CAPITULO
XVI
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COLOMBIA ANTES DE
SU EMANCIPACION
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Esta parte de la región sur de América era anteriormente
conocida como Venezuela y Nueva Granada, donde se encontraban los
primeros territorios conocidos por el Viejo Mundo y que visitó
Colón en su tercer viaje a estos lugares. Alrededor de los
comienzos del siglo dieciséis es cuando podemos iniciar un mayor
reconocimiento de ellos, ya que empieza su conquista y
colonización.
En 1536 arriba el español Quesada con setecientos hombres a la
Costa colombiana, un trecho antes de alcanzar la boca del
Magdalena. Este conquistador viene hasta aquí por las informaciones
que tiene de llegar a un territorio rico y poderoso. Sigue la ruta
del río y tras increíbles esfuerzos y tormentos, finalmente alcanza
al año siguiente, con un ejército diezmado, la sabana de Bogotá,
donde se encuentra con los muiscas, quienes se distinguen por su
avanzada civilización, para esa época, y son reprimidos sin
consideraciones.
Tal victoria es asegurada aún más por las tropas de Benalcázar,
quien llegó desde Quito, pasó los Andes y el Magdalena para
alcanzar esta meta, Bogotá, que debe su nombre al ingenio de uno de
los conductores de la tribu muisca.
Gran parte del oeste del país de Nueva Granada fue conquistada a
represión abierta. Los intentos no iban a detenerse acá y es así
como se inician los proyectos de colonizar las costas y el
territorio de Venezuela.
La tarea para los españoles no resultó tan complicada en las
otras tierras, ya que su población no presentó gran problema, por
lo menos no tanto como sus vecinos. De allí que al gobierno español
le resultara fácil entregar esas tierras a una colonia de
comerciantes alemanes, quienes a cambio de una gran cantidad de
dinero consiguieron ganar la hipoteca de esa nación. Poco a poco el
dominio sobre esas tierras se extendió hasta que llegaron a formar
dos países diferentes: el Virreinato de Nueva Granada y la
Capitanía General de Caracas. Generalmente se la nombraba de este
modo; correspondía a Venezuela.
El pueblo nativo era valiente, por eso la ocupación no podía
pasar inadvertida y los españoles se dieron a la tarea de reprimir
encarnizadamente al país invadido. El derramamiento de la sangre
indígena no fue poco. El motivo central era el ansia de la riqueza
del oro que traía el conquistador; tanto era así, que consideraba a
estos terrenos expropiados como botín de guerra tomado a un enemigo
que debía pagar la osadía de sus constantes revueltas. Esto daba
rienda libre para todo tipo de tropelías: solo importaba la riqueza
que se podía obtener.
Pronto encontraron factible la posibilidad de traer hasta el
país esclavos negros africanos, que podían soportar de mejor manera
el trato de explotación inhumana que recibían los nativos en el
campo y en el trabajo de las minas. De este modo se introduce un
elemento nuevo en las costumbres propias del país: el color y la
lengua. Es así como puede verse un cuadro escénico con la
representación de casi todos los colores de razas, sobre la
superficie de este territorio. Se mezclaban las costumbres de
América, Europa y Africa bajo un solo gobierno, ley y religión y se
daba a conocer un idioma único, el español. Pudiera decirse que los
españoles no solamente constituyeron colonias sino conformaron un
nuevo Estado con nueva raza.
En otras épocas estas conquistas eran organizadas y dirigidas
con una verdadera política colonial, pero el sentido dado por la
madre patria era muy diferente y su furia por los habitantes de los
lugares conquistados no tiene —con mucha seguridad— pares
en la historia. Su única equivalencia podría estar en la
Inquisición, fenómeno perteneciente a la misma
nación.
El sentido de monopolio y extracción de las riquezas de estos
pueblos se hacía sin la menor consideración con los países
afectados. Las ganancias eran arrastradas hacia España y jamás se
otorgaba algún bienestar a las provincias; solo tenía valor el
mantenimiento de esta situación y la dependencia de España, que se
basaba en el sometimiento y la ignorancia en que se tenía a las
colonias y en su desconocimiento del resto del
mundo.
En relación con esa política de monopolios se instauró un
comercio exclusivo con la patria de los conquistadores, la cual se
reservaba el derecho de proveer a las colonias de mercaderías y
productos manufacturados europeos. Es decir, España era un tutor
ávido de ganancias y exclusivamente por sus manos debían pasar
todas las necesidades del pupilo, sin dejarle a éste la posibilidad
ni la responsabilidad; lo que mejor le pareciera, según sus propios
intereses. Para ellos era acertado, además, asumir esas
posibilidades de sus naciones vecinas, con lo cual se hacían cargo
de las jugosas comisiones que les reportaba tal estilo de
comercio.
Por otra parte, el dominio español imponía prohibiciones
aberrantes, como la de sembrar los productos primarios de esta
América, que habrían podido satisfacer algunas necesidades a
España. La afición de los criollos por el vino, el aceite, etc.,
debió postergarse ante esas prohibiciones, que llegaban en muchos
casos a impedir el cuidado y provecho de los productos que la misma
naturaleza se encargaba de colocar al servicio del hombre. La
razón, no cabe duda, era una sola: mantener la costumbre de la
dependencia de los colonos hacia la corona.
