INDICE





PRESENTACIÓN DE CARLOS JOSÉ REYES

PRÓLOGO

PREFACIO

PRIMERA PARTE

CAPÍTULO I
Salida de Francia - Las Azores - La costa de los Estados Unidos – Norfock - Washington - Calma chicha - Cartagena de Indias - Salida para Bogotá - Turbaco - Barranca - De Cartagena al Magdalena.

CAPÍTULO II
Salida de Barranca – El pueblo de Tenerife – Zambrano – La isla de San Pedro – Pinto – Santa Ana – Mompós - El gobernador de Mompós - Comercio de Mompós - Salida de Mompós - Margarita – Guamal - Peñón – Banco - La Sierra de Ocaña - Regidor - Río Viejo - M

CAPÍTULO III
Brazos del Magdalena - La Miel – Río Negro - Guarumo - El promontorio de Garderia - Los escollos de Perico - Honda - Descripción del Magdalena

CAPÍTULO IV
Camino de Honda a Bogotá - Río Seco - Venta Grande - La Montaña de Sargento - El valle de Guaduas - Villeta – Facatativa - Descripción del llano de Bogotá - El Salto de Tequendama – El puente natural de Pandi (Icononzo)

CAPÍTULO V
Viaje por la provincia de Socorro, situada al norte de Santafé de Bogotá.

CAPÍTULO VI
Estado del país desde 1498 hasta 1781 - Antiguos habitantes - Sus usos - Sus costumbres - Con quistas comerciales - Conquistas religiosas - Conquistas militares - Quesada - Debilitamiento de la población India - Los negros - Su estado y condición - Mezcla

CAPÍTULO VII
La revuelta del Socorro - Movimiento de 1794 - Virreyes españoles - Insurrección de Caracas en 1810 - Insurrección de Nueva Granada - El virrey Amar - Miranda – Bolívar – Monteverde - Conquista de Caracas - Bolívar pasa a Curaçao Sale de allí -

CAPÍTULO VIII
El virrey Sámano - Soldados españoles - Soldados americanos -  Bolívar entra en Santafé, pasa a Quito y luégo a Guayaquil -  Características de los principales generales.

CAPÍTULO IX
Nuevo gobierno - Constitución de Cúcuta - División del territorio en Departamentos -Renovación de los Cabildos - Leyes civiles – La justicia - El Congreso - El Poder Ejecutivo.

CAPÍTULO X
Regreso a Bogotá - Puente Real - Minas de cobre de Moniquirá - Chinquinquirá - Minas de sal de Zipaquirá.

CAPÍTULO XI
Fundación de Santafé de Bogotá - Clima - Casas – Interiores - La Catedral - Los conventos - El Hospital - Los colegios - El Palacio del Presidente - El Palacio de los Diputados - El Palacio del Senado - Las cárceles - La Casa de la Moneda y el Teatro

CAPÍTULO XII
Finanzas – Aguardiente – Papel sellado – Alcabala - Impuestos directos - Guerra - El ejército - Las piazas fuertes – Marina - Relaciones extranjeras.

SEGUNDA PARTE

CAPÍTULO I
Salida de Bogotá para Popayán – Guaduas – Chaguaní – San Juan - Regreso a Guaduas - Breve estancia en esta ciudad - Beltrán - Ambalema - San Luis - Chaparral – Natagaima - Payandé - Samboja - Villavieja - Neiva.

CAPÍTULO II
Tambo del Hobo - Paso de Los Domingarios - Puente de cuerdas - La Plata - Pedregal - San Francisco - Inzá - La Montaña del Guanaco - Totoró - Paniquita - Popayán - El volcán de Puracé.

CAPÍTULO III
Descripción de Quito - Camino de Quito a Cuenca.

CAPÍTULO IV
Salida de Popayán - La mina de Alegrías Quilichao - El Cauca – Jamundí – Cali - Salida de Cali - Las Juntas.

CAPÍTULO V
Navegación peligrosa por el Dagua - Buenaventura - Descripción de la provincia del Chocó - Salida de Buenaventura en una goleta peruana - Llegada a Panamá - Observaciones acerca del Gran Océano.

CAPÍTULO VI
Descripción de la ciudad de Panamá - Las mujeres de Colombia.

CAPÍTULO VII
Descripción física de la República de Colombia – Montañas – Clima – Atmósfera – Estaciones – Temperatura – Vientos – Lluvias - Influencia tropical – Cosechas – Bosques – Ríos - Quebradas - Minas - Salinas - Volcanes - Lagos – Mares – Mareas

CAPÍTULO VIII
Población - Habitantes de los páramos - Los de las montañas en que se produce trigo - Los dos llanos - Indios bravos - Esclavos negros - Religión.

CAPÍTULO IX
Carácter de los colombianos.

CAPÍTULO X
Agricultura - Industria - Reflexiones sobre el banano – Minas - Moneda – Salinas - Comercio – Exportaciones - Importaciones.

