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CAPÍTULO VI
Estado del país
desde 1498 hasta 1781 - Antiguos habitantes - Sus usos - Sus
costumbres - Con quistas comerciales - Conquistas religiosas -
Conquistas militares - Quesada - Debilitamiento de la población
India - Los negros - Su estado y condición - Mezcla de razas
Puertos Iglesias Aldeas Ciudades - Las minas -
Agricultura colonial- Agricultura europea - Industria -
Repartimientos - Las encomiendas - Tributos indios - Gobierno
español - Profunda paz.
Cuando América fue descubierta, las hermosas llanuras de Cumaná,
de Caracas y las que riegan el Apure y el Orinoco estaban pobladas
por una raza salvaje de una ferocidad y de un valor indomables; sus
tribus, errando siempre por entre jarales inexpugnables
alimentándose de frutas o de la caza, durmiendo en el suelo durante
la época seca o en las ramas de los árboles en la de las lluvias,
iban casi completamente desnudas; los adornos más en boga entre
ellas consistían en las pinturas extrañas con que se cubrían el
cuerpo, en los huesos o en los dientes de fieras que llevaban en
las anchas aberturas que se hacían en el lóbulo de las orejas, y en
los enormes anillos de oro que pendían de un agujero que taladraba
el tabique de la nariz; por lo general llevaban unas plumas en la
cabeza y se tapaban algunas partes del cuerpo con los despojos de
las fieras.
Pero en medio de todas esas miserias tenían una ambición: el
mando supremo era objeto de todas las codicias; era el galardón de
las pruebas más dolorosas; el menor quejido era motivo suficiente
de exclusión.
¿Qué necesidad tenían esas sociedades bárbaras de tener un
jefe?, ¿qué pleitos tenían que dirimir?, ¿qué despojos, qué
conquistas tenían que repartir? Los cadáveres ensangrentados de sus
enemigos y nada más, pues en su mayor parte, cuando no había caza,
se alimentaban con los miembros palpitantes de sus prisioneros;
pocas eran las tribus que sentían horror por esos espantables
festines.
Por el contrario, en las montañas las costumbres se
dulcificaban. La rica provincia de Antioquia era la única que
todavía guerreaba; en la llanura en que más tarde se fundara
Santafé, la nación muisca tenía ya algunas leyes, las relaciones
entre los diferentes poblados eran frecuentes y gozaban de
seguridad. La agricultura empezaba a estar glorificada; la
propiedad era respetada, las ciudades tenían viviendas bastante
cómodas y la gente iba vestida con decencia. Sin estar rodeada del
boato que resplandecía en las cortes de Tenochtitlán y de Cuzco, la
del jefe de Cundinamarca, a quien los españoles daban el título de
rey, no carecía de pompa. La religión tenía sus templos, sus
altares, sus sacrificios y sus sacerdotes; de todos los indios que
poblaban esas regiones, los muiscas eran los únicos que no
inmolaban a sus dioses, el Sol y la Luna, más que aves, a las que
enseñaban algunas palabras de su lengua con objeto de que las
divinidades engañadas las acogiesen como si fueran víctimas
humanas. En todas las demás regiones no se inmolaban más que éstas,
y los jóvenes criados para ser degollados en esos horribles
sacrificios, se vendían en muchas ocasiones a precios elevados.
A la noticia del descubrimiento del Nuevo Mundo, cuyos
habitantes, hasta los más salvajes, llevaban collares y brazaletes
de oro, los soldados españoles, cansados de las guerras de Europa,
en las que no encontraban más que un mezquino botín y los moros y
los judíos, que no podían soportar el yugo que acababa de serles
impuesto, todos partieron para conocer esas tierras nuevas y
crearse en ellas una nueva patria; pero a lo largo de la costa de
la América Meridional que baña el mar de las Antillas fueron
rechazados por todas partes por los indios, y vieron así fallidas
sus esperanzas. Estos desastres, repetidos, provocaron tal
desaliento que el Gobierno español se vio constreñido a sacar, como
si dijéramos, la conquista de Venezuela a pública subasta. Unos
mercaderes alemanes se encargaron de ella en 1528 y la llevaron a
cabo con una crueldad inimaginable
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Las costas estaban dominadas, ya se alzaban a alguna distancia,
tierra adentro, viviendas que incesantemente los salvajes que
vivían en las selvas reducían a cenizas; los colonos, espantados,
apenas si se atrevían a salir de sus fuertes de tierra rodeados de
empalizadas; entonces la religión se encargó de detener esos
excesos y de llevar a cabo una conquista que la espada no pudo
realizar. Los misioneros penetraron en las guaridas espantosas que
daban asilo a los indios. La mayor parte de esos pacíficos
conquistadores perecieron víctimas de su celo. Los que tuvieron la
suerte de no ser inmolados marcharon de victoria en victoria, y a
medida que iban penetrando en el país levantaban iglesias de caña y
de paja, y así llegaron hasta las márgenes del Orinoco, después de
haber abierto una línea de comunicación segura entre ese río y
Venezuela, por medio de lugares de asilo, establecidos de trecho en
trecho, que ya eran respetados hasta por los mismos salvajes.
