INDICE





INTRODUCCIÓN

VIAJE POR COLOMBIA

PRIMERA PARTE
Capítulo I - El embarque
Capítulo II - Cartagena
Capítulo III - Santa Marta
Capítulo IV - Viaje de Santa Marta a Cartagena
Capítulo V - Cartagena
Capítulo VI - Viaje de Cartagena a Mompós
Capítulo VII - Mompós
Capítulo VIII - Viaje por el Magdalena
Capítulo IX - Viaje por el alto Magdalena
Capítulo X - Viaje por el alto Magdalena y el río Nare

SEGUNDA PARTE
Capítulo XI - Viaje por los Andes
Capítulo XII - Viaje a través de la provincia de Antioquia
Capítulo XIII - Medellín
Capítulo XIV - Viaje desde Medellín a Bogotá
Capítulo XV - Bogotá
Capítulo XVI - Colombia antes de su emancipación
Capítulo XVII - La República de Colombia
Capítulo XVIII - Los habitantes y la población de Colombia
Capítulo XIX - Visitando el Salto de Tequendama
Capítulo XX - Viaje de vuelta a la costa
CAPITULO IV  |

 

|VIAJE DE SANTA MARTA A CARTAGENA
 

 

Cansado de esperar una posibilidad para viajar a Cartagena por barco, hube de someterme a hacerlo por tierra. 

El recorrido terrestre tiene diferencias con el marítimo en cuanto a tiempo, precio y dificultades, las cuales son de tal envergadura que muchas veces es preferible esperar semanas y semanas la llegada de un barco antes que hacer el recorrido por tierra. Esta posición personal hace que la casi envejecida máxima de “No viajes por mar, tan pronto puedas hazlo por tierra”, para el caso no sea cierta. 

Este viaje era, en todo sentido, diferente de los nuestros y aunque muy corto, nos otorgaba una idea global del modo de viajar en las provincias bajas de Colombia, y por ello me detendré un tanto para describir tal experiencia. 

El 1° de agosto todo estaba dispuesto para la partida, la que debió ser aplazada debido a una fuerte lluvia que retrasó nuestras intenciones. El viaje no se realiza en carruaje ni en los carros del correo, por lo que uno se liberaba del pago, que podía significar una larga espera o la pérdida del pasaje por incumplimiento. 

Mucho más práctico resulta solicitar los caballos unos días antes. Estos se pueden encargar para todo el trayecto o hasta alguna de las estaciones que sirven como paraderos. 

Normalmente el viaje se hace sin sirviente, pero como se aspira a no tener que prepararse uno mismo su comida, hay que tener esa necesaria compañía; lo cual implica que deban alquilarse tres cabalgaduras. 

En la primera viaja el guía, generalmente un campesino, que es quien lleva el ritmo del viaje. En ocasiones se le ve sentado encima de dos pequeños baúles que cuelgan a cada costado de las ancas del animal y que contienen el equipaje del viajero. En la segunda viaja el sirviente con sus cosas y los utensilios pertinentes para las labores de la cocina. En el último animal monta el pasajero, el viajero propiamente tal, con su hamaca y una maletita sujeta a la montura. 

Para la larga jornada es imprescindible traer todo lo necesario para el camino, lo que hace aparecer al grupo como una pequeña expedición o caravana; ya que, en la mayoría de las ocasiones solo se cuenta con agua para beber, leña para cocinar y un lugar donde colgar la hamaca. 

Por la lluvia del primer día nos vimos obligados a guarecernos en Gaira, en la casa de un comerciante holandés de apellido Hamburger, por mucho tiempo residente en el lugar. A la una de la madrugada reanudamos la partida por el sendero que iluminaba la bella luz de la luna. 

La caravana, al principio, debió atravesar por un bosque alto y de espeso follaje, tejido con lianas, por entre las cuales la luna se atrevía a mostrar el sendero y evitarnos que las piedras, ramas secas y troncos caídos pusieran en peligro nuestro físico. 

