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CAPÍTULO II
Tambo del Hobo - Paso de Los
Domingarios - Puente de cuerdas - La Plata - Pedregal - San
Francisco - Inzá - La Montaña del Guanaco - Totoró - Paniquita -
Popayán - El volcán de Puracé.
Salí de Neiva el 30 de septiembre a las siete de la mañana; a la
caída de la tarde vimos cerca del camino una choza de muy buen
aspecto, pero ¡cuál fue nuestra sorpresa al acercarnos! Todo estaba
sin orden ni concierto o destrozado; los dueños, saqueados por los
soldados, habían huido a las montañas; no había otro sitio donde
pasar la noche. Mis guías dominaron el miedo que les infundían los
aparecidos y nos instalamos en aquella vivienda solitaria. Para
sustituir la olla de que carecíamos para hacer la cena pusimos unas
piedras en el fuego; cuando estuvieron caldeadas las echamos en una
totuma con un poco de chocolate, y esa fue nuestra pitanza.
Al día siguiente (1o. de octubre), muy de mañana, ya habíamos
dejado atrás los pueblos de Robo y de Sevilla, situados a nuestra
izquierda, y desayunamos en el tambo del Hobo. El tambo es una
especie de cobertizo con techo de paja que se levanta en las
proximidades de las poblaciones sobre el camino real, para servir
de abrigo a los viajeros. Por lo general no se suele encontrar en
ellos nada absolutamente. En las cercanías del tambo del Hobo hay
unas cuantas chozas en las que unas mujeres preparan una comida de
lo más ordinaria pero que úno está encantado de encontrar; no se
concibe cómo no se ha hecho otro tanto en las inmediaciones de los
otros tambos, atrayendo allí gentes que podrían prestar los mayores
servicios a los transeúntes. Bien es verdad que la mayor parte de
los viajeros llevan consigo su avío, consistente en unas cuantas
varas de carne seca y en chocolate; suelen también llevar consigo
panela, pues en esta región casi no se bebe agua sin antes haber
comido un poco de dulce, razón por la cual este artículo tiene un
consumo tan considerable.
Después del tambo del Robo se pasa una serie de barrancos cuyas
arenas lavan los habitantes de la región para sacar las pepitas de
oro que hay en ellas; luégo se sale de los llanos para entrar en
las montañas, donde se separan, para volver a reunirse después, los
senderos que de Neiva van a Timana y a Gigante, y por otro lado al
Magdalena: éste fue el que tomamos nosotras.
Antes de anocher llegamos de nuevo a las orillas de este río que
atravesamos por el paso de Los Domingarios; no nos llevo mucho
tiempo el paso del río pues el cauce no tiene aquí más de unas
treinta toesas de ancho. En cuanto llegamos a la otra orilla, cuyo
suelo está constituido por piedras y rocas, nos dirigimos hacia una
cabaña que conocía nuestro guía; estaba situada bastante lejos del
camino, y como él nos dijo, el dueño la había construido allí con
la intención de sustraerse al alojamiento de los soldados y de
evitar sus depredaciones.
Este hombre nos recibió amablemente y nos alojó en su propio
cuarto, que no era más que un palomar inmundo; las palomas que en
él habían anidado nos impidieron, con sus arrullos, dormir durante
toda la noche; nuestro huésped aprovechó la vigilia para contarnos
el pesar que había experimentado con la destrucción de una capilla
que había en las inmediaciones de su cabaña y cuya guarda le había
confiado el cura de Neiva empleo que le fue conferido con la
condición de colocar en la capilla una imagen milagrosa. De acuerdo
con lo estipulado, el pobre hombre hizo el viaje penosísimo hasta
Santafé, donde adquirió, de una mujer muy devota una imagen
favorecida con el dón de hacer milagros, y, encantado por haberla
conseguido por la módica suma de doce piastras, regresó más que a
escape a su capilla y a su choza.
