INDICE





PRESENTACIÓN DE CARLOS JOSÉ REYES

PRÓLOGO

PREFACIO

PRIMERA PARTE

CAPÍTULO I
Salida de Francia - Las Azores - La costa de los Estados Unidos – Norfock - Washington - Calma chicha - Cartagena de Indias - Salida para Bogotá - Turbaco - Barranca - De Cartagena al Magdalena.

CAPÍTULO II
Salida de Barranca – El pueblo de Tenerife – Zambrano – La isla de San Pedro – Pinto – Santa Ana – Mompós - El gobernador de Mompós - Comercio de Mompós - Salida de Mompós - Margarita – Guamal - Peñón – Banco - La Sierra de Ocaña - Regidor - Río Viejo - M

CAPÍTULO III
Brazos del Magdalena - La Miel – Río Negro - Guarumo - El promontorio de Garderia - Los escollos de Perico - Honda - Descripción del Magdalena

CAPÍTULO IV
Camino de Honda a Bogotá - Río Seco - Venta Grande - La Montaña de Sargento - El valle de Guaduas - Villeta – Facatativa - Descripción del llano de Bogotá - El Salto de Tequendama – El puente natural de Pandi (Icononzo)

CAPÍTULO V
Viaje por la provincia de Socorro, situada al norte de Santafé de Bogotá.

CAPÍTULO VI
Estado del país desde 1498 hasta 1781 - Antiguos habitantes - Sus usos - Sus costumbres - Con quistas comerciales - Conquistas religiosas - Conquistas militares - Quesada - Debilitamiento de la población India - Los negros - Su estado y condición - Mezcla

CAPÍTULO VII
La revuelta del Socorro - Movimiento de 1794 - Virreyes españoles - Insurrección de Caracas en 1810 - Insurrección de Nueva Granada - El virrey Amar - Miranda – Bolívar – Monteverde - Conquista de Caracas - Bolívar pasa a Curaçao Sale de allí -

CAPÍTULO VIII
El virrey Sámano - Soldados españoles - Soldados americanos -  Bolívar entra en Santafé, pasa a Quito y luégo a Guayaquil -  Características de los principales generales.

CAPÍTULO IX
Nuevo gobierno - Constitución de Cúcuta - División del territorio en Departamentos -Renovación de los Cabildos - Leyes civiles – La justicia - El Congreso - El Poder Ejecutivo.

CAPÍTULO X
Regreso a Bogotá - Puente Real - Minas de cobre de Moniquirá - Chinquinquirá - Minas de sal de Zipaquirá.

CAPÍTULO XI
Fundación de Santafé de Bogotá - Clima - Casas – Interiores - La Catedral - Los conventos - El Hospital - Los colegios - El Palacio del Presidente - El Palacio de los Diputados - El Palacio del Senado - Las cárceles - La Casa de la Moneda y el Teatro

CAPÍTULO XII
Finanzas – Aguardiente – Papel sellado – Alcabala - Impuestos directos - Guerra - El ejército - Las piazas fuertes – Marina - Relaciones extranjeras.

SEGUNDA PARTE

CAPÍTULO I
Salida de Bogotá para Popayán – Guaduas – Chaguaní – San Juan - Regreso a Guaduas - Breve estancia en esta ciudad - Beltrán - Ambalema - San Luis - Chaparral – Natagaima - Payandé - Samboja - Villavieja - Neiva.

CAPÍTULO II
Tambo del Hobo - Paso de Los Domingarios - Puente de cuerdas - La Plata - Pedregal - San Francisco - Inzá - La Montaña del Guanaco - Totoró - Paniquita - Popayán - El volcán de Puracé.

CAPÍTULO III
Descripción de Quito - Camino de Quito a Cuenca.

CAPÍTULO IV
Salida de Popayán - La mina de Alegrías Quilichao - El Cauca – Jamundí – Cali - Salida de Cali - Las Juntas.

CAPÍTULO V
Navegación peligrosa por el Dagua - Buenaventura - Descripción de la provincia del Chocó - Salida de Buenaventura en una goleta peruana - Llegada a Panamá - Observaciones acerca del Gran Océano.

CAPÍTULO VI
Descripción de la ciudad de Panamá - Las mujeres de Colombia.

CAPÍTULO VII
Descripción física de la República de Colombia – Montañas – Clima – Atmósfera – Estaciones – Temperatura – Vientos – Lluvias - Influencia tropical – Cosechas – Bosques – Ríos - Quebradas - Minas - Salinas - Volcanes - Lagos – Mares – Mareas

CAPÍTULO VIII
Población - Habitantes de los páramos - Los de las montañas en que se produce trigo - Los dos llanos - Indios bravos - Esclavos negros - Religión.

CAPÍTULO IX
Carácter de los colombianos.

CAPÍTULO X
Agricultura - Industria - Reflexiones sobre el banano – Minas - Moneda – Salinas - Comercio – Exportaciones - Importaciones.

CAPÍTULO XI
Vías de Comunicación por tierra y por agua - Leyes comerciales.

CAPÍTULO XII
Salida de Panamá - Cruces - El río Chagres - La Gorgona - Chagres.

CAPÍTULO XIII
Llegada a jamaica - Salida para Europa - Las Lucayas - Falmouth – Llegada a Francia.

NOTAS Y ACLARACIONES
| CAPÍTULO V
 

 

Viaje por la provincia de Socorro, situada al norte de santafé de Bogotá.

 

No bien regresaba de una excursión cuando deseaba emprender otra; y me pareció la más interesante de todas una por la provincia de Socorro, tan industrial y tan poblada. Tomada esta decisión, me procuré dos mulas, un guía inteligente, y en junio me puse en camino hacia el valle de Tenza, situado al Noroeste de la capital; siguiendo esta dirección, podía yo examinar en su más grande extensión la Sabana de Bogotá.

Tomamos el camino real; se ha aprovechado la configuración llana del terreno para trazar la carretera al estilo de las de Europa. De vez en cuando se ven casas de campo de muy buen aspecto, techadas con teja y con vidrios en las ventanas. Todas esas fincas están cuidadosamente cercadas con muros de piedra. Atravesé el llano en la época en que todavía los trigos verdean; prometían una abundante cosecha para dos meses después. El puente tendido sobre el Bogotá es de piedra; esta obra, debida a los españoles, no deja de tener mérito; además es de grande utilidad para las comunicaciones entre Bogotá y las minas de sal de Zipaquirá. Cuando esta planicie esté más poblada y mejor cultivada, el Bogotá constituirá un canal muy cómodo para el comercio y las comunicaciones de la región; hoy día no se ve en sus aguas ni una sola lancha. La noche se venía encima; hacía poco que un alcalde fue asesinado en las inmediaciones del sitio en que me hallaba y, prudente, me detuve en una hacienda.

