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CAPÍTULO
VIII
El virrey Sámano - Soldados españoles
- Soldados americanos - Bolívar entra en Santafé, pasa a Quito y
luégo a Guayaquil - Características de los principales
generales.
Después de haber reconquistado la Nueva Granada, Morillo se
ocupó en pacificar a Venezuela. Pareciéndole que todo estaba
tranquilo en la capital, en 1817 dejó en calidad de virrey a
Sámano. Este anciano, partidario del sistema de barbarie y de
proscripción que antaño hiciera tan odioso el nombre del duque de
Alba, y que por otra parte era por su edad antagonista
irreconciliable de todo lo que no estaba de acuerdo con sus ideas,
aumentó el número de víctimas y el de los enemigos de su patria.
Todos los americanos, ante el temor de verse incluidos en las
listas de proscritos, huyeron a los llanos. Los sufrimientos y las
privaciones que los poco curtidos habitantes de las montañas
padecieron en esas regiones ardientes -algunos de ellos tuvieron
que alimentarse de carne humana- lejos de llevar el desaliento a
sus almas, les animaban con la idea de la venganza. Santander supo
aprovechar su ardimiento; poniéndose a su cabeza, les organizó en
unidades regulares, que fueron después de la mayor utilidad a la
causa de la independencia.
Poco tardó Morillo en llegar a Caracas, donde encontró algunos
soldados venidos de Europa. Conocedor de las desventajas que estos
soldados ofrecían para la lucha en los Llanos contra los salvajes
que los pueblan, no se arriesgó a aventurarse en los bosques del
Orinoco, donde hubiese tropezado con Bolívar y talvez sufrido una
derrota.
En efecto, si los americanos del siglo XIX eran muy superiores
en valor y en estrategia a los del siglo XV, no sucedía lo mismo
con los españoles. El calor, la sed, las dificultades que ofrecían
los caminos, que no detuvieron a sus abuelos, les eran ahora
insoportables. No tenían ya aquella energía, aquel ardor impetuoso
y aquel valor indomable que sus antepasados heredaron con la sangre
de los árabes; no podían soportar el ardor del sol; los pies
ensangrentados y aprisionados en zapatos estrechos les obligaban
con frecuencia a quedarse en las poblaciones. Sus armas eran
demasiado pesadas para sus fuerzas; necesitaban vestuario y
víveres; si un nuevo Cortés hubiera quemado las naves, éstos
hubieran perecido de hambre.
Los americanos, por el contrario, andaban descalzos, se
conformaban con unos cuantos plátanos y no necesitaban reanimarse
con aguardiente, que si lo llevaban era para los soldados ingleses
que habían tomado parte a su favor en esta contienda. Ni los
caballos ni las armas de fuego les espantaban ahora; montaban a
caballo y se servían de los fúsiles con destreza poco común.
Acostumbrados a dar caza en aquellos bosques a las fieras o a sus
rebaños casi salvajes, aprendieron con esos ejercicios a evitar los
peligros o a despreciarlos. En muchas ocasiones sólo se servían de
aquellas mismas armas que utilizaban para sus cacerías de animales
salvajes, la lanza o el lazo.
Ahora no eran ya ni los antiguos españoles ni los antiguos
americanos los que se encontraban frente a frente: todo había
cambiado; la fuerza había pasado, por ley de herencia, a los
habitantes del Nuevo Mundo.
Talvez hubiera debido España reclutar sus soldados entre los
habitantes de las islas o de la costa de África en lugar de exponer
a sus hijos a los ardores de un clima demasiado cálido para el
organismo de los europeos. En efecto, los españoles sólo luchaban
de verdad cuando combatían en el clima más templado de la
cordillera; en cuanto descendían al llano, hasta los más valientes
huían vergonzosamente.
