo objeto de destruir las facciones
acaudilladas por Andrés Noguera y el ex-general José María
Obando"; y con la expresa condición de que
"respetarían y sostendrían las autoridades legales de la
Nueva Granada, en los mismos términos en que debían hacerlo las
tropas granadinas, y se retirarían al Ecuador tan pronto como lo
dispusiese el presidente de la Nueva Granada o el jefe de la
división de operaciones del sur" (19 de agosto). En las
discusiones que surgieron después con ocasión de estos convenios y
de los sucesos a ellos consiguientes, fue punto de honor nacional
sostener los unos que Herrán había solicitado el auxilio de Flores
y los otros que Flores había convidado con él. Los documentos
publicados entonces no ofrecen prueba terminante ni en favor de lo
uno ni de lo otro; pero ya vimos que la oferta se hizo en Bogotá, y
sin ella sería fácil colegir de la posición de los dos generales lo
que probablemente pasara. La situación de Herrán era desesperada,
su tropas se acababan a ojos vistas, los guerrilleros lo acosaban
casi hasta cortar su comunicación con el gobierno, y le era de
absoluta necesidad al replegarse al norte no perder el terreno que
ocupaba, ni dejar libre la puerta a los auxilios que del Ecuador
podían recibir los facciosos. Para esto no tenía otro recurso que
empeñar a Flores en su causa; puesto en este trance, exageró
notablemente la pujanza de Obando, y pintó con colores recargados
los peligros que amenazaban al Ecuador. Flores por su parte estaba
alerta para asir cualquier ocasión de adelantar sus proyectos, e
imaginando la posible disolución de la Nueva Granada, ansiaba
cuanto antes poner el pie firme en la parte que se tenía señalada;
y esta oportunidad le fue tanto más preciosa, cuanto en los riesgos
que le decían amagaban a su patria, tenía con qué escudarse de todo
cargo ante las naciones extranjeras. Ahora, entre dos que quieren
una misma cosa, es obra de un paso ponerse de acuerdo, sin que al
cabo pueda decirse cuál fue el solicitado o el solicitador.
Comoquiera que ello sea, Flores no tenía ni motivo, ni voluntad de
servir de balde a la Nueva Granada, y puso todo su cuidado en sacar
desde el primer momento prendas para asegurar el logro de sus más
acariciados ensueños. Dióselas el general Herrán, que persuadido
acaso por los desastres que tenía ante los ojos, de que la
provincia de Pasto era como un cáncer para la República, cayó en la
debilidad de "ofrecerle confidencialmente emplear lo poco
que valía como hombre privado en apoyar el proyecto de que se
fijasen los límites del Ecuador en el Guáitara hasta su desagüe en
el Patía y de allí por éste hasta la costa, mediante justas
indemnizaciones, y bajo el supuesto de que la negociación no había
de celebrarse hasta que la provincia de Pasto estuviese
perfectamente tranquila, y por consiguiente las tropas del Ecuador
hubiesen repasado el Carchi
|
(5)
". Oficialmente dijo al ministro
de relaciones exteriores del Ecuador en la nota de 19 de agosto, de
que atrás copiamos algunas frases:
"Por último, voy á hablar a V. S. de un punto en que
nada puedo hacer, pero que, habiendo dado motivo para que se
compliquen las relaciones de estas dos repúblicas, no debo
desentenderme de él; hablo de la cuestión de límites entre las dos
repúblicas. Algunos ecuatorianos y algunos granadinos traidores
emigrados en el Ecuador han suministrado al cabecilla Noguera
muchos elementos de guerra, y han trabajado infatigablemente para
sostener y engrosar la facción, para obtener por medio de ésta la
incorporación de la provincia de Pasto o de una parte de su
territorio al Ecuador. Tal conducta ha causado una justa alarma en
la Nueva Granada, porque se ha creído ofendido el honor nacional y
se ha visto con pena que en países civilizados haya quien se valga
de la barbarie y el fanatismo para un objeto nacional, en
circunstancias en que iniciada amigablemente la cuestión, eran más
reprobadas y perjudiciales las vías de hecho, por cuanto
embarazaban a los dos gobiernos para ejercer sus facultades
constitucionales en obsequio del bienestar de uno y otro pueblo.
