CAPITULO VIII
VIAJE POR EL
MAGDALENA
El 27 de enero todo estaba preparado para iniciar el viaje por
el río. Los preparativos para un inexperto como yo, no eran nada
fáciles, en especial si debía de realizar todo solo. En primer
lugar tenía que preocuparme de arrendar la embarcación, en la que
no se podía llevar sino las cosas indispensables, y la máxima
tripulación que podía ir a bordo eran dos bogadores y un
timonel.
El costo del arriendo oscilaba entre dos y tres reales por día,
que debe cancelarse por anticipado, y cierto excedente del pago
debe ser enviado y devuelto luego con el timonel, es decir, la
persona que va a cargo de la embarcación y es responsable de esta
devolución.
En seguida es necesario contratar el personal que bogará hasta
llevarme a mi destino. Para que este trámite resulte ágil se trata
con el mismo timonel, a quien se le cancela su paga y la de la
tripulación, así él se encarga de buscar y contratar el resto de
los sujetos.
Indudablemente es un grave riesgo entregar de antemano tal
cantidad a un negro del todo desconocido, especialmente en un país
en que la honradez no está muy desarrollada, menos las acciones de
la policía. De todos modos debía correr tal riesgo, ya que no
existe otra manera de hacer los preparativos ni de conseguir
gente.
El timonel entonces contrata de igual modo, o sea cancelando por
adelantado. El riesgo de ser engañado por uno de estos contratados
es mucho mayor que el anterior. De ahí que uno se sienta feliz al
no ser estafado por uno de ellos. Cuando se va a iniciar el viaje y
no se presenta alguno, solo recibe como respuesta del timonel un
“se fue”.
Tratar de seguir al fugado es una pérdida de tiempo, ya que es
casi imposible ubicarlo, y si eso se logra, ya no tiene el dinero.
Por otro lado, resulta común tener que esperar a estos individuos,
las más de las veces hasta que han desocupado sus bolsillos, pues
todo se lo beben y solo retornan dispuestos a emprender el viaje
cuando tienen los bolsillos totalmente vacíos.
Otra de las preocupaciones que deben tenerse es la provisión de
víveres suficientes para la travesía. Solo no hay que preocuparse
de leña y agua. Los alimentos que por acá se conseguían eran carne
salada, plátanos, arroz, chuletas, chocolate, ron y vino. Los dos
últimos eran imprescindibles de llevar, toda vez que las aguas del
Magdalena eran imposibles de tomar sin estos ingredientes. Beber de
esta agua constituye un verdadero recuerdo para mi.
Obviamente también debían llevarse los utensilios donde preparar
los alimentos y los necesarios para servirlos. Con todo, no existía
despensa mejor provista que la de la embarcación que se preparaba a
hacer una expedición por el Magdalena. También era indispensable
llevar una tinaja pequeña para aprovechar el agua del río que al
atardecer aclaraba y así evitar la que estaba barrosa y
tibia.
Igualmente era conveniente incluir un pequeño botiquín con
medicinas, las que no podían conseguirse una vez iniciado el viaje.
Eran necesarios los vomitivos y otros que ayudaran a bajar la
fiebre.
Llevar algo para tenderse a dormir, era cuestión importante. No
debía olvidarse el artículo conveniente por excelencia: una malla
mosquitera. Tampoco debían omitirse una escopeta y un paraguas
resistente, elementos que, si bien era cierto no tendrían para
nosotros la misma importancia que tuvieron para Robinson Crusoe,
resultaban útiles para el viaje.
Si podían agregarse algunos libros sobre cualquier materia, que
hiciesen más corta y agradable la travesía, no debían dejarse de
lado.
A un joven inglés residente aquí le correspondió la tarea de
poner en mis manos una colección de las mejores novelas de Walter
Scott, autor que difícilmente haya sido leído con mayor atención y
entretención que en este silencioso y despoblado río
Magdalena.
