CAPITULO V
CARTAGENA
La opinión sobre Cartagena, que expresé al llegar desde Europa,
es distinta de la que recibo después de pasar dos meses en Sta.
Marta. Y esta variación puede ser para bien o para mal, pero la
hay.
He llegado a pensar que los habitantes no están equivocados al
afirmar que “Cartagena es la ciudad más agradable de toda la
República”, lo cual confirman en gran medida no solo los
europeos residentes sino también los numerosos personajes que en
ella residen por breve o mediano tiempo. Con todo, Cartagena puede
ser considerada como la puerta más noble, en cuanto a las
comunicaciones con Europa, Norteamérica y las Antillas, permitiendo
a la capital del país contar con noticias, periódicos extranjeros,
turistas, etc. La localidad misma y la limpia belleza del litoral
la convierten en la ciudad costeña más agradable, o mejor dicho,
agradable a pesar de su calor endemoniado.
Con razón o sin ella he manifestado que Cartagena es sucia e
insalubre. Posiblemente no lo sea tanto, ya que de lo contrario no
se entendería que muchas personas viajen desde los Estados Unidos y
las Antillas para cuidar en ella de su salud. Necesario es agregar
que lo hacen para mejorarse de dolencias y malestares del pecho,
para lo cual el aire tibio del mar es un buen método de curación, e
igualmente es preciso reconocer lo sano del lugar —a pesar de
los aspectos negativos— ya que nadie viajaría a un sitio que
apeste; al contrario, lo que ansían es sanar de todos los
malestares y sufrimientos de su vida.
En una ocasión la ciudad padeció la fiebre amarilla, pero esta
fue traída desde fuera, como resultó en el caso de una corbeta
inglesa varada en el puerto exterior, que en catorce días perdió al
Comandante, oficiales, médicos y a las tres cuartas partes de su
tripulación. La verdad es que el barco ya traía la epidemia, por lo
que causó estragos a bordo y la necesidad de curar la enfermedad
fue la que los llevó a puerto; lo que les permitió salvar a un
Teniente y al resto de la tripulación y poder retornar a
Jamaica.
En cuanto al aseo de calles, casas y patios, los pobladores no
aportan mucho. En ese aspecto los colombianos compiten con sus
viejos antepasados los españoles en desidia y apatía frente a la
mugre y la suciedad. Realmente si no fuera por las lluvias
torrenciales y la acción de las aves de rapiña, resultaría
imposible describir lo que sería esta ciudad de
Cartagena.
Las aves de rapiña arrastran toda la inmundicia y desperdicios
que encuentran en las calles, con lo que ayudan a la acción de las
aguas; lo que sobra —sea animal o vegetal— se lo engullen
rápidamente. Estos Gallinazos
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(1)
se parecen un tanto a los pavos, pero, fuera
de esto, son los animales más feos del mundo.
Al verlos saltar con sus largas y gordas patas azuligrises, al
observar sus enormes alas extendidas de color carbón, caídas, uno
los compara con el bello Turpial en sus colores negro y amarillo y
su fino cuerpo, y piensa que la naturaleza de Suramérica desea
mostrar que es igual de rica y poderosa al crear lo feo o lo
bonito.
La brisa más fresca de Cartagena está, sin duda, en los altos
muros que la circundan, donde es posible hallar, por las tardes y
las mañanas, mayor frescura que en las calles, ya que en ellos nada
le impide correr libremente. Construidos de piedras, cubiertas de
coral, pintados de gris blanquecino, rodean toda la ciudad. Al
mediodía, cuando no hay protección posible contra el sol, parece
increíble cómo en este clima lograron levantar tan gigantesca
construcción.
En su mayor parte los bastiones de la muralla están equipados
con depósitos de pólvora, libras de bombas y alojamiento y dotados
de enormes estanques para reunir el agua lluvia.
