INDICE





PRESENTACIÓN DE CARLOS JOSÉ REYES

PRÓLOGO

PREFACIO

PRIMERA PARTE

CAPÍTULO I
Salida de Francia - Las Azores - La costa de los Estados Unidos – Norfock - Washington - Calma chicha - Cartagena de Indias - Salida para Bogotá - Turbaco - Barranca - De Cartagena al Magdalena.

CAPÍTULO II
Salida de Barranca – El pueblo de Tenerife – Zambrano – La isla de San Pedro – Pinto – Santa Ana – Mompós - El gobernador de Mompós - Comercio de Mompós - Salida de Mompós - Margarita – Guamal - Peñón – Banco - La Sierra de Ocaña - Regidor - Río Viejo - M

CAPÍTULO III
Brazos del Magdalena - La Miel – Río Negro - Guarumo - El promontorio de Garderia - Los escollos de Perico - Honda - Descripción del Magdalena

CAPÍTULO IV
Camino de Honda a Bogotá - Río Seco - Venta Grande - La Montaña de Sargento - El valle de Guaduas - Villeta – Facatativa - Descripción del llano de Bogotá - El Salto de Tequendama – El puente natural de Pandi (Icononzo)

CAPÍTULO V
Viaje por la provincia de Socorro, situada al norte de Santafé de Bogotá.

CAPÍTULO VI
Estado del país desde 1498 hasta 1781 - Antiguos habitantes - Sus usos - Sus costumbres - Con quistas comerciales - Conquistas religiosas - Conquistas militares - Quesada - Debilitamiento de la población India - Los negros - Su estado y condición - Mezcla

CAPÍTULO VII
La revuelta del Socorro - Movimiento de 1794 - Virreyes españoles - Insurrección de Caracas en 1810 - Insurrección de Nueva Granada - El virrey Amar - Miranda – Bolívar – Monteverde - Conquista de Caracas - Bolívar pasa a Curaçao Sale de allí -

CAPÍTULO VIII
El virrey Sámano - Soldados españoles - Soldados americanos -  Bolívar entra en Santafé, pasa a Quito y luégo a Guayaquil -  Características de los principales generales.

CAPÍTULO IX
Nuevo gobierno - Constitución de Cúcuta - División del territorio en Departamentos -Renovación de los Cabildos - Leyes civiles – La justicia - El Congreso - El Poder Ejecutivo.

CAPÍTULO X
Regreso a Bogotá - Puente Real - Minas de cobre de Moniquirá - Chinquinquirá - Minas de sal de Zipaquirá.

CAPÍTULO XI
Fundación de Santafé de Bogotá - Clima - Casas – Interiores - La Catedral - Los conventos - El Hospital - Los colegios - El Palacio del Presidente - El Palacio de los Diputados - El Palacio del Senado - Las cárceles - La Casa de la Moneda y el Teatro

CAPÍTULO XII
Finanzas – Aguardiente – Papel sellado – Alcabala - Impuestos directos - Guerra - El ejército - Las piazas fuertes – Marina - Relaciones extranjeras.

SEGUNDA PARTE

CAPÍTULO I
Salida de Bogotá para Popayán – Guaduas – Chaguaní – San Juan - Regreso a Guaduas - Breve estancia en esta ciudad - Beltrán - Ambalema - San Luis - Chaparral – Natagaima - Payandé - Samboja - Villavieja - Neiva.

CAPÍTULO II
Tambo del Hobo - Paso de Los Domingarios - Puente de cuerdas - La Plata - Pedregal - San Francisco - Inzá - La Montaña del Guanaco - Totoró - Paniquita - Popayán - El volcán de Puracé.

CAPÍTULO III
Descripción de Quito - Camino de Quito a Cuenca.

CAPÍTULO IV
Salida de Popayán - La mina de Alegrías Quilichao - El Cauca – Jamundí – Cali - Salida de Cali - Las Juntas.

CAPÍTULO V
Navegación peligrosa por el Dagua - Buenaventura - Descripción de la provincia del Chocó - Salida de Buenaventura en una goleta peruana - Llegada a Panamá - Observaciones acerca del Gran Océano.

CAPÍTULO VI
Descripción de la ciudad de Panamá - Las mujeres de Colombia.

CAPÍTULO VII
Descripción física de la República de Colombia – Montañas – Clima – Atmósfera – Estaciones – Temperatura – Vientos – Lluvias - Influencia tropical – Cosechas – Bosques – Ríos - Quebradas - Minas - Salinas - Volcanes - Lagos – Mares – Mareas

CAPÍTULO VIII
Población - Habitantes de los páramos - Los de las montañas en que se produce trigo - Los dos llanos - Indios bravos - Esclavos negros - Religión.

CAPÍTULO IX
Carácter de los colombianos.

CAPÍTULO X
Agricultura - Industria - Reflexiones sobre el banano – Minas - Moneda – Salinas - Comercio – Exportaciones - Importaciones.

CAPÍTULO XI
Vías de Comunicación por tierra y por agua - Leyes comerciales.

CAPÍTULO XII
Salida de Panamá - Cruces - El río Chagres - La Gorgona - Chagres.

CAPÍTULO XIII
Llegada a jamaica - Salida para Europa - Las Lucayas - Falmouth – Llegada a Francia.

NOTAS Y ACLARACIONES
CAPÍTULO I
 

 

Salida de Bogotá para Popayán – Guaduas – Chaguaní – San Juan - Regreso a Guaduas - Breve estancia en esta ciudad - Beltrán - Ambalema - San Luis - Chaparral – Natagaima - Payandé - Samboja - Villavieja - Neiva.

 

A principios de agosto, y después de haber pasado tres meses en Bogotá, me dispuse a abandonar la capital.

Varias rutas se me ofrecían para regresar a Europa; todas presentaban el mayor interés, no tenía más que escoger. La primera y la más frecuentada, la de Caracas, permitía conocer una extensión considerable del país; pero esta región, explorada con anterioridad por viajeros ilustres, pocas novedades podría reservarme. La del Orinoco, por la importancia que este río habrá de adquirir andando el tiempo, hubiera merecido mi preferencia de no haber ya recorrido una región análoga al navegar por el Magdalena; finalmente la ruta de Maracaibo, que las victorias de los patriotas habían dejado expedita, me hubiera parecido preferible a las otras dos, si, después de haber explorado la Cordillera Oriental, no hubiera estimado que sería curioso y útil recorrer la Cordillera Occidental más rica en minerales.

