INDICE





INTRODUCCIÓN

VIAJE POR COLOMBIA

PRIMERA PARTE
Capítulo I - El embarque
Capítulo II - Cartagena
Capítulo III - Santa Marta
Capítulo IV - Viaje de Santa Marta a Cartagena
Capítulo V - Cartagena
Capítulo VI - Viaje de Cartagena a Mompós
Capítulo VII - Mompós
Capítulo VIII - Viaje por el Magdalena
Capítulo IX - Viaje por el alto Magdalena
Capítulo X - Viaje por el alto Magdalena y el río Nare

SEGUNDA PARTE
Capítulo XI - Viaje por los Andes
Capítulo XII - Viaje a través de la provincia de Antioquia
Capítulo XIII - Medellín
Capítulo XIV - Viaje desde Medellín a Bogotá
Capítulo XV - Bogotá
Capítulo XVI - Colombia antes de su emancipación
Capítulo XVII - La República de Colombia
Capítulo XVIII - Los habitantes y la población de Colombia
Capítulo XIX - Visitando el Salto de Tequendama
Capítulo XX - Viaje de vuelta a la costa
CAPITULO V

 

CARTAGENA
 

 

La opinión sobre Cartagena, que expresé al llegar desde Europa, es distinta de la que recibo después de pasar dos meses en Sta. Marta. Y esta variación puede ser para bien o para mal, pero la hay. 

He llegado a pensar que los habitantes no están equivocados al afirmar que “Cartagena es la ciudad más agradable de toda la República”, lo cual confirman en gran medida no solo los europeos residentes sino también los numerosos personajes que en ella residen por breve o mediano tiempo. Con todo, Cartagena puede ser considerada como la puerta más noble, en cuanto a las comunicaciones con Europa, Norteamérica y las Antillas, permitiendo a la capital del país contar con noticias, periódicos extranjeros, turistas, etc. La localidad misma y la limpia belleza del litoral la convierten en la ciudad costeña más agradable, o mejor dicho, agradable a pesar de su calor endemoniado. 

Con razón o sin ella he manifestado que Cartagena es sucia e insalubre. Posiblemente no lo sea tanto, ya que de lo contrario no se entendería que muchas personas viajen desde los Estados Unidos y las Antillas para cuidar en ella de su salud. Necesario es agregar que lo hacen para mejorarse de dolencias y malestares del pecho, para lo cual el aire tibio del mar es un buen método de curación, e igualmente es preciso reconocer lo sano del lugar —a pesar de los aspectos negativos— ya que nadie viajaría a un sitio que apeste; al contrario, lo que ansían es sanar de todos los malestares y sufrimientos de su vida. 

En una ocasión la ciudad padeció la fiebre amarilla, pero esta fue traída desde fuera, como resultó en el caso de una corbeta inglesa varada en el puerto exterior, que en catorce días perdió al Comandante, oficiales, médicos y a las tres cuartas partes de su tripulación. La verdad es que el barco ya traía la epidemia, por lo que causó estragos a bordo y la necesidad de curar la enfermedad fue la que los llevó a puerto; lo que les permitió salvar a un Teniente y al resto de la tripulación y poder retornar a Jamaica. 

En cuanto al aseo de calles, casas y patios, los pobladores no aportan mucho. En ese aspecto los colombianos compiten con sus viejos antepasados los españoles en desidia y apatía frente a la mugre y la suciedad. Realmente si no fuera por las lluvias torrenciales y la acción de las aves de rapiña, resultaría imposible describir lo que sería esta ciudad de Cartagena. 

Las aves de rapiña arrastran toda la inmundicia y desper­dicios que encuentran en las calles, con lo que ayudan a la acción de las aguas; lo que sobra —sea animal o vegetal— se lo engullen rápidamente. Estos Gallinazos | (1) se parecen un tanto a los pavos, pero, fuera de esto, son los animales más feos del mundo. 

