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CAPÍTULO IV
Camino de Honda a Bogotá - Río Seco
- Venta Grande - La Montaña de Sargento - El valle de Guaduas -
Villeta – Facatativa - Descripción del llano de Bogotá - El
Salto de Tequendama – El puente natural de Pandi
(Icononzo)
Salí (el 15 de febrero) muy de mañana de la casa del amable Jefe
de la Aduana. Después de atravesar un bosque espesísimo, no dejamos
de subir hasta llegar a un sitio, desde el cual disfrutarnos de una
vista magnífica que se extendía sobre la provincia de Mariquita,
cuyas montañas, desde el punto en que nos
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encontrábamos,
parecían poco elevadas. Se distinguían las casas blancas de
Mariquita¹ y, por consiguiente,
más próxima a nosotros Honda, cuyos muros baña el Magdalena. Las
márgenes verdeantes de ese río embellecen muy singularmente el
panorama Recordaba el Sena, serpenteando por entre los prados de
Normandía. Pronto perdimos de vista este espectáculo maravilloso al
volver a entrar bajo el bosque, y ya no veía, por entre los
árboles, más que un hilito de agua, que era todavía el Magdalena;
de repente no vi ya nada. Empezamos de nuevo a subir, y aunque no
dejaba de contemplar con espanto el declive de la cordillera, en la
que me adentraba por primera vez en mi vida, mis temores fueron
disminuyendo al darme cuenta del instinto de la mula que montaba.
Resultaba interesante observar el discernimiento con que escogía la
roca que le ofrecía mayor seguridad para poner las patas.
Tranquilizado por completo, me abandoné a sus caprichos. Los
arrieros tienen un sistema excelente de conducir a estos animales
en los pasos peligrosos; muy pocas veces les pegan, se limitan a
arrearles con la voz y a sostenerles de la grupa cuando, al trepar
de roca en roca, parece que se van a caer.
Pasamos Río Seco, nos detuvimos unos minutos en una venta,
cruzamos un número infinito de arroyos que cortan el camino en
todas direcciones, y por fin llegamos a Venta Grande. Las ventas de
la cordillera se parecen en todo a las de Morales; si no se
encuentra nada en ellas, en cambio se paga muy poco.
Al día siguiente tuvimos que escalar el Alto del Sargento; y no
he olvidado aún los sufrimientos que padecí. De improviso nos vimos
envueltos por una niebla espesísima, fría y húmeda, y tan densa era
que no me permitía distinguir a los hombres que iban delante de mí;
caminábamos en la más profunda oscuridad, estaba muy abatido y
sentía un gran malestar, consecuencias habituales de ese fenómeno
frecuente en la cordillera. Hacia el medio día la niebla se disipó;
poco después llegamos a una piedra, en la que estaba escrita la
altura del terreno sobre el nivel del mar: nos encontrábamos a 870
toesas y nos faltaban diez y ocho leguas para llegar a Santafé. Los
caminos iban siendo mejores y no tardamos en llegar a la cima de
una montaña desde la que se divisaba el hermoso valle de
Guaduas.
Éste me encantó, sobre todo cuando bajé a él al encontrarme en
medio de prados verdes cortados en todos sentidos por arroyuelos
sobre los que había tendidos puentes estrechos pero seguros. A
derecha e izquierda se veían chozas rodeadas de campos labrados y
protegidas por la sombra de unos sauces; en los prados pacían gran
cantidad de reses gordas y lozanas; hacía un calor suave: el de la
isla de Madera. Estábamos a una altura en que el hombre puede ser
feliz: 647 toesas de modo que al descender 223 toesas encontramos
otro cielo y otra tierra diferentes de los de las cumbres, por las
que habíamos transitado por la mañana.
