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CAPÍTULO V
Viaje por la provincia de Socorro,
situada al norte de santafé de Bogotá.
No bien regresaba de una excursión cuando deseaba emprender
otra; y me pareció la más interesante de todas una por la provincia
de Socorro, tan industrial y tan poblada. Tomada esta decisión, me
procuré dos mulas, un guía inteligente, y en junio me puse en
camino hacia el valle de Tenza, situado al Noroeste de la capital;
siguiendo esta dirección, podía yo examinar en su más grande
extensión la Sabana de Bogotá.
Tomamos el camino real; se ha aprovechado la configuración llana
del terreno para trazar la carretera al estilo de las de Europa. De
vez en cuando se ven casas de campo de muy buen aspecto, techadas
con teja y con vidrios en las ventanas. Todas esas fincas están
cuidadosamente cercadas con muros de piedra. Atravesé el llano en
la época en que todavía los trigos verdean; prometían una abundante
cosecha para dos meses después. El puente tendido sobre el Bogotá
es de piedra; esta obra, debida a los españoles, no deja de tener
mérito; además es de grande utilidad para las comunicaciones entre
Bogotá y las minas de sal de Zipaquirá. Cuando esta planicie esté
más poblada y mejor cultivada, el Bogotá constituirá un canal muy
cómodo para el comercio y las comunicaciones de la región; hoy día
no se ve en sus aguas ni una sola lancha. La noche se venía encima;
hacía poco que un alcalde fue asesinado en las inmediaciones del
sitio en que me hallaba y, prudente, me detuve en una hacienda.
Al
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día siguiente pasé por muchos pueblos situados en el
camino de Tunja. Por lo general no están habitados más que por
indios que tejen lienzos de algodón o hacen pucheros. Las chozas en
que viven esos infelices son de proporciones muy reducidas; algunas
son redondas, idénticas a las que tenían antes de la Conquista. No
sin cierta sorpresa se ve desde lejos la casa del cura, que entre
esas miserables cabañas se alza cual si fuera un castillo. En
efecto, los balcones, los cristales y las tejas con que se adorna y
protege el presbiterio le dan un aspecto de magnificencia que
asombra si se le compara con la miseria de las chozas que le
rodean.
A medio día, dejando el llano por el que hasta ese momento
habíamos andado, nos aproximamos a las montañas de gres que le
dominan. El pueblo de Sesquilé, que es el último de la meseta de
Bogotá por este lado, está a poca distancia del lago de
Guatavita
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¹
.
En el páramo de Chocontá hacía frío y el viento soplaba con
tánta fuerza como al borde del mar. Una lluvia fina y fría nos
helaba la cara y las manos. La tierra es de color negro; el suelo
es ondulado, como el de las dunas, y la hierba es tan fina que las
huellas de los viajeros desaparecen tan rápidamente como en las
arenas de los desiertos africanos.
En estas regiones salvajes el cazador acosa a los animales que,
rodeados de brumas eternas, se creen al amparo de las armas de los
hombres. El oso que en ellas vive es notable por su fuerza y su
ferocidad. Los habitantes de la región lo cazan de vez en cuando. A
caballo y armados de una lanza, lo atacan y logran matarlo algunas
veces, hazaña no exenta de peligro. Es un espectáculo curioso, en
una altitud tan considerable, oír los gritos de los cazadores, los
aullidos de los perros y todo el estruendo de la cacería que de
repente sustituye, ahogándolo, el silbido del viento; pero, sobre
todo, lo que no se puede ver sin admiración es el galopar de los
jinetes, sin miedo alguno, por estas cumbres escarpadas, atravesar
a toda carrera los torrentes, salvar los precipicios, escalar las
rocas y, finalmente, alancear el animal que, cansado de huir, les
hace frente.
En la bajada del páramo de Chocontá encontré una cabaña aislada,
a poca distancia de una mina (sic) de petróleo, que pertenece a la
catedral de Bogotá. En ella pasé la noche. A pesar de que la época
de la sementera hubiese terminado, la gente trabajaba en los campos
con verdadero afán. Los peones -así es como se llama aquí a los
jornaleros-, utilizando una azada pequeña sujeta en la extremidad
de un palo largo (binadera), estaban ocupados en binar los campos.
Estos obreros, cuyo trabajo empieza con el alba y termina con la
caída de la noche, ganan un real (65 céntimos) por día, y reciben
dos raciones de mazamorra (maíz cocido). Los que trabajan en la
costa ganan el doble y les dan además, una libra de carne por día.
Bien es verdad que el trabajo es más duro en las ardientes playas
del mar que en la cordillera. Los trabajos agrícolas son menos
duros con una temperatura de 12 a 15º que cuando hay que soportar
una temperatura de 25 a 30º R.
Bordeé el Machetá, cuyas orillas son escarpadísimas y que nace
en el páramo que atravesamos la víspera. Este torrente riega un
valle muy fértil; al llegar a Somondoco toma el nombre de este
pueblo y corre por los llanos en dirección al Este. El camino
estaba en un estado espantoso, lo que me hacía admirar el valor de
algunas mujeres que viajaban a caballo con nosotros llevando,
además, a los niños pequeños en brazos. A pesar de los peligros que
corrían a cada momento, reían y cantaban con la misma alegría que
si hubiesen ido en el mejor de los coches y por la mejor de las
carreteras de Francia. Llegamos en su compañía a Tibirita, en cuyos
arroyos se encuentran piritas ferruginosas en abundancia; y después
a Guateque; estos dos pueblos están emplazados en tierras que se
llaman de indios.
Se acusa a los indios de añorar su antiguo régimen; puede ser,
porque antes no se permitía a ningún blanco establecerse en sus
tierras, mientras que hoy ven sus territorios invadidos por una
serie de hombres rapaces. Esta reunión forzada alimenta en todas
estas aldeas una antipatía irreductible y una grande enemiga.
