INDICE





INTRODUCCIÓN

VIAJE POR COLOMBIA

PRIMERA PARTE
Capítulo I - El embarque
Capítulo II - Cartagena
Capítulo III - Santa Marta
Capítulo IV - Viaje de Santa Marta a Cartagena
Capítulo V - Cartagena
Capítulo VI - Viaje de Cartagena a Mompós
Capítulo VII - Mompós
Capítulo VIII - Viaje por el Magdalena
Capítulo IX - Viaje por el alto Magdalena
Capítulo X - Viaje por el alto Magdalena y el río Nare

SEGUNDA PARTE
Capítulo XI - Viaje por los Andes
Capítulo XII - Viaje a través de la provincia de Antioquia
Capítulo XIII - Medellín
Capítulo XIV - Viaje desde Medellín a Bogotá
Capítulo XV - Bogotá
Capítulo XVI - Colombia antes de su emancipación
Capítulo XVII - La República de Colombia
Capítulo XVIII - Los habitantes y la población de Colombia
Capítulo XIX - Visitando el Salto de Tequendama
Capítulo XX - Viaje de vuelta a la costa
CAPITULO VII 

 

MOMPOS
 

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En Mompós no hay hosterías, por lo que hube de dirigirme a la casa de un comerciante francés, de nombre Lehericy. Este reside aquí desde hace tiempo y ha logrado reunir una considerable fortuna, siendo hoy en día dueño de la mejor casa del lugar. Su estilo era el de un verdadero gascón, jactándose del papel que desempeñó como oficial durante los tiempos de Napoleón, tras cuya caída decidió venirse a Suramérica. 

Afortunadamente no debí soportarlo demasiado tiempo, puesto que al segundo día me vinieron dolores de cabeza y malestares anunciadores de una fiebre contraída en Barranca, aumentada por la incomodidad y circunstancias del viaje en la canoa. Pronto me encontré en cama y me trasladé a otra casa en la cual pudiera tener cuidados más rigurosos. 

En esta última, aparte de la enfermera, residían cinco personas en una pequeña pieza, cuyas puertas y ventanas se cerraban durante la noche porque les daba mucho miedo el sereno que caía. Por todo ello era un verdadero horno, ya que el aire se encerraba hasta el punto que realmente era más fácil a un paciente enfermar que sanar. 

Para colmo de males, me atendió un doctor mulato que con su grueso cuerpo y facciones brutas, servía mejor para las canoas que para atender enfermos y tomarles el pulso con sus ásperas y negras manos. Como consecuencia sus remedios eran tan repulsivos como él. Pronto comenzó a recetarme una horrible papilla de maíz. 

Al perder la confianza en sus aptitudes todo me parecía malo, ya fuesen sus remedios o él mismo. 

Anteriormente habla oído decir que este y otros de sus colegas acostumbraban recetar pescado salado o aguardiente de anís para curar la fiebre. De allí que mi desconfianza fuese mayor y justificada. Lo que estaba a su favor es que no era posible acusarles de charlatanes o de ayudar a aumentar las cuentas en la farmacia, ya que sus remedios eran tan simples como conocidos, y en caso de no ser demasiado persistente y tenaz el mal, con seguir fielmente sus órdenes el tratamiento era efectivo. 

Felizmente recordé traer una carta de recomendación para un comerciante del lugar, norteamericano, de apellido Travers. Era un hombre joven y en todo sentido resultó ser el extranjero más bueno y honesto que encontré en mi estada en Colombia. 

Al tener noticia de mi enfermedad, se presentó y me sacó de esta desagradable habitación para trasladarme a su casa. Pero pensando él que ésta no era suficientemente tranquila y silenciosa, consiguió una casa especial, con una excelente cuidadora, que junto con un doctor enviado por él hicieron todo lo posible para salvarme de la peligrosa fiebre. 

El doctor Miranda era un criollo culto, distinto de su colega anterior en color y capacidad. Sus remedios y vomitivos obviamente tenían mejor efecto que las odiosas papillas de maíz del mulato. 

