INDICE





INTRODUCCIÓN

VIAJE POR COLOMBIA

PRIMERA PARTE
Capítulo I - El embarque
Capítulo II - Cartagena
Capítulo III - Santa Marta
Capítulo IV - Viaje de Santa Marta a Cartagena
Capítulo V - Cartagena
Capítulo VI - Viaje de Cartagena a Mompós
Capítulo VII - Mompós
Capítulo VIII - Viaje por el Magdalena
Capítulo IX - Viaje por el alto Magdalena
Capítulo X - Viaje por el alto Magdalena y el río Nare

SEGUNDA PARTE
Capítulo XI - Viaje por los Andes
Capítulo XII - Viaje a través de la provincia de Antioquia
Capítulo XIII - Medellín
Capítulo XIV - Viaje desde Medellín a Bogotá
Capítulo XV - Bogotá
Capítulo XVI - Colombia antes de su emancipación
Capítulo XVII - La República de Colombia
Capítulo XVIII - Los habitantes y la población de Colombia
Capítulo XIX - Visitando el Salto de Tequendama
Capítulo XX - Viaje de vuelta a la costa
CAPITULO VIII 

 

VIAJE POR EL MAGDALENA
 

 

El 27 de enero todo estaba preparado para iniciar el viaje por el río. Los preparativos para un inexperto como yo, no eran nada fáciles, en especial si debía de realizar todo solo. En primer lugar tenía que preocuparme de arrendar la embarcación, en la que no se podía llevar sino las cosas indispensables, y la máxima tripulación que podía ir a bordo eran dos bogadores y un timonel.

El costo del arriendo oscilaba entre dos y tres reales por día, que debe cancelarse por anticipado, y cierto excedente del pago debe ser enviado y devuelto luego con el timonel, es decir, la persona que va a cargo de la embarcación y es responsable de esta devolución.

En seguida es necesario contratar el personal que bogará hasta llevarme a mi destino. Para que este trámite resulte ágil se trata con el mismo timonel, a quien se le cancela su paga y la de la tripulación, así él se encarga de buscar y contratar el resto de los sujetos.

Indudablemente es un grave riesgo entregar de antemano tal cantidad a un negro del todo desconocido, especialmente en un país en que la honradez no está muy desarrollada, menos las acciones de la policía. De todos modos debía correr tal riesgo, ya que no existe otra manera de hacer los preparativos ni de conseguir gente.

El timonel entonces contrata de igual modo, o sea cancelando por adelantado. El riesgo de ser engañado por uno de estos contratados es mucho mayor que el anterior. De ahí que uno se sienta feliz al no ser estafado por uno de ellos. Cuando se va a iniciar el viaje y no se presenta alguno, solo recibe como respuesta del timonel un “se fue”. 

Tratar de seguir al fugado es una pérdida de tiempo, ya que es casi imposible ubicarlo, y si eso se logra, ya no tiene el dinero. Por otro lado, resulta común tener que esperar a estos individuos, las más de las veces hasta que han desocupado sus bolsillos, pues todo se lo beben y solo retornan dispuestos a emprender el viaje cuando tienen los bolsillos totalmente vacíos. 

Otra de las preocupaciones que deben tenerse es la provisión de víveres suficientes para la travesía. Solo no hay que preocuparse de leña y agua. Los alimentos que por acá se conseguían eran carne salada, plátanos, arroz, chuletas, chocolate, ron y vino. Los dos últimos eran imprescindibles de llevar, toda vez que las aguas del Magdalena eran imposibles de tomar sin estos ingredientes. Beber de esta agua constituye un verdadero recuerdo para mi. 

Obviamente también debían llevarse los utensilios donde preparar los alimentos y los necesarios para servirlos. Con todo, no existía despensa mejor provista que la de la embarcación que se preparaba a hacer una expedición por el Magdalena. También era indispensable llevar una tinaja pequeña para aprovechar el agua del río que al atardecer aclaraba y así evitar la que estaba barrosa y tibia. 

