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CAPÍTULO XI
Vías de Comunicación por tierra y
por agua - Leyes comerciales.
Las comunicaciones por el interior todavía son mucho más
difíciles. Si se hacen por tierra, no hay más que precipicios,
cenagales y peligros de todo género; cuanto más importantes son los
caminos, se encuentran en peor estado, por la sencilla razón de que
son los más frecuentados y de que no los arreglan nunca. De modo
que los caminos más malos son los que llevan a la capital y los que
van del Cauca al Pacífico y de Panamá a Cruces.
Los gastos de transpone son también por esta razón el triple de
lo que debieran ser; de manera que el transpone de las mercancías
que se envían de Cartagena a Bogotá se puede estimar en un treinta
y cinco por ciento. Pero también es verdad que se compensan para
los tejidos por la diferencia del metraje, que es de un cuarenta
por ciento a favor nuéstro y de un ocho por ciento a favor de los
ingleses cuando se vende sobre precio de factura, ya que se pide
por una vara el mismo precio de una ana o de una yarda.
El trazado de los caminos lo hacen las lluvias; los terremotos
los abren y los torrentes los cavan; sólo se puede andar por ellos
en mula y en algunos sitios en bueyes, que gracias a la seguridad
de su paso pueden salir de los cenegales y de los profundos
pantanos en que a cada momento úno se atolla; en algunos sitios ni
siquiera se puede utilizar este animal, y hay que recurrir al
hombre, en cuyas espaldas se hace úno transportar a poco costo, a
pesar de las fatigas terribles que sufren esos infelices. En esta
forma pasan el Quindío y la cordillera que separa el Cauca del Gran
Océano.
Todas las carreteras reales han sido desembarazadas de los
árboles que las obstruían; tienen quince varas de ancho; este
importante servicio se debe a España, pero claro está que no
remedia un sin fin de otros inconvenientes, como se verá más
adelante.
En algunos sitios las montañas son tan abruptas que el único
medio de suavizar lo escarpado de la pendiente es trazar el camino
en zig-zag, y en otros sitios construir verdaderos peldaños, que
constituyen una escalera tan angosta y tan empinada como las de
algunas de nuestras torres, pero no obstante se bajan a
caballo.
A cada paso se encuentran valles, y en cada uno de éstos hay
torrentes. La comunicación entre las dos orillas se hace mediante
puentes construidos con dos árboles sobre los que se ponen
transversalmente palos cubiertos con una delgada capa de tierra.
Estas obras rusticas se bambolean, y al pasar parece como si
estuvieran a punto de hundirse; no tienen barandilla, y, por rara
coincidencia, ninguno de esos puentes mide más de cuatro pies de
ancho. Si uno de sus travesaños podridos viniese a ceder bajo las
patas del caballo, el animal al forcejear arrastraría al jinete a
las profundidades del abismo, donde perecería estrellado contra las
rocas que erizan los cauces. Y sin embargo la seguridad, debida a
la costumbre, es tal, que se pasan esos frágiles puente lo mismo de
noche que de día y sin experimentar el menor temor al oír el
estruendo que producen las aguas al precipitarse de salto en
salto.
Por lo general, el terreno adyacente a los extremos de esos
puentes suele ser pantanoso; los habitantes de los alrededores
colocan troncos de árboles que casi siempre dejan sin afirmar.
No se concibe cómo después de doce años de guerra ninguno de los
bandos contendientes haya hecho una carretera militar. En efecto,
los ejércitos al mando de jefes expertos, cuando luchan contra
naciones bárbaras, bien sea para penetrar en ellas, bien sea para
conquistar, suelen dejarles, para indemnizar los estragos que les
han ocasionado, caminos y puentes que el comercio aprovecha en
seguida para aportar después la abundancia y los conocimientos. En
las guerras colombianas, que no fueron sino luchas de partidos, las
peñas, los abismos los malos caminos, se convertían en otras tantas
fortalezas en que las tropas se emboscaban. Por otra parte, éstas,
cuando no llevan impedimenta y tienen artillería ligera, sólo
necesitan trochas para sus movimientos: ésta es la razón de no
considerar necesario el ensanche de caminos.
