CAPITULO I
ESTUDIOS Y PRIMEROS DESTINOS
Familia del doctor Cuervo.-El
doctor Nicolás Cuervo-Primera educación.-Estudios.- Grados y
primeros servicios a la educación pública.-Métodos antiguo y
moderno.-Influjo de la época en la formación de ciudadanos
eximios.-Primeros cargos públicos.-Aficiones literarias.-Cómo
abandonó la poesía.
La parentela del doctor Rufino Cuervo es ejemplo curioso del
esparcimiento de las familias que dejaban la metrópoli para
establecerse en América, y al mismo tiempo del modo con que se
enlazaban y trababan los linajes de las más diversas procedencias,
hasta formar, por decirlo así, la resultante de la abigarrada
población española; de donde procede la uniformidad, si no
completa, por lo me menos muy notable, de usos, costumbres y
leguaje en la diversas nacionalidades americanas. El capitán don
Esteban Barreto oriundo de Portugal, pasó al Nuevo Reino de Granada
por los años de 1694 con su hermano don Antonio; mientras éste se
avecindó en Pamplona y dejó una numerosa descendencia, don Esteban
se estableció en Somondoco, donde beneficiando las minas de
esmeraldas, adquirió un crecido caudal. Entre sus muchos hijos se
contó don Francisco Hipólito, y entre los quince que éste tuvo,
doña Nicolasa, que casó en 1797 con el licenciado don José Antonio
Cuervo, matrimonio de que nació Rufino Cuervo en Tibirita el 28 de
julio de 1801. Por otra parte, don isidro Cuervo, oriundo de El
Ferrol, vino al Nuevo Reino en el siglo pasado y casó en Tunja con
doña Josefa Rojas, de quien tuvo cinco hijos, entre ellos el
mencionado don José Antonio. Para aumentar esta trabazón de
familias, nuestro padre se enlazó con doña María Francisca
Urisarri, hija de don Carlos Joaquín de Urisarri y Elispuru,
natural de Vergara en las provincias vascongadas, y de doña Mariana
Tordesillas y Torrijos, originaria de Castilla.
El licenciado don José Antonio Cuervo se dedicó al comercio y
fue muy desgraciado en sus negocios; al paso que los dos de sus
hermanos que siguieron la carrera eclesiástica alcanzaron los
primeros puestos en ella. Fray Mateo Miguel fue religioso de San
Agustín en Bogotá y murió siendo provincial. Don Nicolás, educado
por los jesuítas, no bien se ordenó de sacerdote, fue nombrado, con
don José Celestino Mutis, notario del concilio metropolitano de
1774
|
(1)
; regentó
las cátedras de latín, filosofía y Sagrada Escritura en el colegio
de San Bartolomé, contando entre sus discípulos al insigne
predicador don Francisco Margallo y Duquesne; después de
administrar varios curatos fue rector del mismo colegio, cuya
biblioteca aumentó con gran número de obras encargadas a Europa, y
mejoró notablemente el edificio dándole más luz distribuyendo con
mayor comodidad las piezas.
De medio racionero en el coro metropolitano ascendió a las
dignidades de maestrescuela, chantre y arcediano. Su nombre aparece
en el acta de la independencia, pero fue sobre todo desde 1819
cuando ostentó su patriotismo coadyuvando como Provisor y
Gobernador del Arzobispado al gobierno republicano para alentar el
espíritu público y destruir las preocupaciones que los realistas
sembraban contra la causa americana; llegó a ser llamado
"hijo del diablo, separado del rebaño de Jesucristo e
indigno del sacerdocio" por el obispo de Popayán, con
ocasión de haber anulado las excomuniones fulminadas por éste
contra los patriotas. Si los buenos ciudadanos le mostraron su
agradecimiento eligiéndole senador para el primer congreso
constitucional de Colombia y colmándole siempre de miramientos, los
fieles veneraron su austeridad, su mansedumbre y su caridad
inagotable, a que apenas bastaban las entradas que sus cargos
lucrativos le proporcionaban. Pasó de esta vida a los ochenta y un
años cabales el 5 de enero de 1832.