El cura satisfecho por la escrupulosa exactitud del hombre, no
tardó en descubrir en la sagrada imagen las virtudes más eficaces;
la colocó con la mayor pompa en el sitio más vistoso, e instituyó
una festividad en honor de aquella patrona, fiesta a la que sus
feligreses eran invitados a concurrir anualmente. El viaje desde
Neiva al paso de Los Dominganos es tan agradable, por entre la
feraz campiña, que todo el mundo acude en masa. Nuestro huésped, en
pago de sus desvelos, veía afluir a su cabaña en calidad de
parroquianos a los devotos peregrinos, a cuya disposición ponía
toda clase de víveres que no le era muy difícil conseguir, pues las
ofrendas que la piedad aportaba, consistentes en huevos, aves,
etc., servían para alimentarlos. Esta prosperidad no duró mucho: la
guerra estalló; los soldados de la República se contentaron con
comerse las ofrendas respetando la imagen; pero los españoles la
hicieron añicos:
De modo, -añadió nuestro huésped, con la evidente satisfacción
de la venganza-, que esos godos
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¹
impíos se ven ahora derrotados en todas
partes. ¡Dios les castiga en todas las batallas por su infame
sacrilegio!
Al día siguiente continuamos subiendo, pues el terreno se iba
elevando cada vez más, y los caminos por lo tanto eran peores. La
población era tan escasa, que nos veíamos obligados a descansar en
pleno campo: por costumbre nos deteníamos bajo las ramas de un
árbol en las orillas de algún arroyo; en los trópicos constituye
una verdadera felicidad poder almorzar a la sombra y con agua
límpida y fresca al alcance de la mano.
Si de una parte la dispersión de la población, ante el temor que
les inspira el paso de las tropas, favorece el desmonte de nuevas
tierras y el aumento de la población, que tiende constantemente a
disminuir en las ciudades, por otra, debido a la destrucción de los
caseríos, los mercados semanales no se celebran; cada cual no
siembra sino lo indispensable para la subsistencia de los Suyos:
hasta el ir a la iglesia no es ya motivo de reunión, pues los
eclesiásticos sólo suben al púlpito para pedir el pago de los
impuestos y predicar el alistamiento Así pues, los hombres se van
acostumbrando a vivir aislados, se visitan poco, y sabido es que
cuando en un país las comunicaciones cesan, el comercio, la
agricultura y la industria se extinguen, la ignorancia aumenta y el
bandolerismo es la natural consecuencia.
La Cordillera Occidental en la que entonces nos encontrábamos,
no me pareció mucho más practicable que la Oriental: los caminos
eran igualmente malos y peligrosos. El paso que franqueamos a las
nueve de la mañana, que lleva el nombre de El Volador de Neme, no
deja de presentar peligros. Con la palabra
|volador se indica
una montaña en cuyo flanco se ha logrado trazar un sendero tan
estrecho, que en muchos sitios no pueden pasar de frente dos mulas;
cuando esto sucede, hay que volver grupas hasta llegar a un sitio
en el que la senda sea más ancha; además esas veredas resbaladizas
están flanqueadas por precipicios espantosos.
Cuando salimos de ese paso peligroso nos encontramos en una
llanura de extensión bastante considerable que se encuentra en la
cima de una montaña muy elevada; esta llanura es sumamente fértil y
disfruta de una temperatura suave en extremo; su anchura no es más
que mediana, de modo que a la derecha y a la izquierda podíamos ver
a nuestros pies valles profundos cubiertos de ricas praderas. El
valle que teníamos a nuestra derecha está regado por el Pay, que
desemboca en el Magdalena en el paso de Los Domingarios. Al
Noroeste está Carnicería, caserío de escaso vecindario, y en
lontananza, sobre un collado muy alto, se divisa Nataya, que está
habitado por indios que tienen un idioma especial.
El calor estaba atemperado por los vientos Oeste-Suroeste, que
no dejaron de soplar hasta que llegamos a Paicol. Este pueblo
estaba desierto; el año anterior había sido despoblado por una
epidemia cuyas características eran dolor de cabeza y de riñones
con vómitos de sangre negra; la muerte sobrevenía por lo general al
onzavo día. El único remedio que se empleó fue el ponche, que dio
buenos resultados en algunos enfermos.
Esa epidemia no atacó a los indios, hecho que justificaba el
dicho de los mestizos de que "el indio no enferma
nunca".
Al día siguiente, abandonando las orillas del Pay costeamos las
del río de La Plata, afluente del primero, y antes de las dos de la
tarde avistamos la población de este nombre, pero no pudimos llegar
en seguida, pues el puente que sirve de medio de comunicación no
permitía el paso rápido del gran número de gente que iba o venía de
La Plata, como podrá darse cuenta el lector por la descripción que
del mismo voy a hacer: En ambas orillas se fijan en el suelo unos
postes a los que se atan unas correas. Sobre esta
|tarabita
(este es el nombre que se da a estos puentes, tan especiales) se
coloca una tabla, pendiente de una polea, provista de correas que
sirven para atar al pasajero, y, según la dirección en que vaya, se
tira de ella desde tierra en un sentido o en otro. Esta manera de
pasar produce espanto al principio, pues causa estremecimiento el
verse suspendido sobre un abismo y asegurado con unas cuerdas que
la lluvia pone tensas, dando la impresión de que van a reventarse;
sin embargo los accidentes nos suelen ser frecuentes. Las
caballerías pasan a nado.