Pasado Guateque, atravesé el río y empecé a subir por la margen
opuesta, en la que está emplazado Somondoco. La temperatura era más
suave, el terreno me pareció más fértil y más variado que el que vi
al venir de Machetá. En efecto por doquier se veían campos de caña,
de maíz, de yuca; cercados con vallas de sauces, de algodoneros y
de cactus por los que trepan multitud de bejucos cubiertos con las
flores más vistosas. La montaña a cuyo píe está situado Somondoco
ofrecía una vista curiosísima: parecía que fuera toda ella de
cristal; ese efecto lo producían varios torrentes que caen
verticalmente en medio de los bosques espesos que cubren sus
laderas escarpadas, y el estruendo espantoso de su caída llegaba
hasta donde nos encontrábamos.
Somondoco es un pueblo tan pobre, que ningún vecino pudo
albergarme. Creí que podría acogerme a la casa del cura, pero me
equivoqué. Francisco Antonio Díaz así se llamaba el párroco,
aseguró que ya tenía otros forasteros en su casa, y se negó a
recibirme; pero no tenía a nadie. Me encontraba en situación muy
apurada. Sólo una mujer se compadeció de mi; me di cuenta de ello y
apelé a su conmiseración, pero el qué dirán y sobre todo las
censuras del cura la impedían acceder; por fin consintió en
recibirme en su casa, donde encontré atenciones que en pocas otras
me hubieran dispensado. La escasa diferencia de civilización que
hay entre la región de América en que me hallaba y las de África
que recorrí hace cuatro años, no alcanza a los sentimientos
afectivos de las mujeres para con los seres que sufren. El viajero
no implorará nunca en vano los sentimientos caritativos de una
mujer.
Me habían hablado mucho de la riqueza de las minas de esmeraldas
que antaño explotaban los indios en esta región, y, como es
natural, ardía en deseos de descubrir sus vestigios. Pregunté
insistentemente a algunas personas, pero sus contestaciones no me
dieron más que muy leves esperanzas de descubrir algún rastro en
una montaña próxima que me aconsejaron que visitase. Este consejo
me pareció bueno, y me disponía a ir allá al día siguiente cuando
el alcalde, seguido de una docena de rufianes, se presentó en mi
alojamiento y me entregó una carta que me invitó a leer. Con la
vista fija en mi cara trataba de descubrir la turbación que su
lectura me produjese. Pero su contenido no era para inquietarme.
Era del juez de Guateque, diciendo al alcalde que vigilase mis
andanzas porque se creía que tenía intención de pasar de las
regiones altas a los Llanos. Le encargaba expresamente que me
pidiese mi pasaporte; se lo entregué en el acto, y los alguaciles
del cura, pues era por orden suya por lo que me jugaban esta mala
pasada, se retiraron corridos de vergüenza.
Este incidente no me hizo desistir de mi propósito y, acompañado
de un guía de confianza, me dirigí hacia el Este, a la montaña en
que se cree que hay esmeraldas; desde su cima se ven los Llanos; el
camino era tan malo, que tardé tres horas en llegar a ella. Pero el
espectáculo que se ofreció a mis ojos me compensó de todas las
fatigas sufridas: en algunos sitios el pico que escalé no tenía más
de tres pies de ancho. Al Este se veía un valle ancho y profundo,
atravesado por el río Majoma, que le da su nombre; más allá y mucho
más abajo, en la misma dirección, se alcanzaba a ver una especie de
nube negra y espesa; eran los llanos de San Martín, que distan dos
o tres jornadas de aquí. Sin las indicaciones de mi guía no hubiera
jamás reconocido la tierra por esos indicios que, por una rareza
bastante chocante, son los mismos que revelan su presencia en el
mar. Por el contrario, al volver la vista hacia el Oeste se
descubría la rica y hermosa vega del Somondoco y los pueblecitos
que con la deslumbrante blancura de sus casas forman un feliz
contraste con el fondo verde de los campos. Somondoco, oculto por
la sombra que proyectan a lo lejos las montañas, no se veía; pero
en cambio se distinguían perfectamente Manta, Guateque, Suta y una
infinidad de cabañas aisladas que en general estaban ocultas por
los bananos que les dan sombra. Aunque los hombres y los animales
no se distinguían, sus gritos, que llegaban hasta mí, junto con las
brumas que del llano se elevaban hacia la montaña, revelaban el
sitio donde debían estar. Este fenómeno no es raro en las montañas
donde los hombres se hablan a distancias tales que en los terrenos
llanos la voz no alcanzaría a oírse. Mis pesquisas para descubrir
las esmeraldas fueron vanas; inútilmente examiné las arenas de los
arroyos y los esquistos que constituían las rocas de la montaña: no
encontré nada; bajé de esas frías alturas para entrar en una región
más templada y menos árida. Ningún incidente hubiese marcado esta
excursión, de no haber sido por el perro de mi guía que, hambriento
por el prolongado ayuno a que por lo visto le tenía sometido su
dueño, se arrojó sobre un rebaño de ovejas, destrozando una de
ellas, a pesar de los gritos, de las amenazas y de los golpes que
le propinó su amo. Estos estragos son frecuentes, y muchas veces
los perros se reúnen en bandas para atacar a los caballos y a las
vacas; pero sólo llegan a estos extremos cuando no encuentran
animales muertos. Para descubrir sus restos tienen un indicio
infalible: cuando ven los gallinazos reunidos a un punto,
comprenden que alguna presa les ha hecho congregarse allí; entonces
van, y después de haber ahuyentado a esos pajarracos se instalan en
su lugar para devorar la carroña.
Creía que en Somondoco encontraría mi pasaporte que la víspera
el alcalde había enviado al juez de Guateque; en vano esperé hasta
medio día; impacientado por esa demora me puse en camino hacia
Guateque. Allí pedí mi pasaporte al alcalde, quedándome de todas
esas dilaciones. Él se excusó a medias, pero en seguida me hizo
olvidar esas molestias ofreciéndome su casa para que pasase la
noche. Decliné el ofrecimiento por el deseo que tenía de llegar a
Suta antes de la noche, y entonces, sin decirme nada, expidió un
propio a Suta, que llegó antes que yo, recomendando al comandante
que me tratase con toda consideración; sus deseos se realizaron y
aquel oficial me dispensó las mayores atenciones.
