INDICE





PRESENTACIÓN DE CARLOS JOSÉ REYES

PRÓLOGO

PREFACIO

PRIMERA PARTE

CAPÍTULO I
Salida de Francia - Las Azores - La costa de los Estados Unidos – Norfock - Washington - Calma chicha - Cartagena de Indias - Salida para Bogotá - Turbaco - Barranca - De Cartagena al Magdalena.

CAPÍTULO II
Salida de Barranca – El pueblo de Tenerife – Zambrano – La isla de San Pedro – Pinto – Santa Ana – Mompós - El gobernador de Mompós - Comercio de Mompós - Salida de Mompós - Margarita – Guamal - Peñón – Banco - La Sierra de Ocaña - Regidor - Río Viejo - M

CAPÍTULO III
Brazos del Magdalena - La Miel – Río Negro - Guarumo - El promontorio de Garderia - Los escollos de Perico - Honda - Descripción del Magdalena

CAPÍTULO IV
Camino de Honda a Bogotá - Río Seco - Venta Grande - La Montaña de Sargento - El valle de Guaduas - Villeta – Facatativa - Descripción del llano de Bogotá - El Salto de Tequendama – El puente natural de Pandi (Icononzo)

CAPÍTULO V
Viaje por la provincia de Socorro, situada al norte de Santafé de Bogotá.

CAPÍTULO VI
Estado del país desde 1498 hasta 1781 - Antiguos habitantes - Sus usos - Sus costumbres - Con quistas comerciales - Conquistas religiosas - Conquistas militares - Quesada - Debilitamiento de la población India - Los negros - Su estado y condición - Mezcla

CAPÍTULO VII
La revuelta del Socorro - Movimiento de 1794 - Virreyes españoles - Insurrección de Caracas en 1810 - Insurrección de Nueva Granada - El virrey Amar - Miranda – Bolívar – Monteverde - Conquista de Caracas - Bolívar pasa a Curaçao Sale de allí -

CAPÍTULO VIII
El virrey Sámano - Soldados españoles - Soldados americanos -  Bolívar entra en Santafé, pasa a Quito y luégo a Guayaquil -  Características de los principales generales.

CAPÍTULO IX
Nuevo gobierno - Constitución de Cúcuta - División del territorio en Departamentos -Renovación de los Cabildos - Leyes civiles – La justicia - El Congreso - El Poder Ejecutivo.

CAPÍTULO X
Regreso a Bogotá - Puente Real - Minas de cobre de Moniquirá - Chinquinquirá - Minas de sal de Zipaquirá.

CAPÍTULO XI
Fundación de Santafé de Bogotá - Clima - Casas – Interiores - La Catedral - Los conventos - El Hospital - Los colegios - El Palacio del Presidente - El Palacio de los Diputados - El Palacio del Senado - Las cárceles - La Casa de la Moneda y el Teatro

CAPÍTULO XII
Finanzas – Aguardiente – Papel sellado – Alcabala - Impuestos directos - Guerra - El ejército - Las piazas fuertes – Marina - Relaciones extranjeras.

SEGUNDA PARTE

CAPÍTULO I
Salida de Bogotá para Popayán – Guaduas – Chaguaní – San Juan - Regreso a Guaduas - Breve estancia en esta ciudad - Beltrán - Ambalema - San Luis - Chaparral – Natagaima - Payandé - Samboja - Villavieja - Neiva.

CAPÍTULO II
Tambo del Hobo - Paso de Los Domingarios - Puente de cuerdas - La Plata - Pedregal - San Francisco - Inzá - La Montaña del Guanaco - Totoró - Paniquita - Popayán - El volcán de Puracé.

CAPÍTULO III
Descripción de Quito - Camino de Quito a Cuenca.

CAPÍTULO IV
Salida de Popayán - La mina de Alegrías Quilichao - El Cauca – Jamundí – Cali - Salida de Cali - Las Juntas.

CAPÍTULO V
Navegación peligrosa por el Dagua - Buenaventura - Descripción de la provincia del Chocó - Salida de Buenaventura en una goleta peruana - Llegada a Panamá - Observaciones acerca del Gran Océano.

CAPÍTULO VI
Descripción de la ciudad de Panamá - Las mujeres de Colombia.

CAPÍTULO VII
Descripción física de la República de Colombia – Montañas – Clima – Atmósfera – Estaciones – Temperatura – Vientos – Lluvias - Influencia tropical – Cosechas – Bosques – Ríos - Quebradas - Minas - Salinas - Volcanes - Lagos – Mares – Mareas

CAPÍTULO VIII
Población - Habitantes de los páramos - Los de las montañas en que se produce trigo - Los dos llanos - Indios bravos - Esclavos negros - Religión.

CAPÍTULO IX
Carácter de los colombianos.

CAPÍTULO X
Agricultura - Industria - Reflexiones sobre el banano – Minas - Moneda – Salinas - Comercio – Exportaciones - Importaciones.

CAPÍTULO XI
Vías de Comunicación por tierra y por agua - Leyes comerciales.

CAPÍTULO XII
Salida de Panamá - Cruces - El río Chagres - La Gorgona - Chagres.

CAPÍTULO XIII
Llegada a jamaica - Salida para Europa - Las Lucayas - Falmouth – Llegada a Francia.