Pedí pues, mi pasaporte para Buenaventura, donde pensaba embarcarme, y salí de la capital el 9 de agosto de 1823, a las seis de la mañana.

El equipaje que ahora llevaba conmigo era mucho más reducido que el que traje al venir de Cartagena; dos mulas bastaban para transportarlo. El guía que me acompañó en mi viaje al Socorro me sirvió otra vez de arriero.

Para ir a Popayán había dos caminos: el de la Mesa Grande o el de Guaduas. Escogí este último.

Los caminos que atraviesan el llano de Bogotá están en tan buen estado en esta época del año, que muy pronto llegamos a Fontibón; poco después pasamos por Serrezuela, y no tardamos mucho en encontrarnos en Facatativá. Al día siguiente, por los senderos estrechos y escabrosos que surcan las montañas que parecen murallones destinados a sostener una enorme bacía, descendí por las vertientes de la inmensa meseta de Bogotá.

Felizmente el tiempo era bueno. Los valles situados al Oeste, que están sometidos a las mismas estaciones de la llanura que les domina, gozan de los mismos días buenos de la altiplanicie, con la sola diferencia sin embargo, de que en ésta hace un frío intenso al paso que en ellos la temperatura es abrasadora. Cabe observar aquí que cuando es verano en las regiones situadas al Oeste de la meseta de Bogotá, las que se encuentran a la misma altitud hacia el Este, se ven inundadas por las lluvias torrenciales que a diario vierten las nubes provenientes de los llanos del Meta. Me llamó la atención una peculiaridad mucho más interesante: en los valles situados al Poniente, el bocio y las epidemias son frecuentísimos, mientras que en los que están al Este no se conoce ninguna de estas calamidades | ¹ . Además para hacer resaltar la diferencia que existe entre los valles del Este y los del Oeste de la meseta de Bogotá, hay que tener presente que en los primeros la recolección tiene lugar en octubre y en los segundos en agosto.

Los caminos están en bastante buen estado, pero las personas que viajaban conmigo, aun cuando mucho lo celebraran, no podían menos de maldecir a los españoles por el sistema bárbaro que habían empleado para repararlos, consistente en hacer trabajar en ellos a los presos políticos a razón de una libra de pan y de carne por día.

Por fin perdimos de vista las montañas altísimas que sustentan la meseta de Bogotá, y a hora temprana llegamos a Villeta, pueblo que esta a trece leguas de la capital.

En la bajada de la inmensa pirámide de la cordillera encontré por todas partes las mismas conchas que ya había visto en el Socorro. Hubo otro espectáculo que me llamó la atención, y análogo al que tánto me afectara en Moniquirá: era un muchacho, casi un niño, que iba atado a una mula en la misma forma que se emplea en Francia para llevar los corderos y que a pesar de sus gritos se le conducía a Bogotá para responder del delito de deserción. Muchas veces me quedé sorprendido al constatar como un pueblo enervado por tres siglos de paz pudo en tan poco tiempo haber adoptado unas costumbres tan diferentes de las que durante tánto tiempo fueron las suyas. ¿No podrá encontrarse la causa de esta transformación en las corridas de toros, importadas por los españoles, que al acostumbrar a estos pueblos a los espectáculos sangrientos les preparaban para otros mucho más bárbaros? Claro es que en esas espantosas diversiones pocas veces se termina el último acto con la muerte; pero los americanos habían de ver en esas fiestas, además del peligro, una imagen de la guerra, que les familiarizaría con las que el día de mañana se arriesgarían a desencadenar.

Guaduas, tengo que confesarlo, me pareció un pueblo menos alegre, ahora que venía de Bogotá, que la otra vez que pasé por él en mi primer viaje; las fisonomías de los habitantes, en general más bien de rasgos agradables, me parecieron pálidas; observé gran cantidad de bocios de los que no me había dado cuenta cuando pasé por aquí la primera vez, en medio de las ilusiones que en mi despertara este pueblo al salir de los horribles antros del Magdalena; advertí también con verdadera pena que los mismos hombres que entonces me parecieron tan alegres no eran en realidad más que unos borrachos molestos y alborotadores.

En efecto, la gente se dedica casi exclusivamente a beber aguardiente anisado, so pretexto de que esta bebida es conveniente en los climas cálidos; máxima que, a condición de no abusar, tendría tal vez su fundamento, ya que es curioso que la raza enclenque y dominante de los blancos no pueda vivir ni trabajar en los trópicos más que a fuerza de beber; en cuanto hace calor empiezan a quejarse; la prueba palmaria de los tormentos que sufren nos la suministran los habitantes de Guaduas. Aunque hace calor en esta ciudad, la temperatura es soportable, y sin embargo se quejan continuamente; unas veces del calor, cuando no de dolores de estómago o de cabeza. Las personas de la alta clase social, sobre todo, tienen una salud poco robusta; en ellas es en las que más abunda el bocio.

Tuve que permanecer en Guaduas hasta el 20 de agosto; confiando ciegamente en los informes que me dieron algunos de los vecinos tomé el camino que éstos me indicaron.

Salí de Guaduas a las diez y media de la mañana; a las doce llegué a la cima de las montañas que cierran por el Oeste el valle de este nombre desde donde contemplé, admirado, las inmensas llanuras que atraviesa el Magdalena. Bosques espesísimos cubren sus márgenes, y creí que al caminar por ellos tendría una temperatura fresca que mitigaría los torrentes de fuego que, en forma de vapores, veía errar por esos campos abrasadores; no bien hube descendido hasta ellos me vi envuelto en una atmósfera calurosa en extremo, que, al llegar a las faldas de las montañas, se hizo sofocante; caminaba a la sombra, es verdad, pero ni un soplo de aire estremecía las hojas de los árboles, cuyo follaje espeso contribuía a impedir el paso del aire de por si escaso, que se hubiese respirado en un lugar despejado.