Los generales españoles, alarmados por el número crecido de las
bajas, aprovecharon la enfermiza emulación de los americanos y los
recibieron como defensores de la causa de Europa; pero ¡qué mal
conocían el arte de atraerse a esos hombres ambiciosos, que no
veían sin despecho que con la llegada de los europeos sus derechos
se esfumaban, pues si se les admitía en el ejército era siempre
como subordinados, nunca como iguales! No se daba importancia
alguna a su abnegación; ésta pocas veces se encomiaba, y con menos
frecuencia aún, se premiaba. Por el contrario, se les vejaba
exigiéndoles sin cesar nuevos y mayores sacrificios, y las pruebas
de éstos se recibían con desdén. No supieron borrar esas
diferencias entre americanos y europeos, entre blancos y negros, y
más bien parecía como si quisieran ahondarlas; muchos oficiales
españoles, tan groseros como ignorantes, se divertían en poner de
manifiesto mediante los más viles insultos, el desprecio que
sentían por aquellos que a fuerza de servicios habían obtenido el
grado de subtenientes.
Los soldados de Bolívar, enrolados bajo el estandarte de un jefe
de su país, se batían con denuedo; y hasta sus compañeros de armas,
refrenando ese odio que nace de la envidia contra un igual que se
distingue y se eleva, le eran adictos. Su ignorancia comprendía mal
esos conceptos de independencia y de libertad, pero eran sensibles
a las distinciones, y Bolívar sabía crearlas y distribuirlas. En
las filas españolas reinaba la abundancia; en las americanas se
carecía de todo, y sin embargo, en éstas las deserciones eran poco
frecuentes. No se daban éstos cuenta de la penuria, porque estaban
acostumbrados a padecerla en sus casas. Al principio les costó
trabajo combatir frente a frente a los españoles; pero luégo
aprendieron a vencerles. Conocían perfectamente todos los caminos,
en todas partes encontraban hermanos que en caso de peligro les
ocultaban. Sus caballos, acostumbrados a sus caprichos, eran más
dóciles, y lo mismo que sus jinetes, soportaban las privaciones sin
detrimento de sus energías. Sus armas eran rudimentarias, pero la
destreza con que las manejaban las hacían temibles. Sus jefes
estaban animados de la misma bullente actividad que sus hombres;
además, sus costumbres, sus diversiones y sus hábitos les eran
familiares, y lejos de contrariarlos con una molesta disciplina,
actuaban como camaradas compartiendo con ellos sus pasatiempos.
Ese fue el gran arte de Bolívar: sus partidarios, en su
entusiasmo le han comparado con César, cuando en realidad presenta
muchas mayores analogías con Sertorio. Como éste, tuvo que dominar
pueblos salvajes, tuvo que luchar contra una nación poderosa y
llena de experiencia. Hasta los lugares eran parecidos: caminos
difíciles, montañas elevadas, todo recordaba a la España de la
época de Sertorio. Como éste, Bolívar desconcertaba a sus enemigos
por la rapidez de sus marchas, lo imprevisto de sus ataques, la
celeridad de sus retiradas, que hacían que sus reveses fueran
fácilmente subsanados poco después. Desplegaba en las montañas la
misma actividad que en los llanos, y sabía dar el ejemplo de la
sobriedad y de la templanza. Así fue como multiplicó su pequeño
ejército.
Si su táctica era diferente de la de los españoles, todavía lo
fue más su conducta. Sabía perdonar a los vencidos y a los
tránsfugas, y de ese modo aumentaba el número de sus partidarios.
Ni los curas le negaban sus sufragios porque respetaba su
ministerio que los españoles, después de sus guerras contra los
franceses, en muchas ocasiones despreciaban. Finalmente, excitaba
el orgullo de los americanos hablándoles constantemente de su valor
y de sus talentos, y de esta suerte hacía más odioso todavía el
desprecio con que los españoles les abrumaban.
No quiso, pues, Morillo ir al encuentro, en las márgenes del
Orinoco de ese hábil capitán, dotado de los talentos de Guillermo
de Nassau, a quien los Países Bajos debieron su emancipación de
Felipe II. Dirigió sus armas contra la isla de la Margarita, que
tenía una población de quince mil hombres de color y que estaba al
mando de Arismendi, uno de los capitanes más valientes.
Este baluarte de la independencia americana fue fatal para
Morillo. Sus fuerzas fueron completamente derrotadas: obligado a
volverse a Caracas, renegó de verse detenido allí por falta de
tropas, pues sus soldados habían muerto casi todos en aquellos
combates o en los hospitales.
