CAPITULO
XVIII
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LOS HABITANTES Y
LA POBLACION DE COLOMBIA
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El
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origen de la población colombiana tiene tres raíces
diversas: América, Africa y Europa. Los antepasados se remontan a
las épocas de los indígenas, negros y españoles. Hoy en día no se
puede hacer una clasificación tan rígida y
esquemática.
La mezcla de estas razas ha provocado tal dispersión de tonos y
uniones, que se hace imposible en muchas oportunidades señalar a
cuál raza pertenece, o cuál es el origen. Más parece un hermoso
arco iris, que ha visto la luz a través del tiempo y las
generaciones.
Con todo, la mezcla ha llegado a casi todos los sectores pero no
evita que algunos de estos aun guarden su pureza y tradición.
Seguir el desarrollo de todas las uniones es interesante, pero
complicado de analizar en sus diferentes y numerosas
ramificaciones. Por el momento nos conformaremos con mencionar el
primer grado de las herencias con base en las razas auténticamente
criollas, la unión de indígenas y negros: es decir, mestizos,
mulatos y zambos.
Los criollos, denominados popularmente blancos, son hijos de
padres europeos o de antepasados de ese nivel. Si su color se ha
logrado mantener, serán motivo de envidia; pero si sus tonos se
oscurecen un tanto, serán catalogados como
mestizos.
Los mestizos son descendientes de padres de raza blanca y madres
de piel oscura. Para el caso de la madre no se diferencia si es
indígena o mulata. Por tanto, los productos de esa unión tienen una
piel algo amarilla o castaño claro. Sus cabellos son crespos; la
cara tiene ciertos rasgos europeos. Son altos, en especial cuando
la madre es mulata.
Siguiendo en este orden, los mulatos, o hijos de blanco y negra,
con su cabello corto y crespo, su tono de piel castaño oscuro y un
hermoso conjunto de rasgos faciales africanos y europeos, unido a
su elevada estatura, determinan una presentación que es difícil de
superar en lo que respecta a belleza.
El verdadero dueño del país es el nativo, que se distingue por
una menor estatura, piel bronceada, cara ancha, poca frente y cejas
unidas. El cabello es negro y liso y su raíz comienza casi junto al
terminar la nariz.
Otra especie es la formada por los zambos, descendientes de la
unión entre mulato y negra, o viceversa; se diferencian del negro
solo porque su piel es un tanto más clara y su cabello menos
crespo.
Por último aparece el africano, fácilmente reconocible debido a
su intenso color negro. Un cuerpo ágil y fuerte, cara redonda y
labios gruesos, nariz chata y unos ojos anchos y grandes adornan
toda su presencia. La cabeza muestra un corto y encrespado
cabello.
He mencionado las razas en el orden de consideración general.
Los extremos son el blanco y el negro, y sus intermedios se
encuentran en la medida de mayor o menor proporción de europeo,
africano o nativo. Esa es la sangre que fluye por las venas de
estos individuos. Es como una exposición de telas, que van subiendo
de precio mientras más se aclara el color, o en la medida en que
aumenta su finura y abolengo.
Se considera que los blancos forman el quince por ciento de la
población. Los indígenas, un tercio de ella, y los negros las dos
quintas partes. Las demás razas se reparten el porcentaje
restante.
La clase superior está representada en los criollos, lo que
considero justo pues con la sola excepción de unos cuantos mulatos
y mestizos, son los únicos que pueden mostrar un nivel de formación
y conocimiento sobre la patria y su gobierno. Culturalmente y en
cierto sentido son los que deben ser llamados colombianos. Ellos
hicieron despertar el sentimiento libertario y dirigieron la
revolución. Las demás clases solo participaron obedeciendo
ciegamente, como soldados. En estos momentos, manejan casi
exclusivamente el gobierno. Los generales Páez y Padilla son
excepciones. Fuera de ellos no conozco otro que ocupe un cargo
importante civil ni militar, cómo intendente, general, gobernador,
senador o representante. Ninguno de ellos desempeña un alto puesto
en el clero y mucho menos se conoce a alguno que sea científico o
literato de renombre.