CAPÍTULO XI
Vías de Comunicación por tierra y por agua - Leyes comerciales.

CAPÍTULO XII
Salida de Panamá - Cruces - El río Chagres - La Gorgona - Chagres.

CAPÍTULO XIII
Llegada a jamaica - Salida para Europa - Las Lucayas - Falmouth – Llegada a Francia.

NOTAS Y ACLARACIONES
| CAPÍTULO II
 

 

Tambo del Hobo - Paso de Los Domingarios - Puente de cuerdas - La Plata - Pedregal - San Francisco - Inzá - La Montaña del Guanaco - Totoró - Paniquita - Popayán - El volcán de Puracé.

 

Salí de Neiva el 30 de septiembre a las siete de la mañana; a la caída de la tarde vimos cerca del camino una choza de muy buen aspecto, pero ¡cuál fue nuestra sorpresa al acercarnos! Todo estaba sin orden ni concierto o destrozado; los dueños, saqueados por los soldados, habían huido a las montañas; no había otro sitio donde pasar la noche. Mis guías dominaron el miedo que les infundían los aparecidos y nos instalamos en aquella vivienda solitaria. Para sustituir la olla de que carecíamos para hacer la cena pusimos unas piedras en el fuego; cuando estuvieron caldeadas las echamos en una totuma con un poco de chocolate, y esa fue nuestra pitanza.

Al día siguiente (1o. de octubre), muy de mañana, ya habíamos dejado atrás los pueblos de Robo y de Sevilla, situados a nuestra izquierda, y desayunamos en el tambo del Hobo. El tambo es una especie de cobertizo con techo de paja que se levanta en las proximidades de las poblaciones sobre el camino real, para servir de abrigo a los viajeros. Por lo general no se suele encontrar en ellos nada absolutamente. En las cercanías del tambo del Hobo hay unas cuantas chozas en las que unas mujeres preparan una comida de lo más ordinaria pero que úno está encantado de encontrar; no se concibe cómo no se ha hecho otro tanto en las inmediaciones de los otros tambos, atrayendo allí gentes que podrían prestar los mayores servicios a los transeúntes. Bien es verdad que la mayor parte de los viajeros llevan consigo su avío, consistente en unas cuantas varas de carne seca y en chocolate; suelen también llevar consigo panela, pues en esta región casi no se bebe agua sin antes haber comido un poco de dulce, razón por la cual este artículo tiene un consumo tan considerable.

Después del tambo del Robo se pasa una serie de barrancos cuyas arenas lavan los habitantes de la región para sacar las pepitas de oro que hay en ellas; luégo se sale de los llanos para entrar en las montañas, donde se separan, para volver a reunirse después, los senderos que de Neiva van a Timana y a Gigante, y por otro lado al Magdalena: éste fue el que tomamos nosotras.

Antes de anocher llegamos de nuevo a las orillas de este río que atravesamos por el paso de Los Domingarios; no nos llevo mucho tiempo el paso del río pues el cauce no tiene aquí más de unas treinta toesas de ancho. En cuanto llegamos a la otra orilla, cuyo suelo está constituido por piedras y rocas, nos dirigimos hacia una cabaña que conocía nuestro guía; estaba situada bastante lejos del camino, y como él nos dijo, el dueño la había construido allí con la intención de sustraerse al alojamiento de los soldados y de evitar sus depredaciones.

Este hombre nos recibió amablemente y nos alojó en su propio cuarto, que no era más que un palomar inmundo; las palomas que en él habían anidado nos impidieron, con sus arrullos, dormir durante toda la noche; nuestro huésped aprovechó la vigilia para contarnos el pesar que había experimentado con la destrucción de una capilla que había en las inmediaciones de su cabaña y cuya guarda le había confiado el cura de Neiva empleo que le fue conferido con la condición de colocar en la capilla una imagen milagrosa. De acuerdo con lo estipulado, el pobre hombre hizo el viaje penosísimo hasta Santafé, donde adquirió, de una mujer muy devota una imagen favorecida con el dón de hacer milagros, y, encantado por haberla conseguido por la módica suma de doce piastras, regresó más que a escape a su capilla y a su choza.

El cura satisfecho por la escrupulosa exactitud del hombre, no tardó en descubrir en la sagrada imagen las virtudes más eficaces; la colocó con la mayor pompa en el sitio más vistoso, e instituyó una festividad en honor de aquella patrona, fiesta a la que sus feligreses eran invitados a concurrir anualmente. El viaje desde Neiva al paso de Los Dominganos es tan agradable, por entre la feraz campiña, que todo el mundo acude en masa. Nuestro huésped, en pago de sus desvelos, veía afluir a su cabaña en calidad de parroquianos a los devotos peregrinos, a cuya disposición ponía toda clase de víveres que no le era muy difícil conseguir, pues las ofrendas que la piedad aportaba, consistentes en huevos, aves, etc., servían para alimentarlos. Esta prosperidad no duró mucho: la guerra estalló; los soldados de la República se contentaron con comerse las ofrendas respetando la imagen; pero los españoles la hicieron añicos:

De modo, -añadió nuestro huésped, con la evidente satisfacción de la venganza-, que esos godos | ¹ impíos se ven ahora derrotados en todas partes. ¡Dios les castiga en todas las batallas por su infame sacrilegio!