Cuando llegué a la orilla del río La Plata un individuo vino a
ofrecerme alojamiento. Aunque desconfiase de esa oficiosidad, que
en los pueblos de origen español se ve pocas veces, acepté
encantado su invitación, teniendo en cuenta lo que me dijo al oído
otro de los vecinos sobre la causa de su ofrecimiento, que no era
otra sino la de que mi futuro huésped había matado un buey, hecho
éste que en los pueblos constituye un acontecimiento de importancia
considerable. Para llegar a la choza que debía servirme de
habitación tuve que atravesar una parte del pueblo. Hasta el
presente no había visto nada más misérrimo; toda la gente que
encontré en el camino, hombres de color, estaba en su mayor parte
desfigurada por bocios enormes; además eran de una suciedad
repugnante, y por si esto fuera poco, a través de los jirones de
los harapos que cubrían sus cuerpos se advertían además las manchas
de la lepra.
Quedé encantado de mi benefactor; me proporcionó guías y mulas,
me compró los víveres que necesitaba para atravesar el territorio
casi desierto del Guanacos, y en una palabra, tuvo para conmigo
todo género de atenciones. En La Plata conocí a un general prusiano
que venía de Popayán con animo de embarcarse para Europa, encuentro
que no dejaba de ser singular en los desiertos de Nueva Granada. Al
pie de la
|tarabita, a la vista de las cimas de prodigiosa
altitud donde nace el río de La Plata y donde antaño estaba
emplazada otra ciudad del mismo nombre dos habitantes del Viejo
Mundo, como los americanos llaman a Europa, tuvimos la satisfacción
de recordárnoslo mutuamente.
Ya me disponía a despedirme del alcalde al que debía algunas
atenciones que habla tenido para conmigo, cuando me dijeron que su
colega, que era a la vez su deudor, le había hecho encarcelar por
opiniones políticas. Esto me apenó; estaba tan convencido de la
bondad de la causa del alcalde y me pueda tan honrado, que no dudé
ni por un momento que hubiera salido bien de ese asunto. Hacia la
mitad del trayecto entre la Plata y el lugar donde debíamos
pernoctar, pasamos por delante de una mina de hierro muy rica; los
habitantes de las inmediaciones no la explotan
|
²
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Continuamos caminando a lo largo de las márgenes del Pay. Este
río da el nombre a una jurisdicción de diez y ocho aldeas indias
que se encuentran en las montañas que hay al Este-suroeste de la
Plata. Cada una de ellas está regida por un jefe de su elección; el
conjunto de esas aldeas está administrado por un blanco que reside
en Huila. Esos indios son cristianos y están sometidos; tienen un
régimen municipal especial, como sucede en todas las regiones que
antaño se denominaban
|tierras
|de indios.
Una tempestad nos cogió cerca de un rancho situado en un lugar
denominado Cuevas. Nos acogieron en él Cuando el amo que estaba
fuera llegó, su hija se arrodilló delante de él para que la diera
su bendición, y, cuando ya de noche encendió una vela, salmodió una
plegaria bastante larga. Esta costumbre es muy frecuente entre los
campesinos.
Al día siguiente, debido a las lluvias que calan desde hacia ya
algunos días, nos costó gran trabajo transponer una montaña muy
alta, cuyas laderas estaban sumamente resbaladizas; de modo que
llegamos muy tarde al pueblo indio de El Pedregal; en él no quedaba
sino el cura: todos sus pobladores habían huido. Desde la guerra,
la hospitalidad, como ya lo he anotado, se había constituido en una
verdadera calamidad, a la que sólo podía sustraerse la gente
ocultando su vivienda en los lugares más inaccesibles. Los indios,
familiarizados con el yugo de la sociedad, le sacuden y se vuelven
a los bosques para tornar a sus primitivas costumbres salvajes.
