INDICE





PRESENTACIÓN DE CARLOS JOSÉ REYES

PRÓLOGO

PREFACIO

PRIMERA PARTE

CAPÍTULO I
Salida de Francia - Las Azores - La costa de los Estados Unidos – Norfock - Washington - Calma chicha - Cartagena de Indias - Salida para Bogotá - Turbaco - Barranca - De Cartagena al Magdalena.

CAPÍTULO II
Salida de Barranca – El pueblo de Tenerife – Zambrano – La isla de San Pedro – Pinto – Santa Ana – Mompós - El gobernador de Mompós - Comercio de Mompós - Salida de Mompós - Margarita – Guamal - Peñón – Banco - La Sierra de Ocaña - Regidor - Río Viejo - M

CAPÍTULO III
Brazos del Magdalena - La Miel – Río Negro - Guarumo - El promontorio de Garderia - Los escollos de Perico - Honda - Descripción del Magdalena

CAPÍTULO IV
Camino de Honda a Bogotá - Río Seco - Venta Grande - La Montaña de Sargento - El valle de Guaduas - Villeta – Facatativa - Descripción del llano de Bogotá - El Salto de Tequendama – El puente natural de Pandi (Icononzo)

CAPÍTULO V
Viaje por la provincia de Socorro, situada al norte de Santafé de Bogotá.

CAPÍTULO VI
Estado del país desde 1498 hasta 1781 - Antiguos habitantes - Sus usos - Sus costumbres - Con quistas comerciales - Conquistas religiosas - Conquistas militares - Quesada - Debilitamiento de la población India - Los negros - Su estado y condición - Mezcla

CAPÍTULO VII
La revuelta del Socorro - Movimiento de 1794 - Virreyes españoles - Insurrección de Caracas en 1810 - Insurrección de Nueva Granada - El virrey Amar - Miranda – Bolívar – Monteverde - Conquista de Caracas - Bolívar pasa a Curaçao Sale de allí -

CAPÍTULO VIII
El virrey Sámano - Soldados españoles - Soldados americanos -  Bolívar entra en Santafé, pasa a Quito y luégo a Guayaquil -  Características de los principales generales.

CAPÍTULO IX
Nuevo gobierno - Constitución de Cúcuta - División del territorio en Departamentos -Renovación de los Cabildos - Leyes civiles – La justicia - El Congreso - El Poder Ejecutivo.

CAPÍTULO X
Regreso a Bogotá - Puente Real - Minas de cobre de Moniquirá - Chinquinquirá - Minas de sal de Zipaquirá.

CAPÍTULO XI
Fundación de Santafé de Bogotá - Clima - Casas – Interiores - La Catedral - Los conventos - El Hospital - Los colegios - El Palacio del Presidente - El Palacio de los Diputados - El Palacio del Senado - Las cárceles - La Casa de la Moneda y el Teatro

CAPÍTULO XII
Finanzas – Aguardiente – Papel sellado – Alcabala - Impuestos directos - Guerra - El ejército - Las piazas fuertes – Marina - Relaciones extranjeras.

SEGUNDA PARTE

CAPÍTULO I
Salida de Bogotá para Popayán – Guaduas – Chaguaní – San Juan - Regreso a Guaduas - Breve estancia en esta ciudad - Beltrán - Ambalema - San Luis - Chaparral – Natagaima - Payandé - Samboja - Villavieja - Neiva.

CAPÍTULO II
Tambo del Hobo - Paso de Los Domingarios - Puente de cuerdas - La Plata - Pedregal - San Francisco - Inzá - La Montaña del Guanaco - Totoró - Paniquita - Popayán - El volcán de Puracé.

CAPÍTULO III
Descripción de Quito - Camino de Quito a Cuenca.

CAPÍTULO IV
Salida de Popayán - La mina de Alegrías Quilichao - El Cauca – Jamundí – Cali - Salida de Cali - Las Juntas.

CAPÍTULO V
Navegación peligrosa por el Dagua - Buenaventura - Descripción de la provincia del Chocó - Salida de Buenaventura en una goleta peruana - Llegada a Panamá - Observaciones acerca del Gran Océano.

CAPÍTULO VI
Descripción de la ciudad de Panamá - Las mujeres de Colombia.

CAPÍTULO VII
Descripción física de la República de Colombia – Montañas – Clima – Atmósfera – Estaciones – Temperatura – Vientos – Lluvias - Influencia tropical – Cosechas – Bosques – Ríos - Quebradas - Minas - Salinas - Volcanes - Lagos – Mares – Mareas

CAPÍTULO VIII
Población - Habitantes de los páramos - Los de las montañas en que se produce trigo - Los dos llanos - Indios bravos - Esclavos negros - Religión.

CAPÍTULO IX
Carácter de los colombianos.

CAPÍTULO X
Agricultura - Industria - Reflexiones sobre el banano – Minas - Moneda – Salinas - Comercio – Exportaciones - Importaciones.

CAPÍTULO XI
Vías de Comunicación por tierra y por agua - Leyes comerciales.

CAPÍTULO XII
Salida de Panamá - Cruces - El río Chagres - La Gorgona - Chagres.

CAPÍTULO XIII
Llegada a jamaica - Salida para Europa - Las Lucayas - Falmouth – Llegada a Francia.

NOTAS Y ACLARACIONES
| CAPÍTULO VIII
 

 

Población - Habitantes de los páramos - Los de las montañas en que se produce trigo - Los dos llanos - Indios bravos - Esclavos negros - Religión.