Con gran sorpresa mía recibí en Suta la visita del hijo de un
médico frances, muerto en la región hacía muchos años; se llamaba
Courtois, apellido que hispanizó convirtiéndolo en Cortés. Era
imposible ver sin compadecerse el estado de espantosa pobreza en
que vivía este hijo de un compatriota: casi desnudo, sólo su cara,
cuyos rasgos no hablan sido degradados por la miseria, permitía
diferenciarlo de entre los vecinos más míseros de aquel pueblo. Mi
huésped quería que me quedase tres días en su casa no accedía su
amable requerimiento, y el 21 emprendí el camino de Tenza siguiendo
en dirección Nor-nordeste. No hice más que atravesar sin detenerme
este pueblo, y ya bien entrada la noche llegué a Guachavita.
En Guachavita termina el valle de Tenza que corresponde a la
provincia de Tunja; no hay muchas enfermedades, ningún vecino tiene
bocio: una infinidad de arroyos atraviesan el valle de Tenza en
todas direcciones y dan origen a varios ríos, que van todos a
desembocar en el Somondoco. Éste, después de describir muchos
meandros, vierte sus aguas en el Meta. Las márgenes del Somondoco
están llenas de manantiales de agua salada que utilizan sus
moradores en sustitución de la sal de Zipaquirá.
El nivel medio de la región es bastante elevado el suelo es
arcilloso y los caminos, con las lluvias, se ponen intransitables.
Claro es que los habitantes, ante la abundancia de las cosechas, se
quejan poco de estas molestias pasajeras; aquí el hombre responde a
la voz de la Naturaleza; todo el terreno está cultivado con esmero;
bananos, caña, maíz y yuca, todo se da con abundancia maravillosa.
Sin embargo, a pesar de todas estas riquezas, el hombre es pobre,
la Naturaleza le enriquece y la sociedad le arruina con el sistema
defectuoso de los impuestos con que le abruma; en vano aumenta sus
sementeras, en vano se llenan sus graneros, el vecino de Tenza está
siempre afligido por la miseria más espantosa, y lo mismo que en la
región del Magdalena, se ven pobres sentados en medio de la
abundancia; no se entra en una casa, no se sale a la calle sin
encontrarse con mendigos; en los pueblos, en el campo, por todas
partes se ven gentes que piden limosna; y ¿cómo no darla a los
inválidos y a los ancianos?
Este espectáculo ensombrece el encanto natural de estos lugares
de delicia que la suavidad del clima convierte en residencia
encantadora durante el buen tiempo, es decir, desde septiembre
hasta marzo. En la época en que yo realizaba mi viaje la región
estaba inundada por las continuas lluvias. Engañado por la sequía
que siguió a las tempestades en la Sabana de Santafé, cuyo clima es
totalmente distinto del de las otras regiones de la cordillera,
creí que al bajar al valle de Tenza encontraría la misma
temperatura; estaba en un error profundo: en Colombia cada lugar
tiene un cielo, una temperatura y unas estaciones distintas, debido
a la diferencia de altitud.
La temperatura por lo general es de 15º a 16º. el clima es muy
sano y por lo tanto el número de ancianos es considerable; hasta
hay muchos centenarios; me enseñaron un árbol que unos hijos habían
derribado sobre un torrente para que su madre, que tenía más de
ciento quince años, pudiese ir por un atajo a la iglesia, adonde
iba varías veces por semana, a pesar de que estaba muy distante de
su choza y en un lugar muy escarpado.
Como el valle de Tenza se encuentra al Este de la inmensa cima
de la cordillera, experimenta las variaciones de clima de los
Llanos, de modo que la primavera y la estación de lluvias coinciden
con las de esas llanuras; por consiguiente, la sementera no se
realiza en la misma época que en las montañas de Bogotá. De modo
que en un mismo día se pueden ver cultivos distintos y labores
diferentes. En las partes altas se siembra en marzo; en la zona
media de la montaña, en mayo; y en los valles bajos, en julio. Pero
aquí es tal la fuerza de la vegetación, que todo madura antes de
que en las partes altas se haya podido calcular el rendimiento de
la cosecha.
Al salir de Guachavita no tardamos en llegar al Volador, montaña
de escasa elevación. Entrábamos ya en la región de las tierras
frías; al llegar a Umbita, donde pernocté, estaba transido de frío;
los hombres de estas montañas me parecieron tan diferentes de los
de las otras como las plantas que aquí se dan. A la alegría que
reina en el valle de Tenza sucedió la tristeza más profunda. Al
entrar en Umbita me llamó la atención ver a un hombre atado a un
poste; era por orden del cura; poco después vi a otro sucumbir a
los bastonazos que le propinaba el sargento de milicias ¡Qué
cambios más súbitos! En el valle, a cada paso, presenciaba la
fiesta de la Naturaleza celebrada por la miseria; aquí veía hombres
tan desgraciados como la tierra en que habitan. La temperatura, que
era sólo de 8º a 10º y las ideas que me sugirió la contemplación de
tántos infortunios me hicieron pasar una muy mala noche. Al rayar
el alba ya estaba dispuesto a emprender el camino, y a poco volvía
a entrar en los Llanos, donde encontré de nuevo el buen tiempo que
traen los mismos vientos del Este, que llevan las lluvias al valle
de Tenza. Dejando al Sur a Turmequé, llegué a las doce a Tibirita.