El camino era llano y no ofrecía dificultades; en seguida
llegamos a Guaduas. Esta ciudad me pareció muy limpia; tiene
algunas calles empedradas y con aceras; la plaza, en la que se
alzan la iglesia y algunos otros edificios, está adornada con una
fuente, y las casas, con sus fachadas enjalbegadas, le dan un
aspecto muy alegre. Difícil será sin duda que el viajero que acaba
de franquear las montañas de gres que separan a Guaduas del
Magdalena no experimente una especie de encanto al encontrarse de
repente en un valle de temperatura deliciosa, regado por arroyos
cristalinos y al que la Naturaleza ha colmado con todos sus dones,
dones que el hombre ni aprovecha ni perfecciona.
La gente que vive en estos lugares de ensueño tiene un color tan
blanco que sorprende y maravilla al europeo que viene de las
márgenes del Magdalena; no puede éste por menos de admirar la
gracia de las mujeres y el gusto con que se visten, aunque afecten
abandono y sencillez. Bien es verdad que en toda América la mujer
del campo adquiere en seguida y con más facilidad el aire
distinguido y los modales finos; sus miembros, de formas delicadas
y redondas, no engordan nunca y no se deforman por el ejercicio.
Felices de vivir en un clima tan hermoso, los habitantes de Guaduas
tienen una grande afabilidad para con los forasteros; de ello tuve
la prueba en cuanto llegué, pues la gente parecía encantada de
ofrecerme hospitalidad.
Guaduas constituye un cantón integrado por siete pueblos, cuya
población puede ascender a unas catorce mil almas. La mayor parte
de las tierras son propiedad del señor Acosta, que es juez político
del cantón; su hospitalidad y su buen corazón son proverbiales. más
productos de la región consisten en maíz, bananos, café, naranjas y
azúcar. La última Cosecha se dice que fúe de 40.000 arrobas. A tres
días de camino de Guaduas está la Palma. Este pueblo tiene minas de
oro, de hierro y de esmeraldas, cuya explotación se proyecta. Al
día siguiente, y desde muy lejos, divisamos a Villeta; el aspecto
es muy agradable. Hace mucho calor, pues su altitud no es más que
de 583 toesas sobre el nivel del mar. Al anochecer vimos una cruz,
señal o anuncio de una
|venta; situada a 908 toesas sobre el
nivel del mar.
A pesar del deseo que teníamos de llegar al día siguiente a
Bogotá, no llegamos a Facatativá sino a medio día; ya estábamos en
la famosa meseta de Bogotá. El nuevo espectáculo que se ofreció a
mi vista en nada se parecía a lo que hasta ahora había visto:
volvía a encontrarme en Europa. Al salir de Facatativá, el polvo
que levanta el viento y que ennegrece la cara de las gentes, me
molestó muchísimo. Antes de que anocheciese nos vimos libres de él,
y pude a mis
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anchas entregarme al placer, mezclado con un
poco de extrañeza, de contemplar a los labradores entregados a la
faena de abrir anchos surcos con arados tirados por bueyes, a los
pastores conduciendo grandes rebaños de ovejas, cubiertas, como las
nuestras, de un espeso vellón. En medio de este espectáculo, que me
recordaba Europa, me llamaron la atención unas largas teorías de
mulas y de bueyes cargados de cereales, de carbón y de sacos de
patatas; otras, procedentes de Guaduas, llevaban naranjas y frutas
del trópico. Las arrieros que las conducían tenían un aspecto tan
salvaje, que contrastaba algo con la fisonomía europea que acababa
de encontrar en la región; al ver a esos indios casi desnudos cuyos
rasgos ofrecen tan notable parecido con los de los habitantes del
Asia oriental, hubiera podido creerme transportado a la meseta de
Tartania.
Casi hay unas ocho leguas francesas entre Facatativá y Bogotá.
Tuvimos que caminar toda la noche. Sentí mucho frío. No llegué a
Bogotá sino a las cuatro de la mañana del día 20 de febrero.
