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|CAPÍTULO IV
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Salida de Popayán - La mina de
Alegrías Quilichao - El Cauca – Jamundí – Cali - Salida
de Cali - Las Juntas.
Todo presagiaba la proximidad del invierno; temía sobremanera
que me sorprendiera en las llanuras inundadas del Cauca; me
determiné, pues, a no permanecer por más tiempo en Popayán.
Me puse en camino para Cali: lo mismo que en el valle del
Magdalena, veía a la derecha y a la izquierda, al recorrer el del
Cauca, la cordillera elevarse majestuosamente como si quisiera
refrescar y proteger los campos que riega el río del mismo
nombre.
El valle del Cauca está constituido por dos mesetas que se
diferencian perfectamente por su elevación y por su temperatura, y
es mucho más rico que el del Magdalena. La capa de tierra es
profunda, los pastos son jugosos y abundantes como lo demuestra la
gordura de los animales, que por el contrario, en el valle del
Magdalena, con excepción de los que pacen al pie del Quindío, están
escuálidos. Los bosques también aquí están más verdes y menos
agostados por los ardores del sol, que en las márgenes del
Magdalena seca todas las plantas durante el verano.
Mientras que a lo largo del Magdalena no se ven sino cabañas
míseras y gentes vestidas de harapos y en estado semisalvaje, en
las riberas del Cauca, por el contrario, el bienestar se advierte
por doquier. Las casas de las haciendas son amplias, están bien
construidas y recuerdan bastante a las magníficas estancias de
nuestras colonias. Los negros que las trabajan van bien vestidos y
tienen el aspecto de comer abundantes alimentos, sanos y
nutritivos. Si aún se ven chozas de paja y algunas mujeres con
vestidos hechos jirones, en cambio en todas partes se usan copas de
plata, y a esas mismas mujeres tan mal vestidas se las ve los días
de fiesta adornadas con collares de oro. Toda la gente tiene
modales finos, y hasta los arrieros, orgullosos de su sangre
blanca, se avergüenzan de andar a pie, de modo que cuesta trabajo
distinguir al pobre del rico.
Este bienestar y esta prosperidad se deben a la tierra, de por
sí feraz y mejor cultivada que en muchas regiones del Magdalena, y
a las minas de oro, muy ricas aunque mal explotadas. Por todas
partes la tierra, salpicada de manchas rojas y amarillas, delata la
presencia del oro: se puede decir que se anda sobre él; y, como
decía un ingeniero español, los arroyos que después de un chaparrón
corren por el centro de las calles arrastran partículas de ese
metal.
Pernoctamos en Los Corrales. Los dueños de esa choza son muy
acogedores y religiosos. Por la noche al acostarse y por la mañana
al levantarse, todo el mundo reza el rosario, devoción que dura
bastante tiempo y que en muchas casas se reza con el mayor
fervor.
Antes de rayar el alba nos despertaron los cantos religiosos;
esto ya me había sucedido en África entre los mahometanos.
Siguiendo en dirección Norte pasamos la quebrada de Tuina. En las
montañas próximas hay un pueblo indio de ese mismo nombre. Poco
después pasamos el Pescador y el Oveja, dos ríos bastante profundos
ya que hay puentes para atravesarlos. Luégo dejamos atrás la
montaña de Madomón, del otro lado de la cual, al Oeste, hay una
mina de oro célebre en la región.
