INDICE





PRESENTACIÓN DE CARLOS JOSÉ REYES

PRÓLOGO

PREFACIO

PRIMERA PARTE

CAPÍTULO I
Salida de Francia - Las Azores - La costa de los Estados Unidos – Norfock - Washington - Calma chicha - Cartagena de Indias - Salida para Bogotá - Turbaco - Barranca - De Cartagena al Magdalena.

CAPÍTULO II
Salida de Barranca – El pueblo de Tenerife – Zambrano – La isla de San Pedro – Pinto – Santa Ana – Mompós - El gobernador de Mompós - Comercio de Mompós - Salida de Mompós - Margarita – Guamal - Peñón – Banco - La Sierra de Ocaña - Regidor - Río Viejo - M

CAPÍTULO III
Brazos del Magdalena - La Miel – Río Negro - Guarumo - El promontorio de Garderia - Los escollos de Perico - Honda - Descripción del Magdalena

CAPÍTULO IV
Camino de Honda a Bogotá - Río Seco - Venta Grande - La Montaña de Sargento - El valle de Guaduas - Villeta – Facatativa - Descripción del llano de Bogotá - El Salto de Tequendama – El puente natural de Pandi (Icononzo)

CAPÍTULO V
Viaje por la provincia de Socorro, situada al norte de Santafé de Bogotá.

CAPÍTULO VI
Estado del país desde 1498 hasta 1781 - Antiguos habitantes - Sus usos - Sus costumbres - Con quistas comerciales - Conquistas religiosas - Conquistas militares - Quesada - Debilitamiento de la población India - Los negros - Su estado y condición - Mezcla

CAPÍTULO VII
La revuelta del Socorro - Movimiento de 1794 - Virreyes españoles - Insurrección de Caracas en 1810 - Insurrección de Nueva Granada - El virrey Amar - Miranda – Bolívar – Monteverde - Conquista de Caracas - Bolívar pasa a Curaçao Sale de allí -

CAPÍTULO VIII
El virrey Sámano - Soldados españoles - Soldados americanos -  Bolívar entra en Santafé, pasa a Quito y luégo a Guayaquil -  Características de los principales generales.

CAPÍTULO IX
Nuevo gobierno - Constitución de Cúcuta - División del territorio en Departamentos -Renovación de los Cabildos - Leyes civiles – La justicia - El Congreso - El Poder Ejecutivo.

CAPÍTULO X
Regreso a Bogotá - Puente Real - Minas de cobre de Moniquirá - Chinquinquirá - Minas de sal de Zipaquirá.

CAPÍTULO XI
Fundación de Santafé de Bogotá - Clima - Casas – Interiores - La Catedral - Los conventos - El Hospital - Los colegios - El Palacio del Presidente - El Palacio de los Diputados - El Palacio del Senado - Las cárceles - La Casa de la Moneda y el Teatro

CAPÍTULO XII
Finanzas – Aguardiente – Papel sellado – Alcabala - Impuestos directos - Guerra - El ejército - Las piazas fuertes – Marina - Relaciones extranjeras.

SEGUNDA PARTE

CAPÍTULO I
Salida de Bogotá para Popayán – Guaduas – Chaguaní – San Juan - Regreso a Guaduas - Breve estancia en esta ciudad - Beltrán - Ambalema - San Luis - Chaparral – Natagaima - Payandé - Samboja - Villavieja - Neiva.

CAPÍTULO II
Tambo del Hobo - Paso de Los Domingarios - Puente de cuerdas - La Plata - Pedregal - San Francisco - Inzá - La Montaña del Guanaco - Totoró - Paniquita - Popayán - El volcán de Puracé.

CAPÍTULO III
Descripción de Quito - Camino de Quito a Cuenca.

CAPÍTULO IV
Salida de Popayán - La mina de Alegrías Quilichao - El Cauca – Jamundí – Cali - Salida de Cali - Las Juntas.

CAPÍTULO V
Navegación peligrosa por el Dagua - Buenaventura - Descripción de la provincia del Chocó - Salida de Buenaventura en una goleta peruana - Llegada a Panamá - Observaciones acerca del Gran Océano.

CAPÍTULO VI
Descripción de la ciudad de Panamá - Las mujeres de Colombia.

CAPÍTULO VII
Descripción física de la República de Colombia – Montañas – Clima – Atmósfera – Estaciones – Temperatura – Vientos – Lluvias - Influencia tropical – Cosechas – Bosques – Ríos - Quebradas - Minas - Salinas - Volcanes - Lagos – Mares – Mareas

CAPÍTULO VIII
Población - Habitantes de los páramos - Los de las montañas en que se produce trigo - Los dos llanos - Indios bravos - Esclavos negros - Religión.

