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CAPÍTULO XI
Fundación de Santafé de Bogotá - Clima
- Casas – Interiores - La Catedral - Los conventos - El
Hospital - Los colegios - El Palacio del Presidente - El Palacio de
los Diputados - El Palacio del Senado - Las cárceles - La Casa de
la Moneda y el Teatro - Las calles - La Policía - El mercado - Los
pobres - Paseos - Modo de vivir - Las tiendas – Diversiones -
El Hábeas - Las costumbres - Las beatas - Establecimientos
científicos - El carácter de los habitantes.
El arte de la arquitectura es el que más progresos ha hecho en
Colombia; sus adelantos son tanto más sorprendentes cuanto en ese
aspecto no ha tenido más maestros para dirigir sus pasos que los
libros y las estampas. La escultura y la pintura están muy poco
adelantadas, pero ya se puede presagiar que habrán de progresar
mucho más rápidamente que antes.
Por lo general las casas que hay en el campo no son en realidad
más que unas cabañas cuyas paredes son de una argamasa de barro y
paja el techo de paja y las puertas de cuero. El amueblado de las
habitaciones es también muy sencillo. Por lo general las casas
constan sólo de dos habitaciones: una la cocina, y la otra, en la
que vive la familia, está dividida en dos salas: en una de ellas se
recibe a la gente y en la otra se duerme. Alrededor de esas casas
hay casi siempre algunas hortalizas y bananos (?), planta esta
última cara a los americanos.
En las ciudades se advierte un gusto más refinado. Las iglesias
son grandes y limpias; tienen campanas y casi todas órgano; la casa
del cura, cuya fachada está adornada con un balcón, parece un
palacio. Los particulares han tomado de estos dos edificios las
ideas que tienen de arquitectura.
Las ciudades, según el lugar de su emplazamiento, la actividad
de su comercio, la importancia de que gozan y el rango que tienen,
están más o menos adornadas, son más o menos grandes y más o menos
agradables.
La ciudad más importante de Colombia es Panamá; la mejor
fortificada, Cartagena; la más agradable, Santafé; la mejor
edificada, Popayán; la más rica, Guayaquil; la más animada,
Zipaquirá; la mejor situada, Maracaibo. Caracas, al decir de las
gentes, las anularía a todas, pero Caracas está en ruinas. Quito,
según se asegura, tiene más población que todas ellas; pero una
ciudad, por muy poblada que esté, no vale lo que una capital, y
Santafé tiene una población casi igual a la de Quito.
Todas las ciudades de América del Sur han sido edificadas casi
con arreglo a un mismo plan. Los fundadores, en casi todas partes,
hacían una cruz cuyo centro estaba ocupado por la plaza principal y
por la iglesia.
Por lo general, los españoles han emplazado sus ciudades al pie
de las montañas y muy rara vez en el centro de una planicie. Esto
se debió, en los orígenes, al temor de las sorpresas, y hoy ese
emplazamiento hábilmente escogido permite que la ciudad disponga de
agua abundante y fresca que la apatía española no ha dejado llevar
por cañería a los distintos barrios. Se ha empleado un medio para
dar a las ciudades un aspecto alegre, y que consiste en obligar a
los propietarios de las casas situadas en las calles más céntricas
a blanquear las fachadas todos los años hacia la época del Corpus.
De modo que la falta casi absoluta de colgaduras, causa inmediata
de esa medida de policía, ha servido para embellecer y dar un
aspecto de limpieza a las ciudades. Las calles principales están
tiradas a cordel divididas en manzanas de casas, y tienen aceras;
hay varias plazas embellecidas con fuentes; en una palabra, en
América se ha descuidado, mucho menos de lo que pretenden los
europeos, lo útil y lo agradable.
Claro es que no hay ciudad que reúna mejores condiciones que la
capital, y si ésta es menos limpia que las otras ciudades, hay que
atribuir esa falta de aseo al clima y al gran movimiento que en
ella reina a diario.
El 6 de agosto de 1538, Quesada
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¹
fundó a Santafé de Bogotá en el llano de su
nombre, al pie de dos montañas bastante altas. En la época de su
fundación no contaba más que con doce cabañas, y talvez su
población fuera de sesenta habitantes. Predestinada a ser una
ciudad de gran extensión, creció rápidamente, pues a los dos años
de su fundación se estimó que su importancia debía ser ya
considerable en cuanto la Corte de España la elevó a la categoría
de ciudad.
Hoy Bogotá tiene de Norte a Sur una extensión de 3.000 metros y
de Este a Oeste 1.700 metros; está dividida en 195 manzanas de
casas. En 1800 su población ascendía a 21.000 habitantes. Desde esa
época la población ha debido aumentar mucho, puesto que ya en aquel
mismo año de 1800 los nacimientos excedieron a las defunciones en
247.
