INDICE





PRESENTACIÓN DE CARLOS JOSÉ REYES

PRÓLOGO

PREFACIO

PRIMERA PARTE

CAPÍTULO I
Salida de Francia - Las Azores - La costa de los Estados Unidos – Norfock - Washington - Calma chicha - Cartagena de Indias - Salida para Bogotá - Turbaco - Barranca - De Cartagena al Magdalena.

CAPÍTULO II
Salida de Barranca – El pueblo de Tenerife – Zambrano – La isla de San Pedro – Pinto – Santa Ana – Mompós - El gobernador de Mompós - Comercio de Mompós - Salida de Mompós - Margarita – Guamal - Peñón – Banco - La Sierra de Ocaña - Regidor - Río Viejo - M

CAPÍTULO III
Brazos del Magdalena - La Miel – Río Negro - Guarumo - El promontorio de Garderia - Los escollos de Perico - Honda - Descripción del Magdalena

CAPÍTULO IV
Camino de Honda a Bogotá - Río Seco - Venta Grande - La Montaña de Sargento - El valle de Guaduas - Villeta – Facatativa - Descripción del llano de Bogotá - El Salto de Tequendama – El puente natural de Pandi (Icononzo)

CAPÍTULO V
Viaje por la provincia de Socorro, situada al norte de Santafé de Bogotá.

CAPÍTULO VI
Estado del país desde 1498 hasta 1781 - Antiguos habitantes - Sus usos - Sus costumbres - Con quistas comerciales - Conquistas religiosas - Conquistas militares - Quesada - Debilitamiento de la población India - Los negros - Su estado y condición - Mezcla

CAPÍTULO VII
La revuelta del Socorro - Movimiento de 1794 - Virreyes españoles - Insurrección de Caracas en 1810 - Insurrección de Nueva Granada - El virrey Amar - Miranda – Bolívar – Monteverde - Conquista de Caracas - Bolívar pasa a Curaçao Sale de allí -

CAPÍTULO VIII
El virrey Sámano - Soldados españoles - Soldados americanos -  Bolívar entra en Santafé, pasa a Quito y luégo a Guayaquil -  Características de los principales generales.

CAPÍTULO IX
Nuevo gobierno - Constitución de Cúcuta - División del territorio en Departamentos -Renovación de los Cabildos - Leyes civiles – La justicia - El Congreso - El Poder Ejecutivo.

CAPÍTULO X
Regreso a Bogotá - Puente Real - Minas de cobre de Moniquirá - Chinquinquirá - Minas de sal de Zipaquirá.

CAPÍTULO XI
Fundación de Santafé de Bogotá - Clima - Casas – Interiores - La Catedral - Los conventos - El Hospital - Los colegios - El Palacio del Presidente - El Palacio de los Diputados - El Palacio del Senado - Las cárceles - La Casa de la Moneda y el Teatro

CAPÍTULO XII
Finanzas – Aguardiente – Papel sellado – Alcabala - Impuestos directos - Guerra - El ejército - Las piazas fuertes – Marina - Relaciones extranjeras.

SEGUNDA PARTE

CAPÍTULO I
Salida de Bogotá para Popayán – Guaduas – Chaguaní – San Juan - Regreso a Guaduas - Breve estancia en esta ciudad - Beltrán - Ambalema - San Luis - Chaparral – Natagaima - Payandé - Samboja - Villavieja - Neiva.

CAPÍTULO II
Tambo del Hobo - Paso de Los Domingarios - Puente de cuerdas - La Plata - Pedregal - San Francisco - Inzá - La Montaña del Guanaco - Totoró - Paniquita - Popayán - El volcán de Puracé.

CAPÍTULO III
Descripción de Quito - Camino de Quito a Cuenca.

CAPÍTULO IV
Salida de Popayán - La mina de Alegrías Quilichao - El Cauca – Jamundí – Cali - Salida de Cali - Las Juntas.

CAPÍTULO V
Navegación peligrosa por el Dagua - Buenaventura - Descripción de la provincia del Chocó - Salida de Buenaventura en una goleta peruana - Llegada a Panamá - Observaciones acerca del Gran Océano.

CAPÍTULO VI
Descripción de la ciudad de Panamá - Las mujeres de Colombia.

