CAPITULO
XIX
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VISITANDO EL
SALTO DE TEQUENDAMA
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A poco más de doscientos kilómetros al suroeste de Bogotá se
encuentra uno de los más fascinantes, naturales y grandes miradores
del mundo. Se trata del Salto de Tequendama, formado con las aguas
del río Bogotá, que nace en un extremo del nor-oeste de la Sabana
de Bogotá y que corre por toda ésta recogiendo pequeños torrentes
hasta alcanzar, en este punto, la reunión de todos ellos y
deslizarse por una cascada, para continuar su camino hacia el río
Magdalena.
El tiempo de lluvias que actualmente tenía que soportar no era
el más apropiado para realizar visitas; pero mi pronta salida de la
capital no me permitía elegir otro día.
Fue así como el 29 de mayo monté en dirección al pueblo de
Soacha. Mi amigo el doctor Hoyos no pudo acompañarme, ya que no
podía perder sus conferencias del colegio, y ningún forastero quiso
ir conmigo pues preferían esperar la temporada seca para hacer un
viaje de tal especie. Por esto me vi obligado a hacerme acompañar
solamente por un muchacho indígena. Su padre era el dueño de las
dos cabalgaduras que nos llevaban a todo galope por la sabana
lodosa y embarrada.
Pese a que el clima era agradable y el sol se mostraba en el
espacio que dejaban las nubes, que se habían presentado
amenazadoras durante la mañana, nos apuramos para llegar al pueblo
antes que el sol alcanzara su ocaso. Además, deseábamos estar en él
antes de que nos fuéramos a quedar sin habitación. Soacha es un
pueblo ubicado a ciento veinte kilómetros de Bogotá.
El campo y el paisaje que se extendían a ambos costados del
camino eran de las mismas características y monotonía que el tramo
ya descrito entre Facatativá y Bogotá. Estaba compuesto por
interminables pastizales y campos de cereales, en cuyos intermedios
se encontraban pueblos y casas solitarias rodeadas por sauces y
levemente sombreadas de árboles frutales.
A nuestras espaldas se quedó la capital, cuyas iglesias y
conventos sobresalían frente a los picos montañosos iluminados por
los rayos del sol crepuscular. A la izquierda se extendía la sabana
pareja y visible, interrumpida por las formaciones montañosas de la
cordillera, las que, cada vez más al sur, terminaban por absorberla
completamente. Observando hacia la derecha, la sabana se extendía
casi ilimitantemente yendo a unirse a un lejano cerro gris cuyas
lomas oscuras se alzan como un muro protector que la envuelve por
el este y norte, en donde se puede descubrir la uniformidad del río
Bogotá que flota hacia la derecha del sendero y tras grandes
vueltas y rodeos busca una salida por entre los cerros, como
sospechando lo complicado que puede resultarle conseguir una salida
a través del terrible salto.
Cuando ya se veía la caída del astro rey y con bastante suciedad
en nuestras ropas y en el cuerpo, entramos al pequeño poblado de
Soacha, donde mi compañero encontró albergue en la casa de una
señora anciana de gran simpatía, que respondía al nombre de
Josefina y era conocida anfitriona de todos los visitantes. Desde
luego se enteró del motivo de mi viaje hasta allá, encargándose de
presentarme como “un inglés que desea ver el Salto”, ya
que, de no ser colombiano, a todos se les denomina como ingleses,
puesto que es una característica de los visitantes.
Ya se me había informado antes que no tenía sentido pretender
sacarla de su error, pues el auditorio quedaría tan ignorante como
de costumbre, aunque agregara que mi nacionalidad era la sueca. La
señora parecía manejar la opinión que los demás eran capaces de
tener. Cuando ella decía que yo deseaba ver el Salto y que era
inglés, procedí a anotarle que lo primero era cierto pero que no
era inglés. Ella creyó corregirlo al decir: “Entonces debe ser
un francés”, lo cual causó buena impresión entre quienes la
escuchaban, pues demostró conocer más de una
nacionalidad.
La sorpresa que casi la llevó a la desesperación fue cuando
observé: “Tampoco señora”. Tras pensar un instante, se
repuso del choque inicial para replicar con una expresión
triunfante: “Pues señor, usted viene de los Estados
Unidos”. El recibir por segunda vez un “tampoco,
señora”, la dejó absolutamente sorprendida y luego de colocar
su tabaco en las orejas me consultó en un tono extrañado:
“Pero, ¿ de dónde viene usted entonces
?”.
