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CAPÍTULO
XIII
Llegada a jamaica - Salida para
Europa - Las Lucayas - Falmouth – Llegada a Francia.
Me embarqué en una goleta inglesa rumbo a Jamaica. Me he quejado
de los marinos del Pacífico, pero los del mar de las Antillas
tampoco me dejaron muy satisfecho. La sórdida parsimonia que imperó
en la distribución de los víveres durante los doce días que duró la
travesía me redujo a un estado tal de debilidad, que tres semanas
en Jamaica apenas si me restablecieron. Es necesario que los
ingleses, que ponen tánto cuidado en procurarse hasta lo superfluo,
tengan una constitución muy robusta para soportar a la vez tamañas
privaciones. En efecto, a bordo de esos pequeños buques apenas
comen, y cuando están enfermos se administran los remedios más
violentos sin mayor discernimiento.
El mismo día en que salimos de Chagres encontramos una fragata
inglesa que hacía rumbo a Cartagena, de donde debía seguir para
Santa Marta; viaje que el capitán de mi barco llamada "la
jira" de los navíos de guerra ingleses. Este hacía la suya
para recoger el dinero de los negociantes de América y, mediante el
uno y medio por ciento llevarlo a Jamaica.
Dimos vista a Cartagena el 2 de diciembre luégo atravesamos a
considerable distancia de tierra las corrientes del Magdalena.
Mientras navegábamos de bolina en el golfo de Darién, los vientos
soplaron del Noreste y las corrientes del Suroeste; desde que
doblamos La Popa las corrientes venían del Noroeste y los vientos
soplaban del Sureste. El 4 de diciembre divisamos a Jamaica. El mar
estaba agitado y se veían algunas trombas. Como apenas si soplaba
viento no pudimos entrar en la rada hasta el día siguiente a las
diez de la mañana, aprovechando la brisa de alta mar. Después de
haber navegado de bolina por el canal llegamos al fondeadero a
medio día. En el acto salté a tierra.
Jamaica está atravesada de extremo a extremo por una cadena de
montañas muy altas, y a pesar de respirarse en sus cumbres un aire
delicioso, están muy poco pobladas. El criollo en todas las
Antillas tiene miedo a alejarse de la costa; no quiere perder de
vista los buques de Europa, y el cebo de las ganancias y el miedo
le retienen en las orillas malsanas del mar.
Las brisas de tierra soplan durante una parte del día y en el
transcurso de la noche. Este aire fresco, que pudiera parecer
delicioso, es nefasto para los europeos, pues al cortar la
transpiración ocasiona la fiebre; impide asimismo a los buques
entrar en el puerto antes de la diez de la mañana, hora en que se
levanta el viento del mar.
A más del número considerable de aldeas que pueblan la isla de
Jamaica, hay algunas ciudades pequeñas como Spanishtown y Kingston,
que son las principales. La segunda es capital y a la vez sede del
Gobierno; la primera es ciudad comercial, muy frecuentada por los
extranjeros; tiene mucha animación, al paso que la otra no tiene
movimiento.
A la entrada del puerto de Kingston está el pueblecillo de
Port-Royal; en las proximidades de éste se halla el fondeadero de
los buques de guerra, que habitualmente suelen ser veinte o
veinticinco. Independientemente de esta escuadra, las orillas que
son paso obligado antes de llegar al puerto comercial, están
defendidas por un castillo muy fuerte y por varias baterías.
El forastero que viene de las colonias españolas se queda
maravillado al ver la actividad que reina en el puerto y el número
considerable de buques surtos en él. Cerca de los embarcaderos hay
inmensos depósitos forrados en láminas de hierro batido, para
almacenar las mercancías. Esta parte de la ciudad, que recuerda los
|docks de Londres, es una de las más curiosas. Mientras en
los patios se apilan tablones de caoba de Yucatán, palos tintóreos
de Campeche, tablas y duelas del Canadá, y mástiles de Virginia, en
otra parte se amontona el hierro, el cobre y el plomo, y un poco
más allá se hacen rodar los cuñetes repletos de metales preciosos
oriundos de Colombia y de Méjico.
En la ciudad se advierte un movimiento no menos curioso: aquí
hay un almacén atestado de las más ricas telas de la India y de
Mánchester; allá hay otro repleto de objetos de cristal y de vidrio
de todas clases. En una calle están los vendedores de salazones,
comercio importantísimo, ya que constituye la principal
alimentación de los habitantes del campo.
El gentío que anda por la calles es tan grande, y el número de
coches, elegantes cabriolés y landós, que se cruzan en todas
direcciones, es tal, que no he pasado tántos apuros para cruzar una
calle en ninguna de nuestras grandes ciudades de Europa. Kingston
está muy bien trazada construida en el declive poco acentuado de la
montaña; todas las calles van en línea recta desde aquélla hasta el
mar. Esta orientación, que desde luégo contribuye a darle un
aspecto agradable, tiene sus inconvenientes durante la época de
lluvias, porque los torrentes que bajan de la montaña corren por
las calles y ocasionan daños considerables.
