CAPÍTULO I
Salida de Bogotá para Popayán
– Guaduas – Chaguaní – San Juan - Regreso a Guaduas
- Breve estancia en esta ciudad - Beltrán - Ambalema - San Luis -
Chaparral – Natagaima - Payandé - Samboja - Villavieja -
Neiva.
A principios de agosto, y después de haber pasado tres meses en
Bogotá, me dispuse a abandonar la capital.
Varias rutas se me ofrecían para regresar a Europa; todas
presentaban el mayor interés, no tenía más que escoger. La primera
y la más frecuentada, la de Caracas, permitía conocer una extensión
considerable del país; pero esta región, explorada con anterioridad
por viajeros ilustres, pocas novedades podría reservarme. La del
Orinoco, por la importancia que este río habrá de adquirir andando
el tiempo, hubiera merecido mi preferencia de no haber ya recorrido
una región análoga al navegar por el Magdalena; finalmente la ruta
de Maracaibo, que las victorias de los patriotas habían dejado
expedita, me hubiera parecido preferible a las otras dos, si,
después de haber explorado la Cordillera Oriental, no hubiera
estimado que sería curioso y útil recorrer la Cordillera Occidental
más rica en minerales.
Pedí pues, mi pasaporte para Buenaventura, donde pensaba
embarcarme, y salí de la capital el 9 de agosto de 1823, a las seis
de la mañana.
El equipaje que ahora llevaba conmigo era mucho más reducido que
el que traje al venir de Cartagena; dos mulas bastaban para
transportarlo. El guía que me acompañó en mi viaje al Socorro me
sirvió otra vez de arriero.
Para ir a Popayán había dos caminos: el de la Mesa Grande o el
de Guaduas. Escogí este último.
Los caminos que atraviesan el llano de Bogotá están en tan buen
estado en esta época del año, que muy pronto llegamos a Fontibón;
poco después pasamos por Serrezuela, y no tardamos mucho en
encontrarnos en Facatativá. Al día siguiente, por los senderos
estrechos y escabrosos que surcan las montañas que parecen
murallones destinados a sostener una enorme bacía, descendí por las
vertientes de la inmensa meseta de Bogotá.
Felizmente el tiempo era bueno. Los valles situados al Oeste,
que están sometidos a las mismas estaciones de la llanura que les
domina, gozan de los mismos días buenos de la altiplanicie, con la
sola diferencia sin embargo, de que en ésta hace un frío intenso al
paso que en ellos la temperatura es abrasadora. Cabe observar aquí
que cuando es verano en las regiones situadas al Oeste de la meseta
de Bogotá, las que se encuentran a la misma altitud hacia el Este,
se ven inundadas por las lluvias torrenciales que a diario vierten
las nubes provenientes de los llanos del Meta. Me llamó la atención
una peculiaridad mucho más interesante: en los valles situados al
Poniente, el bocio y las epidemias son frecuentísimos, mientras que
en los que están al Este no se conoce ninguna de estas
calamidades
|
¹
. Además
para hacer resaltar la diferencia que existe entre los valles del
Este y los del Oeste de la meseta de Bogotá, hay que tener presente
que en los primeros la recolección tiene lugar en octubre y en los
segundos en agosto.
Los caminos están en bastante buen estado, pero las personas que
viajaban conmigo, aun cuando mucho lo celebraran, no podían menos
de maldecir a los españoles por el sistema bárbaro que habían
empleado para repararlos, consistente en hacer trabajar en ellos a
los presos políticos a razón de una libra de pan y de carne por
día.
Por fin perdimos de vista las montañas altísimas que sustentan
la meseta de Bogotá, y a hora temprana llegamos a Villeta, pueblo
que esta a trece leguas de la capital.
En la bajada de la inmensa pirámide de la cordillera encontré
por todas partes las mismas conchas que ya había visto en el
Socorro. Hubo otro espectáculo que me llamó la atención, y análogo
al que tánto me afectara en Moniquirá: era un muchacho, casi un
niño, que iba atado a una mula en la misma forma que se emplea en
Francia para llevar los corderos y que a pesar de sus gritos se le
conducía a Bogotá para responder del delito de deserción. Muchas
veces me quedé sorprendido al constatar como un pueblo enervado por
tres siglos de paz pudo en tan poco tiempo haber adoptado unas
costumbres tan diferentes de las que durante tánto tiempo fueron
las suyas. ¿No podrá encontrarse la causa de esta transformación en
las corridas de toros, importadas por los españoles, que al
acostumbrar a estos pueblos a los espectáculos sangrientos les
preparaban para otros mucho más bárbaros? Claro es que en esas
espantosas diversiones pocas veces se termina el último acto con la
muerte; pero los americanos habían de ver en esas fiestas, además
del peligro, una imagen de la guerra, que les familiarizaría con
las que el día de mañana se arriesgarían a desencadenar.
Guaduas, tengo que confesarlo, me pareció un pueblo menos
alegre, ahora que venía de Bogotá, que la otra vez que pasé por él
en mi primer viaje; las fisonomías de los habitantes, en general
más bien de rasgos agradables, me parecieron pálidas; observé gran
cantidad de bocios de los que no me había dado cuenta cuando pasé
por aquí la primera vez, en medio de las ilusiones que en mi
despertara este pueblo al salir de los horribles antros del
Magdalena; advertí también con verdadera pena que los mismos
hombres que entonces me parecieron tan alegres no eran en realidad
más que unos borrachos molestos y alborotadores.