Indudablemente tenía que consolar a la señora, ya que no podía
comprender que sus conocimientos geográficos no tuvieran en
consideración algún sitio distinto de Suramérica, España,
Inglaterra o Norteamérica, que eran todos los sitios que ella había
oído mencionar. Como fuera el asunto, no perdí el tiempo gastando
energías para convencer a mis oyentes de lo que era Suecia. Lo que
me impresionó fue que no cometieran el mismo error que tuve ocasión
de escuchar en una conversación en Francia, donde una persona que
se jactaba de tener mucha cultura, ser muy viajada y pertenecer a
las gentes de bien, informaba haber estado en la capital de Suecia
“acompañando a la división del general Mortier, hasta
Stralsound”.
Cuando la mañana llegó, nosotros ya estábamos levantados. Luego
de bebernos una taza de chocolate, montamos a caballo con la
intención de llegar al Tequendama a buena hora, para evitar alguna
posible sorpresa con el tiempo. Este era hermoso y el sol apareció
sobre un horizonte casi despoblado de nubes, pero tal aspecto
cambió en el transcurso de las horas matinales y se cubrió el cielo
de algunas pesadas e inquietantes.
En las interminables praderas se extendían los pastizales que
alimentaban a caballos y otras especies de animales. Sobre un
camino indefinido discurría el río Bogotá. A las seis y media
estábamos frente a un paso de bambúes, donde las aguas se ensanchan
y tranquilizan. Después de hacer el río un gran rodeo gira hacia la
izquierda siguiendo la línea de la montaña y no vuelve a verse sino
cuando llega al Tequendama. Allá reaparece en un estado
absolutamente distinto.
Al atravesar el puente se observa una gran hacienda llamada
Canoas, ubicada a treinta kilómetros de Soacha y a sesenta del
Salto. En este punto el sendero comienza a subir las largas laderas
de pastos situadas entre la Sabana de Bogotá y la cordillera del
suroeste. A cada paso la vista se ampliaba, de modo que pronto se
ofreció como un mapa ante los ojos del viajero.
Desde este punto se observaba la capital con los oscuros cerros
a sus espaldas, los pueblos cercanos a Soacha, casas abandonadas y
ranchos campestres y el Bogotá dando sus vueltas de fantasía por
las praderas. Finalmente se presentaban varios lagos menores y unos
cuantos riachuelos que se unían a dicho río.
La visión seguía penetrando hasta reposar en los cerros situados
en las alturas superiores, donde se cubrían de bosques, y la vista,
antes ilimitada, se encerraba por las rocas de menor altura
completamente pobladas de arboledas elevadas y espesas, entre las
que se veían valles angostos con el verdor de los pastos y el riego
de riachuelos cristalinos que aprovechaban la oportunidad para dar
vida a una que otra estancia pequeña y solitaria, oculta del camino
sucio y difícil, más soportable por la visión que de él podía
obtenerse.
Cuando ya habíamos recorrido por este trayecto durante media
hora la ruta comenzó a descender, hasta que alcanzó tramos
intransitables y estrechos. A toda esta incomodidad se unían las
dificultades que presentaban las gruesas y espesas ramas y la gran
cantidad de arbustos. Por fin estuvimos en un sitio plano donde mi
acompañante me informó que tendríamos que dejar los caballos y
amarrarlos. La senda, en pendiente, indicaba que no podían ser
utilizados en el tramo restante que nos separaba de la
catarata.
Al tiempo de apeamos empecé a escuchar el estruendo de la caída
de las aguas en el Salto, del que no me había percatado antes
porque lo acallaba el ruido de las patas de los caballos unido al
chapoteo que salía del sendero repleto de agua y mugre y por las
ramas que se iban quebrando a nuestro paso. Amarramos las bestias a
cuyo fin elegimos un árbol, e iniciamos el ascenso para en seguida
tomar la ruta que caía abruptamente sobre un terreno sucio y
resbaloso, que mostraba sus escarpados y salientes repletos de agua
de lluvia como coqueteando con el salto cercano.
