INDICE




CAPITULO X

 

LEGACION EN EL ECUADOR

 

(Antecedentes)

 

Aspiraciones del Ecuador a poseer la provincia de Pasto.-En general Juan José Flóres.-Conducta del gobierno del Ecuador en los primeros días de la revolución de Pasto.-Es nombrado el doctor Cuervo encargado de negocios, y se pone en camino para Quito.-Situación de las fuerzas granadinas en Pasto. Flores presta auxilio a Herrán, y condiciones que se estipulan. Convenio con Mosquera.-Cambia inmediatamente la situación. Combate de Huilquipamba.-Queda Pasto encomendado a una división ecuatoriana mientras Mosquera y Herrán se vuelven al interior.-Primer resultado de la intervención extranjera. Se extiende la revolución.-Aprieto de Bogotá.-Repara el gobierno sus pérdidas.

 

La revolución de Pasto no sólo fue preludio de la que iba a desolar la nación entera, sino de complicaciones de gran trascendencia con la república vecina. Desde tiempo atrás miraba el Ecuador con ojos ávidos la provincia de Pasto, y acechaba ocasión oportuna para apropiarse el todo o parte de ella. Halagábale la idea de obtener así una frontera militar por el norte, proporcionar a los hacendados, a los dueños de obrajes y demás negociantes propio y más extenso mercado para sus frutos y artefactos, y asegurarse además de las gruesas cantidades de oro de excelente ley que se extraían de Barbacoas, y con las cuales se sostenía únicamente la casa de moneda de Quito.

En Pasto mismo no habían faltado desde mucho antes partidarios del Ecuador, quienes lograron que Bolívar en enero de 1830 segregase en lo judicial esta provincia del departamento del Cauca y la incorporase al del Ecuador, fundando el decreto en que la población de Pasto tenía casi todas sus relaciones más bien con el segundo que con el primero, y en que el tránsito de Pasto a Popayán es muy penoso por lo caro de los víveres y lo mortífero del temperamento. A poco representaron contra esta provincia algunos vecinos alegando razones semejantes, y el gobierno de Colombia la derogó. En 27 de abril un número casi igual de vecinos pidió al general Flores, prefecto general del sur, que decretase la agregación absoluta de la provincia al departamento de su mando, y él sin titubear accedió a la petición, prometiendo que la sostendría por todos los medios legales y a costa de cualesquiera sacrificios. Esto escribió el 5 de mayo en Quito, y el 13 declaró esta ciudad que el Ecuador formaba una nación independiente, y nombró jefe supremo al mismo general Flores. Fácil a semejantes intrigas, confirmó Pasto el 3 de noviembre con otro pronunciamiento firmado por pocos más vecinos su incorporación al Ecuador; y el nuevo Estado vio colmadas sus aspiraciones, cuando en el desmoronamiento de Colombia, Popayán y otros lugares del Cauca, oyendo los consejos del egoísmo, para librarse de la anarquía de las provincias del centro, se sujetaron a su constitución y leyes corno parte de su territorio, admitieron guarnición y nombraron diputados al congreso de Quito. Popayán, chasqueadas sus esperanzas con el desbarajuste de la patria recién adoptada, dio pronto a la antigua el gozo de volver a su seno. En cuanto a Pasto, resistía el Ecuador la devolución; mas forzado por la Nueva Granada a encerrarse dentro de sus antiguos linderos, de muy mala gana, y como quien no puede más, firmó el tratado de 8 de diciembre de 1832. Nada contento de resignarse a tamaño sacrificio, se propuso demorar y entorpecer la ratificación, sobre todo la del artículo 2 relativo a límites, como para dejar abierta la puerta con el fin de renovar antiguas pretensiones | (1) . En vista de esto el congreso de la Nueva Granada dio su decreto de 19 de mayo de 1834, que fue como una declaratoria de guerra al Ecuador en caso de negarse a la aprobación y ratificación. El poder ejecutivo lo notificó rotundamente al gobierno de aquel Estado, fijando por plazo el 1° de octubre siguiente; pero surgieron nuevas dilaciones con motivo de los grandes trastornos que allí sobrevinieron, y las ratificaciones no se canjearon hasta el 15 de septiembre de 1835. Así, la prosperidad y el orden que habían reinado en la Nueva Granada contuvieron las miras ambiciosas de nuestros vecinos, hasta que sucediendo la revolución de Pasto, pensaron ellos encontrar ahí una feliz coyuntura para el logro de sus anhelos, y olvidadas las querellas de partido, con un solo aliento apoyaron al general Flores, jefe de la nación y alma de estos proyectos.