La enfermera era una negra alta, de edad avanzada, cuyo pelo crespo comenzaba a blanquear. No puedo dejar de mencionarla, ya que —según mi opinión— fue quien me salvó. Pese a su color y extraño nombre, Matías, cuidó de mí con una preocupación maternal. Gracias a sus cuidados fue posible que me levantara al cabo de seis semanas y empezara a conocer la ciudad, aún desconocida para mí. 

Mompós está ubicado a la banda izquierda del Magdalena, por la cual se extiende unos cinco kilómetros, aunque su ancho no es más que de unas tres cuadras. Por un lado se encuentra un bosque con senderos estrechos y algunos plantíos, y por el otro, corre el ancho río. Contra éste debería la ciudad protegerse con un muro de tres pies de espesor, altura considerable y una extensión aproximada de diez kilómetros. Esta fortaleza evitaría, en parte, que las crecidas del río durante las épocas de lluvias causaran estragos mayores. 

Las calles largas y anchas, casi rectas, no tenían empedrado, aunque frente a las casas de los más prósperos ciudadanos podían verse algunas aceras. 

Las casas grandes son de piedra de muro, de un piso. Bonitas, pintadas de blanco y lo más frescas que es posible. La calle más lejana al río y los extremos de las otras calles están completamente cubiertos con casas indígenas, es decir, hechas de cañas de bambú sus paredes y con techos de palmera. Altas, generalmente limpias, de agradable aspecto. Cortadas en ángulos perpendiculares por calles más anchas, empezaban en las estribaciones de Quaien, para perderse por los senderos del pequeño bosque. 

Su clima, demasiado caluroso, era raras veces atemperado por una brisa marina que lograba filtrarse desde lejos. Es considerado como uno de los lugares más cálidos de Colombia. Por la tarde era normal que el termómetro marcara 35°C, y en ocasiones llegara hasta los 40 |oC. Si los mediodías eran tan ardientes que impedían caminar tranquilamente por las calles, la situación se mitigaba un tanto por las mañanas y al anochecer, que aun cuando eran calurosos resultaban agradables. 

Esos eran los instantes que aprovechaba para dar paseos por los largos caminos indígenas o por sus hermosos senderos que me llevaban hacia el bosque. También seguía la senda de Quaien, gozando del aire fresco a lo largo de las orillas del río, en medio del cual se encontraba una pequeña isla cubierta con plantaciones de plátanos, cocos, pequeños bosques y algunas chozas de indios, que se reflejaban en las quietas aguas, solamente alteradas por una que otra canoa que las surcaba. 

Al final del río se encontraba el astillero, formado por unas frondosas ceibas que, junto con las palmeras, daban algo de sombra al lugar y al trabajo que allí se realizaba. Era ahí donde se construían las embarcaciones que luego recorrían las aguas del Magdalena. 

La ciudad solo tenía una plaza grande, en la que se encontraba la inevitable catedral, además de algunas iglesias y conventos, de los cuales varios estaban en construcción. 

La población de Mompós bordeaba los ocho mil habitantes, cuyo tercio eran blancos; el resto solo indígenas o negros. Toda ella era agradable y decidida. 

Existe un grupo de pequeños comerciantes, en su mayoría blancos, y de artesanos, entre los cuales se distinguen algunos joyeros, de gran eficiencia y calidad. Sus trabajos son verdaderamente buenos y no tienen necesidad de economizar el oro, como lo hacen nuestros joyeros. 

La guarnición estaba compuesta por una compañía de soldados cuyas tareas centrales eran desfilar durante las numerosas procesiones religiosas y tratar de mantener el orden. 

Era posible encontrar además una gran cantidad de curas, tan fanáticos como ignorantes. A su intolerancia me referiré luego, con detalles y ejemplos. 

A la caída del sol se elevaban los tañidos de las campanas llamando a la oración, lo que ocurría a la hora de mayor movimiento en las calles, por lo que unidos aquellos al barullo de los lugareños se vivía un espectáculo extraño y festivo. La hora de la oración detenía de una vez todo movimiento y el silencio cruzaba por todos lados. 

