INDICE





PRESENTACIÓN DE CARLOS JOSÉ REYES

PRÓLOGO

PREFACIO

PRIMERA PARTE

CAPÍTULO I
Salida de Francia - Las Azores - La costa de los Estados Unidos – Norfock - Washington - Calma chicha - Cartagena de Indias - Salida para Bogotá - Turbaco - Barranca - De Cartagena al Magdalena.

CAPÍTULO II
Salida de Barranca – El pueblo de Tenerife – Zambrano – La isla de San Pedro – Pinto – Santa Ana – Mompós - El gobernador de Mompós - Comercio de Mompós - Salida de Mompós - Margarita – Guamal - Peñón – Banco - La Sierra de Ocaña - Regidor - Río Viejo - M

CAPÍTULO III
Brazos del Magdalena - La Miel – Río Negro - Guarumo - El promontorio de Garderia - Los escollos de Perico - Honda - Descripción del Magdalena

CAPÍTULO IV
Camino de Honda a Bogotá - Río Seco - Venta Grande - La Montaña de Sargento - El valle de Guaduas - Villeta – Facatativa - Descripción del llano de Bogotá - El Salto de Tequendama – El puente natural de Pandi (Icononzo)

CAPÍTULO V
Viaje por la provincia de Socorro, situada al norte de Santafé de Bogotá.

CAPÍTULO VI
Estado del país desde 1498 hasta 1781 - Antiguos habitantes - Sus usos - Sus costumbres - Con quistas comerciales - Conquistas religiosas - Conquistas militares - Quesada - Debilitamiento de la población India - Los negros - Su estado y condición - Mezcla

CAPÍTULO VII
La revuelta del Socorro - Movimiento de 1794 - Virreyes españoles - Insurrección de Caracas en 1810 - Insurrección de Nueva Granada - El virrey Amar - Miranda – Bolívar – Monteverde - Conquista de Caracas - Bolívar pasa a Curaçao Sale de allí -

CAPÍTULO VIII
El virrey Sámano - Soldados españoles - Soldados americanos -  Bolívar entra en Santafé, pasa a Quito y luégo a Guayaquil -  Características de los principales generales.

CAPÍTULO IX
Nuevo gobierno - Constitución de Cúcuta - División del territorio en Departamentos -Renovación de los Cabildos - Leyes civiles – La justicia - El Congreso - El Poder Ejecutivo.

CAPÍTULO X
Regreso a Bogotá - Puente Real - Minas de cobre de Moniquirá - Chinquinquirá - Minas de sal de Zipaquirá.

CAPÍTULO XI
Fundación de Santafé de Bogotá - Clima - Casas – Interiores - La Catedral - Los conventos - El Hospital - Los colegios - El Palacio del Presidente - El Palacio de los Diputados - El Palacio del Senado - Las cárceles - La Casa de la Moneda y el Teatro

CAPÍTULO XII
Finanzas – Aguardiente – Papel sellado – Alcabala - Impuestos directos - Guerra - El ejército - Las piazas fuertes – Marina - Relaciones extranjeras.

SEGUNDA PARTE

CAPÍTULO I
Salida de Bogotá para Popayán – Guaduas – Chaguaní – San Juan - Regreso a Guaduas - Breve estancia en esta ciudad - Beltrán - Ambalema - San Luis - Chaparral – Natagaima - Payandé - Samboja - Villavieja - Neiva.

CAPÍTULO II
Tambo del Hobo - Paso de Los Domingarios - Puente de cuerdas - La Plata - Pedregal - San Francisco - Inzá - La Montaña del Guanaco - Totoró - Paniquita - Popayán - El volcán de Puracé.

CAPÍTULO III
Descripción de Quito - Camino de Quito a Cuenca.

CAPÍTULO IV
Salida de Popayán - La mina de Alegrías Quilichao - El Cauca – Jamundí – Cali - Salida de Cali - Las Juntas.

CAPÍTULO V
Navegación peligrosa por el Dagua - Buenaventura - Descripción de la provincia del Chocó - Salida de Buenaventura en una goleta peruana - Llegada a Panamá - Observaciones acerca del Gran Océano.

CAPÍTULO VI
Descripción de la ciudad de Panamá - Las mujeres de Colombia.