Eran las siete de la mañana del día siguiente cuando nuestra
pequeña y liviana embarcación, al grito de los bogadores, fue
echada al río. Poco antes, al pasar por la plaza, compramos los
efectos que aún faltaban, una tinaja de barro, cuerdas para amarrar
la canoa en los lugares de detención y algunos víveres frescos,
como pollos y huevos. Acabado este trámite se inició la travesía,
con un fondo coral de los negros que me acompañaban, que cantaban
“Ave María Purísima, Santísima”, y luego gritaban
“adiós Santa Cruz de Mompós”. Era común encontrar el
término Santa antes de cada nombre en los poblados y ciudades de
Colombia, lo cual es herencia de los beatos españoles
conquistadores de estas tierras.
La despedida se entremezclaba con malas palabras y el consabido
“carajo”; así comenzamos a alejarnos de
Mompós.
A eso de las diez de la mañana entramos a un caserío situado en
la orilla izquierda del río, de nombre San Fernando. Allí cortamos
un montón de varas, que en forma de arco fueron puestas como techo
de la embarcación, en especial sobre el lugar destinado a camarote.
Se cubrió todo con hojas de palma para protegerse de la acción del
sol y de la lluvia. Desayunamos y preparamos la comida, que fue
guardada para ser consumida más tarde.
Con ello evitábamos tener que detenernos demasiado a cocinar. A
la vez se estableció la hora del desayuno entre las nueve y diez de
la mañana, lo que no agradó a los bogadores, pero al contar con el
apoyo del timonel la aceptaron y luego se
acostumbraron.
Este es el momento adecuado de presentar a los lectores a los
personajes que me acompañaban, aunque ello no resultará un
placer.
El timonel era un tipo flaco, indígena viejo, llamado Jago
Domingo Ruiz, de una piel amarilla rojiza, cabellos negros, lisos,
semejantes a las cerdas de los animales. Durante el tiempo de
Bolívar había servido en un champán, lo cual por supuesto era
obligado tema durante las charlas nocturnas. El era el orador que
el auditorio escuchaba con paciencia.
La tripulación estaba formada por dos hombres jóvenes. Uno de
estos, el mejor, era un negro de baja estatura pero corpulento y
fuerte. Manejaba su remo con la misma habilidad con que su boca
echaba malas palabras. Su nombre era Narciso Toribio Santa
María.
El otro bogador era una mezcla de negro e indígena, un zambo,
como les llaman por acá. De cuerpo entre negro y castaño, unía una
fuerza y elasticidad fantásticas, pero era un pícaro holgazán. Su
nombre era nada menos que Natividad Apolinar López, de Santa
Marta.
El cuarto miembro de esta compañía era mi sirviente, José María
Cruz, muchacho indígena de dieciséis años, cuyo color amarillo
claro delataba que algo de sangre europea tenía en sus venas, pero
su lentitud y somnolencia lo alejaban de lo que se llamaría un
mestizo. Era muy útil y excelente cocinero; el resto de la
tripulación lo apodaba El paje. También mantenía la tradición de
nombrarse solo con el primer nombre.
Cuando acabamos el techo del camarote, seguimos el viaje hasta
las cuatro, hora en que comimos bajo la sombra de unos árboles. En
seguida cruzamos el río siguiendo su orilla derecha; a las siete de
la tarde habíamos avanzado ciento veinte kilómetros de Mompós; nos
encontrábamos en el pueblo llamado Margarita. (Cuando me refiero a
la orilla izquierda o derecha, lo hago tomando en cuenta que mis
espaldas están hacia la fuente del río y la cara hacia su
desembocadura).
Para acampar siempre se elige este tipo de playas, por ser los
únicos lugares, con excepción de las aisladas casas que puedan
encontrarse a lo largo del río, donde se puede colocar un pie en la
tierra, ya que los enormes árboles y arbustos que decoran el
ambiente muchas veces llegan hasta la superficie del
agua.
Estas bajas playas constantemente varían, debido a las subidas y
bajadas de las aguas. No es posible en esos tiempos encontrar
bogadores que quieran hacer la travesía, ya que todos responden:
“No hay playas”. No debe descartarse que usen este
argumento para no hacer el viaje.