CAPÍTULO IX
Carácter de los colombianos.

CAPÍTULO X
Agricultura - Industria - Reflexiones sobre el banano – Minas - Moneda – Salinas - Comercio – Exportaciones - Importaciones.

CAPÍTULO XI
Vías de Comunicación por tierra y por agua - Leyes comerciales.

CAPÍTULO XII
Salida de Panamá - Cruces - El río Chagres - La Gorgona - Chagres.

CAPÍTULO XIII
Llegada a jamaica - Salida para Europa - Las Lucayas - Falmouth – Llegada a Francia.

NOTAS Y ACLARACIONES
| CAPITULO II
 

 

Salida de Barranca – | El pueblo de Tenerife – | Zambrano – La isla de San Pedro – Pinto – Santa Ana – Mompós - El gobernador de Mompós - Comercio de Mompós - Salida de Mompós - Margarita – Guamal - Peñón – Banco - La Sierra de Ocaña - Regidor - Río Viejo - Morales - Badillo - Los habitantes del Magdalena - Bocas del Rosado - San Pablo - Punta de Barbacoa – Garrapata – Angostura - Nare.

 

Para ir a Bogotá hay que subir el río Magdalena; es una navegación muy penosa y muy larga, pues dura un mes; sin embargo, se prefiere esta vía al camino por tierra. Antes de embarcarme pedí consejo a mi huésped. En pocas palabras me lo dio, y me pintó con los colores más negros las penalidades que tendría que soportar.

Al ver los cinco marineros que debían tripular la piragua, comprendí que no había exagerado. Estaban completamente borrachos. Sus caras de salvajes tenían algo de siniestro, que provenía, según después me di cuenta, más del estado en que se hallaban que de su carácter. Merced a los buenos oficios del viejo peruano, pronto quedó contratado el viaje; a las cinco, mi equipaje estaba a bordo de la frágil piragua. Mis |bogas, así es como se llaman los bateleros del Magdalena, se despidieron de Barranca entonando unas letanías a la Virgen.

A cada golpe que daban mis bogas con el bichero para hacer avanzar la piragua, perdían el equilibrio y caían unos tras otros al agua. A las siete pasamos por delante de Barranca Vieja. A las ocho y media nos detuvimos en Hoyo-Garza.

Salimos de este lugar al día siguiente antes de rayar el alba. Cuando salió el sol divisamos con grandísima alegría a Buena Vista, nombre que no resulta impropio. La posición del pueblo es encantadora.

Navegábamos por entre las orillas verdeantes de un río tan ancho como el Senegal, que ofrecía con éste muchos puntos de similitud: la falta de cultivos en sus márgenes, la soledad de las selvas que las cubren, el calor que hace y los negros que se ven, a trechos muy largos, sentados delante de sus cabañas de caña rodeadas de campos de maíz, o arrastrando la corriente del río en unos troncos de árboles ahuecados, eran otros tantos detalles que me transportaban a África.

El negro del Magdalena, sin embargo, no tiene el valor viril, la intrepidez ni la fuerza muscular del negro del Senegal; tampoco tiene esa confianza ciega en su Dios que inspira al otro un pedazo de papel vendido por un sacerdote impostor. El negro africano, seguro de la eficacia de ese talismán, no teme ni al diente del cocodrilo ni al veneno de la serpiente; se lanza sin temor al agua o penetra en la maleza sin miedo alguno. El negro degenerado del Magdalena ve enemigos y peligros por todas partes y siempre se acuerda de los sitios donde pereció alguien por imprudencia.

- Aquí -me decían mis bogas- un hombre y su burro fueron mordidos por una serpiente; allí, un caimán devoró a un boga; más allí un jaguar despedazó a un niño.

Éstos son los terribles recuerdos que por doquier deja el Magdalena. Por el contrario el africano no relata de los ríos de su tierra natal más que las luchas de los hombres con los animales feroces y las victorias alcanzadas en combates sostenidos con valor fanático.

Para evitar las peligrosas corrientes de la otra orilla, seguimos la de Santa Marta | ¹ , a pesar del riesgo que podíamos correr de tropezamos con los partidarios de Morales. Después de pasar por delante de Tenerife, nos detuvimos en una playa arenosa que corresponde a la provincia de Cartagena. Estábamos a tres leguas de Tenerife. Habíamos recorrido 13 leguas en el día.

