INDICE





INTRODUCCIÓN

VIAJE POR COLOMBIA

PRIMERA PARTE
Capítulo I - El embarque
Capítulo II - Cartagena
Capítulo III - Santa Marta
Capítulo IV - Viaje de Santa Marta a Cartagena
Capítulo V - Cartagena
Capítulo VI - Viaje de Cartagena a Mompós
Capítulo VII - Mompós
Capítulo VIII - Viaje por el Magdalena
Capítulo IX - Viaje por el alto Magdalena
Capítulo X - Viaje por el alto Magdalena y el río Nare

SEGUNDA PARTE
Capítulo XI - Viaje por los Andes
Capítulo XII - Viaje a través de la provincia de Antioquia
Capítulo XIII - Medellín
Capítulo XIV - Viaje desde Medellín a Bogotá
Capítulo XV - Bogotá
Capítulo XVI - Colombia antes de su emancipación
Capítulo XVII - La República de Colombia
Capítulo XVIII - Los habitantes y la población de Colombia
Capítulo XIX - Visitando el Salto de Tequendama
Capítulo XX - Viaje de vuelta a la costa
PRIMERA PARTE
 

 

Carl August Gosselman

 

“I am neither Your Minotaure, nor Your Centaure,
nor Your Satyr, nor Your Hyaena, nor Your Baboon,
but Your mere Traveller - believe me!” | 
JONSON
  | “No soy tu Minotauro, ni tu Centauro, ni tu Hiena, 
ni tu mandril..., solo soy tu humilde viajero... Créeme”.



(Nota del Traductor: en inglés en el original). 

 

CAPITULO I

 

|EL EMBARQUE
 

 

Temprano en la mañana del 16 de febrero de 1825 el bergantín “Cristóbal Colón” estuvo con las gavias arrizadas, aproximadamente noventa y cuatro millas al sur del Faro Seilly, en la costa inglesa. El viento del noroeste silbaba violento por entre los aparejos, llenando de potencia las velas fuertemente braceadas, y mientras dispersaba las nubes que habían oscurecido y hecho llover por la noche, nos permitió extender la vista hacia el faro, claramente encendido. 

Tan pronto como este sondeo estuvo asegurado, el bergantín enfiló proa y con una velocidad constante avanzó por la abertura del canal hacia el océano Atlántico. 

Poco a poco fue perdiéndose de vista el faro, que, durante un tiempo, alumbraba desde una u otra ola inclinando amablemente su cabeza como última despedida de la tierra firme, hasta desaparecer totalmente y con él el último punto visible de Europa.

Fue un sentimiento agradable. Y por él en este mes, y los meses próximos cambiaríamos el angosto paraje entre Inglaterra y Francia, por la amplitud interpuesta entre el Nuevo y el Viejo Mundo. La misma navegación tomaba una naturaleza menos peligrosa; este acercamiento a latitudes más sureñas ejerce una buena influencia en quienes llegamos del norte. En especial para nosotros que hemos dividido nuestro invierno entre Cattegat y el Mar del Norte. 

Ya el 22 de febrero empezamos a sentir calor, por lo menos nosotros, que hasta ahora nos sofocábamos en nuestros trajes nórdicos. También era extraño ver el efecto del sol a bordo. 

Nosotros, las ropas, el barco, las velas y los aparejos pasaron como por un proceso químico. Las pesadas y densas nubes de vapor se deshicieron y la fría y salada humedad adquirió un aspecto más liviano y seco. Pronto ese contraste en los cambios de temperatura tomaron de nuevo, tanto en el bergantín como en la tripulación, su real fisonomía. 

El primero cambió sus pesados mastelerillos de juanete de invierno por unos mastelerillos de verano más livianos y lució ahora orgulloso su nuevo atuendo, en reemplazo de las anteriores gavias arrizadas. Del mismo modo los marineros cambiaron con placer, sus pesados sacos por ropas ligeras. En seguida se forzaron las tomas de las anclas, dejándolas en la cubierta. 

Un viaje en barco siempre supone, o por lo menos así se espera, no necesitar, en mucho tiempo estas tan importantes piezas del inventario de la nave. 

Tal trabajo puede estimarse como un retorno glorioso hacia Neptuno, donde el marinero realmente ingresa a lo superior, a la etapa más hermosa de su profesión, encontrándose orgulloso en su ambiente. 