En efecto, la gente se dedica casi exclusivamente a beber
aguardiente anisado, so pretexto de que esta bebida es conveniente
en los climas cálidos; máxima que, a condición de no abusar,
tendría tal vez su fundamento, ya que es curioso que la raza
enclenque y dominante de los blancos no pueda vivir ni trabajar en
los trópicos más que a fuerza de beber; en cuanto hace calor
empiezan a quejarse; la prueba palmaria de los tormentos que sufren
nos la suministran los habitantes de Guaduas. Aunque hace calor en
esta ciudad, la temperatura es soportable, y sin embargo se quejan
continuamente; unas veces del calor, cuando no de dolores de
estómago o de cabeza. Las personas de la alta clase social, sobre
todo, tienen una salud poco robusta; en ellas es en las que más
abunda el bocio.
Tuve que permanecer en Guaduas hasta el 20 de agosto; confiando
ciegamente en los informes que me dieron algunos de los vecinos
tomé el camino que éstos me indicaron.
Salí de Guaduas a las diez y media de la mañana; a las doce
llegué a la cima de las montañas que cierran por el Oeste el valle
de este nombre desde donde contemplé, admirado, las inmensas
llanuras que atraviesa el Magdalena. Bosques espesísimos cubren sus
márgenes, y creí que al caminar por ellos tendría una temperatura
fresca que mitigaría los torrentes de fuego que, en forma de
vapores, veía errar por esos campos abrasadores; no bien hube
descendido hasta ellos me vi envuelto en una atmósfera calurosa en
extremo, que, al llegar a las faldas de las montañas, se hizo
sofocante; caminaba a la sombra, es verdad, pero ni un soplo de
aire estremecía las hojas de los árboles, cuyo follaje espeso
contribuía a impedir el paso del aire de por si escaso, que se
hubiese respirado en un lugar despejado.
Me habían prevenido de que no encontraría ni una sola casa en
esos parajes desiertos; contaba con encontrar por lo menos agua,
pero el lecho desecado de los torrentes no contenía ni una sola
gota en todo su curso; era como si en algunas horas hubiese pasado
de las provincias meridionales de Francia a las playas abrasadoras
de África. Estaba tan abrumado de fatiga, que, confiándome al guía
que había tomado en Guaduas, me desvié del camino y llegué,
siguiendo un sendero estrecho, a un lugar habitado que se llama
Puerto del Corral y que no dista mucho del Magdalena.
La proximidad del río ha transformado en pescadores a los
agricultores que se han establecido en este sitio. Al ver las
grandes redes extendidas sobre los setos vivos que protegen los
campos de caña de azúcar de las depreciaciones de los ganados creí
que podría conseguir pescado; cuando lo pedí me dijeron que en la
época del año en que nos encontrábamos, en la que dominan los
vientos del Sur, los peces no podían remontar el curso del río,
cuya corriente aumentan esas brisas.
En esa época estas pobres gentes pasan por un período de gran
miseria: los campos agostados no producen nada; no hay pastos; ni
siquiera en las márgenes de los ríos, cuyos cauces pedregosos
sirven ahora de camino, se ve ni un rastro de hierba. Todo está
marchito por aquí en esta época que los europeos llamamos
primavera. La escasez atormenta por igual a los hombres y al
ganado; el banano es su único alimento y unas cuantas cañas de
azúcar constituyen un festín que le hacen olvidar los calores
enemigos de la salud.
Y sin embargo los blancos que habitan las tierras cálidas y que,
como todos los hombres de esa raza que viven en los trópicos,
cualquiera que sea la época en que sus antepasados se hayan
establecido en ellos, son indolentes, sacan provecho de esta
estación; durante ella queman las malezas que cubren los campos,
que al volver la estación de las lluvias se transforman en verdes
praderas; queman también los bosques, en los que habrán de plantar
el maíz o la caña de azúcar; esas quemas, que consumen grandes
extensiones de selva, alumbran espléndidamente las noches. Menos
ingeniosos que los africanos, los habitantes de estas regiones
dejan que sus ganados se vayan debilitando poco a poco en vez de
buscar, como lo hacen aquéllos, en las hojas de los árboles un
pienso que les permita soportar el tránsito tan terrible, de la
sequía a las lluvias.
Maldiciendo una y mil veces a los que nos habían aconsejado
seguir este espantoso camino, que además es el que utilizan los
contrabandistas, llegamos a las nueve a Puerto Chaguaní. Aquí
estábamos en las orillas del Magdalena, que ya conocía; el calor
sofocante me hacía presentir el mal que aquella misma noche habría
de hacer presa en mi.
En efecto, antes de llegar al Palmar, el sol y la sed me
hicieron sentir los escalofríos de la fiebre; tuve que apearme en
el cobertizo de un trapiche donde, inquieto en cuanto a los
resultados de tan súbito malestar, hube de permanecer hasta el día
siguiente por la tarde. El día 22 me dirigí al Palmar; los vómitos
continuos me hicieron ver que no seria allí donde podría
restablecer mi salud; en vista de ello resolví adentrarme de nuevo
en las montañas, y al día siguiente empecé a ascender hacia sus
cumbres. A medida que iba subiendo empecé a sudar, la respiración
se hizo menos jadeante, y cuando llegué a San Juan me encontraba
mucho mejor. Este pueblo, realmente bonito, está situado en una de
las montañas que dominan el Magdalena, es muy limpio y da una idea
del desahogo con que deben de vivir sus habitantes, ya que es el
sitio donde descansan los comerciantes de tabaco, que han pasado el
río al venir de Ambalema para ir a Santafé.
Pero ni la belleza del lugar ni el paso constante de forasteros
han logrado inspirar a los miembros de la familia Rubio, que son
los que constituyen toda la población, el generoso sentimiento de
hospitalidad. No encontré, pues, dónde alojarme, y hubiera tenido
que marcharme del pueblo a no haber sido por el cura hombre joven y
compasivo, que me ofreció albergue en su casa. Durante los dos días
que pasé en ella mi salud se restableció a ojos vistas; pero sin
embargo no estimé la mejoría suficiente para poder dirigirme de
inmediato a Popayán, y pareciéndome más prudente ir en busca de
otros cordiales más eficaces que los de San Juan, tomé la decisión
de regresar a Guaduas.
