CAPITULO
IV
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|VIAJE DE SANTA MARTA A
CARTAGENA
Cansado de esperar una posibilidad para viajar a Cartagena por
barco, hube de someterme a hacerlo por tierra.
El recorrido terrestre tiene diferencias con el marítimo en
cuanto a tiempo, precio y dificultades, las cuales son de tal
envergadura que muchas veces es preferible esperar semanas y
semanas la llegada de un barco antes que hacer el recorrido por
tierra. Esta posición personal hace que la casi envejecida máxima
de “No viajes por mar, tan pronto puedas hazlo por
tierra”, para el caso no sea cierta.
Este viaje era, en todo sentido, diferente de los nuestros y
aunque muy corto, nos otorgaba una idea global del modo de viajar
en las provincias bajas de Colombia, y por ello me detendré un
tanto para describir tal experiencia.
El 1° de agosto todo estaba dispuesto para la partida, la que
debió ser aplazada debido a una fuerte lluvia que retrasó nuestras
intenciones. El viaje no se realiza en carruaje ni en los carros
del correo, por lo que uno se liberaba del pago, que podía
significar una larga espera o la pérdida del pasaje por
incumplimiento.
Mucho más práctico resulta solicitar los caballos unos días
antes. Estos se pueden encargar para todo el trayecto o hasta
alguna de las estaciones que sirven como paraderos.
Normalmente el viaje se hace sin sirviente, pero como se aspira
a no tener que prepararse uno mismo su comida, hay que tener esa
necesaria compañía; lo cual implica que deban alquilarse tres
cabalgaduras.
En la primera viaja el guía, generalmente un campesino, que es
quien lleva el ritmo del viaje. En ocasiones se le ve sentado
encima de dos pequeños baúles que cuelgan a cada costado de las
ancas del animal y que contienen el equipaje del viajero. En la
segunda viaja el sirviente con sus cosas y los utensilios
pertinentes para las labores de la cocina. En el último animal
monta el pasajero, el viajero propiamente tal, con su hamaca y una
maletita sujeta a la montura.
Para la larga jornada es imprescindible traer todo lo necesario
para el camino, lo que hace aparecer al grupo como una pequeña
expedición o caravana; ya que, en la mayoría de las ocasiones solo
se cuenta con agua para beber, leña para cocinar y un lugar donde
colgar la hamaca.
Por la lluvia del primer día nos vimos obligados a guarecernos
en Gaira, en la casa de un comerciante holandés de apellido
Hamburger, por mucho tiempo residente en el lugar. A la una de la
madrugada reanudamos la partida por el sendero que iluminaba la
bella luz de la luna.
La caravana, al principio, debió atravesar por un bosque alto y
de espeso follaje, tejido con lianas, por entre las cuales la luna
se atrevía a mostrar el sendero y evitarnos que las piedras, ramas
secas y troncos caídos pusieran en peligro nuestro
físico.
Más tarde cruzamos por una extensa sabana de arena que se
prolongaba hasta el mar, donde nos vimos obligados a zigzaguear
para cruzar entre rocas y piedras. El sendero era peligroso; por un
lado tenía las montañas altas y por el otro el mar Caribe que
frecuentemente lanzaba su espuma sobre hombres y cabalgaduras, como
enojado por lo que debería considerar una profanación del camino
que él deseaba fuese solamente para uso exclusivo de peces y
gaviotas.
En este sitio se encontraba un viejo puesto de atrincheramiento
que durante la guerra constituyó un lugar importante, pues cortaba
el camino desde y hacia Santa Marta.
Observar alguna casa o síntoma de vida y habitantes resulta
imposible. Por el lado derecho se tiene el mar, por el izquierdo
bosques impenetrables, y hacia la altura un techo de montañas
nevadas donde habitan tribus de indios salvajes y bravíos, llamados
Guajiros, independientes tanto de la república como de los
españoles.
Los guajiros no permiten a ningún extraño pasar por sus tierras.
Cuando así sucede, reciben a los intrusos con flechas envenenadas.
Muy raras veces bajan a Santa Marta por sus asuntos comerciales
pues prefieren comprar en los barcos que Jamaica hace anclar en la
costa, entre Santa Marta y Riohacha; intercambian cueros, maderas
de color y animales, mezcla de burros con mulas, recibiendo en
cambio ron, aguardiente, telas y juguetes. La situación no le
agrada al gobierno colombiano, pero no puede impedir el comercio
directo de extranjeros con este verdadero “estado dentro del
estado”.