No deben sorprender entonces algunos claros ejemplos. En Méjico
no se permitía el desarrollo de la industria o la agricultura; lo
importante era extraer el metal de valor: la plata. En Nueva
Granada no eran las minas de plata las que debían explotarse, sino
las de oro. Para Cuba se dejaba la siembra de tabaco y solo en las
cantidades necesarias para su comercio, pues los excedentes para el
consumo personal no eran permitidos. Otra de las arbitrarias
prerrogativas que se reservaba el dominador.
En pocas palabras y más gráficamente, España trataba a sus
colonias americanas del mismo modo que un relojero a sus
trabajadores. En una gran fábrica existen operarios dedicados a
hacer los resortes, otros las cadenas, un tercero fabrica
ruedecillas. Así, la cadena sigue sin que nadie llegue a hacer un
reloj entero. El dueño se asegura de que no tendrá que sufrir las
consecuencias de la dependencia de algún operario y, mucho menos,
del maestro mismo.
El problema mayor estaba en conseguir aislar a las colonias del
resto del mundo. Los esfuerzos que debían realizarse eran
mayúsculos, ya que no se trataba exclusivamente de evitar el
crecimiento de unas pocas plantas, sino de erradicar y destruir
para las ciencias el avance de una parte del mundo. España
pretendía detener la información impidiendo, incluso, que a los
territorios conquistados tuvieran ingreso forasteros. El único que
podía permitir la entrada a un extraño —léase no español, ni
conquistador— era el gobierno. Los viajes solo eran
autorizados en determinadas provincias, y que un criollo quisiera
viajar al extranjero era punto menos que imposible.
Dentro de la dominación jugaba un papel de protagonista el
clero. Este se encargaba de sembrar entre los nativos e indígenas
todo lo contrario de lo que era su ministerio. Antes que entregar
la luz y el descanso espiritual se dedicaba a dar ignorancia y
oscuridad a través de ese poder inquisitorio, en el cual se
encontraba entrometida la mano del gobierno. Las acciones o los
actos de fe eran muy poco vistos; en ningún caso extendían la
educación a la formación científica, a los idiomas, la geografía, y
eran muy escasas las enseñanzas de estadística, política,
etc.
La consecuencia inmediata de ello era que todos los libros que
dedicaban sus páginas a tratar estos temas estaban terminantemente
prohibidos. A dichas obras se las consideraba del mismo modo que
nosotros a un billete falsificado: nulo.
Otra prohibición absurda era la concerniente a la confección de
mapas y anotaciones geográficas. A todo el que fuera sorprendido
pasando una nota de tal estilo a los vecinos de su comarca, se le
buscaba el modo de que perdiera esos deseos, o podía seguirlo
haciendo pero dibujando en las paredes de la cárcel. Y si esto
ocurría con algún extranjero, o si, por uno u otro motivo, llegaba
este a las costas de la colonia, su suerte estaba decidida. Si no
le daban muerte en seguida, era por el miedo al qué dirán de la
nación a la que pertenecía; pero nada le escapaba de la suerte de
pasar el resto de su vida en la cárcel, pagando la osadía de pisar
las santas tierras de la corona española.
Para ello no se consideraban los casos de naufragio, falta de
agua o todos aquellos estimados como accidentes, que obligan al
marino a buscar una costa o puerto fuera del destinado en la ruta y
que le permitieran superar sus problemas. La ley del lugar era una
sola, inamovible e inalterable. Todos sabían que era un crimen y un
desacato acercarse a estas costas; los hispanos hubieran deseado
proteger este mar con una niebla tan gruesa que solo resultara
penetrable para sus galeones.
Situado el asunto en tal terreno, las conquistas que efectuaban
en el continente no eran muy distintas de las que mantienen los
bandidos en sus escondrijos. Ni siquiera había la posibilidad de
que un viajero extraviado pudiera retornar con vida a sus tierras
para narrar lo visto y vivido.
Fue de este modo como España conservó un dominio y dirección de
esta colonia por casi trescientos años, que terminaron con la lucha
de la Independencia. Estas situaciones prolongadas aquí por tanto
tiempo hacen que uno llegue a extrañarse de que no se hubiera
llevado a cabo una revolución con mucha más anticipación. Tal vez
la única explicación se encuentre en la lejanía de Europa, por el
problema de sus influencias, el pequeño volumen de la población con
respecto a la extensión de los territorios, la impresionante
cantidad de sacerdotes, cuyos intereses no contemplaban los
cambios, el carácter parsimonioso y gentil de los nativos, y por
sobre todo, el clima.
Es indudable que el clima caliente y la existencia de tierras
tan fértiles desatan en el individuo despreocupación y negligencia
que, unidas a la poca necesidad de realizar actividades, llevan a
vivir solo del eterno sueño de las cosas nuevas y mejores sin que
se levante un dedo por hacerlas realidad.