El trabajo de mis bogas se hizo penosísimo. El río, que se había estrechado mucho, llevaba una corriente violenta cuyos efectos no podían evitarse más que aproximándose a la orilla y agarrándose a las ramas de los árboles. En esta región soplan brisas del Norte que atemperan el mucho calor que hace, sobre texto durante una parte de la noche en que aquéllas cesan por completo. En cambio, desde las dos de la mañana hasta la salida del sol el frío era tan penetrante, que no me dejaba dormir. Desde el día anterior no éramos los únicos que navegábamos por el río. Los pescadores y los caimanes nos ofrecían a cada paso el espectáculo de la caza que dan a los peces.

A las dos de la tarde pasamos por delante de Zambrano; al llegar a la isla de San Pedro enfilamos el brazo del río que se abre a la derecha; la perspectiva que se ofrece a la vista es deliciosa. La isla de San Pedro está toda cubierta de árboles en cuyas frondosas ramas se cobijan miles de papagayos; los variados colores del plumaje de los guacamayos forman un contraste agradable con el verde oscuro de los árboles, y los gritos estridentes de esas aves rompen el silencio de esta parte del río que por aquí corre mansamente. El hombre encontraría en estos lugares solitarios un retiro donde la tierra fertilizada por las avenidas del río le recompensaría con creces sus esfuerzos. El sitio es además excelente para una empresa comercial porque está a una distancia conveniente entre Barranca y Mompós. Al salir de este remanso de paz, en el que sin duda algún día una colonia trabajadora reemplazará a las familias de aves que hoy lo habitan, nos encontramos con escollos y con unas corrientes muy fuertes. La corriente, cuyo peligro no pasamos sin grandes esfuerzos, la ocasiona un promontorio formado por rocas enormes, contra el cual se estrella la masa de aguas del Magdalena. Llegados por fin a aguas más tranquilas, navegamos hasta las diez de la noche. Como de costumbre, nos acogimos, para pasar la noche, a un banco de arena.

No estando acostumbrado todavía a la vida que tiene úno que llevar en el Magdalena, la proximidad de las serpientes, de los caimanes, las picaduras de los mosquitos y el frío glacial que hacía como consecuencia del rocío y de la humedad, me impidieron dormir toda la noche. Con el tiempo, y ya más acostumbrado a estas incomodidades, la necesidad imprescindible de descanso me las hizo afrontar victoriosamente.

Al ver las fatigas que soportan los bateleros del Magdalena, a pesar de la prisa que se tiene de llegar cuanto antes, úno se limita a quejarse en su fuero interno, sin enfadarse de las demoras que a cada paso alargan el viaje. Los bogas se detienen siempre que pueden; hoy se trataba de desenterrar huevos de tortuga; sus pesquisas fueron estériles; sólo trajeron de su expedición veinticuatro huevos de caimán que estrellaron en seguida; no bien hubieron terminado este holocausto, la buena suerte pareció sonreírles. Un pescador pasó a nuestro lado con su piragua cargada de pescados; se apeló a mi generosidad, de la que pude hacer alarde a poco costo, pues por dos reales compré doce peces muy grandes, con los que tuvimos para varias comidas.

A pesar de los peligros que nos habían dicho que podríamos correr costeando la orilla de la provincia de Santa Marta, seguimos por ésta. Nos detuvimos unos momentos en Pinto para comprar tabaco y cañas de azúcar, productos que en ese sitio abundan y son de muy buena calidad.

Mis bogas, ávidos siempre de los huevos de tortuga, creyeron que tendrían más suerte en un banco de arena que hay un poco más allí de Pinto. Pero también vieron fallidas sus esperanzas. Se volvieron a romper algunos huevos de caimán contra el costado de la piragua bajo la mirada de uno de esos saurios cuyo hocico se veía sobresalir del agua a algunas brazas de la orilla. No se alejó hasta que se terminó la destrucción de sus huevos. Dejamos a nuestra derecha la desembocadura del Cauca, y antes de que anocheciese dimos vista a Santa Ana.

Empezaba a amanecer cuando llegamos a Mompós. Con trabajo pude subir por los escombros del muelle que antes protegía la orilla y que el río se llevó en una grande extensión. Cuando llegué a la parte alta, mis acompañantes me hicieron atravesar una plaza regular y luego me llevaron a casa del gobernador. La carta de recomendación que llevaba me valió una acogida cortés de este funcionario y un alojamiento que acepte.