Al | día siguiente pasé por muchos pueblos situados en el camino de Tunja. Por lo general no están habitados más que por indios que tejen lienzos de algodón o hacen pucheros. Las chozas en que viven esos infelices son de proporciones muy reducidas; algunas son redondas, idénticas a las que tenían antes de la Conquista. No sin cierta sorpresa se ve desde lejos la casa del cura, que entre esas miserables cabañas se alza cual si fuera un castillo. En efecto, los balcones, los cristales y las tejas con que se adorna y protege el presbiterio le dan un aspecto de magnificencia que asombra si se le compara con la miseria de las chozas que le rodean.

A medio día, dejando el llano por el que hasta ese momento habíamos andado, nos aproximamos a las montañas de gres que le dominan. El pueblo de Sesquilé, que es el último de la meseta de Bogotá por este lado, está a poca distancia del lago de Guatavita | ¹ .

En el páramo de Chocontá hacía frío y el viento soplaba con tánta fuerza como al borde del mar. Una lluvia fina y fría nos helaba la cara y las manos. La tierra es de color negro; el suelo es ondulado, como el de las dunas, y la hierba es tan fina que las huellas de los viajeros desaparecen tan rápidamente como en las arenas de los desiertos africanos.

En estas regiones salvajes el cazador acosa a los animales que, rodeados de brumas eternas, se creen al amparo de las armas de los hombres. El oso que en ellas vive es notable por su fuerza y su ferocidad. Los habitantes de la región lo cazan de vez en cuando. A caballo y armados de una lanza, lo atacan y logran matarlo algunas veces, hazaña no exenta de peligro. Es un espectáculo curioso, en una altitud tan considerable, oír los gritos de los cazadores, los aullidos de los perros y todo el estruendo de la cacería que de repente sustituye, ahogándolo, el silbido del viento; pero, sobre todo, lo que no se puede ver sin admiración es el galopar de los jinetes, sin miedo alguno, por estas cumbres escarpadas, atravesar a toda carrera los torrentes, salvar los precipicios, escalar las rocas y, finalmente, alancear el animal que, cansado de huir, les hace frente.

En la bajada del páramo de Chocontá encontré una cabaña aislada, a poca distancia de una mina (sic) de petróleo, que pertenece a la catedral de Bogotá. En ella pasé la noche. A pesar de que la época de la sementera hubiese terminado, la gente trabajaba en los campos con verdadero afán. Los peones -así es como se llama aquí a los jornaleros-, utilizando una azada pequeña sujeta en la extremidad de un palo largo (binadera), estaban ocupados en binar los campos. Estos obreros, cuyo trabajo empieza con el alba y termina con la caída de la noche, ganan un real (65 céntimos) por día, y reciben dos raciones de mazamorra (maíz cocido). Los que trabajan en la costa ganan el doble y les dan además, una libra de carne por día. Bien es verdad que el trabajo es más duro en las ardientes playas del mar que en la cordillera. Los trabajos agrícolas son menos duros con una temperatura de 12 a 15º que cuando hay que soportar una temperatura de 25 a 30º R.

Bordeé el Machetá, cuyas orillas son escarpadísimas y que nace en el páramo que atravesamos la víspera. Este torrente riega un valle muy fértil; al llegar a Somondoco toma el nombre de este pueblo y corre por los llanos en dirección al Este. El camino estaba en un estado espantoso, lo que me hacía admirar el valor de algunas mujeres que viajaban a caballo con nosotros llevando, además, a los niños pequeños en brazos. A pesar de los peligros que corrían a cada momento, reían y cantaban con la misma alegría que si hubiesen ido en el mejor de los coches y por la mejor de las carreteras de Francia. Llegamos en su compañía a Tibirita, en cuyos arroyos se encuentran piritas ferruginosas en abundancia; y después a Guateque; estos dos pueblos están emplazados en tierras que se llaman de indios.

Se acusa a los indios de añorar su antiguo régimen; puede ser, porque antes no se permitía a ningún blanco establecerse en sus tierras, mientras que hoy ven sus territorios invadidos por una serie de hombres rapaces. Esta reunión forzada alimenta en todas estas aldeas una antipatía irreductible y una grande enemiga.

Pasado Guateque, atravesé el río y empecé a subir por la margen opuesta, en la que está emplazado Somondoco. La temperatura era más suave, el terreno me pareció más fértil y más variado que el que vi al venir de Machetá. En efecto por doquier se veían campos de caña, de maíz, de yuca; cercados con vallas de sauces, de algodoneros y de cactus por los que trepan multitud de bejucos cubiertos con las flores más vistosas. La montaña a cuyo píe está situado Somondoco ofrecía una vista curiosísima: parecía que fuera toda ella de cristal; ese efecto lo producían varios torrentes que caen verticalmente en medio de los bosques espesos que cubren sus laderas escarpadas, y el estruendo espantoso de su caída llegaba hasta donde nos encontrábamos.

Somondoco es un pueblo tan pobre, que ningún vecino pudo albergarme. Creí que podría acogerme a la casa del cura, pero me equivoqué. Francisco Antonio Díaz así se llamaba el párroco, aseguró que ya tenía otros forasteros en su casa, y se negó a recibirme; pero no tenía a nadie. Me encontraba en situación muy apurada. Sólo una mujer se compadeció de mi; me di cuenta de ello y apelé a su conmiseración, pero el qué dirán y sobre todo las censuras del cura la impedían acceder; por fin consintió en recibirme en su casa, donde encontré atenciones que en pocas otras me hubieran dispensado. La escasa diferencia de civilización que hay entre la región de América en que me hallaba y las de África que recorrí hace cuatro años, no alcanza a los sentimientos afectivos de las mujeres para con los seres que sufren. El viajero no implorará nunca en vano los sentimientos caritativos de una mujer.

