CAPITULO
II
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|CARTAGENA
La quietud de la noche prosiguió hasta el día siguiente, cuando
el suave viento del lago —que no es más que el viento
alisio— empezó a soplar e inmediatamente llenó las velas,
llevándonos al puerto ubicado 2.4 millas hacia adentro. El puerto
estaba en la misma dirección del viento, por lo que tuvimos que
bordear durante todo el trayecto, lo cual no resultaba del agrado
de nuestro práctico negro, ya que habría preferido esperar la brisa
que llegaba desde la tierra. Pese a todo nos sirvió como guía,
aunque tenía —como casi todos ellos— poco conocimiento de
las aguas.
El práctico tenía la costumbre, un tanto extraña, de subirse al
puesto de vigía de la proa y, desde allí gritar con todas sus
fuerzas las órdenes. Esto lo hacía semidescubierto y como lo
consideramos inconveniente le pedimos que se viniera a la popa y
permaneciera en su puesto. Esta solicitud posiblemente le pareció
que rompía las reglas de la República, pues bajó, tomó su pequeño
maletín, una calabaza grande que había llevado bajo el brazo con el
mismo celo con que las mujeres llevan sus adornos— corrió
hasta la parte posterior del velero y en un instante volvió
totalmente cambiado de ropas, o sea con una buena y limpia camisa y
pantalones, en remplazo de los gruesos y sucios de lino que antes
usaba.
En un comienzo se hizo difícil entender la relación existente
entre esta verdadera metamorfosis y la orden de venirse a la popa,
pero pronto nos aclaró todo cuando con aire arrogante y andar
orgulloso nos dijo: “Soy hombre libre y caballero, como
ustedes”; e inmediatamente se fue, con aire de vencedor, a
ocupar su sitio anterior, en el puesto de vigía de proa. El
consideraba que nosotros nos habíamos equivocado sobre su real
valor, pareciéndole indiscutible ahora, con su cambio de
vestimentas.
Menciono esta anecdótica disputa, no por lo que significa en sí,
sino por lo general y característico de la situación, pues
posteriormente he comprobado que es aplicable a todas las gentes de
color en este país, ya que con el solo uso de ropas nuevas se
sienten personas mejores y distinguidas, o como dirían los ingleses
con una expresión tan difícil de traducir: como un
“gentleman”.
No obstante lo dicho, con cortos y seguidos golpes llegamos al
hermoso y amplio puerto, del que con mucha razón podemos decir que
es uno de los más bellos del mundo y, para ser justos, puede
competir con el de Nápoles, como he oído decir a
muchos.
Con la sola excepción de “La Popa”, todas estas playas
son bajas. La prolongada sequía no consiguió empeorar su fisonomía;
por el contrario, se encontraba en pleno verdor, el que avanzando
en la inmensidad del campo decaía poco a poco en un gris, hasta
desaparecer en la sierra azul que, hacia este lado, limitaba la
vista.
En el extremo opuesto estaba la larga isla “Tierra
Bomba” que presentaba un aspecto agradable, desde Boca Chica,
con sus planos en declive poblados por todos lados, con pequeños
arbustos y bosques, donde se encontraban aquí y allá diseminadas
pequeñas chozas indígenas que recreaban la visión hasta Boca
Grande.
Hacia el otro lado, los grandes muros blanquigrises de la
fortaleza separaban la ciudad del gran número de barcos de guerra y
mercantes que se encontraban anclados en el puerto, celebrando con
sus señas y banderas de distintas naciones el día de Pascua, dando
mayor vida al cuadro general. Al centro de este panorama la
fortaleza de San Lázaro se alzaba por encima de pequeñas casas de
campo y poblados indígenas, distribuidos al pie de “La
Popa” majestuosa, que, allá en el fondo, se erguía sobre todo
el conjunto, con su antiguo convento de frailes ubicado en el pico
más alto, cual toque final de un maestro de la
pintura.
En las primeras horas de la tarde pudimos echar anclas y pronto
estuvieron junto a nosotros en la Aduana, el Capitán de Puerto, los
oficiales de aduana y un intérprete. Eran amables y se
entretuvieron contemplando la nave y, en especial, su tripulación,
que con sus grandes y desnudos cuerpos y su tez sana hacían fuerte
contraste con sus propias figuras delgadas y sus caras pálidas y
amarillas. Nuestro emblema les llamó la atención y estuvieron de
acuerdo en que “la bandera de Suecia es muy
bonita”.
