CAPITULO VI
VIAJE DE
CARTAGENA A MOMPOS
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En la tarde del 23 de noviembre monté a caballo y avanzando
lentamente por el sucio, polvoriento y ancho camino dejé a
Cartagena para tomar la dirección de Turbaco. La lluvia al caer
transformaba todo en pantanos y ni siquiera la acción del sol
podría evitar que así fuera. La posibilidad de una tristeza
solitaria se esfumó por la compañía que a mi lado llevaba.
A mis costados viajaban dos criollos que fueron elegidos
miembros del nuevo Congreso y como tales se dirigían a Bogotá. Uno
de ellos era Pardo, encargado del correo de Cartagena, muy querido
por todos sus vecinos y considerado uno de los mejores oradores
liberales en la Cámara de Representantes, a quien el solo mencionar
a los españoles ponía los pelos de punta. Natural de Antioquia,
provincia conocida por la cantidad de servidores públicos dados a
la patria, había ejercido importantes funciones durante la guerra,
motivo por el cual le otorgaron el puesto de encargado del correo,
que era uno de los mejores. Esa calidad ayudó a que por segunda vez
le correspondiera representar a la ciudad.
El otro era Tallaferro, hombre joven de Panamá, perteneciente a
una de las familias más ricas de esa región. Entendía inglés y algo
hablaba el francés, pero no utilizaba esas lenguas.
Cada uno llevaba un sirviente y un guía y por ello una larga
fila de viajeros avanzaba trabajosamente por el sendero, al que
constantemente se le lanzaban palabrotas debido a su mal
estado.
Tallaferro ya había tenido actividades de gobierno, las que
realizó en Méjico y Perú; luego fue elegido Gobernador de Panamá.
Por esto resultaba buena compañía viajar con tales
personalidades.
A medida que avanzábamos el camino mejoraba y al atardecer
cruzamos un bello bosque, engalanado con casitas rodeadas de
plantaciones de maíz y plátano. Los troncos de los árboles y sus
ramas se encontraban envueltos por el abrazo de las lianas que se
prolongaba a los troncos cercanos, a las raíces, se arrastraban por
el suelo, cubriéndolo todo, con ese color verde de vida que daba un
toque poético al paisaje. Todo parecía encantado y como un cuadro
decorado con largos y espesos festones. A lo lejos semejaba formar
una alfombra mullida de hojas sobre los arbustos que las
recibían.
Verdaderamente resulta imposible tratar de describir la
diversidad de figuras que forman y las infinitas direcciones que
toman; lo único cierto y comprobable es que troncos, ramas, suelo,
arbustos y piedras quedan cubiertos por una capa de gruesas y
verdes filigranas.
En el pueblito de Tereneda, a sesenta kilómetros de Cartagena,
descansamos por breve tiempo y proseguimos el viaje hasta alcanzar
los montes de Turbaco. En todo este tiempo el camino iba
ascendiendo y tras media hora de hacerlo nos encontramos en sus
alturas observando La Popa y Cartagena, en cuyo puerto
distinguíamos nítidamente dos enormes barcos de
guerra.
El sendero se adentraba en las montañas cuyo aire tan puro era
muy diferente al de la ciudad. Con agrado nos dejamos llevar por
sus curvas, hasta que se nos presentó una imponente pampa en la que
reposaba el pueblo de Turbaco, al cual llegamos con la puesta del
sol, sucios y agotados.
Aunque dista solo ciento veinte kilómetros de Cartagena, era un
pueblo con un clima completamente diferente. Sus noches son muy
agradables; no se padece del calor ni de los mosquitos. Para
Cartagena debe de representar lo que Gayra a Santa Marta; un lugar
de recreación y descanso. Sus accesos son de buena calidad, lo cual
atrae a la nobleza que llega hasta acá para disfrutar del aire
fresco o curar sus males. Por lo demás, es bien visto visitar el
pueblo por una temporada.
Nos alojamos en la residencia del Alcalde, viejo conocido del
señor Pardo, que nos recibió y agasajó con una excelente cena, tras
la cual se conversó hasta que la noche y el sopor pudieron más que
las pláticas. El sueño y el descanso de esa noche están en mi mente
como los mejores que haya vivido en Colombia, y aún me parece ver
nuestras finas hamacas colgando en los portales, en las que apenas
nos cubríamos con un delgadísimo cobertor.