La fortificación ya no presta verdaderos servicios; los cañones
están desmontados y cubiertos de moho, tal vez porque ya no
necesitan ser puestos en las murallas mirando al mar. En cada torre
hay una casita cuidada por un guardia que por las tardes les impide
el paso a los curiosos. Aún se imaginan vivir bajo el estado de
guerra, por lo cual es corriente encontrarse aquí y en las calles
con un: “¿Quién vive?”, que es conveniente responder al
instante si no se desea tener la experiencia de un inglés muerto en
Quito por no contestar a la voz del guardia.
Mayor calma y paz ofrece el paseo de la planicie entre la ciudad
y el suburbio, donde por las tardes se ve a un grupo de hombres, en
su mayoría extranjeros, caminar de un lado hacia otro, gozando de
las delicias del aire puro. La pampa es usada en ocasiones
especiales para los fuegos artificiales, por los que los
colombianos tienen predilección, ya que los usan hasta a la hora
del mediodía, durante sus carnavales, procesiones, etc. Tal fue el
caso de una fiesta en honor de San Francisco. Una iglesia tenía un
gran despliegue, que comenzó con la quema de varios barriles de
alquitrán, siguió con voladores y detonadores, para terminar con la
representación de un grande y hermoso pájaro.
Seguido de una serie de detonaciones se fueron desprendiendo
alas, cola, patas, cabeza y cuerpo; solo se mantuvo hasta el final
el corazón, que permanecía fielmente encendido, solitario en el
desastre, pero al fin también le llegó la hora del sacrificio. Con
una terrible explosión se rompió, acabando con toda su
majestuosidad.
La noche era oscura, por lo que toda la visión resultaba
formidable, y como la naturaleza quería jugar a la pirotecnia,
ayudaba con sus estruendosos relámpagos y truenos a acrecentar el
efecto.
Al tiempo con el estallido de los primeros petardos se iluminaba
toda la masa de gente que presenciaba la cita, la que a medida que
disminuían las explosiones iba retirándose, tan rápido como había
aparecido, y su presencia tan solo podía percibirse por el fuego de
sus cigarrillos, que semejando a los faros de un barco ayudaban a
no chocar.
(Nota del autor. No está de más ofrecer disculpas al lector por
la insistencia con que menciono el tabaco, ya que si el motivo del
libro es la descripción de un viaje, no es correcto llamar tanto la
atención de quien tiene interés en él, sobre un artículo tan común.
El tabaco se encuentra en todos los sitios; de diez hombres, nueve
lo fuman y posiblemente abarque con su vicio al cincuenta por
ciento de las damas. En los hombres es tan inseparable como la pipa
para el alemán y la cauta de rapé para nosotros los suecos; hay
algunos que lo fuman continuamente desde la mañana hasta la tarde
encendiendo incesantemente uno tras otro, como temerosos de que se
les vaya a apagar)
Cuando el ocaso ya ha llegado, esta pampa adquiere mayor vida y
dinamismo, pues se instala un mercado de víveres y artículos
diversos, que con muy poca variación ofrece los mismos productos
que el de Santa Marta, con la notable excepción de que el
espectador se evita tener que ver la asquerosa carne y grasa que
aquí se expende en verdaderos sitios de matanza.
Las diversas especies de pescados son de mejor calidad, se
encuentran tortugas de mar con más de tres pies de largo, con una
anchura de la mitad de su longitud. Las presentan acostadas de
espaldas y soplando hacia el sol, por lo cual en vano tratan de
recobrar el uso de sus cuatro aletas. Afuera de la costa,
especialmente entre Punta Canoa y las profundidades del Salmadino,
se las atrapa en grandes cantidades, obteniéndose así en los
mercados, a buen precio, un alimento rico y sano.
Casi todas las mercancías del mercado son traídas en botes y
bongos, que se ven anclados en la bahía. Provienen de las márgenes
del río Sinú y sus alrededores, al sur de
Cartagena.