CAPÍTULO VII
Descripción física de la República de Colombia – Montañas – Clima – Atmósfera – Estaciones – Temperatura – Vientos – Lluvias - Influencia tropical – Cosechas – Bosques – Ríos - Quebradas - Minas - Salinas - Volcanes - Lagos – Mares – Mareas

CAPÍTULO VIII
Población - Habitantes de los páramos - Los de las montañas en que se produce trigo - Los dos llanos - Indios bravos - Esclavos negros - Religión.

CAPÍTULO IX
Carácter de los colombianos.

CAPÍTULO X
Agricultura - Industria - Reflexiones sobre el banano – Minas - Moneda – Salinas - Comercio – Exportaciones - Importaciones.

CAPÍTULO XI
Vías de Comunicación por tierra y por agua - Leyes comerciales.

CAPÍTULO XII
Salida de Panamá - Cruces - El río Chagres - La Gorgona - Chagres.

CAPÍTULO XIII
Llegada a jamaica - Salida para Europa - Las Lucayas - Falmouth – Llegada a Francia.

NOTAS Y ACLARACIONES
| CAPÍTULO VIII
 

 

El virrey Sámano - Soldados españoles - Soldados americanos -  Bolívar entra en Santafé, pasa a Quito y luégo a Guayaquil -  Características de los principales generales.

 

Después de haber reconquistado la Nueva Granada, Morillo se ocupó en pacificar a Venezuela. Pareciéndole que todo estaba tranquilo en la capital, en 1817 dejó en calidad de virrey a Sámano. Este anciano, partidario del sistema de barbarie y de proscripción que antaño hiciera tan odioso el nombre del duque de Alba, y que por otra parte era por su edad antagonista irreconciliable de todo lo que no estaba de acuerdo con sus ideas, aumentó el número de víctimas y el de los enemigos de su patria. Todos los americanos, ante el temor de verse incluidos en las listas de proscritos, huyeron a los llanos. Los sufrimientos y las privaciones que los poco curtidos habitantes de las montañas padecieron en esas regiones ardientes -algunos de ellos tuvieron que alimentarse de carne humana- lejos de llevar el desaliento a sus almas, les animaban con la idea de la venganza. Santander supo aprovechar su ardimiento; poniéndose a su cabeza, les organizó en unidades regulares, que fueron después de la mayor utilidad a la causa de la independencia.

Poco tardó Morillo en llegar a Caracas, donde encontró algunos soldados venidos de Europa. Conocedor de las desventajas que estos soldados ofrecían para la lucha en los Llanos contra los salvajes que los pueblan, no se arriesgó a aventurarse en los bosques del Orinoco, donde hubiese tropezado con Bolívar y talvez sufrido una derrota.

En efecto, si los americanos del siglo XIX eran muy superiores en valor y en estrategia a los del siglo XV, no sucedía lo mismo con los españoles. El calor, la sed, las dificultades que ofrecían los caminos, que no detuvieron a sus abuelos, les eran ahora insoportables. No tenían ya aquella energía, aquel ardor impetuoso y aquel valor indomable que sus antepasados heredaron con la sangre de los árabes; no podían soportar el ardor del sol; los pies ensangrentados y aprisionados en zapatos estrechos les obligaban con frecuencia a quedarse en las poblaciones. Sus armas eran demasiado pesadas para sus fuerzas; necesitaban vestuario y víveres; si un nuevo Cortés hubiera quemado las naves, éstos hubieran perecido de hambre.

Los americanos, por el contrario, andaban descalzos, se conformaban con unos cuantos plátanos y no necesitaban reanimarse con aguardiente, que si lo llevaban era para los soldados ingleses que habían tomado parte a su favor en esta contienda. Ni los caballos ni las armas de fuego les espantaban ahora; montaban a caballo y se servían de los fúsiles con destreza poco común. Acostumbrados a dar caza en aquellos bosques a las fieras o a sus rebaños casi salvajes, aprendieron con esos ejercicios a evitar los peligros o a despreciarlos. En muchas ocasiones sólo se servían de aquellas mismas armas que utilizaban para sus cacerías de animales salvajes, la lanza o el lazo.

