CAPITULO XVII
LA REPUBLICA DE
COLOMBIA
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Como ya se ha mencionado, en el año de 1811 Venezuela adoptó una
Constitución que, debido a la misma guerra, no tuvo mayor valor,
como ocurrió con la toma de la capital, cuyo gobierno consistió en
una especie de dictadura, de la que se hizo cargo Bolívar. Poco a
poco las Juntas se expandieron por toda la Nueva Granada y en cada
una de ellas dictaban constituciones especiales, a las que las unía
un punto común: la independencia de España y una forma republicana
de gobierno.
Al notar los patriotas, por el año 1821, que tenían en su poder
el control de casi la totalidad de Nueva Granada y Venezuela,
decidieron reunirse en Cúcuta —ciudad limítrofe de ambos
territorios— y otorgarse una ley fundamental, el 12 de julio
del año mencionado. Así ambos estados, Nueva Granada y Venezuela,
se unieron en una sola, indivisible y soberana república, la
República de Colombia, con capital en Bogotá. Esta mientras se
erigiera una con el nombre de su primer presidente: Ciudad
Bolívar.
Este mismo congreso tuvo a su cargo la elaboración de la nueva
Constitución, que fue proclamada como oficial el 20 de agosto del
mismo año. Dicha Constitución parecía tener como modelo la de los
Estados Unidos de Norteamérica, con todas las similitudes que es
posible encontrar y permitir entre un gobierno federal y uno de
carácter central. De cualquier forma aparecían inmediatamente las
diferencias, especialmente en lo relativo al modo de elegir los
representantes de la Nación.
Los norteamericanos designan, ellos mismos, a sus representantes
al Congreso. El pueblo de Colombia debía hacerlo a través de las
elecciones, nombrando electores. Este mecanismo era el señalado por
la Constitución. El mal radicaba en que luego estos mismos escogían
a los representantes, ya que no se consideraba al pueblo con la
capacidad suficiente para elegirlos.
Con una medida como esta se obtenía como resultado poner a la
voluntad popular bajo un cuerpo de tutores, lo que rompía la
comunidad que debía existir entre ellas y creaba dependencia. Es
decir, más parecía estarse formando un estado de tipo
representativo, pues los elegidos debían rendir sus cuentas a ese
cuerpo de tutores.
Estos electores eran nombrados en proporción de uno por cada
cuatro mil ciudadanos; su período tenía una extensión de cuatro
años; con grandes derechos para elegir representantes y senadores,
además del Vice-Presidente y el Presidente. No deja de inquietar el
hecho de que tal institución pudiera estar alterando el pensamiento
y espíritu democrático establecido en la Constitución, llevándolo a
un campo aristocrático no contemplado, o bien, a una deformación
del régimen republicano, donde obtuvieran ganancias las
oligarquías. Al observar estas desviaciones se llega a la
conclusión de que durante bastante tiempo las diversas clases y
colectividades no contarán con amplias libertades políticas.
Con el fin de facilitar el respeto y aplicación de las leyes y
para el fomento y control de las elecciones, la república se
encuentra dividida en doce departamentos, los que, a su vez, se
subdividen en provincias, cantones y parroquias.
La dirección de cada departamento (que corresponden a nuestras
provincias) está confiada a un intendente, el que es nombrado por
el Presidente, pero para su aprobación se necesita la sanción del
Congreso. En virtud de la ley fundamental, el poder de que goza
abarca solamente la administración jurídica del departamento. En
casos de excepción —como la guerra— o cuando el
Presidente lo estime preciso para la seguridad nacional, puede
otorgar a dicho funcionario el mando militar. Para que esta
excepción pueda ser cumplida, el intendente debe poseer el rango de
general. Actualmente en muchos casos el intendente es un general de
la República. Los decretos destinados a las gobernaciones, pasan
por sus manos, ya que los gobernadores están subordinados a su
mando.
Suele suceder que ambos cargos están ocupados por militares. En
tal situación se les hace asesorar o asistir. En el rango
inmediatamente inferior a los gobernadores se encuentran los
dirigentes de los cantones que, bajo el nombre de juez-político,
son a quienes corresponde juzgar en los actos jurídicos y
policíacos. Les siguen los alcaldes (muy parecidos a nuestros
fiscales o comisarios distritales), que en número de dos están a
cargo de la parroquia.
