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CAPÍTULO IX
Carácter de los colombianos.
Después de haber trazado un esbozo de las razas
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que
integran la población de Colombia, queda por describir el carácter
nacional. Algunos de los trazos de mi dibujo parecerán talvez
engordados a aquellos que sólo han conocido a los hombres de saber
que están a la cabeza del Gobierno, de las altas clases sociales y
del clero bogotano. Desde luégo el cuadro que esbozo no se refiere
a esos personajes ni a ese círculo selecto, pues no hay que olvidar
que las ciudades capitales tienen una fisonomía característica que
se aparta muchísimo de la que prenotan las de provincias. En éstas
es donde hay que estudiar un país para conocerle a fondo: el que no
conozca sino a Bogotá, el que no haya vivido más que en la sociedad
de las penosas distinguidas que viven en la capital, no tendrá, ni
mucho menos, una idea exacta de los colombianos: la cantidad de
extranjeros que han pando por esa ciudad ha cambiado gran parte del
carácter nacional; éste sólo conserva su pureza en las ciudades
alejadas de la costa y de la capital.
El colombiano que habita la tierra caliente suele ser delgado,
de tez amarillenta; en general es bajo de estatura y pocas veces
esta bien constituído. El estado de debilidad en que languidece
proviene del empobrecimiento sanguíneo que sufre la raza blanca en
el trópico a medida que la sangre negra, que por lo general se
mezcla con la de los europeos, se va alterando y
desapareciendo.
A medida que úno se eleva hacia las regiones más frías, el color
de los blancos va siendo menos amarillento; todavía se muestra
pálido hasta a una altura de seiscientas toesas; al llegar a mil
toesas ya se ve buen color, y magnífico en la altitud en que se
encuentra Santafé de Bogotá, donde los hombres, sobre todo en la
infancia, suelen ser hermosos, y, aun cuando su constitución no sea
en extremo robusta y sean propensos en la edad madura a contraer
muchas enfermedades, su alta estatura y su esbeltez disimulan
perfectamente su decrepitud precoz.
El colombiano no tiene vivacidad en la fisonomía; su figura es
sombría, triste e inexpresiva; no refleja sino indolencia, y sus
movimientos lentos prueban, al menos, que aquellos signos no
engañan.
La paciencia será pues una virtud indispensable para el
extranjero; cuanto más quiera estimular la actividad de una persona
con quien esté asociado en un negocio, menos conseguirá, y hasta
podría suceder que por efecto de su insistencia las buenas
disposiciones de que se hiciera gala en un principio se
transformaran en aversión. Las prisas con un colombiano son como
despertar intempestivamente a alguien que esté durmiendo: no le
gusta actuar más que según su capricho; pretender reglamentarle es
imposible, y hasta pudiera ser contraproducente para el que lo
intentara.
Claro está que el alma del colombiano no es menos ardiente que
la del europeo; pero nacido bajo el dominio de un pueblo suspicaz,
tomó la costumbre de disimular bajo su aparente impasibilidad, los
sentimientos que experimenta. Sin embargo, hay gran diferencia
entre el hombre de los llanos y el de las montañas. El de Caracas
especialmente, comparado con el de Bogotá, parece mucho más
vehemente y hasta arrogante, mientras este último da la sensación
de estar dotado de un fondo de bondad, de sencillez y de buen
sentido.
El orgullo, que constituye la base del carácter nacional, es la
fuente de donde dimana la prevención que muchas personas tienen
contra los extranjeros; prevención que suavizan con la más
exquisita cortesía. También se podrá pensar que el sentimiento de
emulación que inspiran a los colombianos los buenos éxitos de las
actividades de los europeos, es la causa de la poca simpatía que
éstos inspiran; ya que su único pensamiento, el que les obsesiona y
les obsesiona y les embraga en todo momento, es el del interés. Ese
interés activo, que en el americano del Norte es germen de su
industria y el que la hace progresar; en el colombiano solamente es
un interés pequeño y personal parecido al del avaro; es esa
necesidad de acumular, de acaparar y no la de tener para poder
gastar; para disfrutar, interés este último que desarrolla un gran
movimiento comercial. La mentalidad del colombiano es la del
comerciante al detal.