Pese a la mala confección de los botes, son los únicos que se
usan para la navegación costera. Los bongos, en general, los
construyen en Maracaibo, son extraordinariamente bajos y afilados,
simples en los aparejos y cumplen perfectamente con el cometido de
cruzar el alisio entre las islas y la costa. Estos se justifican
por la imperiosa necesidad de tener embarcaciones de fácil manejo
de sus velas, para subir con viento opuesto y contra la corriente,
como es el tramo desde Puerto Bello hasta Cumaná.
Uno de nuestros remolcadores no podría hacerlo, como le ocurrió
a una nave de acá que no pudo cruzar, retornando a Cartagena con
las velas arruinadas; allí tomó un práctico y tras meses de
navegación logró llegar a su destino, Guayra, corriente
adelante.
En comparación con el resto del país, el comercio de Cartagena
es intenso, y el marítimo no tiene competidor en Colombia. En mi
estada fueron excepcionales las ocasiones en que durante la semana
no llegara algún barco o salieran otros. Para los grandes puertos
europeos esto no es demasiado, pero para Colombia sí lo era, y con
razón, si se toma en cuenta el poco tiempo que se había liberado de
España, verdadera enemiga de toda navegación e intercambio
comercial con países que no fueran la Madre Patria.
En su mayoría los barcos que acá vienen son ingleses,
norteamericanos y franceses. Mensualmente llega a puerto un
mercante inglés, enviado desde Galmouth, pasa por Jamaica de ida y
regreso. Ocasionalmente envían transportes entre Cartagena Nueva
York. Los barcos ingleses están cargados por lo general de lino y
artículos de algodón, acompañados de lo que los británicos llaman
“mercancía seca”, amen de otros productos
manufacturados.
Los norteamericanos, por su parte, traen en sus bodegas ropas,
sombreros, zapatos, etc. También carne salada de cerdo, harina de
trigo, papas y mantequilla.
Las naves francesas ofrecen las mismas mercancías que, en menor
cantidad, ingresan a Santa Marta.
Estas mercancías deben pasar por la aduana para después ser
cargadas en los famosos bongos y enviadas a Mahates, ubicado al sur
de Cartagena, desde donde inician viaje en burros hasta
Barranquilla. En caso contrario pueden hacer el tramo directo hasta
esta última ciudad, donde se envían por vía marítima a través del
río Magdalena hacia Bogotá y el interior del país.
Para evitar que la mercadería se dañe, la empacan con muchas
precauciones, en sacos. Es decir, la embalan en forma de cubos, los
cuales no pueden sobrepasar los setenta y dos y medio kilos, la
protegen con mantas y la colocan en cajones de madera en los que va
suficientemente resguardada.
El cajón se cubre con cera, al cual se le reviste con otra capa.
En su superficie se escriben nombre, número, referencias, etc. En
el caso de los finos productos franceses, se cubre el cajón con un
revestimiento de hierro cubierto con estaño. El prolijo empaque no
está de más ni es exagerado. Por el contrario, el embalaje lleva
impresa la observación de que no es necesario únicamente para el
viaje, sino para que la mercancía permanezca largos períodos en los
depósitos de carga. En estos no deben siquiera tocar el piso ni las
paredes, puesto que de no ser así, los gusanos destruyen los
productos. Respecto de aquellos que son distribuidos en el día, se
hace necesario tenerlos recostados y protegidos con
mantas.
El comercio existente está constituido por criollos, ingleses,
norteamericanos y algunos franceses. Los más florecientes tienen
socios en la capital y agentes en Mompós, con lo cual pueden hacer
buenos negocios.
La marcha de los negocios es simple, ya que se reduce a recibir
las mercancías de Europa o los Estados Unidos, o a viajar a Jamaica
para comprarlas personalmente; las descargan, pasan por la aduana,
el grueso de la cantidad lo envían inmediatamente a Bogotá y a
Mompós, y el resto es despachado para la venta en Cartagena.
Pequeños comerciantes del mismo lugar o de sus alrededores compran
partidas menores, las que luego ofrecen en venta.
