|
CAPÍTULO
VIII
Población - Habitantes de los
páramos - Los de las montañas en que se produce trigo - Los dos
llanos - Indios bravos - Esclavos negros - Religión.
Bajo la dominación de la Península, sostenida por un sistema
parecido al que mantiene a chinos y japoneses aislados del resto
del mundo, los americanos constituían una gran familia española
ligada por la igualdad de costumbres, leyes, lengua y religión; por
mejor decir, no había en América más súbditos y esclavos sometidos
a un rey. Ahora sucede lo contrario. La soberanía no reside ya en
una sola persona: pertenece a todos. A los títulos han sucedido los
derechos; a las clases sociales, las diferencias de color y de
castas que sólo el transcurso de los siglos podrá borrar; pero hoy
existen aquí blancos, allá negros; por un lado mestizos, por otro
mulatos: la independencia ha realizado las aspiraciones de los
individuos, pero no ha satisfecho las esperanzas de las razas:
todas aspiran al poder. ¿Por qué razón una sola de ellas habría de
continuar ejerciendo ese privilegio? Esta pregunta, repetida a cada
paso en un país donde cada individuo tiene su opinión, sus
prejuicios, sus títulos impresos en los rasgos de su fisonomía, me
invita a entrar en consideración sobre el origen y el carácter
físico y moral de los pueblos de aquellas partes del Nuevo Mundo
que he recorrido.
En Colombia, y podría decirse en la América del Sur, la reunión
de hombres ha dado lugar a la confusión de colores y de castas, del
mismo modo que su dispersión, antes de la llegada de los españoles,
originó la de los idiomas. La diversidad del color en los pueblos
de América del Sur es tal, que constituye una nación que se diría
integrada por chinos, malayos, javaneses, abisinios y árabes: en
Caracas creeríamos hallarnos en presencia de portugueses, españoles
o italianos; en Quito, de holandeses; en Bogotá, de alemanes. No es
fácil pues, reconocer a primera vista a qué casta pertenecen los
habitantes actuales de Colombia, del mismo modo que en Asia, no se
puede determinar con exactitud el origen de ninguna de ellas, pues
son el producto de constantes cruzamientos, durante tres siglos, de
tres razas diferentes venidas de Asia
|, Europa y África. Por
lo que a la de Asia se refiere, no se encuentra pura más que en las
tribus independientes que habitan en las selvas de los llanos y en
algunas montañas donde los españoles no han penetrado nunca.
A pesar de los infinitos matices de color que, según acabo de
indicar existen entre los colombianos, a éstos se les divide
solamente en tres razas principales: mulatos, mestizos y zambos.
Estos individuos, novedad en América, desprovistos de tradición
genealógica, pretenden pertenecer a razas primitivas. ¿Pero se les
puede clasificar entre ellas, teniendo en cuenta que el zambo
-negro de cabello lacio y cara alargada- proviene del cruce de
negro con indio; que el blanco americano es hijo de indio y de
europeo; y finalmente que el mestizo de cabello rizado desciende
del cruce de europeo con negro? Observemos de paso la superioridad
física de la raza india o de los indígenas de América, cuando se
une a otras, ya que es la única que transmite a sus mulatos sus
facciones y su pelo. Si se clasificase a los hombres por razón de
la fuerza de su temperamento, el indio figuraría en primer lugar y
el europeo en el último.
Las razas en los hombres van perdiendo la fuerza de su
constitución a medida que se cruzan; pero a medida que las
facultades físicas se van debilitando, las morales adquieren una
energía prodigiosa. También la belleza parece corresponder a las
razas cruzadas; éstas son las únicas que presentan finura en los
rasgos, viveza en la mirada y barba corrida,
|a
|condición
de que no vivan en
|los
|trópicos. En efecto, los
criollos blancos de Panamá y de Cartagena tienen poca barba,
mientras que los de los Estados Unidos y Chile la tienen
abundante.
Los indios y los negros de pura raza son bajos, rechonchos, sus
facciones carecen de expresión y de agrado a la vista, y es curioso
que cualquiera que sea el clima a que se les lleve no pierden nunca
ninguna de las características físicas que les son propias. Así, un
negro será negro lo mismo en Guayaquil que en Quito, y un indio no
tendrá nunca barba, ya viva en Cartagena o en Bogotá. Por el
contrario, la fisonomía de los hombres producto del cruce se altera
a medida que cambia el clima; se colorea o palidece según la
temperatura del país en que habiten.
Ni los negros ni los indios son propensos a las enfermedades y a
los achaques linfáticos. Sus órganos están dotados de una fuerza y
de una precisión admirables; sus miembros más bien poco fuertes,
tienen gran agilidad, aunque no se prestan para realizar trabajos
delicados que requieran atención mental, pues en general no son
aptos para aplicarla. Éstos tienen barba rala, su pelo tarda mucho
en blanquear y sus dientes se conservan siempre en buen estado.
La organización física de los negros es demasiado conocida para
insistir en ella. En lo tocante a los indios sí añadiré que, lo
mismo que los kalmucos, tienen la cara redonda, más ancha que larga
y un poco convexa; la frente aplastada y estrecha, cubierta de pelo
hasta dos dedos de las cejas; el cráneo es también aplastado; la
nariz pequeña y alargada; los ojos negros, oblicuos y sin
expresión; los pómulos muy salientes; los labios un poco gruesos.
