|CAPÍTULO I
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Salida de Francia - Las Azores - La
costa de los Estados Unidos – Norfock - Washington - Calma
chicha - Cartagena de Indias - Salida para Bogotá - Turbaco -
Barranca - De Cartagena al Magdalena.
La lucha sangrienta que sostenía la América española, la
revolución que en ella se había realizado y que abrió los puertos
de ese continente, durante tanto tiempo cerrados a los extranjeros
fueron otros tantos motivos que contribuyeron a excitar mi
curiosidad; ardía en deseos de satisfacerla; se presentó una
ocasión, y la aproveché: se iba a enviar un buque de guerra al
Caribe para proteger nuestro comercio; solicité el favor de
embarcarme en él y se accedió a mi demanda.
No tardé mucho en hacer mis preparativos. En cuanto llegué al
puerto de embarque, me enteré de que el buque en el que había
tomado pasaje debía tocar en los Estados Unidos, rodeo que lejos de
contrariarme me encantó, ya que me brindaba la ocasión de conocer
ambas Américas.
Después de algunas demoras imprevistas, el buque se hizo a la
mar en el curso del mes de agosto de 1822. El 1o. de septiembre
avistamos las Azores; pasamos por delante de San Miguel; al día
siguiente muy de mañana divisamos La Tercera, San Jorge y Pico. En
esos parajes sólo nos encontramos con un ballenero
norteamericano.
La travesía fue feliz, y nada hubiera venido a contrariaría a no
haber sido por la niebla que reina en las proximidades de la costa
de los Estados Unidos y que impidió a nuestros marinos hacer
observaciones exactas y propias para disipar la incertidumbre en
que se hallaban en cuanto a nuestra situación. Por fin, el día 26,
a las 6 de la tarde, un piloto norteamericano nos tranquilizó al
decirnos que no estábamos lejos de tierra; en efecto, al día
siguiente vimos las costas arenosas de Virginia, cubiertas de
bosques de pinos. A la una de la tarde anclamos a poca distancia
del fuerte Hampton, al que se ha dado el nombre del Presidente
Monroe.
Mientras vino una embarcación para llevarme a Norfolck que está
a unas cuatro leguas al sureste de Hampton, tuve tiempo sobrado de
contemplar el espectáculo nuevo que se ofrecía a mi vista. Observé
principalmente con el mayor interés el fuerte que se está
construyendo en medio de la rada; está destinado a defender la
entrada del Chesapeak, por el que en 1814 los ingleses llegaron
hasta Washington. Ese fuerte va a ser artillado con 300
cañones.
Hasta el día 28 por la noche no pude conseguir una embarcación
para ir a Norfolck, y fue uno de esos barcos pilotos, tan ligeros y
al mismo tiempo tan peligrosos, que el timonel tiene que meterse en
una especie de agujero sumamente estrecho para que no se lo lleven
las olas que barren la cubierta como tuvimos que navegar de bolina
no llegamos a la ciudad hasta la media noche.
El emplazamiento de Norfolck es verdaderamente privilegiado para
el comercio por lo cerca que está de la bahía de Chesapeak, en la
que desembocan tántos ríos. Las calles de Norfolck lo mismo que las
de todas las ciudades de construcción inglesa, son anchas y tienen
aceras. Las casas son de ladrillo. Lo variado de los edificios y la
limpieza que reina en sus interiores dan a Norfolck un aspecto
alegre y agradable.
La vista de los prados que rodean todas las casas y la de los
árboles que dan sombra a sus tejados le harían a úno creerse en
pleno campo, si no fuese porque el constante ir y venir en todas
direcciones de una multitud de carros, y la actividad que reina en
el puerto, que surcan mil barcas, indican que Norfolck es una
ciudad muy comercial.
El 30 de septiembre salí de esta ciudad para ir a Washington;
navegamos por el curso del Chesapeak hasta la medía noche, hora a
la que entramos en el río Potomac.
Al
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rayar el alba navegábamos por entre las orillas del
Estado de Maryland y las del de Virginia. Hacía bastante calor; se
veían pocos cultivos; las tierras todavía estaban vírgenes; a pesar
del bajo precio a que el Gobierno las vende, 50 francos el acre, el
sistema de esclavitud que se mantiene en esos Estados aleja de
ellos a los colonos que prefieren trasponer los Alleghanys y
establecerse en el oeste, donde encuentran terrenos a 5 francos el
acre.
