VIAJES POR EL
INTERIOR DE LAS PROVINCIAS DE COLOMBIA
CORONEL J. P. HAMILTON
En el otoño del año de 1823, el Gobierno de su Majestad
Británica decidió enviar Comisarios a Bogotá, capital del Estado de
Colombia recientemente constituido. La comisión constaba del
teniente coronel Campbell, de la artillería real, del Señor James
Henderson, en la actualidad cónsul general en Bogotá y del autor de
la siguiente narración, a quien el secretario señor Canning tuvo a
bien nombrar primer comisario.
El día 20 de octubre del mismo año, a causa de este
nombramiento, salí de Londres acompañado del señor Cade, quien
había sido nombrado secretario privado mío, al llegar a Portsmouth,
donde la fragata Isis comandada por el capitán Thomas Forrest C.
B., se hallaba lista para transportar a los comisarios a Cartagena
o a Santa Marta.
Desde uno de estos lugares debíamos remontar el río Magdalena
hasta Honda y de ahí en adelante debíamos continuar el viaje hasta
Bogotá por tierra. Después de permanecer una semana en Portsmouth,
durante cuyo tiempo, la ciudad estaba inusitadamente animada y
alegre debido a la presencia de su Alteza Real el Duque de
Clarence, que había llegado con el fin de presenciar el lanzamiento
de un barco de guerra, el almirante del puerto, el teniente
gobernador, el comisario naval, etc., ofrecieron grandes comidas a
las cuales tuve el honor de ser invitado. El domingo 27 de octubre,
embarqué a bordo de la fragata Isis, que era el barco insignia del
vicealmirante sir Laurence Halstead, K. C. B., que viajaba con su
familia a Jamaica, donde permanecería tres años, como comandante en
jefe de las Antillas. Me sentía bastante desanimado cuando me hallé
a bordo de la fragata; sin embargo, el bullicio general y los
rostros preocupados de los oficiales y de la tripulación,
contribuyeron para disipar los pensamientos melancólicos del
momento y los pasajeros se encontraban atareados preparándose para
lograr comodidad durante el viaje, según lo permitieran las
circunstancias. La fragata estaba atestada de gente, pues
transportaba al almirante y su familia, a los tres comisarios,
varios cónsules y muchos oficiales navales que estaban a punto de
unirse a sus barcos en las Antillas. Zarpamos el día 28 de octubre
de Santa Elena, con tiempo espléndido y cielo despejado, que, en
cuanto pasamos el canal, se trocó por lluvia, vientos contrarios,
calinas monótonas, incontables marejadas, que como es de suponer,
agitaban el barco considerablemente, aun cuando el capitán nos
aseguraba, como de costumbre, que sin excepción alguna este barco
era el más cómodo y mejor de los que él había comandado.
Octubre 30. Una baja considerable en el excelente barómetro
marino indicó tormenta cercana; hubo grandes consultas entre los
oficiales que dieron por resultado dirigirse inmediatamente hacia
Torbay. Esta tentativa de enrumbar hacia Torbay se frustró a causa
del mar en calma, seguido de fuerte marejada. La columna plateada
del barómetro desapareció. El almirante decidió entonces continuar
navegando y continuar hacia el oeste. El capitán aparentemente
demostraba gran ansiedad pues empezaban a divisarse algunos bancos
de arena. El juanete de las vergas se izó y arrió varias veces;
calina, lluvia y fuertes marejadas continuaron hasta las diez de la
noche, cuando sopló un ventarrón acompañado de relámpagos
repentinos y antes de media noche el palo mayor y el mesana frieron
lanzados de lado, aun cuando las velas estaban plegadas; las dos
cuadras de popa de los botes fueron también barridas por el mar y
las ventanas del camarote y los postigos fueron destrozados por las
olas. En este mismo instante hubo seria alarma entre las señoras, y
lady Halstead escapó milagrosamente de sufrir grave lesión; la
armadura de su cama se volcó, los listones de soporte se salieron
de sus ajustes y su señoría fue arrojada al centro del camarote, el
cual estaba inundado por gran cantidad de agua salada. A media
noche, se divisó el faro de Eddystone, motivo de gran satisfacción
para todos los pasajeros. Creo que el temporal duró unas treinta y
seis horas. Jamás había yo experimentado tan fuerte balanceo. Le oí
decir a sir L. Halstead que se había pasado casi toda la noche
sacando agua de su camarote y la pobre lady Halstead sufrió un
fuerte choque nervioso del cual no se recuperó durante todo el
viaje. Una vez venteó tan fuerte que ningún marinero se atrevió a
subir a cubierta para retirar algunos escombros, hasta que el
segundo teniente, un gallardo joven, se atrevió a hacerlo y más
tarde se sacrificó en un clima cálido.
No hay nada de gran interés en un viaje a las Antillas. Tuvimos
buenas brisas que nos llevaron a través de la bahía de Viscaya con
buen tiempo y después tratamos de buscar vientos alisios por tanto
tiempo deseados. Estos vientos comúnmente prevalecen
aproximadamente a 35º
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a cada lado del Ecuador. No arribamos
a la isla de Madera, lo cual sentí yo tanto como los demás, que
deseábamos visitar la isla, pero los oficiales fueron a proveerse
de vinos, que son mucho más baratos aquí que en las Antillas. El
temporal y el agua salada habían causado estragos a las cartas,
libros, mapas, potes de miel, mermelada y encurtidos, etc., de los
pasajeros; algunos de ellos con rostros compungidos se lamentaban
de sus pérdidas e infortunios. A la altura de Madera hallamos la
temperatura especialmente agradable en esta época del año, el
termómetro indicaba generalmente 70º F. En este viaje ví por vez
primera el pez volador, y en sus esfuerzos por huir de sus enemigos
el bonito, la albacora y el delfín, algunas veces daban vuelos de
doscientas o trescientas yardas, hasta que sus aletas transparentes
se secaban recordándoles que el agua era su elemento natural. El
delfín es un enemigo mortal del pez volador, de quien huye con gran
rapidez. El pez volador algunas veces tiene de 8 a 10 pulgadas de
longitud. El turbulento petrel se ve comúnmente cerca al barco
deslizándose sobre la superficie de las olas; esta ave la llaman
los marineros polluelo de la madre carey. Nunca supe el origen de
este nombre. Al pasar por el Trópico de Cáncer, recibimos la visita
del viejo Neptuno y de su esposa Anfitrita. Me libré del remojón
habitual sobornando al dios marino con una guinea, pero muchas de
las personas a bordo sufrieron una tremenda zambullida. Yo
experimenté la desagradable ceremonia de haber sido afeitado en
seco. Neptuno y su esposa al retirarse de la cubierta casualmente
se cayeron lo cual produjo gran hilaridad entre el almirante, lady
Halstead y todos nosotros.
Al desembarcar en Barbados, el comisario fue a ver al gobernador
teniente general sir H. Ward, K. C. B., quien nos dio la bienvenida
en forma muy cortés y nos invitó a comer al día siguiente, lo cual
declinamos, pues esperábamos zarpar por la mañana temprano. El
señor Tupper dejó aquí el barco y se quedó en Barbados para
conseguir pasaje para La Guaira, donde pensaba residir como cónsul
Británico. Zarpamos de Barbados al día siguiente de nuestra llegada
por la tarde y al siguiente día por la mañana divisamos la roca
Diamond que está cerca a la isla de Martinica. En la última guerra
esta roca fue fortificada y tenía una guarnición de marineros del
mismo número de una corbeta de guerra con sus respectivos
oficiales. Las laderas de esta roca son muy empinadas y su altura
es bastante considerable. A pesar de los grandes obstáculos algunos
oficiales navales se ingeniaron la manera de subir grandes cañones
a la cumbre, donde ellos emplazaron una batería.
De Barbados a Jamaica tuvimos una feliz travesía, los vientos
alisios soplaron activamente durante todo el rumbo y anclamos en
Port Royal el domingo 9 de diciembre y desembarcamos en Kingston
por la tarde. En un paseo que hicimos a una cabaña atravesamos las
calles principales, en donde la mayor parte de los comerciantes
efectúan sus operaciones comerciales; me sentí muy desilusionado
ante el aspecto de ellas, pues esperaba ver una ciudad bellamente
construida. Esto se debe a que la mayor parte de los comerciantes
principales tienen sus residencias en el campo a corta distancia de
Kingston, desde donde vienen por la mañana a sus almacenes y
regresan a casa por la tarde. Al día siguiente visitamos al
teniente general sir John Keane, comandante de las tropas de la
isla, y durante nuestra permanencia en Kingston comimos varias
veces en su compañía; él mantiene una mesa bien provista. En
Kingston me encontré con un viejo amigo, el teniente coronel Bowles
de la Guardia, que dirige la situación del Estado Mayor como
ayudante adjunto general. Ambos habíamos estado en el colegio
militar en High Wycombe. Dos o tres días después de nuestra
llegada, el comisario recibió una invitación para comer con el
duque de Manchester, gobernador de Jamaica, que reside en la ciudad
española. Yo acompañé al coronel Bowles en su carruaje por la
mañana temprano y pasamos un día muy agradable. Después de la
comida nos mostraron una hermosa colección de conchas
pertenecientes al secretario del duque; la mayor parte, entre las
mejores, procedía de la costa del Pacífico. El duque de Manchester
es muy popular en la isla de Jamaica y creo que bien lo merece; es
de carácter suave y deseoso en gran manera de fomentar el bienestar
de todas las clases sociales.
En esta época había gran descontento, que bullía en la mente de
los esclavos y muchos de los caballeros de la isla esperaban que
hubiese una insurrección general entre ellos el día de navidad;
debido a ello, la milicia estaba en guardia pero no hubo ningún
disturbio. A mí me parece que el gobierno inglés ha hecho mucho
durante los últimos veinticinco años para mejorar la situación de
los esclavos en nuestras colonias; pero me imagino que la
emancipación total debe ser también obra del tiempo y requiere por
parte de la legislación, mucha prudencia y circunspección. Según
pude juzgar por el corto tiempo que estuve en las Antillas, los
esclavos poseen muchas comodidades modestas en sus cabañas y, en
general, creo que se les trata bien.
El calor en Kingston es sofocante y la ubicación del hotel
Winter donde residíamos, está en la parte baja, lo cual nos priva
de las brisas de mar y tierra. Estas se levantan por la noche y
aquellas entre las nueve y diez de la mañana. El termómetro en la
sombra en Kingston está generalmente a 88º F. En una ocasión
comimos con el señor Wilson, el comerciante de mayor prestigio en
Kingston; en su mesa vi por primera vez una legumbre que se da en
la copa de una palmera vegetal, que crece a gran altura; el árbol
se corta para obtener la berza. Una mañana en Kingston visité a un
relojero y vi una gran cantidad de pájaros, cuadrúpedos e insectos
disecados, todos procedentes de la isla; la colección estaba a la
venta. Así mismo vi en su corral dos caimanes y un cocodrilo vivos,
los primeros capturados en un río de la isla y el último en el
Nilo. El cocodrilo era de tamaño mayor que los caimanes y sus ojos
de color obscuro proyectaban una verde mirada feroz, en cambio los
de los caimanes de color verde mar. Le compré al relojero un oso
hormiguero bastante domesticado, procedente de la costa de
Honduras. El naturalista señor Bullock había residido durante algún
tiempo en Kingston coleccionando peces, de los cuales había gran
variedad en la costa que circunda la isla.