La similitud con que los latinos pronuncian los nombres de
Suecia y Suiza llevó a que uno de ellos quisiera dar a entender que
proveníamos de Suiza, y como la única referencia que tenían era que
Suecia queda muy al norte se originó una entretenida discusión que
acabó con el grito de uno de ellos: “Son de la patria de
Carlos XII”; definición que, aunque parezca sorprendente,
entendieron todos en el acto.
La verdad es que no solo en la costa colombiana sino también en
las alturas andinas se encuentra gente que pese a no saber que
existe Suecia habla fervorosamente de Carlos XII como “el más
valiente en todo el mundo”, conociendo a lo menos algunas
“hazañas del Gran Rey” que se “leen en cientos de
escritos”, ya que, como el gran poeta canta, “lejos voló
esta águila”.
Cerca de las cuatro de la tarde, cuando el sol perdió fuerza
intensidad de sus rayos, nos alistamos para nuestra bajada a tierra
firme, hacia el lugar común de reunión, la sabana entre la ciudad y
el suburbio Ximani, entre una gran colección de figuras de todas
las razas, edades y sexo.
Es difícil describir la impresión del desembarque. La llegada a
una gran ciudad desconocida, por regla general, está acompañada de
gran alegría, aunque el viaje se haya efectuado por tierra; con
mayor razón si se hizo por mar, donde la sensación es diferente y
los paisajes son otros. Las distinciones llevan a que difícilmente
puedan compararse las rutas seguidas.
Es verdad que por tierra es posible trasladarse hasta los sitios
más apartados de los centros urbanos, a diferentes climas, gentes,
parajes, etc. Además comparados con el lugar de partida, todos
estos detalles llaman bastante la atención. Pero al punto de arribo
se llega después de visitar varios países, no tan diferentes entre
sí, donde cada detención es un eslabón de la extensa cadena que une
los lugares separados. Estos eslabones son, en cuanto a los
extremos, muy diferentes, aunque en los ubicados uno al lado del
otro la disparidad casi no se nota; son como la sombra en un matiz
bien logrado, en el que no puede decirse dónde está el detalle; tal
es la dificultad para ubicar las diferencias entre dos países
vecinos.
No ocurre lo mismo al viajar en barco, pues de un solo golpe es
trasladado uno a lugares sin relación entre sí. Como por fuerza
mágica se coloca en otro mundo y el tiempo gastado en el viaje se
asemeja a un sueño, que comienza con el embarque, y el despertar
llega con el arribo del barco al puerto de destino.
Las impresiones del lugar de partida todavía están frescas,
latentes en la memoria, así como los recuerdos, que no pueden haber
sido borrados por el paisaje presente, aun cuando nos parezca
—al comparar ambos países— que sea una especie de sueño
nocturno entre las aventuras de dos días o el intermedio entre los
actos de una obra de teatro.
El barco no es más que un hogar en movimiento, un girón
arrancado de la patria que se ha dejado, una casa flotante que con
sus habitantes y comodidades lo abandona todo y se traslada a otros
continentes, dispuestos a hacer “visitas a los vecinos de
enfrente”. Considerado desde este ángulo el velero y la
tripulación no varían por lo prolongado del viaje, tan solo cambian
en un sentido relativo al relacionarse con otros lugares. Como dice
Horacio: “Coelum non animum mutant qui transmare
currunt”.
Por ello el viajar en barco devora las distancias y hasta sus
mínimas diferencias se nos hacen visibles, y así las impresiones
para nosotros, que veníamos del norte, eran muy grandes pues no
eran tan solo las diferencias entre dos países distintos en algunos
aspectos; ¡no!, eran dos continentes ubicados a diversos lados del
océano que ofrecían comparaciones debido a lo opuesto del paisaje,
gente, idioma, y en muchos otros aspectos.
La fiesta de Semana Santa con todas sus diversiones aumentaba la
impresión del espectáculo ofrecido. La llanura entre las puertas de
la ciudad y el suburbio eran un verdadero bulevar en Cartagena,
colmada de un multicolor hormiguero humano. La mayor parte eran
negros, acompañados de otros colores que configuraban un muestrario
de tonos que iban desde el negro africano, pasaban por el
amarillo-marrón americano y terminaban en el blanco
europeo.
Vestían delgadas telas blancas y multicolores y el contraste con
sus propios colores resultaba grato de mirar. Debido a la rapidez
con que vimos estas imágenes, ya que nuestra dirección era la
ciudad, se nos hizo difícil captar algo especial en esa multitud. A
nuestro regreso tendríamos ocasión de comprobarlo.
