PRIMERA
PARTE
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Carl August
Gosselman
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“I am neither Your Minotaure,
nor Your Centaure,
nor Your Satyr, nor Your Hyaena, nor Your Baboon,
but Your mere Traveller - believe me!”
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JONSON
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“No soy tu Minotauro, ni tu Centauro,
ni tu Hiena,
ni tu mandril..., solo soy tu humilde viajero...
Créeme”.
(Nota del Traductor: en inglés en el
original).
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CAPITULO I
|EL EMBARQUE
Temprano en la mañana del 16 de febrero de 1825 el bergantín
“Cristóbal Colón” estuvo con las gavias arrizadas,
aproximadamente noventa y cuatro millas al sur del Faro Seilly, en
la costa inglesa. El viento del noroeste silbaba violento por entre
los aparejos, llenando de potencia las velas fuertemente braceadas,
y mientras dispersaba las nubes que habían oscurecido y hecho
llover por la noche, nos permitió extender la vista hacia el faro,
claramente encendido.
Tan pronto como este sondeo estuvo asegurado, el bergantín
enfiló proa y con una velocidad constante avanzó por la abertura
del canal hacia el océano Atlántico.
Poco a poco fue perdiéndose de vista el faro, que, durante un
tiempo, alumbraba desde una u otra ola inclinando amablemente su
cabeza como última despedida de la tierra firme, hasta desaparecer
totalmente y con él el último punto visible de Europa.
Fue un sentimiento agradable. Y por él en este mes, y los meses
próximos cambiaríamos el angosto paraje entre Inglaterra y Francia,
por la amplitud interpuesta entre el Nuevo y el Viejo Mundo. La
misma navegación tomaba una naturaleza menos peligrosa; este
acercamiento a latitudes más sureñas ejerce una buena influencia en
quienes llegamos del norte. En especial para nosotros que hemos
dividido nuestro invierno entre Cattegat y el Mar del Norte.
Ya el 22 de febrero empezamos a sentir calor, por lo menos
nosotros, que hasta ahora nos sofocábamos en nuestros trajes
nórdicos. También era extraño ver el efecto del sol a
bordo.
Nosotros, las ropas, el barco, las velas y los aparejos pasaron
como por un proceso químico. Las pesadas y densas nubes de vapor se
deshicieron y la fría y salada humedad adquirió un aspecto más
liviano y seco. Pronto ese contraste en los cambios de temperatura
tomaron de nuevo, tanto en el bergantín como en la tripulación, su
real fisonomía.
El primero cambió sus pesados mastelerillos de juanete de
invierno por unos mastelerillos de verano más livianos y lució
ahora orgulloso su nuevo atuendo, en reemplazo de las anteriores
gavias arrizadas. Del mismo modo los marineros cambiaron con
placer, sus pesados sacos por ropas ligeras. En seguida se forzaron
las tomas de las anclas, dejándolas en la cubierta.
Un viaje en barco siempre supone, o por lo menos así se espera,
no necesitar, en mucho tiempo estas tan importantes piezas del
inventario de la nave.
Tal trabajo puede estimarse como un retorno glorioso hacia
Neptuno, donde el marinero realmente ingresa a lo superior, a la
etapa más hermosa de su profesión, encontrándose orgulloso en su
ambiente.
Con el cielo claro y la suave brisa del oeste, la que a medida
que avanzábamos fue más hacia el sur, seguimos el curso hasta
Madera.
Nuestro solitario viaje fue interrumpido tan solo un par de
veces; con el encuentro y puesta al habla con dos barcos, uno
americano en camino hacia las Indias Orientales, y otro inglés, el
“Madera Paquetten”.
El 2 de marzo arribamos al clima húmedo de Madera. Al día
siguiente en la mañana deberíamos tener a la vista la isla, pero a
las seis de la tarde cayó un violento aguacero desde el este, que
al continuar toda la noche no solo nos impidió el reconocimiento de
ella sino que nos obligó a desaguar con un viento oeste-sudeste y
una velocidad de 6.2 millas.
Este viento se mantuvo durante toda la noche. Entre el ocho y el
nueve de marzo cortamos el Trópico Norte en 28°35’ al oeste
del meridiano de Greenwich. Ya habíamos tomado de nuevo el carácter
parejo del viento alisio entre Africa y América.