El día de Navidad, se izó en el palo mayor de la fragata la
banderola azul de zarpa y después de despedimos de sir Laurence
Halstead, su esposa y familia, embarcamos por la tarde a bordo del
lsis para dirigirnos a Santa Marta en la costa de Colombia. Al ir
en el bote de Kingston a la fragata Isis, Jakco, el oso hormiguero,
demostró su habilidad para atrapar peces, pues como muchos de los
peces pequeños habían saltado al bote, él los agarró en un momento
y los devoró con avidez. Después de una travesía muy agitada, el
Isis andó en el puerto de Santa Marta el 30 de diciembre con gran
alborozo de todos los pasajeros.
Al llegar al litoral español, la vista de la cordillera de los
Andes, en la parte posterior de Santa Marta, es grandiosa y
sublime, algunas de las montañas llenen gran altura y por lo tanto
se hallan en toda época cubiertas de nieve en la cumbre; la base
esta guarnecida de hermosos árboles y matorrales, revestidos de
constante frondosidad. Al andar la fragata, saludó al pabellón
colombiano, saludo que fue retornado por las baterías de la cosa,
con algún retraso, motivado, me imagino, por la escasez de
municiones. Como no hay fondas en Santa Marta, al principio nos
vimos muy desorientados sin saber dónde establecer nuestro
hospedaje, pero por fortuna para nosotros, el coronel Campbell
conoció al señor Faribank, comerciante americano, residente en
Santa Marta, quien muy amablemente nos ofreció hospedaje y
alojamiento en su casa durante los pocos días que permaneciéramos
en la ciudad, hasta que pudiéramos conseguir botes que nos
transportaran hasta el río Magdalena. Visitamos al coronel Salda,
gobernador de la plaza, de origen español pero un patriota adicto,
que había sufrido mucho por la causa de la independencia. El
gobernador nos recibió con gran amabilidad y nos rogó que nos
hospedáramos en su casa. Declinamos este ofrecimiento, pero en
cambio le aceptamos al día siguiente una invitación a comer. El
coronel Saída había luchado contra los españoles en Méjico, donde
fue hecho prisionero y enviado a Europa y más tarde reducido a
prisión en compañía de un coronel inglés en la fortaleza de Ceuta,
en la costa del Africa. De los calabozos de Ceuta se escaparon
trabajando como topos durante siete meses por medio de un pasadizo
subterráneo bajo los muros de la fortaleza. Por lo que me relató,
parece que corrieron tantos riesgos y tan grandes peligros como el
barón Trenck, pero su valor, paciencia y perseverancia se vieron
coronados al fin por el éxito. Sin embargo, la huida de la
fortaleza de Ceuta fue únicamente para caer en manos de implacables
enemigos de los españoles, los moros bárbaros. "Incidit in
Scyllam, cupiens vitare charybdin". En este sitio el
coronel Saída tuvo la buena suerte de haber sido libertado del
cautiverio por medio de compra de su persona por parte del cónsul
general francés en Tánger, por unos cuantos pañuelos de seda, y
cuando él regresó Inmediatamente a Suramérica, entró al servicio
colombiano y en esta ocasión fue objeto de gran estima por parte
del presidente Bolívar. El coronel no poseía ninguna de las
cualidades de los españoles; "toujours gai, et vive la
bagatelle" parecía ser su lema, con suficiente filosofía
para importarle poco los éxitos o fracasos de este mundo.
Al día siguiente el coronel Saída nos obsequió con una comida
muy abundante preparada de acuerdo con la cocina española, la cual
tuve el mal gusto de no alabar, pues el ajo y el aceite rancio
predominan en la mayor parte de los platos. Entre el primero y
segundo plato, los invitados por regla general salen a dar una
vuelta por el término de veinte minutos o media hora; después, al
regresar al comedor, encuentran la mesa colmada de pudines, tortas,
dulces, frutas en conserva, todo ello de excelente calidad; pero me
imagino que las gastralgias y las malas dentaduras tan corrientes
en las damas del nuevo mundo que muestran al sonreír, son una
evidencia del abuso de estas golosinas. Sin embargo, ellas son
graciosas a pesar de su dentadura.
Ninguna ciudad sufrió tanto durante la guerra sanguinaria
librada entre España y sus antiguas colonias como Santa Marta, pues
debido a su situación tan cerca a la desembocadura del río Grande o
río Magdalena, con el cual se comunica por agua a través de las
ciénagas, cada enemigo se sentía ávido por retener la posesión de
la plaza; sin embargo, no había fortificaciones alrededor de la
ciudad, solamente un alerte o dos en la base del puerto y una
pequeña roca fortificada con un cuartel que domina la entrada al
puerto. La población de Santa Marta ha disminuido considerablemente
desde el principio de la guerra civil y en la época en que
estábamos allí, se me informó que no había más de tres mil
habitantes. Los naturales de esta plaza habían sido siempre
enemigos decididos de la causa de la libertad, por lo tanto la
mayor parte de los habitantes principales habían sido desterrados y
los demás reclutados para el servicio del ejército del gobierno
colombiano.
El general Morillo, que vivía en el vecindario, dio una gran
fiesta en la plaza de Santa Marta a todas las tropas para celebrar
la libertad del país del yugo español. En esta ocasión los soldados
estaban provistos en los cuarteles de una botella de clarete San
Julián, una libra de carne de ternero, muchas legumbres y dulces a
los cuales todas las clases sociales son muy aficionadas. Me
contaron que al general le agrada mucho dar bromas inofensivas para
distraerse en esta forma de su mal de gota, y soltó en la plaza
durante la noche, sin saberlo los soldados ni la gente, un torete
que salió dando cabriolas y bramando en medio de la multitud. Todo
mundo salió corriendo en distintas direcciones, derribando en su
huida mesas, figuras, vasos, botellas y atropellándose entre sí. No
hay palabras para describir el tumulto y la confusión; pero por
fortuna, la broma no ocasionó ningún daño grave fuera de unas
cuantas cortadas, espinillas rotas y contusiones, además de uno o
dos abortos.
El general Morillo desciende de una de las más distinguidas
familias de Caracas. En su temprana edad fue a la vieja España y
prestó servicio en la guardia de corps del rey. Al regresar a su
patria nativa se convirtió en el más celoso defensor de la causa
destinada a establecer la independencia de las colonias españolas;
y durante la lucha desesperada entre España y Colombia, se le
confiaron importantes órdenes en el litoral de la República.
Después él comandó el sitio de Cartagena, que capituló después de
largo bloqueo con la victoria para las armas de Colombia. Los
modales del general eran exquisitamente refinados; de tal suerte
que se podía observar al instante su roce en la mejor sociedad. El
hablaba francés e italiano con fluidez y el inglés medianamente,
aun cuando él por lo general se sentía reacio a conversar con los
ingleses en su propia lengua. El ingenio del general Morillo era de
calibre superior y en sus operaciones militares durante la guerra
había demostrado mucha previsión, prudencia, decisión y valor. Pero
algunas de las autoridades de Bogotá, cuando yo estuve allí, me
dieron a entender que el gobierno se sentía bastante desconfiado
del general, pues lo consideraban como un intrigante infatigable y
por esta causa lo mantenían en la costa alejado del gobierno
central. Desde entonces él renunció al cargo de gobernador de las
provincias de Santa Marta, Cartagena y Riohacha y fue reemplazado
por el general Bermúdez. Hay una mancha en el temperamento del
general Morillo -su pasión inveterada por el juego-, en cuya
complacencia podría pasar días y noches en vela. Esta pasión ha
demostrado ser la ruina de Suramérica, si no se toman medidas
firmes por el Senado y el Congreso para detener su desarrollo, y si
fuere posible, extirpar este veneno de la mente de todas las clases
sociales; pues los antiguos grandes de España, los caballeros, los
mecánicos, los indios y los negros son todos igualmente adictos a
este vicio fascinador. Uno de los juegos predilectos entre la clase
baja, se denomina "Más diez". Frecuentemente se
ven mesas de este juego en las plazas públicas durante el carnaval;
tienen bolsas alrededor numeradas hasta 22; el jugador lanza una
bola alrededor, si ésta entra en tina bolsa por encima del número
10, es ganancia para el banquero de la mesa, pero si por el
contrarío cae en una bolsa de numeración inferior, gana el jugador,
pero le da al banquero de la mesa la ventaja de dos bolsas.
Las corrientes de aire procedentes de los Andes que se levantan,
soplan del S. E. y predominan durante los meses de diciembre y
enero en Santa Marta, y mientras permanecimos en esa ciudad (que
está construida sobre suelo arenoso) nos incomodaban a los ojos;
pues el calor es tan sofocante, que las casas están edificadas sin
ventanas. Las brisas del S. E. por consiguiente cubren las casas de
una arena fina blanca que empolva los muebles; los platos en las
comidas también participan de este elemento picante. Se agregan a
esta calamidad, los mosquitos, nubes de moscas, ciempiés,
escorpiones y de vez en cuando la presencia de la fiebre amarilla,
que constituye un gran inconveniente para establecer la residencia
en Santa Marta.
Con el tiempo, Santa Marta llegará a ser una plaza de
considerable comercio y tránsito debido a su posición ventajosa en
la costa del Atlántico, especialmente si no tiene éxito la apertura
del canal entre Cartagena y el río Magdalena. La música y el baile
son las diversiones predilectas de los habitantes de Santa Marta, y
en todas las ciudades de la costa se oye todas las noches tocar
alegres guitarras y pies ágiles que se mueven a su ritmo. Los
dueños de la casa reciben a los desconocidos con mucha amabilidad
cuando desean entrar a bailar o a observar.
Las mujeres tienen lindos ojos y en general tienen buenas
formas, pero su complexión es morena y los dientes, aún los de las
muchachas jóvenes, están deteriorados, causa, como lo manifesté
anteriormente, del consumo constante que hacen de dulces. Muchos de
los habitantes tienen una imagen del Niño Jesús en un retablo, que
lo iluminan con velas durante la noche y lo adornan con flores y
conchas de mar; éstas se encuentran en la costa próxima a Santa
Marta en bellísimos colores y formas. A todo inundo se le permite
entrar y salir durante estas fiestas religiosas. Distante unos tres
cuartos de milla de la ciudad existe un lindo arroyo de aguas
cristalinas, que ofrece a los naturales el doble lujo de una bebida
sana y un baño agradable.
Esta plaza fue atacada y tomada por unos 350
|
indios en
enero de 1823 y mantuvieron el dominio de ella durante unos 18
días. Pugeal, español, comandó a los indios en este ataque; más
tarde cayó prisionero en manos de los patriotas y fue enviado a
Lima para servir como soldado raso, aun cuando en esa época ya
tenía más de sesenta años de edad. Anteriormente había sido
gobernador de un departamento del reino de España. Los indios
saquearon todas las casas de la ciudad, con excepción de la aduana
y los almacenes de depósito de uno o dos comerciantes ricos, los
cuales se conservaron como provisión de boca para el general
español Morales, quien se hallaba en posesión de la fortaleza de
Maracaibo. En ese entonces Santa Marta fue tornada por los indios,
pues tenía para su defensa únicamente un reducido número de fuerzas
locales muchas de las cuales eran bastante indiferentes a la causa
de la independencia. Mientras permanecimos allá, la guarnición
constaba de un regimiento de infantería de la provincia de
Antioquia a órdenes del coronel Restrepo, hermano del ministro del
interior.