Sin embargo Morillo mejoró notablemente muchos de ellos,
principalmente el que va de Santafé, por Cáqueza, a los Llanos, y
el que va de la capital al Magdalena. Pero este general, preocupado
con las necesidades de la guerra, descuidó otros muchos de la mayor
importancia.
Por ejemplo se pudo haber evitado la peligrosa navegación del
Magdalena abriendo al comercio un camino mas seguro y más corto
entre Guarumo y Guaduas. Otro, trazado al este de Bogotá por
Choachí hubiera permitido ir en tres días hasta la desembocadura
del Orinoco. Finalmente, un tercero, mejorando el trecho entre la
capital y el Zulia, hubiera permitido seguir el camino, siempre más
sano, de la cordillera.
El actual Gobierno ha comprendido una parte de esas ventajas, y
en su virtud ha especificado en la concesión exclusiva a un alemán
para el establecimiento de buques de vapor, que el
|contratista
habrá de abrir una carretera de Guaduas a Guarumo. Sin embargo
este proyecto no deja de presentar dificultades, a pesar de que
todo el terreno sea propiedad del coronel Acosta, partidario
acérrimo de las reformas, circunstancia que allanaría muchos
inconvenientes; la dificultad estriba en la elección de uno de los
tres caminos que hoy se utilizan y que requieren una serie de obras
si se desea un camino mejor que cualquiera de los actuales.
Estos caminos parecen menos malos cuando se ha viajado por vía
fluvial, aunque las incomodidades que deben soportarse en los ríos
provienen menos de las privaciones de todo género que hay que
sufrir que de los acompañantes.
Los principales ríos navegables, o que lo son gracias a las
embarcaciones ligeras que se utilizan, son: el Magdalena, el
Orinoco, el Zulia el Cauca, el Atrato, el Dagua, que desemboca en
el Gran Océano en las inmediaciones de Buenaventura, y el Chagres,
que vierte sus aguas en el mar de las Antillas.
Todos estos ríos tienen el mismo aspecto salvaje; la navegación
es la misma: por eso la descripción hecha de la del Magdalena puede
servir para darnos una idea de la navegación por el Zulia y el
Orinoco.
El Magdalena comunica entre sí las provincias de Neiva, Popayán,
Mariquita, Antioquia, Santa Marca y Cartagena. La anchura de este
río y la profundidad de su cauce permitirían a buques de gran
tonelaje remontarlo hasta Nare en la época de sequía, y hasta Honda
en la de lluvias. No es probable que pudieran subir, como los
champanes, hasta Neiva, pues éstos tardan desde Honda veinte días,
y eso que navegan a la sirga.
Los bancos de arenas, que obstruyen y estrechan en algunos
sitios el cauce del río, serán grave inconveniente para la
navegación de buques de gran calado como los de vapor. El percance
acaecido cerca de Garrapata, a una chalupa de Santa Marta que se
desfondó al chocar con un tronco, constituye una prueba
palmaria.
Para salvar el inconveniente que ofrecen esos bancos de arena
habría que disminuir el gran canal de irrigación que viene a ser el
Magdalena para convertirlo en un verdadero canal comercial, pues la
multitud de brazos al fecundar enormes extensiones de terreno,
quita profundidad al cauce del río y hace menos segura la
navegación. Así, en los sitios en que debería ser más profundo por
el número de afluentes, resulta que se pierde una cantidad
prodigiosa por las sangrías que las llevan tierra adentro. Por
último, siguiendo el ejemplo de la Naturaleza, que por mil medios
despeja las márgenes del río, el hombre debería talar algunas
partes de las orillas cubiertas de bosques muy espesos y de
malezas, y limpiarlas de troncos y de rocas a las cuales, con mucha
frecuencia, hay que aproximarse para evitar las corrientes.
