INDICE





PRESENTACIÓN DE CARLOS JOSÉ REYES

PRÓLOGO

PREFACIO

PRIMERA PARTE

CAPÍTULO I
Salida de Francia - Las Azores - La costa de los Estados Unidos – Norfock - Washington - Calma chicha - Cartagena de Indias - Salida para Bogotá - Turbaco - Barranca - De Cartagena al Magdalena.

CAPÍTULO II
Salida de Barranca – El pueblo de Tenerife – Zambrano – La isla de San Pedro – Pinto – Santa Ana – Mompós - El gobernador de Mompós - Comercio de Mompós - Salida de Mompós - Margarita – Guamal - Peñón – Banco - La Sierra de Ocaña - Regidor - Río Viejo - M

CAPÍTULO III
Brazos del Magdalena - La Miel – Río Negro - Guarumo - El promontorio de Garderia - Los escollos de Perico - Honda - Descripción del Magdalena

CAPÍTULO IV
Camino de Honda a Bogotá - Río Seco - Venta Grande - La Montaña de Sargento - El valle de Guaduas - Villeta – Facatativa - Descripción del llano de Bogotá - El Salto de Tequendama – El puente natural de Pandi (Icononzo)

CAPÍTULO V
Viaje por la provincia de Socorro, situada al norte de Santafé de Bogotá.

CAPÍTULO VI
Estado del país desde 1498 hasta 1781 - Antiguos habitantes - Sus usos - Sus costumbres - Con quistas comerciales - Conquistas religiosas - Conquistas militares - Quesada - Debilitamiento de la población India - Los negros - Su estado y condición - Mezcla

CAPÍTULO VII
La revuelta del Socorro - Movimiento de 1794 - Virreyes españoles - Insurrección de Caracas en 1810 - Insurrección de Nueva Granada - El virrey Amar - Miranda – Bolívar – Monteverde - Conquista de Caracas - Bolívar pasa a Curaçao Sale de allí -

CAPÍTULO VIII
El virrey Sámano - Soldados españoles - Soldados americanos -  Bolívar entra en Santafé, pasa a Quito y luégo a Guayaquil -  Características de los principales generales.

CAPÍTULO IX
Nuevo gobierno - Constitución de Cúcuta - División del territorio en Departamentos -Renovación de los Cabildos - Leyes civiles – La justicia - El Congreso - El Poder Ejecutivo.

CAPÍTULO X
Regreso a Bogotá - Puente Real - Minas de cobre de Moniquirá - Chinquinquirá - Minas de sal de Zipaquirá.

CAPÍTULO XI
Fundación de Santafé de Bogotá - Clima - Casas – Interiores - La Catedral - Los conventos - El Hospital - Los colegios - El Palacio del Presidente - El Palacio de los Diputados - El Palacio del Senado - Las cárceles - La Casa de la Moneda y el Teatro

CAPÍTULO XII
Finanzas – Aguardiente – Papel sellado – Alcabala - Impuestos directos - Guerra - El ejército - Las piazas fuertes – Marina - Relaciones extranjeras.

SEGUNDA PARTE

CAPÍTULO I
Salida de Bogotá para Popayán – Guaduas – Chaguaní – San Juan - Regreso a Guaduas - Breve estancia en esta ciudad - Beltrán - Ambalema - San Luis - Chaparral – Natagaima - Payandé - Samboja - Villavieja - Neiva.

CAPÍTULO II
Tambo del Hobo - Paso de Los Domingarios - Puente de cuerdas - La Plata - Pedregal - San Francisco - Inzá - La Montaña del Guanaco - Totoró - Paniquita - Popayán - El volcán de Puracé.

CAPÍTULO III
Descripción de Quito - Camino de Quito a Cuenca.

CAPÍTULO IV
Salida de Popayán - La mina de Alegrías Quilichao - El Cauca – Jamundí – Cali - Salida de Cali - Las Juntas.

CAPÍTULO V
Navegación peligrosa por el Dagua - Buenaventura - Descripción de la provincia del Chocó - Salida de Buenaventura en una goleta peruana - Llegada a Panamá - Observaciones acerca del Gran Océano.

CAPÍTULO VI
Descripción de la ciudad de Panamá - Las mujeres de Colombia.

