INDICE





INTRODUCCIÓN

VIAJE POR COLOMBIA

PRIMERA PARTE
Capítulo I - El embarque
Capítulo II - Cartagena
Capítulo III - Santa Marta
Capítulo IV - Viaje de Santa Marta a Cartagena
Capítulo V - Cartagena
Capítulo VI - Viaje de Cartagena a Mompós
Capítulo VII - Mompós
Capítulo VIII - Viaje por el Magdalena
Capítulo IX - Viaje por el alto Magdalena
Capítulo X - Viaje por el alto Magdalena y el río Nare

SEGUNDA PARTE
Capítulo XI - Viaje por los Andes
Capítulo XII - Viaje a través de la provincia de Antioquia
Capítulo XIII - Medellín
Capítulo XIV - Viaje desde Medellín a Bogotá
Capítulo XV - Bogotá
Capítulo XVI - Colombia antes de su emancipación
Capítulo XVII - La República de Colombia
Capítulo XVIII - Los habitantes y la población de Colombia
Capítulo XIX - Visitando el Salto de Tequendama
Capítulo XX - Viaje de vuelta a la costa
CAPITULO XVI |  |

 

COLOMBIA ANTES DE SU EMANCIPACION |
 

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Esta parte de la región sur de América era anteriormente conocida como Venezuela y Nueva Granada, donde se encontraban los primeros territorios conocidos por el Viejo Mundo y que visitó Colón en su tercer viaje a estos lugares. Alrededor de los comienzos del siglo dieciséis es cuando podemos iniciar un mayor reconocimiento de ellos, ya que empieza su conquista y colonización. 

En 1536 arriba el español Quesada con setecientos hombres a la Costa colombiana, un trecho antes de alcanzar la boca del Magdalena. Este conquistador viene hasta aquí por las informaciones que tiene de llegar a un territorio rico y poderoso. Sigue la ruta del río y tras increíbles esfuerzos y tormentos, finalmente alcanza al año siguiente, con un ejército diezmado, la sabana de Bogotá, donde se encuentra con los muiscas, quienes se distinguen por su avanzada civilización, para esa época, y son reprimidos sin consideraciones. 

Tal victoria es asegurada aún más por las tropas de Benalcázar, quien llegó desde Quito, pasó los Andes y el Magdalena para alcanzar esta meta, Bogotá, que debe su nombre al ingenio de uno de los conductores de la tribu muisca. 

Gran parte del oeste del país de Nueva Granada fue conquistada a represión abierta. Los intentos no iban a detenerse acá y es así como se inician los proyectos de colonizar las costas y el territorio de Venezuela. 

La tarea para los españoles no resultó tan complicada en las otras tierras, ya que su población no presentó gran problema, por lo menos no tanto como sus vecinos. De allí que al gobierno español le resultara fácil entregar esas tierras a una colonia de comerciantes alemanes, quienes a cambio de una gran cantidad de dinero consiguieron ganar la hipoteca de esa nación. Poco a poco el dominio sobre esas tierras se extendió hasta que llegaron a formar dos países diferentes: el Virreinato de Nueva Granada y la Capitanía General de Caracas. Generalmente se la nombraba de este modo; correspondía a Venezuela. 

El pueblo nativo era valiente, por eso la ocupación no podía pasar inadvertida y los españoles se dieron a la tarea de reprimir encarnizadamente al país invadido. El derramamiento de la sangre indígena no fue poco. El motivo central era el ansia de la riqueza del oro que traía el conquistador; tanto era así, que consideraba a estos terrenos expropiados como botín de guerra tomado a un enemigo que debía pagar la osadía de sus constantes revueltas. Esto daba rienda libre para todo tipo de tropelías: solo importaba la riqueza que se podía obtener. 

Pronto encontraron factible la posibilidad de traer hasta el país esclavos negros africanos, que podían soportar de mejor manera el trato de explotación inhumana que recibían los nativos en el campo y en el trabajo de las minas. De este modo se introduce un elemento nuevo en las costumbres propias del país: el color y la lengua. Es así como puede verse un cuadro escénico con la representación de casi todos los colores de razas, sobre la superficie de este territorio. Se mezclaban las costumbres de América, Europa y Africa bajo un solo gobierno, ley y religión y se daba a conocer un idioma único, el español. Pudiera decirse que los españoles no solamente constituyeron colonias sino conformaron un nuevo Estado con nueva raza. 

En otras épocas estas conquistas eran organizadas y dirigidas con una verdadera política colonial, pero el sentido dado por la madre patria era muy diferente y su furia por los habitantes de los lugares conquistados no tiene —con mucha seguridad— pares en la historia. Su única equivalencia podría estar en la Inquisición, fenómeno perteneciente a la misma nación. 

