CAPITULO
XX
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|VIAJE DE VUELTA A LA
COSTA
Tras muchas complicaciones y pérdidas de tiempo logramos
arrendar dos mulas con las que hicimos el viaje que nos alejó de
Bogotá. Fue así como lo iniciamos el 2 de junio por la mañana, en
compañía de mi viejo amigo el senador Tallferro. Mi amigo volvía a
su lugar de residencia, Panamá, tras haber terminado el período de
sesiones ordinarias del Congreso. Otro amigo, el señor Pardo, no
nos pudo acompañar pues fue nombrado miembro de la comisión que se
encargaría de terminar los asuntos que no lograron ser tratados en
el período ordinario.
En el día alcanzamos a recorrer algo así como cien kilómetros y
poco antes de la caída del sol decidimos aprovechar la presencia de
unas casas solitarias que encontramos para pasar la noche. La
cantidad de pulgas que nos acompañó nos hizo prometer que no
volveríamos a realizar la experiencia.
Temprano, estuvimos de nuevo en el camino. La mañana era muy
agradable: el sol brillaba con nitidez, el aire nos entregaba todo
su frescor y las gotas de lluvia caídas durante la noche brillaban
en el pasto. Todo lo que nos rodeaba semejaba una mañana de
septiembre en Suecia. Esta fuga en el pensamiento siempre lleva a
la añoranza del hogar, que se acompaña de las características
reflexiones que se le agolpan al viajero cuando se apresta a dejar
lugares que, tal vez, nunca volverá a contemplar. Pese a lo corto
de la estada y a la superficialidad de las relaciones, siempre
queda el sabor de que algo se realizó.
Dejar atrás esto es como cerrar lentamente una puerta. Las cosas
desaparecen, como por gotas, hasta que se llega a su desaparición
total. En ese instante la puerta se cierra con llave, dejando
afuera al viajero. El sitio conocido ha quedado atrás. Es posible
que vuelva a abrirse, ya que siempre el destino entrega la llave y
la variabilidad de sus caprichos es imprevisible. Pero en este caso
las probabilidades son nulas y no se vivirá ese
capricho.
Al recordar la estada en el lugar que se abandona se hace la
comparación con aquellos en que se ha estado anteriormente y se
trata de suponer cómo serán los nuevos paisajes que se recorrerán.
Tampoco quedan fuera las relaciones y amistades hechas. Con todo,
uno no desea comparar la vida con un caleidoscopio. Esta marcha es
como un terremoto que ha alterado totalmente el orden del
rompecabezas. Caben las posibilidades de que una nueva sacudida
coloque todo en orden y las piezas queden puestas según la
disposición original. Esto sería una casualidad demasiado
extraña.
Así, con estos pensamientos, vamos avanzando. Ya es el momento
de terminarlos. La extensa Sabana de Bogotá nos espera
delante.
Cuando eran las nueve, la cima de un cerro nos recordó que
habíamos llegado a Facatativá. Descansamos un momento, para
proseguir un viaje que mi compañero se encargaba de hacer
verdaderamente interesante con sus narraciones acerca del Gobierno
y del Congreso. Continuamente volvía sobre un tema que le causaba
verdadera aversión: los largos y complicados viajes que tenían que
efectuar los congresistas. Yo le daba la razón, ya que durante
cuatro años debía realizar una travesía de ida y vuelta entre
Panamá y Bogotá, distantes, aproximadamente, seis mil kilómetros.
Es decir, anualmente recorría doce mil kilómetros.
En este momento se dirigía a Honda; de allí abordaría un champán
que le llevaría por el Magdalena a Barrancas. Luego proseguiría a
caballo a Cartagena, desde donde volvería a embarcarse, en un
velero, hasta Puerto Bello. De este punto se transportaría en canoa
por el río Chagre, y a Panamá llegaría en mula. Si a este viaje se
le agregan las variaciones climáticas, el mal estado de los
caminos, los peligrosos ríos y lo prolongado del recorrido (no
menos de tres meses), no se puede negar que un funcionario de
gobierno tiene un viaje más aburrido y complicado que los nuestros,
aunque para ello eligiera hacerlo en los meses de octubre o
septiembre.
Contra todos nuestros pronósticos, no llegamos a Villeta ese
día. Una casa solitaria nos suministró albergue y un mundo de
cucarachas, las que no lograron impedir nuestro
descanso.
El viaje lo reanudamos después de las ocho de la mañana, bajo un
persistente calor. Al cabo de dos horas llegamos a Villeta, donde
teníamos que hacer cambio de mulas. Como era domingo, debimos
aguardar hasta el otro día, demora esta que no nos ayudó mucho,
pues con las lluvias el camino se me parecía uno de los más
intransitables que haya conocido en Colombia.