Igualmente era conveniente incluir un pequeño botiquín con medicinas, las que no podían conseguirse una vez iniciado el viaje. Eran necesarios los vomitivos y otros que ayudaran a bajar la fiebre. 

Llevar algo para tenderse a dormir, era cuestión importante. No debía olvidarse el artículo conveniente por excelencia: una malla mosquitera. Tampoco debían omitirse una escopeta y un paraguas resistente, elementos que, si bien era cierto no tendrían para nosotros la misma importancia que tuvieron para Robinson Crusoe, resultaban útiles para el viaje. 

Si podían agregarse algunos libros sobre cualquier materia, que hiciesen más corta y agradable la travesía, no debían dejarse de lado. 

A un joven inglés residente aquí le correspondió la tarea de poner en mis manos una colección de las mejores novelas de Walter Scott, autor que difícilmente haya sido leído con mayor atención y entretención que en este silencioso y despoblado río Magdalena. 

Eran las siete de la mañana del día siguiente cuando nuestra pequeña y liviana embarcación, al grito de los bogadores, fue echada al río. Poco antes, al pasar por la plaza, compramos los efectos que aún faltaban, una tinaja de barro, cuerdas para amarrar la canoa en los lugares de detención y algunos víveres frescos, como pollos y huevos. Acabado este trámite se inició la travesía, con un fondo coral de los negros que me acompañaban, que cantaban “Ave María Purísima, Santísima”, y luego gritaban “adiós Santa Cruz de Mompós”. Era común encontrar el término Santa antes de cada nombre en los poblados y ciudades de Colombia, lo cual es herencia de los beatos españoles conquistadores de estas tierras. 

La despedida se entremezclaba con malas palabras y el consabido “carajo”; así comenzamos a alejarnos de Mompós. 

A eso de las diez de la mañana entramos a un caserío situado en la orilla izquierda del río, de nombre San Fernando. Allí cortamos un montón de varas, que en forma de arco fueron puestas como techo de la embarcación, en especial sobre el lugar destinado a camarote. Se cubrió todo con hojas de palma para protegerse de la acción del sol y de la lluvia. Desayunamos y preparamos la comida, que fue guardada para ser consumida más tarde. 

Con ello evitábamos tener que detenernos demasiado a cocinar. A la vez se estableció la hora del desayuno entre las nueve y diez de la mañana, lo que no agradó a los bogadores, pero al contar con el apoyo del timonel la aceptaron y luego se acostumbraron. 

Este es el momento adecuado de presentar a los lectores a los personajes que me acompañaban, aunque ello no resultará un placer. 

El timonel era un tipo flaco, indígena viejo, llamado Jago Domingo Ruiz, de una piel amarilla rojiza, cabellos negros, lisos, semejantes a las cerdas de los animales. Durante el tiempo de Bolívar había servido en un champán, lo cual por supuesto era obligado tema durante las charlas nocturnas. El era el orador que el auditorio escuchaba con paciencia. 

La tripulación estaba formada por dos hombres jóvenes. Uno de estos, el mejor, era un negro de baja estatura pero corpulento y fuerte. Manejaba su remo con la misma habilidad con que su boca echaba malas palabras. Su nombre era Narciso Toribio Santa María. 

El otro bogador era una mezcla de negro e indígena, un zambo, como les llaman por acá. De cuerpo entre negro y castaño, unía una fuerza y elasticidad fantásticas, pero era un pícaro holgazán. Su nombre era nada menos que Natividad Apolinar López, de Santa Marta. 

El cuarto miembro de esta compañía era mi sirviente, José María Cruz, muchacho indígena de dieciséis años, cuyo color amarillo claro delataba que algo de sangre europea tenía en sus venas, pero su lentitud y somnolencia lo alejaban de lo que se llamaría un mestizo. Era muy útil y excelente cocinero; el resto de la tripulación lo apodaba El paje. También mantenía la tradición de nombrarse solo con el primer nombre. 

