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CAPÍTULO X
Regreso a Bogotá - Puente Real -
Minas de cobre de Moniquirá - Chinquinquirá - Minas de sal de
Zipaquirá.
Después de haber pasado cinco días en la capital del Socorro,
emprendí el regreso a Bogotá. Muy de mañana atravesé el pintoresco
pueblecillo de Las Palmas. Luégo de haber seguido de lejos la
elevada serranía del Opón, en la que se ve un gran número de
viviendas tuvimos que pasar un puente en el que se paga pontazgo
(tres perras chicas); me vi exento del pago de esta gabela, debido
a la superchería de una de las personas que viajaban conmigo y que,
sin que yo me enterara, me hizo pasar por un oficial de la
República; invocando esa condición, no se paga nada: semejante
abuso no es lo más apropiado para estimular las empresas útiles.
Los puentes en la provincia del Socorro son de lo más sencillo en
cuanto a construcción; para mantenerlos en buen estado se les
protege con un techo de teja.
A la caída de la tarde llegué a Guadalupe. Este pueblo está
situado en una meseta que no deja de ser elevada, ya que el
termómetro no marca más de 15º. Este cambio de temperatura también
se debe en parte a las tormentas que a cada momento desuelan la
región; el aire es más fresco y ya no se ven bocios.
Al día siguiente bajarnos a las márgenes malsanas del Suárez; el
termómetro marcaba, como en el Socorro, 20º Las aguas del Suárez
son muy malsanas. Si uno se baña en ellas puede coger las fiebres.
Lo que me dijeron los marineros de la piragua no me pareció
descabellado al sentirme de repente poco a gusto en aquella región
malsana, en la que el aire está cargado de miasmas pestilenciales y
de insectos. Me alejé de ella más que de prisa: a medida que me iba
elevando hacia regiones más frescas, el malestar que sentí iba
desapareciendo; al llegar a San Benito (14º R.), ya me encontraba
bien del todo. Este pueblo está edificado con los fósiles de
amonitas que abundan mucho en las montañas vecinas. En una aldea
próxima que se llama La Aguada se ha descubierto una mina de
plomo.
Al salir de esta aldea seguimos recorriendo regiones más altas y
también llenas de fósiles; pero como estas montañas están
constituidas por esquistos, el camino, debido a las lluvias, es del
todo intransitable. Ese banco de fósiles, que empieza entre
Guadalupe y San Benito, se prolonga hasta Moniquirá. Todavía se
advierten algunas capas diseminadas en la provincia de Tunja.
Siguen el arco que describe la cadena del Opón desde el 76 al 77 de
longitud occidental.
Pasamos la noche en Puente Real, hoy Puente Nacional. El pueblo
está en ruinas. Antes se fabricaban telas tan estimadas como las
del Cocuy, por el brillo de sus colores; todos los obreros han
desaparecido y las fábricas ya no existen. Puente Real envía aún
algunos productos hacia el Magdalena por Vélez, primera ciudad que
los españoles fundaron en Nueva Granada. Antes se comunicaba la
ciudad con el río por el camino de Curare, donde se había
descubierto una mina de oro riquísima: La Corcovada. Luégo se
abandonó este camino, debido a las enfermedades epidémicas que
acababan con casi todos los viajeros.
Puente Real es el límite de la frontera política de la provincia
del Socorro. Frontera natural que el Gobierno, muy juiciosamente,
estableció en esta ciudad. En efecto, este ensanchamiento de la
cordillera que forma la provincia del Socorro cuyo declive va desde
Moniquirá hasta San Gil, se estrecha aquí y se vuelve úno a
encontrar con las montañas que hasta ahora se veían prolongar, como
si fuesen muros, a derecha e izquierda; al Este, bajo el nombre de
Cerinza, y al Oeste con el de Opón. La influencia de los vientos
húmedos del Nordeste empieza a disminuir en Puente Real. Un poco
más arriba, esos vientos que aquí traen la lluvia, llevan con ellos
el buen tiempo.
El valle del Socorro debe ser rico en minerales; no se cree que
contenga mucho oro, pero los bancos de esquistos que le sirven, por
decirlo así, de asiento, contienen hierro y cobre en
abundancia.
Dejé el camino principal que va de Puente Real a Bogotá para
tomar el de Moniquirá; su dirección es Sur-Sureste. Empecé, por lo
tanto, a recorrer los valles que entrecortan la parte alta de la
cordillera: los caminos eran espantosos, pues el declive de las
montañas que estaba escalando es el punto donde descargan la lluvia
las nubes que vienen del Noroeste, de modo que toda esta región no
es más que un pantano profundo, en el que uno se atolla a cada
paso. Claro que la tierra, debido a esta circunstancia, es
sumamente fértil y los habitantes la labran con esmero; pero ¿para
qué sirve toda esta riqueza si no tiene salida, si carece de medios
de comunicación? Los campos están cubiertos de una espléndida
vegetación, al paso que las cabañas donde vive la gente tienen un
aspecto de lo mas misérrimo. Este contraste llama la atención sobre
todo cuando se viene del Socorro, en donde los habitantes son más
ricos y felices. Se ven mucho más indios, como si ese pueblo se
hubiera reservado para sí los lugares en que la inclemencia del
tiempo levanta una barrera entre él y sus amos.
