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CAPÍTULO
VII
Descripción física de la República
de Colombia – Montañas – Clima – Atmósfera –
Estaciones – Temperatura – Vientos – Lluvias -
Influencia tropical – Cosechas – Bosques – Ríos -
Quebradas - Minas - Salinas - Volcanes - Lagos – Mares –
Mareas -Animales salvajes- Animales domésticos - Los Llanos del
Orinoco - Aspecto general del país.
La República de Colombia comprende por una parte todas las
regiones situadas entre Tumbes y el golfo Dulce, y por otra las que
están situadas entre Esequebo y el río Culebras, frontera natural
de Guatemala; engloba dos regiones totalmente diferentes, que ya el
Gobierno español había también separado en la división política por
él establecida.
1o. La Nueva Granada: Virreinato que estaba constituido por las
provincias de la cordillera desde Guayaquil hasta Mérida, por las
de Casanare y de San Juan de los Llanos.
2o. Caracas: Capitanía general que comprendía Cumaná, Barcelona,
Caracas, Barinas y la Guayana, es decir, la mayor parte de los
Llanos.
La Cordillera de los Andes, al llegar a 20 al Sur del ecuador,
se divide en tres ramales, de los que uno solo, el más occidental,
se prolonga por el Istmo de Panamá hasta la América Septentrional;
los otros dos mueren en la costa del mar de las Antillas. Los tres
se dividen en
|tierras
|calientes, que son por lo
general los valles de los ríos y las provincias marítimas;
|tierras
|templadas, tierras frías, páramos, y
finalmente
|los nevados. A veces una misma montaña nos ofrece
todas esas variedades. Es de advenir, y es el fenómeno más curioso
de los Andes, que en un solo día se puede pasar del clima abrasador
de la costa del África Central al de las regiones glaciales de
Laponia: tránsito que no ofrece peligro alguno cuando no es
súbito.
Así las personas enfermas que en Bogotá no pueden soportar el
frío, a veces riguroso, van a las tierras cálidas como en Francia
se iría a un balneario a tomar aguas, pero con esa ventaja
singularísima de poder encontrar el mismo día de su salida de la
capital, una temperatura mucho más suave. Así, si van a Cáqueza,
después de atravesar a la salida del sol los magníficos campos de
cebada y las verdes praderas y de haber franqueado rápidamente,
hacia las once de la mañana, los brezos de las montañas húmedas y
heladas que las dominan, descienden a las tres de la tarde por sus
declives a la sombra de los quinos, y antes del anochecer se pasean
por entre los bananos, los campos de caña de azúcar, las chirimoyas
y los cafetos. Privilegio inapreciable de esta tierra afortunada,
que por lo demás no es privativo de una región determinada.
El aspecto de sus montañas es tan variado como su temperatura. A
sus pies en algunos sitios se extienden potreros dilatadísimos y en
otros bosques impenetrables. En general, los valles, si se
exceptúan los de los ríos, se encuentran a grandes alturas.
El clima de las tierras
|calientas comprendidas en las
montañas es cálido sin ser malsano; el europeo sufre de calor, pero
sucumbe pocas veces. La temperatura es demasiado elevada para que
le sea agradable, pero como está refrescada y purificada de vez en
cuando por las brisas saludables de los Andes, no es mortal. En
cuanto úno se eleva a 400 toesas, ya se respira un aire más fresco
pero que todavía es caliente; a 600, el europeo está en el umbral
de la temperatura que le conviene; a 900, ya está en ella; de 1.000
a 1.400 se encuentra en las
|tierras frías.
Vuelve a encontrar el clima a que está acostumbrado a pesar de
que durante algún tiempo sienta un poco de frío. Más arriba el
clima de los
|páramos se le hace riguroso y en el de los
nevados a veces, perece lo mismo que las gentes del país, aterido
por los vientos helados. Pero si en las altas regiones de los
Andes, a la sombra el frío es muy intenso, en cambio los rayos del
sol son ardentísimos.
Así pues el aire que se respira es muy diferente según la
altitud a que úno se encuentre; al pie de la cordillera, el aire,
que se ha hecho pesado por los vapores de que está saturado,
produce en el olfato una sensación desagradable que recuerda a los
que han recorrido las otras partes del mundo situadas en los
trópicos, aquella atmósfera que reina en las regiones bajas y las
emanaciones malsanas de que está cargada. Por encima de esos
lugares abrasadores, el aire, embalsamado por la suave fragancia de
las flores y de las plantas aromáticas, halaga todos los sentidos y
úno se creería transportado a Europa.