 

Bajo la dominación de la Península, sostenida por un sistema parecido al que mantiene a chinos y japoneses aislados del resto del mundo, los americanos constituían una gran familia española ligada por la igualdad de costumbres, leyes, lengua y religión; por mejor decir, no había en América más súbditos y esclavos sometidos a un rey. Ahora sucede lo contrario. La soberanía no reside ya en una sola persona: pertenece a todos. A los títulos han sucedido los derechos; a las clases sociales, las diferencias de color y de castas que sólo el transcurso de los siglos podrá borrar; pero hoy existen aquí blancos, allá negros; por un lado mestizos, por otro mulatos: la independencia ha realizado las aspiraciones de los individuos, pero no ha satisfecho las esperanzas de las razas: todas aspiran al poder. ¿Por qué razón una sola de ellas habría de continuar ejerciendo ese privilegio? Esta pregunta, repetida a cada paso en un país donde cada individuo tiene su opinión, sus prejuicios, sus títulos impresos en los rasgos de su fisonomía, me invita a entrar en consideración sobre el origen y el carácter físico y moral de los pueblos de aquellas partes del Nuevo Mundo que he recorrido.

En Colombia, y podría decirse en la América del Sur, la reunión de hombres ha dado lugar a la confusión de colores y de castas, del mismo modo que su dispersión, antes de la llegada de los españoles, originó la de los idiomas. La diversidad del color en los pueblos de América del Sur es tal, que constituye una nación que se diría integrada por chinos, malayos, javaneses, abisinios y árabes: en Caracas creeríamos hallarnos en presencia de portugueses, españoles o italianos; en Quito, de holandeses; en Bogotá, de alemanes. No es fácil pues, reconocer a primera vista a qué casta pertenecen los habitantes actuales de Colombia, del mismo modo que en Asia, no se puede determinar con exactitud el origen de ninguna de ellas, pues son el producto de constantes cruzamientos, durante tres siglos, de tres razas diferentes venidas de Asia |, Europa y África. Por lo que a la de Asia se refiere, no se encuentra pura más que en las tribus independientes que habitan en las selvas de los llanos y en algunas montañas donde los españoles no han penetrado nunca.

A pesar de los infinitos matices de color que, según acabo de indicar existen entre los colombianos, a éstos se les divide solamente en tres razas principales: mulatos, mestizos y zambos. Estos individuos, novedad en América, desprovistos de tradición genealógica, pretenden pertenecer a razas primitivas. ¿Pero se les puede clasificar entre ellas, teniendo en cuenta que el zambo -negro de cabello lacio y cara alargada- proviene del cruce de negro con indio; que el blanco americano es hijo de indio y de europeo; y finalmente que el mestizo de cabello rizado desciende del cruce de europeo con negro? Observemos de paso la superioridad física de la raza india o de los indígenas de América, cuando se une a otras, ya que es la única que transmite a sus mulatos sus facciones y su pelo. Si se clasificase a los hombres por razón de la fuerza de su temperamento, el indio figuraría en primer lugar y el europeo en el último.

Las razas en los hombres van perdiendo la fuerza de su constitución a medida que se cruzan; pero a medida que las facultades físicas se van debilitando, las morales adquieren una energía prodigiosa. También la belleza parece corresponder a las razas cruzadas; éstas son las únicas que presentan finura en los rasgos, viveza en la mirada y barba corrida, |a |condición de que no vivan en |los |trópicos. En efecto, los criollos blancos de Panamá y de Cartagena tienen poca barba, mientras que los de los Estados Unidos y Chile la tienen abundante.

Los indios y los negros de pura raza son bajos, rechonchos, sus facciones carecen de expresión y de agrado a la vista, y es curioso que cualquiera que sea el clima a que se les lleve no pierden nunca ninguna de las características físicas que les son propias. Así, un negro será negro lo mismo en Guayaquil que en Quito, y un indio no tendrá nunca barba, ya viva en Cartagena o en Bogotá. Por el contrario, la fisonomía de los hombres producto del cruce se altera a medida que cambia el clima; se colorea o palidece según la temperatura del país en que habiten.

Ni los negros ni los indios son propensos a las enfermedades y a los achaques linfáticos. Sus órganos están dotados de una fuerza y de una precisión admirables; sus miembros más bien poco fuertes, tienen gran agilidad, aunque no se prestan para realizar trabajos delicados que requieran atención mental, pues en general no son aptos para aplicarla. Éstos tienen barba rala, su pelo tarda mucho en blanquear y sus dientes se conservan siempre en buen estado.

La organización física de los negros es demasiado conocida para insistir en ella. En lo tocante a los indios sí añadiré que, lo mismo que los kalmucos, tienen la cara redonda, más ancha que larga y un poco convexa; la frente aplastada y estrecha, cubierta de pelo hasta dos dedos de las cejas; el cráneo es también aplastado; la nariz pequeña y alargada; los ojos negros, oblicuos y sin expresión; los pómulos muy salientes; los labios un poco gruesos. Su estatua es mediana, el cuerpo más bien ancho, y está sostenido por unas piernas cortas y arqueadas; el color es cobrizo.

En Colombia, lo mismo que en todas las regiones equinocciales de América las castas cuanto menos se alejan del tipo primitivo, indio o negro, son tanto más valientes y capaces de soportar las más duras privaciones y las marchas más penosas: por el contrario, las castas en que la sangre india o negra se ha debilitado más a consecuencia de numerosos cruces con sangre europea, no suelen ser sobrias ni resistentes para las marchas; las primeras se entregan con pasión a la caza o llevan la vida de los pastores; las segundas se dedican a las artes o a la agricultura.

En general, los criollos, que en Colombia se llaman blancos, provienen del cruce de la raza española con negros e indios. En las provincias del litoral, los negros han ido entrando en las familias europeas, y en la cordillera se han visto obligados a admitir a los indios. En efecto, así se explicaría cómo la América española contaría ahora con un número tan considerable de blancos cuando sesenta años después de la Conquista no había en ella más que quince mil españoles | ¹ .