En una ocasión vi a dos de estos salvajes en Santa Marta; tenían
un gran parecido a los indígenas civilizados y sus mismas
características, aunque algo más marcadas. La boca y la nariz un
tanto más anchas y planas, el cuerpo muy bien formado y robusto,
sobre el cual reinaban cierta timidez y bravura.
Ahora nuevamente el camino se enlazaba entre la montaña y el
bosque. Se veía cortado por una corriente de poca importancia, pero
a medida que avanzábamos se hacía más poderosa. En ambos tramos no
existía puente, por lo que resultaba bastante peligroso el cruce,
más aún teniendo en cuenta que el sendero se encontraba inundado y
el río aumentado en su caudal por las recientes lluvias, lo cual
hacía que las aguas llegaran hasta la montura. La fuerte corriente
causaba enormes tropiezos al paso del caballo, que no podía, con
facilidad ni normalidad, mantener el equilibrio ni
avanzar.
Cuando no se ha realizado anteriormente este viaje y, por lo
tanto, no se está acostumbrado a todas estas peripecias, se piensa
que son extrañas, alocadas, pero con la práctica uno acaba
acostumbrándose.
Un descanso prolongado y un desayuno abundante nos fortalecieron
lo suficiente para reiniciar el viaje. Cerca de las ocho de la
mañana llegamos a un pueblo grande llamado Ciénaga.
El tramo recorrido era levemente superior a los ciento sesenta
kilómetros y a pesar de forzar la cabalgadura en los espacios que
se podía, nos demoramos bastante. Todo esto da una idea de lo malos
y difíciles de los caminos.
En Ciénaga o, mejor dicho, en el pequeño centro pesquero de
Pueblo Viejo, situado a cinco kilómetros de allí, donde termina el
camino, el viaje debe ser reiniciado por vía fluvial hasta la
ciudad de Barranquilla, ubicada a uno de los lados del río
Magdalena.
El embarque quedó dispuesto para la tarde, por lo cual nos
aprestamos a utilizar el tiempo que faltaba del mejor modo posible;
por ello planeamos tomar un baño en el río y después dormir en
nuestras hamacas que ya habían sido colgadas.
Ambos proyectos fracasaron. El baño, debido a que casi no tenía
agua el riachuelo que se pensaba usar, y el plan del sueño
reparador, por la enorme cantidad de mosquitos.
Nos vimos obligados a soportar este pueblo y sus inconvenientes
hasta las tres de la tarde. A esa hora el señor Hamburger, que nos
acompañó, regresó a Santa Marta y yo tomé una pequeña embarcación
de veinte pies de largo y tres y medio de ancho, que fabrican de un
árbol completo, pero que no es tan pulido como el de las canoas y
piraguas que recorren el río Magdalena.
Como protección provisional contra el sol tenía una alfombra
levantada por algunos palos, bajo la cual era posible recostarse o
sentarse, pero no permitía estar de pie o moverse.
La embarcación se empujaba hacia adelante en el agua con largas
varas maniobradas con gran maestría por dos negros situados en la
proa, y marcando el compás iba el patrón sentado en la popa, con
una especie de remo muy similar a los usados por los timoneles de
la época de griegos y romanos.
La ruta que seguíamos nos conducía por entre un archipiélago que
une al río Magdalena con el mar, denominado Las Cuatro
Bocas.
Primero se llegaba a un lugar llamado la Ciénaga de Santa Marta,
que habitualmente cruzaban barcos de vela; era grande y por sus
aguas estrechas y sucias recibía el apelativo de Caño Sucio. El
archipiélago en su conjunto y el Caño Sucio, en especial, eran
famosos por sus mosquitos.
Estaba feliz con la lluvia y viento, que duraron toda la noche;
con gusto me mojé, pasé frío y todo lo demás, pero así me salvaba
de sentir, escuchar y ver a esos atormentadores insectos. Avanzando
avistamos la Ciénaga Redonda, verdadero círculo que se unía al
Magdalena por un canal menor que era el Clarino.
Cerca del amanecer llegamos a este río majestuoso, con sus diez
kilómetros de ancho, extendido en línea recta de sur a norte, que
lentamente transporta su masa de agua gris-amarilla hacia el mar
ubicado ciento cincuenta kilómetros más abajo; pasa por bajas
playas adornadas con árboles inmensos y plantas impenetrables,
luciendo en sus orillas una exuberante vegetación tropical y
adornado por una cantidad infinita de distintas y coloreadas
flores.