Antes de pasar adelante juzgamos oportuno copiar de unos apuntes inéditos del doctor Cuervo, escritos bajo la impresión misma de los acontecimientos, varios rasgos que dan a conocer la cabeza que combinaba tales maquinaciones y el brazo que había de darles cima.

"No muy conocido el general Juan José Flóres durante la guerra de la Independencia, sólo empezó a serlo después de debeladas las huestes españolas en Colombia y en el alto y bajo Perú. Hombre de valor, de talento y de fina perspicacia, fue distinguido con particularidad por Bolívar, que tan entusiasta se mostraba por las prendas relevantes. En la célebre jornada de Tarqui fue él quien ejecutó el plan de batalla que hizo morder el polvo a los peruanos. Valióle su bizarro comportamiento el grado de general de división. Disuelta Colombia, creyó Flores que en la división y partición que de ella hicieron los antiguos libertadores, debían tocarle en herencia los tres departamentos meridionales, y en efecto, constituído bajo su influencia y poder el nuevo Estado del Ecuador, fue su primer presidente. Poco satisfechos los ecuatorianos de ser gobernados por un venezolano, intentaron en 1833 y 34 sacudir su dominación, logrando reducirlo al suelo que materialmente ocupaba; pero hábil y astuto logró triunfar espléndidamente de sus enemigos y que le sucediese en el mando el ilustrado patriota don Vicente Rocafuerte, cuya amistad había sabido conquistar por medios de que la historia presenta pocos ejemplos. Durante los cuatro años que estuvo separado del poder, aunque sin carecer de grande influencia en los negocios públicos, se dedicó al cultivo de las letras, en las que con más método y sistema en el estudio, pudo haber hecho más sólidos adelantamientos. En 1839 volvió a tomar las riendas del gobierno. Como hombre de Estado, no le debe el Ecuador progresos y mejoras en los varios objetos que debieran llamar su atención, siendo sus inclinaciones y aun muchas de sus virtudes personales tan poco adecuadas como sus defectos para la severa administración pública, en particular la de hacienda. Dadivoso hasta la prodigalidad amable y complaciente con todos, especialmente cuando se le lisonjea su vanidad como guerrero o como literato, las rentas públicas no han estado bien administradas bajo su mando, ni el verdadero mérito ha ocupado siempre los destinos más importantes. Afable y popular, a veces con menoscabo de su dignidad, generoso con sus enemigos, y convencido íntimamente de su sagacidad y su valor, prendas a que da mayor realce la inexperiencia de los ecuatorianos, ha logrado sobreponerse a los partidos, sin conseguir no obstante dar estabilidad a su gobierno. Censúrasele generalmente que todo lo ofrece y nada cumple, que gasta en intriguillas y frivolidades el tiempo que debiera consagrar al despacho público, y | que no contento con ser el primer magistrado de la República, aspira a que se le señale en el Parnaso un lugar superior a sus merecimientos. (Impreso de 1838, titulado |Verdades amargas). En su trato particular es imposible aun al más adversamente prevenido dejar de estimarle por su naturalidad y llaneza y por sus modales apuestos y cumplidos. Menester es una perspicacia nada común para descubrir bajo un exterior franco y militar la más profunda y disimulada astucia. Pululan en su inquieta y desasosegada cabeza proyectos de todo género, bien para satisfacer su ambición, o bien para distraer y lisonjear los pueblos, a fin de que no piensen en la política; empero no es de sus principales cualidades la constancia para fijarse en un plan y conducirlo a su término. Tal es aunque en miniatura el retrato histórico, político y social del actual presidente del Ecuador. Bien querría mi pluma no trazar rasgo alguno poco favorable a un hombre por quien tengo, desde que lo traté, grata y fuerte simpatía; pero la patria y mi propio honor exigen que sacrifique a la verdad y a la justicia mis más caras afecciones. Si en el curso de mi vida me encontrare en ocasión de servir al general Flores o a su estimable familia, me consideraré feliz de poder hermanar mis deberes con mis afectos, acreditándole que la ingenuidad y la franqueza del hombre público no están en riña con la estimación personal."