El domingo 4 de enero nos hallábamos preparados para emprender
el viaje a través de las ciénagas o lagos, después de haber
alquilado el señor Faribank una barcaza cubierta y una gran canoa
para transportarnos con nuestro equipaje a la ciudad de Mompox y
después de habernos provisto de los alimentos necesarios tales como
galletas, ron, carne de ternera salada, aves, chocolate, etc. A
propósito, recomiendo a todos los viajeros que suban el río
Magdalena no olvidar sus mosquiteros, pues estos insectos
chupadores constituyen una terrible molestia en el río, como pude
comprobarlo por propia experiencia penosa, al haber dormido dos o
tres noches sin mosquitero, suponiendo entonces que la picadura de
este insecto americano no era tan ponzoñosa como la del mosquito
del Mediterráneo. El bote o barca está construido con cubierta como
los buques, la longitud es de 62 pies y seis pulgadas, once de
ancho; la longitud de la parte cubierta tiene diecisiete pies; el
conjunto de la tripulación lo integran un piloto, un timonel, un
cocinero y diez hombres para impeler el barco con pértigas. La
canoa grande llamada bongo se construye de un árbol ahuecado en
forma cóncava con herramientas; tiene cuarenta y dos pies de
longitud y seis pies dos pulgadas de ancho; la tripulación la
componen un piloto, un cocinero y cinco hombres para impulsarla con
pértigas.
El señor cónsul general Henderson llegó a Santa Marta con su
esposa y familia pero se quedó atrás por falta de embarcación.
Todos los sirvientes, exceptuando uno mío, habían salido con
nuestro equipaje el día anterior en el bongo y la piragua por vía
marítima para entrar a los lagos que se comunican con el río
Magdalena en Cuatro Bocas. El domingo por la tarde el gobernador,
coronel Saída (que insistió en que le acompañásemos a la aldea
india de Guava a unas dos leguas de Santa Marta), el coronel
Campbell, el señor Cade y el señor M'Leland (socio del señor
Faribank), mi sirviente y yo, salimos de Santa Marta a caballo,
escoltados por un destacamento de húsares y lanceros, con dirección
a la grande aldea india La Cervanos, donde debíamos de encontrar
nuestros buques. Esta escolta era necesaria, pues algunas de las
tribus vecinas indígenas estaban todavía en armas. Los uniformes de
estos húsares y lanceros constituirían una novedad para cualquier
europeo; ellos usaban cascos cubiertos de pieles de oso, chaquetas
rojas, pantalones blancos pero sin botas, las piernas desnudas, las
plantas del pie protegidas con sandalias y provistas de largas
espuelas. Nosotros criticamos mucho durante la revolución francesa
de 1794 los sans-culotes, pero yo nunca vi caballería sin botas;
los caballos eran pequeños pero briosos y de buen rendimiento. La
Cervanos está situada a siete leguas de Santa Marta, y encontramos
algunas partes de la carretera muy pedregosas, pendientes y malas,
especialmente en la costa, donde nos vimos obligados a cabalgar por
rocas inmensas durante la noche. El caballo del coronel Campbell se
cayó con él, pero afortunadamente resultó ileso. En Guava nos
despedimos del coronel Saída, expresándole muy sinceramente nuestra
gratitud por toda la benevolencia de que nos había hecho objeto
durante los pocos días que permanecimos en Santa Marta. Durante las
tres o cuatro primeras leguas de nuestro viaje, cruzamos a través
de hermosas selvas, valiosas debido a la variedad de maderas
tintóreas que se transportan a Santa Marta para exportarías de ahí
a Europa. Atravesamos diversos riachuelos en el camino hacia La
Cervanos y, como noveles viajeros del Nuevo Mundo, nos sentimos
bastante alarmados al ser prevenidos por los húsares de que había
caimanes en algunos de estos caños. Recuerdo perfectamente bien
haber mantenido las piernas y rodillas en alto corno el sastre que
cabalgaba en Brentford, y observando atentamente de derecha a
izquierda en expectativa constante de ver aparecer uno de estos
monstruos voraces de anchas quijadas en la superficie del agua;
pero después al subir el río Magdalena, nos acostumbramos a la
presencia de caimanes de tamaño gigantesco, aun cuando debo
confesar que nunca tuve el honor de cabalgar sobre el lomo de uno
de ellos
|
(1)
, ni me
sentí muy inclinado a hacerlo. En este viaje estuve especialmente
bien montado, gracias a la bondad del coronel Reenboldt, que tuvo
la fineza de prestarme un caballo brioso. El coronel era natural de
Hanover y estuvo algunos años antes al servicio del gobierno
británico; en la época actual comandaba un batallón extraordinario
llamado cazadores de la guardia, acantonado entonces en Cartagena.
En este instante estaba en vía de Cartagena a Maracaibo,
"pour faire l'amour" a una linda muchacha, con
quien se casó más tarde; para lograr este don, tuvo que afrontar
tantos peligros y riesgos como la mayor parte de los caballeros
andantes de antaño.
Para ir de Santa Marta a Maracibo por tierra es necesario cruzar
el territorio perteneciente a una tribu poderosa de indios
independientes llamados guagiros, que dominan unas cuantas leguas
de costa hacia el este de Santa Marta, con dirección a Riohacha, y
los cuales no permiten a ningún extranjero atravesar su territorio,
sin iniciar antes hostilidades. El coronel Reenboldt me contó que
él tenía consigo un guía leal y que su plan consistía en viajar
solamente durante la noche y permanecer durante el día oculto en la
espesura sombría de la selva, pues los indios jamás están en
actividad durante la noche, pero están siempre vigilantes al
amanecer. El coronel llegó a Maracaibo sano y salvo
-"omnia vincit amor"-, y recibió la debida
recompensa por su constancia y valor.
Se considera al coronel Reemboldt como uno de los mejores
oficiales al servicio de Colombia y se ha distinguido a la cabeza
de su extraordinario batallón de tiradores expertos en muchas
ocasiones, especialmente en acción contra los indios cerca de los
lagos, en enero de 1823, cuando el general Morillo comandaba las
fuerzas colombianas.
Tal como dije antes, los indios guagiros dominan una región
considerable de la costa del Atlántico, desde una parte pequeña
hacia el oriente de Santa Marta hasta Riohacha y Cojoro, en el
golfo de Maracaibo, y en el interior también se extiende muchas
leguas. Parece bastante extraño que esta nación de indios
independientes no hubiese sido nunca conquistada por los españoles,
estando por todas partes rodeados por criollos que viven en las
provincias que ahora forman parte de la República de Colombia. He
oído decir que esta fue política de los españoles para mantener a
los indios guagiros independientes, por cuyo medio evitaban a los
habitantes de cualquier parte de las provincias comunicarse entre
si; esto, sin embargo, es problemático.
La población de esta región se supone que llegue a cuarenta mil
hombres y pueden enviar a la lucha catorce mil hombres bien armados
con fusiles, lanzas, arcos y flechas; las flechas están
envenenadas. La comarca de los guagiros sostiente un comercio
notable con los comerciantes de Jamaica; ellos cambian mulas,
ovejas, perlas, maderas tintóreas y cueros por ron, brandy,
municiones y baratijas. Ellos también tienen comercio con la ciudad
de Riohacha. Sus caciques o jefes se distinguen por una montera de
guerra hecha de piel de tigre, con los dientes incrustados en la
parte frontal y la piel adornada en la parte superior con plumas de
colores brillantes de los guacamayos y loros. El actual gobierno de
Colombia desea que todos los buques negocien con los indios
guagiros arribando ya sea a Maracaibo o a Riohacha, para obtener
permiso en la costa y pagar un pequeño tributo por la carga, pues
los colombianos no están en dominio de todo el país. Yo no creo que
los comerciantes de Jamaica se hallen dispuestos a cumplir con esta
orden del gobierno de Colombia.
Arribamos a La Cervanos de la Ciénaga cerca de las dos de la
mañana muy cansados, pues no estábamos acostumbrados, por lo tanto,
a permanecer mucho tiempo encerrados a bordo de un buque. La parte
de la ciudad donde estaban acantonadas las tropas se hallaba bien
asegurada con fortalezas temporales construidas por cercos de
estacas cubiertas de barro con agujeros y un caballo de frisa para
evitar el verse sorprendidos por los indios, que atacaron la ciudad
dos veces durante los dos últimos años; y en una ocasión fue
arrastrada por la tempestad de modo especial, produciendo la muerte
de la mayor parte de la guarnición. La guarnición constaba ahora de
cien hombres del batallón de Antioquia y un destacamento de húsares
y lanceros. La ciudad en esta época contaba con unos dos mil
indios, pero había diminuido más de la mitad durante la guerra
debido al número de hombres que perdió en apoyo de la causa del rey
de España. Un cacique fue hecho prisionero diez días antes de
nuestra llegada e inmediatamente fue fusilado, pues ninguna de las
partes contendoras daba cuartel y los oficiales me contaron que
había muerto con la mayor sangre fría.
La primera noche que pasamos en La Cervanos fue de lo más
incómoda; sin tener mosquiteros, estábamos completamente a merced
de los mosquitos que abundan en las cercanías de todos los lagos y
en los climas cálidos y que casi nos devoran. Considero esto como
el mejor chiste del caso -en verdad uno muy fino para mi joven
secretario, que había estado siempre empleado en el Foreign Office
de Downing Street, pero que lo aceptó con muy buen humor- y el
presagio de una de las mayores comodidades que teníamos que
experimentar al navegar unas 800 millas, por el río Magdalena hasta
Honda. El coronel Campbell y yo como soldados veteranos, no
teníamos derecho a quejarnos. El oficial comandante del
destacamento estaba casado y su esposa, una hermosa joven de
Cartagena, le acompañaba. El nos dio un espléndido desayuno de
acuerdo con la costumbre del país; chocolate espeso, carne salada
de ternera desmenuzada y huevos fritos y además plátanos y algunas
frutas tropicales. Después de la comida nos levantamos y dimos una
vuelta por el fuerte y con gran sorpresa mía, cuatro soldados me
dirigieron la palabra en inglés; éstos habían pasado muchos años al
servicio de Colombia y estaban ahora en el batallón de Antioquia;
dos de ellos eran irlandeses, uno de High Wycombe, de nombre Bucks
y el cuarto de Yorkshire. Que los tres primeros estuviesen al
servicio de Sur América no era de sorprender, pero haber encontrado
uno procedente de Yorkshire era bastante asombroso. Hubiese puesto
en duda la anécdota del individuo a no ser por el dejo marcado de
su entonación. Estos hombres se quejaban dé tener el estómago lleno
de combates pero vacío de alimentos y que el gobierno les debía a
ellos una considerable suma de mesadas atrasadas; si ellos hubieran
podido obtener el pago de éstas, muy seguramente hubieran
abandonado inmediatamente el servicio en el ejercito colombiano,
manifestando que las campañas en las inmensas llanuras de Sur
América no eran cosa de chiste.
En el corral del comandante vi varios gallos de riña amarrados
por la pata con un cordel bastante largo para permitirles moverse.
Los colombianos son particularmente aficionados a la riña de gallos
y llevan esta pasión a tal extremo que me han contado apuestas que
llegan a la suma de 30.000 dólares por una pelea corriente. En mis
viajes posteriores a 1.500 millas en el interior del país encontré
indios que llevaban sobre la espalda jaulas pequeñas con gallos de
riña, caminando por las montañas para llevárselos a los caballeros
colombianos. El gallo está protegido con espuelas de acero inglés
cuyo valor es de tres dólares el pan. Los oficiales admiraron mucho
la escopeta de dos cañones y la brújula de bolsillo del coronel
Campbell.
El lunes el coronel Campbell y yo bajamos al lago con nuestras
escopetas; matamos cinco aves grandes del género de avefría, una
hermosa paloma torcaz del tamaño de un tordo y un milano de bello
plumaje. Vimos gran variedad de aves acuáticas pero no pudimos
conseguir ninguna, pues las orillas del lago son muy pantanosas.