De esa manera la exclusiva concedida al empresario de los buques
de vapor será de verdadera utilidad, y los barcos que gracias a
ella surcaran el Magdalena harían menos penosa para el europeo la
navegación por ese río al procurarle una serie de comodidades que
la tornarían más llevadera.
El establecimiento de la navegación a vapor por el Magdalena
ofrece grandes ventajas; acelerará el comercio y mejorará la
agricultura en la región de la cordillera al convertir ese río en
un canal de valor inestimable por el cual las riquezas extraídas de
las entrañas del suelo y las producidas por las cosechas podrán
descender hacia el mar de las Antillas, al paso que el Orinoco
llevará los productos de los Llanos de Casanare y de la Guayana al
Océano.
Para la navegación por el Magdalena sólo se emplean piraguas y
champanes. Las primeras las utilizan los viajeros que no llevan
mucho equipaje, y los correos del Gobierno; no son sino un tronco
de árbol vaciado a hachazos; una piragua de diez y seis a veinte
varas suele costar doscientas piastras; no se pueden transportar en
ellas más de veinte cargas.
Las que se toman en Barranca o en Santa Marta no pasan de
Mompós, y gastan tres días para subir desde la orilla del mar hasta
esa ciudad; para ir a Honda emplean más de veinte.
El champán sirve para el transporte de mercancías; es un barco
bastante grande, de dimensiones parecidas a los que transportan por
el Sena las frutas en el otoño; tiene un techo de bambúes que
preserva el cargamento de las inclemencias del tiempo y sirve
también de puente para que los bogas, encaramados en él, empujen el
barco con sus largas pértigas. Un champán lleva generalmente
doscientas cargas que pagan flete de diez piastras de Mompós a
Honda. La tripulación de un champán es de veinticuatro bogas, que
cobran a razón de doce piastras cada uno. Además es de cuenta del
viajero la alimentación de esos hombres y el alquiler de la
embarcación, que vale cuatro piastras. A veces se tarda más de un
mes en subir hasta Honda.
Esos medios de transporte son sumamente incómodos y dispendiosos
por el tiempo que se pierde en vencer los raudales del Magdalena y
por la pereza de los bogas, que son indisciplinados.
Estos hombres deben ocupar el último escalón en la clasificación
de la especie humana: son una mezcla de individuos de todos los
colores que no han conservado sino los vicios de las distintas
razas de donde provienen; si están descontentos del viajero, le
abandonan en la orilla y se escapan a los bosques, dejándole en la
situación más espantosa que darse pueda.
Los otros ríos nos ofrecen la misma clase de gente e idénticas
embarcaciones; si hay algunos que presenten mayores peligros que el
Magdalena en cuanto a la navegación; otros en cambio ofrecen
menos.
El Cauca, que atraviesa la Cordillera Occidental y riega sus
fértiles valles, sólo es navegable hasta Cartago, donde las
montañas estrechan su cauce, y lo obstruyen con rocas y troncos. Si
se pudiera, aguas abajo, franquear los escollos que cortan su
cauce, el Magdalena se convertiría en un canal doblemente
importante, puesto que el Cauca, su principal afluente, le
aportaría todas las riquezas agrícolas que desde Popayán a Anserma
se dan con una abundancia maravillosa, y el Nare, que constituye
hoy la vía de comunicación más directa entre Antioquia y el
Magdalena, no sería ya la única entre esa provincia y el río.
Una de las vías de comunicación más importantes es la que va de
Cali por Buenaventura al Gran Océano; el camino es tan malo que de
ordinario se suelen utilizar hombres para llevar la carga; el río
que luégo hay que bajar no es más que un torrente, tan lleno de
escollos, que a cada paso se corre el riesgo de perecer; por eso no
se utilizan sino unas piraguas muy pequeñas que van muy poco
cargadas.