Frente a tamaño cuadro es innegable que se necesitaba un cambio
y la gran debilidad que padecía la corona ayudó a que la situación
germinara. Es posible que con mejor dirección España hubiera
mantenido su dominio. Para lograr clarificar esto conviene analizar
una época de la historia observando el desarrollo de ambos países,
desde el descubrimiento del último y la germinación de la primera
semilla revolucionaria que fue causa de las raíces
independentistas.
Al momento de conquistar a América, España podía mostrarla como
el punto culminante de su desarrollo como Estado, de su madurez
política. En ese instante era considerada la nación más poderosa de
Europa, gracias a su armada y ejército, y el país más rico, por su
desarrollo económico. Con raras excepciones de competencia, era
también España el país manufacturero de Europa. El desarrollo y
grandeza de su economía pueden verse demostrados en el hecho de que
fue capaz de afrontar la inmensa construcción colonial del Nuevo
Mundo, que a los cincuenta almanaques de iniciada estaba cimentada
en sus bases principales.
Su economía le permitió tener durante casi un siglo, como
preocupación fundamental, todos sus intereses dedicados a levantar
sus grandes ocupaciones: las colonias. Para ello era preciso
atender a la recién descubierta América con la exquisitez que sus
futuras riquezas le retribuirían.
No era difícil imaginar el gran impulso que significaría para
España esta actividad, ya que así como el gobierno real aumentaba
en poder y renombre, la proporción de sus valores en la producción
de las minas de oro y plata, extraídos del Nuevo Mundo, le
prolongarían su autoridad y existencia.
Históricamente no ocurrió ninguno de los objetivos perseguidos.
Al pasar un siglo de dominación, España dio al mundo un claro
ejemplo de lo que la riqueza puede afectar a un Estado cuando no se
comparten los sabores del triunfo en partes
iguales.
No se invirtieron bien tantas ganancias, no se estimuló al ritmo
necesario la instalación de la industria, los modos de vivir
variaron y no dio al conjunto de la población un bienestar que
fuera provechoso para la convivencia interna. Todo se usaba para
las maquinaciones políticas y las satisfacciones de interés
personal.
Las masas trabajadoras veían con poca simpatía a sus
compatriotas que regresaban a la patria cargados de riqueza de
fácil obtención, a lo que se agregaba el descontento que les
producían sus escuálidos ingresos, con lo cual se aumentaban sus
ansias de marchar hacia aquellas tierras que tanto bienestar podían
traerles y donde tan velozmente se alcanzaba la
riqueza.
La debilidad de la corona comenzaba por aquel entonces,
especialmente bajo el reinado de Carlos V, ya que movidos los
españoles por una insuperable idea de grandeza y una inexhausta
tesorería comenzaron a entremeterse en todos los asuntos políticos
de Europa, costeando costosas guerras que empezaron a menguar los
tesoros y la población.
Colmando los desaciertos, se dio el golpe de gracia, a la
alicaída industria manufacturera española. Felipe III expidió un
edicto por el cual dispuso la expulsión de más de un millón de
inmigrantes, comerciantes e industriales. De este modo todo el
esfuerzo creativo del país quedó en mal pie y España se vio
obligada a contratar y comprar las manufacturas en otros países,
quedando convertida en un mero agente comercial.
Por sus manos pasaban las riquezas del Nuevo Mundo y con estas
pagaba la industria de ufanos competidores, que debían ser
mantenidos a todo precio. Incluso su armada, que le había permitido
ser el único agente con sus colonias, debió soportar la presencia
competitiva de otras naciones, tanto más peligrosas cuanto que
ahora contaban con el apoyo de las propias
colonias.
Por otro lado ya se había iniciado la composición de una clase
social propia de las colonias. Los criollos eran producto de la
mezcla de pacíficos indígenas, esclavos negros y algunos españoles
provenientes de las primeras familias de colonizadores, que
entonces eran considerados los habitantes de mayor nobleza del país
y tenían la oculta intención de ser mirados de igual modo en su
tierra materna, con lo cual no quedaban exentos de los beneficios y
cargos otorgados en ésta.
Estos criollos, sin embargo, demostraban recelo frente a la
política de su gobierno, pues preveían que solo llevaría a la
formación de una clase aristocrática nacional, lo cual constituía
una aventura para las pretensiones de su país. Con el transcurso
del tiempo se daban cuenta de que perdían las ilusiones de alcanzar
reputación y que la lista de los meritorios era lo suficientemente
larga para que la “Corte de Madrid” nunca les tomara en
cuenta.
Este tipo de relación mellaba a la larga el sueño por sus
propias ideas —las de la corona— y como ya la colonia que
habían logrado conformar era una verdadera reunión de razas y
necesidades, su inserción con el medio era la garantía de su propia
existencia. Fue así como cualquier mal trato que recibían
despertaba en ellos la idea de la rebelión, convirtiéndose en los
mejores defensores de la colonia oprimida. Para esto ayudaban sus
mejores conocimientos de la política, y aunque el largo trabajo del
clero rendía sus frutos y adormecía los ideales, tenía que llegar
el momento en que la situación cambiara. Si bien es verdad que el
gobierno podía evitar el ingreso de productos extranjeros, no había
razón para que este despotismo simple bastara para dejar fuera del
escenario las más finas partículas de luz intelectual y
libertaria.