A la una se distinguía ya Mont-Vernon, casa que habitó
Washington; su arquitectura es sencilla, pero ¡cuántos recuerdos
llenos de interés evoca!
Habíamos dejado a nuestra derecha la desembocadura del
Piscataway, en cuyas proximidades han levantado un fuerte para
defender la capital, llegado el momento, de las teas de los
ingleses. Cuando le perdíamos de vista divisamos a Alejandría,
ciudad próspera en la época de la guerra, pero que hoy está en
plena decadencia; sus calles, todas rectas, están trazadas en
sentido perpendicular al río, lo que le da un aspecto singular,
pues por un lado está flanqueada por un bosque de pinos, y por el
otro por un bosque de mástiles. Desde Alejandría vimos el puente de
madera de Washington, que tiene una milla de largo, luégo nos
señalaron a la propia ciudad de Washington, rodeada de tierras
labrantías que casi ocupan toda la extensión asignada a su
recinto.
Washington es una ciudad prodigiosamente grande, teniendo en
cuenta el plano en que se la ha trazado; pero en realidad no es más
que una inmensa soledad, triste en extremo, en la que úno por
fuerza tiene que aburrirse fuéra de la época en que el congreso
celebra sus sesiones, única en la que hay gente, y el pequeño
número de casas que hay diseminadas por el campo se llena de
forasteros cuya presencia da alguna animación a la ciudad. Cuando
yo estuve, había poca gente, de modo que me pareció haberla
conocido completamente el mismo día de mi llegada. No repetiré la
descripción de sus monumentos, que se encuentra en todas las
relaciones de viajes a los Estados Unidos. Al día siguiente me
embarqué por el Potomac para regresar a Norfolck. Tardamos
veinticuatro horas en recorrer las sesenta leguas que hay entre las
dos ciudades.
Nuestro buque tenía que abastecerse en Norfolck. Pocos días
fueron suficientes para el aprovisionamiento. El 13 de octubre nos
hicimos a la mar; el viento, al principio favorable, nos permitió
salir de la rada y doblar el cabo Henri, pero en seguida se tornó
contrario y nos obligó a fondear frente a esa punta. Este
contratiempo no duró mucho; al día siguiente izamos de nuevo las
velas, y antes de la puesta del sol perdíamos de vista las costas
de la América Septentrional.
Al llegar a un país que no se conoce, todo el mundo se comunica
entre sí las noticias que sobre el mismo ha recogido en las
narraciones de los viajeros, y se escuchan con interés los relatos
de las personas que ya han estado en él. Al abandonarle, los que
antes, por ignorancia, habían prestado una atención religiosa en
calidad de meros oyentes a los relatos de las personas que les
precedieron, se apresuran a hacer gala de sus nuevos conocimientos
y se entregan, con maligna satisfacción, al placer de refutar las
mismas opiniones que antes hicieron suyas y que eran fruto de
maduras observaciones. Eso mismo hicimos nosotros: nos apresuramos
a comunicamos los unos a los otros nuestras observaciones y a
comentarlas; nos extrañaron algunas instituciones que parecían
estar en contradicción notoria con los principios que habían
servido de base a la organización social de los Estados Unidos. El
látigo con que se castiga a los negros silbaba todavía en nuestros
oídos
|
¹
; los prejuicios
de que son objeto las gentes de color nos llenaban de indignación:
las costumbres nos parecieron un poco licenciosas, y debían serlo
para merecer la censura de los marínos, que naturalmente son poco
rígidos en esas materias. La policía, sobre todo, no fue objeto de
aplauso, pues si es cierto que no molesta a los extranjeros, en
cambio no les protege debidamente contra las exacciones de los
comerciantes o la infidelidad de los criados. Sobre todo se criticó
severamente la despreocupación de los norteamericanos en lo tocante
a la adopción de medidas sanitarias contra la fiebre amarilla,
incuria que hace que las ciudades del litoral estén expuestas a
epidemias todos los años. En cambio no se escatimaron los elogios a
la actividad de su comercio y a la disciplina de su marina, a la
rapidez con que hacen suyos todos los inventos, y en especial el de
las máquinas de vapor, que se han convertido para ellos, lo mismo
que para todos los países que las utilizan, en un medio poderoso e
incalculable de riqueza y de potencialidad. En algunos individuos,
y especialmente en los militares, se creyó advertir ciertas
tendencias aristocráticas; algunas instituciones modernas, como la
creación de una academia militar en Nueva York, indican que el
Gobierno, lejos de contrarrestarlas, las estimula. Finalmente se
vislumbró una causa poderosa de separación que se origina en que
esa población negra es muy numerosa en los Estados del Sur, en
tanto que en los del Norte es sumamente reducida, razón por la cual
éstos se oponen a las prácticas y sistemas de los otros. En general
se fue imparcial al emitir juicios sobre los países que no se
conocían se estuvo de acuerdo en que las costumbres de Virginia
podían no ser las mismas que las de Pensylvania, y en que el
régimen de esclavitud daba a los Estados del Sur una fisonomía tan
característica, que a duras penas permite apreciar en ellos los
rasgos del carácter inglés, es decir, esa actividad creadora que
hace milagros en tántos sitios.