La riqueza también les excluye, pues no tienen propiedades
importantes. En una palabra, los poderosos, informados y ricos de
la población son los “blancos”. Ellos forman la
aristocracia natural del país, y son, en suma, los exponentes
dignos de ser presentados ante la historia.
Los mestizos son la raza de la clase que sigue después de los
blancos. En muchos casos se les encuentra de alcaldes,
administradores de correos e incluso de jueces políticos. Forman la
suboficialidad del ejército y la mayoría de los rangos subalternos.
A su estrato pertenecen pequeños comerciantes y ocupan los puestos
de escribientes en la administración pública. No tienen el mismo
prestigio que los criollos, lo cual no les excluye de alcanzar
reputación y cierta cuota de poder. Siempre les queda la esperanza
de seguir escalando. Por su actuación, se dice que forman el puente
entre las capas altas y bajas de la población.
Entre las clases postergadas se considera al mulato como el más
noble y el indígena le mira con la certeza de saber que por las
venas de quien tiene delante corre sangre europea. Se le encuentra
en la industria mostrando una capacidad para el trabajo mayor que
la de cualquier otro de distinta condición.
En su gran mayoría son artesanos, marineros y cultivadores de
plantaciones. Los timoneles de los champanes y los dueños de bares
pertenecen a esa categoría. Durante la guerra hubo y muchos que,
gracias a sus actos de valentía y arrojo, alcanzaron altos grados
militares. Los ejemplos más brillantes corresponden a Padilla y
Páez. Potencialmente son un sector en ebullición y ascenso. Su
rebeldía es posible que haga rebajar las diferencias entre los
distintos tonos de la piel humana. En cuanto a todas las
diferencias que pueden manifestarse, estas no se hallan
contempladas en la Constitución, sino que corresponden al libre
juego de opiniones.
El carácter tranquilo y pasivo del nativo le continuará
manteniendo como el sector postergado y más descontento en su
propia patria. Se le ve de preferencia en los pueblos apartados y
en las estancias a orillas de los ríos y caminos, cultivando la
tierra que no le exige demasiado trabajo. Cumplió un papel
importante en el transcurso de la guerra y aunque no se le
considera tan valiente como el zambo o el negro, combatió con
altivez demostrando capacidad para soportar fatigas y privaciones
de todo tipo. Con un arma al hombro y algunos bananos, se le veía
llenar todas sus necesidades a través de las marchas forzadas,
atravesando los bosques impenetrables o las pampas ardientes del
país. La mayor parte del ejército venía de sus filas. Se distinguen
los nativos por su fidelidad y disciplina. En general, son
silenciosos, dignos de confianza y bastante
sobrios.
De un color oscuro más intenso, mayor fortaleza y madurez que el
indígena es el zambo, quien reúne cualidades combinadas del negro y
el nativo. Tiene el carácter propio de los bogadores y son la rama
de la sociedad más indomable. Son marineros, prácticos, pescadores,
soldados u obreros, pero suelen ser y son la más remolona y
desobediente. Generalmente se les ve especie dando vueltas por las
calles.
Cerrando la descripción vienen los negros. En el lugar en que se
encuentren estarán ocupando el puesto inferior. Aún se les
considera esclavos; son un sector muy marginado y no se les ve
deambular libremente por las calles sino realizando ocupaciones en
el interior de las casas, donde desempeñan labores de mozo o
cocinero. En las plantaciones de grandes extensiones son los
trabajadores más sacrificados. Una buena cantidad de ellos ha
logrado su libertad gracias a sus servicios como soldados o a
través de otros medios. Pese a muchos factores en contra, se puede
decir que la tierra que mejor les trata es
Colombia.
El Gobierno ha fijado algunos procedimientos para casos de
herencia y testamentos. En los carnavales de Navidad es posible
comprar la libertad de muchos de ellos, y las consideraciones
mayores son hacia aquellos más laboriosos y honestos. Además se les
permite ingresar al ejército tras cierto tiempo y una vez que se
han cumplido las exigencias y se ha fijado el precio, se recompensa
al dueño con los medios de manumisión que señala la
ley.
