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CAPÍTULO
III
Brazos del
Magdalena - La Miel – Río Negro - Guarumo - El promontorio de
Garderia - Los escollos de Perico - Honda - Descripción del
Magdalena
Al salir de Nare nos dirigirnos hacia la orilla derecha del río;
luégo entramos en uno de sus brazos denominado El Tigre.
No tardarnos en ver algunas chozas. El cielo se iba cubriendo de
nubes precursoras de la tormenta; tratamos de encontrar un refugio
antes de que llegara la noche; las dos orillas del río estaban
cubiertas de arboledas espesas y frondosas; no había esperanza de
encontrar, antes de que el día terminara, una playa de arena; a la
derecha había una cabaña, su techumbre se distinguía entre las
malezas; dirigimos la piragua hacia aquel refugio; atada a unos
juncos había una canoa; mis bogas la quitaron de allí para poner
nuestra piragua. En cuanto esta estuvo al abrigo de aquella pequeña
abra, saltarnos todos a tierra, armados hasta los dientes; se diría
que nos lanzábamos al asalto. Subimos rápidamente por los escalones
irregulares que estaban cortados en el talud, y en seguida
alcanzamos la parte alta.
Nos encontramos con una especie de corral rodeado de bananos y
delante de nosotros un cobertizo sostenido por estacas; colgada por
encima de la cama, hecha de tiras de bambú, había una hamaca de
lona; aquí y allá se veían algunos calabazos; en un rincón había
unas brasas; colgados de unas cuerdas se veían trozos de carne
puestos a secar; por doquier se advertían las señales del espanto
que los dueños de la vivienda habían experimentado al vernos
llegar. La cabaña no tenía ni paredes, ni siquiera esteras con que
cerrarla; recorrimos toda aquella mísera vivienda, a la que daban
sombra unos árboles altísimos.
Nuestra presencia provocó los aullidos lastimeros de los perros
que guardaban aquel albergue; al oírlos, el dueño no pudo resistir
más, y saliendo de repente de uno de los matorrales más espesos que
rodeaban su vivienda, se presentó con un aire de inquietud que no
pasó inadvertido al patrón de nuestra embarcación, que se aprovechó
de él para conseguir que nos diera hospitalidad, la cual se
apresuró a otorgarnos; pero el patrón no se dio por satisfecho con
eso, y con tono arrogante preguntó a nuestro huésped:
- ¿No es usted godo? (español).
El interpelado lo negó con tánta tibieza, que aumentó la audacia
del marinero que desde aquel momento, a pesar de mis protestas, no
dejó de abrumarle con sus impertinencias.
La tormenta nos obligó a comer bajo el techo de nuestro huésped;
su recelo no se conformó con mandar al bosque a su familia para que
pasara la noche sino que le hizo pasarla en vela para observar
nuestros movimientos, y oponerse, en cuanto estuviera en su mano, a
las violencias de mis bogas. ¿Cuántas preocupaciones envenenarían
la existencia hasta entonces tranquila de ese hombre solitario!
¿Cómo habría éste de imaginarse, al esconderse en un brazo tan
apartado del Magdalena, que su techo, expuesto a cada momento a los
vientos y a las tormentas, recibiría la visita de hombres tan
temibles? Este acontecimiento le habrá obligado tal vez a llevar su
vivienda hasta el más apartado cubil de los jaguares, cuya
tranquilidad turbará él a su vez para asegurar la suya.
Con el día empezaron de nuevo nuestras fatigas. Hasta las cinco
no vimos nada de particular, pero a esa hora percibimos un olor muy
pronunciado a almizcle. Mis bogas lo atribuyeron a la proximidad de
alguna gran serpiente; ninguno de nosotros cayó en la tentación de
averiguar si el supuesto era cierto. De no haber sido por el temor
a tener algún encuentro desagradable, hubiéramos podido detenernos
en ese sitio: era una isla cuyo suelo, constantemente fertilizado
por las crecidas del río, parecía más feraz que los otros. Las
ceibas eran más frondosas y su porte más majestuoso; ya no se velan
guarumos, cuyos troncos, invadidos y comidos por las hormigas,
entorpecen la navegación; por el contrario, no había más que
espesas cortinas que, formadas por los bejucos y por el espeso
follaje de los árboles, parecían invitar al viajero a descansa;
bajo su abrigo, de los rigores del sol; también se velan árboles
sorprendentes que parecían podados en forma de abanicos o de
sombrillas, como los de los parques antiguos, y que, obra
caprichosa de la Naturaleza, parecían la del hombre. No fue, sin
embargo, en este lugar encantador, embalsamado de olor a almizcle,
donde mis bogas se detuvieron, sino en un banco de arena.