CAPÍTULO VII
Descripción física de la República de Colombia – Montañas – Clima – Atmósfera – Estaciones – Temperatura – Vientos – Lluvias - Influencia tropical – Cosechas – Bosques – Ríos - Quebradas - Minas - Salinas - Volcanes - Lagos – Mares – Mareas

CAPÍTULO VIII
Población - Habitantes de los páramos - Los de las montañas en que se produce trigo - Los dos llanos - Indios bravos - Esclavos negros - Religión.

CAPÍTULO IX
Carácter de los colombianos.

CAPÍTULO X
Agricultura - Industria - Reflexiones sobre el banano – Minas - Moneda – Salinas - Comercio – Exportaciones - Importaciones.

CAPÍTULO XI
Vías de Comunicación por tierra y por agua - Leyes comerciales.

CAPÍTULO XII
Salida de Panamá - Cruces - El río Chagres - La Gorgona - Chagres.

CAPÍTULO XIII
Llegada a jamaica - Salida para Europa - Las Lucayas - Falmouth – Llegada a Francia.

NOTAS Y ACLARACIONES
| CAPÍTULO IX
 

 

Carácter de los colombianos.

 

Después de haber trazado un esbozo de las razas | que integran la población de Colombia, queda por describir el carácter nacional. Algunos de los trazos de mi dibujo parecerán talvez engordados a aquellos que sólo han conocido a los hombres de saber que están a la cabeza del Gobierno, de las altas clases sociales y del clero bogotano. Desde luégo el cuadro que esbozo no se refiere a esos personajes ni a ese círculo selecto, pues no hay que olvidar que las ciudades capitales tienen una fisonomía característica que se aparta muchísimo de la que prenotan las de provincias. En éstas es donde hay que estudiar un país para conocerle a fondo: el que no conozca sino a Bogotá, el que no haya vivido más que en la sociedad de las penosas distinguidas que viven en la capital, no tendrá, ni mucho menos, una idea exacta de los colombianos: la cantidad de extranjeros que han pando por esa ciudad ha cambiado gran parte del carácter nacional; éste sólo conserva su pureza en las ciudades alejadas de la costa y de la capital.

El colombiano que habita la tierra caliente suele ser delgado, de tez amarillenta; en general es bajo de estatura y pocas veces esta bien constituído. El estado de debilidad en que languidece proviene del empobrecimiento sanguíneo que sufre la raza blanca en el trópico a medida que la sangre negra, que por lo general se mezcla con la de los europeos, se va alterando y desapareciendo.

A medida que úno se eleva hacia las regiones más frías, el color de los blancos va siendo menos amarillento; todavía se muestra pálido hasta a una altura de seiscientas toesas; al llegar a mil toesas ya se ve buen color, y magnífico en la altitud en que se encuentra Santafé de Bogotá, donde los hombres, sobre todo en la infancia, suelen ser hermosos, y, aun cuando su constitución no sea en extremo robusta y sean propensos en la edad madura a contraer muchas enfermedades, su alta estatura y su esbeltez disimulan perfectamente su decrepitud precoz.

El colombiano no tiene vivacidad en la fisonomía; su figura es sombría, triste e inexpresiva; no refleja sino indolencia, y sus movimientos lentos prueban, al menos, que aquellos signos no engañan.

La paciencia será pues una virtud indispensable para el extranjero; cuanto más quiera estimular la actividad de una persona con quien esté asociado en un negocio, menos conseguirá, y hasta podría suceder que por efecto de su insistencia las buenas disposiciones de que se hiciera gala en un principio se transformaran en aversión. Las prisas con un colombiano son como despertar intempestivamente a alguien que esté durmiendo: no le gusta actuar más que según su capricho; pretender reglamentarle es imposible, y hasta pudiera ser contraproducente para el que lo intentara.

Claro está que el alma del colombiano no es menos ardiente que la del europeo; pero nacido bajo el dominio de un pueblo suspicaz, tomó la costumbre de disimular bajo su aparente impasibilidad, los sentimientos que experimenta. Sin embargo, hay gran diferencia entre el hombre de los llanos y el de las montañas. El de Caracas especialmente, comparado con el de Bogotá, parece mucho más vehemente y hasta arrogante, mientras este último da la sensación de estar dotado de un fondo de bondad, de sencillez y de buen sentido.