CAPÍTULO VII
Descripción física de la República de Colombia – Montañas – Clima – Atmósfera – Estaciones – Temperatura – Vientos – Lluvias - Influencia tropical – Cosechas – Bosques – Ríos - Quebradas - Minas - Salinas - Volcanes - Lagos – Mares – Mareas

CAPÍTULO VIII
Población - Habitantes de los páramos - Los de las montañas en que se produce trigo - Los dos llanos - Indios bravos - Esclavos negros - Religión.

CAPÍTULO IX
Carácter de los colombianos.

CAPÍTULO X
Agricultura - Industria - Reflexiones sobre el banano – Minas - Moneda – Salinas - Comercio – Exportaciones - Importaciones.

CAPÍTULO XI
Vías de Comunicación por tierra y por agua - Leyes comerciales.

CAPÍTULO XII
Salida de Panamá - Cruces - El río Chagres - La Gorgona - Chagres.

CAPÍTULO XIII
Llegada a jamaica - Salida para Europa - Las Lucayas - Falmouth – Llegada a Francia.

NOTAS Y ACLARACIONES
|CAPÍTULO I |
 
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Salida de Francia - Las Azores - La costa de los Estados Unidos – Norfock - Washington - Calma chicha - Cartagena de Indias - Salida para Bogotá - Turbaco - Barranca - De Cartagena al Magdalena.

 

La lucha sangrienta que sostenía la América española, la revolución que en ella se había realizado y que abrió los puertos de ese continente, durante tanto tiempo cerrados a los extranjeros fueron otros tantos motivos que contribuyeron a excitar mi curiosidad; ardía en deseos de satisfacerla; se presentó una ocasión, y la aproveché: se iba a enviar un buque de guerra al Caribe para proteger nuestro comercio; solicité el favor de embarcarme en él y se accedió a mi demanda.

No tardé mucho en hacer mis preparativos. En cuanto llegué al puerto de embarque, me enteré de que el buque en el que había tomado pasaje debía tocar en los Estados Unidos, rodeo que lejos de contrariarme me encantó, ya que me brindaba la ocasión de conocer ambas Américas.

Después de algunas demoras imprevistas, el buque se hizo a la mar en el curso del mes de agosto de 1822. El 1o. de septiembre avistamos las Azores; pasamos por delante de San Miguel; al día siguiente muy de mañana divisamos La Tercera, San Jorge y Pico. En esos parajes sólo nos encontramos con un ballenero norteamericano.

La travesía fue feliz, y nada hubiera venido a contrariaría a no haber sido por la niebla que reina en las proximidades de la costa de los Estados Unidos y que impidió a nuestros marinos hacer observaciones exactas y propias para disipar la incertidumbre en que se hallaban en cuanto a nuestra situación. Por fin, el día 26, a las 6 de la tarde, un piloto norteamericano nos tranquilizó al decirnos que no estábamos lejos de tierra; en efecto, al día siguiente vimos las costas arenosas de Virginia, cubiertas de bosques de pinos. A la una de la tarde anclamos a poca distancia del fuerte Hampton, al que se ha dado el nombre del Presidente Monroe.

Mientras vino una embarcación para llevarme a Norfolck que está a unas cuatro leguas al sureste de Hampton, tuve tiempo sobrado de contemplar el espectáculo nuevo que se ofrecía a mi vista. Observé principalmente con el mayor interés el fuerte que se está construyendo en medio de la rada; está destinado a defender la entrada del Chesapeak, por el que en 1814 los ingleses llegaron hasta Washington. Ese fuerte va a ser artillado con 300 cañones.

Hasta el día 28 por la noche no pude conseguir una embarcación para ir a Norfolck, y fue uno de esos barcos pilotos, tan ligeros y al mismo tiempo tan peligrosos, que el timonel tiene que meterse en una especie de agujero sumamente estrecho para que no se lo lleven las olas que barren la cubierta como tuvimos que navegar de bolina no llegamos a la ciudad hasta la media noche.

El emplazamiento de Norfolck es verdaderamente privilegiado para el comercio por lo cerca que está de la bahía de Chesapeak, en la que desembocan tántos ríos. Las calles de Norfolck lo mismo que las de todas las ciudades de construcción inglesa, son anchas y tienen aceras. Las casas son de ladrillo. Lo variado de los edificios y la limpieza que reina en sus interiores dan a Norfolck un aspecto alegre y agradable.

