INDICE





INTRODUCCIÓN

VIAJE POR COLOMBIA

PRIMERA PARTE
Capítulo I - El embarque
Capítulo II - Cartagena
Capítulo III - Santa Marta
Capítulo IV - Viaje de Santa Marta a Cartagena
Capítulo V - Cartagena
Capítulo VI - Viaje de Cartagena a Mompós
Capítulo VII - Mompós
Capítulo VIII - Viaje por el Magdalena
Capítulo IX - Viaje por el alto Magdalena
Capítulo X - Viaje por el alto Magdalena y el río Nare

SEGUNDA PARTE
Capítulo XI - Viaje por los Andes
Capítulo XII - Viaje a través de la provincia de Antioquia
Capítulo XIII - Medellín
Capítulo XIV - Viaje desde Medellín a Bogotá
Capítulo XV - Bogotá
Capítulo XVI - Colombia antes de su emancipación
Capítulo XVII - La República de Colombia
Capítulo XVIII - Los habitantes y la población de Colombia
Capítulo XIX - Visitando el Salto de Tequendama
Capítulo XX - Viaje de vuelta a la costa
CAPITULO II  |

 

|CARTAGENA

 

La quietud de la noche prosiguió hasta el día siguiente, cuando el suave viento del lago —que no es más que el viento alisio— empezó a soplar e inmediatamente llenó las velas, llevándonos al puerto ubicado 2.4 millas hacia adentro. El puerto estaba en la misma dirección del viento, por lo que tuvimos que bordear durante todo el trayecto, lo cual no resultaba del agrado de nuestro práctico negro, ya que habría preferido esperar la brisa que llegaba desde la tierra. Pese a todo nos sirvió como guía, aunque tenía —como casi todos ellos— poco conocimiento de las aguas. 

El práctico tenía la costumbre, un tanto extraña, de subirse al puesto de vigía de la proa y, desde allí gritar con todas sus fuerzas las órdenes. Esto lo hacía semidescubierto y como lo consideramos inconveniente le pedimos que se viniera a la popa y permaneciera en su puesto. Esta solicitud posiblemente le pareció que rompía las reglas de la República, pues bajó, tomó su pequeño maletín, una calabaza grande que había llevado bajo el brazo con el mismo celo con que las mujeres llevan sus adornos— corrió hasta la parte posterior del velero y en un instante volvió totalmente cambiado de ropas, o sea con una buena y limpia camisa y pantalones, en remplazo de los gruesos y sucios de lino que antes usaba. 

En un comienzo se hizo difícil entender la relación existente entre esta verdadera metamorfosis y la orden de venirse a la popa, pero pronto nos aclaró todo cuando con aire arrogante y andar orgulloso nos dijo: “Soy hombre libre y caballero, como ustedes”; e inmediatamente se fue, con aire de vencedor, a ocupar su sitio anterior, en el puesto de vigía de proa. El consideraba que nosotros nos habíamos equivocado sobre su real valor, pareciéndole indiscutible ahora, con su cambio de vestimentas. 

Menciono esta anecdótica disputa, no por lo que significa en sí, sino por lo general y característico de la situación, pues posteriormente he comprobado que es aplicable a todas las gentes de color en este país, ya que con el solo uso de ropas nuevas se sienten personas mejores y distinguidas, o como dirían los ingleses con una expresión tan difícil de traducir: como un “gentleman”. 

No obstante lo dicho, con cortos y seguidos golpes llegamos al hermoso y amplio puerto, del que con mucha razón podemos decir que es uno de los más bellos del mundo y, para ser justos, puede competir con el de Nápoles, como he oído decir a muchos. 

Con la sola excepción de “La Popa”, todas estas playas son bajas. La prolongada sequía no consiguió empeorar su fisonomía; por el contrario, se encontraba en pleno verdor, el que avanzando en la inmensidad del campo decaía poco a poco en un gris, hasta desaparecer en la sierra azul que, hacia este lado, limitaba la vista. 

En el extremo opuesto estaba la larga isla “Tierra Bomba” que presentaba un aspecto agradable, desde Boca Chica, con sus planos en declive poblados por todos lados, con pequeños arbustos y bosques, donde se encontraban aquí y allá diseminadas pequeñas chozas indígenas que recreaban la visión hasta Boca Grande. 