El orgullo, que constituye la base del carácter nacional, es la fuente de donde dimana la prevención que muchas personas tienen contra los extranjeros; prevención que suavizan con la más exquisita cortesía. También se podrá pensar que el sentimiento de emulación que inspiran a los colombianos los buenos éxitos de las actividades de los europeos, es la causa de la poca simpatía que éstos inspiran; ya que su único pensamiento, el que les obsesiona y les obsesiona y les embraga en todo momento, es el del interés. Ese interés activo, que en el americano del Norte es germen de su industria y el que la hace progresar; en el colombiano solamente es un interés pequeño y personal parecido al del avaro; es esa necesidad de acumular, de acaparar y no la de tener para poder gastar; para disfrutar, interés este último que desarrolla un gran movimiento comercial. La mentalidad del colombiano es la del comerciante al detal.

Si en los negocios trata de ocultar el interés minuciosamente calculado bajo la apariencia de una tranquilidad desinteresada, en los asuntos políticos se contenta con sonreír y con formular protestas, cuyo disimulo es menos impenetrable de lo que se cree. Su manera de pensar en política la declara sin inconveniente; pero no se conocen las medidas que toma si no por su aplicación; y cuanto más severas sean, menos trascienden al exterior.

A cuanto se le pide contesta afirmativamente; cualquiera que sea el favor que de él se solicite nunca dirá que no, pero promesa hecha, promesa olvidada. Siempre dispuesto a poner |diligencia; nunca da un paso. Esto no obstante, por su manera de expresarse, resulta que siempre está dispuesto a hacer cualquier cosa por el prójimo; todo está a su |disposición; cuando se pregunta por la salud de una persona, ésta contestará siempre: |para servir a usted. Error profundo sería el creerlo, y la confianza que se ponga en sus buenos oficios con frecuencia se verá defraudada.

Oiga cuanto oiga no se alterarán los rasgos de su fisonomía. A juzgar por lo que dicen, los colombianos serían excesivamente modestos, ya que ponen a Europa muy por encima de América en cuanto a conocimientos y a saber. Todas estas protestas no suelen ser sinceras, y se les halagará en grado sumo si se les dice que en Europa no se hace nada mejor que en América.

A los colombianos no les gusta, por otra parte, que se establezcan paralelismos entre ellos y los europeos; en especial suelen estar muy ufanos del talento de sus generales. En Colombia hay mucha gente que coloca a Bolívar como genio militar, muy por encima de Bonaparte, porque miden la importancia de sus victorias por la amplitud del teatro donde las obtuvo, en vez de considerar la de los ejércitos que tuviera a sus órdenes. Para ellos hay muy pocos sabios más eminentes que Mutis, Caldas y Zea. Velásquez, su pintor; Mosquera, su primer orador en la Cámara, son, a juicio suyo, hombres cuyo talento no ha sido igualado por los más grandes genios de Europa. Al decir esto no exagero, pues es la opinión casi general. Si algunas personas callan delante de un extranjero, ese silencio debe atribuirse a su exagerada modestia. Ni hay que decir que no tienen estimación alguna al soldado europeo; sus victorias sobre las huestes españolas pueden confirmar su desprecio por las tropas de nuéstro continente.

Estos sentimientos no deberán sorprender si se tiene en cuenta que muchos colombianos, además del orgullo español poseen tan sólo un conocimiento muy superficial de Europa; es pues, natural que no sientan admiración sino por aquellos compatriotas que han descollado, y esto precisamente demuestra que ya tienen un espíritu verdaderamente nacional. Sin embargo reconocen a Europa una superioridad literaria que por de contado habrá de inspirarles el deseo de igualarla.

Les encantan los pleitos y detestan las disputas. De modo que, en tierra caliente, con tal de que las mujeres les dejen mecerse en sus hamacas a su gusto, fumando un cigarro, la paz reinará inalterable en el hogar tanto más cuanto a pesar de su calma aparente, tienen un temperamento tan ardiente como el clima en que han nacido. En las montañas, la indiferencia y la indulgencia garantizan la tranquilidad de los esposos.

Salvo la pasión por el juego y por las empresas ridículas, que llegan al extremo, parece que todos llevan una vida ordenada y tranquila. No se da un caso de suicidio; solamente en Quito, donde hay |puros, especie de círculos donde a veces pasan los socios hasta tres días en terribles bacanales.