El sueldo de los alcaldes —quienes son nombrados por el
cantón— y el de los jueces políticos, es el honor de servir.
Es decir, no cobran remuneración alguna. Por otro lado, el sueldo
de un gobernador está en relación directa con el tamaño del
territorio bajo su control; puede calcularse en unas tres mil
piastras. Un intendente dobla esa suma en sus
ingresos.
Cada departamento elige cuatro senadores. Las provincias
designan un representante por cada treinta mil
habitantes.
El modo de elegir estos representantes es el siguiente. El
último domingo de julio, cada cuatro años, se reúne a todos los
ciudadanos de las parroquias, con derecho a voz y voto. Para
obtener tal derecho se requiere ser colombiano, casado, de veintiún
años de edad y que sepa leer y escribir. Por un artículo de la
Constitución se ha suspendido esta exigencia hasta el año de 1840,
puesto que de cumplirse ella, muchos ciudadanos no tendrían el
derecho de voto.
Además el votante debe ser dueño de una propiedad por valor
mínimo de cien piastras o ejercer el comercio o un oficio de
artesano. Quienes reúnan tales características designan a los
electores del cantón, en proporción de uno por cada cuatro mil
habitantes. Si la población del cantón no alcanza a reunir ese
número, mantiene el derecho de elegir un representante
elector.
Para llegar a ser elegido como tal, se requiere tener derecho a
voto, saber leer y escribir, tener veinticinco años cumplidos,
vivir en alguna de las parroquias del cantón, tener una propiedad
fija cuyo valor sea de quinientas piastras, o bien tener un ingreso
anual de trescientas piastras. En caso de no cumplir con estos
requisitos se puede optar a uno de esos cargos si se es
investigador científico o se tiene un grado de tal
calidad.
Al llegar el primer día de octubre, cada cuatro años, los
electores se reúnen en la capital de la provincia y al constituirse
el quórum de dos tercios de sus miembros se procede a las
elecciones de rigor. La jornada comienza con la designación del
Presidente de la República. Le sigue la del Vice-Presidente, para
pasar luego a la de los senadores para el departamento, y
finalmente los representantes de la provincia.
El Congreso consta de cuarenta y ocho senadores y cerca de cien
representantes, los que, de acuerdo con la Constitución, deben
reunirse en Bogotá el 2 de enero de cada año. El período de
sesiones se prolonga por noventa días, pero si en ese lapso no han
sido agotados los temas por estudiar —lo más normal en estos
casos— aquel se extiende durante treinta días más. En todo
este tiempo los miembros del Congreso reciben nueve piastras para
gastos de estada y media piastra por cada cinco kilómetros de
distancia de su provincia. Con esto se pretende entregarles una
cuota que les permita subvenir a sus gastos. En general se tiene la
impresión de que tales recursos son mínimos y que con el dinero
entregado para los gastos de hospedaje, etc., se ayuda a los del
traslado, ya que con esa cantidad no alcanzan a ninguna
parte.
El salario que percibe el Presidente es de treinta mil piastras
anuales, y el del Vice-Presidente de dieciocho mil piastras
anuales, las que pueden verse aumentadas en seis mil más, en caso
de ausencia del Presidente, cuando entra a representar al
Ejecutivo. El gabinete consta de seis secretarios de Estado, que
actualmente son: Asuntos Exteriores, señor Revenga; del Interior:
I. Restrepo; Finanzas: Castillo; Justicia: F. Restrepo. Encargado
del Ejército: General Soublette; y para la Armada: Almirante
Clementi. Cada uno de ellos recibe un salario de seis mil piastras
anuales.