El brigadier Canterac le trajo tres mii hombres de España, pero
Morillo no se movió. En 1818, encontrándose en Calabozo, Bolívar,
que desde hacía varios meses erraba por los Llanos de Casanare, le
sorprendió durante la noche y le persiguió hasta las mismas puertas
de Valencia. Los españoles se rehicieron en aquella posición,
atacaron a su vez a Bolívar, le derrotaron y le obligaron a
volverse a la provincia de Casanare.
Allí encontró éste nuevos soldados, pues los bravíos pobladores
de esas comarcas estaban deseando guerrear. Esos pastores, cuyos
ganados casi salvajes no necesitaban, por decirlo así, de
guardianes, estaban siempre dispuestos a entrar en campaña si se
les prometía el pillaje.
En 1819 Bolívar les ofreció el saqueo de Santafé, y al instante
pasaron los páramos glaciales de la cordillera. Cerca de Sogamoso
se encontraron con la vanguardia del ejército del Virrey que se
puso en marcha al enterarse del proyecto de Bolívar.
Un descalabro no detuvo a éste. A favor de la noche logró burlar
a Barreiro, general que mandaba las tropas españolas, y, dejándole
atrás, marchó a grandes jornadas sobre Santafé. Barreiro temió que
entrase y que, favorecido por el gran número de partidarios que
allí tenía, se apoderase de la capital. Le siguió, pues; le alcanzó
en Boyacá, lugar próximo a Tunja; le libró batalla y fue derrotado
por Bolívar, que le cogió prisionero juntamente con treinta y ocho
oficiales. Todos fueron pasados por las armas; éste fue el primer
acto de represalias realizado por los americanos contra los
españoles, pero no el único.
Sámano, huyó cobardemente, y la capital de la cordillera volvió
a caer en manos de las gentes de los Llanos. Bolívar cumplió la
palabra dada: los comercios, el dinero y las joyas de los que
habían combatido por los españoles sirvieron para pagar los gastos
de esta expedición.
Fue entonces cuando Bolívar, para mejor asegurar el triunfo de
las nuevas ideas, para las cuales la masa de sus partidarios no
estaba todavía preparada, sustituyó con largueza las órdenes de
Carlos III y de Fernando por las de los Libertadores y de Boyacá.
España, antaño, recompensó a los
|pacificadores
distribuyéndoles
|encomiendas. Bolívar no fue menos generoso
para con los
|libertadores;
|
el vicepresidente
Santander tuvo, más que otro alguno, parte en estas mercedes. Por
Decreto de 12 de septiembre de 1819, se le otorgó la casa que era
propiedad del vecino de Bogotá Vicente Córdova, y la hacienda que,
en la jurisdicción de Zipaquirá, poseía un tal Pedro Bufanda y que
producía pingües rentas.
Bolívar no era ya un partidario desconocido. El haber escapado a
Morillo y, habiendo sido vencido, apoderarse de la capital del
Imperio expulsando de ella al representante del rey, el derrotar
con unos cuantos salvajes a ocho mil hombres de tropas regulares,
había elevado en la opinión pública al vencedor de Boyacá a una
altura fantástica.
Se le dejó, pues, que siguiese cubriéndose de gloria, aunque
andando el tiempo ésta se debió menos a sus éxitos guerreros que a
los de su política, lo que hizo que el año 1821 terminase más
tranquilamente.
Dueño de Santafé, Bolívar en seguida volvió a descender a los
llanos de Caracas. En varias ocasiones sus soldados tuvieron que
combatir contra los de Morillo, mostrándose la fortuna tornadiza en
esos encuentros. Más suerte tuvo el jefe de los independientes en
una entrevista con el general español. En ella se concretó una
tregua de seis meses: el americano la violó apoderándose de
Maracaibo. Las hostilidades empezaron de nuevo. Morillo había
regresado a España. Latorre había sustituido a Morillo en el mando
del ejército. En Carabobo fue atacado por Bolívar, y menos
afortunado que Morillo, fue derrotado teniendo que refugiarse en
Puerto Cabello.