NOTAS Y ACLARACIONES
| CAPÍTULO VI
 

 

Estado del país desde 1498 hasta 1781 - Antiguos habitantes - Sus usos - Sus costumbres - Con quistas comerciales - Conquistas religiosas - Conquistas militares - Quesada - Debilitamiento de la población India - Los negros - Su estado y condición - Mezcla de razas – Puertos – Iglesias – Aldeas – Ciudades - Las minas - Agricultura colonial- Agricultura europea - Industria - Repartimientos - Las encomiendas - Tributos indios - Gobierno español - Profunda paz.

 

Cuando América fue descubierta, las hermosas llanuras de Cumaná, de Caracas y las que riegan el Apure y el Orinoco estaban pobladas por una raza salvaje de una ferocidad y de un valor indomables; sus tribus, errando siempre por entre jarales inexpugnables alimentándose de frutas o de la caza, durmiendo en el suelo durante la época seca o en las ramas de los árboles en la de las lluvias, iban casi completamente desnudas; los adornos más en boga entre ellas consistían en las pinturas extrañas con que se cubrían el cuerpo, en los huesos o en los dientes de fieras que llevaban en las anchas aberturas que se hacían en el lóbulo de las orejas, y en los enormes anillos de oro que pendían de un agujero que taladraba el tabique de la nariz; por lo general llevaban unas plumas en la cabeza y se tapaban algunas partes del cuerpo con los despojos de las fieras.

Pero en medio de todas esas miserias tenían una ambición: el mando supremo era objeto de todas las codicias; era el galardón de las pruebas más dolorosas; el menor quejido era motivo suficiente de exclusión.

¿Qué necesidad tenían esas sociedades bárbaras de tener un jefe?, ¿qué pleitos tenían que dirimir?, ¿qué despojos, qué conquistas tenían que repartir? Los cadáveres ensangrentados de sus enemigos y nada más, pues en su mayor parte, cuando no había caza, se alimentaban con los miembros palpitantes de sus prisioneros; pocas eran las tribus que sentían horror por esos espantables festines.

Por el contrario, en las montañas las costumbres se dulcificaban. La rica provincia de Antioquia era la única que todavía guerreaba; en la llanura en que más tarde se fundara Santafé, la nación muisca tenía ya algunas leyes, las relaciones entre los diferentes poblados eran frecuentes y gozaban de seguridad. La agricultura empezaba a estar glorificada; la propiedad era respetada, las ciudades tenían viviendas bastante cómodas y la gente iba vestida con decencia. Sin estar rodeada del boato que resplandecía en las cortes de Tenochtitlán y de Cuzco, la del jefe de Cundinamarca, a quien los españoles daban el título de rey, no carecía de pompa. La religión tenía sus templos, sus altares, sus sacrificios y sus sacerdotes; de todos los indios que poblaban esas regiones, los muiscas eran los únicos que no inmolaban a sus dioses, el Sol y la Luna, más que aves, a las que enseñaban algunas palabras de su lengua con objeto de que las divinidades engañadas las acogiesen como si fueran víctimas humanas. En todas las demás regiones no se inmolaban más que éstas, y los jóvenes criados para ser degollados en esos horribles sacrificios, se vendían en muchas ocasiones a precios elevados.

A la noticia del descubrimiento del Nuevo Mundo, cuyos habitantes, hasta los más salvajes, llevaban collares y brazaletes de oro, los soldados españoles, cansados de las guerras de Europa, en las que no encontraban más que un mezquino botín y los moros y los judíos, que no podían soportar el yugo que acababa de serles impuesto, todos partieron para conocer esas tierras nuevas y crearse en ellas una nueva patria; pero a lo largo de la costa de la América Meridional que baña el mar de las Antillas fueron rechazados por todas partes por los indios, y vieron así fallidas sus esperanzas. Estos desastres, repetidos, provocaron tal desaliento que el Gobierno español se vio constreñido a sacar, como si dijéramos, la conquista de Venezuela a pública subasta. Unos mercaderes alemanes se encargaron de ella en 1528 y la llevaron a cabo con una crueldad inimaginable | ¹ .

Las costas estaban dominadas, ya se alzaban a alguna distancia, tierra adentro, viviendas que incesantemente los salvajes que vivían en las selvas reducían a cenizas; los colonos, espantados, apenas si se atrevían a salir de sus fuertes de tierra rodeados de empalizadas; entonces la religión se encargó de detener esos excesos y de llevar a cabo una conquista que la espada no pudo realizar. Los misioneros penetraron en las guaridas espantosas que daban asilo a los indios. La mayor parte de esos pacíficos conquistadores perecieron víctimas de su celo. Los que tuvieron la suerte de no ser inmolados marcharon de victoria en victoria, y a medida que iban penetrando en el país levantaban iglesias de caña y de paja, y así llegaron hasta las márgenes del Orinoco, después de haber abierto una línea de comunicación segura entre ese río y Venezuela, por medio de lugares de asilo, establecidos de trecho en trecho, que ya eran respetados hasta por los mismos salvajes.

