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CAPITULO II
Salida de Barranca
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El
pueblo de Tenerife
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Zambrano La isla de San
Pedro Pinto Santa Ana Mompós - El gobernador
de Mompós - Comercio de Mompós - Salida de Mompós - Margarita
Guamal - Peñón Banco - La Sierra de Ocaña - Regidor -
Río Viejo - Morales - Badillo - Los habitantes del Magdalena -
Bocas del Rosado - San Pablo - Punta de Barbacoa Garrapata
Angostura - Nare.
Para ir a Bogotá hay que subir el río Magdalena; es una
navegación muy penosa y muy larga, pues dura un mes; sin embargo,
se prefiere esta vía al camino por tierra. Antes de embarcarme pedí
consejo a mi huésped. En pocas palabras me lo dio, y me pintó con
los colores más negros las penalidades que tendría que
soportar.
Al ver los cinco marineros que debían tripular la piragua,
comprendí que no había exagerado. Estaban completamente borrachos.
Sus caras de salvajes tenían algo de siniestro, que provenía, según
después me di cuenta, más del estado en que se hallaban que de su
carácter. Merced a los buenos oficios del viejo peruano, pronto
quedó contratado el viaje; a las cinco, mi equipaje estaba a bordo
de la frágil piragua. Mis
|bogas, así es como se llaman los
bateleros del Magdalena, se despidieron de Barranca entonando unas
letanías a la Virgen.
A cada golpe que daban mis bogas con el bichero para hacer
avanzar la piragua, perdían el equilibrio y caían unos tras otros
al agua. A las siete pasamos por delante de Barranca Vieja. A las
ocho y media nos detuvimos en Hoyo-Garza.
Salimos de este lugar al día siguiente antes de rayar el alba.
Cuando salió el sol divisamos con grandísima alegría a Buena Vista,
nombre que no resulta impropio. La posición del pueblo es
encantadora.
Navegábamos por entre las orillas verdeantes de un río tan ancho
como el Senegal, que ofrecía con éste muchos puntos de similitud:
la falta de cultivos en sus márgenes, la soledad de las selvas que
las cubren, el calor que hace y los negros que se ven, a trechos
muy largos, sentados delante de sus cabañas de caña rodeadas de
campos de maíz, o arrastrando la corriente del río en unos troncos
de árboles ahuecados, eran otros tantos detalles que me
transportaban a África.
El negro del Magdalena, sin embargo, no tiene el valor viril, la
intrepidez ni la fuerza muscular del negro del Senegal; tampoco
tiene esa confianza ciega en su Dios que inspira al otro un pedazo
de papel vendido por un sacerdote impostor. El negro africano,
seguro de la eficacia de ese talismán, no teme ni al diente del
cocodrilo ni al veneno de la serpiente; se lanza sin temor al agua
o penetra en la maleza sin miedo alguno. El negro degenerado del
Magdalena ve enemigos y peligros por todas partes y siempre se
acuerda de los sitios donde pereció alguien por imprudencia.
- Aquí -me decían mis bogas- un hombre y su burro fueron
mordidos por una serpiente; allí, un caimán devoró a un boga; más
allí un jaguar despedazó a un niño.
Éstos son los terribles recuerdos que por doquier deja el
Magdalena. Por el contrario el africano no relata de los ríos de su
tierra natal más que las luchas de los hombres con los animales
feroces y las victorias alcanzadas en combates sostenidos con valor
fanático.
Para evitar las peligrosas corrientes de la otra orilla,
seguimos la de Santa Marta
|
¹
, a pesar del riesgo que podíamos correr de
tropezamos con los partidarios de Morales. Después de pasar por
delante de Tenerife, nos detuvimos en una playa arenosa que
corresponde a la provincia de Cartagena. Estábamos a tres leguas de
Tenerife. Habíamos recorrido 13 leguas en el día.
