CAPITULO
III
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|SANTA MARTA
En la madrugada del 14 de mayo, una vez quedado en tierra el
práctico, dejamos a Boca Chica y nos hicimos a la mar, nuestro
destino, siguiendo un poco el mismo camino ya realizado para llegar
acá, Santa Marta, una ciudad ubicada hacia el
noreste.
La distancia es aproximadamente de unas seiscientas veinticinco
millas, las que normalmente se cubren —con buen viento
alisio— en un par de jornadas. En caso contrario, el viaje
resultaba mucho más largo y puede llegar a durar mucho tiempo,
especialmente si se es sorprendido por fuertes
vientos.
El alisio de las Indias Orientales hace muy fácil el trayecto;
pero si este se realiza con el viento en contra, es necesario mucho
trabajo y tiempo.
Ahora, con el comienzo de las temporadas de lluvia, el clima
había tenido un cambio notable. En lugar del parejo viento del
noroeste nos recibían el cielo nublado y el mar con turbulencias.
Ninguna noche la tuvimos sin tormentas y copiosos aguaceros,
acompañados de fuertes y estrepitosos truenos y relámpagos, que se
tornaban peligrosos a medida que de improviso e inesperadamente nos
encontrábamos en contra del viento. Por la descripción reseñada,
esta jornada de viaje resultó ser una de las más
desagradables.
El 17 en la mañana distinguimos las conocidas montañas nevadas.
Al día siguiente, por la tarde, ya estábamos amarrados en el puerto
abierto de Santa Marta, tan solo protegido de los vientos del norte
y oeste.
La ciudad ubicada allá abajo se distingue muy bien desde aquí.
Un pequeño bosque la rodea en tres de sus costados; un tanto más
allá, descendiendo de las altas montañas y protegido por bosques,
se ve un estrecho río que desemboca en el mar por el cuarto costado
de la ciudad.
La poca protección de este puerto es obra de la naturaleza, ya
que el arte humano no ha aportado nada a ello, ni una sola piedra,
ni un tronco de árbol; no hay un solo dique de protección. En este
puerto no se encuentra ni un muelle donde puedan atracar los
barcos; estos deben ser anclados por la popa y la proa; es su única
ligazón con tierra firme.
La operación de cargue y descargue debe hacerse por cuenta del
propio barco, tratando —por medio de remos— de llevarlo
lo más cerca posible de la playa y después realizarla a fuerza
bruta, a espalda limpia, por los marineros que deben transportar la
carga a través de la pendiente de la playa.
Vadeando la arena suelta que llega hasta un castillo en
construcción el Santa Bárbara, en la segunda mañana llegamos a
tierra. El castillo, unido a una fortificación rocosa llamada El
Morro, se usa para la defensa de la ciudad y como entrada a
ella.
Un tanto más arriba está la ciudad, con calles más anchas y de
mejor circulación que las de Cartagena, pero el calor aquí es
insoportable.
Las bajas casas nada podían hacer para menguarlo, no protegían
con su único piso, y como no existían los balcones nada daba
sombra.
La población blanca era muy poca, en las calles se notaba más
gente de piel negra y oscura. La provincia de Santa Marta tiene
mala fama en todo el país a causa de su población de color, que
resulta ser peor y más mala que la de Cartagena. Incluso los
blancos son considerados peores republicanos que los de otros
lugares. Muchas veces es posible oír decir “Los Royalistas o
Amigos de la Patria Vieja”.
Los mismos naturales de Santa Marta afirman ser menos valerosos
que los de Cartagena, lugar donde dicen lo contrario. El
extranjero, por otro lado, piensa que el más valiente es aquel que
pertenece al lugar donde él se encuentra, por lo que es muy difícil
llegar a decidir sobre el asunto.
Por su ubicación y por las montañas boscosas que la protegen,
Santa Marta debiera ser menos calurosa que Cartagena, donde uno se
protege del calor en sus frescas y grandes casas de piedra. No
ocurre igual acá.
La temporada de lluvias hacía que, por lo menos en las tardes,
con la aparición de relámpagos y truenos seguidos de lluvias y
aguaceros que podían durar durante toda la noche, se sintiera un
aire más suave.
Con sus aguas frescas y claras el río cercano ofrecía el lugar
de mayor refrigerio, el agua pura para beber y el lugar de baño más
agradable.