Me habían prevenido de que no encontraría ni una sola casa en esos parajes desiertos; contaba con encontrar por lo menos agua, pero el lecho desecado de los torrentes no contenía ni una sola gota en todo su curso; era como si en algunas horas hubiese pasado de las provincias meridionales de Francia a las playas abrasadoras de África. Estaba tan abrumado de fatiga, que, confiándome al guía que había tomado en Guaduas, me desvié del camino y llegué, siguiendo un sendero estrecho, a un lugar habitado que se llama Puerto del Corral y que no dista mucho del Magdalena.

La proximidad del río ha transformado en pescadores a los agricultores que se han establecido en este sitio. Al ver las grandes redes extendidas sobre los setos vivos que protegen los campos de caña de azúcar de las depreciaciones de los ganados creí que podría conseguir pescado; cuando lo pedí me dijeron que en la época del año en que nos encontrábamos, en la que dominan los vientos del Sur, los peces no podían remontar el curso del río, cuya corriente aumentan esas brisas.

En esa época estas pobres gentes pasan por un período de gran miseria: los campos agostados no producen nada; no hay pastos; ni siquiera en las márgenes de los ríos, cuyos cauces pedregosos sirven ahora de camino, se ve ni un rastro de hierba. Todo está marchito por aquí en esta época que los europeos llamamos primavera. La escasez atormenta por igual a los hombres y al ganado; el banano es su único alimento y unas cuantas cañas de azúcar constituyen un festín que le hacen olvidar los calores enemigos de la salud.

Y sin embargo los blancos que habitan las tierras cálidas y que, como todos los hombres de esa raza que viven en los trópicos, cualquiera que sea la época en que sus antepasados se hayan establecido en ellos, son indolentes, sacan provecho de esta estación; durante ella queman las malezas que cubren los campos, que al volver la estación de las lluvias se transforman en verdes praderas; queman también los bosques, en los que habrán de plantar el maíz o la caña de azúcar; esas quemas, que consumen grandes extensiones de selva, alumbran espléndidamente las noches. Menos ingeniosos que los africanos, los habitantes de estas regiones dejan que sus ganados se vayan debilitando poco a poco en vez de buscar, como lo hacen aquéllos, en las hojas de los árboles un pienso que les permita soportar el tránsito tan terrible, de la sequía a las lluvias.

Maldiciendo una y mil veces a los que nos habían aconsejado seguir este espantoso camino, que además es el que utilizan los contrabandistas, llegamos a las nueve a Puerto Chaguaní. Aquí estábamos en las orillas del Magdalena, que ya conocía; el calor sofocante me hacía presentir el mal que aquella misma noche habría de hacer presa en mi.

En efecto, antes de llegar al Palmar, el sol y la sed me hicieron sentir los escalofríos de la fiebre; tuve que apearme en el cobertizo de un trapiche donde, inquieto en cuanto a los resultados de tan súbito malestar, hube de permanecer hasta el día siguiente por la tarde. El día 22 me dirigí al Palmar; los vómitos continuos me hicieron ver que no seria allí donde podría restablecer mi salud; en vista de ello resolví adentrarme de nuevo en las montañas, y al día siguiente empecé a ascender hacia sus cumbres. A medida que iba subiendo empecé a sudar, la respiración se hizo menos jadeante, y cuando llegué a San Juan me encontraba mucho mejor. Este pueblo, realmente bonito, está situado en una de las montañas que dominan el Magdalena, es muy limpio y da una idea del desahogo con que deben de vivir sus habitantes, ya que es el sitio donde descansan los comerciantes de tabaco, que han pasado el río al venir de Ambalema para ir a Santafé.

Pero ni la belleza del lugar ni el paso constante de forasteros han logrado inspirar a los miembros de la familia Rubio, que son los que constituyen toda la población, el generoso sentimiento de hospitalidad. No encontré, pues, dónde alojarme, y hubiera tenido que marcharme del pueblo a no haber sido por el cura hombre joven y compasivo, que me ofreció albergue en su casa. Durante los dos días que pasé en ella mi salud se restableció a ojos vistas; pero sin embargo no estimé la mejoría suficiente para poder dirigirme de inmediato a Popayán, y pareciéndome más prudente ir en busca de otros cordiales más eficaces que los de San Juan, tomé la decisión de regresar a Guaduas.

Me despedí del obsequioso curita, que, recién llegado a San Juan, supo, en medio de los homenajes, o por mejor decir de la adoración de que era objeto, ya que a su paso todo el mundo se arrodillaba, prodigarme todas las atenciones propias de la amistad. A medio día llegué a Chaguaní, mísera aldea donde la pobreza de sus habitantes no podía ofrecerme amparo de ningún género.

El día 26 tomé de nuevo el camino de Guaduas, adonde llegué antes del medio día. Pasé allí dos semanas atendiendo exclusivamente al restablecimiento de mi salud que tres días de enfermedad, debida al brusco tránsito de una temperatura soportable al calor del ecuador, había quebrantado tremendamente.

El día 15 de septiembre estimé que estaba ya en condiciones de ponerme en camino para ir a Popayán. Me acompañaba un mestizo que me recomendó el Jefe Político de Guaduas. Seguí el camino que había tomado la primera vez, y aquella misma noche llegué a La Mora, aldehuela situada a la orilla del Magdalena. A pesar de la gran contrariedad que me proporcionó el retraso debido a mi enfermedad, era indudable que lo avanzado de la estación habría de ofrecerme condiciones más favorables para el viaje que las que precedieron mi primera salida de Guaduas. El cielo, ahora más encapotado, me preservaba de los rayos del sol y las brisas del Sur, más fuertes, hacían más soportable sus ardores.

Al día siguiente llegué a las dos de la tarde a Beltrán, puerto en el que se cruza el Magdalena para ir a Ambalema. Me aconsejaron que al remontar el curso del río siguiese constantemente su margen derecha, pero preferí seguir la izquierda, que, a mi modo de ver, me ofrecería más probabilidades de hacer observaciones útiles o interesantes, sobre todo en lo relativo al cultivo del tabaco en Ambalema.

Me embarqué, pues, en una piragua a la que se ataron las mulas. Aunque el trayecto suele ser peligroso esta vez se efectuó sin peripecia alguna, llegando sin novedad a la otra orilla. El paso del río me costó una piastra. En una hora franqueamos la distancia que media del punto de desembarco hasta Ambalema.