La llanura de Bogotá, que está situada a 4º30' de latitud Norte
y a 1.370 toesas sobre el nivel del mar, tiene ocho leguas de Este
a Oeste y diez y seis de Norte a Sur si se prolonga hasta Ubaté,
como hacen los colombianos en sus mapas manuscritos. El suelo de
esa meseta, rodeada de montañas, es completamente llano.
Antes de que los muiscas que habitaban esa elevada menta
estuviesen sometidos a un sólo soberano y formasen una nación unida
por un mismo culto, la llanura de Bogotá espantosos cataclismos.
Los ancianos, interrogados por los españoles que conquistaron el
país, les dijeron que, en tiempos muy remotos, el río Bogotá había
inundado todo el llano, y que los habitantes empavorecidos se
habían refugiado en las montañas, donde encontraron un asilo
seguro. En medio de ese espantoso desorden apareció un hombre
divino: su nombre era Zhué o Bochica; con su báculo golpeó la
montaña más dura de todas, ésta se abrió y las aguas se
precipitaron por ese milagroso desagüe, formando el Salto de
Tequendama. Esta tradición popular recuerda una época en que las
aguas cubrían toda la llanura de Bogotá. Hoy en ella no se ve más
que un gran número de arroyos, algunas lagunas y un río: el
Bogotá.
Es realmente en el llano de Bogotá donde se encuentra uno con
esa nueva Europa que le anuncian al viajero que llega extenuado de
fatiga a Honda; aquí ya no tiene que temer las alimañas o los
insectos que infestan las regiones que riega el Magdalena; en estas
alturas el frío no las permite vivir. Pero si el hombre no corre
los mismos peligros que en las regiones bajas, a veces su organismo
se resiente al pasar rápidamente a un clima cuya temperatura pocas
veces excede de 12º R.; la llanura de Bogotá más bien está
entristecida por un otoño perpetuo que alegrada por una constante
primavera.
En esa llanura no crecen más árboles que los sauces y los
manzanos; pero si las plantas de gran tamaño no adquieren gran
desarrollo en esa altitud, en cambio los cereales se dan con
abundancia insospechada: ¡todo el campo está cubierto de cebadas,
de trigales, de avenas y de pastos excelentes! ¡Espectáculo
maravilloso éste de encontrar a una altitud, en la que en Europa el
hombre vive a duras penas, y que está cubierta de nieves, una
campiña tan rica como la de Beauce!
En cambio no experimenté la misma admiración que otros
extranjeros a la vista de los huertos y jardines que se encuentran
en algunos sitios de la llanura de Bogotá, pues si cabe
maravillarse de encontrar casi en el ecuador las mismas legumbres e
idénticas frutas que en Europa, en cambio el color y el sabor de
esos productos demuestran que el calor que hace en estos distritos
es insuficiente para que maduren. Las rosas y los claveles también
pierden aquí alguno de sus encantos, ya que no se puede aspirar su
aroma sin experimentar en el órgano del olfato agudos dolores
provocados por las minadas de insectos imperceptibles que invaden
sus pétalos.
A pesar de esos inconvenientes, que talvez andando el tiempo
horticultores más entendidos conseguirán eliminar, hay que convenir
en que esta meseta de Bogotá excede por su elevación por su
extensión y por su asombrosa fertilidad, a todo cuanto la
imaginación del hombre haya podido forjar.
A los pocos días de mi llegada a Bogotá caí enfermo; esto es lo
que sucede a casi todos los viajeros. Lo que más sentía era no
poder salir a la calle; sin embargo, poco a poco mi salud se fue
restableciendo. El primer ensayo que hice de mis fuerzas, para
prepararme a otras excursiones, fue ir al Salto de Tequendama, que
sólo dista cuatro leguas de la capital y que todos los viajeros
visitan, atraídos por las maravillas que de él se cuentan.