En su trecho casi total la ruta estaba rodeada de cerros, los
que se encontraban tan resbaladizos que las pobres bestias
necesitaban hacer esfuerzos supremos para vencer tantas
dificultades. Lo que las ayudaba eran su increíble fuerza y
habilidad. Se puede afirmar que un hombre a pié no sería capaz de
hacer el mismo esfuerzo y vencerlo. Tratar de pasar por este
lodazal constituía un martirio, ya que era difícil mantener el
equilibrio. Con muchos problemas logramos alcanzar un sitio más
elevado. Desde él se veían muchas curvas y para llegar hasta
lugares un tanto seguros era preciso hacer verdaderas piruetas, y
por supuesto, al llegar hasta una altura se comprobaba lo rendido
que uno quedaba.
Una vez recuperadas las fuerzas se inicia el descenso, menos
forzado y lento, lo que resulta mucho más grato. Desde luego los
animales no podían desarrollar velocidad, por lo que este viaje de
bajada parecía que estuviera haciéndose en trineo. Si el equipaje
llega a voltearse, solo será culpa del jinete, ya que éste debe
permanecer lo más quieto posible. Cuando se llega al fondo de esa
bajada uno se encuentra con un profundo canal donde se han
acumulado el lodo y el barro, que las cantidades de agua que
contiene transforman en una papilla fangosa. El lugar era paso
forzoso para la bestia, la que, debido a la profundidad existente,
no sabe si debe nadar o solamente vadear. El asunto es que moverse
entre esa masa no es cosa que resulte muy agradable. El animal se
transforma, por las circunstancias, en un anfibio.
Al mirarla desde arriba, la mula no presenta demasiadas
diferencias con una mosca laboriosa que se desenvuelve dentro de
una espesa crema. La cabeza, parte de sus espaldas y la cola que
arrastra son lo único visible y que recuerda su color natural. El
resto del cuerpo está cubierto bajo un nivel de agua y lodo que
nada deja imaginar ni definir. Por supuesto que el jinete vive la
misma sensación, lo que lleva a que uno no se dé cuenta de la
dimensión de la odisea que vive. El color de las ropas y las orejas
es cuestión de adivinanza.
En estas condiciones llegamos a Guaduas y nos alojamos en la
casa del hospitalario coronel Acosta. A las once del nuevo día
reemprendimos la marcha. El sol matinal nos ayudaba a hacer menos
dificultoso el camino. En las horas de la tarde, desde la cima del
cerro Sargento, contemplamos el Magdalena y sus orillas. En una de
ellas —Bodeguita— arrendamos una canoa y luego de saludar
al viejo Magdalena empezamos a deslizarnos río abajo, con la
esperanza de no encontrar una ruta como la anterior. A lo lejos
veíamos a los guías y a las mulas trepar por el difícil sendero. Al
desembarcar, nos dirigimos a Pesquería y llegamos por la tarde a la
Bodega de Santa Fe, donde esperamos un champán que nos permitiera
trasladarnos por el Magdalena hacia un punto más
abajo.
Por la mañana fuimos a observar el puerto, dirigiendo nuestra
vista hacia la bodega de enfrente donde se encontraba un champán.
Mi compañero de viaje estaba sumido en un letargo colombiano (para
cuya superación se conoce un remedio llamado hamaca), por lo que
tuve que encargarme de acordar lo del pasaje. Al hacer el trato fui
informado de que la nave estaba esperando a un senador con su
familia, quien debía de encontrarse en camino. Averiguando más en
la ciudad, supe que tal senador estaba enfermo, por lo que aún
continuaban esperándolo.
Al informar de esto a mi acompañante, me observó que, por fin,
tendríamos transporte seguro hasta Barrancas y que solamente
debíamos aguardar la llegada del senador, cuyo nombre, con mucha
pena, no recuerdo. Este señor, según mi compañero, era buen amigo
suyo. Por el momento yo le conocía como “el senador
enfermo”.
Al día siguiente por la mañana me dirigí hacia Honda con el fin
de saber si nuestro esperado senador había llegado. Para mi alegría
me señalaron el lugar donde se hospedaba. Pregunté por él y me
indicaron el segundo piso, donde un hombre de mediana edad, pálido,
descansaba y fumaba, en su hamaca. Por supuesto que antes de tratar
mis asuntos fue necesario hacer los saludos acostumbrados, además
de agregar una que otra pregunta amable acerca del camino, el
calor, etc. El caballero lo recibió todo con mucha complacencia, e
hizo en seguida una descripción de las dificultades y de sus
propios padeceres, en especial de aquellos que provenían de su
pecho.
Ya me encontraba algo acostumbrado a estos detalles un tanto
raros en un primer encuentro con un forastero, pero consideré que
era un deseo del viejo sentirse animado a narrar sus peripecias y
conversarme. Como deseaba caerle simpático, adornaba la charla con
un apoyo a sus gemidos, lanzando de vez en cuando una que otra
exclamación, a la vez que efectuaba preguntas cortas, lo cual le
daba una animación mayor a la conversación. La confianza llegaba
rápidamente, tanto que pronto me solicitó que le tomara el pulso.
Como no viera problema en ello, le aseguré —sin engaños ni
charlatanerías— que su pulso era excelente. Por lo demás, así
me lo había indicado la fuerza de sus golpes.
Todo lo anterior había convencido al viejo senador de una cosa
que yo no preveía en mi visita, a saber: la enorme confianza que en
estas tierras se tenía en las experiencias de un europeo. De allí
que él me señalara que en vista de esa confianza, debía ayudarle.