El trabajo de mis bogas se hizo penosísimo. El río, que se había
estrechado mucho, llevaba una corriente violenta cuyos efectos no
podían evitarse más que aproximándose a la orilla y agarrándose a
las ramas de los árboles. En esta región soplan brisas del Norte
que atemperan el mucho calor que hace, sobre texto durante una
parte de la noche en que aquéllas cesan por completo. En cambio,
desde las dos de la mañana hasta la salida del sol el frío era tan
penetrante, que no me dejaba dormir. Desde el día anterior no
éramos los únicos que navegábamos por el río. Los pescadores y los
caimanes nos ofrecían a cada paso el espectáculo de la caza que dan
a los peces.
A las dos de la tarde pasamos por delante de Zambrano; al llegar
a la isla de San Pedro enfilamos el brazo del río que se abre a la
derecha; la perspectiva que se ofrece a la vista es deliciosa. La
isla de San Pedro está toda cubierta de árboles en cuyas frondosas
ramas se cobijan miles de papagayos; los variados colores del
plumaje de los guacamayos forman un contraste agradable con el
verde oscuro de los árboles, y los gritos estridentes de esas aves
rompen el silencio de esta parte del río que por aquí corre
mansamente. El hombre encontraría en estos lugares solitarios un
retiro donde la tierra fertilizada por las avenidas del río le
recompensaría con creces sus esfuerzos. El sitio es además
excelente para una empresa comercial porque está a una distancia
conveniente entre Barranca y Mompós. Al salir de este remanso de
paz, en el que sin duda algún día una colonia trabajadora
reemplazará a las familias de aves que hoy lo habitan, nos
encontramos con escollos y con unas corrientes muy fuertes. La
corriente, cuyo peligro no pasamos sin grandes esfuerzos, la
ocasiona un promontorio formado por rocas enormes, contra el cual
se estrella la masa de aguas del Magdalena. Llegados por fin a
aguas más tranquilas, navegamos hasta las diez de la noche. Como de
costumbre, nos acogimos, para pasar la noche, a un banco de
arena.
No estando acostumbrado todavía a la vida que tiene úno que
llevar en el Magdalena, la proximidad de las serpientes, de los
caimanes, las picaduras de los mosquitos y el frío glacial que
hacía como consecuencia del rocío y de la humedad, me impidieron
dormir toda la noche. Con el tiempo, y ya más acostumbrado a estas
incomodidades, la necesidad imprescindible de descanso me las hizo
afrontar victoriosamente.
Al ver las fatigas que soportan los bateleros del Magdalena, a
pesar de la prisa que se tiene de llegar cuanto antes, úno se
limita a quejarse en su fuero interno, sin enfadarse de las demoras
que a cada paso alargan el viaje. Los bogas se detienen siempre que
pueden; hoy se trataba de desenterrar huevos de tortuga; sus
pesquisas fueron estériles; sólo trajeron de su expedición
veinticuatro huevos de caimán que estrellaron en seguida; no bien
hubieron terminado este holocausto, la buena suerte pareció
sonreírles. Un pescador pasó a nuestro lado con su piragua cargada
de pescados; se apeló a mi generosidad, de la que pude hacer alarde
a poco costo, pues por dos reales compré doce peces muy grandes,
con los que tuvimos para varias comidas.
A pesar de los peligros que nos habían dicho que podríamos
correr costeando la orilla de la provincia de Santa Marta, seguimos
por ésta. Nos detuvimos unos momentos en Pinto para comprar tabaco
y cañas de azúcar, productos que en ese sitio abundan y son de muy
buena calidad.
Mis bogas, ávidos siempre de los huevos de tortuga, creyeron que
tendrían más suerte en un banco de arena que hay un poco más allí
de Pinto. Pero también vieron fallidas sus esperanzas. Se volvieron
a romper algunos huevos de caimán contra el costado de la piragua
bajo la mirada de uno de esos saurios cuyo hocico se veía
sobresalir del agua a algunas brazas de la orilla. No se alejó
hasta que se terminó la destrucción de sus huevos. Dejamos a
nuestra derecha la desembocadura del Cauca, y antes de que
anocheciese dimos vista a Santa Ana.