Al día siguiente continuamos subiendo, pues el terreno se iba elevando cada vez más, y los caminos por lo tanto eran peores. La población era tan escasa, que nos veíamos obligados a descansar en pleno campo: por costumbre nos deteníamos bajo las ramas de un árbol en las orillas de algún arroyo; en los trópicos constituye una verdadera felicidad poder almorzar a la sombra y con agua límpida y fresca al alcance de la mano.

Si de una parte la dispersión de la población, ante el temor que les inspira el paso de las tropas, favorece el desmonte de nuevas tierras y el aumento de la población, que tiende constantemente a disminuir en las ciudades, por otra, debido a la destrucción de los caseríos, los mercados semanales no se celebran; cada cual no siembra sino lo indispensable para la subsistencia de los Suyos: hasta el ir a la iglesia no es ya motivo de reunión, pues los eclesiásticos sólo suben al púlpito para pedir el pago de los impuestos y predicar el alistamiento Así pues, los hombres se van acostumbrando a vivir aislados, se visitan poco, y sabido es que cuando en un país las comunicaciones cesan, el comercio, la agricultura y la industria se extinguen, la ignorancia aumenta y el bandolerismo es la natural consecuencia.

La Cordillera Occidental en la que entonces nos encontrábamos, no me pareció mucho más practicable que la Oriental: los caminos eran igualmente malos y peligrosos. El paso que franqueamos a las nueve de la mañana, que lleva el nombre de El Volador de Neme, no deja de presentar peligros. Con la palabra |volador se indica una montaña en cuyo flanco se ha logrado trazar un sendero tan estrecho, que en muchos sitios no pueden pasar de frente dos mulas; cuando esto sucede, hay que volver grupas hasta llegar a un sitio en el que la senda sea más ancha; además esas veredas resbaladizas están flanqueadas por precipicios espantosos.

Cuando salimos de ese paso peligroso nos encontramos en una llanura de extensión bastante considerable que se encuentra en la cima de una montaña muy elevada; esta llanura es sumamente fértil y disfruta de una temperatura suave en extremo; su anchura no es más que mediana, de modo que a la derecha y a la izquierda podíamos ver a nuestros pies valles profundos cubiertos de ricas praderas. El valle que teníamos a nuestra derecha está regado por el Pay, que desemboca en el Magdalena en el paso de Los Domingarios. Al Noroeste está Carnicería, caserío de escaso vecindario, y en lontananza, sobre un collado muy alto, se divisa Nataya, que está habitado por indios que tienen un idioma especial.

El calor estaba atemperado por los vientos Oeste-Suroeste, que no dejaron de soplar hasta que llegamos a Paicol. Este pueblo estaba desierto; el año anterior había sido despoblado por una epidemia cuyas características eran dolor de cabeza y de riñones con vómitos de sangre negra; la muerte sobrevenía por lo general al onzavo día. El único remedio que se empleó fue el ponche, que dio buenos resultados en algunos enfermos.

Esa epidemia no atacó a los indios, hecho que justificaba el dicho de los mestizos de que "el indio no enferma nunca".

Al día siguiente, abandonando las orillas del Pay costeamos las del río de La Plata, afluente del primero, y antes de las dos de la tarde avistamos la población de este nombre, pero no pudimos llegar en seguida, pues el puente que sirve de medio de comunicación no permitía el paso rápido del gran número de gente que iba o venía de La Plata, como podrá darse cuenta el lector por la descripción que del mismo voy a hacer: En ambas orillas se fijan en el suelo unos postes a los que se atan unas correas. Sobre esta |tarabita (este es el nombre que se da a estos puentes, tan especiales) se coloca una tabla, pendiente de una polea, provista de correas que sirven para atar al pasajero, y, según la dirección en que vaya, se tira de ella desde tierra en un sentido o en otro. Esta manera de pasar produce espanto al principio, pues causa estremecimiento el verse suspendido sobre un abismo y asegurado con unas cuerdas que la lluvia pone tensas, dando la impresión de que van a reventarse; sin embargo los accidentes nos suelen ser frecuentes. Las caballerías pasan a nado.

Cuando llegué a la orilla del río La Plata un individuo vino a ofrecerme alojamiento. Aunque desconfiase de esa oficiosidad, que en los pueblos de origen español se ve pocas veces, acepté encantado su invitación, teniendo en cuenta lo que me dijo al oído otro de los vecinos sobre la causa de su ofrecimiento, que no era otra sino la de que mi futuro huésped había matado un buey, hecho éste que en los pueblos constituye un acontecimiento de importancia considerable. Para llegar a la choza que debía servirme de habitación tuve que atravesar una parte del pueblo. Hasta el presente no había visto nada más misérrimo; toda la gente que encontré en el camino, hombres de color, estaba en su mayor parte desfigurada por bocios enormes; además eran de una suciedad repugnante, y por si esto fuera poco, a través de los jirones de los harapos que cubrían sus cuerpos se advertían además las manchas de la lepra.