Esa era la razón de la gran cantidad de consultas que me lanzaba,
suponiendo que tenía yo respuesta y alivio a todas ellas. Por
supuesto que le aseguré sentirme adulado y que trataría de
ayudarle.
Fue así como comencé a recalcarle lo bien que le haría la brisa
marina de Cartagena, a diferencia del clima frío de Bogotá; que no
debería comer frutos ácidos ni fumar. No terminaba de decir esto
cuando el habano que tenía entre sus labios salió volando, ventana
afuera. Todo iba bien, pero el problema apareció cuando el senador
llevó mi papel de médico hasta pedirme una receta de drogas. En ese
momento me vi obligado a explicarle, con una sonrisa en los labios,
que yo no era ningún médico. Al escuchar esta confesión, se puso
totalmente fuera de sí y sin esperar mis disculpas comenzó con una
larga conferencia sobre el papel que los forasteros jóvenes
desempeñaban al burlarse de la gente de edad y enferma, a la que le
tomaban el pulso sin ser médicos, daban consejos sin saber nada de
medicina, etc. Yo no podía negar mi sorpresa ante el histerismo del
senador, pero de cualquier forma deseaba esperar el desenlace de
todo ello, por lo cual me quedé, sin interrumpirlo.
El final llegó al tiempo con el mensaje de mi amigo, quien
enviaba la solicitud de poder acompañarlo, con un forastero, en su
viaje río abajo. Este me pareció el instante de dar explicaciones y
al señalar que aquel forastero mencionado era yo, le dije que
provenía de un país donde las personas sin ser licenciadas en
facultades médicas podían tomar el pulso y dar consejos comunes
para enfermedades comunes. No surtieron efecto mis aclaraciones y
mi interlocutor siguió tan furioso como antes, al tiempo que decía
al mensajero que mi amigo tendría un lugar en la nave, pero no así
ningún forastero.
Al ver una descortesía tan abierta, me sentí ofendido, cogí mi
sombrero y me levanté. Al hacerlo le pregunté si había leído a Gil
Blas. La pregunta le sorprendió y así lo manifestó en su respuesta.
Al instante le aseguré que la próxima vez que un colombiano me
solicitara tomarle el pulso, le recetaría algo semejante a lo
indicado por el médico-personaje de esa obra, es decir, solo
sangrías y agua caliente.
Al bajar las escaleras me encontré con el médico, a quien
representé tan inconscientemente, y tras felicitarle por su enfermo
me despedí de él, seguro de que se trataba de uno tan ignorante
como aquel doctor de Mompós, y de que solo recetaría yerbas, ante
la imposibilidad de prescribirle remedios de la
farmacia.
Ese día supe que se estaba en espera de una embarcación y que
ésta, luego de lo vivido, me ofrecería mejor morada y seguridad que
la del viejo senador, quien dejó en mí una sensación desagradable y
ridícula.
Bajo este embrujo sentimental narré a mi compañero de ruta lo
acontecido con el senador, al tiempo que me despedía de él, ya que
había decidido junto con unos ingleses realizar un viaje hasta
Mariquita en espera de la embarcación. Mariquita, ciudad ubicada a
ciento veinte kilómetros, me pondría en comunicación con unos
extranjeros conocidos que laboraban en las minas de plata allí
existentes.
Al atardecer del día ocho y tras recorrer extensos prados con
pastizales que llegaban a la altura de un hombre, llegamos a
Mariquita, que está protegida por una saliente de la orilla derecha
del río Guau y se encuentra al pie de la cordillera que la separa
de las provincias de Antioquia y Popayán.
Acá se encontraba una de las minas más grandes que poseen los
capitales ingleses: la “Colombian Mining Association”.
Tiene un enorme establecimiento y labora las cercanas minas de
plata de Santa Ana y La Manta, En este lugar se encontraban unos
cuarenta y ocho obreros europeos y se esperaban sesenta más. Ya se
había localizado la veta, por lo que esperaban comenzar pronto la
explotación. La pregunta que saltaba inmediatamente era si estas
minas serían colocadas en la misma situación de las de oro, más aún
si estas tendrían transporte libre desde Londres hasta las bodegas
de Honda. Por supuesto que podían sacar con suma facilidad todo
desde acá. Por lo demás solo se encontraban a cuatro horas de
camino de las bodegas.
Después de dos días de agradable permanencia, durante los cuales
los ingleses aprovecharon la compañía de las damas residentes para
entretenerse con juegos familiares colombianos, muy semejantes a
los nuestros de Navidad, viajé a Honda en compañía del Coronel
Young, inglés, quien recientemente fue nombrado gobernador de
Imbabura, zona situada abajo del Ecuador y de la Costa del
Pacífico. Hacia allá se dirigía, debiendo avanzar por el río y
luego por mar, desde Cartagena y Panamá. Esta era la ruta más
fácil. Por lo tanto, esperaba también el “stimbote”. Al
segundo día supimos que éste se encontraba en la Bodega de Conejo,
hacia donde embarcamos en la mañana del día 12, en una pequeña
canoa, y tras cuatro horas de camino llegamos allá. Cuando
averiguamos acerca de su salida tuvimos la desagradable sorpresa de
que no lo haría hasta que no llegaran unos pasajeros que venían en
camino desde Bogotá. De esta manera tendríamos ocho días para
conocer más de cerca este verdadero fénix, el río
Magdalena.