El Zulia es una arteria magnífica, poco ancha, que corre entre
Maracaibo y Cúcuta
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,
centro muy importante del comercio del cacao. Día vendrá en que
este río será objeto de mejoras por parte de un gobierno más
decidido y mejor orientado; los ingleses ya han calculado las
ventajas que ofrece, puesto que han solicitado la autorización para
establecer buques de vapor; sus proposiciones no han sido todavía
aceptadas.
El Orinoco, el río más hermoso de Colombia, tiene sus márgenes,
lo mismo que las del Magdalena, casi desiertas; la navegación está
confiada a unos bogas groseros e ignorantes. Este río ofrece la
doble ventaja de tener un cauce ancho y profundo y de ir a parar al
Atlántico, ventajas que le hacen muy superior al Magdalena, cuyo
cauce está cortado por rocas y cuyas aguas van al mar de las
Antillas, tan lleno de peligros, ya por las tempestades que se
desencadenan, ya por los corsarios que lo infestan y que tienen sus
guaridas en el inmenso archipiélago que le cierra por el Este y
cuyos pasos están casi todos en manos de los ingleses. ¿Quién sabe
si con el tiempo el Orinoco no será el único medio de comunicación
entre el Océano y la cordillera? Los ingleses, que no dejan escapar
nada que pueda contribuir a asegurar su influencia, ya han
solicitado una exclusiva para establecer barcos de vapor en el
Orinoco.
El Atrato cierra la lista de los ríos más importantes de
Colombia. Este río estuvo a punto de arrebatar a Panamá una parte
del comercio del Pacífico. Si el Gobierno no hubiera tenido que
hacer frente a tántas dificultades y hubiera podido unir el Atrato
con el río San Juan, habría hecho al país un beneficio
incalculable; los trabajos de esa empresa, abandonados en manos de
un oficial carente de los conocimientos necesarios, no tuvieron el
impulso debido, y finalmente han sido abandonados.
Guayaquil es el puerto principal de la Cordillera Occidental y
viene a ser el almacén de donde se surten Lima y Panamá. Cartagena,
Santa Marta y Maracaibo son los puertos de la Cordillera Oriental;
Puerto Cabello y La Guaira, los de la provincia de Caracas; pero
Panamá y Portobello están llamados a tener un gran porvenir, pues
los ingleses proyectan hacer de Panamá el centro de las relaciones
entre Europa y Asia.
En Francia se creía que Colombia pensaba abrir un canal para
comunicar los dos mares por el Istmo de Panamá. Esta República no
tiene medios suficientes para emprender una obra de esa
envergadura, tan costosa y tan llena de dificultades. Además, haría
mal en realizarla, porque se atravesaría su territorio sin tener
que solicitar su autorización y hasta talvez sin pagarle ningún
derecho de piso.
Los ingleses han estudiado la posibilidad de realizar ese canal.
Se desconocen los resultados de sus estudios. Según las gentes del
país, la apertura de un canal para el paso de aguas no ofrece
dificultades, pero sería imposible hacer uno que permitiera el de
los grandes buques.
Los caminos y los medios de comunicación por el interior de
Colombia presentan en la actualidad muchas dificultades, pero en
cambio se viaja por ellos con seguridad absoluta. El hecho de que
después de guerras civiles tan largas no haya bandolerismo y que
muy pocas veces le insultan a uno, es una comprobación que honra a
sus habitantes.
Las posadas suelen estar situadas en los sitios en donde hay
agua y pasto; y generalmente solamente hay eso. Esto también es lo
que suele acontecer en las márgenes del Magdalena, continuamente
expuestas al saqueo de la tropa; en todos los demás sitios se
encuentran pollos, huevos, plátanos y chicha, que es la cerveza del
país. No suele haber más cama que la piel de un toro o una estera;
pero a pesar de que las puertas no tienen ni cerradura ni cerrojos,
las mercancías se respetan. ¿En qué lugar de Europa se podrían
dejar los artículos más valiosos sin otra seguridad que la que
ofrece un cordel, y dormir en medio de los bosques rodeado de cosas
muy tentadoras, sin que llegue a faltar nada?
