INDICE





INTRODUCCIÓN

VIAJE POR COLOMBIA

PRIMERA PARTE
Capítulo I - El embarque
Capítulo II - Cartagena
Capítulo III - Santa Marta
Capítulo IV - Viaje de Santa Marta a Cartagena
Capítulo V - Cartagena
Capítulo VI - Viaje de Cartagena a Mompós
Capítulo VII - Mompós
Capítulo VIII - Viaje por el Magdalena
Capítulo IX - Viaje por el alto Magdalena
Capítulo X - Viaje por el alto Magdalena y el río Nare

SEGUNDA PARTE
Capítulo XI - Viaje por los Andes
Capítulo XII - Viaje a través de la provincia de Antioquia
Capítulo XIII - Medellín
Capítulo XIV - Viaje desde Medellín a Bogotá
Capítulo XV - Bogotá
Capítulo XVI - Colombia antes de su emancipación
Capítulo XVII - La República de Colombia
Capítulo XVIII - Los habitantes y la población de Colombia
Capítulo XIX - Visitando el Salto de Tequendama
Capítulo XX - Viaje de vuelta a la costa
CAPITULO XX  |

 

|VIAJE DE VUELTA A LA COSTA
 

 

Tras muchas complicaciones y pérdidas de tiempo logramos arrendar dos mulas con las que hicimos el viaje que nos alejó de Bogotá. Fue así como lo iniciamos el 2 de junio por la mañana, en compañía de mi viejo amigo el senador Tallferro. Mi amigo volvía a su lugar de residencia, Panamá, tras haber terminado el período de sesiones ordinarias del Congreso. Otro amigo, el señor Pardo, no nos pudo acompañar pues fue nombrado miembro de la comisión que se encargaría de terminar los asuntos que no lograron ser tratados en el período ordinario. 

En el día alcanzamos a recorrer algo así como cien kilómetros y poco antes de la caída del sol decidimos aprovechar la presencia de unas casas solitarias que encontramos para pasar la noche. La cantidad de pulgas que nos acompañó nos hizo prometer que no volveríamos a realizar la experiencia. 

Temprano, estuvimos de nuevo en el camino. La mañana era muy agradable: el sol brillaba con nitidez, el aire nos entregaba todo su frescor y las gotas de lluvia caídas durante la noche brillaban en el pasto. Todo lo que nos rodeaba semejaba una mañana de septiembre en Suecia. Esta fuga en el pensamiento siempre lleva a la añoranza del hogar, que se acompaña de las características reflexiones que se le agolpan al viajero cuando se apresta a dejar lugares que, tal vez, nunca volverá a contemplar. Pese a lo corto de la estada y a la superficialidad de las relaciones, siempre queda el sabor de que algo se realizó. 

Dejar atrás esto es como cerrar lentamente una puerta. Las cosas desaparecen, como por gotas, hasta que se llega a su desaparición total. En ese instante la puerta se cierra con llave, dejando afuera al viajero. El sitio conocido ha quedado atrás. Es posible que vuelva a abrirse, ya que siempre el destino entrega la llave y la variabilidad de sus caprichos es imprevisible. Pero en este caso las probabilidades son nulas y no se vivirá ese capricho. 

Al recordar la estada en el lugar que se abandona se hace la comparación con aquellos en que se ha estado anteriormente y se trata de suponer cómo serán los nuevos paisajes que se recorrerán. Tampoco quedan fuera las relaciones y amistades hechas. Con todo, uno no desea comparar la vida con un caleidoscopio. Esta marcha es como un terremoto que ha alterado totalmente el orden del rompecabezas. Caben las posibilidades de que una nueva sacudida coloque todo en orden y las piezas queden puestas según la disposición original. Esto sería una casualidad demasiado extraña. 

Así, con estos pensamientos, vamos avanzando. Ya es el momento de terminarlos. La extensa Sabana de Bogotá nos espera delante. 

Cuando eran las nueve, la cima de un cerro nos recordó que habíamos llegado a Facatativá. Descansamos un momento, para proseguir un viaje que mi compañero se encargaba de hacer verdaderamente interesante con sus narraciones acerca del Gobierno y del Congreso. Continuamente volvía sobre un tema que le causaba verdadera aversión: los largos y complicados viajes que tenían que efectuar los congresistas. Yo le daba la razón, ya que durante cuatro años debía realizar una travesía de ida y vuelta entre Panamá y Bogotá, distantes, aproximadamente, seis mil kilómetros. Es decir, anualmente recorría doce mil kilómetros. 

En este momento se dirigía a Honda; de allí abordaría un champán que le llevaría por el Magdalena a Barrancas. Luego proseguiría a caballo a Cartagena, desde donde volvería a embarcarse, en un velero, hasta Puerto Bello. De este punto se transportaría en canoa por el río Chagre, y a Panamá llegaría en mula. Si a este viaje se le agregan las variaciones climáticas, el mal estado de los caminos, los peligrosos ríos y lo prolongado del recorrido (no menos de tres meses), no se puede negar que un funcionario de gobierno tiene un viaje más aburrido y complicado que los nuestros, aunque para ello eligiera hacerlo en los meses de octubre o septiembre. 