Al verlos saltar con sus largas y gordas patas azuligrises, al observar sus enormes alas extendidas de color carbón, caídas, uno los compara con el bello Turpial en sus colores negro y amarillo y su fino cuerpo, y piensa que la naturaleza de Suramérica desea mostrar que es igual de rica y poderosa al crear lo feo o lo bonito. 

La brisa más fresca de Cartagena está, sin duda, en los altos muros que la circundan, donde es posible hallar, por las tardes y las mañanas, mayor frescura que en las calles, ya que en ellos nada le impide correr libremente. Construidos de piedras, cubiertas de coral, pintados de gris blanquecino, rodean toda la ciudad. Al mediodía, cuando no hay protección posible contra el sol, parece increíble cómo en este clima lograron levantar tan gigantesca construcción. 

En su mayor parte los bastiones de la muralla están equipados con depósitos de pólvora, libras de bombas y alojamiento y dotados de enormes estanques para reunir el agua lluvia. 

La fortificación ya no presta verdaderos servicios; los cañones están desmontados y cubiertos de moho, tal vez porque ya no necesitan ser puestos en las murallas mirando al mar. En cada torre hay una casita cuidada por un guardia que por las tardes les impide el paso a los curiosos. Aún se imaginan vivir bajo el estado de guerra, por lo cual es corriente encontrarse aquí y en las calles con un: “¿Quién vive?”, que es conveniente responder al instante si no se desea tener la experiencia de un inglés muerto en Quito por no contestar a la voz del guardia. 

Mayor calma y paz ofrece el paseo de la planicie entre la ciudad y el suburbio, donde por las tardes se ve a un grupo de hombres, en su mayoría extranjeros, caminar de un lado hacia otro, gozando de las delicias del aire puro. La pampa es usada en ocasiones especiales para los fuegos artificiales, por los que los colombianos tienen predilección, ya que los usan hasta a la hora del mediodía, durante sus carnavales, procesiones, etc. Tal fue el caso de una fiesta en honor de San Francisco. Una iglesia tenía un gran despliegue, que comenzó con la quema de varios barriles de alquitrán, siguió con voladores y detonadores, para terminar con la representación de un grande y hermoso pájaro. 

Seguido de una serie de detonaciones se fueron desprendiendo alas, cola, patas, cabeza y cuerpo; solo se mantuvo hasta el final el corazón, que permanecía fielmente encendido, solitario en el desastre, pero al fin también le llegó la hora del sacrificio. Con una terrible explosión se rompió, acabando con toda su majestuosidad. 

La noche era oscura, por lo que toda la visión resultaba formidable, y como la naturaleza quería jugar a la pirotecnia, ayudaba con sus estruendosos relámpagos y truenos a acrecentar el efecto. 

Al tiempo con el estallido de los primeros petardos se iluminaba toda la masa de gente que presenciaba la cita, la que a medida que disminuían las explosiones iba retirándose, tan rápido como había aparecido, y su presencia tan solo podía percibirse por el fuego de sus cigarrillos, que semejando a los faros de un barco ayudaban a no chocar. 

(Nota del autor. No está de más ofrecer disculpas al lector por la insistencia con que menciono el tabaco, ya que si el motivo del libro es la descripción de un viaje, no es correcto llamar tanto la atención de quien tiene interés en él, sobre un artículo tan común. El tabaco se encuentra en todos los sitios; de diez hombres, nueve lo fuman y posiblemente abarque con su vicio al cincuenta por ciento de las damas. En los hombres es tan inseparable como la pipa para el alemán y la cauta de rapé para nosotros los suecos; hay algunos que lo fuman continuamente desde la mañana hasta la tarde encendiendo incesantemente uno tras otro, como temerosos de que se les vaya a apagar) 

Cuando el ocaso ya ha llegado, esta pampa adquiere mayor vida y dinamismo, pues se instala un mercado de víveres y artículos diversos, que con muy poca variación ofrece los mismos productos que el de Santa Marta, con la notable excepción de que el espectador se evita tener que ver la asquerosa carne y grasa que aquí se expende en verdaderos sitios de matanza. 