Hacia el otro lado, los grandes muros blanquigrises de la fortaleza separaban la ciudad del gran número de barcos de guerra y mercantes que se encontraban anclados en el puerto, celebrando con sus señas y banderas de distintas naciones el día de Pascua, dando mayor vida al cuadro general. Al centro de este panorama la fortaleza de San Lázaro se alzaba por encima de pequeñas casas de campo y poblados indígenas, distribuidos al pie de “La Popa” majestuosa, que, allá en el fondo, se erguía sobre todo el conjunto, con su antiguo convento de frailes ubicado en el pico más alto, cual toque final de un maestro de la pintura. 

En las primeras horas de la tarde pudimos echar anclas y pronto estuvieron junto a nosotros en la Aduana, el Capitán de Puerto, los oficiales de aduana y un intérprete. Eran amables y se entretuvieron contemplando la nave y, en especial, su tripulación, que con sus grandes y desnudos cuerpos y su tez sana hacían fuerte contraste con sus propias figuras delgadas y sus caras pálidas y amarillas. Nuestro emblema les llamó la atención y estuvieron de acuerdo en que “la bandera de Suecia es muy bonita”. 

La similitud con que los latinos pronuncian los nombres de Suecia y Suiza llevó a que uno de ellos quisiera dar a entender que proveníamos de Suiza, y como la única referencia que tenían era que Suecia queda muy al norte se originó una entretenida discusión que acabó con el grito de uno de ellos: “Son de la patria de Carlos XII”; definición que, aunque parezca sorprendente, entendieron todos en el acto. 

La verdad es que no solo en la costa colombiana sino también en las alturas andinas se encuentra gente que pese a no saber que existe Suecia habla fervorosamente de Carlos XII como “el más valiente en todo el mundo”, conociendo a lo menos algunas “hazañas del Gran Rey” que se “leen en cientos de escritos”, ya que, como el gran poeta canta, “lejos voló esta águila”. 

Cerca de las cuatro de la tarde, cuando el sol perdió fuerza intensidad de sus rayos, nos alistamos para nuestra bajada a tierra firme, hacia el lugar común de reunión, la sabana entre la ciudad y el suburbio Ximani, entre una gran colección de figuras de todas las razas, edades y sexo. 

Es difícil describir la impresión del desembarque. La llegada a una gran ciudad desconocida, por regla general, está acompañada de gran alegría, aunque el viaje se haya efectuado por tierra; con mayor razón si se hizo por mar, donde la sensación es diferente y los paisajes son otros. Las distinciones llevan a que difícilmente puedan compararse las rutas seguidas. 

Es verdad que por tierra es posible trasladarse hasta los sitios más apartados de los centros urbanos, a diferentes climas, gentes, parajes, etc. Además comparados con el lugar de partida, todos estos detalles llaman bastante la atención. Pero al punto de arribo se llega después de visitar varios países, no tan diferentes entre sí, donde cada detención es un eslabón de la extensa cadena que une los lugares separados. Estos eslabones son, en cuanto a los extremos, muy diferentes, aunque en los ubicados uno al lado del otro la disparidad casi no se nota; son como la sombra en un matiz bien logrado, en el que no puede decirse dónde está el detalle; tal es la dificultad para ubicar las diferencias entre dos países vecinos. 

No ocurre lo mismo al viajar en barco, pues de un solo golpe es trasladado uno a lugares sin relación entre sí. Como por fuerza mágica se coloca en otro mundo y el tiempo gastado en el viaje se asemeja a un sueño, que comienza con el embarque, y el despertar llega con el arribo del barco al puerto de destino. 

Las impresiones del lugar de partida todavía están frescas, latentes en la memoria, así como los recuerdos, que no pueden haber sido borrados por el paisaje presente, aun cuando nos parezca —al comparar ambos países— que sea una especie de sueño nocturno entre las aventuras de dos días o el intermedio entre los actos de una obra de teatro. 

El barco no es más que un hogar en movimiento, un girón arrancado de la patria que se ha dejado, una casa flotante que con sus habitantes y comodidades lo abandona todo y se traslada a otros continentes, dispuestos a hacer “visitas a los vecinos de enfrente”. Considerado desde este ángulo el velero y la tripulación no varían por lo prolongado del viaje, tan solo cambian en un sentido relativo al relacionarse con otros lugares. Como dice Horacio: “Coelum non animum mutant qui transmare currunt”. 

Por ello el viajar en barco devora las distancias y hasta sus mínimas diferencias se nos hacen visibles, y así las impresiones para nosotros, que veníamos del norte, eran muy grandes pues no eran tan solo las diferencias entre dos países distintos en algunos aspectos; ¡no!, eran dos continentes ubicados a diversos lados del océano que ofrecían comparaciones debido a lo opuesto del paisaje, gente, idioma, y en muchos otros aspectos. 

