INTRODUCCIÓN
Dejando aparte el enojoso examen de lo que España dio o pudo dar
a sus colonias en América, el hecho es que al comenzar el presente
siglo en todas ellas había ciudades y pueblos con edificios más o
menos notables, caminos, y un sistema de gobierno que, con todos
sus defectos, fue para los colonos escuela de orden y obediencia,
como para los futuros gobernantes fue base de la administración
publica. La organización de las municipalidades, cuyos privilegios
eran como un lejano reflejo de aquellos fueros, fundamento de la
antigua libertad española, contenía el germen de la conciencia del
derecho y del amor a la cosa pública, hasta el punto de haber
servido en ocasiones de freno a las demasías de los virreyes.
Ninguna de las colonias carecía de m colegio o universidad dotada
de biblioteca que diariamente se enriquecía con obras valiosas y
provista las más veces de instrumentos científicos. Hallábanse
introducidos y aclimatados, aunque en forma harto rudimental el
cultivo de la tierra y los oficios mecánicos, que proporcionaban
sustento y ocupación a la clase pobre y bastaban a las modestas
necesidades de un pueblo que, como hijo menor, se criaba todavía al
abrigo del techo paterno. Y por fin, lo que vale más que todo: ya
no eran las Indias como las pinta Cervantes, refugio y amparo de
los desesperados de España, iglesia de los alzados, salvoconducto
de los homicidas, pala y cubierta de los jugadores, añagaza general
de mujeres libres, engaño común de muchos y remedio particular de
pocos; los descendientes de aquellos perdidos, morigerados a la
sombra de la paz y con el influjo benéfico del trabajo, arrimada la
rodela y la espada, indispensables a todo vecino en los primeros
tiempos de la colonia, eran ya capaces de todas las virtudes
sociales, descollando entre ellos muchos varones insignes por su
saber y probidad, que abrigaban los más altos pensamientos, y
competían con la gente reposada y de valer que, sobre todo en los
últimos tiempos, iba a la metrópoli.
Concretándonos a nuestra patria, vemos que la revolución de 1810
fue proclamada y defendida por un núcleo de hombres que no pudieron
formarse sino en el seno de una sociedad culta: ¿cómo pudo Nariño
comprender los Derechos del hombre, que en 1794 tradujo e imprimió
furtivamente para circularlos entre sus conciudadanos, y dónde
aprendió a manejar la pluma para redactar periódicos políticos en
los primeros días de la independencia? Don Camilo Torres no fue a
otra parte a adquirir su ciencia jurídica, y en el foro bogotano
ensayó su magnífica elocuencia. Caldas estudia nuestro cielo en el
observatorio de Bogotá; como miembro de la Comisión botánica
dirigida por el sabio español Mutis, describo las bellezas de
nuestra zona, y en compañía de Lozano, Valenzuela, Pombo, Zea y
otros no menos ilustres funda el Semanario, el periódico más
científico que se ha producido en la América del Sur, y que vivió y
fue leído por años enteros, probando que el país estaba preparado
para recibirlo y que no escaseaban personas ávidas de saber. No sin
razón, pues, quedo sorprendido Alejandro de Humboldt al encontrar
allí la ciencia floreciente y con elementos para progresar, entre
las cuales no era lo menos el fervor de sus cultivadores. En el
clero sobresalían muchos no sólo por su virtud e instrucción en
materias eclesiásticas, sino también por sus sólidos conocimientos
en las ciencias naturales y matemáticas, no faltando quién, como el
erudito Duquesne, se aplicase a interpretar los monumentos de los
aborígenes; y, cosa muy digna de notarse, casi todos con espíritu
liberal siguieron ardorosamente la causa de la emancipación.