En la cordillera hay dos estaciones secas y dos lluviosas. Las
primeras empiezan con los solsticios, las segundas con los
equinoccios; sus épocas varían a veces en unos quince días.
En cuanto a la temperatura, no varía con las estaciones, y esa
es la principal diferencia que existe entre las nuestras y las de
América. Dos grados producen una diferencia sensible entre la
temperatura de la estación invernal y la de la época Seca; sin
embargo, hay que tener presente que esa diferencia es mayor a
medida que se baja hacia el pie de las montañas; entonces puede ser
de un tercio después de una lluvia el termómetro baja a veces de 24
grados a 16; pero nunca baja a cero grados como en el desierto
africano, donde hay que encender fuego y mantenerlo toda la noche
para combatir el frío.
Las montañas nevadas del Cocuy refrescan las partes bajas y las
tierras del interior que las rodean, del mismo modo que las que
están más próximas al ecuador atemperan el calor que sin ellas
hubiera abrasado las provincias que baña el Gran Océano. De trecho
en trecho se vuelven a ver en la Cordillera Occidental algunas de
esas cimas cubiertas de nieve como el Coconuco y el Quindío más
abajo ya no las hay, pero al Este, las montañas de Santa Marta, que
se elevan hasta la región de las nieves perpetuas, refrescan la
atmósfera de las zonas bajas que se extienden a lo largo de la
costa que baña el mar de las Antillas; y más allá, la cordillera,
comprimida entre dos mares, está expuesta por todas partes a los
vientos y las tempestades.
Aunque en la cordillera los vientos son variables, hay sin
embargo dos que generalmente dominan: el del Norte y el del Sur,
que siguen la dirección de la cordillera: el del Sur trae el buen
tiempo, el del Norte la lluvia y las tormentas. Esta ley, sin
embargo, no rige para las regiones situadas al Este y fuera de las
montañas, éstas están sometidas a los vientos de los Llanos, del
mismo modo que las provincias cuyas costas baña el Gran Océano lo
están a los vientos del mar y que las que se encuentran al Sur del
ecuador quedan bajo la influencia de los vientos del Noroeste.
En la cordillera llueve pocas veces durante la estación seca y
viceversa: pocas veces se ve un día bueno durante la época de
lluvias; de modo que se puede, como en todas las regiones
equinocciales, contar seis meses de lluvia y seis de sequía, aunque
están distribuidos de distinto modo; en efecto, llueve en marzo,
abril, mayo y junio; el cielo está despejado en julio, agosto y
septiembre; vuelve a llover en octubre, noviembre y diciembre, y de
nuevo hace buen tiempo desde fines de diciembre hasta principios de
marzo.
En aquellas regiones en que el clima y los productos son
análogos a los de Europa, como en Tunja y Santafé, se advierte la
misma influencia tropical. Los árboles siempre están verdes, la
naturaleza ha sustituido las lluvias, que desde junio hasta octubre
inundan los llanos, por unas nieblas heladas que hacen que los días
de la canícula sean sumamente fríos. A estas revoluciones
atmosféricas, tan diferentes de las nuéstras, se suelen atribuir
las enfermedades morales, que son tan frecuentes y que nosotros
achacamos al exceso de calor.
En cambio, esta disposición benéfica de la naturaleza produce
cosechas más abundantes, pocas veces malogradas por la inconstancia
de las estaciones; si por alguna circunstancia se pierden en un
sitio, esta calamidad queda compensada por las excelentes cosechas
que se cogen un poco más allá.
La tierra pocas veces defrauda las esperanzas del labrador. Sus
cultivos varían según la región donde siembre. En los llanos
ardientes del Magdalena o del Cauca se da excelente tabaco; también
se cultivan el banano, la caña de azúcar, el cacao y, por supuesto,
el maíz, compañero inseparable del hombre dondequiera que éste se
establezca, pues lo volvemos a encontrar al lado de los campos de
trigo, avena y patatas que cubren la región de las tierras
frías.
En las zonas elevadas se siembra el trigo en marzo; a media
altura el maíz en julio, y en los valles en septiembre. Las
cosechas tienen lugar aquí en enero; más arriba en octubre, y en
las proximidades de los páramos en agosto.
Cuanto más abrasada está la tierra por los rayos del sol y a la
vez inundada por la lluvia con más frecuencia, tanto más los
bosques son extensos e imponentes. A medida que aumenta la altitud,
los árboles disminuyen de altura, y a 1.300 toesas se encuentran ya
muy pocos.