Las diversas especies de pescados son de mejor calidad, se encuentran tortugas de mar con más de tres pies de largo, con una anchura de la mitad de su longitud. Las presentan acostadas de espaldas y soplando hacia el sol, por lo cual en vano tratan de recobrar el uso de sus cuatro aletas. Afuera de la costa, especialmente entre Punta Canoa y las profundidades del Salmadino, se las atrapa en grandes cantidades, obteniéndose así en los mercados, a buen precio, un alimento rico y sano. 

Casi todas las mercancías del mercado son traídas en botes y bongos, que se ven anclados en la bahía. Provienen de las márgenes del río Sinú y sus alrededores, al sur de Cartagena. 

Pese a la mala confección de los botes, son los únicos que se usan para la navegación costera. Los bongos, en general, los construyen en Maracaibo, son extraordinariamente bajos y afilados, simples en los aparejos y cumplen perfectamente con el cometido de cruzar el alisio entre las islas y la costa. Estos se justifican por la imperiosa necesidad de tener embarcaciones de fácil manejo de sus velas, para subir con viento opuesto y contra la corriente, como es el tramo desde Puerto Bello hasta Cumaná. 

Uno de nuestros remolcadores no podría hacerlo, como le ocurrió a una nave de acá que no pudo cruzar, retornando a Cartagena con las velas arruinadas; allí tomó un práctico y tras meses de navegación logró llegar a su destino, Guayra, corriente adelante. 

En comparación con el resto del país, el comercio de Cartagena es intenso, y el marítimo no tiene competidor en Colombia. En mi estada fueron excepcionales las ocasiones en que durante la semana no llegara algún barco o salieran otros. Para los grandes puertos europeos esto no es demasiado, pero para Colombia sí lo era, y con razón, si se toma en cuenta el poco tiempo que se había liberado de España, verdadera enemiga de toda navegación e intercambio comercial con países que no fueran la Madre Patria. 

En su mayoría los barcos que acá vienen son ingleses, norteamericanos y franceses. Mensualmente llega a puerto un mercante inglés, enviado desde Galmouth, pasa por Jamaica de ida y regreso. Ocasionalmente envían transportes entre Cartagena Nueva York. Los barcos ingleses están cargados por lo general de lino y artículos de algodón, acompañados de lo que los británicos llaman “mercancía seca”, amen de otros productos manufacturados. 

Los norteamericanos, por su parte, traen en sus bodegas ropas, sombreros, zapatos, etc. También carne salada de cerdo, harina de trigo, papas y mantequilla. 

Las naves francesas ofrecen las mismas mercancías que, en menor cantidad, ingresan a Santa Marta. 

Estas mercancías deben pasar por la aduana para después ser cargadas en los famosos bongos y enviadas a Mahates, ubicado al sur de Cartagena, desde donde inician viaje en burros hasta Barranquilla. En caso contrario pueden hacer el tramo directo hasta esta última ciudad, donde se envían por vía marítima a través del río Magdalena hacia Bogotá y el interior del país. 

Para evitar que la mercadería se dañe, la empacan con muchas precauciones, en sacos. Es decir, la embalan en forma de cubos, los cuales no pueden sobrepasar los setenta y dos y medio kilos, la protegen con mantas y la colocan en cajones de madera en los que va suficientemente resguardada. 

El cajón se cubre con cera, al cual se le reviste con otra capa. En su superficie se escriben nombre, número, referencias, etc. En el caso de los finos productos franceses, se cubre el cajón con un revestimiento de hierro cubierto con estaño. El prolijo empaque no está de más ni es exagerado. Por el contrario, el embalaje lleva impresa la observación de que no es necesario únicamente para el viaje, sino para que la mercancía permanezca largos períodos en los depósitos de carga. En estos no deben siquiera tocar el piso ni las paredes, puesto que de no ser así, los gusanos destruyen los productos. Respecto de aquellos que son distribuidos en el día, se hace necesario tenerlos recostados y protegidos con mantas. 

