INDICE





PRESENTACIÓN DE CARLOS JOSÉ REYES

PRÓLOGO

PREFACIO

PRIMERA PARTE

CAPÍTULO I
Salida de Francia - Las Azores - La costa de los Estados Unidos – Norfock - Washington - Calma chicha - Cartagena de Indias - Salida para Bogotá - Turbaco - Barranca - De Cartagena al Magdalena.

CAPÍTULO II
Salida de Barranca – El pueblo de Tenerife – Zambrano – La isla de San Pedro – Pinto – Santa Ana – Mompós - El gobernador de Mompós - Comercio de Mompós - Salida de Mompós - Margarita – Guamal - Peñón – Banco - La Sierra de Ocaña - Regidor - Río Viejo - M

CAPÍTULO III
Brazos del Magdalena - La Miel – Río Negro - Guarumo - El promontorio de Garderia - Los escollos de Perico - Honda - Descripción del Magdalena

CAPÍTULO IV
Camino de Honda a Bogotá - Río Seco - Venta Grande - La Montaña de Sargento - El valle de Guaduas - Villeta – Facatativa - Descripción del llano de Bogotá - El Salto de Tequendama – El puente natural de Pandi (Icononzo)

CAPÍTULO V
Viaje por la provincia de Socorro, situada al norte de Santafé de Bogotá.

CAPÍTULO VI
Estado del país desde 1498 hasta 1781 - Antiguos habitantes - Sus usos - Sus costumbres - Con quistas comerciales - Conquistas religiosas - Conquistas militares - Quesada - Debilitamiento de la población India - Los negros - Su estado y condición - Mezcla

CAPÍTULO VII
La revuelta del Socorro - Movimiento de 1794 - Virreyes españoles - Insurrección de Caracas en 1810 - Insurrección de Nueva Granada - El virrey Amar - Miranda – Bolívar – Monteverde - Conquista de Caracas - Bolívar pasa a Curaçao Sale de allí -

CAPÍTULO VIII
El virrey Sámano - Soldados españoles - Soldados americanos -  Bolívar entra en Santafé, pasa a Quito y luégo a Guayaquil -  Características de los principales generales.

CAPÍTULO IX
Nuevo gobierno - Constitución de Cúcuta - División del territorio en Departamentos -Renovación de los Cabildos - Leyes civiles – La justicia - El Congreso - El Poder Ejecutivo.

CAPÍTULO X
Regreso a Bogotá - Puente Real - Minas de cobre de Moniquirá - Chinquinquirá - Minas de sal de Zipaquirá.

CAPÍTULO XI
Fundación de Santafé de Bogotá - Clima - Casas – Interiores - La Catedral - Los conventos - El Hospital - Los colegios - El Palacio del Presidente - El Palacio de los Diputados - El Palacio del Senado - Las cárceles - La Casa de la Moneda y el Teatro

CAPÍTULO XII
Finanzas – Aguardiente – Papel sellado – Alcabala - Impuestos directos - Guerra - El ejército - Las piazas fuertes – Marina - Relaciones extranjeras.

SEGUNDA PARTE

CAPÍTULO I
Salida de Bogotá para Popayán – Guaduas – Chaguaní – San Juan - Regreso a Guaduas - Breve estancia en esta ciudad - Beltrán - Ambalema - San Luis - Chaparral – Natagaima - Payandé - Samboja - Villavieja - Neiva.

CAPÍTULO II
Tambo del Hobo - Paso de Los Domingarios - Puente de cuerdas - La Plata - Pedregal - San Francisco - Inzá - La Montaña del Guanaco - Totoró - Paniquita - Popayán - El volcán de Puracé.

CAPÍTULO III
Descripción de Quito - Camino de Quito a Cuenca.

CAPÍTULO IV
Salida de Popayán - La mina de Alegrías Quilichao - El Cauca – Jamundí – Cali - Salida de Cali - Las Juntas.