Este pueblo, en cuyo territorio se encuentran extensas plantaciones de tabaco de excelente calidad, disfruta de un cierto bienestar; hay mucha animación y la gente padece menos enfermedades debido a que se alimenta más y mejor. Las casas son bastante malas, y la iglesia, caso excepcional en Colombia no merecería atención de ningún género a no ser por la música que toca una orquesta de violines y de instrumentos de viento que se puede comparar con lo mejor que en este estilo haya en el resto de la República.

El tabaco que se cosecha en Ambalema se estima en unas dos o tres mil cargas. Su estanco sería muy conveniente para el Gobierno si el contrabando activísimo que se hace, a pesar de los veinte guardias a los que se pagan veinte piastras por mes, no viniese a privarle de la mayor parte de los ingresos. La tolerancia culpable de los vigilantes no basta para ponerles al abrigo del odio del pueblo. Por lo visto, en todas las partes del mundo esta clase de gente es objeto de la pública animadversión.

El tabaco de primera calidad le cuesta al Gobierno tres piastras la arroba; el de segunda, diez reales, y los revende a los particulares al doble. La compra tiene lugar en los meses de abril, mayo y junio. A poca distancia de Ambalema, en dirección al Este, hay un sitio llamado Peladero en el que según se dice hay varias minas de oro.

El 18 de septiembre, después de haber tomado un nuevo guía, indispensable para aventurarme por los llanos del Magdalena en los que los caminos se confunden, salí de Ambalema. Del otro lado del río no se ven más que montañas altísimas cubiertas completamente de bosques mientras que la margen en que me encuentro está desprovista de árboles y no ofrece ninguna protección contra el calor del día. El terreno pedregoso refleja con violencia extrema el calor; se padece mucho y sólo se encuentra agua para refrescarse; ésta es muy fresca y límpida porque viene de los páramos que forman la Cordillera Occidental. Atravesamos el Venadillo, arroyo que estaba casi seco, aun cuando en esta época del año los ríos que nacen en las montañas del Oeste crecen pronto debido a la fusión de las nieves, a tal punto que los viajeros tienen que esperar a veces varios días para poderlos vadear. En la otra orilla, por el contrario, como los ríos no están alimentados sino por las lluvias, su lecho desecado ofrece en esta época un camino fácil y cómodo.

A ambos lados del río los únicos refugios que se encuentran están constituidos por cabañas aisladas construidas con cañas en las que vegeta una población enclenque y enfermiza de diferentes razas; mientras en África los negros tienen que vivir agrupados en aldeas para defenderse de los ataques de sus vecinos, aquí los habitantes de estas regiones viven alejados los unos de los otros; unas cuantas vacas constituyen su fortuna y el vino de palma su consuelo. A veces tienen un caballo en este caso unos estribos de madera, una cuerda a guisa de freno y una albarda por silla constituyen todos los arreos de sus corceles, cuya delgadez atestigua los frecuentes ayunos a que se ven condenados en estos llanos agostados. Claro es que su precio no es elevado, y se suelen vender de diez a veinte piastras cada uno. El amo padece tanta hambre como sus animales, y la harina de maíz constituye su único alimento.

A las seis echaba pie a tierra a la puerta de la choza de uno de estos salvajes. El sitio donde estaba situada se llama Puertillo. La choza era tan exigua que casi no cabían en ella mis bártulos la suave temperatura que hace por las noches me indujo a dormir fuera. Mis huéspedes estaban sumidos en la miseria más negra; se les hubiera tomado por una familia mora. El vestido de las mujeres me recordaba el que llevan las del Sahara: consistía en una especie de bata de tela ordinaria de color azul, sin mangas y sujeta por, encima de los hombros por una cinta de algodón; los hombres sólo llevaban calzoncillos, y la desnuda espalda está tan tostada por el sol que parece casi negra. Toda la noche la pasaron bebiendo vino de palma.

Como desconocen el método africano para extraer el jugo, lo obtienen cortando la palmera por el pie. Este sistema pronto agotaría el manantial del placer, a no ser por el número infinito de palmeras de esta clase y por lo exiguo de la población.

Muy de mañana salimos de la casita de estos cristianos salvajes del Magdalena, y en seguida nos encontramos con unos vecinos de Ibagué que iban en peregrinación a Méndez, aldea que está a poca distancia de Honda. Su celebridad se debe a una estatua de la Virgen; cuando la colocaron en el santuario era de muy reducidas dimensiones, pero desde entonces todos los años aumenta de tamaño de modo milagroso. La religión, al santificar de ese modo determinados lugares, ha abierto caminos al comercio y ha establecido relaciones entre los hombres, a pesar de los malos caminos, de los peligros y de la política española que tendía a aislar a los habitantes.

El calor me parecía que aminoraba a medida que nos dirigíamos más hacia el sur y que nos íbamos acercando al curso alto del río. La causa de ese cambio en la temperatura se debía a la proximidad de las cimas nevadas del Quindío; el campo era mucho menos árido y el terreno menos pedregoso; la hierba no era ya rala ni estaba agostada; la vista de la vegetación aunque todavía escasa, reanimó a nuestras caballerías y recreó nuestros ojos. En realidad caminábamos por las extensas praderas de la cordillera, y a no haber sido por el ardor del sol y por las palmeras que por doquier balanceaban majestuosamente sus cabezas empenachadas, hubiéramos podido creer que habíamos salido de las tierras ardientes de los trópicos y que estábamos en uno de los valles de clima europeo de los Andes.

Atravesamos primero el Totare y después el China. Estos dos ríos, cuyo cauce en la época de las lluvias es muy ancho llevaban ahora muy poco caudal y los pasamos sin peligro, aunque gastamos mucho tiempo en encontrar el vado; nos acogimos al amparo de una choza que había a corta distancia.