La Suprema Corte de Justicia está compuesta por cinco delegados,
cuya elección proviene de la propuesta que el Presidente hace a la
Cámara de Representantes, mediante el envío de una lista compuesta
por quince candidatos. La Cámara elige a diez; sigue su curso el
trámite en el Senado, y de esta instancia sale una lista de cinco
personas, que, en definitiva, son las elegidas. Aparte de cumplir
con los requisitos estipulados para los electores, los miembros de
la Corte deben tener treinta años de edad y ser juristas. Su
salario alcanza anualmente a las cuatro mil piastras y permanecen
ejerciendo esas funciones mientras cuenten con la confianza del
gobierno. Este tribunal tramita los juicios de última instancia que
han llegado hasta él para su fallo definitivo. Hay también
tribunales en las provincias, cuyos miembros son designados por el
Poder Ejecutivo previa proposición que hace la Corte Suprema de
Justicia. Tales funcionarios gozan de un sueldo de tres mil
piastras anuales.
Cuando se van uniendo tantos valores, además de los funcionarios
de aduana, correos, etc., nos encontramos con que los gastos de la
Administración son demasiado elevados. Esto sin mencionar los altos
ingresos que deben destinarse al ejército y a la armada, máxime si
al tiempo sus miembros ocupan altos puestos en la burocracia
estatal.
Hasta el momento Colombia cuenta con veintiseis mil hombres de
infantería, cinco mil de caballería y dos mil de artillería. La
constitución otorga facultad de modificar estas fuerzas en la
medida de las necesidades del país, lo que lleva a suponer que
deberán pronto disminuir en parte importante.
Los salarios señalados durante la guerra (cuando eran entregados
y recibidos) tenían el siguiente orden: un coronel obtenía
doscientas piastras mensuales; un subteniente, treinta piastras y
un soldado diez piastras. El Congreso actual ha rebajado esas
cantidades, y así un coronel percibe ciento treinta piastras
mensuales, en tanto que el soldado seis piastras.
En 1825 el ejército costaba a la administración pública cerca de
tres millones de piastras. Otra medida tomada es la de hacer más
selectivo el reclutamiento, ya que las nuevas necesidades no exigen
la conscripción masiva obligatoria. Hoy todos los colombianos,
entre dieciocho y treinta años, están en un grado de conscripción
donde la quinta parte de sus miembros es reemplazada por sorteo.
Mediante este sistema el máximo período de obligación militar puede
alcanzar cinco años, pero siempre queda la posibilidad de colocar
otro nombre en reemplazo.
Además existe una milicia formada por toda la población
masculina del país, entre los dieciséis y los cuarenta años, pero
esta fuerza aún no está organizada. En la actualidad continuar con
los reclutamientos no es tan necesario, más aún cuando se observan
los batallones que regresan de la campaña del Perú. El verlos nos
hace decir que Colombia tiene un ejército más que suficiente para
defenderse de la invasión española.
Sin embargo, cuando se pasa revista a la situación de la armada,
el cuadro cambia en muchos aspectos. Grandes han sido los esfuerzos
por llevarla a un sitio de respeto, pero no se han obtenido los
resultados ansiados. En octubre de 1826 la armada estaba compuesta
por tres fragatas, cuatro corbetas, algunos bergantines y unos
pocos cañones de bajo calibre. Una de esas corbetas y varias
embarcaciones menores se encuentran varadas en la costa del
Pacífico.
Esta fuerza podría tener grados de desarrollo si estuviera bien
equipada y ejercitada su tripulación. Al no ocurrir esto salta el
interrogante de por qué el gobierno insiste en mantenerla, si en
verdad jamás, podrá estar a la altura que sus costas requieren. De
todas maneras no puede culparse al gobierno de no tratar de
conseguir logros.
Recientemente se ha fundado en Cartagena la Escuela de Cadetes
Navales de donde egresaron los dos primeros oficiales, en 1825.
Fuera de esto, el último congreso dictó una ley mediante la cual
todos los colombianos, entre catorce y cuarenta años de edad, que
viajen por mar o ríos, como medio de trabajo, tienen la posibilidad
de ser miembros de la tripulación de un barco de
guerra.
En verdad la primera medida mencionada puede contribuir bastante
al mejoramiento de la calidad de los oficiales, pero la última no
asegura tal avance, ya que no contempla un problema de calidad sino
solo el aspecto cuantitativo. No se necesita discutir mucho para
convenir en que un bogador de río no reemplaza a un marinero
experimentado. Es como establecer semejanza directa entre un pájaro
vadeando los pantanos con un ave acuática deslizándose en el mar.