Todos los días, muy temprano, se puede ver cómo traen el agua
desde ese lugar hasta la ciudad, en grandes tinajas de greda encima
de las cabezas negras y rizadas, o en barriles de madera
transportados sobre las espaldas peludas de los burros de
carga.
Por las mañanas y las tardes es posible encontrar también grupos
de bañistas, hombres y mujeres. Según me han contado, antaño era de
buen gusto que caballeros y damas se bañaran juntos, por, supuesto
que no sin cierto pudor. Pese a los trayectos del río dedicados al
baño, ya no es posible ver aquello. Al medio día un grupo de
lavanderas se encargan de expulsar a todos los bañistas,
enturbiando el agua con jabón, espuma, etc.
El pequeño bosque ubicado entre el río y la ciudad, con su gran
cantidad de animales y de senderos, ofrece la posibilidad de un
agradable paseo matinal y otro vespertino. Un conjunto de
cucarachas ubicadas en todos los arbustos entona una música
extraña, la que cansa por lo monótona, ya que no consiste sino en
un prolongado chirrido semejante al que hacen nuestras langostas,
solo que el de las cucarachas es más durable y
estridente.
La vista está permanentemente ocupada en observar un grupo de
lagartijas corriendo por el camino. De dicha especie es posible
encontrar pequeñas, del tamaño de un dedo, hasta una de cuatro pies
de largo: lagarto de Juana. Todas tienen unos colores
brillantísimos, en azul, amarillo, negro y diversos tonos de verde.
Se las ve corriendo inofensivas y asustadas respecto del que llega
a interrumpir su paz.
Un tanto más complicado y difícil resulta encontrarse con una
serpiente; aunque existen, especialmente una raza pequeña de color
marrón llamada Culebra de Bejuco. Con sus tres pies de largo,
delgada como un tallo, se la considera extraordinariamente
venenosa.
En las tardes oscuras, especialmente después de las lluvias, el
paseo se ilumina por una enorme cantidad de luciérnagas que, como
un faro alumbrando sobre el mar, con sus luces van y vienen por
entre los árboles.
Como los habitantes prefieren tomar el fresco en las puertas de
sus casas, al llegar el anochecer el paseo no es muy
frecuentado.
Es entonces cuando se ve a la familia reunida en las afueras de
la casa, hasta donde llevan sus sillas, con lo que transforman ese
sector, entre la puerta y la calle, en una sala donde incluso
reciben sus visitas. Sería poco decir que permanecen sentados en
las sillas, más correcto sería decir que están acostados en ellas,
ya que jamás vi alguno sentado recto en la silla. La perspectiva
era mejor si la silla podía ser afirmada en la pared pues así
podían echarse hacia atrás a todo gusto.
Por el uso que le daban a sus asientos estos eran más cortos
atrás que adelante. Los más adinerados tienen unos sillones
bajitos, con un largo respaldar que les permite, sin necesidad de
afirmarlo en la pared, tomar una posición cómoda y
descansada.
Al entrar a una casa el dueño tiene por costumbre colocar una
silla junto a la pared, al tiempo que consulta: “¿ Quiere
usted sentarse ?”, por lo que en un principio se llega a creer
que sentarse está relacionado con acostarse. De este modo, sentados
en largas filas se quedan conversando hasta altas horas de la
noche.
Nunca se les ve leer, así es que colman este vacío con la
conversación, ya que encuentran en esta la mayor parte de sus
conceptos y conocimientos sobre las cosas. Les agrada participar en
la conversación y para ellos es una buena forma de ayudarse en el
idioma, a pesar de lo cual nunca se les ve reírse por los errores
que uno pueda cometer. Por la constante práctica, la mayoría de los
colombianos hablan bien. Así resulta placentero tener conocimiento
sobre esto y escuchar lo rico del idioma y su buen
sonido.
En el transcurso de estas tertulias frecuentemente se sirven
chocolate o dulces, tras lo cual beben en grandes tazas de greda
agua fresca y cristalina. Pero la atracción mayor sigue siendo el
puro, que lo fuman incluso muchas de las mejores damas de la
ciudad.
Lo que constituye una magnífica prueba de la amabilidad de estas
mujeres es el hecho de que una vez encendido, lo toman de su propia
boca y lo entregan al extraño.