Más tarde cruzamos por una extensa sabana de arena que se prolongaba hasta el mar, donde nos vimos obligados a zigzaguear para cruzar entre rocas y piedras. El sendero era peligroso; por un lado tenía las montañas altas y por el otro el mar Caribe que frecuentemente lanzaba su espuma sobre hombres y cabalgaduras, como enojado por lo que debería considerar una profanación del camino que él deseaba fuese solamente para uso exclusivo de peces y gaviotas. 

En este sitio se encontraba un viejo puesto de atrincheramiento que durante la guerra constituyó un lugar importante, pues cortaba el camino desde y hacia Santa Marta. 

Observar alguna casa o síntoma de vida y habitantes resulta imposible. Por el lado derecho se tiene el mar, por el izquierdo bosques impenetrables, y hacia la altura un techo de montañas nevadas donde habitan tribus de indios salvajes y bravíos, llamados Guajiros, independientes tanto de la república como de los españoles. 

Los guajiros no permiten a ningún extraño pasar por sus tierras. Cuando así sucede, reciben a los intrusos con flechas envenenadas. Muy raras veces bajan a Santa Marta por sus asuntos comerciales pues prefieren comprar en los barcos que Jamaica hace anclar en la costa, entre Santa Marta y Riohacha; intercambian cueros, maderas de color y animales, mezcla de burros con mulas, recibiendo en cambio ron, aguardiente, telas y juguetes. La situación no le agrada al gobierno colombiano, pero no puede impedir el comercio directo de extranjeros con este verdadero “estado dentro del estado”. 

En una ocasión vi a dos de estos salvajes en Santa Marta; tenían un gran parecido a los indígenas civilizados y sus mismas características, aunque algo más marcadas. La boca y la nariz un tanto más anchas y planas, el cuerpo muy bien formado y robusto, sobre el cual reinaban cierta timidez y bravura. 

Ahora nuevamente el camino se enlazaba entre la montaña y el bosque. Se veía cortado por una corriente de poca importancia, pero a medida que avanzábamos se hacía más poderosa. En ambos tramos no existía puente, por lo que resultaba bastante peligroso el cruce, más aún teniendo en cuenta que el sendero se encontraba inundado y el río aumentado en su caudal por las recientes lluvias, lo cual hacía que las aguas llegaran hasta la montura. La fuerte corriente causaba enormes tropiezos al paso del caballo, que no podía, con facilidad ni normalidad, mantener el equilibrio ni avanzar. 

Cuando no se ha realizado anteriormente este viaje y, por lo tanto, no se está acostumbrado a todas estas peripecias, se piensa que son extrañas, alocadas, pero con la práctica uno acaba acostumbrándose. 

Un descanso prolongado y un desayuno abundante nos fortalecieron lo suficiente para reiniciar el viaje. Cerca de las ocho de la mañana llegamos a un pueblo grande llamado Ciénaga. 

El tramo recorrido era levemente superior a los ciento sesenta kilómetros y a pesar de forzar la cabalgadura en los espacios que se podía, nos demoramos bastante. Todo esto da una idea de lo malos y difíciles de los caminos. 

En Ciénaga o, mejor dicho, en el pequeño centro pesquero de Pueblo Viejo, situado a cinco kilómetros de allí, donde termina el camino, el viaje debe ser reiniciado por vía fluvial hasta la ciudad de Barranquilla, ubicada a uno de los lados del río Magdalena. 

El embarque quedó dispuesto para la tarde, por lo cual nos aprestamos a utilizar el tiempo que faltaba del mejor modo posible; por ello planeamos tomar un baño en el río y después dormir en nuestras hamacas que ya habían sido colgadas. 

Ambos proyectos fracasaron. El baño, debido a que casi no tenía agua el riachuelo que se pensaba usar, y el plan del sueño reparador, por la enorme cantidad de mosquitos. 