En tales orillas, denominadas bancos de cocodrilos, nombre que
llevan con mucha razón pues eso es lo común, pueden atracar las
naves. Por lo demás, esos animales no constituían verdaderos
peligros, ya que se le teme mucho más al tigre que a los
cocodrilos, sin dejar de olvidar el peligro que significan, en
tierra, las serpientes.
Tras haber subido la canoa un tanto sobre la playa, los
bogadores comenzaron a colocar los mosquiteros, bajo los cuales se
colgaban las hamacas o una pequeña colchoneta de paja; así
rápidamente está hecha la cama.
Por mi parte casi no utilicé ese método y prefería quedarme
durmiendo en la embarcación, donde colgaba mi mosquitero bajo el
techo de hojas de palmeras.
Bajo una suave luz lunar, el domingo a las cuatro de la mañana
seguimos el viaje. La ascensión del sol nos sorprendió en Guama.
Cuando eran las ocho nos encontrábamos en Chioya, a ciento veinte
kilómetros del albergue donde pasamos la noche
anterior.
Mientras preparaban el desayuno hice un recorrido por el pueblo
en cuyo extremo se encontraba la iglesia, que desde acá se
distinguía del resto de las chozas solo por su tamaño y paredes un
tanto más gruesas. El interior era igual de modesto. Lo más
llamativo de sus adornos era el pequeño púlpito, colocado en un
poste alto, parecido a un palomar de las casas del norte de
Alemania.
Como los bogadores consideraban necesario asistir a la misa, no
logramos salir del lugar sino una vez pasada la hora de la comida.
Era extraño que hubieran querido continuar el viaje, ya que
generalmente el domingo se quedan en el lugar hasta el día
siguiente.
A las dos de la tarde el termómetro marcaba treinta y cuatro
grados. A las cuatro nos detuvimos para darnos un baño, acción que
fuera de refrescante y agradable, resultaba arriesgada pues siempre
se contaba con el peligro de los cocodrilos, por lo que no debía
hacerse fuera de los límites entre la canoa y la playa y teniendo
siempre el ojo avisor. Guardando tales precauciones no existía
peligro.
A las siete varamos en una playa de cocodrilos, donde tuvimos
que pasar la noche. Como de costumbre lo primero que se encendía
era una gran fogata alrededor de la cual nos sentábamos a
conversar, fumar y a cazar mosquitos durante una hora. Luego cada
uno se disponía a dormir, bajo los mosquiteros.
La jornada del lunes, día 30, comenzó otra vez a las cuatro de
la mañana. Esto, según se había estipulado en el contrato, permitía
tomar una hora de descanso al mediodía, siempre y cuando se
recuperara en las horas de la madrugada. A las siete pasamos por la
boca de un pequeño río, de nombre César, que venía desde un lago
del interior llamado Zapatosa y llegaba hasta el Magdalena. Este
lago era el más grande de los interiores de Colombia. Durante el
año mucha parte de él está cubierta de grandes patos, constituyendo
las orillas bajas y pantanosas entre este y el Magdalena el lugar
de caza de los animales y aves más extraños y provechosos que se
pueda imaginar. Cuando viajaba de regreso con un amigo, tuve la
ocasión de participar en una de esas cacerías, la que después
comentaré.
Al seguir subiendo llegamos a El Banco, pueblito situado a la
orilla derecha del río, y a las ocho, a uno llamado Peñol, distante
seiscientos kilómetros de Mompós.
Aquí me encontré con un conocido, que había salido de Mompós
ocho días atrás pero que no pudo seguir viaje porque su tripulación
encontraba más divertido quedarse en este sitio que proseguir el
viaje. Quizás ahora sea adecuado continuar la descripción de este
tipo de tripulación. No puede olvidarse que, pese a todo, es un mal
inevitable para viajar.
Los bogadores (remeros) son hombres usados para el tránsito de
barcos de río. No puede llamárseles marineros, ya que solo deben
llevar las canoas corriente arriba, usando largos palos. También es
uno de los peores trabajos que pueda hacer un hombre, especialmente
en este clima infernal. Unido esto a la brutalidad que significa
realizar tal labor se explica que todos sean indomables,
acercándose mucho a los animales salvajes.