Al tiempo con el cantar de los gallos la caravana estaba presta
a partir, tomando el camino, de bajada ahora, que nos llevó hasta
Anona. Ahí desayunamos en la casa del alcalde, amigo de nuestro muy
popular Director de Correos, que por supuesto conocía a todos los
alcaldes, directores de correos y sacerdotes diseminados en el
camino hacia Bogotá.
A la hora del almuerzo atravesamos el pueblito de Mamonal, y
poco más tarde El Plato. Para cruzar el canal existente se requería
mojarse completamente, ya que el agua cubría casi del todo a la
cabalgadura. Uno de los mestizos fue quien inició la aventura
quedando pronto cubierto de agua, y para hacer la situación más
agradable se sumergió totalmente y permaneció bajo el agua durante
un instante, lo que motivó la carcajada de sus compañeros. Así fue
todo el cruce, hasta que bestias y jinetes estuvieron en terreno
seco. Cuando el paso quedó atrás nuestras risas seguían flotando en
el ambiente hasta que llegamos al villorrio ubicado en las márgenes
del río.
Nuestro simpático compañero de viaje nos hizo alojar en la casa
del párroco del pueblito, elección plenamente justificada, ya que
era uno de los anfitriones más agradables y atentos que se pueda
imaginar. Es seguro que la amistad que le unía nuestro compañero de
ruta databa de largo tiempo, pues durante los dos días que pasamos
en su hogar daban cumplimiento fiel a la máxima: “Toda la casa
está a vuestra disposición”.
Las comidas eran opíparas y si no se deseaba agraviar al
anfitrión lo mejor era servirse todo. Uno interiormente se consulta
si tal situación no incomodará a la dueña de casa, pero al instante
recuerda que en casa de curas católicos no se la encuentra (si
existiera, no se notaría su presencia).
Pasada la cena se podía disfrutar de la compañía femenina, ya
que las mujeres del poblado acudían a visitar al señor cura. Aquí
se nos facilitó aclarar la duda respecto de si las mujeres que
llegaban eran damas casadas o simplemente sirvientas; si se las
veía seguidas de niños. Indudablemente eran casadas, y así acababa
la incertidumbre. Aunque, claro, ambos títulos me parecen
igualmente falsos.
En su viaje a Bogotá, el General Padilla se detuvo en este sitio
y nos hizo la invitación de almorzar al día siguiente. Se le vio
alegre y desbordante en atenciones. Mostró buen apetito y gran
preferencia por el vino.
Constantemente alzó su copa invitando a brindar “por el
Gran Bolívar” y “por la República de Colombia”,
brindis que eran acogidos con enorme entusiasmo. Después
prosiguieron los saludos menores, hasta que uno de los ayudantes de
la comitiva propuso alzar las copas en nombre del “General
Padilla”. Como las copas ya se empezaban a prodigar en
demasía, el licor comenzó a causar estragos, lo que motivó que el
mismo ayudante señalado se levantara y gritara: “Brindo por mi
amigo Gómez”.
Se suscitó un intercambio de palabras que culminó con la orden
del Almirante, a su ayudante, de retirarse bajo arresto. La razón
de tan extraña respuesta se debía al exceso de confianza que había
tomado éste en presencia del General Padilla, lo cual significaba
una falta de respeto, ya que en su brindis había olvidado el título
de General, cuestión que resultó inaceptable para el
aludido.
No fue lo único anecdótico del almuerzo, ya que en el exterior,
por estar con las puertas abiertas, la comida era verdaderamente
pública y negros e indígenas observaban la escena con la boca
abierta, gozando verdaderamente del espectáculo y pugnando por
ingresar al recinto.
Muy temprano estuvo todo dispuesto para reanudar el viaje, lo
cual se demoró debido a la insistencia de nuestro anfitrión para
quedarnos a almorzar. Las muchas atenciones que nos brindó hicieron
que le tomáramos gran aprecio, por lo que se transformó en el
prototipo de la buena atención y cordialidad y representaba el
ejemplo para el grupo viajero, y así, cuando se trataba de
personificar la actitud del anfitrión, se decía: “Es tan bueno
como nuestro cura amigo”. Por todo ello la caravana apenas
partió a las ocho de la mañana.