Ahora no eran ya ni los antiguos españoles ni los antiguos americanos los que se encontraban frente a frente: todo había cambiado; la fuerza había pasado, por ley de herencia, a los habitantes del Nuevo Mundo.

Talvez hubiera debido España reclutar sus soldados entre los habitantes de las islas o de la costa de África en lugar de exponer a sus hijos a los ardores de un clima demasiado cálido para el organismo de los europeos. En efecto, los españoles sólo luchaban de verdad cuando combatían en el clima más templado de la cordillera; en cuanto descendían al llano, hasta los más valientes huían vergonzosamente.

Los generales españoles, alarmados por el número crecido de las bajas, aprovecharon la enfermiza emulación de los americanos y los recibieron como defensores de la causa de Europa; pero ¡qué mal conocían el arte de atraerse a esos hombres ambiciosos, que no veían sin despecho que con la llegada de los europeos sus derechos se esfumaban, pues si se les admitía en el ejército era siempre como subordinados, nunca como iguales! No se daba importancia alguna a su abnegación; ésta pocas veces se encomiaba, y con menos frecuencia aún, se premiaba. Por el contrario, se les vejaba exigiéndoles sin cesar nuevos y mayores sacrificios, y las pruebas de éstos se recibían con desdén. No supieron borrar esas diferencias entre americanos y europeos, entre blancos y negros, y más bien parecía como si quisieran ahondarlas; muchos oficiales españoles, tan groseros como ignorantes, se divertían en poner de manifiesto mediante los más viles insultos, el desprecio que sentían por aquellos que a fuerza de servicios habían obtenido el grado de subtenientes.

Los soldados de Bolívar, enrolados bajo el estandarte de un jefe de su país, se batían con denuedo; y hasta sus compañeros de armas, refrenando ese odio que nace de la envidia contra un igual que se distingue y se eleva, le eran adictos. Su ignorancia comprendía mal esos conceptos de independencia y de libertad, pero eran sensibles a las distinciones, y Bolívar sabía crearlas y distribuirlas. En las filas españolas reinaba la abundancia; en las americanas se carecía de todo, y sin embargo, en éstas las deserciones eran poco frecuentes. No se daban éstos cuenta de la penuria, porque estaban acostumbrados a padecerla en sus casas. Al principio les costó trabajo combatir frente a frente a los españoles; pero luégo aprendieron a vencerles. Conocían perfectamente todos los caminos, en todas partes encontraban hermanos que en caso de peligro les ocultaban. Sus caballos, acostumbrados a sus caprichos, eran más dóciles, y lo mismo que sus jinetes, soportaban las privaciones sin detrimento de sus energías. Sus armas eran rudimentarias, pero la destreza con que las manejaban las hacían temibles. Sus jefes estaban animados de la misma bullente actividad que sus hombres; además, sus costumbres, sus diversiones y sus hábitos les eran familiares, y lejos de contrariarlos con una molesta disciplina, actuaban como camaradas compartiendo con ellos sus pasatiempos.

Ese fue el gran arte de Bolívar: sus partidarios, en su entusiasmo le han comparado con César, cuando en realidad presenta muchas mayores analogías con Sertorio. Como éste, tuvo que dominar pueblos salvajes, tuvo que luchar contra una nación poderosa y llena de experiencia. Hasta los lugares eran parecidos: caminos difíciles, montañas elevadas, todo recordaba a la España de la época de Sertorio. Como éste, Bolívar desconcertaba a sus enemigos por la rapidez de sus marchas, lo imprevisto de sus ataques, la celeridad de sus retiradas, que hacían que sus reveses fueran fácilmente subsanados poco después. Desplegaba en las montañas la misma actividad que en los llanos, y sabía dar el ejemplo de la sobriedad y de la templanza. Así fue como multiplicó su pequeño ejército.

Si su táctica era diferente de la de los españoles, todavía lo fue más su conducta. Sabía perdonar a los vencidos y a los tránsfugas, y de ese modo aumentaba el número de sus partidarios. Ni los curas le negaban sus sufragios porque respetaba su ministerio que los españoles, después de sus guerras contra los franceses, en muchas ocasiones despreciaban. Finalmente, excitaba el orgullo de los americanos hablándoles constantemente de su valor y de sus talentos, y de esta suerte hacía más odioso todavía el desprecio con que los españoles les abrumaban.