Y sin embargo los criollos no quieren descender ni de los primeros conquistadores españoles, de los indios ni de los negros; se avergüenzan de semejante ascendencia. Pretenden descender de familias venidas de la Península en épocas posteriores a la Conquista. Esta pretensión carece de fundamento, y además no deja de ser un poco ridícula, ya que considerable número de indios fue ennoblecido por los reyes de España y que uno de ellos, el descendiente de Moctezuma fue creado grande de España. Además, desde los tiempos de Pizarro ya vemos en puestos muy principales a los hijos de Almagro y a Garcilaso de la Vega, ambos mestizos indios.

Los blancos de la costa tienen todos los rasgos de los españoles, pero poca barba; los de las regiones frías de la cordillera la tienen más poblada; se parecen mucho a los europeos del Norte, a pesar de que sus ojos hayan conservado en mucha parte la oblicuidad de los de los indios, y que por lo general tengan el pelo negro y áspero como el de los indios del Nuevo Mundo.

Muchos de los habitantes de Colombia están desfigurados por dos enfermedades horribles: la |sífilis y el |bocio; algunos niños, al nacer ya llevan el germen. La primera parece que es endémica en el país. Descuidada por la ignorancia de los habitantes, toma mil caracteres diferentes, pero no adquiere la violencia que tiene en Europa, debido a que los remedios están por todas partes al alcance del hombre y detienen los progresos del mal.

No hay remedio contra el bocio | ² ; hay sitios donde, sin que se sepa por qué, todo el mundo padece de esta enfermedad. Ésta se presenta lo mismo en las regiones frías que en las más cálidas; pero en general sólo aparece en los valles y en las regiones alejadas de la |influencia de tas brisas del mar. No se ve esta enfermedad ni en la Cordillera Occidental ni en la vertiente oriental de la otra cordillera. Los indios y los negros cuya raza no ha estado cruzada con la blanca, no sufren de ella; ya no ataca sino a los mestizos y a los mulatos. En las montañas del Fontadiallon los mestizos |fulahs; o sean hijos de rojos y de negros, también son propensos a esta enfermedad.

Si no se ven bocios en la gente que vive en las provincias del litoral atlántico, en cambio se dan muchos casos entre los sarcoceles | ³ .

Las enfermedades cutáneas son más corrientes entre los habitantes de las regiones equinocciales del Nuevo Mundo que entre los de África; el consumo de carne de cerdo y de bebidas alcohólicas, que consiente el cristianismo, talvez sea la causa de esa diferencia que se advierte entre gentes que viven en una misma latitud.

Los indios, antes reducidos a la condición de siervos, han sido todos declarados libres desde la revolución, de suerte que ya no existe la distinción en |indios reducidos; pero se ha conservado la de |indios racionales o |civilizados e |indios bravos, irracionales y salvajes.

Todos los indios de las montañas, salvo los que habitan en las alturas de Santa Marta y en algunas regiones del macizo del Quindío, están comprendidos en la primera categoría; en la que también podría entrar un pequeño número de indios de los llanos; el resto forma parte de la segunda.

A los primeros se les estima por su constancia para el trabajo, por su vigor, que les permite resistir las inclemencias del tiempo, aunque no soportan los trabajos excesivos, y también para labores que exigen paciencia, y sobre todo por su sumisión.

En lo referente a los indios de las montañas, se atribuye a la costumbre que tienen de establecer sus chozas en las orillas de los lagos y de los pantanos y también al uso inmoderado de la chicha, la flojedad característica de los habitantes de las regiones cálidas y húmedas. En efecto, los indios de Chile y del Canadá son muy valientes porque viven en un clima riguroso y fuera de los trópicos.

Un clima templado y sin variaciones da costumbres pacíficas; además, tres siglos de paz, la abundancia que procura una agricultura sencilla y que es de su agrado, la tranquilidad que garantiza la ausencia o la lejanía de enemigos temibles, han tenido que conservar en el indio ese carácter bondadoso y dócil que ya tenían en la época de la Conquista; la forma de gobierno era la monarquía, establecida por doquiera con el mayor brillo; desde Méjico, por la cima de los Andes, se iba de una monarquía a otra hasta llegar al Perú.

En los picos más altos de la cordillera se ven indios que apacientan sus rebaños, o retirados en sus cabañas, sin más traje que una camisa y un pantalón de algodón; pocas veces encienden fuego para calentarse, mientras, en los desiertos de África, como ya lo dije, no se puede dormir por la noche sin prender fuego. Estos indios no disfrutan sino en muy contadas ocasiones de la vista y del calor del sol. Rodeados constantemente de nieblas, ateridos de frío por los vientos helados que bajan de los picos nevados, de los que en ocasiones no les separan más que algunas toesas, casi desnudos pero acostumbrados a una vida mísera, pasan sus días ignorados del resto de los hombres, cuya existencia también éstos ignoran. Felices con tener esa libertad que nadie envidia, van errantes entre los brezos de los páramos, sin pensar que a sus pies está el universo; para ellos la creación empieza en la zona de las criptógamas y termina en la región de las nieves.

¡Qué poco se ha hablado de la existencia de este pueblo de pastores que habita a más de 2.000 toesas sobre el nivel del mar, que posee pastos tan ricos como los de las llanuras de Rusia y que vive en unas estepas que se extienden a una altitud igual a la del pico de Tenerife!

De estas regiones en las que la vegetación casi se extingue, se desciende a aquellas en que renace y en las que la naturaleza recobra su vigor. En estas últimas nos encontramos con otra clase de indios, con otro pueblo: éste es agricultor; sus campos están cubiertos de mieses, cuyas semillas vinieron de Europa.