Mucho me congratulé de haber seguido para ir a Popayán el camino del Magdalena en vez del de la Mesa, que es el que se toma de ordinario y que pasa por las montañas hasta llegar a Samboja, pues resulta sumamente agradable recorrer en toda su extensión el inmenso valle del Magdalena, cuya belleza no es inferior a la de la meseta de Bogotá. Además tuve la ventaja de disfrutar de una brisa del Sur, muy fresca. Todos los días empezaba a soplar hacia las dos de la tarde y duraba hasta la noche, lo preciso para templar los ardores del sol. La gente que encontraba por el camino me permitía juzgar de la de los llanos del Orinoco, con la que, según me aseguraron, tenía una gran semejanza.

Siendo todavía temprano atravesamos el Chipalo y varios otros ríos cuyos cauces abiertos en valles profundos cortaban a cada paso el camino, circunstancia ésta que antes no se había presentado, ya que no habíamos encontrado sino torrentes cuyas aguas corren al mismo nivel que el del llano. Dejamos a Ibagué a la izquierda, y aunque estábamos a gran distancia de la ciudad distinguíamos el campanario de su iglesia, punto apenas perceptible en medio de las cimas prodigiosas del Quindío que la rodean. Aunque no hubiera estado firmemente decidido a seguir el curso del Magdalena hasta Neiva, la vista de ese panorama imponente me hubiera hecho tomar de repente la resolución de pasar por el Quindío, para entrar por el valle del Cauca. Todo parecía propicio a inspirarme ese deseo: la estación favorable; el Quindío, entonces muy frecuentado no ofrecía peligro alguno, y sin necesidad de recurrir a las espaldas de un cargador, se podía, por díez y seis piastras, franquear ese paso terrible en cinco días, sirviéndose de unas mulitas a las cuales desde hace poco tiempo, se les ha acostumbrado en Ibagué a hacer ese recorrido.

Con todo, seguí el camino de Neiva y no tuve por qué arrepentirme. Debido al influjo de las montañas cubiertas de nieve que forman el Quindío, la vegetación por doquier se mostraba en todo su esplendor; los arbustos menos marchitos acusaban una temperatura menos abrasadora que la de la zona inferior. Y en esta misma jornada apreciamos todavía mejor los efectos saludables de ese cambio de temperatura al bajar al abismo profundo por donde corre el Coello. Este río, cuyas aguas límpidas y heladas nacen en el páramo de Cartago, corre por un terreno mucho más bajo que el nivel de los llanos vecinos, de modo que cuando se baja hasta él y se levanta la cabeza para mirarlos, parecen verdaderas montañas.

El fresco que se siente en esos abismos profundos es verdaderamente delicioso; la vegetación asombrosa. No hay nada tan magnífico, por ejemplo, como los desfiladeros por donde corre el Coello. Se podría decir que está compuesto de varios pisos: a medida que se desciende, la fertilidad aumenta; a esto se debe que hayan plantado tabaco; el que allí se cosecha es el mejor del Magdalena. La anchura del valle del Coello es considerable; se camina mucho tiempo antes de llegar al extremo opuesto, pero el camino se hace corto gracias al espectáculo maravilloso que se contempla. Cuando en los trópicos se siente un calor suave, cuando se camina a la sombra de las palmeras y de los bambúes y cuando se pisa una hierba fina, cabe considerarse en el colmo de la felicidad; se olvida el cansancio. Nuestra satisfacción fue completa al ser acogidos en la casa de uno de los guardianes de estas tierras feraces. Los habitantes han apreciado a tal punto el valor y la riqueza de estas fincas, tan aptas para la cría de ganado, que las han cercado con setos vivos, muy cuidados y muy resistentes, con una puerta que cuidan celosamente los guardianes.

El encanto indescriptible de estos lugares ha hecho indudablemente ameno el carácter de los habitantes. Éstos no tienen la cara adusta de sus vecinos que moran en los llanos de Puertilio; son serviciales |, obsequiosos y hospitalarios; tienen aspecto lobuno, sin duda porque se alimentan bien | ² . Muy próximo a la Puerta de San Francisco, donde habíamos pasado la noche, empieza lo que llaman llano Grande, llanura que se distingue de las que antes habíamos recorrido por su verdor perpetuo, por la escasez de piedras y por el mayor número de ganado vacuno y de caballos que se ven pacer por todas partes. En la Puerta de San Francisco confluyen tres caminos: uno va al Espinal, aldea próxima a las orillas del Magdalena; otro al Guamo, que está un poco lejos, y el último a San Luis, que se alza en las estribaciones de la Cordillera Occidental. Tomé este último. Viajábamos en domingo, de modo que los caminos estaban muy frecuentados; todo el mundo iba a casa de su párroco; los que iban a San Luis pronto me dejaron atrás; hombres y mujeres todos iban a caballo. Éstas, para protegerse del sol, iban tapadas de pies a cabeza con una tela de algodón, pues, lo vuelvo a repetir, tanto los blancos como los mestizos que habitan estas regiones no pueden, como los negros, soportar los ardores del sol. Después de haber atravesado Las Guaduas nos fuimos aproximando a la cordillera; luégo tuvimos que bajar al abismo por el que el río Luisa se ha abierto paso: este valle es de una aridez espantosa, no se ve una mata de hierba más que en las orillas mismas del río. El paso por donde el Luisa franquea la cordillera parece ocasionado por un terremoto.

Nos encontrábamos en un verdadero laberinto; tuvimos que atravesar varias veces el cauce bastante peligroso del Luisa y seguir por sus márgenes arenosas; empleamos una hora en salir de ese abismo y entonces divisamos a San Luis, donde no tardamos en llegar. Ofrecía un aspecto desolador. Unos días antes la mitad del pueblo había sido destruida por las llamas, y a pesar de la generosidad de N. Caicedo, uno de los propietarios más ricos de la región, mucha gente todavía tenía que dormir en la calle.

Gracias a este hombre, cuya largueza es digna de todo encomio, no me vi en esa misma situación, pues me proporcionó albergue en casa del sacristán; tuve que pasar en dos días, pues hubo que cambiar una de las mulas que estaba herida y contratar un nuevo guía. Todo se arregló a mi entera satisfacción.

San Luis está muy bien situado: al abrigo de las montañas que le protegen de los vientos del Nordeste, recibe, en cambio, continuamente unas brisas que refrescan la atmósfera. Alejado de todos los caminos frecuentados, San Luis no parece que debiera tener mucho comercio, y sin embargo la venta del azúcar que se produce en sus inmediaciones atrae a muchos comerciantes.