El caudal es parejo, con poca pendiente y parece más que nada un
lago, donde se pueden observar los equilibrados movimientos
causados por las ramas de los árboles que caen a la playa o la
constante velocidad de los troncos secos flotando en medio del río.
Sobre las aguas un perpetuo grupo de avecillas juegan a los
marineros y con sus inquietos movimientos dan a conocer su
extrañeza por esta manera de transportarse por el río y sus
orillas.
Tuvimos que hacer uso de los pequeños y anchos remos parecidos a
los timones para remar hasta la ciudad de Barranquilla, a la que
llegamos por un largo canal a las ocho de la
mañana.
Un comerciante inglés allí residente, de nombre Glen, que conocí
en Santa Marta, me invitó a descansar en su casa. Las invitaciones
de este tipo siempre son bien recibidas, máxime si, con la
excepción de Cartagena y Bogotá, no he encontrado en Colombia
hospederías ni hosterías, por lo cual necesariamente siempre se
viaja con cartas de recomendación de un punto a otro. Muchas veces
sobran, pues la hospitalidad de la nación permite al viajero
acomodarse en la primera casa que encuentra.
Sinceramente creo que por el clima imperante, la hospitalidad
que se brinda no reviste mayor sacrificio ni solidaridad, como
ocurriría en nuestro país.
No tienen la necesidad, ante la llegada de una visita o la
petición de algún forastero, de asear la cámara azul ni la
amarilla, cambiar sábanas, ropas de cama o preocuparse con qué
atender a la hora de la cena, debido a que el viajero lleva consigo
todo lo indispensable para sus necesidades.
Lo imprescindible para la atención son dos puntos fijos, con el
correspondiente espacio entre ellos, en alguna habitación, para
colgar la hamaca; al tiempo que su peón busca un lugar en la cocina
para preparar el chocolate, los huevos y demás.
El descanso fue largo, lo que se acrecentó con el placer de que
Barranquilla es uno de los pocos lugares a orillas del Magdalena
que no sufren las consecuencias y molestias de los mosquitos y el
exagerado calor (ambos en calidad de tormentos nacionales); por el
contrario, tanto este como aquellos se encontraban dispersados por
la brisa del mar que todo lo temperaba, a niveles tales que apenas
era perceptible hasta Mompós.
El viaje a Cartagena, desde este sitio, se hace por tierra; la
distancia se calcula en cerca de doscientos kilómetros (cuarenta
leguas españolas; veinte suecas o ciento veinte millas
inglesas).
Hacia el sur el camino está sembrado de bosques y es muy parejo,
pero avanzando hacia el oeste, lo recoge el nivel más bajo de la
Cordillera, formando la playa oeste del río Cauca, que nace en el
centro de los Andes y acaba junto a las montañas del lado de
Turbaco, un poco cerca de Cartagena.
Gracias a la colaboración de mi anfitrión, los caballos estaban
solicitados y dispuestos por la tarde a fin de trasladarnos a
Cartagena. El viaje se reanudó a las seis y la pequeña caravana
continuó su marcha, bañada por la luz de la luna que en todas
direcciones se reflejaba en el quieto Magdalena. De vez en cuando
encontrábamos alguna rosa que mezclada en el bosque salvaje
representaba aislado islote de belleza pura en el inmenso océano
que la rodeaba.
Atravesando un pequeño poblado, Soledad, nos detuvimos en uno
denominado Malambo, a noventa kilómetros de Barranquilla, lugar en
que pernoctamos.
A la madrugada del día siguiente reanudamos la marcha de otros
ochenta kilómetros, hasta un caserío llamado Pueblo Nuevo, donde
nos detuvimos hasta que el calor aminoró su intensidad. A esas
horas de la tarde estábamos en el camino nuevamente. El sendero
ascendía y bajaba, permitiéndonos contempiar un bosque abundante en
el que se veía un ganado grande y hermoso; esta perspectiva era muy
casual, ya que normalmente en estos parajes no se ven más que
lianas, arbustos y plantas parásitas, que ocupan todo el espacio
entre los árboles y forman una capa impermeable para el sol, que no
logra atravesar la húmeda tierra, cubierta de hojas
descompuestas.