Para el caso del retorno de los barcos con carga las
preocupaciones son mínimas, ya que casi no la llevan o, al menos,
ella es insignificante y liviana, por ejemplo los artículos de
exportación embarcados en Santa Marta y que son elaborados en el
puerto de Sabanilla, a cincuenta kilómetros de acá.
Tradicionalmente son el transportador inglés y un buque de
guerra de la misma nacionalidad, anclado en Jamaica, los que cruzan
los mares con estos productos de exportación: onzas y pesos de
oro.
Son raras las ocasiones en que estos se hacen a la mar sin antes
haber cargado en sus bodegas cierta cantidad de cajas pequeñas con
esa codiciada mercadería, cuya demanda en el exterior es tan grande
que los comerciantes la aprovechan para enviar algunas remesas a
Jamaica y Nueva York siempre que sean llevadas por los seguros
barcos de guerra de las potencias ya mencionadas.
A veces las monedas son traídas y llevadas en el mismo barco,
como sucedió en una oportunidad en que llegó un préstamo conseguido
en Inglaterra y pasó muy poco tiempo en las arcas de la Tesorería
ya que como orgullosos nativos, consideraron que perdían el crédito
en su patria y las hicieron retornar a Europa, donde el gobierno
debía algunos dineros a comerciantes británicos y lo lógico era que
volvieran a sus acreedores.
Desde finales de septiembre se encontraba en la bahía el grueso
de la armada colombiana, bajo el mando del Almirante Clementi, con
el fin de prepararse para una expedición a Cuba.
Por constituir Cartagena el puerto de guerra más importante, es
un buen homenaje mencionar los nombres de estos barcos, con mayor
razón si, excepto dos fragatas que luego se les unieron,
representan toda la fuerza colombiana en el mar
Caribe.
La flota estaba compuesta por una fragata pequeña, tres
corbetas, dos bergantines y algunas goletas.
La fragata, llamada Venezuela, no era más que una vieja nave
francesa, equipada con veintiocho cañones; de notable altura, corta
y de aparejos viejos. Se veía tan fea como era malo su velamen. La
marinería, seguramente, la llamaría “fantasma del mar”.
Acababa de llegar de un viaje a Nueva York, el único que realizara
en mucho tiempo, no existiendo la posibilidad de que hiciese
otros.
Con sus veinticuatro cañones, “La Ceres” era una
corbeta formidable, bella por su figura y su forma de navegar.
Construido en Estados Unidos por cuenta de los españoles, es el
mejor barco de la Armada. Las otras dos corbetas,
“Boyacá” y “Urica”, son demasiado viejas;
fueron rehabilitadas y vendidas por los ingleses; poseían dieciocho
cañones que debieron haber conocido mejores
tiempos.
Los dos bergantines eran bonitos pero pequeños; construidos en
las Antillas, su mejor característica era su velocidad y
maniobrabilidad. Además contaban entre diez y doce
cañones.
Con raras excepciones, todos los barcos eran mal comandados y
tripulados. Durante varios meses estuvieron haciendo ejercicios en
el puerto, para regocijo de los buques de otras naciones. Como es
fácil suponer, la expedición no se realizó, lo que, con toda
seguridad, era lo mejor.
Comparada con la colombiana, la flota española no estaba en
desventaja, pero su desgaste y la poderosa escuadra cubana la
habrían acabado.
El equipamiento de la primera armada nacional bajo la bandera de
la república, lo inició un individuo de nombre Brión. Este hizo una
fortuna apreciable en la isla holadensa de Curacao, la cual, junto
a una pequeña escuadra, colocó al servicio de Bolívar con la sola
condición de ser su jefe, la cual le fue aceptada.
Por aquel entonces la flotilla tenía algunos bergantines y
goletas y un equipo reunido precipitadamente. La falta de gente,
que no quería enrolarse debido a las malas finanzas del gobierno,
muy pronto la hicieron decaer. El préstamo inglés mejoró la
situación y con él se adquirieron cuatro corbetas, las ya
nombradas, las cuales junto a algunas naves menores formaron bajo
el mando del Comodoro norteamericano Daniel quien con verdadera
valentía ofreció combate a la superior escuadra española en las
afueras de Maracaibo. Los colombianos perdieron el combate y dos de
sus corbetas. La pérdida se reparó posteriormente con la captura de
“La Ceres” cerca de la isla de Cuba, por el Coronel
Belluche. Por lo demás, este fue el único trofeo de caza que ha
conseguido la Armada colombiana.