Desde muy lejos se divisa a Moniquirá; en el centro de esta
ciudad se levanta una palmera solitaria, que permite distinguirla
desde muy lejos. Llegué casi al mismo tiempo con un hombre que
llevaba a dos jovencitos con las manos atadas a la espalda. En
cuanto estos infelices me vieron, se arrodillaron delante de mí;
les di algunas monedas, que recibieron con extrañeza, pues, como me
habían tomado por un oficial de la República, no esperaban de mí ni
siquiera un saludo. A pesar de su semblante amarillento y
desencajado que dejaba traslucir el cansancio y los ayunos,
entregaron el dinero a su madre, que les seguía llorando.
La cara del hombre que los conducía en esa forma tenía una
expresión de gran dureza y su lenguaje era todavía más bárbaro. Al
oírle acudió a mi mente el recuerdo del traficante de esclavos que
había visto en mis viajes por África y que, con el látigo en la
mano, arreaba por delante a aquel rebaño de seres humanos. En mi
presencia preguntaron a aquel reclutador por qué había traído unos
soldados tan débiles.
No es culpa mía, contestó: es lo único que he encontrado en
Santa Ana, pues al verme llegar todo el mundo se escapó.
No es ese el único espectáculo aflictivo que ofrecía Moniquirá.
Los calabozos estaban atestados de reclutas arrancados de idéntica
manera a sus hogares. Las puertas de la cárcel estaban literalmente
asediadas por una multitud de mujeres: madres, esposas o hermanas
de aquellos infelices a los que daban todo lo que podían conseguir
implorando la caridad de los habitantes de Moniquirá.
Al día siguiente, muy de mañana, salí de este lugar y me dirigí,
aun a riesgo de hundirme en los profundos pantanos que cortan el
camino, hacia la mina de cobre. A medida que nos íbamos aproximando
a la mina advertíamos que la mayor parte de las rocas de cuarzo que
cubren la región estaban recubiertas de óxido de cobre. Por fin
llegamos a la mina: aquí todo estaba seco, ya no llovía; estábamos
en una región completamente distinta. Domingo Corredor, el
propietario de la mina, tuvo la amabilidad de acompañarme; bajamos
por unos trozos de madera dispuestos a guisa de escalones. La mina
está situada en la orilla de un río; la galería que han abierto es
profunda y se trabaja a la luz de unas antorchas. No hay más que
tres mineros, de modo que se calcula que la mina no puede dar más
que doscientas arrobas (cincuenta quintales) de cobre en diez y
ocho meses¹.
Se vendió la mina en catorce mil piastras; muy probablemente se
dan obtener beneficios inmensos si se le explotase por
procedimientos menos primitivos. En el estado en que se encuentra
da abasto para las necesidades de las provincias circunvecinas.
Al Salir de esa mina se pasa el río Moniquirá, en el que se
cazan muchas nutrias; se pasa por Santo Ecce Horno, pueblecillo
completamente deshabitado, y luégo por Suta, rica en tierras
nitrosas. El valle de Suta es muy bonito, la vegetación es muy
lozana y la temperatura es mucho más suave que en el resto de la
provincia de Tunja; al Sur, el valle está cerrado por una montaña
muy alta en la que hay plantadas una sede de crucecitas que marcan
el camino que siguen los peregrinos para ir a Chiquinquirá. Nos
cruzamos con algunos de ellos: su alegría escandalosa, sus
canciones y sus carcajadas prueban que esta peregrinación no tiene
nada de austero y que por el contrario, constituye una
diversión.
Hasta el día 12 no puede entrar en lo que es Nuestra Señora de
Loreto, de Colombia. La iglesia de Chiquinquirá está edificada
sobre un plano regular; el interior es muy sencillo; me había
imaginado que vería almacenados allí los tesoros de los reyes y de
los pueblos, y no vi más que algunas chapas de plata que recubren
el altar mayor; éste estaba adornado con flores, y de unas
cazoletas se exhalaban perfumes que embalsamaban toda la iglesia,
la imagen de la Virgen está colocada detrás de dos cortinas de seda
recamada de oro.
Un sacristán las descorrió con mano temblorosa, y pude
contemplar a espacio la sagrada imagen; es un lienzo pintado sin
talento alguno, que representa a la Virgen, de pies; a sus lados se
ven a San Antonio y a San Andrés. La imagen que le enseñan a úno
parece nueva; por un milagro divino se le vio un buen día en un
sitio, casi borrada en el lienzo.
Limosnas, ofrendas y dádivas, todo afluye en abundancia, desde
el mes de diciembre hasta el de abril, a la caja de los dominicos,
que tienen la custodia de ese sagrado depósito. Los ex-votos no
cuelgan como en nuestras iglesias, de la bóveda del templo, ni como
en la Meca los tapices se amontonan en el Santuario; aquí las
ofrendas se guardan en cofres que no deben tardar en llenarse, ya
que no se dicen misas más que a razón de seis piastras, y que los
ricos habitantes de Popayán y de Girón, que acuden en
agradecimiento por la curación de algún hilo, suelen dar a veces
más de cien piastras.