Con el cielo claro y la suave brisa del oeste, la que a medida que avanzábamos fue más hacia el sur, seguimos el curso hasta Madera. 

Nuestro solitario viaje fue interrumpido tan solo un par de veces; con el encuentro y puesta al habla con dos barcos, uno americano en camino hacia las Indias Orientales, y otro inglés, el “Madera Paquetten”. 

El 2 de marzo arribamos al clima húmedo de Madera. Al día siguiente en la mañana deberíamos tener a la vista la isla, pero a las seis de la tarde cayó un violento aguacero desde el este, que al continuar toda la noche no solo nos impidió el reconocimiento de ella sino que nos obligó a desaguar con un viento oeste-sudeste y una velocidad de 6.2 millas. 

Este viento se mantuvo durante toda la noche. Entre el ocho y el nueve de marzo cortamos el Trópico Norte en 28°35’ al oeste del meridiano de Greenwich. Ya habíamos tomado de nuevo el carácter parejo del viento alisio entre Africa y América. 

Por fin llegamos al tan deseado paisaje, ese Canaán de nuestros largos paseos en el desierto y consuelo durante los viajes por el Mar del Norte que siempre mirábamos como un premio por todo lo difícil y azaroso que resultó lograr alcanzarlo. 

Respondió y hasta sobrepasó nuestras esperanzas. Es imposible contarlo a alguien que no haya hecho este viaje, porque hasta la más elocuente descripción de esto siempre sería pobre. 

Realmente conviene que todos los mares no se parezcan a los del Trópico, pues entonces demasiados desearían ser marineros. 

Mientras la velada ofrece todo lo grato, agradable y delicioso de un viaje en barco, sin ninguno de sus pesares y tristezas, la temperatura es agradable y fresca, con un cielo alto, nítido, un viento parejo y constante y una profundidad inconmensurable en la que no existe casi ningún oleaje, esto es todo lo que se puede exigir de la naturaleza en el mar. Es lo máximo a que podría aspirar un marinero. 

Desde el 4 de marzo, fecha en que pasamos por Madera, hasta el 22, cuando facheábamos para tocar las Indias Orientales, el viento siempre mantuvo la misma dirección, casi con igual velocidad; jamás hicimos menos de seis a ocho millas por hora. 

Durante todo ese tiempo no se movió un cabo a bordo, se usaron todas las velas posibles y los remos estuvieron como clavados, atravesados sobre la cubierta del barco. En ésta no se necesitaba más que un hombre, a cargo del timón, el cual parecía más un ser inmóvil que un timonel, porque estaba prácticamente quieto, sin necesidad de moverse. 

Si alguna vez omitir el cuidado de bajar las velas durante la noche puede ser perdonado, ocurrió acá, ya que el viento, tiempo, velocidad y curso permanecieron invariables. El diario de a bordo que en ocasiones tenía un estilo muy variado, era solo rutina, pues con las excepciones de día, fecha y longitud, todos los días eran iguales; como los timoneles lacónicamente expresaban: “Lo mismo Tiempo y lugar cambiaban, pero lo hacían de modo tan parecido y lineal, que es realmente difícil distinguir y acordarse, de los días anteriores. La naturaleza exterior que nos rodeaba no ofrecía ninguna ayuda para la memoria. 

El sol se alzaba en un cielo lo mismo de limpio que cuando marchaba al ocaso; y la vista buscaba, sin éxito, algún objeto donde descansar en el extenso horizonte vacío, aunque la real interpretación de la palabra sería: “Caelum undique et undique pontus” | (1) .  

Por lo tanto, solamente podíamos emplear el tiempo en ocupaciones y entretenciones que ofrecía la vida a bordo; y fueron variadas, ni muchas, ni pocas. Esto puede sonar raro y, reconozco, el caso no es corriente en barcos comunes, pero no podía ser diferente en el nuestro, ya que cuatro jóvenes compañeros, casi de la misma edad, y tres buenos y alegres pasajeros aportaron todos, en su medida, lo necesario para hacer este —a la larga uniforme paisaje— lo más alegre posible. 

Permítanme en este momento evocar la memoria de uno de ellos, para quien fue su último viaje: como siempre y especialmente cuando contribuyó a la entretención y alegría de sus compañeros de viaje, uno no necesita haberse contado entre sus mejores amigos para que lo conmueva la tristeza al pensar en su tan temprano fallecimiento. A sus padres, hermanos y amigos, a cada uno de los que conocían a este muchacho de prometedor futuro, sinceramente les compadezco en su duelo. 