Quedé encantado de mi benefactor; me proporcionó guías y mulas, me compró los víveres que necesitaba para atravesar el territorio casi desierto del Guanacos, y en una palabra, tuvo para conmigo todo género de atenciones. En La Plata conocí a un general prusiano que venía de Popayán con animo de embarcarse para Europa, encuentro que no dejaba de ser singular en los desiertos de Nueva Granada. Al pie de la |tarabita, a la vista de las cimas de prodigiosa altitud donde nace el río de La Plata y donde antaño estaba emplazada otra ciudad del mismo nombre dos habitantes del Viejo Mundo, como los americanos llaman a Europa, tuvimos la satisfacción de recordárnoslo mutuamente.

Ya me disponía a despedirme del alcalde al que debía algunas atenciones que habla tenido para conmigo, cuando me dijeron que su colega, que era a la vez su deudor, le había hecho encarcelar por opiniones políticas. Esto me apenó; estaba tan convencido de la bondad de la causa del alcalde y me pueda tan honrado, que no dudé ni por un momento que hubiera salido bien de ese asunto. Hacia la mitad del trayecto entre la Plata y el lugar donde debíamos pernoctar, pasamos por delante de una mina de hierro muy rica; los habitantes de las inmediaciones no la explotan | ² .

Continuamos caminando a lo largo de las márgenes del Pay. Este río da el nombre a una jurisdicción de diez y ocho aldeas indias que se encuentran en las montañas que hay al Este-suroeste de la Plata. Cada una de ellas está regida por un jefe de su elección; el conjunto de esas aldeas está administrado por un blanco que reside en Huila. Esos indios son cristianos y están sometidos; tienen un régimen municipal especial, como sucede en todas las regiones que antaño se denominaban |tierras |de indios.

Una tempestad nos cogió cerca de un rancho situado en un lugar denominado Cuevas. Nos acogieron en él Cuando el amo que estaba fuera llegó, su hija se arrodilló delante de él para que la diera su bendición, y, cuando ya de noche encendió una vela, salmodió una plegaria bastante larga. Esta costumbre es muy frecuente entre los campesinos.

Al día siguiente, debido a las lluvias que calan desde hacia ya algunos días, nos costó gran trabajo transponer una montaña muy alta, cuyas laderas estaban sumamente resbaladizas; de modo que llegamos muy tarde al pueblo indio de El Pedregal; en él no quedaba sino el cura: todos sus pobladores habían huido. Desde la guerra, la hospitalidad, como ya lo he anotado, se había constituido en una verdadera calamidad, a la que sólo podía sustraerse la gente ocultando su vivienda en los lugares más inaccesibles. Los indios, familiarizados con el yugo de la sociedad, le sacuden y se vuelven a los bosques para tornar a sus primitivas costumbres salvajes.

Seguimos por las orillas de un río que lleva el nombre de Ullucos. En lo alto de las montañas que forman su margen occidental divisamos, Santa Rosa, que se distingue desde mucha distancia por lo blanco de sus casas. Este pueblo ofrece en medio de aquellas espantosas alturas una perspectiva encantadora; en las orillas del Ullucos hay unas factorías en las que se prepara la sal que se saca de la mina de Segovia, que está un poco más lejos; su producción no basta para el consumo de la región.

Después de pasar por San Francisco llegamos a Inzá, donde pasamos la noche. Por ninguna parte se veía gente, y a esta contrariedad había que añadir la desazón producida por las picaduras de mil insectos de todas clases. Esta incomodidad no se experimenta en la Cordillera Oriental a pesar de que el frío no es más intenso que en la Occidental.

En Santafé se me hizo una descripción aterradora del Guanacos, pero no exageraron. Cuando viajé por el Socorro creí haber recorrido los peores caminos; aquello no era nada: los de aquí no presentaban el aspecto espantoso de las rocas del Guacha, pero las dificultades que ofrecían no eran menos terribles. Para hacer accesibles esas montañas se han puesto de trecho en trecho trozos de madera en los que los cascos de las mulas resbalan a cada paso; además la humedad que desde hace siglos empapa este terreno, forma unas charcas en las que los caballos se hunden, con riego de desaparecer para siempre. Todo contribuye a aumentar los peligros, pues además hay muchos manantiales cuyas aguas, que brotan con violencia, arrastran los trabajos rudimentarios de los indios, y escapándose por todas partes forman torrentes en los que se está expuesto a perecer ahogado. Hasta en la época de sequía está úno empapado, porque las nubes que cubren esas montanas se resuelven en una llovizna muy fina que traspasa y entumece a los pobres viajeros.