Para los españoles, mejor y más peligroso papel jugaron los
bandidos del mar, los Corsarios, que asaltaron y actuaron bajo
bandera de Colombia. Desde los comienzos de la lucha por la
independencia preocuparon enormemente a los conquistadores, y pese
al ataque que se dirigió contra ellos desde todos los puertos,
desde tierra y las islas, el gobierno de España nada pudo contra
esa agresión a su bandera y a sus barcos.
Al frente de una flotilla de diez goletas y bergantines el
francés Aury fue quien sobresalió entre ellos. Era un verdadero
jefe filibustero, con su centro instalado en la isla Vieja
Providencia, situada en un lugar inaccesible al ataque español. El
corsario instaló depósitos, astilleros, etc. La isla tenía
jurisdicción militar propia y Aury presidía como dictador. Desde
ese nido realizaba sus cruceros, dirigidos preferencialmente contra
Cuba y Puerto Rico, donde ingresaban a los puertos por tierra, y
contra Panamá y la costa de Méjico.
Las mejores presas resultaban ser los barcos comerciales
españoles, pero luego los asaltos se extendieron hacia los de otras
naciones, que fueron incluidos en su código de corsarios. Fue a
raíz de esto cuando un nuevo protagonista ingresó a la
escena.
El comandante inglés de la estación de Jamaica ya había tenido
noticias de estas actuaciones independientes y se dispuso a
castigar a aquellos que se dedicaban a actuar como piratas. Para su
suerte y honor, Aury murió a consecuencia de una
caída.
El ayudante del francés, otro desocupado de la misma
nacionalidad, de nombre Joli, lo reemplazó en el mando y no
encontró mejor cambio de política que ofrecerse, con sus barcos y
hombres, a servir a la república de Colombia, donde encontró
excelente acogida. Ahora este simpático y original capitán de
corsarios es Coronel y Jefe de la estación de
Maracaibo.
En ningún instante la navegación colombiana ha tenido valor y es
probable que durante mucho tiempo no lo tenga, ya que para ello no
solo se necesitan barcos y dinero. Para formar una buena y
eficiente armada es indispensable contar con el elemento humano,
tener buenos marineros, lo cual no se consigue con un gran comercio
o una excelente industrialización, sino con mucha navegación, a lo
menos de costa y pesca. Estos son elementos necesarios para que un
país pueda aspirar a tener una buena marina de guerra.
Resulta absurdo que deseen actuar como poder naval si necesitan
adquirir barcos y equipos en el exterior, los cuales para funcionar
requieren el auxilio de extranjeros, y estos, por su parte, exigen
no solo satisfacer sus necesidades mínimas sino alimentarse, y no
lo mismo que el indígena, que solo requiere de plátanos y maíz. No
cuentan con dinero para cancelarles y ya se sabe que el marino es
más derrochador que ahorrador de dinero.
El caso es que los barcos comprados, y muy caros, se están
pudriendo en los puertos por falta de gente para mantenerlos. El
ejemplo mejor lo dan las fragatas de sesenta cañones compradas en
Nueva York, que estaban en Cartagena apenas con la tripulación
necesaria para la limpieza diaria. Indudablemente esto resultaba
dañino para tan hermosos barcos, cuyo destino, de seguir aquí, era
la pudrición.
El 24 de octubre, desde los terraplenes de la ciudad, vimos
llegar una fragata de guerra con la bandera sueca y dos días
después la fragata “Chapman” de esa nacionalidad, a la
que luego se le unió el barco de línea “Tapperheten”.
Nombrarlos no significa más, para efecto de mis anotaciones, que
hacer notar las diferencias con la armada de esta
nación.
