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CAPÍTULO VI
Descripción de la ciudad de Panamá
- Las mujeres de Colombia.
Panamá estuvo hasta 1822 en poder de los españoles. En esa época
el Gobernador del Istmo, que había destacado mil cien hombres de su
guarnición para enviarlos a Quito, se encontró sin fuerzas
suficientes para hacer frente al partido independiente, pues por
entonces no quedaron en Panamá más de trescientos españoles; las
tropas que se esperaban de La Florida no llegaban. La ocasión
pareció propicia a los criollos para sublevarse; pero temiendo que
los negros se aprovecharan del movimiento para insurreccionarse,
ellos, a su vez, se ingeniaron para prevenir esa catástrofe. Se
pusieron al habla con los oficiales españoles, persuadiéndoles de
que toda la población estaba de acuerdo para acabar con ellos, les
hicieron ver la confianza que tenían en sus propias fuerzas
comparándolas con el escaso número de hombres que ellos tenían bajo
sus órdenes; no les costó mucho trabajo inducirlos a traicionar su
bandera pagándoles a toca teja los dos meses de sueldo que les
debía el Gobierno español; aquel mismo día se les envió a Chagres,
desde donde se embarcaron para La Habana.
Una vez dueños de su independencia los panameños, se dieron
cuenta de que no tenían bastante fuerza para constituirse, como
hubiera sido su deseo, en ciudad libre, y como por otra parte
temían que Bolívar, por un lado, e Iturbide por otro, se opusieran
a sus aspiraciones, el temor de que sus vecinos se aprovechasen de
su indecisión para poner fin a la misma por las armas, les llevó a
incorporarse a Colombia.
Las casas de Guayaquil son de madera, las de Buenaventura de
paja, y las de Panamá han conservado algo de esas dos clases de
arquitectura; sin embargo, a primera vista esta ciudad tiene para
un europeo algo agradable: vuelve a encontrarse con casas de tres
pisos, en las que viven varias familias; con los gritos, con el
ruido y con el constante ir y venir de sus ciudades.
A esta primera impresión de parecido hay que añadir otras más
desagradables, principalmente una suciedad excesiva que agrava la
indolencia natural de los climas cálidos y de todo pueblo de origen
español. En Cartagena no se encuentra una silla, pero aquí se está
materialmente agobiado por los muebles; por todas partes se meten
las gallinas y las palomas, al paso que en el patio los cerdos se
alimentan con todas las basuras que se tiran por las ventanas,
único sistema que hasta ahora se haya descubierto para hacerlas
desaparecer.
Las calles son estrechas, mucho más oscuras que las de Cartagena
y hasta mucho más sucias; durante la noche están bastante bien
alumbradas por las luces de las tiendas que hay en ellas y en las
que los comerciantes se ocupan en poner orden y en mantener una
limpieza, qué demuestra a la legua las relaciones que tienen con
los ingleses. Las tiendas de comestibles, en particular, están
mucho mejor surtidas que las de las ciudades del interior; se
encuentran muchos artículos de los Estados Unidos y una gran
cantidad de vinos y de licores de todas clases. Hay un sitio en
Panamá donde no se sirve sino café: en las ciudades de la costa del
Pacífico se toma mucho esta bebida, que ya empieza a sustituir al
chocolate.
Panamá consta de dos ciudades: la alta y la baja; esta última se
llama El Varal; es la más poblada: por sus calles no se ve sino
gente de color: Ésta, aunque esté admitida en sociedad y a pesar de
que se afecte tener consideración y deferencia para con ella, sin
embargo, en un baile que hubo a poco tiempo de llegar yo, las
señoras blancas se negaron a bailar con los oficiales negros de la
guarnición; fue preciso que los maridos interpusieran toda su
autoridad para que consintiesen en bailar con ellos.