Quesada escogió bien el emplazamiento de la ciudad que habría un
día de dominar una gran parte de la cordillera. Situada a media
ladera de dos montañas que la abrigan de los vendavales que soplan
del Este, se abastece de aguas siempre frescas y puras, y domina el
llano en forma que le permite defenderse de los enemigos que
pudieran venir por ese lado. Algunos días, desde Bogotá, se ve el
Tolima, una de las cimas de las montañas del Quindío.
Desde muy lejos se distingue a Santafé, principalmente por el
campanario de su catedral; pero el cuadro que la enmarca es tan
prodigiosamente grande, que ésta desaparece en las sombras que las
montañas proyectan sobre sus monumentos.
El clima de Bogotá en general es lluvioso y húmedo; el
termómetro no suele pasar de 12 a 14º, y con frecuencia baja a 6 o
7º
|
El cielo está siempre cubierto de nubes, y pocas veces se
disfruta de esos días espléndidos de que hasta en los inviernos más
crudos gozamos en Europa. En una palabra, puede decirse que hay
seis meses de lluvia: abril, mayo, septiembre, octubre noviembre y
diciembre; tres de ventiscas y chaparrones: junio, julio y agosto,
y los otros tres de tiempo incierto. Los vientos del Nor-noroeste
traen siempre tormentas que a veces duran varios días y que con la
gran cantidad de lluvia que vierten encharcan la llanura.
A pesar de la mucha humedad que hay, inclusive en las casas el
clima no es malsano, nunca hay epidemias. Los europeos, después de
haber tenido fiebre a su llegada durante unos cuatro días, talvez a
consecuencia de las fatigas del viaje, gozan de buena salud si
tienen la precaución de no mojarse los pies. Talvez haya también
que atribuir ese primer malestar a la influencia del trópico, que,
aunque aminorada por la altitud, no deja de afectar al europeo. El
habitante de las
|tierras calientes se defiende mucho peor
que nosotros de ese peligro; el agua fresca y pura de las montañas,
que bebe con fruición, no tarda en producirle la disentería, cuyos
estragos acaban con él en poco tiempo. Hasta los mismos bogotanos
suelen estar con más frecuencia enfermos que los extranjeros; y
esto es una prueba más de que hay que buscar la causa de esas
afecciones, menos en el clima que en el género de vida que se hace
y en los alimentos que se comen. Las mujeres salen poco de la casa.
Las costumbres caseras unidas a los terribles dolores de estómago
debidos al uso excesivo del ajo, del tabaco, de la carne de cerdo y
de la chicha, las hace estar casi siempre indispuestas. Hay otras
mil enfermedades provocadas en ambos sexos, mas por la
intemperancia que por el rigor del clima, de suerte que siempre se
oye a la gente quejarse de dolores reumáticos, de dolores de
muelas, y de bocios, que pronto adquieren dimensiones terribles. La
gente adopta todas las precauciones habidas y por haber; se tapa,
se abriga, como si el mal estuviese en la atmósfera. Mucha gente
del pueblo que anda descalza tiene las piernas muy hinchadas. La
enfermedad originada por las niguas
|(pulex penetrans) se
hace incurable por la desidia de los pacientes.
Toda la América del Sur es tierra de temblores. Santafé ha
experimentado varios, y esto impide edificar casas altas. Aunque se
advierten en la construcción de las casas los mismos principios
arquitectónicos que observaron los españoles, las de Bogotá se
apartan de ellos más que las de cualquiera otra región: para su
construcción se emplean ladrillos secados al sol, casi todas están
techadas con teja y los muros exteriores están enjalbegados. En
cuanto al interior de las casas, su distribución es lo mismo de
mala que lo era la de nuestras casas en la época del descubrimiento
de América. Hay ventanas muy pequeñas y siempre protegidas por
barrotes de madera, al lado de otras enormes; pocas veces se ven
las vigas del techo ocultas por un cielo raso; las paredes
presentan grandes protuberancias; las puertas tienen
indistintamente alturas diferentes, y apenas si se conoce el uso de
las cerraduras; las que se fabrican en el país no ofrecen seguridad
de ningún género. Esto no obstante, en las construcciones modernas
se advierte ya un gusto menos bárbaro y algunos progresos. Los
balcones enormes y pesadotes han sido sustituidos por balcones más
gráciles y cómodos; el techo no deja ya ver las vigas, las ventanas
no tiene rejas y se empieza a cerrarlas con cristales; las puertas
de la calle están ya mejor pintadas y el aseo empieza a
generalizarse.
Por lo general hay que pasar por dos puertas para llegar al
patio de las casas. El vestíbulo, entre una y otra puerta, suele
servir de receptáculo de las suciedades de los transeúntes.