Hacia la misma época, unos soldados émulos de la gloria de Cortés y de Pizarro escalaban la cordillera al mando de Quesada | ² y sometían una serie de imperios. En efecto, este jefe enardecido por las relaciones seductoras de muchos indios que, señalándole el Sur, le aseguraban que en esa dirección encontraría un imperio rico y poderoso, salió de Santa Marta en abril de 1536. Seiscientos infantes y ochenta y cinco jinetes le acompañaban. A fuerza de trabajos y de sufrimientos infinitos, sus embarcaciones frágiles y mal construidas lograron remontar el Magdalena. Los obstáculos que este río le puso, en lugar de amilanarle, le enardecieron. Muchos de sus compañeros perecieron víctimas del cansancio y de las privaciones. Nada le detuvo: atacó a los indios que vivían en el cantón en que después se edificó Vélez, les derrotó fácilmente, atravesó su territorio y descendió victorioso a las hermosas llanadas de Ubaté y de Bogotá. No mintieron las relaciones que inflamaron su valor. Cundinamarca, tal era el nombre que entonces llevaba la región que después se llamó Santafé, era rica. Los zipas, poderosos príncipes regidos por un gobierno feudal, gobernaban el país y protegían una industria que empezaba a desarrollarse. Sus templos, sus palacios con techo de paja, encerraban tesoros considerables.

En esta forma unos cuantos hombres intrépidos terminaron en un año la conquista de las regiones a las que luégo se dio el nombre de Virreinato de Nueva Granada y que no son más que una parte de él.

Los indios no carecían de valor, pero los españoles en el siglo XVI eran lo que los franceses fueron en el XIX, afortunados e invencibles.

Todo en los indios revelaba una tendencia a la civilización. Pero la avidez de los españoles, aumentada por ese espectáculo, no buscaba más que nuevas conquistas. Ni el mal estado de los caminos, ni la escasez de víveres, ni los calores sofocantes, ni las flechas envenenadas de los indios, nada pudo moderar su energía emprendedora; un aventurero cualquiera enrolaba en un puerto del mar de las Antillas unos cuantos soldados, y, provistos de pólvora y de balas, se hacían a la mar para conquistar reinos e imperios.

No menos valiente que Pizarro, su teniente Belalcázar fue su émulo de gloria. Quito, Pasto, Popayán y el valle del Cauca reconocieron su autoridad. Entonces, atravesando el Quindío y el Magdalena llegó al llano de Bogotá en el mismo momento en que Quesada terminaba la conquista y fue uno de los fundadores de la capital de tan ricas comarcas.

Al oír hazañas tan famosas, al ver los campos de batalla y los riscos inexpugnables en que combatieron los españoles, no se explica úno fácilmente cómo pudieron obtener éxitos tan prodigiosos y tan rápidos, sobre todo si nos atenemos a los datos de los primeros historiadores relativos al número considerable de habitantes con que debieron enfrentarse. Ahora bien: España, dueña ya de las costas de África, no las abandonó para lanzarse a la conquista de América, más que porque en este continente encontró una población menos densa y menos guerrera. Pero además, utilizando hábilmente las disensiones intestinas de los indígenas, los capitanes españoles encontraron en todas partes traidores que les indicaban los caminos y las emboscadas que les tendían, en tanto que las mujeres les servían de intérpretes y de emisarios.

El reclutamiento se hacía sobre todo en Santo Domingo; esta isla se iba ya llenando en esa época de negros y de mestizos se les organizaba en compañías y se les llevaba al continente. Esos hombres eran los mejores soldados que había para luchar en este clima. Talvez el indio actual conserva por herencia un odio implacable contra los negros. Y una prueba de que hubo negros en América desde el primer momento, es un jeroglífico mejicano que representa un motín de negros en Méjico en 1537 | ³ .

Éstos, después de haber sido utilizados para la conquista de imperios tan ricos, debían servir para poblarlos. En efecto, los vencedores dedicaron imprudentemente al trabajo de las ruinas y al laboreo de la tierra, a los indios acostumbrados a una inveterada ociosidad y además incapaces de trabajar en los climas cálidos, donde no habían nacido, de modo que fueron sucumbiendo bajo el peso de fatigas que en realidad no eran excesivas, pero a las que no estaban acostumbrados. Más tarde se puso remedio a esto. Los reyes de España prohibieron que se llevase a los indios de la cordillera a los llanos | 4 .

Si se hiciese trabajar a la población blanca de las Antillas durante algunos días bajo el sol del trópico, en seguida sucumbiría y acabaría por extinguirse por completo, a pesar de haber nacido en esa región.

Esto es lo que sucedió en el archipiélago americano; al cabo de dos siglos no quedó un solo indígena. Los de los llanos de Venezuela también hubieran desaparecido de no haberse refugiado en las selvas del Orinoco.

En las montañas no sucedió lo mismo; ningún indio murió a consecuencia del trabajo en las tierras, debido a que se encontraban en un clima apropiado a su naturaleza de modo que el número de indios en vez de disminuir se fue aumentando considerablemente.

El africano era el único que podía resistir los calores tropicales era el único a quien podía obligársele, a pesar suyo, a trabajar sin que muriera de pena y de fatiga. Se pidió a España autorización para llevar a esa gente a los países cálidos. La Corte de Madrid tardó mucho tiempo en resolverse a conceder ese peligroso privilegio; finalmente se le arrancó para calmar a la humanidad, que se alzó en favor de los indios, y para poblar aquellos vastos imperios, que ya antes de la Conquista ofrecían enormes extensiones deshabitadas y que además, a decir verdad, no eran más que una extensísima selva a lo largo de cuyas lindes erraban algunas tribus miserables | 5 .

De esta forma, los negros destinados a cultivar la tierra americana empezaron llegando como esclavos a estas regiones que un día habrían de repartirse con sus amos. Éstos, que no trajeron mujeres con ellos en estas penosas expediciones, empezaron por tomar las de las naciones vencidas y poco después las de sus esclavos.