Hacia la misma época, unos soldados émulos de la gloria de
Cortés y de Pizarro escalaban la cordillera al mando de Quesada
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y sometían una serie
de imperios. En efecto, este jefe enardecido por las relaciones
seductoras de muchos indios que, señalándole el Sur, le aseguraban
que en esa dirección encontraría un imperio rico y poderoso, salió
de Santa Marta en abril de 1536. Seiscientos infantes y ochenta y
cinco jinetes le acompañaban. A fuerza de trabajos y de
sufrimientos infinitos, sus embarcaciones frágiles y mal
construidas lograron remontar el Magdalena. Los obstáculos que este
río le puso, en lugar de amilanarle, le enardecieron. Muchos de sus
compañeros perecieron víctimas del cansancio y de las privaciones.
Nada le detuvo: atacó a los indios que vivían en el cantón en que
después se edificó Vélez, les derrotó fácilmente, atravesó su
territorio y descendió victorioso a las hermosas llanadas de Ubaté
y de Bogotá. No mintieron las relaciones que inflamaron su valor.
Cundinamarca, tal era el nombre que entonces llevaba la región que
después se llamó Santafé, era rica. Los zipas, poderosos príncipes
regidos por un gobierno feudal, gobernaban el país y protegían una
industria que empezaba a desarrollarse. Sus templos, sus palacios
con techo de paja, encerraban tesoros considerables.
En esta forma unos cuantos hombres intrépidos terminaron en un
año la conquista de las regiones a las que luégo se dio el nombre
de Virreinato de Nueva Granada y que no son más que una parte de
él.
Los indios no carecían de valor, pero los españoles en el siglo
XVI eran lo que los franceses fueron en el XIX, afortunados e
invencibles.
Todo en los indios revelaba una tendencia a la civilización.
Pero la avidez de los españoles, aumentada por ese espectáculo, no
buscaba más que nuevas conquistas. Ni el mal estado de los caminos,
ni la escasez de víveres, ni los calores sofocantes, ni las flechas
envenenadas de los indios, nada pudo moderar su energía
emprendedora; un aventurero cualquiera enrolaba en un puerto del
mar de las Antillas unos cuantos soldados, y, provistos de pólvora
y de balas, se hacían a la mar para conquistar reinos e
imperios.
No menos valiente que Pizarro, su teniente Belalcázar fue su
émulo de gloria. Quito, Pasto, Popayán y el valle del Cauca
reconocieron su autoridad. Entonces, atravesando el Quindío y el
Magdalena llegó al llano de Bogotá en el mismo momento en que
Quesada terminaba la conquista y fue uno de los fundadores de la
capital de tan ricas comarcas.
Al oír hazañas tan famosas, al ver los campos de batalla y los
riscos inexpugnables en que combatieron los españoles, no se
explica úno fácilmente cómo pudieron obtener éxitos tan prodigiosos
y tan rápidos, sobre todo si nos atenemos a los datos de los
primeros historiadores relativos al número considerable de
habitantes con que debieron enfrentarse. Ahora bien: España, dueña
ya de las costas de África, no las abandonó para lanzarse a la
conquista de América, más que porque en este continente encontró
una población menos densa y menos guerrera. Pero además, utilizando
hábilmente las disensiones intestinas de los indígenas, los
capitanes españoles encontraron en todas partes traidores que les
indicaban los caminos y las emboscadas que les tendían, en tanto
que las mujeres les servían de intérpretes y de emisarios.
El reclutamiento se hacía sobre todo en Santo Domingo; esta isla
se iba ya llenando en esa época de negros y de mestizos se les
organizaba en compañías y se les llevaba al continente. Esos
hombres eran los mejores soldados que había para luchar en este
clima. Talvez el indio actual conserva por herencia un odio
implacable contra los negros. Y una prueba de que hubo negros en
América desde el primer momento, es un jeroglífico mejicano que
representa un motín de negros en Méjico en 1537
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.
Éstos, después de haber sido utilizados para la conquista de
imperios tan ricos, debían servir para poblarlos. En efecto, los
vencedores dedicaron imprudentemente al trabajo de las ruinas y al
laboreo de la tierra, a los indios acostumbrados a una inveterada
ociosidad y además incapaces de trabajar en los climas cálidos,
donde no habían nacido, de modo que fueron sucumbiendo bajo el peso
de fatigas que en realidad no eran excesivas, pero a las que no
estaban acostumbrados. Más tarde se puso remedio a esto. Los reyes
de España prohibieron que se llevase a los indios de la cordillera
a los llanos
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.
Si se hiciese trabajar a la población blanca de las Antillas
durante algunos días bajo el sol del trópico, en seguida sucumbiría
y acabaría por extinguirse por completo, a pesar de haber nacido en
esa región.