Circundando el patio suele haber una galería o corredor, si la casa
no consta más que de piso bajo, y una terraza cubierta si tiene un
piso. La escalera generalmente es de piedra y de estilo gótico; en
la pared del primer descansillo suele haber pintado una especie de
gigante que lleva de una mano a un niño y en la otra una bola; es
San Cristóbal, dios lar del país. Alrededor de la galería interior
hay una serie de cuartos que no reciben la luz y el aire sino por
la puerta.
Todas las casas tienen por lo menos una sala y un comedor, pues
se consideraría indecoroso recibir o dar de comer a los amigos en
el cuarto de dormir. La cocina es siempre de grandes dimensiones, y
esto menos por la cantidad de platos que se cocinan que por el
número de sirvientes inútiles que allí se congregan; las cocinas no
tienen fogón y no se usan para guisar sino hornillos.
No hay una sola casa que no tenga alfombras; las antiguas
esteras de los indios no se ven ya en las casas de buen tono, y en
general se van sustituyendo por alfombras de fabricación europea.
Tanto unas como otras sirven, a falta de chimenea, para abrigar las
habitaciones y disimular la desigualdad del piso; desgraciadamente
el descuido de los sirvientes hace que por ellos pululen infinidad
de insectos que se crían en la suciedad. En algunas casas las
paredes están empapeladas; la mayor parte están adornadas con
guirnaldas de flores y figuras que delatan el mal gusto del pintor
y del dueño.
El mobiliario es sencillo: pocas veces se ven en el salón más de
dos sofás, dos mesitas pequeñas, unas cuantas sillas de cuero, de
un estilo que ya no se ve en nuestro país desde el siglo XV; un
espejo y tres lámparas que cuelgan del techo. La cama suele estar
bien decorada, no hay colchones de pluma; sólo tienen dos de
lana.
Salvo ligeras diferencias, todas las casas se parecen; no hay
nada que permita distinguir las de los ministros, y hasta costaría
trabajo advertir cuál es la del Presidente, sin la guardia que
custodia la entrada.
Los arquitectos de Sántafé siempre tendrán un pretexto para
justificar la deformidad de sus edificaciones, y es que la
constitución del suelo, con frecuencia sacudido por los temblores,
les obliga a sacrificar la elegancia en aras de la solidez; por
esta causa todas las casas no son altas a pesar de que sus paredes
son de un espesor prodigioso. Esa misma razón hace que se dé a los
cimientos de los edificios públicos una enorme solidez, y que el
fuste de los pilares de las iglesias guarde menos proporción con la
nave que sostienen que con las sacudidas que tienen que
resistir.
Pero las hay que tienen una buena disposición. La catedral, por
ejemplo, que fue construida en 1814 es notable por la sencillez de
su interior, que hace olvidar el mal gusto que su fachada debe a
una serie de líneas inarmónicas, que se cortan sin simetría.
Las demás iglesias de Bogotá, en número de veintiséis, por el
contrario, resplandecen de oro; nunca hubo un templo de los incas
más deslumbrante. Pero si la catedral no tiene un brillo parecido,
en cambio los tesoros que encierra son mucho mas ricos. Una de las
estatuas de la Virgen, que adorna uno de los altares, tiene
incrustados 1.358 diamantes, 1.295 esmeraldas 59 amatistas, un
topacio, un zircón y 372 perlas; sólo el pedestal tiene 609
amatistas, y el trabajo del orfebre costó 4.000 piastras.
Muchas de estas iglesias dependen de conventos que tienen
pingües rentas y cuyo acrecentamiento anual demuestra evidentemente
el de la fortuna pública, hasta bajo el dominio español. En efecto,
los diezmos de la Diócesis de Santafé, que en el siglo XVI no
ascendían a más de 49.415 francos anuales, se elevaron a principios
del siglo XIX a 1.500.000 francos.
Hay nueve conventos de frailes y tres de monjas. Los mejor
dotados son los de los dominicos y los de los Hermanos de San Juan
de Dios. Las cuatro sextas partes de las casas de Bogotá les
pertenecen. Esos asilos se caracterizan más por la solidez de su
construcción que por la belleza de sus líneas. El edificio suele
ser por lo general cuadrado; en el centro tiene un patio adornado
con una fuente alrededor de éste, superpuestos, hay dos claustros.
Habitualmente las paredes del de abajo están llenas de cuadros de
mediana factura que representan la vida del santo bajo cuya
advocación se fundó el convento.
Algunos de éstos tienen bajo su dirección colegios u hospicios.
Los Hermanos de San Juan de Dios se han dedicado especialmente a
aliviar los sufrimientos de la humanidad. ¡Lástima grande que su
hospital tenga un aspecto tan repulsivo! Las camas donde yacen los
enfermos son de madera, y las salas donde están colocadas, además
de estar sucísimas, carecen de ventilación; las inmundicias se
hacinan en los patios; las cocinas donde se preparan los alimentos
con desaprensivo descuido, parecen pocilgas; las esteras,
ennegrecidas por el barro y la basura, no se limpian, y hasta los
cadáveres yacen por el suelo a la vista de los enfermos. ¿Cómo es
posible que todo esto no quebrante la salud más robusta? ¿Cómo no
admirarse de que en semejante antro se pueda alguien curar de sus
dolencias?