Empezaba a amanecer cuando llegamos a Mompós. Con trabajo pude
subir por los escombros del muelle que antes protegía la orilla y
que el río se llevó en una grande extensión. Cuando llegué a la
parte alta, mis acompañantes me hicieron atravesar una plaza
regular y luego me llevaron a casa del gobernador. La carta de
recomendación que llevaba me valió una acogida cortés de este
funcionario y un alojamiento que acepte.
El gobernador no limitó a esto su amabilidad. Por la noche
recorrimos a caballo toda la ciudad; se apresuró a enseñarme los
preparativos de defensa que había hecho en caso de ataque de las
tropas de Morales. Alabé, como era del caso, el arte con que había
fortificado una ciudad abierta.
-Aquí -me dijó- había unas casas de madera y un bosque bastante
espeso; todo ha desaparecido: lo he incendiado para poder divisar
al enemigo más fácilmente. Estos fosos detendrán a su caballería;
la mía, por el contrario, apoyada por mi infantería, hará en sus
tropas una gran carnicería, en tanto que mis cañoneras abrirán un
fuego terrible contra las suyas.
En vano buscaba yo con la vista todo cuanto me decía, ya que
unos cuarenta hombres a caballo, completamente desnudos, a los que
se daba el nombre de dragones, que estaban acampados debajo de un
cobertizo, en pleno campo, y unos doscientos milicianos
acuartelados en un antiguo convento de jesuitas, constituían todo
su ejército; por último, cinco barcos, armado cada uno con un
cañón, formaban su armada.
La ciudad, debido a su posición, no deja de ofrecer interés. Las
calles son bastante anchas; en algunas hay aceras. Las casas,
aunque de un solo piso, están regularmente construidas. Las rejas
de las ventanas son de hierro, lo que da a las casas una apariencia
menos triste que a las de Cartagena, que las tienen de madera.
Están construidas de modo que se disfrute del mayor fresco posible,
pero en cambio la forma de darles luz no es muy ingeniosa. En el
interior tienen largas galerías bastante bajas con objeto de que el
sol no penetre. Aunque en la actualidad el comercio de Mompós haya
perdido mucho de la importancia que tuvo, no deja de ser activo. En
efecto, recibe el tabaco de Ocaña, y el azúcar y las harinas de
Pamplona y de Cúcuta. Antioquia le envía el oro; Santa Fe, los
productos del Alto Magdalena. Mompós es realmente un punto de
grande importancia comercial.
El calor es abrasador (25
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a 30º); por eso se pasan los
vecinos las noches sentados a las puertas de sus casas para tomar
el fresco y verse menos incomodados por las picaduras de los
mosquitos. El cielo está constantemente nublado; pocas veces se
disfruta de un día despejado. Las noches, por el contrario, son
siempre resplandecientes y deliciosas y se experimenta una
verdadera satisfacción en pasearse por las calles; en ellas se ven,
lo mismo que en Norfolck, grupos de personas delante de las puertas
de las casas. Por doquier se oyen risas y carcajadas, y en las
conversaciones toman parte los transeúntes como la cosa más
natural. Esta familiaridad lejos de originar molestias, agrada
sobremanera, reinando la más franca cordialidad en esas reuniones.
Así transcurre la vida de los momposinos: de día, echados en sus
hamacas; por la noche, sentados a las puertas de sus casas. Nada
turbaría la placidez de su existencia si no fuera por el
|bocio que les desfigura de una manera horrible. Sin esta
enfermedad, casi general en una edad determinada (de treinta a
cuarenta años), tendrían una fisonomía agradable, aunque les falta
esa expresión de vivacidad que tienen los cartageneros y la tez
sonrosada de los bogotanos.