Se cuenta, aunque no puedo garantizarlo, que hace un tiempo se
veía entrar a las damas a los bailes con un adorno en el cabello en
forma de puro que, a modo de diadema, ataviaba con gusto exquisito
sus cabezas. Si lo consideraban necesario lo retiraban y se lo
fumaban. Pienso que lo último es poco probable, solo lo comparo con
el gesto del escritor que coloca su lápiz atrás de la oreja cuando
no lo usa. Aunque la última posibilidad no puedo descartarla,
máxime si la acción cumple dos finalidades: adorno y uso.
De cualquier manera, no es fácil sostener cuál método resulta
menos estético: una hoja de tabaco limpio seco y enrollado, o lo
que nosotros usamos, una pomada sucia y grasosa, acompañada de un
montón de polvo seco volando por los alrededores.
Al igual que en Cartagena, les gusta mucho el baile. A la vez es
frecuente escuchar a las mujeres tocar una especie de pequeña arpa.
Ellas no saben distinguir las notas, pero poseen buen oído, así es
que tocan con una precisión y ritmo admirables. Ayudadas por la
forma en que se recortan las uñas, chasquean con mucha fuerza,
cortándose en poco tiempo las cuerdas. En un depósito ubicado en el
mismo instrumento mantienen las cuerdas finas y tienen gran
habilidad para arreglar una cuerda cortada o colocar una
nueva.
De ese modo no tiene mucha significación el hecho de que la
música sea interrumpida y acompañada de un “caramba, se
reventó la cuerda”, porque rápidamente la pieza vuelve a
seguir el mismo ritmo, como si este breve intermedio tan solo fuese
una pausa larga.
Raras veces se las oye cantar y después de haberlo comprobado
uno desea que lo hagan más espaciadamente, ya que les suena muy mal
la voz; resulta extraño esto considerando su hermoso lenguaje
musical y su gran oído. El error, con probable seguridad, se
encuentra —si no en su totalidad al menos en gran parte—
en el poco entrenamiento del elemento indispensable para el canto:
la voz.
Durante la fiesta de Pentecostés estuve en un pueblito campesino
llamado Gaira, distante treinta kilómetros de la ciudad, en casa
del señor Sandreschi, donde invitó a algunos
amigos.
Una carta del señor Hausvolff me había dado a conocer a este
extraordinariamente amable y culto hombre, a quien di las gracias
por los agradables y alegres días vividos durante mi estada en
Santa Marta.
Corso de nacimiento, acompañó a Napoleón durante la campaña en
Rusia como Comisario del Ejército, habiéndose trasladado hasta
estos rincones americanos luego de la caída del Gran Hombre (como
siempre subrayaba al nombrarle). Además resultaba entretenido
escucharle, en este clima, describir la retirada de Moscú; las
llegadas al hielo y las montañas de nieve de Rusia y exclamar
“¡ ah, qué frío terrible !”, mientras que el narrador y
los oyentes se secaban las gotas de sudor.
No deben imaginarse una casa de campo grande o bien construida
como el lugar en que este caballero residía, ya que no existen en
Colombia. Solamente era una casa de bambú y greda, que no
sobresalía de las vecinas que estaban cubiertas de hojas de
palmera. La distinción se encontraba en los mejores y hermosos
muebles.
Era sorprendente encontrar en una choza indígena cuadros en las
paredes con la figura de Napoleón y de sus más distinguidos
generales, todos en uniforme completo, con la pequeña capa y en la
inconfundible posición de los brazos cruzados.
Sería posible aseverar que en este lugar se volvieron a
encontrar, en un nuevo mundo, tras haber concluido su papel en el
viejo.
El pequeño lugar resultaba agradable por sus alrededores, que no
eran tan calurosos, y la molestia de los mosquitos era menor a la
de Santa Marta debido a la cercanía de los cerros.
Gaira es un pueblo extraño debido al pequeño río que lo bordea,
cuyas aguas claras y frescas ofrecen un baño saludable, como que
arriba en la montaña existían aguas termales. Los médicos las
recomendaban tanto para agua potable de pozo como para baños. Como
las usaban sanos y enfermos, podríamos considerar el pueblo como
Medevi, o por lo menos como Uddevalla, ciudad del norte de
Suecia.