Contra todos nuestros pronósticos, no llegamos a Villeta ese día. Una casa solitaria nos suministró albergue y un mundo de cucarachas, las que no lograron impedir nuestro descanso. 

El viaje lo reanudamos después de las ocho de la mañana, bajo un persistente calor. Al cabo de dos horas llegamos a Villeta, donde teníamos que hacer cambio de mulas. Como era domingo, debimos aguardar hasta el otro día, demora esta que no nos ayudó mucho, pues con las lluvias el camino se me parecía uno de los más intransitables que haya conocido en Colombia. 

En su trecho casi total la ruta estaba rodeada de cerros, los que se encontraban tan resbaladizos que las pobres bestias necesitaban hacer esfuerzos supremos para vencer tantas dificultades. Lo que las ayudaba eran su increíble fuerza y habilidad. Se puede afirmar que un hombre a pié no sería capaz de hacer el mismo esfuerzo y vencerlo. Tratar de pasar por este lodazal constituía un martirio, ya que era difícil mantener el equilibrio. Con muchos problemas logramos alcanzar un sitio más elevado. Desde él se veían muchas curvas y para llegar hasta lugares un tanto seguros era preciso hacer verdaderas piruetas, y por supuesto, al llegar hasta una altura se comprobaba lo rendido que uno quedaba. 

Una vez recuperadas las fuerzas se inicia el descenso, menos forzado y lento, lo que resulta mucho más grato. Desde luego los animales no podían desarrollar velocidad, por lo que este viaje de bajada parecía que estuviera haciéndose en trineo. Si el equipaje llega a voltearse, solo será culpa del jinete, ya que éste debe permanecer lo más quieto posible. Cuando se llega al fondo de esa bajada uno se encuentra con un profundo canal donde se han acumulado el lodo y el barro, que las cantidades de agua que contiene transforman en una papilla fangosa. El lugar era paso forzoso para la bestia, la que, debido a la profundidad existente, no sabe si debe nadar o solamente vadear. El asunto es que moverse entre esa masa no es cosa que resulte muy agradable. El animal se transforma, por las circunstancias, en un anfibio. 

Al mirarla desde arriba, la mula no presenta demasiadas diferencias con una mosca laboriosa que se desenvuelve dentro de una espesa crema. La cabeza, parte de sus espaldas y la cola que arrastra son lo único visible y que recuerda su color natural. El resto del cuerpo está cubierto bajo un nivel de agua y lodo que nada deja imaginar ni definir. Por supuesto que el jinete vive la misma sensación, lo que lleva a que uno no se dé cuenta de la dimensión de la odisea que vive. El color de las ropas y las orejas es cuestión de adivinanza. 

En estas condiciones llegamos a Guaduas y nos alojamos en la casa del hospitalario coronel Acosta. A las once del nuevo día reemprendimos la marcha. El sol matinal nos ayudaba a hacer menos dificultoso el camino. En las horas de la tarde, desde la cima del cerro Sargento, contemplamos el Magdalena y sus orillas. En una de ellas —Bodeguita— arrendamos una canoa y luego de saludar al viejo Magdalena empezamos a deslizarnos río abajo, con la esperanza de no encontrar una ruta como la anterior. A lo lejos veíamos a los guías y a las mulas trepar por el difícil sendero. Al desembarcar, nos dirigimos a Pesquería y llegamos por la tarde a la Bodega de Santa Fe, donde esperamos un champán que nos permitiera trasladarnos por el Magdalena hacia un punto más abajo. 

Por la mañana fuimos a observar el puerto, dirigiendo nuestra vista hacia la bodega de enfrente donde se encontraba un champán. Mi compañero de viaje estaba sumido en un letargo colombiano (para cuya superación se conoce un remedio llamado hamaca), por lo que tuve que encargarme de acordar lo del pasaje. Al hacer el trato fui informado de que la nave estaba esperando a un senador con su familia, quien debía de encontrarse en camino. Averiguando más en la ciudad, supe que tal senador estaba enfermo, por lo que aún continuaban esperándolo. 

Al informar de esto a mi acompañante, me observó que, por fin, tendríamos transporte seguro hasta Barrancas y que solamente debíamos aguardar la llegada del senador, cuyo nombre, con mucha pena, no recuerdo. Este señor, según mi compañero, era buen amigo suyo. Por el momento yo le conocía como “el senador enfermo”. 

Al día siguiente por la mañana me dirigí hacia Honda con el fin de saber si nuestro esperado senador había llegado. Para mi alegría me señalaron el lugar donde se hospedaba. Pregunté por él y me indicaron el segundo piso, donde un hombre de mediana edad, pálido, descansaba y fumaba, en su hamaca. Por supuesto que antes de tratar mis asuntos fue necesario hacer los saludos acostumbrados, además de agregar una que otra pregunta amable acerca del camino, el calor, etc. El caballero lo recibió todo con mucha complacencia, e hizo en seguida una descripción de las dificultades y de sus propios padeceres, en especial de aquellos que provenían de su pecho. 