El camino ofrecía muchas dificultades que entorpecían el normal
desarrollo de la marcha. A medida que lo recorríamos mejoraba un
poco. Tuvimos que atravesar la enorme plantación de Santa Cruz,
donde nos impresionó ver una inmensa cantidad de esclavos negros.
Cerca de las dos de la tarde vislumbramos el poblado de Arroyonda.
El señor cura no se encontraba en él, por lo que tuvimos que
resignarnos a servirnos un almuerzo de mochila; ahora ya
empezábamos a extrañar a nuestro párroco.
El sendero nos mostraba un mejor rostro pues se ensanchaba,
permitiendo más fáciles movimientos a las cabalgaduras. Desde sus
alturas apreciamos la belleza del paisaje. A nuestros ojos se
ofrecía la margen izquierda del Magdalena, que con enorme encanto
se divide formando una angosta y larga islita entre la cual se
descubre Barranca, con sus pequeñas casas diseminadas por la
pendiente del tranquilo río.
Pronto hicimos nuestra entrada en el pueblo y atravesando su
plaza mayor encontramos un letrero pintado, con el escudo
colombiano, que nos informaba que estábamos frente a la oficina de
Correos de la ciudad. Aunque el jefe no estaba, su esposa tan
pronto como vio al representante de Cartagena dispuso alojarnos en
una casita ubicada algo más arriba.
Aún no habíamos desmontado cuando un negro nos informó que
“Su Excelencia nos estaba aguardando con la sopa”. Lo que
sucedía era que el General Padilla había llegado y visto nuestro
ingreso al pueblo. El era huésped del alcalde, por lo que al vernos
entrar había dispuesto invitarnos.
El comedor resultó ser más amplio y público que el de la vez
anterior, y no existía ningún impedimento para que los habitantes
observaran boquiabiertos el noble banquete. Como siempre, el
general mostró buen genio, brindando con todos los asistentes,
incluyendo “el marinero sueco”, brindis al que, de
respeto, no fui capaz siquiera de agradecer.
Nuestra permanencia acá fue compartida con muchos viajeros que
esperaban el barco de vapor que les llevaría de Barranquilla a
Mompós y Honda.
Ya tendré oportunidad de contar los detalles de este crucero
fracasado, del que conocimos algunas de sus características, por
ejemplo su falta de puntualidad, pues debiendo llegar el día mismo
que nosotros, solo lo hizo doce días después.
El General Padilla había resultado más inteligente, puesto que
mandó pedir una embarcación a Mompós, en la cual se embarcó junto
con su séquito. Todos lamentamos no haberle seguido, ya que
Barranca no nos agasajó con una agradable estada; por el contrario,
me parece que pretende ganar el título de “el primer
purgatorio de Colombia”. A las ocho de la mañana el calor ya
atormentaba, aumentando en la misma medida que el sol se elevaba
por el cielo. Al mediodía sus rayos se reflejaban sobre la ciudad y
el río, calcinando las pobres casas levantadas en su camino, sin
techo o protección de árboles, tan solo a merced de su
acción.
Al atardecer se levantaba una suave brisa que permitía a seres
humanos y animales no languidecer totalmente. Junto con el ocaso
solar verdaderas nubes de mosquitos nos atacaban, hasta que el sol
nos libraba de ellos.
No estaban solos los mosquitos en su labor de hostigamiento.
Contaban con la ayuda de murciélagos de todos los tamaños, que
tenían sus habitaciones en la copa de las palmeras, donde
descansaban durante el día para atacar con sus alas las caras y
manos de las personas y no dejar dormir a nadie.
El visitante que en su hamaca planea descansar tras batallar
largamente con los mosquitos, debe mantener la agitación de sus
brazos para luchar contra estos mamíferos nocturnos. La pelea
desespera ya que la posición de defensa es incómoda y en la
oscuridad se dificulta. Solo se usa el pañuelo como
arma.