CAPÍTULO V
Navegación peligrosa por el Dagua - Buenaventura - Descripción de la provincia del Chocó - Salida de Buenaventura en una goleta peruana - Llegada a Panamá - Observaciones acerca del Gran Océano.

CAPÍTULO VI
Descripción de la ciudad de Panamá - Las mujeres de Colombia.

CAPÍTULO VII
Descripción física de la República de Colombia – Montañas – Clima – Atmósfera – Estaciones – Temperatura – Vientos – Lluvias - Influencia tropical – Cosechas – Bosques – Ríos - Quebradas - Minas - Salinas - Volcanes - Lagos – Mares – Mareas

CAPÍTULO VIII
Población - Habitantes de los páramos - Los de las montañas en que se produce trigo - Los dos llanos - Indios bravos - Esclavos negros - Religión.

CAPÍTULO IX
Carácter de los colombianos.

CAPÍTULO X
Agricultura - Industria - Reflexiones sobre el banano – Minas - Moneda – Salinas - Comercio – Exportaciones - Importaciones.

CAPÍTULO XI
Vías de Comunicación por tierra y por agua - Leyes comerciales.

CAPÍTULO XII
Salida de Panamá - Cruces - El río Chagres - La Gorgona - Chagres.

CAPÍTULO XIII
Llegada a jamaica - Salida para Europa - Las Lucayas - Falmouth – Llegada a Francia.

NOTAS Y ACLARACIONES
| CAPÍTULO IV
 

 

Camino de Honda a Bogotá - Río Seco - Venta Grande - La Montaña de Sargento - El valle de Guaduas - Villeta – Facatativa - Descripción del llano de Bogotá - El Salto de Tequendama – El puente natural de Pandi (Icononzo)

 

Salí (el 15 de febrero) muy de mañana de la casa del amable Jefe de la Aduana. Después de atravesar un bosque espesísimo, no dejamos de subir hasta llegar a un sitio, desde el cual disfrutarnos de una vista magnífica que se extendía sobre la provincia de Mariquita, cuyas montañas, desde el punto en que nos | encontrábamos, parecían poco elevadas. Se distinguían las casas blancas de Mariquita¹ y, por consiguiente, más próxima a nosotros Honda, cuyos muros baña el Magdalena. Las márgenes verdeantes de ese río embellecen muy singularmente el panorama Recordaba el Sena, serpenteando por entre los prados de Normandía. Pronto perdimos de vista este espectáculo maravilloso al volver a entrar bajo el bosque, y ya no veía, por entre los árboles, más que un hilito de agua, que era todavía el Magdalena; de repente no vi ya nada. Empezamos de nuevo a subir, y aunque no dejaba de contemplar con espanto el declive de la cordillera, en la que me adentraba por primera vez en mi vida, mis temores fueron disminuyendo al darme cuenta del instinto de la mula que montaba. Resultaba interesante observar el discernimiento con que escogía la roca que le ofrecía mayor seguridad para poner las patas. Tranquilizado por completo, me abandoné a sus caprichos. Los arrieros tienen un sistema excelente de conducir a estos animales en los pasos peligrosos; muy pocas veces les pegan, se limitan a arrearles con la voz y a sostenerles de la grupa cuando, al trepar de roca en roca, parece que se van a caer.

Pasamos Río Seco, nos detuvimos unos minutos en una venta, cruzamos un número infinito de arroyos que cortan el camino en todas direcciones, y por fin llegamos a Venta Grande. Las ventas de la cordillera se parecen en todo a las de Morales; si no se encuentra nada en ellas, en cambio se paga muy poco.

Al día siguiente tuvimos que escalar el Alto del Sargento; y no he olvidado aún los sufrimientos que padecí. De improviso nos vimos envueltos por una niebla espesísima, fría y húmeda, y tan densa era que no me permitía distinguir a los hombres que iban delante de mí; caminábamos en la más profunda oscuridad, estaba muy abatido y sentía un gran malestar, consecuencias habituales de ese fenómeno frecuente en la cordillera. Hacia el medio día la niebla se disipó; poco después llegamos a una piedra, en la que estaba escrita la altura del terreno sobre el nivel del mar: nos encontrábamos a 870 toesas y nos faltaban diez y ocho leguas para llegar a Santafé. Los caminos iban siendo mejores y no tardamos en llegar a la cima de una montaña desde la que se divisaba el hermoso valle de Guaduas.