Ya me encontraba algo acostumbrado a estos detalles un tanto raros en un primer encuentro con un forastero, pero consideré que era un deseo del viejo sentirse animado a narrar sus peripecias y conversarme. Como deseaba caerle simpático, adornaba la charla con un apoyo a sus gemidos, lanzando de vez en cuando una que otra exclamación, a la vez que efectuaba preguntas cortas, lo cual le daba una animación mayor a la conversación. La confianza llegaba rápidamente, tanto que pronto me solicitó que le tomara el pulso. Como no viera problema en ello, le aseguré —sin engaños ni charlatanerías— que su pulso era excelente. Por lo demás, así me lo había indicado la fuerza de sus golpes. 

Todo lo anterior había convencido al viejo senador de una cosa que yo no preveía en mi visita, a saber: la enorme confianza que en estas tierras se tenía en las experiencias de un europeo. De allí que él me señalara que en vista de esa confianza, debía ayudarle. Esa era la razón de la gran cantidad de consultas que me lanzaba, suponiendo que tenía yo respuesta y alivio a todas ellas. Por supuesto que le aseguré sentirme adulado y que trataría de ayudarle. 

Fue así como comencé a recalcarle lo bien que le haría la brisa marina de Cartagena, a diferencia del clima frío de Bogotá; que no debería comer frutos ácidos ni fumar. No terminaba de decir esto cuando el habano que tenía entre sus labios salió volando, ventana afuera. Todo iba bien, pero el problema apareció cuando el senador llevó mi papel de médico hasta pedirme una receta de drogas. En ese momento me vi obligado a explicarle, con una sonrisa en los labios, que yo no era ningún médico. Al escuchar esta confesión, se puso totalmente fuera de sí y sin esperar mis disculpas comenzó con una larga conferencia sobre el papel que los forasteros jóvenes desempeñaban al burlarse de la gente de edad y enferma, a la que le tomaban el pulso sin ser médicos, daban consejos sin saber nada de medicina, etc. Yo no podía negar mi sorpresa ante el histerismo del senador, pero de cualquier forma deseaba esperar el desenlace de todo ello, por lo cual me quedé, sin interrumpirlo. 

El final llegó al tiempo con el mensaje de mi amigo, quien enviaba la solicitud de poder acompañarlo, con un forastero, en su viaje río abajo. Este me pareció el instante de dar explicaciones y al señalar que aquel forastero mencionado era yo, le dije que provenía de un país donde las personas sin ser licenciadas en facultades médicas podían tomar el pulso y dar consejos comunes para enfermedades comunes. No surtieron efecto mis aclaraciones y mi interlocutor siguió tan furioso como antes, al tiempo que decía al mensajero que mi amigo tendría un lugar en la nave, pero no así ningún forastero. 

Al ver una descortesía tan abierta, me sentí ofendido, cogí mi sombrero y me levanté. Al hacerlo le pregunté si había leído a Gil Blas. La pregunta le sorprendió y así lo manifestó en su respuesta. Al instante le aseguré que la próxima vez que un colombiano me solicitara tomarle el pulso, le recetaría algo semejante a lo indicado por el médico-personaje de esa obra, es decir, solo sangrías y agua caliente. 

Al bajar las escaleras me encontré con el médico, a quien representé tan inconscientemente, y tras felicitarle por su enfermo me despedí de él, seguro de que se trataba de uno tan ignorante como aquel doctor de Mompós, y de que solo recetaría yerbas, ante la imposibilidad de prescribirle remedios de la farmacia. 

Ese día supe que se estaba en espera de una embarcación y que ésta, luego de lo vivido, me ofrecería mejor morada y seguridad que la del viejo senador, quien dejó en mí una sensación desagradable y ridícula. 

Bajo este embrujo sentimental narré a mi compañero de ruta lo acontecido con el senador, al tiempo que me despedía de él, ya que había decidido junto con unos ingleses realizar un viaje hasta Mariquita en espera de la embarcación. Mariquita, ciudad ubicada a ciento veinte kilómetros, me pondría en comunicación con unos extranjeros conocidos que laboraban en las minas de plata allí existentes. 

Al atardecer del día ocho y tras recorrer extensos prados con pastizales que llegaban a la altura de un hombre, llegamos a Mariquita, que está protegida por una saliente de la orilla derecha del río Guau y se encuentra al pie de la cordillera que la separa de las provincias de Antioquia y Popayán. 

Acá se encontraba una de las minas más grandes que poseen los capitales ingleses: la “Colombian Mining Association”. Tiene un enorme establecimiento y labora las cercanas minas de plata de Santa Ana y La Manta, En este lugar se encontraban unos cuarenta y ocho obreros europeos y se esperaban sesenta más. Ya se había localizado la veta, por lo que esperaban comenzar pronto la explotación. La pregunta que saltaba inmediatamente era si estas minas serían colocadas en la misma situación de las de oro, más aún si estas tendrían transporte libre desde Londres hasta las bodegas de Honda. Por supuesto que podían sacar con suma facilidad todo desde acá. Por lo demás solo se encontraban a cuatro horas de camino de las bodegas. 