El comercio existente está constituido por criollos, ingleses, norteamericanos y algunos franceses. Los más florecientes tienen socios en la capital y agentes en Mompós, con lo cual pueden hacer buenos negocios. 

La marcha de los negocios es simple, ya que se reduce a recibir las mercancías de Europa o los Estados Unidos, o a viajar a Jamaica para comprarlas personalmente; las descargan, pasan por la aduana, el grueso de la cantidad lo envían inmediatamente a Bogotá y a Mompós, y el resto es despachado para la venta en Cartagena. Pequeños comerciantes del mismo lugar o de sus alrededores compran partidas menores, las que luego ofrecen en venta. 

Para el caso del retorno de los barcos con carga las preocupaciones son mínimas, ya que casi no la llevan o, al menos, ella es insignificante y liviana, por ejemplo los artículos de exportación embarcados en Santa Marta y que son elaborados en el puerto de Sabanilla, a cincuenta kilómetros de acá. 

Tradicionalmente son el transportador inglés y un buque de guerra de la misma nacionalidad, anclado en Jamaica, los que cruzan los mares con estos productos de exportación: onzas y pesos de oro. 

Son raras las ocasiones en que estos se hacen a la mar sin antes haber cargado en sus bodegas cierta cantidad de cajas pequeñas con esa codiciada mercadería, cuya demanda en el exterior es tan grande que los comerciantes la aprovechan para enviar algunas remesas a Jamaica y Nueva York siempre que sean llevadas por los seguros barcos de guerra de las potencias ya mencionadas. 

A veces las monedas son traídas y llevadas en el mismo barco, como sucedió en una oportunidad en que llegó un préstamo conseguido en Inglaterra y pasó muy poco tiempo en las arcas de la Tesorería ya que como orgullosos nativos, consideraron que perdían el crédito en su patria y las hicieron retornar a Europa, donde el gobierno debía algunos dineros a comerciantes británicos y lo lógico era que volvieran a sus acreedores. 

Desde finales de septiembre se encontraba en la bahía el grueso de la armada colombiana, bajo el mando del Almirante Clementi, con el fin de prepararse para una expedición a Cuba. 

Por constituir Cartagena el puerto de guerra más importante, es un buen homenaje mencionar los nombres de estos barcos, con mayor razón si, excepto dos fragatas que luego se les unieron, representan toda la fuerza colombiana en el mar Caribe. 

La flota estaba compuesta por una fragata pequeña, tres corbetas, dos bergantines y algunas goletas. 

La fragata, llamada Venezuela, no era más que una vieja nave francesa, equipada con veintiocho cañones; de notable altura, corta y de aparejos viejos. Se veía tan fea como era malo su velamen. La marinería, seguramente, la llamaría “fantasma del mar”. Acababa de llegar de un viaje a Nueva York, el único que realizara en mucho tiempo, no existiendo la posibilidad de que hiciese otros.

Con sus veinticuatro cañones, “La Ceres” era una corbeta formidable, bella por su figura y su forma de navegar. Construido en Estados Unidos por cuenta de los españoles, es el mejor barco de la Armada. Las otras dos corbetas, “Boyacá” y “Urica”, son demasiado viejas; fueron rehabilitadas y vendidas por los ingleses; poseían dieciocho cañones que debieron haber conocido mejores tiempos. 

Los dos bergantines eran bonitos pero pequeños; construidos en las Antillas, su mejor característica era su velocidad y maniobrabilidad. Además contaban entre diez y doce cañones. 

Con raras excepciones, todos los barcos eran mal comandados y tripulados. Durante varios meses estuvieron haciendo ejercicios en el puerto, para regocijo de los buques de otras naciones. Como es fácil suponer, la expedición no se realizó, lo que, con toda seguridad, era lo mejor. 

Comparada con la colombiana, la flota española no estaba en desventaja, pero su desgaste y la poderosa escuadra cubana la habrían acabado. 

El equipamiento de la primera armada nacional bajo la bandera de la república, lo inició un individuo de nombre Brión. Este hizo una fortuna apreciable en la isla holadensa de Curacao, la cual, junto a una pequeña escuadra, colocó al servicio de Bolívar con la sola condición de ser su jefe, la cual le fue aceptada. 