En realidad, Panamá carece de puerto; en efecto, allí no se ven
ni muelles ni dársenas ni astilleros. Próximo al lugar en que se
desembarca hay una escalera por donde se sube a un pasadizo oscuro,
que es donde se celebra el mercado. La rada es muy poco segura
debido a los vientos del Norte, que a veces soplan con gran
violencia.
Panamá está edificada en una península, de suerte que está
rodeada de agua casi por todas partes; el aire es malsano y las
epidemias son muy frecuentes; hace mucho calor y las lluvias duran
bastante tiempo. Los panameños han tenido en más de una ocasión que
rechazar los ataques de los indios; hoy disfrutan de una gran
tranquilidad. Los indios se han retirado a sus montañas, situadas a
cuatro días de marcha de la ciudad, y solamente bajan de ellas para
el trueque de productos. Se cree que son antropófagos, y por esta
razón se teme aproximarse al cabo Garachiné, donde se les ve
algunas veces. Sin embargo se ha logrado hacer pasar por el Darién
los correos para el Gobierno, y aunque nunca hayan sido atacados,
los caminos son tan malos que se prefiere utilizar el antiguo
camino abierto por los españoles por el mar entre Panamá y la
capital; pero en lugar de ir a Cupica como antes, hoy se va a
Buenaventura. Ese servicio está muy mal organizado.
Tanto los hombres como las mujeres se visten a la inglesa; éstas
van sin sombrero y llevan el pelo recogido en trenzas, que les caen
por la espalda. En general, en el vestir, hay más elegancia en
Cartagena y más originalidad en Santafé. Las mujeres del pueblo
conservan los vestidos con volantes y encajes que ya no se usan en
Francia desde hace mucho tiempo; se suelen sonar con los puños de
la chambra y tienen la extraña costumbre de guardar en el pelo el
dinero y los cigarros.
No podía emitir juicio en relación con las mujeres de Colombia
antes de haber visitado las dos regiones que constituyen el país:
la cordillera y los llanos. No quise, pues, tratar este delicado
asunto antes de haber llegado a Panamá, y no sin razón, pues esta
ciudad me ha permitido obtener innumerables datos que faltaban en
el retrato que esbocé de la mujer colombiana. Se suele decir que
los españoles son celosísimos y siempre se les representa con el
puñal en la mano: pues bien, no es en América donde esto sucede.
Tanto bajo climas tan diferentes como son el de los Andes y el de
los llanos, las mujeres ejercen sobre sus maridos, ociosos y
enervados, una influencia irresistible. Lejos de estar encerradas
detrás de rejas, a las mujeres todo les está permitido:
diversiones, visitas y bailes, sin que estén constreñidas por la
vigilancia de sus maridos, que pocas veces las acompañan. Los
esclavos en las regiones cálidas y las doncellas en las frías son
las únicas personas que saben de sus idas y venidas, puesto que las
acompañan.
Suele ser creencia muy general la de que el cabello de las
mujeres es tanto más negro cuanto más calor hace en el país, y la
de que en los países fríos las mujeres son por lo general rubias.
Esta observación, exacta en Europa, no lo es aquí, donde sucede
todo lo contrario. En Cartagena se ven mujeres rubias y hasta
pelirrojas, y en Santafé, donde hace tánto frío, no se ven más que
morenas. También sorprende ver en la costa de Colombia, a diez
grados del ecuador, mujeres cuya abundante cabellera es tan larga
que causaría envidia en Europa. Claro que las que la tienen así,
cuidan de hacer del pelo uno de sus adornos más preciados. En
Panamá lo llevan peinado en dos trenzas que les caen por la
espalda; en Cartagena se lo peinan formando ondas espesas que les
caen por delante, sujetas generalmente con peinetas de concha,
entre las que se ponen con gracia infinidad de flores de diversos
colores
|. En algunas regiones de la cordillera las mujeres se
ponen en el pelo cocuyos, o gusanos de luz, cuyos destellos
eclipsan el brillo de las esmeraldas.