Los árboles, por lo general, en estos bosques son de un tamaño
poco común, sobresaliendo la corpulencia del Cedro Imperial que,
con su alto y grueso tronco, sirve para la construcción de canoas y
embarcaciones grandes, las que se verán favorecidas según el
espesor del árbol elegido. Su mayor anchura está en el medio de la
corona, de las ramas y la raíz, de donde salen dos gruesos puntales
que suben muy alto por el tronco, en el que desaparecen, sirviendo,
además, como un tercer pie de apoyo al gigantesco
árbol.
Le sigue en tamaño la frondosa Ceiba, cuya inmensa y espesa
corona de hojas otorga una excelente sombra. El resto de su aspecto
no es muy diferente del de los castaños.
Otras especies que se encuentran son: la Acacia, con sus vainas
largas como de guisantes colgando graciosamente; el Mahagua, cuyo
fruto contiene una materia semejante al algodón con la que los
nativos rellenan sus almohadas. En cantidades mayores están el Palo
del Brasil, que es un buen producto para la exportación; gran
cantidad de Palmeras, con su enorme tronco al descubierto y sus
elásticas y estilizadas ramas que una vez secas y colocadas unas
sobre otras forman segura protección contra el sol y la lluvia en
casas y barcos. Es posible distinguir las delgadas y angostas
plantas de Caña Brava, que distribuyen sus ramas a ambos costados o
hacia un solo plano, resultando tan hermosamente contradictorias su
altura extraordinaria y la grácil finura de su tallo recto hacia el
cielo, cual cuerda de seda que coquetamente se cimbra por la acción
del viento.
Tres especies que los indígenas denominaban Hobo, Cotorro y
Guacamayo también llamaron mi atención.
El Hobo resultaba pintoresco y extraño. Desde su cima
delgadísima colgaban cantidades de nidos de pájaros que parecían
tejidos a “crochet” y se unían a las ramas a través de
una cadena de seis pies de extensión formada por las finas raíces.
Ahí las Oropéndolas se protegen de monos, lagartos y de todos sus
enemigos.
El Cotorro se caracteriza por los diversos tipos de papagayos
que habitan y penden de sus ramas y follaje. Estos se encontraban
en enormes cantidades, formando hermosos contrastes con su variado
colorido, pero merecen mención aparte dos de estos representantes
que se disputan el lugar de honor en cuanto a la
hermosura.
Son ellos el Guacamayo Bermejo, especie grande y colorada, y el
Guacamayo Azuliamarillo, tan grande como el anterior. Estos son los
auténticos amos del colorido y el tamaño; son verdaderamente
bellos.
El arco de colores no termina allí. Se ve al Loro Colorado,
mezclado con los pequeños Cotorras de un verde claro, muy comunes
entre sus demás semejantes. Entre una nube de otros papagayos y
aves cabe mencionar al Turpial, de tonos negro-amarillo, y el
rojinegro Colorín, además del pequeño y simpático Colibrí que con
todos sus colores brillantes lleva su vuelo a todas
partes.
La enorme gama de aves, colores y formas demuestra porqué
América Latina ocupa las hojas más brillantes en el álbum de la
ornitología. Pero su encanto no lo llenan solamente los pájaros. La
naturaleza ha sido pródiga con esta tierra y la inmensa cantidad de
mariposas que deambula de lado a lado nos ayuda a
confirmarlo.
Entre todas estas sobresale la Mariposa Celeste, tan grande que
sus alas extendidas pueden cubrir un plato.
Es increíble la cantidad de mariposas, insectos y aves que se
encuentran en estos lugares. ¡Qué campo para la excursión de un
coleccionista!
La vista se recreaba contemplando las variedades de serpientes.
Pese a la distancia, pude observar las de pieles grises-oscuras
como las Cascabeles, aunque debido a los pasos del caballo no logré
escuchar su cascabeleo; en otra ocasión encontré una Coral
extremadamente hermosa. Tenía su piel lisa y brillante y si bien no
hacía competencia al traje de un arlequín, estaba llena de cuadros
rojos, amarillos y negros; su longitud, medida a ojo, mientras se
arrastraba, era igual al tamaño de un hombre, y su espesor el de la
muñeca de la mano. Al seguir avanzando me encontré con una de ellas
muerta.