Llegamos muertos de frío al tambo de La Ceja, donde sólo nos detuvimos el tiempo indispensable para que descansasen un poco las mulas; esta sería la última habitación que habíamos de encontrar en los dos días siguientes.

Una de las mulas que estaba extenuada se detuvo de repente en medio de este camino peligroso, y como úno no puede detenerse mucho tiempo, tuve con gran sentimiento que abandonar al pobre animal en medio del camino, donde estaba destinado a ser presa de las fieras de los mosquitos, o víctima del frío.

Como la lluvia seguía cayendo y la noche se avecinaba, tuvimos que apresurar el paso a pesar de las fatigas de la jornada; todavía se veía algo cuando llegamos al tambo de Los Cornales; dos indios negociantes en sal estaban ya instalados y preparaban su comida en un fuego que encendieron con mucho trabajo. Los tambos están tan descuidados que en ellos no siempre se está al abrigo de las inclemencias del tiempo. El Gobierno no destina cantidad alguna para mejorar el estado de esos míseros refugios, únicos que el viajero encuentra en medio de las noches tempestuosas del páramo; el agua chorrea por todas partes y la madera está tan mojada que arde con mucha dificultad. Así es que después de pasar una noche con la ropa empapada, tiritando de frío y devorados por los mosquitos, al día siguiente hay que pasar el terrible Guanacas sin haber comido más que unos plátanos y a veces hasta sin comer nada. Nosotros pasamos por todas esas contrariedades; la lluvia nos inundó y no tuvimos más calor que el que nos proporcionaron las mulas al venir a disputarnos nuestro miserable albergue.

En cuanto amaneció nuestras miradas se dirigieron hacia la cumbre del Guanacas, y mis guías, que tenían mucha experiencia, me predijeron un día bueno y un paso sin contratiempos. En seguida ensillaron las mulas, y con la esperanza de que el tiempo en el páramo fuese bonancible, nos pusimos en camino. Al principio, lo mismo que el día anterior, continuamos caminando por entre espesos bosques, cuyos árboles poco elevados y empapados nos mojaban cada vez que una de las mulas tropezaba con las ramas. El camino talvez era un poco mejor que el de la víspera, porque como el piso era rocoso, el agua corría por su superficie, y no formaba esos pantanos tan peligrosos con que habíamos tropezado en otros sitios.

A medida que íbamos avanzando, la vegetación era menos vigorosa, y no tardamos en advertir que nos aproximábamos al páramo al ver blanquear por todas partes osamentas humanas. Talvez serian ¡ay! las de los proscritos que se habían refugiado en estas inhóspitas latitudes en la época de las últimas guerras; aquéllo parecía un campo de batalla, aquí había unos zapatos, más allá un vestido de mujer, y un poco más lejos la cabeza de un niño indicaba que había perecido después de muerta su madre. Nuestro grupo, al avanzar por estas cumbres desoladas, fue perdiendo la locuacidad y la alegría; por la mañana reíamos; más tarde no proferíamos ya ni una palabra; no hacíamos sino mirarnos para ver si el cansancio no provocaba en alguno de nosotros el funesto deseo de dormir, con el objeto de impedir que se entregase al sueño. Pronto vimos solamente árboles torcidos, desmedrados, cubiertos de musgo y que parecían estar a punto de morir de vejez; luégo ya no vimos sino frailejones cuyas flores amarillas resaltan en medio de este panorama impregnado de profunda tristeza. Nos encontramos frente a una charca de muy reducidas dimensiones. El peligro es inminente si se pasa cuando la tempestad encrespa las aguas y sopla un viento helado, que es mortal para los que ceden al sueño y al deseo de descansar.

Cerca de ese sitio temible vimos los hábitos de un cura y los trajes de sus dos criados negros muertos a su lado. Cuando nos hubimos alejado un tanto de esos parajes, en los que se encontraban muchas mulas abandonadas, que comían frailejones en espera de que la tormenta viniera a poner fin a sus sufrimientos con la muerte, caminamos por un terreno menos pedregoso y más seco; habíamos llegado a la vertiente occidental del Guanacos. El cielo estaba encapotado pero no amenazador; de tiempo en tiempo salía el sol; como en los días de invierno de nuestro país, su disco sin rayos nos calentaba apenas, y sin embargo a una jornada el paisaje estaría deslumbrante de luz y el sol vertería sus torrentes de fuego sobre los habitantes de las márgenes del Cauca.

La jornada fue larga y llegamos a las ocho de la noche a Totoró, cuyos pobladores hablan un idioma especial. En las paredes de la choza en que pasé la noche alguien escribió dos versos franceses que expresaban un dolor mortal y que estaban muy en armonía con el aspecto de la región que acabábamos de pasar.