Aquí el aspecto cambió de nuevo: en lugar de campos de caña y de
bananos encontré trigales y campos de patatas. La tierra, sin ser
tan fértil como la de Tenza, no deja de ser muy buena, y su
fecundidad se aumentará sin duda alguna cuando se la trabaje con
más esmero. Los bosques abundan un poco más en esta región, y en
las praderas pacen rebaños de ovejas cubiertas de espesa lana. Los
habitantes al parecer estaban todavía bajo el peso del infortunio,
y el saludo que me hacían, al llamarme
|mi amo, recordaba las
cadenas que estos infelices llevaron durante tántos siglos.
No bien me instalé en Tibirita, en una choza donde me
permitieron descansar, vi entrar a un hombre alto y robusto: era el
cura. Después de las frases de ritual, me rogó que le dejará mi
reloj; le saqué y me pidió que se lo regalara; como me negara a a
ello, me pidió mi sable; le contesté en el mismo modo; entonces se
despidió invitándome, en forma poco amable, a que fuera a su casa a
verle.
A poco de haber salido de Tibitita pasé por el campo de batalla
de Boyacá, donde los españoles, en 1819, perdieron una batalla
contra los Patriotas; por la noche llegué a Tunja; me alojé en casa
del cura, cuyas atenciones son las de que más he agradecido.
Tunja, antes de que llegaran a estas regiones los conquistadores
españoles, era ya una ciudad muy principal, tan importante en
Cundinamarca como Cuzco, en el Perú. Quesada se apoderó de ella
empleando el mismo sistema que valió tantos éxitos a Cortés y a
Pizarro: matando al rey de Tunja. Los tesoros que encontró en el
despojo de ese príncipe y a cuya vista los españoles exclamaron:
"también nosotros hemos encontrado el Perú",
sirvieron para levantar una nueva ciudad que durante mucho tiempo
fue la rival de Bogotá por haberse retirado a ella toda la nobleza
del país. Hoy no es más que una ciudad muerta. Tunja carece de
atractivos; no hay gente, no goza de buena temperatura, no tiene
aguas abundantes y buenas; en una palabra, allí no hay nada de
nada. La gente padece el bocio, el cielo pocas veces está sin
nubes, la temperatura es muy fría; finalmente, casi todas las casas
están en ruinas, pero en cambio hay un fenómeno muy interesante que
atrae a los curiosos y que hace las delicias de los vecinos: al
Nornoroeste de Tunja, y a poca distancia, hay unos manantiales de
agua caliente durante la noche, y fría durante el día; esto hace
que la gente sólo acuda a bañarse por la noche, pasatiempo que
resulta muy agradable gracias al estanque que han excavado para
poder gozar de esa diversión, que es la única que hay en Tunja.
Esta ciudad es la capital de una provincia bastante grande y en
general muy árida. Si hiciese más calor se creería uno en medio de
un desierto africano. El terreno está erizado de rocas y surcado
por las aguas que en algunos sitios forman carcavones espantosos.
Sin embargo, como esas aguas se evaporan en seguida, la región
carece de agua. Pero, a pesar de todo, esta provicia es una de las
más ricas; sus habitantes son activos e industriosos: se fabrican
telas de lana y de algodón. Aunque son de factura ordinaria se
venden por toda la República, y ese comercio constituye la riqueza
de Tunja.
La mayor parte de las tierras están de baldío, pero si la gente
fuese menos apática y la trabajase, serían susceptibles de producir
mucho más. Pero ningún estimulo logra sacarla de sus costumbres
indolentes y rutinarias: ejemplo, lo sucedido en Leiva cuando se
quiso ensayar el cultivo del olivo. En todo el país se siembran con
éxito el trigo, la cebada y la avena. Muchas son las regiones de la
provincia donde, debido al frío, no podrían darme otros productos.
El arroz, el café y el azúcar se dan en Muzo.
Necesité todo un día de camino para ir a Tunja a Paipa; de aquí
seguí en dirección Sur-sureste para ir a una hacienda que
proporciona pingües beneficios gracias a un dón especial de la
Naturaleza. La pradera en que se levanta esa hacienda varios
manantiales de aguas calientes (49º R) sulfurosas. En la época seca
los vapores se condensan y cubren todos los pastos de sulfato de
sosa. Esa sal se recoge con cuidado para darla al ganado. El ganado
que se lleva a esos pastos engorda maravillosamente en seis meses.
Por eso el propietario de esas tierras compra ganado en los llanos
de San Martín a cinco piastras la cabeza y lo revende a veinticinco
o treinta piastras. Esa hermosa hacienda pertenece a los jesuitas.
Por allí cerca hay una mina de azufre.
Seguimos recorriendo terrenos incultos y despoblados; bajamos al
llano de Sogamoso; en una hora llegamos a Iza, aldea situada al
Este. Un curioso espectáculo nos esperaba a la llegada: el de una
fiesta con danzas y cantos para celebrar la muerte de un niño;
costumbre extraña la de regocijarse por una pérdida que en otras
partes motiva dolores y lágrimas. Al ir a Iza tenía el propósito de
visitar el lago de Tota, que se encuentra un poco más arriba, pero
en la misma dirección.
Salí, pues, de Iza un poco antes del amanecer; acompañado por un
nuevo guía escalé las alturas escarpadas, en las que se extiende el
páramo de Ramona, donde pasamos mucho frío; a las ocho estaba en
las orillas del lago; su extensión es considerable, ya que apenas
si en un día se le puede dar la vuelta. La superstición no ha
dejado de poblar esos lugares de espantosos prodigios: en efecto,
el aspecto agreste de la región; las aguas suspendidas, por decirlo
así, a una tal altura y siempre agitadas por el viento que sopla
del Toxillo, páramo más elevado que el lago de Tota; la sustancia
mucilaginosa, de forma ovalada, y llena de una agua insípida que
hay en la arena de sus playas, todo propende a suscitar la
extrañeza. Según el decir de las gentes de la región, el lago no es
navegable; los genios maléficos habitan en sus profundidades, en
moradas en las cuales, dicen, se ven los pórticos cuando uno se
aleja de las orillas del lago hacía dentro, y hasta se ve, añaden,
salir de vez en cuando de sus abismos un pez monstruoso que sólo se
deja ver por unos instantes.