Con seguridad estos barcos estaban destinados a la escuadra que
navegaría hasta Cuba, lo que se confirma con la llegada de la
corbeta inglesa “Protectora”. Todas las naves
completamente equipadas y una brillante tripulación compartían el
mismo destino.
Una vida no conocida antes se vivía en el puerto con la
presencia de tales navíos, dando un ejemplo de ritmo y disciplina a
los marinos de guerra colombianos; con posterioridad escuché a sus
oficiales, en reiteradas oportunidades, elogiar el orden y aseo de
las embarcaciones suecas.
Dichas apreciaciones eran compartidas por los dos almirantes de
la armada nacional, Clementi y Padilla, aunque justo es decir que
dichos conceptos no significaban mucho pues ninguno de los dos era
competente para emitir un juicio acerca de un barco de
guerra.
Clementi, jefe de la escuadra, era a pesar de todo un hombre
bueno y no había perdido con el buen vivir social su dura vida de
marinero. Nunca había servido en un barco, desde cuando, como
alférez, viajó a bordo de un buque de la armada española.
Posteriormente fue Ministro para Asuntos del Mar. En mi viaje hacia
Bogotá me encontré a este amable señor cuando iba a hacerse cargo
de nuevas funciones.
Padilla era un mulato grueso que se ganó la gratitud de sus
compatriotas por sus triunfos sobre la flota española, bajo el
mando de Morales, en el lago interior de Maracaibo. Pero no parece
correcto que sea Almirante y jefe de la estación de Cartagena. El
logró sus conocimientos como oficial de mar a bordo de una fragata
inglesa y alcanzó prestigio en Colombia por su forma y valentía
para enfrentarse a barcos menores de la escuadra
española.
El quería demostrar lo que sabía y, por ello, al realizar una
visita a la “Chapman” llamó a sus seguidores y mientras
observaba los aparejos, dijo: “Aquí entiendo todo, desde la
proa a la popa”. Era muy popular entre las clases bajas, lo
que le valió ser elegido Senador por Cartagena. A este, considerado
como el almirante más grande de Colombia, también me lo encontré en
mi viaje a Bogotá.
Durante un buen tiempo se ha hablado y escrito de las inminentes
elecciones para Presidente, o mejor dicho, para VicePresidente, ya
que Bolívar fue elegido en forma unánime para un nuevo
período.
Las elecciones se realizaron y además de Santander, que resultó
reelegido, se votó acá por el actual Intendente de Cartagena,
Amador, y los ya mencionados Montilla y Padilla.
La prensa consideró que cada uno había tratado de dirigir la
opinión en las elecciones, no siendo su culpa que el
Vice-Presidente anterior hubiera vuelto a ganar. La prensa lo
atacaba bastante y las notas acerca de su administración no eran de
las mejores.
Entre esta se contaba una hoja periódica redactada por un joven
criollo de Caracas, “Gaceta de Cartagena”, notable por su
liberalismo y que, con la excepción de uno que otro artículo
acalorado, trataba de brindar, de modo inteligente, su aporte a la
información y mejoramiento de la naciente
república.
Hasta estos momentos la libertad de prensa no conocía límites,
por lo cual existían gran cantidad de hojas de periódicos, volantes
menores, panfletos, etc., algunos tan encendidos en sus artículos
que parecían compensar de una sola vez todo el duro silencio que
les impusieran los españoles. Estas publicaciones zumbaban como
mosquitos, picaban y luego desaparecían, ya fuera por muerte total
o para volver con renovados bríos y luego recibir el golpe mortal.
Era común que adquirieran nombres raros como “El
Criollo”, “La Zorra”, “El Toro”, “El
Murciélago”, etc.
El 10 de octubre la ciudad celebró su liberación del dominio
español. El mismo día, pero de 1821, esta fortaleza capituló ante
el general Montilla, que fue apoyado en la ocupación por el conde
Adelcreutz, quien ahora era coronel y en esa oportunidad comandaba
la artillería de la ocupación.