Por un contrato que duraba veinte años, un rico comerciante
alemán residente, de nombre Elbers, tenía la exclusividad de
navegar comercialmente, en “stimbotes”, por el Magdalena.
Existía en aquel una condición que, sin embargo, no cumplía Elbers:
la de mantener tantas embarcaciones como fueran necesarias para el
transporte de los pasajeros. El primer viaje se realizó en 1825. Un
año más tarde solo alcanzaba a su tercer viaje, para lo cual daba
como razones principales las partes tan escasas en que este río
tiene suficiente profundidad y los constantes cambios de sus bancos
de arena.
El “General Santander”, construido el citado año para
el primer viaje de los “stimbotes”, soporta una carga que
le lleva a una profundidad de seis pies y tiene cincuenta caballos
de fuerza. Es un barco americano, muy bien construido, con su
máquina de vapor que trabaja liviana y uniformemente y desarrolla
una velocidad bastante apreciable contra la corriente. Está bien
equipado para el transporte de pasajeros, pero tiene la gran falla
de ser demasiado bajo, lo cual hace que sufra muchos contratiempos,
pues se queda varado por los continuos choques con los bancos de
arena.
Cuando abordamos, notamos que aún quedaban algunos pasajeros que
no lograban conseguir mulas para proseguir viaje hasta Bogotá.
Entre ellos se encontraba el almirante Clementi, quien después de
la expedición a Cuba terminó en el mismo punto de donde saliera, es
decir, Cartagena. Ahora había recibido el nombramiento de Ministro
de Marina, por lo que viajaba hasta la capital para hacerse cargo
de su puesto. Como siempre, se le veía cortés y conversador y
aprovechó la oportunidad para darme los saludos que me enviaran
unos amigos que partieron en barcos suecos.
Por fin llegaron los tan esperados pasajeros, entre quienes se
encontraba el Ministro de los Estados Unidos, de apellido Anderson.
El cónsul inglés en Maracaibo, Southerland, y el señor Martín y su
señora. Este último era representante por Cartagena y hermano de
nuestro comisionado allá. Con todos ellos hacíamos un grupo
bastante numeroso los que esperábamos con impaciencia la salida que
estaba fijada para el día siguiente, en definitiva resultó ser para
el sábado venidero.
Durante el tiempo de espera ocurrieron dos acontecimientos poco
comunes, lo que equivale a decir típicos del país. Uno fue la vista
de un enorme caimán que nadaba cerca del navío mientras en su
hocico llevaba el cadáver de una negra; y el otro, que al día
siguiente, por la tarde, se sintió un temblor mucho más intenso que
el comentado en Bogotá. En el barco los movimientos alcanzaron
hasta cierta sensación agradable.
Finalmente el domingo 18 de junio, por la mañana, dejamos a
Conejo e iniciamos el viaje río abajo, a una velocidad que variaba
entre los setenta y ochenta kilómetros por hora. De estos, casi
unos treinta eran debidos a la intensidad de la
corriente.
Resultaba un grato placer este viaje. En un buen barco y con una
excelente compañía nos deslizábamos por el río, ya tan conocido. Al
momento saltaban los recuerdos de aquellos días en que hice el
viaje en canoas miserables acompañado de dos bogadores
semisalvajes. Nacía un sentimiento grato para todos, incluso los
extranjeros, quienes eran, en definitiva, los que más gozaban con
el paisaje. Era la recompensa a los sacrificios realizados, a los
medios de transporte soportados y a todos los esfuerzos que se
hicieron.
Qué contraste era observar el paisaje del Magdalena, que me
recordaba lo bien que idealiza la suprema grandeza de las zonas
calientes, en su máximo salvajismo y natural simplicidad, aquí,
desde la cubierta de este hermoso navío, que volaba como emblema
del avance industrial y estético y con una muestra del desarrollo
logrado en las zonas templadas.
Esto no era lo único que parecía extraño y fascinante. Lo era
ver los caimanes, asustados, salir de los bancos de arena debido a
la acción de las olas que formaba la proa del barco. Lo era el
escuchar a los tripulantes de un champán luchar contra la corriente
y notar cómo sus gritos eran acallados por las ruedas que,
uniformemente, chapoteaban sobre el agua. Lo era el ver a los
negros dar órdenes traducidas al inglés. Lo era el oír darlas a un
marino blanco, que me recordaba a los prácticos negros. Ahora se
sentía la calma del río alterada por la velocidad de la nave, la
cual, al cortar el aire, transforma éste en una brisa
refrescante.