La vista de los prados que rodean todas las casas y la de los árboles que dan sombra a sus tejados le harían a úno creerse en pleno campo, si no fuese porque el constante ir y  venir en todas direcciones de una multitud de carros, y la actividad que reina en el puerto, que surcan mil barcas, indican que Norfolck es una ciudad muy comercial.

El 30 de septiembre salí de esta ciudad para ir a Washington; navegamos por el curso del Chesapeak hasta la medía noche, hora a la que entramos en el río Potomac.

Al | rayar el alba navegábamos por entre las orillas del Estado de Maryland y las del de Virginia. Hacía bastante calor; se veían pocos cultivos; las tierras todavía estaban vírgenes; a pesar del bajo precio a que el Gobierno las vende, 50 francos el acre, el sistema de esclavitud que se mantiene en esos Estados aleja de ellos a los colonos que prefieren trasponer los Alleghanys y establecerse en el oeste, donde encuentran terrenos a 5 francos el acre.

A la una se distinguía ya Mont-Vernon, casa que habitó Washington; su arquitectura es sencilla, pero ¡cuántos recuerdos llenos de interés evoca!

Habíamos dejado a nuestra derecha la desembocadura del Piscataway, en cuyas proximidades han levantado un fuerte para defender la capital, llegado el momento, de las teas de los ingleses. Cuando le perdíamos de vista divisamos a Alejandría, ciudad próspera en la época de la guerra, pero que hoy está en plena decadencia; sus calles, todas rectas, están trazadas en sentido perpendicular al río, lo que le da un aspecto singular, pues por un lado está flanqueada por un bosque de pinos, y por el otro por un bosque de mástiles. Desde Alejandría vimos el puente de madera de Washington, que tiene una milla de largo, luégo nos señalaron a la propia ciudad de Washington, rodeada de tierras labrantías que casi ocupan toda la extensión asignada a su recinto.

Washington es una ciudad prodigiosamente grande, teniendo en cuenta el plano en que se la ha trazado; pero en realidad no es más que una inmensa soledad, triste en extremo, en la que úno por fuerza tiene que aburrirse fuéra de la época en que el congreso celebra sus sesiones, única en la que hay gente, y el pequeño número de casas que hay diseminadas por el campo se llena de forasteros cuya presencia da alguna animación a la ciudad. Cuando yo estuve, había poca gente, de modo que me pareció haberla conocido completamente el mismo día de mi llegada. No repetiré la descripción de sus monumentos, que se encuentra en todas las relaciones de viajes a los Estados Unidos. Al día siguiente me embarqué por el Potomac para regresar a Norfolck. Tardamos veinticuatro horas en recorrer las sesenta leguas que hay entre las dos ciudades.

Nuestro buque tenía que abastecerse en Norfolck. Pocos días fueron suficientes para el aprovisionamiento. El 13 de octubre nos hicimos a la mar; el viento, al principio favorable, nos permitió salir de la rada y doblar el cabo Henri, pero en seguida se tornó contrario y nos obligó a fondear frente a esa punta. Este contratiempo no duró mucho; al día siguiente izamos de nuevo las velas, y antes de la puesta del sol perdíamos de vista las costas de la América Septentrional.