En las montañas vecinas hay minas de plata. Casi toda la población padece del bocio y la que no, tiene una especie de lepra que ennegrece la piel de los blancos y blanquea la de los negros; esta enfermedad desfigura en forma repugnante tanto a los unos como a los otros.

Llegué a San Luis el 22 de septiembre, cuando ya las lluvias empezaban a caer en estas llanuras, de modo que el 23 me puse de nuevo en camino con el objeto de llegar a la parte alta del río antes de que cambiase el buen tiempo. Al anochecer me detuve en una cabaña aislada. Desde hacía mucho tiempo había tomado la costumbre de llevar conmigo víveres para varios días, y entre ellos pan, pues en todas estas comarcas no se cultivan los cereales, que se cosechan en la Cordillera Oriental.

Mi guía, del que quedé contentísimo, lejos de tener la apatía característica de los indios era locuaz, y su conversación resultaba interesante. Nacido en el Socorro tenía toda la vivacidad de sus conterráneos, había viajado mucho, observado atinadamente y, sobre todo, conservaba muy bien en la memoria lo que había visto. Me contó que en la cadena del Quindío, por cuyas faldas caminábamos, había todavía muchos indios independientes, cuyo encuentro no ofrecía peligro, según pudieron darse cuenta buen número de proscritos de las últimas guerras civiles, cuando se refugiaron en los bosques que cubren aquellos montes.

Hacia el Suroeste divisamos al Chaparral, altura aislada al fondo de un llano dilatado y que una cadena de montañas separa de la llanura en que nos hallábamos. Ese lugar, que está a un día de camino de San Luis, es célebre en la región por las tormentas que estallan a diario y por las riquezas minerales que se encuentran por doquier. El entrante en que está situado el Chaparral, es el que vienen a precipitarse los vientos del Nordeste, que soplan con violencia terrible durante la estación de las lluvias, provocan sin duda los continuos relámpagos que surcan el cielo constantemente cargado de nubes.

Muy temprano llegamos a las orillas del Saldaña, río que nace en el Chaparral. En las arenas que deposita en sus orillas se coge oro; el viajero atormentado por la sed al llegar a sus márgenes, aprecia la sombra de las palmeras que protegen sus aguas como un tesoro mucho más valioso aún que éstas; sus aguas, a pesar de no ser tan límpidas como las del Coello, son igualmente frías y menos peligrosas. Por la módica suma de dos reales pasamos al otro lado del río en una piragua.

Aquí entramos ya en las tierras de los indios de Coyaima. La aldea de este nombre se encuentra en las estribaciones de las montañas que se elevan al Oeste. Al | alejarse de las orillas del Saldaña sólo se ven llanuras de inmensa extensión cubiertas de hierba marchita; sin embargo la naturaleza del suelo es buena, pero esta región nunca se ve favorecida por las brisas refrescantes que soplan de las cumbres nevadas del Quindío.

Talvez no haya error al decir que los indios no tienen ninguna de las virtudes que en los mestizos compensan sus muchos defectos. No son ni serviciales ni hospitalarios, y de ello nos dimos cuenta en un bohío que encontramos en el camino donde nos detuvimos para pasar la noche, pues fue lo único que había en estas soledades. No atribuí la frialdad con que nos acogiera su dueño a lo que generalmente se dice de que para el indio todos los extranjeros son herejes, sino al egoísmo del indígena y al odio inveterado que siente por todos los que no son de su raza. Como todos los indios que viven en los llanos, la familia de nuestro huésped no llevaba por vestido sino una especie de taparrabos enrollado a la cintura al estilo de los africanos; el resto del cuerpo lo llevan desnudo. Un rebaño de ovejas constituía todo el haber de estos indios rebaño que cuidan con el esmero peculiar que se advierte en toda la región de la cordillera. Recogen con todo cuidado la preciosa lana y la venden en los pueblos próximos, a 12 reales la arroba. Esto ya constituye un progreso, pues antes se pagaba por esquilar las ovejas, sin aprovechar la lana que se obtenía. Esta es de mala calidad. Poco a poco las artes y la civilización van progresando; ¡pero con qué lentitud! El extranjero sigue siendo considerado como si fuera un Triptolemo un Baco o un Vulcano; por fuerza éste tiene que ser, en estas regiones donde todo se ignora, un gran bienhechor. Considerando el grado de adelanto que los europeos hemos alcanzado, la América Meridional está en relación con nosotros en el mismo estado en que se hallaba en relación con España, cuando ésta la descubrió: entonces no se conocía aquí nada, y ahora sólo se conocen las cosas de oídas o por algunos libros que las personas que tienen alguna cultura empiezan a leer.

Al día siguiente hacia medio día pasé por Natagaima, que es otro poblado indígena. Antaño estaba emplazado en otro sitio; el cambio de localización se debió a razones de orden sanitario y de utilidad pública. El santo patrono (según la tradición popular) ha incendiado ya por dos veces la nueva iglesia, de modo que Natagaima carece de templo. Esta aldehuela es muy mísera, y no me explico por qué siguen dándole el nombre de pueblo de indios, pues son muy pocos los indígenas que hay en ella; casi toda la población está constituida por mestizos, y como sólo dista seis leguas de Purificación, mucha gente de este puerto del Magdalena ha venido a establecerse en Natagaima. Enfrente, en la Cordillera Oriental, se divisan los pueblecillos de Páramo y de Alpujarra.

En el sitio por donde crucé el Anchiqué, las dos cordilleras se aproximan un poco, y ya los llanos empiezan a estar cubiertos de bosque.