Las ciudades nos parecieren tristes el campo monótono debido a
los bosques de pinos que le cubren, y las carreteras medianas,
porque para afirmadas se emplean troncos de árboles, como en Rusia.
El clima de Norfolck nos pareció caluroso en extremo, y el de
Washington frío y húmedo en demasía. En general, las casas nos
gustaron por la limpieza y la sencillez que impera, y no pudimos
menos de apreciar en los habitantes un gran fondo de amabilidad y
de hospitalidad; se convino en que esas cualidades eran más
evidentes en las mujeres, y que los hombres en general habían
conservado la taciturnidad inglesa.
El mar estaba tan tranquilo, el viento era tan favorable, que se
navegaban muchas millas por día. La alegría que nos daba la idea de
que pronto llegaríamos a los mares equinocciales contribuía mucho a
dar animación a nuestras conversaciones. Los vientos vinieron de
repente a malograr nuestras esperanzas, trocando las que teníamos
de hacer una rápida travesía en la aburrida perspectiva de un viaje
pesado. La calma chicha nos sorprendió en las proximidades de las
Bermudas. En vano buscamos distracciones en la superficie inmóvil
del mar; en vano, con las miradas fijas en el horizonte, tratábamos
de descubrir algún movimiento en la masa líquida; nada se agitaba.
Por fin se divisaron algunos peces, y al placer de darles caza se
unió la esperanza de que serían los precursores del viento.
Su aparición no fue indicio falaz; el 24 de octubre una brisa
del Sur-suroeste nos sacó de nuestra enfadosa situación y nos llevó
hasta el 31º de latitud y el 64º
|
de longitud. Pero no
pasamos el trópico hasta el 3 de noviembre. El 8 divisamos a Puerto
Rico; estábamos a 14º 52’ de latitud y al día siguiente
navegábamos a la vista de las islas de Zaché, de Mona y del
Monilla. Esas rocas aisladas, cubiertas de malezas y de
correhuelas, parecen inabordables; antes de anochecer las perdimos
de vista; acabábamos de entrar en el mar de las Antillas. Dos días
después divisamos tierra; se echó la sonda y se encontró fondo a 45
brazas. Al llegar a los 11º 18' de latitud, nos encontramos con la
flotilla de Colombia que iba a bloquear a Maracaibo, que había
caído en manos del general español Morales.
El capitán, desde que nos aproximamos a tierra, no dejó de estar
inquieto. Los bajos que la sonda le revelaba por todas partes, la
variación de las corrientes, las tormentas que estallaban todos los
días y las costas inhóspitas que nos rodeaban justificaban sus
temores; éstos disminuyeron el día 15 al divisar la punta de Galera
Zamba, promontorio constituido por diez montecillos desiguales. Por
fin, el día 17 se avistó el Cerro de la Popa; al pie de esa
eminencia se alza Cartagena. En seguida se hicieron señales para
que se nos enviara un práctico, pero el día se extinguió sin que
nadie viniera a bordo; no hubo más remedio que fondear: estábamos
frente a Punta Canoa. Al día siguiente levamos anclas muy temprano
y nos dirigimos hacia el puerto; pronto dejamos atrás a Boca
Grande, canal que los españoles cegaron, hundiendo barcos viejos,
para defender mejor las proximidades de Cartagena. Poco después
enfilábamos el paso de Bocachica, flanqueado por dos fuertes
bastante poderosos. Un oficial, despachado por el comandante de uno
de los fuertes, subió a bordo, se largaron todas las velas y a las
cinco de la tarde entramos en el soberbio puerto de Cartagena.
