INDICE





INTRODUCCIÓN

VIAJE POR COLOMBIA

PRIMERA PARTE
Capítulo I - El embarque
Capítulo II - Cartagena
Capítulo III - Santa Marta
Capítulo IV - Viaje de Santa Marta a Cartagena
Capítulo V - Cartagena
Capítulo VI - Viaje de Cartagena a Mompós
Capítulo VII - Mompós
Capítulo VIII - Viaje por el Magdalena
Capítulo IX - Viaje por el alto Magdalena
Capítulo X - Viaje por el alto Magdalena y el río Nare

SEGUNDA PARTE
Capítulo XI - Viaje por los Andes
Capítulo XII - Viaje a través de la provincia de Antioquia
Capítulo XIII - Medellín
Capítulo XIV - Viaje desde Medellín a Bogotá
Capítulo XV - Bogotá
Capítulo XVI - Colombia antes de su emancipación
Capítulo XVII - La República de Colombia
Capítulo XVIII - Los habitantes y la población de Colombia
Capítulo XIX - Visitando el Salto de Tequendama
Capítulo XX - Viaje de vuelta a la costa
CAPITULO VI 

 

VIAJE DE CARTAGENA A MOMPOS |
 

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En la tarde del 23 de noviembre monté a caballo y avanzando lentamente por el sucio, polvoriento y ancho camino dejé a Cartagena para tomar la dirección de Turbaco. La lluvia al caer transformaba todo en pantanos y ni siquiera la acción del sol podría evitar que así fuera. La posibilidad de una tristeza solitaria se esfumó por la compañía que a mi lado llevaba. 

A mis costados viajaban dos criollos que fueron elegidos miembros del nuevo Congreso y como tales se dirigían a Bogotá. Uno de ellos era Pardo, encargado del correo de Cartagena, muy querido por todos sus vecinos y considerado uno de los mejores oradores liberales en la Cámara de Representantes, a quien el solo mencionar a los españoles ponía los pelos de punta. Natural de Antioquia, provincia conocida por la cantidad de servidores públicos dados a la patria, había ejercido importantes funciones durante la guerra, motivo por el cual le otorgaron el puesto de encargado del correo, que era uno de los mejores. Esa calidad ayudó a que por segunda vez le correspondiera representar a la ciudad. 

El otro era Tallaferro, hombre joven de Panamá, perteneciente a una de las familias más ricas de esa región. Entendía inglés y algo hablaba el francés, pero no utilizaba esas lenguas. 

Cada uno llevaba un sirviente y un guía y por ello una larga fila de viajeros avanzaba trabajosamente por el sendero, al que constantemente se le lanzaban palabrotas debido a su mal estado. 

Tallaferro ya había tenido actividades de gobierno, las que realizó en Méjico y Perú; luego fue elegido Gobernador de Panamá. Por esto resultaba buena compañía viajar con tales personalidades. 

A medida que avanzábamos el camino mejoraba y al atardecer cruzamos un bello bosque, engalanado con casitas rodeadas de plantaciones de maíz y plátano. Los troncos de los árboles y sus ramas se encontraban envueltos por el abrazo de las lianas que se prolongaba a los troncos cercanos, a las raíces, se arrastraban por el suelo, cubriéndolo todo, con ese color verde de vida que daba un toque poético al paisaje. Todo parecía encantado y como un cuadro decorado con largos y espesos festones. A lo lejos semejaba formar una alfombra mullida de hojas sobre los arbustos que las recibían. 

Verdaderamente resulta imposible tratar de describir la diversidad de figuras que forman y las infinitas direcciones que toman; lo único cierto y comprobable es que troncos, ramas, suelo, arbustos y piedras quedan cubiertos por una capa de gruesas y verdes filigranas. 

En el pueblito de Tereneda, a sesenta kilómetros de Cartagena, descansamos por breve tiempo y proseguimos el viaje hasta alcanzar los montes de Turbaco. En todo este tiempo el camino iba ascendiendo y tras media hora de hacerlo nos encontramos en sus alturas observando La Popa y Cartagena, en cuyo puerto distinguíamos nítidamente dos enormes barcos de guerra. 