Sería insensato ocultar que los métodos de enseñanza eran
defectuosísimos, pero eso no dependía de mezquindad en la
metrópoli, sino de la misma decadencia en que de tiempo atrás ella
se encontraba. Muchos de los maestros y profesores de la colonia
eran trasunto de los que formaron a Fray Gerundio, y todavía en
época muy posterior se veía a los ergotistas manotear, zapatear y
vociferar sustentando cuestiones baladíes; pero nada de esto
impedía que los ingenios privilegiados se abriesen camino y que se
extendiese más y más cada día la afición a las letras. Era
costumbre que las familias principales asistieran a los actos
públicos de los colegios, para estimular a los cursantes con su
presencia; y aunque todo se trataba en latín, no era raro que las
damas siguieran atentamente el certamen, y aun que se adhirieran a
tal o cual opinión. Esto no indica que hubiesen hecho estudios
literarios, sino que desde niñas estaban en contacto con los que se
dedicaban a las letras y que en todo lo que las circuía se
respiraba el ambiente universitario. Algunas no sabían acaso
escribir bien las palabras de su propia lengua, pues la educación
de la mujer era, como en casi todas partes, en extremo deficiente;
pero sí podían sostener con los letrados una conversación elevada,
y aun en último caso dejaban brotar una cuarteta o una décima; que
el dón de la poesía, según lo nota el geógrafo Murillo Velarde (1), era ingénito en los
bogotanos. Aún vive la memoria de las tertulias literarias en que
intervenían activamente las señoras, lIegando el caso de que nuevas
Corinas obtuvieran con sus improvisaciones la palma del triunfo en
las lides poéticas. Y cuenta que este elogio no excluye el que las
bogotanas con la sencillez de sus costumbres hicieran felices sus
hogares. El común de las gentes miraba, no ya con respeto, con
veneración a los hombres instruídos o que pasaban por tales,
connotando con el calificativo de sabio algo como sobrehumano. Hoy
mismo, según lo advierte un viajero, don Miguel Cané, se lamenta
más el sacrificio de Caldas que cuantos sacrificios y desgracias
trajo consigo el ejército expedicionario.
Como las noticias íntimas que nos quedan de la vida colonial
proceden de los recuerdos que nuestros mayores hacían de los días
de su niñez, con facilidad nos imaginamos que aquello era otra edad
de oro. A sus ojos todo era contento, tranquilidad y bienestar, sin
que turbase la general concordia otra cosa que alguna jácara,
ensaladilla o pasquín con que unas familias se despicaban con
otras, al fin como en población donde todos se conocen, y que
corría de boca en boca alimentando la inocente malignidad de la
gente buena. Sin embargo, había causas de disgustos y división que
cada día obraban con mayor intensidad, anunciando sucesos infaustos
para la colonia, era la principal la rivalidad entre españoles y
americanos, proveniente así de la arrogancia de los recién llegados
como de la injusticia con que se negaba a los nacidos en el país la
participación en los destinos públicos. Esto no se ocultaba a
algunos peninsulares observadores, que aconsejaban se pusiese
remedio a tan grave mal. Don Francisco Silvestre, secretario que
fue del virreinato y gobernador de la provincia de Antioquia, en su
Descripción del Reino de Santa Fe de Bogotá, escrita en 1789,
pondera juiciosamente estos peligros, y asienta que uno de los
primeros cuidados del gobierno ha de ser estrechar y hacer más
íntimas las relaciones entre los habitantes de la América española
y los de la Península, si es que se quiere conservar perpetuamente
su unión, nacionalidad y conformidad de sentimientos en orden a
religión y gobierno; y sobre todo reputa tan preciso desterrar la
oposición entre españoles europeos y españoles americanos, que sin
esto debían temerse siempre inquietudes que algún día acarrearían
la pérdida de la colonia; para lo cual el medio más regular y
sencillo, fundado en la razón, en el derecho natural y en la
política, sería colocar a unos y otros sin distinción en los
empleos civiles, militares y eclesiásticos: ''lo contrario,
concluye, mantendrá constante la envidia, la desunión y rivalidad,
y causará malos efectos al Estado, de que Dios no permita que el
tiempo sea testigo" (2).
Mal dispuestos así y encontrados los ánimos, cualquier motivo
aun insignificante, cualquier lance pasajero podía ocasionar un
rompimiento; tal sucedió por efecto de la imposición de nuevos
tributos para subvenir a los cuantiosos gastos que demandaba la
guerra de España con Inglaterra. Entonces se vieron los alzamientos
de los Comuneros en el Socorro y disturbios en otras partes del
virreinato; pero estos movimientos fueron fugaces como aguacero de
verano, porque, con ser justos en su origen, faltaba lo único que
sostiene y dilata las revoluciones: un movimiento paralelo en las
ideas, una aspiración trascendental en las clases elevadas de la
sociedad, únicas capaces de conmover y dirigir a los pueblos a la
conquista de un ideal generoso.