Nos vimos obligados a soportar este pueblo y sus inconvenientes hasta las tres de la tarde. A esa hora el señor Hamburger, que nos acompañó, regresó a Santa Marta y yo tomé una pequeña embarcación de veinte pies de largo y tres y medio de ancho, que fabrican de un árbol completo, pero que no es tan pulido como el de las canoas y piraguas que recorren el río Magdalena. 

Como protección provisional contra el sol tenía una alfombra levantada por algunos palos, bajo la cual era posible recostarse o sentarse, pero no permitía estar de pie o moverse. 

La embarcación se empujaba hacia adelante en el agua con largas varas maniobradas con gran maestría por dos negros situados en la proa, y marcando el compás iba el patrón sentado en la popa, con una especie de remo muy similar a los usados por los timoneles de la época de griegos y romanos. 

La ruta que seguíamos nos conducía por entre un archipiélago que une al río Magdalena con el mar, denominado Las Cuatro Bocas. 

Primero se llegaba a un lugar llamado la Ciénaga de Santa Marta, que habitualmente cruzaban barcos de vela; era grande y por sus aguas estrechas y sucias recibía el apelativo de Caño Sucio. El archipiélago en su conjunto y el Caño Sucio, en especial, eran famosos por sus mosquitos. 

Estaba feliz con la lluvia y viento, que duraron toda la noche; con gusto me mojé, pasé frío y todo lo demás, pero así me salvaba de sentir, escuchar y ver a esos atormentadores insectos. Avanzando avistamos la Ciénaga Redonda, verdadero círculo que se unía al Magdalena por un canal menor que era el Clarino. 

Cerca del amanecer llegamos a este río majestuoso, con sus diez kilómetros de ancho, extendido en línea recta de sur a norte, que lentamente transporta su masa de agua gris-amarilla hacia el mar ubicado ciento cincuenta kilómetros más abajo; pasa por bajas playas adornadas con árboles inmensos y plantas impenetrables, luciendo en sus orillas una exuberante vegetación tropical y adornado por una cantidad infinita de distintas y coloreadas flores. 

El caudal es parejo, con poca pendiente y parece más que nada un lago, donde se pueden observar los equilibrados movimientos causados por las ramas de los árboles que caen a la playa o la constante velocidad de los troncos secos flotando en medio del río. Sobre las aguas un perpetuo grupo de avecillas juegan a los marineros y con sus inquietos movimientos dan a conocer su extrañeza por esta manera de transportarse por el río y sus orillas.

Tuvimos que hacer uso de los pequeños y anchos remos parecidos a los timones para remar hasta la ciudad de Barranquilla, a la que llegamos por un largo canal a las ocho de la mañana. 

Un comerciante inglés allí residente, de nombre Glen, que conocí en Santa Marta, me invitó a descansar en su casa. Las invitaciones de este tipo siempre son bien recibidas, máxime si, con la excepción de Cartagena y Bogotá, no he encontrado en Colombia hospederías ni hosterías, por lo cual necesariamente siempre se viaja con cartas de recomendación de un punto a otro. Muchas veces sobran, pues la hospitalidad de la nación permite al viajero acomodarse en la primera casa que encuentra. 

Sinceramente creo que por el clima imperante, la hospitalidad que se brinda no reviste mayor sacrificio ni solidaridad, como ocurriría en nuestro país. 

No tienen la necesidad, ante la llegada de una visita o la petición de algún forastero, de asear la cámara azul ni la amarilla, cambiar sábanas, ropas de cama o preocuparse con qué atender a la hora de la cena, debido a que el viajero lleva consigo todo lo indispensable para sus necesidades. 

Lo imprescindible para la atención son dos puntos fijos, con el correspondiente espacio entre ellos, en alguna habitación, para colgar la hamaca; al tiempo que su peón busca un lugar en la cocina para preparar el chocolate, los huevos y demás. 