El sendero se adentraba en las montañas cuyo aire tan puro era muy diferente al de la ciudad. Con agrado nos dejamos llevar por sus curvas, hasta que se nos presentó una imponente pampa en la que reposaba el pueblo de Turbaco, al cual llegamos con la puesta del sol, sucios y agotados. 

Aunque dista solo ciento veinte kilómetros de Cartagena, era un pueblo con un clima completamente diferente. Sus noches son muy agradables; no se padece del calor ni de los mosquitos. Para Cartagena debe de representar lo que Gayra a Santa Marta; un lugar de recreación y descanso. Sus accesos son de buena calidad, lo cual atrae a la nobleza que llega hasta acá para disfrutar del aire fresco o curar sus males. Por lo demás, es bien visto visitar el pueblo por una temporada. 

Nos alojamos en la residencia del Alcalde, viejo conocido del señor Pardo, que nos recibió y agasajó con una excelente cena, tras la cual se conversó hasta que la noche y el sopor pudieron más que las pláticas. El sueño y el descanso de esa noche están en mi mente como los mejores que haya vivido en Colombia, y aún me parece ver nuestras finas hamacas colgando en los portales, en las que apenas nos cubríamos con un delgadísimo cobertor.

Al tiempo con el cantar de los gallos la caravana estaba presta a partir, tomando el camino, de bajada ahora, que nos llevó hasta Anona. Ahí desayunamos en la casa del alcalde, amigo de nuestro muy popular Director de Correos, que por supuesto conocía a todos los alcaldes, directores de correos y sacerdotes diseminados en el camino hacia Bogotá. 

A la hora del almuerzo atravesamos el pueblito de Mamonal, y poco más tarde El Plato. Para cruzar el canal existente se requería mojarse completamente, ya que el agua cubría casi del todo a la cabalgadura. Uno de los mestizos fue quien inició la aventura quedando pronto cubierto de agua, y para hacer la situación más agradable se sumergió totalmente y permaneció bajo el agua durante un instante, lo que motivó la carcajada de sus compañeros. Así fue todo el cruce, hasta que bestias y jinetes estuvieron en terreno seco. Cuando el paso quedó atrás nuestras risas seguían flotando en el ambiente hasta que llegamos al villorrio ubicado en las márgenes del río. 

Nuestro simpático compañero de viaje nos hizo alojar en la casa del párroco del pueblito, elección plenamente justificada, ya que era uno de los anfitriones más agradables y atentos que se pueda imaginar. Es seguro que la amistad que le unía nuestro compañero de ruta databa de largo tiempo, pues durante los dos días que pasamos en su hogar daban cumplimiento fiel a la máxima: “Toda la casa está a vuestra disposición”. 

Las comidas eran opíparas y si no se deseaba agraviar al anfitrión lo mejor era servirse todo. Uno interiormente se consulta si tal situación no incomodará a la dueña de casa, pero al instante recuerda que en casa de curas católicos no se la encuentra (si existiera, no se notaría su presencia). 

Pasada la cena se podía disfrutar de la compañía femenina, ya que las mujeres del poblado acudían a visitar al señor cura. Aquí se nos facilitó aclarar la duda respecto de si las mujeres que llegaban eran damas casadas o simplemente sirvientas; si se las veía seguidas de niños. Indudablemente eran casadas, y así acababa la incertidumbre. Aunque, claro, ambos títulos me parecen igualmente falsos. 

En su viaje a Bogotá, el General Padilla se detuvo en este sitio y nos hizo la invitación de almorzar al día siguiente. Se le vio alegre y desbordante en atenciones. Mostró buen apetito y gran preferencia por el vino. 

Constantemente alzó su copa invitando a brindar “por el Gran Bolívar” y “por la República de Colombia”, brindis que eran acogidos con enorme entusiasmo. Después prosiguieron los saludos menores, hasta que uno de los ayudantes de la comitiva propuso alzar las copas en nombre del “General Padilla”. Como las copas ya se empezaban a prodigar en demasía, el licor comenzó a causar estragos, lo que motivó que el mismo ayudante señalado se levantara y gritara: “Brindo por mi amigo Gómez”. 

Se suscitó un intercambio de palabras que culminó con la orden del Almirante, a su ayudante, de retirarse bajo arresto. La razón de tan extraña respuesta se debía al exceso de confianza que había tomado éste en presencia del General Padilla, lo cual significaba una falta de respeto, ya que en su brindis había olvidado el título de General, cuestión que resultó inaceptable para el aludido. 