En cuanto a los gastos, el Ministro de Marina estimó necesaria la
suma de cuatro millones de piastras, para el período de 1826, con
lo que atenderá a gastos de alimentación y
mejoramiento.
Del cuadro expuesto se desprenden los apuros por los que debe
pasar la caja fiscal, más aún si a todo se le suman los préstamos e
intereses contraídos en el extranjero.
Cuando la colonia inició la guerra contra los españoles, los
medios de que disponían los patriotas eran bastante escuálidos, y
pese a que los gastos de una guerra en Suramérica son menores
comparados con los de un conflicto en Europa, se hacía necesario
tener dinero o créditos para la compra de armas y municiones. Por
lo tanto debían recurrir a la mano extranjera.
Por supuesto que nadie quería arriesgar por el solo hecho
romántico de la libertad de un pueblo o cosa por el estilo. Todos
querían obtener ganancias, la guerra les ofrecía una inversión.
Especuladores de tal calibre se podían conseguir en Inglaterra o en
las Antillas. Los precios eran altos, los intereses subidos y las
condiciones, en general, una verdadera carga, casi imposible de
resistir.
Cuando la República comenzaba apenas a sacudirse de la pesadilla
de la guerra, empezaron a tomarse medidas para la cancelación de
las deudas contraídas. Con este fin se obtuvieron préstamos en
Inglaterra, entre los años 1822 y 24, por un monto cercano a los
treinta y cuatro millones de piastras, con interés anual del seis
por ciento y plazo de pago de treinta años, en cuotas semestrales.
Además de esta deuda se encontraban los sueldos atrasados que el
gobierno adeudaba a sus veteranos de la guerra.
La nación, entre sus ingresos más importantes, cuenta con los de
la aduana, el monopolio del tabaco, las contribuciones directas, la
sal, el papel sellado, las minas de oro y plata y el correo. Todos
aportan en ese estricto orden, pero al momento no son suficientes
para cubrir los gastos estatales. Según un plan trazado por el
Ministro de Finanzas, se confía aumentar esos aportes en tal medida
que el país podrá cancelar puntualmente sus deudas de interés en un
plazo de seis meses. Actualmente se ha dedicado a cancelar sus
deudas internas.
Ahora se está a la espera del pago que adeuda el Perú a Colombia
por los servicios de guerra, lo cual hace presagiar que las
finanzas del país tendrán un incremento aliviador y que a un plazo
no muy largo podrá Colombia sacar sus finanzas del punto bajo donde
se han mantenido por largo periodo.
Indudablemente que para la economía de un país es de gran
importancia el comercio con el exterior. Colombia cuenta con
recursos estupendos como para mantener un comercio de exportación
de mucho valor. Las tierras de Suramérica no solo son aptas para
producir mercancías tropicales, sino que, a la vez, en sus regiones
montañosas se pueden dar la mayoría de los productos de clima
templado. Tampoco deben dejarse de lado los aportes que hacen los
metales preciosos como el oro y la plata, aunque también se
encuentran minerales como el hierro, cobre, plomo, etc., además de
sal y carbón de piedra. En el momento y por algún tiempo más, el
valor del oro y la plata motivarán el desprecio por estos últimos.
El estudiar esta amplitud de posibilidades es lo que hace decir que
este país, con una industrialización adecuada y el aumento de
población, será capaz de satisfacer sus necesidades sin requerir de
la ayuda extranjera; incluso podrá desarrollar una política amplia
de exportaciones. Pero debido a la urgencia de la situación
presente, me dedicaré a enumerar y comentar los productos que
actualmente tiene Colombia.
Sin lugar a duda el lugar primero entre ellos le corresponde al
cacao, que se cosecha en buenas cantidades y en excelente calidad.
Este producto, con la excepción de Guatemala, solo se encuentra en
estas tierras, por lo que se presta para su exportación. Este árbol
de pequeño tamaño necesita tierras bajas y calientes, con la
sombreada protección de árboles de mayor tamaño. Tal característica
hace de las provincias bajas de Colombia el paraje ideal para su
producción. Las tierras donde se está dando se encuentran en la
costa de Venezuela, en los alrededores del lago de Maracaibo y en
ambas orillas de los ríos Magdalena y Orinoco.