Por el territorio de Colombia corren muchos ríos que tienen
importancia desde el punto de vista de las comunicaciones: el Zulia
desemboca en el lago de Maracaibo; el Atrato en el mar de las
Antillas, después de atravesar una parte del Chocó; el río San
Juan, que baña la región occidental de esta provincia, desemboca en
el Gran Océano; el impetuoso Dagua, que nace en las altura de Cali,
va a parar al mismo mar por Buenaventura; el río de Las Esmeraldas,
que nace en las alturas de Quito, y el río de Guayaquil, por el que
los productos de las provincias vecinas del Chimborazo llegan a la
costa, van igualmente a parar al Gran Océano. En la vertiente
oriental de los Andes nacen ríos mucho más importantes que los que
tienen su origen en la Cordillera Occidental y ofrendan el tributo
de sus aguas al Orinoco y al Amazonas, que ambos van a desembocar
al Atlántico después de haber unido sus cauces con el río Negro y
el Casiquiare. Los principales son el Apure, que riega la provincia
de Barinas; el Meta, que nace en sitio distante de la capital y en
la misma cadena de montañas donde aquélla está emplazada; y
finalmente, el Putumayo, afluente del Amazonas y que nace en un
lago situado en uno de los páramos de las montañas de Pasto.
Pero la naturaleza no sólo ha dotado a Colombia de esos medios
de comunicación sino que ha perforado por doquier los murallones de
ola cordillera abriendo pasos por medio de un sinnúmero de ríos
pocas veces navegables debido a las rocas que obstruyen sus cauces.
Torrentes, quebradas y arroyos, al fertilizar la tierra, abren a
veces al hombre caminos que éste, a pesar de todos sus esfuerzos,
no habría nunca podido abrir. Las aguas que brotan en la cordillera
y que por lo general corren por un lecho de rocas y de cantos, son
límpidas y frías, razón por la cual se les suele atribuir
cualidades dañinas, que podrían también deberse a las moléculas de
metales que arrastran con ellas. En sus arenas suelen encontrarse
pepitas de oro, piritas ferruginosas, esmeraldas y otras piedras
preciosas que la ignorancia deja sin recoger.
No debe úno, pues, representarse la cordillera como un conjunto
de montañas inaccesibles, aspecto éste que tiene de lejos. Por la
primera línea de alturas, que vienen a ser los arbotantes
destinados a sostener el arco prodigioso de los Andes por las
quebradas y los barrancos que las lluvias han ahondado y que sirven
para dar salida a sus aguas, el hombre encuentra por doquier rampas
que le ayudan a escalar esas montañas; al adentrarse por ellas se
encuentran valles que la naturaleza ha situado de distancia en
distancia y que se ha complacido en adornar con todos los encantos
imaginables; por fin se llega a las mesetas que, como las de Bogotá
y Quito, constituyen el límite máximo de tántas maravillas; al
llegar a los páramos donde se detiene la vegetación, no se piensa
en quejarse del intenso frío que hace al considerar que
precisamente son los páramos los llamados a conservarla, toda vez
que los vientos calientes y malsanos de los llanos se depuran en
sus cimas y descienden en forma de brisas salutíferas sobre los
valles que dominan, al par que de sus flancos se escapan los
arroyuelos que las fertilizan.
Pero si la tierra suministra abundantes cosechas, si la montaña
ofrece los productos de Europa y un poco más abajo los de los
trópicos, si los bosques, que cubren parte de su superficie,
proporcionan en abundancia plantas medicinales, gomas, resinas y
maderas preciosas para el tinte o la construcción, sus entrañas
atesoran riquezas inmensas. Hay provincias como la del Chocó, en
las que, por decirlo así, el suelo está cuajado de oro. Tanto los
metales como los productos agrícolas, salvo algunas excepciones,
están perfectamente escalonados. A 50
|
toesas de altura se
inicia la zona del oro y del platino, y un poco más arriba la de la
plata; las del cobre y del hierro tocan casi a las regiones
superiores de las montañas.
Desde Cartagena hasta Cuenca la Cordillera Occidental está llena
de volcanes, algunos apagados, pero la mayor parte de ellos en
actividad; en la Cordillera Oriental no se sabe que haya
alguno.
La mayor parte de las minas de sal gema se encuentran en las
cimas de los Andes; la sal se encuentra casi a flor de tierra. Los
manantiales salinos están al pie de las montañas, al paso que los
termales se encuentran en diversos lugares de sus cumbres.
En las inmediaciones de los principales páramos hay lagos cuya
extensión es a veces considerable; sus aguas son profundas y se
agitan como las del mar. Se les puede considerar como las fuentes
de esos ríos numerosos que defienden los Andes contra la sequía que
la proximidad del ecuador debería ocasionar sin esa sabia medida de
la Providencia. En esos lagos sólo se pesca una clase de pez, el
chimbí, que es una especie de morena.