Llegado que hube a la mina de Alegrías, me quedé estupefacto al
oír la enumeración de todas las que, por doquier, me señalaba mi
guía con la mano: al Oriente, Quina Maion, Dominguillo, Campo, San
Vicente; al Poniente, Cerro Gordo, Santa María, San Miguel,
Portugalete, Honduras y una infinidad cuyos nombres no recuerdo; la
mina de Alegrías me dio una idea exacta de las otras y del trabajo
de los mineros. Unas cuantas chozas habitadas por negros están
diseminadas en medio de bosquecillos de bananos, su planta
favorita. Por todas partes se ha abierto el suelo y se le ha
removido a escasa profundidad; por esos cortes pasan arroyuelos, de
modo que por todas partes corre el agua, no ya como en el delicioso
valle de Neiva para regar la tierra, sino para arrastrar la que
luégo se ha de lavar en unas bateas, lo mismo que se hace en
África. No se puede úno imaginar nada más árido que el terreno
inmediato a las minas; el color rojo de las tierras, indicio de su
riqueza, no lo es de la del suelo. El agua, mal llevada por los
canalillos, se expande por todas partes sin fertilizarle.
El panorama que, visto desde esos montículos auríferos, presenta
la llanura del Cauca, es admirable: al fondo se alza una palmera
que parece indicar el límite de las tierras cálidas del Cauca, y
aunque sea menos notable que la palmera de Puracé, tiene un aspecto
talvez más imponente, pues parece que fuera el jalón puesto por la
Naturaleza para señalar el tránsito de la temperatura de Europa a
la África.
Por debajo de la meseta de Popayán está el pueblo de Quilichao.
Su situación es muy ventajosa: está en el límite de las tierras
calientes, de las templadas y de las frías, siendo merced a ella el
punto convergente de los productos de todos los climas; además hay
en su demarcación muchas minas de oro. Quilichao disfruta de un
gran bienestar. Fui a pasar la noche un poco más lejos a una venta
donde encontré buen número de mercaderes que iban a Popayán con
mulas cargadas de azúcar.
Al día siguiente entramos en las llanuras pantanosas que las
aguas del Cauca inundan periódicamente; están cubiertas de juncos y
de cañas. Dejando a nuestra derecha el pueblo de Caloto, famoso por
sus minas de oro, cruzamos poco después el camino de Cartago: al
pasar luégo por propiedades extensísimas que pertenecen a los
vecinos de Popayán, comprobé que la agricultura estaba en todas
partes abandonada al trabajo de los esclavos. El orgullo de la
sangre no es menor en el valle del Cauca que en colonias de las
Antillas; y llega esto a tal punto, que las gentes pobres no
cultivan sino las tierras de las montañas donde el frío no permite
emplear a los negros. A cierta distancia, a la derecha del camino,
corre el río Palo, célebre en el país por la batalla que libré
Sámano y en la que fue vencido: su ejército, en gran parte
constituido por peruanos fue completamente derrotado por los
independientes.
En dirección a Caloto mi guía me llamó la atención sobre el
camino de Pitaion, aldea que goza de merecida celebridad por la
quina que se recoge en las inmediaciones y cuya calidad es, según
dicen, mejor que la de Loja. Se vende la corteza a dos piastras la
arroba. Pitaion está a dos jornadas de La Balsa. Esta población
produce hoy mucho menos azúcar que antes, porque las últimas
guerras acabaron con la mayor parte de las bestias de carga que se
utilizaban en su cultivo. Hoy produce solamente unas nueve mil
libras de azúcar anuales. Las calderas que utilizan para hacer el
azúcar son de cobre.
A medio día pasamos el Taula río cuyas aguas se desbordan con
frecuencia cubriendo grandes extensiones luégo, después de haber
atravesado con grandes trabajos un bosque lleno de bejucos y de
bambúes volvimos a encontrarnos en las riberas del Cauca. El curso
de este río es tranquilo y por aquí es poco ancho; lo pasamos en
piragua y continuamos en dirección a Cali; a las tres de la tarde
llegamos a Jamundí.
Era ya de noche cuando entramos a Cali; la ciudad estaba
iluminada y las músicas atronaban el aire con motivo de la
inauguración de un colegio cuya fundación decretara el Gobierno. Me
costó mucho trabajo encontrar alojamiento, pues como el alcalde
presidía los festejos, no le fue posible sino a hora muy avanzada
ocuparse en encontrarme posada en una tienda donde pasé una noche
bastante mala.