Al llegar a un país que no se conoce, todo el mundo se comunica entre sí las noticias que sobre el mismo ha recogido en las narraciones de los viajeros, y se escuchan con interés los relatos de las personas que ya han estado en él. Al abandonarle, los que antes, por ignorancia, habían prestado una atención religiosa en calidad de meros oyentes a los relatos de las personas que les precedieron, se apresuran a hacer gala de sus nuevos conocimientos y se entregan, con maligna satisfacción, al placer de refutar las mismas opiniones que antes hicieron suyas y que eran fruto de maduras observaciones. Eso mismo hicimos nosotros: nos apresuramos a comunicamos los unos a los otros nuestras observaciones y a comentarlas; nos extrañaron algunas instituciones que parecían estar en contradicción notoria con los principios que habían servido de base a la organización social de los Estados Unidos. El látigo con que se castiga a los negros silbaba todavía en nuestros oídos | ¹ ; los prejuicios de que son objeto las gentes de color nos llenaban de indignación: las costumbres nos parecieron un poco licenciosas, y debían serlo para merecer la censura de los marínos, que naturalmente son poco rígidos en esas materias. La policía, sobre todo, no fue objeto de aplauso, pues si es cierto que no molesta a los extranjeros, en cambio no les protege debidamente contra las exacciones de los comerciantes o la infidelidad de los criados. Sobre todo se criticó severamente la despreocupación de los norteamericanos en lo tocante a la adopción de medidas sanitarias contra la fiebre amarilla, incuria que hace que las ciudades del litoral estén expuestas a epidemias todos los años. En cambio no se escatimaron los elogios a la actividad de su comercio y a la disciplina de su marina, a la rapidez con que hacen suyos todos los inventos, y en especial el de las máquinas de vapor, que se han convertido para ellos, lo mismo que para todos los países que las utilizan, en un medio poderoso e incalculable de riqueza y de potencialidad. En algunos individuos, y especialmente en los militares, se creyó advertir ciertas tendencias aristocráticas; algunas instituciones modernas, como la creación de una academia militar en Nueva York, indican que el Gobierno, lejos de contrarrestarlas, las estimula. Finalmente se vislumbró una causa poderosa de separación que se origina en que esa población negra es muy numerosa en los Estados del Sur, en tanto que en los del Norte es sumamente reducida, razón por la cual éstos se oponen a las prácticas y sistemas de los otros. En general se fue imparcial al emitir juicios sobre los países que no se conocían se estuvo de acuerdo en que las costumbres de Virginia podían no ser las mismas que las de Pensylvania, y en que el régimen de esclavitud daba a los Estados del Sur una fisonomía tan característica, que a duras penas permite apreciar en ellos los rasgos del carácter inglés, es decir, esa actividad creadora que hace milagros en tántos sitios.

Las ciudades nos parecieren tristes el campo monótono debido a los bosques de pinos que le cubren, y las carreteras medianas, porque para afirmadas se emplean troncos de árboles, como en Rusia. El clima de Norfolck nos pareció caluroso en extremo, y el de Washington frío y húmedo en demasía. En general, las casas nos gustaron por la limpieza y la sencillez que impera, y no pudimos menos de apreciar en los habitantes un gran fondo de amabilidad y de hospitalidad; se convino en que esas cualidades eran más evidentes en las mujeres, y que los hombres en general habían conservado la taciturnidad inglesa.

El mar estaba tan tranquilo, el viento era tan favorable, que se navegaban muchas millas por día. La alegría que nos daba la idea de que pronto llegaríamos a los mares equinocciales contribuía mucho a dar animación a nuestras conversaciones. Los vientos vinieron de repente a malograr nuestras esperanzas, trocando las que teníamos de hacer una rápida travesía en la aburrida perspectiva de un viaje pesado. La calma chicha nos sorprendió en las proximidades de las Bermudas. En vano buscamos distracciones en la superficie inmóvil del mar; en vano, con las miradas fijas en el horizonte, tratábamos de descubrir algún movimiento en la masa líquida; nada se agitaba. Por fin se divisaron algunos peces, y al placer de darles caza se unió la esperanza de que serían los precursores del viento.

Su aparición no fue indicio falaz; el 24 de octubre una brisa del Sur-suroeste nos sacó de nuestra enfadosa situación y nos llevó hasta el 31º de latitud y el 64º | de longitud. Pero no pasamos el trópico hasta el 3 de noviembre. El 8 divisamos a Puerto Rico; estábamos a 14º 52’ de latitud y al día siguiente navegábamos a la vista de las islas de Zaché, de Mona y del Monilla. Esas rocas aisladas, cubiertas de malezas y de correhuelas, parecen inabordables; antes de anochecer las perdimos de vista; acabábamos de entrar en el mar de las Antillas. Dos días después divisamos tierra; se echó la sonda y se encontró fondo a 45 brazas. Al llegar a los 11º 18' de latitud, nos encontramos con la flotilla de Colombia que iba a bloquear a Maracaibo, que había caído en manos del general español Morales.