Era como si un repentino hechizo hubiese paralizado a la gente y a los animales. Un silencio solemne caía sobre toda la naturaleza. Las gentes se paraban al primer toque de campanas, quedándose en esa posición hasta el último sonido. Podía verse un grupo de indios con sus sombreros en la mano, mudos e inmóviles, como una hilera de estatuas, mezclados en posiciones semejantes a las que antes tenían cuando hablaban o gesticulaban como marionetas. 

Más allá unos jinetes habían logrado llegar a su parada antes de ser sorprendidos por esta demora incondicional. 

A lo largo del camino se veía la multitud, antes conversando vivazmente, transformada en silentes imágenes, semejando adornos a ambos costados de la calle. 

Al mirar hacia el río, este ejerce una influencia mágica y muchas veces era posible ver a un negro, de pie, con el sombrero en una mano y el remo en la otra, guardando reverente respeto, en su silenciosa canoa. 

En síntesis, todo descansa por un momento. Pero casi no acaba de sonar la última campanada cuando todo recupera su vida y movimiento, como si ella hubiera electrificado la naturaleza, y las cosas y las personas parecen recobrar lo perdido por el obligado descanso. Todo el ruido se acrecienta con el tañido de las campanas que acompañan por un instante ese cuadro. Las cabezas vuelven a cubrirse y cada uno al pasar por el lado de alguien le desea “buenas noches". 

Las casas están funcionalmente construidas con largos y profundos pasillos por los que el sol no logra penetrar, con lo cual es posible moderar su temperatura. Posiblemente el calor de Mompós es superior al de Cartagena y Santa Marta, por lo que es natural observar, la mayor parte del día, a las personas acostadas en sus hamacas, cosa que se multiplica luego del ocaso. Adornando las paredes de todas las casas, estas hamacas hacen cómodo entablar conversaciones, fumar y escuchar música hasta altas horas de la noche. 

El mejor talento está reservado a las mujeres de aquí. Estas tocan el arpa con verdadera maestría y virtuosismo y por ello su fama ha atravesado todo el país. Lo inaudito es que las notas musicales les son absolutamente desconocidas, lo que acrecienta el valor de su habilidad. Es común encontrarse un cuarteto de ellas, tocando y entonando alguna pieza, mientras que cada una se acompaña con la voz, sin la más leve falla. Su seguridad es total. 

Pese a todo no son orgullosas ni egoístas con su arte. Con gusto permiten a los forasteros escuchar sus pequeños conciertos nocturnos. He ahí una gran diferencia con Santa Marta, donde las mujeres no cultivan el canto. Seguramente se han dado cuenta de sus limitaciones, ya que no atormentan a nadie con sus voces, ni siquiera a ellas mismas. 

La mayoría de las mujeres del lugar —cualquiera que sea su posición social— padece de una enfermedad de horrible aspecto, pero no demasiado peligrosa, que consiste en tumores ubicados alrededor del cuello y debajo de la barbilla, los cuales, en ocasiones, alcanzan el tamaño de la cabeza de un bebé. Estos tumores, aparte de darles una forma terrible, les impiden los movimientos normales del cuello y la cabeza. Lo único que mitiga el mal es que no les produce ningún dolor. 

Ellas les dan el nombre de tumores blandos y no conocen remedio para el mal, al que ya están acostumbradas, y su preocupación no es demasiada. Tampoco se les escucha reclamar por ello; solamente envidian a quien logró escapar de tal enfermedad. 

Generalmente esta les ataca a los quince años, creciendo con el tiempo. A la edad de cuarenta años, el tumor ya ha desarrollado su tamaño total. De otro lado resulta extraño que los hombres no sean atacados por este contagio, y así es que no se les ve con esa fea bolsa bajo el cuello. 

La gente es muy agradable y correcta. Quien no responda un saludo, es considerado persona inculta. Solo basta que alguna vez alguien haya visto a otro, para que el saludo quede protocolizado, lo cual es obligatorio tanto para los nobles y señores como para nativos e indígenas. El saludo va acompañado de la pregunta común: “¿Cómo está?”, a lo que usualmente se responde: “Para servirle”, o bien, “a su disposición”. También es posible contestar “sin novedad”, lo que significará “como siempre”. 