Los extranjeros, bajo la influencia de las descripciones publicadas en Europa sobre el número considerable y la riqueza de las minas de oro de Nueva Granada, sólo sueñan con explotaciones de ese tipo, mientras que los habitantes del país no consideran al oro más que como un metal común y corriente, y no piensan sino en descubrir minas de platino y de diamantes.

La mayor parte de los colombianos carecen de conocimientos y aptitudes para lo que pudiéramos llamar las artes agradables; algunos sin embargo saben el francés, a casi todos les gusta nuestra literatura y la prefieren a las de otros países; a los sacerdotes, principalmente, les entusiasman nuestros escritores sagrados.

Los cuadros que en Europa se pintaban con anterioridad a Rafael pueden darnos una idea de los que se pintan en Colombia; el dibujo es incorrecto; las figuras carecen de expresión; no hay en ellos perspectiva alguna; y en general no se ven indicios de imaginación. Los de Vásquez son una verdadera excepción de esa ley.

Si los americanos no pueden todavía eclipsar en elocuencia o en poesía a los españoles, sus composiciones, sin embargo, están exentas de ese ridículo que hace imposible la lectura de los escritores franceses anteriores al siglo de Luis XIV. Sus predicadores, lejos de parecerse a los nuéstros de esa época, ponen la mayor gravedad y unción en sus sermones. Desde el punto de vista literario, la gente de mundo en América está menos atrasada que en lo relativo a las artes y a las ciencias.

En los discursos de los oradores en las Cámaras, pocas veces se encuentran la elevación y los ademanes que arrastran la opinión en una asamblea. Y sin embargo no faltan las ocasiones propicias para producir grandes efectos oratorios ya que la Cámara se ha dividido en valle y en montaña. Pero el estilo parlamentario no se ha formado todavía; si el orador se anima monta en cólera: hasta he visto a varios parlamentarios llorar de ira. Hay sin embargo muchos oradores que tienen facilidad de improvisación.

Los españoles reprochan a los colombianos su afición a los neologismos. Debemos nosotros estarles agradecidos de ese defecto, pues gracias a él, desde la revolución, se han introducido en el idioma español infinidad de expresiones francesas. Esta predilección por nuestro idioma, dado el ascendiente que está tomando el inglés en todo el territorio de la República no durará mucho. En efecto hasta en las cosas más insignificantes, las modas inglesas están suplantando a las españolas y a las nuéstras. En todas las clases sociales se advierte una cortesía y una suavidad en los modales y en las expresiones, que en algunas personas son ya exageradas. Las gentes de abolengo tienen la virtud de la hospitalidad, que desde hace ya tánto tiempo se ha perdido en Europa.

Sin embargo no siempre tienen ese sello de espontaneidad que resulta tan simpático a los ojos de un forastero. Por lo general se atiende al extranjero según su vestido; éste unas veces le valdrá muestras de deferencia y otras le expondrá a ser tratado con familiaridad; y si su permanencia se prolonga terminará cansando o se hará antipático.

Una norma que conviene no olvidar es la de que no se debe volver a una casa donde se estuvo alojado anteriormente. Claro está que hay que justificar esa actitud con un pretexto pero cualquiera que se dé será admitido. En efecto, si se vuelve a una casa, se puede pasar por una persona que trata de mandar, que cree tener derecho a ser recibida, máxime si se ha sido generoso y desprendido con los dueños, pues entonces se teme que el forastero adopte aires de superioridad, que hieren la susceptibilidad de la gente.

El respeto a los padres, base y fundamento de toda sociedad, es general en Colombia, y los niños sólo los tratan de |señor y de |señora.

La mentira, la envidia y la ingratitud son los vicios predominantes; verdad es que cada país tiene los suyos. Si nos atuviéramos al proverbio popular "Para perdonar, Dios; los hombres, nunca", se podría añadir que son rencorosos.

A veces se suelen llevar cubiertos de plata o telas a los extranjeros para obtener dinero, dejándolos en prenda; éste deberá negarse siempre, porque no es el deudor el que contrae la obligación sino el acreedor; en efecto, si tiene la osadía de reclamar la cantidad prestada a lo menos que se expone es a que le llamen |tirano. Muy principalmente deberá resistirse a la tentación que puedan inspirar las cartas en que se pida con frases zalameras, sólo por unos días, una onza de oro, insinuando muy hábilmente que se devolverá. La mayor parte de las veces no se vuelve a ver ni el dinero ni la trapacera.