El capitán, desde que nos aproximamos a tierra, no dejó de estar inquieto. Los bajos que la sonda le revelaba por todas partes, la variación de las corrientes, las tormentas que estallaban todos los días y las costas inhóspitas que nos rodeaban justificaban sus temores; éstos disminuyeron el día 15 al divisar la punta de Galera Zamba, promontorio constituido por diez montecillos desiguales. Por fin, el día 17 se avistó el Cerro de la Popa; al pie de esa eminencia se alza Cartagena. En seguida se hicieron señales para que se nos enviara un práctico, pero el día se extinguió sin que nadie viniera a bordo; no hubo más remedio que fondear: estábamos frente a Punta Canoa. Al día siguiente levamos anclas muy temprano y nos dirigimos hacia el puerto; pronto dejamos atrás a Boca Grande, canal que los españoles cegaron, hundiendo barcos viejos, para defender mejor las proximidades de Cartagena. Poco después enfilábamos el paso de Bocachica, flanqueado por dos fuertes bastante poderosos. Un oficial, despachado por el comandante de uno de los fuertes, subió a bordo, se largaron todas las velas y a las cinco de la tarde entramos en el soberbio puerto de Cartagena.

No tardó mucho el buque en hacerse de nuevo a la mar, y tuve el sentimiento de separarme de las personas cuya amable compañía había mitigado el fastidio de la travesía. La esperanza de adentrarme cuanto antes por la cordillera, al reavivar mis aficiones por los viajes por tierra, me determinó a no continuar el viaje por mar; me quedé, pues, en Cartagena.

Al llegar a esta ciudad tuve que precaverme de todas esas prevenciones favorables que siempre se experimentan al desembarcar; todo lo encuentra úno hermoso, la vegetación más insignificante le parece a úno un |parterre; una casucha se le antoja a úno un palacio; cualquier lugar parece un paraíso. La impresión que me produjo Cartagena fue muy distinta, y la comparación que tuve que hacer con Norfolck no fue nada favorable para la ciudad de América del Sur. En efecto, Cartagena presenta el aspecto lúgubre de un claustro: largas galerías, columnas bajas y toscas, calles estrechas y sombrías en razón al saliente de los tejados que sustraen la mitad de la luz; la mayor parte de las habitaciones están sucias, llenas de humo, tienen un aspecto mísero, y cobijan seres que están más sucios, más negros y más miserables aún: tal es el aspecto que ofrece a primera vista esta ciudad, bautizada con el nombre de la rival de Roma. Sin embargo, cuando se entra en las casas se advierte que su construcción, que al principio parece un poco extraña, está bien entendida, porque úno se da cuenta de que están dispuestas para luchar contra el calor. Los cuartos son unos inmensos vestíbulos en los que se aspiraría con gusto el aire que entra por desgracia con poca frecuencia, si no estuviese úno devorado por las picaduras de mil insectos, que son menos molestos que los murciélagos, cuyo número es infinito y cuya mordedura es, según dicen, en extremo peligrosa.

Una mesa, media docena de sillas de madera, un catre, una jarra y dos candeleros constituyen de ordinario el ajuar de uno de esos caserones de paredes de ladrillo y techados con tejas. Los dos sitios que sufrió Cartagena han arruinado a la mayor parte de las familias.

Hay en Cartagena dos conventos de frailes y otros dos de monjas, unos con veinticinco frailes y otros con treinta monjas. Hay también en esta ciudad dos hospitales.

Cartagena es una plaza muy fuerte y muy extendida; se necesitarían por lo menos 9.000 hombres para guarnecer todos los puntos de la ciudad; son notables los inmensos aljibes que hay en el interior de sus murallas, y su agua es excelente. Cartagena es, pues, más bien una plaza fuerte que un puerto comercial, y dejará de serlo del todo el día en que no sea más que una factoría de Panamá.

Situada a doscientas leguas del ecuador, la temperatura es abrasadora y el clima malsano la fiebre amarilla causa frecuentes estragos.

Su población, que es de 18.000 habitantes, se compone casi toda ella de hombres de color en su mayor parte marineros o pescadores. Hay algunos que tienen tiendas de mercería o de comestibles; otros ejercen oficios útiles; industrias incipientes que para que prosperen no necesitan mas que un poco de estímulo y de competencia. Trabajan muy bien la concha, son excelentes joyeros, buenos carpinteros, magníficos zapateros, sastres regulares, mediocres ebanistas, herreros más bien que cerrajeros, albañiles carentes de ideas de proporción, malos pintores, pero eso sí son aficionadísimos a la música.

Los peligros del mar industria con frecuencia elogiada y casi siempre bien pagada, han desarrollado en esa gente de color un orgullo que a veces resulta molesto. Su vehemencia y su petulancia contrastan con la indolencia y con el buen carácter de los hombres que llaman blancos, de modo que, a pesar de su pereza, parecen activos y laboriosos. Son también los que se dedican al contrabando; y lo hacen con tan poco recato, que constituye una afrenta para los funcionarios encargados de reprimir ese desorden.