El conocimiento del peso ejercido por España sobre las colonias
y sobre la balanza de la política mundial jamás tuvo reales efectos
en el criollo, más aún cuando su patria ya no podía sostener el
papel de poder excesivo sobre las colonias de la América
Latina.
El peso hegemónico de España había comenzado a perder su fuerza
debido a la debilidad política e industrial que mostraba y a su
dependencia manufacturera de otras naciones. A ello se unió el
hecho de que la armada ya no era la poderosa de antaño y las
colonias pronto establecieron comercio clandestino con otras
naciones, especialmente en la zona del Caribe, que debido a la
inteligencia y valentía con que emprendían esas acciones,
enfrentándose a los guardacostas españoles, no encontraba parangón
en el mundo. Más aún, ya eran capaces de realizar el lucrativo
negocio del mercado de esclavos entre Africa y las
Antillas.
Por supuesto que para todos estos negocios se contó con la
complicidad de los colonos y una unión de tal naturaleza no debía
ser muy saludable para sus loables ideales.
España recibió el golpe más duro cuando la guerra entre ella e
Inglaterra cortó las comunicaciones con las colonias, al tiempo que
la obligó a defender sus puertos y los de las colonias contra los
ataques ingleses. La situación no resultó en beneficio de los
hispanos, ya que se ofreció a las colonias la ocasión de comprobar
la verdadera capacidad de sus fuerzas. Fue así como del
conocimiento saltaron al convencimiento y a la necesidad de la
unidad para combatir al enemigo común externo. Esa convicción les
llevaría a protegerse contra el despotismo interno que les
acosaba.
Por supuesto que todas las anotaciones anteriores son de
carácter general y, en mayor o menor medida, aplicables a los
diversos países sometidos al dominio español y que se liberaron
para edificar sus propios gobiernos independientes, sobre las
ruinas del poder hispano en América. El asunto es que para el
conocimiento más completo del ejemplo que ahora tenemos a la mano,
Colombia, seguiremos la evolución en el plano
político.
Ya hacia fines del siglo pasado comenzaban los primeros brotes
de rebelión, tanto en Venezuela como en Nueva Granada, ocasionados
en su gran mayoría por el descontento que provocaban las medidas
comerciales y las insoportables tarifas arancelarias impuestas a
las colonias. Existía una medida que se distinguía sobre todas, la
alcabala, consistente en un derecho, para el gobierno, del cinco
por ciento del valor de cada propiedad, que se originaba en la
venta de ella y su posterior cambio de dueño.
Pero aún el gobierno era fuerte y lograba sofocar rápidamente
tales brotes de insurrección. Con las noticias de la Revolución
Francesa empezaron a agitarse en Bogotá las manifestaciones
liberales. Ante tal avance estas alcanzaban mayor seriedad. Hacia
1808 la noticia de la prisión de Fernando VII desató toda una
reacción de los revolucionarios que proclamaban los derechos del
rey por sobre los del designado José Bonaparte. Se colocaban los
intereses de España sobre los de Francia, siempre y cuando que ésta
reconociera la independencia de sus colonias, lo que se logró pese
a la rigidez de las Cortes.
España ya no solo estaba en guerra contra Inglaterra sino
también contra Francia, por lo que se planteó la necesidad de la
conformación de las Juntas de Gobierno. Al conocerse la prisión de
Fernando VII se formó en Caracas un Congreso que entregó la
comentada petición a las Cortes.
La respuesta que éstas dieron fue tan extraña como dura y
errada: que las colonias debían ser pasivas y en todo seguir el
destino de la madre patria, cualquiera que este fuera. Tal
respuesta y el descontento generado a raíz del bloqueo de la costa
de Caracas, declarado por las Cortes, motivaron sentimientos que
llevarían a plantearse la separación definitiva de la tutela
hispana. El primer acto de insurrección ocurrió en Caracas en julio
de 1810, mediante la proclama a todo el mundo del modo como España
recibía la oferta de las colonias, ayuda frente al enemigo común, y
la instalación de un gobierno libre y soberano bajo el nombre de
Provincias Confederadas de Venezuela.
Por ese entonces hizo su ingreso efectivo a la historia un
criollo caraqueño, Francisco Miranda, quien durante bastante tiempo
había tratado de servir a su patria. Ya antes de la Revolución
Francesa recurrió a la ayuda del gobierno inglés, luego a la de los
norteamericanos y los franceses, siempre solicitando apoyo para
arrojar el yugo español que oprimía sus
tierras.
Inglaterra, al principio, escuchó con atención las peticiones de
este luchador, pero después de la firma de la paz con España no
siguió haciéndolo, ya que el objetivo de Europa era evitar el
ejemplo de la Revolución Francesa e impedir la formación de nuevos
países de ese tipo. Los Estados Unidos eludieron el compromiso a
través de las disposiciones de su Constitución que impedían el uso
de la fuerza a no ser que estuviera en peligro la defensa del país.