Porque resulta extraño observar los fulminantes rayos solares, a
los cuales se opone una carpa levantada en el centro de la cubierta
mientras se sirve la mesa al estilo europeo, y que traen el
recuerdo de una orilla, en un banco de arena, donde se ve algún
resto de las comidas que uno se sirvió allí. Nuevamente aparecen
los recuerdos cuando, bajo la carpa, uno se mueve y parece estar
recordando los palos que alguna vez sujetaron el mosquitero, en una
noche en que no se logró conciliar el sueño. En pocas palabras:
este viaje por el río resultaba extraño, puesto que no lograba uno
imaginar que se estuviera viajando por el mismo Magdalena, aquel
que se identificara como la máxima concentración de dificultades y
fatiga.
Pero la grata velada no podía durar demasiado. De ser así el
Magdalena perdería totalmente su reputación. Este paisaje ya se
encargaría de demostrar que no renuncia a ella tan fácilmente.
Nadie podrá pasar tan libre y despreocupadamente sin antes ser
castigado por su despotismo. Muy pronto nos demostró por qué nadie
puede disputar su fuerza decisiva.
Temprano, por la tarde, tocamos fondo en un banco de arena.
Quedamos tan adheridos que solo logramos salir dos días después.
Allí estuvimos expuestos al calor, los mosquitos, etc. En esos
momentos uno verificaba que no había comprado un pasaje que le
librara de esas incomodidades, llegando a envidiar a los bogadores
que flotaban corriente abajo en un mísero champán.
Apenas el día 20 por la tarde logramos salir del estancamiento.
De ahí en adelante vino lo peor. No pasamos un día sin tocar fondo;
fue solo el 25 de junio cuando llegamos a San Pablo, casi sin
provisiones, por lo que se hicieron grandes compras de
reabastecimiento de pollos, cerdos y huevos.
Acá se había celebrado la fiesta de San Juan, de acuerdo con las
costumbres del país. En nuestro banco de arena se vivió un día de
absoluta inactividad. El sol golpeaba tan intensamente que
deseábamos hubiese llegado a un punto menos alto que en el que se
encontraba. Por las noches abundaban los mosquitos, la lluvia y los
truenos, lo cual no evitaba que el cielo perdiera algo de lo
sublime que es contemplarle desde una hamaca, escuchando los
intensos estallidos que parecían concentrarse en las orillas plenas
de bosques que bordean el río, yendo a caer muy cerca del barco. La
fuerza era tal que parecía pretender sacar a éste del encallamiento
en que se encontraba. En el fondo era una suerte que tales rayos no
fueran a depositarse sobre el solitario barco, lo que no hubiera
resultado una sorpresa.
El calor durante el día era verdaderamente insoportable, en
especial cuando se calentaban las máquinas de vapor. En el viaje
por el río el termómetro llegaba a marcar los cuarenta y cinco
grados de temperatura, en la popa. Por supuesto que esto no hacía
muy agradable la permanencia en el barco, y cuando ya soportábamos
tres días en el banco de arena se notaba lo desagradable que
resultaba, más aún si a ello se unía la escasez de
víveres.
El capitán de la nave, un joven y hábil norteamericano que
anteriormente llevó este navío por el río Hudson, comentaba con
tristeza: “La diferencia entre el Hudson y el Magdalena la
hace el diablo” Ya le resultaba difícil distraer a sus
pasajeros, procurando mantener las relaciones para evitar el
rompimiento entre ellos. Para mí representaba al comerciante en
bancarrota tratando de obtener un acuerdo de consenso.
Afortunadamente ellos en forma unánime reconocieron que el capitán
no tenía culpa alguna, pues todo se debía a las malas maniobras del
práctico, a lo demasiado bajo que era el barco y a la poca
profundidad de las aguas del río. Con esto se le dio total apoyo al
capitán. Entre sus esfuerzos contempló la posibilidad de devolver
el costo del pasaje entre Mompós y Barranca, así como la de
transportar a los pasajeros mediante el apoyo de canoas. Fue así
como se envió un bote hasta Puerto Ocaña con la intención de
arrendar las canoas necesarias, además de colocar un vigía para que
ningún champán pasara sin ponerse al habla con la
nave.
Por la tarde pasó un champán en el que subieron los demás
pasajeros colombianos que no habían logrado alcanzar nuestro barco
y casi todo nuestro cupo. Solo nos quedamos el capitán, dos
norteamericanos, dos ingleses y yo. Todos decidimos que seguíamos
en el barco y esperábamos a los botes que salieran hacia Puerto
Ocaña.
Esa mañana bajamos a tierra y cazamos tres pequeños faisanes,
con los que tuvimos carne asada para la cena. Lo que sí debimos
soportar fue la escasez de bebidas, ya que el agua del Magdalena
—producto del intenso calor— no es apta para beberse,
además de resultar poco saludable. La sed llegaba a tal punto que
un inglés ofrecía cinco piastras a quien encontrara una botella de
ron, con la que celebrarían el sábado nocturno. La noche del sábado
es festejada por los oficiales en barcos ingleses y
norteamericanos, y en ella son habituales la buena compañía y las
copas llenas.