El gobernador no limitó a esto su amabilidad. Por la noche recorrimos a caballo toda la ciudad; se apresuró a enseñarme los preparativos de defensa que había hecho en caso de ataque de las tropas de Morales. Alabé, como era del caso, el arte con que había fortificado una ciudad abierta.

-Aquí -me dijó- había unas casas de madera y un bosque bastante espeso; todo ha desaparecido: lo he incendiado para poder divisar al enemigo más fácilmente. Estos fosos detendrán a su caballería; la mía, por el contrario, apoyada por mi infantería, hará en sus tropas una gran carnicería, en tanto que mis cañoneras abrirán un fuego terrible contra las suyas.

En vano buscaba yo con la vista todo cuanto me decía, ya que unos cuarenta hombres a caballo, completamente desnudos, a los que se daba el nombre de dragones, que estaban acampados debajo de un cobertizo, en pleno campo, y unos doscientos milicianos acuartelados en un antiguo convento de jesuitas, constituían todo su ejército; por último, cinco barcos, armado cada uno con un cañón, formaban su armada.

La ciudad, debido a su posición, no deja de ofrecer interés. Las calles son bastante anchas; en algunas hay aceras. Las casas, aunque de un solo piso, están regularmente construidas. Las rejas de las ventanas son de hierro, lo que da a las casas una apariencia menos triste que a las de Cartagena, que las tienen de madera. Están construidas de modo que se disfrute del mayor fresco posible, pero en cambio la forma de darles luz no es muy ingeniosa. En el interior tienen largas galerías bastante bajas con objeto de que el sol no penetre. Aunque en la actualidad el comercio de Mompós haya perdido mucho de la importancia que tuvo, no deja de ser activo. En efecto, recibe el tabaco de Ocaña, y el azúcar y las harinas de Pamplona y de Cúcuta. Antioquia le envía el oro; Santa Fe, los productos del Alto Magdalena. Mompós es realmente un punto de grande importancia comercial.

El calor es abrasador (25 | a 30º); por eso se pasan los vecinos las noches sentados a las puertas de sus casas para tomar el fresco y verse menos incomodados por las picaduras de los mosquitos. El cielo está constantemente nublado; pocas veces se disfruta de un día despejado. Las noches, por el contrario, son siempre resplandecientes y deliciosas y se experimenta una verdadera satisfacción en pasearse por las calles; en ellas se ven, lo mismo que en Norfolck, grupos de personas delante de las puertas de las casas. Por doquier se oyen risas y carcajadas, y en las conversaciones toman parte los transeúntes como la cosa más natural. Esta familiaridad lejos de originar molestias, agrada sobremanera, reinando la más franca cordialidad en esas reuniones. Así transcurre la vida de los momposinos: de día, echados en sus hamacas; por la noche, sentados a las puertas de sus casas. Nada turbaría la placidez de su existencia si no fuera por el |bocio que les desfigura de una manera horrible. Sin esta enfermedad, casi general en una edad determinada (de treinta a cuarenta años), tendrían una fisonomía agradable, aunque les falta esa expresión de vivacidad que tienen los cartageneros y la tez sonrosada de los bogotanos.

El género de vida del momposino difiere poco del que han adoptado los demás habitantes de las |tierras calientes | ² | de América del Sur. Todas las clases sociales tienen una marcada predilección por los licores fuertes | ³ , pero a pesar de esto el momposino no bebe más que agua en las comidas. Se come mucha carne de cerdo; la pasión por ese animal inmundo es tal, que muchas mujeres los crían y los llevan con ellas como si fueran pequeños perros.

Las demoras que experimenté con motivo de las fiestas con que se celebró la toma de Santa Marta a los españoles se terminaron por fin el día 27; pero ¿cuántas contrariedades hubo en el momento de partir! Había contratado seis marineros y no se presentaron más que cinco; uno de ellos, según me dijeron, había enfermado y se había gastado una parte del dinero que le anticipé a cuenta del salario. Mi piragua estaba calafateada con grasa de caimán, de modo que era materialmente imposible dormir en ella sin sentirse asfixiado por el olor infecto que despedía. Me dieron otra; ésta había que carenarla; en seguida estuvo reparada. No bien hubimos avanzado un poco por el río, la piragua empezó a hacer agua en forma tal que tuvimos que regresar a la orilla. Finalmente, gracias a la amabilidad de un vecino que me alquiló la suya, pude reanudar el viaje a medio día. No menciono estos contratiempos sino para dar una idea de los que en la América española pueden entorpecer el camino de un viajero.