Esto es lo que sucedió en el archipiélago americano; al cabo de
dos siglos no quedó un solo indígena. Los de los llanos de
Venezuela también hubieran desaparecido de no haberse refugiado en
las selvas del Orinoco.
En las montañas no sucedió lo mismo; ningún indio murió a
consecuencia del trabajo en las tierras, debido a que se
encontraban en un clima apropiado a su naturaleza de modo que el
número de indios en vez de disminuir se fue aumentando
considerablemente.
El africano era el único que podía resistir los calores
tropicales era el único a quien podía obligársele, a pesar suyo, a
trabajar sin que muriera de pena y de fatiga. Se pidió a España
autorización para llevar a esa gente a los países cálidos. La Corte
de Madrid tardó mucho tiempo en resolverse a conceder ese peligroso
privilegio; finalmente se le arrancó para calmar a la humanidad,
que se alzó en favor de los indios, y para poblar aquellos vastos
imperios, que ya antes de la Conquista ofrecían enormes extensiones
deshabitadas y que además, a decir verdad, no eran más que una
extensísima selva a lo largo de cuyas lindes erraban algunas tribus
miserables
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.
De esta forma, los negros destinados a cultivar la tierra
americana empezaron llegando como esclavos a estas regiones que un
día habrían de repartirse con sus amos. Éstos, que no trajeron
mujeres con ellos en estas penosas expediciones, empezaron por
tomar las de las naciones vencidas y poco después las de sus
esclavos.
Estos últimos, a su vez, sujetos en las encomiendas a la misma
cadena que los indios se sobrepusieron a la antipatía que les
inspiraban sus compañeros de infortunio, les pidieron que les
diesen esposas y las obtuvieron; fueron pues los negros los que se
unieron a las indias, y nunca los indios con las negras, por las
que sentían una invencible repulsión
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Así fue como la población uniforme de Venezuela, cuyos rasgos
recordaban su origen asiático
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, adquirió mil matices diferentes en el
colorido del rostro; sin embargo el color blanco se consideró como
el único que tenía derecho a la consideración social, y las mujeres
blancas ambicionaron el honor de dejar a sus hijos esa soberbia
herencia; de modo que en poco tiempo el número de mestizos blancos,
es decir hijos de indias y de europeos, se acrecentó
prodigiosamente. Una gran parte de la familia india se fundió y se
perdió, a tal punto que se creyó que los españoles les habían
matado a todos.
Al propio tiempo una gran cantidad de negras vino a aumentar esa
familia, ya tan mezclada; sin embargo, a pesar de esos cruces
infinitos de razas, el honor de poblar el continente correspondió a
la raza blanca, ya que el número de hombres de color es en él mucho
menor que en las Antillas, donde el color blanco tendió siempre a
ser absorbido en el de los negros.
Las disposiciones dictadas durante cerca de dos siglos por los
reyes de España para obligar a sus súbditos del Nuevo Mundo a
casarse, prueban evidentemente que sólo fue a América un número
reducido de europeas. Cuando en el siglo XVIII las mestizas y las
mulatas se convirtieron en blancas, idénticas a las mujeres de
nuestro continente, se olvidó su origen, y los españoles se casaron
con ellas. Y no puede haber duda acerca de esto, ya que en esa
época no se renovaron las antiguas cédulas o disposiciones
relativas al matrimonio de los colonos.
Dueños de las costas, los españoles se apresuraron a levantar
algunos fuertes, desde los que, seguros de no ser sorprendidos y
dispuestos a embarcarse al menor ataque serio, prepararon la
conquista de las regiones del interior. El emplazamiento de sus
factorías estuvo muy bien escogido; aprovecharon para ello las
condiciones del terreno, que de trecho en trecho les ofrecía
lugares aptos para defenderse de diaban sus conquistas, y de otra
contra sus enemigos de dentro que, aunque un poco tarde, pensaban
ya en arrebatárselas. Puerto Cabello y La Guaira, defendían a
Venezuela; Maracaibo, el acceso a la cordillera; Santa Marta y
Cartagena, el rico canal del Magdalena; Santo Tomé, el Orinoco;
Panamá, el importante paso a los dos mares. Una bandera flotó en
distintos puntos de la costa del mar del Sur: eso bastaba por
entonces a España para hacer respetar su soberanía en esos parajes,
hasta entonces desconocidos de los demás Estados de Europa.
Al adentrarse por el interior de una región nunca dejaban de
edificar un templo. Se había enseñado a los indios a respetar esos
asilos, perdonándoles la vida cuando, derrotados, se acogían a
ellos. Esas iglesias servían, además, para obligar a esos salvajes
a salir de las selvas, atraídos por las ceremonias religiosas en
las que los españoles han desplegado siempre la mayor pompa.