Hay costumbres rígidas que siempre se respetan. Por ejemplo, nadie visita una casa en la cual el dueño no le haya dicho que está a su disposición, o una en la que habiendo llegado a la hora de comida no sea invitado a la mesa. Sin embargo, todo el mundo vive en buena disposición y mucha confianza mutua. 

Pocas veces se puede realizar algo en este calor infernal, por lo que la mayor parte del tiempo se pasa sin hacer nada, en la casa o en la hamaca o afuera haciendo visitas. El tiempo lo ocupa la gente en charlar sin descanso, lo que para muchos, también para nosotros, es una forma de pasar la vida verdaderamente envidiable. 

Tratando de escenificar esta afirmación, vamos a seguir la ruta de un día completo en la vida de un criollo. Elegiré un domingo o festivo (ocupan la mayor parte de los días), aunque respecto de los quehaceres consideran al resto del tiempo si no como festivos, sí como días de descanso. 

Un señor cualquiera, suponiendo que sea de la clase acomodada, se levanta temprano, cerca de las cinco, y si hay luna es posible que lo haga una hora antes. Inmediatamente se dirige hacia la iglesia, a misa. Con seguridad encontrará allá a su don­cella. En seguida se dirige a la casa, a su hamaca o a bañarse. 

El ritual que continúa es el de “hacer la mañana”, que consiste en beber un vaso de aguardiente con anís, tras lo cual duerme hasta eso de las siete, hora en que toma una taza de chocolate, se fuma un cigarro y acaba con el aseo personal. 

A continuación un paseo a caballo por los extensos caminos de arena, la mayoría de las ocasiones a un fuerte trote desde el principio de la playa hasta su fin, por lo que el caballo acaba completamente sudoroso. El retorno a casa es entre las ocho y las nueve, hora en que, tras haber desayunado, nuevamente visita la iglesia, siempre y cuando su dama acuda. Luego un nuevo trago de aguardiente, para continuar con algunas partidas de billar. Posteriormente retorna al hogar a dar vueltas en la hamaca hasta la hora de comida, las cuatro de la tarde, y otra vez hace un paseo a caballo, tan violento como el matinal. 

Lo que sigue es una visita al café, donde tomará el rico café o ponche de huevo, o jugará billar con su inseparable cigarro encendido, tomando chocolate y bastante agua helada. Cuando esas compañías de juego se marchan, se dirige a su casa o al sótano a jugar lotería, donde se queda hasta que vuelva a la ventana de su bella dama, donde la conversación será más desenvuelta. 

Al llegar la tarde solo se quita el saco, su chaleco y los zapatos, y se tiende en la hamaca, donde se queda hasta la madrugada siguiente, cuando cambiará las ropas por otras limpias. 

Este modo de usar las ropas de diario como ropas de cama, no es causado por la inconsciencia del alcohol, ni mucho menos, ya que en esta materia son tan ejemplares como el español criollo. Nunca vi un buen colombiano en condiciones degradantes, que pudiera considerarlo como despreciable. Es cierto que muchos toman aguardiente, pero lo hacen en medidas razonables, y gran cantidad no bebe jamás licores fuertes. 

No ocurre lo mismo con los extranjeros residentes en el país, los que, sin ser grandes bebedores, consumen una cantidad superior de bebidas fuertes. Los foráneos no sienten molestias mayores en este clima, por lo cual con mucho gusto se toman media botella de ron o coñac más un par de botellas de vino acompañadas de agua, debido esto último a la considerable transpiración. Para ellos acompañar la bebida con agua no solo es y necesario sino beneficioso para la salud. 

Indudablemente este menor consumo de bebidas alcohólicas por el uso del agua es provechoso para el europeo. Realmente es una necesidad, ya que beber sin mezclar con agua es muy peligroso. Lo que comprueba que no se requiere licores más fuertes que los ya existentes en otros países. 