A pesar de las penalidades que sufrí la víspera, no se me pasó por las mientes quedarme en Totoró, pues los vecinos de este lugarejo, que son todos indios, tienen fama de ladrones; de modo que al despuntar el sol salí de esta aldea. Al llegar a las alturas que dominan a Totoró divisé el soberbio valle de Popayán. A medida que iba bajando hacia esas tierras tan feraces hacía más calor y, por tanto, la temperatura era más agradable. No tardamos en llegar a Paniquita. Los indios de la región hablan una lengua diferente de la de los de Totoró. A pesar del poco aseo que hay en sus habitaciones, se advierten el gusto y el cuidado que han puesto en la alineación de las calles del pueblo. El agua corre por unos canalillos tapados a derecha y a izquierda de las calles, y la iglesia de Paniquita está limpia como una patena.

Desde que divisé a Popayán ardí en deseos de verme allí. ¡Qué largo y fatigante me pareció el camino a pesar de la variedad que prestan al panorama las hermosas casas de campo y las tierras cultivadas con esmero! La llanura de Popayán, que vista desde la cima de las montañas me dio la sensación de ser completamente plana, está cuajada de montículos que venían a entrecortar el camino de manera muy desagradable. Es una región desigual por el estilo de la del valle del Socorro tan pareja cuando se la contempla desde lo alto de la cordillera y tan desigual en realidad. Pasamos el Palacé por un frágil puente de cañas. El cauce de este río corre a una profundidad prodigiosa por entre dos muros de roca que dan la sensación de haber constituido uno solo en tiempos pretéritos. Este lugar no dejaba de tener interés para mis guías, pues les recordaba la batalla que Nariño presentó a los españoles, y de la que salió victorioso a pesar de lo desventajoso de las posiciones que ocupaba, del reducido número y de la poca disciplina de sus tropas.

A ambos lados del camino se alzaban hermosas residencias, cuya opulencia se colegía por el aire que tenían los mayordomos negros encargados de su guarda, que montaban caballos muy buenos y muy bien enjaezados. Al pasar a su lado y al reconocer en mí a un extranjero, los hacían caracolear, mostrándose muy ufanos. A las cuatro pasé por el pueblo de Cauca, en cuyas inmediaciones está situado el río del mismo nombre; crucé un puente de ladrillos bastante hermoso, pero muy estrecho, que es obra de los españoles. Luégo, tomando por un camino muy bonito que lleva a Popayán, entré en esta ciudad a las cinco de la tarde. De acuerdo con la costumbre de la región, se me alojó en una tienda.

Es fama que la situación topográfica de Popayán parece haber sido escogida por la imaginación de los poetas; en efecto, difícilmente las habrá más bellas. Su emplazamiento fue escogido por Belalcázar, menos conocido que Pizarro, Cortés y Quesada, pero cuyo nombre merecería ser citado con más frecuencia, ya que se le debe la fundación de un gran número de ciudades todas muy bien situadas.

El valle de Popayán no tiene la grandiosidad imponente del de Santafé, pero el aire que en él se respira es puro. El campo, por la proximidad de las cimas nevadas del Puracé, es muy feraz; la temperatura es tan suave, que se estaría tentado de darle la preferencia sobre el de la cordillera, si la permanencia en él no la hiciesen casi imposible toda una serie de insectos repugnantes, y en especial las pulgas.

La comparación entre las ciudades de Bogotá y de Popayán es difícil de establecer, pues ambas tienen un mérito considerable pero absolutamente distinto. Santafé, aunque con peores casas, talvez guste más a los forasteros por la razón de ser la capital. Las casas de Popayán tienen un aspecto más alegre, y hay algunas que no desdirían en cualquiera de los barrios más hermosos de nuestras ciudades de Europa: la calle de Belén especialmente es digna de mención. Todas las casas tienen un piso, están en correcta alineación y las aceras bien pavimentadas; tienen balcones y carecen de esas rejas que dan siempre un aspecto triste.

La arquitectura de las iglesias (hay once) es elegante, aun cuando como en todos los edificios de Popayán, la profundidad es demasiado grande en relación con la anchura, lo que choca a muchos europeos que están acostumbrados a proporciones más armónicas.

En Popayán hay una casa de moneda y dos hospitales, y hasta trescientas ochenta casas de ladrillo y cuatrocientas noventa y una de adobe. Las tiendas no tienen aspecto alegre; como no se celebra mercado en la ciudad, todos los víveres se venden en ellas. Ésas son talvez en relación con la población, más numerosas que en Santafé.

Las plazas no tienen nada de particular, y la mayor parte de las casas que las rodean están en ruinas por los combates que se han librado en la ciudad. La decadencia de Popayán se advierte también por otros signos: antes había varios habitantes que tenían una fortuna de un millón de piastras; hoy la excesiva sobriedad del pueblo, sus trajes, su aspecto, todo indica que la guerra ha arruinado por completo esta ciudad, antaño tan próspera y rica por el comercio que hacía con Santafé y con Quito y por las minas de oro que sus vecinos tenían en el Chocó y en las márgenes del Cauca. Todavía hay hoy cuatro familias que tienen un capital de cuatrocientos mil piastras, que no son mas que restos de sus inmensas fortunas, que sacrifican todos los días a la República cuya causa han abrazado.