Dos enormes portones constituían la entrada de la fortaleza, una
dirigida hacia una plaza triangular y la otra que nacía desde allí;
sus viejas y ruinosas casas dan una mala, tal vez falsa, idea sobre
esta ciudad que apenas se empieza a conocer.
A campo abierto, pese a que el termómetro a bordo marcaba 33°C,
no habíamos notado el calor; pero acá, a causa de las altas casas
que impedían el paso de la brisa refrescante, arreciaba. Al
instante de transponer el portón se ingresaba a un horno caliente.
Esto no era efecto del sol, sino una pesada y agobiante masa de
aire que rodeaba una multitud de gente que se atropellaba, lo cual
hacía todo mucho más desagradable. Quien no está acostumbrado, se
asusta, ya que la atmósfera solo huele a peste.
Allá abajo, en la plaza, se alza un pasillo que se estrecha a
medida que aumenta la compacta masa de gente, a cuyo final se
llegaba prácticamente ahogado; en este recorrido es necesario
esforzarse para avanzar en medio de la muchedumbre que se empuja
mutuamente entre las negras vendedoras de la plaza, que ubican sus
puestos cubiertos por una vieja vela de bote, una alfombra o un
paraguas roto, bajo los cuales y como preocupación fundamental debe
espantar las legiones de mosquitos que en toda la amplitud de la
palabra, cubren las frutas, dulces, puros y quesos que
expenden.
En este punto comienza la callecita corta que llega hasta la
Plaza Mayor, la cual con sus altas casas ofrece un poco de sombra.
Ahora empezábamos a conocer y contemplar la desconocida
ciudad.
Si fuera la primera impresión la que guiase la descripción de un
lugar, Cartagena no sería uno de los más atractivos. Su rostro es
distinto al de las ciudades de Europa, pero la diferencia no cuenta
a su favor. Las casas de piedra blanca pero sucias, con sus tres
pisos de altura, hacen las calles más angostas y oscuras, debido a
los macizos balcones de madera, tan cercanos entre sí que parece se
estuvieran empujando, dando lugar a quien los observe a comparar
cuáles son más feos, silos pintados de rojo o los pintados de
negro, y como ambos colores se cubren por igual de polvo y suciedad
hacen muy difícil la elección.
No se conocen las ventanas de vidrio en el inventario de la
casa; en su reemplazo se encuentran grandes agujeros provistos de
rejas de madera, que conforman una total armonía con los balcones;
entonces no sorprende la incertidumbre de pensar si en lugar de
casas se está en presencia de cárceles o depósitos.
La mayoría de las calles no están empedradas sino llenas de
arena, y en distintos lugares pueden verse grupos de negritos
desnudos dando volteretas, muchas veces en compañía de un mico, el
que solamente se distingue de ellos por sus saltos más altos y sus
movimientos más ágiles. Todo el espectáculo se acompaña de una
música que para quien no está acostumbrado a oír, resulta una
variante del parloteo de los papagayos sentados en las puertas y en
los balcones; es decir, el idioma del pueblo inferior. Aunque el
español es tan bello si está bien hablado, cuando proviene de la
boca del negro o del indígena, resulta para el extranjero de una
naturaleza inentendible, así como los gritos de los
pájaros.
Si unimos todos estos cabos tenemos una impresión regular de las
imágenes que acompañaron nuestros primeros pasos por las calles de
Cartagena.
Antes de llegar a la Plaza Mayor la calle se ensanchaba
bastante, quedando hacia el lado derecho la catedral y hacia el
izquierdo el palacio que de antigua residencia del Arzobispo se
había transformado en sede del oficio de mayor abolengo en
Cartagena, la Intendencia del Departamento de la
Magdalena.
En medio de estos edificios, ocupando todo un frente de la Plaza
Mayor, se alzaba el Palacio de la Inquisición, un edificio grande e
irregular, que ni por sus actuales exteriores ni interiores puede
relacionarse con ese horrible nombre.
Las rejas de hierro y las ventanillas habían cedido su lugar a
las rejas de madera y los balcones; de los calabozos habíanse hecho
depósitos, y de los acueductos, subterráneos donde las mercancías
de los comerciantes y los vinos para añejamiento habían reemplazado
a los lánguidos prisioneros.
En lugar de un sanguinario Inquisidor Mayor mandaba ahora,
posiblemente con la sola sed del dinero, un comerciante, quien
compró este edificio a la actual gobernación, ya que la Inquisición
había sido abolida al llegar la independencia.