Por supuesto que todo era fiesta y algarabía; se tocaban las
campanas, sonaba la música, se hizo una parada, lanzaron fuegos
artificiales y hubo muchas actividades para celebrar la gran fecha;
todo encantaba la vista y el oído de la gran masa
infantil.
Por la tarde, en las afueras de la ciudad, en una de las mejores
y más grandes casas de campo, al pie de La Popa, se hizo una
fiesta; un baile al cual pudo asistir hasta el pueblo, pero los
señores se divertían en las afueras de la casa. Así, tanto estos
como los sirvientes se entregaron a la mayor diversión nacional, el
baile y los juegos.
Resultaba entretenido ver a los ricos en el interior de una
pieza apartada dedicados al “juego del comercios,” en el
que por lo general apostaban grandes cantidades de doblones a una
sola carta. Este juego de azar, lo mismo que el “monte” y
el “veintiuno”, se practican con naipes españoles y
constituyen sus juegos favoritos; parecen hechos para este tipo de
juegos.
Los apostadores arriesgan hasta doscientas piastras por naipe,
pero nunca pierden la cordura ni se calientan los ánimos más de lo
normal, que es gritarse, decir palabrotas o hacer demasiada bulla,
aunque todo con calma y sin enojarse. Sus mayores preocupaciones
consistían en que las apuestas altas estaban decayendo y que para
jugar era una incomodidad llegar a las mesas con bolsas de
doblones.
Espectáculo parecido, aunque en menor escala, mostraban las
apuestas que en el exterior de la casa hacían negros e indígenas,
los cuales no podían apostar más allá de medios reales. La moneda
de uso común eran los puros (tabacos), cuyo valor era tan respetado
en el comercio como en las mesas de juego, o sea, a un cuarto de
real por unidad.
Entre los juegos de azar había uno que se desarrollaba en
bandejas de madera pintadas con pequeñas figuras, donde apuntaban
con granos de maíz; era la lotería. Por supuesto que se entretenían
bastante, tanto como los grandes apostadores del interior de la
casa.
El carnaval prosiguió hasta la medianoche, se fumó y jugó en las
mesas colocadas en las calles, alumbradas por una delgada vela de
grasa de cerdo protegida de la acción del viento con un cucurucho
de papel.
Como las casas situadas al pie de La Popa ofrecen noches
frescas, se prestan para este tipo de diversiones y festejos, y así
todo el mundo evita el sofocante calor de la
ciudad.
Los señores más prósperos son, en su mayoría, dueños de las
casas y a eso de las cuatro de la tarde es frecuente verlos
dirigirse hacia ellas, para tomar sus hamacas y tenderse cerca de
los portones, gozando del fresco del atardecer hasta el sereno, al
que tienen mucho temor. A esa hora pasan al interior, donde se
acuestan, si no en una hamaca, en una cama liviana y
cómoda.
A las seis de la mañana ya se encuentran levantados,
generalmente se bañan, toman su chocolate y prosiguen su limpieza
personal. Toman el desayuno entre las ocho y nueve, consistente en
huevos, carne picada, plátanos fritos, chicharrones, queso y
chocolate, en seguida beben una taza de agua fría.
Entonces ya están dispuestos y preparados para asumir sus
labores del día. Montan a caballo y se dirigen a la ciudad a
atender negocios en las oficinas públicas, en las que no están
presentes más que para hacer tiempo y poder retornar a sus
atractivas hamacas.
La labor termina a las cuatro de la tarde, descansan por un
tiempo prudente y se disponen a cenar.
La cena comienza con la sopa, reciamente condimentada, en espera
del plato fuerte, aquel que se come en todos los lugares donde hay
un español: la paella. Este sufre variaciones según las distintas
carnes y vegetales de cada país, pero es un plato digno de ser
reseñado por un escritor o de ingresar a los mejores libros del
arte culinario.