No tardó mucho el buque en hacerse de nuevo a la mar, y tuve el
sentimiento de separarme de las personas cuya amable compañía había
mitigado el fastidio de la travesía. La esperanza de adentrarme
cuanto antes por la cordillera, al reavivar mis aficiones por los
viajes por tierra, me determinó a no continuar el viaje por mar; me
quedé, pues, en Cartagena.
Al llegar a esta ciudad tuve que precaverme de todas esas
prevenciones favorables que siempre se experimentan al desembarcar;
todo lo encuentra úno hermoso, la vegetación más insignificante le
parece a úno un
|parterre; una casucha se le antoja a úno un
palacio; cualquier lugar parece un paraíso. La impresión que me
produjo Cartagena fue muy distinta, y la comparación que tuve que
hacer con Norfolck no fue nada favorable para la ciudad de América
del Sur. En efecto, Cartagena presenta el aspecto lúgubre de un
claustro: largas galerías, columnas bajas y toscas, calles
estrechas y sombrías en razón al saliente de los tejados que
sustraen la mitad de la luz; la mayor parte de las habitaciones
están sucias, llenas de humo, tienen un aspecto mísero, y cobijan
seres que están más sucios, más negros y más miserables aún: tal es
el aspecto que ofrece a primera vista esta ciudad, bautizada con el
nombre de la rival de Roma. Sin embargo, cuando se entra en las
casas se advierte que su construcción, que al principio parece un
poco extraña, está bien entendida, porque úno se da cuenta de que
están dispuestas para luchar contra el calor. Los cuartos son unos
inmensos vestíbulos en los que se aspiraría con gusto el aire que
entra por desgracia con poca frecuencia, si no estuviese úno
devorado por las picaduras de mil insectos, que son menos molestos
que los murciélagos, cuyo número es infinito y cuya mordedura es,
según dicen, en extremo peligrosa.
Una mesa, media docena de sillas de madera, un catre, una jarra
y dos candeleros constituyen de ordinario el ajuar de uno de esos
caserones de paredes de ladrillo y techados con tejas. Los dos
sitios que sufrió Cartagena han arruinado a la mayor parte de las
familias.
Hay en Cartagena dos conventos de frailes y otros dos de monjas,
unos con veinticinco frailes y otros con treinta monjas. Hay
también en esta ciudad dos hospitales.
Cartagena es una plaza muy fuerte y muy extendida; se
necesitarían por lo menos 9.000 hombres para guarnecer todos los
puntos de la ciudad; son notables los inmensos aljibes que hay en
el interior de sus murallas, y su agua es excelente. Cartagena es,
pues, más bien una plaza fuerte que un puerto comercial, y dejará
de serlo del todo el día en que no sea más que una factoría de
Panamá.
Situada a doscientas leguas del ecuador, la temperatura es
abrasadora y el clima malsano la fiebre amarilla causa frecuentes
estragos.
Su población, que es de 18.000 habitantes, se compone casi toda
ella de hombres de color en su mayor parte marineros o pescadores.
Hay algunos que tienen tiendas de mercería o de comestibles; otros
ejercen oficios útiles; industrias incipientes que para que
prosperen no necesitan mas que un poco de estímulo y de
competencia. Trabajan muy bien la concha, son excelentes joyeros,
buenos carpinteros, magníficos zapateros, sastres regulares,
mediocres ebanistas, herreros más bien que cerrajeros, albañiles
carentes de ideas de proporción, malos pintores, pero eso sí son
aficionadísimos a la música.
Los peligros del mar industria con frecuencia elogiada y casi
siempre bien pagada, han desarrollado en esa gente de color un
orgullo que a veces resulta molesto. Su vehemencia y su petulancia
contrastan con la indolencia y con el buen carácter de los hombres
que llaman blancos, de modo que, a pesar de su pereza, parecen
activos y laboriosos. Son también los que se dedican al
contrabando; y lo hacen con tan poco recato, que constituye una
afrenta para los funcionarios encargados de reprimir ese
desorden.