Y aunque este aún no era visible, se podía percibir, tanto más
si se escuchaba su caída nítidamente. El aire comenzó a llenarse de
vapor de agua, que ascendía para luego caer en finas y heladas
lloviznas. Ambas cosas, ruido y lluvia, aumentaban a cada vuelta o
recodo, como si la naturaleza —asustada de mostrar el Salto,
que podía ofrecer un efecto demasiado fuerte para los
sentidos— quisiera mediante otras manifestaciones minimizar la
sorpresa involuntaria que causa siempre una escena de tal
carácter.
Impacientes por llegar al mirador que la naturaleza prometía a
cada paso, y ciertamente algo mareados por el estruendo de las
aguas y la lluvia que caía, apuramos la marcha. Corrimos,
zigzagueamos por entre las curvas y hojas que casi cubrían el
sendero y luego de doblar una pronunciada abertura de éste se nos
apareció en todo su esplendor el bello Tequendama.
Describir una emoción de tal magnitud es algo imposible para un
espectador. La presente era una magnífica oportunidad para los que
se dedican a describir sus impresiones sobre los
paisajes.
Se podría empezar con un: “Vista extasiante... ”,
“Paraliza los sentidos...”, “Es imposible decir lo
hermoso que es...”, etc., y continuar con: “Gran angustia
mezclada con sorpresa... “, “sitio extraordinariamente
rico... “, “la visión desata una tormenta de
sentimientos...” Los elogios e impresiones seguirían en ese
tono. Para acabar con el bosquejo se diría: “El lápiz resulta
demasiado débil... ”, “lo que se ofrece es imposible de
describir...”, “se requiere que uno vea con sus propios
ojos esta imagen para saber lo bella que es...”, etc.
Personalmente no tengo deseos de caer en ello para luego tener
que confesar que la descripción no es completa y se necesita que el
viajero llegue hasta aquí para poder tener el cuadro de este lugar.
Y si cabe la honradez en quien describe, con toda seguridad quedará
conforme con sus exclamaciones, tan llenas de patetismo y
semejantes a la confesión de los pecados. Creo que resulta ingenuo
hacer tanto dramatismo para en seguida señalar que es mejor
visitarlo personalmente, y sería fácil caer en la descortesía, en
especial después de un viaje tan duro y prolongado.
Vamos a elegir otro método. Antes de pretender que el lector
prepare sus cosas para tal viaje, consideraremos que ya está aquí y
al lado nuestro. Nos cogeremos con mi guía de las manos, para
colocarnos, arriesgadamente, al borde del abismo mareante que tiene
esta increíble catarata.
Envueltos en ventisca y llovizna y abrumados por el ruido de
algo semejante a los truenos nos encontramos sobre una roca de
granito, a escasos metros de la masa de agua que cae a nuestra
derecha. El agua pasa a velocidad vertiginosa y desciende hacia las
profundidades para luego desaparecer completamente de la vista. A
ambos lados aparecen desde las entrañas de la tierra inmensas rocas
que van a depositar sus puntas en la confusión de los árboles,
conformando una armonía que realza la grandeza de toda la
escena.
En medio de dos de esos árboles, en la planicie de la roca, se
sitúa el espectador, quien para lograr gozar plenamente de estas
visiones se ase con una mano de un árbol y con la otra coge a sus
acompañantes y empieza a inclinarse para poder seguir con su vista
admirada a las moles de agua que, con un terrible ruido, deslizan
sus cuerpos hacia las eternas profundidades, confundidas con los
vapores que salen desde el fondo para venir a cubrir todo con una
niebla semejante al caos, lo que impide que la visión pueda llegar
plenamente hasta el fondo.
Alcanzar y mantener la concentración ante una escena de tal
naturaleza, es casi un imposible. La unidad de los pensamientos se
ve arrastrada, para desaparecer en una conjunción de vapores, ruido
y oscuridad.
Otra cuestión difícil, una vez que se ha tomado el aliento
suficiente para ello, es levantar la vista, recorrer con ella el
espectáculo del Salto y moverla por todo el escenario hasta dejarla
detenida en el punto destinado a la observación del espectador,
hasta donde ha sido llevado como en éxtasis, que es el estado en
que se ha encontrado durante todo el tiempo de permanencia frente a
tamaña belleza. Es en estos momentos cuando se hace necesario
cambiar de posición para retomar fuerzas y poder observar todo con
mayor tranquilidad.