Su estatua es mediana, el cuerpo más bien ancho, y está sostenido
por unas piernas cortas y arqueadas; el color es cobrizo.
En Colombia, lo mismo que en todas las regiones equinocciales de
América las castas cuanto menos se alejan del tipo primitivo, indio
o negro, son tanto más valientes y capaces de soportar las más
duras privaciones y las marchas más penosas: por el contrario, las
castas en que la sangre india o negra se ha debilitado más a
consecuencia de numerosos cruces con sangre europea, no suelen ser
sobrias ni resistentes para las marchas; las primeras se entregan
con pasión a la caza o llevan la vida de los pastores; las segundas
se dedican a las artes o a la agricultura.
En general, los criollos, que en Colombia se llaman blancos,
provienen del cruce de la raza española con negros e indios. En las
provincias del litoral, los negros han ido entrando en las familias
europeas, y en la cordillera se han visto obligados a admitir a los
indios. En efecto, así se explicaría cómo la América española
contaría ahora con un número tan considerable de blancos cuando
sesenta años después de la Conquista no había en ella más que
quince mil españoles
|
¹
.
Y sin embargo los criollos no quieren descender ni de los
primeros conquistadores españoles, de los indios ni de los negros;
se avergüenzan de semejante ascendencia. Pretenden descender de
familias venidas de la Península en épocas posteriores a la
Conquista. Esta pretensión carece de fundamento, y además no deja
de ser un poco ridícula, ya que considerable número de indios fue
ennoblecido por los reyes de España y que uno de ellos, el
descendiente de Moctezuma fue creado grande de España. Además,
desde los tiempos de Pizarro ya vemos en puestos muy principales a
los hijos de Almagro y a Garcilaso de la Vega, ambos mestizos
indios.
Los blancos de la costa tienen todos los rasgos de los
españoles, pero poca barba; los de las regiones frías de la
cordillera la tienen más poblada; se parecen mucho a los europeos
del Norte, a pesar de que sus ojos hayan conservado en mucha parte
la oblicuidad de los de los indios, y que por lo general tengan el
pelo negro y áspero como el de los indios del Nuevo Mundo.
Muchos de los habitantes de Colombia están desfigurados por dos
enfermedades horribles: la
|sífilis y el
|bocio;
algunos niños, al nacer ya llevan el germen. La primera parece que
es endémica en el país. Descuidada por la ignorancia de los
habitantes, toma mil caracteres diferentes, pero no adquiere la
violencia que tiene en Europa, debido a que los remedios están por
todas partes al alcance del hombre y detienen los progresos del
mal.
No hay remedio contra el bocio
|
²
; hay sitios donde, sin que se sepa por qué,
todo el mundo padece de esta enfermedad. Ésta se presenta lo mismo
en las regiones frías que en las más cálidas; pero en general sólo
aparece en los valles y en las regiones alejadas de la
|influencia de tas brisas del mar. No se ve esta enfermedad
ni en la Cordillera Occidental ni en la vertiente oriental de la
otra cordillera. Los indios y los negros cuya raza no ha estado
cruzada con la blanca, no sufren de ella; ya no ataca sino a los
mestizos y a los mulatos. En las montañas del Fontadiallon los
mestizos
|fulahs; o sean hijos de rojos y de negros, también
son propensos a esta enfermedad.
Si no se ven bocios en la gente que vive en las provincias del
litoral atlántico, en cambio se dan muchos casos entre los
sarcoceles
|
³
.
Las enfermedades cutáneas son más corrientes entre los
habitantes de las regiones equinocciales del Nuevo Mundo que entre
los de África; el consumo de carne de cerdo y de bebidas
alcohólicas, que consiente el cristianismo, talvez sea la causa de
esa diferencia que se advierte entre gentes que viven en una misma
latitud.
Los indios, antes reducidos a la condición de siervos, han sido
todos declarados libres desde la revolución, de suerte que ya no
existe la distinción en
|indios reducidos; pero se ha
conservado la de
|indios racionales o
|civilizados e
|indios bravos, irracionales y salvajes.
Todos los indios de las montañas, salvo los que habitan en las
alturas de Santa Marta y en algunas regiones del macizo del
Quindío, están comprendidos en la primera categoría; en la que
también podría entrar un pequeño número de indios de los llanos; el
resto forma parte de la segunda.
A los primeros se les estima por su constancia para el trabajo,
por su vigor, que les permite resistir las inclemencias del tiempo,
aunque no soportan los trabajos excesivos, y también para labores
que exigen paciencia, y sobre todo por su sumisión.
En lo referente a los indios de las montañas, se atribuye a la
costumbre que tienen de establecer sus chozas en las orillas de los
lagos y de los pantanos y también al uso inmoderado de la chicha,
la flojedad característica de los habitantes de las regiones
cálidas y húmedas. En efecto, los indios de Chile y del Canadá son
muy valientes porque viven en un clima riguroso y fuera de los
trópicos.