El plato se identifica por algunos artículos cardinales. La
carne de buey y los plátanos se hierven juntos y se les agrega
carne de cerdo, de cordero, tocino, yuca y arroz; todo se mezcla
con pimienta, cebolla y otros condimentos, que se hierven al mismo
tiempo, o para usar el término técnico, en su misma
salsa.
Después se agregan pollos fritos y palomas, tan secos como de
mal sabor, y finalmente manteca frita con pimentón, en lo que nada
todo el plato.
En algunos hogares sirven como postres frutas, ya sean melones,
mangos, que se saborean al lado de vinos y quesos, y luego todo
acaba con un café.
Pero la tradición en la mayoría de las mesas es servir de
postres dulces, hechos de miel y panela, servidos con queso y una
taza de chocolate, además de un jarro de agua fría. Antes que todo
haya terminado ya están en los ceniceros colocados sobre la mesa
los cigarros encendidos.
En las casas más criollas toman chocolate, su bebida favorita,
lo que hacen cinco o seis veces al día, siempre con grandes dosis
de agua helada.
La lluvia que caía en el lugar daba a La Popa un atractivo
mayor, cubierta de bosquecillos y arbustos en pleno verdor. Un
pueblito ubicado a sus pies mostraba un camino zigzagueante, ancho
y despejado, con gran pendiente hacia la cumbre. A medida que se
asciende el viento se enfría y en cada curva se descubre abajo algo
novedoso, que se extiende hasta parecer ilimitado desde la cima.
Aquí se encuentra un bello convento de monjas, casi abandonado. El
cónsul en Cartagena ha ubicado en él su casa de campo, ya que el
clima es muy diferente al de la ciudad y es un buen lugar de
reposo. Por supuesto que el termómetro está normalmente varios
grados más bajo que en la ciudad.
Desde la torre de la iglesia se tiene la vista más extensa del
mundo. Con día claro se dominan unos setecientos kilómetros a la
redonda. Al noroeste se divisa la costa hasta Sabanilla y la tierra
baja entre el mar y el Magdalena, limitada por los oscuros cerros
de Turbaco, que impiden que el panorama siga prolongándose. Hacia
el sureste la vista vuela sobre el mar, en el que raras veces falta
un barco llegando o saliendo de la bahía, en Boca Chica; luego se
ve la angosta y hermosa isla de Tierra Bomba y el puerto repleto de
naves. Al seguir el recorrido se divisa el paisaje verde hasta
encontrarse con San Lázaro, Ximani y Cartagena, con sus murallas
entre blancas y grises y sus casas sombreadas con
palmeras.
Aquí en las alturas se encuentra un telégrafo que comunica con
otro semejante existente en la ciudad, al lado de la oficina del
Capitán, a través del cual los centinelas anuncian lo que ocurre
tras los muros de la ciudad.
En todo sentido, después de Bogotá, Quito y Caracas, la ciudad
más importante de la Gran Colombia es Cartagena que con el suburbio
de Ximani tiene alrededor de veinte mil habitantes y es además la
capital del Departamento del Magdalena, que agrupa las provincias
de Cartagena, Mompós, Santa Marta y Riohacha.
Respecto a su ubicación cerca del Magdalena y a su hermoso y
seguro puerto, está considerada la ciudad más comercial, y por la
fácil comunicación con las Antillas, Méjico, los Estados Unidos y
Europa, en lo que a relaciones exteriores se refiere, es más
importante que Bogotá, situada a varios días de viaje hacia el
interior
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(1).
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Un gallinazo es una fea e inmensa ave.
Con esa característica tan propia de españoles e italianos de
modificar sus sustantivos, que en gran medida les ayuda a construir
sus idiomas, tan hermosos, particularmente en las conversaciones,
ellos tienen gran cantidad de diminutivos y aumentativos aplicables
comúnmente. Los diminutivos los usan para señalar cariño, mientras
que los aumentativos para mostrar desagrado. Por ejemplo:
caballito, significa caballo pequeño y lindo; y caballote, caballo
grande y desagradable. (N. del autor). (Regresar a
1)
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