Tan solo asustándolos se logra afectarles, ya que ni aun con oro
se puede convencerles de dar un paso más allá del que ellos hayan
decidido. Se podría llamarlos indolentes, ya que en muchas
ocasiones se quedan acostados sin hacer nada; pero no sería justo,
pues el resto del tiempo se les ve haciendo avanzar un champán en
contra de la dura corriente, con un horrible calor, desde las seis
de la mañana hasta las seis de la tarde. Por eso sus días de
descanso no logran balancear los de labor ardua y sacrificada. De
esa manera es mucho más productivo que trabajen dos jornadas
seguidas y descansen en la tercera, ya que así alcanzan la meta en
un plazo de cuatro a seis semanas, y no de dos a tres meses como
estaban empleando ahora.
Durante el tiempo que están varados se quedan en algún lugar
poblado, donde sus diversiones y actividades se centran en comer,
dormir, beber y pelear, aunque son más que nada fanfarrones, pues
no son buenos luchadores. Habitualmente andan con sus machetes pero
nunca los usan como armas de pelea, y no por miedo, porque siempre
hacen lo que les da la gana, ya que la autoridad nunca se mete en
esas disputas y los jefes de policía son tan pillos como los
negros; así es que se les considera como Primero entre sus iguales,
“Primus inter pares”.
No tienen respeto por sus superiores, a los que solo envidian
por tener el mando, y las relaciones que establecen con ellos son
las de individuos obstinados, y entre sí no se ayudan ni apoyan
mutuamente. Nunca se hacen confidencias ni consultas de tipo
personal, por lo cual no vuelven a averiguar los unos por los otros
al terminar el viaje.
Ellos se consideran marineros, pero de éstos no tienen más que
una característica, cual es la de no bajar a tierra hasta que no
les hayan pagado sus servicios y cancelado el contrato de arriendo
de una u otra manera.
Muchas veces se dan a la mala vida, consumen grandes cantidades
de alcohol y desconocen lo que significa la monogamia, ya que es
característico de un señor ser dueño de varias mujeres, incluidas
las conocidas a lo largo de la vía del río. En lo referente a
religión, es exacto el bosquejo que hacen de ellos los ingleses al
decir que “en general no tienen religión, ni creen en
nada”. Ellos, sin embargo, se consideran cristianos y andan a
cada instante haciendo la señal de la cruz, persignándose y rezando
el “Ave María” e infinitas oraciones latinas, de las que
entienden tanto como el común de las clases bajas seguidoras de la
doctrina católica, romana y apostólica.
Por supuesto que ahora, en su condición de hombres libres, que
obtuvieron con el triunfo de la Independencia, se han tornado
insolentes, llevando su concepto de la propiedad al límite de
considerar que los favorecidos son solo ellos, por lo que
habitualmente despojan de sus pertenencias a los visitantes.
También sucede que los latifundistas pierden algunas de sus
mercancías, en especial los empaques pequeños o los que contienen
bebidas.
Frecuente es comprobar que al llegar las garrafas al mercado,
estas se encuentran vacías, y lo único que el propietario recibe es
la explicación de que algún negro se las bebió en el camino, o se
rompieron durante el viaje. Si se hiciera un inventario del
sinnúmero de quejas y reclamos, tanto de pasajeros como de dueños
de cargas, resultaría extraño que el Gobierno no hubiera metido sus
narices en el asunto.
El esfuerzo que hasta ahora se ha realizado pasa por las manos
de alcaldes y gobernadores, pero estos no han logrado hacer valer
ni respetar su autoridad. Si el gobierno avanzara un tanto más en
sus propósitos de domesticar a este antiquísimo y arrogante gremio,
si les diera mayor poder a los jefes y alcaldes y tratara de
disciplinarios con autoridad militar, diferente sería la
situación.