Después de dos días de agradable permanencia, durante los cuales los ingleses aprovecharon la compañía de las damas residentes para entretenerse con juegos familiares colombianos, muy semejantes a los nuestros de Navidad, viajé a Honda en compañía del Coronel Young, inglés, quien recientemente fue nombrado gobernador de Imbabura, zona situada abajo del Ecuador y de la Costa del Pacífico. Hacia allá se dirigía, debiendo avanzar por el río y luego por mar, desde Cartagena y Panamá. Esta era la ruta más fácil. Por lo tanto, esperaba también el “stimbote”. Al segundo día supimos que éste se encontraba en la Bodega de Conejo, hacia donde embarcamos en la mañana del día 12, en una pequeña canoa, y tras cuatro horas de camino llegamos allá. Cuando averiguamos acerca de su salida tuvimos la desagradable sorpresa de que no lo haría hasta que no llegaran unos pasajeros que venían en camino desde Bogotá. De esta manera tendríamos ocho días para conocer más de cerca este verdadero fénix, el río Magdalena. 

Por un contrato que duraba veinte años, un rico comerciante alemán residente, de nombre Elbers, tenía la exclusividad de navegar comercialmente, en “stimbotes”, por el Magdalena. Existía en aquel una condición que, sin embargo, no cumplía Elbers: la de mantener tantas embarcaciones como fueran necesarias para el transporte de los pasajeros. El primer viaje se realizó en 1825. Un año más tarde solo alcanzaba a su tercer viaje, para lo cual daba como razones principales las partes tan escasas en que este río tiene suficiente profundidad y los constantes cambios de sus bancos de arena.

El “General Santander”, construido el citado año para el primer viaje de los “stimbotes”, soporta una carga que le lleva a una profundidad de seis pies y tiene cincuenta caballos de fuerza. Es un barco americano, muy bien construido, con su máquina de vapor que trabaja liviana y uniformemente y desarrolla una velocidad bastante apreciable contra la corriente. Está bien equipado para el transporte de pasajeros, pero tiene la gran falla de ser demasiado bajo, lo cual hace que sufra muchos contratiempos, pues se queda varado por los continuos choques con los bancos de arena. 

Cuando abordamos, notamos que aún quedaban algunos pasajeros que no lograban conseguir mulas para proseguir viaje hasta Bogotá. Entre ellos se encontraba el almirante Clementi, quien después de la expedición a Cuba terminó en el mismo punto de donde saliera, es decir, Cartagena. Ahora había recibido el nombramiento de Ministro de Marina, por lo que viajaba hasta la capital para hacerse cargo de su puesto. Como siempre, se le veía cortés y conversador y aprovechó la oportunidad para darme los saludos que me enviaran unos amigos que partieron en barcos suecos. 

Por fin llegaron los tan esperados pasajeros, entre quienes se encontraba el Ministro de los Estados Unidos, de apellido Anderson. El cónsul inglés en Maracaibo, Southerland, y el señor Martín y su señora. Este último era representante por Cartagena y hermano de nuestro comisionado allá. Con todos ellos hacíamos un grupo bastante numeroso los que esperábamos con impaciencia la salida que estaba fijada para el día siguiente, en definitiva resultó ser para el sábado venidero. 

Durante el tiempo de espera ocurrieron dos acontecimientos poco comunes, lo que equivale a decir típicos del país. Uno fue la vista de un enorme caimán que nadaba cerca del navío mientras en su hocico llevaba el cadáver de una negra; y el otro, que al día siguiente, por la tarde, se sintió un temblor mucho más intenso que el comentado en Bogotá. En el barco los movimientos alcanzaron hasta cierta sensación agradable. 

Finalmente el domingo 18 de junio, por la mañana, dejamos a Conejo e iniciamos el viaje río abajo, a una velocidad que variaba entre los setenta y ochenta kilómetros por hora. De estos, casi unos treinta eran debidos a la intensidad de la corriente. 

Resultaba un grato placer este viaje. En un buen barco y con una excelente compañía nos deslizábamos por el río, ya tan conocido. Al momento saltaban los recuerdos de aquellos días en que hice el viaje en canoas miserables acompañado de dos bogadores semisalvajes. Nacía un sentimiento grato para todos, incluso los extranjeros, quienes eran, en definitiva, los que más gozaban con el paisaje. Era la recompensa a los sacrificios realizados, a los medios de transporte soportados y a todos los esfuerzos que se hicieron. 

Qué contraste era observar el paisaje del Magdalena, que me recordaba lo bien que idealiza la suprema grandeza de las zonas calientes, en su máximo salvajismo y natural simplicidad, aquí, desde la cubierta de este hermoso navío, que volaba como emblema del avance industrial y estético y con una muestra del desarrollo logrado en las zonas templadas. 