Éste me encantó, sobre todo cuando bajé a él al encontrarme en medio de prados verdes cortados en todos sentidos por arroyuelos sobre los que había tendidos puentes estrechos pero seguros. A derecha e izquierda se veían chozas rodeadas de campos labrados y protegidas por la sombra de unos sauces; en los prados pacían gran cantidad de reses gordas y lozanas; hacía un calor suave: el de la isla de Madera. Estábamos a una altura en que el hombre puede ser feliz: 647 toesas de modo que al descender 223 toesas encontramos otro cielo y otra tierra diferentes de los de las cumbres, por las que habíamos transitado por la mañana.

El camino era llano y no ofrecía dificultades; en seguida llegamos a Guaduas. Esta ciudad me pareció muy limpia; tiene algunas calles empedradas y con aceras; la plaza, en la que se alzan la iglesia y algunos otros edificios, está adornada con una fuente, y las casas, con sus fachadas enjalbegadas, le dan un aspecto muy alegre. Difícil será sin duda que el viajero que acaba de franquear las montañas de gres que separan a Guaduas del Magdalena no experimente una especie de encanto al encontrarse de repente en un valle de temperatura deliciosa, regado por arroyos cristalinos y al que la Naturaleza ha colmado con todos sus dones, dones que el hombre ni aprovecha ni perfecciona.

La gente que vive en estos lugares de ensueño tiene un color tan blanco que sorprende y maravilla al europeo que viene de las márgenes del Magdalena; no puede éste por menos de admirar la gracia de las mujeres y el gusto con que se visten, aunque afecten abandono y sencillez. Bien es verdad que en toda América la mujer del campo adquiere en seguida y con más facilidad el aire distinguido y los modales finos; sus miembros, de formas delicadas y redondas, no engordan nunca y no se deforman por el ejercicio. Felices de vivir en un clima tan hermoso, los habitantes de Guaduas tienen una grande afabilidad para con los forasteros; de ello tuve la prueba en cuanto llegué, pues la gente parecía encantada de ofrecerme hospitalidad.

Guaduas constituye un cantón integrado por siete pueblos, cuya población puede ascender a unas catorce mil almas. La mayor parte de las tierras son propiedad del señor Acosta, que es juez político del cantón; su hospitalidad y su buen corazón son proverbiales. más productos de la región consisten en maíz, bananos, café, naranjas y azúcar. La última Cosecha se dice que fúe de 40.000 arrobas. A tres días de camino de Guaduas está la Palma. Este pueblo tiene minas de oro, de hierro y de esmeraldas, cuya explotación se proyecta. Al día siguiente, y desde muy lejos, divisamos a Villeta; el aspecto es muy agradable. Hace mucho calor, pues su altitud no es más que de 583 toesas sobre el nivel del mar. Al anochecer vimos una cruz, señal o anuncio de una |venta; situada a 908 toesas sobre el nivel del mar.

A pesar del deseo que teníamos de llegar al día siguiente a Bogotá, no llegamos a Facatativá sino a medio día; ya estábamos en la famosa meseta de Bogotá. El nuevo espectáculo que se ofreció a mi vista en nada se parecía a lo que hasta ahora había visto: volvía a encontrarme en Europa. Al salir de Facatativá, el polvo que levanta el viento y que ennegrece la cara de las gentes, me molestó muchísimo. Antes de que anocheciese nos vimos libres de él, y pude a mis | anchas entregarme al placer, mezclado con un poco de extrañeza, de contemplar a los labradores entregados a la faena de abrir anchos surcos con arados tirados por bueyes, a los pastores conduciendo grandes rebaños de ovejas, cubiertas, como las nuestras, de un espeso vellón. En medio de este espectáculo, que me recordaba Europa, me llamaron la atención unas largas teorías de mulas y de bueyes cargados de cereales, de carbón y de sacos de patatas; otras, procedentes de Guaduas, llevaban naranjas y frutas del trópico. Las arrieros que las conducían tenían un aspecto tan salvaje, que contrastaba algo con la fisonomía europea que acababa de encontrar en la región; al ver a esos indios casi desnudos cuyos rasgos ofrecen tan notable parecido con los de los habitantes del Asia oriental, hubiera podido creerme transportado a la meseta de Tartania.