Cuando acabamos el techo del camarote, seguimos el viaje hasta las cuatro, hora en que comimos bajo la sombra de unos árboles. En seguida cruzamos el río siguiendo su orilla derecha; a las siete de la tarde habíamos avanzado ciento veinte kilómetros de Mompós; nos encontrábamos en el pueblo llamado Margarita. (Cuando me refiero a la orilla izquierda o derecha, lo hago tomando en cuenta que mis espaldas están hacia la fuente del río y la cara hacia su desembocadura). 

Para acampar siempre se elige este tipo de playas, por ser los únicos lugares, con excepción de las aisladas casas que puedan encontrarse a lo largo del río, donde se puede colocar un pie en la tierra, ya que los enormes árboles y arbustos que decoran el ambiente muchas veces llegan hasta la superficie del agua. 

Estas bajas playas constantemente varían, debido a las subidas y bajadas de las aguas. No es posible en esos tiempos encontrar bogadores que quieran hacer la travesía, ya que todos responden: “No hay playas”. No debe descartarse que usen este argumento para no hacer el viaje. 

En tales orillas, denominadas bancos de cocodrilos, nombre que llevan con mucha razón pues eso es lo común, pueden atracar las naves. Por lo demás, esos animales no constituían verdaderos peligros, ya que se le teme mucho más al tigre que a los cocodrilos, sin dejar de olvidar el peligro que significan, en tierra, las serpientes. 

Tras haber subido la canoa un tanto sobre la playa, los bogadores comenzaron a colocar los mosquiteros, bajo los cuales se colgaban las hamacas o una pequeña colchoneta de paja; así rápidamente está hecha la cama. 

Por mi parte casi no utilicé ese método y prefería quedarme durmiendo en la embarcación, donde colgaba mi mosquitero bajo el techo de hojas de palmeras. 

Bajo una suave luz lunar, el domingo a las cuatro de la mañana seguimos el viaje. La ascensión del sol nos sorprendió en Guama. Cuando eran las ocho nos encontrábamos en Chioya, a ciento veinte kilómetros del albergue donde pasamos la noche anterior. 

Mientras preparaban el desayuno hice un recorrido por el pueblo en cuyo extremo se encontraba la iglesia, que desde acá se distinguía del resto de las chozas solo por su tamaño y paredes un tanto más gruesas. El interior era igual de modesto. Lo más llamativo de sus adornos era el pequeño púlpito, colocado en un poste alto, parecido a un palomar de las casas del norte de Alemania. 

Como los bogadores consideraban necesario asistir a la misa, no logramos salir del lugar sino una vez pasada la hora de la comida. Era extraño que hubieran querido continuar el viaje, ya que generalmente el domingo se quedan en el lugar hasta el día siguiente. 

A las dos de la tarde el termómetro marcaba treinta y cuatro grados. A las cuatro nos detuvimos para darnos un baño, acción que fuera de refrescante y agradable, resultaba arriesgada pues siempre se contaba con el peligro de los cocodrilos, por lo que no debía hacerse fuera de los límites entre la canoa y la playa y teniendo siempre el ojo avisor. Guardando tales precauciones no existía peligro. 

A las siete varamos en una playa de cocodrilos, donde tuvimos que pasar la noche. Como de costumbre lo primero que se encendía era una gran fogata alrededor de la cual nos sentábamos a conversar, fumar y a cazar mosquitos durante una hora. Luego cada uno se disponía a dormir, bajo los mosquiteros. 

La jornada del lunes, día 30, comenzó otra vez a las cuatro de la mañana. Esto, según se había estipulado en el contrato, permitía tomar una hora de descanso al mediodía, siempre y cuando se recuperara en las horas de la madrugada. A las siete pasamos por la boca de un pequeño río, de nombre César, que venía desde un lago del interior llamado Zapatosa y llegaba hasta el Magdalena. Este lago era el más grande de los interiores de Colombia. Durante el año mucha parte de él está cubierta de grandes patos, constituyendo las orillas bajas y pantanosas entre este y el Magdalena el lugar de caza de los animales y aves más extraños y provechosos que se pueda imaginar. Cuando viajaba de regreso con un amigo, tuve la ocasión de participar en una de esas cacerías, la que después comentaré. 