Deseoso de conservar la paloma torcaz la disequé siguiendo las
reglas del arte. En esta operación tuve bastante éxito, aun cuando
muy mortificado por el jején y los mosquitos; como no tenía caja
pequeña para poner el ave, a la mañana siguiente encontré
centenares de hormiguitas comiéndose la piel y por consiguiente
comprendí que mis esfuerzos para conservar las pieles de los
pájaros no tenían objeto. Mucho admiramos los lagos, la superficie
de cuyas aguas contrasta con las islas de bosques en donde las
orillas se hallan cubiertas de mangles que se elevan a una altura
de 70 u 80 pies. En lontananza se divisa, remontándose hasta las
nubes, un ramal de los Andes, que va de Santa Marta a Caracas;
muchos de estos picos están constantemente cubiertos de nieve. Lo
que más particularmente llama la atención del viajero al Nuevo
Mundo es la condición gigantesca de la naturaleza: montañas de
inmensurable altura, llanuras, selvas, ríos y lagos de extensión y
espacio ilimitados; la mente se halla ocupada a toda hora con algo
nuevo, en la forma y colores que presentan las aves, fieras,
insectos, árboles y arbustos de este país extraordinario.
Como los mosquitos nos habían atormentado tanto la noche
anterior, resolvimos desquitarnos de ellos la próxima noche fumando
tabaco, pues el humo está demostrado que contrarresta el ataque de
estos molestos y perseverantes insectos. En Suramérica se
recomienda mucho el fumar para ahuyentar las fiebres intermitentes
y otras fiebres perniciosas que se contraen durmiendo cerca de las
sabanas y grandes pozos de agua estancada. Atribuyo a la costumbre
mía de fumar el no haber contraído nunca fiebre en mis viajes por
Suramérica, Cerdeña y Sicilia o durante mi permanencia en el
ejército de España. El viajero nunca debe empezar un viaje temprano
por la mañana sin su traguito (una copita de brandy que tomaban los
soldados alemanes) o una taza de café tinto cargado sin leche y
unos cuantos tabacos en el bolsillo, que se encienden generalmente
en brasas de la leña que hay en el bosque.
Nuestros barcos habían cruzado felizmente la barrera que separa
la entrada del lago al Atlántico, cuya travesía estaba a menudo
acompañada de peligros cuando soplan los vientos del mar con
violencia y envían una fuerte resaca sobre la varandilla. Anclamos
en Pueblo Viejo, a unas dos millas y media de distancia de La
Cervanos de la Ciénaga, donde por primera vez contemplé la venta de
pavos negros silvestres, buen alimento de mesa y el paujay, o
gallina silvestre del tamaño y forma de un faisán, de plumaje negro
y la cola salpicada de puntos blancos y una cresta negra a manera
de copete que lo adorna en forma elegante. Vagaban por la ciudad
muchos perros nauseabundos, sin pelo, del tamaño de un perro de
aguas. En verdad debía ser muy cómodo para el animal en este clima
cálido carecer de pelaje, pero su deshabillé no le sentaba bien.
Ocurrió en el barco un triste accidente a uno de los pequeños
comerciantes que transportaban provisiones desde el interior, aguas
abajo del Magdalena, al cruzar los lagos hacia la costa. Su
cargamento consistía en marranos gordos que estaban acorralados tan
estrechamente y tenían tan poco aire para respirar, que cuando
llegaron a Pueblo Viejo las dos terceras partes de los pobres
cerdos se habían asfixiado. Como no había tiempo que perder cuando
el termómetro marca de 80 a 90º F, encontramos al propietario y a
uno o dos de sus asistentes en la playa despresando y salando la
carne de puerco de estas víctimas prematuras, para los habitantes
de Santa Marta; ya que los habitantes de las grandes ciudades de
Suramérica consumen lo mejor y peor como la población inmensa de
nuestras propias metrópolis.
Cerca de Pueblo Viejo me mostraron el campamento donde tuvo
lugar una severa acción entre las tropas colombianas, comandadas
por el general Cariguán, en la actualidad gobernador de Panamá, y
los indios nativos de estas dos aldeas, acompañados de unos pocos
españoles bajo las órdenes del general Porrus, español, gobernador
de la provincia en el año de 1820. Los indios defendieron sus
posiciones de la manera más desesperada y perdieron casi mil
hombres, que fueron muertos a bayoneta y lanza, y al examinar sus
cadáveres, pudo observarse que sus heridas eran en la frente. Esta
anécdota me fue relatada de sobre mesa por el honorable Pedro
Geral, ministro de relaciones exteriores de Francia en Bogotá, el
cual había estado en el campamento después del combate. Esa
devoción a la causa del rey de España y el determinado coraje debe
ser admirado por todos, cualesquiera que sean los sentimientos
políticos. Al día siguiente, con sólo cuatrocientos hombres,
atacaron a los colombianos con su valor proverbial, pero fueron
derrotados debido al corto número de ellos. En esa ocasión vimos
muy pocos jóvenes en las aldeas; la población consistía de
ancianos, mujeres y niños. Sus casas estaban construidas de
bahareque y techadas con hojas de palma. Encontramos un indio que
había estado en Inglaterra y hablaba un poco de francés e inglés.
Sus compatriotas lo consideraban como un prodigio. Algunos indios
que estaban en los lagos con sus canoas pescaban con redes, que se
me asemejaron mucho a nuestras atarrayas y que las arrojaban casi
en la misma forma. En esta aldea compré dos tucanes dentro de una
jaula grande de bambú por dos dólares y dos reales; eran éstos unos
pichones muy bonitos. El tucán abunda en las provincias de Santa
Marta y Cartagena, hacia la costa, pero nunca los vi en el interior
de Colombia. Se supone generalmente que el tucán se alimenta de
frutas, semillas, etc. y no es de rapiña. Pero un vendedor de
pájaros en Londres me aseguró que había tenido uno vivo casi
durante año y medio, al cual le permitía andar suelto por la
tienda, hasta que descubrió que había devorado un pinzón real que
cantaba, que había escapado de la jaula y desde entonces él lo
alimentaba con pájaros muertos.
Al señor M'Leland, después de haber comprado algunas provisiones
adicionales para nosotros, le dimos la despedida y nos embarcamos
en nuestros buques el día martes 6 de enero. A esta hora, dos de la
tarde, el termómetro marcaba 87º F a la sombra. Al pasar cerca de
Cuatro Bocas, vimos cuatro caimanes, los primeros que habíamos
visto; el coronel Campbell disparó a largo alcance con perdigones,
pero las escamas son tan duras que se cubren entre sí de manera que
los perdigones no tienen la más mínima oportunidad de penetrar
dentro de la carne. Yo me sorprendí al ver caimanes en esta parte
del lago, pues el agua es salobre y yo había supuesto anteriormente
que sólo se hallaban en el agua dulce de los lagos y ríos. Después
de esto, nos alarmamos mucho al ver uno de los indios saltar a
bordo con una garrocha que cayó al agua y esperábamos a todo
momento ver al infeliz devorado por un caimán; pero pronto cogió su
objeto y subió de nuevo a bordo. Supongo que el ruido que hacen los
negros e indios cantando y el golpe de las pértigas en el agua,
asustan a los caimanes y los mantienen lejos de los buques. Una
hora o dos más tarde de esto, mi perro favorito, Don, perdió el
equilibrio y cayó al agua; lo dí por perdido, pero los esfuerzos de
uno de los negros a quien le había prometido un dólar dieron buenos
resultados, pues Don me fue rescatado y ahora está vivo y sano en
Inglaterra. Encontramos muy útil a Jacko, el oso hormiguero que
había comprado en Jamaica, pues en el barco mataba las cucarachas,
hormigas blancas, arañas, etc. Estos insectos invaden
constantemente nuestras provisiones y son especialmente incómodos.
Por desgracia Jacko tenía profunda aversión a toda la raza canina;
por lo tanto había una guerra perpetua entre él y Don, que al fin
fue fatal para Jacko, pues con gran pesar por mi parte me vi
obligado a matarlo. Después de mi llegada a Bogotá, casi se termina
la vida de Don, a causa de un profundo mordisco en el cuello. Había
leído en algunos autores que el oso hormiguero carecía de dientes;
mi viejo pointer podría decir otra cosa muy distinta -ellos muerden
con tanta agudeza como un tejón y sus patas están provistas de
garras largas y fuertes.
Tuvimos poca brisa o ninguna para la navegación. A nuestra
tripulación negra, cobriza y morena le oí rezar a San Juan para que
concediera brisas favorables. Los lagos rara vez tienen más de
veinte pies de profundidad y en promedio unos seis o siete pies.
Nuestro buque mayor calaba unos dos pies y medio y el menor uno y
medio. Comíamos a las seis en nuestros camarotes o por la cubierta
del buque grande y bebíamos a la salud de nuestros buenos amigos de
Inglaterra con una botella de clarete San Julián y echamos anclas a
las siete, en un lugar llamado Menciado, clavando las pértigas en
el lodo y amarrando los botes en ellas. Por la noche hubo buenas
brisas que sirvieron para mantener alejados a los mosquitos y
dormimos profundamente sobre cubierta, después de haber pasado dos
noches en la costa tan incómodos. El bongo no apareció sino a las
seis de la mañana y se regañó al patrón, que demostró ser un
tunante redomado.
El día siete, a las siete de la mañana, entramos a la Boca de
Caño Grande, que no tiene más de veinte yardas de ancho, timoneando
de occidente a sur. Navegábamos entonces a una velocidad de cuatro
nudos por hora. Todos los negros e indios tomaban por la mañana
temprano un vaso de ron, y si se les agregaban unos cuantos
cigarros, los individuos trabajan como esclavos de galeras durante
tres o cuatro horas. Cicerón hubiera podido arengar a estos negros
boteros sin causar la menor impresión, pero en cuanto ellos veían
los cigarros y la damajuana de ron, les brillaban los ojos y pronto
se oían las canciones alegres y las largas pértigas se movían con
precisión y rapidez. Ellos están desnudos con excepción de un trapo
de tela que llevan alrededor de la cintura y un sombrero de paja.
El coronel Campbell mató una hermosa garza de color blanco lechoso
o garza real. Sobre el dorso de este animal se hallan las plumas
que adornan la cabeza de nuestras bellezas europeas. Observamos
gran variedad de aves acuáticas tales como gallinetas, espátulas
escarlatas y un ave excelente, el flamingo y cercetas, pero ellas
se asustaban al ver los buques. Al cruzar el Caño de Boca Grande
entramos en otro lago, denominado Redonda y después pasamos por
Boca Sucia, que es un canal pantanoso. Después de esto, el coronel
vio dos monas coloradas y un mono rojizo que dan unos alaridos
espantosos y gruñen durante toda la noche, pero no están a tiro de
fusil. El plátano y la higuera silvestre crecen a orillas del lago
y las flores y enredaderas de algunos arbustos eran de los más
hermosos y brillantes colores. Por la tarde tomamos agua del lago,
a las cuatro, y nos pareció bastante fresca; vimos un enorme pájaro
que los indios llaman tixerana o cola de tijera. Por la tarde
entramos al Caño de Clarín y observamos gran número de monos
colorados trepados en los árboles, pero ninguno de ellos estaba a
tiro de fusil, con excepción de uno al cual herimos; este no cayo,
pero se mantuvo colgado de la cola hasta que lo herimos seis veces.
Con mucha dificultad desembarcamos para buscar al mono, que
esperábamos se hubieran devorado los mosquitos, de los cuales hay
millones zumbando alrededor de nosotros. Al abrir y despellejar el
mono, los negros e indios observaron que era hembra y estaba
grávida; más, sin embargo, oí decir que ellos habían preparado un
plato delicado para la cena; estos individuos tienen apetito de
buitres y digestión como la de un avestruz. Pasamos la noche en el
Caño Abrito, que es fresco pero algo infestado por mosquitos.