Me despedí del obsequioso curita, que, recién llegado a San
Juan, supo, en medio de los homenajes, o por mejor decir de la
adoración de que era objeto, ya que a su paso todo el mundo se
arrodillaba, prodigarme todas las atenciones propias de la amistad.
A medio día llegué a Chaguaní, mísera aldea donde la pobreza de sus
habitantes no podía ofrecerme amparo de ningún género.
El día 26 tomé de nuevo el camino de Guaduas, adonde llegué
antes del medio día. Pasé allí dos semanas atendiendo
exclusivamente al restablecimiento de mi salud que tres días de
enfermedad, debida al brusco tránsito de una temperatura soportable
al calor del ecuador, había quebrantado tremendamente.
El día 15 de septiembre estimé que estaba ya en condiciones de
ponerme en camino para ir a Popayán. Me acompañaba un mestizo que
me recomendó el Jefe Político de Guaduas. Seguí el camino que había
tomado la primera vez, y aquella misma noche llegué a La Mora,
aldehuela situada a la orilla del Magdalena. A pesar de la gran
contrariedad que me proporcionó el retraso debido a mi enfermedad,
era indudable que lo avanzado de la estación habría de ofrecerme
condiciones más favorables para el viaje que las que precedieron mi
primera salida de Guaduas. El cielo, ahora más encapotado, me
preservaba de los rayos del sol y las brisas del Sur, más fuertes,
hacían más soportable sus ardores.
Al día siguiente llegué a las dos de la tarde a Beltrán, puerto
en el que se cruza el Magdalena para ir a Ambalema. Me aconsejaron
que al remontar el curso del río siguiese constantemente su margen
derecha, pero preferí seguir la izquierda, que, a mi modo de ver,
me ofrecería más probabilidades de hacer observaciones útiles o
interesantes, sobre todo en lo relativo al cultivo del tabaco en
Ambalema.
Me embarqué, pues, en una piragua a la que se ataron las mulas.
Aunque el trayecto suele ser peligroso esta vez se efectuó sin
peripecia alguna, llegando sin novedad a la otra orilla. El paso
del río me costó una piastra. En una hora franqueamos la distancia
que media del punto de desembarco hasta Ambalema.
Este pueblo, en cuyo territorio se encuentran extensas
plantaciones de tabaco de excelente calidad, disfruta de un cierto
bienestar; hay mucha animación y la gente padece menos enfermedades
debido a que se alimenta más y mejor. Las casas son bastante malas,
y la iglesia, caso excepcional en Colombia no merecería atención de
ningún género a no ser por la música que toca una orquesta de
violines y de instrumentos de viento que se puede comparar con lo
mejor que en este estilo haya en el resto de la República.
El tabaco que se cosecha en Ambalema se estima en unas dos o
tres mil cargas. Su estanco sería muy conveniente para el Gobierno
si el contrabando activísimo que se hace, a pesar de los veinte
guardias a los que se pagan veinte piastras por mes, no viniese a
privarle de la mayor parte de los ingresos. La tolerancia culpable
de los vigilantes no basta para ponerles al abrigo del odio del
pueblo. Por lo visto, en todas las partes del mundo esta clase de
gente es objeto de la pública animadversión.
El tabaco de primera calidad le cuesta al Gobierno tres piastras
la arroba; el de segunda, diez reales, y los revende a los
particulares al doble. La compra tiene lugar en los meses de abril,
mayo y junio. A poca distancia de Ambalema, en dirección al Este,
hay un sitio llamado Peladero en el que según se dice hay varias
minas de oro.
El 18 de septiembre, después de haber tomado un nuevo guía,
indispensable para aventurarme por los llanos del Magdalena en los
que los caminos se confunden, salí de Ambalema. Del otro lado del
río no se ven más que montañas altísimas cubiertas completamente de
bosques mientras que la margen en que me encuentro está desprovista
de árboles y no ofrece ninguna protección contra el calor del día.
El terreno pedregoso refleja con violencia extrema el calor; se
padece mucho y sólo se encuentra agua para refrescarse; ésta es muy
fresca y límpida porque viene de los páramos que forman la
Cordillera Occidental. Atravesamos el Venadillo, arroyo que estaba
casi seco, aun cuando en esta época del año los ríos que nacen en
las montañas del Oeste crecen pronto debido a la fusión de las
nieves, a tal punto que los viajeros tienen que esperar a veces
varios días para poderlos vadear. En la otra orilla, por el
contrario, como los ríos no están alimentados sino por las lluvias,
su lecho desecado ofrece en esta época un camino fácil y
cómodo.
A ambos lados del río los únicos refugios que se encuentran
están constituidos por cabañas aisladas construidas con cañas en
las que vegeta una población enclenque y enfermiza de diferentes
razas; mientras en África los negros tienen que vivir agrupados en
aldeas para defenderse de los ataques de sus vecinos, aquí los
habitantes de estas regiones viven alejados los unos de los otros;
unas cuantas vacas constituyen su fortuna y el vino de palma su
consuelo. A veces tienen un caballo en este caso unos estribos de
madera, una cuerda a guisa de freno y una albarda por silla
constituyen todos los arreos de sus corceles, cuya delgadez
atestigua los frecuentes ayunos a que se ven condenados en estos
llanos agostados. Claro es que su precio no es elevado, y se suelen
vender de diez a veinte piastras cada uno. El amo padece tanta
hambre como sus animales, y la harina de maíz constituye su único
alimento.
A las seis echaba pie a tierra a la puerta de la choza de uno de
estos salvajes. El sitio donde estaba situada se llama Puertillo.