La pugna se alarga, pero no llega a los habitantes del lugar,
quienes están acostumbrados a dormir, pues ya han superado esta
molestia. Solo el extraño debe padecerla.
Tanto los mosquitos como los murciélagos, forman parte de la
vida cotidiana; para el forastero la situación representa el haber
conocido uno de los tantos esfuerzos que debe hacer para subsistir
en tales condiciones.
Al estar casi dormido, los murciélagos llegan a tocar la cara.
Entonces es cuando el asustado visitante huye despavorido, chocando
con las otras hamacas tendidas en su camino, y cuando el
desconcertado tipo que se ha despertado pregunta: “¿Qué
hay?”, al dar las razones del caso se limita a decir: “No
son bravos, solamente esconde los pies”.
Luego comprendí que el único placer de los murciélagos lo
encuentran en los pies, a donde, si uno los deja descubiertos,
llegan a chupar la sangre. Al saber esta información tan
consoladora, uno se vuelve a la cama, preocupado por envolver muy
bien sus pies. Al llegar la mañana, se encuentra a los bichos en el
techo, encima de la hamaca, como testimonio de las tristes
aventuras de la noche anterior.
Ante tales acontecimientos uno ve la necesidad de abandonar el
lugar y se preocupa por encontrar una rápida solución, aunque se
duele de tener que dejar tan agradables compañías. Lo lamentable
era no disponer de una balsa o un bongo grande donde poder llevarse
todas las cosas y maletas de una vez.
Todos estábamos cansados de mirar por las mañanas, río abajo, en
espera de la aparición del “Stimbete”; luego, durante el
resto del día, se lanzaban maldiciones sobre el barco; y por las
noches se elevaban oraciones por la pronta aparición del capitán y
la compañía de navegación, las que acababan en forma ritual con un
“ojalá venga mañana”.
Pese a la preocupación, nadie lograba responder acerca de lo que
le sucedía al “Stimbete”; para tranquilizarles yo les
manifestaba que seguramente habían roto la máquina. Al estar
convencido de que esta era la razón, empecé a averiguar el modo de
salir de allí, lo que se complicaba un poco pues no había nada que
pudiera llevarme hasta Mompós.
El Administrador del Correo ayudó en mi búsqueda, consiguiéndome
una de las canoas en que llevaba el correo a otros lugares.
Veinticinco piastras cancelarían el viaje hasta el lugar de
destino, situado a mil ochenta kilómetros de distancia, a tres días
de navegación. El mismo Administrador, que poseía una pequeña
tienda, nos suministró las provisiones para el viaje, y animado por
él y por mis reales, el encargado del transporte tuvo todo
preparado para la mañana siguiente.
El 5 de diciembre, antes de la salida del sol, me despedí de mis
compañeros de jornadas, que todavía dormían, los que desde la
orilla gritaban: “Adiós compañero, recuerdos y saludos a
Mompós, dígales que estamos detenidos por causa del maldito
‘Stimbete’.”
La piragua era un árbol entero de cedro, de veinte pies de largo
y unos tres de ancho, con una profundidad de tres cuartos de pie;
su fondo era redondo, sin quilla, y no se hundía más de nueve
pulgadas en el agua. Su largo cuerpo estaba dividido en tres partes
casi iguales. La primera ocupada por el bogador; la del centro
acomodada para dormir; y la última para maletas y el resto de la
tripulación.
En la proa, dos semidesnudos negros con sus largas piernas
forzaban la embarcación corriente arriba. Para ello usaban una vara
en forma de tenedor, que les ayudaba a avanzar. La empresa requería
mucha experiencia, ya que no es nada fácil poder moverse y trabajar
a plenitud en tan pequeña embarcación; de ahí que la vara hacía
también las veces de palo de equilibrio.
Cuando uno de ellos empuja hacia cierta dirección, el otro debe
hacerlo en sentido opuesto, tras lo cual corre de un lado a otro,
aullando como un perro, y en medio de gritos y silbidos vuelve
hacia la dirección contraria a iniciar la faena de nuevo. Así
durante todo el día, en una temperatura que, a la sombra, fluctúa
entre los treinta y los cuarenta grados. Su primitiva protección es
el ancho sombrero de paja tradicional.