Mis bogas se detenían a cada paso al pie de las casas que hay en la isla en que está Mompós. Esas casas, los campos de bananos, las embarcaciones ligeras que vuelven de la pesca o que llevan a la ciudad los productos del suelo, dan una animación tal a esta parte del río, que úno creería haber pasado de las espantosas soledades que entristecen el Magdalena a un río que atravesase una región rica en cultivos.

Por la noche nos detuvimos en Margarita, pueblecillo en el que debíamos tomar un boga para reemplazar al que enfermó; encontramos uno, joven y vigoroso, que era novato, pero me costó Dios y ayuda convencerle de que viniese conmigo, tal era la prevención que tenía contra los negros contratados en Mompós.

Al día siguiente pasamos por delante de Guamal, pueblecillo situado en la orilla de Santa Marta; al llegar la noche embarrancamos la piragua en un banco de arena, asilo en el que de ahora en adelante habría de pasar todas las noches.

Tuve discusiones molestísimas con mis bateleros: é |stos, disgustados por haber tenido que trabajar hasta la caída de la noche, trataron de abandonarme; logré convencerles a fuerza de amenazas y, sobre todo, de promesas. Ese estado de ánimo de que habían dado muestras no era nada tranquilizador, pues con frecuencia suelen abandonar al viajero cuando se les impone un trabajo demasiado duro, desertando en el primer lugar habitado, donde están seguros de encontrar amigos y protectores.

A las cinco de la mañana estábamos al pie de El Peñón; después de habernos detenido unos instantes en ese pueblo, llegamos a El Banco, y por la tarde avistamos la Sierra de Ocaña.

Por exceso de celo o tal vez por el insomnio que les producían las picaduras de los mosquitos, los bogas entonaron su himno a la Virgen y se pusieron en Camino a media noche; a las cinco pasábamos por delante de Regidor, y a las siete, dejando a la izquierda el brazo del Magdalena que lleva a Ocaña, entramos en el que conduce a Morales. En Río Viejo encontré que hacía mucho menos calor que en Mompós; el cielo, constantemente cubierto de vapores, tiene un colorido distinto del de los llanos. Ya estábamos bajo la influencia de la cordillera; me sorprendió ver cocoteros y buris (palmera de la que se saca una especie de vino) en una región casi templada, al borde de unas aguas dulces y tranquilas, en una tierra negra y profunda, cuando en otros países esa clase de árboles no se ve más que en las playas arenosas del mar.

Al día siguiente, a las ocho de la mañana, llegábamos a Morales, pueblo grande que está situado en la isla de su nombre; los cocoteros le dan sombra; en los campos de las inmediaciones se cosecha mucho vino de palma. Los blancos que residen allí han establecido unas posadas; éstas no son más que una especie de sotechado con "redes de zarzo de bambúes, para dejar pasar la luz y el aire; como muebles tienen unos bancos y unos cueros de buey extendidos sobre un marco de madera, a guisa de cama.

No me detuve en Morales más que el tiempo preciso para comprar provisiones; pronto avistamos las montañas donde se levanta Simití.

El 1o. de febrero llegamos a Badillo a las seis de la mañana; todos los días, de trecho en trecho, se veían chozas aisladas. Entre en algunas de ellas con objeto de estudiar los habitantes de las márgenes del Magdalena; estas gentes parecen concentrarse en la vida de familia y huír de todo trato social.

Pueblan estas orillas malsanas viejos bogas que, hartos de navegar por los dos, quieren sin duda dejar a sus hijos el fruto de sus penosos trabajos; esclavos manumitidos, desertores de todas las razas o, por mejor decir, de todos los colores. A pesar del aislamiento en que viven unos de otros, no han renunciado del todo al trato con el hombre. A veces los champanes y las piraguas atracan en las proximidades de sus chozas y les venden el excedente de sus cosechas; estalla cantidad de bananos que le dan a uno por una piastra (5 francos), que a pesar de una riqueza vegetal tan considerable como la de que esos hombres disponen, no tienen con qué comprarse ropas.

Todos ellos son, pues, muy pobres y desgraciados, porque de las diez plagas que azotaron a Egipto padecen cinco: la corrupción de las aguas, las úlceras, los reptiles, los moscones y la mortalidad infantil. En efecto, con mucha dificultad se logra criar a los niños. Sin embargo, si la Naturaleza ha envenenado la atmósfera que respira el ribereño del Magdalena y los placeres que saborea, si ha llenado de animales venenosos los lugares en que habite, en cambio ha desparramado por doquier plantas benéficas, cuyas virtudes conoce y que si no curan por completo los males que le afligen, por lo menos le ayudan a conllevarlos.