Al seguir subiendo llegamos a El Banco, pueblito situado a la orilla derecha del río, y a las ocho, a uno llamado Peñol, distante seiscientos kilómetros de Mompós.

Aquí me encontré con un conocido, que había salido de Mompós ocho días atrás pero que no pudo seguir viaje porque su tripulación encontraba más divertido quedarse en este sitio que proseguir el viaje. Quizás ahora sea adecuado continuar la descripción de este tipo de tripulación. No puede olvidarse que, pese a todo, es un mal inevitable para viajar. 

Los bogadores (remeros) son hombres usados para el tránsito de barcos de río. No puede llamárseles marineros, ya que solo deben llevar las canoas corriente arriba, usando largos palos. También es uno de los peores trabajos que pueda hacer un hombre, especialmente en este clima infernal. Unido esto a la brutalidad que significa realizar tal labor se explica que todos sean indomables, acercándose mucho a los animales salvajes. 

Tan solo asustándolos se logra afectarles, ya que ni aun con oro se puede convencerles de dar un paso más allá del que ellos hayan decidido. Se podría llamarlos indolentes, ya que en muchas ocasiones se quedan acostados sin hacer nada; pero no sería justo, pues el resto del tiempo se les ve haciendo avanzar un champán en contra de la dura corriente, con un horrible calor, desde las seis de la mañana hasta las seis de la tarde. Por eso sus días de descanso no logran balancear los de labor ardua y sacrificada. De esa manera es mucho más productivo que trabajen dos jornadas seguidas y descansen en la tercera, ya que así alcanzan la meta en un plazo de cuatro a seis semanas, y no de dos a tres meses como estaban empleando ahora. 

Durante el tiempo que están varados se quedan en algún lugar poblado, donde sus diversiones y actividades se centran en comer, dormir, beber y pelear, aunque son más que nada fanfarrones, pues no son buenos luchadores. Habitualmente andan con sus machetes pero nunca los usan como armas de pelea, y no por miedo, porque siempre hacen lo que les da la gana, ya que la autoridad nunca se mete en esas disputas y los jefes de policía son tan pillos como los negros; así es que se les considera como Primero entre sus iguales, “Primus inter pares”. 

No tienen respeto por sus superiores, a los que solo envidian por tener el mando, y las relaciones que establecen con ellos son las de individuos obstinados, y entre sí no se ayudan ni apoyan mutuamente. Nunca se hacen confidencias ni consultas de tipo personal, por lo cual no vuelven a averiguar los unos por los otros al terminar el viaje. 

Ellos se consideran marineros, pero de éstos no tienen más que una característica, cual es la de no bajar a tierra hasta que no les hayan pagado sus servicios y cancelado el contrato de arriendo de una u otra manera. 

Muchas veces se dan a la mala vida, consumen grandes cantidades de alcohol y desconocen lo que significa la monogamia, ya que es característico de un señor ser dueño de varias mujeres, incluidas las conocidas a lo largo de la vía del río. En lo referente a religión, es exacto el bosquejo que hacen de ellos los ingleses al decir que “en general no tienen religión, ni creen en nada”. Ellos, sin embargo, se consideran cristianos y andan a cada instante haciendo la señal de la cruz, persignándose y rezando el “Ave María” e infinitas oraciones latinas, de las que entienden tanto como el común de las clases bajas seguidoras de la doctrina católica, romana y apostólica. 

Por supuesto que ahora, en su condición de hombres libres, que obtuvieron con el triunfo de la Independencia, se han tornado insolentes, llevando su concepto de la propiedad al límite de considerar que los favorecidos son solo ellos, por lo que habitualmente despojan de sus pertenencias a los visitantes. También sucede que los latifundistas pierden algunas de sus mercancías, en especial los empaques pequeños o los que contienen bebidas. 

Frecuente es comprobar que al llegar las garrafas al mercado, estas se encuentran vacías, y lo único que el propietario recibe es la explicación de que algún negro se las bebió en el camino, o se rompieron durante el viaje. Si se hiciera un inventario del sinnúmero de quejas y reclamos, tanto de pasajeros como de dueños de cargas, resultaría extraño que el Gobierno no hubiera metido sus narices en el asunto. 