Las casas son de madera, y como están limpias y bien
construidas, úno las encuentra deliciosas: en las calles
comerciales éstas suelen tener una galería baja para pasearse al
abrigo del sol o de la lluvia. El cuartel y la sala de espectáculos
son del mismo estilo que las casas particulares.
Hay un templo anglicano, una iglesia católica, dos iglesias
escocesas, tres sinagogas y tres templos metodistas. Todos esos
edificios, del mismo estilo que las casas, sólo se distinguen de
ellas por sus mayores dimensiones.
El número de esclavos es prodigioso si se compara con el de
blancos; hay 200.000 esclavos y sólo 12.000 blancos. Entre éstos se
cuentan 4.000 franceses de Santo Domingo, únicos que quedan de los
22.000 que se expulsaron de Cuba en 1808.
La población negra, a pesar de las milicias y de una guarnición
de 3.000
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hombres, es motivo de constante preocupación; a
cada paso se dispara el cañonazo de alarma, y constantemente la
guarnición está sobre las armas; se diría que tropas enemigas están
invadiendo la isla, pero son los negros el único enemigo. Los
ingleses siguen no obstante un sistema muy sabio: para ellos no hay
distinción entre hombres libres y esclavos. Según la legislación,
el amo no puede azotar por sí mismo a su esclavo; cuando ha
delinquido, tiene que entregarlo al juez, que le hace administrar
39 latigazos; éste es el máximo de la pena y solamente puede
infligirse una vez por semana. Pero a pesar de esta especie de
justicia, a pesar de la estimación que los hombres de color tienen
al inglés, a pesar del exacto cumplimiento de las leyes y del
terror que inspiran, todo el mundo está inquieto, por nada se toman
las armas y los días de fiesta y durante varios más, se ponen
guardias en los tejados de las casas. Estas precauciones no son
superfluas, pues los negros no han olvidado la terrible persecución
de los
|bloodhounds (especie de perros feroces que hay en
Cuba), azuzados en 1795 por Lord Balcarres.
Jamaica, como es sabido, produce en abundancia café y azúcar.
Aunque todos estos productos deben ir a Inglaterra, se introduce
gran cantidad de ellos, en calidad de contrabando, a los Estados
Unidos. Jamaica no sólo es el mayor almacén del continente
americano desde el Perú hasta Méjico, sino que lo es también de
Cuba y los Estados Unidos, únicos que pueden enviar sus buques a
esta colonia inglesa. Aunque diariamente salen de aquí para
Chagres, Riohacha y Cartagena, la prosperidad de Jamaica se debe
menos a las relaciones comerciales con los países extranjeros, que
al intercambio de sus productos agrícolas por los manufacturados de
la metrópoli; como ésta tiene el privilegio de vestir y alimentar a
los 2 o 300.000 individuos que pueblan la colonia, las relaciones
entre esta última y la Madre Patria son constantes y de importancia
muy considerable.
Es de advertir que las mercancías que se exportan directamente
de Inglaterra a los puertos del continente americano, producen
menos beneficios que los cargamentos expedidos desde Jamaica, a
pesar de los derechos que éstos pagan a la aduana inglesa; la razón
es sencilla y consiste en que los judíos que están a la cabeza del
comercio de Kingston, hacen a los propietarios de América adelantos
de dinero, adelantos que son reintegrados con el contrabando que
les es fácil hacer con ayuda de los comerciantes del país, mientras
que el comerciante inglés, mal informado, tiene que pagar todos los
derechos y consigue con mucha dificultad cargamentos de mercancías
que se reservan para los amables prestamistas de Jamaica.
La importancia de esta isla habrá de disminuir necesariamente
cuando los ingleses establezcan el depósito de su comercio con la
India en Panamá. Este proyecto tiende de día en día a convertirse
en realidad; no constituye una novedad; es el mismo que los
españoles concibieron desde la época del descubrimiento del Istmo
por Balboa, puesto en práctica con la calma que suelen emplear en
todos los asuntos. Los buques de la compañía inglesas de las Indias
reemplazarán pronto en el Pacífico a los galeones españoles que lo
surcaban; de Acapulco bajarán hasta Guayaquil, distribuyendo en
todos los puertos los productos de las fábricas asiáticas, que las
de la Gran Bretaña no pueden producir a tan bajo precio. A la vez
los buques salidos de Chile, cargados con cobre de Coquimbo, estaño
de Arica y otros metales mucho más preciosos, irán a los puertos de
China para cambiarlos por el mercurio, indispensable para la
explotación de las minas de plata.