No quiso, pues, Morillo ir al encuentro, en las márgenes del Orinoco de ese hábil capitán, dotado de los talentos de Guillermo de Nassau, a quien los Países Bajos debieron su emancipación de Felipe II. Dirigió sus armas contra la isla de la Margarita, que tenía una población de quince mil hombres de color y que estaba al mando de Arismendi, uno de los capitanes más valientes.

Este baluarte de la independencia americana fue fatal para Morillo. Sus fuerzas fueron completamente derrotadas: obligado a volverse a Caracas, renegó de verse detenido allí por falta de tropas, pues sus soldados habían muerto casi todos en aquellos combates o en los hospitales.

El brigadier Canterac le trajo tres mii hombres de España, pero Morillo no se movió. En 1818, encontrándose en Calabozo, Bolívar, que desde hacía varios meses erraba por los Llanos de Casanare, le sorprendió durante la noche y le persiguió hasta las mismas puertas de Valencia. Los españoles se rehicieron en aquella posición, atacaron a su vez a Bolívar, le derrotaron y le obligaron a volverse a la provincia de Casanare.

Allí encontró éste nuevos soldados, pues los bravíos pobladores de esas comarcas estaban deseando guerrear. Esos pastores, cuyos ganados casi salvajes no necesitaban, por decirlo así, de guardianes, estaban siempre dispuestos a entrar en campaña si se les prometía el pillaje.

En 1819 Bolívar les ofreció el saqueo de Santafé, y al instante pasaron los páramos glaciales de la cordillera. Cerca de Sogamoso se encontraron con la vanguardia del ejército del Virrey que se puso en marcha al enterarse del proyecto de Bolívar.

Un descalabro no detuvo a éste. A favor de la noche logró burlar a Barreiro, general que mandaba las tropas españolas, y, dejándole atrás, marchó a grandes jornadas sobre Santafé. Barreiro temió que entrase y que, favorecido por el gran número de partidarios que allí tenía, se apoderase de la capital. Le siguió, pues; le alcanzó en Boyacá, lugar próximo a Tunja; le libró batalla y fue derrotado por Bolívar, que le cogió prisionero juntamente con treinta y ocho oficiales. Todos fueron pasados por las armas; éste fue el primer acto de represalias realizado por los americanos contra los españoles, pero no el único.

Sámano, huyó cobardemente, y la capital de la cordillera volvió a caer en manos de las gentes de los Llanos. Bolívar cumplió la palabra dada: los comercios, el dinero y las joyas de los que habían combatido por los españoles sirvieron para pagar los gastos de esta expedición.

Fue entonces cuando Bolívar, para mejor asegurar el triunfo de las nuevas ideas, para las cuales la masa de sus partidarios no estaba todavía preparada, sustituyó con largueza las órdenes de Carlos III y de Fernando por las de los Libertadores y de Boyacá. España, antaño, recompensó a los |pacificadores distribuyéndoles |encomiendas. Bolívar no fue menos generoso para con los |libertadores; | el vicepresidente Santander tuvo, más que otro alguno, parte en estas mercedes. Por Decreto de 12 de septiembre de 1819, se le otorgó la casa que era propiedad del vecino de Bogotá Vicente Córdova, y la hacienda que, en la jurisdicción de Zipaquirá, poseía un tal Pedro Bufanda y que producía pingües rentas.

Bolívar no era ya un partidario desconocido. El haber escapado a Morillo y, habiendo sido vencido, apoderarse de la capital del Imperio expulsando de ella al representante del rey, el derrotar con unos cuantos salvajes a ocho mil hombres de tropas regulares, había elevado en la opinión pública al vencedor de Boyacá a una altura fantástica.

Se le dejó, pues, que siguiese cubriéndose de gloria, aunque andando el tiempo ésta se debió menos a sus éxitos guerreros que a los de su política, lo que hizo que el año 1821 terminase más tranquilamente.