El descanso fue largo, lo que se acrecentó con el placer de que Barranquilla es uno de los pocos lugares a orillas del Magdalena que no sufren las consecuencias y molestias de los mosquitos y el exagerado calor (ambos en calidad de tormentos nacionales); por el contrario, tanto este como aquellos se encontraban dispersados por la brisa del mar que todo lo temperaba, a niveles tales que apenas era perceptible hasta Mompós. 

El viaje a Cartagena, desde este sitio, se hace por tierra; la distancia se calcula en cerca de doscientos kilómetros (cuarenta leguas españolas; veinte suecas o ciento veinte millas inglesas). 

Hacia el sur el camino está sembrado de bosques y es muy parejo, pero avanzando hacia el oeste, lo recoge el nivel más bajo de la Cordillera, formando la playa oeste del río Cauca, que nace en el centro de los Andes y acaba junto a las montañas del lado de Turbaco, un poco cerca de Cartagena. 

Gracias a la colaboración de mi anfitrión, los caballos estaban solicitados y dispuestos por la tarde a fin de trasladarnos a Cartagena. El viaje se reanudó a las seis y la pequeña caravana continuó su marcha, bañada por la luz de la luna que en todas direcciones se reflejaba en el quieto Magdalena. De vez en cuando encontrábamos alguna rosa que mezclada en el bosque salvaje representaba aislado islote de belleza pura en el inmenso océano que la rodeaba. 

Atravesando un pequeño poblado, Soledad, nos detuvimos en uno denominado Malambo, a noventa kilómetros de Barranquilla, lugar en que pernoctamos. 

A la madrugada del día siguiente reanudamos la marcha de otros ochenta kilómetros, hasta un caserío llamado Pueblo Nuevo, donde nos detuvimos hasta que el calor aminoró su intensidad. A esas horas de la tarde estábamos en el camino nuevamente. El sendero ascendía y bajaba, permitiéndonos contempiar un bosque abundante en el que se veía un ganado grande y hermoso; esta perspectiva era muy casual, ya que normalmente en estos parajes no se ven más que lianas, arbustos y plantas parásitas, que ocupan todo el espacio entre los árboles y forman una capa impermeable para el sol, que no logra atravesar la húmeda tierra, cubierta de hojas descompuestas. 

Los árboles, por lo general, en estos bosques son de un tamaño poco común, sobresaliendo la corpulencia del Cedro Imperial que, con su alto y grueso tronco, sirve para la construcción de canoas y embarcaciones grandes, las que se verán favorecidas según el espesor del árbol elegido. Su mayor anchura está en el medio de la corona, de las ramas y la raíz, de donde salen dos gruesos puntales que suben muy alto por el tronco, en el que desaparecen, sirviendo, además, como un tercer pie de apoyo al gigantesco árbol. 

Le sigue en tamaño la frondosa Ceiba, cuya inmensa y espesa corona de hojas otorga una excelente sombra. El resto de su aspecto no es muy diferente del de los castaños.

Otras especies que se encuentran son: la Acacia, con sus vainas largas como de guisantes colgando graciosamente; el Mahagua, cuyo fruto contiene una materia semejante al algodón con la que los nativos rellenan sus almohadas. En cantidades mayores están el Palo del Brasil, que es un buen producto para la exportación; gran cantidad de Palmeras, con su enorme tronco al descubierto y sus elásticas y estilizadas ramas que una vez secas y colocadas unas sobre otras forman segura protección contra el sol y la lluvia en casas y barcos. Es posible distinguir las delgadas y angostas plantas de Caña Brava, que distribuyen sus ramas a ambos costados o hacia un solo plano, resultando tan hermosamente contradictorias su altura extraordinaria y la grácil finura de su tallo recto hacia el cielo, cual cuerda de seda que coquetamente se cimbra por la acción del viento. 