Por fin llegamos al tan deseado paisaje, ese Canaán de nuestros
largos paseos en el desierto y consuelo durante los viajes por el
Mar del Norte que siempre mirábamos como un premio por todo lo
difícil y azaroso que resultó lograr alcanzarlo.
Respondió y hasta sobrepasó nuestras esperanzas. Es imposible
contarlo a alguien que no haya hecho este viaje, porque hasta la
más elocuente descripción de esto siempre sería
pobre.
Realmente conviene que todos los mares no se parezcan a los del
Trópico, pues entonces demasiados desearían ser
marineros.
Mientras la velada ofrece todo lo grato, agradable y delicioso
de un viaje en barco, sin ninguno de sus pesares y tristezas, la
temperatura es agradable y fresca, con un cielo alto, nítido, un
viento parejo y constante y una profundidad inconmensurable en la
que no existe casi ningún oleaje, esto es todo lo que se puede
exigir de la naturaleza en el mar. Es lo máximo a que podría
aspirar un marinero.
Desde el 4 de marzo, fecha en que pasamos por Madera, hasta el
22, cuando facheábamos para tocar las Indias Orientales, el viento
siempre mantuvo la misma dirección, casi con igual velocidad; jamás
hicimos menos de seis a ocho millas por hora.
Durante todo ese tiempo no se movió un cabo a bordo, se usaron
todas las velas posibles y los remos estuvieron como clavados,
atravesados sobre la cubierta del barco. En ésta no se necesitaba
más que un hombre, a cargo del timón, el cual parecía más un ser
inmóvil que un timonel, porque estaba prácticamente quieto, sin
necesidad de moverse.
Si alguna vez omitir el cuidado de bajar las velas durante la
noche puede ser perdonado, ocurrió acá, ya que el viento, tiempo,
velocidad y curso permanecieron invariables. El diario de a bordo
que en ocasiones tenía un estilo muy variado, era solo rutina, pues
con las excepciones de día, fecha y longitud, todos los días eran
iguales; como los timoneles lacónicamente expresaban: “Lo
mismo Tiempo y lugar cambiaban, pero lo hacían de modo tan parecido
y lineal, que es realmente difícil distinguir y acordarse, de los
días anteriores. La naturaleza exterior que nos rodeaba no ofrecía
ninguna ayuda para la memoria.
El sol se alzaba en un cielo lo mismo de limpio que cuando
marchaba al ocaso; y la vista buscaba, sin éxito, algún objeto
donde descansar en el extenso horizonte vacío, aunque la real
interpretación de la palabra sería: “Caelum undique et undique
pontus”
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(1)
.
Por lo tanto, solamente podíamos emplear el tiempo en
ocupaciones y entretenciones que ofrecía la vida a bordo; y fueron
variadas, ni muchas, ni pocas. Esto puede sonar raro y, reconozco,
el caso no es corriente en barcos comunes, pero no podía ser
diferente en el nuestro, ya que cuatro jóvenes compañeros, casi de
la misma edad, y tres buenos y alegres pasajeros aportaron todos,
en su medida, lo necesario para hacer este —a la larga
uniforme paisaje— lo más alegre posible.
Permítanme en este momento evocar la memoria de uno de ellos,
para quien fue su último viaje: como siempre y especialmente cuando
contribuyó a la entretención y alegría de sus compañeros de viaje,
uno no necesita haberse contado entre sus mejores amigos para que
lo conmueva la tristeza al pensar en su tan temprano fallecimiento.
A sus padres, hermanos y amigos, a cada uno de los que conocían a
este muchacho de prometedor futuro, sinceramente les compadezco en
su duelo.
August Palander me parecía, en muchos sentidos, el ideal de un
joven, aun sin experiencia como oficial de mar, lo que —de
haber seguido con vida— hubiera justificado la extraordinaria
confianza y amistad que ya se había ganado por parte del Capitán y
sus compañeros. Pido me perdonen estas digresiones, que tal vez
nada tienen en común con el título: “Viaje por
Colombia”.