Si en los negocios trata de ocultar el interés minuciosamente
calculado bajo la apariencia de una tranquilidad desinteresada, en
los asuntos políticos se contenta con sonreír y con formular
protestas, cuyo disimulo es menos impenetrable de lo que se cree.
Su manera de pensar en política la declara sin inconveniente; pero
no se conocen las medidas que toma si no por su aplicación; y
cuanto más severas sean, menos trascienden al exterior.
A cuanto se le pide contesta afirmativamente; cualquiera que sea
el favor que de él se solicite nunca dirá que no, pero promesa
hecha, promesa olvidada. Siempre dispuesto a poner
|diligencia; nunca da un paso. Esto no obstante, por su
manera de expresarse, resulta que siempre está dispuesto a hacer
cualquier cosa por el prójimo; todo está a su
|disposición;
cuando se pregunta por la salud de una persona, ésta contestará
siempre:
|para servir a usted. Error profundo sería el
creerlo, y la confianza que se ponga en sus buenos oficios con
frecuencia se verá defraudada.
Oiga cuanto oiga no se alterarán los rasgos de su fisonomía. A
juzgar por lo que dicen, los colombianos serían excesivamente
modestos, ya que ponen a Europa muy por encima de América en cuanto
a conocimientos y a saber. Todas estas protestas no suelen ser
sinceras, y se les halagará en grado sumo si se les dice que en
Europa no se hace nada mejor que en América.
A los colombianos no les gusta, por otra parte, que se
establezcan paralelismos entre ellos y los europeos; en especial
suelen estar muy ufanos del talento de sus generales. En Colombia
hay mucha gente que coloca a Bolívar como genio militar, muy por
encima de Bonaparte, porque miden la importancia de sus victorias
por la amplitud del teatro donde las obtuvo, en vez de considerar
la de los ejércitos que tuviera a sus órdenes. Para ellos hay muy
pocos sabios más eminentes que Mutis, Caldas y Zea. Velásquez, su
pintor; Mosquera, su primer orador en la Cámara, son, a juicio
suyo, hombres cuyo talento no ha sido igualado por los más grandes
genios de Europa. Al decir esto no exagero, pues es la opinión casi
general. Si algunas personas callan delante de un extranjero, ese
silencio debe atribuirse a su exagerada modestia. Ni hay que decir
que no tienen estimación alguna al soldado europeo; sus victorias
sobre las huestes españolas pueden confirmar su desprecio por las
tropas de nuéstro continente.
Estos sentimientos no deberán sorprender si se tiene en cuenta
que muchos colombianos, además del orgullo español poseen tan sólo
un conocimiento muy superficial de Europa; es pues, natural que no
sientan admiración sino por aquellos compatriotas que han
descollado, y esto precisamente demuestra que ya tienen un espíritu
verdaderamente nacional. Sin embargo reconocen a Europa una
superioridad literaria que por de contado habrá de inspirarles el
deseo de igualarla.
Les encantan los pleitos y detestan las disputas. De modo que,
en tierra caliente, con tal de que las mujeres les dejen mecerse en
sus hamacas a su gusto, fumando un cigarro, la paz reinará
inalterable en el hogar tanto más cuanto a pesar de su calma
aparente, tienen un temperamento tan ardiente como el clima en que
han nacido. En las montañas, la indiferencia y la indulgencia
garantizan la tranquilidad de los esposos.
Salvo la pasión por el juego y por las empresas ridículas, que
llegan al extremo, parece que todos llevan una vida ordenada y
tranquila. No se da un caso de suicidio; solamente en Quito, donde
hay
|puros, especie de círculos donde a veces pasan los
socios hasta tres días en terribles bacanales.
Los extranjeros, bajo la influencia de las descripciones
publicadas en Europa sobre el número considerable y la riqueza de
las minas de oro de Nueva Granada, sólo sueñan con explotaciones de
ese tipo, mientras que los habitantes del país no consideran al oro
más que como un metal común y corriente, y no piensan sino en
descubrir minas de platino y de diamantes.
La mayor parte de los colombianos carecen de conocimientos y
aptitudes para lo que pudiéramos llamar las artes agradables;
algunos sin embargo saben el francés, a casi todos les gusta
nuestra literatura y la prefieren a las de otros países; a los
sacerdotes, principalmente, les entusiasman nuestros escritores
sagrados.