El lago de Tota forma un arco cuyos extremos están en dirección
Noroeste y Sureste; la temperatura es muy húmeda y fría; el agua
tiene un color azulado, es densa, insípida y poco potable; lo mismo
que la del mar, está constantemente agitada debido a las tormentas
que se forman en el Toxillo. En el centro del lago hay algunas
islas; no ha habido más que un hombre que osara ir a ellas; la
creencia de que el lago está encantado impide visitarlas de nuevo:
el fondo del lago parece que está compuesto de una arena silícea.
Las montañas que le circundan son unas murallas espesas compuestas
de gres, tan fuertemente cimentadas que no dejan pasar la menor
filtración; sin embargo, cabría suponer que las fuentes termales de
Iza y de Paipa tienen su origen en este inmenso depósito que está
situado a unas cuantas toesas más alto que el nivel de
aquéllas.
Diseminadas a lo largo de las orillas altísimas y
prodigiosamente escarpadas de este lago de la cordillera se ven
algunas míseras chozas siempre batidas por los vientos. En las
proximidades está la aldehuela de Cuítiva; al volver a Iza pasé por
ella: el camino que seguimos a la vuelta está lleno de chumberas
cuajadas de cochinilla; y lo que no deja de ser muy interesante
para los vecinos es la abundancia de pedernales. A medida que me
iba alejando de esas alturas, la temperatura se hacía más
soportable. Al llegar a la llanura de Sogamoso divisé el pueblo de
este nombre en medio de la arboleda que le rodea; me detuve hasta
el día siguiente en esta población, famosa antes de la Conquista
por el culto que sus habitantes rendían al Sol: el templo que se
había construido era, si se da crédito a lo que dicen algunos
historiadores, de una magnificencia sin igual; hoy no se advierte
ningún rastro de su pasado esplendor. Sogamoso es un centro muy
activo de comercio de ganados; vienen de los Llanos por el Toxillo.
A esas planicies se envían las telas de algodón y los sombreros de
lana que se fabrican en Sogamoso a cambio de algodón, añil y sal. A
pesar de las ganancias que deja, ese comercio es poco activo en
razón del mal estado de los caminos y de los peligros que ofrece el
páramo. Los Llanos sirven de tumba a buen número de gentes de la
cordillera, pues a poco de estar en ellos les da la fiebre debido
al calor que hace y a la gran cantidad de carne que comen; en
cambio los de los Llanos corren menos riesgos cuando suben a la
cordillera; podría creerse que el frío de las tierras altas debería
serles intolerable, y sin embargo lo afrontan con trajes ligeros de
algodón y pocas veces están enfermos.
Al salir de Sogamoso tomé hacia el Noroeste para ver la mina de
plomo que se explota en los alrededores; tuvimos que atravesar un
río, cuyo vado indica un hombre a caballo; luégo subí un poco y
después bajé a la llanura de Tibasosa. Este pueblo se encuentra del
otro lado del río que riega los valles de Sogamoso y Tibasosa. Casi
en frente de éste se encuentra la mina de plomo; en ella trabajan
ocho obreros: me dijeron que se habían asociado para la explotación
de esa mina, cuyos rendimientos eran escasos desde que el agua
había cegado la galería principal abierta desde hacía más de un
siglo; se contentaban con lavar el mineral: con frecuencia no
tienen agua, de modo que con ese procedimiento primitivo no
conseguían arriba de una arroba por semana, es decir unos 30
francos por semana. La dureza de la roca, las inundaciones y sobre
todo la falta de herramienta adecuada impiden que esos hombres, a
pesar de que la mina es rica en mineral, obtengan mayores
beneficios.
Un poco más lejos hay una fundición al aire libre: no se trabaja
en ella mas que el cobre que se extrae de Moniquirá; los trabajos
que se hacen en este pobre taller de fundición no dejan de ser
bonitos; por lo general consisten en estribos y campanas.
Continué mi camino hacia el Norte por entre montañas
constituidas por una arcilla teñida de púrpura y de violeta; era ya
noche cerrada cuando llegué a Santa Rosa. Como la hospitalidad se
ofrece con tánta generosidad, creí que a pesar de lo intempestivo
de la hora no encontraría dificultad alguna para conseguir
alojamiento; pero me equivoque: me cerraron todas las puertas.
Llame a la del alcalde, a la del juez; en todas se negaron a abrir
su pretexto de que los dueños estaban fuera: el cura, al que acabé
por dirigirme, no se mostró más compasivo que sus feligreses. Era
ya tarde, estaba calado, no había probado bocado en todo el día y
no veía ante mi más perspectiva que la de dormir en la calle; me
encontraba en situación verdaderamente aflictiva; nadie prestaba
oído a mis súplicas; una sola persona se compadeció de mi, y esta
vez también fue una mujer; me ofreció su cabaña, que compartí
encantado; y, aunque era difícil dormir en medio de las vasijas de
chicha y de los montones de cebolletas de que estaba atestada, pasé
una noche deliciosa oyendo cómo caía fuera la lluvia a torrentes y
pensando en la que me tenía reservada la hospitalidad de los
vecinos de Santa Rosa.
El nombre de Santa Rosa suena bien y responde en cierto modo al
pueblo por la regularidad de sus calles y de sus casas. Pero hace
un frío espantoso; y como los alrededores no producen más que
trigo, patatas y cebollas, los habitantes serían más bien pobres si
no tuvieran los recursos que aportan algunas fábricas de sombreros
de lana y de telas de algodón que tienen mucha aceptación entre los
vecinos del Socorro, que está en las inmediaciones. En Santa Rosa
hay mucho bocio.
Al
|
día siguiente pasé por Cerinza que está situada en un
valle ondulado y donde debe hacer mucho frío a juzgar por el musgo
que cubre los tejados. Esta temperatura glacial proviene del páramo
que domina el valle y que corre del Nor-nordeste al Sur-suroeste.