El esfuerzo que hasta ahora se ha realizado pasa por las manos de alcaldes y gobernadores, pero estos no han logrado hacer valer ni respetar su autoridad. Si el gobierno avanzara un tanto más en sus propósitos de domesticar a este antiquísimo y arrogante gremio, si les diera mayor poder a los jefes y alcaldes y tratara de disciplinarios con autoridad militar, diferente sería la situación. 

Para eso sería necesario que en lugar de estar malgastando en el ocio a oficiales y marineros a bordo de naves detenidas, los colocaran junto a las tripulaciones de los champanes que cruzan el río y patrullaran en embarcaciones pequeñas tratando de evitar tanto saqueo e inseguridad. Con esto, a no dudarlo, le darían más poder a los alcaldes, pues aunque la arrogancia de los bogadores es grande, tiemblan cuando escuchan el nombre de Oficial de la República. 

Si no estoy mal informado, el Poder Ejecutivo está pensando en algo parecido. Aunque es necesario reconocer que desarraigar hasta el fondo el problema es tiempo perdido para ambas partes. 

De cualquier manera estos medio seres humanos resultan más fáciles de manejar en embarcaciones pequeñas que en las grandes, ya que al encontrarse en grupos numerosos les hace sentirse bravos y su indocilidad crece junto con el número de asociados. 

Durante el viaje aprovechaba la ocasión para observar a los componentes de mi tripulación, los que marchaban tanto mejor si se les amenazaba; así fui conociendo otras de sus características. Por supuesto que se contagiaron del ejemplo de la tripulación de mi amigo, y el negro bogador decía que padecía de cólicos. Tal situación no me inquietó demasiado ya que estaba invitado a cenar por un viajero francés, al cual conocí en Cartagena. Solo me preocupaba la recuperación de mi hombre. 

Cuando vine a visitar por la tarde al “paciente”, lo encontré en un profundo sueño, lo cual caracterizaba más a un estómago repleto que a un enfermo. Pero en cuanto lo desperté para reanudar la marcha, me respondió que no podía porque necesitaba medicinas. Yo sabía cuál debía darle, pero le dije que solo llevaba conmigo dos para el caso, una era Ipecacuana (un vomitivo muy fuerte, con sabor indescriptiblemente malo, aun en la boca de un negro), y la otra aguardiente fuerte con azúcar.  

Para soportar este licor era necesario realizar inmediatamente movimientos rápidos, para lo cual el vaivén de la canoa era perfecto. Le pregunté cuál de ellos prefería, y por supuesto, luego de beber un largo trago, la canoa se movía a toda velocidad por el río. 

Ya en la tarde tuvimos a la vista la serranía de Ocaña, que se extendía paralela a la ribera derecha, con sus perfiles lejanos y azules que hacían una agradable interrupción a la monotonía habitual. El punto más elevado de esta cadena se llama Cerro de Bocali. 

A las seis y media de la tarde nos encontrábamos preparando y encendiendo una fogata, dispuestos a conversar, fumar y espantar mosquitos. 

La inmensa cantidad de mosquitos nos hizo pensar que la noche que nos esperaba no sería nada agradable. El número y la insistencia de estos hacía casi imposible poder armar el mosquitero, ya que a cada momento ingresaban a éste grandes cantidades, lo cual hizo que ninguno de nuestro grupo lograra dormir bien en toda la noche. 

Yo entablé una fuerte lucha con esos bichos, pero me di cuenta de que todos mis esfuerzos eran vanos, pues por uno que mataba se me venían encima cientos de ellos, y la seguridad de mi persona estaba en retirarme de ese lugar. Salí de éste con la esperanza de no volver a ser molestado, en lo cual me equivoqué, porque fuera de los mosquiteros la cantidad de ellos era increíble, sintiéndose atraídos principalmente por la respiración de cada uno de nosotros. Así es que de nuevo me vi enfrentado a una legión que atacaba mi cara, mis manos, etc. En esto estuve ocupado hasta que el cansancio me dominó. 