Los sacerdotes de ese templo llevan una vida felicísima en el
convento que han edificado al lado de la iglesia; son unos doce o
catorce que se relevan por semestres. Sin embargo, no están
inactivos en medio de tántas riquezas; por una parte, la
administración de las cantidades que la piedad arroja en sus manos
exige gran cuidado; se emplean con gran prudencia; una parte de
ellas se destina a agrandar el convento y al adorno de la iglesia,
y sobre todo a aumentar las rentas, ya considerables, de tres
haciendas que pertenecen a la Virgen de Chiquinquirá.
El interés que los dominicos muestran por esta preciosa reliquia
es, pues, muy natural, y no se les puede reprochar que hayan
rechazado los ofrecimientos que les hacía el clero secular de
Bogotá de tomarla en arrendamiento por cuarenta mil piastras.
Serviez, oficial francés al servicio de Colombia, pensó en que
si se apoderaba de esa imagen sagrada, toda la gente iría a
adorarla al lugar a que él la condujese, y que, nuevo pontífice de
la imagen, sería él quien recogiera el producto de todas las
ofrendas que le llevasen. Se equivocó: la gente abominó del
profanador, y nadie acudió a tal sitio. Serviez fue batido en las
inmediaciones de Bogotá, adonde se había retirado, y pensando más
en escapar que en salvar aquel nuevo lábaro, lo abandonó en
Cáqueza; los dominicos, desolados, fueron allá a buscarlo y lo
reintegraron con gran pompa a Chiquinquirá, adonde desde entonces,
la gente sigue yendo en peregrinación.
Poco tiempo después Serviez fue asesinado por sus mismos
oficiales porque quiso someterles a los rigores de la disciplina
europea. Su muerte violenta se consideró por el pueblo como castigo
del sacrilegio que había cometido.
Al salir de Chiquinquirá atravesé algunas magníficas haciendas,
y luégo Susa, pueblo que está emplazado en medio de una llanura que
termina en el páramo de Noa y que no está separado de Chiquinquirá
sino por una colina poco elevada; de allí llegué a Fúquene: al
Nordeste se encuentra el lago de este nombre. Poco después está
Ubaté, que es un pueblecito de una limpieza poco frecuente en estas
regiones; el maestro ha puesto como propaganda de la escuela todas
las letras del alfabeto. Se pasa la noche en Suta-Pelado, llamada
así para diferenciarla de la otra Suta y porque sopla una especie
de solano que agosta y quema las cosechas, arruinando a la
agricultura. Esto sucede por lo general en la época en que reinan
los vientos del Este, que, formados en las cimas nevadas del Cocuy,
pasan sobre la provincia de Tunja que está a mucho menor altitud
que Suta-Pelado. Cuando se contempla esa llanura desde el pueblo
parece una planicie tersa cuyo horizonte cierran por el Este los
páramos, y sin embargo su superficie es muy quebrada.
Después de Suta-Pelado se llega a la venta del Alto de la Cruz;
se pasa luégo el Boquerón de Tausa, abertura practicada por la
naturaleza en medio de las montañas de ese nombre: en las
inmediaciones se explota una mina de sal. Al atravesar el páramo de
Tausa padecimos un frío vivísimo, pero con la vista de la hermosa
llanura de Bogotá pronto di al olvido mis sufrimientos. Me apresuré
a descender a ella y en seguida me encontré en Zipaquirá. Llegamos
en día de mercado y una multitud ingente llenaba las calles y el
camino. Por todas partes se veían mesas cubiertas con manteles
blancos, en las que había pan. El tráfico era inmenso; se hubiera
úno creído en la capital de un imperio a pesar de no ser más que un
pueblo, pero un pueblo más rico -por la mina de sal que se explota
en sus inmediaciones- que el Chocó a pesar de todos sus
tesoros.
No estuve sino una noche en Zipaquirá, y al día siguiente pasé
por Gaitán (sic ¿Cajicá?); poco más allá entramos en los bosques de
manzanos en los que los indios de Chía han levantado sus chozas. De
allí me dirigí a las márgenes del Bogotá, que pasé en balsa; al
salir de allí llegué al Platanal, pantano profundo en la época de
lluvias, y no fue sin grandes trabajos como recorrimos el camino
que pasa por allí y que lleva a Bogotá. Ya era de noche cuando
llegué a esta ciudad después de una ausencia de un mes.
El mes que pasé en ella lo aproveché para recoger cuantos datos
estimé que podrían ser de utilidad para dar una idea de la capital
de la República de Colombia, a la que dedicaré el capítulo
siguiente.
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1
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Le pagan a 20 reales (13 francos)
la arroba (25 libras). El capital invertido en la adquisición de
esa mina no produce más que el 3 por ciento. En Chile se paga el
cobre a 65
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francos el quintal.
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