El género de vida del momposino difiere poco del que han
adoptado los demás habitantes de las
|tierras
calientes
|
²
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de América del Sur. Todas las clases
sociales tienen una marcada predilección por los licores
fuertes
|
³
, pero a pesar
de esto el momposino no bebe más que agua en las comidas. Se come
mucha carne de cerdo; la pasión por ese animal inmundo es tal, que
muchas mujeres los crían y los llevan con ellas como si fueran
pequeños perros.
Las demoras que experimenté con motivo de las fiestas con que se
celebró la toma de Santa Marta a los españoles se terminaron por
fin el día 27; pero ¿cuántas contrariedades hubo en el momento de
partir! Había contratado seis marineros y no se presentaron más que
cinco; uno de ellos, según me dijeron, había enfermado y se había
gastado una parte del dinero que le anticipé a cuenta del salario.
Mi piragua estaba calafateada con grasa de caimán, de modo que era
materialmente imposible dormir en ella sin sentirse asfixiado por
el olor infecto que despedía. Me dieron otra; ésta había que
carenarla; en seguida estuvo reparada. No bien hubimos avanzado un
poco por el río, la piragua empezó a hacer agua en forma tal que
tuvimos que regresar a la orilla. Finalmente, gracias a la
amabilidad de un vecino que me alquiló la suya, pude reanudar el
viaje a medio día. No menciono estos contratiempos sino para dar
una idea de los que en la América española pueden entorpecer el
camino de un viajero.
Mis bogas se detenían a cada paso al pie de las casas que hay en
la isla en que está Mompós. Esas casas, los campos de bananos, las
embarcaciones ligeras que vuelven de la pesca o que llevan a la
ciudad los productos del suelo, dan una animación tal a esta parte
del río, que úno creería haber pasado de las espantosas soledades
que entristecen el Magdalena a un río que atravesase una región
rica en cultivos.
Por la noche nos detuvimos en Margarita, pueblecillo en el que
debíamos tomar un boga para reemplazar al que enfermó; encontramos
uno, joven y vigoroso, que era novato, pero me costó Dios y ayuda
convencerle de que viniese conmigo, tal era la prevención que tenía
contra los negros contratados en Mompós.
Al día siguiente pasamos por delante de Guamal, pueblecillo
situado en la orilla de Santa Marta; al llegar la noche
embarrancamos la piragua en un banco de arena, asilo en el que de
ahora en adelante habría de pasar todas las noches.
Tuve discusiones molestísimas con mis bateleros: é
|stos,
disgustados por haber tenido que trabajar hasta la caída de la
noche, trataron de abandonarme; logré convencerles a fuerza de
amenazas y, sobre todo, de promesas. Ese estado de ánimo de que
habían dado muestras no era nada tranquilizador, pues con
frecuencia suelen abandonar al viajero cuando se les impone un
trabajo demasiado duro, desertando en el primer lugar habitado,
donde están seguros de encontrar amigos y protectores.
A las cinco de la mañana estábamos al pie de El Peñón; después
de habernos detenido unos instantes en ese pueblo, llegamos a El
Banco, y por la tarde avistamos la Sierra de Ocaña.
Por exceso de celo o tal vez por el insomnio que les producían
las picaduras de los mosquitos, los bogas entonaron su himno a la
Virgen y se pusieron en Camino a media noche; a las cinco pasábamos
por delante de Regidor, y a las siete, dejando a la izquierda el
brazo del Magdalena que lleva a Ocaña, entramos en el que conduce a
Morales. En Río Viejo encontré que hacía mucho menos calor que en
Mompós; el cielo, constantemente cubierto de vapores, tiene un
colorido distinto del de los llanos. Ya estábamos bajo la
influencia de la cordillera; me sorprendió ver cocoteros y buris
(palmera de la que se saca una especie de vino) en una región casi
templada, al borde de unas aguas dulces y tranquilas, en una tierra
negra y profunda, cuando en otros países esa clase de árboles no se
ve más que en las playas arenosas del mar.