La fiesta de Semana Santa con todas sus diversiones aumentaba la impresión del espectáculo ofrecido. La llanura entre las puertas de la ciudad y el suburbio eran un verdadero bulevar en Cartagena, colmada de un multicolor hormiguero humano. La mayor parte eran negros, acompañados de otros colores que configuraban un muestrario de tonos que iban desde el negro africano, pasaban por el amarillo-marrón americano y terminaban en el blanco europeo. 

Vestían delgadas telas blancas y multicolores y el contraste con sus propios colores resultaba grato de mirar. Debido a la rapidez con que vimos estas imágenes, ya que nuestra dirección era la ciudad, se nos hizo difícil captar algo especial en esa multitud. A nuestro regreso tendríamos ocasión de comprobarlo. 

Dos enormes portones constituían la entrada de la fortaleza, una dirigida hacia una plaza triangular y la otra que nacía desde allí; sus viejas y ruinosas casas dan una mala, tal vez falsa, idea sobre esta ciudad que apenas se empieza a conocer. 

A campo abierto, pese a que el termómetro a bordo marcaba 33°C, no habíamos notado el calor; pero acá, a causa de las altas casas que impedían el paso de la brisa refrescante, arreciaba. Al instante de transponer el portón se ingresaba a un horno caliente. Esto no era efecto del sol, sino una pesada y agobiante masa de aire que rodeaba una multitud de gente que se atropellaba, lo cual hacía todo mucho más desagradable. Quien no está acostumbrado, se asusta, ya que la atmósfera solo huele a peste. 

Allá abajo, en la plaza, se alza un pasillo que se estrecha a medida que aumenta la compacta masa de gente, a cuyo final se llegaba prácticamente ahogado; en este recorrido es necesario esforzarse para avanzar en medio de la muchedumbre que se empuja mutuamente entre las negras vendedoras de la plaza, que ubican sus puestos cubiertos por una vieja vela de bote, una alfombra o un paraguas roto, bajo los cuales y como preocupación fundamental debe espantar las legiones de mosquitos que en toda la amplitud de la palabra, cubren las frutas, dulces, puros y quesos que expenden. 

En este punto comienza la callecita corta que llega hasta la Plaza Mayor, la cual con sus altas casas ofrece un poco de sombra. Ahora empezábamos a conocer y contemplar la desconocida ciudad. 

Si fuera la primera impresión la que guiase la descripción de un lugar, Cartagena no sería uno de los más atractivos. Su rostro es distinto al de las ciudades de Europa, pero la diferencia no cuenta a su favor. Las casas de piedra blanca pero sucias, con sus tres pisos de altura, hacen las calles más angostas y oscuras, debido a los macizos balcones de madera, tan cercanos entre sí que parece se estuvieran empujando, dando lugar a quien los observe a comparar cuáles son más feos, silos pintados de rojo o los pintados de negro, y como ambos colores se cubren por igual de polvo y suciedad hacen muy difícil la elección. 

No se conocen las ventanas de vidrio en el inventario de la casa; en su reemplazo se encuentran grandes agujeros provistos de rejas de madera, que conforman una total armonía con los balcones; entonces no sorprende la incertidumbre de pensar si en lugar de casas se está en presencia de cárceles o depósitos. 

La mayoría de las calles no están empedradas sino llenas de arena, y en distintos lugares pueden verse grupos de negritos desnudos dando volteretas, muchas veces en compañía de un mico, el que solamente se distingue de ellos por sus saltos más altos y sus movimientos más ágiles. Todo el espectáculo se acompaña de una música que para quien no está acostumbrado a oír, resulta una variante del parloteo de los papagayos sentados en las puertas y en los balcones; es decir, el idioma del pueblo inferior. Aunque el español es tan bello si está bien hablado, cuando proviene de la boca del negro o del indígena, resulta para el extranjero de una naturaleza inentendible, así como los gritos de los pájaros. 

Si unimos todos estos cabos tenemos una impresión regular de las imágenes que acompañaron nuestros primeros pasos por las calles de Cartagena. 

Antes de llegar a la Plaza Mayor la calle se ensanchaba bastante, quedando hacia el lado derecho la catedral y hacia el izquierdo el palacio que de antigua residencia del Arzobispo se había transformado en sede del oficio de mayor abolengo en Cartagena, la Intendencia del Departamento de la Magdalena. 