Un clima templado y sin variaciones da costumbres pacíficas;
además, tres siglos de paz, la abundancia que procura una
agricultura sencilla y que es de su agrado, la tranquilidad que
garantiza la ausencia o la lejanía de enemigos temibles, han tenido
que conservar en el indio ese carácter bondadoso y dócil que ya
tenían en la época de la Conquista; la forma de gobierno era la
monarquía, establecida por doquiera con el mayor brillo; desde
Méjico, por la cima de los Andes, se iba de una monarquía a otra
hasta llegar al Perú.
En los picos más altos de la cordillera se ven indios que
apacientan sus rebaños, o retirados en sus cabañas, sin más traje
que una camisa y un pantalón de algodón; pocas veces encienden
fuego para calentarse, mientras, en los desiertos de África, como
ya lo dije, no se puede dormir por la noche sin prender fuego.
Estos indios no disfrutan sino en muy contadas ocasiones de la
vista y del calor del sol. Rodeados constantemente de nieblas,
ateridos de frío por los vientos helados que bajan de los picos
nevados, de los que en ocasiones no les separan más que algunas
toesas, casi desnudos pero acostumbrados a una vida mísera, pasan
sus días ignorados del resto de los hombres, cuya existencia
también éstos ignoran. Felices con tener esa libertad que nadie
envidia, van errantes entre los brezos de los páramos, sin pensar
que a sus pies está el universo; para ellos la creación empieza en
la zona de las criptógamas y termina en la región de las
nieves.
¡Qué poco se ha hablado de la existencia de este pueblo de
pastores que habita a más de 2.000 toesas sobre el nivel del mar,
que posee pastos tan ricos como los de las llanuras de Rusia y que
vive en unas estepas que se extienden a una altitud igual a la del
pico de Tenerife!
De estas regiones en las que la vegetación casi se extingue, se
desciende a aquellas en que renace y en las que la naturaleza
recobra su vigor. En estas últimas nos encontramos con otra clase
de indios, con otro pueblo: éste es agricultor; sus campos están
cubiertos de mieses, cuyas semillas vinieron de Europa.
Al indio no le gusta vivir en sociedad; es melancólico y pocas
veces tiene vecinos que vengan a importunar su tranquilidad. Talvez
desde los primeros tiempos el indio se haya diseminado de esta
suerte con objeto de no verse sujeto a un español bajo la
denominación de cura o de alcalde.
El indio de las montañas no es, como el negro, estrepitoso en
sus diversiones, aunque ame con pasión la música y el baile, aunque
a unos y otros les gustan de manera diferente. Cuando baila, el
negro brinca, salta, patalea; el indio, por el contrario, en sus
bailes anda lentamente, con mesura; el uno sólo se inflama con el
redoble del tamboril y con el estruendo de sus enormes trompetas de
marfil; el otro no se estremece sino a los sonidos tristes y
melancólicos de una caña hueca; oye en éxtasis a uno de sus bardos
cuando agita cadenciosamente un bambú hueco lleno de granos de maíz
o cuando rasca con un palo la quijada de una mula, únicos
instrumentos musicales que poseen los indios de la cordillera. Sus
gustos, sus diversiones tienen la misma tranquilidad que el
ambiente que respiran.
Hacia la región media de los Andes (600 toesas de altura sobre
el nivel del mar), donde reina una primavera perpetua, espacio
favorecido por una gran feracidad y que separa los productos
vegetales de Europa de los trópicos, vive un pueblo cuyo carácter,
mezcla feliz de la alegría de los habitantes de los llanos y de la
cortesía reservada de los indios de los páramos, agrada sobremanera
al viajero.
Sus cabañas, rodeadas de bananos, de campos de caña de azúcar o
maíz, en más de una ocasión, son centro de diversiones. Una boda,
la venta del excedente de la cosecha, dan lugar a reuniones, y para
concurrir a ellas viene la gente desde muy lejos; los forasteros
siempre son acogidos con amable cordialidad. Así es como cada
propietario, a pesar del aislamiento en que vive, encuentra la
manera de instalar a la puerta de su casa, en medio de las danzas y
de los regocijos, un mercado donde pone a la venta sus productos y
donde compra, a bajo precio, las cosas que necesita.
En todo tiempo sus chozas son refugio agradable para el viajero;
el espectáculo de que disfruta le recuerda la felicidad calma sus
fatigas y le hace olvidar sus sufrimientos. En efecto, esas chozas
aisladas respiran la paz y la unión más sinceras. Las mujeres,
ocupadas en coser o en tejer telas, tienen a veces a su lado una
cuerda que al tirarse imprime suave balanceo a una red, en forma de
hamaca, en la que duerme un niño envuelto en mantas primitivas; si
se despierta y llora, le aplican en la boca, para acallar su
llanto, un pedazo de algodón empapado en leche.
Un poco más allá el hombre trabaja unas veces en la confección
de cestos, otras en la recolección de los bananos o del maíz, cuyas
mazorcas ya maduras hay que triturar entre dos piedras para hacer
harina y tortas que se cuecen bajo la ceniza.
Cuidados y trabajos de mayor importancia vienen a veces a
introducir una variación en su tranquila existencia, cuando las
cañas de azúcar están a punto de madurar y hay que cortarlas y
llevarlas al trapiche; del jugo que obtiene fabrica la chicha.