Por aquel entonces la flotilla tenía algunos bergantines y goletas y un equipo reunido precipitadamente. La falta de gente, que no quería enrolarse debido a las malas finanzas del gobierno, muy pronto la hicieron decaer. El préstamo inglés mejoró la situación y con él se adquirieron cuatro corbetas, las ya nombradas, las cuales junto a algunas naves menores formaron bajo el mando del Comodoro norteamericano Daniel quien con verdadera valentía ofreció combate a la superior escuadra española en las afueras de Maracaibo. Los colombianos perdieron el combate y dos de sus corbetas. La pérdida se reparó posteriormente con la captura de “La Ceres” cerca de la isla de Cuba, por el Coronel Belluche. Por lo demás, este fue el único trofeo de caza que ha conseguido la Armada colombiana. 

Para los españoles, mejor y más peligroso papel jugaron los bandidos del mar, los Corsarios, que asaltaron y actuaron bajo bandera de Colombia. Desde los comienzos de la lucha por la independencia preocuparon enormemente a los conquistadores, y pese al ataque que se dirigió contra ellos desde todos los puertos, desde tierra y las islas, el gobierno de España nada pudo contra esa agresión a su bandera y a sus barcos. 

Al frente de una flotilla de diez goletas y bergantines el francés Aury fue quien sobresalió entre ellos. Era un verdadero jefe filibustero, con su centro instalado en la isla Vieja Providencia, situada en un lugar inaccesible al ataque español. El corsario instaló depósitos, astilleros, etc. La isla tenía jurisdicción militar propia y Aury presidía como dictador. Desde ese nido realizaba sus cruceros, dirigidos preferencialmente contra Cuba y Puerto Rico, donde ingresaban a los puertos por tierra, y contra Panamá y la costa de Méjico. 

Las mejores presas resultaban ser los barcos comerciales españoles, pero luego los asaltos se extendieron hacia los de otras naciones, que fueron incluidos en su código de corsarios. Fue a raíz de esto cuando un nuevo protagonista ingresó a la escena.

El comandante inglés de la estación de Jamaica ya había tenido noticias de estas actuaciones independientes y se dispuso a castigar a aquellos que se dedicaban a actuar como piratas. Para su suerte y honor, Aury murió a consecuencia de una caída. 

El ayudante del francés, otro desocupado de la misma nacionalidad, de nombre Joli, lo reemplazó en el mando y no encontró mejor cambio de política que ofrecerse, con sus barcos y hombres, a servir a la república de Colombia, donde encontró excelente acogida. Ahora este simpático y original capitán de corsarios es Coronel y Jefe de la estación de Maracaibo. 

En ningún instante la navegación colombiana ha tenido valor y es probable que durante mucho tiempo no lo tenga, ya que para ello no solo se necesitan barcos y dinero. Para formar una buena y eficiente armada es indispensable contar con el elemento humano, tener buenos marineros, lo cual no se consigue con un gran comercio o una excelente industrialización, sino con mucha navegación, a lo menos de costa y pesca. Estos son elementos necesarios para que un país pueda aspirar a tener una buena marina de guerra. 

Resulta absurdo que deseen actuar como poder naval si necesitan adquirir barcos y equipos en el exterior, los cuales para funcionar requieren el auxilio de extranjeros, y estos, por su parte, exigen no solo satisfacer sus necesidades mínimas sino alimentarse, y no lo mismo que el indígena, que solo requiere de plátanos y maíz. No cuentan con dinero para cancelarles y ya se sabe que el marino es más derrochador que ahorrador de dinero. 

El caso es que los barcos comprados, y muy caros, se están pudriendo en los puertos por falta de gente para mantenerlos. El ejemplo mejor lo dan las fragatas de sesenta cañones compradas en Nueva York, que estaban en Cartagena apenas con la tripulación necesaria para la limpieza diaria. Indudablemente esto resultaba dañino para tan hermosos barcos, cuyo destino, de seguir aquí, era la pudrición. 