De este modo, en 1821, España, despreciando el consejo que le
diera uno de sus virreyes de interesar a Inglaterra para que le
ayudara a sostener la guerra con sus colonias de América
repartiéndolas con ella, perdía sus ejércitos y sus tesoros en la
reconquista de aquellos países, que había sojuzgado siglos antes,
sin tesoros y sin ejércitos. Todo cedía ante la voluntad del
dictador Bolívar; un Congreso reunido en Cúcuta estableció las
bases de un nuevo gobierno. Se olvidaron los principios de una
federación entre las diversas provincias, y los apetitos y las
ambiciones guardaron silencio.
Sin embargo, la guerra volvió a encenderse en el Sur. En un
principio sólo tuvo el carácter de rebelión, que se trocó en guerra
civil con todos sus horrores. Muchas personas que habían luchado
contra los españoles empezaban a añorar su dominación, y preferían
obedecer a unos amos antes que a unos iguales cuyo orgullo les era
intolerable. Muchos partidarios de la federación, que soñaban con
recibir prebendas de ese régimen, veían con profundo sentimiento
que habían trabajado por la destrucción de la monarquía española
sin recoger los frutos que esperaban cosechar con la
revolución.
Hasta los mismos vencedores, después de haber reunido bajo un
mismo amo las provincias del llano y las de las montañas, se
burlaban de los fundadores de la primera República, designándola
con el nombre de
|Patria Boba; y en esta denominación
englobaban a todos los amigos de Nariño.
Todos corrieron, pues, a las armas; y en 1822, Pasto,
insurrecta, mereció que hasta el propio Bolívar acudiera al frente
de cinco mil hombres para sofocar el movimiento.
La cadena de montañas que atraviesa esa provincia ofrece medios
fáciles para hacerse fuerte en ellas; rocas escarpadas, pantanos
profundos, bosques impenetrables sugieren a los habitantes
resoluciones siempre funestas para los que de fuera vienen a
atacarles. Bolívar lo intentó, pero encontró en el valor de los
habitantes y en las dificultades del terreno obstáculos
imprevistos; a punto de ser hecho prisionero, pudo escapar jurando
que respetaría su libertad, dejándoles decidir por sí y ante sí en
lo relativo a su acatamiento a España. Con esta condición,
garantizado por los juramentos más solemnes, pudo retirarse.
Poco tiempo después, a la cabeza de un nuevo ejército, entró de
nuevo en la provincia, la sometió y voló en socorro de Sucre, su
lugarteniente, que no se decidía a atacar a Quito con las escasas
fuerzas de que disponía.
Aymerich, anciano codicioso, que mandaba las fuerzas españolas,
marchó contra Bolívar pero careciendo del ardor de la juventud, no
supo sacar partido de la situación en la que por lo demás reinaba
el mayor desorden. Sus tropas, integradas en su mayor parte por
americanos, no podían tener el menor respeto por Aymerich, hombre
falto de capacidad; sus órdenes eran mal interpretadas, de modo que
en su ejercito reinaba la anarquía. En ninguna de las fuerzas
combatientes había disciplina; pero en la de los americanos la
estima que se tenía por Bolívar hacía sus veces, dando lugar a una
obediencia respetuosa hacia su persona.
Así es que los españoles, o mejor dicho los americanos
españoles, fueron derrotados por los americanos independientes en
ese encuentro que se llamó del Pichincha, porque se riño a la vista
de aquel terrible volcán.
En poco tiempo quedó toda la provincia sometida, y el resto de
las tropas españolas sólo salvó la vida a cambio de solicitar la
gracia de expatriarse o de traicionar sus banderas. Se les concedió
una y otra: sólo un corto número prefirió la desgracia a la
deshonra; la mayor parte se pasó al vencedor, y hasta más de
cuatrocientos españoles le prestaron juramento de fidelidad.
Guayaquil, enriquecida por su comercio entre Panamá y el Perú,
se declaró ciudad libre en 1819. Pero no contando más que con una
población de veinte mil almas, comprendía su impotencia para
defender su independencia. Bajo el dominio español, unas veces
había formado parte del Perú y otras de Nueva Granada, y ahora
experimentaba la misma indecisión, no sabiendo entregarse. Bolívar
la sacó de dudas, y marchando sobre ella la incorporó a la
República que acababa de fundar.