Para eso sería necesario que en lugar de estar malgastando en el
ocio a oficiales y marineros a bordo de naves detenidas, los
colocaran junto a las tripulaciones de los champanes que cruzan el
río y patrullaran en embarcaciones pequeñas tratando de evitar
tanto saqueo e inseguridad. Con esto, a no dudarlo, le darían más
poder a los alcaldes, pues aunque la arrogancia de los bogadores es
grande, tiemblan cuando escuchan el nombre de Oficial de la
República.
Si no estoy mal informado, el Poder Ejecutivo está pensando en
algo parecido. Aunque es necesario reconocer que desarraigar hasta
el fondo el problema es tiempo perdido para ambas
partes.
De cualquier manera estos medio seres humanos resultan más
fáciles de manejar en embarcaciones pequeñas que en las grandes, ya
que al encontrarse en grupos numerosos les hace sentirse bravos y
su indocilidad crece junto con el número de
asociados.
Durante el viaje aprovechaba la ocasión para observar a los
componentes de mi tripulación, los que marchaban tanto mejor si se
les amenazaba; así fui conociendo otras de sus características. Por
supuesto que se contagiaron del ejemplo de la tripulación de mi
amigo, y el negro bogador decía que padecía de cólicos. Tal
situación no me inquietó demasiado ya que estaba invitado a cenar
por un viajero francés, al cual conocí en Cartagena. Solo me
preocupaba la recuperación de mi hombre.
Cuando vine a visitar por la tarde al “paciente”, lo
encontré en un profundo sueño, lo cual caracterizaba más a un
estómago repleto que a un enfermo. Pero en cuanto lo desperté para
reanudar la marcha, me respondió que no podía porque necesitaba
medicinas. Yo sabía cuál debía darle, pero le dije que solo llevaba
conmigo dos para el caso, una era Ipecacuana (un vomitivo muy
fuerte, con sabor indescriptiblemente malo, aun en la boca de un
negro), y la otra aguardiente fuerte con azúcar.
Para soportar este licor era necesario realizar inmediatamente
movimientos rápidos, para lo cual el vaivén de la canoa era
perfecto. Le pregunté cuál de ellos prefería, y por supuesto, luego
de beber un largo trago, la canoa se movía a toda velocidad por el
río.
Ya en la tarde tuvimos a la vista la serranía de Ocaña, que se
extendía paralela a la ribera derecha, con sus perfiles lejanos y
azules que hacían una agradable interrupción a la monotonía
habitual. El punto más elevado de esta cadena se llama Cerro de
Bocali.
A las seis y media de la tarde nos encontrábamos preparando y
encendiendo una fogata, dispuestos a conversar, fumar y espantar
mosquitos.
La inmensa cantidad de mosquitos nos hizo pensar que la noche
que nos esperaba no sería nada agradable. El número y la
insistencia de estos hacía casi imposible poder armar el
mosquitero, ya que a cada momento ingresaban a éste grandes
cantidades, lo cual hizo que ninguno de nuestro grupo lograra
dormir bien en toda la noche.
Yo entablé una fuerte lucha con esos bichos, pero me di cuenta
de que todos mis esfuerzos eran vanos, pues por uno que mataba se
me venían encima cientos de ellos, y la seguridad de mi persona
estaba en retirarme de ese lugar. Salí de éste con la esperanza de
no volver a ser molestado, en lo cual me equivoqué, porque fuera de
los mosquiteros la cantidad de ellos era increíble, sintiéndose
atraídos principalmente por la respiración de cada uno de nosotros.
Así es que de nuevo me vi enfrentado a una legión que atacaba mi
cara, mis manos, etc. En esto estuve ocupado hasta que el cansancio
me dominó.
Mas no pude descansar pues los insectos seguían insistiendo,
dando a entender que no existía posibilidad ni lugar para
ello.
La tortura duró hasta las cuatro de la mañana, hora en que se
iluminó un tanto el lugar y pudimos darnos cuenta del verdadero
cuartel general que los zancudos habían instalado en nuestro
albergue.