Cosa singular y en que no todos han reparado, el soplo de vida
que había de dar fuerza irresistible a los americanos vino de
España. La resurrección literaria producida por el advenimiento de
la caso de Borbón y la guerra que comenzó a hacerse al mal gusto, a
las supersticiones y patrañas que bajo el despotismo tenían
enmohecidos los espíritus, no dejaron de tener resonancia en
Ultramar, como bastaría a probarlo el ansia con que se devoraban
las obras de Feijoo. Con esto se dispusieron favorablemente las
inteligencias y los corazones a escoger el amor de la libertad,
cuyas semillas se propagaron por todo el continente, gracias al
apoyo que dio España a las colonias inglesas en su lucha por la
independencia. Para esta empresa se imponían nuevas cargas a los
americanos y se hacían llegar a sus oídos las causas y fines de la
insurrección, lo que era tanto como justificarlas. Quizás los
españoles antes que los americanos cayeron en la cuenta de la
influencia que habían de tener pasos tan aventurados, como lo
indican los temores del conde de Aranda y las medidas que proponía
para salvar el influjo de España, ya que se perdiese su dominación;
comprueba lo mismo el haberse achacado en el Nuevo Reino de Granada
la resistencia de los pueblos del Socorro a pagar los nuevos
tributos, al deseo de imitar lo que en caso semejante habían hecho
los americanos del Norte.
La propaganda doctrinaria de la revolución francesa no hizo más
que recoger y formular las aspiraciones vagas que en muchas partes
del mundo apuntaban, por lo cual hallaron camino y entusiasta
acogida en todos los que se figuraban defraudados de algún derecho.
Asustados los monarcas, pensaron atajar el incendio poniendo valla
a la circulación de los nuevos principios y castigando severamente
a sus propagadores. En el Nuevo Reino, Nariño y sus compañeros
fueron a dar a los presidios de Africa, y poco después se cerraron
las cátedras de derecho natural y de gentes, como en todos los
dominios españoles (3). Vana
ilusión: las ideas, como el aire, todo lo penetran: las librerías
de los conventos mismos sirvieron en Santa Fe de vehículo a las
doctrinas que el gobierno anatematizaba, y a la sombra del claustro
se fortificaban en ellas los que habían de plantearlas. Fue España
la que abrió Las puertas dando ejemplo de luchar por su
independencia contra las fuerzas gigantescas de Napoleón, e
invitando a los americanos a defender la patria común:
"Burlemos, les decía, las iras del usurpador reunidas la
España y las Américas españolas; somos todos españoles, seámoslo,
pues, verdaderamente, reunidos en la defensa de la religión, del
rey y de la patria". A estas voces los americanos
sintieron por primera vez que tenían patria y también que no habían
sido ni eran ciudadanos: en su primer arranque aceptaron el título
de españoles, pero sólo a condición de ser igualados en derechos
políticos a los peninsulares. ''Quiera el cielo, escribía don
Camilo Torres en 1809, a nombre del Cabildo de Santa Fe, que otros
principios y otras ideas menos liberales no produzcan los efectos
de una separación eterna!" Sin embargo, los americanos
agraviados por un Iargo desdén no podían contentarse con una patria
puesta allá al otro lado de los mares y que no se acordaba de
llamarlos hijos sino a la hora del peligro; par eso quisieron
fundar la suya en el suelo natal, resueltos a defenderla a todo
trance contra cuantos pretendieran oponerse a sus designios. Los
que entonces eran ancianos, hombres o jóvenes se arrojaron a la
lucha, pero su inexperiencia los arrastró, en busca de utopías, a
la anarquía, y debilitadas sus fuerzas, dieron un fácil triunfo al
ejército invasor de Morillo, que todo lo cubrió de sangre y de
ruinas; recobrada la patria por el valor imnortal de Bolívar,
apareció ante el mundo llena de gloriosas esperanzas. Los que de
niños entreoyeron las ilusiones de aquellos primeros patriotas,
luégo notaron su desaliento en el general desorden, después
asombrados vieron los patíbulos y los miembros de las víctimas
puestos en jaulas o clavados en escarpias, y por fin tomaron parte
en el gozo inefable del triunfo, se sintieron arrebatados de un
amor mezclado de ternura hacia la patria que evocaba tántos
recuerdos y había costado tántos sacrificios, y escarmentados con
los extravíos anteriores, no tuvieron otro pensamiento que levantar
sobre los escombros de la dominación española una nación de cuyo
nombre pudieran gloriarse sus descendientes. A esta generación
perteneció el doctor Rufino Cuervo.
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(1)
|
Geographia historica, tomo IX, pág. 224 Madrid, 1752.
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(2)
|
Anales de la instrucción pública en la República de Colombia,
N° 79, pp. 224, 225.
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(3)
|
Real orden de 31 de julio de 1794. (Novísima Recopilación,
lib. VIII, tít. IV, 1.5.)
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