Al indio no le gusta vivir en sociedad; es melancólico y pocas veces tiene vecinos que vengan a importunar su tranquilidad. Talvez desde los primeros tiempos el indio se haya diseminado de esta suerte con objeto de no verse sujeto a un español bajo la denominación de cura o de alcalde.

El indio de las montañas no es, como el negro, estrepitoso en sus diversiones, aunque ame con pasión la música y el baile, aunque a unos y otros les gustan de manera diferente. Cuando baila, el negro brinca, salta, patalea; el indio, por el contrario, en sus bailes anda lentamente, con mesura; el uno sólo se inflama con el redoble del tamboril y con el estruendo de sus enormes trompetas de marfil; el otro no se estremece sino a los sonidos tristes y melancólicos de una caña hueca; oye en éxtasis a uno de sus bardos cuando agita cadenciosamente un bambú hueco lleno de granos de maíz o cuando rasca con un palo la quijada de una mula, únicos instrumentos musicales que poseen los indios de la cordillera. Sus gustos, sus diversiones tienen la misma tranquilidad que el ambiente que respiran.

Hacia la región media de los Andes (600 toesas de altura sobre el nivel del mar), donde reina una primavera perpetua, espacio favorecido por una gran feracidad y que separa los productos vegetales de Europa de los trópicos, vive un pueblo cuyo carácter, mezcla feliz de la alegría de los habitantes de los llanos y de la cortesía reservada de los indios de los páramos, agrada sobremanera al viajero.

Sus cabañas, rodeadas de bananos, de campos de caña de azúcar o maíz, en más de una ocasión, son centro de diversiones. Una boda, la venta del excedente de la cosecha, dan lugar a reuniones, y para concurrir a ellas viene la gente desde muy lejos; los forasteros siempre son acogidos con amable cordialidad. Así es como cada propietario, a pesar del aislamiento en que vive, encuentra la manera de instalar a la puerta de su casa, en medio de las danzas y de los regocijos, un mercado donde pone a la venta sus productos y donde compra, a bajo precio, las cosas que necesita.

En todo tiempo sus chozas son refugio agradable para el viajero; el espectáculo de que disfruta le recuerda la felicidad calma sus fatigas y le hace olvidar sus sufrimientos. En efecto, esas chozas aisladas respiran la paz y la unión más sinceras. Las mujeres, ocupadas en coser o en tejer telas, tienen a veces a su lado una cuerda que al tirarse imprime suave balanceo a una red, en forma de hamaca, en la que duerme un niño envuelto en mantas primitivas; si se despierta y llora, le aplican en la boca, para acallar su llanto, un pedazo de algodón empapado en leche.

Un poco más allá el hombre trabaja unas veces en la confección de cestos, otras en la recolección de los bananos o del maíz, cuyas mazorcas ya maduras hay que triturar entre dos piedras para hacer harina y tortas que se cuecen bajo la ceniza.

Cuidados y trabajos de mayor importancia vienen a veces a introducir una variación en su tranquila existencia, cuando las cañas de azúcar están a punto de madurar y hay que cortarlas y llevarlas al trapiche; del jugo que obtiene fabrica la chicha. Otras veces lleva a los verdes prados, que alfombran la cima de la montaña, a sus mulas, a las vacas y a los cerdos que integran su corral. ¿Por qué no adiestra a su perro para que le ayude en esas penosas faenas? Porque ese fiel animal, tan estimado por el europeo, inspira una repulsión general a los habitantes de los Andes; no se le cría más que para guardián de la casa, pero nunca se le acaricia; se le considera como un animal importuno, que está siempre dispuesto a devorar la comida de su amo. ¿Esta antipatía vendría por tradición de los indios, contra quienes los españoles emplearon, tan bárbaramente, el instinto de sus perros para darles caza?

El campesino americano de la cordillera, y en particular el mestizo es de una cortesía que sorprende y encanta a la vez, al extranjero. En esas regiones, cuando dos personas se encuentran se saludan se informan el estado recíproco de la salud y emplean frases de exquisita delicadeza tanto para ofrecer como para aceptar; el sentimiento que produce la separación, el gusto que da el volver a verse, todo se expresa valiéndose de los términos adecuados. La discreción se acentúa en extremo; no se entra en una casa sin haber pedido permiso y sin descubrirse. Las prerrogativas se respetan sin bajeza, el rango se conserva sin avergonzarse; en una palabra, en cualquier choza se observan las reglas elementales de la buena educación. ¿No admira el ver que esas reglas se hayan arraigado en gentes poco antes salvajes y que se hayan conservado entre sus descendientes en medio de las soledad en que viven?

A medida que úno se aleja de las altiplanicies, cambian tanto el aspecto de la naturaleza como el del hombre. En las orillas de los ríos, regiones que por lo general están sometidas a un calor asfixiante, se advierten ya otras costumbres, otra clase de vida, se echan de menos la mansedumbre del pastor y la cortesía del labriego, al advertir el carácter violento y áspero de los ribereños y de los pescadores.

La población de los llanos del Orinoco y del Apure ofrece una variedad infinita de pigmentación; su carácter es vivo y violento. Sí en las ciudades esa vivacidad degenera en grosería en los llanos se convierte en audacia y en valor. El negro emancipado o el mulato, en las provincias del litoral, si no es marinero, es obrero; el de los llanos vuelve a los gustos naturales de todo africano tan diferentes de los que se observan en los indios de las montañas; sus aficiones son montar a caballo, cazar, guerrear. En efecto, a los indios de la cordillera les gustan las faenas pacíficas de la agricultura, son apegados al terruño, conllevan pacientemente las fatigas y temen los peligros, que el hombre del llano busca con afán: perseguir los jaguares, domar un caballo fogoso, enlazar un toro, hé ahí sus pasatiempos y sus ejercicios. Tan valientes en el combate como cuando sueltan a los toros en los bosques, los llaneros se sirven para cogerlos de un lazo de cuero que lanzan con tal destreza, que el animal queda en seguida sujeto. En las pampas de Buenos Aires otros hombres parecidos a éstos se sirven de unas correas largas en cuyas puntas ponen unas bolas de hierro; arma terrible que raras veces falla.