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Lo más bonito que tiene la mujer en las regiones cálidas
es la cabeza; las facciones son de tal delicadeza y los
ajos tienen un brillo que sólo se ve en las caras de las españolas.
Tienen también las manos preciosas y los pies diminutos, pero esto
talvez perjudique al perfecto equilibrio del cuerpo, pues le
imprime un contoneo constante al andar que resulta poco airoso. Sin
embargo las señoras de las regiones cálidas tienen un porte mucho
más distinguido que las de tierra fría; las primeras tienen modales
de grandes señoras otras con mucha frecuencia tienen la cursilería
de las burguesas.
Las mujeres de tierra fría, si bien es verdad que no tienen el
pelo tan bonito como las de la costa, si su mirada carece de
expresión, si sus pies y sus manos no tienen el encanto de los de
sus rivales, en cambio su cuerpo conserva toda su esbeltez hasta
bien entrada en la edad madura, y sin esa delgadez que se puede
advertir en las otras; las mujeres de los Andes hasta serian mucho
más bonitas si la mayor parte de ellas no tuviesen mala chutadura;
su cutis, sobre todo, tiene que resultar encantador para un
extranjero, aunque no pueda compararme con el de las mujeres de
Europa. En general es el tipo flamenco el que puede damos una Idea
del de los descendientes de los españoles de la cordillera; ambas
razas, oriundas de una estirpe común y ateridas por un clima
igualmente frío, presentan un parecido notable hasta en el acento,
que casi se puede decir que es el mismo; las señoras de las tierras
frías, al igual que las flamencas, talvez un poco metidas en
carnes, no tienen ni la melancolía de las inglesas, ni la languidez
de las alemanas; llevan estereotipada en su boca una sonrisa llena
de gracia, que es quizá lo que verdaderamente las caracteriza; la
cara tiene esa expresión de bondad y de dulzura que está además
confirmada por su manera de ser humana y caritativa. La gangosidad
árabe, que las mujeres de la costa tienen muy acentuada, hace su
hablar un poco desagradable; las mujeres de la cordillera, por el
contrario, hablan con la misma cadencia y lentitud que las criollas
de nuestras Antillas.
El traje de las mujeres de la cordillera es muy original: para
salir a la calle se ponen una falda de seda negra, lo bastante
ceñida para que se adivinen las formas, un paño azul en la cabeza
que cae formando un triángulo hasta el talle y que por su forma
permite tapar los brazos, que siempre los llevan descubiertos; de
la cara no se ven sino los ojos y la nariz. Por encima de esa
mantilla se ponen un sombrero que no entra demasiado en la cabeza y
cuyas alas y forma recuerdan los que usan nuestros marineros. Las
mujeres de la costa van poco a poco abandonando el elegante vestido
andaluz para adoptar el de las inglesas.
La educación de las hispanoamericanas es bastante más atrasada
que la de las angloamericanas; pocas son las que saben cantar o
tocar algún instrumento; y sin embargo tienen un mayor talento
natural para la música que éstas; su inteligencia es viva,
comprenden en seguida y aprenden con facilidad; hay algunas que
hasta son eruditas; pero con todo, sólo se cita en el territorio de
la República una mejor escritora, Ana Madiedo, que ha traducido en
forma muy estimable el
|Guillerrno Tell, de Florián.
No se puede decir que las colombianas se adoren entre ellas; el
espíritu de partido no es la única causa de esta antipatía que se
suelen profesar. La envidia, la rivalidad de rango, de fortuna, de
origen y de casta difunden en la sociedad un hálito de odio que al
principio no se trasluce entre el sin fin de caricias con que se
abruman y que además demuestra la gran habilidad que para el
disimulo tienen las gentes de los países cálidos. Pero cuando dos
amigas, si las hay que lo sean, se descubren mutuamente el fondo de
sus corazones, entonces el prójimo sale muy mal parado; se agotan
todos los sarcasmos que la maledicencia pueda sugerir; género de
conversación muy frecuente entre mujeres que salen poco y que se
pasan el día hojeando un libro que el aburrimiento hace tirar
veinte veces, o trenzándose los cabellos, o mejor aún, fumando,
tumbadas en un diván.