No fue lo único anecdótico del almuerzo, ya que en el exterior, por estar con las puertas abiertas, la comida era verdaderamente pública y negros e indígenas observaban la escena con la boca abierta, gozando verdaderamente del espectáculo y pugnando por ingresar al recinto. 

Muy temprano estuvo todo dispuesto para reanudar el viaje, lo cual se demoró debido a la insistencia de nuestro anfitrión para quedarnos a almorzar. Las muchas atenciones que nos brindó hicieron que le tomáramos gran aprecio, por lo que se transformó en el prototipo de la buena atención y cordialidad y representaba el ejemplo para el grupo viajero, y así, cuando se trataba de personificar la actitud del anfitrión, se decía: “Es tan bueno como nuestro cura amigo”. Por todo ello la caravana apenas partió a las ocho de la mañana. 

El camino ofrecía muchas dificultades que entorpecían el normal desarrollo de la marcha. A medida que lo recorríamos mejoraba un poco. Tuvimos que atravesar la enorme plantación de Santa Cruz, donde nos impresionó ver una inmensa cantidad de esclavos negros. Cerca de las dos de la tarde vislumbramos el poblado de Arroyonda. El señor cura no se encontraba en él, por lo que tuvimos que resignarnos a servirnos un almuerzo de mochila; ahora ya empezábamos a extrañar a nuestro párroco.

El sendero nos mostraba un mejor rostro pues se ensanchaba, permitiendo más fáciles movimientos a las cabalgaduras. Desde sus alturas apreciamos la belleza del paisaje. A nuestros ojos se ofrecía la margen izquierda del Magdalena, que con enorme encanto se divide formando una angosta y larga islita entre la cual se descubre Barranca, con sus pequeñas casas diseminadas por la pendiente del tranquilo río. 

Pronto hicimos nuestra entrada en el pueblo y atravesando su plaza mayor encontramos un letrero pintado, con el escudo colombiano, que nos informaba que estábamos frente a la oficina de Correos de la ciudad. Aunque el jefe no estaba, su esposa tan pronto como vio al representante de Cartagena dispuso alojarnos en una casita ubicada algo más arriba. 

Aún no habíamos desmontado cuando un negro nos informó que “Su Excelencia nos estaba aguardando con la sopa”. Lo que sucedía era que el General Padilla había llegado y visto nuestro ingreso al pueblo. El era huésped del alcalde, por lo que al vernos entrar había dispuesto invitarnos. 

El comedor resultó ser más amplio y público que el de la vez anterior, y no existía ningún impedimento para que los habitantes observaran boquiabiertos el noble banquete. Como siempre, el general mostró buen genio, brindando con todos los asistentes, incluyendo “el marinero sueco”, brindis al que, de respeto, no fui capaz siquiera de agradecer. 

Nuestra permanencia acá fue compartida con muchos viajeros que esperaban el barco de vapor que les llevaría de Barranquilla a Mompós y Honda. 

Ya tendré oportunidad de contar los detalles de este crucero fracasado, del que conocimos algunas de sus características, por ejemplo su falta de puntualidad, pues debiendo llegar el día mismo que nosotros, solo lo hizo doce días después. 

El General Padilla había resultado más inteligente, puesto que mandó pedir una embarcación a Mompós, en la cual se embarcó junto con su séquito. Todos lamentamos no haberle seguido, ya que Barranca no nos agasajó con una agradable estada; por el contrario, me parece que pretende ganar el título de “el primer purgatorio de Colombia”. A las ocho de la mañana el calor ya atormentaba, aumentando en la misma medida que el sol se elevaba por el cielo. Al mediodía sus rayos se reflejaban sobre la ciudad y el río, calcinando las pobres casas levantadas en su camino, sin techo o protección de árboles, tan solo a merced de su acción. 

Al atardecer se levantaba una suave brisa que permitía a seres humanos y animales no languidecer totalmente. Junto con el ocaso solar verdaderas nubes de mosquitos nos atacaban, hasta que el sol nos libraba de ellos. 