La razón de por qué estos terribles insectos no fueron nombrados
antes es que no eran conocidos por nosotros. Nuestro conocimiento
comienza con la llegada al país y acabará cuando nos marchemos.
Estos, verdadero tormento para el hombre, merecen si no un capítulo
a lo menos un artículo propio, así nos exoneraremos de culpabilidad
antes de llegar al lugar de su verdadero imperio, el río
Magdalena.
Volviendo al tema diré que el clima de Gaira es mucho más sano y
fresco. Especialmente las damas abandonan la ciudad por un tiempo
para gozar de las delicias de aquel y del baño en el río, donde
pueden hacerlo con mayor comodidad que en Santa
Marta.
Las complicaciones de la ceremonia del baño son menores; con
excepción de las medias y zapatos, generalmente entran al río con
todo el vestuario, que consiste en una delgadita bata o traje
ligero, del cual traen otro juego, por lo que tan pronto como salen
se cambian el vestuario del día y su correspondiente arreglo. Una
peinetilla y algunas flores de los arbustos cercanos completan el
toque femenino. En ocasiones traen un pequeño puro que es encendido
en la casa, como el fuego de Vesta, no permitiendo que se apague
durante la excursión. Para eso se lo van turnando hasta que llegan
a la casa y a la hamaca, donde continúan con la
entretención.
Cerca de las tres de la tarde del día de Pentecostés, mientras
nos encontrábamos sentados bajo un techo de palmeras que había en
la plaza, se sintió un ruido seco que se acercaba bajo tierra hasta
que las calles empezaron a moverse poco a poco, las casas y muebles
a vibrar y nosotros a ser agitados en las sillas. Era cómico
observar cómo todos los indígenas rápidamente se arrodillaron y
empezaron a rezar, a la vez que se persignaban aceleradamente, pese
a estar acostumbrados a la situación. Al otro día tuvimos dos
movimientos de tierra menores.
En Santa Marta los temblores habían causado mayor agitación y
preocupación, sin que se tuviera que lamentar ningún accidente en
especial. Tal como se presentaron, resultaron algo
interesante.
El sentimiento propio durante el temblor es posible de comparar
con lo que se siente a bordo de un barco grande cuando
inesperadamente toca fondo. Todo adquiere un movimiento rápido, la
gente por momentos se siente como en posición invertida y la
dificultad de conservar el equilibrio depende del mayor o menor
grado que tenga la fuerza del golpe.
El temblor que un año más tarde se sintió por la totalidad de
las provincias montañosas de Colombia, cuya mayor intensidad se
registró en Bogotá, era de una naturaleza más potente y seria. Lo
veremos en otro momento.
Por la tarde del segundo día se preparaba un gran baile indígena
en el pueblo. La pista era la calle, limitada por un estrecho
círculo de espectadores que rodeaba a la orquesta y los
bailarines.
La orquesta es realmente nativa y consiste en un tipo que toca
un clarinete de bambú de unos cuatro pies de largo, semejante a una
gaita, con cinco huecos, por donde escapa el sonido; otro que toca
un instrumento parecido, provisto de cuatro huecos, para los que
solo usa la mano derecha pues en la izquierda tiene una calabaza
pequeña llena de piedrecillas, o sea una maraca, con la que marca
el ritmo. Este último se señala aún más con un tambor grande hecho
en un tronco ahuecado con fuego, encima del cual tiene un cuero
estirado, donde el tercer virtuoso golpea con el lado plano de sus
dedos.
A los sonidos constantes y monótonos que he descrito se unen los
observadores, quienes con sus cantos y palmoteos forman uno de los
coros más horribles que se puedan escuchar. En seguida todos se
emparejan y comienza el baile.
Este era una imitación del fandango español, aunque daba la
impresión de asemejarse más a una parodia. Tenía todo lo sensual de
él pero sin nada de los hermosos pasos y movimientos de la danza
española, que la hacen tan famosa y popular.
Mezclados a las canciones un negro indígena, acompañándose con
una pequeña guitarra, recitaba versos. Su uso era frecuente y el
sonido bonito, pues la música lleva siempre una armonía, que se
complementa con sus voces puras y profundas que tanto tienen de
melancolía y tan bien se ajustan al clima de su patria y a la
orgullosa grandeza que los cobija.