Otras veces lleva a los verdes prados, que alfombran la cima de la
montaña, a sus mulas, a las vacas y a los cerdos que integran su
corral. ¿Por qué no adiestra a su perro para que le ayude en esas
penosas faenas? Porque ese fiel animal, tan estimado por el
europeo, inspira una repulsión general a los habitantes de los
Andes; no se le cría más que para guardián de la casa, pero nunca
se le acaricia; se le considera como un animal importuno, que está
siempre dispuesto a devorar la comida de su amo. ¿Esta antipatía
vendría por tradición de los indios, contra quienes los españoles
emplearon, tan bárbaramente, el instinto de sus perros para darles
caza?
El campesino americano de la cordillera, y en particular el
mestizo es de una cortesía que sorprende y encanta a la vez, al
extranjero. En esas regiones, cuando dos personas se encuentran se
saludan se informan el estado recíproco de la salud y emplean
frases de exquisita delicadeza tanto para ofrecer como para
aceptar; el sentimiento que produce la separación, el gusto que da
el volver a verse, todo se expresa valiéndose de los términos
adecuados. La discreción se acentúa en extremo; no se entra en una
casa sin haber pedido permiso y sin descubrirse. Las prerrogativas
se respetan sin bajeza, el rango se conserva sin avergonzarse; en
una palabra, en cualquier choza se observan las reglas elementales
de la buena educación. ¿No admira el ver que esas reglas se hayan
arraigado en gentes poco antes salvajes y que se hayan conservado
entre sus descendientes en medio de las soledad en que viven?
A medida que úno se aleja de las altiplanicies, cambian tanto el
aspecto de la naturaleza como el del hombre. En las orillas de los
ríos, regiones que por lo general están sometidas a un calor
asfixiante, se advierten ya otras costumbres, otra clase de vida,
se echan de menos la mansedumbre del pastor y la cortesía del
labriego, al advertir el carácter violento y áspero de los
ribereños y de los pescadores.
La población de los llanos del Orinoco y del Apure ofrece una
variedad infinita de pigmentación; su carácter es vivo y violento.
Sí en las ciudades esa vivacidad degenera en grosería en los llanos
se convierte en audacia y en valor. El negro emancipado o el
mulato, en las provincias del litoral, si no es marinero, es
obrero; el de los llanos vuelve a los gustos naturales de todo
africano tan diferentes de los que se observan en los indios de las
montañas; sus aficiones son montar a caballo, cazar, guerrear. En
efecto, a los indios de la cordillera les gustan las faenas
pacíficas de la agricultura, son apegados al terruño, conllevan
pacientemente las fatigas y temen los peligros, que el hombre del
llano busca con afán: perseguir los jaguares, domar un caballo
fogoso, enlazar un toro, hé ahí sus pasatiempos y sus ejercicios.
Tan valientes en el combate como cuando sueltan a los toros en los
bosques, los llaneros se sirven para cogerlos de un lazo de cuero
que lanzan con tal destreza, que el animal queda en seguida sujeto.
En las pampas de Buenos Aires otros hombres parecidos a éstos se
sirven de unas correas largas en cuyas puntas ponen unas bolas de
hierro; arma terrible que raras veces falla.
Nada se le detiene en su carrera o en sus empresas. A caballo,
han llegado hasta apoderarse de barcos que se creían al abrigo de
sus acometidas; así fue como Páez destruyó la flota española en el
Orinoco.
Claro está que estos nuevos árabes desprecian a las gentes
pacíficas e indolentes de la cordillera. La civilización se les
antoja una flaqueza que designan con todos los diminutivos de la
lengua española. Los habitantes de los Andes, para ellos no son
gente valiente ni fuerte; no son más que unos
|blanquillas.
Los llaneros se dividen, como todos los habitantes de las
tierras calientes, en hijos de europeos y de indias, o de negros y
de indias. Entre ellos también se encuentran todavía tribus que
conservan intactas sus costumbres salvajes; la abolición de las
misiones no permite esperar que renuncien a ellas, a menos que se
les obligue a incorporarse a los nuevos habitantes de los
Llanos.
Los
|indios bravos no tienen la mansedumbre de los que se
llaman
|reducidas, ni la audacia valerosa de los zambos que
ocupan su territorio. No sin ser feroces, atacan a sus enemigos por
sorpresa, y cuando cae alguno de éstos en sus manos se lo comen. El
origen de esos festines horripilantes talvez haya que buscarlo en
el hambre que esas tribus debieron de padecer cuando por primera
vez bajaron a estas regiones inmensas.
En Colombia hay un gran número de indios bravos; y aunque los
geógrafos antiguos y modernos les han considerado bajo la
dominación española, siempre han disfrutado de una completa
independencia, bien fuera que España se la dejara o que la
adquirieran refugiándose en antros inaccesibles. Quizá, si España
hubiera podido conquistar toda la América en el primer siglo del
Descubrimiento, esos indios se hubieran plegado a sus leyes, pero
después de ese lapso ya no se quería sino disfrutar de lo
conquistado y el sometimiento de esos salvajes no presentaba ningún
aliciente para los españoles. Así fue como se dejó en paz, mientras
no tomaran la ofensiva, a los goajiros, que habitan entre Santa
Marta y Riohacha; a los indios del Darién y de San Blas (que todos
hablan inglés); a los andaquies, que viven al Sur de Timaná, y a
todas esas tribus que vagan errantes desde las orillas del Amazonas
hasta las del Apure.