El camino del bosque empezaba a abrirse, y hacia la tarde, ya
bien entrada la noche, llegamos al pueblo de Sabana Larga, donde
nos hospedamos en una de las mejores casas. El anfitrión era uno de
los indígenas más ricos. El quería a toda costa que “el
blanco” (yo) se acostara en una cama, especie de ancho banco,
consistente en una gruesa rama de árbol colocada en unas patas
bajas sobre la cual había una piel seca estirada. Situada en un
rincón, con sus ropas albas, era fácil entender que habitualmente
servía como alcoba a los criollos e indígenas prósperos y
acomodados.
Personalmente prefería mi hamaca, que colgué en un cobertizo
cubierto con hojas de palma, montado sobre cuatro pilares. Este es
el mejor sitio para dormir y descansar. Ninguna pared impide el
paso del aire fresco y el techo protege de las lluvias y del rocío
que cae durante la noche.
Este tipo de cobertizo se encuentra en la mayoría de las
viviendas indígenas y para mí resultaba el dormitorio ideal, pues
no se sufría el ataque de los mosquitos, ni había que temer a
escorpiones ni ciempiés, que son favorecidos por los escondites que
les brindan las estrechas casas.
Al día siguiente era domingo y a eso de las tres de la madrugada
montamos y seguimos nuestro camino nuevamente, un tanto cuesta
arriba. La cima la alcanzamos cerca de las siete de la mañana.
Desde esta altura tuvimos una vista maravillosa.
A la derecha se divisaba una pampa extensa que incluía una
enorme plantación perteneciente al General Montilla, sobre la cual
reposaron gustosos nuestros ojos, ya acostumbrados a los
bosques.
Nuestra dirección nos llevaba a un pueblo grande, de nombre
Aguada, que se lo debía a un extenso pantano existente en sus
cercanías, el que recorrimos absolutamente cubiertos por los
espigados cañaverales. El calor era insoportable; de pronto parecía
que todos los rayos solares se hubieran concentrado en la angosta
senda y que ni la más mínima variación de clima lograría cambiarlo.
Una multitud de pájaros hacían una desagradable y monótona
algarabía que martirizaba el oído. Todos sus sonidos parecían
dirigidos a hacer una irónica pregunta: “¿ Qué han venido a
hacer ustedes a un lugar tan caliente y húmedo?”. Cuando lo
pensamos mejor nos produjo alegría no haber tenido que recorrer
esta ruta en la tarde, pues entonces allí sí nos habrían comido los
mosquitos. Atravesando el pantano nos allegamos a la protección de
un bosque, en el que descansamos dos horas.
A la tarde fuimos sorprendidos por lo que habíamos temido
durante el trayecto: una lluvia torrencial. Como siempre,
acompañada de truenos y relámpagos que con su intensidad amenazaba
despeñarnos.
Los dos indígenas que me acompañaban se desnudaron y después de
guardar sus ropas bajo la montura cabalgaron, siendo su alto y
ancho sombrero de paja lo único que les cubría y que cual paraguas
les protegía escasamente la cabeza de las enormes cantidades de
agua que caían.
No consideré bueno su ejemplo, por lo que decidí envolverme en
una capa corta de cuero que con un paraguas y un sombrero de raíces
de anchas alas hicieron todo lo posible por resistir la lluvia. A
los pocos instantes comprobé la insuficiencia de mis defensas, pues
cuando el diluvio acabó los acompañantes se colocaron sus ropas
secas; en cambio, las mías estaban totalmente mojadas, por lo que
tuve que mudarlas.
Ahora el camino estaba mojado y muy resbaladizo, haciendo mucho
más difícil el avanzar; ascendíamos constantemente en la cordillera
que, como la mayor parte de las montañas colombianas, está cubierta
de greda roja, lo cual aumenta su peligrosidad con las lluvias. Por
todo esto el guía no sabía qué decisión tomar: si devolvernos y
seguir otra senda al día siguiente, o proseguir y tratar de
atravesar antes de la noche. La resolución que tomamos fue
continuar el camino emprendido, por difícil que
fuera.