Los colegios están más limpios. Hay tres, todos ellos bien
situados y bien construidos. El principal de ellos pertenece a los
jesuitas, y su edificio tiene como característica la solidez que
esa orden famosa ha impreso a todas sus construcciones.
La mayor parte de los profesores pertenecen a la orden y sólo
unos pocos son laicos. Los alumnos internos visten el antiguo
hábito de los jesuitas.
En esos colegios se enseña latín, filosofía, matemáticas y
teología. A los alumnos se les impone cuatro horas de trabajo
diarias, y al terminar el año escolástico tienen tres meses de
vacaciones.
Oyendo el pomposo título de palacio que se ha dado a la antigua
mansión de los virreyes y que hoy ocupa la Presidencia de la
República, podría úno imaginarse que va a ver un edificio suntuoso,
cuando no es más que una casa de tejado bajo, con balcón corrido en
la fachada, a la que están adosadas otras dos más bajas. En éstas
están instaladas, juntamente con la cárcel, las dependencias del
Palacio: también están en ellas los despachos de los ministros. Al
entrar en el Palacio se advierten unas escaleras carentes de
nobleza y unas galerías bajas sin gusto alguno; no hay un vestíbulo
que preceda al salón de recepción: se entra en él por el dormitorio
del presidente o por una antecámara de mezquinas proporciones y de
modesto amueblado. Unos cuantos sofás de damasco rojo; un tapiz de
Segovia, bastante usado; algunas lámparas suspendidas de las vigas
transversales, que, por no tener el salón cielo raso, le dan la
apariencia de un granero, difícilmente evocarían la idea de palacio
a no ser por un trono forrado de damasco rojo, por algunos espejos,
por unos cuantos malos cuadros que adornan las paredes, y porque
las ventanas tienen cristales. Lo que principalmente advierte al
extranjero que ese edificio es el palacio, son unos veinte húsares
que montan la guardia en los lugares de acceso. Aunque no lleven
botas ni están a caballo, a pesar de su uniforme muy deteriorado,
no por eso su presencia deja de recordar que se sube por la
escalera de un palacio real.
Lo que se llama Palacio de los diputados, es una casa situada en
la esquina de una calle, cuya planta baja está ocupada por unas
tiendas en las que se vende aguardiente. Al subir la escalera, lo
primero que llama la atención son dos alegorías de la Fama,
pintadas en la pared, al pie de las que se leen estas palabras:
"No hay patria sin leyes". Al llegar al corredor
interior el ruido que se filtra por una puerta pequeña advierte al
extranjero que aquella habitación es el salón de sesiones. Consiste
éste en una sala larga y estrecha, en cuyo centro se ha colocado un
barandal de madera en el que se apoya el auditorio, ya que los
únicos que están sentados son los representantes, en asientos
baratos de madera barnizada, recubiertos de cuero curtido,
alineados a lo largo, del otro lado del barandal.
El decorado del Palacio de los representantes se completa con
ocho faroles para alumbrar el salón de sesiones por la noche, una
estera y los vidrios de las ventanas.
Para llegar al Palacio del Senado, se cruza la calle; éste es
talvez más modesto aún que el de los diputados. En efecto, los
dominicos le han cedido una, la de su convento, en la que se ha
arreglado con gran diligencia, copiándola de la de los diputados,
una sala cuyas paredes están adornadas con alegorías. Una de ellas
representa la Justicia, y el pintor ignorante ha escrito debajo:
|La Política. Las sesiones duran desde las nueve de la mañana
hasta la una, y se reanudan a las seis de la tarde hasta las diez
de la noche.
De modo que en este Palacio no hay ni salón de recepción, ni
vestíbulo ni antecámara, y cuando los ministros llegan para dar
alguna comunicación a una de las Cámaras, tienen que esperar en la
escalera, hasta que el ujier de la Cámara, que es también director
del teatro, venga a recibirles el paraguas y a invitarles a que
pasen.
Los hispanoamericanos han adoptado para sus cárceles un sistema
en exceso indulgente. Las cárceles están instaladas en el
entresuelo, y las ventanas son lo bastante bajas para que los
transeúntes puedan conversar con los presos: los detenidos
políticos están sometidos a un régimen mucho más severo.
En 1823 había unos treinta presos en las cárceles de Bogotá, la
mayor parte de ellos por robo o por falsedad, algunos por asesinato
y especialmente por
|uxoricidio; no había sino uno que
estuviese acusado de incesto; el número de mujeres detenidas era
menor que el de hombres.