Estos últimos, a su vez, sujetos en las encomiendas a la misma cadena que los indios se sobrepusieron a la antipatía que les inspiraban sus compañeros de infortunio, les pidieron que les diesen esposas y las obtuvieron; fueron pues los negros los que se unieron a las indias, y nunca los indios con las negras, por las que sentían una invencible repulsión | 6 .

Así fue como la población uniforme de Venezuela, cuyos rasgos recordaban su origen asiático | 7 , adquirió mil matices diferentes en el colorido del rostro; sin embargo el color blanco se consideró como el único que tenía derecho a la consideración social, y las mujeres blancas ambicionaron el honor de dejar a sus hijos esa soberbia herencia; de modo que en poco tiempo el número de mestizos blancos, es decir hijos de indias y de europeos, se acrecentó prodigiosamente. Una gran parte de la familia india se fundió y se perdió, a tal punto que se creyó que los españoles les habían matado a todos.

Al propio tiempo una gran cantidad de negras vino a aumentar esa familia, ya tan mezclada; sin embargo, a pesar de esos cruces infinitos de razas, el honor de poblar el continente correspondió a la raza blanca, ya que el número de hombres de color es en él mucho menor que en las Antillas, donde el color blanco tendió siempre a ser absorbido en el de los negros.

Las disposiciones dictadas durante cerca de dos siglos por los reyes de España para obligar a sus súbditos del Nuevo Mundo a casarse, prueban evidentemente que sólo fue a América un número reducido de europeas. Cuando en el siglo XVIII las mestizas y las mulatas se convirtieron en blancas, idénticas a las mujeres de nuestro continente, se olvidó su origen, y los españoles se casaron con ellas. Y no puede haber duda acerca de esto, ya que en esa época no se renovaron las antiguas cédulas o disposiciones relativas al matrimonio de los colonos.

Dueños de las costas, los españoles se apresuraron a levantar algunos fuertes, desde los que, seguros de no ser sorprendidos y dispuestos a embarcarse al menor ataque serio, prepararon la conquista de las regiones del interior. El emplazamiento de sus factorías estuvo muy bien escogido; aprovecharon para ello las condiciones del terreno, que de trecho en trecho les ofrecía lugares aptos para defenderse de diaban sus conquistas, y de otra contra sus enemigos de dentro que, aunque un poco tarde, pensaban ya en arrebatárselas. Puerto Cabello y La Guaira, defendían a Venezuela; Maracaibo, el acceso a la cordillera; Santa Marta y Cartagena, el rico canal del Magdalena; Santo Tomé, el Orinoco; Panamá, el importante paso a los dos mares. Una bandera flotó en distintos puntos de la costa del mar del Sur: eso bastaba por entonces a España para hacer respetar su soberanía en esos parajes, hasta entonces desconocidos de los demás Estados de Europa.

Al adentrarse por el interior de una región nunca dejaban de edificar un templo. Se había enseñado a los indios a respetar esos asilos, perdonándoles la vida cuando, derrotados, se acogían a ellos. Esas iglesias servían, además, para obligar a esos salvajes a salir de las selvas, atraídos por las ceremonias religiosas en las que los españoles han desplegado siempre la mayor pompa.

Pero cuando era necesario establecerse en lugares habitados por tribus montaraces, se fortificaba la casa del pastor, y la aldehuela, rodeada por un foso, quedaba protegida contra cualquier ataque imprevisto; sin embargo, ¡cuántos de estos centros de población fueron arrasados por los panches y los andaquíes! Estas tribus, mejor informadas que las otras de los proyectos de los españoles, les hicieron hasta el principio del siglo pasado una guerra larga y despiadada.

Los primeros, los panches, ocupaban la región en que hoy se alzan las poblaciones de Fusagasugá, Pandi y Tocaima; los segundos, los andaquíes, vivían entre Neiva y las fuentes del Magdalena. Hoy no quedan más que algunos residuos de esas dos naciones, que, por el valor de sus hijos, hay que catalogar entre los indios de los llanos más bien que entre los de las montañas.

Aunque las factorías creadas en Nueva Granada fuesen adquiriendo de día en día mayor importancia, todavía eran miseras; no había más que las iglesias que estuviesen decoradas, las casas no eran más que chozas de barro y paja. Entonces se era rico cuando se poseía una gallina y un gallo; una vaca y un toro constituían una fortuna. En el siglo XVII fue cuando se empezaron a ver en Bogotá algunas aves de corral; el nombre del primero que las introdujo se conserva religiosamente. La introducción de esos animales en el Nuevo Mundo ha pagado con creces los beneficios retirados por Europa de una infinidad de plantas que le eran desconocidas.

Los víveres eran entonces caros y pocos; la gente se alimentaba casi exclusivamente de los productos del suelo, que se propagaban rápidamente porque nadie viajaba sin llevar consigo semillas. La gloria estribaba en cosechar frutas nuevas, y el lujo en ofrecérselas a sus amigos.

Al cabo de un año la fisonomía del continente cambió por completo; se talaron algunos bosques para convertirlos en huertos. En los magníficos praderíos que se extienden a lo largo de las riberas de los ríos se multiplicó el ganado y se criaron caballos y mulas | 8 , y el hombre, que sin su ayuda pasaba las mayores fatigas, pudo en cuanto los tuvo a su disposición entregarse a grandes empresas, abrir caminos y multiplicar los pueblos, porque ya podía con poco esfuerzo llevar hasta ellos en abundancia el producto de las cosechas.