En Popayán sólo hay un convento de franciscanos los otros cinco monasterios, con gran desesperación de los hijos de esta ciudad, han sido convertidos en cuarteles; sus rentas se aplican a la fundación de un colegio. Estas disposiciones han desagradado mucho al pueblo de Popayán, que es muy afecto a los frailes; hasta se llegó a temer con este motivo que hubiese una sublevación en Popayán, como sucedió en Maracaibo.

El comercio de Popayán consiste en telas de lana que la guerra ha hecho que se exporten por la costa de Barbacoas o de Buenaventura a Quito y a Guayaquil. Las franelas se traen de Europa, la sal de Santafé, las harinas de Pasto, el cacao de Timaná, el azúcar de Cali. Las franelas que tienen más aceptación son las encarnadas, amarillas y verdes, que se venden a veintidós reales la vara.

Si hubiera de creerse lo que los santafereños dicen de los popayanejos, habría que reputar a éstos como gentes poco sociables. Hay que convenir en que tienen modales un tanto altaneros; su conversación es muy afectada; en general son más distinguidos que los de Santafé. Por lo demás, si son más afectuosos y corteses, en cambio son de una avaricia extremada. Se les reprocha su indolencia: cosa natural en una gente que tiene esclavos.

Tanto las mujeres como los hombres tienen facciones muy regulares; conservan la gravedad y los rasgos de los españoles: hay algunas familias que parecen ser de origen judío. El número de negros y de mulatos es considerable: son ellos quienes se ocupan tanto de las haciendas como de las minas. El carácter turbulento de los esclavos, que debido a la guerra pueden considerarse casi como libres, inspira mucho temor a los blancos. Desde Pasto hasta Cartagena, casi no hay en la Cordillera Occidental más que negros.

Hace pocos años organizaron éstos un congreso cuyos miembros tomaron los nombres de sus antiguos amos. La ciudad de Barbacoas en la que se reunió esta "asamblea legislativa" fue tomada por asalto por las tropas de la República, y, sin hacer caso de los derechos que esos esclavos invocaban en nombre de la independencia, se les infligieron los castigos corporales más duros. No era éste el medio más eficaz para someterlos a la obediencia. En 1823 volvieron a apelar a las armas: al principio eran pocos, tan pocos, que para dar a su movimiento un aspecto temible vistieron de hombres a sus mujeres y las hicieron empuñar un fusil, y así todos los días conseguían alguna victoria. Una noche hasta lograron penetrar por sorpresa en uno de los barrios de Popayán, envolviendo los cascos de los caballos con trapos para que no se oyese el ruido de sus pisadas. A pesar de estas precauciones fueron descubiertos, se dio en seguida la alarma y se logró rechazar a esos saqueadores en el momento en que se llevaban algunas cabezas de ganado. Esta alarma causó vivas inquietudes a los vecinos de Popayán, que se sentían lejos de todo auxilio, a la merced de los esclavos negros, para quienes la libertad y el bienestar no tienen menos valor que el que pueda tener la independencia para todos los colombianos. Los blancos cuentan con el apoyo de los indios, enemigos mortales de los negros. Ayuda que representa poco para hacer frente a hombres robustos, decididos y diestros en el manejo del caballo y de las armas.

En 1807 la población de Popayán alcanzaba a seis mil novecientas cincuenta y cuatro almas, divididas así: tres mil cinco mestizos; trescientos cincuenta y cuatro indios mil doscientos diez y ocho mulatos mil trescientos cincuenta y nueve esclavos y mil diez y ocho nobles. Había quinientas mujeres más que hombres.

Los indios de Popayán difieren poco de los de Santafé: talvez tienen el color más oscuro y son más pequeños. El traje es el mismo, aparte del sombrero o montera que se asemeja al que llevan los mandarines chinos y que está confeccionado con trozos de paño de diversos colores. Los blancos llevan las mismas modas que los de Santafé, pero, como provincianos que son, sin gusto y sin gracia.

Las minas de oro, abandonadas, apenas si producen lo indispensable para que los que todavía las explotan puedan vivir; los conventos del Carmen y de la Encarnación, que poseían unas bastante ricas | ³ han visto disminuir su rendimiento debido a la deserción o a la muerte de los esclavos que trabajaban en ellas.

Si del clero tanto regular como secular no se puede decir que sea rico, en cambio el obispo tiene pingües rentas; éstas se estiman en unas 40.000 piastras anuales.