No estaban solos los mosquitos en su labor de hostigamiento. Contaban con la ayuda de murciélagos de todos los tamaños, que tenían sus habitaciones en la copa de las palmeras, donde descansaban durante el día para atacar con sus alas las caras y manos de las personas y no dejar dormir a nadie. 

El visitante que en su hamaca planea descansar tras batallar largamente con los mosquitos, debe mantener la agitación de sus brazos para luchar contra estos mamíferos nocturnos. La pelea desespera ya que la posición de defensa es incómoda y en la oscuridad se dificulta. Solo se usa el pañuelo como arma. 

La pugna se alarga, pero no llega a los habitantes del lugar, quienes están acostumbrados a dormir, pues ya han superado esta molestia. Solo el extraño debe padecerla. 

Tanto los mosquitos como los murciélagos, forman parte de la vida cotidiana; para el forastero la situación representa el haber conocido uno de los tantos esfuerzos que debe hacer para subsistir en tales condiciones. 

Al estar casi dormido, los murciélagos llegan a tocar la cara. Entonces es cuando el asustado visitante huye despavorido, chocando con las otras hamacas tendidas en su camino, y cuando el desconcertado tipo que se ha despertado pregunta: “¿Qué hay?”, al dar las razones del caso se limita a decir: “No son bravos, solamente esconde los pies”. 

Luego comprendí que el único placer de los murciélagos lo encuentran en los pies, a donde, si uno los deja descubiertos, llegan a chupar la sangre. Al saber esta información tan consoladora, uno se vuelve a la cama, preocupado por envolver muy bien sus pies. Al llegar la mañana, se encuentra a los bichos en el techo, encima de la hamaca, como testimonio de las tristes aventuras de la noche anterior. 

Ante tales acontecimientos uno ve la necesidad de abandonar el lugar y se preocupa por encontrar una rápida solución, aunque se duele de tener que dejar tan agradables compañías. Lo lamentable era no disponer de una balsa o un bongo grande donde poder llevarse todas las cosas y maletas de una vez. 

Todos estábamos cansados de mirar por las mañanas, río abajo, en espera de la aparición del “Stimbete”; luego, durante el resto del día, se lanzaban maldiciones sobre el barco; y por las noches se elevaban oraciones por la pronta aparición del capitán y la compañía de navegación, las que acababan en forma ritual con un “ojalá venga mañana”. 

Pese a la preocupación, nadie lograba responder acerca de lo que le sucedía al “Stimbete”; para tranquilizarles yo les manifestaba que seguramente habían roto la máquina. Al estar convencido de que esta era la razón, empecé a averiguar el modo de salir de allí, lo que se complicaba un poco pues no había nada que pudiera llevarme hasta Mompós. 

El Administrador del Correo ayudó en mi búsqueda, consiguiéndome una de las canoas en que llevaba el correo a otros lugares. Veinticinco piastras cancelarían el viaje hasta el lugar de destino, situado a mil ochenta kilómetros de distancia, a tres días de navegación. El mismo Administrador, que poseía una pequeña tienda, nos suministró las provisiones para el viaje, y animado por él y por mis reales, el encargado del transporte tuvo todo preparado para la mañana siguiente. 

El 5 de diciembre, antes de la salida del sol, me despedí de mis compañeros de jornadas, que todavía dormían, los que desde la orilla gritaban: “Adiós compañero, recuerdos y saludos a Mompós, dígales que estamos detenidos por causa del maldito ‘Stimbete’.” 

La piragua era un árbol entero de cedro, de veinte pies de largo y unos tres de ancho, con una profundidad de tres cuartos de pie; su fondo era redondo, sin quilla, y no se hundía más de nueve pulgadas en el agua. Su largo cuerpo estaba dividido en tres partes casi iguales. La primera ocupada por el bogador; la del centro acomodada para dormir; y la última para maletas y el resto de la tripulación. 

En la proa, dos semidesnudos negros con sus largas piernas forzaban la embarcación corriente arriba. Para ello usaban una vara en forma de tenedor, que les ayudaba a avanzar. La empresa requería mucha experiencia, ya que no es nada fácil poder moverse y trabajar a plenitud en tan pequeña embarcación; de ahí que la vara hacía también las veces de palo de equilibrio. 