A poco de tenerse noticia en Bogotá de la rebelión de Pasto, el encargado de negocios del Ecuador manifestó al secretario de relaciones exteriores que tenía instrucciones de su gobierno para significar al de la Nueva Granada lo sensible que le había sido saber el trastorno del orden en el cantón de Pasto y que podía contar, como siempre, con la leal amistad y con la fiel observancia de los pactos existentes, y aun ofrecía el auxilio de fuerzas ecuatorianas, si se juzgaba necesario | (2) . Desde febrero del año siguiente se acercaron a la frontera fuerzas ecuatorianas como para custodiarla, y sin embargo de eso llegaban continuamente avisos a nuestro gobierno de que se enviaban del otro lado del Carchi auxilios a los facciosos y de mil maneras se instigaba a hacer pronunciamientos y actas para la agregación de la provincia de Pasto al Ecuador. Así tuvo que manifestarlo nuestro secretario de relaciones exteriores al encargado de negocios de aquella República en Bogotá, especificando los hechos, para que se pusiese el remedio necesario (3 de junio) | (3) . Como la voz pública culpase de todo esto al presidente mismo del Ecuador, don F. Marcos, ministro de relaciones exteriores, ofició el 12 de mayo en términos cautelosos a nuestro gobierno para que desestimase los informes enviados de Pasto, agregando ser verdad notoria que la opinión de su país estaba pronunciada por la fijación perentoria de sus límites septentrionales y meridionales, y que debía ser bien sabido que la voluntad del cantón, de Túquerres especialmente era incorporarse al Ecuador; y para concluir hacía la singular protesta de que nunca se emplearían otras vías que las de la negociación, ni otras fuerzas que la razón, el convencimiento y la voluntad bien expresada de los pueblos. Como era forzoso, se le contestó enérgicamente (14 de julio), rechazando la peregrina idea de dar por no existentes los tratados públicos de 1832, y desembozando, a la luz de lo que acontecía, las intenciones de promover pronunciamientos, y en fin, de segregar la provincia de Pasto so pretexto de obtener buenas fronteras | (4) .

Puestas en situación tan delicada las relaciones entre las dos repúblicas, juzgó conveniente nuestro gobierno enviar un agente diplomático a Quito. Nombró primeramente al general Tomás C. de Mosquera con el carácter de encargado de negocios; pero no siendo posible que éste desempeñase el cargo por estar de segundo jefe de la división del sur, designó en su lugar y con el mismo carácter al doctor Cuervo (6 de agosto de 1840).

"El objeto de esta misión", escribía el último en los apuntes mencionados, "era examinar de cerca la conducta del gobierno del Ecuador e impedir o protestar cualquier medida con que tendiese a fomentar la sedición en la provincia de Pasto o a desmembrar nuestro territorio, aprovechándose de nuestras disensiones interiores, lo que, según había comenzado a susurrarse, no sin fundamento, estaba ya poniendo por obra. Asunto era éste en que se atravesaban la dignidad de la nación granadina y la integridad de su territorio, no menos que el honor del gobierno. ¿Podría sin desdoro negarme a su desempeño en los días de conflicto, después de haber aceptado otras graves comisiones en los de reposo y prosperidad? Yo había prestado mi débil apoyo a la administración del 4 de marzo, porque creía entonces, como creo hoy, que es tarea patriótica y digna de alabanza la de sostener con lealtad y sin bajeza estos débiles gobiernos de la América contra un espíritu democrático mal entendido y peor aplicado, contra las pretensiones exageradas de militares orgullosos, y en fin, contra la ignorancia, la haraganería y los hábitos viciosos de las masas, que son de ordinario juguete de los facciones y de los intrigantes."

No faltaron entre los que sólo ven las acciones humanas al través de su propia malignidad, quienes achacasen la aceptación de este cargo diplomático al intento de guarecerse de la borrasca que ya se veía venir sobre la República. "Ruin y aventurado", dice el doctor Cuervo, "fue este cálculo basado solamente en la suposición gratuita de estrechas miras que nunca he abrigado. Verdad es que desde mediados de aquel año (1840) empezaba a presentarse oscuro y encapotado el horizonte, mas por muy recia que hubiera de ser la tormenta, nunca podría imaginar, quien pecho notable y generoso tuviese, que ella había de conmover hasta sus últimos cimientos nuestra sociedad. ¿Cómo suponer, en efecto, que un país que tántas pruebas había dado de cordura y de juicio, que se presentaba como una honrosa excepción entre los horrores y escándalos de la América española y que comprobaba a la faz del mundo que no es exótica la libertad en los pueblos que hablan la lengua de Castilla, cómo suponer, repito, que este país tan fecundo en hombres de grande ingenio, habría de convertirse antes de seis meses en un teatro de perfidias y defecciones, de matanza y de latrocino?"