Tanto si se da como si se presta se oirá con frecuencia esta frase, que suena tan bien en los oídos de un bienhechor, pero que resulta espantosa en los de un prestamista: |Dios se lo pague; y con mucha frecuencia hay que recurrir a su bondad infinita para obtener el pago de las deudas que se contraen con un hombre determinado, como si se tratara de toda la humanidad. Pero |sin embargo, no puede úno menos de admirarse al comprobar el sinnúmero de servicios remunerados, entre la gente del país, por medio de esa expresión tan trivial. ¿Se pasa un puente, se ha permanecido durante varios días en una casa? Se dan las gracias y se marcha uno tan tranquilo sin pagar. Esta es la razón por la cual sin duda, en algunas ocasiones le niegan a úno esos servicios, negativa que se suele expresar con una delicadeza tal que no es posible enfadarse, aunque a veces carezca de fundamento, pues muchas gentes para excusarse de hacer un favor contestan |somos pobres, y no siempre lo son.

El extranjero deberá poner el mayor cuidado en no decir o hacer todo cuanto pueda despertar celos, fuente eterna de todos los odios; claro está que no me refiero a esos celos que se suelen achacar a los españoles, porque son muy diferentes de los celos americanos. El extranjero no debe exhibir talento ni ingenio, ni más conocimientos que los indispensables; en cuanto al lujo, sólo cuando éste vaya acompañado de una generosidad inagotable; sobre todo no deberá alabar el mérito de un hombre delante de otro; sería de mal gusto ponderar las riquezas de un ciudadano ante un pobre hidalgo vecino suyo. Por eso se reprocha a los ingleses, que están constantemente hablando de su país, porque parece como si quisieran establecer comparaciones de mal gusto entre la pobreza de Colombia y la magnificencia de la Gran Bretaña. Como norma de conducta deberá tenerse presente que cualquier preferencia que se manifieste o el elogio mas mesurado, son ofensas que la susceptibilidad, que constituye el fondo del carácter nacional, no perdona. No debe olvidarse que muchos colombianos se angustian con la sola idea de ver a su patria expuesta por las revoluciones a ser presa de extranjeros rapaces; muchos de ellos, como los españoles, llegan al extremo de considerar como verdaderas usurpaciones las posesiones europeas de las Guayanas y de algunos puntos de la costa del mar de las Antillas.

Tampoco se suele encontrar en todos los americanos esa exquisita delicadeza que podría definirse como la esencia de la probidad. En muchos de ellos todavía se encuentran huellas recientes de la esclavitud, que autoriza a valerse de la astucia y en ocasiones de la trapacería para conseguir algo que no se pueda obtener de la generosidad o de la justicia de los amos.

Se les podría hacer el reproche, que tampoco carece de fundamento, de no ser frecuente en ellos el sentimiento de la gratitud. Los beneficios se reciben con satisfacción, pero pronto se olvida la mano que los hizo. Se consideran como alcanzados exclusivamente por la insistencia que se puso en pedirlos, y entonces se sienten relevados de volver a acordarse de ellos. Pedir con insistencia, recibir con transportes de alegría y olvidar con facilidad, son defectos comunes a muchos colombianos. Si sus antepasados tuvieron el defecto de ser injustos, sus descendientes tienen el de la ingratitud.

En sus diversiones en sus fiestas, en sus ceremonias, carecen de dignidad. Todo en seguida degenera en una familiaridad que recuerda una igualdad que no era la de los altivos republicanos. Pero por otra parte, esa misma familiaridad en sus relaciones con los extranjeros tiene una amenidad que resulta sumamente agradable.

Cuando han visto a una persona una vez, la saludan; cuando le han hablado, le dan la mano y la llaman afectuosamente |mi amigo; y si tiene el mismo nombre le dan el título de |tocayo. Hay que contestar a esos saludos y a esas afectuosidades con amabilidad pero pocas veces con confianza todo lo que se dice se repite; no hay secreto que no le exponga a úno a cualquier disgusto. Por otra parte, una extranjero no debe nunca dejarse llevar por esas efusiones o por la manía de dar |consejos, pues por la altivez española, que todavía subsiste, se toman en seguida por las gentes como humillación.