Con muchas dificultades y tiempo perdido, debido al constante
apearse de las cabalgaduras para empujarlas y ayudarlas a afirmarse
en el camino, al fin logramos alcanzar la cumbre. Pero ahora
comenzaba lo peor. Los caballos, rendidos tras la larga y escarpada
subida, sintieron pavor de emprender el descenso por las
pendientes, sobre barro mojado y resbaloso, donde debían afirmar
sus patas. Intentamos, sin éxito, convencerlos a descender
empujándolos por atrás. Fue inútil. No lograban afirmarse, se
resbalaban corriendo el riesgo de despeñarse. Intentamos montarlos,
pero el primer caballo sintió miedo y al instante se devolvió al
lado de sus compañeros que se solidarizaron con él. No sabíamos
cómo dominar la situación. Por coincidencia feliz un negro venía
por el mismo camino con su pequeño y arrogante burro, el que, pese
a resbalarse, bajaba sin miedo. Nuestras bestias debieron sentir
vergüenza o demasiada “educación”, ya que fueron lo
suficientemente osadas para seguir al burro.
Cansados y sucios hasta la cabeza, muy avanzada la noche,
entramos al bello pueblo de Villa Nueva, ubicado en las faldas de
la cordillera, donde un río claro y una cómoda hamaca muy pronto
ahuyentaron la fatiga y los pensamientos de
suciedad.
Pasadas las seis de la mañana abandonamos el poblado; el
descanso se había prolongado más que de costumbre debido a la dura
jornada anterior. Nos aprestábamos a emprender el último día de
viaje, que tenía una longitud de doscientos cuarenta kilómetros, el
mismo trecho que el día anterior habíamos recorrido. A esa
distancia nos quedaba Cartagena. La jornada sería dura, los caminos
estaban en estado intransitable, máxime que nuestro recorrido era
por entre bosques y pantanos espesos; a decir verdad, no solo eran
malos, en realidad no eran caminos.
Acá no se encuentran otras vías de comunicación entre los
poblados; por eso nuestra costumbre o el concepto que tenemos de
los caminos es asociarlos a la idea de que a través de ellos las
gentes en un país se movilizan de un lugar a otro, solas o con sus
animales. Pero aquí no podemos llamarlos así. La facilidad de
trasladarse es igual a la que pudiera ofrecernos cualquier línea
recta trazada en la tierra para unir dos puntos tan deshabitados
como el nuestro.
Nuestros bosques, montañas, ríos, etc., en estado natural, no
molestarían tanto al viandante como los caminos de Colombia en
tiempos de lluvia. Nuestras expectativas se habían reducido a
llegar o no llegar y esto definiría al camino como bueno o
malo.
Nos adentramos en un bosque con sus lianas, pantanos, ramas,
suciedad y aguas, tomándonos de las manos para impedir en lo
posible la caída. Es complicado describir lo triste y aburrida de
una ruta así. No significa que sea monótona; por el contrario, el
explorador debe llevar la atención y los sentidos puestos en la
cantidad indefinida de obstáculos que le rodean.
El caballo comúnmente se hunde a tal grado que el jinete puede
ayudar con sus pies a hacer menos difícil la tarea. Siempre que el
terreno no sea tan blando para el hombre como para la bestia, ambos
nadan en la suciedad.
Es normal hacer una leve inspección tratando de ubicar la senda
más dura y firme, pero se acaba golpeando el agua y haciendo
remolinos, hasta que se encuentra alguna piedra o tronco sumergido,
sobre el cual se tropieza. Entonces la labor del jinete es
descubrir la presencia de obstáculos similares, pero no debe
descuidarse, ya que una rama saliente puede arrebatarle el sombrero
de la cabeza y bajarse a buscarlo es tan difícil como
desagradable.
Las molestias no acaban allí. También llegan desde los lados. Es
complicado tratar de apartar los troncos con las rodillas, por lo
que el caballo debe bordearlos, pero así se corre el riesgo de
apartarse de la ruta y de los compañeros. Para encontrarse es común
gritarse y para ayudar al animal constantemente se escucha:
“¡Ah, caballo!”; “¡arriba, carajo!”; así uno
sabe dónde está el otro, pero volver a reunirse no es cosa
fácil.
Tras encontrar un paso donde meterse se cae en uno entre dos
árboles, tejido por las ramas y las lianas, y entonces se hace
necesario para abrir brecha cortar con un sable corto y ancho
llamado machete, que en las manos de los indios cumple el papel de
cuchillo, hacha y arma de defensa.
Atravesando el paraje, se encuentra a un compañero ocupado en
ayudar al caballo, que lleva el equipaje, el cual se ha caído al
suelo, de espaldas, jadeando; ya se le han descargado las maletas.
Al fin se logra colocarlo sobre sus patas y continúa el viaje.
Hasta aquí ya se han destruido las ropas y, tal vez, algo de la
piel.