Esto no era lo único que parecía extraño y fascinante. Lo era ver los caimanes, asustados, salir de los bancos de arena debido a la acción de las olas que formaba la proa del barco. Lo era el escuchar a los tripulantes de un champán luchar contra la corriente y notar cómo sus gritos eran acallados por las ruedas que, uniformemente, chapoteaban sobre el agua. Lo era el ver a los negros dar órdenes traducidas al inglés. Lo era el oír darlas a un marino blanco, que me recordaba a los prácticos negros. Ahora se sentía la calma del río alterada por la velocidad de la nave, la cual, al cortar el aire, transforma éste en una brisa refrescante. 

Porque resulta extraño observar los fulminantes rayos solares, a los cuales se opone una carpa levantada en el centro de la cubierta mientras se sirve la mesa al estilo europeo, y que traen el recuerdo de una orilla, en un banco de arena, donde se ve algún resto de las comidas que uno se sirvió allí. Nuevamente aparecen los recuerdos cuando, bajo la carpa, uno se mueve y parece estar recordando los palos que alguna vez sujetaron el mosquitero, en una noche en que no se logró conciliar el sueño. En pocas palabras: este viaje por el río resultaba extraño, puesto que no lograba uno imaginar que se estuviera viajando por el mismo Magdalena, aquel que se identificara como la máxima concentración de dificultades y fatiga. 

Pero la grata velada no podía durar demasiado. De ser así el Magdalena perdería totalmente su reputación. Este paisaje ya se encargaría de demostrar que no renuncia a ella tan fácilmente. Nadie podrá pasar tan libre y despreocupadamente sin antes ser castigado por su despotismo. Muy pronto nos demostró por qué nadie puede disputar su fuerza decisiva.

 Temprano, por la tarde, tocamos fondo en un banco de arena. Quedamos tan adheridos que solo logramos salir dos días después. Allí estuvimos expuestos al calor, los mosquitos, etc. En esos momentos uno verificaba que no había comprado un pasaje que le librara de esas incomodidades, llegando a envidiar a los bogadores que flotaban corriente abajo en un mísero champán. 

Apenas el día 20 por la tarde logramos salir del estancamiento. De ahí en adelante vino lo peor. No pasamos un día sin tocar fondo; fue solo el 25 de junio cuando llegamos a San Pablo, casi sin provisiones, por lo que se hicieron grandes compras de reabastecimiento de pollos, cerdos y huevos. 

Acá se había celebrado la fiesta de San Juan, de acuerdo con las costumbres del país. En nuestro banco de arena se vivió un día de absoluta inactividad. El sol golpeaba tan intensamente que deseábamos hubiese llegado a un punto menos alto que en el que se encontraba. Por las noches abundaban los mosquitos, la lluvia y los truenos, lo cual no evitaba que el cielo perdiera algo de lo sublime que es contemplarle desde una hamaca, escuchando los intensos estallidos que parecían concentrarse en las orillas plenas de bosques que bordean el río, yendo a caer muy cerca del barco. La fuerza era tal que parecía pretender sacar a éste del encallamiento en que se encontraba. En el fondo era una suerte que tales rayos no fueran a depositarse sobre el solitario barco, lo que no hubiera resultado una sorpresa. 

El calor durante el día era verdaderamente insoportable, en especial cuando se calentaban las máquinas de vapor. En el viaje por el río el termómetro llegaba a marcar los cuarenta y cinco grados de temperatura, en la popa. Por supuesto que esto no hacía muy agradable la permanencia en el barco, y cuando ya soportábamos tres días en el banco de arena se notaba lo desagradable que resultaba, más aún si a ello se unía la escasez de víveres. 

El capitán de la nave, un joven y hábil norteamericano que anteriormente llevó este navío por el río Hudson, comentaba con tristeza: “La diferencia entre el Hudson y el Magdalena la hace el diablo” Ya le resultaba difícil distraer a sus pasajeros, procurando mantener las relaciones para evitar el rompimiento entre ellos. Para mí representaba al comerciante en bancarrota tratando de obtener un acuerdo de consenso. Afortunadamente ellos en forma unánime reconocieron que el capitán no tenía culpa alguna, pues todo se debía a las malas maniobras del práctico, a lo demasiado bajo que era el barco y a la poca profundidad de las aguas del río. Con esto se le dio total apoyo al capitán. Entre sus esfuerzos contempló la posibilidad de devolver el costo del pasaje entre Mompós y Barranca, así como la de transportar a los pasajeros mediante el apoyo de canoas. Fue así como se envió un bote hasta Puerto Ocaña con la intención de arrendar las canoas necesarias, además de colocar un vigía para que ningún champán pasara sin ponerse al habla con la nave. 

Por la tarde pasó un champán en el que subieron los demás pasajeros colombianos que no habían logrado alcanzar nuestro barco y casi todo nuestro cupo. Solo nos quedamos el capitán, dos norteamericanos, dos ingleses y yo. Todos decidimos que seguíamos en el barco y esperábamos a los botes que salieran hacia Puerto Ocaña. 

Esa mañana bajamos a tierra y cazamos tres pequeños faisanes, con los que tuvimos carne asada para la cena. Lo que sí debimos soportar fue la escasez de bebidas, ya que el agua del Magdalena —producto del intenso calor— no es apta para beberse, además de resultar poco saludable. La sed llegaba a tal punto que un inglés ofrecía cinco piastras a quien encontrara una botella de ron, con la que celebrarían el sábado nocturno. La noche del sábado es festejada por los oficiales en barcos ingleses y norteamericanos, y en ella son habituales la buena compañía y las copas llenas. 