El emplazamiento de Cali me pareció excelente: esta ciudad se
alza en la vertiente de la Cordillera Occidental. Se dice que
antaño esas montañas estaban a veces cubiertas de nieve; en la
actualidad no están nunca nevadas. Cali no sólo está bien situada
desde el punto de vista panorámico y del clima, sino desde el
comercial ya que en esta ciudad convergen todas las vías de
comunicación con Popayán y el Pacífico. Esas relaciones son hoy día
frecuentes e importantes, gracias al tabaco de Llano Grande, pueblo
situado entre Caloto y Buga; se le exporta al Perú y a Panamá,
donde es muy apreciado. Comprado en el lugar de la producción
cuesta dos piastras la arroba; en Panamá se vende a seis reales la
libra.
Las calles de Cali están bien alineadas y las casas son de
ladrillo o de tierra encalada, lo que da a la ciudad un aspecto de
limpieza poco frecuente en la Cordillera Oriental.
Se están empezando a edificar dos iglesias. Su arquitectura es
notable por lo acertado de las proporciones y por el buen gusto; se
queda úno admirado al encontrar en medio de las soledades de Nueva
Granada templos como éstos, construidos con tánto esmero. Antes
había tres conventos pertenecientes a las órdenes de La Merced, de
los agustinos y de los benedictinos, que fueron suprimidos quedando
sólo el de los franciscanos, que cuenta con diez y seis frailes.
Las rentas de los suprimidos se han aplicado a la fundación y al
sostenimiento de un colegio. Se han creado ocho becas, cuatro para
los hijos de los militares muertos en campaña, y las otras cuatro
para las familias del Chocó y de Popayán. El rector tiene un sueldo
de 2.000 francos. Los profesores de retórica y de filosofía reciben
1.500 francos, el de gramática 1.200, y el de mineralogía 1.000.
Cada alumno paga 500 francos de pensión.
A pesar de que en Cali hace bastante calor y de que los
cocoteros que se dan profusamente indican que la temperatura es
casi tropical, el clima es sano; no se ven por aquí esas
deformidades que se observan en el valle del Magdalena. Sólo he
visto una persona que tuviese bocio; era una francesa oriunda de
Bayona, que, establecida en Cali desde hace muchos años, acabo por
olvidar las costumbres y su lengua natal. A pesar de esto el pueblo
español está tan poco acostumbrado a ver extranjeros, que en la
ciudad no se la conoce más que por
|la francesa. Es viuda de
un funcionario de la administración española.
En Cali hay mucha gente de color; son de natural pacífico,
talvez porque tienen una posición social casi igual a la de los que
se dicen blancos; sin embargo no se les permite llevar armas. La
gente de Cali es rica. Sin duda la situación de su ciudad
contribuye al bienestar de que disfrutan, pero sin embargo envidian
la de Cartago, que ofrece ventajas más reales. En efecto, esta
ciudad, situada en el extremo del valle del Cauca, en el punto en
que el acercamiento de ambas cordilleras no deja más que un
estrecho paso a las aguas del río, Cartago es el depósito obligado
de las mercancías de Santafé que llegan por el Quindío y de las que
Vienen del mar de las Antillas y del Pacífico por Nóvita, que esta
cerca del río San Juan. Pero con todo, la situación de Cartago
dista mucho de tener el encanto de la de Cali. ¿Puede haber aguas
tan puras, un río tan hermoso, árboles tan majestuosos, campos más
verdes y una perspectiva tan imponente como la que ofrecen a Cali
las llanuras del Cauca?
Seis días tuve que pasar en Cali para contratar un nuevo guía y
alquilar otras caballerías, dilación debida a pachorra de los
habitantes; todo se debe a los negros y los mulatos que
naturalmente tienen poca actividad para los negocios. Con gusto
salí de Cali a pesar de que sabía las fatigas y las penalidades que
me esperaban al paso de la cordillera, pero tenía ya prisa por
llegar al puerto y embarcarme.