Las mujeres de color, si son hijas de negras y de blancos son altas y tienen un aspecto mucho más agradable que el de nuestras mulatas de las Antillas, que por lo general son demasiado gruesas; cuando son hijas de indias y de negros, tienen facciones más delicadas y más expresión en la fisonomía. Si por una parte las razas en los trópicos se debilitan a medida que se van haciendo más blancas, por otra se embellecen; esta es la razón por la cual todas las mulatas son inferiores en belleza a las mujeres blancas, y desmerecen desde este punto de vista cuando se las ve juntas; esto sucede con frecuencia en los países españoles donde no hay en las iglesias puestos reservados para unas y para otras como en los Estados Unidos. En los países españoles todos rezan, juntos, a Dios cualquiera que sea el color de la piel, y el pueblo no tardaría en sublevarse si las autoridades pusieran a la puerta de las iglesias un aviso que dijera: |Today instruction for the men of colour (Hoy |, doctrina para las personas de color).

Durante mi estancia en Cartagena, las tribus indígenas que habitan en las inmediaciones de esta ciudad provocaron a la vez la alegría y | el espanto. Algunos indios del Darién, al venir a la ciudad para someterse a la soberanía de la República y pedir algunos presentes, causaron gran satisfacción a las autoridades; pero ese triunfo fue amargado por la noticia de la toma de Santa Marta por los indios de la ciénaga. Este movimiento insurreccional se consideró lo bastante importante para que se declarare Cartagena en estado de sitio por espado de cuarenta días. El 1o. de febrero me dispuse a emprender el viaje a Santa Fe de Bogotá. Los temores que la proximidad de Morales, dueño a la sazón de Maracaibo, inspiraba en todas partes, me impidieron ponerme en camino antes. Tan pronto como me convencí de que el general español no se aproximaba al río Magdalena, me dirigí al intendente para conseguir caballos. Este funcionario envió gente a todas partes para obtenerlos. Pero como el ejército de Montilla, jefe de los patriotas, remontaba a su tropa, los campesinos habían ocultado sus caballerías en los bosques pare sustraerlas a las requisas. Por fin se pudieron encontrar unas cuantas, y a pesar de las quejas, bastante fundadas, de los dueños, las trajeron rendidas de cansancio y medio muertas, de hambre y de sed. Mientras que, confiando demasiado en los cuidados de mi mozo de mulas me ocupaba yo en los preparativos del viaje, aquél se limitó a atar los caballos en el patio sin darles ni una brazada de hierba durante los tres días que duraron aquéllos; y como me puse en camino sin enterarme de ello, tuve una serie de dificultades, pues los pobres animales a cada paso se caían de inanición en el camino.

Hacía muchísimo calor caminábamos penosamente a través de los bosques, cuando oí que detrás de mi alguien me gritaba en francés:

- Caballero: ¿a dónde va usted?

La pregunta y el idioma en que se hacia me hicieron volver la cabeza; vi un joven que apresuraba el paso de su caballo para alcanzarme. Después de haber contestado a su pregunta, se anticipó a las mías diciéndome que era oriundo de Saint-Etienne en Forest, que era armero de oficio y que había venido a Colombia con la esperanza de hacer fortuna, pero que se había equivocado de medio a medio. Luégo de haberme dado sobre su persona otros detalles, me propuso acompañarme; acepté de buen grado su ofrecimiento y no tuve que arrepentirme, pues viendo lo mucho que me daban que hacer mis caballos, me fue utilísimo, bien ayudando en su tarea al mulero, o arreando con su caballo a los míos que se quedaban rezagados. Pasamos por Ternero, y, hablando de los latrocinios que los desertores acababan de cometer en este mismo camino, llegamos sin mayor tropiezo, y muy cansados de esta primera jornada, a Turbaco.

La carta de recomendación que pan todos los alcaldes me diera en Cartagena el intendente, me valió una buena acogida en Turbaco: el alcalde me alojó en casa de una persona de las principales del pueblo: en un pinto; titulo que se dan los pintores de brocha gorda de la región; mi huésped estuvo de lo más amable que darse pueda.