Empecé su ascensión a las doce y llegué al páramo después de haber
caminado algún tiempo por entre manzanos; éstos desaparecen en la
cordillera en la zona en que la tierra deja de estar sometida al
hombre.
A las
|
cinco llegué a la venta que está situada en la
vertiente de la montaña que mira hacia el Socorro y en la que se
detienen todos los viajeros.
Los páramos constituyen una región completamente diferente de
aquellas que están más bajas. Todo es diferente: la vegetación, que
hasta cierto punto puede decirse que expira en ellas, produce
plantas enteramente distintas; son lugares inhabitables, salvo en
algunos sitios resguardados del viento en los que se siembran
patatas, habas y cebollas. Pocas veces su superficie está cubierta
de piedras, a no ser en las inmediaciones de la región de las
nieves, donde hay un cascajo parecido al que se encuentra en los
ríos.
Al atravesar el Cerinza, la temperatura, aun que fría, era
soportable; pero el aire era tan seco que las cinchas y las cuerdas
que ataban el equipaje se rompían a cada momento. Tuve mucha
suerte, pues al pasar el páramo reinaba una calma atmosférica
absoluta; según cuenta la gente, cuando el páramo se
|pone
bravo
|
²
|
los
viajeros están expuestos a los mayores peligros; el viento cargado
de vapores sopla con fuerza; las tinieblas más profundas cubren el
suelo y se pierden las señales del camino; los pájaros que,
engañados por los indicios de un día bueno intentan pasarlo, caen
al suelo ateridos. El viajero busca el abrigo de los arbustos
desmirriados que de vez en cuando crecen en ese desierto, pero su
follaje húmedo le obliga a buscar otro refugio; extenuado de hambre
y de cansancio, arrea inútilmente sus mulas, yertas de frío, para
que aceleren el paso, y se sienta a descansar: ¡fatal descanso!; en
seguida siente en el estómago una opresión, la del mareo, como si
estuviese embarcado; la sangre se le hiela, sus nervios se
atirantan, los labios se abren como si fuese a reír, y expira con
una mueca grotesca en el rostro; las mulas, que ya no oyen la voz
del amo, se detienen, se echan en el suelo y mueren.
No hay aspecto, por siniestro que sea, que pueda compararse con
el que ofrece el páramo de Cerinza. Visto desde abajo, su cumbre
sombría se oculta detrás de las nubes; y cuando se le atraviesa,
pocas veces el cielo está despejado. Algunos manantiales, cuyas
aguas azuladas y heladas no son potables, brotan de sus laderas
estériles y no derraman esa fertilidad que engendran en las
regiones inferiores. El fondo de los valles está cubierto de
charcas fangosas llenas de juncos y de otras plantas acuáticas y la
inmovilidad de su superficie, a falta de viento, la turban sólo
algunas grullas. Esa tierra no produce más que una hierba muy fina
que los animales pastan con fruición. Una planta de bastante altura
es la única que resiste a los huracanes y a los fríos, merced al
pelo espeso que cubre su tronco; es el frailejón
|(espeletia
frailexon)
|
³
|; sus flores de color amarillo, que
brotan en la punta de un tallo negro, tienen un brillo siniestro,
como el de una antorcha funeraria. Las cruces colocadas en las
tumbas de los viajeros muertos al pasar el páramo, contribuyen a
acentuar el lúgubre aspecto de estas tierras cubiertas de
frailejones.
A pesar de los peligros que corre el hombre en estas alturas la
miseria y el afán de lucro le llevan a atravesarlas con frecuencia.
Si viene de las tierras calientes le veremos cargado de bananos y
de otras frutas sabrosas; si viene de las tierras frías llevará a
cuestas sacos de harina, o a veces le veremos agobiado bajo el peso
de esos enormes tinajones en los que fermenta la chicha. La
esperanza de una médica ganancia le lleva a arrostrar esas fatigas
y las privaciones que tendrá que soportar en esas regiones
desiertas. ¿Se creerá que un cargador no gana ni cinco francos por
llevar un bulto de setenta y cinco libras desde Santa Rosa al
Socorro? La distancia que separa esas dos poblaciones representa
tres días de marcha. Pero ese viaje implica para él su máxima
ambición: vender el excedente de sus cosechas; y la ganancia que
obtiene le basta para comer durante todo un mes. También se emplean
las mulas para hacer esos trayectos tan penosos, pero los caminos
están en un estado tan espantoso que trae más cuenta servirse de
hombres para esos transportes.
La venta del Basto, levantada por un hombre inteligente en el
páramo de Cerinza en la que pasé la noche, se compone de cuatro
chozas. Sólo dos de ellas están cerradas con paredes de tierra; las
otras dos no tienen más que un enrejado a guisa de paredes, de
manera que se experimenta en ellas un frío espantoso. El prejuicio
que los habitantes de la cordillera tienen contra el fuego, que
consideran malsano, hace que no lo enciendan nunca. En realidad no
se puede concebir cómo, yendo vestidos con trajes de algodón los
naturales de las tierras abrasadoras del Socorro puedan soportar un
clima tan glacial; por mi parte estaba yerto, y no podía conciliar
el sueño a pesar de que me habían colocado en el sitio más
resguardado del aire, de que me acosté vestido y de que me tapé con
varias mantas de lana. Sin embargo este frío tan grande no duró
toda la noche: el huésped había tenido la singular idea de criar
una gran cantidad de gatos y de acostumbrarlos a echarse sobre los
pies de los viajeros, de modo que dos de ellos se me subieron
encima y con ayuda del calor de estos animalitos acabé por
reaccionar. Buena falta me hacía, pues la comida no fue como para
reparar las fuerzas; consistió en yuca, patatas mazamorra, maíz
cocido y chicha caliente, manjares muy poco consistentes y
apetitosos para el estómago de un europeo.