El sentido de monopolio y extracción de las riquezas de estos pueblos se hacía sin la menor consideración con los países afectados. Las ganancias eran arrastradas hacia España y jamás se otorgaba algún bienestar a las provincias; solo tenía valor el mantenimiento de esta situación y la dependencia de España, que se basaba en el sometimiento y la ignorancia en que se tenía a las colonias y en su desconocimiento del resto del mundo. 

En relación con esa política de monopolios se instauró un comercio exclusivo con la patria de los conquistadores, la cual se reservaba el derecho de proveer a las colonias de mercaderías y productos manufacturados europeos. Es decir, España era un tutor ávido de ganancias y exclusivamente por sus manos debían pasar todas las necesidades del pupilo, sin dejarle a éste la posibilidad ni la responsabilidad; lo que mejor le pareciera, según sus propios intereses. Para ellos era acertado, además, asumir esas posibilidades de sus naciones vecinas, con lo cual se hacían cargo de las jugosas comisiones que les reportaba tal estilo de comercio.

Por otra parte, el dominio español imponía prohibiciones aberrantes, como la de sembrar los productos primarios de esta América, que habrían podido satisfacer algunas necesidades a España. La afición de los criollos por el vino, el aceite, etc., debió postergarse ante esas prohibiciones, que llegaban en muchos casos a impedir el cuidado y provecho de los productos que la misma naturaleza se encargaba de colocar al servicio del hombre. La razón, no cabe duda, era una sola: mantener la costumbre de la dependencia de los colonos hacia la corona.

No deben sorprender entonces algunos claros ejemplos. En Méjico no se permitía el desarrollo de la industria o la agricultura; lo importante era extraer el metal de valor: la plata. En Nueva Granada no eran las minas de plata las que debían explotarse, sino las de oro. Para Cuba se dejaba la siembra de tabaco y solo en las cantidades necesarias para su comercio, pues los excedentes para el consumo personal no eran permitidos. Otra de las arbitrarias prerrogativas que se reservaba el dominador. 

En pocas palabras y más gráficamente, España trataba a sus colonias americanas del mismo modo que un relojero a sus trabajadores. En una gran fábrica existen operarios dedicados a hacer los resortes, otros las cadenas, un tercero fabrica ruedecillas. Así, la cadena sigue sin que nadie llegue a hacer un reloj entero. El dueño se asegura de que no tendrá que sufrir las consecuencias de la dependencia de algún operario y, mucho menos, del maestro mismo. 

El problema mayor estaba en conseguir aislar a las colonias del resto del mundo. Los esfuerzos que debían realizarse eran mayúsculos, ya que no se trataba exclusivamente de evitar el crecimiento de unas pocas plantas, sino de erradicar y destruir para las ciencias el avance de una parte del mundo. España pretendía detener la información impidiendo, incluso, que a los territorios conquistados tuvieran ingreso forasteros. El único que podía permitir la entrada a un extraño —léase no español, ni conquistador— era el gobierno. Los viajes solo eran autorizados en determinadas provincias, y que un criollo quisiera viajar al extranjero era punto menos que imposible. 

Dentro de la dominación jugaba un papel de protagonista el clero. Este se encargaba de sembrar entre los nativos e indígenas todo lo contrario de lo que era su ministerio. Antes que entregar la luz y el descanso espiritual se dedicaba a dar ignorancia y oscuridad a través de ese poder inquisitorio, en el cual se encontraba entrometida la mano del gobierno. Las acciones o los actos de fe eran muy poco vistos; en ningún caso extendían la educación a la formación científica, a los idiomas, la geografía, y eran muy escasas las enseñanzas de estadística, política, etc. 

La consecuencia inmediata de ello era que todos los libros que dedicaban sus páginas a tratar estos temas estaban terminantemente prohibidos. A dichas obras se las consideraba del mismo modo que nosotros a un billete falsificado: nulo. 

Otra prohibición absurda era la concerniente a la confección de mapas y anotaciones geográficas. A todo el que fuera sorprendido pasando una nota de tal estilo a los vecinos de su comarca, se le buscaba el modo de que perdiera esos deseos, o podía seguirlo haciendo pero dibujando en las paredes de la cárcel. Y si esto ocurría con algún extranjero, o si, por uno u otro motivo, llegaba este a las costas de la colonia, su suerte estaba decidida. Si no le daban muerte en seguida, era por el miedo al qué dirán de la nación a la que pertenecía; pero nada le escapaba de la suerte de pasar el resto de su vida en la cárcel, pagando la osadía de pisar las santas tierras de la corona española. 

Para ello no se consideraban los casos de naufragio, falta de agua o todos aquellos estimados como accidentes, que obligan al marino a buscar una costa o puerto fuera del destinado en la ruta y que le permitieran superar sus problemas. La ley del lugar era una sola, inamovible e inalterable. Todos sabían que era un crimen y un desacato acercarse a estas costas; los hispanos hubieran deseado proteger este mar con una niebla tan gruesa que solo resultara penetrable para sus galeones. 