Me habían hablado mucho de la riqueza de las minas de esmeraldas que antaño explotaban los indios en esta región, y, como es natural, ardía en deseos de descubrir sus vestigios. Pregunté insistentemente a algunas personas, pero sus contestaciones no me dieron más que muy leves esperanzas de descubrir algún rastro en una montaña próxima que me aconsejaron que visitase. Este consejo me pareció bueno, y me disponía a ir allá al día siguiente cuando el alcalde, seguido de una docena de rufianes, se presentó en mi alojamiento y me entregó una carta que me invitó a leer. Con la vista fija en mi cara trataba de descubrir la turbación que su lectura me produjese. Pero su contenido no era para inquietarme. Era del juez de Guateque, diciendo al alcalde que vigilase mis andanzas porque se creía que tenía intención de pasar de las regiones altas a los Llanos. Le encargaba expresamente que me pidiese mi pasaporte; se lo entregué en el acto, y los alguaciles del cura, pues era por orden suya por lo que me jugaban esta mala pasada, se retiraron corridos de vergüenza.

Este incidente no me hizo desistir de mi propósito y, acompañado de un guía de confianza, me dirigí hacia el Este, a la montaña en que se cree que hay esmeraldas; desde su cima se ven los Llanos; el camino era tan malo, que tardé tres horas en llegar a ella. Pero el espectáculo que se ofreció a mis ojos me compensó de todas las fatigas sufridas: en algunos sitios el pico que escalé no tenía más de tres pies de ancho. Al Este se veía un valle ancho y profundo, atravesado por el río Majoma, que le da su nombre; más allá y mucho más abajo, en la misma dirección, se alcanzaba a ver una especie de nube negra y espesa; eran los llanos de San Martín, que distan dos o tres jornadas de aquí. Sin las indicaciones de mi guía no hubiera jamás reconocido la tierra por esos indicios que, por una rareza bastante chocante, son los mismos que revelan su presencia en el mar. Por el contrario, al volver la vista hacia el Oeste se descubría la rica y hermosa vega del Somondoco y los pueblecitos que con la deslumbrante blancura de sus casas forman un feliz contraste con el fondo verde de los campos. Somondoco, oculto por la sombra que proyectan a lo lejos las montañas, no se veía; pero en cambio se distinguían perfectamente Manta, Guateque, Suta y una infinidad de cabañas aisladas que en general estaban ocultas por los bananos que les dan sombra. Aunque los hombres y los animales no se distinguían, sus gritos, que llegaban hasta mí, junto con las brumas que del llano se elevaban hacia la montaña, revelaban el sitio donde debían estar. Este fenómeno no es raro en las montañas donde los hombres se hablan a distancias tales que en los terrenos llanos la voz no alcanzaría a oírse. Mis pesquisas para descubrir las esmeraldas fueron vanas; inútilmente examiné las arenas de los arroyos y los esquistos que constituían las rocas de la montaña: no encontré nada; bajé de esas frías alturas para entrar en una región más templada y menos árida. Ningún incidente hubiese marcado esta excursión, de no haber sido por el perro de mi guía que, hambriento por el prolongado ayuno a que por lo visto le tenía sometido su dueño, se arrojó sobre un rebaño de ovejas, destrozando una de ellas, a pesar de los gritos, de las amenazas y de los golpes que le propinó su amo. Estos estragos son frecuentes, y muchas veces los perros se reúnen en bandas para atacar a los caballos y a las vacas; pero sólo llegan a estos extremos cuando no encuentran animales muertos. Para descubrir sus restos tienen un indicio infalible: cuando ven los gallinazos reunidos a un punto, comprenden que alguna presa les ha hecho congregarse allí; entonces van, y después de haber ahuyentado a esos pajarracos se instalan en su lugar para devorar la carroña.

Creía que en Somondoco encontraría mi pasaporte que la víspera el alcalde había enviado al juez de Guateque; en vano esperé hasta medio día; impacientado por esa demora me puse en camino hacia Guateque. Allí pedí mi pasaporte al alcalde, quedándome de todas esas dilaciones. Él se excusó a medias, pero en seguida me hizo olvidar esas molestias ofreciéndome su casa para que pasase la noche. Decliné el ofrecimiento por el deseo que tenía de llegar a Suta antes de la noche, y entonces, sin decirme nada, expidió un propio a Suta, que llegó antes que yo, recomendando al comandante que me tratase con toda consideración; sus deseos se realizaron y aquel oficial me dispensó las mayores atenciones.

Con gran sorpresa mía recibí en Suta la visita del hijo de un médico frances, muerto en la región hacía muchos años; se llamaba Courtois, apellido que hispanizó convirtiéndolo en Cortés. Era imposible ver sin compadecerse el estado de espantosa pobreza en que vivía este hijo de un compatriota: casi desnudo, sólo su cara, cuyos rasgos no hablan sido degradados por la miseria, permitía diferenciarlo de entre los vecinos más míseros de aquel pueblo. Mi huésped quería que me quedase tres días en su casa no accedía su amable requerimiento, y el 21 emprendí el camino de Tenza siguiendo en dirección Nor-nordeste. No hice más que atravesar sin detenerme este pueblo, y ya bien entrada la noche llegué a Guachavita.

En Guachavita termina el valle de Tenza que corresponde a la provincia de Tunja; no hay muchas enfermedades, ningún vecino tiene bocio: una infinidad de arroyos atraviesan el valle de Tenza en todas direcciones y dan origen a varios ríos, que van todos a desembocar en el Somondoco. Éste, después de describir muchos meandros, vierte sus aguas en el Meta. Las márgenes del Somondoco están llenas de manantiales de agua salada que utilizan sus moradores en sustitución de la sal de Zipaquirá.

El nivel medio de la región es bastante elevado el suelo es arcilloso y los caminos, con las lluvias, se ponen intransitables. Claro es que los habitantes, ante la abundancia de las cosechas, se quejan poco de estas molestias pasajeras; aquí el hombre responde a la voz de la Naturaleza; todo el terreno está cultivado con esmero; bananos, caña, maíz y yuca, todo se da con abundancia maravillosa. Sin embargo, a pesar de todas estas riquezas, el hombre es pobre, la Naturaleza le enriquece y la sociedad le arruina con el sistema defectuoso de los impuestos con que le abruma; en vano aumenta sus sementeras, en vano se llenan sus graneros, el vecino de Tenza está siempre afligido por la miseria más espantosa, y lo mismo que en la región del Magdalena, se ven pobres sentados en medio de la abundancia; no se entra en una casa, no se sale a la calle sin encontrarse con mendigos; en los pueblos, en el campo, por todas partes se ven gentes que piden limosna; y ¿cómo no darla a los inválidos y a los ancianos?