Los cuadros que en Europa se pintaban con anterioridad a Rafael
pueden darnos una idea de los que se pintan en Colombia; el dibujo
es incorrecto; las figuras carecen de expresión; no hay en ellos
perspectiva alguna; y en general no se ven indicios de imaginación.
Los de Vásquez son una verdadera excepción de esa ley.
Si los americanos no pueden todavía eclipsar en elocuencia o en
poesía a los españoles, sus composiciones, sin embargo, están
exentas de ese ridículo que hace imposible la lectura de los
escritores franceses anteriores al siglo de Luis XIV. Sus
predicadores, lejos de parecerse a los nuéstros de esa época, ponen
la mayor gravedad y unción en sus sermones. Desde el punto de vista
literario, la gente de mundo en América está menos atrasada que en
lo relativo a las artes y a las ciencias.
En los discursos de los oradores en las Cámaras, pocas veces se
encuentran la elevación y los ademanes que arrastran la opinión en
una asamblea. Y sin embargo no faltan las ocasiones propicias para
producir grandes efectos oratorios ya que la Cámara se ha dividido
en valle y en montaña. Pero el estilo parlamentario no se ha
formado todavía; si el orador se anima monta en cólera: hasta he
visto a varios parlamentarios llorar de ira. Hay sin embargo muchos
oradores que tienen facilidad de improvisación.
Los españoles reprochan a los colombianos su afición a los
neologismos. Debemos nosotros estarles agradecidos de ese defecto,
pues gracias a él, desde la revolución, se han introducido en el
idioma español infinidad de expresiones francesas. Esta
predilección por nuestro idioma, dado el ascendiente que está
tomando el inglés en todo el territorio de la República no durará
mucho. En efecto hasta en las cosas más insignificantes, las modas
inglesas están suplantando a las españolas y a las nuéstras. En
todas las clases sociales se advierte una cortesía y una suavidad
en los modales y en las expresiones, que en algunas personas son ya
exageradas. Las gentes de abolengo tienen la virtud de la
hospitalidad, que desde hace ya tánto tiempo se ha perdido en
Europa.
Sin embargo no siempre tienen ese sello de espontaneidad que
resulta tan simpático a los ojos de un forastero. Por lo general se
atiende al extranjero según su vestido; éste unas veces le valdrá
muestras de deferencia y otras le expondrá a ser tratado con
familiaridad; y si su permanencia se prolonga terminará cansando o
se hará antipático.
Una norma que conviene no olvidar es la de que no se debe volver
a una casa donde se estuvo alojado anteriormente. Claro está que
hay que justificar esa actitud con un pretexto pero cualquiera que
se dé será admitido. En efecto, si se vuelve a una casa, se puede
pasar por una persona que trata de mandar, que cree tener derecho a
ser recibida, máxime si se ha sido generoso y desprendido con los
dueños, pues entonces se teme que el forastero adopte aires de
superioridad, que hieren la susceptibilidad de la gente.
El respeto a los padres, base y fundamento de toda sociedad, es
general en Colombia, y los niños sólo los tratan de
|señor y
de
|señora.
La mentira, la envidia y la ingratitud son los vicios
predominantes; verdad es que cada país tiene los suyos. Si nos
atuviéramos al proverbio popular "Para perdonar, Dios; los
hombres, nunca", se podría añadir que son rencorosos.
A veces se suelen llevar cubiertos de plata o telas a los
extranjeros para obtener dinero, dejándolos en prenda; éste deberá
negarse siempre, porque no es el deudor el que contrae la
obligación sino el acreedor; en efecto, si tiene la osadía de
reclamar la cantidad prestada a lo menos que se expone es a que le
llamen
|tirano. Muy principalmente deberá resistirse a la
tentación que puedan inspirar las cartas en que se pida con frases
zalameras, sólo por unos días, una onza de oro, insinuando muy
hábilmente que se devolverá. La mayor parte de las veces no se
vuelve a ver ni el dinero ni la trapacera.