La Convención Nacional francesa, que tenía mucho interés en sembrar
en Sur América el árbol jacobino de la revolución, ofreció a
Miranda el mando de una expedición con tal fin, pero éste no acogió
el proyecto, pues debió haber sospechado que una revolución a la
francesa no beneficiaría a su patria, quedando postergada la
empresa hasta una mejor oportunidad.
Con la formación de la Confederación de Provincias, Miranda
aprovechó la coyuntura de desplazarse hasta Caracas para dirigir el
ejército rebelde en contra de Monteverde, quien se vio obligado a
retirarse a Maracaibo. Lamentablemente las fuerzas patriotas
tuvieron que soportar el terremoto de 1812, que en el lapso de unos
minutos destruyó la mayor parte de Caracas y causó la muerte a dos
mil de sus habitantes.
Este drama fue utilizado en contra de los independentistas, y
para ello el clero se encargó de hacer una buena comedia, señalando
que la causa del desastre era la desobediencia al rey y a la
corona. Estas eran palabras dirigidas hacia Monteverde, con las
cuales, veladamente, se le daba carta blanca para que marchara
sobre Caracas. Los españoles lograron varias victorias, lo que hizo
que Miranda tuviera que decidir el retiro de sus
tropas.
Estas últimas habían sufrido un grave deterioro con el
terremoto; tanto, que uno de los mejores batallones de Miranda
encontró la muerte en el derrumbe de un sitio donde se albergaba.
Por ello se vio en la obligación de firmar una capitulación, en la
que se hizo constar que nadie sería perseguido por sus ideas y que
cualquiera podría abandonar el país si así lo deseare. Por
supuesto, los españoles no cumplieron el pacto, basados en su
teoría de que no negociaban con los rebeldes, de manera que
apresaron a Miranda cuando se disponía a partir a Europa. Lo
mantuvieron en La Guaira y posteriormente lo enviaron a Cádiz,
donde, en una cárcel, este valiente hombre terminó la actividad de
sus días. Sin embargo, dejó el legado y un digno sucesor, Simón
Bolívar, coronel del ejército, quien logró escapar hacia
Curazao.
Tales acontecimientos, si bien era cierto que aminoraban la
suerte de la independencia, no conseguían apagar su llama. Bastó
que los sentidos se recuperaran de la catástrofe de la naturaleza
para que volviera el ímpetu, aun cuando el territorio seguía
ocupado por las tropas invasoras.
En 1813 el general patriota Nariño formó una fuerza en Cumaná,
la que estaba en condiciones de enfrentar a las realistas, y con el
retorno de Bolívar, a quien le había sido entregado el mando de los
ejércitos de Nueva Granada, seguidora del ejemplo de Venezuela, y
la marcha de esas tropas desde Cartagena a Mompós se desataron
ofensivas contra los españoles. El primer encuentro con éstos
ocurrió en Cúcuta, en el cual los patriotas alcanzaron el triunfo y
la marcha creció en número y en intenciones. Bolívar se consideró
lo suficientemente fuerte como para buscar el encuentro con
Monteverde, en Valencia. La victoria lograda obligó al general
español a retirar sus tropas y encerrarse en Puerto Cabello. La
capital estaba abierta para los patriotas. En agosto de 1813
Bolívar se presentó en Caracas.
La campaña había tenido una duración de casi un año. Las
divisiones de los americanos fueron comandadas por Bolívar, Nariño,
Páez, Bermúdez y Urdaneta. Las tropas realistas tuvieron como jefes
a Monteverde, Morales, Cajegal, Boyes y Rosette. La guerra empezó a
mostrar sus cambios y después del anterior triunfo patriota
comenzaron los avances de los realistas.
En Caracas Bolívar renunció al mando de las tropas que le
confiara el congreso de Nueva Granada, pero en enero de 1814 se
formó una dirección militar cuyo mando le fue dado a él, lo cual
debe comprenderse porque la situación misma determinaba la
existencia de tal tipo de gobierno.
La racha triunfal y los logros alcanzados no lograron ser
mantenidos durante mucho tiempo, pues Bolívar fue derrotado en dos
ocasiones por el general Boves, en La Puerta y Arigüita, y obligado
a dejar a Caracas y embarcarse para
Cartagena.
Lo espeluznante aparece en esta etapa de la reconquista, en que
las crueldades cometidas se repartieron en forma equitativa. El
solo mencionarlo hace temblar a la humanidad. La responsabilidad,
fuera de toda duda, corresponde a los españoles, que desataron el
horror de la guerra. Por lo tanto, esperar que no existieran
represalias, era una utopía. Fue así como la contienda resultó una
verdadera barbarie digna de las épocas más oscuras y primitivas de
la humanidad.
En la lucha no se daban cuartel y los prisioneros que se hacían
en cada retirada eran masacrados en el acto o llevados al cuartel
general donde se les asesinaba en masa. Parecía que esta guerra
quería erradicar del léxico la palabra
“prisioneros”.
No eran éstos los únicos desafortunados, pues también se
extendía a las personas que pensaban de un modo diferente a la de
la política imperante en el gobierno. Cuando se reunieron gran
cantidad de ellos en las cárceles se emuló a la Revolución
Francesa: se les mató.