August Palander me parecía, en muchos sentidos, el ideal de un joven, aun sin experiencia como oficial de mar, lo que —de haber seguido con vida— hubiera justificado la extraordinaria confianza y amistad que ya se había ganado por parte del Capitán y sus compañeros. Pido me perdonen estas digresiones, que tal vez nada tienen en común con el título: “Viaje por Colombia”. 

Pero volveré a bordo y a las ocupaciones que allí teníamos. Una biblioteca bien elegida, perteneciente al señor Hausvolff y a disposición, durante el viaje, de los ocupantes de los camarotes, era la mayor garantía para pasar el tiempo agradablemente. Aunque también era posible que se presentaran otros pasatiempos menos serios en ese lugar donde se reunían tantos jóvenes. 

Al pasar la línea de los Trópicos la farsa de la peluquería dio, a los que nunca antes la cruzaron, la pauta inicial para una serie de travesuras que solo acabaron con nuestra llegada a la América del Sur. Muchas de esas bromas, tanto en su plan como en la ejecución, eran geniales. Esta es la verdadera expresión que corresponde emplear. 

Si a todo se agrega el excelente tiempo que tuvimos, un grupo musical extraordinariamente bueno, algunas magníficas voces y un dibujante de felices caricaturas, no parece extraño que los pasajeros olvidaran que flotaban por encima del Océano sin fondo, aislados del resto del mundo, y admitieran que esta manera de viajar era la más cómoda que se podía desear. 

Una carpa para el sol sobre la mitad de la cubierta y uno de los botecitos siempre lleno de agua para bañarse, protegían y refrescaban contra el calor, que no era exagerado. En los Trópicos el termómetro marcaba a la cena 25°C, pero aumentaba a medida que disminuían los centígrados de la latitud, y a la altura de 15° marcaba 32°C. La temperatura del agua del mar era dos o tres grados más fría que la atmósfera a la cena y en la sombra, pero obviamente más caliente que a medianoche. La salinidad del agua aumentaba de igual modo que su nitidez. No es posible imaginar algo más bello que el color que tiene acá el agua.

Esta refleja de modo tan fuerte el cielo azul y es tan increíblemente clara y transparente que cuando por la popa uno se inclina a observar el barco bajo el agua, no puede distinguir ambos elementos; la vista se confunde y parece que todo el cuerpo del barco estuviera colgando en el aire. Al detenerse sobre la proa, acompañando la constante velocidad del viento alisio, la visión es verdaderamente agradable. 

Las olas rompiendo contra la proa como una acumulación de nieve blanca, que es cortada en dos por la quilla a ambos costados del barco, forman un maravilloso contraste contra el agua del color azul del cielo. Esto es a la luz del día, pero mucho más brillante es en la oscura noche tropical, cuando las olas parecen masas de plata cubiertas con una cantidad impresionante de doradas lentejuelas brillantes. 

Muchas especies se reúnen en este bello paisaje. Durante todo el día hay una vanguardia de delfines que van dirigiendo con su ritmo los brazos del galeón; sus constantes corcovos sobre el agua y su brillante colorido mantienen la vista ocupada. Por el lado de la quilla raras veces se está libre del hambriento tiburón que, como un corsario que cruza los puertos, con cortos y silenciosos golpes sella los parajes, acechando lo que desde el barco se arroje al mar, para hacerlo su presa. Tampoco nos faltan los flanqueadores. 

Livianas divisiones de peces voladores daban vueltas a ambos lados de la nave en una larga fila de saltos curvilíneos, realizados muy encima del agua, lo que llevaba a quienes en ese momento ingresaban a la cubierta a preguntar extrañados: ¿pájaro o pez? 

No pocas veces se ven flotar también los más lindos mejillones, lo que se hace más notorio con la navegación del velero, con su vela inclinada dirigiendo su recto rumbo por sobre la superficie de un mar ligeramente rizado. Así pueden ser saludados por la nave solitaria como camaradas en el desierto océano. 

Como contrapartida, se acerca una tortuga, poco ágil, que movida por sus cuatro remos se asemeja a una vieja chalupa en lo que respecta a peso, fuerza y movilidad. 