El Gobierno actual dictó varias disposiciones que estimó
convenientes para el fomento del comercio. Así, por ejemplo, redujo
a dos y medio por ciento los derechos que, las mercancías
extranjeras tienen que pagar en el interior del país, y a un seis
por ciento el impuesto que pagan los extranjeros si las venden
ellos. Cuando éstas vienen consignadas a un comerciante del país,
están exentas de ese impuesto. Pero en todo caso no se paga sino
cuando se haya vendido la mercancía. Los derechos de puerto son de
media piastra por tonelada. La tonelada colombiana es, lo mismo que
la francesa, de veinte quintales. Ese impuesto es pagadero a más
tardar a los diez días de haber entrado el barco en el puerto.
La necesidad de armarse para la guerra ha hecho que se declaren
libres de derechos el plomo y los fusiles que se introduzcan en la
República, y que se rebajen en un cinco por ciento los derechos
sobre las mercancías traídas a bordo de buques cargados con
armas.
Finalmente, para favorecer el progreso de las ciencias se han
exceptuado del pago de derechos:
1º. Los instrumentos de física, geodesia y matemáticas; los
mapas, los libros impresos, los grabados, los cuadros, las
estatuas, las colecciones de antigüedades, los bustos y las
medallas.
2º. Los aperos de labranza, las plantas y las semillas, las
máquinas y herramientas para trabajar el oro, la plata, el platino,
el mercurio el cobre y el acero; las que puedan servir para mejorar
la navegación por los ríos y la elaboración del algodón y de la
lana; los troqueles para acuñar el oro, la plata y todos los
metales preciosos.
Por otros decretos se prohibió la introducción de tabacos
extranjeros, aunque al principio estaba autorizada su importación
mediante el pago de un derecho del cincuenta por ciento. También se
ha prohibido la introducción del café, del añil, del azúcar y de
las malezas del extranjero, y la salida del platino y del oro en
polvo o en lingotes.
El cabotaje está única y exclusivamente reservado a los
naturales del país. Los extranjeros sólo pueden transportar de un
puerto a otro del país las mercancías que han importado y que
figuren consignadas en los manifiestos.
El Arancel de Aduanas se reduce a dos leyes: una llamada de
exportación y la otra de importación. Esta última fue promulgada el
2 de agosto de 1823; el cuadro adjunto contiene todos los
detalles.
Todas las mercancías que no figuran en esta ley pagan el 25 por
ciento cuando se importan de las colonias en buques nacionales, y
el 17
|1/2 por ciento cuando proceden de Europa o de los
Estados Unidos y se transportan en los mismos buques. Cuando por el
contrario son originarias de las colonias, y vienen a bordo de
buques extranjeros, están sujetas al pago de un 30 por ciento o de
un 25 por ciento si proceden de Europa o de los Estados Unidos.
Todos los objetos de procedencia de las antiguas colonias
españolas, y que no son productos del país, pagan los últimos
derechos que las mercancías originarias de las colonias; en caso
contrario, reciben el mismo trato que las procedentes de los
Estados Unidos o de Europa.
Todos los productos
|que provienen de Asia, con tal de que
no sean de las colonias españolas,
|devengan un 12 por ciento
si
|vienen a bordo de buques nacionales; y un 25 por
ciento cuando no vienen directamente de Asia; cuando proceden
directamente de Asia a bordo de buques extranjeros, pagan un 20 por
ciento, y un 25 por ciento cuando no vienen directamente.
Este artículo merece, más que otro alguno, ser objeto de una
atención especial, ya que no es ningún disparate por parte de los
americanos el pensar que, cuando la población de su continente se
haya aumentado por medio de la inmigración, habrá de establecerse
un comercio directo entre ellos y Asia.
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