Nada se le detiene en su carrera o en sus empresas. A caballo, han llegado hasta apoderarse de barcos que se creían al abrigo de sus acometidas; así fue como Páez destruyó la flota española en el Orinoco.

Claro está que estos nuevos árabes desprecian a las gentes pacíficas e indolentes de la cordillera. La civilización se les antoja una flaqueza que designan con todos los diminutivos de la lengua española. Los habitantes de los Andes, para ellos no son gente valiente ni fuerte; no son más que unos |blanquillas.

Los llaneros se dividen, como todos los habitantes de las tierras calientes, en hijos de europeos y de indias, o de negros y de indias. Entre ellos también se encuentran todavía tribus que conservan intactas sus costumbres salvajes; la abolición de las misiones no permite esperar que renuncien a ellas, a menos que se les obligue a incorporarse a los nuevos habitantes de los Llanos.

Los |indios bravos no tienen la mansedumbre de los que se llaman |reducidas, ni la audacia valerosa de los zambos que ocupan su territorio. No sin ser feroces, atacan a sus enemigos por sorpresa, y cuando cae alguno de éstos en sus manos se lo comen. El origen de esos festines horripilantes talvez haya que buscarlo en el hambre que esas tribus debieron de padecer cuando por primera vez bajaron a estas regiones inmensas.

En Colombia hay un gran número de indios bravos; y aunque los geógrafos antiguos y modernos les han considerado bajo la dominación española, siempre han disfrutado de una completa independencia, bien fuera que España se la dejara o que la adquirieran refugiándose en antros inaccesibles. Quizá, si España hubiera podido conquistar toda la América en el primer siglo del Descubrimiento, esos indios se hubieran plegado a sus leyes, pero después de ese lapso ya no se quería sino disfrutar de lo conquistado y el sometimiento de esos salvajes no presentaba ningún aliciente para los españoles. Así fue como se dejó en paz, mientras no tomaran la ofensiva, a los goajiros, que habitan entre Santa Marta y Riohacha; a los indios del Darién y de San Blas (que todos hablan inglés); a los andaquies, que viven al Sur de Timaná, y a todas esas tribus que vagan errantes desde las orillas del Amazonas hasta las del Apure.

A algunas de esas tribus, España les pagaba tributo, tributo que la República, cuyas finanzas absorbían las necesidades de la guerra, no ha podido pagar con igual puntualidad; este olvido en más de una ocasión, ha suscitado la cólera de esas tribus y motivado |sus venganzas, pero no suelen turbar la paz de sus vecinos civilizados que a su vez les dejan tranquilos. Poco a poco la colonización les va rechazando más y más lejos, y hoy ya no se buscan esposas en esas tribus. Los celos de los hombres han sabido inspirar a las mujeres una antipatía profunda hacia los blancos, cuyas primeras invasiones todavía se recuerdan. El sistema de repartimientos prevenía este inconveniente; al reducirlos a la condición de siervos, les hacía considerar como un honor el entrar en la familia de sus amos. Estas uniones son las que han dado origen a una población pacífica, agrícola e industriosa en regiones que antes de esta medida, necesaria por las circunstancias, se veían ensangrentadas por los sacrificios de seres humanos.

La independencia de que gozan todos esos mulatos, negros o indios salvajes, y la naturaleza de las regiones en que viven, debería disuadir a los jefes del Gobierno de la idea de intentar de nuevo la aclimatación del camello en América, y deplorar un poco menos que el primer ensayo, dificultado por las guerras civiles, no diera resultado. En efecto, si hubiera tenido éxito, es muy probable que el habitante negro y casi en estado salvaje de los llanos, montado en ese navío del desierto, con algunos plátanos, y encontrando un licor embriagador inagotable en los troncos de las palmeras, es muy probable, repito, que no hubiera querido en modo alguno plegarse a una vida sedentaria. Desde la guerra, hay ya gran cantidad de llaneros que la abandonan, miran con desprecio las cimas heladas de los Andes y desafían al pacífico poblador de las montañas, como si le esperaran en sus llanos, en los que sedientos y agobiados por el calor, les ofrecería una presa fácil.

Estas hipótesis no carecen de fundamento. En efecto, el habitante de los llanos abrasadores de América ha adquirido, por las torturas del calor, por las picaduras de los insectos, por los peligros de las fieras, un valor que no tienen los montañeses. La suave temperatura de que disfruta el indio mestizo en sus valles, le ha dado una complexión menos robusta, que le hace tan sensible como el europeo al calor de los llanos; pocos son los que no adquieren las fiebres o que no sucumben a sus accesos. De modo que ese nuevo pueblo de beduinos que se supone habita en los llanos, si tuviese a su disposición los elementos que favorecen las costumbres nómadas, como son el camello, el caballo, grandes rebaños y el banano, talvez renovara contra Santafé de Bogotá, Caracas y en general contra todas las ciudades, incursiones a que la induciría la esperanza del pillaje. Talvez entonces en los caminos de Caracas, infestados por los bandoleros, no habría seguridad sino comprándola como se hace para ir a La Meca.