Entre esas “hazañas” pueden mencionarse la de
Monteverde, que ordenó matar al Coronel Briceño junto con siete
oficiales de Bolívar, y la masacre que hicieron las tropas
realistas en Barinas. Bolívar encontró una buena manera de vengarse
y ordenó el fusilamiento de los prisioneros que se mantenían en
Caracas y La Guaira; de este modo fueron ejecutados más de
ochocientos infelices españoles.
Después de la ocupación de Puerto Bellota, lugar donde
Monteverde debió defenderse, se implantó la práctica, aceptada por
ambos bandos, de colocar a sus respectivos prisioneros en los
primeros lugares de combate: así, recibían el fuego graneado de las
balas de sus propios compañeros. Eran los conejitos de indias de la
táctica enemiga.
Después de todos estos acontecimientos Nueva Granada se vio
afectada por escisiones. Hacia 1808 se habían formado diferentes
Juntas Regionales que empezaron a disputar entre sí. La discusión
central se refería al tipo de gobierno que debían acoger; para unos
era el federal, para otros el central. El desacuerdo casi les lleva
a una guerra interna entre el sector del congreso de Nueva Granada
que funcionaba en Tunja y el del sur o Junta de Cundinamarca, cuyas
sesiones se celebraban en Bogotá, de donde en 1810 fue expulsado el
último virrey español.
La posibilidad de continuar la guerra resultaba así tan
irrisoria como incomprensible. La decisión, afortunadamente, fue
alterada debido a que los españoles entraban desde el Perú y los
sectores en discordia tuvieron que colocarse a las órdenes del
gobierno central hasta cuando quedara en claro cuál sería el tipo
de gobierno que más les favorecía y se lograra la destrucción del
enemigo, los realistas.
El joven criollo Antonio Nariño, uno de los más grandes genios
político-militares que haya formado la revolución de Suramérica,
recibió el mando de las tropas de la coalición y durante un año no
solo resistió a los españoles sino que les causó duros reveses,
expulsándolos de la provincia de Popayán; pero sufrió una grave
derrota en Pasto, región montañosa, y fue tomado
prisionero.
Por esta época regresó Bolívar, tras la derrota de Arigüita,
usando nuevamente la vía de Cartagena. A su llegada a Tunja el
congreso de Nueva Granada le confirió el mando de las tropas, por
segunda vez, ahora para reprimir a la Junta de Cundinamarca, con la
cual subsistían los desacuerdos. Derrotó al General Alvarez,
disolvió esa Junta y unió los ejércitos bajo la perspectiva de
expulsar de Santa Marta a los realistas, que fue la decisión y
responsabilidad que recibiera del
Congreso.
A tal fin se dirigió, con cerca de tres mil hombres, sin armas y
casi sin municiones, hasta Cartagena, en donde no recibió apoyo de
su gobernador Castillo, quien no quiso entregarle los pertrechos
necesarios, por ser éste oriundo de Caracas, así que Bolívar no
pudo hacer nada.
Este último pensaba hacer uso de las atribuciones que le
otorgara el Congreso, cuando hizo su aparición el General Morillo.
Este traía una fuerza muy superior, con lo que puso fin a todas las
desavenencias de los patriotas. Bolívar se vio obligado a dejar el
país y escapar a Jamaica, no sin antes entregar el mando de las
tropas a Castillo para que este procediera a la defensa de
Cartagena.
El nuevo general español era enviado por Fernando VII, quien,
como consecuencia del triunfo aliado, logró en 1814 quedar en
libertad y volver a sentarse en el trono. Tenía puestas sus
esperanzas en que bastaría una Constitución en la que otorgara a
las colonias iguales derechos que a los españoles. Pero la realidad
era que solo quería hacerles alimentar ilusiones, ya que, en
estricta verdad, no tenía intención de aplicar esta norma sino que,
por el contrario, se dedicó a obtener la sumisión incondicional de
los colonos. Esto parecía un premio a la lealtad demostrada durante
el cautiverio del rey. Fernando VII les regalaba un decreto que
prometía el olvido de todo lo ocurrido en su tiempo de ausencia, y
noblemente ofrecía a los patriotas que se colocaran las cadenas que
a fuerza de tanta lucha se estaban quitando. Al ver que la
respuesta no era la esperada, decidió usar otros métodos. De ahí el
envío de Morillo al frente de diez mil hombres. Así haría valer sus
derecho al otro lado del océano.
Cartagena resistió heroicamente durante cuatro meses, pero
finalmente tuvo que rendirse. El avance del general triunfador
siguió por Nueva Granada, sin que existiera fuerza capaz de
resistirle. La huella de la furia de este español era fácil de
seguir; para ello solo bastaba recorrer los rastros de la
destrucción que indicaban su paso.
Cada criollo conocido por alguna habilidad o por sus
conocimientos fue perseguido y fusilado al instante. El propio
general se jactaba en sus informes al rey de que no dejarla, en
toda la Nueva Granada, un solo sospechoso con vida y acompañaba la
promesa de actuar según el espíritu de los españoles
conquistadores.