El dueño de esta venta tiene, al pie del páramo, una tierra que,
calentada por los rayos de un sol más ardiente, da caña de azúcar.
Ese lugar que, comparado con los que están situados a una elevación
superior, es un paraíso, se llama Las Vueltas; para llegar hasta
allí hay que pasar por bosques espesos, que en ciertos sitios
llegan hasta los entrantes del páramo, como si se aventuraran en un
clima nuevo; constantemente azotados por los vientos helados, estos
árboles que de ese modo se aventuran en los límites de la
vegetación, están revestidos de musgos que detienen su desarrollo y
les debilitan rápidamente.
Me habían dicho que en Las Vueltas encontraría las ruinas de un
pueblecito habitado antaño por los indios, dato que excitó
muchísimo mi curiosidad, pero al llegar a Las Vueltas no vi más que
muchos agujeros que por todas partes habían abierto los vecinos
para descubrir los tesoros que se supone fueran enterrados por
allí. Con gran sentimiento de esos buscadores de tesoros no se
encontraron más que unas vasijas de barro y unos adornos de vidrio,
señales inequívocas de que la destrucción del poblado era de época
reciente. ¿Dónde fueron a parar los habitantes de este retiro
inaccesible?, ¿se escaparon a los llanos del Meta, o se diseminaron
en diversas direcciones? No se sabe. Desaparición ésta que no deja
de ser singular en medio de tántas chozas como hay por los
alrededores.
Sobre las minas de las chozas de los indios la familia del dueño
de la venta ha construido su casa. El sitio, aunque solitario en
extremo, es delicioso; al pie corre un río bastante ancho; en sus
márgenes escarpadas han sembrado maíz y habas. La extensión de esa
propiedad no está limitada más que por la ambición del dueño;
encinas de un porte majestuoso dan sombra a sus campos y les
resguardan de los huracanes que soplan de la montaña. A
|
pesar del deleite que se experimenta contemplando esta
imagen de la felicidad y de la abundancia comparada con el aspecto
desolado del páramo, se siente un poco de amargura al considerar
que esos campos fueron antaño cultivados por un pueblo desgraciado
que llora talvez lejos de esas tierras, de las que fue el único
legítimo dueño. Pero por otra parte, al pensar en la barbarie en
que debía vivir, agrada poder pasearse sin temor alguno por esos
bosques que animan de vez en cuando los mugidos de los ganados; a
pesar de lo lejos que están de todos los centros habitados se
encuentran ahora en ellos la civilización y las apacibles
costumbres a las que un europeo no es indiferente.
Dejando atrás ese retiro encantador en el que con gusto hubiera
pasado varios meses, tomé a poco el camino que pasando por Guacha
conduce al Socorro. Las gentes de la región le consideran como obra
del diablo con el dedo me han señalado la mansión de ese espíritu
malo, pero confieso que no vi nada que se pareciera al demonio. El
Guacha no es más que una inmensa roca, en la que las lluvias y los
temblores han abierto grietas considerables, siendo por lo tanto
materialmente imposible utilizar los caballos para andar por allí.
Eché, pues, pie a tierra; no tuve que lamentar accidente alguno, en
lo cual fui afortunado, pues de ordinario se pierde siempre alguna
bestia en ese paso tan peligroso. Los esqueletos que en gran
cantidad están esparcidos por el camino demuestran los riesgos que
se corren, y no tarda úno en convencerse de ello al ver las cruces
que, en número infinito, hay en el fondo del precipicio, sin duda
en acción de gracias por haber llegado a aquel lugar de salvación
sin detrimento en las personas. Con la llegada a él, nuestras
penalidades no terminaron; tuvimos que seguir andando a píe, pues
el camino, aunque no era ya tan pendiente, pasa por el lecho de un
río, de modo que hay que andar por el agua. Llegué sano salvo a
Venta Gorda, casa que es de dimensiones muy reducidas. Nos
albergamos en ella doce personas a la vez.
El 1º. de julio había salido ya de los páramos; la región era
menos horrorosa, el clima más suave y el cielo menos triste. El
frío no le daba ya a úno miedo al tener que levantarse antes de que
rayara el día. Salimos pues muy de mañana: en unas horas llegamos a
Jenesano que esta ya en tierras del Socorro. A medida que nos
adentrábamos por esta provincia, advertíamos un cambio en el
paisaje y en la gente, muy agradable; todas las chozas estaban
techadas con tejas, en la gente se adivinaba por lo general el
desahogo con que vivía y se advertía lo ameno de su trato,
circunstancia poco corriente en las tierras frías; todo el mundo lo
acogía a uno con afabilidad; la vista se recreaba en la hermosa
vegetación
|tropical, pues siempre gusta volver a ver el
banano y el naranjo; pero desagraciadamente los caminos
|
estaban tan enfangados, que no se podía andar sino con las
mayores precauciones para evitar caídas peligrosas. Al salir de
Jenesano seguí los bordes del Pienta: este río riega todo el Valle
de Charalá. Antes de que anocheciese llegué a este pueblo; me llamó
la atención la regularidad de las calles y de las casas, y
encantado me volví a encontrar en medio de esa alegría loca que
reina en las regiones donde hace calor.
Al día siguiente continué el viaje camino de Culatas; llegué
hacia el medio día, no me detuve y seguí por el camino que lleva al
Socorro; nos encontramos con un hombre y una mujer que habían sido
maltratados de tal modo
|por el alcalde de una aldea próxima,
que estaban a punto de expirar en medio del camino; el motivo fue
que se habían negado a realizar un trabajo injusto: unos vecinos
ricos de Charalá que venían conmigo les aconsejaron que fuesen en
el acto a confesarse, pero sin acompañar este consejo saludable de
consuelos un poco menos espirituales, de los que al parecer tenían
urgentísima necesidad; les ayudamos a levantarse, se les
compadeció, y finalmente sacaron fuerzas de flaqueza y siguieron su
camino hasta Culatas; por nuestra parte continuamos el nuéstro
hacia el Socorro donde llegué antes de anochecer.