En medio de estos edificios, ocupando todo un frente de la Plaza Mayor, se alzaba el Palacio de la Inquisición, un edificio grande e irregular, que ni por sus actuales exteriores ni interiores puede relacionarse con ese horrible nombre. 

Las rejas de hierro y las ventanillas habían cedido su lugar a las rejas de madera y los balcones; de los calabozos habíanse hecho depósitos, y de los acueductos, subterráneos donde las mercancías de los comerciantes y los vinos para añejamiento habían reemplazado a los lánguidos prisioneros. 

En lugar de un sanguinario Inquisidor Mayor mandaba ahora, posiblemente con la sola sed del dinero, un comerciante, quien compró este edificio a la actual gobernación, ya que la Inquisición había sido abolida al llegar la independencia. 

El otro costado de la plaza estaba ocupado por una serie de casas, de las cuales el segundo piso sobresale tanto que con sus gruesas columnas forman un corredor ancho y largo que ofrece sombra constante y hace del lugar el más fresco de Cartagena. 

Como no teníamos guía y nuestra comprensión del idioma era poca o nula, con excepción de algunas preguntas que por precaución habíamos aprendido para la ocasión, las que con toda seguridad eran difíciles de entender así como las respuestas que recibíamos, nos vimos en la necesidad de recurrir a nuestro Comisionario señor Martín Vivia antes de lo que teníamos planeado. 

Por fin nos mostraron una casona enorme, a la que ingresamos por la puerta ubicada en la calle grande; entramos a un vestíbulo alto, espacioso y fresco, cuyas paredes estaban revestidas con piedras del cuaternario. En ambos costados se veían puertas que conducían hacia el piso inferior, usado normalmente —en las grandes casas— como depósito. Una ancha escalera de piedra llegaba desde el interior, pasando por el entrepiso, que consistía en piezas pequeñas, oficinas, etc. 

Arriba se encuentra el tercer piso, el más importante de la casa. Era muy alto y —como nuestras casas campesinas— no tenía cielo raso, solamente el techo de la casa; el piso era de baldosas de piedra. 

Por estar las ventanas y puertas ubicadas frente a frente se formaba una corriente de aire que hacía de este lugar de la casa el más fresco y agradable y más amena la estada en este clima tan ardiente.

Desde una especie de vestíbulo que permanece abierto hacia el patio se ingresa por dos grandes puertas batientes a una sala amplia, a través de la cual se llega al balcón ubicado al otro lado, hacia la calle. A su costado dos dormitorios formaban parte de las habitaciones de este piso, cuyas paredes interiores llegaban hasta el borde del techo dejando una abertura entre ambos lados de la techumbre. 

Los muebles eran tan sencillos y escasos que resulta fácil hacer un inventario. En el centro del vestíbulo, que también es comedor, había una mesa grande, maciza y mal hecha, de madera de cedro, cuyo único mérito era que combinaba con una media docena de sillas de la misma madera. Estas, con sus espaldares y asientos de grueso cuero, colocados entre sus iguales y abultadas patas, evidenciaban que fueron hechas por el mismo artista de la mesa. Encima de los muebles, una visión que no podría definirse con lo expresado por Ovidio: “Materiam superabat opus” | (1) , dos o tres cántaros de agua hechos de greda quemada constituían el resto del adorno de esta pieza. Mi opinión es que no deberían haberse incluido, con mayor razón en una sala tan pobre en muebles, ya que parecían aprisionados entre ambos muros, recordándome las estufas de azulejos con que, en nuestra patria, calentamos dos habitaciones. Pero de todas maneras pertenecían a este lugar, en el cual se encontraban también diseminadas algunas sillas, idénticas a las ya mencionadas, lo cual hacía pensar que se trataba de un solo mobiliario compuesto de un juego de doce. 

Es raro encontrar en esta casa otros muebles. Si bien es cierto que se podrían incluir en este inventario dos lindas hamacas de tela de algodón blanco y azul que cuelgan de una pared a la otra como largos festones bajo una lámpara de vidrio que pende en el centro del techo, donde alguna vez tuvieron su lugar las velas. El último detalle lo constituye una mesa de centro, que permite el libre movimiento de las hamacas. 

En los dormitorios, por supuesto, el mueble “sine qua non”, es la cama. Era soberbia, totalmente del gusto francés, aunque solo fuese una muestra para definir la pieza, más que para dormir en ella, ya que para este clima las mejores camas serán siempre las hamacas y los catres de campaña, que se ubican en el lugar más fresco, ya sea el salón, la sala o el dormitorio. También se veía en la habitación descrita un armario grande, suficiente para guardar los vestidos necesarios para este clima. 