Al día siguiente, a las ocho de la mañana, llegábamos a Morales,
pueblo grande que está situado en la isla de su nombre; los
cocoteros le dan sombra; en los campos de las inmediaciones se
cosecha mucho vino de palma. Los blancos que residen allí han
establecido unas posadas; éstas no son más que una especie de
sotechado con "redes de zarzo de bambúes, para dejar pasar
la luz y el aire; como muebles tienen unos bancos y unos cueros de
buey extendidos sobre un marco de madera, a guisa de cama.
No me detuve en Morales más que el tiempo preciso para comprar
provisiones; pronto avistamos las montañas donde se levanta
Simití.
El 1o. de febrero llegamos a Badillo a las seis de la mañana;
todos los días, de trecho en trecho, se veían chozas aisladas.
Entre en algunas de ellas con objeto de estudiar los habitantes de
las márgenes del Magdalena; estas gentes parecen concentrarse en la
vida de familia y huír de todo trato social.
Pueblan estas orillas malsanas viejos bogas que, hartos de
navegar por los dos, quieren sin duda dejar a sus hijos el fruto de
sus penosos trabajos; esclavos manumitidos, desertores de todas las
razas o, por mejor decir, de todos los colores. A pesar del
aislamiento en que viven unos de otros, no han renunciado del todo
al trato con el hombre. A veces los champanes y las piraguas
atracan en las proximidades de sus chozas y les venden el excedente
de sus cosechas; estalla cantidad de bananos que le dan a uno por
una piastra (5 francos), que a pesar de una riqueza vegetal tan
considerable como la de que esos hombres disponen, no tienen con
qué comprarse ropas.
Todos ellos son, pues, muy pobres y desgraciados, porque de las
diez plagas que azotaron a Egipto padecen cinco: la corrupción de
las aguas, las úlceras, los reptiles, los moscones y la mortalidad
infantil. En efecto, con mucha dificultad se logra criar a los
niños. Sin embargo, si la Naturaleza ha envenenado la atmósfera que
respira el ribereño del Magdalena y los placeres que saborea, si ha
llenado de animales venenosos los lugares en que habite, en cambio
ha desparramado por doquier plantas benéficas, cuyas virtudes
conoce y que si no curan por completo los males que le afligen, por
lo menos le ayudan a conllevarlos.
Las familias aisladas que pueblan las orillas del Magdalena se
componen por lo general del padre, de la madre y de tres hijos;
ancianos hay muy pocos. No suelen vivir mucho con las enfermedades
que padecen, que, por lo demás, son comunes a todas las razas
cruzadas de la zona tropical. Los árabes, los indios y los negros,
cuando no se les somete a grandes trabajos, nunca están
enfermos.
Las casas en que habitan los ribereños del Magdalena están
hechas de juncos y de bambúes. Por lo general están enclavadas en
medio de espesos bosques, donde el dueño se contenta con desbrozar
un espacio muy reducido para plantar bananos
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4
caña de azúcar, cacaos, piñas,
papayos, pimientos y unas cuantas flores para adornar la cabeza de
las mujeres.
El bosque que rodea las casas no es un laberinto inextricable;
hay una serie de senderos cuyas vueltas y revueltas conoce
perfectamente el dueño. Por uno va a acosar en sus guaridas lejanas
a los animales que antes andaban por el emplazamiento en que hoy se
alza su casa; por otro se dirige a su maizal, siempre situado fuera
del alcance de las inundaciones. En un sitio determinado suele
cortar las vigas para levantar su cabaña, hacer su piragua, y, sin
más ayuda que la de unos rodillos él solo, cuando ha terminado su
trabajo, la lleva hasta el borde del río.
Una docena de gallinas constituye su corral; ¡feliz si puede
aumentar esos huéspedes con una vaca o por lo menos con un cerdo!
Pocas veces ve satisfecha esa ambición; de modo que no vive más que
de plátanos, de peces y en ocasiones de caza. Dos o tres perros de
caza y unos cuantos gatos devoran los restos de su mesa frugal.