Mas no pude descansar pues los insectos seguían insistiendo, dando a entender que no existía posibilidad ni lugar para ello. 

La tortura duró hasta las cuatro de la mañana, hora en que se iluminó un tanto el lugar y pudimos darnos cuenta del verdadero cuartel general que los zancudos habían instalado en nuestro albergue. 

Los mosquitos (diminutivo de mosca) también llamados zancudos, nombre general que se da a todos los insectos, de los cuales hay varios tipos, son en realidad una especie de moscas, casi tan grandes como éstas pero incomparablemente más atormentadores que los nuestros. Creo que sobrepasan todo lo conocido, incluyendo a los mosquitos del Mediterráneo. 

Al igual que las moscas, zumban produciendo un sonido molesto, chillón, tras lo cual proceden al ataque. Su blanco principal son las manos, la cara y los pies, lugares en que, con sus grandes aguijones, pican chupando la sangre. Al observarles se nota que inmediatamente adquieren un color rojo. 

Tras la picada, aparte del dolor, se sienten síntomas de cierta debilidad, sensación que dura no solo mientras uno ha sido picado, sino que continúa por buen rato. La picadura es seguida por fuertes deseos de rascarse en el lugar atacado. Rascarse en demasía es peligroso; tuve ocasión de conocer muchos casos de infecciones por ese motivo. 

Generalmente los mosquitos se quedan hasta que están repletos de sangre, por lo cual no son difíciles de cazar; basta el más insignificante golpe con la mano o un pañuelo para darles muerte. En definitiva, es la plaga la que molesta, pues si atacaran individualmente no sería problema. 

Normalmente se presentan a la caída del sol, y en los bosques sombreados son verdaderos dueños de la situación. No soportan el sol ni el viento. Son esas las ocasiones en que no se les ve. Por eso les encantan los lugares húmedos y pantanosos; allí tienen sus cuarteles generales. 

Con excepción de los mosquiteros, no existe defensa contra ellos. Los mosquiteros consisten en telas delgadas de algodón, confeccionadas en forma de pequeñas carpas que cubren la cama, hamaca o colchoneta de paja. Debido a eso, existen tres formas diferentes de estirarlas. 

En la cama se les coloca como una sábana adicional. La sola diferencia está en que deben ser dobladas debajo del colchón para no dejar espacios que permitan a los insectos seguir molestando. 

Cuando se trata de la colchoneta de paja, se extiende el mosquitero en forma de tenedor, colocando dos palos largos que se afirman en la arena, y la tela se pone entre ésta y la colchoneta. 

Tratándose de la hamaca, se cose lo mismo que si se tratara de un saco de dormir, dejando los extremos un poco más largos, lo cual permite que sean atados a los árboles al momento de armar la hamaca. El saco hecho es profundo, pero permite que sea empacado sin ninguna dificultad. 

Desde luego todas estas modalidades tienen sus complicaciones en la práctica, pues impiden ciertos movimientos y el calor se hace más sofocante. Por lo demás se necesita práctica para hacer los dobleces y la confección de manera que preste utilidad real y no se malgaste el esfuerzo. A la larga viene la costumbre y se termina dando gracias por tener esa posibilidad de evitar los molestos mosquitos. Por eso se considera al mosquitero el artículo más importante durante un viaje por el río Magdalena. 

Bajo una leve lluvia el martes 31 dejamos el albergue y el viaje se reanudó cuando el sol empezaba a lanzar sus pequeños y primeros rayos. Esa mañana vimos una cantidad inusitada de cocodrilos, hacia los cuales, infructuosamente, lancé varios tiros. La piel es muy dura, por lo que se debe apuntar entre los ojos y a la cola. 

De estos terribles saurios hay grandes cantidades en el Magdalena, donde se nutren de muchísimos peces. Los indios les llaman caimanes, y son algo diferentes de los existentes en el Nilo. Estos son grises con pequeñas pintas negras y con la forma de un lagarto. La cabeza, el cuerpo y la cola forman tres partes casi de la misma longitud. Alcanzan gran tamaño; calculo que su longitud sobrepasa los veinte pies, y son más gruesos que un hombre. La boca es grande y la mayor parte del tiempo la tienen abierta. Está provista de dobles filas de dientes y en la parte extrema de la mandíbula inferior tienen dos largos colmillos que al cerrar el hocico ajustan perfectamente con los de arriba. 