La crítica mordaz no es el único tema de las conversaciones de
las colombianas: también el amor es objeto muy principal de las
mismas; y se habla de él con esa libertad con que se expresan los
hombres en Francia. Se habla del amante de Serafina, de Concha, de
Encarnación, con una crudeza de expresión que haría sonrojarse a
una europea bien educada. Muchas muchachas entregadas desde la más
tierna infancia a los cuidados de las sirvientas, toman de las
conversaciones de éstas sus primeras ideas, y ya conocen las
expresiones del vicio cuando todavía ignoran las de la virtud que
hacia los doce años les explica un confesor a veces ignorante y con
frecuencia peligroso. Salidas de los conventos donde sólo las
enseñan a leer y a escribir, entran en sociedad a los quince años,
sin tener, para hacer frente a los peligros del mundo, más que
aquellas primeras ideas que adquirieron en la infancia. En vez de
ocupar su imaginación en quehaceres útiles o en artes agradables,
no conocen más distracción que la de fumar.
Y así llegan a la época en que, hartas de una vigilancia larga y
con frecuencia inútil, los padres piensan en casarías. La elección
de marido no es cosa que pida mucho tiempo, pues para decidirse no
se toman en consideración más que las conveniencias de los
intereses; el matrimonio se celebra, los ardientes deseos se agotan
en poco tiempo, y pronto caen en la cuenta de que el amor nunca
existió en su unión; el odio sigue de cerca a esta primera
observación. Por lo general se suelen guardar las apariencias del
buen entendimiento y de la amistad hasta que tienen el segundo
hijo; luégo rompen amistosamente, el marido se aleja de su mujer, y
así terminan muchos de los matrimonios de la Cordillera
Oriental.
En la Costa y en la Cordillera Occidental no sucede lo mismo; la
conducta de las mujeres es más severa; dondequiera que hay ilotas
las mujeres tienen que ser muy circunspectas, con objeto de que sus
esclavos las respeten y las obedezcan. En cambio las costumbres de
los hombres en estas regiones son más licenciosas que en las otras.
Se dice frecuentemente que las mujeres de las regiones cálidas son
mucho más interesadas que las de tierra fría: de ser eso cierto,
¿cabría decir que la virtud, más o menos austera, no sería sino
interés mejor o peor calculado? Todas las mujeres son muy devotas,
sin ser fanáticas, les gustan las prácticas del culto porque está
ávidas de distracciones.
Las mujeres de la cordillera y las del llano no tienen el mismo
tipo de belleza; pero sin embargo no se observan grandes
diferencias ni en sus costumbres ni en su manera de ser; la
antipatía que existe entre unas y otras es muy marcada; las de la
Costa llaman a las de los Andes
|lanudas porque se visten de
paño, y éstas designan a las primeras con el apodo de
|calentanas Los odios nacionales, en muchas ocasiones, no
tienen otro origen en el fondo que las rivalidades y los
antagonismos de las mujeres; aquí la configuración del terreno
podría contribuir además a fomentarlos y a consolidarlos.
Ya estoy a punto de salir de Colombia después de haberla
recorrido por espacio de un año; durante ese lapso dilatado he
tenido ocasión de recoger una serie de datos de los que algunos no
son muy conocidos; los he consignado en la relación que precede
pero mi tarea no ha terminado; sólo de pasada he tratado de la
industria, del comercio y de la agricultura de este país; no debo
abandonarle sin hacer una reseña más detallada de esas ramas de la
prosperidad pública. Me propongo intercalar algunas reflexiones
relativas al aspecto físico de Colombia y al espíritu político de
sus habitantes, que servirán para explicar algunas particularidades
que parecen desmentir las ideas generales que se tienen sobre las
regiones equinocciales de América y los hombres que las
pueblan.