Concebí, durante mi permanencia en Popayán, el proyecto de visitar al Puracé, cuya cima nevada (2.300 toesas) domina y fertiliza su valle. Así fue como me puse en camino el día 14 de octubre, dirigiéndome hacia el Este; aunque el camino estaba seco y poco escarpado, llegué ya bastante tarde a la orilla del Vinagre, río que desciende del volcán del Puracé y cuyas aguas tienen la acidez del vinagre; desde allí fuimos a la montaña, bastante alta, donde está situado el pueblo de Puracé, en donde debíamos pernoctar. Cuando entramos en la aldea salían de ella un número considerable de individuos que llevaban nieve a Popayán.

El emplazamiento de Puracé es muy agradable puesto que domina el valle de Popayán. Está úno constantemente molesto por el polvo negro que levantan los vientos del Nordeste, que son muy fríos. A pesar de esa temperatura más bien baja hay una palmera en el centro del pueblo.

Tanto en el trazado de las calles como en la distribución de las casas de Puracé se advierte mucho gusto. Cada una de ellas, construida con barro se levanta en el centro de un terreno bastante grande; del lado de la calle está el patio y detrás de la casa hay un jardín cuidado con esmero, en el que se siembran maíz, patatas y trigo, y en el que suelen haber algunos manzanos. Por las calles principales corren arroyos de agua límpida. Aprovechando el declive del terreno, cada vecino ha hecho a la puerta de su casa una especie de fuente, de donde toma el agua. Los indios de Puracé son sumamente apacibles; las palabras de su idioma tienen muchas consonantes, que lo hacen muy áspero; es el mismo que se habla en Totoró. Les gusta la agricultura y se entregan con pasión a los trabajos del campo; pagan al cura 700 piatras en concepto de diezmos, cantidad que nos da la medida de su riqueza.

En la choza en que pasé la noche, los dueños tuvieron para conmigo todas las atenciones imaginables. Muy de mañana me puse en camino para escalar la montaña. Primeramente pasé los páramos que se encuentran al pie de la región de las nieves y que no ofrecen tántos peligros como los de Guanacos, circunstancia que se debe a su situación en relación con el viento. Después de haber pasado la región en la que las criptógamas, en su dimensión diminutiva tienen el porte y el ramaje de los grandes vegetales, y en que brotan en familias apretadas las unas contra las otras, como si quisieran calentarse mutuamente, llegué con mis peones al punto donde termina la vida vegetal. Rocas y grava forman la región en la cual los rayos del sol, sin fuerza, dejan acumularse los hielos. En el preciso momento en que entrábamos en ella, la tempestad se desencadenó en lo alto de la montaña, y como una tromba se precipitó sobre nosotros.

El viento, cargado de moléculas de granizo y de nieve, nos helaba; empezábamos a respirar con dificultad. La oscuridad era profunda y ya teníamos que llamarnos los unos a los otros para no perdernos.

El viento soplaba por ráfagas; cuando amainaba se percibían los silbidos del volcán que se hubieran podido tomar por los de las aves nocturnas. Avanzábamos con gran trabajo sobre las cenizas que cubren la montaña y las nieves que llenan las hondonadas, pero acabamos por acercanos al volcán. Éste lanza constantemente un humo espeso cuyo olor fétido se extiende por los alrededores. Han debido producirse frecuentes explosiones a juzgar por las materias volcánicas que se encuentran por doquier. Algunas veces su cráter se cierra; el azufre que tapiza sus paredes obstruye el orificio, a tal punto que los vapores se escapan con mucha dificultad, produciéndose entonces, según dicen, temblores que amenazan destruir a Popayán. Para prevenir semejante peligro se envían de vez en cuando cuadrillas de indios para limpiar el cráter. Estos hombres, fuera de esas ocasiones, están siempre en la montaña ocupados en recoger el azufre y el hielo, que bajan a vender a la ciudad a razón de diez francos la carga.

Se dice que en la vertiente oriental de la montaña hay otro cráter mucho más espacioso; hay unos pocos indios que conocen los caminos que llevan a él. Es en esos abismos donde nace el río Vinagre, que crucé la víspera, y cuyas aguas ácidas son muy estimadas para los tintes, aunque funestas para bebida del hombre y para los peces, que no pueden vivir en ellas.

No pude permanecer tanto tiempo como hubiera querido en el Puracé, pues mis guías asustados me amenazaron con abandonarme si persistía en permanecer en aquel sitio, donde la tempestad iba adquiriendo proporciones terribles. Debo confesar que yo también descendí con gusto, pues respiraba con tánta dificultad que ya no podía seguir subiendo. Poco tardamos en bajar hasta el pueblo de Puracé, y después de atravesar una campiña fértil pero mal cultivada, donde se dan los cereales de Europa, llegamos a Popayán a las ocho de la noche.

 

 

1 Godos es el nombre con que los colombianos designan a los españoles. Sabido es que éstos lo emplean en poesía del mismo modo que los ingleses en sus composiciones poéticas se dan el nombre de bretones.
2 Sorprende que desde hace siglos los africanos exploten sus minas y que los indios no hayan nunca pensado en laborar las suyas.
3 Véase sección Notas y aclaraciones, al final de la obra.

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