Pero cuando era necesario establecerse en lugares habitados por
tribus montaraces, se fortificaba la casa del pastor, y la
aldehuela, rodeada por un foso, quedaba protegida contra cualquier
ataque imprevisto; sin embargo, ¡cuántos de estos centros de
población fueron arrasados por los panches y los andaquíes! Estas
tribus, mejor informadas que las otras de los proyectos de los
españoles, les hicieron hasta el principio del siglo pasado una
guerra larga y despiadada.
Los primeros, los panches, ocupaban la región en que hoy se
alzan las poblaciones de Fusagasugá, Pandi y Tocaima; los segundos,
los andaquíes, vivían entre Neiva y las fuentes del Magdalena. Hoy
no quedan más que algunos residuos de esas dos naciones, que, por
el valor de sus hijos, hay que catalogar entre los indios de los
llanos más bien que entre los de las montañas.
Aunque las factorías creadas en Nueva Granada fuesen adquiriendo
de día en día mayor importancia, todavía eran miseras; no había más
que las iglesias que estuviesen decoradas, las casas no eran más
que chozas de barro y paja. Entonces se era rico cuando se poseía
una gallina y un gallo; una vaca y un toro constituían una fortuna.
En el siglo XVII fue cuando se empezaron a ver en Bogotá algunas
aves de corral; el nombre del primero que las introdujo se conserva
religiosamente. La introducción de esos animales en el Nuevo Mundo
ha pagado con creces los beneficios retirados por Europa de una
infinidad de plantas que le eran desconocidas.
Los víveres eran entonces caros y pocos; la gente se alimentaba
casi exclusivamente de los productos del suelo, que se propagaban
rápidamente porque nadie viajaba sin llevar consigo semillas. La
gloria estribaba en cosechar frutas nuevas, y el lujo en
ofrecérselas a sus amigos.
Al cabo de un año la fisonomía del continente cambió por
completo; se talaron algunos bosques para convertirlos en huertos.
En los magníficos praderíos que se extienden a lo largo de las
riberas de los ríos se multiplicó el ganado y se criaron caballos y
mulas
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, y el hombre,
que sin su ayuda pasaba las mayores fatigas, pudo en cuanto los
tuvo a su disposición entregarse a grandes empresas, abrir caminos
y multiplicar los pueblos, porque ya podía con poco esfuerzo llevar
hasta ellos en abundancia el producto de las cosechas.
Las aldehuelas prosperaron y las míseras fortificaciones de que
en un principio estaban rodeadas se abatieron. Con el siglo XVIII
se vieron alzarse ciudades a cuya cabeza, la capital Santafé,
pronto igualó a las ciudades europeas de tercer orden. A diferencia
de los turco, que sembraron la ruina la muerte en la patria, antaño
tan floreciente de los griegos, los españoles cubrieron de poblados
las soledades antes ensangrentadas por las continuas guerras de los
indios.
El aumento de la población dio lugar a una nueva división de
América meridional. En 1718, Nueva Granada que dependía del Perú,
fue erigida en virreinato, y en 1731 las provincias de Venezuela
tuvieron un gobierno propio.
Así, en espacio de un siglo, con las tribus diseminadas de
antropófagos y con los esclavos africanos se había formado un nuevo
pueblo español, con la cultura, con el mismo gobierno, con las
mismas leyes y con el mismo idioma; no eran colonias lo que España
había fundado: fueron naciones e imperios lo que creó.
Los primeros colonos americanos, antes de ser agricultores
fueron comerciantes; esto enriqueció de tal modo las ciudades del
litoral, que adquirieron una extensión y una importancia muy
superiores a las del interior. Cartagena y Panamá, sobre todo, se
convirtieron en ciudades ricas y populosas. Mas tarde, sin perder
nada de su importancia, tuvieron por rivales algunas ciudades del
interior, que las fueron relegando a un segundo plano cuando se
dedicaron a la agricultura. Caracas, Santafé y Quito, no tuvieron
ya ciudades que se pudieran comparar con ellas en las costas
insalubres del mar.
Para acometer empresas agrícolas de pan envergadura se
necesitaban capitales. En la época de la Conquista el soldado
español despilfarró en seguida lo que obtuvo del pillaje. Judíos y
moros, cristianizados para poder entrar en América, compraron a vil
precio esos despojos; establecidos en gran parte en Popayán y en
Antioquia, explotaron las minas, antaño laboradas por los indios
que abundaban en esas provincias. Africanos llevados a fuerza de
dinero a aquellas apartadas regiones abrieron zanjas por todas
partes, y, siguiendo la práctica que habían visto en su propio
país, se limitaron a la lava de las tierras.
El metal acabó por aparecer en grandes cantidades, y España se
dio cuenta entonces de que si la conquista de Méjico la había hecho
dueña de las minas de plata más ricas de todo el mundo, la de Nueva
Granada le había proporcionado una tierra muy rica en oro.