A algunas de esas tribus, España les pagaba tributo, tributo que
la República, cuyas finanzas absorbían las necesidades de la
guerra, no ha podido pagar con igual puntualidad; este olvido en
más de una ocasión, ha suscitado la cólera de esas tribus y
motivado
|sus venganzas, pero no suelen turbar la paz de sus
vecinos civilizados que a su vez les dejan tranquilos. Poco a poco
la colonización les va rechazando más y más lejos, y hoy ya no se
buscan esposas en esas tribus. Los celos de los hombres han sabido
inspirar a las mujeres una antipatía profunda hacia los blancos,
cuyas primeras invasiones todavía se recuerdan. El sistema de
repartimientos prevenía este inconveniente; al reducirlos a la
condición de siervos, les hacía considerar como un honor el entrar
en la familia de sus amos. Estas uniones son las que han dado
origen a una población pacífica, agrícola e industriosa en regiones
que antes de esta medida, necesaria por las circunstancias, se
veían ensangrentadas por los sacrificios de seres humanos.
La independencia de que gozan todos esos mulatos, negros o
indios salvajes, y la naturaleza de las regiones en que viven,
debería disuadir a los jefes del Gobierno de la idea de intentar de
nuevo la aclimatación del camello en América, y deplorar un poco
menos que el primer ensayo, dificultado por las guerras civiles, no
diera resultado. En efecto, si hubiera tenido éxito, es muy
probable que el habitante negro y casi en estado salvaje de los
llanos, montado en ese navío del desierto, con algunos plátanos, y
encontrando un licor embriagador inagotable en los troncos de las
palmeras, es muy probable, repito, que no hubiera querido en modo
alguno plegarse a una vida sedentaria. Desde la guerra, hay ya gran
cantidad de llaneros que la abandonan, miran con desprecio las
cimas heladas de los Andes y desafían al pacífico poblador de las
montañas, como si le esperaran en sus llanos, en los que sedientos
y agobiados por el calor, les ofrecería una presa fácil.
Estas hipótesis no carecen de fundamento. En efecto, el
habitante de los llanos abrasadores de América ha adquirido, por
las torturas del calor, por las picaduras de los insectos, por los
peligros de las fieras, un valor que no tienen los montañeses. La
suave temperatura de que disfruta el indio mestizo en sus valles,
le ha dado una complexión menos robusta, que le hace tan sensible
como el europeo al calor de los llanos; pocos son los que no
adquieren las fiebres o que no sucumben a sus accesos. De modo que
ese nuevo pueblo de beduinos que se supone habita en los llanos, si
tuviese a su disposición los elementos que favorecen las costumbres
nómadas, como son el camello, el caballo, grandes rebaños y el
banano, talvez renovara contra Santafé de Bogotá, Caracas y en
general contra todas las ciudades, incursiones a que la induciría
la esperanza del pillaje. Talvez entonces en los caminos de
Caracas, infestados por los bandoleros, no habría seguridad sino
comprándola como se hace para ir a La Meca.
Un continente inmenso donde era tan fácil ocultarse, obligó a
las españoles a adoptar un sistema de indulgencia y de suavidad
para con sus esclavos. Pero si se evitó el peligro de la deserción,
no se obvió el que representaba el abandono de la agricultura, de
modo que todos los cultivos iban decayendo a tal punto que los
productos de la tierra que daba el continente eran muy inferiores a
los que producían las Antillas. Aunque el número de esclavos fuese
considerable, éste disminuía todos los años debido a la costumbre
que tenían los españoles, antes de morir de darles la libertad. El
nuevo Gobierno, heredero de los principios de la Península, se
muestra muy favorable a los esclavos, y con la ley que acaba de
votar, dentro de cuarenta años no habrá ya un esclavo en
Colombia.
El mayor número de negros se concentra en las provincias del
litoral. En las de Antioquia, Magdalena, Cauca, Guayaquil y Chocó
hay muchísimos; su número ha aumentado en forma tal, que, al igual
de lo que sucede en nuestras colonias, un blanco llama la atención.
En la rama oriental de la cordillera sólo se ven blancos e
indios.
En toda la gente del pueblo, cualquiera que sea su color, la paz
familiar no se suele ver turbada por la discordia; y si bien es
verdad que los miembros de familia entre sí son poco efusivos, en
cambio se guardan todas las consideraciones y el mayor respeto. El
padre de familia es objeto de una verdadera veneración; sus hijos
le tratan de
|su merced, y al levantarse y al acostarse le
dan los buenos días y las buenas noches y le piden, de rodillas, su
bendición.
La generosa hospitalidad que los habitantes de Colombia, hasta
los más pobres, practicaban antes con verdadera satisfacción,
constituye para ellos hoy un motivo de pesar y de inquietud: antes
la brindaban; hoy, en muchas partes solamente la otorgan ante las
amenazas del alcalde: engañados, saqueados por la soldadesca, el
viajero les parece un tirano que viene a instalarse a la fuerza en
su casa Antes, la hospitalidad era gratuita, hoy se paga o por lo
menos se da algo al huésped. Es así como las calamidades de la
guerra y los abusos han engendrado el interés, siendo de temer que
éste, dentro de pocos años, llegue a un límite excesivo.