Dueño de Santafé, Bolívar en seguida volvió a descender a los llanos de Caracas. En varias ocasiones sus soldados tuvieron que combatir contra los de Morillo, mostrándose la fortuna tornadiza en esos encuentros. Más suerte tuvo el jefe de los independientes en una entrevista con el general español. En ella se concretó una tregua de seis meses: el americano la violó apoderándose de Maracaibo. Las hostilidades empezaron de nuevo. Morillo había regresado a España. Latorre había sustituido a Morillo en el mando del ejército. En Carabobo fue atacado por Bolívar, y menos afortunado que Morillo, fue derrotado teniendo que refugiarse en Puerto Cabello.

De este modo, en 1821, España, despreciando el consejo que le diera uno de sus virreyes de interesar a Inglaterra para que le ayudara a sostener la guerra con sus colonias de América repartiéndolas con ella, perdía sus ejércitos y sus tesoros en la reconquista de aquellos países, que había sojuzgado siglos antes, sin tesoros y sin ejércitos. Todo cedía ante la voluntad del dictador Bolívar; un Congreso reunido en Cúcuta estableció las bases de un nuevo gobierno. Se olvidaron los principios de una federación entre las diversas provincias, y los apetitos y las ambiciones guardaron silencio.

Sin embargo, la guerra volvió a encenderse en el Sur. En un principio sólo tuvo el carácter de rebelión, que se trocó en guerra civil con todos sus horrores. Muchas personas que habían luchado contra los españoles empezaban a añorar su dominación, y preferían obedecer a unos amos antes que a unos iguales cuyo orgullo les era intolerable. Muchos partidarios de la federación, que soñaban con recibir prebendas de ese régimen, veían con profundo sentimiento que habían trabajado por la destrucción de la monarquía española sin recoger los frutos que esperaban cosechar con la revolución.

Hasta los mismos vencedores, después de haber reunido bajo un mismo amo las provincias del llano y las de las montañas, se burlaban de los fundadores de la primera República, designándola con el nombre de |Patria Boba; y en esta denominación englobaban a todos los amigos de Nariño.

Todos corrieron, pues, a las armas; y en 1822, Pasto, insurrecta, mereció que hasta el propio Bolívar acudiera al frente de cinco mil hombres para sofocar el movimiento.

La cadena de montañas que atraviesa esa provincia ofrece medios fáciles para hacerse fuerte en ellas; rocas escarpadas, pantanos profundos, bosques impenetrables sugieren a los habitantes resoluciones siempre funestas para los que de fuera vienen a atacarles. Bolívar lo intentó, pero encontró en el valor de los habitantes y en las dificultades del terreno obstáculos imprevistos; a punto de ser hecho prisionero, pudo escapar jurando que respetaría su libertad, dejándoles decidir por sí y ante sí en lo relativo a su acatamiento a España. Con esta condición, garantizado por los juramentos más solemnes, pudo retirarse.

Poco tiempo después, a la cabeza de un nuevo ejército, entró de nuevo en la provincia, la sometió y voló en socorro de Sucre, su lugarteniente, que no se decidía a atacar a Quito con las escasas fuerzas de que disponía.

Aymerich, anciano codicioso, que mandaba las fuerzas españolas, marchó contra Bolívar pero careciendo del ardor de la juventud, no supo sacar partido de la situación en la que por lo demás reinaba el mayor desorden. Sus tropas, integradas en su mayor parte por americanos, no podían tener el menor respeto por Aymerich, hombre falto de capacidad; sus órdenes eran mal interpretadas, de modo que en su ejercito reinaba la anarquía. En ninguna de las fuerzas combatientes había disciplina; pero en la de los americanos la estima que se tenía por Bolívar hacía sus veces, dando lugar a una obediencia respetuosa hacia su persona.

Así es que los españoles, o mejor dicho los americanos españoles, fueron derrotados por los americanos independientes en ese encuentro que se llamó del Pichincha, porque se riño a la vista de aquel terrible volcán.

En poco tiempo quedó toda la provincia sometida, y el resto de las tropas españolas sólo salvó la vida a cambio de solicitar la gracia de expatriarse o de traicionar sus banderas. Se les concedió una y otra: sólo un corto número prefirió la desgracia a la deshonra; la mayor parte se pasó al vencedor, y hasta más de cuatrocientos españoles le prestaron juramento de fidelidad.