Los generales americanos que más se han distinguido en estas
guerras son: Bolívar, Santander, Sucre, Urdaneta, Bermudez, Páez,
Montilla y Padilla.
Bolívar tiene cuarenta y dos años. Ya hemos dicho cual fuera su
táctica guerrera y política. Por lo general, se proclama su
desprendimiento; sus sueldos se destinan en su mayor parte al pago
de las pensiones que asigna a las viudas o a los hijos de los
militares muertos en los combates.
Aunque su educación hubiera estado asaz descuidada, la
permanencia bastante larga en Europa despertó en él una gran
afición por el estudio de las lenguas y de la historia. Sus
progresos fueron rápidos. Ya le hemos comparado con Sertorio, y en
efecto sus métodos de hacer la guerra, sus largas marchas para
alcanzar al enemigo, la rapidez con que recorre distancias inmensas
para darle alcance, le presentan más bien como un guerrillero
atrevido que como un general hábil en la disposición de las masas
de hombres.
No se le suelen reconocer ideas administrativas muy profundas.
Hasta ahora se ha limitado a crear un gobierno mal copiado del de
los Estados Unidos. Me explicaré; si las formas del gobierno
colombiano tienen cierta analogía con las de la República de los
Estados Unidos, su principio constitucional dista mucho de ser el
mismo, En Colombia el poder está centralizado en las manos del
presidente; en estas condiciones, ¿cómo podrían los quince
senadores y los cuarenta y cinco diputados que integran el
Congreso, contrabalancear por sí solos la autoridad de un jefe
emprendedor, victorioso idolatrado por quince mil soldados y dueño
del tesoro del Estado? En Norte América la administración de las
provincias no está tampoco confiada a intendentes militares,
satélites de su general: allí cada provincia tiene sus estados, sus
leyes y sus privilegios; la federación se mantiene en un equilibrio
perfecto, que la Presidencia no puede romper, a menos que una
facción no llevase a ella a un Sila. La democracia, cuando existe
sólo en las altas clases sociales, con su sede en una ciudad
privilegiada donde impera gracias a un jefe militar no es más que
el primer paso hacia la tiranía; necesariamente ha de dar origen a
una oligarquía parecida a la que gobernó a Polonia sobre todo si el
país tiene una gran extensión territorial y está además poco
poblado, porque los medios de resistencia están demasiado
diseminados. ¿Dónde nos muestra la historia moderna verdaderos
estados democráticos? En las repúblicas federales de Suiza, de
Holanda y de Estados Unidos, y para eso en esta última todavía hay
más de un millón de hombres reducidos a la condición de ilotas.
Sólo el sistema federal puede preservar del despotismo a las
grandes repúblicas. Y este principio es tan cierto, que en
Colombia, Nariño, dictador, hizo la guerra a los federales
sostenidos por Bolívar, que entonces era un simple general, y que
éste a su vez les combatió en cuanto obtuvo la dictadura al
eliminar al partido de Nariño.
El ejército de Bolívar está principalmente constituido por esos
pastores que de los Llanos subieron con él hasta Santafé. Es en
ellos en los que tiene mas confianza; y como casi todos pertenecen
a la casta de los negros, tiene para con ésta las mayores
atenciones, y con frecuencia le prodiga recompensas: política ésta
prudente y hasta necesaria, pues hasta ahora, los negros,
satisfechos de servir en el ejercito, mandado por sus antiguos
amos, como soldados rasos, empiezan a desear bienes y grados que
durante mucho tiempo han sido negados a su valor, que se
consideraba suficientemente recompensado con la libertad.
Hasta ahora una feliz casualidad ha mantenido a Bolívar
invulnerable, y de ello se prevalen sus enemigos para decir que no
es valiente. ¿Cómo se puede no ser valiente cuando se aspira a
gobernar a los hombres y se logra esa aspiración?
No carece de elocuencia; sus arengas son inflamadas, pero suelen
ser difusas. Bien es verdad que en español cuesta mucho trabajo ser
conciso.
Siendo joven se casó en España: al poco tiempo perdió a su mujer
hasta hoy parece decidido a no casarse de nuevo. Todavía no le
tienta el trono. Miranda decía que América no estaba llamada a ser
una república, y Bolívar no cree que tenga condiciones para
constituir una monarquía digna de figurar al lado de las de
Europa.