Con la sola excepción de algunas tribus salvajes (indios bravos)
que habitan en los cerros nevados de Santa Marta, la Costa y al sur
del Orinoco, y de algunos sectores en Pasto y el Chocó (que no
están bajo el control del gobierno), todo el espacioso territorio y
sus habitantes profesan la misma religión y hablan el mismo
idioma.
Se ha declarado a la religión católica, apostólica y romana como
la única del Estado, y aunque no se persigue a nadie que profese
una diferente, no se permite practicarla en lugares públicos. Esto
se entiende como una parte del poderío que los sacerdotes hispanos
han alcanzado. Por supuesto que esto aparece como inconsecuente en
una Constitución de corte republicano. Solo tienen tolerancia
restringida los ingleses, a los que, según el último tratado
celebrado con Colombia, se les otorga autorización para reunirse en
sus residencias privadas y realizar sus ritos y ceremonias según
sus propias costumbres.
Un botón de muestra de la influencia que tienen los sacerdotes
en el pueblo y sus feligreses, y de la profunda molestia que estos
han demostrado por tal autorización, es el hecho recientemente
ocurrido y que, a no ser por la atinada actitud del gobierno, pudo
haber desatado consecuencias imprevisibles.
Por la tarde del 15 de junio, la mayor parte de las provincias
fue conmovida por un fuerte sismo; la ciudad más afectada fue
Bogotá, donde varias construcciones se vinieron al suelo e incluso
la catedral sufrió los embates del movimiento telúrico. Pese a la
intensidad de éste, las pérdidas de vidas fueron
escasas.
Los sacerdotes ya no tenían en sus manos la argumentación
esgrimida en Caracas, pero aprovecharon este fenómeno natural para
desahogar sus propósitos de intolerancia. Ya no podían decir que
era un castigo divino por el alzamiento contra el rey, pero
declararon que era un aviso del cielo, dirigido al gobierno y al
pueblo, para que no se permitiera tanta “herejía”. La
primera consecuencia de esto fue la reunión de las gentes en las
afueras de las casas de los extranjeros; afortunadamente el
gobierno evitó que los desmanes fueran mayores y no permitió que la
Iglesia siguiera exhortando a los fanáticos. De todas formas los
ingleses y norteamericanos residentes no se consideraban seguros,
por lo que decidieron andar en grupos y siempre armados.
Afortunadamente la tempestad pasó y todo el escándalo acabó por
reducirse a las cabezas que habían iniciado el
conflicto.
Si en un país pueden ocurrir acontecimientos como el reseñado, y
en el mismo sitio de residencia del gobierno, la capital, es porque
la información no puede ser de las mejores y porque exceptuando a
algunos criollos educados y muy al día en los acontecimientos, se
respira un desconocimiento casi infantil de los asuntos religiosos
y de los demás temas de la situación mundial. Esto se aumenta con
el analfabetismo existente en la población.
Para las amplias masas solo se conocen tres religiones:
“cristianos”, “paganos” y “judíos”.
El primer nombre se lo dan a sí mismos; con el segundo denominan a
las tribus de indios salvajes, y con el tercero honran a todos los
forasteros que no profesan la fe cristiana.
En ese mismo esquema solo conocen tres tipos de nacionalidades:
“colombianos libres”, “pendejos españoles” y
“amigos ingleses”. Los términos “extranjero” e
“inglés” son empleados como sinónimos. En esas acepciones
se incluye a los norteamericanos, pues estos y los ingleses son
considerados los mismos, más aún si con ese criterio ven la
independencia norteamericana.