Su cuerpo, cubierto por la transpiración, hace pensar en un
número infinito de perlas cayendo lentamente por las líneas curvas,
entre los músculos, algo semejante a las gotas del rocío que
resbalan en una ventana al llegar la mañana.
Sentado en la popa, el timonel con su largo canalete guiaba la
canoa, con manos expertas. Era un indígena que ha pasado la mayor
parte de su vida sobre la piragua, llevando el correo entre
Barranca y Honda. Sentado, con sus piernas cruzadas, se reía
burlonamente hacia el sol, del que se protegía con una delgada
camisa de algodón a rayas azules. Su sombrero ocultaba la enorme
cabellera que caía sobre los hombros como la cola de un caballo,
por entre el cual se lograba ver los trazos de una cara oscura,
seca, con una ancha nariz, labios gruesos y ojos negros, sobre los
que descansaban dos frondosas y oscuras cejas redondeadas. La
decoración de la cara terminaba en una barba poco abundante y unos
bigotes que, al colgar de su labio, parecían los copetes del pavo
macho.
Del pecho colgaba una pequeña cruz de plata, y en su boca, a
todo instante, un puro, que solo retiraba de ella para gritar
“andad ligero, muchachos”. Parecía un hombre competente,
al que se le obedecía sin vacilar, lo que hacía una gran diferencia
con sus colegas de actividades.
Acostumbrado a llevar el correo, su único afán era llegar
pronto. Gracias al obsequio de algunos puros, nos hicimos buenos
amigos y él me narraba las dificultades que soportó para llevar el
correo de la república durante la guerra. En innumerables ocasiones
lo hubo de hacer entre las playas ocupadas por los
españoles.
Observarle causaba admiración, ya que había hecho de su oficio
una profesión, yendo constantemente de un lugar a otro por el
Magdalena, tostado por el calor abrasador, picado por los
mosquitos, padeciendo sed, sin otra compañía que sus dos bogadores.
Grande fue mi satisfacción al comprobar que en verdad me había
traído a mi destino en los tres días fijados.
Durante la mañana la ruta siguió la margen izquierda del río,
con la compañía de monos y papagayos, como los únicos capaces de
interrumpir el silencio de la naturaleza. Gran número de cocodrilos
dormían plácidos sobre los bancos de arena, abriendo sus enormes
fauces para luego arrastrarse, al notar nuestra presencia, hacia el
interior de las aguas, en las que se distinguían por su columna,
parecida a una sierra, colocada sobre el nivel del río. El calor
era terrible, bajo un techo de cuero de buey. Por la tarde el
termómetro marcaba treinta y cuatro grados, comenzando a disminuir
al soplar un viento norte que llegaba desde el mar hacia el
río.
Ya casi es innecesario comentar que al caer la tarde se nos
venía encima una nube de mosquitos, con los que luchamos hasta que
les sobrepasamos. A las siete de la tarde llegamos a la ciudad de
Tenerife, donde nos alojamos. Mientras yo dormí en la canoa,
protegido por el mosquitero, el resto lo hizo en la playa.
Tenerife está ubicada a la derecha del Magdalena, a unos
trescientos kilómetros de Barranca. En su mayoría los habitantes
son descendientes de españoles, acá llamados godos, denominación
que los realistas se dieron a sí mismos para dar a conocer de dónde
descendían. Actualmente la palabra tenía un significado diferente,
y los colombianos les nombraban así despectivamente, como
contrarios a la nación.
La ciudad aún mostraba los recuerdos de la guerra, cuando la
iglesia y sus casas fueron arrasadas por el fuego, muchas de las
cuales se encontraban en ruinas.
Cuando nos dispusimos a proseguir la marcha ya eran las seis de
la mañana. Durante la ruta pasamos frente a un lindo pueblito,
Plato, también ubicado en la Provincia de Santa Marta.
Con el constante aliento del timonel, los bogadores llegaban a
recorrer hasta treinta kilómetros por hora en contra de la
corriente, que desde todo punto de vista es bastante considerable,
más aún tratándose del popular río. Aunque necesario es aclarar que
el verdadero gusto de viajar en esta forma no se experimentó sino
algún tiempo después, debido a la pericia del timonel, a los
bogadores que ahora tenía y al refrescante aire que soplaba por las
tardes y lograba calmar considerablemente el calor y espantar a los
mosquitos.