La primera jornada fue más bien corta; los caminos eran tan
estrechos y resbaladizos que había que caminar muy despacio; ya se
avecinaba la noche cuando bajamos a un vallecillo donde había que
casa muy bonita conocida con el nombre de La Portera. El Dagua nace
a poca distancia de allí.
Al día Siguiente el camino seguía en dirección Oeste-Noroeste.
Lo hicimos en compañía de unos negros que fueron hechos prisioneros
en el Patía; habían tomado parte en el movimiento de que hablé
antes, que estuvo a punto de haber prendido fuego a Popayán por los
cuatro costados; los llevaban a Buenaventura.
La forma en que iban atados me llamó la atención: llevaban las
manos amarradas sobre el vientre con unas cuerdas que pasaban por
un trozo de madera hueco colocado debajo de la barbilla y anudadas
fuertemente alrededor del cuello, de suerte que al menor movimiento
que los presos hiciesen para escapar, les estrangulaba. Esta clase
de esposas dicen que proviene de los indios. A pesar de las
molestias espantosas que esos negros debían experimentar, caminaban
tan de prisa como nosotros que íbamos a caballo.
Todos nos detuvimos en un sitio denominado Papayaguero; desde
que salimos de esa aldehuela no dejamos de caminar por el estrecho
valle que riega el Dagua; siete veces tuvimos que pasar este
torrente antes de llegar a una hacienda que lleva el nombre de este
río.
Hasta entonces no habíamos tenido que escalar sino alturas
fáciles; el terreno era más bien desigual que montuoso, y a pesar
del escaso número de personas que habíamos encontrado en el camino,
éste me pareció menos penoso que todos los que antes había tenido
que pasar. Al
|
salir de la hacienda del Dagua la subida se
hizo muy pronunciada antes de llegar a unas chozas que llevan el
nombre de Las Hojas; pero esto no era nada; después de haber dejado
descansar un poco a las mulas nos adentramos por unos bosques
espesísimos, por donde subimos hasta las dos de la tarde, hora en
que llegamos a las Juntas.
El camino de las Juntas es uno de los más arriesgados de
Colombia. El suelo, al ceder bajo los casos de las mulas -pues el
tránsito entre el Pacífico y el Valle del Cauca es muy intenso-, ha
formado, al hundirse, muros de tierra a cada lado, que protegidos
por el follaje de los árboles, dan la impresión de que se anda por
un túnel tan agosto que sólo da paso a una cabalgadura, hasta el
punto de que me veía obligado a cruzar las piernas sobre la silla.
Antes de aventurarnos por esos desfiladeros, el guía daba fuertes
voces a intervalos, y sólo cuando se convencía de que nadie venía
en sentido contrario entrábamos en aquellas gargantas; ahora es
cuando van a empezar los trabajos y hasta los peligros, pues todo
aquello estaba completamente lleno de agua; por todas partes se
habían formado lo que los españoles llaman
|cajones, que son
unos hoyos en los que las mulas se hunden hasta el pecho. Como en
ellos solamente les cabía la mitad del cuerpo, constantemente
tenían que saltar por encima de esas cavidades llenas de barro y de
ramas de árboles; desplegaban los animalitos tánta destreza que al
fin llegamos a Las Juntas sin mayor tropiezo.
Esta aldea está situada en un istmo que baña por un lado el
Dagua y por otro el Pepita, que se unen allí mismo. El pueblo de
Las Juntas está habitado por mercaderes de Cali; la actividad de
esos hombres sólo se puede comparar con la que en la Cordillera
Occidental despliegan los socorranos. La población de Las Juntas
tiene que soportar la escasez de víveres, y claro que es poco
numerosa; el incentivo de las ganancias que proporciona el comercio
de la sal y del oro la hace vivir en este sitio inshóspite, de
donde no se sale sino para entrar en unos bosques casi
impenetrables.