Aunque este árbol no da sus productos hasta los ocho o nueve
años, representa con largueza un negocio, ya que otorga tres
cosechas al año, en un lapso de vida de veinte a treinta años.
Necesita tan pocas atenciones que se considera que basta un hombre
para el cuidado de mil árboles. La cosecha de un año alcanza a unas
veinticinco fanegas de granos de cacao y cada uno de ellos tiene un
valor de veinticinco piastras. Es difícil dar datos de la
exportación durante la guerra, pero antes de la revolución de la
Independencia Venezuela obtuvo un ingreso por las ventas de este
producto por valor de tres y medio millones de
piastras.
La inseguridad provocada por la guerra anglo-española hizo que
las exportaciones de cacao no se mantuvieran normalmente, lo que
trajo la consiguiente merma en sus cosechas, con lo cual se
propiciaron las condiciones para la siembra de cafetos, ya que
estos se mantienen por mucho mayor tiempo y sus frutos se pueden
almacenar en depósitos hasta que los precios resulten convenientes
para su venta. Los venezolanos son quienes más auge e importancia
le han dado al café. Ahora comenzó éste a cobrar fuerza en las
provincias de Nueva Granada, cuyas tierras se prestan para su
cultivo ya que necesita menos calor y humedad que el cacao. En 1812
Venezuela exportó cuatro millones de libras de granos de café. Por
el aumento alcanzado puede decirse que actualmente forma el
artículo de exportación de mayor importancia para
Colombia.
En tiempos pretéritos el índigo ocupaba un puesto importante en
las exportaciones del país, pero su producción ha disminuido
considerablemente. El valor, encarecido por los costos de
transporte, contratación de personal y sus cuidados, llevó a que
cayera en tal decadencia que aún no se ha repuesto. Tales razones
hicieron que los europeos miraran hacia el producto que ofrecían
las Indias Orientales. Si bien se reconoce que el índigo de estas
tierras es más fino y de tonos más brillantes, se observa que no se
mantiene tanto tiempo como el de las Indias. Pero no debe
desconocerse que el sueldo de un obrero en éstas es
incomparablemente más bajo que uno de Suramérica, lo cual permite
abaratar los costos y entrar con mejor pie a la competencia en el
mercado. Desde estas tierras, poco antes de la guerra, se exportó
casi un millón de libras, avaluadas en cerca de trescientas mil
piastras.
Otro producto que se encuentra en las provincias bajas es el
algodón. La caída de su precio en el mercado europeo ha reducido
considerablemente su producción actual, máxime si se considera que
no puede entrar en competencia con el algodón de los Estados
Unidos, considerado de mejor calidad. En Cartagena se llegó a pagar
entre veinte y treinta piastras por cien libras, pero ahora no
ofrecen más que ocho, e incluso seis piastras, lo cual hace que el
interés se desplace hacia la siembra de otros productos más
rentables. Una causa que no puede dejar de mencionarse y ha tenido
incidencia directa en la calidad del algodón es el descuido de las
tierras y la mala limpieza que se hace de la cosecha. Para la
preparación del terreno se limitan a cortar los bosques y a quemar
lo que de ellos queda. Sin arar, se hace la siembra de granos de
maíz en hileras distanciadas a diez pies. Cuando las semillas han
brotado, se procede a la siembra del algodón, el que crece
protegido por las matas de maíz. Cuando el algodón ha alcanzado
fuerza suficiente, se corta el maíz; hecho lo cual el producto
futuro no tendrá ningún otro cuidado.
La limpieza de lo recolectado queda a cargo de las mujeres,
quienes con palos, lo trillan en el suelo. En Norteamérica los
campos algodoneros se preparan cada año y la cosecha se limpia con
máquinas, que sí logran liberar a la flor de sus semillas. Al
analizar ambos métodos salta a la vista cuál es el de mayor
corrección y, por supuesto, que si los colombianos decidieran ser
tan cuidadosos como sus competidores pronto recobrarían el
prestigio en el mercado mundial.