En la pendiente, a un costado del río, todas las mañanas se ubica un mercado de alimentos, considerado como uno de los mejor surtidos. Durante el día se protege contra los rayos solares mediante las frondosas ceibas, bajo las cuales se cobijan las mujeres vendedoras de café, chocolate y bizcochos elaborados a base de harina de maíz y grasa de cerdo.

 Acá se encuentra un producto desconocido para mí en los otros mercados que había visto, a saber, una gran cantidad de huevos de tortuga, que por su color, tamaño y forma parecen pequeños huevos de gallina, un poco más redondos. Con una envoltura que contiene una materia grasa de color naranja, constituyen un alimento de buen gusto pero algo indigesto. 

Son recogidos en los bancos de arena del Magdalena. En el mercado se encontraban diversos tipos de peces del río, más ricos o menos salados que los cogidos en el Mar Caribe. Se distingue un pescado grande llamado bagre, que sobrepasa los cuatro pies de largo, de cola ancha y largas aletas, con una cabeza plana y ancha provista de una enorme boca, que abierta demuestra que vive de sus hermanos menores. A los peces más pequeños los atrapan desde las canoas, con arpones. 

Bajo el nombre de bollos se puede comprar una especie de pan hecho con harina de maíz y plátano, los que son devorados por los nativos. Al fruto entero del maíz —mazorcas— cosechadas antes de su total madurez, luego de cocidas se les fríe y come por parte de señores e inferiores, como un postre de buen gusto. También se encuentran en el mercado dos tipos de productos manufacturados típicos. 

Uno consiste en grandes vasijas de greda, torneadas en una especie de barro liviano y amarillo, que luego de secarse, se queman levemente. Unas se usan como tinajas y otras como ollas. De aquellas usadas como tinajas hay unas enormes que pueden contener hasta cincuenta jarras. 

El otro artículo es una especie de cuerda confeccionada con un producto común en el país: la pita. Se venden como cabuyas de pita, y si se le agregara un toque artístico serían un excelente material para la confección de cables de aparejos a bordo de una corbeta o fragata, por su liviandad, resistencia y elasticidad. 

El 21 de enero era el día de celebración de San Sebastián, fiesta llamativa, entre otras cosas, porque a todo el mundo le daba por empolvarse con harina, especialmente a las mujeres, a quienes les agradaba tal festejo. Por esto nadie en esa fecha se atrevía a acompañarlas ni hacerles la corte. 

Incluso mi amigo Travers estaba completamente lleno de polvo en el cabello, la cara y las manos, y rodeado de muchas buenamozas. Por algo era uno de los hombres más apuestos de la ciudad. Era extraño y ridículo ver por todos lados cabezas negras cubiertas de polvo blanco, haciendo un contraste disonante con sus oscuras fisonomías. 

El temperamento de la gente era bueno, alegre y bastante festivo. Durante el carnaval de Navidad era constante escuchar ruidos desde el amanecer hasta la noche, con disparos de fuegos artificiales, música y cantos. Esto seguido de procesiones que no pude ver por haberme encontrado enfermo, aunque resulta peor tener que escuchar sus agudos e insistentes chillidos. 

En ciertos momentos el juego resultaba peligroso, y más cuando algún petardo u otro artificio se escapaba de la dirección adecuada. Así ocurrió cuando estaba postrado y de improviso uno de esos voladores entró por mi ventana haciendo tal escándalo, ayudado por la gritería de los lugareños que pasaban, que para muchos fue signo de alegría y goce, en especial para los niños y jóvenes. 

Estos tienen gran cantidad de petardos, fabricados con pólvora y papel en los que cuelga una especie de alfileres doblados que luego de encendidos y dar sus primeros chispazos y estallidos hacen a estos negritos semejarse a pequeños diablillos, actores de una escena fantástica, llena de gritos, fuego, humo y chispas. 

Mompós es un lugar de bastante movimiento, en especial en lo que se refiere a tránsito comercial, lo que es una consecuencia de su excelente ubicación en las márgenes del sector central del Magdalena y el Cauca, los grandes caminos entre la costa y el interior del país. Es también lugar de depósito, tanto para los productos de las provincias más lejanas y altas, como para los artículos extranjeros. 