Casi hay unas ocho leguas francesas entre Facatativá y Bogotá. Tuvimos que caminar toda la noche. Sentí mucho frío. No llegué a Bogotá sino a las cuatro de la mañana del día 20 de febrero.

La llanura de Bogotá, que está situada a 4º30' de latitud Norte y a 1.370 toesas sobre el nivel del mar, tiene ocho leguas de Este a Oeste y diez y seis de Norte a Sur si se prolonga hasta Ubaté, como hacen los colombianos en sus mapas manuscritos. El suelo de esa meseta, rodeada de montañas, es completamente llano.

Antes de que los muiscas que habitaban esa elevada menta estuviesen sometidos a un sólo soberano y formasen una nación unida por un mismo culto, la llanura de Bogotá espantosos cataclismos. Los ancianos, interrogados por los españoles que conquistaron el país, les dijeron que, en tiempos muy remotos, el río Bogotá había inundado todo el llano, y que los habitantes empavorecidos se habían refugiado en las montañas, donde encontraron un asilo seguro. En medio de ese espantoso desorden apareció un hombre divino: su nombre era Zhué o Bochica; con su báculo golpeó la montaña más dura de todas, ésta se abrió y las aguas se precipitaron por ese milagroso desagüe, formando el Salto de Tequendama. Esta tradición popular recuerda una época en que las aguas cubrían toda la llanura de Bogotá. Hoy en ella no se ve más que un gran número de arroyos, algunas lagunas y un río: el Bogotá.

Es realmente en el llano de Bogotá donde se encuentra uno con esa nueva Europa que le anuncian al viajero que llega extenuado de fatiga a Honda; aquí ya no tiene que temer las alimañas o los insectos que infestan las regiones que riega el Magdalena; en estas alturas el frío no las permite vivir. Pero si el hombre no corre los mismos peligros que en las regiones bajas, a veces su organismo se resiente al pasar rápidamente a un clima cuya temperatura pocas veces excede de 12º R.; la llanura de Bogotá más bien está entristecida por un otoño perpetuo que alegrada por una constante primavera.

En esa llanura no crecen más árboles que los sauces y los manzanos; pero si las plantas de gran tamaño no adquieren gran desarrollo en esa altitud, en cambio los cereales se dan con abundancia insospechada: ¡todo el campo está cubierto de cebadas, de trigales, de avenas y de pastos excelentes! ¡Espectáculo maravilloso éste de encontrar a una altitud, en la que en Europa el hombre vive a duras penas, y que está cubierta de nieves, una campiña tan rica como la de Beauce!

En cambio no experimenté la misma admiración que otros extranjeros a la vista de los huertos y jardines que se encuentran en algunos sitios de la llanura de Bogotá, pues si cabe maravillarse de encontrar casi en el ecuador las mismas legumbres e idénticas frutas que en Europa, en cambio el color y el sabor de esos productos demuestran que el calor que hace en estos distritos es insuficiente para que maduren. Las rosas y los claveles también pierden aquí alguno de sus encantos, ya que no se puede aspirar su aroma sin experimentar en el órgano del olfato agudos dolores provocados por las minadas de insectos imperceptibles que invaden sus pétalos.

A pesar de esos inconvenientes, que talvez andando el tiempo horticultores más entendidos conseguirán eliminar, hay que convenir en que esta meseta de Bogotá excede por su elevación por su extensión y por su asombrosa fertilidad, a todo cuanto la imaginación del hombre haya podido forjar.