De los productos que Colombia posee, el tabaco es el que menos
aporta a la economía interna, ya que el gobierno lo ha monopolizado
a tal grado que no es un artículo de exportación. El es el único
vendedor de tabaco en el territorio y toda la producción que se
obtiene es almacenada en las bodegas que para ello destina. Ningún
otro colombiano distinto de los agentes designados puede dedicarse
a la siembra de tabaco. Los “matriculados” establecen
acuerdos con el gobierno, en los que se fijan con anticipación los
precios y se establece el compromiso de entregar toda la cosecha.
En seguida dividen el tabaco en rollos de una libra de peso cada
uno y en esta forma se envía a los estancos de tabaco, donde se
vende. Estos depósitos de venta se encuentran a lo largo del
país.
El pueblo tiene que abonar un precio mucho más elevado que el
pagado por el gobierno. Así es como éste cancela entre doce y
quince piastras por las cien libras y las vende a cincuenta y hasta
a sesenta piastras. En los comienzos de la república y como
despreciando los monopolios hispanos, se quiso liberar al Estado de
la fiscalización del tabaco, pero resultó ser una medida
precipitada y ante la urgencia de contar con ingresos estables para
las arcas, se decidió mantenerla. El tabaco otorga dos millones de
piastras al tesoro.
Desde cualquier perspectiva queda flotando la idea de que, tal
vez, cuando el Estado no necesite tan urgentemente los ingresos,
debe abandonar su tutela y control monopolista y promover una
cosecha general, lo que permitirá tener otro producto de
exportación capaz de competir con Cuba y Virginia, y al mismo
tiempo evitar el contrabando que se hace con el tabaco cubano, que
resulta mucho más barato que el vendido por el
gobierno.
Para Europa, los árboles de bellos colores que se producen en
América son un producto apetecido. En el Nuevo Mundo no existe otro
lugar que los produzca en mayor abundancia que Colombia. Entre esas
especies se encuentran el bresilje y el Arbol de Nicaragua, de los
cuales se ha exportado gran cantidad, especialmente desde los
puertos de Nueva Granada. El último de los mencionados se encuentra
en abundancia en Riohacha, Santa Marta y Ocaña. Su único costo está
en cortarlo y transportarlo.
El transporte de ellos se hace a lomo de burros hasta llegar a
alguna ciudad de tránsito fluvial expedito y así se llevan hasta
las ciudades con puertos marítimos, desde donde zarpan con destino
a Europa. Son manifiestas las probabilidades de que junto a la
ampliación de las comunicaciones internas del país aumente esta
rama de la producción.
Al desarrollar esa posibilidad, ampliación de caminos y
mejoramiento de los elementos de transporte aparecerá otra buena
perspectiva económica por la calidad de las maderas, tan aptas para
la construcción de embarcaciones como para la creación artística.
Una inmensa cantidad de cedros, ceibas, etc., árboles tan hermosos
como resistentes, se pudren en los bosques y senderos impenetrables
debido a la falta de medios de transporte. A ello debe atribuirse
que esta fuente de riqueza no haya aportado todavía nada a las
arcas estatales.
En este inmenso abanico de riqueza, Colombia tiene dos productos
que, por el momento, solo explota para satisfacer necesidades de la
población interna, pero que a corto plazo se pueden transformar en
importantes mercancías de exportación: el azúcar y el
arroz.
El azúcar se cultiva en tierras que no están a más de
seiscientos metros sobre el nivel del mar. Los lugares donde, hoy
en día, más se le encuentra son Cartagena, Mompós, Santa Marta,
Mariquita y Barinas. Los molinos donde se le procesaba fueron
destruidos durante la guerra y no han sido restaurados en su
totalidad. En ellos se hierve la panela junto con un azúcar
amarillento y sucio que en el interior del país se cotiza mejor que
el blanco y refinado. Este solo existe en la Costa, pues llega de
contrabando desde las Antillas.
En lo que se refiere al arroz, producto de gran consumo entre la
población, es posible, sin mayores esfuerzos, llegar a convertirlo
en un importante artículo de exportación. Las zonas cercanas al río
Sinú, al sur de Cartagena, muestran grandes plantaciones de este
cereal. Se comenta bastante que las razones de que el azúcar no sea
tan rico y bien cosechado como el de otros países, radican en las
mismas señaladas para el algodón.