La guerra que llevaba adelante España era tan cruel y
sanguinaria que resultaba comparable a la desatada por los turcos
en Grecia. Morillo no necesitaba ser musulmán para emular a Ibrahim
Pachá.
Pero Bolívar no estaba inactivo en las Antillas. Después de
lograr escapar al ansia de un asesino a sueldo de los españoles,
recibió en Santo Domingo el apoyo de Boyer, presidente de esa
nación, y pasó luego a Curazao, donde encontró a Brion, quien le
entregó dinero y una pequeña escuadra. Reunió después una cantidad
importante de emigrados, en la isla Margarita, que le fuera
arrebatada a los españoles por un jefe patriota de apellido
Arismendi. Reclutó a más gente y se dirigió hacia la costa
venezolana, tocando tierra firme en Cumaná. De nuevo encontró
problemas y al ser atacado por Morales, se vio obligado a
embarcarse en dirección a las islas.
Bolívar permaneció un tiempo en Santo Domingo. Allí consiguió
nuevas fuerzas y retornó a su tierra por tercera vez. Llevaba el
propósito de no abandonarla mientras existiera un solo invasor en
ella. Tuvo una corta estada en Barcelona; atravesó los llanos entre
la Costa y el río Orinoco y ocupó a Angostura, la ciudad más
importante del sector y capital de la provincia española de
Guayana. Allí estableció el nuevo gobierno, en espera de que
condiciones más favorables le permitieran trasladarlo al punto
central de la futura república.
Al ocupar esta ciudad quedó en condiciones de abrir una ruta
utilizando las aguas del Orinoco, que le pondría en comunicación
con Europa y especialmente con Inglaterra. Esto tuvo una vital
importancia, pues comenzó a recibir gran cantidad de refuerzos,
tanto de oficiales como de soldados y utensilios. Pronto, para
evitar las especulaciones se inició el envío de
patriotas.
Parecía que la planta de la libertad estaba echando sus raíces
en Venezuela. Pero la verdad era que Morillo continuaba haciendo
estragos en Nueva Granada, aunque muy pronto le llamaría la
atención la serie de triunfos que Bolívar y sus tropas alcanzaban.
Entonces se decidió a actuar. Dejó hombres en Cartagena, Santa
Marta y Bogotá, en la última de las cuales se instaló nuevamente un
Virrey, Sámano; marchó hacia Caracas, y tras reunirse con un
refuerzo español de mil seiscientos nuevos hombres, partió a atacar
a Bolívar.
Se encontraron a comienzos de 1817. Entre estos generales se
desarrolló un estilo de guerra complicado y destructor. Durante
dieciocho meses el transcurso de las batallas fue
cambiante.
Finalmente las tropas patriotas se cansaron de este verdadero
sacrificio de vidas y decidieron una marcha, hasta ese entonces
considerada imposible de efectuar. Se trataba de atravesar la
cordillera del este, que separa a Venezuela de Nueva Granada, y
caer sorpresivamente sobre las tropas españolas que allí se
encontraban, para continuar abriéndose paso hacia la
capital.
Con tal idea en la cabeza, Bolívar dejó que Morillo se encargara
de los movimientos de Páez, el general patriota, quien serviría de
distracción al hispano, mientras que el grueso de las fuerzas
marchaba con Bolívar lejos de ese escenario. Este se unió con
Santander en Tame y después de trasmontar la cordillera cortaron la
senda al otro lado de la provincia de
Tunja.
Tras un recorrido de dos meses y con unas tropas muy cansadas,
llegaron éstas al pie de los cerros y empezaron su ascensión, la
que se veía entorpecida por las lluvias constantes que aumentaban
los torrentes. Las aguas por donde debían pasar en varias ocasiones
arrastraron a soldados y mulas.
El tiempo se confabulaba contra las intenciones libertarias,
causaba daño a las armas y las municiones; la lluvia y la nieve
impedían a los hombres dar reposo a sus cansados cuerpos. No
encontraban el reparador fuego que les permitiera cocinar sus
alimentos ni secar sus ropas. Pero la llama seguía alta y un
ejército fogueado en duras pruebas —aunque bastante
diezmado— alcanzó la cumbre, gozando de la inolvidable vista
que las aguas del Gallinazo le ofrecían a los pies de las alturas,
allá en Tunja. Este fue el lugar que permitió descansar a un
agotado ejército que marchaba en dirección a Bogotá. Dos días
bastaron para que la marcha prosiguiera.
Las tropas no alcanzaron a avanzar mucho cuando se encontraron
con las fuerzas del Virrey, avisadas de la increíble marcha que
aquellas realizaran en las alturas andinas. El 25 de julio fue
sobrepasada la vanguardia que dirigía el coronel Barreiro, en
Vargas, y con fuerza incontenible siguieron hasta
Boyacá.
Los patriotas, bajo las órdenes de Bolívar, obtuvieron, el 7 de
agosto, una de las victorias más grandes y decisivas. Casi todo el
ejército español cayó en la batalla o fue tomado prisionero. Ningún
realista con armas se interpuso en el camino del ejército
victorioso hasta Bogotá. Entonces, con excepción de Cartagena y
Santa Marta, no quedaban fuerzas realistas en el territorio de
Nueva Granada.