Estableció una casa de moneda en Popayán y otra en Santafé; y, a
pesar de la rutina primitiva de los negros, salían anualmente cerca
de dos millones de piastras de los troqueles de Nueva Granada.
Antes de la creación de esos establecimientos, sólo se acuñaba la
|macuquina, moneda informe, sin efigie real y sin gráfila;
los particulares obtenían mediante un pequeño impuesto el derecho
de batir moneda
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Todo ese oro no iba a parar a España, como se ha creído; al
contrario, con la plata sacada de Méjico había que pagar una parte
considerable de los gastos locales. Pero así fue como las ciudades
se multiplicaban, se enriquecían con monumentos y como la
agricultura empezaba a desarrollarse.
Ésta estaba dividida en agricultura colonial y en agricultura
europea. Aquélla en manos más hábiles hubiera progresado
enormemente: el azúcar, el café, el cacao, se daban con pasmosa
fecundidad; el añil y el algodón eran plantas indígenas y
silvestres. Pero los otros cultivos estaban abandonados; no había
más que Caracas que se dedicase a ellos: por eso sus exportaciones
eran el doble de las del Virreinato. Las provincias que constituían
la Nueva Granada, integradas en su mayoría por tierras frías,
habían dedicado sus esfuerzos y su dinero al cultivo de los
cereales y de las frutas de Europa, pero con tan poco esmero, que
apenas si producían para cubrir sus propias necesidades; las
frutas, abandonadas a los cuidados de la Naturaleza, recordaban las
de Europa más por la forma que por el sabor.
En todos estos países no había más que una industria
rudimentaria. Se veían algunos telares que fabricaban telas de
algodón, buenas exclusivamente para la gente del pueblo, y nada
más. España a este respecto fue inexorable, a pesar de que ella
misma fabricara pocas cosas, viéndose de ese modo obligada a
comprar a otras naciones los tejidos necesarios para sus países de
América. Pero al adoptar esas prohibiciones no había hecho más que
seguir un sistema de dominación que le aseguró un imperio de tres
siglos. En efecto, considerando sus colonias como provincias
interiores de su imperio, los reyes de España prohibieron el
cultivo de la vid en Quito y lo autorizaron en Lima. Había olivares
en Chile, al paso que su cultivo se prohibía en Buenos Aires. A
petición de Méjico, que, rico por sus explotaciones metalúrgicas,
no estaba autorizado a entregarse a empresas industriales o
agrícolas que hubieran suspendido sus relaciones comerciales con la
Madre Patria, Nueva Granada tuvo que dejar de explotar sus minas de
plata.
Los españoles, dueños de un mundo nuevo que contenía mil
productos distintos, no pensaron en medio de la embriaguez del
triunfo en crear una forma regular de gobierno: el desorden,
consecuencia habitual de las invasiones, empañó los laureles de las
armas. Imitando a los godos y a los vándalos, los fieros soldados
de Pizarro y de Quesada no pensaron más que en repartirse las
regiones que ocupaban como si se tratase de una presa que les
perteneciera por derecho de descubrimiento o por derecho de
conquista.
Los capitanes se adjudicaron las provincias, los soldados, los
pueblos, todos ejercieron los privilegios de la soberanía,
resueltos a no ser los feudatarios de la Corona de España, y a la
vez que instauraban en América, con los
|repartimientos, el
sistema feudal que implantaron los bárbaros del norte en Europa al
deshacer el imperio de los Césares.
Esta anarquía, fomentada principalmente por los Pizarros y sus
acólitos, duró veinte años. Carlos V acabó con ella. Sin embargo,
este monarca, tan temible en Europa, carecía de poder en el
continente que algunos de sus soldados acababan de revelar al mundo
antiguo; sus mismos soldados le hubiesen traicionado si los hubiera
enviado a luchar contra los amos de América. Tuvo, pues, que
transigir con éstos, y a pesar del deseo expresado con tanto afán
en todas sus ordenanzas de mejorar la suerte de los vencidos,
Carlos V sólo pudo suavizarlo por el momento dejando únicamente a
los propietarios de los repartimientos los derechos que en Turquía
atribuía el timar a sus titulares, es decir el disfrute de las
rentas de los feudos de la Corona durante un tiempo determinado.
Este derecho entre los españoles llegaba hasta el hijo del primer
feudatario.
La conversión de los feudos en simples donaciones fue de capital
importancia en la época en que se llevó a cabo; provocó la
indignación de los conquistadores, que se dispusieron a oponerse a
ello con las armas, pero la prudencia de los ministros españoles
calmó su furor y las órdenes del rey fueron cumplidas.
Ansiosos de ejecutar las últimas voluntades de Isabel, los reyes
de España, que a medida que desaparecían los primeros
conquistadores, estaban más seguros de hacerse obedecer, dictaron,
andando el tiempo, varias disposiciones para reparar los daños que
la conquista había ocasionado a los indios. Así, mientras en Europa
se conservaba el régimen feudal, España se disponía a restituir a
los indígenas del Nuevo Mundo sus derechos y libertades; actuaba
severamente con los hijos de los conquistadores para irles
arrancando poco a poco una conquista que contaban guardar para
ellos solos, en perjuicio de la metrópoli y de los indios.