Muerto don José Antonio Cuervo sin mayores bienes de fortuna, su
hermano don Nicolás tomó a su cargo la educación de Rufino, y
llevándole a su casa, al par que le encaminaba con el ejemplo a la
práctica de las virtudes cristianas, le enseñó los primeros
rudimentos de la lengua latina. Le fueron tan provechosas esas
lecciones, que cuando en 1809 vistió la beca en el seminario de San
Bartolomé, pudo a pesar de su corta edad, ponerse entre los
primeros estudiantes de sus clases, y con gran rapidez ganó los
cursos de humanidades y filosofía hasta graduarse de bachiller en
artes; aplicóse luego a la jurisprudencia civil y canónica,
defendió públicas conclusiones en sagrados cánones y se graduó de
bachiller en leyes. Según sus certificados, "mereció por
sus grandes talentos que se le confiase la oración de
estudios" en 1817. Pasó de allí al Colegio Mayor del
Rosario, donde continuó y concluyó el segundo curso de derecho
canónico, graduándose de doctor en 1819. Oyó en seguida las
lecciones de derecho público que daba el doctor Ignacio Herrera y
defendió "con lucimiento y dando pruebas de su talento y
aplicación" públicas conclusiones sobre varios puntos de
esta facultad. En 1821 pronunció la oración de estudios. Practicó
asistiendo al bufete del doctor Sebastián Esguerra; sufrió ante
tres letrados el primer examen prevenido por la ley de tribunales;
para el segundo ocurrió al estudio del fiscal a sacar autos, lo que
hizo tocándole unos sobre la propiedad de una casa, y habiéndose
presentado después personalmente ante la Alta Corte de Justicia, se
le hizo a puerta abierta el examen sobre la materia del expediente,
y obtenida la aprobación del tribunal, recibió el título de abogado
el 29 de agosto de 1823.
Su tío, temeroso de que el engreimiento de los primeros triunfos
malograse sus esperanzas, no le dio en un principio, cuando todos
se deshacían en elogios, otro aplauso que decirle: ''Rufino, el año
entrante lo harás mejor''. Sin embargo, su júbilo rebosaba al ver
que poco a poco no sólo bastaba a lucir en sus estudios
particulares, sino que ganaba nombre fuéra de los claustros, y
llevado del deseo de comunicar a los demás sus conocimientos,
tomaba por propia la causa de la educación. En efecto, varias veces
replicó por su colegio en los actos públicos de los otros,
"manifestando sus grandes talentos y muy buena
erudición": presidió como profesor de retórica, un acto
público, en que el discípulo que lo sustentaba mereció singular
aprobación, y otros privados de geometría y Sagrada Escritura; fue
por tres años catedrático de lengua latina en el colegio del
Rosario sin recibir retribución alguna; por dos veces se opuso a la
cátedra de filosofía, y obtenida, la regentó también gratuitamente
el primer año, dictando unas lecciones de ética que sabemos se
conservaban manuscritas hace poco tiempo
|
(2)
.
De intento hemos hecho esta enumeración conservando los mismos
términos universitarios, para renovar la memoria de las prácticas
que se estilaban en tiempo de nuestros padres. El principal móvil
con que se trataba entonces de estimular a los jóvenes al trabajo y
a adquirir buen nombre, era la emulación, tanto en su mismo
claustro cuanto en los demás de la ciudad. Para unas conclusiones
no había de contentarse mi joven aprovechado con las nociones que
le proporcionaba el libro de texto, sino que debía buscar nuevos
argumentos y cuestiones con qué sorprender a sus contrarios; por
eso era indispensable que los colegios tuvieran biblioteca, y en
ella se aprendía a consultar los libros y a ensanchar la esfera de
las ideas. Cobraban estos actos mayor importancia con la rivalidad
que existía entre los colegios del Rosario y San Bartolomé, pues
era uso establecido que los estudiantes del uno habían de ir a
replicar a los del otro, y esto en medio de una gran concurrencia y
delante del cuerpo docente de la ciudad y de las primeras
autoridades del Estado y de la Iglesia. El público se apasionaba
tánto en estos torneos literarios, que se mostraba en la calle con
el dedo al vencedor y al vencido. El laureado estaba seguro de ser
bien acogido hasta en las casas más distinguidas, y agasajado de
todos, entraba de hecho a la aristocracia del talento, superior
entonces a la del dinero, y hallaba abierto el camino para una
lucida carrera pública. Cuando un joven de aventajadas prendas
coronaba sus estudios, todos creían de su deber ratificar en el
trato común las calificaciones académicas; así vemos que desde el
punto que se graduó Rufino Cuervo, nunca se dejó de poner a su
nombre el título de
|doctor, por lo cual de ahora en adelante
lo haremos siempre así en este escrito.