Las aldehuelas prosperaron y las míseras fortificaciones de que en un principio estaban rodeadas se abatieron. Con el siglo XVIII se vieron alzarse ciudades a cuya cabeza, la capital Santafé, pronto igualó a las ciudades europeas de tercer orden. A diferencia de los turco, que sembraron la ruina la muerte en la patria, antaño tan floreciente de los griegos, los españoles cubrieron de poblados las soledades antes ensangrentadas por las continuas guerras de los indios.

El aumento de la población dio lugar a una nueva división de América meridional. En 1718, Nueva Granada que dependía del Perú, fue erigida en virreinato, y en 1731 las provincias de Venezuela tuvieron un gobierno propio.

Así, en espacio de un siglo, con las tribus diseminadas de antropófagos y con los esclavos africanos se había formado un nuevo pueblo español, con la cultura, con el mismo gobierno, con las mismas leyes y con el mismo idioma; no eran colonias lo que España había fundado: fueron naciones e imperios lo que creó.

Los primeros colonos americanos, antes de ser agricultores fueron comerciantes; esto enriqueció de tal modo las ciudades del litoral, que adquirieron una extensión y una importancia muy superiores a las del interior. Cartagena y Panamá, sobre todo, se convirtieron en ciudades ricas y populosas. Mas tarde, sin perder nada de su importancia, tuvieron por rivales algunas ciudades del interior, que las fueron relegando a un segundo plano cuando se dedicaron a la agricultura. Caracas, Santafé y Quito, no tuvieron ya ciudades que se pudieran comparar con ellas en las costas insalubres del mar.

Para acometer empresas agrícolas de pan envergadura se necesitaban capitales. En la época de la Conquista el soldado español despilfarró en seguida lo que obtuvo del pillaje. Judíos y moros, cristianizados para poder entrar en América, compraron a vil precio esos despojos; establecidos en gran parte en Popayán y en Antioquia, explotaron las minas, antaño laboradas por los indios que abundaban en esas provincias. Africanos llevados a fuerza de dinero a aquellas apartadas regiones abrieron zanjas por todas partes, y, siguiendo la práctica que habían visto en su propio país, se limitaron a la lava de las tierras.

El metal acabó por aparecer en grandes cantidades, y España se dio cuenta entonces de que si la conquista de Méjico la había hecho dueña de las minas de plata más ricas de todo el mundo, la de Nueva Granada le había proporcionado una tierra muy rica en oro. Estableció una casa de moneda en Popayán y otra en Santafé; y, a pesar de la rutina primitiva de los negros, salían anualmente cerca de dos millones de piastras de los troqueles de Nueva Granada. Antes de la creación de esos establecimientos, sólo se acuñaba la |macuquina, moneda informe, sin efigie real y sin gráfila; los particulares obtenían mediante un pequeño impuesto el derecho de batir moneda | 9 .

Todo ese oro no iba a parar a España, como se ha creído; al contrario, con la plata sacada de Méjico había que pagar una parte considerable de los gastos locales. Pero así fue como las ciudades se multiplicaban, se enriquecían con monumentos y como la agricultura empezaba a desarrollarse.

Ésta estaba dividida en agricultura colonial y en agricultura europea. Aquélla en manos más hábiles hubiera progresado enormemente: el azúcar, el café, el cacao, se daban con pasmosa fecundidad; el añil y el algodón eran plantas indígenas y silvestres. Pero los otros cultivos estaban abandonados; no había más que Caracas que se dedicase a ellos: por eso sus exportaciones eran el doble de las del Virreinato. Las provincias que constituían la Nueva Granada, integradas en su mayoría por tierras frías, habían dedicado sus esfuerzos y su dinero al cultivo de los cereales y de las frutas de Europa, pero con tan poco esmero, que apenas si producían para cubrir sus propias necesidades; las frutas, abandonadas a los cuidados de la Naturaleza, recordaban las de Europa más por la forma que por el sabor.

En todos estos países no había más que una industria rudimentaria. Se veían algunos telares que fabricaban telas de algodón, buenas exclusivamente para la gente del pueblo, y nada más. España a este respecto fue inexorable, a pesar de que ella misma fabricara pocas cosas, viéndose de ese modo obligada a comprar a otras naciones los tejidos necesarios para sus países de América. Pero al adoptar esas prohibiciones no había hecho más que seguir un sistema de dominación que le aseguró un imperio de tres siglos. En efecto, considerando sus colonias como provincias interiores de su imperio, los reyes de España prohibieron el cultivo de la vid en Quito y lo autorizaron en Lima. Había olivares en Chile, al paso que su cultivo se prohibía en Buenos Aires. A petición de Méjico, que, rico por sus explotaciones metalúrgicas, no estaba autorizado a entregarse a empresas industriales o agrícolas que hubieran suspendido sus relaciones comerciales con la Madre Patria, Nueva Granada tuvo que dejar de explotar sus minas de plata.

Los españoles, dueños de un mundo nuevo que contenía mil productos distintos, no pensaron en medio de la embriaguez del triunfo en crear una forma regular de gobierno: el desorden, consecuencia habitual de las invasiones, empañó los laureles de las armas. Imitando a los godos y a los vándalos, los fieros soldados de Pizarro y de Quesada no pensaron más que en repartirse las regiones que ocupaban como si se tratase de una presa que les perteneciera por derecho de descubrimiento o por derecho de conquista.