La choza era tan exigua que casi no cabían en ella mis bártulos la
suave temperatura que hace por las noches me indujo a dormir fuera.
Mis huéspedes estaban sumidos en la miseria más negra; se les
hubiera tomado por una familia mora. El vestido de las mujeres me
recordaba el que llevan las del Sahara: consistía en una especie de
bata de tela ordinaria de color azul, sin mangas y sujeta por,
encima de los hombros por una cinta de algodón; los hombres sólo
llevaban calzoncillos, y la desnuda espalda está tan tostada por el
sol que parece casi negra. Toda la noche la pasaron bebiendo vino
de palma.
Como desconocen el método africano para extraer el jugo, lo
obtienen cortando la palmera por el pie. Este sistema pronto
agotaría el manantial del placer, a no ser por el número infinito
de palmeras de esta clase y por lo exiguo de la población.
Muy de mañana salimos de la casita de estos cristianos salvajes
del Magdalena, y en seguida nos encontramos con unos vecinos de
Ibagué que iban en peregrinación a Méndez, aldea que está a poca
distancia de Honda. Su celebridad se debe a una estatua de la
Virgen; cuando la colocaron en el santuario era de muy reducidas
dimensiones, pero desde entonces todos los años aumenta de tamaño
de modo milagroso. La religión, al santificar de ese modo
determinados lugares, ha abierto caminos al comercio y ha
establecido relaciones entre los hombres, a pesar de los malos
caminos, de los peligros y de la política española que tendía a
aislar a los habitantes.
El calor me parecía que aminoraba a medida que nos dirigíamos
más hacia el sur y que nos íbamos acercando al curso alto del río.
La causa de ese cambio en la temperatura se debía a la proximidad
de las cimas nevadas del Quindío; el campo era mucho menos árido y
el terreno menos pedregoso; la hierba no era ya rala ni estaba
agostada; la vista de la vegetación aunque todavía escasa, reanimó
a nuestras caballerías y recreó nuestros ojos. En realidad
caminábamos por las extensas praderas de la cordillera, y a no
haber sido por el ardor del sol y por las palmeras que por doquier
balanceaban majestuosamente sus cabezas empenachadas, hubiéramos
podido creer que habíamos salido de las tierras ardientes de los
trópicos y que estábamos en uno de los valles de clima europeo de
los Andes.
Atravesamos primero el Totare y después el China. Estos dos
ríos, cuyo cauce en la época de las lluvias es muy ancho llevaban
ahora muy poco caudal y los pasamos sin peligro, aunque gastamos
mucho tiempo en encontrar el vado; nos acogimos al amparo de una
choza que había a corta distancia.
Mucho me congratulé de haber seguido para ir a Popayán el camino
del Magdalena en vez del de la Mesa, que es el que se toma de
ordinario y que pasa por las montañas hasta llegar a Samboja, pues
resulta sumamente agradable recorrer en toda su extensión el
inmenso valle del Magdalena, cuya belleza no es inferior a la de la
meseta de Bogotá. Además tuve la ventaja de disfrutar de una brisa
del Sur, muy fresca. Todos los días empezaba a soplar hacia las dos
de la tarde y duraba hasta la noche, lo preciso para templar los
ardores del sol. La gente que encontraba por el camino me permitía
juzgar de la de los llanos del Orinoco, con la que, según me
aseguraron, tenía una gran semejanza.
Siendo todavía temprano atravesamos el Chipalo y varios otros
ríos cuyos cauces abiertos en valles profundos cortaban a cada paso
el camino, circunstancia ésta que antes no se había presentado, ya
que no habíamos encontrado sino torrentes cuyas aguas corren al
mismo nivel que el del llano. Dejamos a Ibagué a la izquierda, y
aunque estábamos a gran distancia de la ciudad distinguíamos el
campanario de su iglesia, punto apenas perceptible en medio de las
cimas prodigiosas del Quindío que la rodean. Aunque no hubiera
estado firmemente decidido a seguir el curso del Magdalena hasta
Neiva, la vista de ese panorama imponente me hubiera hecho tomar de
repente la resolución de pasar por el Quindío, para entrar por el
valle del Cauca. Todo parecía propicio a inspirarme ese deseo: la
estación favorable; el Quindío, entonces muy frecuentado no ofrecía
peligro alguno, y sin necesidad de recurrir a las espaldas de un
cargador, se podía, por díez y seis piastras, franquear ese paso
terrible en cinco días, sirviéndose de unas mulitas a las cuales
desde hace poco tiempo, se les ha acostumbrado en Ibagué a hacer
ese recorrido.
Con todo, seguí el camino de Neiva y no tuve por qué
arrepentirme. Debido al influjo de las montañas cubiertas de nieve
que forman el Quindío, la vegetación por doquier se mostraba en
todo su esplendor; los arbustos menos marchitos acusaban una
temperatura menos abrasadora que la de la zona inferior. Y en esta
misma jornada apreciamos todavía mejor los efectos saludables de
ese cambio de temperatura al bajar al abismo profundo por donde
corre el Coello. Este río, cuyas aguas límpidas y heladas nacen en
el páramo de Cartago, corre por un terreno mucho más bajo que el
nivel de los llanos vecinos, de modo que cuando se baja hasta él y
se levanta la cabeza para mirarlos, parecen verdaderas
montañas.