Esos ribereños suelen poseer un cilindro para hacer el guarapo
(jarabe de azúcar fermentado); un telar para tejer esteras; redes,
dardos y conchas de tortugas. Éstas, colocadas boca abajo, sirven
de asientos, y, volviéndolas, de fuentes. El ribereño tiene también
un hacha, un machete, unas calabazas, unas escudillas de barro, y
se le tendrá por hombre previsor y ecónomo si tiene algunos trozos
de carne ahumada y alguna cena llena de granos de maíz.
La vida que lleva el habitante de las orillas del Magdalena no
es inactiva, ni mucho menos. Sólo él es quien tiene que atender a
todo; ha de ser, a la vez, arquitecto, cazador, pescador y obrero
hábil; unas veces tendrá que ir al bosque en persecución del jaguar
que le ha matado un perro, para él inestimable; otras irá al río
para atravesar con sus dardos un bagre o para echar sus redes;
nunca está ocioso. Pero esto no es nada: cuando el río inunda sus
campos, entonces, amarrando su piragua a un árbol, colocará en ella
a su familia y llevándola por senderos por las que pocos días antes
iba a cazar los ciervos y que están ahora convertidos en arroyos,
la conducirá hasta su maizal, donde apresuradamente construirá una
choza para protegerla de las lluvias torrenciales.
El hombre no siempre soporta solo las cargas de la familia; su
mujer a veces las acompañe. Trabaja ésta en los campos, prepara la
comida, y si le acompaña la pesca, es ella la que empuña la
espadilla para dirigir la canoa. A veces el infortunio lleva el
desaliento al alma de estos desventurados: unas veces es el padre
el que sucumbe, víctima de largas dolencias; otras es un hijo que
arrebatan las enfermedades de la infancia, o es la fiebre la que
mata a la madre; y entonces a todos los trabajos y preocupaciones
cotidianas habrá que añadir los de los funerales. El hombre no
puede vivir solo, así; después de haberse entregado durante algunos
meses al dolor de la viudez, se embarcará en su piragua, e irá, río
abajo, a algún caserío, para ofrecer a una nueva esposa muchas
fatigas, muchas privaciones, pero todo su corazón.
Desde hacia ya algunos días se divisaban por el Oeste las
montañas y el número de caimanes iba disminuyendo, indicio éste de
que la temperatura era menos ardiente; sin embargo, a medio día el
calor seguía siendo sofocante; a esa hora nos deteníamos bajo los
cenaderos naturales que forman por encima de las orillas del río
las soberbias ceibas y una infinidad de otros árboles de follaje
muy frondoso.
A pesar de que nuestra piragua fuese muy grande, pues media unas
diez y seis varas de largo, cada vez que nos deteníamos tomábamos
la precaución de halarla sobre la arena para poder descansar con
más tranquilidad. Si la orilla izquierda hubiese estado más limpia
de troncos de árboles, los platanales que la cubren nos hubiesen
incitado a seguirla, pero hubiéramos estado expuestos a correr
tántos riesgos que preferimos costear la margen derecha.
En aquellas aguas desiertas divisamos un champán; transportaba
soldados que descendían por el río a los lúgubres acordes de una
flauta indígena. Al dejar atrás a Badillo llegamos a los límites de
la Provincia de Santa Marta con la de Cundinamarca: desde que
entramos en el territorio de ésta se advirtió un cambio prodigioso
en la vegetación: por todas partes se velan bananeras y cacaotales.
Se experimenta una satisfacción indecible al encontrarse en
presencia del trabajo del hombre en regiones que parecen destinadas
a ser del patrimonio exclusivo de los animales salvajes.
A las cinco franqueamos las Bocas del Rosario. Con este nombre
se designa un lugar del río extremadamente angosto, del que las
aguas salen con violencia. A las ocho de la noche, cuando estuvimos
instalados en nuestro banco de arena, me dije: "A esta
hora son las doce de la noche en París; acaso todos mis
compatriotas están también entregados al descanso; pero cansados
por mil variadas diversiones, hartos de manjares exquisitos
descansan en muelle lecho; tienen guardias que velan por su
seguridad; el invierno y la industria les ponen al amparo de los
mil insectos incómodos que a mi me están devorando; allí hiela, es
cierto pero tienen calor, mientras que yo, a algunos grados del
ecuador, me estoy muriendo de frío".