Los mosquitos (diminutivo de mosca) también llamados zancudos,
nombre general que se da a todos los insectos, de los cuales hay
varios tipos, son en realidad una especie de moscas, casi tan
grandes como éstas pero incomparablemente más atormentadores que
los nuestros. Creo que sobrepasan todo lo conocido, incluyendo a
los mosquitos del Mediterráneo.
Al igual que las moscas, zumban produciendo un sonido molesto,
chillón, tras lo cual proceden al ataque. Su blanco principal son
las manos, la cara y los pies, lugares en que, con sus grandes
aguijones, pican chupando la sangre. Al observarles se nota que
inmediatamente adquieren un color rojo.
Tras la picada, aparte del dolor, se sienten síntomas de cierta
debilidad, sensación que dura no solo mientras uno ha sido picado,
sino que continúa por buen rato. La picadura es seguida por fuertes
deseos de rascarse en el lugar atacado. Rascarse en demasía es
peligroso; tuve ocasión de conocer muchos casos de infecciones por
ese motivo.
Generalmente los mosquitos se quedan hasta que están repletos de
sangre, por lo cual no son difíciles de cazar; basta el más
insignificante golpe con la mano o un pañuelo para darles muerte.
En definitiva, es la plaga la que molesta, pues si atacaran
individualmente no sería problema.
Normalmente se presentan a la caída del sol, y en los bosques
sombreados son verdaderos dueños de la situación. No soportan el
sol ni el viento. Son esas las ocasiones en que no se les ve. Por
eso les encantan los lugares húmedos y pantanosos; allí tienen sus
cuarteles generales.
Con excepción de los mosquiteros, no existe defensa contra
ellos. Los mosquiteros consisten en telas delgadas de algodón,
confeccionadas en forma de pequeñas carpas que cubren la cama,
hamaca o colchoneta de paja. Debido a eso, existen tres formas
diferentes de estirarlas.
En la cama se les coloca como una sábana adicional. La sola
diferencia está en que deben ser dobladas debajo del colchón para
no dejar espacios que permitan a los insectos seguir
molestando.
Cuando se trata de la colchoneta de paja, se extiende el
mosquitero en forma de tenedor, colocando dos palos largos que se
afirman en la arena, y la tela se pone entre ésta y la
colchoneta.
Tratándose de la hamaca, se cose lo mismo que si se tratara de
un saco de dormir, dejando los extremos un poco más largos, lo cual
permite que sean atados a los árboles al momento de armar la
hamaca. El saco hecho es profundo, pero permite que sea empacado
sin ninguna dificultad.
Desde luego todas estas modalidades tienen sus complicaciones en
la práctica, pues impiden ciertos movimientos y el calor se hace
más sofocante. Por lo demás se necesita práctica para hacer los
dobleces y la confección de manera que preste utilidad real y no se
malgaste el esfuerzo. A la larga viene la costumbre y se termina
dando gracias por tener esa posibilidad de evitar los molestos
mosquitos. Por eso se considera al mosquitero el artículo más
importante durante un viaje por el río Magdalena.
Bajo una leve lluvia el martes 31 dejamos el albergue y el viaje
se reanudó cuando el sol empezaba a lanzar sus pequeños y primeros
rayos. Esa mañana vimos una cantidad inusitada de cocodrilos, hacia
los cuales, infructuosamente, lancé varios tiros. La piel es muy
dura, por lo que se debe apuntar entre los ojos y a la
cola.
De estos terribles saurios hay grandes cantidades en el
Magdalena, donde se nutren de muchísimos peces. Los indios les
llaman caimanes, y son algo diferentes de los existentes en el
Nilo. Estos son grises con pequeñas pintas negras y con la forma de
un lagarto. La cabeza, el cuerpo y la cola forman tres partes casi
de la misma longitud. Alcanzan gran tamaño; calculo que su longitud
sobrepasa los veinte pies, y son más gruesos que un hombre. La boca
es grande y la mayor parte del tiempo la tienen abierta. Está
provista de dobles filas de dientes y en la parte extrema de la
mandíbula inferior tienen dos largos colmillos que al cerrar el
hocico ajustan perfectamente con los de arriba.