Movido por ese deseo, me puse en camino en abril en compañía de
dos bogotanos. Nos dirigimos hacia el Suroeste. El trayecto nos
pareció bastante agradable hasta Soacha
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²
, aldea en la que se suele pasar la noche. La
posada recuerda las hosterías de nuestros pueblos, y no es poco
para el país.
Al
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día siguiente, después de haber seguido el curso
apacible del Bogotá, lo cruzamos por un puente de bambúes, a cuyo
extremo nos encontramos con la hacienda de
|Canoas; poco
después empezamos a subir por un camino tan resbaladizo, que
nuestros caballos no podían andar.
Hasta ese momento habíamos caminado a través de una llanura, en
parte inundada, circundada por montes áridos y colinas peladas, que
parecían islas en medio de un gran lago. Ahora recorríamos una
región de aspecto totalmente diferente, cubierta de grandes
árboles, cuya vista nos agradaba sobremanera. No era ya el panorama
entristecido por el aspecto lúgubre de las negras rocas que rodean
la llanura de Bogotá; al contrario, por todas partes se divisaban
valles, montes fértiles y chozas en medio de campos de bananos,
cuyo verdor, de suave tonalidad, formaba un contraste admirable con
el verde oscuro de los bosques.
En medio del deleite que este panorama nos proporcionaba vimos
con disgusto la cima de los montes ocultarse detrás de las nubes
que descendían rápidamente hacia los sitios en que después se
resuelven en lluvia o en tormentas, lo que nos hizo acelerar el
paso de nuestros caballos.
Al internarnos en los bosques pantanosos que dan sombra al
famoso Salto de Tequendama, los caballos no nos fueron de utilidad
y los dejamos atados a unos árboles. Descendimos, apoyándonos en un
palo, por los senderos enfangados, por los que los leñadores suben
en bueyes la leña que luégo venden en la ciudad. Se oía el ruido de
la caída del agua, pero no se veía absolutamente nada. Después de
dar muchos rodeos nos dimos cuenta de que nos habíamos extraviado;
no había nada que pudiera indicarnos el verdadero camino.
Felizmente uno de nosotros vio uno cuya rápida pendiente estaba
suavizada por unos escalones hechos de ramas. Esta obra primitiva
de la mano del hombre le hizo conjeturar que talvez encontraríamos
a alguien. Bajó y no descubrió más que un arroyo y una caverna. Ya
iba a subir cuando con gran sorpresa suya vio arrastrarse hasta la
entrada de la cueva a un hombre que se ofreció a servirnos de guía
tan pronto como se enteró de nuestra situación. Aquella cueva era
una mina, de la que con gran trabajo se sacan, de debajo de las
rocas que se excavan unas cuantas libras de carbón por día. No han
abierto más que una galería estrecha, sin ni siquiera intentar
volarlas.
Estábamos más lejos del Salto de lo que suponíamos. Con riesgo
inminente de caernos veinte veces en el barro, llegamos por fin al
Tequendama. Nunca había experimentado una impresión tan fuerte como
la que me causó esta catarata. Me quedé tan deslumbrado que al
principio no me di cuenta del espectáculo asombroso que tenía ante
los ojos: al ver las aguas del Bogotá, precipitándose en masa a
través de las rocas, como un alud desprendido de la cima del
Chimborazo, me quedé absorto y mudo. Nos echamos de cara al suelo
sobre la muralla de roca que forma el lado del precipicio, para
poder mirar mejor sin experimentar el vértigo.
Hace algunos años Bolívar, saltando de piedra en piedra, llegó
hasta una de las rocas que forman la salida por donde el río se
despeña; se puso de pie en ella y contempló impávido el abismo en
cuyo borde se encontraba y en el que las aguas se precipitaban con
un ruido espantoso, como si hubiera querido me acostumbrando a
medir impasible la sima de las revoluciones, contemplando las de la
Naturaleza. Este acto temerario valió a Bolívar triunfos que las
batallas acaso le hubieran negado; dejó a los pueblos atónitos y
|
le colocó, en opinión de éstos, muchos codos por encima del
Virrey Sámano, su rival, quien, antes de huír de Bogotá, se dio el
insano placer de hacer despertar toros en el río para recrearse con
el terrible espectáculo de su caída y ver sus miembros rotos
ensangrentar las rocas que cubren el fondo del Tequendama.