Guayaquil, enriquecida por su comercio entre Panamá y el Perú, se declaró ciudad libre en 1819. Pero no contando más que con una población de veinte mil almas, comprendía su impotencia para defender su independencia. Bajo el dominio español, unas veces había formado parte del Perú y otras de Nueva Granada, y ahora experimentaba la misma indecisión, no sabiendo entregarse. Bolívar la sacó de dudas, y marchando sobre ella la incorporó a la República que acababa de fundar.

Los generales americanos que más se han distinguido en estas guerras son: Bolívar, Santander, Sucre, Urdaneta, Bermudez, Páez, Montilla y Padilla.

Bolívar tiene cuarenta y dos años. Ya hemos dicho cual fuera su táctica guerrera y política. Por lo general, se proclama su desprendimiento; sus sueldos se destinan en su mayor parte al pago de las pensiones que asigna a las viudas o a los hijos de los militares muertos en los combates.

Aunque su educación hubiera estado asaz descuidada, la permanencia bastante larga en Europa despertó en él una gran afición por el estudio de las lenguas y de la historia. Sus progresos fueron rápidos. Ya le hemos comparado con Sertorio, y en efecto sus métodos de hacer la guerra, sus largas marchas para alcanzar al enemigo, la rapidez con que recorre distancias inmensas para darle alcance, le presentan más bien como un guerrillero atrevido que como un general hábil en la disposición de las masas de hombres.

No se le suelen reconocer ideas administrativas muy profundas. Hasta ahora se ha limitado a crear un gobierno mal copiado del de los Estados Unidos. Me explicaré; si las formas del gobierno colombiano tienen cierta analogía con las de la República de los Estados Unidos, su principio constitucional dista mucho de ser el mismo, En Colombia el poder está centralizado en las manos del presidente; en estas condiciones, ¿cómo podrían los quince senadores y los cuarenta y cinco diputados que integran el Congreso, contrabalancear por sí solos la autoridad de un jefe emprendedor, victorioso idolatrado por quince mil soldados y dueño del tesoro del Estado? En Norte América la administración de las provincias no está tampoco confiada a intendentes militares, satélites de su general: allí cada provincia tiene sus estados, sus leyes y sus privilegios; la federación se mantiene en un equilibrio perfecto, que la Presidencia no puede romper, a menos que una facción no llevase a ella a un Sila. La democracia, cuando existe sólo en las altas clases sociales, con su sede en una ciudad privilegiada donde impera gracias a un jefe militar no es más que el primer paso hacia la tiranía; necesariamente ha de dar origen a una oligarquía parecida a la que gobernó a Polonia sobre todo si el país tiene una gran extensión territorial y está además poco poblado, porque los medios de resistencia están demasiado diseminados. ¿Dónde nos muestra la historia moderna verdaderos estados democráticos? En las repúblicas federales de Suiza, de Holanda y de Estados Unidos, y para eso en esta última todavía hay más de un millón de hombres reducidos a la condición de ilotas. Sólo el sistema federal puede preservar del despotismo a las grandes repúblicas. Y este principio es tan cierto, que en Colombia, Nariño, dictador, hizo la guerra a los federales sostenidos por Bolívar, que entonces era un simple general, y que éste a su vez les combatió en cuanto obtuvo la dictadura al eliminar al partido de Nariño.

El ejército de Bolívar está principalmente constituido por esos pastores que de los Llanos subieron con él hasta Santafé. Es en ellos en los que tiene mas confianza; y como casi todos pertenecen a la casta de los negros, tiene para con ésta las mayores atenciones, y con frecuencia le prodiga recompensas: política ésta prudente y hasta necesaria, pues hasta ahora, los negros, satisfechos de servir en el ejercito, mandado por sus antiguos amos, como soldados rasos, empiezan a desear bienes y grados que durante mucho tiempo han sido negados a su valor, que se consideraba suficientemente recompensado con la libertad.

Hasta ahora una feliz casualidad ha mantenido a Bolívar invulnerable, y de ello se prevalen sus enemigos para decir que no es valiente. ¿Cómo se puede no ser valiente cuando se aspira a gobernar a los hombres y se logra esa aspiración?

No carece de elocuencia; sus arengas son inflamadas, pero suelen ser difusas. Bien es verdad que en español cuesta mucho trabajo ser conciso.