El resto del mobiliario de la pieza se hace difícil de detallar, máxime si acá solo encontrábamos lo necesario y la abundancia no parecía pertenecer a los males de la nación. Para terminar, se encuentra un espejo, considerado por nosotros como un indispensable artículo de tocador. 

Este cuadro de una casona en Cartagena es, en sus líneas generales, constante, aunque puede estar sometido a algunas variaciones menores, para lo cual contribuye la mayor riqueza que se tenga, o bien la introducción de artículos de lujo extranjeros, esto último ayudado por la posición de un distinguido funcionario o un comerciante rico a quien le agrada ver cuadros franceses adornando las paredes blanqueadas con cal y las finas sillas inglesas de tubos trenzados y reforzados, en reemplazo de las de cuero y patas gruesas hechas por los indígenas. También prefieren una mesa mejor trabajada y adornada con dos grandes guardabrisas donde se colocan las velas para protegerlas de las corrientes de aire. Pero esto solo puede ser considerado una excepción dentro de la clase media y como para uso exclusivo de una selecta minoría. 

Aquí fuimos amablemente tratados por el dueño de casa, que hablaba francés, y por su cuñado el Conde Adelcreutz, que se encontraba en casa en esa ocasión. 

Transcurrido cierto tiempo retornamos a la calle, que había cobrado mucha vida, aprovechando que el calor no era tan sofocante como cuando habíamos llegado. Mujeres de todas las clases y tipos paseaban por las afueras de la ciudad, a las que nosotros seguimos, y deambulando por el suburbio llegamos a la entrada que daba al campo. 

Al otro lado de esta última, un muro bajo ofrecía lugar de descanso y reposo. Como estábamos algo cansados luego de tanta caminata y a la vez acalorados, nos sentamos, observando con detención a las distintas personas que por acá paseaban. 

Veíamos, por ejemplo, venir algunas damas criollas de clase alta que con verdadero y orgulloso andar español avanzaban envueltas en sus ligeros vestidos blancos de manga corta y delgada, como queriendo decir: “Si no admiran nuestra tez pálida, observen a lo menos nuestros hermosos pies”. Al lado de estas damas vimos un sacerdote envuelto en su capa negra, sudando bajo el sombrero de alas anchas, las que de tan inclinadas le impedían mirar hacia el cielo, aunque no a los lados, si no por otro motivo, al menos para responder los múltiples saludos y muestras de profundo respeto con que el pueblo le acogía. 

También se hizo presente el pueblo inferior. Entre este podían contarse algunos negros montados en pequeños burros que regresaban de vender sus verduras en la ciudad y ocupaban su asiento en el cuello resistente del animal, balanceando las piernas. Su uniforme de caballería consistía en un enorme sombrero de paja, una camisa y un palo doblado que servía para animar al burro a caminar con palabras como: “¡ Anda burro!“ etc. Así ocurría cuando no dejaban pasar los pesados carros de alquiler que, junto a algunos que transitan por Bogotá, son los únicos vehículos de toda Colombia y, posiblemente por su “exclusividad”, los solos de ese tipo en todo el mundo, ya que de haber existido en un país civilizado tendría que haber sido hace cientos de años. 

Estos verdaderos monstruos con forma de carros son difíciles de describir, ya que no puede imaginarse un viejo armatoste cubierto por siete vidrios cortados verticalmente por el centro, de modo que las tres ventanas posteriores y sus grandes ruedas quedan unidas y son arrastradas por dos gruesas y largas varas que empuja un caballo, sobre el cual va sentado un alto y pesado negro que chasquea su látigo de cuero o usa la espuela que se coloca en su pie desnudo, tratando de aumentar la velocidad del pesado equipaje. 

Como no existen ventanas (las que casi no se conocen en el idioma cotidiano), las aberturas del coche brindan la ocasión a la pareja que en su interior viaja de mirar hacia el exterior, y a los peatones la posibilidad de mirarles boquiabiertos. 

Entre los últimos podríamos contar a un grupo de negras jóvenes, con sus vestidos franceses y sus blancos bordados, que hacían resaltar sus largos guantes negros y sus medias y zapatos del mismo color. Al principio lo creía un capricho raro de la moda, pero pese a que la naturaleza les había dado esa figura, habrían sido preferibles formas más ajustadas y esbeltas para hacer juego con esos lindos vestidos. No era este el caso, pues no solamente los brazos estaban descubiertos sino también los pies; muchos anillos adornaban los dedos; pulseras, las muñecas; piedras el cuello, y las flores decoraban el cabello; todo el cuadro era una verdadera protesta contra el buen gusto. 