Una escolta de grandes bandas de marsopas parecen galantear al barco con sus picadas y volteretas; el galanteo llega hasta tal punto que se zambullen cerca de la quilla, pasan por debajo de ella en todas las direcciones y con una velocidad impresionante vuelven a realizar el mismo recorrido. 

A su vez, los pájaros tropicales hacían el mismo papel que le asigna un pintor de paisajes a la figura de un caminante solitario en el centro de un paraje abandonado..., dar vida a la pintura muerta. 

Facheamos la noche anterior y la posterior al 22 de marzo, ya que deberíamos estar, en ese momento, en el vecindario de las islas de Las Antillas. Apenas por la tarde del 23 resonaba desde el puesto del vigía la añorada palabra “tierra”, que si bien no despertó en nosotros los mismos sentimientos que en Colón cuando por primera vez vio estas islas, conformaba de todas maneras una naturaleza interesante, si no por otras cosas por el simple hecho de que hacía poco tiempo para nosotros solo era posible mencionar todo esto como tema de conversaciones. 

Por la tarde se levantaban, cada vez más, dos abultados terrones en el azul del horizonte oeste; cuando el sol lanzó sus últimos rayos sobre ellos se mostraron sorpresivamente para la vista los contornos de Martinica y Santa Lucía, por entre las cuales habíamos decidido atravesar la cadena de las islas Antillas. 

Es difícil decir cuál experiencia es más agradable de vivir, si el haber estado durante mucho tiempo circunscritos a mirar los objetos que nos rodeaban y poder luego hacer una expedición visual por un extenso panorama; o bien, después de una larga y aburridora inactividad por falta de objetos, tragarse lo primero que se ofrece a estos errantes ojos que como un pájaro sacudido por la tempestad andan codiciosos en busca del único punto de descanso, tan anhelado en la inmensidad del mar y que ahora reposaban con avidez en los dos objetos ubicados hacia la proa. 

A buena velocidad navegamos cerca de un día antes de adentramos en medio de estas islas, que eran una muestra de la altura y la claridad del horizonte. A la segunda mañana las pasamos, notando al momento las otras islas a barlovento, las cuales, como una cadena, constituían un puesto avanzado para la Gran América, altas y orgullosas en medio del inconmensurable océano cuyas impotentes olas eran rechazadas por los acantilados de la playa. 

¡Cuán distintas reflexiones despertaba la visión y contemplación de estas por muchos aspectos curiosas islas! 

¡Cuánto entra en el solo nombre Antillas!; ¡Qué papel tan extraordinario ha jugado en el escenario mundial, tanto en el aspecto moral como en el mercantil!; cuánta riqueza ha sido extraída de sus tierras tropicales, tan ricas y fértiles, regadas por el sudor y las lágrimas de la explotada raza negra traída forzadamente de Africa, entre la cual y el codicioso hombre europeo se ha establecido una antinatural relación en esta para ambos desconocida parte del continente americano. Así, en el santuario de la esclavitud, las Antillas, uno de los dos está más abajo en la escala de la humanidad: uno es el Señor y el otro es el Siervo. 

Pero aun en otros aspectos menos serios esto es interesante. Los marineros, por ejemplo, consideran a las Antillas del mismo modo que el burgués contempla a París. Ambos, con igual orgullo, cuentan que estuvieron en uno u otro lugar, y en cierta medida se puede decir que forma parte de la educación superior de ellos el haber estado allí durante un tiempo. 

Finalizando el concepto, qué excelente fuente de recursos ha sido, en múltiples ocasiones, para algunos escritores de piezas de teatro o de novelas; cuántas veces han buscado en ella un tío viejo tan rico como quemado por el sol, o no han logrado obtener dote alguna para sus pobres y enamorados héroes. 

El 27 de marzo pasamos por Curaçao y Aruba; y en la mañana del segundo día tuvimos la primera vista de tierra firme de Suramérica, Punta Gallina, que está ubicada arriba del Cabo de la Vela, en la cual estuvimos a eso de las seis de la tarde. 