El camino que seguía era un poco mejor pero un árbol acababa de
caer y lo bloqueaba. Era demasiado alto para saltarlo y había
quedado muy a ras del piso para pasarlo por debajo; un compañero
hizo el ademán de hacer pasar su caballo arrastrándose, pero se
trataba de una simple payasada. La única solución era buscar un
nuevo camino.
Al detenerse a pensar se llega a la conclusión de que ese tronco
nunca será apartado del sendero y tan solo dejará de estorbar
cuando las mandíbulas del tiempo lo trituren. De ahí que el camino
por seguir es el que ahora estamos despejando. Estos rodeos, estos
dilatados serpenteos hacen el viaje mucho más largo, y por ello es
que las distancias no se miden en kilómetros sino en días de
viaje.
En seguida llegamos a un sendero lleno de profundos huecos por
el incesante pisoteo a que había sido sometido; ahora llenos de
agua parecían fosos de una fortaleza y no rutas para seguir; eran
más adecuados para estorbar el tránsito que para permitirlo. El
viaje continuaba pese a todo. Así llegamos a una ancha corriente,
que seguimos con la ilusión de encontrar un puente que la cruzara.
Obviamente nos engañamos, porque cuando menos lo imaginábamos el
camino nos llevó dentro de ella, como desafiando: “Si quieres
pasar, métete”. Era tan profunda que el agua entraba en las
maletas colgadas en los lomos de los animales, pero al menos tuvo
la ventaja de limpiarnos de toda la inmunda suciedad que habíamos
adquirido en la travesía.
Antes de la cena llegamos al pueblito de Santa Rosa, donde nos
protegimos del fuerte sol. Tras una pequeña pausa continuamos por
el —ahora— verdadero camino, el que nosotros construimos.
La cercanía a Cartagena ayudaba a que, de vez en cuando, nos
encontráramos con algún viajero. Cuando así ocurría, nos saludaba
incluyendo una información: “Camino muy difícil”; lo
contrario ocurría cuando sobrepasábamos a alguien; solamente
escuchábamos decir maldiciones y los bastonazos que caían sobre los
cargados burros, acusados de perder todo el contenido de su carga
en los lugares más profundos y disímiles.
Aparte de lo mencionado nada lograba distraer la mente. Frente a
nosotros se alzaba un bosque espeso que no permitía distinguir
nada. Infructuosamente la vista buscaba algo en qué reposar,
diferente y alegre. Si era posible divisar un ave sobre nuestras
cabezas, el encanto duraba un momento muy corto pues casi al
instante desaparecía detrás de los inmensos árboles, dejándonos,
con la misma rapidez de su vuelo, una sensación de
insatisfacción.
Treinta kilómetros antes de llegar a Cartagena el sendero
ascendía un tanto, mezclándose con arena, es decir, era un terreno
más seco. Paulatinamente aparecía obras complementarias y se
tornaba más transitable y ancho, por lo cual era notorio que
estábamos llegando a una ciudad grande e
importante.
Al abrirse el bosque la vista pudo explayarse ilimitadamente. La
Popa, erguida, se observaba en el horizonte, tras el cual el solo
empezaba su habitual retirada, no sin antes lanzar sus rayos
agónicos a San Lázaro, a las iglesias y a las
murallas.
El camino doblaba y seguía la playa, enmarcando una especie de
lago aprovechando uno de los brazos del mar que hasta allá
penetraba, donde los mosquitos saludaban, dando una bienvenida
parecida a la de un comité de recepción.
Después de atravesar pequeños poblados y casas campesinas
llegamos al camino que conduce a la ciudad. Mucha gente se
encontraba de paseo en este lugar, lo que demostraba las
diferencias con nuestro viaje. Estábamos felices de haber concluido
la odisea; nos trasladamos hacia la hostería, dejamos los caballos,
nos dimos un baño y nos dispusimos a meditar acerca del viaje, tan
dificultoso como agotador.
Al considerar que este recorrido por tierra duró seis días y que
el mismo trayecto por mar hubiese sido de uno solo; que las
dificultades, complicaciones y fatiga no son ni siquiera
sospechadas a bordo de un barco; que solamente los mosquitos al
viajar por tierra bastarían como argumento a un marinero, se llega
a la conclusión sensata, parafraseando con inteligencia la cita que
daba al comienzo de este capítulo: “No viajes por tierra
cuando puedas hacerlo por mar”.