Algo más atrás se distinguían unos petimetres colombianos con livianos sombreros de raíces, sacos rayados y pantalones blancos, estos últimos tan anchos que en cada uno podrían caber dos piernas de mujeres, y sumado a todo esto unas botas con tacones altos que acompañaban el liviano y pomposo caminar que estos señoritos mostraban al pasar, moviéndose bajo su constante conversación, o mejor dicho, griterío, que ni sus cigarros encendidos podían interrumpir. 

A lo lejos se veía un fuerte nativo, sumiso, de color amarillo sucio, cuyos cabellos negros y lisos caían bajo el amplio sombrero de paja que daba sombra a la figura. Ancho de hombros, vestido pobremente, con una camisa de cuadros azules que colgaba suelta y cubría por sectores la ropa interior del mismo color y tela. Se encontraba a punto de encender un puro, bajo sus labios decorados con una barba poco abundante, y de dárselo al compañero, un mulato de color castaño descendiente de la mezcla entre europeos y africanos, con una figura tan bien formada que serviría como modelo a un escultor y —con excepción de la herencia de su madre, un cabello rizado y corto— podría considerársele un hombre hermoso. 

Después de haber encendido su propio cigarro debieron ambos quitarse del camino para dar paso a un grupo de jinetes que con espuelas, látigo y las riendas tensas forzaban sus cabalgaduras al más rápido galope, para lo cual les habían enseñado a estas un paso que resultaba grato para el jinete pero forzado para la bestia. 

Al cambiar la vista de lugar se veía una pareja de oficiales de la guarnición con sus grandes bigotes negros, barba de perilla y patillas, que apenas dejaban espacio para la cara pálida y amarilla y enmarcaban unos relucientes ojos negros que demostraban, si no por sus dueños sí por sus antepasados, su origen castellano. El emblema tricolor de la república lucía sobre sus grandes sombreros triangulares en lindos penachos. En los botones de sus relucientes casacas el escudo de armas de Colombia mostraba que defendían ahora la libertad de la colonia independiente contra la opresión de la Madre Patria. 

Finalmente se veía uno que otro inglés, cuyo delgado rostro certificaba que desde hacía tiempo había decidido cambiar el aire húmedo de su querida isla por el seco y quemante calor de este continente. 

Podía vérseles transpirando en las vestimentas de su patria: el frac azul, que parecía incorporado a su existencia nacional, de la cual es tan inseparable como un turco de sus mamelucos. Lo característico de esto es que puede vérseles vestidos de igual forma en el círculo polar ártico y en el Ecuador, o sea en las zonas árticas frías y en calor tropical; con muy poca variación, no abandonan sus queridas prendas de vestir. 

Al lado de ellos se encontraba un francés agraciado, que con su vestido liviano mostraba que adquiría la costumbre del lugar donde estuviera. Así, con su bufanda, el alfiler de la corbata y las joyas, recordaba que “hay que ser hábiles en todo lugar”, tanto en un paseo de Cartagena como en un “boulevard” de París. 

Regresamos a la ciudad junto con el grupo. Siguiendo tras este nos encontramos, un tanto sorprendidos, en el centro del café más distinguido de Cartagena, en el que durante las tardes se colocaban las sillas afuera hasta ocupar la mitad de la acera de enfrente. Al aire libre era el lugar favorito para situarse ya que se evitaba el calor de las piezas en el interior. Servían limonadas, leche de almendras, café, etc. 

Las nacionalidades eran fáciles de distinguir por sus gustos. El inglés, por ejemplo, pide su brandy con agua; el francés su taza de café, y el colombiano chocolate, siempre que antes no haya pedido a gritos: “Ponche de huevos”, que los jóvenes especialmente, toman gustosos. La unión se da en un artículo, el cigarro, porque acá lo fuman desde los ricos hasta los pobres; los señores y los comunes, sin exclusión de las mujerzuelas. Esta generalidad ha provocado un verdadero rito. Encender un puro se considera un acto tan sagrado que nadie puede negar su fuego del tabaco a quien se lo solicite. Así, el soldado se lo pide al oficial y el señor más distinguido lo cede inmediatamente al obrero. 