Situado el asunto en tal terreno, las conquistas que efectuaban en el continente no eran muy distintas de las que mantienen los bandidos en sus escondrijos. Ni siquiera había la posibilidad de que un viajero extraviado pudiera retornar con vida a sus tierras para narrar lo visto y vivido. 

Fue de este modo como España conservó un dominio y dirección de esta colonia por casi trescientos años, que terminaron con la lucha de la Independencia. Estas situaciones prolongadas aquí por tanto tiempo hacen que uno llegue a extrañarse de que no se hubiera llevado a cabo una revolución con mucha más anticipación. Tal vez la única explicación se encuentre en la lejanía de Europa, por el problema de sus influencias, el pequeño volumen de la población con respecto a la extensión de los territorios, la impresionante cantidad de sacerdotes, cuyos intereses no contemplaban los cambios, el carácter parsimonioso y gentil de los nativos, y por sobre todo, el clima. 

Es indudable que el clima caliente y la existencia de tierras tan fértiles desatan en el individuo despreocupación y negligencia que, unidas a la poca necesidad de realizar actividades, llevan a vivir solo del eterno sueño de las cosas nuevas y mejores sin que se levante un dedo por hacerlas realidad. 

Frente a tamaño cuadro es innegable que se necesitaba un cambio y la gran debilidad que padecía la corona ayudó a que la situación germinara. Es posible que con mejor dirección España hubiera mantenido su dominio. Para lograr clarificar esto conviene analizar una época de la historia observando el desarrollo de ambos países, desde el descubrimiento del último y la germinación de la primera semilla revolucionaria que fue causa de las raíces independentistas. 

Al momento de conquistar a América, España podía mostrarla como el punto culminante de su desarrollo como Estado, de su madurez política. En ese instante era considerada la nación más poderosa de Europa, gracias a su armada y ejército, y el país más rico, por su desarrollo económico. Con raras excepciones de competencia, era también España el país manufacturero de Europa. El desarrollo y grandeza de su economía pueden verse demostrados en el hecho de que fue capaz de afrontar la inmensa construcción colonial del Nuevo Mundo, que a los cincuenta almanaques de iniciada estaba cimentada en sus bases principales. 

Su economía le permitió tener durante casi un siglo, como preocupación fundamental, todos sus intereses dedicados a levantar sus grandes ocupaciones: las colonias. Para ello era preciso atender a la recién descubierta América con la exquisitez que sus futuras riquezas le retribuirían. 

No era difícil imaginar el gran impulso que significaría para España esta actividad, ya que así como el gobierno real aumentaba en poder y renombre, la proporción de sus valores en la producción de las minas de oro y plata, extraídos del Nuevo Mundo, le prolongarían su autoridad y existencia. 

Históricamente no ocurrió ninguno de los objetivos perseguidos. Al pasar un siglo de dominación, España dio al mundo un claro ejemplo de lo que la riqueza puede afectar a un Estado cuando no se comparten los sabores del triunfo en partes iguales. 

No se invirtieron bien tantas ganancias, no se estimuló al ritmo necesario la instalación de la industria, los modos de vivir variaron y no dio al conjunto de la población un bienestar que fuera provechoso para la convivencia interna. Todo se usaba para las maquinaciones políticas y las satisfacciones de interés personal. 

Las masas trabajadoras veían con poca simpatía a sus compatriotas que regresaban a la patria cargados de riqueza de fácil obtención, a lo que se agregaba el descontento que les producían sus escuálidos ingresos, con lo cual se aumentaban sus ansias de marchar hacia aquellas tierras que tanto bienestar podían traerles y donde tan velozmente se alcanzaba la riqueza. 

La debilidad de la corona comenzaba por aquel entonces, especialmente bajo el reinado de Carlos V, ya que movidos los españoles por una insuperable idea de grandeza y una inexhausta tesorería comenzaron a entremeterse en todos los asuntos políticos de Europa, costeando costosas guerras que empezaron a menguar los tesoros y la población. 

Colmando los desaciertos, se dio el golpe de gracia, a la alicaída industria manufacturera española. Felipe III expidió un edicto por el cual dispuso la expulsión de más de un millón de inmigrantes, comerciantes e industriales. De este modo todo el esfuerzo creativo del país quedó en mal pie y España se vio obligada a contratar y comprar las manufacturas en otros países, quedando convertida en un mero agente comercial. 

Por sus manos pasaban las riquezas del Nuevo Mundo y con estas pagaba la industria de ufanos competidores, que debían ser mantenidos a todo precio. Incluso su armada, que le había permitido ser el único agente con sus colonias, debió soportar la presencia competitiva de otras naciones, tanto más peligrosas cuanto que ahora contaban con el apoyo de las propias colonias. 