Era una canción sobre la toma de Santa Marta durante la guerra
de la Independencia, que declamaba con emoción, teniendo en cuenta
que él participó en ella. Los indios de los alrededores de Gaira
tuvieron una actuación activa y decisiva. Por ese entonces
combatieron al lado de los españoles y aún hoy son considerados la
tribu más gallarda y rebelde entre los indígenas civilizados de la
República.
Dos caminos existen entre Gaira y Santa Marta. Uno de ellos hace
un rodeo en torno a las montañas, atravesando un bosque lleno de
plantíos que lo dividen en pequeñas plantaciones, donde los nativos
construyen sus chozas, parecidas a las casas de campo de los
pequeños propietarios de nuestro país. Siembran maíz, plátano, caña
de azúcar, hortalizas, etc. Cerca de la ciudad uno de estos
plantíos sobresalía por su extensión y la gran cantidad de
mangos.
El otro pasaba por una montaña alta, desde la que se tiene una
vista magnífica de la ciudad ubicada a sus pies. Para llegar a la
cima debía vadearse el río, pues no existía ningún puente, pero el
agua no sobrepasa la montura del caballo que lo
cruce.
Atravesando por una plaza que en las mañanas se convierte en
mercado de frutas y verduras, llegamos a la ciudad. Mercados
parecidos se encuentran en todas las ciudades y son necesarios
debido a que con las altas temperaturas es imposible guardar algo
en casa.
No se pueden formar despensas, por lo que, en el real sentido de
la palabra, las compras se realizan para el día.
Por eso la plaza ofrece un paseo interesante, tanto para el
habitante cotidiano de acá, como para los forasteros. Es posible
notar en este pueblo un gran respeto por el
prójimo.
En el mercado lo primero que salta a la vista es la carne. Su
aspecto y sabor son los peores. Se la cuelga en varas, cortada en
largas tiras que se secan al sol, por lo cual es perdonable dudar
si está colgada para asustar a los pájaros o para atraer mosquitos.
Un tanto más abajo, presentando un aspecto mucho más asqueroso se
ven enormes cubos de manteca como desagradable sustituto de la
mantequilla, con la que preparan la comida. La cantidad que usan es
tan grande que es corriente verla en grandes cantidades flotar en
el plato.
Continuando con el recorrido siguen los pescados, gallinas,
pollos y palomas; resulta grato verlos en el mercado, pero no
probarlos en la mesa. Seguramente la razón es la mala preparación o
el resecamiento en la carne de los animales.
La naturaleza entregaba una recompensa a través de los vegetales
(verduras, frutas y hortalizas). Por cualquier lado se veían los
frutos que, con justicia, deben ser nombrados en primer lugar, de
incomparable sabor y más nutritivos y alimenticios que los
nuestros. El plátano de aquí se encuentra en todos los tamaños,
desde el amarillo de un pie de largo hasta el pequeño de color
verde.
En seguida los excelentes frutos de raíces, como la yuca y la
arracacha, muy superiores a nuestros nabos, espinacas, etc. Luego
están el coco, maíz y arroz, en cantidad acorde con su buen sabor.
En otro sitio todo tipo de frijoles, rojos, negros, blancos,
marrones y amarillos, y las frutas maduras que con sus carnes
sueltas se asemejan a la mantequilla. También hay un tipo de
cebolla parecida al ajo que, acompañada de ají, es usada en grandes
cantidades por los cocineros.
A la vez se ofrecen al público semillas de cocoa y bolitas de
chocolate ya preparado, al igual que un pan hecho de maíz molido
(arepas) y unos bollos en forma de huevo grande. Los mencionados
son los alimentos más corrientes.
¡Qué gran cantidad la que se ve de frutas deliciosas! Hay una
enorme variedad de frutas de postre, que con el solo hecho de
nombrarlas es suficiente: piñas, mangos, guayabas, melones,
guineos, granadillas, papayas, limones, naranjas, guayabitas,
etc.
Al acabar la descripción encontramos huevos, quesos y algo de
leche. Este último producto se hallaba en poca cantidad, pues no
separaban nunca a los terneros, dejando a estos toda la leche de la
madre. La leche la consideraban poco saludable y la usaban muy
raras veces. Por supuesto, no falta el artículo corriente:
tabaco.