Lo que hemos dicho sobre la enseñanza en tiempos pasados,
sugiere compararla con la de época más reciente. Contentándonos con
poner en manos de la juventud obras más conformes al progreso
científico, parece que nos hubiéramos propuesto mutilar en cierto
modo la enseñanza, limitando la influencia directora del maestro y
cortando las alas a la actividad expansiva, y asimilativa al mismo
tiempo de los ingenios juveniles. Como si no hubiera otro empeño
que el de hacer a los discípulos apropiarse las ideas y aun las
palabras literales de un autor único, ni se les deja tiempo para
digerirlas, ni se les ofrece campo para contrapesarlas con la
comparación de otros libros, o con las observaciones propias.
Puestos así maestro y discípulo en tan enojosa faena, a poco se
convierten ambos en
|homines unius libri, infecundos y
pertinaces en sus opiniones, si es que en un joven enseñado de este
modo no pasa toda doctrina como una sombra fugaz. ¿Cómo puede
concebirse que se aprendan las humanidades sin que las acompañe el
ejercicio de composición y la lectura comentada de los clásicos
propios y extranjeros para que el alumno se adiestre en el arte de
escribir y modere la rigidez de los preceptos dogmáticos con el
ejemplo de los grandes modelos? ¿Cómo podrá discurrir sobre
materias filosóficas si una sabia dirección no pone orden en sus
ideas y lo habitúa a la sobriedad cortando el inútil follaje de la
palabrería y templando la petulancia de los primeros años? ¿Cómo
saldrá hábil jurisconsulto quien deja las aulas sin haber tomado
nunca en sus manos los cuerpos del derecho civil y canónico, los
antiguos códigos españoles y en fin las fuentes en que se halla la
razón de las leyes ¡Quiera el cielo que una generación más feliz
goce de una juiciosa reforma en los estudios, que, enalteciendo el
profesorado, fecundice los talentos de la juventud!
No fue sólo el régimen universitario el que en aquellos tiempos
formó tántos ciudadanos eminentes: en los albores de la patria todo
fue escuela, los campos de batalla con sus héroes de epopeya, los
cadalsos con la serenidad y constancia de los que morían por la
República, las asambleas con el desinterés y amor del bien común,
los hogares mismos con la dignidad en la miseria y las
persecuciones. Así nació en la juventud aquella idolatría por la
libertad, aquel patriotismo sin límites que no retrocedía ante
ningún sacrificio, y lo emprendía desinteresadamente, como pagando
una deuda sagrada. Con el mismo ardor se ofrendaba a la patria los
que se alistaban en los ejércitos para expeler a los opresores, que
los que se consagraban al estudio para ilustrarla con su ciencia.
El doctor Cuervo recordaba días tan placenteros, en la oración con
que abrió en la Universidad los estudios el año de 1846:
"Cerca de un cuarto de siglo hace que al principiar el año
escolar pronuncié un discurso, que como éste, tenía por objeto
alentar la juventud al estudio. Era aquella edad de poesía y de
encanto para mi cara patria y para mis juveniles años. Granadinos y
venezolanos acababan de humillar el poder español en la gloriosa
jornada de Carabobo, preparábase el héroe de la empresa, el
inmortal Bolívar, para ir a dar libertad a los hijos de
Manco-Cápac, y la victoria aguardaba en Ayacucho a Sucre y a
Córdoba para sellar definitivamente la independencia del inundo que
descubrió Colón. El congreso de Cúcuta había sancionado los dogmas
de la soberanía nacional, de la libertad política y de la igualdad
legal, había desencadenado la facultad de pensar y de expresar el
pensamiento y había abolido el tráfico de carne humana. Qué
circunstancias y qué estímulos presentaba entonces este grandioso
conjunto de cosas para dedicarse al cultivo de las
ciencias!"
El mismo año en que el doctor Cuervo alcanzó el de abogado,
comenzó su carrera pública, siendo elegido popularmente regidor del
cabildo de Bogotá, donde a contentamiento de todos desmpeñó varias
comisiones importantes, y nombrado por el gobierno fiscal de la
comisión principal de repartimiento de bienes nacionales, puesto
que ocupó hasta 1825. Llamado interinamente en abril de 1824 a la
fiscalía de la corte superior de justicia del distrito del centro,
hubo de renunciarla para aceptar el cargo de juez político del
cantón; y como si de una vez se quisieran probar todas sus
aptitudes, se le encargó también de la dirección general de
estudios del departamento.
En estos primeros pasos de su vida pública dejaba colmadas las
esperanzas que de él habían concebido sus apasionados, tal que al
separarse de la judicatura política le extendió la municipalidad
con la firma de todos sus miembros una manifestación de aplauso por
la integridad, consagración y desinterés con que había servido el
destino. Cualidades fueron éstas que jamás le abandonaron, y que
reconocidas aun por sus émulos y enemigos políticos, contribuyeron,
junto con su infatigable aplicación al estudio, a conciliarle desde
un principio la estimación de los magistrados y de los
políticos.