Siendo joven se casó en España: al poco tiempo perdió a su mujer hasta hoy parece decidido a no casarse de nuevo. Todavía no le tienta el trono. Miranda decía que América no estaba llamada a ser una república, y Bolívar no cree que tenga condiciones para constituir una monarquía digna de figurar al lado de las de Europa.

El título de |Libertador que se ha hecho otorgar, nuevo en las lenguas modernas, es sinónimo de los de dictador o protector. Hasta ahora no hay motivo para quejarse de su despotismo, y si no fuese porque empieza a desterrar a los descontentos y a confiscar sus bienes, no habría que reprocharle más que el haber usado algunas veces de represalias durante la guerra.

Santander entró muy joven en el ejército. Nariño le distinguió y le ascendió a teniente. Luégo marchó contra él con Baraya.

Cuando los españoles eran dueños de Santafé, Santander se retiró a los llanos del Meta y levantó un ejército de tres mil hombres que llevó a Bolívar, ayuda que contribuyó no poco a la victoria de Boyacá. Su entereza, por todos reconocida, le valió la Vicepresidencia. En este nuevo puesto ha desplegado un talento y un mérito poco frecuentes.

Un odio reconcentrado separó por mucho tiempo a Nariño y a Santander; en 1823 estuvo a punto de estallar. Al principio se utilizaron como arma para esa lucha nada más que los panfletos; Nariño, más diestro que su adversario en el manejo de esta clase de esgrima, dejó muy maltrecho a Santander, que acabó por amenazarle con una venganza pública, amenaza que realizó: la acusación se llevó a cabo en pleno Senado, donde los acusadores echaron en cara a Nariño su derrota en Pasto y pidieron que fuera expulsado del Senado por malversación y traición. El viejo general se defendió con tal vehemencia, que sus adversarios llegaron a temer que los muchos partidarios de Nariño acudiesen a las armas para defenderle. He aquí su discurso:

¿Por qué me acusan mis enemigos? Cuando fui Vicepresidente de la República me necesitaban¹, y entonces guardaban silencio; ahora como Senador puedo ser un obstáculo para sus proyectos, y por eso hablan.

Cuando hay quien se atreve a lanzar semejante acusación en la sesión inaugural de la primera legislatura, ¿qué se podrá conjeturar de la suerte que está reservada a nuestra República? ¿Qué porvenir nos esta reservado si mis acusadores ganan la partida o si no reciben el castigo que merece su infamia? Senadores: ¿de qué servirán vuestros trabajos y las esperanzas que la Patria tiene puestas en vuestra sabiduría si semejante desgracia ocurriera? Si las repúblicas de la antigüedad si Roma y Atenas nos ofrecen análogos ejemplos de injusticia, es únicamente en la época de su decadencia y debido a la corrupción de las costumbres. En la Roma naciente, Bruto inmoló su hijo en aras de la libertad, en aras de la patria; en la Roma decadente Claudio Catalina y Marco Antonio sacrificaron a Ciceron a sus intereses. Atenas se elevó, coronada con las espigas de Ceres, al amparo de la equidad del Areópago, y pereció con Milcíades, con Sócrates y con Foción. ¿Qué suerte espera a nuestra República si empieza por donde las otras terminaron? Dice un historiador célebre que cuando Tiberio subió al trono la vil adulación y la infamia constituyeron las cualidades imprescindibles de aquellos que querían agradar al príncipe. El hombre abandonó el sendero de la virtud en cuanto esta se hizo peligrosa. Senadores, que a la vez sois legisladores, jueces y defensores de la libertad: si no obráis con la integridad de Sócrates, con el desinterés de Foción y con la severa justicia del Tribunal de Atenas la libertad perece; en el momento en que un acusador audaz, en que un adulador cobarde triunfa el reino de Tiberio empieza y el de la libertad termina.

Este discurso fue muy aplaudido. Los senadores, asustados, proclamaron la inocencia de Nariño. Poco tiempo después, dando al olvido los poderosos motivos que habían tenido para odiarse, Nariño y Santander se unieron por lazos de estrecha amistad. Sólo el amor a la patria pudo operar esta reconciliación inesperada.