Pero volveré a bordo y a las ocupaciones que allí teníamos. Una
biblioteca bien elegida, perteneciente al señor Hausvolff y a
disposición, durante el viaje, de los ocupantes de los camarotes,
era la mayor garantía para pasar el tiempo agradablemente. Aunque
también era posible que se presentaran otros pasatiempos menos
serios en ese lugar donde se reunían tantos
jóvenes.
Al pasar la línea de los Trópicos la farsa de la peluquería dio,
a los que nunca antes la cruzaron, la pauta inicial para una serie
de travesuras que solo acabaron con nuestra llegada a la América
del Sur. Muchas de esas bromas, tanto en su plan como en la
ejecución, eran geniales. Esta es la verdadera expresión que
corresponde emplear.
Si a todo se agrega el excelente tiempo que tuvimos, un grupo
musical extraordinariamente bueno, algunas magníficas voces y un
dibujante de felices caricaturas, no parece extraño que los
pasajeros olvidaran que flotaban por encima del Océano sin fondo,
aislados del resto del mundo, y admitieran que esta manera de
viajar era la más cómoda que se podía desear.
Una carpa para el sol sobre la mitad de la cubierta y uno de los
botecitos siempre lleno de agua para bañarse, protegían y
refrescaban contra el calor, que no era exagerado. En los Trópicos
el termómetro marcaba a la cena 25°C, pero aumentaba a medida que
disminuían los centígrados de la latitud, y a la altura de 15°
marcaba 32°C. La temperatura del agua del mar era dos o tres grados
más fría que la atmósfera a la cena y en la sombra, pero obviamente
más caliente que a medianoche. La salinidad del agua aumentaba de
igual modo que su nitidez. No es posible imaginar algo más bello
que el color que tiene acá el agua.
Esta refleja de modo tan fuerte el cielo azul y es tan
increíblemente clara y transparente que cuando por la popa uno se
inclina a observar el barco bajo el agua, no puede distinguir ambos
elementos; la vista se confunde y parece que todo el cuerpo del
barco estuviera colgando en el aire. Al detenerse sobre la proa,
acompañando la constante velocidad del viento alisio, la visión es
verdaderamente agradable.
Las olas rompiendo contra la proa como una acumulación de nieve
blanca, que es cortada en dos por la quilla a ambos costados del
barco, forman un maravilloso contraste contra el agua del color
azul del cielo. Esto es a la luz del día, pero mucho más brillante
es en la oscura noche tropical, cuando las olas parecen masas de
plata cubiertas con una cantidad impresionante de doradas
lentejuelas brillantes.
Muchas especies se reúnen en este bello paisaje. Durante todo el
día hay una vanguardia de delfines que van dirigiendo con su ritmo
los brazos del galeón; sus constantes corcovos sobre el agua y su
brillante colorido mantienen la vista ocupada. Por el lado de la
quilla raras veces se está libre del hambriento tiburón que, como
un corsario que cruza los puertos, con cortos y silenciosos golpes
sella los parajes, acechando lo que desde el barco se arroje al
mar, para hacerlo su presa. Tampoco nos faltan los
flanqueadores.
Livianas divisiones de peces voladores daban vueltas a ambos
lados de la nave en una larga fila de saltos curvilíneos,
realizados muy encima del agua, lo que llevaba a quienes en ese
momento ingresaban a la cubierta a preguntar extrañados: ¿pájaro o
pez?
No pocas veces se ven flotar también los más lindos mejillones,
lo que se hace más notorio con la navegación del velero, con su
vela inclinada dirigiendo su recto rumbo por sobre la superficie de
un mar ligeramente rizado. Así pueden ser saludados por la nave
solitaria como camaradas en el desierto océano.
Como contrapartida, se acerca una tortuga, poco ágil, que movida
por sus cuatro remos se asemeja a una vieja chalupa en lo que
respecta a peso, fuerza y movilidad.
Una escolta de grandes bandas de marsopas parecen galantear al
barco con sus picadas y volteretas; el galanteo llega hasta tal
punto que se zambullen cerca de la quilla, pasan por debajo de ella
en todas las direcciones y con una velocidad impresionante vuelven
a realizar el mismo recorrido.
A su vez, los pájaros tropicales hacían el mismo papel que le
asigna un pintor de paisajes a la figura de un caminante solitario
en el centro de un paraje abandonado..., dar vida a la pintura
muerta.