Jueves 8. Entramos a las cinco de la mañana a zarpar de Caño
Abrito y vimos por la costa una gran bandada de loros verdes; erré
con mi escopeta varios tiros pero más tarde maté un mirlo de la
misma forma y tamaño de una urraca de cola larga, ojos muy oscuros
y cresta en la parte superior del pico. A las ocho de la mañana
entramos al Caño de La Soledad, con temperatura de 79º F, y
llegamos a desayunar a Cuatro Bocas. En las orillas de Cuatro Bocas
encontramos una familia acampada; ésta se hallaba aquí durante unos
días esperando vientos favorables para cruzar los lagos de Santa
Marta; tenía un cargamento de arroz, gallinas y plátanos. Una linda
mulata de diecisiete años formaba parte del grupo y observé que mi
joven secretario estaba muy atento con ella; pero el
desconocimiento de la lengua española constituía un serio obstáculo
para enamorar. Aquí tuvimos que ejecutar una desagradable maniobra
al vernos obligados a descargar los buques, sacando todo el
equipaje pesado y trasbordándolo a la playa arenosa, lo cual nos
detuvo algunas horas; hubo también una lucha desesperada entre Don
y el oso hormiguero; en ésta Don salió con un fuerte mordisco en la
cola, que fue curado por uno de los indios aplicándole sal y tabaco
en la herida. El alimento de los indios y negros es arroz, plátano
y carne salada de ternera en sancocho. Durante las comidas los
reinos anchos que los boteros usan siempre cuando van a atravesar
el río se lavan y colocan en el fondo del champán hacia la proa;
entonces la ración de alimentos se saca y divide en pequeñas partes
para los hombres que se la comen con los dedos. La mayor parte de
las bodegas tienen grandes conos de panela que sirven de postre.
Hoy el coronel Campbell mató lo que nos imaginamos que hiera un
enorme pavo silvestre, pero más tarde averiguamos que se trataba de
buitre de la ciénaga o gallinazo del lago. Esta ave tenía cinco
pies y medio de ancho de alas, patas largas, rojas y muy fuertes;
el plumaje del dorso y del pecho negro y gris y blanco en la cabeza
con dos espuelas curvas afiladas en la punta, de casi una pulgada
de largo desde la base de cada ala, con las cuales golpean con
fuerza terrible. Los indios nos habían dicho que el buitre se podía
comer, lo desplumamos y lo preparamos para la comida; no hay nada
que decir de sabor, pues debo confesar que nunca había probado una
cosa tan dura, fuerte y mala; y el coronel y la señora Cade fueron
de la misma opinión. Esto resultó ser para nosotros un día de
ayuno. Antes de llegar al río Magdalena los buques encallaron, lo
cual nos obligó a permanecer inmóviles durante la noche. No nos
habíamos cambiado la ropa desde que embarcamos en Pueblo Viejo, ni
habíamos visto choza ni ser humano, salvo la familia ya mencionada.
Los mosquitos y el jején resultaron muy fastidiosos esta noche, al
acercarnos a la playa. Vi una gran cantidad de cocuyos por la
noche, que proyectan una luz fluorescente y los llaman
luciérnagas.
Viernes 9 de enero. Entramos al río Grande o río Magdalena, río
de primera clase, aún en Suramérica, donde los hay de corrientes
poderosas. El Magdalena en este lugar me pareció que tuviese una
milla y media de ancho y el agua muy turbia. Las pendientes suaves
de las colinas hacia el S. O. a siete u ocho millas de distancia
tienen mucho parecido a las cascadas del Sussex. Estas fueron las
primeras tierras que vimos cultivadas de algodón, maíz, cacao y
caña de azúcar, desde nuestra salida de Pueblo Viejo; éstas se
hallan a la orilla izquierda del río Magdalena y en estos terrenos
la mayor parte del suelo rico y fértil permanece sin cultivo y
cubierto de selvas. Un poco más arriba del río divisamos extensas
sabanas con gran número de caballos pastando; en esta región hay
asimismo extensas granjas donde los propietarios mantienen de
doscientas a trescientas vacas lecheras y producen unas dos o tres
arrobas
|
(2)
de queso
diario, gran parte del cual se envía a las ciudades de Cartagena y
Santa Marta. Los habitantes que viven junto al río eran
generalmente criollos y vimos muy pocos indios o negros. Las aves
de corral se venden aquí a dos chelines el par. El coronel Campbell
mató un loro verde con plumas escarlatas en las alas, que resultó
gordo y tierno. Los españoles bloquearon el estrecho canal de
Bocadores de la Buega, que es la vía angosta entre el río Magdalena
y los lagos, para evitar que los colombianos atacaran a Pueblo
Viejo y a Santa Marta. Este canal fue dominado y los obstáculos
removidos por los buques cañoneros de los patriotas.
Hacia el medio día llegamos a la espaciosa ciudad de Soledad,
situada a milla y media del Magdalena, en la ribera izquierda, y se
comunica con el río por un caño o canal natural. Un comerciante
mulato nos ofreció bondadosamente habitaciones para pasar la noche
y darnos la comodidad de disfrutar de una camisa limpia, después de
haber transcurrido cuatro días con sus noches sin cambiarnos de
ropa, en un clima tropical donde el termómetro a la sombra marca a
las tres de la tarde 83º F. Divisamos a lo lejos la aldea de
Barranquilla, pero por falta de agua no pudimos desembarcar.
Enviamos nuestras cartas de presentación con un mensajero al señor
Glenn, respetable comerciante inglés que residía allá. Vimos un
caimán muerto tendido sobre el lomo a la orilla del río; me imagino
que tendría de 14 a 15 pies de largo y debido a su hediondez llegó
a ser un vecino desagradable. Las orillas del Magdalena son
hermosas a causa de la abundancia de flores rojas y lilas de la
clase de cámbulos que las guarnecen.
En Soledad encontramos un negro llamado Luis Bramar, que había
estado durante tres años de tambor mayor en uno de nuestros
regimientos como guardia de corps. El hablaba inglés muy bien y
estaba empleado como dependiente en la tienda de nuestro anfitrión.
Nos fue muy útil y entre sus conocimientos del inglés nos informó
que había aprendido el arte de preparar el ponche de huevos en
nuestro país. Nosotros pusimos a prueba su habilidad y nos
regalamos durante la noche con esta bebida, encontrándola tan
excelente que le rogamos a don Luis le diese una lección a nuestro
cocinero Edle. Vimos aquí muchos caballos y mulas en grandes
barcazas para lavarlos es el único cuidado que se les da a estos
animales, que prueba sin embargo, ser muy refrescante después de un
viaje. A los caballos, mulas y asnos les gusta por igual la
calabaza; su forraje habitual es el maíz, en los países cálidos. El
señor Glenn, hermano del comerciante, vino a caballo de
Barranquilla a visitarnos; él estaba a media paga en el ejército de
Meuron.
El gobierno colombiano le había concedido al señor Elbers,
comerciante alemán, el derecho exclusivo para navegar durante
veinte años por el río Magdalena con buques de vapor. En esta época
un buque de valor de cuarenta caballos de fuerza, había entrado al
Magdalena procedente de los Estados Unidos. Este buque después
subió únicamente unas pocas leguas arriba de la ciudad de Mompox y
a causa de su gran calado, no pudo proseguir más adelante. Es de
lamentar que el gobierno de Colombia hubiese concedido el derecho
exclusivo de navegación en los principales ríos y lagos, a saber:
el Magdalena, el Orinoco y el lago de Maracaibo a individuos
particulares; la madre patria del pasado sufre el ejemplo
pernicioso del sistema de monopolios. Estas grandes vías de
comunicación deben dejarse a disposición de todo el mundo y si este
hubiera sido el caso, estoy seguro de que por esta época, a fines
de 1825, muchos barcos de vapor estarían navegando en estos ríos y
lagos. Sí el gobierno ha estado decidido a estimular los
monopolios, que siempre son desventajosos para una nación
comercial, hubiera sido más conveniente haber hecho contratos con
compañías respetables, que poseen capital suficiente para evitar
cualquier obstáculo natural en la navegación de los ríos, como esas
grandes masas de troncos, los bajos fondos y bancos de arena, etc.
El Magdalena es la gran vía fluvial que comunica a las provincias
de Santa Marta, Cartagena, Antioquia, Mariquita y Neiva y
transporta buques a tres días de distancia, por tierra, de Bogotá,
capital de la República. Dejo estas disquisiciones de economía
política para que se juzgue si es esta una razón fundamental para
no conceder privilegios exclusivos.
Después de habernos provisto de una buena cantidad de camarones
secos, pollos, azúcar, chocolate, mermelada de naranja y de algunos
vinos fuertes catalanes, salimos de Soledad el sábado y pasamos por
las ciudades de Sabana Grande y Rey de Molino, distantes de cinco a
ocho leguas de Soledad. El arbusto de algodón silvestre está a
orillas del río cargado de capullos maduros y reventones, que
presentaban una apariencia bonita y nueva. También observamos la
nidia, que la produce una planta trepadora que se enrosca alrededor
de los árboles de la selva, y que produce un efecto agradable. Esta
planta medra mejor en el suelo húmedo, y de ella gran cantidad se
enviaba anteriormente a España para emplearla en la sazón del
chocolate. El número de enredaderas separadas y colgantes de los
árboles espaciosos, producen un efecto singular en estas vastas
selvas y algunas veces a distancia aparecen cables pequeños de las
vergas de un acorazado. A veces las he encontrado tan densas y
entrelazadas entre si que parecen impenetrables: algunas de ellas
cuando están en florescencia son especialmente agradables a la
vista. Gran cantidad de árboles frutales se adaptan bien para el
trabajo de enchapado y presentan una variedad de colores agradables
cuando se pulen debidamente. Después vi en Bogotá modelos de obras
de ebanistería, tales como muebles para las altas clases sociales,
que me asombraron completamente. Los colores diferentes de las
maderas habían sido enchapados con mucho gusto; pero los criollos
trabajan muy rápido y probablemente un humoso tocador con cajones
no se termine en menos de un año; y además debe darse el dinero por
anticipado al ebanista, pues este no tiene capital. Vimos el
esqueleto de un gran caimán y el coronel Campbell mato un Palero de
hermoso plumaje llamado la amarilla o pechiamarillo; el dorso tenía
un bello color castaño, el pecho amarillo brillante y un humoso
copete rojo en la cabeza; es como del tamaño de un mirlo y canta
muy bien.
El río en esta parte había disminuido considerablemente en
altura y la corriente era más fuerte. Algunas de las granjas de las
orillas daban un aspecto rural bonito, al estar sombreadas por la
palma real de perenne follaje, que se remonta a considerable
altura. Observamos en muchos lugares unas cercas bastante fuertes
de bambú, construidas en la margen del río para proteger a los
habitantes de los caimanes que tanto abundan en el Magdalena. A
pesar de estas precauciones, ellos de vez en cuando, se dan maña
para atrapar a alguien. Nos contaron en Barranca que una mulatica
de catorce años de edad había sido arrebatada por la muñeca
mientras llenaba un balde y arrastrada bajo el agua por uno de
estos saurios. Tan pronto como los caimanes han saboreado la carne
humana se aficionan particularmente a ella y son feroces y
atrevidos en el ataque a la especie humana. Los nativos conocen
esta circunstancia y procuran por todos los medios capturar el
caimán que se lleve a alguna persona, cosa que es muy fácil de
realizar, pues este monstruo anfibio es voraz como el tiburón y
tiene sus cuevas particulares que rara vez abandona.