Con la vista sondeamos el abismo sin ver nada más que una masa
de espuma que se sumerge en un mar de vapores. Estábamos pasmados,
y eso que no contemplábamos más que una parte del espectáculo,
debido a la profunda oscuridad producida por la bruma que nos
rodeaba. La vista pedía con impaciencia un cielo más despejado. Las
aguas del río, al caer desde las alturas heladas de la cordillera
en los abismos cálidos abiertos a sus pies, forman una niebla
espesa, que elevada por el sol, cuyo disco vela, nos rodeaba por
todas partes.
Esperábamos con impaciencia el momento en que damos admirar la
maravilla de la Naturaleza que habíamos venido a contemplar; de
repente se descubrió por poco rato: las nubes se disiparon; cuando
pudimos observar rápidamente el fenómeno de la calda, midiendo con
la vista las profun didades que había a nuestros pies
|
³
, vimos en medio de las palmeras que
cubren esa región, nueva para nosotros, un arroyo que serpenteaba
por entre campos verdes, en los que sin duda viven los animales de
la zona tórrida; un poco más arriba de esos campos verdes, una roca
en saliente, en la que rompe una parte de las aguas del Bogotá,
hacia rebotar sus olas de espuma como dos columnas de cristal que
se destacaban perfectamente de entre los vapores de los que
aquéllas son fuentes perpetuas. Frente a nosotros el panorama no
era menos atrayente; a lo largo de las montanas, de altura
prodigiosa, que constituyen la orilla opuesta a la en que nos
encontrábamos, caían, formando cascadas algunos arroyos, que a la
distancia en que nos hallábamos parecían cintas de plata. En
seguida todo volvió a quedar sumido en las tinieblas: el sol se
oscureció y la lluvia cayó a torrentes. Muy a pesar nuestro tuvimos
que abandonar tan hermoso espectáculo y volvernos a Bogotá para que
la noche no nos sorprendiera en medio de los bosques inundados en
que estábamos.
Mi excursión al Tequendama me incitó a conocer las otras
maravillas del país, tan sabiamente descritas en las obras de
Humboldt
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4
. Era
natural que tuviese deseos de ver el puente de Pandi. A fines de
abril tomé un guía y salí de Bogotá en dirección al Sureste.
Atravesé en primer lugar a Fusagasugá
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, situada a 940 toesas de altura, y por lo
tanto mucho más baja que la meseta de Bogotá, altitud que hace que
Fusagasugá tenga una temperatura más benigna y cosechas más
variadas. Dejé a mi derecha El Chocho, pueblo que debe su nombre a
un árbol muy común en todas estas regiones; escalé el Alto de
Honda, y a costa de muchas penas y fatigas llegué al cabo de dos
días a Mercadillo, después de atravesar una región casi desierta
donde hacía una temperatura de 18º a 20º R.
Mercadillo se fundó hace pocos años con la intención de atraer a
los indios de Cunday, que habitan en las inmediaciones. Pero estos
indios en estado semisalvaje, aman demasiado su libertad y no
quieren lo bastante a los blancos para venir a aumentar la
población de Mercadillo. Al
|
salir de esa aldehuela me
encontré en las tierras de los indios de Cunday: en ellas no hay
cultivos, apenas si de trecho en trecho se ven campos de caña y
algunos bananos y frutales de las zonas cálidas. Las cabras y las
vacas que pacen por esas tierras incultas pertenecen a los vecinos
de Mercadillo; éstos, no menos despreocupados que los indios de
Cunday, dejan que sus ganados destruyan la vainilla, de la que se
ven muchas plantas.