Seguimos por las orillas de un río que lleva el nombre de
Ullucos. En lo alto de las montañas que forman su margen occidental
divisamos, Santa Rosa, que se distingue desde mucha distancia por
lo blanco de sus casas. Este pueblo ofrece en medio de aquellas
espantosas alturas una perspectiva encantadora; en las orillas del
Ullucos hay unas factorías en las que se prepara la sal que se saca
de la mina de Segovia, que está un poco más lejos; su producción no
basta para el consumo de la región.
Después de pasar por San Francisco llegamos a Inzá, donde
pasamos la noche. Por ninguna parte se veía gente, y a esta
contrariedad había que añadir la desazón producida por las
picaduras de mil insectos de todas clases. Esta incomodidad no se
experimenta en la Cordillera Oriental a pesar de que el frío no es
más intenso que en la Occidental.
En Santafé se me hizo una descripción aterradora del Guanacos,
pero no exageraron. Cuando viajé por el Socorro creí haber
recorrido los peores caminos; aquello no era nada: los de aquí no
presentaban el aspecto espantoso de las rocas del Guacha, pero las
dificultades que ofrecían no eran menos terribles. Para hacer
accesibles esas montañas se han puesto de trecho en trecho trozos
de madera en los que los cascos de las mulas resbalan a cada paso;
además la humedad que desde hace siglos empapa este terreno, forma
unas charcas en las que los caballos se hunden, con riego de
desaparecer para siempre. Todo contribuye a aumentar los peligros,
pues además hay muchos manantiales cuyas aguas, que brotan con
violencia, arrastran los trabajos rudimentarios de los indios, y
escapándose por todas partes forman torrentes en los que se está
expuesto a perecer ahogado. Hasta en la época de sequía está úno
empapado, porque las nubes que cubren esas montanas se resuelven en
una llovizna muy fina que traspasa y entumece a los pobres
viajeros.
Llegamos muertos de frío al tambo de La Ceja, donde sólo nos
detuvimos el tiempo indispensable para que descansasen un poco las
mulas; esta sería la última habitación que habíamos de encontrar en
los dos días siguientes.
Una de las mulas que estaba extenuada se detuvo de repente en
medio de este camino peligroso, y como úno no puede detenerse mucho
tiempo, tuve con gran sentimiento que abandonar al pobre animal en
medio del camino, donde estaba destinado a ser presa de las fieras
de los mosquitos, o víctima del frío.
Como la lluvia seguía cayendo y la noche se avecinaba, tuvimos
que apresurar el paso a pesar de las fatigas de la jornada; todavía
se veía algo cuando llegamos al tambo de Los Cornales; dos indios
negociantes en sal estaban ya instalados y preparaban su comida en
un fuego que encendieron con mucho trabajo. Los tambos están tan
descuidados que en ellos no siempre se está al abrigo de las
inclemencias del tiempo. El Gobierno no destina cantidad alguna
para mejorar el estado de esos míseros refugios, únicos que el
viajero encuentra en medio de las noches tempestuosas del páramo;
el agua chorrea por todas partes y la madera está tan mojada que
arde con mucha dificultad. Así es que después de pasar una noche
con la ropa empapada, tiritando de frío y devorados por los
mosquitos, al día siguiente hay que pasar el terrible Guanacas sin
haber comido más que unos plátanos y a veces hasta sin comer nada.
Nosotros pasamos por todas esas contrariedades; la lluvia nos
inundó y no tuvimos más calor que el que nos proporcionaron las
mulas al venir a disputarnos nuestro miserable albergue.
En cuanto amaneció nuestras miradas se dirigieron hacia la
cumbre del Guanacas, y mis guías, que tenían mucha experiencia, me
predijeron un día bueno y un paso sin contratiempos. En seguida
ensillaron las mulas, y con la esperanza de que el tiempo en el
páramo fuese bonancible, nos pusimos en camino. Al principio, lo
mismo que el día anterior, continuamos caminando por entre espesos
bosques, cuyos árboles poco elevados y empapados nos mojaban cada
vez que una de las mulas tropezaba con las ramas. El camino talvez
era un poco mejor que el de la víspera, porque como el piso era
rocoso, el agua corría por su superficie, y no formaba esos
pantanos tan peligrosos con que habíamos tropezado en otros
sitios.