Primero se dispuso que los españoles gozarían sólo de las rentas
de las encomiendas, sin poder disponer en modo alguno de los bienes
que la munificencia real no otorgaba más que de por vida;
recomendándoles a la vez que velasen por la instrucción de sus
siervos creando escuelas.
Los encomenderos no fueron ya más que gobernadores vitalicios de
los súbditos del rey. Se les prohibía tener casa propia en las
tierras cuyas rentas les pertenecían; pasar mas de un día en la
casa de sus vasallos y autorizar a sus parientes a que
permanecieran en ellas ni un solo instante. Si los indios tenían
motivo de queja como resultado de vejaciones imputables a los
criados del encomendero, éste debía a sus expensas, resarcirles de
los daños que les hubieran ocasionado; hasta se llegó a prohibir a
los encomenderos que criasen cerdos en las inmediaciones de las
aldeas indias
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.
Fueron promulgadas otras leyes que eximían a los indios de toda
clase de servicios tales como la de portes de viajeros en los
caminos difíciles y peligrosos, tejer los trajes talares y ayudar a
los negros y mulatos en sus trabajos. Esas ordenanzas nos prueban
desde luégo que había numerosos abusos, pero al prohibirlos el
Gobierno demostró que no tenía la culpa de ellos.
Se exhortó a los encomenderos a que concentrasen en sus aldeas
|(reducciones) a los indios de sus repartimientos que se
hallaran dispersos por los bosques; sólo después de muchas
dificultades se logró arrancarles las costumbres de la vida salvaje
y retenerles en residencias fijas. Para hacerles más grato este
nuevo género de vida se les dieron las mismas leyes municipales que
a los españoles; es más: se repusieron los caciques en sus antiguos
derechos; pero se extirparon las antiguas costumbres que condenaba
la moral cristiana: tales como el tributo de las doncellas que los
indios pagaban en determinadas ocasiones a los caciques, y la
costumbre de que aquellos infelices se matasen en los funerales de
sus jefes
|
¹¹
. Así,
al mismo tiempo que éstos recobraban, salvo excepciones, los
antiguos derechos señoriales de los que sólo las Audiencias podían
desposeerles por deslealtad el régimen municipal sustraía a esos
tiranuelos el conocimiento de los pleitos y de las causas, y además
les imponía una obligación nueva para ellos, la de pagar a los
indios que tenían a su servicio.
Estas disposiciones no parecieron suficientes para asegurar la
tranquilidad y el sosiego de los indios, siempre amenazados por los
mestizos, los mulatos y hasta por los negros celosos de las
consideraciones que se tenían para con los pacíficos indios,
propietarios desposeídos del suelo de América. En consecuencia, los
reyes de España decretaron que un ciudadano de costumbres
irreprochables quedaría encargado, con el título de protector, de
la defensa de sus intereses ante las Audiencias.
El Gobierno español adoptó medidas de carácter más paternal aún;
prohibió que se vendiese aguardiente a los indios, arma terrible
que otras naciones han empleado con éxito tan deplorable. Era
también de temerse que los curas, aprovechándose de la ignorante
credulidad de los indios, despojasen a esos hijos de la Naturaleza
de su exiguo patrimonio, y se dispuso que la iglesia no pudiera
recibir ninguna donación de ese género. En fin
|, con objeto
de evitar que se les vejase imponiéndoles el alojamiento forzoso,
se construyeron a la entrada de las aldeas indias tambos o
enramadas, en los cuales los Viajeros eran admitidos
gratuitamente.
Por otra parte, con objeto de fomentar el amor al trabajo entre
este pueblo recién sometido al yugo de la civilización, se obligó a
cultivar anualmente a cada indio diez toesas de tierra. El producto
de esas tierras vendido en provecho de la comunidad se depositaba
en una caja que administraban funcionarios de la Corona. Los fondos
se consagraban al sostenimiento de la Misión y de la escuela; a
veces sudan para completar el tributo real, que, según Robertson no
excedía de cuatro chelines anuales por indio de 18 a 50 años de
edad.
Sin embargo, ese sistema de impuesto ha dado origen a una
infinidad de recriminaciones contra España por parte de los
conquistadores de las Indias Orientales; se le llamó tiránico y
ultrajante para la dignidad humana. Los indios lo entienden de otro
modo: en efecto, en vez de los cinco francos que pagaban antes, hoy
pagan el doble, y además el reclutamiento militar, invención
reciente, les arranca a sus hijos del hogar. Esto explica el porqué
en la guerra de la Independencia, los indios insensibles a los
beneficios de la civilización cuya magnitud no alcanza a comprender
su inteligencia limitada, se inclinaron todos, en general, del lado
de los españoles para combatir por una causa que fue tan amena para
sus antepasados.