Tres especies que los indígenas denominaban Hobo, Cotorro y Guacamayo también llamaron mi atención. 

El Hobo resultaba pintoresco y extraño. Desde su cima delgadísima colgaban cantidades de nidos de pájaros que parecían tejidos a “crochet” y se unían a las ramas a través de una cadena de seis pies de extensión formada por las finas raíces. Ahí las Oropéndolas se protegen de monos, lagartos y de todos sus enemigos. 

El Cotorro se caracteriza por los diversos tipos de papagayos que habitan y penden de sus ramas y follaje. Estos se encontraban en enormes cantidades, formando hermosos contrastes con su variado colorido, pero merecen mención aparte dos de estos representantes que se disputan el lugar de honor en cuanto a la hermosura. 

Son ellos el Guacamayo Bermejo, especie grande y colorada, y el Guacamayo Azuliamarillo, tan grande como el anterior. Estos son los auténticos amos del colorido y el tamaño; son verdaderamente bellos. 

El arco de colores no termina allí. Se ve al Loro Colorado, mezclado con los pequeños Cotorras de un verde claro, muy comunes entre sus demás semejantes. Entre una nube de otros papagayos y aves cabe mencionar al Turpial, de tonos negro-amarillo, y el rojinegro Colorín, además del pequeño y simpático Colibrí que con todos sus colores brillantes lleva su vuelo a todas partes. 

La enorme gama de aves, colores y formas demuestra porqué América Latina ocupa las hojas más brillantes en el álbum de la ornitología. Pero su encanto no lo llenan solamente los pájaros. La naturaleza ha sido pródiga con esta tierra y la inmensa cantidad de mariposas que deambula de lado a lado nos ayuda a confirmarlo. 

Entre todas estas sobresale la Mariposa Celeste, tan grande que sus alas extendidas pueden cubrir un plato. 

Es increíble la cantidad de mariposas, insectos y aves que se encuentran en estos lugares. ¡Qué campo para la excursión de un coleccionista! 

La vista se recreaba contemplando las variedades de serpientes. Pese a la distancia, pude observar las de pieles grises-oscuras como las Cascabeles, aunque debido a los pasos del caballo no logré escuchar su cascabeleo; en otra ocasión encontré una Coral extremadamente hermosa. Tenía su piel lisa y brillante y si bien no hacía competencia al traje de un arlequín, estaba llena de cuadros rojos, amarillos y negros; su longitud, medida a ojo, mientras se arrastraba, era igual al tamaño de un hombre, y su espesor el de la muñeca de la mano. Al seguir avanzando me encontré con una de ellas muerta. 

El camino del bosque empezaba a abrirse, y hacia la tarde, ya bien entrada la noche, llegamos al pueblo de Sabana Larga, donde nos hospedamos en una de las mejores casas. El anfitrión era uno de los indígenas más ricos. El quería a toda costa que “el blanco” (yo) se acostara en una cama, especie de ancho banco, consistente en una gruesa rama de árbol colocada en unas patas bajas sobre la cual había una piel seca estirada. Situada en un rincón, con sus ropas albas, era fácil entender que habitualmente servía como alcoba a los criollos e indígenas prósperos y acomodados. 

Personalmente prefería mi hamaca, que colgué en un cobertizo cubierto con hojas de palma, montado sobre cuatro pilares. Este es el mejor sitio para dormir y descansar. Ninguna pared impide el paso del aire fresco y el techo protege de las lluvias y del rocío que cae durante la noche. 

Este tipo de cobertizo se encuentra en la mayoría de las viviendas indígenas y para mí resultaba el dormitorio ideal, pues no se sufría el ataque de los mosquitos, ni había que temer a escorpiones ni ciempiés, que son favorecidos por los escondites que les brindan las estrechas casas. 

Al día siguiente era domingo y a eso de las tres de la madrugada montamos y seguimos nuestro camino nuevamente, un tanto cuesta arriba. La cima la alcanzamos cerca de las siete de la mañana. Desde esta altura tuvimos una vista maravillosa. 