El otro costado de la plaza estaba ocupado por una serie de
casas, de las cuales el segundo piso sobresale tanto que con sus
gruesas columnas forman un corredor ancho y largo que ofrece sombra
constante y hace del lugar el más fresco de
Cartagena.
Como no teníamos guía y nuestra comprensión del idioma era poca
o nula, con excepción de algunas preguntas que por precaución
habíamos aprendido para la ocasión, las que con toda seguridad eran
difíciles de entender así como las respuestas que recibíamos, nos
vimos en la necesidad de recurrir a nuestro Comisionario señor
Martín Vivia antes de lo que teníamos planeado.
Por fin nos mostraron una casona enorme, a la que ingresamos por
la puerta ubicada en la calle grande; entramos a un vestíbulo alto,
espacioso y fresco, cuyas paredes estaban revestidas con piedras
del cuaternario. En ambos costados se veían puertas que conducían
hacia el piso inferior, usado normalmente —en las grandes
casas— como depósito. Una ancha escalera de piedra llegaba
desde el interior, pasando por el entrepiso, que consistía en
piezas pequeñas, oficinas, etc.
Arriba se encuentra el tercer piso, el más importante de la
casa. Era muy alto y —como nuestras casas campesinas— no
tenía cielo raso, solamente el techo de la casa; el piso era de
baldosas de piedra.
Por estar las ventanas y puertas ubicadas frente a frente se
formaba una corriente de aire que hacía de este lugar de la casa el
más fresco y agradable y más amena la estada en este clima tan
ardiente.
Desde una especie de vestíbulo que permanece abierto hacia el
patio se ingresa por dos grandes puertas batientes a una sala
amplia, a través de la cual se llega al balcón ubicado al otro
lado, hacia la calle. A su costado dos dormitorios formaban parte
de las habitaciones de este piso, cuyas paredes interiores llegaban
hasta el borde del techo dejando una abertura entre ambos lados de
la techumbre.
Los muebles eran tan sencillos y escasos que resulta fácil hacer
un inventario. En el centro del vestíbulo, que también es comedor,
había una mesa grande, maciza y mal hecha, de madera de cedro, cuyo
único mérito era que combinaba con una media docena de sillas de la
misma madera. Estas, con sus espaldares y asientos de grueso cuero,
colocados entre sus iguales y abultadas patas, evidenciaban que
fueron hechas por el mismo artista de la mesa. Encima de los
muebles, una visión que no podría definirse con lo expresado por
Ovidio: “Materiam superabat opus”
|
(1)
, dos o tres cántaros de agua
hechos de greda quemada constituían el resto del adorno de esta
pieza. Mi opinión es que no deberían haberse incluido, con mayor
razón en una sala tan pobre en muebles, ya que parecían
aprisionados entre ambos muros, recordándome las estufas de
azulejos con que, en nuestra patria, calentamos dos habitaciones.
Pero de todas maneras pertenecían a este lugar, en el cual se
encontraban también diseminadas algunas sillas, idénticas a las ya
mencionadas, lo cual hacía pensar que se trataba de un solo
mobiliario compuesto de un juego de doce.
Es raro encontrar en esta casa otros muebles. Si bien es cierto
que se podrían incluir en este inventario dos lindas hamacas de
tela de algodón blanco y azul que cuelgan de una pared a la otra
como largos festones bajo una lámpara de vidrio que pende en el
centro del techo, donde alguna vez tuvieron su lugar las velas. El
último detalle lo constituye una mesa de centro, que permite el
libre movimiento de las hamacas.
En los dormitorios, por supuesto, el mueble “sine qua
non”, es la cama. Era soberbia, totalmente del gusto francés,
aunque solo fuese una muestra para definir la pieza, más que para
dormir en ella, ya que para este clima las mejores camas serán
siempre las hamacas y los catres de campaña, que se ubican en el
lugar más fresco, ya sea el salón, la sala o el dormitorio. También
se veía en la habitación descrita un armario grande, suficiente
para guardar los vestidos necesarios para este
clima.
El resto del mobiliario de la pieza se hace difícil de detallar,
máxime si acá solo encontrábamos lo necesario y la abundancia no
parecía pertenecer a los males de la nación. Para terminar, se
encuentra un espejo, considerado por nosotros como un indispensable
artículo de tocador.