Este espectáculo ensombrece el encanto natural de estos lugares de delicia que la suavidad del clima convierte en residencia encantadora durante el buen tiempo, es decir, desde septiembre hasta marzo. En la época en que yo realizaba mi viaje la región estaba inundada por las continuas lluvias. Engañado por la sequía que siguió a las tempestades en la Sabana de Santafé, cuyo clima es totalmente distinto del de las otras regiones de la cordillera, creí que al bajar al valle de Tenza encontraría la misma temperatura; estaba en un error profundo: en Colombia cada lugar tiene un cielo, una temperatura y unas estaciones distintas, debido a la diferencia de altitud.

La temperatura por lo general es de 15º a 16º. el clima es muy sano y por lo tanto el número de ancianos es considerable; hasta hay muchos centenarios; me enseñaron un árbol que unos hijos habían derribado sobre un torrente para que su madre, que tenía más de ciento quince años, pudiese ir por un atajo a la iglesia, adonde iba varías veces por semana, a pesar de que estaba muy distante de su choza y en un lugar muy escarpado.

Como el valle de Tenza se encuentra al Este de la inmensa cima de la cordillera, experimenta las variaciones de clima de los Llanos, de modo que la primavera y la estación de lluvias coinciden con las de esas llanuras; por consiguiente, la sementera no se realiza en la misma época que en las montañas de Bogotá. De modo que en un mismo día se pueden ver cultivos distintos y labores diferentes. En las partes altas se siembra en marzo; en la zona media de la montaña, en mayo; y en los valles bajos, en julio. Pero aquí es tal la fuerza de la vegetación, que todo madura antes de que en las partes altas se haya podido calcular el rendimiento de la cosecha.

Al salir de Guachavita no tardamos en llegar al Volador, montaña de escasa elevación. Entrábamos ya en la región de las tierras frías; al llegar a Umbita, donde pernocté, estaba transido de frío; los hombres de estas montañas me parecieron tan diferentes de los de las otras como las plantas que aquí se dan. A la alegría que reina en el valle de Tenza sucedió la tristeza más profunda. Al entrar en Umbita me llamó la atención ver a un hombre atado a un poste; era por orden del cura; poco después vi a otro sucumbir a los bastonazos que le propinaba el sargento de milicias ¡Qué cambios más súbitos! En el valle, a cada paso, presenciaba la fiesta de la Naturaleza celebrada por la miseria; aquí veía hombres tan desgraciados como la tierra en que habitan. La temperatura, que era sólo de 8º a 10º y las ideas que me sugirió la contemplación de tántos infortunios me hicieron pasar una muy mala noche. Al rayar el alba ya estaba dispuesto a emprender el camino, y a poco volvía a entrar en los Llanos, donde encontré de nuevo el buen tiempo que traen los mismos vientos del Este, que llevan las lluvias al valle de Tenza. Dejando al Sur a Turmequé, llegué a las doce a Tibirita. Aquí el aspecto cambió de nuevo: en lugar de campos de caña y de bananos encontré trigales y campos de patatas. La tierra, sin ser tan fértil como la de Tenza, no deja de ser muy buena, y su fecundidad se aumentará sin duda alguna cuando se la trabaje con más esmero. Los bosques abundan un poco más en esta región, y en las praderas pacen rebaños de ovejas cubiertas de espesa lana. Los habitantes al parecer estaban todavía bajo el peso del infortunio, y el saludo que me hacían, al llamarme |mi amo, recordaba las cadenas que estos infelices llevaron durante tántos siglos.

No bien me instalé en Tibirita, en una choza donde me permitieron descansar, vi entrar a un hombre alto y robusto: era el cura. Después de las frases de ritual, me rogó que le dejará mi reloj; le saqué y me pidió que se lo regalara; como me negara a a ello, me pidió mi sable; le contesté en el mismo modo; entonces se despidió invitándome, en forma poco amable, a que fuera a su casa a verle.

A poco de haber salido de Tibitita pasé por el campo de batalla de Boyacá, donde los españoles, en 1819, perdieron una batalla contra los Patriotas; por la noche llegué a Tunja; me alojé en casa del cura, cuyas atenciones son las de que más he agradecido.

Tunja, antes de que llegaran a estas regiones los conquistadores españoles, era ya una ciudad muy principal, tan importante en Cundinamarca como Cuzco, en el Perú. Quesada se apoderó de ella empleando el mismo sistema que valió tantos éxitos a Cortés y a Pizarro: matando al rey de Tunja. Los tesoros que encontró en el despojo de ese príncipe y a cuya vista los españoles exclamaron: "también nosotros hemos encontrado el Perú", sirvieron para levantar una nueva ciudad que durante mucho tiempo fue la rival de Bogotá por haberse retirado a ella toda la nobleza del país. Hoy no es más que una ciudad muerta. Tunja carece de atractivos; no hay gente, no goza de buena temperatura, no tiene aguas abundantes y buenas; en una palabra, allí no hay nada de nada. La gente padece el bocio, el cielo pocas veces está sin nubes, la temperatura es muy fría; finalmente, casi todas las casas están en ruinas, pero en cambio hay un fenómeno muy interesante que atrae a los curiosos y que hace las delicias de los vecinos: al Nornoroeste de Tunja, y a poca distancia, hay unos manantiales de agua caliente durante la noche, y fría durante el día; esto hace que la gente sólo acuda a bañarse por la noche, pasatiempo que resulta muy agradable gracias al estanque que han excavado para poder gozar de esa diversión, que es la única que hay en Tunja.

Esta ciudad es la capital de una provincia bastante grande y en general muy árida. Si hiciese más calor se creería uno en medio de un desierto africano. El terreno está erizado de rocas y surcado por las aguas que en algunos sitios forman carcavones espantosos. Sin embargo, como esas aguas se evaporan en seguida, la región carece de agua. Pero, a pesar de todo, esta provicia es una de las más ricas; sus habitantes son activos e industriosos: se fabrican telas de lana y de algodón. Aunque son de factura ordinaria se venden por toda la República, y ese comercio constituye la riqueza de Tunja.