Los otros edificios públicos que hay en Bogotá son el Teatro y
la Casa de la Moneda. Tanto en uno como en otro, la distribución
deja bastante que desear; pero con todo es de admirar que a una
distancia tan grande de toda comunicación con Europa, se encuentren
establecimientos de esta clase.
El Teatro de Bogotá lo edificó hace algunos años, a sus
expensas, un vecino rico aficionadísimo a las comedias. La sala no
es mala aunque resulta un poco oscura, porque sólo se utilizan
velas para el alumbrado. Hay varías filas de palcos; éstos están
cerrados por celosías de madera. El patio, que es amplio, tiene
inclinación suficiente para que los espectadores puedan ver bien el
escenario: allí se está de pie. La gente va a él sin distinción de
clases. Es más: el patio es el único sitio a que puede ir un
extranjero, ya que casi todos los palcos están tomados en abono por
todo el año.
En el Teatro de Bogotá me han llamado la atención algunas
costumbres completamente distintas de las de Europa. Por ejemplo,
la buena sociedad va al teatro los días en que la representación es
gratuita, porque el Vicepresidente, que es quien corre con los
gastos, la honra con su presencia. El público exterioriza su
aprobación con silbos y no con palmoteos; los aplausos al estilo
europeo harían retirar una obra del cartel. Durante los entreactos
las señoras salen de los palcos para fumar en los pasillos.
Las obras del teatro colombiano son muy medianas en general;
|Bruto
|o
|Roma salvada, tragedia que se
representaba en 1823, no puede compararse con la de Hardy. Bien es
verdad que los actores, que eran los sastres de la ciudad, no
podían contribuir a dar un alto concepto del arte del teatro en
Colombia; pero la atención con que el público seguía la función y
la satisfacción que exteriorizaba, demuestran la gran afición que
todo el país tiene por esta clase de diversiones.
Hay algo por lo que Bogotá recuerda las factorías de los
europeos en la costa de África. En la ciudad se advierten muchas
instituciones y costumbres análogas a las de las otras capitales
del mundo, pero en saliendo de la capital ya no es lo mismo, todo
cambia: se está en realidad en el centro de África; úno se ve
rodeado de bárbaros que en su inmensa mayoría sólo van vestidos con
calzones y camisa... hasta la abundancia, que se advierte en los
campos, que el americano que vive en Europa echa tánto de menos y
que le hace considerar nuestra riqueza industrial como una
espantosa miseria, esa misma abundancia le parece al europeo un
lujo salvaje, ya que es innecesaria y superflua para las
necesidades limitadas de los habitantes, y que además no puede
halagar su orgullo.
Las tres principales calles de Bogotá son alegres y rectas, pero
están mal pavimentadas. Las aceras son más cómodas que las de las
otras ciudades españolas, y por ellas se anda sin mojarse cuando
llueve, debido al alero de los tejados.
Un virrey decía que en Bogotá había cuatro agentes encargados de
la limpieza de al ciudad: los gallinazos
|(vultur aura), la
lluvia, los burros y los cerdos; y hoy es casi por el estilo; sin
embargo, todos los sábados unos indios vienen con una carretas
tiradas por bueyes para sacar todas las inmundicias. Los arroyos de
agua corriente que corren por el centro de las calles las
mantendrían en un estado mejor de limpieza, si no fuese porque al
dar las ocho de la noche la incuria de sus habitantes las
transforma en una cloaca infecta.
Por la noche los faroles colocados en las esquinas de ciertas
calles las alumbran con parsimonia y unos vigilantes velan por la
seguridad de los comercios, que a pesar de esa custodia, suelen ser
asaltados. De este peligro que se corre en la ciudad se está por lo
general exento en el campo.
La hidrofobia es frecuente en los perros de la cordillera. Los
temores que inspira esta plaga obligan al Gobierno en determinadas
épocas del año a pagar a unos cuantos indios para que maten a
lanzazos a los perros errantes. Parece extraño que esos animales no
estén libres de esa enfermedad en las regiones frías de los Andes,
que están situadas en los trópicos, cuando no la suelen padecer en
las regiones cálidas de la misma latitud.
Las plazas son amplias y todas están adornadas con fuentes. La
plaza del Palacio es el sitio en que los viernes se verifica el
mercado, cuyo aspecto no es desagradable para el extranjero, a
pesar del desorden que reina entre la gente que ese día acude en
masa a Bogotá.
Se advierte en ese mercado una gran abundancia de carnes, de
granos, de verduras y de frutas de toda especie. Se encuentran allí
las de Europa y las de América. Se ven cestos de fresas, de piñas,
de aguacates, de melocotones y de manzanas; más allá, montones de
coles, de zanahorias, de patatas, de yucas y plátanos; al lado de
sacos de maíz, de cebada y de trigo se ven montones de almendras de
cacao, de pilones de azúcar; en un sitio se venden mil especies de
plantas vulnerarias que los indios recogen en los piramos, y un
poco más allí una mujer vende claveles, rosas y jazmines.