A los pocos días de mi llegada a Bogotá caí enfermo; esto es lo que sucede a casi todos los viajeros. Lo que más sentía era no poder salir a la calle; sin embargo, poco a poco mi salud se fue restableciendo. El primer ensayo que hice de mis fuerzas, para prepararme a otras excursiones, fue ir al Salto de Tequendama, que sólo dista cuatro leguas de la capital y que todos los viajeros visitan, atraídos por las maravillas que de él se cuentan.

Movido por ese deseo, me puse en camino en abril en compañía de dos bogotanos. Nos dirigimos hacia el Suroeste. El trayecto nos pareció bastante agradable hasta Soacha | ² , aldea en la que se suele pasar la noche. La posada recuerda las hosterías de nuestros pueblos, y no es poco para el país.

Al | día siguiente, después de haber seguido el curso apacible del Bogotá, lo cruzamos por un puente de bambúes, a cuyo extremo nos encontramos con la hacienda de |Canoas; poco después empezamos a subir por un camino tan resbaladizo, que nuestros caballos no podían andar.

Hasta ese momento habíamos caminado a través de una llanura, en parte inundada, circundada por montes áridos y colinas peladas, que parecían islas en medio de un gran lago. Ahora recorríamos una región de aspecto totalmente diferente, cubierta de grandes árboles, cuya vista nos agradaba sobremanera. No era ya el panorama entristecido por el aspecto lúgubre de las negras rocas que rodean la llanura de Bogotá; al contrario, por todas partes se divisaban valles, montes fértiles y chozas en medio de campos de bananos, cuyo verdor, de suave tonalidad, formaba un contraste admirable con el verde oscuro de los bosques.

En medio del deleite que este panorama nos proporcionaba vimos con disgusto la cima de los montes ocultarse detrás de las nubes que descendían rápidamente hacia los sitios en que después se resuelven en lluvia o en tormentas, lo que nos hizo acelerar el paso de nuestros caballos.

Al internarnos en los bosques pantanosos que dan sombra al famoso Salto de Tequendama, los caballos no nos fueron de utilidad y los dejamos atados a unos árboles. Descendimos, apoyándonos en un palo, por los senderos enfangados, por los que los leñadores suben en bueyes la leña que luégo venden en la ciudad. Se oía el ruido de la caída del agua, pero no se veía absolutamente nada. Después de dar muchos rodeos nos dimos cuenta de que nos habíamos extraviado; no había nada que pudiera indicarnos el verdadero camino. Felizmente uno de nosotros vio uno cuya rápida pendiente estaba suavizada por unos escalones hechos de ramas. Esta obra primitiva de la mano del hombre le hizo conjeturar que talvez encontraríamos a alguien. Bajó y no descubrió más que un arroyo y una caverna. Ya iba a subir cuando con gran sorpresa suya vio arrastrarse hasta la entrada de la cueva a un hombre que se ofreció a servirnos de guía tan pronto como se enteró de nuestra situación. Aquella cueva era una mina, de la que con gran trabajo se sacan, de debajo de las rocas que se excavan unas cuantas libras de carbón por día. No han abierto más que una galería estrecha, sin ni siquiera intentar volarlas.

Estábamos más lejos del Salto de lo que suponíamos. Con riesgo inminente de caernos veinte veces en el barro, llegamos por fin al Tequendama. Nunca había experimentado una impresión tan fuerte como la que me causó esta catarata. Me quedé tan deslumbrado que al principio no me di cuenta del espectáculo asombroso que tenía ante los ojos: al ver las aguas del Bogotá, precipitándose en masa a través de las rocas, como un alud desprendido de la cima del Chimborazo, me quedé absorto y mudo. Nos echamos de cara al suelo sobre la muralla de roca que forma el lado del precipicio, para poder mirar mejor sin experimentar el vértigo.