Esta verdadera costumbre republicana resulta en ocasiones incómoda, ya que si una persona va de prisa pero se éncuentra en la calle a un negro, indio o a cualquiera, éste puede detenerlo con un: “Me hace el favor, señor”, el sujeto se queda detenido hasta que el impertinente haya encendido su puro; o en caso contrario, se ve obligado a dejarle el fuego y el tabaco para evitar el molesto contratiempo. 

Los portones, lo mismo que las entradas al puerto interior, los cierran a las ocho de la noche y como ninguno de nosotros tenía todavía alojamiento, terminó en ese instante nuestra primera visita a la ciudad y retornamos a bordo. 

Los días festivos que seguían a la Semana Santa, sumados a la pereza y curiosa lentitud de los habitantes, evitaron que lográramos realizar muchas cosas en ese tiempo. Puedo decir con razón que los colombianos durante la mitad del año tienen días de fiesta y el otro medio año no hacen nada. 

No se necesita ser muy exaltado para perder la paciencia cuando después de haber corrido durante largos días detrás de un tal señor, éste, moviéndose en su hamaca, pronuncie su palabra favorita: “Vuelva mañana”; y al insistir en un nuevo retorno recibe la categórica respuesta: “Hoy es día de fiesta”, pronunciada con alegre seguridad, como si hubiera estado esperando todo ese tiempo para decirla, ya que en este día nada puede decirse acerca de su inactividad. 

Quizás el clima ayude a que así sea. Por eso es especialmente peligroso para el europeo estar en excesivo ajetreo los primeros días después de su llegada. La demasiada exposición al sol, en especial durante el mediodía, causa dolor de cabeza acompañado de una fiebre ligera. 

Los nativos prefieren su hamaca a exponerse a los rayos del sol. Con el cigarro en la boca y uno de los pies dando impulsos para alcanzar y aumentar al máximo la corriente de aire, gozan de la deliciosa frescura que puede dar una temperatura de 35° C. Es muy raro observar a alguien por las calles a la hora del mediodía; tanto estas como las plazas están vacías. Si casualmente un urgido caminante las cruza, lo hace en la más completa soledad, y la, en otras horas, inseparable sombra de su cuerpo también parece haberlo abandonado; ella sigue al cuerpo en la mañana y por la tarde, pero, semejando a las sirvientas, no se la puede obligar a salir al mediodía. 

Es difícil hacerse a la idea de un día de este estilo. Es como estar rodeado de una gran masa de gas que ilumina y llena todo con su deslumbrante luminosidad. De allí que como producto de tal situación sea frecuente contemplar gente ciega o con la vista herida. 

El primer día diferente que pasamos y el primero de lluvia que Cartagena tuvo en dos años, llegó por fin el 15 de abril. Pero también fue una lluvia de estilo tropical, que quería, si era posible, reponer de una sola vez los dos años de sequía. Las gotas caían tan grandes y seguidas unas de otras que daban la impresión de una sola masa de agua que junto a terribles estampidos de truenos descendía sobre casas y calles. 

Las calles se transformaron en canales y las casas necesitaron de toda la resistencia de sus techos de ladrillos dobles para proteger a los seres humanos y a los animales que amparaban. Producto de tal situación fue que el termómetro bajó bastante pero subió al momento de cesar la lluvia y dar paso al sol que con renovadas fuerzas vino a secar todo, hasta las calles. 

La importancia mayor del aguacero caído consistió en repletar los estanques de la mayoría de las casas, que durante mucho tiempo, por falta del elemental líquido, no habían logrado cumplir con su función, cual era surtir a la ciudad de agua potable. 

El 19 de abril se celebró el día del año que dio comienzo a la Revolución, por lo cual desfilaron los batallones de las dos guarniciones. 

Una era la de “Tiradores de la Guardia” que se veían mejor con maniobras más seguras de lo que se podía suponer, aunque los sacos de lana y las pesadas charreteras debían de molestar a los negros e indígenas que la componían, los cuales se notaban no estar acostumbrados a la situación. 

La música no era buena sino estridente; a más sonido de trompetas y mayor ruido, tanto mejor les parecía. Eran bastantes y, en lo posible, soberbios; lo mismo de engalanados que nosotros; además no necesitan pintarse la cara para parecer negros. 

La otra unidad era un escuadrón llamado “Húsares”, al que tan solo le quedaban el nombre y el sable, porque los caballos escaseaban hacía mucho en este Cuerpo Monsterulla. 

Los barcos de guerra anclados en la bahía, embanderados, saludaban. La fecha solemne terminó con un gran baile en la Casa de la Gobernación. 