Las mujeres de color, si son hijas de negras y de blancos son
altas y tienen un aspecto mucho más agradable que el de nuestras
mulatas de las Antillas, que por lo general son demasiado gruesas;
cuando son hijas de indias y de negros, tienen facciones más
delicadas y más expresión en la fisonomía. Si por una parte las
razas en los trópicos se debilitan a medida que se van haciendo más
blancas, por otra se embellecen; esta es la razón por la cual todas
las mulatas son inferiores en belleza a las mujeres blancas, y
desmerecen desde este punto de vista cuando se las ve juntas; esto
sucede con frecuencia en los países españoles donde no hay en las
iglesias puestos reservados para unas y para otras como en los
Estados Unidos. En los países españoles todos rezan, juntos, a Dios
cualquiera que sea el color de la piel, y el pueblo no tardaría en
sublevarse si las autoridades pusieran a la puerta de las iglesias
un aviso que dijera:
|Today instruction for the men of colour
(Hoy
|, doctrina para las personas de color).
Durante mi estancia en Cartagena, las tribus indígenas que
habitan en las inmediaciones de esta ciudad provocaron a la vez la
alegría y
|
el espanto. Algunos indios del Darién, al venir a
la ciudad para someterse a la soberanía de la República y pedir
algunos presentes, causaron gran satisfacción a las autoridades;
pero ese triunfo fue amargado por la noticia de la toma de Santa
Marta por los indios de la ciénaga. Este movimiento insurreccional
se consideró lo bastante importante para que se declarare Cartagena
en estado de sitio por espado de cuarenta días. El 1o. de febrero
me dispuse a emprender el viaje a Santa Fe de Bogotá. Los temores
que la proximidad de Morales, dueño a la sazón de Maracaibo,
inspiraba en todas partes, me impidieron ponerme en camino antes.
Tan pronto como me convencí de que el general español no se
aproximaba al río Magdalena, me dirigí al intendente para conseguir
caballos. Este funcionario envió gente a todas partes para
obtenerlos. Pero como el ejército de Montilla, jefe de los
patriotas, remontaba a su tropa, los campesinos habían ocultado sus
caballerías en los bosques pare sustraerlas a las requisas. Por fin
se pudieron encontrar unas cuantas, y a pesar de las quejas,
bastante fundadas, de los dueños, las trajeron rendidas de
cansancio y medio muertas, de hambre y de sed. Mientras que,
confiando demasiado en los cuidados de mi mozo de mulas me ocupaba
yo en los preparativos del viaje, aquél se limitó a atar los
caballos en el patio sin darles ni una brazada de hierba durante
los tres días que duraron aquéllos; y como me puse en camino sin
enterarme de ello, tuve una serie de dificultades, pues los pobres
animales a cada paso se caían de inanición en el camino.
Hacía muchísimo calor caminábamos penosamente a través de los
bosques, cuando oí que detrás de mi alguien me gritaba en
francés:
- Caballero: ¿a dónde va usted?
La pregunta y el idioma en que se hacia me hicieron volver la
cabeza; vi un joven que apresuraba el paso de su caballo para
alcanzarme. Después de haber contestado a su pregunta, se anticipó
a las mías diciéndome que era oriundo de Saint-Etienne en Forest,
que era armero de oficio y que había venido a Colombia con la
esperanza de hacer fortuna, pero que se había equivocado de medio a
medio. Luégo de haberme dado sobre su persona otros detalles, me
propuso acompañarme; acepté de buen grado su ofrecimiento y no tuve
que arrepentirme, pues viendo lo mucho que me daban que hacer mis
caballos, me fue utilísimo, bien ayudando en su tarea al mulero, o
arreando con su caballo a los míos que se quedaban rezagados.
Pasamos por Ternero, y, hablando de los latrocinios que los
desertores acababan de cometer en este mismo camino, llegamos sin
mayor tropiezo, y muy cansados de esta primera jornada, a
Turbaco.
La carta de recomendación que pan todos los alcaldes me diera en
Cartagena el intendente, me valió una buena acogida en Turbaco: el
alcalde me alojó en casa de una persona de las principales del
pueblo: en un pinto; titulo que se dan los pintores de brocha gorda
de la región; mi huésped estuvo de lo más amable que darse
pueda.
Siguiendo la costumbre de los hispanoamericanos cuando viajan,
me había provino de un caldero, de una sartén y de todos los demás
utensilios y provisiones que no se encuentran por estos caminos;
llevaba además una de esas camas que hay en España, que son muy
cómodas porque se pueden guardar en un baúl, que se carga con
facilidad en una mula. De manera que en realidad causé poca
incomodidad a mi huésped; se puso mi cama en una de las mejores
habitaciones de la casa. Por la noche tuve mucho frío, prueba
evidente de que este lugar debe de ser muy sano para los europeos,
que para evitar el clima de Cartagena podrían venir a Turbaco y
esperar aquí a que los buques estuviesen a punto de zarpar. Turbaco
dista sólo seis leguas de Cartagena, circunstancia que hace que la
estancia en este pueblo sea doblemente agradable por la facilidad
que ofrece de poder volver en seguida al centro de los
negocios.