Veamos de qué modo España recaudaba este tributo, que venía a
ser el equivalente de lo que antes pagaban los indios a sus
caciques.
Las personas encargadas de percibir el tributo en los distritos
|encomendados (dados en encomienda) tenían que asistir por la
mañana a una misa mayor; después ante el cura, en presencia del
pueblo, juraban desempeñar sus funciones con justicia y sin pasión;
luégo recorrían los poblados de la encomienda, examinaban la
calidad de las tierras, el estado de las cosechas, se informaban de
lo que antes se pagaba a los caciques para fijar con arreglo a
todos esos datos la cuantía del tributo que se podía exigir: debía
éste fijarse de tal suerte que les quedase a los indios lo
suficiente para alimentar y poder casar a sus hijos. Debía
repartirse sabiamente de modo que gravase menos a la masa del
pueblo que en los tiempos pasados; ya que es justo, añade el
legislador, que los indios sean tratados al igual que nuestros
otros súbditos. El impuesto se pagaba en especie, con objeto de
obligar al indio a que cultivase la tierra y a que renunciase al
lavado de las arenas de los arroyos, que al suministrarles una
cantidad de oro suficiente les incitaba a la holgazanería:
observación ésta tan exacta que hizo que uno de los Felipes
obligase a los indios a pagar el tributo en productos de la tierra
en aquellas regiones en que se había abolido esta práctica.
Numerosos abusos se fueron infiltrando en la percepción del
impuesto, que fueron degenerando en tiranía, siendo muy difíciles
de extirpar hasta entre los indios, porque su ignorancia no
presentía el peligro que entrañaban. Se empezó por prohibir la
entrega de los productos de la caza y la prestación personal del
indio en pago del impuesto. Se llegó a más: se autorizó a los
indios a que se negasen a entregar la gallina que cada año se
computaba por el octavo del impuesto personal. Se abolió también la
costumbre absurda, que perduró en Francia durante tánto tiempo, de
llevar el diezmo o el tributo a distancias considerables, y los
perceptores reales o eclesiásticos tuvieron que ir a percibir el
pago en el propio lugar de la residencia del tributario.
Se supo que algunos encomenderos percibían el tributo en
productos de especies distintas a las fijadas, y se dispuso que
esas preferencias caprichosas quedarían limitadas a tres, y que si
escogían las telas de algodón su opción se limitaría a una
sola.
En cada municipio los depositarios de la autoridad quedaban
exentos del pago del tributo: el cacique o teniente, porque hubiera
sido injusto exigir su pago a una persona a quien el tributo se le
pagaba antes; el alcalde, porque se quería atribuir un privilegio
de alguna utilidad al ejercicio de las funciones municipales.
Finalmente, para que nadie pudiera alegar error o ignorancia se
ordenó que todos los años se pusiera en los lugares públicos la
lista de los contribuyentes y el importe de su contribución. Se
prohibió expresamente a los encomenderos o propietarios de los
feudos, so pena de confiscación, el aumento del importe del
tributo. Tanto el cacique como el alcalde en caso de deslealtad,
por parte del encomendero, tenían la obligación de denunciarle ante
la Audiencia.
Si el establecimiento de las
|encomiendas trajo consigo
graves inconvenientes, sirvió para conservar la población indígena
y para acelerar su civilización. La imposición de este sistema hizo
que los pueblos y las ciudades de la América española se poblasen
de indios, mientras que éstos en Norte América han huido de ellas
con espanto para retirarse a regiones que pocas veces visita el
europeo.
Lo poco numeroso de la población, la ignorancia de los
habitantes, la dulzura de su carácter, la suavidad de sus
costumbres y la autoridad del clero, facilitaban considerablemente
el establecimiento de cualquier forma de gobierno; pero en cambio
las distancias y la dificultad de las comunicaciones constituían
serios obstáculos para afirmarla; cualquier sublevación podía
producir una escisión.
El partido que se adoptó fue sabio y prudente y demostró en los
consejeros de Carlos V una previsión tanto mayor cuanto Europa,
casi en estado bárbaro en aquella época, no les ofrecía ninguna
constitución que sirviera de modelo: más tarde los holandeses, los
franceses y los ingleses aprovecharon los defectos debidos a la
ignorancia de aquéllos para evitarlos. Las costumbres de ambos
pueblos eran monárquicas, pero la libertad de guerrear y la
independencia de la vida salvaje dieron tanto al vencedor como al
vencido un deseo de sacudir el yugo difícil de dominar. Tanto los
unos como los otros reconocían a la metrópoli y se daban cuenta de
que necesitaban su apoyo; los primeros para disfrutar en paz de sus
conquistas; los otros, para mejorar su condición; ambos quedan un
gobierno mixto. En su vista se conservó la influencia del vencedor
mediante el Virreinato, la protección de los vencidos por el
régimen municipal, y a todos se les prestó un apoyo contra la
opresión europea a través de la institución de las Audiencias.