Grandemente influyó en el desarrollo de sus facultades
intelectuales el estudio detenido de los Clásicos latinos,
especialmente Cicerón, Horacio y Virgilio, que lo deleitaron hasta
sus postreros días, y le sirvieron para atildar su estilo y aguzar
aquella facilidad de análisis que permite al abogado o al juez
descubrir la verdad en los más intrincados expedientes o hallar de
una ojeada la justa interpretación de la ley. Apasionado también de
la literatura francesa, que al desaparecer el gobierno colonial
inundó las nuevas repúblicas, dio a sus conocimientos cierto brillo
de que carecían no pocos jurisconsultos y hombres de letras de su
tiempo, y se acostumbró, como escritor y polemista, a tratar con
amenidad aun las cuestiones más arduas. De aquí derivó además el
cuidado de mantenerse siempre bien impuesto del movimiento
científico y literario europeo. A él llegaban con frecuencia antes
que a nadie las obras más aplaudidas; según nos contaba nuestro
amigo don Pedro María Moure, él recibió el primer ejemplar de
|El
moro expósito, y habiéndolo prestado a algunos amigos, produjo
tan viva impresión que se lo arrebataban todos y tardó mucho tiempo
en volver a sus manos. Vergara refiere en la introducción de la
|Historia de la literatura en Nueva Granada, que al doctor
Cuervo debió el conocimiento y lectura del
|Resumen histórico de
la literatura española de Gil y Zárate. Con la misma solicitud
buscaba y coleccionaba las obras de nuestros historiadores
cronistas y multitud de publicaciones importantes para el
conocimiento de nuestra patria; por manera que en su biblioteca se
hallaban en fraterna consorcio los libros científicos y
profesionales y los de artes y literatura.
Desde temprano disfrutó del concepto de docto, y su voto no sólo
era acatado para los asuntos públicos sino solicitado en lo íntimo
de la amistad para trabajos científicos y literarios. Fue de los
primeros en cultivar la literatura festiva, ya en el campo de la
crítica, ya en la descripción de costumbres y caracteres; y por la
correspondencia de sus amigos se ve que casi siempre le atribuían
aquellas publicaciones anónimas en que chispeaban las sales urbanas
del antiguo ingenio bogotano. El mismo contaba que en su primera
juventud cayó en la tentación de hacer versos, sin callar con qué
ocasión se curó de la gana de volverlos a hacer. Hallándose un día
con el doctor Miguel Tobar, quien le trataba con familiaridad, le
leyó un soneto acabado de componer, anunciándoselo como de un amigo
que deseaba saber su opinión; pero aquél, conociendo por la énfasis
de la lectura quién era el verdadero autor, le dijo: "Eso
es tuyo, y está muy malo".
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(1)
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Este concilio suspendió sus sesiones en enero de 1775, y no
volvió a reunirse. Don José Manuel Groot en su Historia
eclesiástica y civil de Nueva Granada, tomo 1, capítulo XXXII, dice
que no se sabe por qué no volvió a darse paso alguno para la
continuación y conclusión del concilio. En la noticia necrológica
del doctor don Nicolás Cuervo publicada en el Constitucional de
Cundinamarca, de enero de 1832 se afirma que esta asamblea se
suspendió en virtud de una real cédula, y por el mismo pasaje de la
relación de mando del virrey Guirior citado por el señor Groot
puede colegirse que éste influyó en la determinación del rey.
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(2)
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En la Gaceta, de 8 de agosto de
1824, dándose cuenta de los actos literarios de los colegios de
Bogotá, leemos: ''En el del Rosario el doctor Rufino Cuervo,
catedrático de filosofía, con su discípulo Tomás Núñez presentó un
acto de cuestiones sobre los derechos y deberes del hombre en
sociedad; otro sobre los principios y reglas de la elocuencia, que
explicó su discípulo Eladio Manrique, y finalmente toda su clase
hizo en otro certamen una hermosa explicación de la geografía de la
República, contraída a su extensión, limites, temperatura,
habitantes, producciones naturales, montañas, ríos, lagos
principales y su división territorial.'' En la del 31 de julio de
1825: ''Los cursantes del último año de filosofía que ha leído el
doctor Rufino Cuervo presentaron un certamen en física de lo más
importante de la estática, óptica, catóptrica y dióptrica, con el
más lucido desempeño. La Universidad de Santo Tomás, a la que fue
consagrado, confirió al terminar el acto el grado de bachiller en
filosofía a los mismos cursantes, que fueron: Ramón
Mejía..."
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