Este cuadro de una casona en Cartagena es, en sus líneas
generales, constante, aunque puede estar sometido a algunas
variaciones menores, para lo cual contribuye la mayor riqueza que
se tenga, o bien la introducción de artículos de lujo extranjeros,
esto último ayudado por la posición de un distinguido funcionario o
un comerciante rico a quien le agrada ver cuadros franceses
adornando las paredes blanqueadas con cal y las finas sillas
inglesas de tubos trenzados y reforzados, en reemplazo de las de
cuero y patas gruesas hechas por los indígenas. También prefieren
una mesa mejor trabajada y adornada con dos grandes guardabrisas
donde se colocan las velas para protegerlas de las corrientes de
aire. Pero esto solo puede ser considerado una excepción dentro de
la clase media y como para uso exclusivo de una selecta
minoría.
Aquí fuimos amablemente tratados por el dueño de casa, que
hablaba francés, y por su cuñado el Conde Adelcreutz, que se
encontraba en casa en esa ocasión.
Transcurrido cierto tiempo retornamos a la calle, que había
cobrado mucha vida, aprovechando que el calor no era tan sofocante
como cuando habíamos llegado. Mujeres de todas las clases y tipos
paseaban por las afueras de la ciudad, a las que nosotros seguimos,
y deambulando por el suburbio llegamos a la entrada que daba al
campo.
Al otro lado de esta última, un muro bajo ofrecía lugar de
descanso y reposo. Como estábamos algo cansados luego de tanta
caminata y a la vez acalorados, nos sentamos, observando con
detención a las distintas personas que por acá
paseaban.
Veíamos, por ejemplo, venir algunas damas criollas de clase alta
que con verdadero y orgulloso andar español avanzaban envueltas en
sus ligeros vestidos blancos de manga corta y delgada, como
queriendo decir: “Si no admiran nuestra tez pálida, observen a
lo menos nuestros hermosos pies”. Al lado de estas damas vimos
un sacerdote envuelto en su capa negra, sudando bajo el sombrero de
alas anchas, las que de tan inclinadas le impedían mirar hacia el
cielo, aunque no a los lados, si no por otro motivo, al menos para
responder los múltiples saludos y muestras de profundo respeto con
que el pueblo le acogía.
También se hizo presente el pueblo inferior. Entre este podían
contarse algunos negros montados en pequeños burros que regresaban
de vender sus verduras en la ciudad y ocupaban su asiento en el
cuello resistente del animal, balanceando las piernas. Su uniforme
de caballería consistía en un enorme sombrero de paja, una camisa y
un palo doblado que servía para animar al burro a caminar con
palabras como: “¡ Anda burro!“ etc. Así ocurría cuando no
dejaban pasar los pesados carros de alquiler que, junto a algunos
que transitan por Bogotá, son los únicos vehículos de toda Colombia
y, posiblemente por su “exclusividad”, los solos de ese
tipo en todo el mundo, ya que de haber existido en un país
civilizado tendría que haber sido hace cientos de
años.
Estos verdaderos monstruos con forma de carros son difíciles de
describir, ya que no puede imaginarse un viejo armatoste cubierto
por siete vidrios cortados verticalmente por el centro, de modo que
las tres ventanas posteriores y sus grandes ruedas quedan unidas y
son arrastradas por dos gruesas y largas varas que empuja un
caballo, sobre el cual va sentado un alto y pesado negro que
chasquea su látigo de cuero o usa la espuela que se coloca en su
pie desnudo, tratando de aumentar la velocidad del pesado
equipaje.
Como no existen ventanas (las que casi no se conocen en el
idioma cotidiano), las aberturas del coche brindan la ocasión a la
pareja que en su interior viaja de mirar hacia el exterior, y a los
peatones la posibilidad de mirarles boquiabiertos.
Entre los últimos podríamos contar a un grupo de negras jóvenes,
con sus vestidos franceses y sus blancos bordados, que hacían
resaltar sus largos guantes negros y sus medias y zapatos del mismo
color. Al principio lo creía un capricho raro de la moda, pero pese
a que la naturaleza les había dado esa figura, habrían sido
preferibles formas más ajustadas y esbeltas para hacer juego con
esos lindos vestidos. No era este el caso, pues no solamente los
brazos estaban descubiertos sino también los pies; muchos anillos
adornaban los dedos; pulseras, las muñecas; piedras el cuello, y
las flores decoraban el cabello; todo el cuadro era una verdadera
protesta contra el buen gusto.