Salí de Turbaco al día siguiente; el alcalde me proporcionó dos
caballos de silla a cambio de los dos pencos del día anterior. A
pesar del calor excesivo que hacía, llegamos temprano a Mona; me
presenté en casa del alcalde, donde no me dieron más que una boleta
de alojamiento en casa de uno de los vecinos. Cuando le pedí
caballos, me contestó que eso sería para el día siguiente;
contratiempo fastidioso. Mi huésped, al que conté la perplejidad en
que me hallaba envió en seguida a su gente a buscar sus propias
mulas y me las alquiló; antes de las cuatro, mi equipaje estaba
cargado. Testimonié mi agradecimiento a este buen hombre
invitándole a tomar un vaso de ron, y me di cuenta, como después en
muchas otras ocasiones lo he confirmado, de que con los cristianos
de América los servicios y el agradecimiento se obtienen con este
licor lo mismo que de los negros mahometanos de África con
tabaco.
Pronto se vino la noche encima y nuestra marcha se hizo
incierta. Después de haber vagado a la ventura durante bastante
tiempo, la luz de la luna nos permitió volver a encontrar el
camino, y a las nueve de la noche llegamos a la orilla del Dique;
es éste un brazo del Magdalena por el que en la época de lluvias se
baja a Cartagena. Cuando le atravesé llevaba poca agua, y sin
embargo ésta llegaba hasta la silla de los caballos. Todavía no se
ha tendido un puente o establecido una balsa por este sitio para
cruzar este canal, a pesar de que se han puesto estos servicios en
pasos mucho menos difíciles con todo, el viajero tendrá que
quejarse menos de este vado incómodo que de los mosquitos que lo
infestan. En vano se apresura uno a alejarse de sus orillas
desoladas, pues esos temibles insectos se siguen encontrando en
Mahates, aldehuela de unos doscientos habitantes, donde
materialmente es imposible dormir.
Todos estábamos en pie antes de que amaneciera para salir de
este purgatorio. A las siete atravesábamos a Santa Cruz, que está a
tres leguas más allá, aldea de unas veintidós cabañas de negros que
cultivan algodón. Es chocante que estos negros, que trajeron con
ellos tántas costumbres y hasta las herramientas de trabajo de las
regiones de donde les sacaron, no hayan, en ningún sitio,
conservado la forma redonda de sus chozas; todas son cuadradas.
En Ariando el alcalde nos recibió en su cabaña hecha de zarzo
recubierto de barro mezclado con paja.
No lejos de Ariando nos encontramos con un correo del gobierno,
portador de una orden para el intendente de Cartagena, mandándole
deportar a trescientos españoles. Este hombre se enfadó porque mi
mulero refiriéndose a la capital, dijo
|Santafé en vez de
Bogotá. Felizmente la disputa no tuvo consecuencias.
Desde lo alto de la cuesta en cuya ladera se alza Barranca de
Loba, dimos vista a este pueblo. Me alojé en casa de un viejo
peruano, cuyos servicios a la causa de la libertad habían sido tan
importantes, que se ufanaba de poder obtener el cargo de director
de Correos de Cartagena, que tiene un sueldo de 10.000 francos.
A pesar de que en el camino de Cartagena a Barranca no hay ni
cumbres escarpadas que escalar, ni ríos profundos que atravesar, el
calor sofocante que hace, la poca brisa ardiente que se respira en
los bosques que cruza, lo hacen por demás penoso para el viajero
europeo. Cierto que en cambio se le acoge hospitalariamente y no es
poco eso de encontrar en los desiertos del Nuevo Mundo un albergue,
fuego y la posibilidad de conseguir a bajo precio pollos, huevos y
pan; pocas veces se encuentra carne de vaca. Salvo contadas
excepciones, nunca tuve que quejarme de los alcaldes.