La mayor parte de las tierras están de baldío, pero si la gente fuese menos apática y la trabajase, serían susceptibles de producir mucho más. Pero ningún estimulo logra sacarla de sus costumbres indolentes y rutinarias: ejemplo, lo sucedido en Leiva cuando se quiso ensayar el cultivo del olivo. En todo el país se siembran con éxito el trigo, la cebada y la avena. Muchas son las regiones de la provincia donde, debido al frío, no podrían darme otros productos. El arroz, el café y el azúcar se dan en Muzo.

Necesité todo un día de camino para ir a Tunja a Paipa; de aquí seguí en dirección Sur-sureste para ir a una hacienda que proporciona pingües beneficios gracias a un dón especial de la Naturaleza. La pradera en que se levanta esa hacienda varios manantiales de aguas calientes (49º R) sulfurosas. En la época seca los vapores se condensan y cubren todos los pastos de sulfato de sosa. Esa sal se recoge con cuidado para darla al ganado. El ganado que se lleva a esos pastos engorda maravillosamente en seis meses. Por eso el propietario de esas tierras compra ganado en los llanos de San Martín a cinco piastras la cabeza y lo revende a veinticinco o treinta piastras. Esa hermosa hacienda pertenece a los jesuitas. Por allí cerca hay una mina de azufre.

Seguimos recorriendo terrenos incultos y despoblados; bajamos al llano de Sogamoso; en una hora llegamos a Iza, aldea situada al Este. Un curioso espectáculo nos esperaba a la llegada: el de una fiesta con danzas y cantos para celebrar la muerte de un niño; costumbre extraña la de regocijarse por una pérdida que en otras partes motiva dolores y lágrimas. Al ir a Iza tenía el propósito de visitar el lago de Tota, que se encuentra un poco más arriba, pero en la misma dirección.

Salí, pues, de Iza un poco antes del amanecer; acompañado por un nuevo guía escalé las alturas escarpadas, en las que se extiende el páramo de Ramona, donde pasamos mucho frío; a las ocho estaba en las orillas del lago; su extensión es considerable, ya que apenas si en un día se le puede dar la vuelta. La superstición no ha dejado de poblar esos lugares de espantosos prodigios: en efecto, el aspecto agreste de la región; las aguas suspendidas, por decirlo así, a una tal altura y siempre agitadas por el viento que sopla del Toxillo, páramo más elevado que el lago de Tota; la sustancia mucilaginosa, de forma ovalada, y llena de una agua insípida que hay en la arena de sus playas, todo propende a suscitar la extrañeza. Según el decir de las gentes de la región, el lago no es navegable; los genios maléficos habitan en sus profundidades, en moradas en las cuales, dicen, se ven los pórticos cuando uno se aleja de las orillas del lago hacía dentro, y hasta se ve, añaden, salir de vez en cuando de sus abismos un pez monstruoso que sólo se deja ver por unos instantes.

El lago de Tota forma un arco cuyos extremos están en dirección Noroeste y Sureste; la temperatura es muy húmeda y fría; el agua tiene un color azulado, es densa, insípida y poco potable; lo mismo que la del mar, está constantemente agitada debido a las tormentas que se forman en el Toxillo. En el centro del lago hay algunas islas; no ha habido más que un hombre que osara ir a ellas; la creencia de que el lago está encantado impide visitarlas de nuevo: el fondo del lago parece que está compuesto de una arena silícea. Las montañas que le circundan son unas murallas espesas compuestas de gres, tan fuertemente cimentadas que no dejan pasar la menor filtración; sin embargo, cabría suponer que las fuentes termales de Iza y de Paipa tienen su origen en este inmenso depósito que está situado a unas cuantas toesas más alto que el nivel de aquéllas.

Diseminadas a lo largo de las orillas altísimas y prodigiosamente escarpadas de este lago de la cordillera se ven algunas míseras chozas siempre batidas por los vientos. En las proximidades está la aldehuela de Cuítiva; al volver a Iza pasé por ella: el camino que seguimos a la vuelta está lleno de chumberas cuajadas de cochinilla; y lo que no deja de ser muy interesante para los vecinos es la abundancia de pedernales. A medida que me iba alejando de esas alturas, la temperatura se hacía más soportable. Al llegar a la llanura de Sogamoso divisé el pueblo de este nombre en medio de la arboleda que le rodea; me detuve hasta el día siguiente en esta población, famosa antes de la Conquista por el culto que sus habitantes rendían al Sol: el templo que se había construido era, si se da crédito a lo que dicen algunos historiadores, de una magnificencia sin igual; hoy no se advierte ningún rastro de su pasado esplendor. Sogamoso es un centro muy activo de comercio de ganados; vienen de los Llanos por el Toxillo. A esas planicies se envían las telas de algodón y los sombreros de lana que se fabrican en Sogamoso a cambio de algodón, añil y sal. A pesar de las ganancias que deja, ese comercio es poco activo en razón del mal estado de los caminos y de los peligros que ofrece el páramo. Los Llanos sirven de tumba a buen número de gentes de la cordillera, pues a poco de estar en ellos les da la fiebre debido al calor que hace y a la gran cantidad de carne que comen; en cambio los de los Llanos corren menos riesgos cuando suben a la cordillera; podría creerse que el frío de las tierras altas debería serles intolerable, y sin embargo lo afrontan con trajes ligeros de algodón y pocas veces están enfermos.

Al salir de Sogamoso tomé hacia el Noroeste para ver la mina de plomo que se explota en los alrededores; tuvimos que atravesar un río, cuyo vado indica un hombre a caballo; luégo subí un poco y después bajé a la llanura de Tibasosa. Este pueblo se encuentra del otro lado del río que riega los valles de Sogamoso y Tibasosa. Casi en frente de éste se encuentra la mina de plomo; en ella trabajan ocho obreros: me dijeron que se habían asociado para la explotación de esa mina, cuyos rendimientos eran escasos desde que el agua había cegado la galería principal abierta desde hacía más de un siglo; se contentaban con lavar el mineral: con frecuencia no tienen agua, de modo que con ese procedimiento primitivo no conseguían arriba de una arroba por semana, es decir unos 30 francos por semana. La dureza de la roca, las inundaciones y sobre todo la falta de herramienta adecuada impiden que esos hombres, a pesar de que la mina es rica en mineral, obtengan mayores beneficios.