Siguiendo la costumbre de los hispanoamericanos cuando viajan, me había provino de un caldero, de una sartén y de todos los demás utensilios y provisiones que no se encuentran por estos caminos; llevaba además una de esas camas que hay en España, que son muy cómodas porque se pueden guardar en un baúl, que se carga con facilidad en una mula. De manera que en realidad causé poca incomodidad a mi huésped; se puso mi cama en una de las mejores habitaciones de la casa. Por la noche tuve mucho frío, prueba evidente de que este lugar debe de ser muy sano para los europeos, que para evitar el clima de Cartagena podrían venir a Turbaco y esperar aquí a que los buques estuviesen a punto de zarpar. Turbaco dista sólo seis leguas de Cartagena, circunstancia que hace que la estancia en este pueblo sea doblemente agradable por la facilidad que ofrece de poder volver en seguida al centro de los negocios.

Salí de Turbaco al día siguiente; el alcalde me proporcionó dos caballos de silla a cambio de los dos pencos del día anterior. A pesar del calor excesivo que hacía, llegamos temprano a Mona; me presenté en casa del alcalde, donde no me dieron más que una boleta de alojamiento en casa de uno de los vecinos. Cuando le pedí caballos, me contestó que eso sería para el día siguiente; contratiempo fastidioso. Mi huésped, al que conté la perplejidad en que me hallaba envió en seguida a su gente a buscar sus propias mulas y me las alquiló; antes de las cuatro, mi equipaje estaba cargado. Testimonié mi agradecimiento a este buen hombre invitándole a tomar un vaso de ron, y me di cuenta, como después en muchas otras ocasiones lo he confirmado, de que con los cristianos de América los servicios y el agradecimiento se obtienen con este licor lo mismo que de los negros mahometanos de África con tabaco.

Pronto se vino la noche encima y nuestra marcha se hizo incierta. Después de haber vagado a la ventura durante bastante tiempo, la luz de la luna nos permitió volver a encontrar el camino, y a las nueve de la noche llegamos a la orilla del Dique; es éste un brazo del Magdalena por el que en la época de lluvias se baja a Cartagena. Cuando le atravesé llevaba poca agua, y sin embargo ésta llegaba hasta la silla de los caballos. Todavía no se ha tendido un puente o establecido una balsa por este sitio para cruzar este canal, a pesar de que se han puesto estos servicios en pasos mucho menos difíciles con todo, el viajero tendrá que quejarse menos de este vado incómodo que de los mosquitos que lo infestan. En vano se apresura uno a alejarse de sus orillas desoladas, pues esos temibles insectos se siguen encontrando en Mahates, aldehuela de unos doscientos habitantes, donde materialmente es imposible dormir.

Todos estábamos en pie antes de que amaneciera para salir de este purgatorio. A las siete atravesábamos a Santa Cruz, que está a tres leguas más allá, aldea de unas veintidós cabañas de negros que cultivan algodón. Es chocante que estos negros, que trajeron con ellos tántas costumbres y hasta las herramientas de trabajo de las regiones de donde les sacaron, no hayan, en ningún sitio, conservado la forma redonda de sus chozas; todas son cuadradas.

En Ariando el alcalde nos recibió en su cabaña hecha de zarzo recubierto de barro mezclado con paja.

No lejos de Ariando nos encontramos con un correo del gobierno, portador de una orden para el intendente de Cartagena, mandándole deportar a trescientos españoles. Este hombre se enfadó porque mi mulero refiriéndose a la capital, dijo |Santafé en vez de Bogotá. Felizmente la disputa no tuvo consecuencias.

Desde lo alto de la cuesta en cuya ladera se alza Barranca de Loba, dimos vista a este pueblo. Me alojé en casa de un viejo peruano, cuyos servicios a la causa de la libertad habían sido tan importantes, que se ufanaba de poder obtener el cargo de director de Correos de Cartagena, que tiene un sueldo de 10.000 francos.

A pesar de que en el camino de Cartagena a Barranca no hay ni cumbres escarpadas que escalar, ni ríos profundos que atravesar, el calor sofocante que hace, la poca brisa ardiente que se respira en los bosques que cruza, lo hacen por demás penoso para el viajero europeo. Cierto que en cambio se le acoge hospitalariamente y no es poco eso de encontrar en los desiertos del Nuevo Mundo un albergue, fuego y la posibilidad de conseguir a bajo precio pollos, huevos y pan; pocas veces se encuentra carne de vaca. Salvo contadas excepciones, nunca tuve que quejarme de los alcaldes.

