INDICE





INTRODUCCIÓN

VIAJE POR COLOMBIA

PRIMERA PARTE
Capítulo I - El embarque
Capítulo II - Cartagena
Capítulo III - Santa Marta
Capítulo IV - Viaje de Santa Marta a Cartagena
Capítulo V - Cartagena
Capítulo VI - Viaje de Cartagena a Mompós
Capítulo VII - Mompós
Capítulo VIII - Viaje por el Magdalena
Capítulo IX - Viaje por el alto Magdalena
Capítulo X - Viaje por el alto Magdalena y el río Nare

SEGUNDA PARTE
Capítulo XI - Viaje por los Andes
Capítulo XII - Viaje a través de la provincia de Antioquia
Capítulo XIII - Medellín
Capítulo XIV - Viaje desde Medellín a Bogotá
Capítulo XV - Bogotá
Capítulo XVI - Colombia antes de su emancipación
Capítulo XVII - La República de Colombia
Capítulo XVIII - Los habitantes y la población de Colombia
Capítulo XIX - Visitando el Salto de Tequendama
Capítulo XX - Viaje de vuelta a la costa
CAPITULO XIX |  |

 

VISITANDO EL SALTO DE TEQUENDAMA |
 

  |

A poco más de doscientos kilómetros al suroeste de Bogotá se encuentra uno de los más fascinantes, naturales y grandes miradores del mundo. Se trata del Salto de Tequendama, formado con las aguas del río Bogotá, que nace en un extremo del nor-oeste de la Sabana de Bogotá y que corre por toda ésta recogiendo pequeños torrentes hasta alcanzar, en este punto, la reunión de todos ellos y deslizarse por una cascada, para continuar su camino hacia el río Magdalena. 

El tiempo de lluvias que actualmente tenía que soportar no era el más apropiado para realizar visitas; pero mi pronta salida de la capital no me permitía elegir otro día. 

Fue así como el 29 de mayo monté en dirección al pueblo de Soacha. Mi amigo el doctor Hoyos no pudo acompañarme, ya que no podía perder sus conferencias del colegio, y ningún forastero quiso ir conmigo pues preferían esperar la temporada seca para hacer un viaje de tal especie. Por esto me vi obligado a hacerme acompañar solamente por un muchacho indígena. Su padre era el dueño de las dos cabalgaduras que nos llevaban a todo galope por la sabana lodosa y embarrada. 

Pese a que el clima era agradable y el sol se mostraba en el espacio que dejaban las nubes, que se habían presentado amenazadoras durante la mañana, nos apuramos para llegar al pueblo antes que el sol alcanzara su ocaso. Además, deseábamos estar en él antes de que nos fuéramos a quedar sin habitación. Soacha es un pueblo ubicado a ciento veinte kilómetros de Bogotá. 

El campo y el paisaje que se extendían a ambos costados del camino eran de las mismas características y monotonía que el tramo ya descrito entre Facatativá y Bogotá. Estaba compuesto por interminables pastizales y campos de cereales, en cuyos intermedios se encontraban pueblos y casas solitarias rodeadas por sauces y levemente sombreadas de árboles frutales. 

A nuestras espaldas se quedó la capital, cuyas iglesias y conventos sobresalían frente a los picos montañosos iluminados por los rayos del sol crepuscular. A la izquierda se extendía la sabana pareja y visible, interrumpida por las formaciones montañosas de la cordillera, las que, cada vez más al sur, terminaban por absorberla completamente. Observando hacia la derecha, la sabana se extendía casi ilimitantemente yendo a unirse a un lejano cerro gris cuyas lomas oscuras se alzan como un muro protector que la envuelve por el este y norte, en donde se puede descubrir la uniformidad del río Bogotá que flota hacia la derecha del sendero y tras grandes vueltas y rodeos busca una salida por entre los cerros, como sospechando lo complicado que puede resultarle conseguir una salida a través del terrible salto. 

Cuando ya se veía la caída del astro rey y con bastante suciedad en nuestras ropas y en el cuerpo, entramos al pequeño poblado de Soacha, donde mi compañero encontró albergue en la casa de una señora anciana de gran simpatía, que respondía al nombre de Josefina y era conocida anfitriona de todos los visitantes. Desde luego se enteró del motivo de mi viaje hasta allá, encargándose de presentarme como “un inglés que desea ver el Salto”, ya que, de no ser colombiano, a todos se les denomina como ingleses, puesto que es una característica de los visitantes. 