La jornada adquiría ahora una fisonomía más variada. El viento llegaba en forma irregular y circular, desde distintas direcciones, lo que era una consecuencia de la cercanía de la tierra. Esto hizo que hasta antes del día 30 no pudieran verse las montañas nevadas al lado de Santa Marta. Es al mismo tiempo una vista extraña y hermosa la de esos espantosos gigantes con el pie en el agua que levantan sus cabezas cubiertas de nieve por encima de las nubes. Al comienzo no quería yo creer que fueran parte de la tierra, ya que se veían tan arriba, casi tocando el cielo. Se llega a desconfiar de la vista y temeroso, se asegura de esto mientras las escarpadas montañas parecen caer sobre las cabezas. 

Estas montañas nos dan el gusto anticipado de lo que es verdaderamente América del Sur, donde toda la naturaleza parece más abundante que en el resto del mundo. Al verlas unidas a la visión en conjunto, por toda la costa, parecen extrañas al que no ha estado en el Nuevo Mundo. Es como estar sentado esperando el comienzo de un gran drama del cual se ha oído comentar mucho pero que aún no se ha visto: el telón está levantado y se observan las decoraciones; todo promete algo excelente, pero todavía no ha empezado la obra; aún no ha entrado ningún actor en escena. 

El 1° de abril nos asustó un fenómeno extraño; la naturaleza quería, al parecer, hacernos la broma propia de esa fecha | (2)

Tan lejos de la costa que esta no se veía, entramos sorpresivamente en un agua tan rara como alarmante. En lugar del agua, tradicionalmente de un azul claro, nos rodeaba por todos lados un espeso color gris-amarillo, no diferente al de los bancos de arena de Holanda o del Mar del Sur cuando está agitado luego de una tormenta. Al comienzo parecía verdaderamente peligroso y decidimos regresar por el mismo lugar que habíamos ingresado; cuando lo hicimos tuvimos una vista peculiar que en el acto nos quitó el temor y nos explicó el caso. Al dar la vuelta para salir, el agua de la quilla era un surco claro y uno azul oscuro, en la espesa materia que la rodeaba, todo lo cual no era otra cosa que una prolongación de las aguas del río Magdalena, cuya boca acabábamos de pasar y que, en un clima tranquilo, las expulsa mezcladas con barro hasta cuarenta millas en el lago. Esto es también una buena observación para quienes deseen hacer escala en los puertos de Sabanilla y Cartagena, ya que la costa acá es tan baja que no se ve si uno está un poco fuera del agua. 

Por la tarde se puso al habla con nosotros un buque de guerra colombiano. Como era el único de su clase que habíamos encontrado durante el viaje y, además, el primero con la bandera de la República, nos causó mucho interés, afrontando la crítica severa de los ingenieros de a bordo, ya que en todas sus partes concordaba con la idea que uno puede hacerse de un verdadero corsario de las Antillas. 

Completamente pintado de negro; bajito, acostado en el agua; un casco que cortaba esta como una flecha, con un fondo verde amarillento, producto del cobre presente en el líquido; con su forma de sable parecía contentarse con partir las olas y lanzar su espuma más arriba de la borda, dispuesta a lavar las figuras marrones y negras de su numerosa tripulación que con sus oscuros cuerpos semidesnudos presentaban un singular juego de sombras en unión con blancas y bien cortadas velas de cangrejo que cubrían la cubierta hasta la popa, descendiendo desde los mástiles sobre las delgadas varas. Tras de las puntudas gavias se prolongaba esta grande y hermosa masa de velas y desde la más alta flameaba un largo y angosto gallardete con curvatura hacia la popa que mostraba al extraño toda la hermosura de la máquina empujada hacia adelante, casi directamente en contra del viento. 

Al día siguiente por la tarde logramos ver “La Popa”, una montaña alta, cerca de Cartagena, que se parecía mucho a la popa de un barco y hacía un efecto excelente sobre el resto de la tierra, pareja y baja, además de constituir una de las mejores referencias orientadoras del mar para los barcos que llegaban desde el sur o del norte. 

Poco después se veía Cartagena, la cual con sus murallas altas, las innumerables iglesias y las palmeras de coco representaba el emblema de la ciudad antigua y fortificada de las Indias Católicas. 

Con todo, el aspecto era de una hermosura mayor, a pesar de que había languidecido, a lo que posiblemente algo habían contribuido los terribles dos años de sequía que habían dejado marchito el paisaje y exterminado todo el verdor, con la sola excepción de las palmeras que hacían virar sus largas y débiles ramas sobre las casas entre blancas y grises, dándoles una leve protección contra los rayos del sol que caían perpendiculares y ardientes. 