Sucre no tiene treinta años; lo mismo que Santander, ha conquistado todos sus grados por haber privado una batalla a favor de Bolívar; la de Pichincha le valió el mando supremo en Quito.

Urdaneta, descendiente de una distinguida familia de Santafé, tiene el mérito del Valor; desde hace algún tiempo, con su salud muy quebrantada, parece haber sido jubilado al conferírsele la Presidencia del Senado.

Bermúdez tiene cincuenta años; nació en Cumaná: desde un principio tomó parte en la revolución americana; tiene bastante preponderancia, aunque no se la pueda comparar con la que ejercen otros de sus compañeros de armas.

Un kan de Tartaria, un jeque árabe es quien infirió los golpes más fuertes a la monarquía española en América, el mulato Páez al frente de algunos miles de sus salvajes lanceros, derroto con frecuencia los escuadrones disciplinados, y en particular a los húsares de Fernando VII. Este hombre, a quien hubiera sido fácil desempeñar en el Orinoco el papel de Artigas en el Plata, permanece fiel a Bolívar ganado por sus maneras dables y por su generosidad.

Páez ostenta un gran lujo y afecta una cierta cortesía. A pesar de esa vanidad natural en un salvaje; lleva la misma vida que sus soldados. Cuando está entre ellos, su mesa, sus juegos y sus distracciones son los suyos; nadie monta mejor que él a caballo ni maneja la lanza con mayor destreza, ni ataca al enemigo con mayor coraje. Por esta razón es todo poderoso con sus soldados, quienes, dóciles con un jefe que da el ejemplo del valor, obedecen sus órdenes con la sumisión del esclavo.

Su fortuna se ha aumentado con pingües gratificaciones; de ese modo se sustrajo a España un hombre que habiéndola servido durante mucho tiempo se constituyó después en el terror de sus tropas.

Montilla, guardia de corps del rey de España, es el émulo del jefe de los Llanos. El Gobierno recela de la influencia de que goza, y a pesar de habérsele destinado a Cartagena, todavía se le antoja al gobierno que está demasiado cerca de Caracas, donde la nobleza querría oponer un jefe a Bolívar y estaría dispuesta a designar a Montilla. Este general tiene modales distinguidos, y, educado en Europa, se expresa con elegancia, facultad que suele faltar a otros colombianos.

Se le acusa de falso y se suelen tomar sus reticencias y sus aparentes contradicciones como pruebas de su doblez; no es más que una ambición que procura disimularse y que teme que la descubran.

Se sabe que tiene odios profundos que con dificultad se olvidan. No hay duda de que siempre se acordará de que Bolívar, en un arrebato de cólera, en 1811, juró fusilarlo si lo cogía; Bolívar, por su parte, personificando en Montilla al partido patriota, recordará que este general ofreció exponerle al público durante veinticuatro horas metido en una jaula de hierro.

El mulato Padilla no es el general cuyos servicios hayan sido menos útiles a la causa de los americanos independientes. Piloto en Cartagena, la revolución le puso al frente de una flotilla, con que contribuyó más que nadie a la toma de esa ciudad; también se le debe la de Maracaibo. Aunque sacrificado al partido que Montilla defiende luégo fue repuesto en sus grados, lo que produjo entre la gente de color el mejor efecto, porque no ignoraba que el antagonismo entre los dos generales no era, en suma, más que una cuestión de pigmento.

Hoy, todos esos hombres, sometidos a Bolívar, parecen más sus tenientes que sus generales. Sin embargo, después de su muerte, o aun sólo después de una derrota, talvez pudieran ponerse a la cabeza de los partidarios que casi todos ellos han sabido crearse. Éste es el rasgo que daría mayor parecido a Bolívar con Alejandro. Páez, con sus negros, ocuparía los Llanos; Montilla, Caracas; Padilla, las costas, y Sucre, Quito. De modo que todo queda supeditado a la vida de Bolívar.

 

 

1 Nariño, escapado de las cárceles de Cádiz, donde estuvo detenido por espacio de cuatro años desembarcó en Cartagena y fue elegido Diputado en 1821 por el Congreso de Cúcuta. Fue en esa época en la que Bolívar le escogió para Vicepresidente de la República.

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