Un continente inmenso donde era tan fácil ocultarse, obligó a las españoles a adoptar un sistema de indulgencia y de suavidad para con sus esclavos. Pero si se evitó el peligro de la deserción, no se obvió el que representaba el abandono de la agricultura, de modo que todos los cultivos iban decayendo a tal punto que los productos de la tierra que daba el continente eran muy inferiores a los que producían las Antillas. Aunque el número de esclavos fuese considerable, éste disminuía todos los años debido a la costumbre que tenían los españoles, antes de morir de darles la libertad. El nuevo Gobierno, heredero de los principios de la Península, se muestra muy favorable a los esclavos, y con la ley que acaba de votar, dentro de cuarenta años no habrá ya un esclavo en Colombia.

El mayor número de negros se concentra en las provincias del litoral. En las de Antioquia, Magdalena, Cauca, Guayaquil y Chocó hay muchísimos; su número ha aumentado en forma tal, que, al igual de lo que sucede en nuestras colonias, un blanco llama la atención. En la rama oriental de la cordillera sólo se ven blancos e indios.

En toda la gente del pueblo, cualquiera que sea su color, la paz familiar no se suele ver turbada por la discordia; y si bien es verdad que los miembros de familia entre sí son poco efusivos, en cambio se guardan todas las consideraciones y el mayor respeto. El padre de familia es objeto de una verdadera veneración; sus hijos le tratan de |su merced, y al levantarse y al acostarse le dan los buenos días y las buenas noches y le piden, de rodillas, su bendición.

La generosa hospitalidad que los habitantes de Colombia, hasta los más pobres, practicaban antes con verdadera satisfacción, constituye para ellos hoy un motivo de pesar y de inquietud: antes la brindaban; hoy, en muchas partes solamente la otorgan ante las amenazas del alcalde: engañados, saqueados por la soldadesca, el viajero les parece un tirano que viene a instalarse a la fuerza en su casa Antes, la hospitalidad era gratuita, hoy se paga o por lo menos se da algo al huésped. Es así como las calamidades de la guerra y los abusos han engendrado el interés, siendo de temer que éste, dentro de pocos años, llegue a un límite excesivo.

Hé aquí un estado de la población de Nueva Granada:

Blancos (hijos de europeo y de mestiza) . .  250.000
Mestizos (hijos de blanco y de india) . . .     400.000
Indios . . . . . . . . . . . . . . . . . . .              450.000
Mulatos . . . . . . . . . . . . . . . . . .              550.000
Negros libres y esclavos . . . . . . . . .             94.600

                                                           1.744.600

A la provincia de Caracas se atribuye una población de 900.000 habitantes; los dos tercios son de color, de modo que en una población de 1.744.600 individuos no hay más que una tercera parte blanca, contando en ella a los indios mestizos, que para aspirar al título de blancos y hacer olvidar su origen no les falta sino medio siglo | 4 .

En las revoluciones, parece como si la gente, al igual del dinero, desapareciera. En efecto, en cuanto la paz reina y los peligros de la guerra cesan, una y otro resurgen como por milagro; esto es lo que sucederá en Colombia, cuyo número de habitantes, después de algunos años de tranquilidad se aumentará, sobre todo si se multiplican las máquinas de vapor, invención que contribuirá el aumento de la población americana por las facilidades que da para su enriquecimiento, lo mismo que la de la pólvora sirvió hace tres siglos para subyugarla y destruirla.

La revolución y los agentes de Santo Domingo han enseñado a todas las castas que componen la población de Colombia a cotizarse. Todas quieren la expulsión del extranjero, pero cada una por lo que pueda favorecer a los dos de su color. Los indios son los únicos que, indiferentes al nuevo amo que les caiga en suerte, echan de menos las consideraciones que los españoles les tenían al dejarlos disfrutar de una verdadera independencia en sus aldeas, designadas con el nombre de |pueblos de indios, y no apetecen una igualdad que les asimile a los negros, por quienes sienten profunda antipatía.

El lazo más poderoso que une todas estas razas y les impide combatir entre sí es la religión. Esta en todas partes predica, para no romper la unidad del culto, la concordia entre los pueblos; en todas partes su voz se oye con respeto; todas las castas y clases sociales acatan sus decretos y templan sus odios cuando la Iglesia lo dispone.

El clima la prudencia del clero, la educación que los españoles dieron a esas gentes, que durante tres siglos no se alteró por contacto alguno con el extranjero, todo eso ha inspirado a los colombianos un profundo respeto por el culto; por esto a sus ojos el título de mayor valía que tiene el francés es el de |cristianísimo, y si envidian algo a Francia es por el gran número de santos que ha dado a la Iglesia.

La autoridad del cura es absoluta; el respeto que se le tiene es tal, que por nada en el mundo se le robaría lo más mínimo de las primicias que se le deban. Además se ve con beneplácito que entre gentes casi salvajes haya hombres prudentes que con su ascendiente sepan someter el pueblo a las leyes y puedan así compensar la tiranía de las autoridades municipales. Se suele reprochar al clero su odio contra los herejes y su dureza para con los indios pero se olvida que dondequiera que haya hombres se cometerán abusos.

A pesar de la relajación de que se acusa al clero, en las iglesias se advierte la mayor compostura. La devoción de los fieles que asisten a los oficios divinos no es menos sorprendente; con la mirada fija en el oficiante, no se distraen jamás con la lectura maquinal de los devocionarios; todas las oraciones se las saben de memoria y las rezan a su debido tiempo. En cuanto a fervor, todo les parece poco a los católicos americanos; los hay que durante horas enteras tienen los brazos en cruz; otros, en el momento de alzar se golpean el pecho con verdadera violencia; la mayor parte oyen de rodillas toda la misa.