El título de
|Libertador que se ha hecho otorgar, nuevo en
las lenguas modernas, es sinónimo de los de dictador o protector.
Hasta ahora no hay motivo para quejarse de su despotismo, y si no
fuese porque empieza a desterrar a los descontentos y a confiscar
sus bienes, no habría que reprocharle más que el haber usado
algunas veces de represalias durante la guerra.
Santander entró muy joven en el ejército. Nariño le distinguió y
le ascendió a teniente. Luégo marchó contra él con Baraya.
Cuando los españoles eran dueños de Santafé, Santander se retiró
a los llanos del Meta y levantó un ejército de tres mil hombres que
llevó a Bolívar, ayuda que contribuyó no poco a la victoria de
Boyacá. Su entereza, por todos reconocida, le valió la
Vicepresidencia. En este nuevo puesto ha desplegado un talento y un
mérito poco frecuentes.
Un odio reconcentrado separó por mucho tiempo a Nariño y a
Santander; en 1823 estuvo a punto de estallar. Al principio se
utilizaron como arma para esa lucha nada más que los panfletos;
Nariño, más diestro que su adversario en el manejo de esta clase de
esgrima, dejó muy maltrecho a Santander, que acabó por amenazarle
con una venganza pública, amenaza que realizó: la acusación se
llevó a cabo en pleno Senado, donde los acusadores echaron en cara
a Nariño su derrota en Pasto y pidieron que fuera expulsado del
Senado por malversación y traición. El viejo general se defendió
con tal vehemencia, que sus adversarios llegaron a temer que los
muchos partidarios de Nariño acudiesen a las armas para defenderle.
He aquí su discurso:
¿Por qué me acusan mis enemigos? Cuando fui Vicepresidente de la
República me necesitaban¹, y
entonces guardaban silencio; ahora como Senador puedo ser un
obstáculo para sus proyectos, y por eso hablan.
Cuando hay quien se atreve a lanzar semejante acusación en la
sesión inaugural de la primera legislatura, ¿qué se podrá
conjeturar de la suerte que está reservada a nuestra República?
¿Qué porvenir nos esta reservado si mis acusadores ganan la partida
o si no reciben el castigo que merece su infamia? Senadores: ¿de
qué servirán vuestros trabajos y las esperanzas que la Patria tiene
puestas en vuestra sabiduría si semejante desgracia ocurriera? Si
las repúblicas de la antigüedad si Roma y Atenas nos ofrecen
análogos ejemplos de injusticia, es únicamente en la época de su
decadencia y debido a la corrupción de las costumbres. En la Roma
naciente, Bruto inmoló su hijo en aras de la libertad, en aras de
la patria; en la Roma decadente Claudio Catalina y Marco Antonio
sacrificaron a Ciceron a sus intereses. Atenas se elevó, coronada
con las espigas de Ceres, al amparo de la equidad del Areópago, y
pereció con Milcíades, con Sócrates y con Foción. ¿Qué suerte
espera a nuestra República si empieza por donde las otras
terminaron? Dice un historiador célebre que cuando Tiberio subió al
trono la vil adulación y la infamia constituyeron las cualidades
imprescindibles de aquellos que querían agradar al príncipe. El
hombre abandonó el sendero de la virtud en cuanto esta se hizo
peligrosa. Senadores, que a la vez sois legisladores, jueces y
defensores de la libertad: si no obráis con la integridad de
Sócrates, con el desinterés de Foción y con la severa justicia del
Tribunal de Atenas la libertad perece; en el momento en que un
acusador audaz, en que un adulador cobarde triunfa el reino de
Tiberio empieza y el de la libertad termina.
Este discurso fue muy aplaudido. Los senadores, asustados,
proclamaron la inocencia de Nariño. Poco tiempo después, dando al
olvido los poderosos motivos que habían tenido para odiarse, Nariño
y Santander se unieron por lazos de estrecha amistad. Sólo el amor
a la patria pudo operar esta reconciliación inesperada.
Sucre no tiene treinta años; lo mismo que Santander, ha
conquistado todos sus grados por haber privado una batalla a favor
de Bolívar; la de Pichincha le valió el mando supremo en Quito.