Ya se me había informado antes que no tenía sentido pretender sacarla de su error, pues el auditorio quedaría tan ignorante como de costumbre, aunque agregara que mi nacionalidad era la sueca. La señora parecía manejar la opinión que los demás eran capaces de tener. Cuando ella decía que yo deseaba ver el Salto y que era inglés, procedí a anotarle que lo primero era cierto pero que no era inglés. Ella creyó corregirlo al decir: “Entonces debe ser un francés”, lo cual causó buena impresión entre quienes la escuchaban, pues demostró conocer más de una nacionalidad. 

La sorpresa que casi la llevó a la desesperación fue cuando observé: “Tampoco señora”. Tras pensar un instante, se repuso del choque inicial para replicar con una expresión triunfante: “Pues señor, usted viene de los Estados Unidos”. El recibir por segunda vez un “tampoco, señora”, la dejó absolutamente sorprendida y luego de colocar su tabaco en las orejas me consultó en un tono extrañado: “Pero, ¿ de dónde viene usted entonces ?”. 

Indudablemente tenía que consolar a la señora, ya que no podía comprender que sus conocimientos geográficos no tuvieran en consideración algún sitio distinto de Suramérica, España, Inglaterra o Norteamérica, que eran todos los sitios que ella había oído mencionar. Como fuera el asunto, no perdí el tiempo gastando energías para convencer a mis oyentes de lo que era Suecia. Lo que me impresionó fue que no cometieran el mismo error que tuve ocasión de escuchar en una conversación en Francia, donde una persona que se jactaba de tener mucha cultura, ser muy viajada y pertenecer a las gentes de bien, informaba haber estado en la capital de Suecia “acompañando a la división del general Mortier, hasta Stralsound”. 

Cuando la mañana llegó, nosotros ya estábamos levantados. Luego de bebernos una taza de chocolate, montamos a caballo con la intención de llegar al Tequendama a buena hora, para evitar alguna posible sorpresa con el tiempo. Este era hermoso y el sol apareció sobre un horizonte casi despoblado de nubes, pero tal aspecto cambió en el transcurso de las horas matinales y se cubrió el cielo de algunas pesadas e inquietantes. 

En las interminables praderas se extendían los pastizales que alimentaban a caballos y otras especies de animales. Sobre un camino indefinido discurría el río Bogotá. A las seis y media estábamos frente a un paso de bambúes, donde las aguas se ensanchan y tranquilizan. Después de hacer el río un gran rodeo gira hacia la izquierda siguiendo la línea de la montaña y no vuelve a verse sino cuando llega al Tequendama. Allá reaparece en un estado absolutamente distinto. 

Al atravesar el puente se observa una gran hacienda llamada Canoas, ubicada a treinta kilómetros de Soacha y a sesenta del Salto. En este punto el sendero comienza a subir las largas laderas de pastos situadas entre la Sabana de Bogotá y la cordillera del suroeste. A cada paso la vista se ampliaba, de modo que pronto se ofreció como un mapa ante los ojos del viajero. 

Desde este punto se observaba la capital con los oscuros cerros a sus espaldas, los pueblos cercanos a Soacha, casas abandonadas y ranchos campestres y el Bogotá dando sus vueltas de fantasía por las praderas. Finalmente se presentaban varios lagos menores y unos cuantos riachuelos que se unían a dicho río. 

La visión seguía penetrando hasta reposar en los cerros situados en las alturas superiores, donde se cubrían de bosques, y la vista, antes ilimitada, se encerraba por las rocas de menor altura completamente pobladas de arboledas elevadas y espesas, entre las que se veían valles angostos con el verdor de los pastos y el riego de riachuelos cristalinos que aprovechaban la oportunidad para dar vida a una que otra estancia pequeña y solitaria, oculta del camino sucio y difícil, más soportable por la visión que de él podía obtenerse. 

Cuando ya habíamos recorrido por este trayecto durante media hora la ruta comenzó a descender, hasta que alcanzó tramos intransitables y estrechos. A toda esta incomodidad se unían las dificultades que presentaban las gruesas y espesas ramas y la gran cantidad de arbustos. Por fin estuvimos en un sitio plano donde mi acompañante me informó que tendríamos que dejar los caballos y amarrarlos. La senda, en pendiente, indicaba que no podían ser utilizados en el tramo restante que nos separaba de la catarata. 