Un poco más lejos hay una fundición al aire libre: no se trabaja en ella mas que el cobre que se extrae de Moniquirá; los trabajos que se hacen en este pobre taller de fundición no dejan de ser bonitos; por lo general consisten en estribos y campanas.

Continué mi camino hacia el Norte por entre montañas constituidas por una arcilla teñida de púrpura y de violeta; era ya noche cerrada cuando llegué a Santa Rosa. Como la hospitalidad se ofrece con tánta generosidad, creí que a pesar de lo intempestivo de la hora no encontraría dificultad alguna para conseguir alojamiento; pero me equivoque: me cerraron todas las puertas. Llame a la del alcalde, a la del juez; en todas se negaron a abrir su pretexto de que los dueños estaban fuera: el cura, al que acabé por dirigirme, no se mostró más compasivo que sus feligreses. Era ya tarde, estaba calado, no había probado bocado en todo el día y no veía ante mi más perspectiva que la de dormir en la calle; me encontraba en situación verdaderamente aflictiva; nadie prestaba oído a mis súplicas; una sola persona se compadeció de mi, y esta vez también fue una mujer; me ofreció su cabaña, que compartí encantado; y, aunque era difícil dormir en medio de las vasijas de chicha y de los montones de cebolletas de que estaba atestada, pasé una noche deliciosa oyendo cómo caía fuera la lluvia a torrentes y pensando en la que me tenía reservada la hospitalidad de los vecinos de Santa Rosa.

El nombre de Santa Rosa suena bien y responde en cierto modo al pueblo por la regularidad de sus calles y de sus casas. Pero hace un frío espantoso; y como los alrededores no producen más que trigo, patatas y cebollas, los habitantes serían más bien pobres si no tuvieran los recursos que aportan algunas fábricas de sombreros de lana y de telas de algodón que tienen mucha aceptación entre los vecinos del Socorro, que está en las inmediaciones. En Santa Rosa hay mucho bocio.

Al | día siguiente pasé por Cerinza que está situada en un valle ondulado y donde debe hacer mucho frío a juzgar por el musgo que cubre los tejados. Esta temperatura glacial proviene del páramo que domina el valle y que corre del Nor-nordeste al Sur-suroeste. Empecé su ascensión a las doce y llegué al páramo después de haber caminado algún tiempo por entre manzanos; éstos desaparecen en la cordillera en la zona en que la tierra deja de estar sometida al hombre.

A las | cinco llegué a la venta que está situada en la vertiente de la montaña que mira hacia el Socorro y en la que se detienen todos los viajeros.

Los páramos constituyen una región completamente diferente de aquellas que están más bajas. Todo es diferente: la vegetación, que hasta cierto punto puede decirse que expira en ellas, produce plantas enteramente distintas; son lugares inhabitables, salvo en algunos sitios resguardados del viento en los que se siembran patatas, habas y cebollas. Pocas veces su superficie está cubierta de piedras, a no ser en las inmediaciones de la región de las nieves, donde hay un cascajo parecido al que se encuentra en los ríos.

Al atravesar el Cerinza, la temperatura, aun que fría, era soportable; pero el aire era tan seco que las cinchas y las cuerdas que ataban el equipaje se rompían a cada momento. Tuve mucha suerte, pues al pasar el páramo reinaba una calma atmosférica absoluta; según cuenta la gente, cuando el páramo se |pone bravo | ² | los viajeros están expuestos a los mayores peligros; el viento cargado de vapores sopla con fuerza; las tinieblas más profundas cubren el suelo y se pierden las señales del camino; los pájaros que, engañados por los indicios de un día bueno intentan pasarlo, caen al suelo ateridos. El viajero busca el abrigo de los arbustos desmirriados que de vez en cuando crecen en ese desierto, pero su follaje húmedo le obliga a buscar otro refugio; extenuado de hambre y de cansancio, arrea inútilmente sus mulas, yertas de frío, para que aceleren el paso, y se sienta a descansar: ¡fatal descanso!; en seguida siente en el estómago una opresión, la del mareo, como si estuviese embarcado; la sangre se le hiela, sus nervios se atirantan, los labios se abren como si fuese a reír, y expira con una mueca grotesca en el rostro; las mulas, que ya no oyen la voz del amo, se detienen, se echan en el suelo y mueren.

No hay aspecto, por siniestro que sea, que pueda compararse con el que ofrece el páramo de Cerinza. Visto desde abajo, su cumbre sombría se oculta detrás de las nubes; y cuando se le atraviesa, pocas veces el cielo está despejado. Algunos manantiales, cuyas aguas azuladas y heladas no son potables, brotan de sus laderas estériles y no derraman esa fertilidad que engendran en las regiones inferiores. El fondo de los valles está cubierto de charcas fangosas llenas de juncos y de otras plantas acuáticas y la inmovilidad de su superficie, a falta de viento, la turban sólo algunas grullas. Esa tierra no produce más que una hierba muy fina que los animales pastan con fruición. Una planta de bastante altura es la única que resiste a los huracanes y a los fríos, merced al pelo espeso que cubre su tronco; es el frailejón |(espeletia frailexon) | ³ |; sus flores de color amarillo, que brotan en la punta de un tallo negro, tienen un brillo siniestro, como el de una antorcha funeraria. Las cruces colocadas en las tumbas de los viajeros muertos al pasar el páramo, contribuyen a acentuar el lúgubre aspecto de estas tierras cubiertas de frailejones.

A pesar de los peligros que corre el hombre en estas alturas la miseria y el afán de lucro le llevan a atravesarlas con frecuencia. Si viene de las tierras calientes le veremos cargado de bananos y de otras frutas sabrosas; si viene de las tierras frías llevará a cuestas sacos de harina, o a veces le veremos agobiado bajo el peso de esos enormes tinajones en los que fermenta la chicha. La esperanza de una médica ganancia le lleva a arrostrar esas fatigas y las privaciones que tendrá que soportar en esas regiones desiertas. ¿Se creerá que un cargador no gana ni cinco francos por llevar un bulto de setenta y cinco libras desde Santa Rosa al Socorro? La distancia que separa esas dos poblaciones representa tres días de marcha. Pero ese viaje implica para él su máxima ambición: vender el excedente de sus cosechas; y la ganancia que obtiene le basta para comer durante todo un mes. También se emplean las mulas para hacer esos trayectos tan penosos, pero los caminos están en un estado tan espantoso que trae más cuenta servirse de hombres para esos transportes.