Los capitanes se adjudicaron las provincias, los soldados, los pueblos, todos ejercieron los privilegios de la soberanía, resueltos a no ser los feudatarios de la Corona de España, y a la vez que instauraban en América, con los |repartimientos, el sistema feudal que implantaron los bárbaros del norte en Europa al deshacer el imperio de los Césares.

Esta anarquía, fomentada principalmente por los Pizarros y sus acólitos, duró veinte años. Carlos V acabó con ella. Sin embargo, este monarca, tan temible en Europa, carecía de poder en el continente que algunos de sus soldados acababan de revelar al mundo antiguo; sus mismos soldados le hubiesen traicionado si los hubiera enviado a luchar contra los amos de América. Tuvo, pues, que transigir con éstos, y a pesar del deseo expresado con tanto afán en todas sus ordenanzas de mejorar la suerte de los vencidos, Carlos V sólo pudo suavizarlo por el momento dejando únicamente a los propietarios de los repartimientos los derechos que en Turquía atribuía el timar a sus titulares, es decir el disfrute de las rentas de los feudos de la Corona durante un tiempo determinado. Este derecho entre los españoles llegaba hasta el hijo del primer feudatario.

La conversión de los feudos en simples donaciones fue de capital importancia en la época en que se llevó a cabo; provocó la indignación de los conquistadores, que se dispusieron a oponerse a ello con las armas, pero la prudencia de los ministros españoles calmó su furor y las órdenes del rey fueron cumplidas.

Ansiosos de ejecutar las últimas voluntades de Isabel, los reyes de España, que a medida que desaparecían los primeros conquistadores, estaban más seguros de hacerse obedecer, dictaron, andando el tiempo, varias disposiciones para reparar los daños que la conquista había ocasionado a los indios. Así, mientras en Europa se conservaba el régimen feudal, España se disponía a restituir a los indígenas del Nuevo Mundo sus derechos y libertades; actuaba severamente con los hijos de los conquistadores para irles arrancando poco a poco una conquista que contaban guardar para ellos solos, en perjuicio de la metrópoli y de los indios.

Primero se dispuso que los españoles gozarían sólo de las rentas de las encomiendas, sin poder disponer en modo alguno de los bienes que la munificencia real no otorgaba más que de por vida; recomendándoles a la vez que velasen por la instrucción de sus siervos creando escuelas.

Los encomenderos no fueron ya más que gobernadores vitalicios de los súbditos del rey. Se les prohibía tener casa propia en las tierras cuyas rentas les pertenecían; pasar mas de un día en la casa de sus vasallos y autorizar a sus parientes a que permanecieran en ellas ni un solo instante. Si los indios tenían motivo de queja como resultado de vejaciones imputables a los criados del encomendero, éste debía a sus expensas, resarcirles de los daños que les hubieran ocasionado; hasta se llegó a prohibir a los encomenderos que criasen cerdos en las inmediaciones de las aldeas indias | 10 .

Fueron promulgadas otras leyes que eximían a los indios de toda clase de servicios tales como la de portes de viajeros en los caminos difíciles y peligrosos, tejer los trajes talares y ayudar a los negros y mulatos en sus trabajos. Esas ordenanzas nos prueban desde luégo que había numerosos abusos, pero al prohibirlos el Gobierno demostró que no tenía la culpa de ellos.

Se exhortó a los encomenderos a que concentrasen en sus aldeas |(reducciones) a los indios de sus repartimientos que se hallaran dispersos por los bosques; sólo después de muchas dificultades se logró arrancarles las costumbres de la vida salvaje y retenerles en residencias fijas. Para hacerles más grato este nuevo género de vida se les dieron las mismas leyes municipales que a los españoles; es más: se repusieron los caciques en sus antiguos derechos; pero se extirparon las antiguas costumbres que condenaba la moral cristiana: tales como el tributo de las doncellas que los indios pagaban en determinadas ocasiones a los caciques, y la costumbre de que aquellos infelices se matasen en los funerales de sus jefes | ¹¹ . Así, al mismo tiempo que éstos recobraban, salvo excepciones, los antiguos derechos señoriales de los que sólo las Audiencias podían desposeerles por deslealtad el régimen municipal sustraía a esos tiranuelos el conocimiento de los pleitos y de las causas, y además les imponía una obligación nueva para ellos, la de pagar a los indios que tenían a su servicio.

Estas disposiciones no parecieron suficientes para asegurar la tranquilidad y el sosiego de los indios, siempre amenazados por los mestizos, los mulatos y hasta por los negros celosos de las consideraciones que se tenían para con los pacíficos indios, propietarios desposeídos del suelo de América. En consecuencia, los reyes de España decretaron que un ciudadano de costumbres irreprochables quedaría encargado, con el título de protector, de la defensa de sus intereses ante las Audiencias.

El Gobierno español adoptó medidas de carácter más paternal aún; prohibió que se vendiese aguardiente a los indios, arma terrible que otras naciones han empleado con éxito tan deplorable. Era también de temerse que los curas, aprovechándose de la ignorante credulidad de los indios, despojasen a esos hijos de la Naturaleza de su exiguo patrimonio, y se dispuso que la iglesia no pudiera recibir ninguna donación de ese género. En fin |, con objeto de evitar que se les vejase imponiéndoles el alojamiento forzoso, se construyeron a la entrada de las aldeas indias tambos o enramadas, en los cuales los Viajeros eran admitidos gratuitamente.