A la derecha se divisaba una pampa extensa que incluía una enorme plantación perteneciente al General Montilla, sobre la cual reposaron gustosos nuestros ojos, ya acostumbrados a los bosques. 

Nuestra dirección nos llevaba a un pueblo grande, de nombre Aguada, que se lo debía a un extenso pantano existente en sus cercanías, el que recorrimos absolutamente cubiertos por los espigados cañaverales. El calor era insoportable; de pronto parecía que todos los rayos solares se hubieran concentrado en la angosta senda y que ni la más mínima variación de clima lograría cambiarlo. Una multitud de pájaros hacían una desagradable y monótona algarabía que martirizaba el oído. Todos sus sonidos parecían dirigidos a hacer una irónica pregunta: “¿ Qué han venido a hacer ustedes a un lugar tan caliente y húmedo?”. Cuando lo pensamos mejor nos produjo alegría no haber tenido que recorrer esta ruta en la tarde, pues entonces allí sí nos habrían comido los mosquitos. Atravesando el pantano nos allegamos a la protección de un bosque, en el que descansamos dos horas. 

A la tarde fuimos sorprendidos por lo que habíamos temido durante el trayecto: una lluvia torrencial. Como siempre, acompañada de truenos y relámpagos que con su intensidad amenazaba despeñarnos. 

Los dos indígenas que me acompañaban se desnudaron y después de guardar sus ropas bajo la montura cabalgaron, siendo su alto y ancho sombrero de paja lo único que les cubría y que cual paraguas les protegía escasamente la cabeza de las enormes cantidades de agua que caían. 

No consideré bueno su ejemplo, por lo que decidí envolverme en una capa corta de cuero que con un paraguas y un sombrero de raíces de anchas alas hicieron todo lo posible por resistir la lluvia. A los pocos instantes comprobé la insuficiencia de mis defensas, pues cuando el diluvio acabó los acompañantes se colocaron sus ropas secas; en cambio, las mías estaban totalmente mojadas, por lo que tuve que mudarlas. 

Ahora el camino estaba mojado y muy resbaladizo, haciendo mucho más difícil el avanzar; ascendíamos constantemente en la cordillera que, como la mayor parte de las montañas colombianas, está cubierta de greda roja, lo cual aumenta su peligrosidad con las lluvias. Por todo esto el guía no sabía qué decisión tomar: si devolvernos y seguir otra senda al día siguiente, o proseguir y tratar de atravesar antes de la noche. La resolución que tomamos fue continuar el camino emprendido, por difícil que fuera. 

Con muchas dificultades y tiempo perdido, debido al constante apearse de las cabalgaduras para empujarlas y ayudarlas a afirmarse en el camino, al fin logramos alcanzar la cumbre. Pero ahora comenzaba lo peor. Los caballos, rendidos tras la larga y escarpada subida, sintieron pavor de emprender el descenso por las pendientes, sobre barro mojado y resbaloso, donde debían afirmar sus patas. Intentamos, sin éxito, convencerlos a descender empujándolos por atrás. Fue inútil. No lograban afirmarse, se resbalaban corriendo el riesgo de despeñarse. Intentamos montarlos, pero el primer caballo sintió miedo y al instante se devolvió al lado de sus compañeros que se solidarizaron con él. No sabíamos cómo dominar la situación. Por coincidencia feliz un negro venía por el mismo camino con su pequeño y arrogante burro, el que, pese a resbalarse, bajaba sin miedo. Nuestras bestias debieron sentir vergüenza o demasiada “educación”, ya que fueron lo suficientemente osadas para seguir al burro. 

Cansados y sucios hasta la cabeza, muy avanzada la noche, entramos al bello pueblo de Villa Nueva, ubicado en las faldas de la cordillera, donde un río claro y una cómoda hamaca muy pronto ahuyentaron la fatiga y los pensamientos de suciedad. 