A medida que íbamos avanzando, la vegetación era menos vigorosa,
y no tardamos en advertir que nos aproximábamos al páramo al ver
blanquear por todas partes osamentas humanas. Talvez serian ¡ay!
las de los proscritos que se habían refugiado en estas inhóspitas
latitudes en la época de las últimas guerras; aquéllo parecía un
campo de batalla, aquí había unos zapatos, más allá un vestido de
mujer, y un poco más lejos la cabeza de un niño indicaba que había
perecido después de muerta su madre. Nuestro grupo, al avanzar por
estas cumbres desoladas, fue perdiendo la locuacidad y la alegría;
por la mañana reíamos; más tarde no proferíamos ya ni una palabra;
no hacíamos sino mirarnos para ver si el cansancio no provocaba en
alguno de nosotros el funesto deseo de dormir, con el objeto de
impedir que se entregase al sueño. Pronto vimos solamente árboles
torcidos, desmedrados, cubiertos de musgo y que parecían estar a
punto de morir de vejez; luégo ya no vimos sino frailejones cuyas
flores amarillas resaltan en medio de este panorama impregnado de
profunda tristeza. Nos encontramos frente a una charca de muy
reducidas dimensiones. El peligro es inminente si se pasa cuando la
tempestad encrespa las aguas y sopla un viento helado, que es
mortal para los que ceden al sueño y al deseo de descansar.
Cerca de ese sitio temible vimos los hábitos de un cura y los
trajes de sus dos criados negros muertos a su lado. Cuando nos
hubimos alejado un tanto de esos parajes, en los que se encontraban
muchas mulas abandonadas, que comían frailejones en espera de que
la tormenta viniera a poner fin a sus sufrimientos con la muerte,
caminamos por un terreno menos pedregoso y más seco; habíamos
llegado a la vertiente occidental del Guanacos. El cielo estaba
encapotado pero no amenazador; de tiempo en tiempo salía el sol;
como en los días de invierno de nuestro país, su disco sin rayos
nos calentaba apenas, y sin embargo a una jornada el paisaje
estaría deslumbrante de luz y el sol vertería sus torrentes de
fuego sobre los habitantes de las márgenes del Cauca.
La jornada fue larga y llegamos a las ocho de la noche a Totoró,
cuyos pobladores hablan un idioma especial. En las paredes de la
choza en que pasé la noche alguien escribió dos versos franceses
que expresaban un dolor mortal y que estaban muy en armonía con el
aspecto de la región que acabábamos de pasar.
A pesar de las penalidades que sufrí la víspera, no se me pasó
por las mientes quedarme en Totoró, pues los vecinos de este
lugarejo, que son todos indios, tienen fama de ladrones; de modo
que al despuntar el sol salí de esta aldea. Al llegar a las alturas
que dominan a Totoró divisé el soberbio valle de Popayán. A medida
que iba bajando hacia esas tierras tan feraces hacía más calor y,
por tanto, la temperatura era más agradable. No tardamos en llegar
a Paniquita. Los indios de la región hablan una lengua diferente de
la de los de Totoró. A pesar del poco aseo que hay en sus
habitaciones, se advierten el gusto y el cuidado que han puesto en
la alineación de las calles del pueblo. El agua corre por unos
canalillos tapados a derecha y a izquierda de las calles, y la
iglesia de Paniquita está limpia como una patena.
Desde que divisé a Popayán ardí en deseos de verme allí. ¡Qué
largo y fatigante me pareció el camino a pesar de la variedad que
prestan al panorama las hermosas casas de campo y las tierras
cultivadas con esmero! La llanura de Popayán, que vista desde la
cima de las montañas me dio la sensación de ser completamente
plana, está cuajada de montículos que venían a entrecortar el
camino de manera muy desagradable. Es una región desigual por el
estilo de la del valle del Socorro tan pareja cuando se la
contempla desde lo alto de la cordillera y tan desigual en
realidad. Pasamos el Palacé por un frágil puente de cañas. El cauce
de este río corre a una profundidad prodigiosa por entre dos muros
de roca que dan la sensación de haber constituido uno solo en
tiempos pretéritos. Este lugar no dejaba de tener interés para mis
guías, pues les recordaba la batalla que Nariño presentó a los
españoles, y de la que salió victorioso a pesar de lo desventajoso
de las posiciones que ocupaba, del reducido número y de la poca
disciplina de sus tropas.
A ambos lados del camino se alzaban hermosas residencias, cuya
opulencia se colegía por el aire que tenían los mayordomos negros
encargados de su guarda, que montaban caballos muy buenos y muy
bien enjaezados. Al pasar a su lado y al reconocer en mí a un
extranjero, los hacían caracolear, mostrándose muy ufanos. A las
cuatro pasé por el pueblo de Cauca, en cuyas inmediaciones está
situado el río del mismo nombre; crucé un puente de ladrillos
bastante hermoso, pero muy estrecho, que es obra de los españoles.