Los mares que bañan las costas de Colombia son apacibles: la
temperatura y el clima de la región del Pacífico son idénticos a
las del continente. El Atlántico presenta pocos peligros para los
navegantes: pero el mar de las Antillas, en cambio, está cuajado de
ellos; los huracanes y los piratas conspiran contra el comercio;
unos y otros llevan el terror y la desolación por mar y tierra.
Las mareas son muy vivas en el Pacífico; en el Océano Atlántico
lo son un poco menos; en el mar de las Antillas no se
advierten.
Entre los animales dañinos, el jaguar, el puma (tigre y león de
América), las serpientes, los cocodrilos y los grandes lagartos,
los ciempiés, los escorpiones los sapos, las garrapatas
|(acurus
americanus), cuyas mordeduras y picaduras son mortales para los
caballos, aumentan la tristeza de esos llanos tórridos y siembran
el terror. El viajero no sabe dónde podrá detenerse para descansar
o dormir; el aullido del viento, el rumor de las hojas al moverse,
todo le inquieta; las luciérnagas o cocuyos, que iluminan los
bosques durante la noche, se asemejan a los ojos brillantes de una
serpiente y hielan de espanto. No han transcurrido más de tres
siglos desde que se introdujeron en América los primeros animales
domésticos de Europa, y ya su número es incalculable; en África, en
cambio, a medida que úno se aleja de las soledades habitadas por
los moros, al norte del Senegal y del Dialliba, su número tiene a
disminuir.
En todas partes, y por regla general en tierras cálidas y bajas,
se desarrollan animales de gran tamaño y considerables fuerzas; la
elevación del suelo y el frío detienen su crecimiento. Pero en el
inmenso territorio de Colombia se advierte todo lo contrario: en
los llanos los animales son pequeños e indómitos mientras que en
las montañas son grandes, fuertes y dóciles; hecho insólito, ya que
en las Antillas esos animales han conservado los hábitos, las
formas y el tamaño que tienen en Europa. Esas islas tienen en todo
y por todo una fisonomía todavía colonial; el continente es el
único que ha adquirido fisonomía propia.
Al pie de esas alturas se extienden los llanos casi deshabitados
que riegan el Meta y el Orinoco, y, más allá, en dirección norte,
las ricas campiñas de Venezuela. La descripción física de esas
regiones es la misma que la de todas aquellas comarcas abrasadas
por el sol del ecuador. Seis meses de lluvia, de abril a noviembre,
y seis de sequía, se reparten el año; durante los primeros imperan
los vientos del Este, y durante los segundos, los del Norte
|
1
. La naturaleza se adorna
aquí con todo el brillo y exhuberancia que le presta el clima de
los trópicos; bosques inmensos, sabanas inconmensurables surcadas
por ríos que durante seis meses están encajonados en sus lechos,
pero que durante otros seis se expanden e inundan grandes
extensiones. Tal es el cuadro que ofrecen las provincias de los
Llanos, de la Guayana y de Casanare. Hay que entrar en las de
Caracas y Cumaná para verse libre del diluvio que transforma todas
esas regiones en pantanos y en lagos. Así es como mientras una
temperatura suave y unas tierras más secas atraen a los blancos
(americanos) a cultivar las magníficas regiones de Venezuela, la
cría de ganado es lo único a que puede el hombre dedicarse en medio
de los pantanos que forman las aguas de los ríos salidos de madre y
de los bosques que cubren sus márgenes, y cuyos árboles, en la
época de las tormentas, sirven de refugio a algunas tribus de
indios.
De esta suerte, en una extensión inmensa de 91.950 leguas
cuadradas que es la que se cree que tiene la República de
Colombia
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²
, presenta
mil aspectos diferentes; pocas veces esos aspectos están animados
por la presencia del hombre. En la naturaleza reina un profundo
silencio; las extensiones son tan inmensas que durante todo un día
se puede andar por regiones que se dirían no descubiertas todavía.
Los nombres de los sitios, de los pueblos, de las provincias; las
costumbres los hábitos los emplazamientos en que se asentaban los
pueblos indígenas, todo está igual; nada ha cambiado. La soledad es
tan profunda los bosques tan impenetrables, las montañas tan
inaccesibles, los seres viven tan aislados, que todo, en una
palabra, salvo las ciudades y los puertos, se encuentra en estado
tan salvaje como cuando llegaron los españoles.
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1
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No sucede lo mismo con las aves, que son más fuertes y más
gordas en los llanos que en las montañas.
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2
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Según Humboldt.
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