Facheamos la noche anterior y la posterior al 22 de marzo, ya
que deberíamos estar, en ese momento, en el vecindario de las islas
de Las Antillas. Apenas por la tarde del 23 resonaba desde el
puesto del vigía la añorada palabra “tierra”, que si bien
no despertó en nosotros los mismos sentimientos que en Colón cuando
por primera vez vio estas islas, conformaba de todas maneras una
naturaleza interesante, si no por otras cosas por el simple hecho
de que hacía poco tiempo para nosotros solo era posible mencionar
todo esto como tema de conversaciones.
Por la tarde se levantaban, cada vez más, dos abultados terrones
en el azul del horizonte oeste; cuando el sol lanzó sus últimos
rayos sobre ellos se mostraron sorpresivamente para la vista los
contornos de Martinica y Santa Lucía, por entre las cuales habíamos
decidido atravesar la cadena de las islas Antillas.
Es difícil decir cuál experiencia es más agradable de vivir, si
el haber estado durante mucho tiempo circunscritos a mirar los
objetos que nos rodeaban y poder luego hacer una expedición visual
por un extenso panorama; o bien, después de una larga y aburridora
inactividad por falta de objetos, tragarse lo primero que se ofrece
a estos errantes ojos que como un pájaro sacudido por la tempestad
andan codiciosos en busca del único punto de descanso, tan anhelado
en la inmensidad del mar y que ahora reposaban con avidez en los
dos objetos ubicados hacia la proa.
A buena velocidad navegamos cerca de un día antes de adentramos
en medio de estas islas, que eran una muestra de la altura y la
claridad del horizonte. A la segunda mañana las pasamos, notando al
momento las otras islas a barlovento, las cuales, como una cadena,
constituían un puesto avanzado para la Gran América, altas y
orgullosas en medio del inconmensurable océano cuyas impotentes
olas eran rechazadas por los acantilados de la
playa.
¡Cuán distintas reflexiones despertaba la visión y contemplación
de estas por muchos aspectos curiosas islas!
¡Cuánto entra en el solo nombre Antillas!; ¡Qué papel tan
extraordinario ha jugado en el escenario mundial, tanto en el
aspecto moral como en el mercantil!; cuánta riqueza ha sido
extraída de sus tierras tropicales, tan ricas y fértiles, regadas
por el sudor y las lágrimas de la explotada raza negra traída
forzadamente de Africa, entre la cual y el codicioso hombre europeo
se ha establecido una antinatural relación en esta para ambos
desconocida parte del continente americano. Así, en el santuario de
la esclavitud, las Antillas, uno de los dos está más abajo en la
escala de la humanidad: uno es el Señor y el otro es el
Siervo.
Pero aun en otros aspectos menos serios esto es interesante. Los
marineros, por ejemplo, consideran a las Antillas del mismo modo
que el burgués contempla a París. Ambos, con igual orgullo, cuentan
que estuvieron en uno u otro lugar, y en cierta medida se puede
decir que forma parte de la educación superior de ellos el haber
estado allí durante un tiempo.
Finalizando el concepto, qué excelente fuente de recursos ha
sido, en múltiples ocasiones, para algunos escritores de piezas de
teatro o de novelas; cuántas veces han buscado en ella un tío viejo
tan rico como quemado por el sol, o no han logrado obtener dote
alguna para sus pobres y enamorados héroes.
El 27 de marzo pasamos por Curaçao y Aruba; y en la mañana del
segundo día tuvimos la primera vista de tierra firme de Suramérica,
Punta Gallina, que está ubicada arriba del Cabo de la Vela, en la
cual estuvimos a eso de las seis de la tarde.
La jornada adquiría ahora una fisonomía más variada. El viento
llegaba en forma irregular y circular, desde distintas direcciones,
lo que era una consecuencia de la cercanía de la tierra. Esto hizo
que hasta antes del día 30 no pudieran verse las montañas nevadas
al lado de Santa Marta. Es al mismo tiempo una vista extraña y
hermosa la de esos espantosos gigantes con el pie en el agua que
levantan sus cabezas cubiertas de nieve por encima de las nubes. Al
comienzo no quería yo creer que fueran parte de la tierra, ya que
se veían tan arriba, casi tocando el cielo. Se llega a desconfiar
de la vista y temeroso, se asegura de esto mientras las escarpadas
montañas parecen caer sobre las cabezas.