La razón de tanta ignorancia es imputable a los españoles. No
puede decirse que se deba a falta de interés por conocer la
situación del mundo. Las personas que saben leer muestran
extraordinario gusto y placer por la lectura, pero no tienen los
sistemas que actualicen sus conocimientos. Por ello manifiestan
mucho interés en escuchar las opiniones de un extranjero, el que
siente gran complacencia de tener un auditorio inquieto e
interesado, a la vez que se sorprende por la agilidad e
inteligencia de las preguntas a que le someten. El diálogo es una
forma de aprendizaje para ellos.
Todo cambio en ese aspecto que se realice acá va en directa
mejoría de la situación, cultura y apreciación de las capas
postergadas del país, ya que los criollos forman una verdadera
selección. Estos ciudadanos tienen una extraordinaria facilidad
para aprender y comprender.
El clima es un elemento que ayuda a permitir que las aptitudes
de aprendizaje sean mejor aprovechadas. En las provincias de clima
templado es donde mejor se desarrolla la libertad del espíritu. Es
en esos sitios donde han aprovechado los jóvenes para educarse,
formando la reserva necesaria para dar más lustre y brillo a la
construcción y definitiva instalación de la naciente
República.
Las bases iniciales de esta elevación están en algo que cobra
mucha importancia en estos casos, a saber, el orgullo nacional.
Esta cualidad es la que otorga las herramientas para alimentar un
sentido patrio más amplio, en especial cuando se trata de conformar
una república.
Con ese sentimiento miran su libertad, la Constitución, sus
héroes, sus fuerzas armadas, etc. Para sus adentros consideran que
no existe nación cuyas libertades y Constitución puedan compararse
con la “República de Colombia”, y para desacreditar a
otros ofrecen el ejemplo de los países que son regidos por un rey,
frente a cuya mención siempre le consideran como una
deshonra.
En muchas ocasiones resulta cómico observar cómo siempre tratan
de mostrar esta actitud. Es así como se cuidan de escribir las
palabras rey, reino, etc., en minúsculas, lo que contrasta con las
de Presidente, República, etc., que llevan grandes caracteres. De
este modo ejercen su pequeña venganza frente al odiado mandato que
ejercieron los españoles.
Así para quien dude que el general Páez es el más capacitado de
los generales de caballería o que el almirante Padilla es el mejor
del mundo, será tomado como un forastero envidioso o ignorante.
Cuando el asunto cobra dimensiones absurdas es al mencionar a
Bolívar. Tratar de comparar a Napoleón o a Washington con el Gran
Libertador es verdaderamente un crimen de lesa majestad. Así es que
cuidado con aquel que se atreva a colocarles por sobre
Bolívar.
Sin pretender hacer comparaciones entre estos tres grandes y con
la debida venia y el profundo respeto por su memoria, es indudable
que a todos debemos dar las gracias por su grandeza. Es un grave
problema tratar de colocar al primer presidente de Colombia junto
al de los Estados Unidos, o a quien expulsó las tropas españolas de
América del Sur al lado del que derrotó a todos los ejércitos de
Europa.
Nada de esto se ha dicho para querer rebajar el enorme valor del
Gran Libertador de América. Solo que al tratar de enaltecer la
figura de Bolívar no se puede pretender oscurecer a todo el mundo,
a todos los que han dado brillo a la humanidad a través de los
tiempos. Sabido es que toda exageración necesariamente causa una
reacción, que más que un paralelo equitativo causa mucho daño a la
figura de otros que también han dado su aporte a la edificación de
la historia.
Para mí eso es lo que ha ocurrido con Bolívar. Sin ser un
Washington en la Cámara o un Napoleón en el campo de batalla, sus
servicios han sido los mayores que puedan prestarse en aras de la
patria, y observado dentro de las perspectivas del tiempo, será a
no dudarlo uno de los hombres más grandes de la
historia.
Simón Bolívar, proveniente de una de las más ricas familias y de
mejor reputación de Caracas, nació en 1780. Mediante autorización
del régimen español, terminó su formación en Madrid, concluida la
cual se dedicó a recorrer Europa. Cuando cumplió los veintitrés
años de edad retornó a su patria. En su espíritu habían germinado
ya las ideas liberales y se sintió indignado por la condición
humillante en que tenían a su pueblo.