Cuando uno de ellos empuja hacia cierta dirección, el otro debe hacerlo en sentido opuesto, tras lo cual corre de un lado a otro, aullando como un perro, y en medio de gritos y silbidos vuelve hacia la dirección contraria a iniciar la faena de nuevo. Así durante todo el día, en una temperatura que, a la sombra, fluctúa entre los treinta y los cuarenta grados. Su primitiva protección es el ancho sombrero de paja tradicional. 

Su cuerpo, cubierto por la transpiración, hace pensar en un número infinito de perlas cayendo lentamente por las líneas curvas, entre los músculos, algo semejante a las gotas del rocío que resbalan en una ventana al llegar la mañana. 

Sentado en la popa, el timonel con su largo canalete guiaba la canoa, con manos expertas. Era un indígena que ha pasado la mayor parte de su vida sobre la piragua, llevando el correo entre Barranca y Honda. Sentado, con sus piernas cruzadas, se reía burlonamente hacia el sol, del que se protegía con una delgada camisa de algodón a rayas azules. Su sombrero ocultaba la enorme cabellera que caía sobre los hombros como la cola de un caballo, por entre el cual se lograba ver los trazos de una cara oscura, seca, con una ancha nariz, labios gruesos y ojos negros, sobre los que descansaban dos frondosas y oscuras cejas redondeadas. La decoración de la cara terminaba en una barba poco abundante y unos bigotes que, al colgar de su labio, parecían los copetes del pavo macho. 

Del pecho colgaba una pequeña cruz de plata, y en su boca, a todo instante, un puro, que solo retiraba de ella para gritar “andad ligero, muchachos”. Parecía un hombre competente, al que se le obedecía sin vacilar, lo que hacía una gran diferencia con sus colegas de actividades. 

Acostumbrado a llevar el correo, su único afán era llegar pronto. Gracias al obsequio de algunos puros, nos hicimos buenos amigos y él me narraba las dificultades que soportó para llevar el correo de la república durante la guerra. En innumerables ocasiones lo hubo de hacer entre las playas ocupadas por los españoles. 

Observarle causaba admiración, ya que había hecho de su oficio una profesión, yendo constantemente de un lugar a otro por el Magdalena, tostado por el calor abrasador, picado por los mosquitos, padeciendo sed, sin otra compañía que sus dos bogadores. Grande fue mi satisfacción al comprobar que en verdad me había traído a mi destino en los tres días fijados. 

Durante la mañana la ruta siguió la margen izquierda del río, con la compañía de monos y papagayos, como los únicos capaces de interrumpir el silencio de la naturaleza. Gran número de cocodrilos dormían plácidos sobre los bancos de arena, abriendo sus enormes fauces para luego arrastrarse, al notar nuestra presencia, hacia el interior de las aguas, en las que se distinguían por su columna, parecida a una sierra, colocada sobre el nivel del río. El calor era terrible, bajo un techo de cuero de buey. Por la tarde el termómetro marcaba treinta y cuatro grados, comenzando a disminuir al soplar un viento norte que llegaba desde el mar hacia el río. 

Ya casi es innecesario comentar que al caer la tarde se nos venía encima una nube de mosquitos, con los que luchamos hasta que les sobrepasamos. A las siete de la tarde llegamos a la ciudad de Tenerife, donde nos alojamos. Mientras yo dormí en la canoa, protegido por el mosquitero, el resto lo hizo en la playa. 

Tenerife está ubicada a la derecha del Magdalena, a unos trescientos kilómetros de Barranca. En su mayoría los habitantes son descendientes de españoles, acá llamados godos, denominación que los realistas se dieron a sí mismos para dar a conocer de dónde descendían. Actualmente la palabra tenía un significado diferente, y los colombianos les nombraban así despectivamente, como contrarios a la nación. 

La ciudad aún mostraba los recuerdos de la guerra, cuando la iglesia y sus casas fueron arrasadas por el fuego, muchas de las cuales se encontraban en ruinas. 

Cuando nos dispusimos a proseguir la marcha ya eran las seis de la mañana. Durante la ruta pasamos frente a un lindo pueblito, Plato, también ubicado en la Provincia de Santa Marta. 