Durante toda la noche están ocupados en pescar, se les siente chapotear en el agua. En el día no hacen nada y puede vérseles tranquilamente echados en la playa tomando el sol y durmiendo. Constantemente tienen la boca abierta y la cabeza dirigida hacia el agua, lo que les permite entrar a ella sin problemas. Estos se les presentan cuando pretenden girar, lo cual les cuesta mucho esfuerzo. Como se les dificulta moverse en la tierra, pierden en ésta mucha de su peligrosidad. No ocurre lo mismo estando en su elemento, el agua, donde son voraces.

Raras veces atacan a la gente en tierra, pero presencié a un saurio con una mujer cogida entre sus mandíbulas y arrastrada al agua. Es difícil que ataquen un barco. Luego comentaré una experiencia de estas que conocí. 

En las horas de la tarde pasamos frente a un gran poblado, San Pedro, aproximadamente a cuatrocientos kilómetros del Peñón. Al poco tiempo dejamos atrás a un champán grande que viajaba cargado río arriba. Luego nos encontramos con otros dos que iban vacíos. 

Los champanes son las embarcaciones más grandes de carga que recorren las aguas del Magdalena. Un champán de primera categoría, o de ciento ochenta cargas, lleva a bordo aproximadamente quince cargas suecas. Tiene unos noventa pies de largo y nueve de ancho, y tan solo tres pies en la parte más angosta. Su fondo es plano y los costados están en ángulo recto con el fondo. No tienen más que tres palos, uno en el centro y los otros dos distribuidos en la popa y la proa. Estos últimos solo son dos pies más pequeños que el palo central. Ninguno de estos es completamente recto. 

No poseen quilla, sino que se amarran por los costados. En la proa hay un hueco que se usa para meter los remos e impulsar la nave. El timonel tiene su ubicación en la popa, sobre una tabla en forma de pájaro, desde donde domina todo el ambiente. 

La embarcación está construida de tablas de cedro, de un espesor de dos pulgadas, pegadas unas a otras con clavos y recubiertas con alquitrán. Tras esta operación se les vuelve a colocar otra capa de alquitrán, tanto exterior como interiormente. Luego se construye el techo, de forma redonda; que cubre la mitad de la embarcación. Al doblar las puntas sobrantes del techo se les da figuras de arcos, que se amarran entre sí con baras de mimbre. 

Sobre todo el techo se colocan en forma horizontal gruesas y anchas cañabravas cortadas. La distancia entre una y otra es igual, de modo que lo que se construye es una verdadera jaula de pájaros. Todo se recubre con hojas de palmeras y otra capa de cañabrava. La operación termina colocando una última capa de hojas de palmeras, así se evita que el agua penetre. El techo cumple dos propósitos, no dejar pasar la lluvia y cargar encima de él algunas mercaderías. 

Un cable de tres pulgadas de espesor y cincuenta brazadas de largo constituye, junto con una estufa enorme cubierta de piedra los únicos elementos de inventario de la embarcación. Equipado de este modo el champán está listo para recibir su carga, toda la cual se coloca bajo techo. Generalmente se les carga tanto, que solo queda medio pie entre el borde de la nave y el agua. 

La tripulación de una embarcación de este tipo consta de veintisiete hombres, incluido el timonel, distribuidos del siguiente modo: 

En la proa va sentado el contramaestre, que es un tipo con mucha experiencia, especie de capitán, y después del timonel el mejor de a bordo. En seguida vienen nueve bogadores, situados adelante o atrás del toldo. 

En el otro sector se ubican tres cuadrillas de cinco hombres cada una, de las cuales dos empujan hacia la popa y la tercera lo hace hacia la proa, para volver a tomar fuerzas e impulsar de nuevo. 