Como sincero amigo del Ecuador, voy a manifestar a V. S. mi opinión
particular en este negocio, sin que se entienda que entro en
compromiso alguno, ni comprometo a mi gobierno. Mientras el
gobierno y pueblo granadino crean que el honor nacional exija que
se sostengan los límites de la República, no cederán un palmo de
terreno, aunque esté de por medio la conveniencia de ambos pueblos,
y aunque nos sobrevengan mayores males de los que ahora sufrirnos;
pero si se logra restablecer el orden público en la provincia de
Pasto, no se fijará la nación en poseer algunas leguas más o menos
de territorio, y atenderá de preferencia a la conveniencia de los
dos países. Si a eso se agrega que el pueblo ecuatoriano contribuya
a destruir la abominable facción que acaudillan Obando y Noguera,
la Nueva Granada será tanto más favorable a las pretensiones del
Ecuador cuanto haya sido mayor, su ayuda para destruir la facción,
como que entonces el honor nacional y la conveniencia de las dos
repúblicas están de acuerdo. Se presenta pues una oportunidad en
que ambas pueden ayudarse y contribuir a su bienestar mutuamente y
por resultado se tendrán nuevos y más fuertes vínculos de
amistad.
"No he tenido inconveniente en manifestar a V. S. mi
opinión oficialmente: con ella nada digo a nombre de mi gobierno;
pero puede dar a V. S. una idea del modo de ver la cuestión que
tenemos algunos granadinos
|
(6)
."
Mosquera hizo también por su parte privadamente a Flores, en una
entrevista que con él tuvo en Ibarra, las mismas promesas de Herrán
con respecto a límites.
Flores pasó el Carchi el 18 de septiembre con mil ochenta y
siete hombres, y
|
poco después le siguió otra división de mil
plazas. Por el convenio de 23 de septiembre celebrado en Túquerres
entre el general Mosquera, segundo jefe del ejército granadino, a
nombre de Herrán, y por el general Leonardo Stagg, a nombre de
Flores, se fijaron las reglas que debían seguirse en las fuerzas
coligadas para el pago de sueldos, para la división del servicio y
para los honores de los jefes.
Bien examinados los convenios a la luz de los hechos que les
antecedieron y siguieron, significaron, dice el doctor Cuervo,
menos el auxilio de un amigo que la cesación de hostilidades por
parte de un enemigo. En una palabra, aquello fue
|una
capitulación entre enemigos más bien que una alianza entre
amigos. "A la aparición del general Flores en
Pasto", continúa el doctor Cuervo, "cambió
repentinamente el aspecto de las cosas: Ramón Díaz, aquel mismo que
había conducido de Ibarra los fusiles y otros elementos de guerra,
se separé con su tropa de Obando, con quien aparentemente estaba
unido, y se puso a las órdenes del jefe ecuatoriano. Otro tanto
intentó hacer Andrés Noguera, pero descubierto su plan, fue
fusilado con dos de los suyos por órdenes de Obando. La
desmoralización y el descontento penetraron, como era natural, en
las filas de éste, y abandonado por los que equivocadamente creía
que de buena fe se le habían unido después de la fuga de la
prisión, se hallé comprometido a resistir con poco más de cien
hombres a las fuerzas combinadas de los dos Estados. Bastó una sola
partida de los granadinos para destrozarle en poco tiempo en el
paraje de Huilquipamba (30 de septiembre), obligándole a buscar su
salvación en la espesura de los montes. El resto de sus camaradas
existente en Chaguarbamba, amilanado con defecciones tan
inesperadas y con la rota de su caudillo, se rindió en seguida,
entregando las armas bajo la promesa que se les hizo de perdonarles
las vidas. La provincia de Pasto quedó así pacificada en menos
tiempo quizá del que es necesario para recorrerla".