Estas montañas nos dan el gusto anticipado de lo que es
verdaderamente América del Sur, donde toda la naturaleza parece más
abundante que en el resto del mundo. Al verlas unidas a la visión
en conjunto, por toda la costa, parecen extrañas al que no ha
estado en el Nuevo Mundo. Es como estar sentado esperando el
comienzo de un gran drama del cual se ha oído comentar mucho pero
que aún no se ha visto: el telón está levantado y se observan las
decoraciones; todo promete algo excelente, pero todavía no ha
empezado la obra; aún no ha entrado ningún actor en
escena.
El 1° de abril nos asustó un fenómeno extraño; la naturaleza
quería, al parecer, hacernos la broma propia de esa fecha
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(2)
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Tan lejos de la costa que esta no se veía, entramos
sorpresivamente en un agua tan rara como alarmante. En lugar del
agua, tradicionalmente de un azul claro, nos rodeaba por todos
lados un espeso color gris-amarillo, no diferente al de los bancos
de arena de Holanda o del Mar del Sur cuando está agitado luego de
una tormenta. Al comienzo parecía verdaderamente peligroso y
decidimos regresar por el mismo lugar que habíamos ingresado;
cuando lo hicimos tuvimos una vista peculiar que en el acto nos
quitó el temor y nos explicó el caso. Al dar la vuelta para salir,
el agua de la quilla era un surco claro y uno azul oscuro, en la
espesa materia que la rodeaba, todo lo cual no era otra cosa que
una prolongación de las aguas del río Magdalena, cuya boca
acabábamos de pasar y que, en un clima tranquilo, las expulsa
mezcladas con barro hasta cuarenta millas en el lago. Esto es
también una buena observación para quienes deseen hacer escala en
los puertos de Sabanilla y Cartagena, ya que la costa acá es tan
baja que no se ve si uno está un poco fuera del
agua.
Por la tarde se puso al habla con nosotros un buque de guerra
colombiano. Como era el único de su clase que habíamos encontrado
durante el viaje y, además, el primero con la bandera de la
República, nos causó mucho interés, afrontando la crítica severa de
los ingenieros de a bordo, ya que en todas sus partes concordaba
con la idea que uno puede hacerse de un verdadero corsario de las
Antillas.
Completamente pintado de negro; bajito, acostado en el agua; un
casco que cortaba esta como una flecha, con un fondo verde
amarillento, producto del cobre presente en el líquido; con su
forma de sable parecía contentarse con partir las olas y lanzar su
espuma más arriba de la borda, dispuesta a lavar las figuras
marrones y negras de su numerosa tripulación que con sus oscuros
cuerpos semidesnudos presentaban un singular juego de sombras en
unión con blancas y bien cortadas velas de cangrejo que cubrían la
cubierta hasta la popa, descendiendo desde los mástiles sobre las
delgadas varas. Tras de las puntudas gavias se prolongaba esta
grande y hermosa masa de velas y desde la más alta flameaba un
largo y angosto gallardete con curvatura hacia la popa que mostraba
al extraño toda la hermosura de la máquina empujada hacia adelante,
casi directamente en contra del viento.
Al día siguiente por la tarde logramos ver “La Popa”,
una montaña alta, cerca de Cartagena, que se parecía mucho a la
popa de un barco y hacía un efecto excelente sobre el resto de la
tierra, pareja y baja, además de constituir una de las mejores
referencias orientadoras del mar para los barcos que llegaban desde
el sur o del norte.
Poco después se veía Cartagena, la cual con sus murallas altas,
las innumerables iglesias y las palmeras de coco representaba el
emblema de la ciudad antigua y fortificada de las Indias
Católicas.
Con todo, el aspecto era de una hermosura mayor, a pesar de que
había languidecido, a lo que posiblemente algo habían contribuido
los terribles dos años de sequía que habían dejado marchito el
paisaje y exterminado todo el verdor, con la sola excepción de las
palmeras que hacían virar sus largas y débiles ramas sobre las
casas entre blancas y grises, dándoles una leve protección contra
los rayos del sol que caían perpendiculares y
ardientes.