Más tarde un marinero se acercó con media botella de ese licor,
que tenía para satisfacer su placer, pero ahora la ofrecía vender
por dos piastras, las que le fueron pagadas con gusto. Esa noche,
inesperadamente, nuestro alegre amigo nos invitó a la mesa que
preparó con cigarros, agua, vasos y la media botella de licor en la
mano, al tiempo que exclamaba triunfalmente: “Acérquense,
señores. Acá hay un trago para nuestra noche de sábado. Vamos a
brindar por nuestro viejo, querido y caprichoso Magdalena”.
(En inglés en el original).
Al segundo día por la tarde apareció de vuelta el bote en
compañía de una piragua muy pequeña, en la que, aparte de sus dos
bogadores, solo podía entrar un pasajero con sus efectos
personales. Nadie quiso tomarla, por lo que la cogí con mucho
entusiasmo, máxime siendo muy inseguro que volviera a pasar
otra.
A la mañana siguiente dejamos, con los bogadores, el barco en
que estuve durante tres semanas. En ese tiempo pasamos desde Conejo
hasta la altura de Morales, lo que no hablaba bien de su rapidez.
Siempre habrá que recalcar que un barco de tres a cuatro pies de
calado es bastante apto para deslizarse por el Magdalena, más aún
si no se encuentran caídas ni remolinos que dificulten la marcha.
Además de que la poca profundidad del río no molestará, con lo que
un barco de tales características puede sortear sin mayores
complicaciones los bancos de arena.
Ahora me encontraba en otra embarcación. Si la anterior era
demasiado grande, la actual era una de las más pequeñas que yo
había visto jamás. No alcanzaba a medir un tercio del largo de un
hombre, su ancho no tenía el de un adulto, y una persona obesa
habría tenido muchas complicaciones para ingresar a ella. Todo su
largo estaba ocupado por mis dos maletas y mi propia persona,
quedando apenas un vacío insignificante en sus extremos, uno de los
cuales ocupaba un bogador sentado. La posición que este tomaba en
la piragua ayudaba a que se aumentara la velocidad. Algo que
llamaba la atención era su pelo largo, que no nos acompañaba dentro
de la piragua sino que parecía que nos escoltara de
remolque.
Una pequeña carpa nos protegía del sol; su construcción, a base
de palos y hojas verdes de plátano, aumentaba la inestabilidad de
la canoa, que se balanceaba a cada movimiento, lo que me inquietaba
muchísimo, en especial cuando el nivel del agua chocaba con el
borde mismo. De este modo viajamos todo el día. Almorzamos en
Regidos, llegando esa noche a San Pedro, donde obtuvimos
hospedaje.
En este sitio fui testigo de la audacia de los caimanes. Ese día
dos indígenas en una canoa se fueron a pescar; estaban con las
redes tendidas cuando un caimán saltó sobre estas y le mordió una
pierna a uno de los pescadores. Un rápido golpe de remo de su
compañero habría evitado un mal mayor, pero el hombre estaba herido
de gravedad.
En la nueva jornada pasamos por Tamalameque, Peñón y Banco.
Hacia la tarde quedó atrás Chioya. Una lluvia nos impidió entrar a
tierra en una estancia situada algo más arriba de Guama. El 5 de
julio llegamos a Mompós. En el trayecto de cien kilómetros nos
habíamos demorado casi cinco semanas.
Otro imprevisto atrasó nuestra estada en Mompós. En este lapso
ocurrió algo que puede agregarse como información para la historia
del clero colombiano y su fanatismo. Un comerciante norteamericano,
Galt, enfermó durante algún tiempo y estaba muy débil. Hallándose
así decidió visitar a un amigo. En la calle se encontró con una
procesión religiosa que llevaba sus sacramentos escoltados por una
guardia de soldados. Al pasar frente al comerciante éste se quitó
su sombrero, reverentemente, pero en ese instante se le acercó un
sacerdote y le dijo que debía también arrodillarse. Por supuesto
que recibió la respuesta de que no podía hacerlo, ni lo quería, por
no ser él católico y estar muy debilitado por su enfermedad, por lo
que si se arrodillaba no tendría fuerzas para
levantarse.
El sacerdote ordenó entonces a un soldado que lo obligara con la
culata de su arma. Este le dio una serie de golpes hasta que el
comerciante cayó de rodillas. Insatisfecho aún, el sacerdote le
dijo que debía dejar caer ambas rodillas, lo cual consiguió cuando
el soldado volvió a golpearle, quedando rendido, tanto de vergüenza
como de debilidad. La procesión siguió y allí quedó tirado el
comerciante, quien fue ayudado por algunos, quizás menos religiosos
pero más justos.
El asunto fue llevado hasta el Embajador norteamericano en
Bogotá, quien debió haber exigido una explicación por parte del
Gobierno, ya que este se vio obligado a despedir al párroco, que se
hacía el ofendido.
El 24 de julio se celebró en Mompós la festividad de Santiago,
en la que se hacían competencias a caballo por sus largas calles.
Estas consisten en que dos jinetes se toman por la cintura y en esa
posición se lanzan a la carrera. No deben soltarse, ni caerse de
las cabalgaduras; el que cae, debe soportar las ruidosas risotadas
de la concurrencia. Quienes más se divierten son los de baja
condición social.