Entre los productos que este país ofrece para la exportación no
pueden dejar de mencionarse sus caballos y vacunos, que abundan en
enormes rebaños y manadas en las extensas praderas ubicadas en la
parte noroeste del territorio, entre el Orinoco, la Cordillera
Oriental y la Costa.
Cuando llegaron los españoles esas tierras húmedas estaban
cubiertas de bosques y pastizales cuya altura alcanzaba el tamaño
de un hombre y habitadas por tigres y caimanes. Los equinos y
vacunos que ellos trajeron ayudaron a cambiar el paisaje y se han
multiplicado considerablemente. Hoy es muy difícil saber la
cantidad exacta de ellos.
Durante la época anterior a la guerra independentista se
embarcaron desde los puertos venezolanos hacia las Antillas,
anualmente, cerca de ciento ochenta mil pieles y grandes cantidades
de carne de res salada y en tasajos que en esas tierras eran usadas
como alimento para los esclavos. Considerando que existía medio
millón de cabezas, el número puede haberse ampliado. Por otra
parte, se exportaban caballos y mulas de los que se supone que
existían unos doscientos mil de los primeros y cien mil de las
segundas.
Las cantidades existentes no son, en modo alguno, las que
debiera haber, ya que múltiples razones llevaron a que se mataran
animales y entorpeciera su aumento natural.
En el transcurso de las batallas se solía sacrificar a los
animales para alimentar a los soldados. En muchos casos dos hombres
daban muerte a un buey para solo comerse su lengua y dejar el resto
para el banquete de gallinazos y otras aves de rapiña. Del mismo
modo se usaban los caballos para marchas forzadas, y casi no
alcanzaban a desmontarse cuando aquellos caían muertos de
agotamiento. Entonces se les dejaba abandonados y se proseguía el
viaje con las nuevas cabalgaduras que se conseguían. De manera que
la cantidad de estas bestias disminuyó bastante por las razones
anotadas pero su capacidad de reproducción encuentra buen eco en
las condiciones climáticas tan benignas para ello.
Como hemos visto, Colombia debe mucho a Venezuela en su
producción vegetal y animal, pero tratándose de minerales hay que
trasladarse a la parte oeste, es decir, a Nueva Granada, esa región
cruzada por los Andes, y en este examen nos limitaremos a mencionar
los productos preciosos, que son los que se destinan a la
exportación. Esta es la razón de que se les ponga tanta atención, a
diferencia del descuido en que se tienen los minerales menos
preciosos, que ya mencionamos.
El oro ha sido uno de los principales productos de Colombia y se
encuentra, en mayor o menor cantidad, en todos los parajes
montañosos, especialmente en las provincias de Antioquia, Chocó,
Popayán y Pamplona. En cuanto a la proporción de la superficie, se
considera al Chocó la zona aurífera más rica del mundo. Por lo que
hace a la calidad, Pamplona, con su oro de veintitrés kilates,
ocupa las preferencias. Por último, Antioquia es la más rentable,
ya que entrega en solo un par de años más de un millón de
piastras.
El laboreo de este mineral ya fue descrito. Ahora corresponde
señalar que en los tiempos de la ocupación española el rendimiento
anual de estas minas alcanzaba a más de tres millones de piastras,
cálculo que está tomado de la parte que fue tasada y pasó por la
vigilancia gubernamental. Por supuesto que se escapa a ésta toda la
cantidad extraída con fines de lucro personal, al mismo tiempo que
no se tiene control sobre la estafa que se hace con el polvo de
oro. Ambos elementos reunidos aumentan la producción anual en otro
medio millón de piastras.
Por motivos como la reducción del trabajo esclavista y otros, la
extracción del mineral ha decaído notablemente. Tanto, que según
cálculos del ministro de Finanzas, las sumas ingresadas al Tesoro,
por este concepto, apenas bordean el medio millón.