Hé aquí un estado de la población de Nueva Granada:
Blancos (hijos de europeo y de mestiza) . . 250.000
Mestizos (hijos de blanco y de india) . . . 400.000
Indios . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
450.000
Mulatos . . . . . . . . . . . . . . . . . .
550.000
Negros libres y esclavos . . . . . . . . .
94.600
1.744.600
A la provincia de Caracas se atribuye una población de 900.000
habitantes; los dos tercios son de color, de modo que en una
población de 1.744.600 individuos no hay más que una tercera parte
blanca, contando en ella a los indios mestizos, que para aspirar al
título de blancos y hacer olvidar su origen no les falta sino medio
siglo
|
4
.
En las revoluciones, parece como si la gente, al igual del
dinero, desapareciera. En efecto, en cuanto la paz reina y los
peligros de la guerra cesan, una y otro resurgen como por milagro;
esto es lo que sucederá en Colombia, cuyo número de habitantes,
después de algunos años de tranquilidad se aumentará, sobre todo si
se multiplican las máquinas de vapor, invención que contribuirá el
aumento de la población americana por las facilidades que da para
su enriquecimiento, lo mismo que la de la pólvora sirvió hace tres
siglos para subyugarla y destruirla.
La revolución y los agentes de Santo Domingo han enseñado a
todas las castas que componen la población de Colombia a cotizarse.
Todas quieren la expulsión del extranjero, pero cada una por lo que
pueda favorecer a los dos de su color. Los indios son los únicos
que, indiferentes al nuevo amo que les caiga en suerte, echan de
menos las consideraciones que los españoles les tenían al dejarlos
disfrutar de una verdadera independencia en sus aldeas, designadas
con el nombre de
|pueblos de indios, y no apetecen una
igualdad que les asimile a los negros, por quienes sienten profunda
antipatía.
El lazo más poderoso que une todas estas razas y les impide
combatir entre sí es la religión. Esta en todas partes predica,
para no romper la unidad del culto, la concordia entre los pueblos;
en todas partes su voz se oye con respeto; todas las castas y
clases sociales acatan sus decretos y templan sus odios cuando la
Iglesia lo dispone.
El clima la prudencia del clero, la educación que los españoles
dieron a esas gentes, que durante tres siglos no se alteró por
contacto alguno con el extranjero, todo eso ha inspirado a los
colombianos un profundo respeto por el culto; por esto a sus ojos
el título de mayor valía que tiene el francés es el de
|cristianísimo, y si envidian algo a Francia es por el gran
número de santos que ha dado a la Iglesia.
La autoridad del cura es absoluta; el respeto que se le tiene es
tal, que por nada en el mundo se le robaría lo más mínimo de las
primicias que se le deban. Además se ve con beneplácito que entre
gentes casi salvajes haya hombres prudentes que con su ascendiente
sepan someter el pueblo a las leyes y puedan así compensar la
tiranía de las autoridades municipales. Se suele reprochar al clero
su odio contra los herejes y su dureza para con los indios pero se
olvida que dondequiera que haya hombres se cometerán abusos.
A pesar de la relajación de que se acusa al clero, en las
iglesias se advierte la mayor compostura. La devoción de los fieles
que asisten a los oficios divinos no es menos sorprendente; con la
mirada fija en el oficiante, no se distraen jamás con la lectura
maquinal de los devocionarios; todas las oraciones se las saben de
memoria y las rezan a su debido tiempo. En cuanto a fervor, todo
les parece poco a los católicos americanos; los hay que durante
horas enteras tienen los brazos en cruz; otros, en el momento de
alzar se golpean el pecho con verdadera violencia; la mayor parte
oyen de rodillas toda la misa.
Como en España, las mujeres no pueden sentarse sino en el suelo;
en contra de lo preceptuado por San Pablo, deben llevar la cabeza
descubierta. Las vísperas sólo tienen lugar los días de fiesta. No
se puede úno casar sin haber jurado que no es francmasón y sin
hacer un retiro y una penitencia más o menos largos.
No son éstas las únicas prácticas religiosas que difieren de las
nuéstras. En los entierros el cadáver se lleva sin tapar y
ricamente vestido, y se conserva la costumbre india de bailar y de
divertirse cuando muere un niño. Pocas son las ciudades que tienen
cementerios y hasta ahora se entierra en las iglesias.
El Gobierno de Colombia, conocedor de la influencia que ejerce
el clero, trató en 1823 de hacer que pasara a sus manos, procurando
conseguir el derecho de patronato sobre las iglesias de América,
que Julio II había concedido a los reyes de España.
Para ello empezó por ganarse las voluntades del Cabildo de la
Catedral de Bogotá; pues aunque su jurisdicción no se extendía más
allá de la Diócesis de Bogotá, la opinión de los hombres doctos que
lo integra pesaba enormemente en la conciencia de muchas
gentes.
Después se halagó la ambición de los miembros del clero que, sin
temor a desligarse de Roma, pudieran establecer un principio que
sería fatal para ellos mismos; y como deseaban ardientemente
sustraerse a aquella supremacía lejana, y sobre todo querían tener
una corte eclesiástica, finalmente, el Gobierno, apoyándose en el
celo republicano de los canónigos Andrés María Rosillo y Francisco
Xavier Guerra, reunió hacia enero de 1823 el Cabildo eclesiástico,
seguro de que sus decisiones corresponderían a sus miras en lo
referente a la reivindicación del patronato de los reyes de
España.