Por otra parte, con objeto de fomentar el amor al trabajo entre este pueblo recién sometido al yugo de la civilización, se obligó a cultivar anualmente a cada indio diez toesas de tierra. El producto de esas tierras vendido en provecho de la comunidad se depositaba en una caja que administraban funcionarios de la Corona. Los fondos se consagraban al sostenimiento de la Misión y de la escuela; a veces sudan para completar el tributo real, que, según Robertson no excedía de cuatro chelines anuales por indio de 18 a 50 años de edad.

Sin embargo, ese sistema de impuesto ha dado origen a una infinidad de recriminaciones contra España por parte de los conquistadores de las Indias Orientales; se le llamó tiránico y ultrajante para la dignidad humana. Los indios lo entienden de otro modo: en efecto, en vez de los cinco francos que pagaban antes, hoy pagan el doble, y además el reclutamiento militar, invención reciente, les arranca a sus hijos del hogar. Esto explica el porqué en la guerra de la Independencia, los indios insensibles a los beneficios de la civilización cuya magnitud no alcanza a comprender su inteligencia limitada, se inclinaron todos, en general, del lado de los españoles para combatir por una causa que fue tan amena para sus antepasados.

Veamos de qué modo España recaudaba este tributo, que venía a ser el equivalente de lo que antes pagaban los indios a sus caciques.

Las personas encargadas de percibir el tributo en los distritos |encomendados (dados en encomienda) tenían que asistir por la mañana a una misa mayor; después ante el cura, en presencia del pueblo, juraban desempeñar sus funciones con justicia y sin pasión; luégo recorrían los poblados de la encomienda, examinaban la calidad de las tierras, el estado de las cosechas, se informaban de lo que antes se pagaba a los caciques para fijar con arreglo a todos esos datos la cuantía del tributo que se podía exigir: debía éste fijarse de tal suerte que les quedase a los indios lo suficiente para alimentar y poder casar a sus hijos. Debía repartirse sabiamente de modo que gravase menos a la masa del pueblo que en los tiempos pasados; ya que es justo, añade el legislador, que los indios sean tratados al igual que nuestros otros súbditos. El impuesto se pagaba en especie, con objeto de obligar al indio a que cultivase la tierra y a que renunciase al lavado de las arenas de los arroyos, que al suministrarles una cantidad de oro suficiente les incitaba a la holgazanería: observación ésta tan exacta que hizo que uno de los Felipes obligase a los indios a pagar el tributo en productos de la tierra en aquellas regiones en que se había abolido esta práctica.

Numerosos abusos se fueron infiltrando en la percepción del impuesto, que fueron degenerando en tiranía, siendo muy difíciles de extirpar hasta entre los indios, porque su ignorancia no presentía el peligro que entrañaban. Se empezó por prohibir la entrega de los productos de la caza y la prestación personal del indio en pago del impuesto. Se llegó a más: se autorizó a los indios a que se negasen a entregar la gallina que cada año se computaba por el octavo del impuesto personal. Se abolió también la costumbre absurda, que perduró en Francia durante tánto tiempo, de llevar el diezmo o el tributo a distancias considerables, y los perceptores reales o eclesiásticos tuvieron que ir a percibir el pago en el propio lugar de la residencia del tributario.

Se supo que algunos encomenderos percibían el tributo en productos de especies distintas a las fijadas, y se dispuso que esas preferencias caprichosas quedarían limitadas a tres, y que si escogían las telas de algodón su opción se limitaría a una sola.

En cada municipio los depositarios de la autoridad quedaban exentos del pago del tributo: el cacique o teniente, porque hubiera sido injusto exigir su pago a una persona a quien el tributo se le pagaba antes; el alcalde, porque se quería atribuir un privilegio de alguna utilidad al ejercicio de las funciones municipales. Finalmente, para que nadie pudiera alegar error o ignorancia se ordenó que todos los años se pusiera en los lugares públicos la lista de los contribuyentes y el importe de su contribución. Se prohibió expresamente a los encomenderos o propietarios de los feudos, so pena de confiscación, el aumento del importe del tributo. Tanto el cacique como el alcalde en caso de deslealtad, por parte del encomendero, tenían la obligación de denunciarle ante la Audiencia.

Si el establecimiento de las |encomiendas trajo consigo graves inconvenientes, sirvió para conservar la población indígena y para acelerar su civilización. La imposición de este sistema hizo que los pueblos y las ciudades de la América española se poblasen de indios, mientras que éstos en Norte América han huido de ellas con espanto para retirarse a regiones que pocas veces visita el europeo.

Lo poco numeroso de la población, la ignorancia de los habitantes, la dulzura de su carácter, la suavidad de sus costumbres y la autoridad del clero, facilitaban considerablemente el establecimiento de cualquier forma de gobierno; pero en cambio las distancias y la dificultad de las comunicaciones constituían serios obstáculos para afirmarla; cualquier sublevación podía producir una escisión.