Algo más atrás se distinguían unos petimetres colombianos con
livianos sombreros de raíces, sacos rayados y pantalones blancos,
estos últimos tan anchos que en cada uno podrían caber dos piernas
de mujeres, y sumado a todo esto unas botas con tacones altos que
acompañaban el liviano y pomposo caminar que estos señoritos
mostraban al pasar, moviéndose bajo su constante conversación, o
mejor dicho, griterío, que ni sus cigarros encendidos podían
interrumpir.
A lo lejos se veía un fuerte nativo, sumiso, de color amarillo
sucio, cuyos cabellos negros y lisos caían bajo el amplio sombrero
de paja que daba sombra a la figura. Ancho de hombros, vestido
pobremente, con una camisa de cuadros azules que colgaba suelta y
cubría por sectores la ropa interior del mismo color y tela. Se
encontraba a punto de encender un puro, bajo sus labios decorados
con una barba poco abundante, y de dárselo al compañero, un mulato
de color castaño descendiente de la mezcla entre europeos y
africanos, con una figura tan bien formada que serviría como modelo
a un escultor y —con excepción de la herencia de su madre, un
cabello rizado y corto— podría considerársele un hombre
hermoso.
Después de haber encendido su propio cigarro debieron ambos
quitarse del camino para dar paso a un grupo de jinetes que con
espuelas, látigo y las riendas tensas forzaban sus cabalgaduras al
más rápido galope, para lo cual les habían enseñado a estas un paso
que resultaba grato para el jinete pero forzado para la
bestia.
Al cambiar la vista de lugar se veía una pareja de oficiales de
la guarnición con sus grandes bigotes negros, barba de perilla y
patillas, que apenas dejaban espacio para la cara pálida y amarilla
y enmarcaban unos relucientes ojos negros que demostraban, si no
por sus dueños sí por sus antepasados, su origen castellano. El
emblema tricolor de la república lucía sobre sus grandes sombreros
triangulares en lindos penachos. En los botones de sus relucientes
casacas el escudo de armas de Colombia mostraba que defendían ahora
la libertad de la colonia independiente contra la opresión de la
Madre Patria.
Finalmente se veía uno que otro inglés, cuyo delgado rostro
certificaba que desde hacía tiempo había decidido cambiar el aire
húmedo de su querida isla por el seco y quemante calor de este
continente.
Podía vérseles transpirando en las vestimentas de su patria: el
frac azul, que parecía incorporado a su existencia nacional, de la
cual es tan inseparable como un turco de sus mamelucos. Lo
característico de esto es que puede vérseles vestidos de igual
forma en el círculo polar ártico y en el Ecuador, o sea en las
zonas árticas frías y en calor tropical; con muy poca variación, no
abandonan sus queridas prendas de vestir.
Al lado de ellos se encontraba un francés agraciado, que con su
vestido liviano mostraba que adquiría la costumbre del lugar donde
estuviera. Así, con su bufanda, el alfiler de la corbata y las
joyas, recordaba que “hay que ser hábiles en todo lugar”,
tanto en un paseo de Cartagena como en un “boulevard” de
París.
Regresamos a la ciudad junto con el grupo. Siguiendo tras este
nos encontramos, un tanto sorprendidos, en el centro del café más
distinguido de Cartagena, en el que durante las tardes se colocaban
las sillas afuera hasta ocupar la mitad de la acera de enfrente. Al
aire libre era el lugar favorito para situarse ya que se evitaba el
calor de las piezas en el interior. Servían limonadas, leche de
almendras, café, etc.
Las nacionalidades eran fáciles de distinguir por sus gustos. El
inglés, por ejemplo, pide su brandy con agua; el francés su taza de
café, y el colombiano chocolate, siempre que antes no haya pedido a
gritos: “Ponche de huevos”, que los jóvenes
especialmente, toman gustosos. La unión se da en un artículo, el
cigarro, porque acá lo fuman desde los ricos hasta los pobres; los
señores y los comunes, sin exclusión de las mujerzuelas. Esta
generalidad ha provocado un verdadero rito. Encender un puro se
considera un acto tan sagrado que nadie puede negar su fuego del
tabaco a quien se lo solicite. Así, el soldado se lo pide al
oficial y el señor más distinguido lo cede inmediatamente al
obrero.
Esta verdadera costumbre republicana resulta en ocasiones
incómoda, ya que si una persona va de prisa pero se éncuentra en la
calle a un negro, indio o a cualquiera, éste puede detenerlo con
un: “Me hace el favor, señor”, el sujeto se queda
detenido hasta que el impertinente haya encendido su puro; o en
caso contrario, se ve obligado a dejarle el fuego y el tabaco para
evitar el molesto contratiempo.