El 1° de agosto me reuní con el señor Travers, mi anfitrión, y
nos fuimos hasta el pueblo de San Sebastián a una cacería de
pájaros, por los valles pantanosos entre el Magdalena y el lago
Zapatosa, donde los cisnes, especialmente los de cuello negro, en
grandes cantidades nadaban de un lado a otro. La caza debía hacerse
a caballo, ya que los terrenos no podían vadearse, pero el problema
estaba en que los caballos no lograban sujetarse lo suficientemente
bien para moverse con libertad, pues se hundían en el blando
terreno.
La caza era un poco simple porque de un solo tiro caían varios
cisnes, los que colgábamos en la montura. Cuando cada uno tuvo una
buena cantidad de ellos, comenzamos a devolvernos muertos de hambre
y de cansancio. Pronto nuestros trofeos de caza nos ayudaron a
sentirnos satisfechos.
El 16 de agosto, en compañía del señor Hauswolff, dejaba a
Mompós. Ahora tenía una canoa grande y cómoda. Un toldo, un
timonel, dos bogadores y un sirviente. Es decir, todas las
comodidades que se pueden desear para un viaje hasta Santa Marta.
El trayecto se hacía lo más grato. Por lo demás, era la última
etapa del viaje.
La temporada seca que acababa de iniciarse nos mostraba un cielo
limpio y la brisa refrescaba por las tardes. Durante las noches la
luna se elevaba con brillantez y al llegar a su punto más alto
eclipsaba a todas las estrellas. Todo se contemplaba con gozo y
placer. El río era como mirar un espejo por donde se deslizaba la
tranquila canoa. Furtivamente se pasaban los bancos de arena y sus
orillas. Esto era como una silente devoción de medianoche a la
madre naturaleza. La solemnidad de una noche de luna tropical solo
se puede comprender en una cálida de agosto. Era como si se hubiese
puesto un mantel brillante subiendo lentamente a su trono. Una vez
allá la luna ilumina todo el escenario. El brillo es fantástico, no
molesta a la vista.
Durante una noche de luna como esta es cuando el forastero
siente lo hermoso y agradable del clima tropical. Sentados en el
techo de palmas de la canoa disfrutamos de esos atractivos. Se
respiraba un aire agradable y tranquilo que se combinaba con el
exquisito olor de los árboles en flor. La vista se perdía entre la
suavidad del globo de plata de la luna y el enorme espejo que
repartía los brillantes destellos. Un caimán se encargaba de
perturbar la tranquilidad del río. El silencio se interrumpía por
el sordo aullido de algún tigre lejano que se perdía en las
lejanías. Uno que otro zumbido de un insecto o los vuelos
meteóricos de una mosca terminaban de susurrar a las personas que
no están gozando solas de la increíble función del universo: el
maravilloso espectáculo de una noche de luna.
Con todos estos elementos el viaje resultó tan rápido como
grato. Así, sin pisar tierra, pasamos el día 17 por Plato y
Tenerife; el 18 Barranca, Cerro y Punta Gorda y el 19 llegamos a
Barranquilla. Allí nos quedamos hasta el otro día para
ingresar—tras abandonar las aguas del Magdalena— en el
archipiélago Cuatro Bocas. El 21 llegamos a Pueblo Viejo.
En este sitio dejamos nuestra canoa para tomar un bongo que nos
llevó por la costa hasta Santa Marta. La nueva embarcación, ya
antes descrita, con sus velas y timón presentaba mayor atractivo.
Así salimos al encuentro del vivo mar y sus olas. La vista, tanto a
la izquierda como a la derecha, se encontraba limitada por los
escarpados de rocas, producto de las últimas prolongaciones de la
Sierra Nevada, desde cuyas alturas bajaba un viento fresco que
llenaba nuestras velas, dándole impulso al velero para deslizarse
por encima de las espumantes olas. Pasamos la última saliente de la
costa muy cerca de Gaira. Pronto teníamos a nuestros pies la Bahía
de Santa Marta.
El 11 de septiembre anclaba en el puerto la corbeta inglesa
“Arlequín”, a cargo del capitán Elliot. Cuando el 14
prosiguió su viaje, gracias a la buena voluntad de su capitán nos
encontrábamos a bordo.
En ese momento aparecieron las intensas e interminables
reflexiones y observaciones, las mismas que es tan necesario se
haga el viajero cuando se encuentra alejándose de la costa
colombiana. Todo empieza a languidecer: la nave, las embarcaciones
sobre el Magdalena. Ahora, sobre un buque de guerra, se siente
trasladado a otro mundo, donde todo le parece que toma otros
aspectos. Todas las reflexiones iban mucho más allá que los límites
colombianos (los que no se extendían en el mar por más de diez
kilómetros, según la Constitución).
Todas estas consideraciones decidí reservarlas para otra
ocasión. Por ahora diré que el 18 de septiembre llegamos a
Cartagena, bastante impresionados por la excelente recepción,
cortesía y amistad que se nos brindó en este estupendo viaje. Mis
agradecimientos son tanto para el capitán Elliot como para todos
sus oficiales.