El 24 de octubre, desde los terraplenes de la ciudad, vimos llegar una fragata de guerra con la bandera sueca y dos días después la fragata “Chapman” de esa nacionalidad, a la que luego se le unió el barco de línea “Tapperheten”. Nombrarlos no significa más, para efecto de mis anotaciones, que hacer notar las diferencias con la armada de esta nación. 

Con seguridad estos barcos estaban destinados a la escuadra que navegaría hasta Cuba, lo que se confirma con la llegada de la corbeta inglesa “Protectora”. Todas las naves completamente equipadas y una brillante tripulación compartían el mismo destino. 

Una vida no conocida antes se vivía en el puerto con la presencia de tales navíos, dando un ejemplo de ritmo y disciplina a los marinos de guerra colombianos; con posterioridad escuché a sus oficiales, en reiteradas oportunidades, elogiar el orden y aseo de las embarcaciones suecas.

Dichas apreciaciones eran compartidas por los dos almirantes de la armada nacional, Clementi y Padilla, aunque justo es decir que dichos conceptos no significaban mucho pues ninguno de los dos era competente para emitir un juicio acerca de un barco de guerra. 

Clementi, jefe de la escuadra, era a pesar de todo un hombre bueno y no había perdido con el buen vivir social su dura vida de marinero. Nunca había servido en un barco, desde cuando, como alférez, viajó a bordo de un buque de la armada española. Posteriormente fue Ministro para Asuntos del Mar. En mi viaje hacia Bogotá me encontré a este amable señor cuando iba a hacerse cargo de nuevas funciones. 

Padilla era un mulato grueso que se ganó la gratitud de sus compatriotas por sus triunfos sobre la flota española, bajo el mando de Morales, en el lago interior de Maracaibo. Pero no parece correcto que sea Almirante y jefe de la estación de Cartagena. El logró sus conocimientos como oficial de mar a bordo de una fragata inglesa y alcanzó prestigio en Colombia por su forma y valentía para enfrentarse a barcos menores de la escuadra española. 

El quería demostrar lo que sabía y, por ello, al realizar una visita a la “Chapman” llamó a sus seguidores y mientras observaba los aparejos, dijo: “Aquí entiendo todo, desde la proa a la popa”. Era muy popular entre las clases bajas, lo que le valió ser elegido Senador por Cartagena. A este, considerado como el almirante más grande de Colombia, también me lo encontré en mi viaje a Bogotá. 

Durante un buen tiempo se ha hablado y escrito de las inminentes elecciones para Presidente, o mejor dicho, para Vice­Presidente, ya que Bolívar fue elegido en forma unánime para un nuevo período. 

Las elecciones se realizaron y además de Santander, que resultó reelegido, se votó acá por el actual Intendente de Cartagena, Amador, y los ya mencionados Montilla y Padilla. 

La prensa consideró que cada uno había tratado de dirigir la opinión en las elecciones, no siendo su culpa que el Vice-Presidente anterior hubiera vuelto a ganar. La prensa lo atacaba bastante y las notas acerca de su administración no eran de las mejores. 

Entre esta se contaba una hoja periódica redactada por un joven criollo de Caracas, “Gaceta de Cartagena”, notable por su liberalismo y que, con la excepción de uno que otro artículo acalorado, trataba de brindar, de modo inteligente, su aporte a la información y mejoramiento de la naciente república. 

Hasta estos momentos la libertad de prensa no conocía límites, por lo cual existían gran cantidad de hojas de periódicos, volantes menores, panfletos, etc., algunos tan encendidos en sus artículos que parecían compensar de una sola vez todo el duro silencio que les impusieran los españoles. Estas publicaciones zumbaban como mosquitos, picaban y luego desaparecían, ya fuera por muerte total o para volver con renovados bríos y luego recibir el golpe mortal. Era común que adquirieran nombres raros como “El Criollo”, “La Zorra”, “El Toro”, “El Murciélago”, etc. 