Más tarde un marinero se acercó con media botella de ese licor, que tenía para satisfacer su placer, pero ahora la ofrecía vender por dos piastras, las que le fueron pagadas con gusto. Esa noche, inesperadamente, nuestro alegre amigo nos invitó a la mesa que preparó con cigarros, agua, vasos y la media botella de licor en la mano, al tiempo que exclamaba triunfalmente: “Acérquense, señores. Acá hay un trago para nuestra noche de sábado. Vamos a brindar por nuestro viejo, querido y caprichoso Magdalena”. (En inglés en el original). 

Al segundo día por la tarde apareció de vuelta el bote en compañía de una piragua muy pequeña, en la que, aparte de sus dos bogadores, solo podía entrar un pasajero con sus efectos personales. Nadie quiso tomarla, por lo que la cogí con mucho entusiasmo, máxime siendo muy inseguro que volviera a pasar otra. 

A la mañana siguiente dejamos, con los bogadores, el barco en que estuve durante tres semanas. En ese tiempo pasamos desde Conejo hasta la altura de Morales, lo que no hablaba bien de su rapidez. Siempre habrá que recalcar que un barco de tres a cuatro pies de calado es bastante apto para deslizarse por el Magdalena, más aún si no se encuentran caídas ni remolinos que dificulten la marcha. Además de que la poca profundidad del río no molestará, con lo que un barco de tales características puede sortear sin mayores complicaciones los bancos de arena. 

Ahora me encontraba en otra embarcación. Si la anterior era demasiado grande, la actual era una de las más pequeñas que yo había visto jamás. No alcanzaba a medir un tercio del largo de un hombre, su ancho no tenía el de un adulto, y una persona obesa habría tenido muchas complicaciones para ingresar a ella. Todo su largo estaba ocupado por mis dos maletas y mi propia persona, quedando apenas un vacío insignificante en sus extremos, uno de los cuales ocupaba un bogador sentado. La posición que este tomaba en la piragua ayudaba a que se aumentara la velocidad. Algo que llamaba la atención era su pelo largo, que no nos acompañaba dentro de la piragua sino que parecía que nos escoltara de remolque. 

Una pequeña carpa nos protegía del sol; su construcción, a base de palos y hojas verdes de plátano, aumentaba la inestabilidad de la canoa, que se balanceaba a cada movimiento, lo que me inquietaba muchísimo, en especial cuando el nivel del agua chocaba con el borde mismo. De este modo viajamos todo el día. Almorzamos en Regidos, llegando esa noche a San Pedro, donde obtuvimos hospedaje. 

En este sitio fui testigo de la audacia de los caimanes. Ese día dos indígenas en una canoa se fueron a pescar; estaban con las redes tendidas cuando un caimán saltó sobre estas y le mordió una pierna a uno de los pescadores. Un rápido golpe de remo de su compañero habría evitado un mal mayor, pero el hombre estaba herido de gravedad. 

En la nueva jornada pasamos por Tamalameque, Peñón y Banco. Hacia la tarde quedó atrás Chioya. Una lluvia nos impidió entrar a tierra en una estancia situada algo más arriba de Guama. El 5 de julio llegamos a Mompós. En el trayecto de cien kilómetros nos habíamos demorado casi cinco semanas. 

Otro imprevisto atrasó nuestra estada en Mompós. En este lapso ocurrió algo que puede agregarse como información para la historia del clero colombiano y su fanatismo. Un comerciante norteamericano, Galt, enfermó durante algún tiempo y estaba muy débil. Hallándose así decidió visitar a un amigo. En la calle se encontró con una procesión religiosa que llevaba sus sacramentos escoltados por una guardia de soldados. Al pasar frente al comerciante éste se quitó su sombrero, reverentemente, pero en ese instante se le acercó un sacerdote y le dijo que debía también arrodillarse. Por supuesto que recibió la respuesta de que no podía hacerlo, ni lo quería, por no ser él católico y estar muy debilitado por su enfermedad, por lo que si se arrodillaba no tendría fuerzas para levantarse. 

El sacerdote ordenó entonces a un soldado que lo obligara con la culata de su arma. Este le dio una serie de golpes hasta que el comerciante cayó de rodillas. Insatisfecho aún, el sacerdote le dijo que debía dejar caer ambas rodillas, lo cual consiguió cuando el soldado volvió a golpearle, quedando rendido, tanto de vergüenza como de debilidad. La procesión siguió y allí quedó tirado el comerciante, quien fue ayudado por algunos, quizás menos religiosos pero más justos. 

El asunto fue llevado hasta el Embajador norteamericano en Bogotá, quien debió haber exigido una explicación por parte del Gobierno, ya que este se vio obligado a despedir al párroco, que se hacía el ofendido. 