Por el río Magdalena se comunican con las provincias diseminadas a lo largo de sus orillas: Santa Marta, Ocaña, Pamplona, Bogotá, Neiva, Popayán, Antioquia y Mompós. A través del Cauca se transportan mercancías desde y hacia Mompós, Antioquia, Chocó y Cartagena, además de todas las mercaderías de Europa y Norteamérica. La unión de ambos ríos está dominada por el Magdalena. 

La cantidad de productos que se encuentra por acá es bastante grande: árboles de corteza china, cueros, cacao, tabaco, sal, algodón, además de la arena de oro, que es prohibido exportar. Estos productos, que están destinados para el interior del país, deben ser trasbordados a embarcaciones más seguras, aquí en Mompós, por lo cual el transporte y el comercio a comisión son las principales actividades de los comerciantes del lugar. 

Los comerciantes están distribuidos, en cuanto a nacionalidades, en ingleses, norteamericanos y franceses, que son principalmente agentes comerciales de grandes empresas de sus países de origen. El dueño de las embarcaciones es el comerciante criollo. El negocio es bastante lucrativo y lo será en tanto no se invente otro transporte más económico y barato, que deje a un lado esa actividad que ejerce desde los tiempos de la Conquista. 

Una de estas embarcaciones, nueva y grande, cuesta tres mil piastras, pero cargando unas doscientas cincuenta libras durante tres viajes es suficiente para cancelar su precio de costo. El cálculo está hecho pensando que no existen derechos de aduana ni gastos de velamen, sino que los únicos gastos son el pago de la tripulación y las provisiones. La más grande de ellas requiere veintiún bogadores y un timonel. 

A los bogadores se les paga por el viaje, de duración aproximada de tres meses, dieciséis piastras; el timonel recibe veinte. La alimentación consiste, durante todo ese tiempo, en carne salada y plátanos, que no son productos caros, por lo que no llegan a cinco piastras por mes y persona. De cualquier modo la ganancia está asegurada anticipadamente. 

De estas embarcaciones, champanes, existen alrededor de unas cuarenta que van y vienen constantemente, lo que demuestra el intenso movimiento fluvial que tiene el Magdalena y la enorme fuente que sería para la industria si el gobierno, ya que lo monopolizó, le administrara mejor. De ello voy a hablar más adelante. 

La gran cantidad de bongos, piraguas y canoas se utilizan para viajes de menor distancia y carga. Se ubican en una inmensa fila, casi continua, lo que le da un aspecto vivo a todo el sector, confundiéndose con los barcos que inundan el paisaje. 

En los tiempos de lluvia, junio y diciembre, las crecientes del río alcanzan unos veinte pies más que su altura normal de marzo y septiembre. Son estas grandes variaciones las que han destruido poco a poco el dique de piedras que impide que el agua penetre demasiado al interior. Por otra parte, es la arena suelta de las orillas la que ha impedido, en gran medida, que este sea destruido completamente o arrastrado. 

La noche entre el 27 y el 28 de enero se desató una tormenta de truenos y relámpagos, anormal en Mompós. Como en otras ocasiones ya he hecho mención de estos detalles de la naturaleza, trataré de describir, en parte, estos alucinantes fenómenos del clima tropical. 

Durante mucho tiempo no había caído ni una sola gota de agua de lluvia que calmara el calor quemante y adormeciera las finas partículas del polvo que subía por las calles al más leve movimiento o soplo de viento. Ni una sola nube se veía en el cielo, tan pálido como candente. En el cielo y la tierra reinaba un total silencio. La naturaleza, con su pasividad, parecía estar muerta. 

Solamente el sol, causa de la situación, reinaba despóticamente sobre la naturaleza, como queriendo fulminarla con la fuerza de su calor, azotando la tierra y su atmósfera. 

Por un tiempo la situación se había mantenido, pero no podía durar mucho más. En las orillas del río los cocodrilos parecían morirse de sed, y daba la impresión de que las aguas fueran a evaporarse completamente. 