El mantenimiento del orden y tranquilidad quedó confiado a una
división ecuatoriana mientras los generales Herrán y Mosquera iban
al interior gravemente amenazado; y no tardó mucho en palparse cuán
peligroso es meter a un extraño en la propia casa, pues en
noviembre intimó el presidente del Ecuador al cónsul de la Nueva
Granada en Quito que si la revolución volvía a avivarse, ''las
tropas ecuatorianas conservarían precisamente sus posiciones''
|
(7)
.
Volvamos un poco atrás para explicar los acontecimientos, que
exigieron la inmediata vuelta de nuestros generales al interior.
Los enemigos del gobierno de Márquez, que en un principio se habían
contentado con la oposición periodística y parlamentaria, viendo a
Obando, su caudillo militar, lanzado en una guerra de defensa
personal, sin pararse en escrúpulos, hicieron suya la causa de éste
y extendieron por toda la República la revolución que con él habían
tramado en Bogotá para el caso de que Herrán fuese vencido,
olvidándose muchos de que habían ofrecido apoyo entusiasta al
gobierno para ahogar los primeros movimientos de Pasto, y
quebrantando otros con infame deslealtad al aceptar de él empleos
de confianza. Desde febrero de 1840 hubo amagos de revolución en
Vélez, que deshechos fácilmente entonces, se reprodujeron en junio;
en septiembre se pronuncia Sogamoso, y Juan José Reyes Patria toma
a Tunja; el Socorro, levantado por José González, declara su
soberanía; en octubre toma Carmona posesión de Santa Marta;
Cartagena se alza nombrando por jefe militar del nuevo Estado
soberano a Juan A. Gutiérrez de Piñeres; Mompós constituye un
gobierno provisional; Salvador Córdoba se apodera de Medellín. A
estos movimientos se agregaron los de Casanare y Panamá. Fácilmente
entenderá la brevedad con que creció este incendio, quien considere
que casualmente concurrieron en su odio contra el gobierno los
frailes indómitos de Pasto y los fanáticos y feroces guerrilleros
de Noguera, los masones y libres pensadores de las ciudades, unos
cuantos militares autoritarios enemigos del poder civil y los
demagogos nunca satisfechos con libertad que otro da. Elementos tan
heterogéneos sólo pudieron amalgamarse proclamando un gobierno
federal; y
|
así esta revolución en apariencia formidable
entrañaba el germen de su propia ruina, pues eran tántos los jefes
supremos y los aspirantes a los gobiernos seccionales, que ni hubo
unidad en los movimientos militares ni más móvil común entre los
caudillos que la ambición personal. Sin la tenacidad de los
guerrilleros de Pasto y el temor de complicaciones con el Ecuador,
la insurrección se sofocara en su cuna.
Mientras las mejores fuerzas del gobierno es taba en el sur,
fueron vencidas en la Polonia (29 de septiembre de 1840) por los
rebeldes del Socorro las que habían salido a oponérseles comandadas
por el coronel Manuel María Franco. Al saberse este desastre en
Bogotá fue tal el desconcierto, que el gobierno estuvo a pique de
disolverse. El Consejo de Estado, después de una deliberación de
siete horas, halló como la medida más conveniente el que partiese
sin dilación (10 de octubre) el presidente Márquez en busca de las
fuerzas de Herrán y Mosquera, encargándose mientras tanto del poder
ejecutivo el general Caicedo, vicepresidente. Al tomar esta
determinación se pensó en que el último podría parlamentar con los
facciosos, lo que era imposible a Márquez, y ganar tiempo
entreteniéndolos, mientras venía socorro del sur, y además en que,
para el caso de un desastre, de todos modos quedaba en pie la
legitimidad, una vez que el presidente estaba a salvo
|
(8)
. En la capital no había
sino veinticinco veteranos; los revolucionarios consideraban seguro
e inmediato su triunfo, se desvergonzaban en los impresos, pedían
cabezas por las calles y pretendían que se les entregara el mando.