Los portones, lo mismo que las entradas al puerto interior, los
cierran a las ocho de la noche y como ninguno de nosotros tenía
todavía alojamiento, terminó en ese instante nuestra primera visita
a la ciudad y retornamos a bordo.
Los días festivos que seguían a la Semana Santa, sumados a la
pereza y curiosa lentitud de los habitantes, evitaron que
lográramos realizar muchas cosas en ese tiempo. Puedo decir con
razón que los colombianos durante la mitad del año tienen días de
fiesta y el otro medio año no hacen nada.
No se necesita ser muy exaltado para perder la paciencia cuando
después de haber corrido durante largos días detrás de un tal
señor, éste, moviéndose en su hamaca, pronuncie su palabra
favorita: “Vuelva mañana”; y al insistir en un nuevo
retorno recibe la categórica respuesta: “Hoy es día de
fiesta”, pronunciada con alegre seguridad, como si hubiera
estado esperando todo ese tiempo para decirla, ya que en este día
nada puede decirse acerca de su inactividad.
Quizás el clima ayude a que así sea. Por eso es especialmente
peligroso para el europeo estar en excesivo ajetreo los primeros
días después de su llegada. La demasiada exposición al sol, en
especial durante el mediodía, causa dolor de cabeza acompañado de
una fiebre ligera.
Los nativos prefieren su hamaca a exponerse a los rayos del sol.
Con el cigarro en la boca y uno de los pies dando impulsos para
alcanzar y aumentar al máximo la corriente de aire, gozan de la
deliciosa frescura que puede dar una temperatura de 35° C. Es muy
raro observar a alguien por las calles a la hora del mediodía;
tanto estas como las plazas están vacías. Si casualmente un urgido
caminante las cruza, lo hace en la más completa soledad, y la, en
otras horas, inseparable sombra de su cuerpo también parece haberlo
abandonado; ella sigue al cuerpo en la mañana y por la tarde, pero,
semejando a las sirvientas, no se la puede obligar a salir al
mediodía.
Es difícil hacerse a la idea de un día de este estilo. Es como
estar rodeado de una gran masa de gas que ilumina y llena todo con
su deslumbrante luminosidad. De allí que como producto de tal
situación sea frecuente contemplar gente ciega o con la vista
herida.
El primer día diferente que pasamos y el primero de lluvia que
Cartagena tuvo en dos años, llegó por fin el 15 de abril. Pero
también fue una lluvia de estilo tropical, que quería, si era
posible, reponer de una sola vez los dos años de sequía. Las gotas
caían tan grandes y seguidas unas de otras que daban la impresión
de una sola masa de agua que junto a terribles estampidos de
truenos descendía sobre casas y calles.
Las calles se transformaron en canales y las casas necesitaron
de toda la resistencia de sus techos de ladrillos dobles para
proteger a los seres humanos y a los animales que amparaban.
Producto de tal situación fue que el termómetro bajó bastante pero
subió al momento de cesar la lluvia y dar paso al sol que con
renovadas fuerzas vino a secar todo, hasta las
calles.
La importancia mayor del aguacero caído consistió en repletar
los estanques de la mayoría de las casas, que durante mucho tiempo,
por falta del elemental líquido, no habían logrado cumplir con su
función, cual era surtir a la ciudad de agua
potable.
El 19 de abril se celebró el día del año que dio comienzo a la
Revolución, por lo cual desfilaron los batallones de las dos
guarniciones.
Una era la de “Tiradores de la Guardia” que se veían
mejor con maniobras más seguras de lo que se podía suponer, aunque
los sacos de lana y las pesadas charreteras debían de molestar a
los negros e indígenas que la componían, los cuales se notaban no
estar acostumbrados a la situación.
La música no era buena sino estridente; a más sonido de
trompetas y mayor ruido, tanto mejor les parecía. Eran bastantes y,
en lo posible, soberbios; lo mismo de engalanados que nosotros;
además no necesitan pintarse la cara para parecer
negros.
La otra unidad era un escuadrón llamado “Húsares”, al
que tan solo le quedaban el nombre y el sable, porque los caballos
escaseaban hacía mucho en este Cuerpo Monsterulla.
Los barcos de guerra anclados en la bahía, embanderados,
saludaban. La fecha solemne terminó con un gran baile en la Casa de
la Gobernación.