El fresco que se siente en esos abismos profundos es
verdaderamente delicioso; la vegetación asombrosa. No hay nada tan
magnífico, por ejemplo, como los desfiladeros por donde corre el
Coello. Se podría decir que está compuesto de varios pisos: a
medida que se desciende, la fertilidad aumenta; a esto se debe que
hayan plantado tabaco; el que allí se cosecha es el mejor del
Magdalena. La anchura del valle del Coello es considerable; se
camina mucho tiempo antes de llegar al extremo opuesto, pero el
camino se hace corto gracias al espectáculo maravilloso que se
contempla. Cuando en los trópicos se siente un calor suave, cuando
se camina a la sombra de las palmeras y de los bambúes y cuando se
pisa una hierba fina, cabe considerarse en el colmo de la
felicidad; se olvida el cansancio. Nuestra satisfacción fue
completa al ser acogidos en la casa de uno de los guardianes de
estas tierras feraces. Los habitantes han apreciado a tal punto el
valor y la riqueza de estas fincas, tan aptas para la cría de
ganado, que las han cercado con setos vivos, muy cuidados y muy
resistentes, con una puerta que cuidan celosamente los
guardianes.
El encanto indescriptible de estos lugares ha hecho
indudablemente ameno el carácter de los habitantes. Éstos no tienen
la cara adusta de sus vecinos que moran en los llanos de Puertilio;
son serviciales
|, obsequiosos y hospitalarios; tienen aspecto
lobuno, sin duda porque se alimentan bien
|
²
. Muy próximo a la Puerta de San Francisco,
donde habíamos pasado la noche, empieza lo que llaman llano Grande,
llanura que se distingue de las que antes habíamos recorrido por su
verdor perpetuo, por la escasez de piedras y por el mayor número de
ganado vacuno y de caballos que se ven pacer por todas partes. En
la Puerta de San Francisco confluyen tres caminos: uno va al
Espinal, aldea próxima a las orillas del Magdalena; otro al Guamo,
que está un poco lejos, y el último a San Luis, que se alza en las
estribaciones de la Cordillera Occidental. Tomé este último.
Viajábamos en domingo, de modo que los caminos estaban muy
frecuentados; todo el mundo iba a casa de su párroco; los que iban
a San Luis pronto me dejaron atrás; hombres y mujeres todos iban a
caballo. Éstas, para protegerse del sol, iban tapadas de pies a
cabeza con una tela de algodón, pues, lo vuelvo a repetir, tanto
los blancos como los mestizos que habitan estas regiones no pueden,
como los negros, soportar los ardores del sol. Después de haber
atravesado Las Guaduas nos fuimos aproximando a la cordillera;
luégo tuvimos que bajar al abismo por el que el río Luisa se ha
abierto paso: este valle es de una aridez espantosa, no se ve una
mata de hierba más que en las orillas mismas del río. El paso por
donde el Luisa franquea la cordillera parece ocasionado por un
terremoto.
Nos encontrábamos en un verdadero laberinto; tuvimos que
atravesar varias veces el cauce bastante peligroso del Luisa y
seguir por sus márgenes arenosas; empleamos una hora en salir de
ese abismo y entonces divisamos a San Luis, donde no tardamos en
llegar. Ofrecía un aspecto desolador. Unos días antes la mitad del
pueblo había sido destruida por las llamas, y a pesar de la
generosidad de N. Caicedo, uno de los propietarios más ricos de la
región, mucha gente todavía tenía que dormir en la calle.
Gracias a este hombre, cuya largueza es digna de todo encomio,
no me vi en esa misma situación, pues me proporcionó albergue en
casa del sacristán; tuve que pasar en dos días, pues hubo que
cambiar una de las mulas que estaba herida y contratar un nuevo
guía. Todo se arregló a mi entera satisfacción.
San Luis está muy bien situado: al abrigo de las montañas que le
protegen de los vientos del Nordeste, recibe, en cambio,
continuamente unas brisas que refrescan la atmósfera. Alejado de
todos los caminos frecuentados, San Luis no parece que debiera
tener mucho comercio, y sin embargo la venta del azúcar que se
produce en sus inmediaciones atrae a muchos comerciantes.
En las montañas vecinas hay minas de plata. Casi toda la
población padece del bocio y la que no, tiene una especie de lepra
que ennegrece la piel de los blancos y blanquea la de los negros;
esta enfermedad desfigura en forma repugnante tanto a los unos como
a los otros.
Llegué a San Luis el 22 de septiembre, cuando ya las lluvias
empezaban a caer en estas llanuras, de modo que el 23 me puse de
nuevo en camino con el objeto de llegar a la parte alta del río
antes de que cambiase el buen tiempo. Al anochecer me detuve en una
cabaña aislada. Desde hacía mucho tiempo había tomado la costumbre
de llevar conmigo víveres para varios días, y entre ellos pan, pues
en todas estas comarcas no se cultivan los cereales, que se
cosechan en la Cordillera Oriental.
Mi guía, del que quedé contentísimo, lejos de tener la apatía
característica de los indios era locuaz, y su conversación
resultaba interesante. Nacido en el Socorro tenía toda la vivacidad
de sus conterráneos, había viajado mucho, observado atinadamente y,
sobre todo, conservaba muy bien en la memoria lo que había visto.
Me contó que en la cadena del Quindío, por cuyas faldas
caminábamos, había todavía muchos indios independientes, cuyo
encuentro no ofrecía peligro, según pudieron darse cuenta buen
número de proscritos de las últimas guerras civiles, cuando se
refugiaron en los bosques que cubren aquellos montes.
Hacia el Suroeste divisamos al Chaparral, altura aislada al
fondo de un llano dilatado y que una cadena de montañas separa de
la llanura en que nos hallábamos. Ese lugar, que está a un día de
camino de San Luis, es célebre en la región por las tormentas que
estallan a diario y por las riquezas minerales que se encuentran
por doquier. El entrante en que está situado el Chaparral, es el
que vienen a precipitarse los vientos del Nordeste, que soplan con
violencia terrible durante la estación de las lluvias, provocan sin
duda los continuos relámpagos que surcan el cielo constantemente
cargado de nubes.