Desde hacía dos días teníamos a la vista una montaña que se adentra en la llanura a manera de promontorio; llegamos a ella a las seis de la tarde. Era el Payandé: en ella haya una mina de cobre. El origen volcánico de esta montaña no ofrece la menor duda, lo que se comprueba por las piedras eruptivas que se ven por todas partes, por el cono que forma su cumbre y por los desgarramientos del suelo que se advierten a cada paso. En las inmediaciones había algunas chozas aisladas; pedimos en una de ellas hospitalidad y un niño nos la otorgó. Mientras hacíamos nuestros preparativos para disfrutar de ella, nuestro joven huésped desapareció para avisar nuestra llegada y dar la alarma a sus padres, que estaban ocupados en las faenas del campo. Hasta las diez de la noche fuimos dueños y señores exclusivos del albergue; a esa hora los dueños fueron llegando, sin duda tranquilizados sobre nuestras intenciones y parecieron satisfechos de ver que nos habíamos instalado en su casa sin consultarles. En el fondo talvez esos indios nos maldecían, pues el paso continuo de tropas indisciplinadas ha provocado en todas partes el recelo de los habitantes. Si se cree que un viajero es militar, la gente huye en cuanto le ve como si se tratase de un enemigo implacable, de suerte que se queda dueño de cuanto posee el propietario atemorizado; fortuna ésta bien mísera, ya que por lo general consiste únicamente en bananos verdes y en un poco de maíz. Mi aspecto, que a la legua denunciaba mi condición de extranjero, me ha hecho pasar muy malos ratos, pues cuando después del cansancio de todo un día de camino esperaba encontrar un albergue cómodo, sucedía a veces que no podía conseguir ni agua ni fuego y tenía que contentarme con la provisión de bananos, de pan y de carne en cecina que a todo evento llevaba conmigo. Cuando por casualidad el dueño de la casa se quedaba en ella, indefectiblemente me hacía siempre la misma pregunta:

- ¿Viene la tropa con usted, señor coronel?

Y al contestar que no venía tropa de ninguna clase conmigo la alegría volvía a iluminar su rostro, y desde aquel instante, y ya sin temor alguno, aquel hombre me atendía con una amabilidad que no estaba dictada por el miedo.

Hoy, día 26, salimos del territorio de los indios de Natagaima. No he visto región más despoblada. A las once pasé por el sitio en que la cumbre de la Cordillera Occidental es poco ancha, de modo que en cuanto se llega a ella se empieza en seguida a bajar en dirección al Poniente. Desde allí se ve la aldehuela de Lateko, en cuyas inmediaciones se encuentran las minas de oro de Aporé, que, según dicen, son muy ricas. Más allá entramos en una región poblada de árboles y de palmeras cuyos troncos son más gruesos que los de África; se comercia con el aceite que se extrae de estas últimas y que se emplea para los mismos usos que la mantequilla. De trecho en trecho hay mojones para indicar las distancias y los tambos | ³ para albergue de los viajeros, pues es muy raro que se encuentre alguna vivienda; las pocas que se ven están encaramadas sobre las peñas más escarpadas y a tal distancia unas de otras, que indudablemente han de mantener muy escasas relaciones sus habitantes entre sí. La distancia considerable a que se halla de cualquier parroquia obliga a sus habitantes a enterrar los muertos en el campo. Por lo general esas tumbas están a la orilla de los caminos: hé aquí, en plena cordillera, una costumbre común a griegos y romanos. Estas sepulturas, única huella del paso del hombre, no inspiran ideas lúgubres; indican que a poca distancia se encuentra la casa de la familia del sér que yace en su última morada. De modo que se siente una cierta satisfacción al advertir que no está úno en un lugar completamente desierto. Sin embargo, no traté de encontrar ninguna de esas viviendas ocultas en el fondo de los bosques y me apresuré a llegar a las márgenes del Magdalena, que atravesé por un lugar denominado Samborja. La anchura del río no es excesiva y el color verdoso de sus aguas indica que éstas se alimentan con las de los manantiales de los páramos.

No tardamos en llegar a la otra orilla, donde unos pescadores nos dieron albergue, que compartimos con unos bogas que llevaban a Honda unas balsas cargadas de cacao: cada balsa llevaba unas quince cargas, a razón de seis piastras por todo el viaje. Este género de transporte es el más usual en estas regiones por el gran número de bancos de arena que hay en el río además de que los champanes suben muy pocas veces más allá de Ambalema.

Tanto el calor como el alboroto que hacían mis compañeros de albergue me determinó a irme a dormir al aire libre, aun a riesgo de que los mosquitos me devoraran. No fue éste el único inconveniente que trajeron a mi memoria las míseras covachas del Bajo Magdalena. En éste, el llanto de los niños, el miedo a las serpientes, a los escorpiones y a los ciempiés, que abundan sobremanera en esta región, no me dejaron descansar ni un instante. Me hubiera estimado feliz si, para distraerme del fastidio de toda una noche de insomnio, la dueña de la choza hubiera seguido meciéndose en su hamaca y musitando canciones indias al són de la guitarra. A las doce todo el mundo dormía, menos yo que no pude cerrar los ojos por el ruido infernal que durante toda la noche hacían los perros y los cerdos que se asustaban recíprocamente a cual más con sus ladridos y gruñidos.

Al rayar el alba di orden de ensillar las mulas, y loco de alegría salí de aquella desdichada choza de Samborja. Antes de que fuesen las diez llegué a Villavieja, que dista unas seis leguas españolas, y donde pasé todo el día bajo un cobertizo de cañas que me cedió uno de los vecinos. El trayecto desde Samborja hasta Villavieja fue penosísimo, pues desde hacía ya algunos días habían cesado las brisas que amortiguan el calor de los llanos de Ambalema y de San Luis. Durante toda la mañana caminamos por una región abrasadora donde el suelo está constituido por guijarros y rocas, que semejaban fortalezas en ruinas: las pirámides naturales que Ulloa vio en el Perú no son más extrañas que estas moles, que se creerían debidas a la mano del hombre.

Villavieja está a poca distancia del Magdalena; el calor que hace es sofocante debido a que la distancia que separa a las dos cordilleras es muy reducida y a que como la Oriental es baja y compacta, los vientos que soplan del Este pasan por encima y van a caldear las aguas del río. La gente pretende -y no me ha sido posible comprobarlo- que esos vientos no atraviesan el Magdalena. No sucede lo mismo con los que soplan del Norte, cuyo influjo es general.

La iglesia de Villavieja merece mención aparte; cuando estuve allí la estaban construyendo. El arquitecto era un negro, tenía gusto y había seguido algunos estudios en Bogotá. El proyecto con arreglo al cual la edificaba era un plano regular. La iglesia costará a la parroquia unas 14.000 piastras; esta cantidad exorbitante la pagarán todos los vecinos que tengan una posición desahogada; cada uno de ellos, al morir tiene que dejar una cantidad equivalente al costo de una vara cuadrada de edificación | 4 .