El 19 de agosto, dejados los cargos de director del crédito nacional y director general de instrucción pública, salió de Bogotá tomando la vía de Cartagena y Panamá. Prefirióla, bien que larga y penosa, por la ninguna seguridad que ofrecía la de Popayán, y para instar al ilustrísimo señor don Mateo González Rubio, que de deán de la catedral de Cartagena había sido preconizado obispo de Lambesa |in partibus infidelium y auxiliar de Popayán con residencia en Pasto, para que acelerase el viaje a su diócesis, donde el Gobierno esperaba con razón que su influjo inclinara los ánimos a sumisión y obediencia.

Entre tanto las fuerzas granadinas, privadas de recursos y aun incomunicadas con el interior de la República, eran víctima de las más duras calamidades. Más de un año hacía que estaban empeñadas en ingrata y porfiada lucha, en que los pastusos, diestros ya desde las guerras de la Independencia en el arte de combatir en guerrilla y favorecidos por sus agrias y casi ineccesibles montañas, cansaban a nuestros soldados con ataques desparramados y continuos, sin presentar jamás una acción decisiva. En ocasiones se les creía completamente vencidos, y a poco volvían a aparecer con nueva osadía. Para que nada faltase, se presentó la epidemia cebándose cruelmente en las tropas del gobierno; más de setecientos hombres habían muerto de viruela, disentería y calenturas, amargo fruto del hambre y de las más crueles penalidades. Tan tristes y cada día más apuradas circunstancias decidieron al fin al general Herrán a "convenir en que las fuerzas del Ecuador pasasen a este lado del Carchi hasta el Guáitara o hasta el Juanambú si fuese preciso, con el único y exclusivo objeto de destruir las facciones acaudilladas por Andrés Noguera y el ex-general José María Obando"; y con la expresa condición de que "respetarían y sostendrían las autoridades legales de la Nueva Granada, en los mismos términos en que debían hacerlo las tropas granadinas, y se retirarían al Ecuador tan pronto como lo dispusiese el presidente de la Nueva Granada o el jefe de la división de operaciones del sur" (19 de agosto). En las discusiones que surgieron después con ocasión de estos convenios y de los sucesos a ellos consiguientes, fue punto de honor nacional sostener los unos que Herrán había solicitado el auxilio de Flores y los otros que Flores había convidado con él. Los documentos publicados entonces no ofrecen prueba terminante ni en favor de lo uno ni de lo otro; pero ya vimos que la oferta se hizo en Bogotá, y sin ella sería fácil colegir de la posición de los dos generales lo que probablemente pasara. La situación de Herrán era desesperada, su tropas se acababan a ojos vistas, los guerrilleros lo acosaban casi hasta cortar su comunicación con el gobierno, y le era de absoluta necesidad al replegarse al norte no perder el terreno que ocupaba, ni dejar libre la puerta a los auxilios que del Ecuador podían recibir los facciosos. Para esto no tenía otro recurso que empeñar a Flores en su causa; puesto en este trance, exageró notablemente la pujanza de Obando, y pintó con colores recargados los peligros que amenazaban al Ecuador. Flores por su parte estaba alerta para asir cualquier ocasión de adelantar sus proyectos, e imaginando la posible disolución de la Nueva Granada, ansiaba cuanto antes poner el pie firme en la parte que se tenía señalada; y esta oportunidad le fue tanto más preciosa, cuanto en los riesgos que le decían amagaban a su patria, tenía con qué escudarse de todo cargo ante las naciones extranjeras. Ahora, entre dos que quieren una misma cosa, es obra de un paso ponerse de acuerdo, sin que al cabo pueda decirse cuál fue el solicitado o el solicitador. Comoquiera que ello sea, Flores no tenía ni motivo, ni voluntad de servir de balde a la Nueva Granada, y puso todo su cuidado en sacar desde el primer momento prendas para asegurar el logro de sus más acariciados ensueños. Dióselas el general Herrán, que persuadido acaso por los desastres que tenía ante los ojos, de que la provincia de Pasto era como un cáncer para la República, cayó en la debilidad de "ofrecerle confidencialmente emplear lo poco que valía como hombre privado en apoyar el proyecto de que se fijasen los límites del Ecuador en el Guáitara hasta su desagüe en el Patía y de allí por éste hasta la costa, mediante justas indemnizaciones, y bajo el supuesto de que la negociación no había de celebrarse hasta que la provincia de Pasto estuviese perfectamente tranquila, y por consiguiente las tropas del Ecuador hubiesen repasado el Carchi | (5) ". Oficialmente dijo al ministro de relaciones exteriores del Ecuador en la nota de 19 de agosto, de que atrás copiamos algunas frases:

"Por último, voy á hablar a V. S. de un punto en que nada puedo hacer, pero que, habiendo dado motivo para que se compliquen las relaciones de estas dos repúblicas, no debo desentenderme de él; hablo de la cuestión de límites entre las dos repúblicas. Algunos ecuatorianos y algunos granadinos traidores emigrados en el Ecuador han suministrado al cabecilla Noguera muchos elementos de guerra, y han trabajado infatigablemente para sostener y engrosar la facción, para obtener por medio de ésta la incorporación de la provincia de Pasto o de una parte de su territorio al Ecuador. Tal conducta ha causado una justa alarma en la Nueva Granada, porque se ha creído ofendido el honor nacional y se ha visto con pena que en países civilizados haya quien se valga de la barbarie y el fanatismo para un objeto nacional, en circunstancias en que iniciada amigablemente la cuestión, eran más reprobadas y perjudiciales las vías de hecho, por cuanto embarazaban a los dos gobiernos para ejercer sus facultades constitucionales en obsequio del bienestar de uno y otro pueblo. Como sincero amigo del Ecuador, voy a manifestar a V. S. mi opinión particular en este negocio, sin que se entienda que entro en compromiso alguno, ni comprometo a mi gobierno. Mientras el gobierno y pueblo granadino crean que el honor nacional exija que se sostengan los límites de la República, no cederán un palmo de terreno, aunque esté de por medio la conveniencia de ambos pueblos, y aunque nos sobrevengan mayores males de los que ahora sufrirnos; pero si se logra restablecer el orden público en la provincia de Pasto, no se fijará la nación en poseer algunas leguas más o menos de territorio, y atenderá de preferencia a la conveniencia de los dos países. Si a eso se agrega que el pueblo ecuatoriano contribuya a destruir la abominable facción que acaudillan Obando y Noguera, la Nueva Granada será tanto más favorable a las pretensiones del Ecuador cuanto haya sido mayor, su ayuda para destruir la facción, como que entonces el honor nacional y la conveniencia de las dos repúblicas están de acuerdo. Se presenta pues una oportunidad en que ambas pueden ayudarse y contribuir a su bienestar mutuamente y por resultado se tendrán nuevos y más fuertes vínculos de amistad.

"No he tenido inconveniente en manifestar a V. S. mi opinión oficialmente: con ella nada digo a nombre de mi gobierno; pero puede dar a V. S. una idea del modo de ver la cuestión que tenemos algunos granadinos | (6) ."

Mosquera hizo también por su parte privadamente a Flores, en una entrevista que con él tuvo en Ibarra, las mismas promesas de Herrán con respecto a límites.

Flores pasó el Carchi el 18 de septiembre con mil ochenta y siete hombres, y | poco después le siguió otra división de mil plazas. Por el convenio de 23 de septiembre celebrado en Túquerres entre el general Mosquera, segundo jefe del ejército granadino, a nombre de Herrán, y por el general Leonardo Stagg, a nombre de Flores, se fijaron las reglas que debían seguirse en las fuerzas coligadas para el pago de sueldos, para la división del servicio y para los honores de los jefes.