El 24 de julio se celebró en Mompós la festividad de Santiago, en la que se hacían competencias a caballo por sus largas calles. Estas consisten en que dos jinetes se toman por la cintura y en esa posición se lanzan a la carrera. No deben soltarse, ni caerse de las cabalgaduras; el que cae, debe soportar las ruidosas risotadas de la concurrencia. Quienes más se divierten son los de baja condición social. 

El 1° de agosto me reuní con el señor Travers, mi anfitrión, y nos fuimos hasta el pueblo de San Sebastián a una cacería de pájaros, por los valles pantanosos entre el Magdalena y el lago Zapatosa, donde los cisnes, especialmente los de cuello negro, en grandes cantidades nadaban de un lado a otro. La caza debía hacerse a caballo, ya que los terrenos no podían vadearse, pero el problema estaba en que los caballos no lograban sujetarse lo suficientemente bien para moverse con libertad, pues se hundían en el blando terreno.

 La caza era un poco simple porque de un solo tiro caían varios cisnes, los que colgábamos en la montura. Cuando cada uno tuvo una buena cantidad de ellos, comenzamos a devolvernos muertos de hambre y de cansancio. Pronto nuestros trofeos de caza nos ayudaron a sentirnos satisfechos. 

El 16 de agosto, en compañía del señor Hauswolff, dejaba a Mompós. Ahora tenía una canoa grande y cómoda. Un toldo, un timonel, dos bogadores y un sirviente. Es decir, todas las comodidades que se pueden desear para un viaje hasta Santa Marta. El trayecto se hacía lo más grato. Por lo demás, era la última etapa del viaje. 

La temporada seca que acababa de iniciarse nos mostraba un cielo limpio y la brisa refrescaba por las tardes. Durante las noches la luna se elevaba con brillantez y al llegar a su punto más alto eclipsaba a todas las estrellas. Todo se contemplaba con gozo y placer. El río era como mirar un espejo por donde se deslizaba la tranquila canoa. Furtivamente se pasaban los bancos de arena y sus orillas. Esto era como una silente devoción de medianoche a la madre naturaleza. La solemnidad de una noche de luna tropical solo se puede comprender en una cálida de agosto. Era como si se hubiese puesto un mantel brillante subiendo lentamente a su trono. Una vez allá la luna ilumina todo el escenario. El brillo es fantástico, no molesta a la vista. 

Durante una noche de luna como esta es cuando el forastero siente lo hermoso y agradable del clima tropical. Sentados en el techo de palmas de la canoa disfrutamos de esos atractivos. Se respiraba un aire agradable y tranquilo que se combinaba con el exquisito olor de los árboles en flor. La vista se perdía entre la suavidad del globo de plata de la luna y el enorme espejo que repartía los brillantes destellos. Un caimán se encargaba de perturbar la tranquilidad del río. El silencio se interrumpía por el sordo aullido de algún tigre lejano que se perdía en las lejanías. Uno que otro zumbido de un insecto o los vuelos meteóricos de una mosca terminaban de susurrar a las personas que no están gozando solas de la increíble función del universo: el maravilloso espectáculo de una noche de luna. 

Con todos estos elementos el viaje resultó tan rápido como grato. Así, sin pisar tierra, pasamos el día 17 por Plato y Tenerife; el 18 Barranca, Cerro y Punta Gorda y el 19 llegamos a Barranquilla. Allí nos quedamos hasta el otro día para ingresar—tras abandonar las aguas del Magdalena— en el archipiélago Cuatro Bocas. El 21 llegamos a Pueblo Viejo.

En este sitio dejamos nuestra canoa para tomar un bongo que nos llevó por la costa hasta Santa Marta. La nueva embarcación, ya antes descrita, con sus velas y timón presentaba mayor atractivo. Así salimos al encuentro del vivo mar y sus olas. La vista, tanto a la izquierda como a la derecha, se encontraba limitada por los escarpados de rocas, producto de las últimas prolongaciones de la Sierra Nevada, desde cuyas alturas bajaba un viento fresco que llenaba nuestras velas, dándole impulso al velero para deslizarse por encima de las espumantes olas. Pasamos la última saliente de la costa muy cerca de Gaira. Pronto teníamos a nuestros pies la Bahía de Santa Marta. 

El 11 de septiembre anclaba en el puerto la corbeta inglesa “Arlequín”, a cargo del capitán Elliot. Cuando el 14 prosiguió su viaje, gracias a la buena voluntad de su capitán nos encontrábamos a bordo. 

En ese momento aparecieron las intensas e interminables reflexiones y observaciones, las mismas que es tan necesario se haga el viajero cuando se encuentra alejándose de la costa colombiana. Todo empieza a languidecer: la nave, las embarcaciones sobre el Magdalena. Ahora, sobre un buque de guerra, se siente trasladado a otro mundo, donde todo le parece que toma otros aspectos. Todas las reflexiones iban mucho más allá que los límites colombianos (los que no se extendían en el mar por más de diez kilómetros, según la Constitución). 

Todas estas consideraciones decidí reservarlas para otra ocasión. Por ahora diré que el 18 de septiembre llegamos a Cartagena, bastante impresionados por la excelente recepción, cortesía y amistad que se nos brindó en este estupendo viaje. Mis agradecimientos son tanto para el capitán Elliot como para todos sus oficiales. 