Mi secretario y yo entramos al bongo para navegar más rápido que
el buque durante la noche y pasamos una sin dormir a causa de los
desesperados ataques de las diferentes especies de mosquitos que
infestan las orillas del Magdalena. A las tres de la mañana
anclamos en la pequeña aldea de Ponto Corvo y nos sentimos muy
complacidos de poder huir de nuestros perseguidores en la playa,
los mosquitos, que ya cubrían todo el bongo. Aquí dormimos en el
suelo durante tres o cuatro horas hasta la llegada del buque y nos
dimos cuenta de que el coronel Campbell también había sufrido su
penitencia como nosotros, durante la noche. Compré un bonito loro
verde en este lugar por tres dólares, que hablaba algunas frases en
español con bastante claridad y era un buen patriota, pues se le
oía gritar "Bolívar" y muy a menudo decía
"viva Colombia", "viva la patria y nada
para los españoles". Este loro lo llevé después a
Inglaterra y murió durante el invierno de 1825.
Hoy domingo, 11 de enero, a la una pasamos por Picua, pequeña
aldea sobre la orilla derecha del río y Vimos una bandada de
gallinazos, pequeño buitre negro que se alimenta de mortecinos y
cadáveres de caimán; también vimos grandes árboles en forma de
campana en la selva. Cerca de la aldea de Curé de San Antonio,
observamos inmensas rocas y gran cantidad de pececitos que con
frecuencia saltaban fuera del agua; nos imaginamos que estaban
perseguidos por los caimanes. Se divisaban montañas orientadas
hacia el S. O. Entonces nos dirigimos hacia el sur. El termómetro a
la sombra marcó este día 86º. El coronel Campbell mató una garza de
color de paloma, casi de la mitad del tamaño de las garzas del
país, la cual tenía un redondel rojo alrededor de los ojos y patas
amarillas.
En esta parte del río hay muchas isletas pobladas todas ellas de
árboles gigantescos y hermosos arbustos, especialmente la mimosa.
La tierra da el aspecto de ser extraordinariamente rica y fértil;
en algunas partes hay hasta quince pies de profundidad de capa
vegetal. El bejuco, una enredadera, crece en estas selvas, es tan
fuerte y resistente que los nativos lo emplean para amarrar las
vigas de sus casas y los bambúes para cubrir los champanes o
lanchones en los que viajan por el Magdalena desde la ciudad de
Mompox al interior de las provincias. Vimos varios monos colorados
en los árboles y un par de guacamayos o macaguas grandes de color
escarlata.
La noche la pasamos en la gran aldea de Barranca Nueva, situada
en la orilla izquierda del Magdalena, en la casa de correos que era
el mejor alojamiento que tuvimos desde que dejamos la casa del
señor Faribank en Santa Marta. Barranca Nueva es una plaza
floreciente debido a una considerable parte de productos que se
transportan por el Magdalena, se descargan aquí y se llevan en
mulas a Cartagena. Se emplea el mismo medio de transporte de
Cartagena a Barranca para el despacho de artículos de lencería,
vinos, etc., procedentes de Europa, Estados Unidos y Jamaica. Hay
un canal natural entre Cartagena y Barranca por los lanchones
durante la estación de lluvias que dura tres meses. Un ingeniero ha
inspeccionado el terreno entre las dos ciudades y se espera que la
comunicación fluvial se mantendrá abierta durante todo el año abajo
costo. Los campos se han despejado a alguna distancia alrededor de
la ciudad y como esta en lo alto, por esta circunstancia se goza
|
de una bella vista del Magdalena hacia abajo y arriba de la
ciudad.
En esta dudad, el cónsul general Henderson tuvo la desgracia de
perder a su hijo, primoroso joven de diecisiete dios, tres semanas
después de nuestra salida. El se estaba bailando y me imagino que
nunca se supo bien si se ahogo file arrebatado por un caimán. En
esa ocasión un 8IMente que estaba con el hizo una descripción muy
confusa del accidente y entiendo se manejó de manera cobarde al
abandonar al pobre joven. Frente a Barranca Nueva habla una isla,
la cual parecía lugar predilecto para los monos colorados que
hacían gran ruido durante toda la noche. Por la tarde el jefe de
correos y unos veinte o treinta hombres y mujeres a caballo y en
mulas repesaban de un baile que se celebraba en una aldea a unas
dos millas de distancia. Las señoras cabalgaban a horcajadas con
las enaguas arriba de las rodillas. La población de Barranca Nueva
es de unas mil almas. Por la noche disfrutamos todos de un baño
refrescante en una parte panda del río, con un sirviente en vela
para los caimanes o cocodrilos. El correo de Cartagena va de
Barranca Nueva a Honda, a una distancia de ochocientas millas en
quince días. Se transporta en una canoa larga con cuatro hombres y
se impulsa por medio de pértigas día y noche, un hombre manejando
el reino, otro piloteando y así se reemplazan con los demás cada
seis horas.
El día 12 salimos de Barranca Nueva a las seis y media de la
mañana. El jefe de correos había recibido esa mañana una carta en
donde se le anunciaba que dos miembros del congreso, procedentes de
Panamá, estarían en Barranca Nueva dentro de seis días y se deseaba
que se enviaran a Cartagena veinte caballos y mulas para el
transporte de ellos, de su comitiva y equipajes. Cuando estábamos
subiendo a bordo conocimos al coronel Johnstone y a otro oficial
irlandés; el primero había estado cinco años al servicio de
Colombia y había luchado en casi todos los combates contra el
general español Morillo, habiendo estado gravemente herido. Como
era oficial de campo en el batallón de Albions, compuesto de
soldados ingleses, el coronel estaba en uso de retiro a media paga
y se preparaba para ir a Inglaterra. Los oficiales en uso de retiro
del servicio colombiano que no hayan sido heridos, reciben
solamente una tercera parte del sueldo. El coronel Todd,
anteriormente encargado de negocios de los Estados Unidos ante la
república de Colombia se hallaba aquí, en viaje para Norte América
pero no le vimos.
En cuanto navegamos río arriba con una brisa agradable, cerca de
la costa maté una iguana de cuatro pies y medio de largo de cabeza
a cola del género saurio. El patrón nos dijo que era un manjar
delicado, por lo tanto se lo entregamos a Edle, el cocinero, para
que hiciera un fricasé para la comida con salsa blanca; nosotros lo
encontramos excelente, pues era gordo y blanco como una gallina. El
coronel Campbell y yo salimos en la canoa con nuestros fusiles
cuando había menos agua y matamos tres papagayos rojos de gran
tamaño. Desembarcamos y nos dirigimos hacia un laguito donde los
indios nos indicaron que era un lugar de caza de aves. En nuestro
camino vimos una diversidad de pavos negros silvestres en los
árboles; yo le disparé a uno y lo herí pero logró escapar. El
coronel Campbell en el lago, donde vimos gran variedad de gallinas
silvestres, mató un chorlito pardo que tenía el pico encorvado de
unas cinco pulgadas de longitud. En un palo, a orillas del río
estaba colocada una cabeza de tigre que parecía haber sido muerto
últimamente, los colmillos eran largos y gruesos y tenía una mueca
espantosa. Nos dirigimos a un corral de ganado que estaba protegido
fuertemente con una cerca formada por guaduas grandes para evitar
que las fieras se apoderaran del ganado. En un rancho cercano
encontramos una negra muy ocupada haciendo quesos de leche sin
descremar; tomamos con mucho agrado un trago de suero que nos
pareció muy caliente, después anduvimos por lugares poco ventilados
a causa del espeso follaje de árboles y arbustos. En este rancho
vimos una pica o lanza larga con que se guían los toros, que son
muy bravos. Nosotros estábamos allí muy precavidos durante nuestro
paseo, a causa de las numerosas serpientes venenosas que invaden
los bosques y lugares pantanosos, especialmente las culebras
cascabel y las equis, cuya mordedura pronto es mortal, si no se
aplica el específico empleado por los nativos del país. En algunos
árboles observamos que se habían hecho grandes agujeros por los
lados, los que, según se nos dijo se hacían con el fin de preparar
colmenas, pues había abejas silvestres cuyo producto es muy
provechoso aquí, donde hay tantos altares y retablos constantemente
iluminados con cirios en ciudades y aldeas, en homenaje a la Virgen
y a todo el calendario de santos.
Hoy pasamos el día en las aldeas de Barranca Vieja y de Yuel,
situadas ambas a la orilla izquierda del río. Las aves gorjeaban y
el panorama de la selva era grandioso. El termómetro a la sombra a
la una de la tarde marcaba 87º F y a las tres de la tarde 89º. Un
indio brincó al agua en busca de su sombrero de paja, el cual
obtuvo sin peligro alguno; estos hombres nadan admirablemente. Una
balsa inmensa, cargada de caballos y mulas, que iba bajando el río
pasó junto a nosotros; estaba ésta protegida por una cerca de
guaduas. Vimos una bandada de guacamayos rojos, que viajan siempre
en parejas y algunas veces sus cabezas escarlatas se ven asomar por
entre el follaje de los árboles en donde, según se nos dijo, hacen
los nidos.
Pasamos la noche en la aldea de Yubertín y al anochecer fuimos
de paseo a la plaza, donde encontramos grupos de personas de
diferentes tonalidades de color moreno, jugando cartas en mesitas
al rayo de la luna, apostando dulces. Los negros, indios, mulatos,
zambos y criollos parecían estar tan interesados en esos juegos
como los jugadores profesionales apostando miles en una casa de
juego de Londres. Nos sorprendió, o tal vez nos mortificó bastante
notar que estos jugadores no hacían ningún caso de nosotros. Los
hombres de esta aldea eran todos pescadores, y observamos mucha
cantidad de pesca de forma y color semejante al escarcho de dos a
tres libras de peso colgada en cuerdas secándose al sol. Como
habíamos colocado nuestros mosquiteros antes de la puesta del sol,
lanzamos un desafío a estos insaciables chupadores de sangre, que
podían oírse afuera zumbando, volando en todas direcciones y
tratando por todos los medios de encontrar un agujero en las
cortinas. Un criado debe estar preparado para cerrar el mosquitero
inmediata mente que uno se mete a la cama, pues de otro modo se
cuelan estos atormentadores y pican y dan serenata toda la noche.
No conozco nada más atormentador que las picadas de mosquito en un
clima tropical. Es casi imposible abstenerse de rascar la picadura,
la cual se irrita inmediatamente y algunas veces es sumamente
dolorosa. Los nativos aplican sobre la irritación tabaco empapado
en ron y yo comprobé que alivia mucho la inflamación.
Salimos de Yubertín al despuntar el día y vimos una serpiente
verde y negra de unos siete pies de longitud deslizándose entre los
arbustos de la orilla del río. Antes de tener tiempo para coger las
escopetas ya había desaparecido. A las doce y media del día
pasarnos la ciudad de Tenerife. Esta plaza ha sufrido mucho a causa
de la lucha de los colombianos por la causa de la libertad. La
iglesia y las mejores casas fueron quemadas por los patriotas en
1812, pues los habitantes eran godos, vocablo que se aplicaba a los
españoles por ser descendientes de los godos. En una canoa grande
vimos un enorme pescado llamado bagre, de unos tres y medio pies de
longitud con manchas negras a los lados, una cabeza grande aplanada
y boca ancha, ojos pequeños y barba fuerte. El bagre es un
magnífico alimento y su carne es muy nutritiva. Uno de los indios
pescó una tortuguita de agua. Otro caimán de gran tamaño apareció
muerto a orillas del río y una nube de gallinazos estaba
devorándolo. Entre éstos, observarnos dos de la especie denominada
rey de los gallinazos. Se dice que el gallinazo corriente se retira
de su presa como un súbdito obediente y observa cuando el rey de
los gallinazos aparece. Esto en general puede ser cierto, pero en
esta ocasión, supongo, el espíritu de republicanismo se había
extendido a esta tribu plumosa y ya no se trataba al rey con el
mismo respeto, pues dos reyes estaban con todos sus súbditos
comiendo sin ceremonia y con tanta jovialidad corno el rey Arturo
en medio de sus caballeros. Hoy por primera vez vimos el ave
cabecinegra; se trata de un pájaro de gran tamaño, que en pie mide
cuatro pies de altura, el cuerpo es blanco, la cabeza negra y el
cuello rojo brillante. Era tan arisco que nunca pudimos tenerlo a
tiro de fusil. También vimos bandadas de loros verdes, periquitos,
que hacían mucho ruido al volar. Había tal cantidad de peces en la
parte parida del río que parecía como si la canoa fuera a
cortarlos. Esto ocurría cerca de la aldea de Plato; aquí contamos
treinta caimanes nadando a unas doscientas o trescientas yardas de
nuestra barca; en general sólo las cabezas aparecen sobre la
superficie del agua. Plato es una aldea notablemente limpia y
bonita, por lo tanto resolvimos pasar la noche allí.