Muy temprano llegamos a las orillas del Saldaña, río que nace en
el Chaparral. En las arenas que deposita en sus orillas se coge
oro; el viajero atormentado por la sed al llegar a sus márgenes,
aprecia la sombra de las palmeras que protegen sus aguas como un
tesoro mucho más valioso aún que éstas; sus aguas, a pesar de no
ser tan límpidas como las del Coello, son igualmente frías y menos
peligrosas. Por la módica suma de dos reales pasamos al otro lado
del río en una piragua.
Aquí entramos ya en las tierras de los indios de Coyaima. La
aldea de este nombre se encuentra en las estribaciones de las
montañas que se elevan al Oeste. Al
|
alejarse de las orillas
del Saldaña sólo se ven llanuras de inmensa extensión cubiertas de
hierba marchita; sin embargo la naturaleza del suelo es buena, pero
esta región nunca se ve favorecida por las brisas refrescantes que
soplan de las cumbres nevadas del Quindío.
Talvez no haya error al decir que los indios no tienen ninguna
de las virtudes que en los mestizos compensan sus muchos defectos.
No son ni serviciales ni hospitalarios, y de ello nos dimos cuenta
en un bohío que encontramos en el camino donde nos detuvimos para
pasar la noche, pues fue lo único que había en estas soledades. No
atribuí la frialdad con que nos acogiera su dueño a lo que
generalmente se dice de que para el indio todos los extranjeros son
herejes, sino al egoísmo del indígena y al odio inveterado que
siente por todos los que no son de su raza. Como todos los indios
que viven en los llanos, la familia de nuestro huésped no llevaba
por vestido sino una especie de taparrabos enrollado a la cintura
al estilo de los africanos; el resto del cuerpo lo llevan desnudo.
Un rebaño de ovejas constituía todo el haber de estos indios rebaño
que cuidan con el esmero peculiar que se advierte en toda la región
de la cordillera. Recogen con todo cuidado la preciosa lana y la
venden en los pueblos próximos, a 12 reales la arroba. Esto ya
constituye un progreso, pues antes se pagaba por esquilar las
ovejas, sin aprovechar la lana que se obtenía. Esta es de mala
calidad. Poco a poco las artes y la civilización van progresando;
¡pero con qué lentitud! El extranjero sigue siendo considerado como
si fuera un Triptolemo un Baco o un Vulcano; por fuerza éste tiene
que ser, en estas regiones donde todo se ignora, un gran
bienhechor. Considerando el grado de adelanto que los europeos
hemos alcanzado, la América Meridional está en relación con
nosotros en el mismo estado en que se hallaba en relación con
España, cuando ésta la descubrió: entonces no se conocía aquí nada,
y ahora sólo se conocen las cosas de oídas o por algunos libros que
las personas que tienen alguna cultura empiezan a leer.
Al día siguiente hacia medio día pasé por Natagaima, que es otro
poblado indígena. Antaño estaba emplazado en otro sitio; el cambio
de localización se debió a razones de orden sanitario y de utilidad
pública. El santo patrono (según la tradición popular) ha
incendiado ya por dos veces la nueva iglesia, de modo que Natagaima
carece de templo. Esta aldehuela es muy mísera, y no me explico por
qué siguen dándole el nombre de pueblo de indios, pues son muy
pocos los indígenas que hay en ella; casi toda la población está
constituida por mestizos, y como sólo dista seis leguas de
Purificación, mucha gente de este puerto del Magdalena ha venido a
establecerse en Natagaima. Enfrente, en la Cordillera Oriental, se
divisan los pueblecillos de Páramo y de Alpujarra.
En el sitio por donde crucé el Anchiqué, las dos cordilleras se
aproximan un poco, y ya los llanos empiezan a estar cubiertos de
bosque.
Desde hacía dos días teníamos a la vista una montaña que se
adentra en la llanura a manera de promontorio; llegamos a ella a
las seis de la tarde. Era el Payandé: en ella haya una mina de
cobre. El origen volcánico de esta montaña no ofrece la menor duda,
lo que se comprueba por las piedras eruptivas que se ven por todas
partes, por el cono que forma su cumbre y por los desgarramientos
del suelo que se advierten a cada paso. En las inmediaciones había
algunas chozas aisladas; pedimos en una de ellas hospitalidad y un
niño nos la otorgó. Mientras hacíamos nuestros preparativos para
disfrutar de ella, nuestro joven huésped desapareció para avisar
nuestra llegada y dar la alarma a sus padres, que estaban ocupados
en las faenas del campo. Hasta las diez de la noche fuimos dueños y
señores exclusivos del albergue; a esa hora los dueños fueron
llegando, sin duda tranquilizados sobre nuestras intenciones y
parecieron satisfechos de ver que nos habíamos instalado en su casa
sin consultarles. En el fondo talvez esos indios nos maldecían,
pues el paso continuo de tropas indisciplinadas ha provocado en
todas partes el recelo de los habitantes. Si se cree que un viajero
es militar, la gente huye en cuanto le ve como si se tratase de un
enemigo implacable, de suerte que se queda dueño de cuanto posee el
propietario atemorizado; fortuna ésta bien mísera, ya que por lo
general consiste únicamente en bananos verdes y en un poco de maíz.
Mi aspecto, que a la legua denunciaba mi condición de extranjero,
me ha hecho pasar muy malos ratos, pues cuando después del
cansancio de todo un día de camino esperaba encontrar un albergue
cómodo, sucedía a veces que no podía conseguir ni agua ni fuego y
tenía que contentarme con la provisión de bananos, de pan y de
carne en cecina que a todo evento llevaba conmigo. Cuando por
casualidad el dueño de la casa se quedaba en ella,
indefectiblemente me hacía siempre la misma pregunta:
- ¿Viene la tropa con usted, señor coronel?