Gracias a la invitación generosa del conde Adelcreutz conseguimos asistir a este maravilloso regocijo, raro para un extranjero. De las múltiples habitaciones iluminadas de la gran casa, las dos más grandes e inmediatas estaban dedicadas al baile, para lo cual se ajustaban a la perfección, y como no existía entre ellas separación, permitían a la cadena del vals pasar de una a otra por el piso de piedra. 

El conjunto total era tan numeroso como brillante, no solo por el lustre de los uniformes multicolores sino por las vestimentas de las damas, envueltas en sedas y telas finas, adornadas con perlas y joyas, las que mejor se ven a la luz artificial y aparentan mayor valor que el que tienen a la luz plena del día. 

Entre los uniformados sobresalían los Generales Soublette y Montilla, con sus fracs bordados de escarlata dorada. 

El primero era uno de los generales más brillantes, inteligentes y queridos de Colombia, que posteriormente desempeñó el cargo de Ministro del Departamento de Guerra. El segundo, más guapo y cortés, es actualmente Jefe del Departamento de Cartagena. 

Todos los caballeros estaban vestidos de frac, ya fueran civiles o militares, y los pantalones, sin distinción, eran de lino blanco. Muchos se distinguían por su apostura y la elegancia de su baile. Entre las mujeres no había ninguna que se caracterizara por una belleza extraordinaria. Su hermosura solo era posible verla a la luz del día, cuando se ayudaban con el maquillaje o, mejor dicho, este le daba al cutis un color que no tenía, ya que no hay mujer en Cartagena que tenga un color diferente al gris­pálido. La mayoría poseía una dentadura feísima, por lo que más difícil resultaba al cabello y los ojos hacerlas parecer bellas. 

De no ser por el corto talle que las deformaba, sería posible considerarlas dueñas de un cuerpo bonito, lo cual se confirmaba por el no uso del corpiño, ya que el calor no se los permitía. Lo que más autoapreciaban y en realidad constituía lo lindo de ellas, eran sus pies; que después de los delicados de la mujer oriental deben de ser los más lindos que pueden verse. 

Su danza era de mucha gracilidad, aunque no usaban ninguno de los pasos que acostumbrábamos nosotros, los que de todas formas habrían sido imposibles de efectuar en el piso de piedra y al compás de la lenta y pomposa música con que se acompañaban sus valses y contradanzas, que en definitiva resultaban ser un compás inglés con una serie de variantes que les habían introducido. 

No es posible bailar en este clima tan caluroso con la rapidez y vivacidad con que lo hacemos en nuestros bailes de invierno, pero es grato observar lo hermoso y original que resulta el orgullo y galanura de sus vueltas en el vals, además de la gracia y elegancia con que se mantienen en el aire en un baile como el minué. 

Cerca de la medianoche las salas de baile fueron momentáneamente abandonadas. Se pasó a las habitaciones donde largas mesas se doblegaban bajo el peso del ágape que, con muy pocas excepciones, consistía en productos iguales a los nuestros. La diferencia mayor se notó en los postres, consistentes en las mejores frutas tropicales: piña, mango, melones en diversidad de tipos, limones, naranjas, etc., todo en una cantidad tan abundante como variada. 

La comida acabó pasadas las dos de la madrugada, prosiguiendo luego el baile hasta las cuatro, hora en que todo acabó. 

Algún tiempo más tarde, el Cónsul inglés ofreció en su casa baile parecido, al cual fuimos invitados. Muchos bailes vinieron después. En general, podemos decir que estos les agradan bastante. Después de los juegos de salón son su única entretención. 

El 13 de mayo nos despedimos de Cartagena. En muchos aspectos es una ciudad interesante; tal vez en una segunda visita entregue una descripción más acabada y detallada de ella. La impresión que en el europeo recién llegado deja su modo de vida, es triste y desagradable, aun cuando esta ciudad es considerada por los colombianos y foráneos como un pequeño París. 

Es posible también que nos hayamos dejado influir por la opinión de un viajero inglés que regresaba en nuestra travesía desde Europa, el que ahora pensaba que, en muchos sentidos, no era como él la había conocido dos años atrás. Cuando al embarcarnos me preguntó qué pensaba de Cartagena, acordándome de sus descripciones anteriores no pude dejar de contestarle con el pensamiento de uno de sus escritores: “Un lugar de paz, eso decía en los días pasados; pero algo lo arruinó, ahora el lugar es distinto”.

 

(1) La obra superaba a la materia. (N. del t.). (Regresar a 1)

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