Las familias aisladas que pueblan las orillas del Magdalena se componen por lo general del padre, de la madre y de tres hijos; ancianos hay muy pocos. No suelen vivir mucho con las enfermedades que padecen, que, por lo demás, son comunes a todas las razas cruzadas de la zona tropical. Los árabes, los indios y los negros, cuando no se les somete a grandes trabajos, nunca están enfermos.

Las casas en que habitan los ribereños del Magdalena están hechas de juncos y de bambúes. Por lo general están enclavadas en medio de espesos bosques, donde el dueño se contenta con desbrozar un espacio muy reducido para plantar bananos | 4 caña de azúcar, cacaos, piñas, papayos, pimientos y unas cuantas flores para adornar la cabeza de las mujeres.

El bosque que rodea las casas no es un laberinto inextricable; hay una serie de senderos cuyas vueltas y revueltas conoce perfectamente el dueño. Por uno va a acosar en sus guaridas lejanas a los animales que antes andaban por el emplazamiento en que hoy se alza su casa; por otro se dirige a su maizal, siempre situado fuera del alcance de las inundaciones. En un sitio determinado suele cortar las vigas para levantar su cabaña, hacer su piragua, y, sin más ayuda que la de unos rodillos él solo, cuando ha terminado su trabajo, la lleva hasta el borde del río.

Una docena de gallinas constituye su corral; ¡feliz si puede aumentar esos huéspedes con una vaca o por lo menos con un cerdo! Pocas veces ve satisfecha esa ambición; de modo que no vive más que de plátanos, de peces y en ocasiones de caza. Dos o tres perros de caza y unos cuantos gatos devoran los restos de su mesa frugal. Esos ribereños suelen poseer un cilindro para hacer el guarapo (jarabe de azúcar fermentado); un telar para tejer esteras; redes, dardos y conchas de tortugas. Éstas, colocadas boca abajo, sirven de asientos, y, volviéndolas, de fuentes. El ribereño tiene también un hacha, un machete, unas calabazas, unas escudillas de barro, y se le tendrá por hombre previsor y ecónomo si tiene algunos trozos de carne ahumada y alguna cena llena de granos de maíz.

La vida que lleva el habitante de las orillas del Magdalena no es inactiva, ni mucho menos. Sólo él es quien tiene que atender a todo; ha de ser, a la vez, arquitecto, cazador, pescador y obrero hábil; unas veces tendrá que ir al bosque en persecución del jaguar que le ha matado un perro, para él inestimable; otras irá al río para atravesar con sus dardos un bagre o para echar sus redes; nunca está ocioso. Pero esto no es nada: cuando el río inunda sus campos, entonces, amarrando su piragua a un árbol, colocará en ella a su familia y llevándola por senderos por las que pocos días antes iba a cazar los ciervos y que están ahora convertidos en arroyos, la conducirá hasta su maizal, donde apresuradamente construirá una choza para protegerla de las lluvias torrenciales.

El hombre no siempre soporta solo las cargas de la familia; su mujer a veces las acompañe. Trabaja ésta en los campos, prepara la comida, y si le acompaña la pesca, es ella la que empuña la espadilla para dirigir la canoa. A veces el infortunio lleva el desaliento al alma de estos desventurados: unas veces es el padre el que sucumbe, víctima de largas dolencias; otras es un hijo que arrebatan las enfermedades de la infancia, o es la fiebre la que mata a la madre; y entonces a todos los trabajos y preocupaciones cotidianas habrá que añadir los de los funerales. El hombre no puede vivir solo, así; después de haberse entregado durante algunos meses al dolor de la viudez, se embarcará en su piragua, e irá, río abajo, a algún caserío, para ofrecer a una nueva esposa muchas fatigas, muchas privaciones, pero todo su corazón.

Desde hacia ya algunos días se divisaban por el Oeste las montañas y el número de caimanes iba disminuyendo, indicio éste de que la temperatura era menos ardiente; sin embargo, a medio día el calor seguía siendo sofocante; a esa hora nos deteníamos bajo los cenaderos naturales que forman por encima de las orillas del río las soberbias ceibas y una infinidad de otros árboles de follaje muy frondoso.