Tuvimos que luchar contra la corriente del río, que a medida que
nos íbamos acercando a su parte alta se iba haciendo mas rápida;
esta violencia de la corriente del Magdalena tiene también su causa
en los promontorios que de tiempo en tiempo estrechan su curso.
Esas tierras que se avanzan sobre su cauce llaman la atención por
los colores brillantes de sus capas de tierra regularmente
dispuestas. La jornada fue muy penosa, de modo que nos detuvimos en
San Pablo, a pesar de que no fuesen mas que las cinco de la
tarde.
Al caer la noche subí hasta el pueblo y fui a casa del alcalde.
Un platanal, unos cuantos perros de caza, una mala escopeta y dos
hamacas constituían toda su fortuna; un calzoncillo una camisa de
lienzo y un sombrero de paja era todo su indumento; iba descalzo.
Sin embargo, disfrutaba en su pueblo de todas las prerrogativas
imaginables; en efecto, además de dirimir los litigios como
nuestros jueces municipales, tenía a su cargo la reglamentación de
las pesas y medidas. Nada hay más arbitrario, ya que las pesas
están sustituidas por piedras cuyo valor es convencional, y que las
balanzas están constituidas por unas totumas con frecuencia muy
desiguales. Los alcaldes perciben también los impuestos y tienen a
su cargo el reclutamiento.
A pesar de la necesidad que se experimenta durante esta
espantosa navegación, de bañarse con frecuencia por el calor, por
las picaduras de los mosquitos y por el número de hombres hacinados
en tan reducido espacio, empezaba ya, sin embargo, a disfrutar
menos con este ejercicio desde que nos alejamos de Morales. En
efecto, tanto el aire como el agua eran extremadamente fríos, de
modo que se experimentaba una impresión sumamente desagradable cada
vez que uno se zambullía en el agua. No fue éste el único cambio
que advertí al irnos acercando a la parte alta del río: el cielo
estaba constantemente cubierto de nubes, hasta el punto de que la
luna la veíamos pocas veces; las noches no eran ya las noches
resplandecientes del trópico que irradian una claridad casi tan
viva como la del día; al contrario, por la cima de las altas
montañas que nos rodeaban se extendían espesos velos de vapores que
nos las ocultaban. De modo que, a pesar del cielo de los bogas,
navegábamos poco durante la noche; las nieblas, un poco antes del
medio día, eran en algunos momentos tan espesas, que apenas sí se
podían distinguir los objetos a una distancia de dos piraguas. Por
otra parte, la temperatura más suave producía una vegetación más
grata a los ojos de un europeo. En efecto, era más bonita y más
variada; flores más brillantes tapizaban los bordes del río, y
entre ellas el dondiego formaba guirnaldas de color púrpura
rabioso; los árboles eran más fuertes pero menos altos; por estar
sujetos al suelo por raíces profundas, se velan menos troncos
caídos en el río que en la parte baja de éste, donde aquellos tinto
dificultan la navegación. Sobre todo, admiré la punta elevada de
Barbacoa; pero el recuerdo de los combates librados entre españoles
e independientes le quitaba todo su encanto al recordar que las
aguas puras y límpidas que bañan el pie fueron teñidas con sangre,
y que en esas soledades de delicia los hombres no han entrado más
que una vez y sólo se han encontrado en ellas para matarse
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5
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A nuestra derecha vimos a San Bartolomé: de ese pueblo arranca
un camino bastante malo que conduce a la provincia de Antioquia;
pronto navegamos por las aguas sucias y negras que un arroyo
próximo aporta como tributo al Magdalena, y cuyo olor a cieno
denuncia su calidad malsana. Al
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salir de esos parajes
pestilentes tuvimos que doblar un promontorio llamado Remolino
Grande las aguas corren con violencia peligrosa para las
embarcaciones que no se protegen agarrándose de vez en cuando a las
ramas de los árboles, a las raíces que hay en la orilla o
resguardándose detrás de las rocas.