Hay una plaga verdaderamente espantosa que aflige a Bogotá: los
pobres. Éstos, los sábados irrumpen en la capital como las hordas
en una ciudad tomada por asalto; asedian todas las puertas, y para
que la piedad se las abra, exhiben las llagas y las dolencias más
repulsivas; grupos de ancianos conducidos por niños obstruyen
durante todo el día las calles y las entradas de las casas. Se les
suele ver especialmente delante de las de los ministros. La vista
de sus andrajos, los lamentos que exhalan al implorar la caridad,
son otras tantas lecciones que no parecen molestar a aquellos a
quienes van dedicadas, ya que toleran que se les dirijan todos los
días.
A más de estos mendigos se tropieza por todas partes con los
limosneros de los conventos, encorvados bajo el peso de un zurrón y
con hombres vestidos de negro que tocan una campanilla, clamando de
vez en cuando: "una oración por las ánimas",
ocupación antaño practicada en Europa con la cual conseguían
algunas limosnas.
Por los alrededores de Bogotá hay bonitos paseos bordeados de
sauces y de rosales por los que trepan las capuchinas; pero a los
que la gente no suele ir, pues prefiere pasearse por algunas calles
cuyas aceras ofrecen un paso limpio y cómodo y en las cuales se
pueden ver cómodamente a los jinetes que pasan por la ciudad al
galope; la mayor parte de éstos llevan uniformes abigarrados y
recargados de bordados de oro; unos llevan sombreros redondos con
un penacho de plumas, otros tricornios y la mayor parte el chacó;
algunos jinetes no llevan más que la ruana o poncho, que es una
especie de blusa muy en uso en la América Hispana. Aunque por lo
general monten bien, el paso de sus corceles, que se parece al de
nuestros cuartagos normandos, es tan poco airoso que no permite
lucir al jinete su apostura.
Los caballos del llano de Bogotá tienen buena alzada, son
fuertes y fogosos, pero muy fáciles de domar; no se les hierra sin
que esto les impida galopar por las piedras sin tropezar. Llevan
las crines al natural, costumbre que el uso de la silla española,
tan práctica en las regiones montañosas, ha hecho perdurar, pero
que la introducción de la silla inglesa, tan incómoda en los
terrenos quebrados, tiende a hacer desaparecer.
A los bogotanos les gusta mucho el campo, pero ninguno de ellos
ha construido casas de campo confortables. No se conoce ni la
magnificencia de los parques, ni la elegancia de los jardines, ni
el lujo de los
|parterres; en ningún sitio se ven espalderas,
o emparrados, olmedas ni cenadores. Los gustos de los colombianos
son sencillos; se limitan a tener una granja o alquería rodeada de
prados para que paste el ganado: por esta razón sólo van a sus
haciendas para arreglar cuentas con los arrendatarios; nunca, ni
por casualidad pasan en ellas toda una temporada; prefieren a una
estancia monótona en una finca aislada, hacer algunas excursiones
por los alrededores de la capital donde hay sitios agradables, en
particular Tabio y Suba, que tienen aguas termales.
El extranjero al llegar a Bogotá, si no tiene cartas de
presentación, tropieza con grandes dificultades para alojarse, aun
cuando en rigor de verdad se le da hospedaje como en todas las
otras ciudades y pueblos. Lo mejor que puede hacer es ir a una
posada, que se acaba de inaugurar, en la que por una piastra diaria
se encuentra todo lo que se necesita.
La vida no es muy cara ni se contenta uno con la mesa redonda
|
²
. Generalmente la
comida en ésta se compone de un trozo de carne cocida con patatas,
yuca y plátanos; en algunas casan acomodadas se suele añadir a ese
plato nuevos fritos, lentejas, guisantes o alubias, que en días
extraordinarias sirven de acompañamiento a un trozo de carne de
cerdo. El pan es bastante bueno, pero se come poco; en cambio se
toma tres veces al día chocolate con queso y confituras. la bebida
más corriente es el agua y a veces la chicha. El vino es cosá muy
rara, y se le considera tan nocivo para la salud como el
aguardiente. En esto tienen razón; el uso de estas bebidas es muy
peligroso en Bogotá, no se pueden beber sino con extrema
moderación. Se hacen varias comidas al día. A las siete de mañana
se toma chocolate; a las diez, la sopa; se almuerza a las dos, se
merienda a las cinco con chocolate, y se come a las diez. El uso de
los vasos o de las copas de plata está a la orden del día; todo el
mundo tiene por lo menos uno. No se usan las servilletas, el mantel
es de rigor. Para el agua se suelen usar jarras de barro; de
costumbre no se pone sino una para todos los comensales. Después de
comer se lavan las manos, fuman y duermen. Esta costumbre es tan
general que a las tres de la tarde toda la ciudad está sumida en el
silencio más profundo, como sucede en todas las ciudades habitadas
por los españoles.