Cuando Miranda inicia su carrera en pos de la libertad, Bolívar
se le presenta y le hace saber su modo de pensar. Se incorpora a la
causa y entrega a esta, de modo brillante, el resto de su vida.
Entusiastamente lucha por la liberación de los esclavos,
sacrificando en esa empresa toda la fortuna de su padre. A la
muerte de Miranda las esperanzas de los patriotas venezolanos son
depositadas en Bolívar, que se ve investido de un poder casi
ilimitado. Desde ese instante hasta la toma del juramento mantiene,
por lo menos de facto, esa autoridad. La ha ejercido con verdadera
audacia e inteligencia. Nunca ha tenido intereses
egoístas.
Y aunque en la larga lucha emprendida muchos dudaban llegar a
feliz término, él nunca desechó las perspectivas del triunfo. Debe
considerarse que gracias a su indomable persistencia y empuje se
obtuvo la victoria final. Para lograr entender la verdadera
dimensión de su trabajo debe enmarcarse dentro de las condiciones
que debió soportar y sortear: la gente con la que compartió y las
tierras en las cuales se desenvolvió.
Bolívar, al principio, debió rodearse de colaboradores que bien
pudieron haberle traicionado. La posibilidad de evitar perder ese
terreno estaba en poseer una fortaleza a toda prueba y un carácter
que permitiera la toma de decisiones rápidas. Además se necesitaba
una dirección que llegara a unificar las pasiones y a todos los
combatientes.
En ocasiones era necesario una adecuada asistencia personal a
los luchadores, ya fuera para alentarles o evitar la indisciplina
entre las filas, tan desperdigadas en el extenso territorio. Las
dificultades que las pampas y montañas ofrecían al ejército
obligaban a que el comando tuviera que compartirlo con sus
soldados. Todos los sacrificios debían repartirse. Se necesitaba no
solo energía física para soportar los esfuerzos. Era más importante
la fuerza moral, la creencia en lo que se estaba haciendo. Estos
fueron algunos de los motivos que llevaron a que muchos de su
ayudantes resultaran incapaces de soportarlo.
Bolívar no tuvo mayor formación militar, pero la reemplazó con
un ardiente fervor por las actividades que asumió como su
profesión. Tal dedicación le llevó a adquirir grandes conocimientos
tácticos que mucho le sirvieron para las batallas en las que tomó
parte activa. De allí que en una primera experiencia el ejército
independentista sufriera muchas derrotas, lo cual puede imputarse a
la poca habilidad y nula experiencia de sus capitanes, que estaban
en desventaja con relación a los oficiales enemigos. Los últimos
siete años, bajo el mando de Bolívar, los colombianos jamás
perdieron una batalla; la autoridad de Bolívar había crecido y él
había adquirido importantes conocimientos.
Hasta el momento presente ha tenido más oportunidades de
demostrar su genio militar que el talento y brillo político,
cuestión que no parece importarle demasiado. Por lo demás, todos
los intentos que ha realizado por avanzar y mostrarse en ese plano
no le han aportado progresos significativos.
Bolívar no tiene más de cuarenta y cinco años, pero se ve
bastante más viejo; la explicación es la vida que ha tenido que
llevar. Su figura es más bien pequeña y delgada, aunque sus
extremidades son bien proporcionadas. Es dueño de una fuerza y
agilidad poco comunes. Su cara es alargada y está adornada. con
unos ojos oscuros, llenos de vigor y penetrantes y una nariz grande
y curva. Su pelo es liso y negro, al igual que sus bigotes y
patillas. La piel está curtida por los vientos. En general reina en
todo su aspecto una seriedad segura y de grandeza, mezclada con
algo de meditación. Su figura, cuando se encuentra rodeado por
amigos, resalta por su bondad y viva alegría.