La uniforme y suave brisa del noroeste hizo que nos acercáramos a la ciudad y a eso de las cuatro de la tarde empezamos a conversar —para hacernos entender con los desconocidos— al modo marinero. 

Esto se inició con el izar de la bandera sueca en el peñol y en la proa, y para ayudar a la memoria, todo el ritual fue seguido inmediatamente de un disparo. 

Para aquellos que no entienden esta manera de comunicarse, se les puede explicar del siguiente modo: “Somos de Suecia y les rogamos enviarnos un práctico lo más pronto posible”. Esta es una señal conocida en todos los mares y al instante fue comprendida. 

Poco después vimos partir desde la costa una canoa pequeña en la que cuatro negros remaban rápida y directamente hacia nuestro bergantín. Luego estuvieron junto a nosotros. El costado del velero estaba adornado de espectadores boquiabiertos que contemplaban con curiosidad a los primeros visitantes de otros países, o mejor dicho de otro continente. 

Estaban sentados en su piragua pequeñita de tres pies de ancho, hecha de un árbol ahuecado, tan distinta de su hermano transoceánico; nos miraban y se reían burlonamente con sus blancos dientes y sus negras caras. 

En un mal español, más bien incomprensible por su mezcla con malas glosas del mar en inglés, exigieron conocer el nombre del velero, carga, etc., y después de dejar a uno de los compañeros y, en su lugar, haber recibido una botella de aguardiente, se retiraron del barco, remando lo mismo de rápido de vuelta a la costa. 

Estábamos frente a la ciudad pero tuvimos que hacer un largo rodeo en torno a Tierra Bomba, una isla que protege o, mejor dicho, forma el puerto de Cartagena. La verdadera entrada estaba antes en este lugar, en el lado noroeste llamado Boca Grande, que durante la guerra fue inutilizado por los constantes bombardeos a que fue sometida. 

La brisa del mar se murió por la tarde y no logramos llegar al otro lado, la entrada sureste, sino hasta cerca de las ocho de la noche. 

Estas aguas, las únicas que ahora se usaban, se llamaban Boca Chica y estaban bastante fortificadas con baterías bajas que a flor de agua confirmaban la estrechez de la entrada. 

La recompensa que tuvimos por los insoportables días de calor fue una de las más bellas noches tropicales. La luna llena, ya muy arriba del horizonte, reflejaba su agradable y fuerte luz sobre ambos flancos de la fortaleza, la cual parecía totalmente concentrada en la angosta superficie de agua existente entre ellos. 

El velero se deslizó lentamente en esta vista maravillosa y deslumbrante. Ni un soplo cruzó el agua ni se sintió en la cubierta, solo el juanete mayor logró captar un lento y débil soplo por el lado de la popa para que el bergantín avanzara..., más por costumbre y deseos de llegar a su destino que por el empuje del viento. 

Un profundo silencio reinaba en todas direcciones, el que solamente se interrumpía, a veces, por las palabras del práctico: “Babor”; “así”; “estribor”. Al fin estuvimos entre las fortalezas, bastante cerca de la situada a la derecha, de donde resonó un: “Hola, bergantín, ¿ de dónde viene el velero ?“, dirigido hacia nosotros. Así en seguida empezamos a colocarnos al habla en nuestra primera conversación con el continente. 

No bien terminó esta charla cuando el reloj indicó las ocho, luego de lo cual, desde el interior de la fortaleza, un coro de trompetas, en largos toques, llamó a retirada de la guarnición. Los agudos pero armónicos sonidos saltaban en ecos que se multiplicaban por encima del lago en calma; logrando un bello efecto en la silente noche solo alumbrada por la luna. 

Todo parecía acompañarnos, como dando la bienvenida, un tanto más arriba al lugar del anclaje, precisamente donde el último eco había fenecido. 

El largo y prolongado descanso del anda terminó y esta corrió con violenta velocidad abajo de la proa llevando consigo la ruidosa cadena de hierro, que después de un gran chirrido se detuvo al fin, afirmando al velero en el fondo y a nosotros en las tierras de Suramérica.

 

 

(1). Cielo por todas partes y por todas partes mar. (N. del t.). (Regresar a 1)
(2). En el norte de Europa el 10 de Abril es el día de las bromas. (N. del t.). (Regresar a 2)

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