Algunas familias, después de varios viajes a Jamaica, han
abandonado sus antiguas costumbres y adoptado las europeas. Claro
es que las costumbres de un país no se estudian en las familias
cosmopolitas.
No hay en Bogotá diez comerciantes que tengan 100.000 piastras;
entre las personas que viven de sus rentas, no hay cinco que tengan
un capital mucho mayor. Las fortunas más corrientes son de 5 a
10.000 piastras. Como casi todo el mundo tiene una tienda, el
negocillo que con ella hacen, triplica por lo menos, las
rentas.
Las tiendas, sobre todo las farmacias, son pequeñas, oscuras y
están muy sucias; la luz entra sólo por la puerta, pero sin embargo
son los sitios en que cuantos no tienen nada que hacer están de
tertulia. El comerciante colombiano sentado en el mostrador,
fumando sin cesar y contestando lacónicamente a los parroquianos
recuerda mucho a los mercaderes de Esmirna o de Alepo.
Las diversiones consisten en bailes, mascaradas, riñas de gallos
y corridas de toros. Algunas veces hay funciones de teatro. La
principal diversión consiste en los juegos de envite y de azar; en
ellos se arriesgan hasta 10.000 piastras.
En 1823 la pasión de los bogotanos por el juego estuvo a punto
de convertirse en un negocio para un europeo que quiso abrir una
casa de juego por el estilo de las de París. Ya lo tenía todo
preparado iba a abrir sus salas a la pasión de los jugadores,
cuando el Vicepresidente le amenazó con castigarle con todo rigor
si no abandonaba la ciudad. Idénticas amenazas se hicieron a los
que tenían el
|treinta y cuarenta en Quito y en Cartagena,
pero éstas no surtieron efecto.
El bogotano es muy sociable; las reuniones no tienen di el mismo
atractivo que las de Europa, porque todo el mundo fuma mucho y
habla poco. Pero esa manía se irá perdiendo. Las señoras ya van
dejando poco a poco, casi sin darse cuenta, el uso del tabaco; es
un sacrificio que los oficiales ingleses han obtenido de ellas, y
justifican su preferencia por las mujeres inglesas con estas
palabras:
|no fuman.
El boato que se despliega en las procesiones y la multitud de
fiestas religiosas contribuye en mucha parte a la distracción del
pueblo.
El Corpus es la fiesta que se celebra con mayor esplendor en
Bogotá. La víspera se anuncia con fuegos artificiales. Se levantan
cuatro altares ricamente adornados, uno en cada esquina de la Plaza
Mayor, por donde ha de pasar la procesión, y por una singular
mezcolanza de lo sagrado con lo profano, por todas partes se ponen
cucañas, fantoches y una infinidad de jaulas llenas de animales
raros y extraños. Las diversiones y los juegos cesan en cuanto la
campana, que indica que la procesión se acerca, deja oír su tañido.
Todo el mundo entonces se descubre y se arrodilla en la calle.
A la cabeza de la procesión van unos hombres tirando de unos
cabriolés; en uno de ellos va el Rey David con la cabeza de Goliat
en la mano; en otro, Ester; en un tercero, Mardoqueo. Luégo viene
José montado en un caballo ricamente enjaezado, escoltado por un
número infinito de guardias, que llevan entre las piernas un
caballo de cartón. Todos esos personajes son los hijos de las
familias más distinguidas de la ciudad. Y cuánto se intriga para
conseguir uno de esos puestos en esa augusta ceremonia! Las
familias que consiguen que uno de sus hijos figure en ella no
escatiman gastos de ningún género, rivalizan en lujo, ponen en los
adornos, perlas, diamantes, rubíes y esmeraldas, y no saben qué
imaginar para hacer más llamativo el traje de los actores.
El clero se adelanta a paso procesional por entre la muchedumbre
de fieles que llena la plaza. Las muchachas más bonitas de Bogotá
van andando entre dos filas de sacerdotes; unas llevan el arca,
otras los panes, una el incienso, otras cestas de flores: luégo
vienen muchachos indios que, al són de la flauta y del tamboril,
ejecutan las danzas más extrañas. Cierra el cortejo un destacamento
de soldados con las armas y la bandera a la funerala.
Esta fiesta es la más bella de las que pueden verse en América;
las de Navidad en los países cálidos no pueden compararse ni con
mucho, a pesar de que ofrecen más encantos y de que se prestan a
más diversiones, ya que dan lugar en todas las casas a bailes y a
disfraces que el fresco de las noches hace sumamente
agradables.
En Bogotá las costumbres son menos rígidas que en las demás
ciudades; esto sucede en todas las capitales; los crímenes son
pocos; las borracheras no llevan consigo grandes excesos, a pesar
de que el número de tiendas en que se vende la chicha (especie de
cerveza india) y el aguardiente son numerosísimas, viéndose por
todas partes la hoja de col que tienen por distintivo.