Por la noche dimos nuestro paseo acostumbrado por la aldea,
fuimos a dar a una casa donde había dos muchachos negros tocando
violín, una muchacha tocando tambor y un mulato el triángulo. Nos
causó gran sorpresa oír a estos músicos morenos tocar algunos
valses con gran gusto y expresando el deseo de que salieran a
bailar; pronto se formó un círculo y empezó el baile. Mi joven
secretario bailó un vals con dos o tres bonitas mulatas y algunos
aldeanos bailaron durante una hora o dos. Era muy agradable el ver
la manera graciosa de esas niñas de ocho o diez años cómo bailaban,
colocando los brazos en forma variada de actitudes elegantes. Los
criollos indios y negros tienen un oído excelente para la música.
Con frecuencia he recordado esta noche con placer; la noche era
fresca y agradable, la luna esparcía sus rayos sobre nosotros,
todos parecían estar embriagados de alegría y contento. Grupos de
niñitos desnudos reían sentados con las piernas cruzadas a nuestro
alrededor, lo mismo que los bailarines parecían disfrutar de la
novedad de la escena. Tal vez sería dudoso si la brillante asamblea
de Almacks sintiera la alegría de estos hijos de la naturaleza tan
puros. Se servían tandas de ron y pasteles entre los bailes. El
termómetro marca hoy 93º
|
F a las tres de la tarde. Al salir
de Plato por la mañana temprano una muchachita mulata le trajo al
coronel Campbell de regalo una taza de leche fresca y algunas
frutas. El coronel había estado charlando con ella la noche
anterior y le había regalado una chuchería; y para ella demostrarle
su gratitud le hizo este regalo.
Le regalamos el pasaje a una muchacha zamba desde este lugar
hasta Mompox. La canoa o piragua en donde ella iba río abajo se
volcó durante la noche al chocar con un gran tronco que flotaba
sobre el río; todo se perdió; la muchacha y la tripulación se
salvaron nadando hacia la playa. Esta joven damita parecía sufrir
su infortunio con mucha filosofía, pues yo la oí con frecuencia
cantando. Durante el viaje maté una garza que medía cinco pies de
punta a punta de las alas. Vimos gran cantidad de patos y gansos
silvestres y lagartos de color verde brillante a las orillas del
río; estos reptiles son muy rápidos y ágiles en sus movimientos. A
los nativos les gustan mucho los perros y los tienen por cantidades
en todas las aldeas; sus ladridos durante la noche mantienen
alejado al jaguar o tigre de manchas negras, al leopardo rojo y a
otras fieras carnívoras. Oí decir que la rabia canina no se conocía
en Sur América. El agua del río Magdalena está siempre muy turbia.
Pasamos la aldea de Sombrone a la orilla izquierda del río y
dormimos en San Pedro, a siete millas de distancia de Plato. El
termómetro a las tres de la tarde indicaba en la sombra 92º y en el
sol 112º F. Disparamos cuatro veces hoy a los caimanes muy cerca
del bongo con perdigones y posiblemente les dimos, pues
inmediatamente se sumergieron y no los volvimos a ver más; yo me
imagino que uno de los rifles del señor Staudenmeyer a una
distancia moderada hubiera podido atravesar las escamas. Dormimos
esa noche en el Sitio del Demonio, a causa de la nube constante de
diablillos que en forma de mosquitos invade este lugar. Partimos de
aquí a la salida del sol del día 15 de enero.
Esta mañana el segundo patrón o capitán de la canoa se cayó al
agua y tomó más de la necesaria para aplacar la sed; inmediatamente
vimos un enorme caimán o cocodrilo que se dirigía hacia él;
golpeando las pértigas contra el agua y los indios y negros
haciendo un ruido enorme, logramos mantenerlo alejado mientras le
arrojamos un cabo al patrón y lo sacamos sano y salvo a cubierta;
el caimán y el remojón le volvieron la serenidad al caballero
completamente. El coronel Campbell encontró varios huevos de caimán
a punto de empollar. La navegación por el río se volvió ahora muy
monótona debido a gran número de troncos de árbol que flotaban en
el agua, los cuales estrechaban el curso de la navegación formando
corrientes y remolinos, y como no soplaba ninguna brisa la
tripulación se vio obligada a remolcar encima de esos palos, debido
a que el agua era bastante profunda en las demás panes del río.
Mientras impelían el buque con las pértigas con abundante
transpiración, bebían grandes cantidades de agua sin experimentar
malos efectos; esto puede atribuirse quizás al calor del agua. En
el curso del día observamos varias bandadas de palomas silvestres y
gran cantidad de milanos blancos. El termómetro a las tres de la
tarde, a la sombra, marcaba 93º
|
F. Al medio día tuvimos una
agradable brisa del S. O. y unas cuantas gotas de lluvia, las
primeras que recibimos desde que desembarcamos en el continente de
Sur América. Acampamos por la noche en Pinto, pequeña aldea de 300
habitantes. Los agricultores aquí son ganaderos, algunos tienen
hasta 100 cabezas de ganado. Por la noche fuimos a visitar al
segundo alcalde o magistrado, y compramos tres pieles de tigre por
seis duros españoles. Una de estas pieles perteneció a un tigre que
se había llevado una pica del alcalde hacía algún tiempo y en el
ataque con este feroz animal murieron tres de sus mejores perros.
Los cazadores de jaguares los matan a veces a bala, pero
generalmente prefieren emplear para tal fin una lanza de siete pies
de largo con un hierro ancho en la punta, muy afilado en los
bordes. El alcalde manifestó que nuestro gran tigre había
atravesado el río a nado tres meses antes y al amanecer llegó al
centro de la aldea; los perros dieron la alarma con incesantes
ladridos; cuando el alcalde regresó con sus esclavos, atacó al
intruso y lo mató. Los jaguares y caimanes son enemigos mortales,
los primeros les hacen la guerra perpetua a los últimos. Siempre
que el tigre sorprende dormido a un caimán sobre la arena caliente,
él lo ataca por debajo de la cola, que es una parte blanda y gorda
y la más vulnerable y tal es su sobresalto que difícilmente se
mueve o resiste; pero sí el caimán agarra a su enemigo en el agua,
su elemento más propio, entonces los papeles se cambian y por lo
general el tigre se ahoga y perece devorado; conocedor de esta
inferioridad, cuando tiene que atravesar un río lanza un tremendo
rugido en la orilla del río antes de entrar al agua con la
esperanza de asustar al caimán y alejarlo. En este paraje había
gran cantidad de tigres gallineros que se llevaban los cerditos,
las cabras y las aves; sus pieles tienen manchas negras, son suaves
y muy hermosas y constituyen un artículo comercial en Europa. Una
vaca gorda vale aquí unos veinte duros españoles; se sacan con
frecuencia dos arrobas
|
(3)
de cebo para hacer velas.
Salimos de Pinto a las seis de la mañana, a esa hora había 78º F
de temperatura; en la noche hubo mucho rocío y una niebla espesa
por la mañana. Antes de salir se entonaban siempre Oraciones por
uno de los indios o negros y en la última parte de la plegaria se
unía toda la tripulación y rezaban en coro. Como el día era
nublado, salí con el coronel Campbell en la piragua de cacería y
desembarcamos en un bonito paraje donde había una choza indígena
rodeada por gran variedad de árboles frutales de mucha belleza,
cubiertos de capullos de flor, botones y frutas maduras. Los
señores en Inglaterra habrían considerado estos árboles de valor
incalculable como ornamento para sus parques, pero aquí les echan
hacha sin piedad, sin mandato alguno ni peligro de denuncia por
daño. Vimos aquí diversas especies del mono llamado mono mochino,
de cola muy larga, la cual emplean para saltar de árbol en árbol
con sorprendente actividad. Los perseguimos durante algún tiempo,
deseosos de dispararles. Permanecimos cuatro horas en estos bosques
y aun cuando están cubiertos de espeso follaje, y de vez en cuando
encontrábamos un sendero indígena claro, sin embargo el calor era
tan intenso que nos ocasionó gran fatiga la caminada. Metimos en
nuestros talegos a un mono colorado, de barba larga e hirsuta como
la de un fraile capuchino; dos grandes guacamayos, uno escarlata y
el otro azul brillante y amarillo; dos periquitos verdes, un
hermoso halcón culebrero, llamado así porque mata las serpientes,
con un anillo negro en el cuello; una oropéndola, una mirla del
tamaño de un tordo, con plumas anaranjadas en el pecho y parte de
la cola; una enorme garza; un pato real silvestre; un halcón
amarillo con la cabeza de color castaño. Consideramos esta
excursión como un magnífico día deportivo. Sentimos algún
remordimiento por haber matado el mico macho; él parecía mirarnos
con mirada piadosa y de reproche, como si quisiera decir
"¿Qué hice yo para merecer la muerte?" y al
morir, su larga barba le daba el aspecto de un anciano. Vimos una
espátula de color escarlata, pero se mantuvo fuera de nuestro
alcance. Llegamos a las seis de la tarde a Rinconada, una casa
abandonada, ambos estábamos rendidos, después de tanto ejercicio y
sin haber comido nada desde las seis de la mañana. Aquí dormimos.
El amo de la casa era un criollo, hombre muy industrioso; hace tres
años logró que le concedieran mil yardas a lo largo de la orilla
del río y todo cuanto pudiera cultivar en la parte posterior,
pagando pequeños diezmos a un sacerdote de Mompox. Durante este
tiempo él había construido un trapiche; bonito edificio y muy
ordenado; sus plantaciones de caña de azúcar, cacao y plátano se
hallaban cultivadas en la forma más ventajosa.
El sábado 17 de enero llegamos a la ciudad de Mompox a las
cuatro de la tarde. Teníamos cartas de presentación para un
respetable comerciante colombiano de esa ciudad, llamado Pino.