A pesar de que nuestra piragua fuese muy grande, pues media unas diez y seis varas de largo, cada vez que nos deteníamos tomábamos la precaución de halarla sobre la arena para poder descansar con más tranquilidad. Si la orilla izquierda hubiese estado más limpia de troncos de árboles, los platanales que la cubren nos hubiesen incitado a seguirla, pero hubiéramos estado expuestos a correr tántos riesgos que preferimos costear la margen derecha.

En aquellas aguas desiertas divisamos un champán; transportaba soldados que descendían por el río a los lúgubres acordes de una flauta indígena. Al dejar atrás a Badillo llegamos a los límites de la Provincia de Santa Marta con la de Cundinamarca: desde que entramos en el territorio de ésta se advirtió un cambio prodigioso en la vegetación: por todas partes se velan bananeras y cacaotales. Se experimenta una satisfacción indecible al encontrarse en presencia del trabajo del hombre en regiones que parecen destinadas a ser del patrimonio exclusivo de los animales salvajes.

A las cinco franqueamos las Bocas del Rosario. Con este nombre se designa un lugar del río extremadamente angosto, del que las aguas salen con violencia. A las ocho de la noche, cuando estuvimos instalados en nuestro banco de arena, me dije: "A esta hora son las doce de la noche en París; acaso todos mis compatriotas están también entregados al descanso; pero cansados por mil variadas diversiones, hartos de manjares exquisitos descansan en muelle lecho; tienen guardias que velan por su seguridad; el invierno y la industria les ponen al amparo de los mil insectos incómodos que a mi me están devorando; allí hiela, es cierto pero tienen calor, mientras que yo, a algunos grados del ecuador, me estoy muriendo de frío".

Tuvimos que luchar contra la corriente del río, que a medida que nos íbamos acercando a su parte alta se iba haciendo mas rápida; esta violencia de la corriente del Magdalena tiene también su causa en los promontorios que de tiempo en tiempo estrechan su curso. Esas tierras que se avanzan sobre su cauce llaman la atención por los colores brillantes de sus capas de tierra regularmente dispuestas. La jornada fue muy penosa, de modo que nos detuvimos en San Pablo, a pesar de que no fuesen mas que las cinco de la tarde.

Al caer la noche subí hasta el pueblo y fui a casa del alcalde. Un platanal, unos cuantos perros de caza, una mala escopeta y dos hamacas constituían toda su fortuna; un calzoncillo una camisa de lienzo y un sombrero de paja era todo su indumento; iba descalzo. Sin embargo, disfrutaba en su pueblo de todas las prerrogativas imaginables; en efecto, además de dirimir los litigios como nuestros jueces municipales, tenía a su cargo la reglamentación de las pesas y medidas. Nada hay más arbitrario, ya que las pesas están sustituidas por piedras cuyo valor es convencional, y que las balanzas están constituidas por unas totumas con frecuencia muy desiguales. Los alcaldes perciben también los impuestos y tienen a su cargo el reclutamiento.

A pesar de la necesidad que se experimenta durante esta espantosa navegación, de bañarse con frecuencia por el calor, por las picaduras de los mosquitos y por el número de hombres hacinados en tan reducido espacio, empezaba ya, sin embargo, a disfrutar menos con este ejercicio desde que nos alejamos de Morales. En efecto, tanto el aire como el agua eran extremadamente fríos, de modo que se experimentaba una impresión sumamente desagradable cada vez que uno se zambullía en el agua. No fue éste el único cambio que advertí al irnos acercando a la parte alta del río: el cielo estaba constantemente cubierto de nubes, hasta el punto de que la luna la veíamos pocas veces; las noches no eran ya las noches resplandecientes del trópico que irradian una claridad casi tan viva como la del día; al contrario, por la cima de las altas montañas que nos rodeaban se extendían espesos velos de vapores que nos las ocultaban. De modo que, a pesar del cielo de los bogas, navegábamos poco durante la noche; las nieblas, un poco antes del medio día, eran en algunos momentos tan espesas, que apenas sí se podían distinguir los objetos a una distancia de dos piraguas. Por otra parte, la temperatura más suave producía una vegetación más grata a los ojos de un europeo. En efecto, era más bonita y más variada; flores más brillantes tapizaban los bordes del río, y entre ellas el dondiego formaba guirnaldas de color púrpura rabioso; los árboles eran más fuertes pero menos altos; por estar sujetos al suelo por raíces profundas, se velan menos troncos caídos en el río que en la parte baja de éste, donde aquellos tinto dificultan la navegación. Sobre todo, admiré la punta elevada de Barbacoa; pero el recuerdo de los combates librados entre españoles e independientes le quitaba todo su encanto al recordar que las aguas puras y límpidas que bañan el pie fueron teñidas con sangre, y que en esas soledades de delicia los hombres no han entrado más que una vez y sólo se han encontrado en ellas para matarse | 5 .