Luégo, tomando por un camino muy bonito que lleva a Popayán, entré
en esta ciudad a las cinco de la tarde. De acuerdo con la costumbre
de la región, se me alojó en una tienda.
Es fama que la situación topográfica de Popayán parece haber
sido escogida por la imaginación de los poetas; en efecto,
difícilmente las habrá más bellas. Su emplazamiento fue escogido
por Belalcázar, menos conocido que Pizarro, Cortés y Quesada, pero
cuyo nombre merecería ser citado con más frecuencia, ya que se le
debe la fundación de un gran número de ciudades todas muy bien
situadas.
El valle de Popayán no tiene la grandiosidad imponente del de
Santafé, pero el aire que en él se respira es puro. El campo, por
la proximidad de las cimas nevadas del Puracé, es muy feraz; la
temperatura es tan suave, que se estaría tentado de darle la
preferencia sobre el de la cordillera, si la permanencia en él no
la hiciesen casi imposible toda una serie de insectos repugnantes,
y en especial las pulgas.
La comparación entre las ciudades de Bogotá y de Popayán es
difícil de establecer, pues ambas tienen un mérito considerable
pero absolutamente distinto. Santafé, aunque con peores casas,
talvez guste más a los forasteros por la razón de ser la capital.
Las casas de Popayán tienen un aspecto más alegre, y hay algunas
que no desdirían en cualquiera de los barrios más hermosos de
nuestras ciudades de Europa: la calle de Belén especialmente es
digna de mención. Todas las casas tienen un piso, están en correcta
alineación y las aceras bien pavimentadas; tienen balcones y
carecen de esas rejas que dan siempre un aspecto triste.
La arquitectura de las iglesias (hay once) es elegante, aun
cuando como en todos los edificios de Popayán, la profundidad es
demasiado grande en relación con la anchura, lo que choca a muchos
europeos que están acostumbrados a proporciones más armónicas.
En Popayán hay una casa de moneda y dos hospitales, y hasta
trescientas ochenta casas de ladrillo y cuatrocientas noventa y una
de adobe. Las tiendas no tienen aspecto alegre; como no se celebra
mercado en la ciudad, todos los víveres se venden en ellas. Ésas
son talvez en relación con la población, más numerosas que en
Santafé.
Las plazas no tienen nada de particular, y la mayor parte de las
casas que las rodean están en ruinas por los combates que se han
librado en la ciudad. La decadencia de Popayán se advierte también
por otros signos: antes había varios habitantes que tenían una
fortuna de un millón de piastras; hoy la excesiva sobriedad del
pueblo, sus trajes, su aspecto, todo indica que la guerra ha
arruinado por completo esta ciudad, antaño tan próspera y rica por
el comercio que hacía con Santafé y con Quito y por las minas de
oro que sus vecinos tenían en el Chocó y en las márgenes del Cauca.
Todavía hay hoy cuatro familias que tienen un capital de
cuatrocientos mil piastras, que no son mas que restos de sus
inmensas fortunas, que sacrifican todos los días a la República
cuya causa han abrazado.
En Popayán sólo hay un convento de franciscanos los otros cinco
monasterios, con gran desesperación de los hijos de esta ciudad,
han sido convertidos en cuarteles; sus rentas se aplican a la
fundación de un colegio. Estas disposiciones han desagradado mucho
al pueblo de Popayán, que es muy afecto a los frailes; hasta se
llegó a temer con este motivo que hubiese una sublevación en
Popayán, como sucedió en Maracaibo.
El comercio de Popayán consiste en telas de lana que la guerra
ha hecho que se exporten por la costa de Barbacoas o de
Buenaventura a Quito y a Guayaquil. Las franelas se traen de
Europa, la sal de Santafé, las harinas de Pasto, el cacao de
Timaná, el azúcar de Cali. Las franelas que tienen más aceptación
son las encarnadas, amarillas y verdes, que se venden a veintidós
reales la vara.
Si hubiera de creerse lo que los santafereños dicen de los
popayanejos, habría que reputar a éstos como gentes poco sociables.
Hay que convenir en que tienen modales un tanto altaneros; su
conversación es muy afectada; en general son más distinguidos que
los de Santafé. Por lo demás, si son más afectuosos y corteses, en
cambio son de una avaricia extremada. Se les reprocha su
indolencia: cosa natural en una gente que tiene esclavos.