Tanto si se da como si se presta se oirá con frecuencia esta
frase, que suena tan bien en los oídos de un bienhechor, pero que
resulta espantosa en los de un prestamista:
|Dios se lo
pague; y con mucha frecuencia hay que recurrir a su bondad
infinita para obtener el pago de las deudas que se contraen con un
hombre determinado, como si se tratara de toda la humanidad. Pero
|sin embargo, no puede úno menos de admirarse al comprobar el
sinnúmero de servicios remunerados, entre la gente del país, por
medio de esa expresión tan trivial. ¿Se pasa un puente, se ha
permanecido durante varios días en una casa? Se dan las gracias y
se marcha uno tan tranquilo sin pagar. Esta es la razón por la cual
sin duda, en algunas ocasiones le niegan a úno esos servicios,
negativa que se suele expresar con una delicadeza tal que no es
posible enfadarse, aunque a veces carezca de fundamento, pues
muchas gentes para excusarse de hacer un favor contestan
|somos
pobres, y no siempre lo son.
El extranjero deberá poner el mayor cuidado en no decir o hacer
todo cuanto pueda despertar celos, fuente eterna de todos los
odios; claro está que no me refiero a esos celos que se suelen
achacar a los españoles, porque son muy diferentes de los celos
americanos. El extranjero no debe exhibir talento ni ingenio, ni
más conocimientos que los indispensables; en cuanto al lujo, sólo
cuando éste vaya acompañado de una generosidad inagotable; sobre
todo no deberá alabar el mérito de un hombre delante de otro; sería
de mal gusto ponderar las riquezas de un ciudadano ante un pobre
hidalgo vecino suyo. Por eso se reprocha a los ingleses, que están
constantemente hablando de su país, porque parece como si quisieran
establecer comparaciones de mal gusto entre la pobreza de Colombia
y la magnificencia de la Gran Bretaña. Como norma de conducta
deberá tenerse presente que cualquier preferencia que se manifieste
o el elogio mas mesurado, son ofensas que la susceptibilidad, que
constituye el fondo del carácter nacional, no perdona. No debe
olvidarse que muchos colombianos se angustian con la sola idea de
ver a su patria expuesta por las revoluciones a ser presa de
extranjeros rapaces; muchos de ellos, como los españoles, llegan al
extremo de considerar como verdaderas usurpaciones las posesiones
europeas de las Guayanas y de algunos puntos de la costa del mar de
las Antillas.
Tampoco se suele encontrar en todos los americanos esa exquisita
delicadeza que podría definirse como la esencia de la probidad. En
muchos de ellos todavía se encuentran huellas recientes de la
esclavitud, que autoriza a valerse de la astucia y en ocasiones de
la trapacería para conseguir algo que no se pueda obtener de la
generosidad o de la justicia de los amos.
Se les podría hacer el reproche, que tampoco carece de
fundamento, de no ser frecuente en ellos el sentimiento de la
gratitud. Los beneficios se reciben con satisfacción, pero pronto
se olvida la mano que los hizo. Se consideran como alcanzados
exclusivamente por la insistencia que se puso en pedirlos, y
entonces se sienten relevados de volver a acordarse de ellos. Pedir
con insistencia, recibir con transportes de alegría y olvidar con
facilidad, son defectos comunes a muchos colombianos. Si sus
antepasados tuvieron el defecto de ser injustos, sus descendientes
tienen el de la ingratitud.
En sus diversiones en sus fiestas, en sus ceremonias, carecen de
dignidad. Todo en seguida degenera en una familiaridad que recuerda
una igualdad que no era la de los altivos republicanos. Pero por
otra parte, esa misma familiaridad en sus relaciones con los
extranjeros tiene una amenidad que resulta sumamente agradable.
Cuando han visto a una persona una vez, la saludan; cuando le
han hablado, le dan la mano y la llaman afectuosamente
|mi
amigo; y si tiene el mismo nombre le dan el título de
|tocayo. Hay que contestar a esos saludos y a esas
afectuosidades con amabilidad pero pocas veces con confianza todo
lo que se dice se repite; no hay secreto que no le exponga a úno a
cualquier disgusto. Por otra parte, una extranjero no debe nunca
dejarse llevar por esas efusiones o por la manía de dar
|consejos, pues por la altivez española, que todavía
subsiste, se toman en seguida por las gentes como humillación.
La conversación, cuanto más subida de color, más agrada; pero la
licencia debe esta más en la intención que en las expresiones,
porque éstas llevan como secuela algún castigo en el tribunal de la
penitencia que siempre inspira temor.