Durante toda la noche están ocupados en pescar, se les siente
chapotear en el agua. En el día no hacen nada y puede vérseles
tranquilamente echados en la playa tomando el sol y durmiendo.
Constantemente tienen la boca abierta y la cabeza dirigida hacia el
agua, lo que les permite entrar a ella sin problemas. Estos se les
presentan cuando pretenden girar, lo cual les cuesta mucho
esfuerzo. Como se les dificulta moverse en la tierra, pierden en
ésta mucha de su peligrosidad. No ocurre lo mismo estando en su
elemento, el agua, donde son voraces.
Raras veces atacan a la gente en tierra, pero presencié a un
saurio con una mujer cogida entre sus mandíbulas y arrastrada al
agua. Es difícil que ataquen un barco. Luego comentaré una
experiencia de estas que conocí.
En las horas de la tarde pasamos frente a un gran poblado, San
Pedro, aproximadamente a cuatrocientos kilómetros del Peñón. Al
poco tiempo dejamos atrás a un champán grande que viajaba cargado
río arriba. Luego nos encontramos con otros dos que iban
vacíos.
Los champanes son las embarcaciones más grandes de carga que
recorren las aguas del Magdalena. Un champán de primera categoría,
o de ciento ochenta cargas, lleva a bordo aproximadamente quince
cargas suecas. Tiene unos noventa pies de largo y nueve de ancho, y
tan solo tres pies en la parte más angosta. Su fondo es plano y los
costados están en ángulo recto con el fondo. No tienen más que tres
palos, uno en el centro y los otros dos distribuidos en la popa y
la proa. Estos últimos solo son dos pies más pequeños que el palo
central. Ninguno de estos es completamente recto.
No poseen quilla, sino que se amarran por los costados. En la
proa hay un hueco que se usa para meter los remos e impulsar la
nave. El timonel tiene su ubicación en la popa, sobre una tabla en
forma de pájaro, desde donde domina todo el
ambiente.
La embarcación está construida de tablas de cedro, de un espesor
de dos pulgadas, pegadas unas a otras con clavos y recubiertas con
alquitrán. Tras esta operación se les vuelve a colocar otra capa de
alquitrán, tanto exterior como interiormente. Luego se construye el
techo, de forma redonda; que cubre la mitad de la embarcación. Al
doblar las puntas sobrantes del techo se les da figuras de arcos,
que se amarran entre sí con baras de mimbre.
Sobre todo el techo se colocan en forma horizontal gruesas y
anchas cañabravas cortadas. La distancia entre una y otra es igual,
de modo que lo que se construye es una verdadera jaula de pájaros.
Todo se recubre con hojas de palmeras y otra capa de cañabrava. La
operación termina colocando una última capa de hojas de palmeras,
así se evita que el agua penetre. El techo cumple dos propósitos,
no dejar pasar la lluvia y cargar encima de él algunas
mercaderías.
Un cable de tres pulgadas de espesor y cincuenta brazadas de
largo constituye, junto con una estufa enorme cubierta de piedra
los únicos elementos de inventario de la embarcación. Equipado de
este modo el champán está listo para recibir su carga, toda la cual
se coloca bajo techo. Generalmente se les carga tanto, que solo
queda medio pie entre el borde de la nave y el
agua.
La tripulación de una embarcación de este tipo consta de
veintisiete hombres, incluido el timonel, distribuidos del
siguiente modo:
En la proa va sentado el contramaestre, que es un tipo con mucha
experiencia, especie de capitán, y después del timonel el mejor de
a bordo. En seguida vienen nueve bogadores, situados adelante o
atrás del toldo.
En el otro sector se ubican tres cuadrillas de cinco hombres
cada una, de las cuales dos empujan hacia la popa y la tercera lo
hace hacia la proa, para volver a tomar fuerzas e impulsar de
nuevo.