Bien examinados los convenios a la luz de los hechos que les antecedieron y siguieron, significaron, dice el doctor Cuervo, menos el auxilio de un amigo que la cesación de hostilidades por parte de un enemigo. En una palabra, aquello fue |una capitulación entre enemigos más bien que una alianza entre amigos. "A la aparición del general Flores en Pasto", continúa el doctor Cuervo, "cambió repentinamente el aspecto de las cosas: Ramón Díaz, aquel mismo que había conducido de Ibarra los fusiles y otros elementos de guerra, se separé con su tropa de Obando, con quien aparentemente estaba unido, y se puso a las órdenes del jefe ecuatoriano. Otro tanto intentó hacer Andrés Noguera, pero descubierto su plan, fue fusilado con dos de los suyos por órdenes de Obando. La desmoralización y el descontento penetraron, como era natural, en las filas de éste, y abandonado por los que equivocadamente creía que de buena fe se le habían unido después de la fuga de la prisión, se hallé comprometido a resistir con poco más de cien hombres a las fuerzas combinadas de los dos Estados. Bastó una sola partida de los granadinos para destrozarle en poco tiempo en el paraje de Huilquipamba (30 de septiembre), obligándole a buscar su salvación en la espesura de los montes. El resto de sus camaradas existente en Chaguarbamba, amilanado con defecciones tan inesperadas y con la rota de su caudillo, se rindió en seguida, entregando las armas bajo la promesa que se les hizo de perdonarles las vidas. La provincia de Pasto quedó así pacificada en menos tiempo quizá del que es necesario para recorrerla".

El mantenimiento del orden y tranquilidad quedó confiado a una división ecuatoriana mientras los generales Herrán y Mosquera iban al interior gravemente amenazado; y no tardó mucho en palparse cuán peligroso es meter a un extraño en la propia casa, pues en noviembre intimó el presidente del Ecuador al cónsul de la Nueva Granada en Quito que si la revolución volvía a avivarse, ''las tropas ecuatorianas conservarían precisamente sus posiciones'' | (7) .

Volvamos un poco atrás para explicar los acontecimientos, que exigieron la inmediata vuelta de nuestros generales al interior. Los enemigos del gobierno de Márquez, que en un principio se habían contentado con la oposición periodística y parlamentaria, viendo a Obando, su caudillo militar, lanzado en una guerra de defensa personal, sin pararse en escrúpulos, hicieron suya la causa de éste y extendieron por toda la República la revolución que con él habían tramado en Bogotá para el caso de que Herrán fuese vencido, olvidándose muchos de que habían ofrecido apoyo entusiasta al gobierno para ahogar los primeros movimientos de Pasto, y quebrantando otros con infame deslealtad al aceptar de él empleos de confianza. Desde febrero de 1840 hubo amagos de revolución en Vélez, que deshechos fácilmente entonces, se reprodujeron en junio; en septiembre se pronuncia Sogamoso, y Juan José Reyes Patria toma a Tunja; el Socorro, levantado por José González, declara su soberanía; en octubre toma Carmona posesión de Santa Marta; Cartagena se alza nombrando por jefe militar del nuevo Estado soberano a Juan A. Gutiérrez de Piñeres; Mompós constituye un gobierno provisional; Salvador Córdoba se apodera de Medellín. A estos movimientos se agregaron los de Casanare y Panamá. Fácilmente entenderá la brevedad con que creció este incendio, quien considere que casualmente concurrieron en su odio contra el gobierno los frailes indómitos de Pasto y los fanáticos y feroces guerrilleros de Noguera, los masones y libres pensadores de las ciudades, unos cuantos militares autoritarios enemigos del poder civil y los demagogos nunca satisfechos con libertad que otro da. Elementos tan heterogéneos sólo pudieron amalgamarse proclamando un gobierno federal; y | así esta revolución en apariencia formidable entrañaba el germen de su propia ruina, pues eran tántos los jefes supremos y los aspirantes a los gobiernos seccionales, que ni hubo unidad en los movimientos militares ni más móvil común entre los caudillos que la ambición personal. Sin la tenacidad de los guerrilleros de Pasto y el temor de complicaciones con el Ecuador, la insurrección se sofocara en su cuna.