El panorama en estas regiones es magnifico para los amantes de la naturaleza desordenada y del aspecto salvaje. Todo el terreno esta cubierto de árboles de grande altura y de una vegetación lujuriante. La sombra de los árboles sería deliciosa si el céfiro pudiera abrirse paso por su fronda. El mahagua |(bombar), sobre todo, merece la admiración del viajero; el tronco de ese árbol es altísimo y su copa espesísima. El fruto encierra una especie de lana que los negros emplean para taponarse los oídos.

Poco es lo que la mano del hombre ha cultivado en estas vastas extensiones; algunos campos de algodón, de maíz, algunas matas de añil, en eso consiste toda su riqueza agrícola. El negro, que con el mulato es la clase de hombres que se suele encontrar con más frecuencia, sometido a un amo indulgente, se entrega al ocio al cual, por lo demás, invitan el calor de la zona ecuatorial y la multiplicidad de las fiestas religiosas; obligado a satisfacer al dueño una renta fija y médica, la paga puntualmente porque no se necesita trabajar mucho para obtener su importe. Así se explica que en la región que hay entre el mar y Barranca se encuentre úno con un país cultivado y habitado como el que recorrí en África; a veces hasta hubiera creído que estaba en aquel continente, de no haber sido porque la autoridad está aquí siempre en manos de los blancos o de gentes que aspiran a ese título sin tener verdadero derecho a ostentarlo.

El camino, sin ser malo, no tiene un nivel constante; el terreno está cubierto de montecillos que hacen que la vía suba y baje con frecuencia. El tráfico que por allí se hace es considerable, ya que en la época seca es la principal vía de comunicación entre la capital y la costa; sin embargo, ninguno de los pueblos por donde se pasa es rico: hay algún ganado, que en esta época tenía un aspecto mísero. En los llanos tropicales los animales, lo mismo que las plantas, necesitan de las lluvias para reponerse; en cuanto éstas cesan, languidecen de nuevo. Los caballos son bastos y muy flacos.

Los jaguares, los monos y los loros hacen resonar el aire | con sus maullidos y sus gritos estridentes; por los bosques pululan en gran número los ciervos y los cerdos cimarrones.

Los grandes bosques, en los que sólo algunas flores rompen de vez en cuando la monótona uniformidad, no tienen nada de pintoresco. Con la proximidad al Magdalena, las perspectivas son más rientes; el terreno no está ya constituido por el árido gris, que hace tan triste el camino de Cartagena a Barranca las tierras de aluvión parecen invitar a los habitantes a cultivarlas con más esmero; la vegetación, con la humedad, se muestra más lozana y el ganado está más gordo y se multiplica más y mejor.

Barranca, punto donde los viajeros que suben por el Magdalena se embarcan en la época seca, está poco poblado a pesar de su buena situación. Si el calor es muy fuerte durante el día, la brisa que de tiempo en tiempo sopla refresca la atmósfera, y no pára en esto su efecto saludable, sino que también se lleva con ella, hacia la parte alta del río las numerosas nubes de mosquitos: en Barranca no hay mosquitos. La importancia que hoy tiene este pueblo debida a las piraguas o a los burros que se alquilan a los viajeros, desaparecerá desde el momento en que el Dique sea navegable en todo tiempo; parece que se tiene el proyecto de ocuparse en ello.

 

 

1 En 1820 había en los Estados Unidos 1.538.128 esclavos. No es, pues, sin motivo que el Gobierno de esta República se ha unido a los ingleses para oponerse a la trata de negros. Por esta razón, lejos de consentir el aumento de su número mediante el aporte de nuevos contingentes, se esfuerza por todos los medios posibles en hacerles disminuir, bien sea exportándoles, bien sea promulgando leyes terribles contra la introducción de negros en su territorio. Tal vez no se haya dado contra esta raza desgraciada un decreto más severo que el que se promulgó en la Carolina del Sur en 1823. Ese decreto establece que los capitanes de buques mercantes que tengan a bordo de sus buques hombres de color, libres o esclavos, deben durante la estadía en puerto hacerlos encerrar en la cárcel y además sufragar los gastos que origine su detención. En caso de inobservancia de esa disposición, los capitanes son condenados a una multa de mil dólares y a dos meses de prisión; en cuanto a los negros, libres o esclavos, serán vendidos de conformidad con la Ley de 20 de diciembre de 1820.

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