El Cabildo secundó ampliamente las miras del Gobierno, como se
puede apreciar por el acta de la sesión:
Hoy 21 de enero de 1823 se reunió el venerable cabildo de
Bogotá, integrado por los doctores Andrés María Rosillo, magistral
de esta santa iglesia catedral y presidente del mismo; Fernando
Caicedo y Flores, penitenciario; Juan Nepomuceno Cabrera y
Francisco Xavier Guerra, prebendado suplente: la sesión se abrió
con la lectura del informe del magistral y del penitenciario que
dan cuenta del resultado de la comisión que se les había confiado
cerca de Su Excelencia el vicepresidente, relativa a la necesidad
de designar prebendados para el servicio de la santa iglesia
catedral, de cuerdo con la resolución adoptada por el anterior
cabildo acerca de las reclamaciones de los suplentes. Los referidos
comisionados informaron que Su Excelencia, lleno de celo por el
bien de la Iglesia, se mostró de acuerdo con que se eligiesen las
cuatro primeras dignidades, cuatro canónigos de gracia, dos
beneficiados y dos suplentes; que habían pedido, por lo que a las
canonjías vacantes, o que pudieran vacar se refiere, que el título
no se expidiese hasta el fin de la guerra, en atención a las
necesidades del Estado. Se trató después de la necesidad absoluta
de proveer lo más pronto posible esas vacantes porque hay tres
canónigos muy ancianos, y si llegaran a morir no habría número
suficiente para elegir los beneficiados que deberían constituir el
cabildo. Se convino en que, hasta el siglo trece, tanto la
costumbre como las reglas de la Iglesia habían atribuido siempre a
los cabildos la elección de sus canónigos y procuradores, y que, a
pesar del derecho de reserva establecido por la Santa Sede, por
motivos que estimaba justos y razonables, la situación y las
circunstancias por que atravesaba la catedral de Bogotá podrían
exponer a la grey de la diócesis a verse en un abandono calamitoso
si no se procedía a la elección de los nuevos ministros del culto.
También se estuvo de acuerdo en que no se podía tratar con el
monarca a quien se había conferido el derecho de presentación como
patrono, ya que la nueva república de Colombia estaba en guerra con
las Cortes y con el rey de España, a quien había resuelto no
reconocer nunca más y que por lo tanto no se podía ya disponer del
mismo medio por el cual el Soberano Pontífice proveía anteriormente
a la elección de los prebendados por la presentación del patrono en
calidad de mandatario suyo. Por estas razones y no pudiendo
pensarse que el Vicario de Cristo prefiriese la rigurosa
conservación de las reservas y de los privilegios concedidos al rey
de España al mantenimiento del culto de la jurisdicción
eclesiástica, del sacerdocio y de la religión católica en todas
estas regiones, estima indispensable el cabildo proveer a las
necesidades de la Iglesia mediante la elección, conforme a las
intenciones de los pontífices y ateniéndose a una interpretación
justa y meditada de las leyes eclesiásticas; por esto los miembros
del cabildo declararon que se encontraban en las circunstancias
antedichas a reserva en todas las demás de la revisión y aprobación
del jefe supremo de la Iglesia, al que quieren permanecer ligados
juntamente con todos los fieles del Arzobispado de Bogotá, como
hijos obedientes y verdaderos católicos, prometiendo dar cuenta de
su resolución a S.S. pidiendo su aprobación y remedio para el
porvenir y que consienta en la inmediata designación y elección de
los miembros designados; en primer lugar a la de algunos canónigos
para que en unión de los otros puedan proceder a la elección de las
dignidades. Al propio tiempo, como es un deber el actuar de
concierto con la suprema autoridad del Estado, que en la actualidad
está en manos del vicepresidente de Colombia, de acuerdo con lo
decidido por el Congreso, y debiendo tenerse presente el que el
jefe del poder civil es protector nato de la Iglesia y que en su
calidad de representante de la soberanía del pueblo proporciona
alimentos a los ministros del culto, y muy especialmente a los
beneficiados al cederles una parte de los diezmos, los miembros del
cabildo han acordado por unanimidad que, en cuanto se terminen las
elecciones, se notificaría a Su Excelencia el nombre de los
elegidos para que los presentase, con objeto de recibir las bulas
de institución, y escribiese a la Corte de Roma que apruebe su
designación con objeto de poder recibir su parte correspondiente de
la masa decimal de la caja del diezmo según las normas de esta
iglesia metropolitana.
El Cabildo de Bogotá no se limitó a esto; declaró renunciar al
derecho de ocho piastras que antes recibía de las personas que
solicitaban dispensas.