Como en España, las mujeres no pueden sentarse sino en el suelo; en contra de lo preceptuado por San Pablo, deben llevar la cabeza descubierta. Las vísperas sólo tienen lugar los días de fiesta. No se puede úno casar sin haber jurado que no es francmasón y sin hacer un retiro y una penitencia más o menos largos.

No son éstas las únicas prácticas religiosas que difieren de las nuéstras. En los entierros el cadáver se lleva sin tapar y ricamente vestido, y se conserva la costumbre india de bailar y de divertirse cuando muere un niño. Pocas son las ciudades que tienen cementerios y hasta ahora se entierra en las iglesias.

El Gobierno de Colombia, conocedor de la influencia que ejerce el clero, trató en 1823 de hacer que pasara a sus manos, procurando conseguir el derecho de patronato sobre las iglesias de América, que Julio II había concedido a los reyes de España.

Para ello empezó por ganarse las voluntades del Cabildo de la Catedral de Bogotá; pues aunque su jurisdicción no se extendía más allá de la Diócesis de Bogotá, la opinión de los hombres doctos que lo integra pesaba enormemente en la conciencia de muchas gentes.

Después se halagó la ambición de los miembros del clero que, sin temor a desligarse de Roma, pudieran establecer un principio que sería fatal para ellos mismos; y como deseaban ardientemente sustraerse a aquella supremacía lejana, y sobre todo querían tener una corte eclesiástica, finalmente, el Gobierno, apoyándose en el celo republicano de los canónigos Andrés María Rosillo y Francisco Xavier Guerra, reunió hacia enero de 1823 el Cabildo eclesiástico, seguro de que sus decisiones corresponderían a sus miras en lo referente a la reivindicación del patronato de los reyes de España.

El Cabildo secundó ampliamente las miras del Gobierno, como se puede apreciar por el acta de la sesión:

Hoy 21 de enero de 1823 se reunió el venerable cabildo de Bogotá, integrado por los doctores Andrés María Rosillo, magistral de esta santa iglesia catedral y presidente del mismo; Fernando Caicedo y Flores, penitenciario; Juan Nepomuceno Cabrera y Francisco Xavier Guerra, prebendado suplente: la sesión se abrió con la lectura del informe del magistral y del penitenciario que dan cuenta del resultado de la comisión que se les había confiado cerca de Su Excelencia el vicepresidente, relativa a la necesidad de designar prebendados para el servicio de la santa iglesia catedral, de cuerdo con la resolución adoptada por el anterior cabildo acerca de las reclamaciones de los suplentes. Los referidos comisionados informaron que Su Excelencia, lleno de celo por el bien de la Iglesia, se mostró de acuerdo con que se eligiesen las cuatro primeras dignidades, cuatro canónigos de gracia, dos beneficiados y dos suplentes; que habían pedido, por lo que a las canonjías vacantes, o que pudieran vacar se refiere, que el título no se expidiese hasta el fin de la guerra, en atención a las necesidades del Estado. Se trató después de la necesidad absoluta de proveer lo más pronto posible esas vacantes porque hay tres canónigos muy ancianos, y si llegaran a morir no habría número suficiente para elegir los beneficiados que deberían constituir el cabildo. Se convino en que, hasta el siglo trece, tanto la costumbre como las reglas de la Iglesia habían atribuido siempre a los cabildos la elección de sus canónigos y procuradores, y que, a pesar del derecho de reserva establecido por la Santa Sede, por motivos que estimaba justos y razonables, la situación y las circunstancias por que atravesaba la catedral de Bogotá podrían exponer a la grey de la diócesis a verse en un abandono calamitoso si no se procedía a la elección de los nuevos ministros del culto. También se estuvo de acuerdo en que no se podía tratar con el monarca a quien se había conferido el derecho de presentación como patrono, ya que la nueva república de Colombia estaba en guerra con las Cortes y con el rey de España, a quien había resuelto no reconocer nunca más y que por lo tanto no se podía ya disponer del mismo medio por el cual el Soberano Pontífice proveía anteriormente a la elección de los prebendados por la presentación del patrono en calidad de mandatario suyo. Por estas razones y no pudiendo pensarse que el Vicario de Cristo prefiriese la rigurosa conservación de las reservas y de los privilegios concedidos al rey de España al mantenimiento del culto de la jurisdicción eclesiástica, del sacerdocio y de la religión católica en todas estas regiones, estima indispensable el cabildo proveer a las necesidades de la Iglesia mediante la elección, conforme a las intenciones de los pontífices y ateniéndose a una interpretación justa y meditada de las leyes eclesiásticas; por esto los miembros del cabildo declararon que se encontraban en las circunstancias antedichas a reserva en todas las demás de la revisión y aprobación del jefe supremo de la Iglesia, al que quieren permanecer ligados juntamente con todos los fieles del Arzobispado de Bogotá, como hijos obedientes y verdaderos católicos, prometiendo dar cuenta de su resolución a S.S. pidiendo su aprobación y remedio para el porvenir y que consienta en la inmediata designación y elección de los miembros designados; en primer lugar a la de algunos canónigos para que en unión de los otros puedan proceder a la elección de las dignidades. Al propio tiempo, como es un deber el actuar de concierto con la suprema autoridad del Estado, que en la actualidad está en manos del vicepresidente de Colombia, de acuerdo con lo decidido por el Congreso, y debiendo tenerse presente el que el jefe del poder civil es protector nato de la Iglesia y que en su calidad de representante de la soberanía del pueblo proporciona alimentos a los ministros del culto, y muy especialmente a los beneficiados al cederles una parte de los diezmos, los miembros del cabildo han acordado por unanimidad que, en cuanto se terminen las elecciones, se notificaría a Su Excelencia el nombre de los elegidos para que los presentase, con objeto de recibir las bulas de institución, y escribiese a la Corte de Roma que apruebe su designación con objeto de poder recibir su parte correspondiente de la masa decimal de la caja del diezmo según las normas de esta iglesia metropolitana.