En ocasiones como esas se le ve desenvuelto, conversador y
anecdótico. Le gusta bailar y además lo hace bien; suele ser muy
galante con las damas, las que, de cualquier forma, no muestran
demasiadas reservas ante el Libertador. Hace ya tiempo, antes de
que regresara de Europa, falleció su esposa, española. Así es que
hoy día es viudo y no tiene hijos.
Además de francés e italiano, habla algo de inglés, idioma que
aprendió durante la guerra gracias a la ayuda de un subalterno y un
médico de cabecera de esa nacionalidad. Lleva una vida muy medida.
Come poco, no bebe licores fuertes y consume muy poco vino. Raras
veces se le ve fumar. Duerme poco. Le encanta ser el primero en
levantarse y el último en acostarse.
Entre sus fallas se puede señalar el humor demasiado cambiante,
que muchas veces le lleva a excesos que llegan a herir a sus
interlocutores. Tras recuperarse, suele apenarse y pedir disculpas
a quien haya sido ofendido por sus arrebatos. Tiene demasiada
debilidad por el sexo débil, lo que podría llevarle a acabar sus
días de modo trágico.
Al igual que el resto de sus compatriotas, muestra inclinación
por el brillo de sus vestimentas. En una primera época cayó en
situaciones ridículas; tanto es así, que en los comienzos de la
guerra constantemente llevaba varias mulas cargadas con una enorme
cantidad de vestuario lujoso. Pero su visión le permitió enmendar
ese error, lo que ayudó bastante a las relaciones con sus oficiales
y su ejército.
A poco de la Batalla de Boyacá, una vez situados en Bogotá,
Bolívar brindó una gran fiesta a las familias más distinguidas,
juntamente con sus oficiales. En ella le ocurrió una anécdota
simpática y humana.
Cuando ya casi se servía la cena, se presentó ante él un coronel
británico, quien al hacer los cumplidos de rigor recibió de Bolívar
la siguiente pregunta: “Usted es mi mejor coronel; ¿ cómo es
posible que tenga la camisa tan sucia en una cena de tanta
esplendidez ?“. El coronel respondió que lo lamentaba mucho
pero que no tenía otra camisa. El Libertador se sonrió y ordenó a
su mayordomo que le entregara una camisa a su oficial. El mayordomo
dudó y miró avergonzado a Bolívar. Al notar éste tal duda, se
molestó y preguntó por qué no se hacía lo que él ordenaba. El
sirviente ya no pudo evitar dar una respuesta y balbuceó: “Su
excelencia no tiene más que dos camisas: la que lleva puesta y la
que está en el lavado”.
Esta respuesta desató la risa de Bolívar, en la que participó el
resto de la compañía que tenía enfrente, de modo que dirigiéndose
al coronel le anotó: “Los españoles huyeron tan de prisa, que
tuve que anticipar mi llegada y me vi precisado a dejar mi equipaje
en custodia”.
Gracias a su extraordinaria habilidad, energía desplegada y
entrega completa sin egoísmos, Bolívar es dueño de la popularidad
en el país, de modo que jamás ha existido jefe o persona que haya
contado con un afecto como el que su pueblo le ofrece. Esta
popularidad ha hecho que algunos generales le miren con ojos de
envidia, pero la mayoría de sus subalternos y funcionarios le
expresan su fidelidad y lealtad junto con la admiración por sus
extraordinarias cualidades. En lo que respecta a sus soldados y a
las amplias masas del pueblo, no se podría decir que lo quieran,
sino que debe agregarse que lo idolatran.
Ninguno de los generales ni civiles que le acompañaron en la
revolución llega a ocupar verdaderamente el segundo lugar. Todo
está sujeto a la influencia del Libertador por el cariño que se le
profesa, de manera que él solo está a la cabeza de Colombia y de su
gobierno. La influencia que tiene sobre la Nación le hace ajustarse
a la frase célebre de Luis XIV: “El Estado soy Yo”.
Además, no es posible dejar de considerar que Bolívar es capaz de
encarnar todo lo que hacia el futuro pueda hacerse. En ese sentido
se comenta que podría organizar la nación liberada como una
Monarquía, República, Dictadura, o lo que a Bolívar le
agrade.