Hace algunos años Bolívar, saltando de piedra en piedra, llegó hasta una de las rocas que forman la salida por donde el río se despeña; se puso de pie en ella y contempló impávido el abismo en cuyo borde se encontraba y en el que las aguas se precipitaban con un ruido espantoso, como si hubiera querido me acostumbrando a medir impasible la sima de las revoluciones, contemplando las de la Naturaleza. Este acto temerario valió a Bolívar triunfos que las batallas acaso le hubieran negado; dejó a los pueblos atónitos y | le colocó, en opinión de éstos, muchos codos por encima del Virrey Sámano, su rival, quien, antes de huír de Bogotá, se dio el insano placer de hacer despertar toros en el río para recrearse con el terrible espectáculo de su caída y ver sus miembros rotos ensangrentar las rocas que cubren el fondo del Tequendama.

Con la vista sondeamos el abismo sin ver nada más que una masa de espuma que se sumerge en un mar de vapores. Estábamos pasmados, y eso que no contemplábamos más que una parte del espectáculo, debido a la profunda oscuridad producida por la bruma que nos rodeaba. La vista pedía con impaciencia un cielo más despejado. Las aguas del río, al caer desde las alturas heladas de la cordillera en los abismos cálidos abiertos a sus pies, forman una niebla espesa, que elevada por el sol, cuyo disco vela, nos rodeaba por todas partes.

Esperábamos con impaciencia el momento en que damos admirar la maravilla de la Naturaleza que habíamos venido a contemplar; de repente se descubrió por poco rato: las nubes se disiparon; cuando pudimos observar rápidamente el fenómeno de la calda, midiendo con la vista las profun didades que había a nuestros pies | ³ , vimos en medio de las palmeras que cubren esa región, nueva para nosotros, un arroyo que serpenteaba por entre campos verdes, en los que sin duda viven los animales de la zona tórrida; un poco más arriba de esos campos verdes, una roca en saliente, en la que rompe una parte de las aguas del Bogotá, hacia rebotar sus olas de espuma como dos columnas de cristal que se destacaban perfectamente de entre los vapores de los que aquéllas son fuentes perpetuas. Frente a nosotros el panorama no era menos atrayente; a lo largo de las montanas, de altura prodigiosa, que constituyen la orilla opuesta a la en que nos encontrábamos, caían, formando cascadas algunos arroyos, que a la distancia en que nos hallábamos parecían cintas de plata. En seguida todo volvió a quedar sumido en las tinieblas: el sol se oscureció y la lluvia cayó a torrentes. Muy a pesar nuestro tuvimos que abandonar tan hermoso espectáculo y volvernos a Bogotá para que la noche no nos sorprendiera en medio de los bosques inundados en que estábamos.

Mi excursión al Tequendama me incitó a conocer las otras maravillas del país, tan sabiamente descritas en las obras de Humboldt | 4 . Era natural que tuviese deseos de ver el puente de Pandi. A fines de abril tomé un guía y salí de Bogotá en dirección al Sureste.

Atravesé en primer lugar a Fusagasugá |5 , situada a 940 toesas de altura, y por lo tanto mucho más baja que la meseta de Bogotá, altitud que hace que Fusagasugá tenga una temperatura más benigna y cosechas más variadas. Dejé a mi derecha El Chocho, pueblo que debe su nombre a un árbol muy común en todas estas regiones; escalé el Alto de Honda, y a costa de muchas penas y fatigas llegué al cabo de dos días a Mercadillo, después de atravesar una región casi desierta donde hacía una temperatura de 18º a 20º R.

Mercadillo se fundó hace pocos años con la intención de atraer a los indios de Cunday, que habitan en las inmediaciones. Pero estos indios en estado semisalvaje, aman demasiado su libertad y no quieren lo bastante a los blancos para venir a aumentar la población de Mercadillo. Al | salir de esa aldehuela me encontré en las tierras de los indios de Cunday: en ellas no hay cultivos, apenas si de trecho en trecho se ven campos de caña y algunos bananos y frutales de las zonas cálidas. Las cabras y las vacas que pacen por esas tierras incultas pertenecen a los vecinos de Mercadillo; éstos, no menos despreocupados que los indios de Cunday, dejan que sus ganados destruyan la vainilla, de la que se ven muchas plantas.