Y al contestar que no venía tropa de ninguna clase conmigo la
alegría volvía a iluminar su rostro, y desde aquel instante, y ya
sin temor alguno, aquel hombre me atendía con una amabilidad que no
estaba dictada por el miedo.
Hoy, día 26, salimos del territorio de los indios de Natagaima.
No he visto región más despoblada. A las once pasé por el sitio en
que la cumbre de la Cordillera Occidental es poco ancha, de modo
que en cuanto se llega a ella se empieza en seguida a bajar en
dirección al Poniente. Desde allí se ve la aldehuela de Lateko, en
cuyas inmediaciones se encuentran las minas de oro de Aporé, que,
según dicen, son muy ricas. Más allá entramos en una región poblada
de árboles y de palmeras cuyos troncos son más gruesos que los de
África; se comercia con el aceite que se extrae de estas últimas y
que se emplea para los mismos usos que la mantequilla. De trecho en
trecho hay mojones para indicar las distancias y los tambos
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para albergue de los
viajeros, pues es muy raro que se encuentre alguna vivienda; las
pocas que se ven están encaramadas sobre las peñas más escarpadas y
a tal distancia unas de otras, que indudablemente han de mantener
muy escasas relaciones sus habitantes entre sí. La distancia
considerable a que se halla de cualquier parroquia obliga a sus
habitantes a enterrar los muertos en el campo. Por lo general esas
tumbas están a la orilla de los caminos: hé aquí, en plena
cordillera, una costumbre común a griegos y romanos. Estas
sepulturas, única huella del paso del hombre, no inspiran ideas
lúgubres; indican que a poca distancia se encuentra la casa de la
familia del sér que yace en su última morada. De modo que se siente
una cierta satisfacción al advertir que no está úno en un lugar
completamente desierto. Sin embargo, no traté de encontrar ninguna
de esas viviendas ocultas en el fondo de los bosques y me apresuré
a llegar a las márgenes del Magdalena, que atravesé por un lugar
denominado Samborja. La anchura del río no es excesiva y el color
verdoso de sus aguas indica que éstas se alimentan con las de los
manantiales de los páramos.
No tardamos en llegar a la otra orilla, donde unos pescadores
nos dieron albergue, que compartimos con unos bogas que llevaban a
Honda unas balsas cargadas de cacao: cada balsa llevaba unas quince
cargas, a razón de seis piastras por todo el viaje. Este género de
transporte es el más usual en estas regiones por el gran número de
bancos de arena que hay en el río además de que los champanes suben
muy pocas veces más allá de Ambalema.
Tanto el calor como el alboroto que hacían mis compañeros de
albergue me determinó a irme a dormir al aire libre, aun a riesgo
de que los mosquitos me devoraran. No fue éste el único
inconveniente que trajeron a mi memoria las míseras covachas del
Bajo Magdalena. En éste, el llanto de los niños, el miedo a las
serpientes, a los escorpiones y a los ciempiés, que abundan
sobremanera en esta región, no me dejaron descansar ni un instante.
Me hubiera estimado feliz si, para distraerme del fastidio de toda
una noche de insomnio, la dueña de la choza hubiera seguido
meciéndose en su hamaca y musitando canciones indias al són de la
guitarra. A las doce todo el mundo dormía, menos yo que no pude
cerrar los ojos por el ruido infernal que durante toda la noche
hacían los perros y los cerdos que se asustaban recíprocamente a
cual más con sus ladridos y gruñidos.
Al rayar el alba di orden de ensillar las mulas, y loco de
alegría salí de aquella desdichada choza de Samborja. Antes de que
fuesen las diez llegué a Villavieja, que dista unas seis leguas
españolas, y donde pasé todo el día bajo un cobertizo de cañas que
me cedió uno de los vecinos. El trayecto desde Samborja hasta
Villavieja fue penosísimo, pues desde hacía ya algunos días habían
cesado las brisas que amortiguan el calor de los llanos de Ambalema
y de San Luis. Durante toda la mañana caminamos por una región
abrasadora donde el suelo está constituido por guijarros y rocas,
que semejaban fortalezas en ruinas: las pirámides naturales que
Ulloa vio en el Perú no son más extrañas que estas moles, que se
creerían debidas a la mano del hombre.
Villavieja está a poca distancia del Magdalena; el calor que
hace es sofocante debido a que la distancia que separa a las dos
cordilleras es muy reducida y a que como la Oriental es baja y
compacta, los vientos que soplan del Este pasan por encima y van a
caldear las aguas del río. La gente pretende -y no me ha sido
posible comprobarlo- que esos vientos no atraviesan el Magdalena.
No sucede lo mismo con los que soplan del Norte, cuyo influjo es
general.
La iglesia de Villavieja merece mención aparte; cuando estuve
allí la estaban construyendo. El arquitecto era un negro, tenía
gusto y había seguido algunos estudios en Bogotá. El proyecto con
arreglo al cual la edificaba era un plano regular. La iglesia
costará a la parroquia unas 14.000 piastras; esta cantidad
exorbitante la pagarán todos los vecinos que tengan una posición
desahogada; cada uno de ellos, al morir tiene que dejar una
cantidad equivalente al costo de una vara cuadrada de edificación
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Frente a Villavieja se encuentra Aipe, pueblo de indios, a
quienes las gentes del lugar consideran duchos en astrología.