Finalmente, el 8 de octubre me despedí de mis dos compatriotas,
el Conde Adelcreutz y el señor Hauswolff, y cargado de saludos para
Suecia me embarqué en el bergantín inglés “Countess of
Chichester”, que estaba bajo el mando del Teniente
James.
Los pasajeros éramos de diferentes nacionalidades. Esa noche el
barco salió a las afueras de Bocachica. Por la mañana temprano nos
hacíamos a la mar.
El clima era bueno, el mar tranquilo cruzaba de un lado a otro y
era mecido por un suave vientecillo proveniente de tierra, que
moría antes de alcanzar del todo las velas, que impotentes colgaban
en los mástiles. Poco a poco comenzó a cobrar mayor fuerza hasta
convertirse en una firme brisa del este, bajo la cual sorteamos los
cabos de Punta Canoa y Punta Galera. La costa se alejaba cada vez
más. El aumento de la fuerza en el viento nos indicaba que pronto
la perderíamos totalmente de vista, al tiempo que nos decía que
aprovecháramos para dar nuestras últimas ojeadas a la tierra que
atrás se quedaba.
Cuando uno ha estado por cierto tiempo en las tierras que se van
perdiendo, dirige sus miradas con sentimientos muy diversos y
además tiene vivo el recuerdo de algo que tal vez no vuelva a ver.
Allí es donde radican las diferencias con el marinero que
normalmente se despide de un puerto o de la costa donde ha
permanecido corto tiempo y que siempre tendrá la posibilidad de ver
de nuevo. Sus viajes rápidos le impiden quedarse el tiempo
suficiente que le permita conocer la naturaleza del país, el
verdadero carácter de sus habitantes y sus diversos modos de vida.
En definitiva, no llega a conocer el país, ya que la mayor parte de
las ciudades marítimas no muestran con certeza los aspectos de la
vida en el interior, y muchas veces presentan un toque familiar que
hace que el marinero se imagine todo el resto sin ninguna
variación, lo cual le hace sentirse como en su
casa.
Creo que no es igual esa impresión si decide ingresar al
interior, alejándose del mar, que siempre une y alinea todo lo que
pueda verse. Además nunca mostrará las características diferentes
del país, las mismas que se amplían a medida que se va ingresando
por el territorio. Cada opinión que con esta experiencia se tome
diferirá notablemente de las que él se habría formado en una larga
o corta temporada en la costa o en el puerto.
Si antes yo pensaba lo mismo, debía reconocer que si mi
permanencia en Colombia la hubiera limitado a las ciudades de
Cartagena y Santa Marta, al abandonarla tendría opiniones tan
torcidas como injustas sobre ella y sus habitantes, porque no creo
que exista un lugar más diferente entre sus provincias
cordilleranas y las costeñas, en toda esta zona.
Era ese interés el que me hacía observar esa nación tan bella,
con una naturaleza tan rica y variada. Un país así solo es posible
encontrarlo en una región situada más abajo del Ecuador, con sus
altas montañas y la riqueza de sus grandes ríos, que completan el
esqueleto quebrado de un territorio como el colombiano, en ese
sentido sin parangón en el mundo.
El viento de la tarde era más fresco. Al pasar frente al alto de
Sabanilla pudimos contemplar los borrosos picos de la Sierra Nevada
de Santa Marta, que cada vez se hundían más por la popa. Por la
tarde el viento alisio nos empujaba con fuerza. En ese momento
comenzó el espectáculo que tanto agrada al marinero, aquel en que
puede forzar su nave para obtener altas velocidades y al mismo
tiempo gozar de las escenas de una vida para él llena de cambios.
Tal experiencia no es tan grata para el pasajero común. En estos
momentos se vivía una de ellas. El sol se mostraba rojo y claro,
bajo un horizonte limpio de nubes. No se veía tierra, solo una
parte del blanco pico nevado de la Sierra que aparecía por la popa.
El curso ya estaba puesto hacia Jamaica y las velas hinchadas por
el viento se balanceaban sobre un mar muy excitado.
El barco rompía las olas que, en su furia, escupían por sobre
las barandas. Las velas menores estaban recogidas y los marineros
prestos para acortar los juanetes, esperando tan solo el pito del
contramaestre con la orden. El timonel informaba que se iba a
ciento diez kilómetros de las correderas. El capitán lanzaba
preguntas tratando de ordenar los juanetes según la dirección del
viento.
Algunos pasajeros se encontraban reunidos en la popa, asidos de
las barandas para no perder el equilibrio y dedicando sus
atenciones al ocaso que, allá a sotavento, enviaba sus últimos
encendidos rayos sobre la cima de la Sierra Nevada.
En el barco reinaba un profundo silencio, que se interrumpía por
la acción de la proa al introducirse en las aguas, murmurando entre
los aparejos. Todos en una tensa espera. De pronto en el reloj
sonaron las seis y el sol se ocultó en el mar púrpura.
Un último rayo hacía equilibrio sobre el nevado pico... Una voz
gritaba: “Adiós Colombia”, al tiempo que desaparecía la
única y postrera punta visible de Suramérica...
—FIN—