No tuvimos que andar más que una hora para llegar al puente natural de Pandi. Está formado por una piedra que no mide más de 20 pies de ancho; habiéndome puesto sobre ella, dirigí la mirada por el corte que separa las dos montañas y que tiene una profundidad de 140 varas (unos 363 pies). Divisé en el fondo una corriente de agua que, vista desde donde me encontraba, me pareció un arroyo. Y sin embargo, a poca distancia de este lugar no se la puede atravesar mas que en piragua. De las piedras que al derrumbarse de las cimas de los montes se han detenido en esta quebrada prodigiosa, me llamó la atención menos la que forma el puente propiamente dicho que una roca enorme que está debajo y que, como la clave de una bóveda, está suspendida en el aire y parece que va a desplomarse cada instante.

Los habitantes del país consideran estos abismos espantosos como la boca del infierno en efecto, la permanente oscuridad que reina, las aves nocturnas cuyos graznidos retumban en los antros donde se cobijan durante el día, las aguas que corren por las profundidades del mismo; los líquenes, largas cabelleras que penden de los árboles y que en parte ocultan el misterio, el ruido ensordecedor de las aguas, las rocas que, al igual del puente de la mitología persa, sirven para atravesarle, y finalmente las tinieblas que rodean todas esas cosas espantables, representan con bastante exactitud el reino de la muerte. La ilusión es tanto mayor cuanto casi todos los seres vivos han huido de esos parajes: el hombre trasladó lejos de allí su vivienda y los animales se asustaron con los ruidos que de allí se escapan. Todo ello contribuye a que cuando se sale de esos bosques centenarios, que talvez los sacerdotes indios de la tribu feroz de los panches mancharon con sangre de sus víctimas humanas, se sienta úno aliviado al encontrarse de nuevo en un ambiente más despejado y con una Naturaleza menos sombría.

Regresé, pues, a Mercadillo no menos asombrado que cuando volví del Tequendama, a pesar de que la maravilla del puente de Pandi me pareció menos grandiosa. Esta obra nos prueba el poder de la Naturaleza: bastó para establecer un medio de comunicación con que echara a rodar unas cuantas rocas desde lo alto de las montañas.

A poco de aproximarnos a las cumbres de las montañas que dominan a Mercadillo, desde las que se divisan los llanos de Limones que se extienden hasta el Magdalena, atravesamos selvas vírgenes pobladas de osos, de jaguares y de pumas (león de América); a la caída de la noche llegamos a Fusagasugá. A medida que nos íbamos alejando del valle tórrido de Mercadillo encontrábamos una raza de hombres más hermosa y fuerte.

Al | día siguiente regresé a Bogotá. Hasta las seis anduvimos por entre maizales, campos de caña de azúcar cafetales y plantíos de chirimoyas (anonas); a las nueve estaba a la sombra de unos quinos y rodeado de nieblas; a las once, entre los brezos estériles que cubren la cima de las montañas y calado por una lluvia constante; a las tres, descendía los declives y pasaba por entre campos de cebada, todavía verdes, y por grandes praderas de excelentes pastos, que refrescan al atardecer las brisas bastante frías. Finalmente, después de haber pasado de las ricas laderas que bordean la meseta de Bogotá por el Sur, a unos terrenos inundados y áridos que se atraviesan merced a unos puentes de piedra, entramos en Bogotá a las doce de la noche.

 

 

1. Casi todos los vecinos de esta ciudad tienen bocio.
2. En las mediaciones se han descubierto huesos fósiles de elefantes.
3. Según Salazar, tien una altura de setenta y ocho toesas.
4. |Vista de las cordilleras.
5. Cabeza de Distrito que cuenta con unos 101 contribuyentes, que pagan 5.000 francos de contribución.

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