El calor que padecí el último día me hizo arrepentirme
amargamente de no haber seguido el consejo que me dieran mis guías
de viajar de noche. Esta vez lo seguí, y salimos de Villavieja a
las dos de la mañana; a las diez estábamos en Fortaleza: almorzamos
allí en compañía de unos mercaderes que se dirigían a Bogotá para
comprar sal y llevarla a Popayán. Reanudada la marcha, nos
encontramos al final del llano árido, por el que habíamos andado
toda la mañana, un bosque cortado por una infinidad de caminos; la
cortina que formaba nos velaba la vista de Neiva; por los menos su
sombra nos protegió del calor sofocante que pasamos en aquella
llanura de Villavieja: en ese bosque eran los arroyos los que
mantenían principalmente una atmósfera fresca; el agua corría por
todas partes por canalillos que a manera de sangrías han practicado
los vecinos de Neiva para regar los pies de los cacaotales. La
temperatura que se disfruta en esos lugares es muy agradable; el
ambiente está embalsamado por el aroma de las flores que crecen al
borde del agua. Este jardín delicioso me hizo olvidar todos los
anteriores sufrimientos. ¡Cuánto habríamos padecido en la época de
lluvias, que transforman el suelo en un pantano intransitable y que
juntamente con el desbordamiento de los ríos detienen al
viajero!
A las dos llegamos a Neiva, y la hospitalidad nos fue otorgada
en seguida; la debimos a uno de los vecinos más ricos. La solicité
para dos días, y él por su parte no fijó límite alguno; el plazo
que pedí me bastó para encontrar mula, pues una de las mías se
había inutilizado en Fortaleza. Como no tienen la precaución de
herrarlos, son muchos los animales que se estropean; tenía también
que contratar un nuevo guía, pues el que me había acompañado hasta
aquí desde San Luis tenía que regresar a su casa.
Neiva dista diez y siete días de camino de Bogotá: es capital de
la provincia del mismo nombre; está situada en las orillas del
Magdalena. Su primer emplazamiento estuvo en las montañas; los
andaquíes, tribu salvaje de los alrededores, degollaron a la
población, y el terror que infundieron hizo que la nueva ciudad se
levantase en las orillas del río, con objeto de poder embarcarse y
ponerse a salvo a la menor alarma.
El clima de Neiva es ardiente, pero a pesar de ello, las aguas
del Magdalena son muy frías debido a que vienen de los páramos
próximos. Su color es verdoso aunque su labor no es desagradable,
la gente prefiere beber las de los arroyos que atraviesan la
población. Los caimanes nunca se ven en las inmediaciones de
Neiva.
Enfrente de la población está el caserío de San Andrés, en cuyas
inmediaciones se encuentran minas de oro. En los alrededores del
pueblo de San Antonio situado en las tierras frías de la Cordillera
Oriental, se cosechan muchas legumbres. En esa región se podrían,
pues, sembrar cereales; la rutina de los habitantes prefiere traer
de Bogotá las harinas, a razón de 16 piastras la carga, a cosechar
el grano a sus mismas puertas sin gran esfuerzo.
La riqueza principal de Neiva la constituye el cacao. Se estima
que la provincia puede producir unas dos mil cargas al año; una
gran parte de esa cantidad se produce en Timaná, a pesar de que su
población no pasa de dos mil almas. El precio de la carga de cacao
es de 30 piastras; el costo del transporte hasta Honda es de 20
reales por carga. Este producto con el café y el azúcar es uno de
los que no están gravados con el diezmo en algunas provincias.
Neiva no produce azúcar; ésta se trae de La Mesa o de La Plata y se
paga a un real la libra; la sal también se trae de esos mismos
sitios y su precio es el mismo que el del azúcar.
Los habitantes de Neiva se comunican por Timaná con los indios
andaquíes, que viven no lejos de las fuentes del Magdalena; hay
ocho días de camino para llegar a los territorios de esos indios.
Se les llevan cuchillos, espejos y cucherías de vidrio a cambio de
cera de una blancura deslumbrante, y de barnices que se emplean
para pintar recipientes de madera de distintas clases. El
procedimiento es sencillo: el obrero pone la resina en la boca, la
masca, la extiende en láminas y la aplica sobre los colores
pintados en la madera. Neiva no es una ciudad rica: la guerra, así
como las frecuentes invasiones de hormigas en los cacaotales, la
han arruinado. No hay más de unas seis casas con techos de teja, y
las calles no están empedradas. La población, en gran parte, está
constituida por gente de color. Las enfermedades más frecuentes son
la elefantiasis y la lepra. La ciudad más importante después de
Neiva es Timaná, situada cerca de las fuentes del Magdalena. Esta
ciudad es la última población que la República cuenta en la cuenca
del Magdalena; luego ya no se encuentran sino caseríos, chozas
aisladas y salvajes. No se puede ir a caballo hasta el nacimiento
del Magdalena, pues la angostura del camino que pasa por las cimas
más elevadas de las montañas sólo permite ir a pie.
Por todos estos sitios la navegación se hace en balsas que
tienen por quilla un tronco y cuyo puente y bodega están hechos de
calla. En muchas ocasiones toda una familia se aventura en esas
frágiles embarcaciones que se gobiernan con un remo sobre la rápida
corriente del río, teniendo la seguridad de que los flexibles
materiales con que están construidas cederán en caso de choque
contra las rocas, sin romperse. De esta suerte cuando un pobre
agricultor se dispone a ir a Honda, construye una balsa a toda
prisa, carga en ella algunos sacos de cacao, instala a su mujer,
pone a su lado el perro y dirige por entre las rompientes del río
la frágil navecilla que lleva sus esperanzas y a su amiga, cuya
mantilla de tela de algodón, izada a veces en lo alto de un palo,
se hincha e impulsa la marcha de la embarcación.
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En algunos sitios sólo hay lepra
negra.
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Secan al sol grandes cantidades de carne de vaca; la cortan en
tiras y la venden por anas (el ana equivale a 1m. 20).
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3
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Palabra peruana que
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significa caravanserrallo.
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4
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Los ladrillos usados para elevar este monumento son muy
grandes; cada millar cuesta 15 piastras.
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