La venta del Basto, levantada por un hombre inteligente en el páramo de Cerinza en la que pasé la noche, se compone de cuatro chozas. Sólo dos de ellas están cerradas con paredes de tierra; las otras dos no tienen más que un enrejado a guisa de paredes, de manera que se experimenta en ellas un frío espantoso. El prejuicio que los habitantes de la cordillera tienen contra el fuego, que consideran malsano, hace que no lo enciendan nunca. En realidad no se puede concebir cómo, yendo vestidos con trajes de algodón los naturales de las tierras abrasadoras del Socorro puedan soportar un clima tan glacial; por mi parte estaba yerto, y no podía conciliar el sueño a pesar de que me habían colocado en el sitio más resguardado del aire, de que me acosté vestido y de que me tapé con varias mantas de lana. Sin embargo este frío tan grande no duró toda la noche: el huésped había tenido la singular idea de criar una gran cantidad de gatos y de acostumbrarlos a echarse sobre los pies de los viajeros, de modo que dos de ellos se me subieron encima y con ayuda del calor de estos animalitos acabé por reaccionar. Buena falta me hacía, pues la comida no fue como para reparar las fuerzas; consistió en yuca, patatas mazamorra, maíz cocido y chicha caliente, manjares muy poco consistentes y apetitosos para el estómago de un europeo.

El dueño de esta venta tiene, al pie del páramo, una tierra que, calentada por los rayos de un sol más ardiente, da caña de azúcar. Ese lugar que, comparado con los que están situados a una elevación superior, es un paraíso, se llama Las Vueltas; para llegar hasta allí hay que pasar por bosques espesos, que en ciertos sitios llegan hasta los entrantes del páramo, como si se aventuraran en un clima nuevo; constantemente azotados por los vientos helados, estos árboles que de ese modo se aventuran en los límites de la vegetación, están revestidos de musgos que detienen su desarrollo y les debilitan rápidamente.

Me habían dicho que en Las Vueltas encontraría las ruinas de un pueblecito habitado antaño por los indios, dato que excitó muchísimo mi curiosidad, pero al llegar a Las Vueltas no vi más que muchos agujeros que por todas partes habían abierto los vecinos para descubrir los tesoros que se supone fueran enterrados por allí. Con gran sentimiento de esos buscadores de tesoros no se encontraron más que unas vasijas de barro y unos adornos de vidrio, señales inequívocas de que la destrucción del poblado era de época reciente. ¿Dónde fueron a parar los habitantes de este retiro inaccesible?, ¿se escaparon a los llanos del Meta, o se diseminaron en diversas direcciones? No se sabe. Desaparición ésta que no deja de ser singular en medio de tántas chozas como hay por los alrededores.

Sobre las minas de las chozas de los indios la familia del dueño de la venta ha construido su casa. El sitio, aunque solitario en extremo, es delicioso; al pie corre un río bastante ancho; en sus márgenes escarpadas han sembrado maíz y habas. La extensión de esa propiedad no está limitada más que por la ambición del dueño; encinas de un porte majestuoso dan sombra a sus campos y les resguardan de los huracanes que soplan de la montaña. A | pesar del deleite que se experimenta contemplando esta imagen de la felicidad y de la abundancia comparada con el aspecto desolado del páramo, se siente un poco de amargura al considerar que esos campos fueron antaño cultivados por un pueblo desgraciado que llora talvez lejos de esas tierras, de las que fue el único legítimo dueño. Pero por otra parte, al pensar en la barbarie en que debía vivir, agrada poder pasearse sin temor alguno por esos bosques que animan de vez en cuando los mugidos de los ganados; a pesar de lo lejos que están de todos los centros habitados se encuentran ahora en ellos la civilización y las apacibles costumbres a las que un europeo no es indiferente.

Dejando atrás ese retiro encantador en el que con gusto hubiera pasado varios meses, tomé a poco el camino que pasando por Guacha conduce al Socorro. Las gentes de la región le consideran como obra del diablo con el dedo me han señalado la mansión de ese espíritu malo, pero confieso que no vi nada que se pareciera al demonio. El Guacha no es más que una inmensa roca, en la que las lluvias y los temblores han abierto grietas considerables, siendo por lo tanto materialmente imposible utilizar los caballos para andar por allí. Eché, pues, pie a tierra; no tuve que lamentar accidente alguno, en lo cual fui afortunado, pues de ordinario se pierde siempre alguna bestia en ese paso tan peligroso. Los esqueletos que en gran cantidad están esparcidos por el camino demuestran los riesgos que se corren, y no tarda úno en convencerse de ello al ver las cruces que, en número infinito, hay en el fondo del precipicio, sin duda en acción de gracias por haber llegado a aquel lugar de salvación sin detrimento en las personas. Con la llegada a él, nuestras penalidades no terminaron; tuvimos que seguir andando a píe, pues el camino, aunque no era ya tan pendiente, pasa por el lecho de un río, de modo que hay que andar por el agua. Llegué sano salvo a Venta Gorda, casa que es de dimensiones muy reducidas. Nos albergamos en ella doce personas a la vez.

El 1º. de julio había salido ya de los páramos; la región era menos horrorosa, el clima más suave y el cielo menos triste. El frío no le daba ya a úno miedo al tener que levantarse antes de que rayara el día. Salimos pues muy de mañana: en unas horas llegamos a Jenesano que esta ya en tierras del Socorro. A medida que nos adentrábamos por esta provincia, advertíamos un cambio en el paisaje y en la gente, muy agradable; todas las chozas estaban techadas con tejas, en la gente se adivinaba por lo general el desahogo con que vivía y se advertía lo ameno de su trato, circunstancia poco corriente en las tierras frías; todo el mundo lo acogía a uno con afabilidad; la vista se recreaba en la hermosa vegetación |tropical, pues siempre gusta volver a ver el banano y el naranjo; pero desagraciadamente los caminos | estaban tan enfangados, que no se podía andar sino con las mayores precauciones para evitar caídas peligrosas. Al salir de Jenesano seguí los bordes del Pienta: este río riega todo el Valle de Charalá. Antes de que anocheciese llegué a este pueblo; me llamó la atención la regularidad de las calles y de las casas, y encantado me volví a encontrar en medio de esa alegría loca que reina en las regiones donde hace calor.