Al tiempo de apeamos empecé a escuchar el estruendo de la caída de las aguas en el Salto, del que no me había percatado antes porque lo acallaba el ruido de las patas de los caballos unido al chapoteo que salía del sendero repleto de agua y mugre y por las ramas que se iban quebrando a nuestro paso. Amarramos las bestias a cuyo fin elegimos un árbol, e iniciamos el ascenso para en seguida tomar la ruta que caía abruptamente sobre un terreno sucio y resbaloso, que mostraba sus escarpados y salientes repletos de agua de lluvia como coqueteando con el salto cercano. 

Y aunque este aún no era visible, se podía percibir, tanto más si se escuchaba su caída nítidamente. El aire comenzó a llenarse de vapor de agua, que ascendía para luego caer en finas y heladas lloviznas. Ambas cosas, ruido y lluvia, aumentaban a cada vuelta o recodo, como si la naturaleza —asustada de mostrar el Salto, que podía ofrecer un efecto demasiado fuerte para los sentidos— quisiera mediante otras manifestaciones minimizar la sorpresa involuntaria que causa siempre una escena de tal carácter. 

Impacientes por llegar al mirador que la naturaleza prometía a cada paso, y ciertamente algo mareados por el estruendo de las aguas y la lluvia que caía, apuramos la marcha. Corrimos, zigzagueamos por entre las curvas y hojas que casi cubrían el sendero y luego de doblar una pronunciada abertura de éste se nos apareció en todo su esplendor el bello Tequendama. 

Describir una emoción de tal magnitud es algo imposible para un espectador. La presente era una magnífica oportunidad para los que se dedican a describir sus impresiones sobre los paisajes. 

Se podría empezar con un: “Vista extasiante... ”, “Paraliza los sentidos...”, “Es imposible decir lo hermoso que es...”, etc., y continuar con: “Gran angustia mezclada con sorpresa... “, “sitio extraordinariamente rico... “, “la visión desata una tormenta de sentimientos...”  Los elogios e impresiones seguirían en ese tono. Para acabar con el bosquejo se diría: “El lápiz resulta demasiado débil... ”, “lo que se ofrece es imposible de describir...”, “se requiere que uno vea con sus propios ojos esta imagen para saber lo bella que es...”, etc. 

Personalmente no tengo deseos de caer en ello para luego tener que confesar que la descripción no es completa y se necesita que el viajero llegue hasta aquí para poder tener el cuadro de este lugar. Y si cabe la honradez en quien describe, con toda seguridad quedará conforme con sus exclamaciones, tan llenas de patetismo y semejantes a la confesión de los pecados. Creo que resulta ingenuo hacer tanto dramatismo para en seguida señalar que es mejor visitarlo personalmente, y sería fácil caer en la descortesía, en especial después de un viaje tan duro y prolongado. 

Vamos a elegir otro método. Antes de pretender que el lector prepare sus cosas para tal viaje, consideraremos que ya está aquí y al lado nuestro. Nos cogeremos con mi guía de las manos, para colocarnos, arriesgadamente, al borde del abismo mareante que tiene esta increíble catarata. 

Envueltos en ventisca y llovizna y abrumados por el ruido de algo semejante a los truenos nos encontramos sobre una roca de granito, a escasos metros de la masa de agua que cae a nuestra derecha. El agua pasa a velocidad vertiginosa y desciende hacia las profundidades para luego desaparecer completamente de la vista. A ambos lados aparecen desde las entrañas de la tierra inmensas rocas que van a depositar sus puntas en la confusión de los árboles, conformando una armonía que realza la grandeza de toda la escena. 

En medio de dos de esos árboles, en la planicie de la roca, se sitúa el espectador, quien para lograr gozar plenamente de estas visiones se ase con una mano de un árbol y con la otra coge a sus acompañantes y empieza a inclinarse para poder seguir con su vista admirada a las moles de agua que, con un terrible ruido, deslizan sus cuerpos hacia las eternas profundidades, confundidas con los vapores que salen desde el fondo para venir a cubrir todo con una niebla semejante al caos, lo que impide que la visión pueda llegar plenamente hasta el fondo. 

Alcanzar y mantener la concentración ante una escena de tal naturaleza, es casi un imposible. La unidad de los pensamientos se ve arrastrada, para desaparecer en una conjunción de vapores, ruido y oscuridad. 