El mercado funcionaba entre las cinco de la mañana y las nueve.
A esta hora el sol se encargaba de expulsar a los vendedores,
compradores y mercaderías. Desde ese instante reinaba el solitario
vacío por las plazas y las calles, prolongándose hasta un poco
antes de la caída del sol, en que todo se
reanimaba.
Es a esta hora cuando los señores más nobles frecuentan en sus
paseos la playa ubicada fuera de la ciudad, donde por lo general
sopla una brisa agradable. Se cuentan entre ellos los prósperos
comerciantes que —sin incluir a los criollos— son algunos
franceses, norteamericanos e ingleses. Se reúnen habitualmente en
una casita del guardia de la. aduana, sentados sobre un gran tronco
volcada en sus afueras, a fumar y a conversar acerca de sus
negocios, el comercio, la navegación, etc. Por eso con justa razón
se denomina al lugar “La Bolsa de Santa Marta”, que se
confirma por el hecho de que los capitanes de los barcos mercantes
se paran a lo largo’ de la playa y en ocasiones aumentan la
cantidad de los contertulios del tranquilo tronco.
Los negocios no son muchos ni rápidos. Raras veces se ven más de
cuatro barcos y es normal no encontrar ninguno. Los que arriban son
generalmente franceses, que traen grandes cargas de telas finas,
ropas, vinos y joyas de fantasía llenas de colorido que ayudan a
las damas en su galanteo. Son transportadas desde Burdeos y
Marsella, aquí queda una parte y la otra se carga de nuevo en
embarcaciones que la transportan por el río Magdalena a Mompós,
situada a mil ochocientos kilómetros de distancia. Otra parte queda
allá y el resto es embarcada hacia el interior del país. En
ocasiones los barcos permanecen a la espera de una carga de
retorno, que consiste habitualmente en árboles, pieles y algodón.
Tuve ocasión de ver un barco francés al séptimo mes de varado,
esperando acá, y cuando abandoné el lugar continuaba su
espera.
La razón de que así ocurra es debida a la enorme lentitud y
dificultades con que se realizan los negocios, pero
fundamentalmente a los pésimos medios de comunicaciones y
transportes. Con la excepción del lomo del burro, todo se reduce a
las embarcaciones mencionadas. No es posible decir si la miseria
que mostraban los botes se debía a su construcción y uso o a la
inexperiencia de la tripulación en sus maniobras.
Con mis propios ojos vi a uno de estos verdaderos fantasmas del
mar darse vuelta de campana tan pronto como llegó al puerto. Estaba
cargado de algodón, el que prontamente se fue al mar pues nadie
pudo hacer nada por salvarlo. En el nuevo viaje que estaban
emprendiendo se veían mejor y más seguros que cuando se hallaban
empacados en el barco.
El dueño de la carga, un comerciante inglés que desde tierra
presenció la escena, furioso maldecía: “¿ Quién es el culpable
de esto ?”. Manifestaba que no conocía modo alguno de enseñar
“a estas bestias a ser mejores marineros”; al escucharlo
no pude abstenerme de comentarle que para una próxima vez cargara
el barco con hierro e hiciera amarrar si no a toda por lo menos a
una parte de la tripulación. Entonces como no tendrían más cuidado
en el manejo de las velas y el timón, al menos se salvarían de su
ira al verlos llegar a tierra y reírse de toda la
aventura.
Estos marineros formaban parte, con un grupo de pescadores, de
la población de Santa Marta, cuyo resto estaba constituida por
algunos pequeños comerciantes, artesanos y obreros. Se incluía a la
guarnición consistente en dos compañías, la de Artillería y la de
Infantería, integrando un total de unos cinco mil
habitantes.
La clase inferior, compuesta en su mayoría por negros y
descendientes de negros-indígenas, constituye lo peor que es
posible imaginarse. Flojos, orgullosos e indomables, solo saben
fumar tabaco y jugar a las cartas, ya que no necesitan trabajar
demasiado para satisfacer sus necesidades..., de un estilo tan
fácil y fructífero.
Si fuesen menos apuestos y más harapientos serían unos
verdaderos Lázaros. El modo de demostrar sus aptitudes es robando,
para lo cual tienen una habilidad natural y una aptitud increíble.