La conversación, cuanto más subida de color, más agrada; pero la licencia debe esta más en la intención que en las expresiones, porque éstas llevan como secuela algún castigo en el tribunal de la penitencia que siempre inspira temor.

Algunas personas, incluso los eclesiásticos, hacen gala de la más profunda incredulidad, a la vez que manifiestan el mayor respeto por las prácticas externas del culto. Se pueden leer |La Guerra de los Dioses o las |Obras de Boulanger, pero no se puede dejar de asistir a misa o al sermón, razón por la cual todos los colombianos asisten a ella puntualmente. Hasta los hombres llevan una cruz de oro en el pecho y las mujeres un escapulario.

Al hablar de la energía y de la fuerza moral de los habitantes de las tierras calientes no he querido referirme al desarrollo de sus facultades intelectuales. Los calores abrasadores y muy especialmente las nubes de mosquitos que asuelan esas regiones, impiden la concentración del espíritu y debilitan todos los resortes para que permitan entregarse a las meditaciones constantes que engendran los grandes descubrimientos.

Además, en las regiones equinocciales la misma naturaleza parece convidar al reposo y a la molicie; hasta parece haber quitado al hombre el deseo y la necesidad que aguzan el ingenio. No desea nada, y la abundancia le sonríe por doquier. El apetito pocas veces aprenda su estómago, y abundantes cosechas de fácil recolección rodean su vivienda. Las ropas le abruman durante el día, y por la noche le son indispensables; los campos está cubiertos de un plumón fácil de tejer en telas ligeras para el calor del día, y en paños de abrigo para el frío de las noches.

¿Qué grado cae perfeccionamiento alcanzarán las artes, distracciones inútiles para la indiferencia de los habitantes aletargados de los trópicos la pintura carece de colorido, la escultura de encanto, porque no ofrece esa picante novedad que presenta en Europa al traicionar el secreto de formas que están siempre veladas. ¿El habitante libre de los trópicos cultivará con entusiasmo el arte de los Perrault, para levantar con mil esfuerzos de imaginación palacios suntuosos, ya que pasa los días y las noches bajo una bóveda cien mil veces más deslumbrante que la de los alcázares de los reyes? Y por eso mismo, ¿a quiénes se atribuyen esos monumentos que se encuentran en las regiones de los trópicos? A reyes o a pontífices crueles y soberbios, pues sabido es que alrededor de esos templos fastuosos, el pueblo, lo mismo que hoy, vivía en chozas de caña y de barro.

Los países abrasados por el sol del ecuador son la patria del valor, de la alegría loca, de la habilidad y de la imitación; ni son las |tierras calientes. Los que por gracia de la naturaleza no reciben sino un calor suave, son la patria de las artes, del gusto y de la melancolía pensativa; ni serán los Andes.

Y ya en este momento los habitantes de esas montañas tienen un gusto más refinado por las artes que el pueblo calculador de los Estados Unidos.

A los colombianos les ha faltado hasta ahora esa energía emprendedora del gobierno ruso o del pueblo de los Estados Unidos, que en pocos dios ha elevado esos dos países al primer plano entre las naciones civilizadas. El Gobierno no tiene poder bastante para hacer reaccionar la molicie asiática de sus habitantes, y el pueblo no es lo suficientemente amigo de los extranjeros para desearlos verdaderamente y para ayudarlos por todos los medios a su alcance. Con todo, si no los quiere, tiene a orgullo el tratarlos bien. Los negocios se harán con el norteamericano; pero la vida se vivirá con él hispanoamericano, porque si sus modales son menos francos, en cambio son menos rudos. Los vicios y las vicisitudes de Colombia son comunes a todos las naciones que no han alcanzado el grado de civilización a que nosotros hemos llegado. Y si se exceptúan los crímenes políticos cometidos por represalia, no hay nada hasta ahora que merezca criticarse.

También se advierte ya por todas partes, en medio de los prejuicios y de la ignorancia en que yace una gran parte de la población, un deseo ardiente de aprender y una disposición natural, una tendencia a favorecer todas las empresas útiles. Si las innovaciones en materia política y moral se consideran todavía, por algunos, como verdaderas herejías, en cambio los inventos y los adelantos en las artes se admiran y se reciben con entusiasmo por la mayoría de los colombianos.

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