En seguida viene otro hombre, que en la popa hace la misma labor
del contramaestre y que ayuda al jefe. El capitán (podemos llamarle
así) está parado al final de la popa y desde allí dirige todas las
operaciones del barco, además de manejarlo con un timón de ocho
pies de largo y dos de ancho, que él tira de un lado hacia
otro.
La parte del champán que está a la popa del techo la ocupan los
camarotes, los víveres y los objetos de la tripulación, entre estos
especialmente las colchonetas de paja y los
mosquiteros.
Durante la travesía siempre van cantando, por lo que la gritería
es ensordecedora, pues más que cantar gritan todo lo que pueden;
por eso se sabe cuándo se acerca una embarcación, y por esa hulla
se la distingue a la distancia.
Cuando dos de estas embarcaciones se encuentran durante la
travesía se cruzan entre ellas conversaciones verdaderamente
pintorescas, con el sistema de preguntas y respuestas y lanzando
gran cantidad de palabrotas y groserías, las que continúan todo el
tiempo que dura el encuentro. Nos sorprendió comprobar que aun
después de haberse casi perdido de vista continuaban con las
groserías y palabrotas, desde luego a grandes
gritos.
Como era ya costumbre, descansamos en una playa de cocodrilos, y
al anochecer encendimos la tradicional fogata y nos dispusimos a
colgar los mosquiteros. Esa noche logré dormir mucho mejor que la
anterior.
El primer día de febrero iniciamos de nuevo la marcha a las
cuatro de la mañana y al poco tiempo pasamos por Regido, pueblo
ubicado en la margen izquierda del río. En este sitio el Magdalena
se dividía en dos brazos: el de la derecha, Brazo de Ocaña; y el de
la izquierda, Brazo de Morales. Seguimos el último, por ser menos
profundo y peligroso.
A la salida del sol sentimos un ruido ensordecedor, parecido al
de una reunión de cerdos furiosos. Cuando llegamos al lugar de
donde provenía nos dimos cuenta de que era una manada de monos
juguetones que en lo alto de los árboles se divertían saltando de
uno a otro. El baile que ejecutaban en las alturas era gracioso y
ligero. Usaban sus colas como una quinta pierna, y era tan grande
su entusiasmo que lo acompañaban con gritos y aullidos que se
prolongaban hacia la distancia, por entre los bosques y el
río.
Como llegamos lo suficientemente cerca de ellos, aproveché la
ocasión para dispararle a uno. Debo reconocer que no tuve tiempo de
hacer otro tiro, pues con el estampido no quedó ninguno a la vista
y partieron todos a ocultarse. Se da el caso también de que se
enrollan prácticamente en los árboles y permanecen en esa posición
aun después de muertos. Tal fue lo que aconteció con aquel al que
le disparé, que se quedó colgando de un árbol, sin caer a
tierra.
A las siete de la tarde pasamos por el pequeño poblado de Río
Viejo. Como de costumbre, realizamos las labores ya
rutinarias.
Aproveché la oportunidad para cazar una guacharaca, muy comunes
en estos sitios. Son grises y negras, parecidas a las pavas pero un
tanto más pequeñas. Su carne, que encontré deliciosa, nos ayudó a
variar en gran medida la comida monótona que siempre
servíamos.
Cercana la hora de la cena, habíamos cruzado varios plantíos en
una isla muy linda y rica en frutas donde se encontraba el pueblo
de Morales. La noche fue bastante tranquila y los mosquitos
tuvieron la gentileza de dejarnos dormir sin molestarnos mayor
cosa.
El día jueves 4 de febrero dejamos el albergue temprano para
llegar a buena hora al pueblo. Este se encuentra en la mitad del
río Magdalena, o mejor dicho, en el medio entre el mar y
Honda.
Para los bogadores este resultó un excelente paradero. Después
de todo habíamos realizado una larga travesía, así que aun cuando
no quisiera considerar este lugar como una detención larga, tenía
que resignarme a ello.
Llegamos a Morales a las diez de la mañana, lugar en donde las
ceibas frondosas daban sombra a las bellas casas de bambú que en
largas filas podían contemplarse por entre los rectos troncos de
palmeras, sembradas en largas y hermosas avenidas.