El partido que se adoptó fue sabio y prudente y demostró en los consejeros de Carlos V una previsión tanto mayor cuanto Europa, casi en estado bárbaro en aquella época, no les ofrecía ninguna constitución que sirviera de modelo: más tarde los holandeses, los franceses y los ingleses aprovecharon los defectos debidos a la ignorancia de aquéllos para evitarlos. Las costumbres de ambos pueblos eran monárquicas, pero la libertad de guerrear y la independencia de la vida salvaje dieron tanto al vencedor como al vencido un deseo de sacudir el yugo difícil de dominar. Tanto los unos como los otros reconocían a la metrópoli y se daban cuenta de que necesitaban su apoyo; los primeros para disfrutar en paz de sus conquistas; los otros, para mejorar su condición; ambos quedan un gobierno mixto. En su vista se conservó la influencia del vencedor mediante el Virreinato, la protección de los vencidos por el régimen municipal, y a todos se les prestó un apoyo contra la opresión europea a través de la institución de las Audiencias.

El continente se dividió en virreinatos, en Capitanías Generales, subdivididas en Intendencias, en Provincias, Corregimientos, Alcaldías Mayores, Encomiendas y Misiones.

El Gobierno creado en América corrió la suerte de todas las instituciones humanas. Los abusos le desfiguraron, el régimen municipal se convirtió en una oligarquía tiránica porque los talentos no abundaban: los auditores, cuya misión era defender al oprimido, se convirtieron a su vez en opresores. Los virreyes fueron engañados o fingieron serlo, distraídos de sus deberes por el más grato de velar por su fortuna; finalmente el Consejo de Indias creado en 1511, mal informado, dictó en ocasiones fallos muy aventurados.

A pesar de tantas fallas el coloso español se erguía fuerte e inquebrantable: se arrasaban las costas de su imperio, se incendiaban sus puertos, se asediaban sus fortalezas, pero no se abría brecha en su territorio. Si Anson volvía victorioso del mar del Sur, otro almirante inglés, Vernon, rechazado delante de Cartagena se volvía con sus hombres a sus barcos para ocultar su vergüenza.

España defendía con gran cuidado sus inmensas fronteras, y, a pesar de sus desastres y de su decadencia, dejaba en América la mayor parte de los tesoros que sacó de su seno, con objeto de que esos países pudiesen disfrutar en paz de una tranquilidad que la metrópoli desconocía, a la que cada veinte años Inglaterra le declaraba una guerra marítima para despojarla de los escasos tesoros que recibía de sus colonias.

Es un hecho insólito en la historia el que, con la protección de un pueblo poco numeroso, sin industria, mal armado, defendido por una marina mal organizada, todo un mundo haya disfrutado sin interrupción de tres siglos de paz. Al cabo de cien años todos los caminos eran ya seguros; las tribus antropófagas habían huido lejos de la civilización o habían recibido sus beneficios; las costumbres, sin ser del todo puras, eran por lo menos decentes. La religión, rodeada del respeto de todos los pueblos, estrechaba los lazos de la sociedad por medio de los sacramentos que les hacían indisolubles. Unos cuantos soldados constituían en las ciudades la guardia de los Virreyes, pero en las ciudades del interior no se veía ni un solo esbirro: las armas solo se empleaban para matar las alimañas. Las distintas provincias comunicaban entre sí libremente; sólo se prohibían las relaciones entre Nueva Granada y Caracas: previendo ya la ambición peligrosa de los habitantes del Llano, el gobierno español trataba de alejar el momento de la crisis. Los | impuestos eran más bien pocos y de escasa cuantía; la navegación fluvial, la caza, la pesca, la desecación y el desmonte de los | terrenos no estaban entrabados por ninguna ley. No había más derecho que el de los particulares; con tal de que se respetasen sus propiedades y que no se plantasen ni olivos ni vides se podía, cortar árboles, cambiar el curso de los arroyos, matar los animales; en una palabra podía uno entregarse a todos los caprichos posibles, sin pagar ninguna gabela al gobierno y sin tener que pedir una autorización especial a los ricos propietarios.

¿Podrá la suavidad de esas leyes hacer olvidar los recuerdos espantosos de las atrocidades que mancharon de sangre la conquista de América? ¿Ha hecho olvidar la tranquilidad admirable que reina en las posesiones inglesas de la India los crímenes de los Clives y de los Hastings?

 

1 |Depons, tomo I, página 77.
2 Piedrahíta |, |Historia de la Conquista de la Nueva Granada.
3 Humboldt, |Vista de las cordilleras.
4 Hace pocos años un batallón que fue de Bogotá a Santa Marta pereció totalmente de fiebre amarilla.
5 Robertson Rech, |Hist. sur l’Inde.
6 Origen de los indios.
7 Quienquiera que haya visto los indios de América tiene que atribuirles un origen asiático; y sin embargo este origen ha sido puesto en duda porque no se encuentra ningún vestigio histórico. ¿Pero no podrían los indios haberse olvidado del estrecho de Behring, del mismo modo que nosotros nos hemos olvidado del cabo de Buena Esperanza?
8 Hay en la cordillera una especie de pájaro que como el de nuestras comarcas se ocupa en desembarazar a los animales vacunos de las miríadas de insectos que cubren sus costillares, ¿es la naturaleza o son los españoles los que trajeron este pájaro a un país donde no se conocían los animales vacunos?
9 Jove, Memorial al Virrey Sámano.
10 Recop. de las Leyes, L. VI. Tit. I, II, III.
11 En las colonias inglesas las mujeres se arrojan a la hoguera en que se queman los restos de sus maridos.

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