A nuestra derecha vimos a San Bartolomé: de ese pueblo arranca un camino bastante malo que conduce a la provincia de Antioquia; pronto navegamos por las aguas sucias y negras que un arroyo próximo aporta como tributo al Magdalena, y cuyo olor a cieno denuncia su calidad malsana. Al | salir de esos parajes pestilentes tuvimos que doblar un promontorio llamado Remolino Grande las aguas corren con violencia peligrosa para las embarcaciones que no se protegen agarrándose de vez en cuando a las ramas de los árboles, a las raíces que hay en la orilla o resguardándose detrás de las rocas.

Salvamos todos esos escollos sin accidente, y antes de anochecer llegamos a Garrapata. Los habitantes de esta aldehuela tienen la reputación de ser muy patriotas. Invocando este título, mis bogas pretendieron establecer un sistema de ley agraria que no fue del agrado de los ciudadanos de Garrapata | y que obligó a éstos a estar ojo avizor durante toda la noche y a vigilar las idas y venidas de mis bateleros. En efecto, éstos, como consecuencia de su lógica política, querían que les dieran gratis gallinas, naranjas, bananos y hasta sal.

- Entre hermanos y amigos –decían- todo de ser común.

Este principio fue rechazado. Entonces cambiando de procedimiento, sin que yo supiese nada amenazaron a los vecinos de Garrapata con mi cólera, amenaza que para esos pobres infelices no era cosa vana, ya que me hicieron pasar a sus ojos por un oficial de la República. Mediante esta estratagema mis bogas obtuvieron muchas cosas.

Teníamos que atravesar la Angostura, paso que es sumamente peligroso. Lo primero que se hizo fue trenzar dos o tres cuerdas juntas, luégo se examinó la piragua, se calafatearon algunas partes que se habían resentido en las proximidades de Garrapata, y finalmente se cogieron lagunas pértigas nuevas. Cuando todas estas precauciones estuvieron tomadas, nos pusimos en camino. Al | poco rato llegamos al pie de la Angostura. Este peñasco es muy elevado, y como se adentra mucho en el cauce del río, le angosta extraordinariamente. Por fortuna había poca agua cuando le pasamos, de suerte que el peligro fue relativo. Sin embargo experimentamos alguna inquietud al vernos en medio de las rompientes: sólo se pueden utilizar las pértigas. Las orillas del río son tan escarpadas que no hay posibilidad de asirse a ellas. Cuando hay poca agua, los bateleros van, con mil trabajos y dificultades, a atar una cuerda a algún árbol, de modo que así ya no se corre el riesgo de ser arrastrados por la corriente. Antes había en Angostura personas encargadas de verificar los pasaportes de los viajeros y que además estaban provistas de todo lo necesario para socorrerlos en caso de que se produjera un accidente; hoy todo eso ha desaparecido.

El agua del río en Angostura es límpida, pero en cuanto se sale de ese paso vuelve a tomar un color amarillento y sucio. Poco más allí divisamos a Nare; en cuanto llegamos subí hasta el pueblo, que es uno de los más importantes del Magdalena. Como dista sólo cinco jornadas de Medellín se ha convertido en el puerto más frecuentado de la rica provincia de Antioquia. Los correos, los comerciantes y todos los viajeros tocan en él y le dan mucha animación. En una palabra Nare es el depósito de los cacaos del Magdalena con destino a las regiones de la Cordillera Occidental, que se truecan por el oro que se extrae en ésta. El río que lleva el nombre de Nare es una especie de canal bastante cómodo para el transporte de las mercancías hacia el interior de la región.

 

 

1 20 de enero.
2 |Tierras calientes. Con ese nombre se designan en América del Sur los llanos y las partes bajas de las montañas, en las que hace un calor sofocante
3 En el día hay diversas horas que se consagran a beber: las siete, las once, las dos, las cuatro, etc., etc., de modo que antes de la noche cada cual se ha bebido una botella de aguardiente.
4 El banano es la fruta predilecta de los americanos: verde, se cuece; madura, es azucarada, y asada resulta muy sabrosa.
5 7 de febrero.

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