Algunas personas, incluso los eclesiásticos, hacen gala de la
más profunda incredulidad, a la vez que manifiestan el mayor
respeto por las prácticas externas del culto. Se pueden leer
|La
Guerra de los Dioses o las
|Obras de Boulanger, pero no
se puede dejar de asistir a misa o al sermón, razón por la cual
todos los colombianos asisten a ella puntualmente. Hasta los
hombres llevan una cruz de oro en el pecho y las mujeres un
escapulario.
Al hablar de la energía y de la fuerza moral de los habitantes
de las tierras calientes no he querido referirme al desarrollo de
sus facultades intelectuales. Los calores abrasadores y muy
especialmente las nubes de mosquitos que asuelan esas regiones,
impiden la concentración del espíritu y debilitan todos los
resortes para que permitan entregarse a las meditaciones constantes
que engendran los grandes descubrimientos.
Además, en las regiones equinocciales la misma naturaleza parece
convidar al reposo y a la molicie; hasta parece haber quitado al
hombre el deseo y la necesidad que aguzan el ingenio. No desea
nada, y la abundancia le sonríe por doquier. El apetito pocas veces
aprenda su estómago, y abundantes cosechas de fácil recolección
rodean su vivienda. Las ropas le abruman durante el día, y por la
noche le son indispensables; los campos está cubiertos de un plumón
fácil de tejer en telas ligeras para el calor del día, y en paños
de abrigo para el frío de las noches.
¿Qué grado cae perfeccionamiento alcanzarán las artes,
distracciones inútiles para la indiferencia de los habitantes
aletargados de los trópicos la pintura carece de colorido, la
escultura de encanto, porque no ofrece esa picante novedad que
presenta en Europa al traicionar el secreto de formas que están
siempre veladas. ¿El habitante libre de los trópicos cultivará con
entusiasmo el arte de los Perrault, para levantar con mil esfuerzos
de imaginación palacios suntuosos, ya que pasa los días y las
noches bajo una bóveda cien mil veces más deslumbrante que la de
los alcázares de los reyes? Y por eso mismo, ¿a quiénes se
atribuyen esos monumentos que se encuentran en las regiones de los
trópicos? A reyes o a pontífices crueles y soberbios, pues sabido
es que alrededor de esos templos fastuosos, el pueblo, lo mismo que
hoy, vivía en chozas de caña y de barro.
Los países abrasados por el sol del ecuador son la patria del
valor, de la alegría loca, de la habilidad y de la imitación; ni
son las
|tierras calientes. Los que por gracia de la
naturaleza no reciben sino un calor suave, son la patria de las
artes, del gusto y de la melancolía pensativa; ni serán los
Andes.
Y ya en este momento los habitantes de esas montañas tienen un
gusto más refinado por las artes que el pueblo calculador de los
Estados Unidos.
A los colombianos les ha faltado hasta ahora esa energía
emprendedora del gobierno ruso o del pueblo de los Estados Unidos,
que en pocos dios ha elevado esos dos países al primer plano entre
las naciones civilizadas. El Gobierno no tiene poder bastante para
hacer reaccionar la molicie asiática de sus habitantes, y el pueblo
no es lo suficientemente amigo de los extranjeros para desearlos
verdaderamente y para ayudarlos por todos los medios a su alcance.
Con todo, si no los quiere, tiene a orgullo el tratarlos bien. Los
negocios se harán con el norteamericano; pero la vida se vivirá con
él hispanoamericano, porque si sus modales son menos francos, en
cambio son menos rudos. Los vicios y las vicisitudes de Colombia
son comunes a todos las naciones que no han alcanzado el grado de
civilización a que nosotros hemos llegado. Y si se exceptúan los
crímenes políticos cometidos por represalia, no hay nada hasta
ahora que merezca criticarse.
También se advierte ya por todas partes, en medio de los
prejuicios y de la ignorancia en que yace una gran parte de la
población, un deseo ardiente de aprender y una disposición natural,
una tendencia a favorecer todas las empresas útiles. Si las
innovaciones en materia política y moral se consideran todavía, por
algunos, como verdaderas herejías, en cambio los inventos y los
adelantos en las artes se admiran y se reciben con entusiasmo por
la mayoría de los colombianos.