El Cabildo de Bogotá no se limitó a esto; declaró renunciar al derecho de ocho piastras que antes recibía de las personas que solicitaban dispensas.

El Gobierno tuvo por seguro su triunfo y se apercibió a presentar para la próxima sesión una ley sobre el patronato; pero pronto exteriorizaron algunos síntomas de descontento los eclesiásticos; algunas palabras imprudentes dejaron traslucir inoportunamente esperanzas culpables y proyectos peligrosos que alarmaron al clero: éste, mientras se trató sólo de tolerancia, guardó silencio; pero no pasaron aquí las cosas. Se supuso que se podría establecer un nuevo culto aprovechando la incultura del pueblo: se corrió la voz de que un reformador osado, combatiendo algunas de las prácticas del catolicismo, conseguiría éxitos indudables entre los habitantes de los llanos del Orinoco. Se quiso asustar al clero, y el resultado fue que se le volvió a hacer intransigente; a la vista del peligro con que se le quería atemorizar tomó el partido de resistir. Para calmar sus temores el Gobierno recurrió a otro expediente. En marzo se imprimió una carta que el anciano obispo de Mérida, partidario de la república, había escrito por agradecimiento, el 20 de agosto de 1821, al Papa Pío VII, y la contestación de éste.

 

Carta de Rafael, obispo dé Mérida

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Desde 1810, esta parte de América o mejor dicho todo el continente pugna por sacudir el yugo de España; al principio esta revolución se señaló por movimientos sediciosos y por guerras espantosas; por fin la paz puso fin a ellas. Los males de esa época son inenarrables; sólo me voy a referir a los de la Iglesia. Todos los arzobispos y obispos están desterrados en viaje, de suerte que me encuentro solo. Caracas y Santafé no tienen arzobispo; los obispos de Santa Marta y de la Guayana murieron, el de Cartagena huyó, los de Popayán y Quito están en las filas de los enemigos de la república. Pero además, según los términos de la Constitución (la de 1812) que jurara el rey católico, la soberanía vuelve a la fuente de donde emana, es decir al pueblo español: ¿por qué no habría de volver a nuestras manos también? Además rechazamos los decretos que emanan de la Península, decretos que América jamás aprobará. |Quidem ab hac America non comprobanda.

|Breve del Papa Pío VII en respuesta a la carta del Obispo de Mérida.

Roma, 7 de septiembre de 1822.

Venerable hermano, salud y bendición...
Nós hubiéramos deseado tener detalles más circunstanciales relativos a la situación del clero a consecuencia de los disturbios políticos. Os encargamos por lo tanto de comunicárnoslos a la mayor brevedad posible; y, puesto que hay varios obispos que han abandonado su sede desearíamos conocer la situación de sus diócesis. Lejos de Nós la idea de inmiscuimos en los asuntos del gobierno; no nos ocupamos más que de aquellos, que atañen a la religión, a la iglesia que regimos y a la salvación de las almas. Dolorosamente afligidos por los males de la iglesia de las Españas, queremos conocer su intensidad para curarlos; en todo caso os recomendamos con insistencia que cuidéis de la iglesia que regís y os enviamos del fondo de nuestro corazón así como a la grey que os ha sido confiada, nuestra bendición apostólica.

 

La decisión del Cabildo de Bogotá, las cartas y los discursos del obispo de Mérida, los elogios hechos por el Gobierno de los dominicos y de los frailes en general, no bastaron para calmar los temores que la indiscreción de algunos exaltados despertaron por todas partes; los curas temieron que las proposiciones del Gobierno encubrieran una celada; además se difundió la especie de que se iba a abolir el diezmo a cambio de un sueldo anual: se decía que la clausura de los conventos iba a ser abolida, rumor que confirmaban las cartas que algunas religiosas dirigieron al Senado pidiendo la exclaustración las sociedades masónicas que había en algunas ciudades vieron aumentar el número de sus miembros y muy principalmente con dominicos. El clero ante todas estas innovaciones se creyó amenazado en su hegemonía, de suerte que cuando se presentó el proyecto sobre patronato lo rechazó temiendo que los nuevos Magistrados lo transformaran en un gobierno teocrático, como lo hizo Enrique VIII en Inglaterra.

El Gobierno, inquieto ante la actitud amenazadora que asumía la montaña -así se designaba al partido del clero-, clausuró las logias masónicas y retiró el proyecto de ley, pero con la secreta intención de volver a presentarlo en cuanto los espíritus se hubiesen serenado.

Sin embargo, el clero, carente de jefes audaces, no constituía un verdadero peligro para el nuevo Gobierno. Contentos con conservar sus bienes, y con el quieto y pacífico goce de sus prebendas, los primados del clero, halagados con los homenajes y con tal de obtener mayores triunfos, renunciaron a todo proyecto hostil. Solamente el bajo clero estaba dispuesto a provocar disturbios, ya que era joven y apasionado; pero la jerarquía romana es tan inconmovible que hay que estar con ella o lanzarse por el camino de la herejía. De este modo, el clero optó por el primer partido. La revolución americana, en parte obra del clero que esperaba dirigir sus movimientos y recoger sus frutos, es un campo de acción que bastó por entonces a sus ambiciones.

 

 

1 Robertson, tomo IV, página 188.
2 Se emplea la esponja para reducirlo; los preparados yódicos talvez dieran mejor resultado.
3 Lo mismo sucede en el Brasil en la Guinea y en la Senegambia.
4 Véase sección Notas y aclaraciones, al final de la obra.

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