En cuanto a la plata, aunque se encuentra en muchos lugares del
cordón montañoso, hasta ahora nunca ha podido igualar su cantidad a
la del metal dorado; de allí que su valor sea comparativamente
menor. Las más conocidas minas de plata se encuentran situadas en
Pamplona, Mariquita y Chocó. El trabajo ha sido tan mal ejecutado,
que antes de la revolución produjeron apenas diez mil piastras al
año, cifra que hoy está rebajada a menos de la mitad. Tal vez en un
futuro cercano puedan dar mayores rendimientos, ya que en su mayor
parte son trabajadas por los ingleses.
El suelo colombiano tiene un tercer metal precioso, que resulta
valioso no por sus cantidades sino por su escasez en el resto del
mundo. Se trata del platino. Acompañando al oro se le encuentra en
el Chocó, entre la Cordillera Occidental y el Océano Pacífico. Dar
un dato acerca de los montos de extracción, es complicado, más
todavía cuando las mayores cantidades son embarcadas hacia Jamaica,
que paga este metal a un precio superior al de acá, que solo da
ocho piastras por libra. Por supuesto que mientras el gobierno no
aumente su precio de compra seguirá escapándosele el grueso de la
producción y extracción del platino.
En cuanto a la población colombiana, se calculaba en cerca de
cuatro millones, pero una vez acabada la guerra se piensa que no
alcanza a más de los dos millones y medio.
De todas maneras, no se tiene una información detallada y
certera sobre el tema porque además no se ha realizado ningún censo
de población desde la época de los españoles. Daremos algunos datos
generales, redondeando las cifras de los departamentos (doce en
total) y una lista de la división política del país en sus ya
mencionados departamentos y sus treinta y ocho
provincias.
1 — Maturín, con las Provincias de Cumaná, Barcelona y
Margarita. Capital: Cumaná. Total de habitantes: ciento veintinueve
mil.
2 — Venezuela, con las Provincias de Caracas y Carabobo.
Capital: Caracas. Total de habitantes trescientos setenta mil.
3 — Orinoco, con sus Provincias de Barinas, Apure y
Guyana. Capital: Barinas. Total de habitantes: ciento ochenta
mil.
4 — Zulia, con las Provincias de Maracaibo, Coro, Mérida
y Trujillo. Capital: Maracaibo. Total de habitantes: ciento sesenta
y tres mil.
5 — Boyacá, y las Provincias de Tunja, Socorro, Pamplona
y Casanare. Capital: Tunja. Total de habitantes: cuatrocientos
cuarenta y cuatro mil.
6 — Cundinamarca y sus Provincias de Bogotá, Antioquia,
Mariquita y Neiva. Capital: Bogotá. Total de habitantes:
trescientos setenta y un mil.
7 — Magdalena, con las Provincias de Cartagena, Santa
Marta, Mompós y Riohacha. Capital: Cartagena. Total de habitantes:
doscientos cuarenta y nueve mil.
8 — Cauca y las Provincias de Popayán, Chocó, Pasto y
Buenaventura. Capital: Popayán. Total de habitantes: ciento noventa
y dos mil.
9 — Istmo, con las Provincias de Panamá y Veragua.
Capital: Panamá. Total de habitantes: ochenta mil.
10— Ecuador y sus Provincias de Pichincha, Imbabura y
Chimborazo. Capital: Quito. Total de habitantes: ciento noventa
mil.
11— Asuay, con sus Provincias de Cuenca, Loja y Juan de
Bracamoro. Capital: Cuenca. Total de habitantes: doscientos diez
mil.
12— Guayaquil y sus Provincias de Guayaquil y Manabí.
Capital: Guayaquil. Total de habitantes: ciento cincuenta mil.
De todos los departamentos mencionados, los cuatro primeros
corresponden a la antigua patria general, Caracas o Venezuela. Los
restantes pertenecían al Virreinato de Nueva Granada. Este volvió a
ser dividido, formándose la Audiencia de Nueva Granada, integrada
por las cinco provincias intermedias y la Audiencia de Quito,
compuesta por las tres últimas provincias citadas.
Tras este cálculo, la población total de la República bordea los
dos millones setecientos veintiocho mil habitantes, con un
territorio tal que la densidad de población alcanza a unos cinco
kilómetros por cada persona, lo que hace de Colombia, entre los
poco poblados países del trópico, uno de los que cuenta con
población menos numerosa.