El panorama en estas regiones es magnifico para los amantes de
la naturaleza desordenada y del aspecto salvaje. Todo el terreno
esta cubierto de árboles de grande altura y de una vegetación
lujuriante. La sombra de los árboles sería deliciosa si el céfiro
pudiera abrirse paso por su fronda. El mahagua
|(bombar),
sobre todo, merece la admiración del viajero; el tronco de ese
árbol es altísimo y su copa espesísima. El fruto encierra una
especie de lana que los negros emplean para taponarse los
oídos.
Poco es lo que la mano del hombre ha cultivado en estas vastas
extensiones; algunos campos de algodón, de maíz, algunas matas de
añil, en eso consiste toda su riqueza agrícola. El negro, que con
el mulato es la clase de hombres que se suele encontrar con más
frecuencia, sometido a un amo indulgente, se entrega al ocio al
cual, por lo demás, invitan el calor de la zona ecuatorial y la
multiplicidad de las fiestas religiosas; obligado a satisfacer al
dueño una renta fija y médica, la paga puntualmente porque no se
necesita trabajar mucho para obtener su importe. Así se explica que
en la región que hay entre el mar y Barranca se encuentre úno con
un país cultivado y habitado como el que recorrí en África; a veces
hasta hubiera creído que estaba en aquel continente, de no haber
sido porque la autoridad está aquí siempre en manos de los blancos
o de gentes que aspiran a ese título sin tener verdadero derecho a
ostentarlo.
El camino, sin ser malo, no tiene un nivel constante; el terreno
está cubierto de montecillos que hacen que la vía suba y baje con
frecuencia. El tráfico que por allí se hace es considerable, ya que
en la época seca es la principal vía de comunicación entre la
capital y la costa; sin embargo, ninguno de los pueblos por donde
se pasa es rico: hay algún ganado, que en esta época tenía un
aspecto mísero. En los llanos tropicales los animales, lo mismo que
las plantas, necesitan de las lluvias para reponerse; en cuanto
éstas cesan, languidecen de nuevo. Los caballos son bastos y muy
flacos.
Los jaguares, los monos y los loros hacen resonar el aire
|
con sus maullidos y sus gritos estridentes; por los bosques
pululan en gran número los ciervos y los cerdos cimarrones.
Los grandes bosques, en los que sólo algunas flores rompen de
vez en cuando la monótona uniformidad, no tienen nada de
pintoresco. Con la proximidad al Magdalena, las perspectivas son
más rientes; el terreno no está ya constituido por el árido gris,
que hace tan triste el camino de Cartagena a Barranca las tierras
de aluvión parecen invitar a los habitantes a cultivarlas con más
esmero; la vegetación, con la humedad, se muestra más lozana y el
ganado está más gordo y se multiplica más y mejor.
Barranca, punto donde los viajeros que suben por el Magdalena se
embarcan en la época seca, está poco poblado a pesar de su buena
situación. Si el calor es muy fuerte durante el día, la brisa que
de tiempo en tiempo sopla refresca la atmósfera, y no pára en esto
su efecto saludable, sino que también se lleva con ella, hacia la
parte alta del río las numerosas nubes de mosquitos: en Barranca no
hay mosquitos. La importancia que hoy tiene este pueblo debida a
las piraguas o a los burros que se alquilan a los viajeros,
desaparecerá desde el momento en que el Dique sea navegable en todo
tiempo; parece que se tiene el proyecto de ocuparse en ello.
|
1
|
En 1820 había en los Estados Unidos
1.538.128 esclavos. No es, pues, sin motivo que el Gobierno de esta
República se ha unido a los ingleses para oponerse a la trata de
negros. Por esta razón, lejos de consentir el aumento de su número
mediante el aporte de nuevos contingentes, se esfuerza por todos
los medios posibles en hacerles disminuir, bien sea exportándoles,
bien sea promulgando leyes terribles contra la introducción de
negros en su territorio. Tal vez no se haya dado contra esta raza
desgraciada un decreto más severo que el que se promulgó en la
Carolina del Sur en 1823. Ese decreto establece que los capitanes
de buques mercantes que tengan a bordo de sus buques hombres de
color, libres o esclavos, deben durante la estadía en puerto
hacerlos encerrar en la cárcel y además sufragar los gastos que
origine su detención. En caso de inobservancia de esa disposición,
los capitanes son condenados a una multa de mil dólares y a dos
meses de prisión; en cuanto a los negros, libres o esclavos, serán
vendidos de conformidad con la Ley de 20 de diciembre de 1820.
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