Al día siguiente continué el viaje camino de Culatas; llegué hacia el medio día, no me detuve y seguí por el camino que lleva al Socorro; nos encontramos con un hombre y una mujer que habían sido maltratados de tal modo |por el alcalde de una aldea próxima, que estaban a punto de expirar en medio del camino; el motivo fue que se habían negado a realizar un trabajo injusto: unos vecinos ricos de Charalá que venían conmigo les aconsejaron que fuesen en el acto a confesarse, pero sin acompañar este consejo saludable de consuelos un poco menos espirituales, de los que al parecer tenían urgentísima necesidad; les ayudamos a levantarse, se les compadeció, y finalmente sacaron fuerzas de flaqueza y siguieron su camino hasta Culatas; por nuestra parte continuamos el nuéstro hacia el Socorro donde llegué antes de anochecer.

Los límites de la provincia del Socorro, llegan por el Norte hasta una legua y media más allá de San Gil, y por ese lado confinan con Pamplona | 4 . Por el Sur se extiende hasta Puente Real; por el Este linda con la de Tunja, y por el Oeste llega hasta unas regiones desconocidas y el Magdalena; tiene varias poblaciones importantes entre otras San Gil, donde se acaba de construir un puente de piedra y un colegio; Zapatoca, Charalá, Palmar, Oiba Simacota, Palmas, Guadalupe y Socorro. Esta última, que da su nombre a la provincia, es la capital; en ella reside el gobernador; éste tiene el mando de algunas milicias, y bajo sus órdenes a los inválidos, a los que el Gobierno paga una pensión de cuatro a cinco piastras mensuales.

La ciudad de Socorro esta muy mal emplazada y peor pavimentada. Situada en la ladera de una montaña pocas veces recibe el efecto refrescante de los vientos debido a que la cadena de montañas del Opón, que va de sur a norte, llega hasta las de Ocaña. El calor, por lo tanto es muy fuerte; el termómetro, a la sombra, pocas veces baja de 200. En la época en que me encontraba en la región (julio), empezaba a llover generalmente a la una de la tarde; tronaba, y la tormenta duraba hasta la puesta del sol. Los vientos soplaban del Norte.

El agua por lo general es desagradable al paladar y de mala calidad. ¿Será el agua causa del bocio que desfigura a todos los vecinos y hasta a los forasteros después de una larga permanencia en la región? Hasta los animales y en especial los perros están afectados por esa enfermedad, que llega a ser mortal. Con facilidad se adquieren las fiebres y hay muchos ancianos hidrópicos.

Con todo, el Socorro tiene unos 12.000 habitantes, muy trabajadores e inteligentísimos; se entregan asiduamente a la agricultura, y sus fábricas no dejan de tener importancia. Se cultiva mucho la caña de azúcar, algodón y arroz; estos productos son baratísimos | 5 debido a que hay pocos caminos practicables para exportarlos. Se propuso trazar un camino por las montañas del Opón, que hubiera llevado en seis días al Magdalena, en vez de tener que emplear algunos más yendo por el puerto de Botijas, a pesar de que sólo dista veintisiete leguas. La guerra impidió la realización de ese proyecto, que hubiera sido tan beneficioso.

En todas las casas, en todas las chozas todo el mundo hila, tiñe o teje; por todas partes se ven telares; muchas gentes prefieren tejer sombreros de paja; a los que se dedican a este trabajo se les reconoce por la uña del dedo índice, que se dejan crecer desmesuradamente.

Las telas que se fabrican son ordinarias, pero sólidas; aunque estas telas se prefieren en las otras provincias a las extranjeras cuando son del mismo precio y a pesar de que se venden en grandes cantidades, los obreros son pobres; en efecto, una hilandera no gana ni un real por día; una pieza de tela de algodón de sesenta y cuatro varas (166 pies) no deja al tejedor más que un beneficio de 7 reales (4,35 francos). El único que se enriquece es el comerciante; transporta las telas del Socorro a Girón y a Zipaquirá, donde las cambia por tabaco y oro, sal y géneros ingleses; éstos son los preferidos, prejuicio que contribuye poco a estimular la industria nacional; hasta las mujeres no se visten ya más que la inglesa. Estos caprichos en realidad cuestan poco, ya que las telas de Mánchester resultan más baratas que las que se fabrican en el país; un vestido sale en diez francos.

Las casas, por lo general, están sucias y su construcción suele ser mala, pero en cambio son más cómodas que las de las zonas frías. Tienen Camas, para comer se utilizan cubiertos de plata y en la mesa se ponen mantel y servilletas; la comida suele consistir en patatas, arroz, bananos y carne de cerdo.

Los habitantes del Socorro en todo tiempo han hecho gala de una audacia y de un carácter enérgico que contrasta con su aire torpe y atontado; hoy mismo parecen estar ya hartos de las requisas de todo pero que se reclaman de su abnegación; entre ellos no se dan más tratamiento que el de ciudadano, y parecen acrisoladamente leales al régimen republicano. Fueron ellos los primeros que, mucho antes de que en España se pensara en que América se podría independizar, levantaron la bandera de la rebelión.

Voy a examinar el origen y las consecuencias de ese levantamiento, que dio por resultado la emancipación de América. Empezaré describiendo en pocas palabras la situación de esas provincias desde la Conquista hasta el movimiento del Socorro, en 1781, para dar a conocer al lector las dos éras del Imperio español, y que aquel pueda comparar el nuevo régimen con el antiguo.

 

 

1 Se ha constituido en Bogotá una sociedad para desecarlo y sacar los tesoros que Piedrahíta cuenta haber sido arrojados por los indios en la época de la Conquista. El capital de la sociedad se ha consumido sin que se haya empezado a desaguarle. Hasta ahora sólo se han encontrado dos o tres ídolos de oro, de tamaño pequeño, que han sido comprados por los ingleses.
2 Este fenómeno se llama |soreche en el Perú.
3 De esta planta se extrae trementina de excelente calidad.
4 |Véase sección Notas y aclaraciones, al final de la obra.
5 Algodón, |25 libras, 6 fr. |50 cts.; arroz |25 libras, 2 |fr. 60 cts.; azúcar mascabada, 6 libras, |0,65 cts.; azúcar en panes, |25 libras, |3 fr. 25 cts.; en general |se suele preferir el azúcar de caña de Otahití al de caña de Guines, cuyo cultivo |se empieza a abandonar.

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