Tanto las mujeres como los hombres tienen facciones muy
regulares; conservan la gravedad y los rasgos de los españoles: hay
algunas familias que parecen ser de origen judío. El número de
negros y de mulatos es considerable: son ellos quienes se ocupan
tanto de las haciendas como de las minas. El carácter turbulento de
los esclavos, que debido a la guerra pueden considerarse casi como
libres, inspira mucho temor a los blancos. Desde Pasto hasta
Cartagena, casi no hay en la Cordillera Occidental más que
negros.
Hace pocos años organizaron éstos un congreso cuyos miembros
tomaron los nombres de sus antiguos amos. La ciudad de Barbacoas en
la que se reunió esta "asamblea legislativa" fue
tomada por asalto por las tropas de la República, y, sin hacer caso
de los derechos que esos esclavos invocaban en nombre de la
independencia, se les infligieron los castigos corporales más
duros. No era éste el medio más eficaz para someterlos a la
obediencia. En 1823 volvieron a apelar a las armas: al principio
eran pocos, tan pocos, que para dar a su movimiento un aspecto
temible vistieron de hombres a sus mujeres y las hicieron empuñar
un fusil, y así todos los días conseguían alguna victoria. Una
noche hasta lograron penetrar por sorpresa en uno de los barrios de
Popayán, envolviendo los cascos de los caballos con trapos para que
no se oyese el ruido de sus pisadas. A pesar de estas precauciones
fueron descubiertos, se dio en seguida la alarma y se logró
rechazar a esos saqueadores en el momento en que se llevaban
algunas cabezas de ganado. Esta alarma causó vivas inquietudes a
los vecinos de Popayán, que se sentían lejos de todo auxilio, a la
merced de los esclavos negros, para quienes la libertad y el
bienestar no tienen menos valor que el que pueda tener la
independencia para todos los colombianos. Los blancos cuentan con
el apoyo de los indios, enemigos mortales de los negros. Ayuda que
representa poco para hacer frente a hombres robustos, decididos y
diestros en el manejo del caballo y de las armas.
En 1807 la población de Popayán alcanzaba a seis mil novecientas
cincuenta y cuatro almas, divididas así: tres mil cinco mestizos;
trescientos cincuenta y cuatro indios mil doscientos diez y ocho
mulatos mil trescientos cincuenta y nueve esclavos y mil diez y
ocho nobles. Había quinientas mujeres más que hombres.
Los indios de Popayán difieren poco de los de Santafé: talvez
tienen el color más oscuro y son más pequeños. El traje es el
mismo, aparte del sombrero o montera que se asemeja al que llevan
los mandarines chinos y que está confeccionado con trozos de paño
de diversos colores. Los blancos llevan las mismas modas que los de
Santafé, pero, como provincianos que son, sin gusto y sin
gracia.
Las minas de oro, abandonadas, apenas si producen lo
indispensable para que los que todavía las explotan puedan vivir;
los conventos del Carmen y de la Encarnación, que poseían unas
bastante ricas
|
³
han
visto disminuir su rendimiento debido a la deserción o a la muerte
de los esclavos que trabajaban en ellas.
Si del clero tanto regular como secular no se puede decir que
sea rico, en cambio el obispo tiene pingües rentas; éstas se
estiman en unas 40.000 piastras anuales.
Concebí, durante mi permanencia en Popayán, el proyecto de
visitar al Puracé, cuya cima nevada (2.300 toesas) domina y
fertiliza su valle. Así fue como me puse en camino el día 14 de
octubre, dirigiéndome hacia el Este; aunque el camino estaba seco y
poco escarpado, llegué ya bastante tarde a la orilla del Vinagre,
río que desciende del volcán del Puracé y cuyas aguas tienen la
acidez del vinagre; desde allí fuimos a la montaña, bastante alta,
donde está situado el pueblo de Puracé, en donde debíamos
pernoctar. Cuando entramos en la aldea salían de ella un número
considerable de individuos que llevaban nieve a Popayán.
El emplazamiento de Puracé es muy agradable puesto que domina el
valle de Popayán. Está úno constantemente molesto por el polvo
negro que levantan los vientos del Nordeste, que son muy fríos. A
pesar de esa temperatura más bien baja hay una palmera en el centro
del pueblo.