Gracias a la invitación generosa del conde Adelcreutz
conseguimos asistir a este maravilloso regocijo, raro para un
extranjero. De las múltiples habitaciones iluminadas de la gran
casa, las dos más grandes e inmediatas estaban dedicadas al baile,
para lo cual se ajustaban a la perfección, y como no existía entre
ellas separación, permitían a la cadena del vals pasar de una a
otra por el piso de piedra.
El conjunto total era tan numeroso como brillante, no solo por
el lustre de los uniformes multicolores sino por las vestimentas de
las damas, envueltas en sedas y telas finas, adornadas con perlas y
joyas, las que mejor se ven a la luz artificial y aparentan mayor
valor que el que tienen a la luz plena del día.
Entre los uniformados sobresalían los Generales Soublette y
Montilla, con sus fracs bordados de escarlata
dorada.
El primero era uno de los generales más brillantes, inteligentes
y queridos de Colombia, que posteriormente desempeñó el cargo de
Ministro del Departamento de Guerra. El segundo, más guapo y
cortés, es actualmente Jefe del Departamento de
Cartagena.
Todos los caballeros estaban vestidos de frac, ya fueran civiles
o militares, y los pantalones, sin distinción, eran de lino blanco.
Muchos se distinguían por su apostura y la elegancia de su baile.
Entre las mujeres no había ninguna que se caracterizara por una
belleza extraordinaria. Su hermosura solo era posible verla a la
luz del día, cuando se ayudaban con el maquillaje o, mejor dicho,
este le daba al cutis un color que no tenía, ya que no hay mujer en
Cartagena que tenga un color diferente al grispálido. La mayoría
poseía una dentadura feísima, por lo que más difícil resultaba al
cabello y los ojos hacerlas parecer bellas.
De no ser por el corto talle que las deformaba, sería posible
considerarlas dueñas de un cuerpo bonito, lo cual se confirmaba por
el no uso del corpiño, ya que el calor no se los permitía. Lo que
más autoapreciaban y en realidad constituía lo lindo de ellas, eran
sus pies; que después de los delicados de la mujer oriental deben
de ser los más lindos que pueden verse.
Su danza era de mucha gracilidad, aunque no usaban ninguno de
los pasos que acostumbrábamos nosotros, los que de todas formas
habrían sido imposibles de efectuar en el piso de piedra y al
compás de la lenta y pomposa música con que se acompañaban sus
valses y contradanzas, que en definitiva resultaban ser un compás
inglés con una serie de variantes que les habían
introducido.
No es posible bailar en este clima tan caluroso con la rapidez y
vivacidad con que lo hacemos en nuestros bailes de invierno, pero
es grato observar lo hermoso y original que resulta el orgullo y
galanura de sus vueltas en el vals, además de la gracia y elegancia
con que se mantienen en el aire en un baile como el
minué.
Cerca de la medianoche las salas de baile fueron momentáneamente
abandonadas. Se pasó a las habitaciones donde largas mesas se
doblegaban bajo el peso del ágape que, con muy pocas excepciones,
consistía en productos iguales a los nuestros. La diferencia mayor
se notó en los postres, consistentes en las mejores frutas
tropicales: piña, mango, melones en diversidad de tipos, limones,
naranjas, etc., todo en una cantidad tan abundante como
variada.
La comida acabó pasadas las dos de la madrugada, prosiguiendo
luego el baile hasta las cuatro, hora en que todo
acabó.
Algún tiempo más tarde, el Cónsul inglés ofreció en su casa
baile parecido, al cual fuimos invitados. Muchos bailes vinieron
después. En general, podemos decir que estos les agradan bastante.
Después de los juegos de salón son su única
entretención.
El 13 de mayo nos despedimos de Cartagena. En muchos aspectos es
una ciudad interesante; tal vez en una segunda visita entregue una
descripción más acabada y detallada de ella. La impresión que en el
europeo recién llegado deja su modo de vida, es triste y
desagradable, aun cuando esta ciudad es considerada por los
colombianos y foráneos como un pequeño París.
Es posible también que nos hayamos dejado influir por la opinión
de un viajero inglés que regresaba en nuestra travesía desde
Europa, el que ahora pensaba que, en muchos sentidos, no era como
él la había conocido dos años atrás. Cuando al embarcarnos me
preguntó qué pensaba de Cartagena, acordándome de sus descripciones
anteriores no pude dejar de contestarle con el pensamiento de uno
de sus escritores: “Un lugar de paz, eso decía en los días
pasados; pero algo lo arruinó, ahora el lugar es
distinto”.