Otra cuestión difícil, una vez que se ha tomado el aliento suficiente para ello, es levantar la vista, recorrer con ella el espectáculo del Salto y moverla por todo el escenario hasta dejarla detenida en el punto destinado a la observación del espectador, hasta donde ha sido llevado como en éxtasis, que es el estado en que se ha encontrado durante todo el tiempo de permanencia frente a tamaña belleza. Es en estos momentos cuando se hace necesario cambiar de posición para retomar fuerzas y poder observar todo con mayor tranquilidad. 

El Salto de Tequendama es uno de los más grandes del mundo en cuanto se refiere a su volumen de agua, y casi con seguridad es también uno de los que arrojan su caudal desde mayor altura. Poco antes de depositarlo en el Salto, el río Bogotá tiene casi ciento cincuenta metros de ancho, los que se estrechan al pasar por entre las paredes rocosas, reduciéndose a unos ochenta metros. 

Así comprimido recorre una distancia de quince metros hasta llegar al escarpado, donde forma una masa de casi veintiocho metros de ancho por diez de profundidad, cayendo sobre un espacio de ¡ casi doscientos metros ! 

La fricción que deben soportar las partículas de agua es tan fuerte, que gran parte se transforma en vapor neblinoso que asciende y origina la lluvia que constantemente moja los parajes de las cercanías. Esto, por supuesto, lleva a que grandes cantidades de agua pierdan su estructura original para convertirse en vapor, lo cual se realiza, esencialmente, en la parte superior del Salto. Los cambios provocados al chocar de las aguas en el fondo son mucho menores. 

Para dar una pincelada de la fuerza y distancia que el agua recorre, basta decir que desde estas alturas se hizo el intento de arrojar un toro vivo, y al llegar al final de su recorrido solo se encontraron trozos de huesos molidos. Ello muestra que este es el mejor precipicio que uno puede encontrar y que es difícil hallar una manera más eficaz de aniquilarse instantáneamente. Solo basta comprar un pasaje para el Salto de Tequendama. 

Por instantes muy cortos, los suficientes para deslizar los ojos hasta el hermoso valle de árboles y arbustos que visten de verde el paisaje, el sol dio el calor y brillo de sus rayos. El río Bogotá, angosto y en calma, daba sus vueltas como aprovechando para descansar después de la violenta caída. El Salto había ganado en hermosura. Los rayos le penetraban formando una serie de pequeños arcoiris, que le quitaban la tristeza y melancolía que antes mostraba. 

El momento no duró mucho, puesto que una inmensa nube cubrió al astro, envolviéndolo en una extensa pesadumbre. Di una mirada de despedida a la inolvidable escena y después de separarme de su encanto caminé pensativamente detrás del guía, en dirección al sendero que nos trajera hasta este lugar. 

Medio año más tarde tuve la oportunidad de contemplar el mundialmente conocido Niágara. Reconoceré que mis sentimientos al observarlo no fueron de la misma fuerza de los que me causara el Tequendama. Las Cataratas del Niágara podrán ser consideradas la obra más grandiosa de la naturaleza, como homenaje a su mole de agua, semejante a olas de mar que golpean tras deslizarse por sus acantilados y chocar en una plataforma que acalla el estrépito de sus propios truenos. Ese paisaje es como el ideal de la naturaleza, expresado en su máxima furia salvaje y convulsiva. Pero para mi eso era el Tequendama. El ver a esas moles chocar contra las paredes rocosas coloca al ser humano en una situación de sorpresa, admiración y temor. 

El Niágara se puede comparar con una hermosa e impresionante ópera. El Tequendama se asemeja a una tragedia violenta, capaz de alterar los nervios al más templado. El primero es la entretención excitante y agradable; el otro produce temor y, a la larga, cansancio. Uno podría estarse el día completo gozando del paisaje del Niágara, pero no soportaría más de una hora en compañía del Salto de Tequendama. 

Soñando con todo lo visto, emprendí el retorno a Bogotá. Cuando mi acompañante me pidió la impresión acerca del Salto, le respondí con una rima, ideada durante el camino, lo que demostraba la riqueza y facilidad que posee el idioma castellano para hacer versos y resaltar lo bello de su sonoridad. Además con ella la pregunta quedaba plenamente contestada: 

Por mis sentidos siempre ha sido gustoso
sentir lo que la Naturaleza tiene de maravilloso; 
pero el sentimiento no sé cómo se llama
con que yo estaba admirando el Tequendama.

anterior | índice | siguiente