El continente se dividió en virreinatos, en Capitanías
Generales, subdivididas en Intendencias, en Provincias,
Corregimientos, Alcaldías Mayores, Encomiendas y Misiones.
El Gobierno creado en América corrió la suerte de todas las
instituciones humanas. Los abusos le desfiguraron, el régimen
municipal se convirtió en una oligarquía tiránica porque los
talentos no abundaban: los auditores, cuya misión era defender al
oprimido, se convirtieron a su vez en opresores. Los virreyes
fueron engañados o fingieron serlo, distraídos de sus deberes por
el más grato de velar por su fortuna; finalmente el Consejo de
Indias creado en 1511, mal informado, dictó en ocasiones fallos muy
aventurados.
A pesar de tantas fallas el coloso español se erguía fuerte e
inquebrantable: se arrasaban las costas de su imperio, se
incendiaban sus puertos, se asediaban sus fortalezas, pero no se
abría brecha en su territorio. Si Anson volvía victorioso del mar
del Sur, otro almirante inglés, Vernon, rechazado delante de
Cartagena se volvía con sus hombres a sus barcos para ocultar su
vergüenza.
España defendía con gran cuidado sus inmensas fronteras, y, a
pesar de sus desastres y de su decadencia, dejaba en América la
mayor parte de los tesoros que sacó de su seno, con objeto de que
esos países pudiesen disfrutar en paz de una tranquilidad que la
metrópoli desconocía, a la que cada veinte años Inglaterra le
declaraba una guerra marítima para despojarla de los escasos
tesoros que recibía de sus colonias.
Es un hecho insólito en la historia el que, con la protección de
un pueblo poco numeroso, sin industria, mal armado, defendido por
una marina mal organizada, todo un mundo haya disfrutado sin
interrupción de tres siglos de paz. Al cabo de cien años todos los
caminos eran ya seguros; las tribus antropófagas habían huido lejos
de la civilización o habían recibido sus beneficios; las
costumbres, sin ser del todo puras, eran por lo menos decentes. La
religión, rodeada del respeto de todos los pueblos, estrechaba los
lazos de la sociedad por medio de los sacramentos que les hacían
indisolubles. Unos cuantos soldados constituían en las ciudades la
guardia de los Virreyes, pero en las ciudades del interior no se
veía ni un solo esbirro: las armas solo se empleaban para matar las
alimañas. Las distintas provincias comunicaban entre sí libremente;
sólo se prohibían las relaciones entre Nueva Granada y Caracas:
previendo ya la ambición peligrosa de los habitantes del Llano, el
gobierno español trataba de alejar el momento de la crisis. Los
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impuestos eran más bien pocos y de escasa cuantía; la
navegación fluvial, la caza, la pesca, la desecación y el desmonte
de los
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terrenos no estaban entrabados por ninguna ley. No
había más derecho que el de los particulares; con tal de que se
respetasen sus propiedades y que no se plantasen ni olivos ni vides
se podía, cortar árboles, cambiar el curso de los arroyos, matar
los animales; en una palabra podía uno entregarse a todos los
caprichos posibles, sin pagar ninguna gabela al gobierno y sin
tener que pedir una autorización especial a los ricos
propietarios.
¿Podrá la suavidad de esas leyes hacer olvidar los recuerdos
espantosos de las atrocidades que mancharon de sangre la conquista
de América? ¿Ha hecho olvidar la tranquilidad admirable que reina
en las posesiones inglesas de la India los crímenes de los Clives y
de los Hastings?
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1
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|Depons, tomo I, página 77.
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2
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Piedrahíta
|,
|Historia de la Conquista de la Nueva
Granada.
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3
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Humboldt,
|Vista de las cordilleras.
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4
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Hace pocos años un batallón que fue de Bogotá a Santa Marta
pereció totalmente de fiebre amarilla.
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5
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Robertson Rech,
|Hist. sur lInde.
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6
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Origen de los indios.
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7
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Quienquiera que haya visto los indios de América tiene que
atribuirles un origen asiático; y sin embargo este origen ha sido
puesto en duda porque no se encuentra ningún vestigio histórico.
¿Pero no podrían los indios haberse olvidado del estrecho de
Behring, del mismo modo que nosotros nos hemos olvidado del cabo de
Buena Esperanza?
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8
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Hay en la cordillera una especie de pájaro que como el de
nuestras comarcas se ocupa en desembarazar a los animales vacunos
de las miríadas de insectos que cubren sus costillares, ¿es la
naturaleza o son los españoles los que trajeron este pájaro a un
país donde no se conocían los animales vacunos?
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9
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Jove, Memorial al Virrey Sámano.
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10
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Recop. de las Leyes, L. VI. Tit. I, II, III.
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11
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En las colonias inglesas las mujeres se arrojan a la hoguera en
que se queman los restos de sus maridos.
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