La uniforme y suave brisa del noroeste hizo que nos acercáramos
a la ciudad y a eso de las cuatro de la tarde empezamos a conversar
—para hacernos entender con los desconocidos— al modo
marinero.
Esto se inició con el izar de la bandera sueca en el peñol y en
la proa, y para ayudar a la memoria, todo el ritual fue seguido
inmediatamente de un disparo.
Para aquellos que no entienden esta manera de comunicarse, se
les puede explicar del siguiente modo: “Somos de Suecia y les
rogamos enviarnos un práctico lo más pronto posible”. Esta es
una señal conocida en todos los mares y al instante fue
comprendida.
Poco después vimos partir desde la costa una canoa pequeña en la
que cuatro negros remaban rápida y directamente hacia nuestro
bergantín. Luego estuvieron junto a nosotros. El costado del velero
estaba adornado de espectadores boquiabiertos que contemplaban con
curiosidad a los primeros visitantes de otros países, o mejor dicho
de otro continente.
Estaban sentados en su piragua pequeñita de tres pies de ancho,
hecha de un árbol ahuecado, tan distinta de su hermano
transoceánico; nos miraban y se reían burlonamente con sus blancos
dientes y sus negras caras.
En un mal español, más bien incomprensible por su mezcla con
malas glosas del mar en inglés, exigieron conocer el nombre del
velero, carga, etc., y después de dejar a uno de los compañeros y,
en su lugar, haber recibido una botella de aguardiente, se
retiraron del barco, remando lo mismo de rápido de vuelta a la
costa.
Estábamos frente a la ciudad pero tuvimos que hacer un largo
rodeo en torno a Tierra Bomba, una isla que protege o, mejor dicho,
forma el puerto de Cartagena. La verdadera entrada estaba antes en
este lugar, en el lado noroeste llamado Boca Grande, que durante la
guerra fue inutilizado por los constantes bombardeos a que fue
sometida.
La brisa del mar se murió por la tarde y no logramos llegar al
otro lado, la entrada sureste, sino hasta cerca de las ocho de la
noche.
Estas aguas, las únicas que ahora se usaban, se llamaban Boca
Chica y estaban bastante fortificadas con baterías bajas que a flor
de agua confirmaban la estrechez de la entrada.
La recompensa que tuvimos por los insoportables días de calor
fue una de las más bellas noches tropicales. La luna llena, ya muy
arriba del horizonte, reflejaba su agradable y fuerte luz sobre
ambos flancos de la fortaleza, la cual parecía totalmente
concentrada en la angosta superficie de agua existente entre
ellos.
El velero se deslizó lentamente en esta vista maravillosa y
deslumbrante. Ni un soplo cruzó el agua ni se sintió en la
cubierta, solo el juanete mayor logró captar un lento y débil soplo
por el lado de la popa para que el bergantín avanzara..., más por
costumbre y deseos de llegar a su destino que por el empuje del
viento.
Un profundo silencio reinaba en todas direcciones, el que
solamente se interrumpía, a veces, por las palabras del práctico:
“Babor”; “así”; “estribor”. Al fin
estuvimos entre las fortalezas, bastante cerca de la situada a la
derecha, de donde resonó un: “Hola, bergantín, ¿ de dónde
viene el velero ?“, dirigido hacia nosotros. Así en seguida
empezamos a colocarnos al habla en nuestra primera conversación con
el continente.
No bien terminó esta charla cuando el reloj indicó las ocho,
luego de lo cual, desde el interior de la fortaleza, un coro de
trompetas, en largos toques, llamó a retirada de la guarnición. Los
agudos pero armónicos sonidos saltaban en ecos que se multiplicaban
por encima del lago en calma; logrando un bello efecto en la
silente noche solo alumbrada por la luna.
Todo parecía acompañarnos, como dando la bienvenida, un tanto
más arriba al lugar del anclaje, precisamente donde el último eco
había fenecido.
El largo y prolongado descanso del anda terminó y esta corrió
con violenta velocidad abajo de la proa llevando consigo la ruidosa
cadena de hierro, que después de un gran chirrido se detuvo al fin,
afirmando al velero en el fondo y a nosotros en las tierras de
Suramérica.