Esperábamos que se nos hubiera ofrecido alojamiento, pero por
desgracia el señor Pino en esa ocasión estaba muy enfermo y no nos
pudo recibir. Visitamos después al señor Lynch, inglés que había
sido oficial en el ejército colombiano y actualmente se hallaba
establecido como comerciante en Mompox. Muy amablemente nos ofreció
parte de su casa, la cual aceptamos gustosos. En esta ciudad, es
necesario hacer otra descripción de las balsas planas, denominadas
champanes para navegar en el Magdalena cuando el río está muy pando
y se procede a remontarlo. Es un caso singular pero bien conocido,
que estos champanes tienen la misma forma y construcción de los
buques hechos por los indios o aborígenes del país para la
navegación del río antes de haber sido conquistado por los
españoles. Todas las mejoras y medios de transporte fueron
revisados por los antiguos españoles; puesto que evidentemente la
política y el gran objetivo de la Corte de Madrid era que las
diferentes provincias de estas extensas colonias del Nuevo Mundo
tuviesen entre sí la menor comunicación posible, con el fin de
mantenerlas en la ignorancia de su poderío y recursos. Por
consiguiente el viajero encuentra numerosos obstáculos y
dificultades en la navegación de los ríos, el cruce de las llanuras
y la subida a las montañas de este inmenso país. Confío en que la
edad del barbarismo haya terminado al fin y que antes de algunos
años, el viajero y el comerciante puedan atravesar este vasto
continente desde el Atlántico hasta el Pacífico con facilidad. La
naturaleza ha contribuido con su parte hacia la realización de este
fin, pues ningún país posee tan buenos ríos navegables como los de
Sur América. La construcción de champanes cuesta una suma
considerable de dinero; por uno espacioso se pagan tres mil
dólares. Se construyen muchos en Mompox. Nuestros bogas estaban
borrachos y pendencieros; mientras estábamos aquí, hubo una pelea
entre ellos a machete o sea cuchillos largos, en la cual hubo un
muerto y cinco heridos; no hubo demanda ni investigación ni
diligencia activada por el poder civil. En verdad estos bogas
contumaces de Mompox deben únicamente mantenerse en orden por el
poder militar, que castiga la delincuencia sin demora. La negrita
no nos demostró mucho su gratitud; a ella le habíamos dado pasaje
desde Barranca Nueva, pues la picarona trató de engañar a mi
cocinero en la venta de unos doscientos huevos de tortuga, que él
había deseado comprar. Las tortugas principalmente ponen sus huevos
en este mes.
Mompox era y es un gran emporio de comercio, pero al igual que
la mayor parte de las ciudades de la república de Colombia había
sufrido mucho durante la última guerra. Su situación céntrica y
ventajosa a orillas del Magdalena, entre Cartagena, Santa Marta y
las provincias de Antioquia, Mariquita y Bogotá, debe en toda época
asegurar un mercado considerable en el tránsito de mercancías, y
los productos del interior de las provincias, tales como cacao,
maderas tintóreas, azúcar, café, oro en polvo, pita (una clase de
lino fuerte), etc. Un cargamento de madera tintórea de doscientas
sesenta libras vale en Mompox ocho dólares y el precio de un buen
caballo es de doscientos dólares. Mompox tiene una población de
unas ochocientas almas, de todos colores, pero la mayoría son
negros y zambos. Los bogas, o la tripulación de los champanes que
los impulsan río arriba, son un conjunto de individuos tan
borrachos y disipados como los puede haber en el mundo; la mayor
parte reside en esta ciudad. Hay un juez civil, dos alcaldes, un
gobernador militar con el rango de coronel y una pequeña guarnición
de sesenta hombres, cuya principal ocupación es tratar de mantener
el orden dentro de los mismos bogas. Aquí hay una fábrica de
cadenas de oro, el cual procede de la provincia de Antioquia; estas
cadenas son finas y bonitas y no hay la menor mezcla de aleación en
el metal. Mompox tiene bonitas iglesias y muchos conventos; estos
últimos han sido cerrados por el gobierno actual, y los miembros de
la comunidad se hallan en libertad, algunos de ellos están en los
conventos de Bogotá, que conservan su propiedad y prodigan asilo a
los viejos frailes de los conventos provinciales que han sido
suprimidos. Las casas de la calle principal son buenas, de un piso
de altura y tienen aspecto limpio y pulcro por haber sido
blanqueadas ocasionalmente. Las calles por la noche estaban
iluminadas con grandes faroles de papel: recientemente se había
impartido esta orden por el gobierno debido a la tentativa hecha
para asesinar al señor Pino. Hay un muelle extenso a la orilla del
río y una muralla de milla y media de longitud, veinte pies de
altura y tres pies de espesor, para proteger el muelle y la ciudad
de las inundaciones del río en la época lluviosa. El mercado en
Mompox es bueno; se puede conseguir carne abundante y fresca, gran
variedad de pescado, frutas y legumbres; las toronjas y piñas son
muy buenas. La gente tiene pájaros enjaulados que se llaman
turpiales, de color negro y amarillo, son como los ruiseñores de
este país; son muy costosos cuando cantan bien. Yo pagué dieciséis
dólares por uno, pero su gorgeo era hermoso. El pájaro murió
después en Bogotá, debido a que el clima era muy frío para él. El
calor es muy fuerte en Mompox, debido a su baja situación: el
termómetro el día 22 de enero a las dos de la tarde marcaba 88º F
con algo de brisa.
El coronel Ramos y sus oficiales comieron con nosotros el día
20; este es un gran caballero que ha estado durante mucho tiempo al
servicio de Colombia; había sido condecorado con la insignia de
tres órdenes, entre ellas la del Libertador de Venezuela. Los
buenos patriotas de Mompox ofrecieron considerable resistencia a
Morales, general español que, como de costumbre, cuando lograba
dominar la plaza, mataba gran número de sus habitantes. La fiesta
de San Sebastián es aquí un día muy alegre; la negras y mulatas se
divierten entre sí arrojando harina sobre las cabezas de los
negros. Tomamos una bebida fresca muy agradable llamada guarapo,
hecha de zumo de caña de azúcar hervido con agua.
El día 23 salí a caballo con mi secretario para ir a una pequeña
aldea cuatro millas distante de Mompox. Aquí observamos la manera
curiosa de cultivar repollo, cebolla, etc. Se hace una cerca fuerte
de guadua de cinco pies de altura; dentro de ella se deposita una
capa fina de tierra y una pequeña cantidad de estiércol de ganado,
en esta forma se siembra la semilla de repollo y cebolla. Las
plantas que vimos eran grandes y hermosas y el cultivo de legumbres
en esta forma tiene estas ventajas: que ni los cerdos ni las
gallinas pueden llegar hasta ellas; las eras se riegan por la
mañana y por la noche. El coronel Campbell se encontró aquí con el
señor Manning, antiguo amigo suyo, a quien había conocido en
Barcelona, España. El señor Manning venía de Bogotá con destino a
Cartagena, después de haber efectuado una operación mercantil.
Se habían alquilado dos champanes y una piragua o una pequeña
canoa, al señor Pino. El señor Lynch había advertido a nuestra
churrusca tripulación de bogas que nos proponíamos salir de Mompox
el viernes 23. Pero los esfuerzos del señor Lynch y los nuestros
fueron infructuosos para enganchar la tripulación, pues la mayor
parte de ellos estaban borrachos y dispersos por la ciudad. Es una
mala costumbre la que tienen aquí de anticiparles todo el jornal a
los bogas antes de la embarcación, pues como nuestros marineros
ingleses, estos hombres rara vez abandonan la playa hasta cuando
hayan gastado el último real en aguardiente (licores) y chicha (una
clase de sidra fuerte). Las provisiones para la gente del champán
las consigue el empleado que suministra la tripulación y se las
distribuye el patrón o capitán del champán cada día. La ración
consta de ternera salada, plátanos y algunas veces arroz. Estas se
cocinan en la popa del buque y se les da en grandes vasijas de
metal; ellos lavan los remos y los colocan en el fondo del buque
para formar una mesa; cuando ésta se halla servida, ellos comen con
los dedos: a la mayor parte les dan un terrón de panela como
postre. El mayor de los champanes tenía sesenta pies de longitud
por siete de ancho y dos pies sobre el borde del agua; el centro de
convexidad es de seis píes, seis pulgadas; está hecho de guadua
fuerte y flexible y está techado con hojas de palma y sujetas entre
sí con bejucos fuertes. El conjunto de hombres para un champán de
este tamaño es así: el patrón, el piloto que dirige con un largo
remo en la popa y veintidós hombres que emplean pértigas de veinte
pies de longitud; parte de ellos se halla en la cubierta y el resto
en la proa del champán: la pértiga se ajusta contra la espalda que,
debido a ello, se vuelve dura y callosa. Los bogas llevan una vida
o muy indolente o muy laboriosa, pudiendo impeler el champán contra
la corriente desde las seis de la mañana hasta las seis de la tarde
bajo un sol tropical y con sólo hora y media para el almuerzo y la
comida. En la operación de impulsar el buque, sus movimientos son
algo lentos, algunas veces rápidos y regularizados por la voz de
uno o más hombres. Este ruido al principio es desagradable pero
pronto se acostumbra uno a él y no se acuerda de ello como el
molinero de su molino. Lo que no se pasa fácilmente desapercibido
es la sacudida cuando los bogas cambian la monotonía de sus
movimientos por una clase de brinco corto o baile que impide
completamente la lectura o escritura: con frecuencia echan agua
sobre la embarcación para refrescarla. A los bogas, a causa de sus
esfuerzos y constante caminar sobre las cubiertas calientes, se les
hinchan las piernas y con frecuencia vimos en las aldeas a jóvenes
inválidos por esta clase de trabajo y por falta de atención médica
adecuada, constituyendo así una carga para sus familias. Creo que
la navegación para remontar el río, estando encerrado todo el día
en un champán con los bogas, el intenso calor del clima, las nubes
de mosquitos de diferentes clases y tamaños, de las cuales hay
cinco, y el dormir en las orillas calientes de los ríos, es una
peregrinación mala e incómoda que tiene que sufrir el ser humano.
Como este es el caso, al viajero no le queda otra alternativa que
acortar la penitencia lo más rápidamente posible; para tal fin,
recomiendo encarecidamente llevar consigo dos o tres barrilitos de
ron y dos o trescientos cigarros y darles a los bogas, siempre que
trabajen bien, dos o tres cigarros y un vaso de ron por la mañana y
otro por la noche. Estos pobres infelices verdaderamente lo
merecen, porque impeler durante tantas horas bajo un sol abrasador
es un trabajo extraordinariamente pesado y sin duda mataría a
cualquier europeo en pocos días.
Le regalé el pasaje de Mompox a Honda al capitán Hughes, primo
del caballero dueño de las minas de cobre, quien estaba a media
paga en un regimiento de Lanceros, y que había sido educado en
Irlanda por el general Devereux para el servicio colombiano. El
pobre Hughes, que se había quedado sordo en sus campañas,
difícilmente hablaba español y estaba, según creo, falto de aquello
que es nuestro mejor amigo en todo el mundo.
A las siete de la mañana del sábado 24, salimos de Mompox con
gran alegría. Las orillas del río eran planas, pero estaban
pobladas de bonitos ranchos rodeados de platanales. El termómetro a
la sombra, en este día y a las cuatro de la tarde, marcaba 88º. Uno
de nuestros monos (teníamos dos a bordo) saltó a la playa y dos o
tres bogas frieron a los bosques en su búsqueda. Lo trajeron
muerto. Con sus machetes o largas peinillas, que siempre llevan
consigo, lo habían herido cuando trataba de subir a un árbol. En
nuestra excursión de caza vimos pelícanos de color escarlata en
posición conveniente de buen tiro. Al ir bordeando, y mientras
caminábamos cruzando algunos vallados y pasto muy alto, con el afán
de conseguir el ave, nos íbamos deslizando silenciosamente para
lograr cazarlos. De repente oímos un gran ruido y un crujido en los
vallados e inmediatamente supimos que un jaguar o tigre había
saltado y se disponía a atacarnos. Rápidamente aprestamos nuestros
fusiles dispuestos a defendernos como pudiéramos, pero fuimos
agradablemente desilusionados al echar un vistazo a una garza
silvestre que pasó apresuradamente
|
(1)
|
Véase
|"Las Andazas por
Sur América"
|
de Waterton.
|
|
(2)
|
La arroba tiene veinticinco
libras.
|
|
(3)
|
Unas cincuenta libras.
|