En los encuentros reseñados así como en las batallas libradas en
las playas del Orinoco, las tropas patriotas estuvieron reforzadas
por un cuerpo de ingleses que, bajo el nombre de Batallón de
Albión, ayudó en gran medida al triunfo. Bolívar estaba tan
contento con sus cualidades que después de Boyacá les distinguió
con grados de generales y honró a todo el batallón con la Orden de
los Libertadores, la más grande muestra de honor en el país. Por lo
demás, fue un cuerpo que se ganó el respeto de todos, que se inició
con la travesía de la cordillera, donde bregó como uno más sin
desfallecer. Poco después tendrían de nuevo la oportunidad de
mostrar sus virtudes y complacer a Bolívar. Al año siguiente ellos
fueron quienes iniciaron la batalla de Carabobo, en la cual
perdieron la mitad de sus fuerzas, contando entre estas a su
valiente jefe el Coronel Ferrier.
En 1820 se preparó una expedición para liberar a la ciudad y
provincia de Santa Marta. Con este fin se envió un destacamento que
se uniría al recién llegado cuerpo del coronel Montilla, quien
estaba en Sabanilla. Luego se les juntó el almirante Brion,
procediendo a instalarse en Barranquilla. Dos batallones se
colocaron bajo el mando del coronel Carreño, los mismos que poco
antes habían aniquilado al cuerpo español enviado desde Ciénaga.
Una rara escuadra, compuesta de pequeñas embarcaciones equipadas
con un cañón de calibre menor, se envió por el archipiélago de
Cuatro Bocas, realizándose un ataque conjunto por mar y tierra.
Santa Marta, tomada sorpresivamente y con mucha fuerza, se
rindió.
Esto permitió a los patriotas alcanzar una posición fija en la
costa, además de abrirles las compuertas de una excelente
comunicación con las islas del Caribe.
En 1820 se firmó un armisticio entre Bolívar y Morillo, tras el
cual el general español se marchó a su tierra dejando el mando de
las tropas a Latorre y Morales. El Libertador consideró que ese
pacto no le favorecía y lo rompió, disponiéndose luego a librar la
batalla definitiva: la de Carabobo, en la que los realistas, si
bien mayores en número, sufrieron una derrota estruendosa. Los
sobrevivientes casi no alcanzaron a encerrarse en Puerto Cabello,
ciudad que era la única que España mantenía en todo el territorio.
Los patriotas en seguida ocuparon la
zona.
En octubre del mismo año fue tomada Cartagena, operación en la
cual cupo papel importante al coronel Padilla, quien con sus
pequeños cañones seguía cooperando al éxito de los
patriotas.
Era así como las fuerzas hispanas solo ocupaban a Puerto
Cabello, en toda la extensión comprendida entre el límite de Méjico
y la boca del río Orinoco. Pero aún mantenían sus pies firmes en el
Perú, por lo que Bolívar envió un destacamento para reforzar al
general Sucre, quien allí conseguía algunos
éxitos.
La batalla de Pichincha, en 1822, dio a los patriotas —hoy
llamados colombianos— el temible dominio sobre todo el
territorio que se cobijaba bajo el nombre de Nueva
Granada.
Morales, con la ayuda de algunos refuerzos, consiguió iniciar
una nueva ofensiva. Para ello se afirmó en Puerto Rico y Cuba y
desembarcando con cerca de quinientos hombres logró, ayudado por la
inexperiencia del encargado militar, tomar la ciudad y su
fortaleza. Con esto alcanzó una posición que le permitía marchar a
Caracas, Bogotá y Santa Marta. Morales no demostró mayor interés en
abandonar sus posiciones, no en vano era el militar más capaz de
España y el enemigo más peligroso de Colombia. Durante un año
mantuvo la situación y habría seguido mayor tiempo si hubiera
recibido apoyo de su patria y aprovechado la ausencia de Bolívar
que se encontraba luchando en el Perú.
Nuevamente los laureles históricos le fueron favorables al
intrépido y sagaz coronel Padilla, quien, con una reducida escuadra
de pequeños barcos de guerra y sus ya famosos cañones de pequeño
calibre, logró vencer a la flotilla de Morales, consistente en
treinta embarcaciones de pequeño calado.
En este combate naval los colombianos se colocaron a la altura
de sus mayores éxitos. Padilla destruyó la flota española y Morales
viose obligado a capitular en Maracaibo, con la sola condición de
que le dejaran libre, se embarcara a España y jamás volviera a
servir en contra de Colombia.
Con esto se comprobó la importancia vital que Puerto Cabello
tenía para los españoles y la seguridad colombiana, por lo que se
decidió ocupar esa fortaleza. El asalto tuvo tal fuerza que el 10
de noviembre de 1823 capituló la ciudadela de la guarnición,
perdiendo así los españoles el último punto de apoyo que les
quedaba en este país. Hablan pasado trece años de feroz, sangrienta
y heroica lucha libertaria.