Mientras las mejores fuerzas del gobierno es taba en el sur, fueron vencidas en la Polonia (29 de septiembre de 1840) por los rebeldes del Socorro las que habían salido a oponérseles comandadas por el coronel Manuel María Franco. Al saberse este desastre en Bogotá fue tal el desconcierto, que el gobierno estuvo a pique de disolverse. El Consejo de Estado, después de una deliberación de siete horas, halló como la medida más conveniente el que partiese sin dilación (10 de octubre) el presidente Márquez en busca de las fuerzas de Herrán y Mosquera, encargándose mientras tanto del poder ejecutivo el general Caicedo, vicepresidente. Al tomar esta determinación se pensó en que el último podría parlamentar con los facciosos, lo que era imposible a Márquez, y ganar tiempo entreteniéndolos, mientras venía socorro del sur, y además en que, para el caso de un desastre, de todos modos quedaba en pie la legitimidad, una vez que el presidente estaba a salvo | (8) . En la capital no había sino veinticinco veteranos; los revolucionarios consideraban seguro e inmediato su triunfo, se desvergonzaban en los impresos, pedían cabezas por las calles y pretendían que se les entregara el mando. En esto llega el coronel Juan José Neira con seis húsares, amilana con sus miradas de fuego a los revolucionarios que se pavoneaban por las calles, excita el espíritu público, llama a las armas, sale al encuentro del enemigo, que lleno de arrogancia avanzaba sobre Bogotá,y | lo deshace el 28 de octubre en los campos de Buenavista. Por desgracia, herido gravemente, no pudo coger el fruto de la victoria; el enemigo logró rehacerse en las provincias del Norte, reuniéndose a las fuerzas llaneras de Francisco Farfán, y avanzó de nuevo hasta Zipaquirá. Para excitar el entusiasmo de la población se había aguijoneado hábilmente el espíritu de provincialismo despertando los recuerdos de las antiguas contiendas entre socorranos y santafereños los años de 1812 y 1813; y en consecuencia ahora como entonces se tomó por patrono a Jesús Nazareno, se sacó en pomposas procesiones la devota imagen que se venera en la iglesia de agustinos calzados, y su monograma servía de distintivo a los defensores de la ciudad. El ardor cívico y religioso de los bogotanos creció al ver tan cerca al enemigo, y resolvieron defenderse a todo trance: viejos y niños, ricos y pobres, damas, venteras, placeras, todos acudieron a poner la plaza en estado de defensa: unos abrían fosos, otros alzaban trincheras y parapetos y otros trasladaban el parque al recinto fortificado. En estos momentos llega a Bogotá el presidente Márquez (21 de noviembre) precediendo a la vanguardia del ejército, y en sabiéndolo se repliegan los enemigos. Los bogotanos, con razón orgullosos de su entusiasmo, llamaron |la gran semana a estos días en que tan de cerca se siguieron el peligro y la seguridad. Entonces tuvo principio la campaña del Norte, que se coronó con la derrota dada por Herrán y Mosquera a González y Farfán en Aratoca (9 de enero de 1841) y con la victoria alcanzada por Mosquera sobre Carmona en Tescua (1º de abril). Las provincias de la costa atlántica quedaron pacificadas a consecuencia de la toma de Ocaña por Herrán (9 de septiembre).

 

(1) Véanse las notas oficiales publicadas en la |Gaceta de la Nueva Granada, números 134 y 150.
(2) |Gaceta de la Nueva Granada, número 414.
(3) |Gaceta de la Nueva Granada, número 456.
(4) |Gaceta de la Nueva Granada, número 462.
(5) Véase en el Epistolario la carta del general Herrán de 17 de noviembre de 1840.
Esta carta está publicada en la página 425 del tomo del |Epistolario (1918), que forma el volumen XXII de la Biblioteca de Historia Nacional. El original está en nuestro poder (Nota de Luis Augusto Cuervo.)
(6) Esta comunicación es el primero de los documentos que publicó el gobierno del Ecuador en el folleto titulado |Auxilios del Ecuador solicitados para Pasto.
(7) |Gaceta de la Nueva Granada, número 484.
(8) La narración de este hecho, no bien conocido, la fundamos en carta de Aranzazu escrita en esos días y que publicamos en el Epistolario (*), en la |Exposición dada a luz por el doctor Eladio Urisarri en 1841, en un artículo publicado en |El Día de 22 de abril de 1848, bajo el título de |Al autor del artículo ''Opinión de un artesano'' etc., y escrito por persona al parecer bien impuesta, y además en lo que nosotros mismos oímos de boca del señor Márquez.
(*) La carta es de fecha 4 de noviembre de 1840 y la publicamos en el tomo Idel |Epistolario, página 416. (Nota de Luis Augusto Cuervo.)

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