En esto llega el coronel Juan José Neira con seis húsares, amilana
con sus miradas de fuego a los revolucionarios que se pavoneaban
por las calles, excita el espíritu público, llama a las armas, sale
al encuentro del enemigo, que lleno de arrogancia avanzaba sobre
Bogotá,y
|
lo deshace el 28 de octubre en los campos de
Buenavista. Por desgracia, herido gravemente, no pudo coger el
fruto de la victoria; el enemigo logró rehacerse en las provincias
del Norte, reuniéndose a las fuerzas llaneras de Francisco Farfán,
y avanzó de nuevo hasta Zipaquirá. Para excitar el entusiasmo de la
población se había aguijoneado hábilmente el espíritu de
provincialismo despertando los recuerdos de las antiguas contiendas
entre socorranos y santafereños los años de 1812 y 1813; y en
consecuencia ahora como entonces se tomó por patrono a Jesús
Nazareno, se sacó en pomposas procesiones la devota imagen que se
venera en la iglesia de agustinos calzados, y su monograma servía
de distintivo a los defensores de la ciudad. El ardor cívico y
religioso de los bogotanos creció al ver tan cerca al enemigo, y
resolvieron defenderse a todo trance: viejos y niños, ricos y
pobres, damas, venteras, placeras, todos acudieron a poner la plaza
en estado de defensa: unos abrían fosos, otros alzaban trincheras y
parapetos y otros trasladaban el parque al recinto fortificado. En
estos momentos llega a Bogotá el presidente Márquez (21 de
noviembre) precediendo a la vanguardia del ejército, y en
sabiéndolo se repliegan los enemigos. Los bogotanos, con razón
orgullosos de su entusiasmo, llamaron
|la gran semana a estos
días en que tan de cerca se siguieron el peligro y la seguridad.
Entonces tuvo principio la campaña del Norte, que se coronó con la
derrota dada por Herrán y Mosquera a González y Farfán en Aratoca
(9 de enero de 1841) y con la victoria alcanzada por Mosquera sobre
Carmona en Tescua (1º de abril). Las provincias de la costa
atlántica quedaron pacificadas a consecuencia de la toma de Ocaña
por Herrán (9 de septiembre).
|
(1)
|
Véanse las notas oficiales publicadas en la
|Gaceta de la
Nueva Granada, números 134 y 150.
|
|
(2)
|
|Gaceta de la Nueva Granada, número 414.
|
|
(3)
|
|Gaceta de la Nueva Granada, número 456.
|
|
(4)
|
|Gaceta de la Nueva Granada, número 462.
|
|
(5)
|
Véase en el Epistolario la carta del general Herrán de 17 de
noviembre de 1840.
Esta carta está publicada en la página 425 del tomo del
|Epistolario (1918), que forma el volumen XXII de la
Biblioteca de Historia Nacional. El original está en nuestro poder
(Nota de Luis Augusto Cuervo.)
|
|
(6)
|
Esta comunicación es el primero de los documentos que publicó
el gobierno del Ecuador en el folleto titulado
|Auxilios del
Ecuador solicitados para Pasto.
|
|
(7)
|
|Gaceta de la Nueva Granada, número 484.
|
|
(8)
|
La narración de este hecho, no bien conocido, la fundamos en
carta de Aranzazu escrita en esos días y que publicamos en el
Epistolario (*), en la
|Exposición dada a luz por el doctor Eladio Urisarri en 1841,
en un artículo publicado en
|El Día de 22 de abril de 1848,
bajo el título de
|Al autor del artículo ''Opinión de un
artesano'' etc., y escrito por persona al parecer bien
impuesta, y además en lo que nosotros mismos oímos de boca del
señor Márquez.
(*) La carta es de fecha 4 de
noviembre de 1840 y la publicamos en el tomo Idel
|Epistolario, página 416. (Nota de Luis Augusto Cuervo.)
|