Tanto en el trazado de las calles como en la distribución de las
casas de Puracé se advierte mucho gusto. Cada una de ellas,
construida con barro se levanta en el centro de un terreno bastante
grande; del lado de la calle está el patio y detrás de la casa hay
un jardín cuidado con esmero, en el que se siembran maíz, patatas y
trigo, y en el que suelen haber algunos manzanos. Por las calles
principales corren arroyos de agua límpida. Aprovechando el declive
del terreno, cada vecino ha hecho a la puerta de su casa una
especie de fuente, de donde toma el agua. Los indios de Puracé son
sumamente apacibles; las palabras de su idioma tienen muchas
consonantes, que lo hacen muy áspero; es el mismo que se habla en
Totoró. Les gusta la agricultura y se entregan con pasión a los
trabajos del campo; pagan al cura 700 piatras en concepto de
diezmos, cantidad que nos da la medida de su riqueza.
En la choza en que pasé la noche, los dueños tuvieron para
conmigo todas las atenciones imaginables. Muy de mañana me puse en
camino para escalar la montaña. Primeramente pasé los páramos que
se encuentran al pie de la región de las nieves y que no ofrecen
tántos peligros como los de Guanacos, circunstancia que se debe a
su situación en relación con el viento. Después de haber pasado la
región en la que las criptógamas, en su dimensión diminutiva tienen
el porte y el ramaje de los grandes vegetales, y en que brotan en
familias apretadas las unas contra las otras, como si quisieran
calentarse mutuamente, llegué con mis peones al punto donde termina
la vida vegetal. Rocas y grava forman la región en la cual los
rayos del sol, sin fuerza, dejan acumularse los hielos. En el
preciso momento en que entrábamos en ella, la tempestad se
desencadenó en lo alto de la montaña, y como una tromba se
precipitó sobre nosotros.
El viento, cargado de moléculas de granizo y de nieve, nos
helaba; empezábamos a respirar con dificultad. La oscuridad era
profunda y ya teníamos que llamarnos los unos a los otros para no
perdernos.
El viento soplaba por ráfagas; cuando amainaba se percibían los
silbidos del volcán que se hubieran podido tomar por los de las
aves nocturnas. Avanzábamos con gran trabajo sobre las cenizas que
cubren la montaña y las nieves que llenan las hondonadas, pero
acabamos por acercanos al volcán. Éste lanza constantemente un humo
espeso cuyo olor fétido se extiende por los alrededores. Han debido
producirse frecuentes explosiones a juzgar por las materias
volcánicas que se encuentran por doquier. Algunas veces su cráter
se cierra; el azufre que tapiza sus paredes obstruye el orificio, a
tal punto que los vapores se escapan con mucha dificultad,
produciéndose entonces, según dicen, temblores que amenazan
destruir a Popayán. Para prevenir semejante peligro se envían de
vez en cuando cuadrillas de indios para limpiar el cráter. Estos
hombres, fuera de esas ocasiones, están siempre en la montaña
ocupados en recoger el azufre y el hielo, que bajan a vender a la
ciudad a razón de diez francos la carga.
Se dice que en la vertiente oriental de la montaña hay otro
cráter mucho más espacioso; hay unos pocos indios que conocen los
caminos que llevan a él. Es en esos abismos donde nace el río
Vinagre, que crucé la víspera, y cuyas aguas ácidas son muy
estimadas para los tintes, aunque funestas para bebida del hombre y
para los peces, que no pueden vivir en ellas.
No pude permanecer tanto tiempo como hubiera querido en el
Puracé, pues mis guías asustados me amenazaron con abandonarme si
persistía en permanecer en aquel sitio, donde la tempestad iba
adquiriendo proporciones terribles. Debo confesar que yo también
descendí con gusto, pues respiraba con tánta dificultad que ya no
podía seguir subiendo. Poco tardamos en bajar hasta el pueblo de
Puracé, y después de atravesar una campiña fértil pero mal
cultivada, donde se dan los cereales de Europa, llegamos a Popayán
a las ocho de la noche.
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1
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Godos es el nombre con que los
colombianos designan a los españoles. Sabido es que éstos lo
emplean en poesía del mismo modo que los ingleses en sus
composiciones poéticas se dan el nombre de bretones.
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2
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Sorprende que desde hace siglos los africanos exploten sus
minas y que los indios no hayan nunca pensado en laborar las
suyas.
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3
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Véase sección Notas y aclaraciones,
al final de la obra.
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