Salvamos todos esos escollos sin accidente, y antes de anochecer
llegamos a Garrapata. Los habitantes de esta aldehuela tienen la
reputación de ser muy patriotas. Invocando este título, mis bogas
pretendieron establecer un sistema de ley agraria que no fue del
agrado de los ciudadanos de Garrapata
|
y que obligó a éstos a
estar ojo avizor durante toda la noche y a vigilar las idas y
venidas de mis bateleros. En efecto, éstos, como consecuencia de su
lógica política, querían que les dieran gratis gallinas, naranjas,
bananos y hasta sal.
- Entre hermanos y amigos decían- todo de ser común.
Este principio fue rechazado. Entonces cambiando de
procedimiento, sin que yo supiese nada amenazaron a los vecinos de
Garrapata con mi cólera, amenaza que para esos pobres infelices no
era cosa vana, ya que me hicieron pasar a sus ojos por un oficial
de la República. Mediante esta estratagema mis bogas obtuvieron
muchas cosas.
Teníamos que atravesar la Angostura, paso que es sumamente
peligroso. Lo primero que se hizo fue trenzar dos o tres cuerdas
juntas, luégo se examinó la piragua, se calafatearon algunas partes
que se habían resentido en las proximidades de Garrapata, y
finalmente se cogieron lagunas pértigas nuevas. Cuando todas estas
precauciones estuvieron tomadas, nos pusimos en camino. Al
|
poco rato llegamos al pie de la Angostura. Este peñasco es
muy elevado, y como se adentra mucho en el cauce del río, le
angosta extraordinariamente. Por fortuna había poca agua cuando le
pasamos, de suerte que el peligro fue relativo. Sin embargo
experimentamos alguna inquietud al vernos en medio de las
rompientes: sólo se pueden utilizar las pértigas. Las orillas del
río son tan escarpadas que no hay posibilidad de asirse a ellas.
Cuando hay poca agua, los bateleros van, con mil trabajos y
dificultades, a atar una cuerda a algún árbol, de modo que así ya
no se corre el riesgo de ser arrastrados por la corriente. Antes
había en Angostura personas encargadas de verificar los pasaportes
de los viajeros y que además estaban provistas de todo lo necesario
para socorrerlos en caso de que se produjera un accidente; hoy todo
eso ha desaparecido.
El agua del río en Angostura es límpida, pero en cuanto se sale
de ese paso vuelve a tomar un color amarillento y sucio. Poco más
allí divisamos a Nare; en cuanto llegamos subí hasta el pueblo, que
es uno de los más importantes del Magdalena. Como dista sólo cinco
jornadas de Medellín se ha convertido en el puerto más frecuentado
de la rica provincia de Antioquia. Los correos, los comerciantes y
todos los viajeros tocan en él y le dan mucha animación. En una
palabra Nare es el depósito de los cacaos del Magdalena con destino
a las regiones de la Cordillera Occidental, que se truecan por el
oro que se extrae en ésta. El río que lleva el nombre de Nare es
una especie de canal bastante cómodo para el transporte de las
mercancías hacia el interior de la región.
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1
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20 de enero.
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2
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|Tierras calientes. Con ese nombre se designan en América
del Sur los llanos y las partes bajas de las montañas, en las que
hace un calor sofocante
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3
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En el día hay diversas horas que se consagran a beber: las
siete, las once, las dos, las cuatro, etc., etc., de modo que antes
de la noche cada cual se ha bebido una botella de aguardiente.
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4
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El banano es la fruta predilecta de los americanos: verde, se
cuece; madura, es azucarada, y asada resulta muy sabrosa.
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5
|
7 de febrero.
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