Finalmente, el 8 de octubre me despedí de mis dos compatriotas, el Conde Adelcreutz y el señor Hauswolff, y cargado de saludos para Suecia me embarqué en el bergantín inglés “Countess of Chichester”, que estaba bajo el mando del Teniente James. 

Los pasajeros éramos de diferentes nacionalidades. Esa noche el barco salió a las afueras de Bocachica. Por la mañana temprano nos hacíamos a la mar. 

El clima era bueno, el mar tranquilo cruzaba de un lado a otro y era mecido por un suave vientecillo proveniente de tierra, que moría antes de alcanzar del todo las velas, que impotentes colgaban en los mástiles. Poco a poco comenzó a cobrar mayor fuerza hasta convertirse en una firme brisa del este, bajo la cual sorteamos los cabos de Punta Canoa y Punta Galera. La costa se alejaba cada vez más. El aumento de la fuerza en el viento nos indicaba que pronto la perderíamos totalmente de vista, al tiempo que nos decía que aprovecháramos para dar nuestras últimas ojeadas a la tierra que atrás se quedaba. 

Cuando uno ha estado por cierto tiempo en las tierras que se van perdiendo, dirige sus miradas con sentimientos muy diversos y además tiene vivo el recuerdo de algo que tal vez no vuelva a ver. Allí es donde radican las diferencias con el marinero que normalmente se despide de un puerto o de la costa donde ha permanecido corto tiempo y que siempre tendrá la posibilidad de ver de nuevo. Sus viajes rápidos le impiden quedarse el tiempo suficiente que le permita conocer la naturaleza del país, el verdadero carácter de sus habitantes y sus diversos modos de vida. En definitiva, no llega a conocer el país, ya que la mayor parte de las ciudades marítimas no muestran con certeza los aspectos de la vida en el interior, y muchas veces presentan un toque familiar que hace que el marinero se imagine todo el resto sin ninguna variación, lo cual le hace sentirse como en su casa. 

Creo que no es igual esa impresión si decide ingresar al interior, alejándose del mar, que siempre une y alinea todo lo que pueda verse. Además nunca mostrará las características diferentes del país, las mismas que se amplían a medida que se va ingresando por el territorio. Cada opinión que con esta experiencia se tome diferirá notablemente de las que él se habría formado en una larga o corta temporada en la costa o en el puerto. 

Si antes yo pensaba lo mismo, debía reconocer que si mi permanencia en Colombia la hubiera limitado a las ciudades de Cartagena y Santa Marta, al abandonarla tendría opiniones tan torcidas como injustas sobre ella y sus habitantes, porque no creo que exista un lugar más diferente entre sus provincias cordilleranas y las costeñas, en toda esta zona. 

Era ese interés el que me hacía observar esa nación tan bella, con una naturaleza tan rica y variada. Un país así solo es posible encontrarlo en una región situada más abajo del Ecuador, con sus altas montañas y la riqueza de sus grandes ríos, que completan el esqueleto quebrado de un territorio como el colombiano, en ese sentido sin parangón en el mundo. 

El viento de la tarde era más fresco. Al pasar frente al alto de Sabanilla pudimos contemplar los borrosos picos de la Sierra Nevada de Santa Marta, que cada vez se hundían más por la popa. Por la tarde el viento alisio nos empujaba con fuerza. En ese momento comenzó el espectáculo que tanto agrada al marinero, aquel en que puede forzar su nave para obtener altas velocidades y al mismo tiempo gozar de las escenas de una vida para él llena de cambios. Tal experiencia no es tan grata para el pasajero común. En estos momentos se vivía una de ellas. El sol se mostraba rojo y claro, bajo un horizonte limpio de nubes. No se veía tierra, solo una parte del blanco pico nevado de la Sierra que aparecía por la popa. El curso ya estaba puesto hacia Jamaica y las velas hinchadas por el viento se balanceaban sobre un mar muy excitado. 

El barco rompía las olas que, en su furia, escupían por sobre las barandas. Las velas menores estaban recogidas y los marineros prestos para acortar los juanetes, esperando tan solo el pito del contramaestre con la orden. El timonel informaba que se iba a ciento diez kilómetros de las correderas. El capitán lanzaba preguntas tratando de ordenar los juanetes según la dirección del viento. 

Algunos pasajeros se encontraban reunidos en la popa, asidos de las barandas para no perder el equilibrio y dedicando sus atenciones al ocaso que, allá a sotavento, enviaba sus últimos encendidos rayos sobre la cima de la Sierra Nevada. 

En el barco reinaba un profundo silencio, que se interrumpía por la acción de la proa al introducirse en las aguas, murmurando entre los aparejos. Todos en una tensa espera. De pronto en el reloj sonaron las seis y el sol se ocultó en el mar púrpura.

 Un último rayo hacía equilibrio sobre el nevado pico... Una voz gritaba: “Adiós Colombia”, al tiempo que desaparecía la única y postrera punta visible de Suramérica... 

 

—FIN—

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