Pasadas las seis de la mañana abandonamos el poblado; el descanso se había prolongado más que de costumbre debido a la dura jornada anterior. Nos aprestábamos a emprender el último día de viaje, que tenía una longitud de doscientos cuarenta kilómetros, el mismo trecho que el día anterior habíamos recorrido. A esa distancia nos quedaba Cartagena. La jornada sería dura, los caminos estaban en estado intransitable, máxime que nuestro recorrido era por entre bosques y pantanos espesos; a decir verdad, no solo eran malos, en realidad no eran caminos. 

Acá no se encuentran otras vías de comunicación entre los poblados; por eso nuestra costumbre o el concepto que tenemos de los caminos es asociarlos a la idea de que a través de ellos las gentes en un país se movilizan de un lugar a otro, solas o con sus animales. Pero aquí no podemos llamarlos así. La facilidad de trasladarse es igual a la que pudiera ofrecernos cualquier línea recta trazada en la tierra para unir dos puntos tan deshabitados como el nuestro. 

Nuestros bosques, montañas, ríos, etc., en estado natural, no molestarían tanto al viandante como los caminos de Colombia en tiempos de lluvia. Nuestras expectativas se habían reducido a llegar o no llegar y esto definiría al camino como bueno o malo. 

Nos adentramos en un bosque con sus lianas, pantanos, ramas, suciedad y aguas, tomándonos de las manos para impedir en lo posible la caída. Es complicado describir lo triste y aburrida de una ruta así. No significa que sea monótona; por el contrario, el explorador debe llevar la atención y los sentidos puestos en la cantidad indefinida de obstáculos que le rodean. 

El caballo comúnmente se hunde a tal grado que el jinete puede ayudar con sus pies a hacer menos difícil la tarea. Siempre que el terreno no sea tan blando para el hombre como para la bestia, ambos nadan en la suciedad. 

Es normal hacer una leve inspección tratando de ubicar la senda más dura y firme, pero se acaba golpeando el agua y haciendo remolinos, hasta que se encuentra alguna piedra o tronco sumergido, sobre el cual se tropieza. Entonces la labor del jinete es descubrir la presencia de obstáculos similares, pero no debe descuidarse, ya que una rama saliente puede arrebatarle el sombrero de la cabeza y bajarse a buscarlo es tan difícil como desagradable. 

Las molestias no acaban allí. También llegan desde los lados. Es complicado tratar de apartar los troncos con las rodillas, por lo que el caballo debe bordearlos, pero así se corre el riesgo de apartarse de la ruta y de los compañeros. Para encontrarse es común gritarse y para ayudar al animal constantemente se escucha: “¡Ah, caballo!”; “¡arriba, carajo!”; así uno sabe dónde está el otro, pero volver a reunirse no es cosa fácil. 

Tras encontrar un paso donde meterse se cae en uno entre dos árboles, tejido por las ramas y las lianas, y entonces se hace necesario para abrir brecha cortar con un sable corto y ancho llamado machete, que en las manos de los indios cumple el papel de cuchillo, hacha y arma de defensa. 

Atravesando el paraje, se encuentra a un compañero ocupado en ayudar al caballo, que lleva el equipaje, el cual se ha caído al suelo, de espaldas, jadeando; ya se le han descargado las maletas. Al fin se logra colocarlo sobre sus patas y continúa el viaje. Hasta aquí ya se han destruido las ropas y, tal vez, algo de la piel. 

El camino que seguía era un poco mejor pero un árbol acababa de caer y lo bloqueaba. Era demasiado alto para saltarlo y había quedado muy a ras del piso para pasarlo por debajo; un compañero hizo el ademán de hacer pasar su caballo arrastrándose, pero se trataba de una simple payasada. La única solución era buscar un nuevo camino. 