Hoy (11 de febrero) dejamos a nuestra derecha el río la Miel,
cuyas aguas claras y muy frías nos invitaron a llenar algunas
jarras para el resto del camino. Este dón me pareció mucho más
precioso después de haber bebido las aguas amarillentas y turbias
del Magdalena. Al caer la noche entrábamos en Buenavista.
Al día siguiente, muy de mañana, pasamos por delante de la
desembocadura del río Negro, que nace en las montañas de Zipaquirá;
luégo divisamos en la orilla derecha a Guarumo, en medio de un
bosque de cocoteros. Esta aldehuela está llamada a prosperar si,
como parece que hay el proyecto, se hace pasar por allí la
carretera de Bogotá al Magdalena. La Naturaleza se torna aquí más
adusta, los ramales de las cordilleras se estrechan, el río se
encajona más y su cauce se obstruye con las piedras que ruedan
desde lo alto de las montañas; la corriente es tan rauda, que
cuesta trabajo cortar su violencia. Estrangulado por las alturas
cubiertas de rocas, el Magdalena lanza impetuoso sus aguas por las
bocas estrechas que su raudal se ha abierto. Si la Naturaleza no
hubiese roto su violencia con los numerosos codos que forman los
ramales avanzados de las cordilleras, las piraguas no podrían
navegar por el angosto valle que recorre el río y que constituye el
desnivel que va de Chaguaní hasta Purificación.
La jornada del 13 nos ofreció pocas observaciones que anotar;
sin embargo, antes del anochecer me llamó la atención el aspecto
singular que ofrece el peón de Garderia. Éste, como todos los cabos
de las orillas del Magdalena, está cortado a pico, como un muro, y
está constituido por tres capas de arcilla; esas capas forman
ángulos de diversos colores muy vivos. Los caimanes, enemigos del
ruido y del tumulto de las aguas, se apartan de ordinario de la
parte alta del río; sin embargo, vimos algunos al pie del
promontorio de Garderia, donde las aguas tranquilas convienen a sus
gustos. En la cima de esa colina truncada se veían garzas, garzotas
y otras aves que siguen a esos saurios en sus cacerías. Pronto
perdimos de vista el peñón de Garderia y, con las sombras de la
noche, la serranía de Caparrapí.
Antes del medio día llegamos al Perico. Este escollo está
formado por rocas contra las que el agua se estrella con estruendo
y rebota como las del mar en los acantilados. No se pueden utilizar
las pértigas ni los remos. Un boga se echó al agua con una cuerda
para atarla a algún tronco de árbol y poder así detener la
embarcación. Esta maniobra fue mal ejecutada; la cuerda se rompió y
la piragua zozobró entre las rocas; los bogas que estaban conmigo a
bordo saltaron al agua y se pusieron a salvo a nado; una vez en
tierra me dieron voces diciéndome que la piragua estaba perdida y
que había que abandonarla. Como no sabía nadar, tuve que quedarme
en la canoa volcada; me así a ella. Parecía como si estuviese
amarrada a las rocas porque no había manera de moverla; me mantuve
así a flor de agua, que felizmente no era muy profunda; un poco más
allá me hubiera ahogado.
Todas mis esperanzas, el fruto de seis meses de trabajos y de
paciencia estaban en esa piragua. ¿Qué hubiera sido de mí si las
cosas que contenía se hubiesen perdido? ¿A quién hubiera acudido?
¿Dónde hubiera encontrado amparo, dado el estado en que me hubiera
presentado para pedirlo? No hay piedad para los naufragios en los
ríos; ésta se limita a sonreír ante el relato de los peligros que
se corren en ellos.
Aturdido por el rugir de las aguas, irritado por los gritos de
los bogas fugitivos, me dejé caer del todo al agua, que me llegaba
a la barbilla, y utilizando un remo, de que me así en el momento
del naufragio, a manera de palanca levanté la piragua. Los negros,
que me miraban, se quedaron sorprendidos de mi éxito y eso les hizo
volver a mi lado; me ayudaron y uniendo nuestros esfuerzos pusimos
a flote la piragua. Me subí en ella; mis bogas se fueron a nado a
la orilla, y con una cuerda fueron tirando de la piragua, guiándola
por entre las rocas.