El Salto de Tequendama es uno de los más grandes del mundo en
cuanto se refiere a su volumen de agua, y casi con seguridad es
también uno de los que arrojan su caudal desde mayor altura. Poco
antes de depositarlo en el Salto, el río Bogotá tiene casi ciento
cincuenta metros de ancho, los que se estrechan al pasar por entre
las paredes rocosas, reduciéndose a unos ochenta
metros.
Así comprimido recorre una distancia de quince metros hasta
llegar al escarpado, donde forma una masa de casi veintiocho metros
de ancho por diez de profundidad, cayendo sobre un espacio de ¡
casi doscientos metros !
La fricción que deben soportar las partículas de agua es tan
fuerte, que gran parte se transforma en vapor neblinoso que
asciende y origina la lluvia que constantemente moja los parajes de
las cercanías. Esto, por supuesto, lleva a que grandes cantidades
de agua pierdan su estructura original para convertirse en vapor,
lo cual se realiza, esencialmente, en la parte superior del Salto.
Los cambios provocados al chocar de las aguas en el fondo son mucho
menores.
Para dar una pincelada de la fuerza y distancia que el agua
recorre, basta decir que desde estas alturas se hizo el intento de
arrojar un toro vivo, y al llegar al final de su recorrido solo se
encontraron trozos de huesos molidos. Ello muestra que este es el
mejor precipicio que uno puede encontrar y que es difícil hallar
una manera más eficaz de aniquilarse instantáneamente. Solo basta
comprar un pasaje para el Salto de Tequendama.
Por instantes muy cortos, los suficientes para deslizar los ojos
hasta el hermoso valle de árboles y arbustos que visten de verde el
paisaje, el sol dio el calor y brillo de sus rayos. El río Bogotá,
angosto y en calma, daba sus vueltas como aprovechando para
descansar después de la violenta caída. El Salto había ganado en
hermosura. Los rayos le penetraban formando una serie de pequeños
arcoiris, que le quitaban la tristeza y melancolía que antes
mostraba.
El momento no duró mucho, puesto que una inmensa nube cubrió al
astro, envolviéndolo en una extensa pesadumbre. Di una mirada de
despedida a la inolvidable escena y después de separarme de su
encanto caminé pensativamente detrás del guía, en dirección al
sendero que nos trajera hasta este lugar.
Medio año más tarde tuve la oportunidad de contemplar el
mundialmente conocido Niágara. Reconoceré que mis sentimientos al
observarlo no fueron de la misma fuerza de los que me causara el
Tequendama. Las Cataratas del Niágara podrán ser consideradas la
obra más grandiosa de la naturaleza, como homenaje a su mole de
agua, semejante a olas de mar que golpean tras deslizarse por sus
acantilados y chocar en una plataforma que acalla el estrépito de
sus propios truenos. Ese paisaje es como el ideal de la naturaleza,
expresado en su máxima furia salvaje y convulsiva. Pero para mi eso
era el Tequendama. El ver a esas moles chocar contra las paredes
rocosas coloca al ser humano en una situación de sorpresa,
admiración y temor.
El Niágara se puede comparar con una hermosa e impresionante
ópera. El Tequendama se asemeja a una tragedia violenta, capaz de
alterar los nervios al más templado. El primero es la entretención
excitante y agradable; el otro produce temor y, a la larga,
cansancio. Uno podría estarse el día completo gozando del paisaje
del Niágara, pero no soportaría más de una hora en compañía del
Salto de Tequendama.
Soñando con todo lo visto, emprendí el retorno a Bogotá. Cuando
mi acompañante me pidió la impresión acerca del Salto, le respondí
con una rima, ideada durante el camino, lo que demostraba la
riqueza y facilidad que posee el idioma castellano para hacer
versos y resaltar lo bello de su sonoridad. Además con ella la
pregunta quedaba plenamente contestada:
Por mis sentidos siempre ha sido
gustoso
sentir lo que la Naturaleza tiene de maravilloso;
pero el sentimiento no sé cómo se llama
con que yo estaba admirando el Tequendama.