Al detenerse a pensar se llega a la conclusión de que ese tronco nunca será apartado del sendero y tan solo dejará de estorbar cuando las mandíbulas del tiempo lo trituren. De ahí que el camino por seguir es el que ahora estamos despejando. Estos rodeos, estos dilatados serpenteos hacen el viaje mucho más largo, y por ello es que las distancias no se miden en kilómetros sino en días de viaje. 

En seguida llegamos a un sendero lleno de profundos huecos por el incesante pisoteo a que había sido sometido; ahora llenos de agua parecían fosos de una fortaleza y no rutas para seguir; eran más adecuados para estorbar el tránsito que para permitirlo. El viaje continuaba pese a todo. Así llegamos a una ancha corriente, que seguimos con la ilusión de encontrar un puente que la cruzara. Obviamente nos engañamos, porque cuando menos lo imaginábamos el camino nos llevó dentro de ella, como desafiando: “Si quieres pasar, métete”. Era tan profunda que el agua entraba en las maletas colgadas en los lomos de los animales, pero al menos tuvo la ventaja de limpiarnos de toda la inmunda suciedad que habíamos adquirido en la travesía. 

Antes de la cena llegamos al pueblito de Santa Rosa, donde nos protegimos del fuerte sol. Tras una pequeña pausa continuamos por el —ahora— verdadero camino, el que nosotros construimos. La cercanía a Cartagena ayudaba a que, de vez en cuando, nos encontráramos con algún viajero. Cuando así ocurría, nos saludaba incluyendo una información: “Camino muy difícil”; lo contrario ocurría cuando sobrepasábamos a alguien; solamente escuchábamos decir maldiciones y los bastonazos que caían sobre los cargados burros, acusados de perder todo el contenido de su carga en los lugares más profundos y disímiles. 

Aparte de lo mencionado nada lograba distraer la mente. Frente a nosotros se alzaba un bosque espeso que no permitía distinguir nada. Infructuosamente la vista buscaba algo en qué reposar, diferente y alegre. Si era posible divisar un ave sobre nuestras cabezas, el encanto duraba un momento muy corto pues casi al instante desaparecía detrás de los inmensos árboles, dejándonos, con la misma rapidez de su vuelo, una sensación de insatisfacción. 

Treinta kilómetros antes de llegar a Cartagena el sendero ascendía un tanto, mezclándose con arena, es decir, era un terreno más seco. Paulatinamente aparecía obras complementarias y se tornaba más transitable y ancho, por lo cual era notorio que estábamos llegando a una ciudad grande e importante. 

Al abrirse el bosque la vista pudo explayarse ilimitadamente. La Popa, erguida, se observaba en el horizonte, tras el cual el solo empezaba su habitual retirada, no sin antes lanzar sus rayos agónicos a San Lázaro, a las iglesias y a las murallas. 

El camino doblaba y seguía la playa, enmarcando una especie de lago aprovechando uno de los brazos del mar que hasta allá penetraba, donde los mosquitos saludaban, dando una bienvenida parecida a la de un comité de recepción. 

Después de atravesar pequeños poblados y casas campesinas llegamos al camino que conduce a la ciudad. Mucha gente se encontraba de paseo en este lugar, lo que demostraba las diferencias con nuestro viaje. Estábamos felices de haber concluido la odisea; nos trasladamos hacia la hostería, dejamos los caballos, nos dimos un baño y nos dispusimos a meditar acerca del viaje, tan dificultoso como agotador. 

Al considerar que este recorrido por tierra duró seis días y que el mismo trayecto por mar hubiese sido de uno solo; que las dificultades, complicaciones y fatiga no son ni siquiera sospechadas a bordo de un barco; que solamente los mosquitos al viajar por tierra bastarían como argumento a un marinero, se llega a la conclusión sensata, parafraseando con inteligencia la cita que daba al comienzo de este capítulo: “No viajes por tierra cuando puedas hacerlo por mar”.

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