En seguida viene otro hombre, que en la popa hace la misma labor del contramaestre y que ayuda al jefe. El capitán (podemos llamarle así) está parado al final de la popa y desde allí dirige todas las operaciones del barco, además de manejarlo con un timón de ocho pies de largo y dos de ancho, que él tira de un lado hacia otro. 

La parte del champán que está a la popa del techo la ocupan los camarotes, los víveres y los objetos de la tripulación, entre estos especialmente las colchonetas de paja y los mosquiteros. 

Durante la travesía siempre van cantando, por lo que la gritería es ensordecedora, pues más que cantar gritan todo lo que pueden; por eso se sabe cuándo se acerca una embarcación, y por esa hulla se la distingue a la distancia. 

Cuando dos de estas embarcaciones se encuentran durante la travesía se cruzan entre ellas conversaciones verdaderamente pintorescas, con el sistema de preguntas y respuestas y lanzando gran cantidad de palabrotas y groserías, las que continúan todo el tiempo que dura el encuentro. Nos sorprendió comprobar que aun después de haberse casi perdido de vista continuaban con las groserías y palabrotas, desde luego a grandes gritos. 

Como era ya costumbre, descansamos en una playa de cocodrilos, y al anochecer encendimos la tradicional fogata y nos dispusimos a colgar los mosquiteros. Esa noche logré dormir mucho mejor que la anterior. 

El primer día de febrero iniciamos de nuevo la marcha a las cuatro de la mañana y al poco tiempo pasamos por Regido, pueblo ubicado en la margen izquierda del río. En este sitio el Magdalena se dividía en dos brazos: el de la derecha, Brazo de Ocaña; y el de la izquierda, Brazo de Morales. Seguimos el último, por ser menos profundo y peligroso. 

A la salida del sol sentimos un ruido ensordecedor, parecido al de una reunión de cerdos furiosos. Cuando llegamos al lugar de donde provenía nos dimos cuenta de que era una manada de monos juguetones que en lo alto de los árboles se divertían saltando de uno a otro. El baile que ejecutaban en las alturas era gracioso y ligero. Usaban sus colas como una quinta pierna, y era tan grande su entusiasmo que lo acompañaban con gritos y aullidos que se prolongaban hacia la distancia, por entre los bosques y el río. 

Como llegamos lo suficientemente cerca de ellos, aproveché la ocasión para dispararle a uno. Debo reconocer que no tuve tiempo de hacer otro tiro, pues con el estampido no quedó ninguno a la vista y partieron todos a ocultarse. Se da el caso también de que se enrollan prácticamente en los árboles y permanecen en esa posición aun después de muertos. Tal fue lo que aconteció con aquel al que le disparé, que se quedó colgando de un árbol, sin caer a tierra. 

A las siete de la tarde pasamos por el pequeño poblado de Río Viejo. Como de costumbre, realizamos las labores ya rutinarias. 

Aproveché la oportunidad para cazar una guacharaca, muy comunes en estos sitios. Son grises y negras, parecidas a las pavas pero un tanto más pequeñas. Su carne, que encontré deliciosa, nos ayudó a variar en gran medida la comida monótona que siempre servíamos. 

Cercana la hora de la cena, habíamos cruzado varios plantíos en una isla muy linda y rica en frutas donde se encontraba el pueblo de Morales. La noche fue bastante tranquila y los mosquitos tuvieron la gentileza de dejarnos dormir sin molestarnos mayor cosa. 

El día jueves 4 de febrero dejamos el albergue temprano para llegar a buena hora al pueblo. Este se encuentra en la mitad del río Magdalena, o mejor dicho, en el medio entre el mar y Honda. 

Para los bogadores este resultó un excelente paradero. Después de todo habíamos realizado una larga travesía, así que aun cuando no quisiera considerar este lugar como una detención larga, tenía que resignarme a ello. 

Llegamos a Morales a las diez de la mañana, lugar en donde las ceibas frondosas daban sombra a las bellas casas de bambú que en largas filas podían contemplarse por entre los rectos troncos de palmeras, sembradas en largas y hermosas avenidas.

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