En la actualidad, la forma que adquiera el gobierno central es
la piedra de toque y causa de disputas para los colombianos. Por
otro lado no puede desconocerse la profunda antipatía existente
entre los habitantes de Venezuela y Nueva Granada, que data de muy
antiguos tiempos y tiene raíces políticas y
geográficas.
En lo que concierne a los aspectos políticos, deben explicarse a
través de las actuaciones erradas y egoístas de los españoles, que
perseguían la enemistad y aislamiento de las provincias. Con
respecto a los problemas físicos y geográficos, se fundan en una
base natural, que tiene su expresión en las costumbres y modos de
cada país. Venezuela posee un territorio compuesto de pampas
ardientes, y Nueva Granada en su gran mayoría está rodeada por
frías cordilleras, lo cual hace que en muchas regiones se alcance
un clima templado.
Volvemos a notar cómo el clima influye en el hombre. Por eso se
nota en los venezolanos mayor brío y ansias de trabajo; lo que en
los nuevagranadinos se transforma en orgullo arrogante, valentía a
toda prueba, mejor comprensión y conocimientos. Así, se acusan
mutuamente de lentitud y artimañas, y de temerarios y
explosivos.
En general puede decirse que los rasgos que caracterizan al
colombiano son su orgullo y lentitud. El orgullo es herencia de los
españoles, y la lentitud y pereza una consecuencia natural de sus
actuales constituciones y desvíos. A todo unen una gota de
prudencia y cuidado para evitar ser sorprendidos. El que una
emoción les llegue a conturbar es asunto de sorpresa, pues parecen
ser inconmovibles. Para algunos forasteros esto no es más que
frialdad sentimental.
Llegan a exagerar en el orden que ponen en sus negocios y en su
manera de conducirse, y demuestran una debilidad rayana en lo
absurdo hacia los juegos de azar. Tanto es así, que el mismo
personaje que se asoleó fuertemente por la mañana para regatear
medio real en alguna compra, por la noche suele tirar sus doblones
con ligereza y frialdad.
Alcanzan una sobriedad que puede ponerse como ejemplo para otras
naciones. Jamás se les ve bebidos en exceso y todo el que alguna
vez haya recibido el apelativo de “borracho” se quedará
así para siempre y no podrá separarse de él, perdiendo su prestigio
y el respeto de sus compatriotas.
En la vida social son alegres y nunca dejan morir las
conversaciones. Por el contrario, las mantienen y alimentan con una
serie de hipérboles acompañadas de gestos, que a veces resultan
verdaderas declamaciones. De cualquier manera no puede dejarse de
lado que muchas de esas charlas son verdaderas pláticas hiladas o,
como dicen acá, “pura paja”.
Demasiado corteses para creer en su honestidad, llevan al
forastero a la duda respecto de su amistad, especialmente si esta
se refiere a asuntos de negocios, ya que siempre prometen un grado
de actividad y movimiento que sobrepasan sus aptitudes y
capacidades normales. El extranjero tiene que ser cuidadoso en sus
apreciaciones. Así aprenderá que los conceptos cambian y que el
calor o entusiasmo que muestran los colombianos para una atenta
prestación de servicios se transforma en excusas vacías y total
inactividad.
Para terminar. Esta esquemática pintura de rasgos y caracteres
de los habitantes de Colombia no resulta válida para el resto de
los países, ya que las descripciones restringidas son siempre
inseguras e incompletas, y por mucho que uno trate de penetrar y
fijar sus detalles, siempre incurre en la posibilidad de caer en
egoísmos y parcialidades al generalizar o pretender dar
definiciones de temas poco precisos y en muchos aspectos
diferentes, como es el caso del carácter de un pueblo, y
especialmente cuando los grados de civilización y organización
sobrepasan la condición desordenada y bruta de una tribu de indios
salvajes.
Lo que se ha tratado de esbozar es el cuadro de la mezcla de
distintas razas, colores y climas, con las características y
variaciones tan propias de la población colombiana.