Con el constante aliento del timonel, los bogadores llegaban a recorrer hasta treinta kilómetros por hora en contra de la corriente, que desde todo punto de vista es bastante considerable, más aún tratándose del popular río. Aunque necesario es aclarar que el verdadero gusto de viajar en esta forma no se experimentó sino algún tiempo después, debido a la pericia del timonel, a los bogadores que ahora tenía y al refrescante aire que soplaba por las tardes y lograba calmar considerablemente el calor y espantar a los mosquitos. 

La cena la hicimos ciento veinte kilómetros más arriba, en el pueblito de Palmas. Después de pasar frente a Zambrano descansamos un tanto en la isla de San Pedro, que se encuentra más abajo del lugar donde el río Cauca se une con el Magdalena y que está cubierto de un bosque impenetrable, arbustos y lianas, donde los monos, papagayos, lagartos y serpientes residen tranquilamente. Casi con el crepúsculo pasamos el sitio del Demonio, que lleva este nombre con mucha razón, máxime si a tal hora enviaba sus atormentadores mosquitos. 

La noche nos sorprendió en Pinto, lugar en que pernoctamos. Sus moradores viven principalmente de la cría de animales. En ciertas épocas se dedican a la caza de tigres, cuyas pieles son vendidas a dos o tres piastras cada una. Dichos animales los cazan con una especie de lanza de unos siete pies de largo, provista de una ancha punta de hierro afilada en el extremo y en los costados. También era posible encontrar linces, algo más grandes que un gato, con una hermosa y lisa piel. 

El lugar fue abandonado muy temprano por la mañana, pues todavía nos faltaban trescientos sesenta kilómetros para llegar a Mompós, donde, según el compromiso, debíamos arribar por la tarde. 

Pasada la entrada del río Cauca, cuyas aguas son tan sucias y de color amarillo grisáceo, como las del Magdalena, seguimos la ruta casi sin interrupciones, sin encontrar casas, naves, ni gente, hasta que amarramos la canoa a las frondosas ramas de las ceibas a cuya sombra nos bañamos, refrescamos y almorzamos. El plato consistió en plátanos y carne salada, que se hervían juntos el día anterior, manteniéndose en una olla, dispuestos para ser servidos en cualquier detención de la ruta. 

En Rinconada nos encontramos con un bongo salido de Barranca tres días antes que nosotros, a bordo del cual venían dos comerciantes colombianos, viajeros desde Santa Marta, a quienes conocía por mi estada en esa ciudad. Se quejaban de sus bogadores, de su lentitud y negativa a acelerar el ritmo de viaje; por lo que no hacían más que felicitarnos por nuestra suerte al encontrar tan buena gente y embarcación tan liviana. Además, uno de los señores comenzaba a sentir los rigores del lento y prolongado viaje con agudos dolores de cabeza, y cuando llegó a Mompós, la fiebre lo invadía. 

Cuando iniciamos el último tramo lo hicimos ambas embarcaciones al mismo tiempo, pero pronto la de ellos quedó atrás y al doblar una de las curvas del río la perdimos de vista, lo que divirtió bastante a mis compañeros, especialmente al jefe de ellos, que con orgulloso desprecio miraba hacia atrás, mientras gritaba: “De nada les vale competir con una piragüita de correos”. 

Al tiempo con la caída del astro rey descubrimos a Mompós, donde la alta cruz de piedra roja de su iglesia y las casitas blancas presentaban una bella perspectiva y un agradable contraste frente a las monótonas y verdes riberas del río. 

Todo me parecía grandioso al recordar los pueblos dejados atrás, las abandonadas viviendas en las márgenes del gran río, cuyas miserables chozas fueron durante tanto tiempo las únicas habitaciones de humanos que vimos. De ahí el sentimiento de novedad y alegría al compararlas con esta linda ciudad. 

Gran número de chalupas, bongos, canoas, piraguas y otras embarcaciones adornaban sus orillas, resaltando la importante navegación que por el río se hacía y que, pese a su enorme comercio, ahora en la tarde mostraban calma y tranquilidad. 

El timonel dirigió a sus muchachos por entre la cadena de embarcaciones amontonadas en el puerto, hasta que a las siete de la tarde caminábamos por la plaza mayor de la, para mí, desconocida ciudad en las márgenes del río Magdalena: Mompós.

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