Los bogotanos tienen buen carácter, son alegres y honrados: su
alegría no es ni ruidosa ni petulante. Pocas son las mujeres que no
son bonitas y todavía menos las que no tienen buen cuerpo; su
traje, tan singular, no se ve en ningún otro sitio del mundo.
Aquí, lo mismo que en el resto de la República, las dos clases
sociales, los ricos y los pobres, sólo se diferencian en el
calzado. Todas las muchachas del pueblo van descalzas; para la
mayor parte de ellas
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es una manera de agradar y más de una
señora las envidia.
Esas mismas mujeres, unas veces por sus encantos, otras por los
caprichos de los hombres o de la fortuna, pasan de buenas a
primeras a formar parte de las personas calzadas; pero por un
extraño prejuicio, por un pudor inexplicable, este cambio nunca
será súbito. Primero se va preparando a la opinión poniéndose un
vestido extraño, de un corte y de una tela idénticos a los hábitos
de las monjas; a las que lo llevan se les da el nombre de
|beatas. La coquetería y el lujo también han hecho suyo el
uso del hábito, pero entonces es un motivo piadoso lo que sirve de
pretexto para usarlo; por ejemplo para conseguir la curación de un
marido, de un padre, de un pariente, de una madre; precioso
privilegio ese que va unido al corte del vestido que santifica a la
que lo lleva; que impone silencio a la opinión envidiosa cuando una
mujer bonita se eleva de clase social; que da la salud sin más
cambios en la manera de vivir que la obligación de no llevar
vestidos de colores que no sean el blanco o el marrón, y la de dar
a su vestido un corte no más extraño que el de los vestidos que se
usan a diario.
La afición erudita que algunas personas tienen por las ciencias
y las letras ha llevado al Gobierno a fundar una biblioteca que
consta de unos 6.000 volúmenes, y a crear un jardín botánico y un
observatorio. Éstos están hoy completamente abandonados: hay tres
imprentas, que tienen poco trabajo, pues sólo editan dos semanarios
y algunos alegatos de abogados.
Pocos negros son los que se ven por la capital; como criados
sólo se toman a los mestizos de indios; los mulatos abundan más;
las señoras blancas no tienen ninguna prevención por el color de
sus criados, y se dice que hasta no los ven con indiferencia.
Los extranjeros tropiezan con grandes dificultades para
encontrar un servicio como Dios manda, sobre todo cuando van de
viaje, pues como tienen dificultad para hacerse comprender por las
gentes del campo, sus criados se convierten en sus intérpretes, y
la familiaridad con que les tratan sus huéspedes, que comen de
ordinario con ellos, les hacen sus iguales.
No es fácil decir cuál sea la opinión política de los bogotanos:
como todos los capitalinos, suelen ser criticones porque ven de
cerca el juego del gobierno pero en realidad son para éste más bien
espectadores indiferentes de su mantenimiento en el poder o de su
caída, que enemigos peligrosos. Con tal de que no les hagan pagar
impuestos y de que les dejen criticar a su gusto, se creen libres.
Después de haber sido Bogotá la que diera el impulso
revolucionario, de ahora en adelante lo recibirá de las provincias
y cualquier enemigo que se adueñe del llano entrará en la
capital.
Hubo el proyecto de establecer en Cúcuta la capital de la
República: proyecto injusto y mal concebido con él no se hubiera
logrado más que tener una ciudad solitaria como Washington, pues la
vida y el movimiento se hubieran quedado concentrados en Bogotá. Se
hubiera inmortalizado el nombre de Bolívar, pero no se hubiera
hecho una ciudad hermosa. Estas, lo mismo que los imperios, no se
improvisan. Esas ideas gigantescas, buenas para los discursos
apologéticos, no han dado resultados sino una sola vez, y para eso
en una monarquía absoluta en Rusia, pero también hay que tener
presente que la situación se prestaba a ello, pues por lo que a
Constantinopla se refiere hay que no olvidar que desde hacía mucho
tiempo Roma no estaba ya en Roma, sino allí donde acampaban sus
legiones.
Bogotá es, pues, por ahora, la sede del Gobierno: aquí es donde
mejor se pueden estudiar los ingresos y los recursos de la
República: vamos pues a examinarlos.
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Al poco tiempo Quesada murió en Mariquita (Tolima). Hace
algunos años se descubrió la tumba del conquistador, se sacaron los
huesos, y la ingratitud los aventó. Por la misma época las cenizas
de Cortés estuvieron a punto de sufrir en Méjico el mismo trato, de
no haber sido porque se temió excitar con ello el descontento de
los indios que todavía veneran el nombre de Cortés.
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Véase sección Notas y aclaraciones, al final de la obra.
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