Los límites de la provincia del Socorro, llegan por el Norte
hasta una legua y media más allá de San Gil, y por ese lado
confinan con Pamplona
|
4
. Por el Sur se extiende hasta Puente Real;
por el Este linda con la de Tunja, y por el Oeste llega hasta unas
regiones desconocidas y el Magdalena; tiene varias poblaciones
importantes entre otras San Gil, donde se acaba de construir un
puente de piedra y un colegio; Zapatoca, Charalá, Palmar, Oiba
Simacota, Palmas, Guadalupe y Socorro. Esta última, que da su
nombre a la provincia, es la capital; en ella reside el gobernador;
éste tiene el mando de algunas milicias, y bajo sus órdenes a los
inválidos, a los que el Gobierno paga una pensión de cuatro a cinco
piastras mensuales.
La ciudad de Socorro esta muy mal emplazada y peor pavimentada.
Situada en la ladera de una montaña pocas veces recibe el efecto
refrescante de los vientos debido a que la cadena de montañas del
Opón, que va de sur a norte, llega hasta las de Ocaña. El calor,
por lo tanto es muy fuerte; el termómetro, a la sombra, pocas veces
baja de 200. En la época en que me encontraba en la región (julio),
empezaba a llover generalmente a la una de la tarde; tronaba, y la
tormenta duraba hasta la puesta del sol. Los vientos soplaban del
Norte.
El agua por lo general es desagradable al paladar y de mala
calidad. ¿Será el agua causa del bocio que desfigura a todos los
vecinos y hasta a los forasteros después de una larga permanencia
en la región? Hasta los animales y en especial los perros están
afectados por esa enfermedad, que llega a ser mortal. Con facilidad
se adquieren las fiebres y hay muchos ancianos hidrópicos.
Con todo, el Socorro tiene unos 12.000 habitantes, muy
trabajadores e inteligentísimos; se entregan asiduamente a la
agricultura, y sus fábricas no dejan de tener importancia. Se
cultiva mucho la caña de azúcar, algodón y arroz; estos productos
son baratísimos
|
5
debido a que hay pocos caminos practicables para exportarlos. Se
propuso trazar un camino por las montañas del Opón, que hubiera
llevado en seis días al Magdalena, en vez de tener que emplear
algunos más yendo por el puerto de Botijas, a pesar de que sólo
dista veintisiete leguas. La guerra impidió la realización de ese
proyecto, que hubiera sido tan beneficioso.
En todas las casas, en todas las chozas todo el mundo hila, tiñe
o teje; por todas partes se ven telares; muchas gentes prefieren
tejer sombreros de paja; a los que se dedican a este trabajo se les
reconoce por la uña del dedo índice, que se dejan crecer
desmesuradamente.
Las telas que se fabrican son ordinarias, pero sólidas; aunque
estas telas se prefieren en las otras provincias a las extranjeras
cuando son del mismo precio y a pesar de que se venden en grandes
cantidades, los obreros son pobres; en efecto, una hilandera no
gana ni un real por día; una pieza de tela de algodón de sesenta y
cuatro varas (166 pies) no deja al tejedor más que un beneficio de
7 reales (4,35 francos). El único que se enriquece es el
comerciante; transporta las telas del Socorro a Girón y a
Zipaquirá, donde las cambia por tabaco y oro, sal y géneros
ingleses; éstos son los preferidos, prejuicio que contribuye poco a
estimular la industria nacional; hasta las mujeres no se visten ya
más que la inglesa. Estos caprichos en realidad cuestan poco, ya
que las telas de Mánchester resultan más baratas que las que se
fabrican en el país; un vestido sale en diez francos.
Las casas, por lo general, están sucias y su construcción suele
ser mala, pero en cambio son más cómodas que las de las zonas
frías. Tienen Camas, para comer se utilizan cubiertos de plata y en
la mesa se ponen mantel y servilletas; la comida suele consistir en
patatas, arroz, bananos y carne de cerdo.
Los habitantes del Socorro en todo tiempo han hecho gala de una
audacia y de un carácter enérgico que contrasta con su aire torpe y
atontado; hoy mismo parecen estar ya hartos de las requisas de todo
pero que se reclaman de su abnegación; entre ellos no se dan más
tratamiento que el de ciudadano, y parecen acrisoladamente leales
al régimen republicano. Fueron ellos los primeros que, mucho antes
de que en España se pensara en que América se podría independizar,
levantaron la bandera de la rebelión.
Voy a examinar el origen y las consecuencias de ese
levantamiento, que dio por resultado la emancipación de América.
Empezaré describiendo en pocas palabras la situación de esas
provincias desde la Conquista hasta el movimiento del Socorro, en
1781, para dar a conocer al lector las dos éras del Imperio
español, y que aquel pueda comparar el nuevo régimen con el
antiguo.
|
1
|
Se ha constituido en Bogotá una sociedad para desecarlo y sacar
los tesoros que Piedrahíta cuenta haber sido arrojados por los
indios en la época de la Conquista. El capital de la sociedad se ha
consumido sin que se haya empezado a desaguarle. Hasta ahora sólo
se han encontrado dos o tres ídolos de oro, de tamaño pequeño, que
han sido comprados por los ingleses.
|
|
2
|
Este fenómeno se llama
|soreche
en el Perú.
|
|
3
|
De esta planta se extrae trementina de excelente calidad.
|
|
4
|
|Véase sección Notas y aclaraciones, al final de la
obra.
|
|
5
|
Algodón,
|25 libras, 6 fr.
|50 cts.; arroz
|25 libras, 2
|fr. 60 cts.;
azúcar mascabada, 6 libras,
|0,65 cts.; azúcar en panes,
|25 libras,
|3 fr. 25 cts.; en general
|se suele
preferir el azúcar de caña de Otahití al de caña de Guines, cuyo
cultivo
|se empieza a abandonar.
|