Cualquier día, al atardecer, se escuchó un ruido lejano y apagado que provenía de unas nubes aparecidas en el horizonte que se iban agrandando aceleradamente. Cuando el sol despedía sus últimos rayos, habían ocupado una gran parte del cielo y su extensión proseguía a fuerte ritmo. 

Un gran número de truenos comenzó a cruzarse en todas las direcciones. El espectáculo iba a comenzar y lo hizo con una completa obertura de piano. La noche aumentaba el sonido de los instrumentos y el vigor de los compases. El sonido era tan estridente que trepidaban al unísono orquesta y salón. 

El primer efecto de la tormenta era un viento sordo que bramaba, infundiéndole al tranquilo paraje una espantosa actividad. Las ceibas se inclinaban amenazadoramente y sus coronas de ramas lanzaban una lluvia de hojas amarillentas. Los delgados y ralos troncos de las palmeras se doblaban con angustia, moviendo asustados sus largas y débiles ramas, que mostraban, sin lugar a dudas, de dónde provenía el viento. La fina arena y el polvo de las calles perdieron su peso y volaron por el ambiente envolviendo todo en un profundo caos y entrando a las casas por puertas y ventanas, que se abrían y cerraban secamente y con violencia. 

Poco a poco empezaron a caer algunas gotas de agua, las que pese a su tamaño no lograban dejar huella en la tierra seca, siendo absorbidas por ésta como quien lanza una piedra a un profundo lago. Paulatinamente aumentaba su fuerza y cantidad, hasta que por la ciudad se deslizaba una gran masa de agua. Toda la presión de ese peso se sentía y todos temíamos que la protección de los techos no resistiría. 

La sinfonía se hizo acompañar de truenos y todo el fascinante espectáculo siguió con repetidos relámpagos; tantos, que casi no había intervalo entre uno y el siguiente; todo el espacio estaba lleno de fluido eléctrico. Dos capas de truenos eran perfectamente distinguibles: una —la superior— incansablemente flameando sobre las nubes, y otra —la de abajo— de menor intensidad pero mucho más cerca del suelo. Todo hacía un estruendo parejo y semejante a una gran demolición. Los ruidos se yuxtaponían, tratando unos de acallar la potencia de otros. 

Los truenos más cercanos a nuestras cabezas eran sublimes, en armonía con la majestuosidad y grandeza de la naturaleza. De ahí que nuestros truenos de Tor solo sean débiles imitaciones comparados con estos prolongados y retumbantes que parecen provenir de las entrañas del mundo y prolongarse por los bosques y montañas lejanas que, con seguridad, están disputando el nacimiento de otro ruido. 

Afortunadamente los rayos no ocasionan casi accidentes, por lo que no es normal tener noticia de algo grave que causen. La razón posiblemente se encuentra en que la mayor parte de la energía eléctrica que descargan es absorbida por la misma atmósfera, o deshecha por su paso a través de los bosques, donde los árboles hacen las veces de pararrayos, bajo cuyos restos es posible encontrar los cuerpos inertes de animales que allí habitan y son víctimas de la naturaleza. 

Tal tempestad duró ininterrumpidamente toda la noche y tuvo como efecto positivo que calmara el sofocante calor y huyeran los mosquitos, dando un toque refrescante a la naturaleza y el paisaje. 

En resumen, Mompós era, tanto por sus amables habitantes como por su ubicación a orillas del Magdalena, el gran camino entre la costa y la capital, obligado para todos los viajeros y noticias procedentes de Europa y Norteamérica o que iban hacia allá. Además, era muy agradable para los visitantes, que eran capaces de sobreponerse al terrible calor pese a no existir ninguna posibilidad de alivio, puesto que la brisa no llegaba a estos lugares. 

Al marcharse, la nostalgia invade al que deja el lugar, pero le reconforta la alegría de dirigirse a las montañas, en busca de un clima más hospitalario. El viaje hacia las provincias atemperadas de los Andes obliga a tener que cruzar por este purgatorio o a hacer un largo recorrido a través del Magdalena; solo así se consigue llegar a mejores tierras y climas.

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