Urdaneta, descendiente de una distinguida familia de Santafé,
tiene el mérito del Valor; desde hace algún tiempo, con su salud
muy quebrantada, parece haber sido jubilado al conferírsele la
Presidencia del Senado.
Bermúdez tiene cincuenta años; nació en Cumaná: desde un
principio tomó parte en la revolución americana; tiene bastante
preponderancia, aunque no se la pueda comparar con la que ejercen
otros de sus compañeros de armas.
Un kan de Tartaria, un jeque árabe es quien infirió los golpes
más fuertes a la monarquía española en América, el mulato Páez al
frente de algunos miles de sus salvajes lanceros, derroto con
frecuencia los escuadrones disciplinados, y en particular a los
húsares de Fernando VII. Este hombre, a quien hubiera sido fácil
desempeñar en el Orinoco el papel de Artigas en el Plata, permanece
fiel a Bolívar ganado por sus maneras dables y por su
generosidad.
Páez ostenta un gran lujo y afecta una cierta cortesía. A pesar
de esa vanidad natural en un salvaje; lleva la misma vida que sus
soldados. Cuando está entre ellos, su mesa, sus juegos y sus
distracciones son los suyos; nadie monta mejor que él a caballo ni
maneja la lanza con mayor destreza, ni ataca al enemigo con mayor
coraje. Por esta razón es todo poderoso con sus soldados, quienes,
dóciles con un jefe que da el ejemplo del valor, obedecen sus
órdenes con la sumisión del esclavo.
Su fortuna se ha aumentado con pingües gratificaciones; de ese
modo se sustrajo a España un hombre que habiéndola servido durante
mucho tiempo se constituyó después en el terror de sus tropas.
Montilla, guardia de corps del rey de España, es el émulo del
jefe de los Llanos. El Gobierno recela de la influencia de que
goza, y a pesar de habérsele destinado a Cartagena, todavía se le
antoja al gobierno que está demasiado cerca de Caracas, donde la
nobleza querría oponer un jefe a Bolívar y estaría dispuesta a
designar a Montilla. Este general tiene modales distinguidos, y,
educado en Europa, se expresa con elegancia, facultad que suele
faltar a otros colombianos.
Se le acusa de falso y se suelen tomar sus reticencias y sus
aparentes contradicciones como pruebas de su doblez; no es más que
una ambición que procura disimularse y que teme que la
descubran.
Se sabe que tiene odios profundos que con dificultad se olvidan.
No hay duda de que siempre se acordará de que Bolívar, en un
arrebato de cólera, en 1811, juró fusilarlo si lo cogía; Bolívar,
por su parte, personificando en Montilla al partido patriota,
recordará que este general ofreció exponerle al público durante
veinticuatro horas metido en una jaula de hierro.
El mulato Padilla no es el general cuyos servicios hayan sido
menos útiles a la causa de los americanos independientes. Piloto en
Cartagena, la revolución le puso al frente de una flotilla, con que
contribuyó más que nadie a la toma de esa ciudad; también se le
debe la de Maracaibo. Aunque sacrificado al partido que Montilla
defiende luégo fue repuesto en sus grados, lo que produjo entre la
gente de color el mejor efecto, porque no ignoraba que el
antagonismo entre los dos generales no era, en suma, más que una
cuestión de pigmento.
Hoy, todos esos hombres, sometidos a Bolívar, parecen más sus
tenientes que sus generales. Sin embargo, después de su muerte, o
aun sólo después de una derrota, talvez pudieran ponerse a la
cabeza de los partidarios que casi todos ellos han sabido crearse.
Éste es el rasgo que daría mayor parecido a Bolívar con Alejandro.
Páez, con sus negros, ocuparía los Llanos; Montilla, Caracas;
Padilla, las costas, y Sucre, Quito. De modo que todo queda
supeditado a la vida de Bolívar.
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Nariño, escapado de las cárceles de
Cádiz, donde estuvo detenido por espacio de cuatro años desembarcó
en Cartagena y fue elegido Diputado en 1821 por el Congreso de
Cúcuta. Fue en esa época en la que Bolívar le escogió para
Vicepresidente de la República.
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