Frente a Villavieja se encuentra Aipe, pueblo de indios, a quienes las gentes del lugar consideran duchos en astrología.

El calor que padecí el último día me hizo arrepentirme amargamente de no haber seguido el consejo que me dieran mis guías de viajar de noche. Esta vez lo seguí, y salimos de Villavieja a las dos de la mañana; a las diez estábamos en Fortaleza: almorzamos allí en compañía de unos mercaderes que se dirigían a Bogotá para comprar sal y llevarla a Popayán. Reanudada la marcha, nos encontramos al final del llano árido, por el que habíamos andado toda la mañana, un bosque cortado por una infinidad de caminos; la cortina que formaba nos velaba la vista de Neiva; por los menos su sombra nos protegió del calor sofocante que pasamos en aquella llanura de Villavieja: en ese bosque eran los arroyos los que mantenían principalmente una atmósfera fresca; el agua corría por todas partes por canalillos que a manera de sangrías han practicado los vecinos de Neiva para regar los pies de los cacaotales. La temperatura que se disfruta en esos lugares es muy agradable; el ambiente está embalsamado por el aroma de las flores que crecen al borde del agua. Este jardín delicioso me hizo olvidar todos los anteriores sufrimientos. ¡Cuánto habríamos padecido en la época de lluvias, que transforman el suelo en un pantano intransitable y que juntamente con el desbordamiento de los ríos detienen al viajero!

A las dos llegamos a Neiva, y la hospitalidad nos fue otorgada en seguida; la debimos a uno de los vecinos más ricos. La solicité para dos días, y él por su parte no fijó límite alguno; el plazo que pedí me bastó para encontrar mula, pues una de las mías se había inutilizado en Fortaleza. Como no tienen la precaución de herrarlos, son muchos los animales que se estropean; tenía también que contratar un nuevo guía, pues el que me había acompañado hasta aquí desde San Luis tenía que regresar a su casa.

Neiva dista diez y siete días de camino de Bogotá: es capital de la provincia del mismo nombre; está situada en las orillas del Magdalena. Su primer emplazamiento estuvo en las montañas; los andaquíes, tribu salvaje de los alrededores, degollaron a la población, y el terror que infundieron hizo que la nueva ciudad se levantase en las orillas del río, con objeto de poder embarcarse y ponerse a salvo a la menor alarma.

El clima de Neiva es ardiente, pero a pesar de ello, las aguas del Magdalena son muy frías debido a que vienen de los páramos próximos. Su color es verdoso aunque su labor no es desagradable, la gente prefiere beber las de los arroyos que atraviesan la población. Los caimanes nunca se ven en las inmediaciones de Neiva.

Enfrente de la población está el caserío de San Andrés, en cuyas inmediaciones se encuentran minas de oro. En los alrededores del pueblo de San Antonio situado en las tierras frías de la Cordillera Oriental, se cosechan muchas legumbres. En esa región se podrían, pues, sembrar cereales; la rutina de los habitantes prefiere traer de Bogotá las harinas, a razón de 16 piastras la carga, a cosechar el grano a sus mismas puertas sin gran esfuerzo.

La riqueza principal de Neiva la constituye el cacao. Se estima que la provincia puede producir unas dos mil cargas al año; una gran parte de esa cantidad se produce en Timaná, a pesar de que su población no pasa de dos mil almas. El precio de la carga de cacao es de 30 piastras; el costo del transporte hasta Honda es de 20 reales por carga. Este producto con el café y el azúcar es uno de los que no están gravados con el diezmo en algunas provincias. Neiva no produce azúcar; ésta se trae de La Mesa o de La Plata y se paga a un real la libra; la sal también se trae de esos mismos sitios y su precio es el mismo que el del azúcar.

Los habitantes de Neiva se comunican por Timaná con los indios andaquíes, que viven no lejos de las fuentes del Magdalena; hay ocho días de camino para llegar a los territorios de esos indios. Se les llevan cuchillos, espejos y cucherías de vidrio a cambio de cera de una blancura deslumbrante, y de barnices que se emplean para pintar recipientes de madera de distintas clases. El procedimiento es sencillo: el obrero pone la resina en la boca, la masca, la extiende en láminas y la aplica sobre los colores pintados en la madera. Neiva no es una ciudad rica: la guerra, así como las frecuentes invasiones de hormigas en los cacaotales, la han arruinado. No hay más de unas seis casas con techos de teja, y las calles no están empedradas. La población, en gran parte, está constituida por gente de color. Las enfermedades más frecuentes son la elefantiasis y la lepra. La ciudad más importante después de Neiva es Timaná, situada cerca de las fuentes del Magdalena. Esta ciudad es la última población que la República cuenta en la cuenca del Magdalena; luego ya no se encuentran sino caseríos, chozas aisladas y salvajes. No se puede ir a caballo hasta el nacimiento del Magdalena, pues la angostura del camino que pasa por las cimas más elevadas de las montañas sólo permite ir a pie.

Por todos estos sitios la navegación se hace en balsas que tienen por quilla un tronco y cuyo puente y bodega están hechos de calla. En muchas ocasiones toda una familia se aventura en esas frágiles embarcaciones que se gobiernan con un remo sobre la rápida corriente del río, teniendo la seguridad de que los flexibles materiales con que están construidas cederán en caso de choque contra las rocas, sin romperse. De esta suerte cuando un pobre agricultor se dispone a ir a Honda, construye una balsa a toda prisa, carga en ella algunos sacos de cacao, instala a su mujer, pone a su lado el perro y dirige por entre las rompientes del río la frágil navecilla que lleva sus esperanzas y a su amiga, cuya mantilla de tela de algodón, izada a veces en lo alto de un palo, se hincha e impulsa la marcha de la embarcación.

 

 

1 En algunos sitios sólo hay lepra negra.
2 Secan al sol grandes cantidades de carne de vaca; la cortan en tiras y la venden por anas (el ana equivale a 1m. 20).
3 Palabra peruana que | significa caravanserrallo.
4 Los ladrillos usados para elevar este monumento son muy grandes; cada millar cuesta 15 piastras.

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