El 10 de octubre la ciudad celebró su liberación del dominio español. El mismo día, pero de 1821, esta fortaleza capituló ante el general Montilla, que fue apoyado en la ocupación por el conde Adelcreutz, quien ahora era coronel y en esa oportunidad comandaba la artillería de la ocupación. 

Por supuesto que todo era fiesta y algarabía; se tocaban las campanas, sonaba la música, se hizo una parada, lanzaron fuegos artificiales y hubo muchas actividades para celebrar la gran fecha; todo encantaba la vista y el oído de la gran masa infantil. 

Por la tarde, en las afueras de la ciudad, en una de las mejores y más grandes casas de campo, al pie de La Popa, se hizo una fiesta; un baile al cual pudo asistir hasta el pueblo, pero los señores se divertían en las afueras de la casa. Así, tanto estos como los sirvientes se entregaron a la mayor diversión nacional, el baile y los juegos. 

Resultaba entretenido ver a los ricos en el interior de una pieza apartada dedicados al “juego del comercios,” en el que por lo general apostaban grandes cantidades de doblones a una sola carta. Este juego de azar, lo mismo que el “monte” y el “veintiuno”, se practican con naipes españoles y constituyen sus juegos favoritos; parecen hechos para este tipo de juegos. 

Los apostadores arriesgan hasta doscientas piastras por naipe, pero nunca pierden la cordura ni se calientan los ánimos más de lo normal, que es gritarse, decir palabrotas o hacer demasiada bulla, aunque todo con calma y sin enojarse. Sus mayores preocupaciones consistían en que las apuestas altas estaban decayendo y que para jugar era una incomodidad llegar a las mesas con bolsas de doblones. 

Espectáculo parecido, aunque en menor escala, mostraban las apuestas que en el exterior de la casa hacían negros e indígenas, los cuales no podían apostar más allá de medios reales. La moneda de uso común eran los puros (tabacos), cuyo valor era tan respetado en el comercio como en las mesas de juego, o sea, a un cuarto de real por unidad. 

Entre los juegos de azar había uno que se desarrollaba en bandejas de madera pintadas con pequeñas figuras, donde apuntaban con granos de maíz; era la lotería. Por supuesto que se entretenían bastante, tanto como los grandes apostadores del interior de la casa. 

El carnaval prosiguió hasta la medianoche, se fumó y jugó en las mesas colocadas en las calles, alumbradas por una delgada vela de grasa de cerdo protegida de la acción del viento con un cucurucho de papel. 

Como las casas situadas al pie de La Popa ofrecen noches frescas, se prestan para este tipo de diversiones y festejos, y así todo el mundo evita el sofocante calor de la ciudad. 

Los señores más prósperos son, en su mayoría, dueños de las casas y a eso de las cuatro de la tarde es frecuente verlos dirigirse hacia ellas, para tomar sus hamacas y tenderse cerca de los portones, gozando del fresco del atardecer hasta el sereno, al que tienen mucho temor. A esa hora pasan al interior, donde se acuestan, si no en una hamaca, en una cama liviana y cómoda. 

A las seis de la mañana ya se encuentran levantados, generalmente se bañan, toman su chocolate y prosiguen su limpieza personal. Toman el desayuno entre las ocho y nueve, consistente en huevos, carne picada, plátanos fritos, chicharrones, queso y chocolate, en seguida beben una taza de agua fría. 

Entonces ya están dispuestos y preparados para asumir sus labores del día. Montan a caballo y se dirigen a la ciudad a atender negocios en las oficinas públicas, en las que no están presentes más que para hacer tiempo y poder retornar a sus atractivas hamacas. 

La labor termina a las cuatro de la tarde, descansan por un tiempo prudente y se disponen a cenar. 

La cena comienza con la sopa, reciamente condimentada, en espera del plato fuerte, aquel que se come en todos los lugares donde hay un español: la paella. Este sufre variaciones según las distintas carnes y vegetales de cada país, pero es un plato digno de ser reseñado por un escritor o de ingresar a los mejores libros del arte culinario. 