No tuvimos que andar más que una hora para llegar al puente
natural de Pandi. Está formado por una piedra que no mide más de 20
pies de ancho; habiéndome puesto sobre ella, dirigí la mirada por
el corte que separa las dos montañas y que tiene una profundidad de
140 varas (unos 363 pies). Divisé en el fondo una corriente de agua
que, vista desde donde me encontraba, me pareció un arroyo. Y sin
embargo, a poca distancia de este lugar no se la puede atravesar
mas que en piragua. De las piedras que al derrumbarse de las cimas
de los montes se han detenido en esta quebrada prodigiosa, me llamó
la atención menos la que forma el puente propiamente dicho que una
roca enorme que está debajo y que, como la clave de una bóveda,
está suspendida en el aire y parece que va a desplomarse cada
instante.
Los habitantes del país consideran estos abismos espantosos como
la boca del infierno en efecto, la permanente oscuridad que reina,
las aves nocturnas cuyos graznidos retumban en los antros donde se
cobijan durante el día, las aguas que corren por las profundidades
del mismo; los líquenes, largas cabelleras que penden de los
árboles y que en parte ocultan el misterio, el ruido ensordecedor
de las aguas, las rocas que, al igual del puente de la mitología
persa, sirven para atravesarle, y finalmente las tinieblas que
rodean todas esas cosas espantables, representan con bastante
exactitud el reino de la muerte. La ilusión es tanto mayor cuanto
casi todos los seres vivos han huido de esos parajes: el hombre
trasladó lejos de allí su vivienda y los animales se asustaron con
los ruidos que de allí se escapan. Todo ello contribuye a que
cuando se sale de esos bosques centenarios, que talvez los
sacerdotes indios de la tribu feroz de los panches mancharon con
sangre de sus víctimas humanas, se sienta úno aliviado al
encontrarse de nuevo en un ambiente más despejado y con una
Naturaleza menos sombría.
Regresé, pues, a Mercadillo no menos asombrado que cuando volví
del Tequendama, a pesar de que la maravilla del puente de Pandi me
pareció menos grandiosa. Esta obra nos prueba el poder de la
Naturaleza: bastó para establecer un medio de comunicación con que
echara a rodar unas cuantas rocas desde lo alto de las
montañas.
A poco de aproximarnos a las cumbres de las montañas que dominan
a Mercadillo, desde las que se divisan los llanos de Limones que se
extienden hasta el Magdalena, atravesamos selvas vírgenes pobladas
de osos, de jaguares y de pumas (león de América); a la caída de la
noche llegamos a Fusagasugá. A medida que nos íbamos alejando del
valle tórrido de Mercadillo encontrábamos una raza de hombres más
hermosa y fuerte.
Al
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día siguiente regresé a Bogotá. Hasta las seis
anduvimos por entre maizales, campos de caña de azúcar cafetales y
plantíos de chirimoyas (anonas); a las nueve estaba a la sombra de
unos quinos y rodeado de nieblas; a las once, entre los brezos
estériles que cubren la cima de las montañas y calado por una
lluvia constante; a las tres, descendía los declives y pasaba por
entre campos de cebada, todavía verdes, y por grandes praderas de
excelentes pastos, que refrescan al atardecer las brisas bastante
frías. Finalmente, después de haber pasado de las ricas laderas que
bordean la meseta de Bogotá por el Sur, a unos terrenos inundados y
áridos que se atraviesan merced a unos puentes de piedra, entramos
en Bogotá a las doce de la noche.
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1.
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Casi todos los vecinos de esta
ciudad tienen bocio.
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2.
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En las mediaciones se han descubierto huesos fósiles de
elefantes.
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3.
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Según Salazar, tien una altura de setenta y ocho toesas.
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4.
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|Vista de las cordilleras.
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5.
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Cabeza de Distrito que cuenta con
unos 101 contribuyentes, que pagan 5.000 francos de
contribución.
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