El Gobierno tuvo por seguro su triunfo y se apercibió a
presentar para la próxima sesión una ley sobre el patronato; pero
pronto exteriorizaron algunos síntomas de descontento los
eclesiásticos; algunas palabras imprudentes dejaron traslucir
inoportunamente esperanzas culpables y proyectos peligrosos que
alarmaron al clero: éste, mientras se trató sólo de tolerancia,
guardó silencio; pero no pasaron aquí las cosas. Se supuso que se
podría establecer un nuevo culto aprovechando la incultura del
pueblo: se corrió la voz de que un reformador osado, combatiendo
algunas de las prácticas del catolicismo, conseguiría éxitos
indudables entre los habitantes de los llanos del Orinoco. Se quiso
asustar al clero, y el resultado fue que se le volvió a hacer
intransigente; a la vista del peligro con que se le quería
atemorizar tomó el partido de resistir. Para calmar sus temores el
Gobierno recurrió a otro expediente. En marzo se imprimió una carta
que el anciano obispo de Mérida, partidario de la república, había
escrito por agradecimiento, el 20 de agosto de 1821, al Papa Pío
VII, y la contestación de éste.
Carta de Rafael, obispo dé Mérida
|
Desde 1810, esta parte de América o mejor dicho todo el
continente pugna por sacudir el yugo de España; al principio esta
revolución se señaló por movimientos sediciosos y por guerras
espantosas; por fin la paz puso fin a ellas. Los males de esa época
son inenarrables; sólo me voy a referir a los de la Iglesia. Todos
los arzobispos y obispos están desterrados en viaje, de suerte que
me encuentro solo. Caracas y Santafé no tienen arzobispo; los
obispos de Santa Marta y de la Guayana murieron, el de Cartagena
huyó, los de Popayán y Quito están en las filas de los enemigos de
la república. Pero además, según los términos de la Constitución
(la de 1812) que jurara el rey católico, la soberanía vuelve a la
fuente de donde emana, es decir al pueblo español: ¿por qué no
habría de volver a nuestras manos también? Además rechazamos los
decretos que emanan de la Península, decretos que América jamás
aprobará.
|Quidem ab hac America non comprobanda.
|Breve del Papa Pío VII en respuesta a la carta del Obispo de
Mérida.
Roma, 7 de septiembre de 1822.
Venerable hermano, salud y bendición...
Nós hubiéramos deseado tener detalles más circunstanciales
relativos a la situación del clero a consecuencia de los disturbios
políticos. Os encargamos por lo tanto de comunicárnoslos a la mayor
brevedad posible; y, puesto que hay varios obispos que han
abandonado su sede desearíamos conocer la situación de sus
diócesis. Lejos de Nós la idea de inmiscuimos en los asuntos del
gobierno; no nos ocupamos más que de aquellos, que atañen a la
religión, a la iglesia que regimos y a la salvación de las almas.
Dolorosamente afligidos por los males de la iglesia de las Españas,
queremos conocer su intensidad para curarlos; en todo caso os
recomendamos con insistencia que cuidéis de la iglesia que regís y
os enviamos del fondo de nuestro corazón así como a la grey que os
ha sido confiada, nuestra bendición apostólica.
La decisión del Cabildo de Bogotá, las cartas y los discursos
del obispo de Mérida, los elogios hechos por el Gobierno de los
dominicos y de los frailes en general, no bastaron para calmar los
temores que la indiscreción de algunos exaltados despertaron por
todas partes; los curas temieron que las proposiciones del Gobierno
encubrieran una celada; además se difundió la especie de que se iba
a abolir el diezmo a cambio de un sueldo anual: se decía que la
clausura de los conventos iba a ser abolida, rumor que confirmaban
las cartas que algunas religiosas dirigieron al Senado pidiendo la
exclaustración las sociedades masónicas que había en algunas
ciudades vieron aumentar el número de sus miembros y muy
principalmente con dominicos. El clero ante todas estas
innovaciones se creyó amenazado en su hegemonía, de suerte que
cuando se presentó el proyecto sobre patronato lo rechazó temiendo
que los nuevos Magistrados lo transformaran en un gobierno
teocrático, como lo hizo Enrique VIII en Inglaterra.
El Gobierno, inquieto ante la actitud amenazadora que asumía la
montaña -así se designaba al partido del clero-, clausuró las
logias masónicas y retiró el proyecto de ley, pero con la secreta
intención de volver a presentarlo en cuanto los espíritus se
hubiesen serenado.
Sin embargo, el clero, carente de jefes audaces, no constituía
un verdadero peligro para el nuevo Gobierno. Contentos con
conservar sus bienes, y con el quieto y pacífico goce de sus
prebendas, los primados del clero, halagados con los homenajes y
con tal de obtener mayores triunfos, renunciaron a todo proyecto
hostil. Solamente el bajo clero estaba dispuesto a provocar
disturbios, ya que era joven y apasionado; pero la jerarquía romana
es tan inconmovible que hay que estar con ella o lanzarse por el
camino de la herejía. De este modo, el clero optó por el primer
partido. La revolución americana, en parte obra del clero que
esperaba dirigir sus movimientos y recoger sus frutos, es un campo
de acción que bastó por entonces a sus ambiciones.
|
1
|
Robertson, tomo IV, página 188.
|
|
2
|
Se emplea la esponja para reducirlo; los preparados yódicos
talvez dieran mejor resultado.
|
|
3
|
Lo mismo sucede en el Brasil en la Guinea y en la
Senegambia.
|
|
4
|
Véase sección Notas y aclaraciones, al final de la obra.
|