El plato se identifica por algunos artículos cardinales. La carne de buey y los plátanos se hierven juntos y se les agrega carne de cerdo, de cordero, tocino, yuca y arroz; todo se mezcla con pimienta, cebolla y otros condimentos, que se hierven al mismo tiempo, o para usar el término técnico, en su misma salsa. 

Después se agregan pollos fritos y palomas, tan secos como de mal sabor, y finalmente manteca frita con pimentón, en lo que nada todo el plato. 

En algunos hogares sirven como postres frutas, ya sean melones, mangos, que se saborean al lado de vinos y quesos, y luego todo acaba con un café. 

Pero la tradición en la mayoría de las mesas es servir de postres dulces, hechos de miel y panela, servidos con queso y una taza de chocolate, además de un jarro de agua fría. Antes que todo haya terminado ya están en los ceniceros colocados sobre la mesa los cigarros encendidos. 

En las casas más criollas toman chocolate, su bebida favorita, lo que hacen cinco o seis veces al día, siempre con grandes dosis de agua helada. 

La lluvia que caía en el lugar daba a La Popa un atractivo mayor, cubierta de bosquecillos y arbustos en pleno verdor. Un pueblito ubicado a sus pies mostraba un camino zigzagueante, ancho y despejado, con gran pendiente hacia la cumbre. A me­dida que se asciende el viento se enfría y en cada curva se descubre abajo algo novedoso, que se extiende hasta parecer ilimitado desde la cima. Aquí se encuentra un bello convento de monjas, casi abandonado. El cónsul en Cartagena ha ubicado en él su casa de campo, ya que el clima es muy diferente al de la ciudad y es un buen lugar de reposo. Por supuesto que el termómetro está normalmente varios grados más bajo que en la ciudad. 

Desde la torre de la iglesia se tiene la vista más extensa del mundo. Con día claro se dominan unos setecientos kilómetros a la redonda. Al noroeste se divisa la costa hasta Sabanilla y la tierra baja entre el mar y el Magdalena, limitada por los oscuros cerros de Turbaco, que impiden que el panorama siga prolongándose. Hacia el sureste la vista vuela sobre el mar, en el que raras veces falta un barco llegando o saliendo de la bahía, en Boca Chica; luego se ve la angosta y hermosa isla de Tierra Bomba y el puerto repleto de naves. Al seguir el recorrido se divisa el paisaje verde hasta encontrarse con San Lázaro, Ximani y Cartagena, con sus murallas entre blancas y grises y sus casas sombreadas con palmeras. 

Aquí en las alturas se encuentra un telégrafo que comunica con otro semejante existente en la ciudad, al lado de la oficina del Capitán, a través del cual los centinelas anuncian lo que ocurre tras los muros de la ciudad. 

En todo sentido, después de Bogotá, Quito y Caracas, la ciudad más importante de la Gran Colombia es Cartagena que con el suburbio de Ximani tiene alrededor de veinte mil habitantes y es además la capital del Departamento del Magdalena, que agrupa las provincias de Cartagena, Mompós, Santa Marta y Riohacha. 

Respecto a su ubicación cerca del Magdalena y a su hermoso y seguro puerto, está considerada la ciudad más comercial, y por la fácil comunicación con las Antillas, Méjico, los Estados Unidos y Europa, en lo que a relaciones exteriores se refiere, es más importante que Bogotá, situada a varios días de viaje hacia el interior

 

(1). Un gallinazo es una fea e inmensa ave. Con esa característica tan propia de españoles e italianos de modificar sus sustantivos, que en gran medida les ayuda a construir sus idiomas, tan hermosos, particularmente en las conversaciones, ellos tienen gran cantidad de diminutivos y aumentativos aplicables comúnmente. Los diminutivos los usan para señalar cariño, mientras que los aumentativos para mostrar desagrado. Por ejemplo: caballito, significa caballo pequeño y lindo; y caballote, caballo grande y desagradable. (N. del autor). (Regresar a 1)

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