En cuanto estuvimos a salvo en la orilla, vaciamos la piragua,
que estaba completamente llena de agua; todas mis ropas estaban
echadas a perder; perdí una infinidad de cosas. Encantado de haber
escapado a aquel peligro, no reparé demasiado en esas pérdidas. Eso
si, no pude por menos de echar en cara a los negros su cobardía y
el abandono en que me habían dejado; estaban tan avergonzados, que
no dijeron ni una palabra. El sol secó en seguida la embarcación y
nos pusimos de nuevo en camino. Antes de seguir navegando hice
tomar todas las precauciones del caso
|. Desde el accidente de
por la mañana había adquirido yo una autoridad tal sobre los bogas,
que me permitía dirigir todo lo que hubiese que hacer. Llegué,
pues, sin más contratiempo a Honda
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La ciudad está situada en un valle rodeado de montañas por todos
lados; el calor es abrasador. Para entrar en ella hay que pasar dos
puentes. El último de ellos está sobre el Gualí, torrente impetuoso
que desemboca en el Magdalena. Esos puentes, que son de madera,
están atrevidamente asentados sobre pedazos de rocas que les sirven
de estribo y que se derrumban con los temblores.
El que se sintió en Honda hace quince años ha dejado rastros
espantosos de sus estragos; muchas casas y hasta la iglesia están
destruidas. Sin embargo todavía quedan en pie algunos edificios
bastante buenos. Las calles están pavimentadas y tiradas a cordel.
Esta plaza es importante porque las embarcaciones que vienen de las
provincias del litoral se detienen en ella y desembarcan las
mercancías para su distribución por el interior. Se ha establecido
una aduana.
Pasé a la otra orilla del Magdalena, de donde arranca el camino
para la capital, encantado de poder por fin prescindir de mis
bogas. La casa del empleado de Aduanas me dio asilo, y me apresuré
a arreglar las cuentas con mis bateleros. Otra dificultad surgió:
no tenía mulas para seguir el viaje; las había en el corral del
aduanero, pero estaban contratadas para llevar tabaco por cuenta
del Gobierno. Por consejo de mi huésped ofrecí una recompensa a los
muleros y pronto se cerró el trato. Pude contar con sus mulas y
decidí utilizarlas desde el día siguiente.
El Magdalena nace en el páramo de Las Papas
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²
y durante todo su curso corre por
el mismo meridiano. El Cauca, cuyas fuentes están detrás de las del
Magdalena, ofrecería las mismas ventajas que éste para la
navegación si su lecho no se estrechase al aproximarse al sitio en
que se une al Magdalena, lo que hace peligroso su curso e
impracticable en muchos sitios.
La Naturaleza parece haber abierto el cauce del Magdalena en
medio de la cordillera de Colombia, como condujo las aguas del Nilo
a través de los arenales de Egipto, para establecer un canal de
comunicación entre las montañas y el mar. Pero éste no hubiera sido
más que un torrente impracticable para la navegación de no estar
cortado su curso, en algunos sitios, con rocas dispuestas para
romper su violencia. Sus aguas, cortadas de ese modo, corren
mansamente por las llanuras de las provincias de Santa Marta y de
Cartagena, que fertilizan, y cuya atmósfera sofocante refrescan con
su evaporación.
En el Magdalena se advierten tres temperaturas perfectamente
diferenciables: las brisas del mar soplan desde su desembocadura
hasta Mompós; desde esta ciudad hasta Morales ningún viento viene a
templar los ardores de la atmósfera, y el hombre sucumbiría bajo el
calor a no ser por los rocíos abundantes que caen durante las
noches; desde Morales hasta las fuentes del Magdalena, el viento
que sopla del Sur calma el calor del día y constituye la tercera
temperatura la de las brisas de tierra, que hacen que la navegación
por el Magdalena no suela ser mortal para los europeos. Si la vida
del hombre no corre peligro, en cambio no tiene un instante de
reposo; a lo largo de ese río una multitud de insectos le tienen
declarada una guerra implacable; en el borde del mar son los
mosquitos; más allá los jejenes le llenan de picaduras molestísimas
por el escozor que producen; si llega a una zona un poco más
fresca, entonces son los tábanos, moscas gordísimas, los que beben
su sangre. Si quiere bañarse, corre el riesgo de que se lo coman
los caimanes; si salta a tierra, tendrá que precaverse contra la
mordedura de las serpientes venenosas. No hay nada más espantoso
que un viaje por el Magdalena; ni siquiera la vista se recrea, pues
sus márgenes fértiles que deberían estar cubiertas de cacaotales,
de caña de azúcar, de cafetos, de algodoneros, de añil, de tabaco,
esas orillas que deberían ofrendar al viajero sediento todas las
frutas deliciosas del trópico, que deberían esmaltarse con tántas
flores hermosísimas, están, por el contrario, erizadas de malezas,
de bejucos, de espinas de entre las cuales emergen cocoteros y
palmeras.
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Desde este puerto a Bogotá hay 22 leguas.
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1º 58’ de lat. N. 78º 30’ de
long. Oeste.
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