La cena la hicimos ciento veinte kilómetros más arriba, en el
pueblito de Palmas. Después de pasar frente a Zambrano descansamos
un tanto en la isla de San Pedro, que se encuentra más abajo del
lugar donde el río Cauca se une con el Magdalena y que está
cubierto de un bosque impenetrable, arbustos y lianas, donde los
monos, papagayos, lagartos y serpientes residen tranquilamente.
Casi con el crepúsculo pasamos el sitio del Demonio, que lleva este
nombre con mucha razón, máxime si a tal hora enviaba sus
atormentadores mosquitos.
La noche nos sorprendió en Pinto, lugar en que pernoctamos. Sus
moradores viven principalmente de la cría de animales. En ciertas
épocas se dedican a la caza de tigres, cuyas pieles son vendidas a
dos o tres piastras cada una. Dichos animales los cazan con una
especie de lanza de unos siete pies de largo, provista de una ancha
punta de hierro afilada en el extremo y en los costados. También
era posible encontrar linces, algo más grandes que un gato, con una
hermosa y lisa piel.
El lugar fue abandonado muy temprano por la mañana, pues todavía
nos faltaban trescientos sesenta kilómetros para llegar a Mompós,
donde, según el compromiso, debíamos arribar por la tarde.
Pasada la entrada del río Cauca, cuyas aguas son tan sucias y de
color amarillo grisáceo, como las del Magdalena, seguimos la ruta
casi sin interrupciones, sin encontrar casas, naves, ni gente,
hasta que amarramos la canoa a las frondosas ramas de las ceibas a
cuya sombra nos bañamos, refrescamos y almorzamos. El plato
consistió en plátanos y carne salada, que se hervían juntos el día
anterior, manteniéndose en una olla, dispuestos para ser servidos
en cualquier detención de la ruta.
En Rinconada nos encontramos con un bongo salido de Barranca
tres días antes que nosotros, a bordo del cual venían dos
comerciantes colombianos, viajeros desde Santa Marta, a quienes
conocía por mi estada en esa ciudad. Se quejaban de sus bogadores,
de su lentitud y negativa a acelerar el ritmo de viaje; por lo que
no hacían más que felicitarnos por nuestra suerte al encontrar tan
buena gente y embarcación tan liviana. Además, uno de los señores
comenzaba a sentir los rigores del lento y prolongado viaje con
agudos dolores de cabeza, y cuando llegó a Mompós, la fiebre lo
invadía.
Cuando iniciamos el último tramo lo hicimos ambas embarcaciones
al mismo tiempo, pero pronto la de ellos quedó atrás y al doblar
una de las curvas del río la perdimos de vista, lo que divirtió
bastante a mis compañeros, especialmente al jefe de ellos, que con
orgulloso desprecio miraba hacia atrás, mientras gritaba: “De
nada les vale competir con una piragüita de
correos”.
Al tiempo con la caída del astro rey descubrimos a Mompós, donde
la alta cruz de piedra roja de su iglesia y las casitas blancas
presentaban una bella perspectiva y un agradable contraste frente a
las monótonas y verdes riberas del río.
Todo me parecía grandioso al recordar los pueblos dejados atrás,
las abandonadas viviendas en las márgenes del gran río, cuyas
miserables chozas fueron durante tanto tiempo las únicas
habitaciones de humanos que vimos. De ahí el sentimiento de novedad
y alegría al compararlas con esta linda ciudad.
Gran número de chalupas, bongos, canoas, piraguas y otras
embarcaciones adornaban sus orillas, resaltando la importante
navegación que por el río se hacía y que, pese a su enorme
comercio, ahora en la tarde mostraban calma y tranquilidad.
El timonel dirigió a sus muchachos por entre la cadena de
embarcaciones amontonadas en el puerto, hasta que a las siete de la
tarde caminábamos por la plaza mayor de la, para mí, desconocida
ciudad en las márgenes del río Magdalena: Mompós.