Constantemente se escucha a la gente más pudiente reclamar que ha
perdido algo. Por esto es una fortuna no ser dueño de demasiadas
cosas pequeñas en las habitaciones, al contrario de nuestra
costumbre, ya que un par de visitas de estos señores pronto acaban
con ellas.
Me tocó vivir la experiencia dos veces. Una tarde llamé a uno de
estos negros a mi habitación para pagar un favor que me había
hecho. Cuando le di su dinero, me expresó las gracias en forma
efusiva, agregando el complemento usual: “Viva usted mil
años”. Al poco tiempo comprobé que me faltaba el reloj que
tenía encima de la mesa; con seguridad se lo llevó como recuerdo
del “buen señor”, el que ahora se ahorra la molestia de
contar las horas de sus futuros “mil años”. La segunda
ocasión fue peor. Generalmente viajaba a Gaira los sábados por la
tarde, para gozar a lo menos de dos noches frescas por semana. En
esta ocasión se aprovecharon de mi ausencia.
Por la noche ingresaron a mi cuarto y confiscaron todo lo que,
desde su punto de vista, constituía contrabando. Como en la casa
nadie más vivía pudieron realizar el trabajo muy fácilmente y con
absoluta seguridad. Para entrar les bastó romper la vieja reja de
madera con la cual estaba protegida la ventana.
Afortunadamente no tuvieron éxito total, ya que el tesoro que
buscaban —dinero— no lograron conseguirlo, pues no lo
había. A mi regreso todo estaba revuelto y disperso por el suelo,
todo lo rompieron, y la papelera y sus trozos de papel y madera
llenaban el piso. El cuadro no era diferente al que deja el gavilán
después de haber cogido un pájaro: plumas y huesos
desparramados.
Lo único que faltaba eran algunas medallas, que debieron creer
que era dinero y seguramente no fueron cedidas para aumentar el
erario de la república. Me habría gustado saber el papel que
jugaron entre su colección; una moneda de una corona y una medalla
de agradecimiento otorgada por la Academia de
Guerra.
Al no encontrar más oro ni plata trataron de componer el asunto
llevándose cosas menores, como una caja de espejos, un par de
pistolas y algo de ropa blanca y de color. Nunca tuve ocasión de
ver algunas de estas especies, lo cual, debido a lo pequeño de la
ciudad, no habla en favor de la policía.
Francamente nunca se preocuparon tampoco del problema sino que
se limitaron a felicitarme efusivamente porque no tenía
‘‘onzas en la barriga’’.
Estos acontecimientos y otros, no los menciono solo como
aventuras propias, poco interesantes para algún viajero, sino por
la aplicación general que se puede hacer, ya que representan el
carácter de la gente, sus costumbres, temperamento,
etc.
Santa Marta es la capital de la provincia de igual nombre y la
residencia de un Gobernador Militar, cargo que ejercía un Coronel
de apellido Sardá, excelente persona y uno de los mejores oficiales
de Bolívar. Este, pese a haber nacido español, era uno de sus más
peligrosos adversarios, su aporte en la salida de los hispanos del
país había sido admirable.
Se encontraban igualmente muchos sacerdotes, pero ni un solo
monje. La iglesia principal era grande y muy hermosa en su
interior, con su constante, aburrido e insoportable tañer de las
campanas, las que se odian mientras no se logra acostumbrar el oído
al eterno y monótono martillear.
En lo que antaño fueron palacios del Arzobispo funcionaban un
Colegio y una Escuela de Lancaster. Los dignatarios eclesiásticos
siempre se preocuparon de vivir cómodos y de elegir bien sus
residencias, pero es indignante verlos instalados en esta
forma.
Pese a que la iluminación iba en aumento, en general no era tan
extensa como en Cartagena, donde el sector social elevado es más
culto y está acostumbrado a la vida nocturna que le permite al
visitante tener mejores recursos para la diversión y el trato. Acá
el tiempo se hace largo y tedioso, ya que los nativos se quedan
todo el día en la hamaca, soñando acerca del mañana. Con excepción
de mis excursiones a Gaira, el tiempo que pasé en Santa Marta
resultó ser el más aburrido de toda mi estada en Colombia.