Al contemplar las ciudades, las factorías las casas y las
costumbres de los pueblos del continente americano, úno se da
cuenta de que todo ello está tan arraigado que sólo el curso de los
siglos podrá introducir algunos cambios. Esto no sucede con las
Antillas, y por lo tanto con Jamaica. En su casa, en su vida
interior, el habitante de este archipiélago ha conservado el
aspecto del colono que está de paso. No suele casarse; siempre está
dispuesto a emprender el viaje de regreso; nada le retiene al
suelo, pues sus víveres, sus buques y a veces hasta su propia casa
vienen del continente. Su carácter formado por todos los contrastes
posibles e imaginables, mezcla extraña de la avidez seria y
prudencial de los ingleses y de la frivolidad despreocupada de los
franceses, del espíritu calculador y avariento del judío, de la
fría tenacidad del danés y del sueco, de la indolencia del negro y
del orgullo del mulato, no se parece ni al del llanero inclinado a
la vida errante, ni al del andino con sus costumbres suaves, ni
tiene la afición mercantil del americano del Norte; y, a pesar de
ello ha retenido algo de todo eso, pues al hombre de las Antillas,
a cualquier casta que pertenezca, no le gusta permanecer quieto
durante mucho tiempo; le falta espacio, viaja de una isla a otra,
desea talvez más de lo debido la ganancia, y está por lo tanto
siempre dispuesto a hacerse soldado o corsario; inclinación que le
toma peligroso para el continente, cuyos ejércitos, integrados por
criollos blancos y por indios, difícilmente podrían hacer frente a
los belicosos antillanos.
Constituye la mayor preocupación de los criollos blancos el
establecimiento a breve plazo de relaciones comerciales entre las
Antillas y África. Según ellos, los negros de esas islas irían
dentro de poco a buscar, en el continente, del que sus padres
fueran arrancados, legiones de auxiliares, en lugar de los esclavos
que se compraban antes. Sus presentimientos van todavía más allá:
como se ha observado en Oceanía y en algunas partes de Asia,
veremos, dicen, en América a una raza mezclada apoderarse del país
y expulsar a todos los propietarios blancos u obligarles a
retirarse a lugares inaccesibles. Esas regiones en los trópicos se
hallan en los Andes, cuya cadena interrumpida de montañas
constituye realmente un mundo aparte que se podría denominar la
Europa equinoccial, y que parece destinada a poblarse de hombres
del mismo color de los europeos. En cuanto a las llanuras y a las
costas de América, su clima insalubre parece que las hace
únicamente aptas para ser pobladas por gentes de origen africano.
Según este nuevo reparto de América, los pueblos que habitan las
provincias bañadas por el Océano Pacífico sólo tendrían relaciones
frecuentes con Asia, mientras que los habitantes de las costas del
Atlántico las mantendrían más especialmente con África. Con las
primeras el oro serviría para adquirir tejidos, y con las segundas
esos mismos tejidos servirían para comprar soldados.
A medida que me iba aproximando al fin de mi viaje, el deseo de
terminarlo era mayor; la proximidad de las festividades de Navidad
hacía que las ocasiones de embarque para Europa fuesen cada vez más
raras, hasta el punto de que no había más que un solo barco, el
buque correo
|Fleeping que se hiciese a la mar en el mes de
diciembre; tomé pasaje a bordo de él. Nos hicimos a la vela el 25
de diciembre; dos días después estábamos entre Cuba y Santo
Domingo. Navegábamos sin contra tiempo y el 1º. de enero dimos
vista a la isla de Crooked-Island, una de las Lucayas. Fondeamos.
Los buques correos ingleses entregan aquí sus pliegos para el
gobernador del archipiélago.
El aspecto de Crooked-Island es tan triste como el que ofrecen
todas las Lucayas; el terreno es bajo; el centro de la isla está
formado de arena y piedras, y su única vegetación está constituida
por unos cuantos arbustos; las orillas del mar están formadas por
madréporas y corales que sirven de guarida a gran número de
tortugas. La principal riqueza de los habitantes del país consiste
en la venta de sal y de algodón que recogen algunos esclavos
negros. Los parajes de estas islas son muy peligrosos, y muchos
buques se han perdido con vidas y bienes en los arrecifes que las
rodean. Quien haya navegado por sus costas no puede menos de
admirar el valor y la pericia de Colón, que supo escapar a los
peligros que debió encontrar a cada paso en este mar plagado de
escollos, entonces desconocidos.
Pernoctamos en Crooked-Island y nos hicimos a la vela al día
siguiente. La travesía apenas si fue contrariada por los vientos, y
divisamos el cabo Lézard el 28 de enero de 1824, sin haber
experimentado el menor contratiempo y hasta sin haber tenido temor
por accidente de ninguna clase. Al día siguiente hicimos rumbo a
Falmouth, donde fondeamos a la salida del sol. El espectáculo
encantador que ofrecían las verdes campiñas de su bahía no hacía
más que aumentar nuestra alegría de vernos en Europa.
Pocos días permanecí en Falmouth, partiendo en seguida para
Londres, adonde llegué el 6 de febrero. Tres días después, y no
queriendo demorar por más tiempo la satisfacción de verme en
Francia, me embarqué para Calais, donde sólo me detuve una noche, y
el día 13 de febrero llegué a París.