Por otro lado ya se había iniciado la composición de una clase social propia de las colonias. Los criollos eran producto de la mezcla de pacíficos indígenas, esclavos negros y algunos españoles provenientes de las primeras familias de colonizadores, que entonces eran considerados los habitantes de mayor nobleza del país y tenían la oculta intención de ser mirados de igual modo en su tierra materna, con lo cual no quedaban exentos de los beneficios y cargos otorgados en ésta. 

Estos criollos, sin embargo, demostraban recelo frente a la política de su gobierno, pues preveían que solo llevaría a la formación de una clase aristocrática nacional, lo cual constituía una aventura para las pretensiones de su país. Con el transcurso del tiempo se daban cuenta de que perdían las ilusiones de alcanzar reputación y que la lista de los meritorios era lo suficientemente larga para que la “Corte de Madrid” nunca les tomara en cuenta. 

Este tipo de relación mellaba a la larga el sueño por sus propias ideas —las de la corona— y como ya la colonia que habían logrado conformar era una verdadera reunión de razas y necesidades, su inserción con el medio era la garantía de su propia existencia. Fue así como cualquier mal trato que recibían despertaba en ellos la idea de la rebelión, convirtiéndose en los mejores defensores de la colonia oprimida. Para esto ayudaban sus mejores conocimientos de la política, y aunque el largo trabajo del clero rendía sus frutos y adormecía los ideales, tenía que llegar el momento en que la situación cambiara. Si bien es verdad que el gobierno podía evitar el ingreso de productos extranjeros, no había razón para que este despotismo simple bastara para dejar fuera del escenario las más finas partículas de luz intelectual y libertaria. 

El conocimiento del peso ejercido por España sobre las colonias y sobre la balanza de la política mundial jamás tuvo reales efectos en el criollo, más aún cuando su patria ya no podía sostener el papel de poder excesivo sobre las colonias de la América Latina. 

El peso hegemónico de España había comenzado a perder su fuerza debido a la debilidad política e industrial que mostraba y a su dependencia manufacturera de otras naciones. A ello se unió el hecho de que la armada ya no era la poderosa de antaño y las colonias pronto establecieron comercio clandestino con otras naciones, especialmente en la zona del Caribe, que debido a la inteligencia y valentía con que emprendían esas acciones, enfrentándose a los guardacostas españoles, no encontraba parangón en el mundo. Más aún, ya eran capaces de realizar el lucrativo negocio del mercado de esclavos entre Africa y las Antillas. 

Por supuesto que para todos estos negocios se contó con la complicidad de los colonos y una unión de tal naturaleza no debía ser muy saludable para sus loables ideales. 

España recibió el golpe más duro cuando la guerra entre ella e Inglaterra cortó las comunicaciones con las colonias, al tiempo que la obligó a defender sus puertos y los de las colonias contra los ataques ingleses. La situación no resultó en beneficio de los hispanos, ya que se ofreció a las colonias la ocasión de comprobar la verdadera capacidad de sus fuerzas. Fue así como del conocimiento saltaron al convencimiento y a la necesidad de la unidad para combatir al enemigo común externo. Esa convicción les llevaría a protegerse contra el despotismo interno que les acosaba. 

Por supuesto que todas las anotaciones anteriores son de carácter general y, en mayor o menor medida, aplicables a los diversos países sometidos al dominio español y que se liberaron para edificar sus propios gobiernos independientes, sobre las ruinas del poder hispano en América. El asunto es que para el conocimiento más completo del ejemplo que ahora tenemos a la mano, Colombia, seguiremos la evolución en el plano político. 

Ya hacia fines del siglo pasado comenzaban los primeros brotes de rebelión, tanto en Venezuela como en Nueva Granada, ocasionados en su gran mayoría por el descontento que provocaban las medidas comerciales y las insoportables tarifas arancelarias impuestas a las colonias. Existía una medida que se distinguía sobre todas, la alcabala, consistente en un derecho, para el gobierno, del cinco por ciento del valor de cada propiedad, que se originaba en la venta de ella y su posterior cambio de dueño.

Pero aún el gobierno era fuerte y lograba sofocar rápidamente tales brotes de insurrección. Con las noticias de la Revolución Francesa empezaron a agitarse en Bogotá las manifestaciones liberales. Ante tal avance estas alcanzaban mayor seriedad. Hacia 1808 la noticia de la prisión de Fernando VII desató toda una reacción de los revolucionarios que proclamaban los derechos del rey por sobre los del designado José Bonaparte. Se colocaban los intereses de España sobre los de Francia, siempre y cuando que ésta reconociera la independencia de sus colonias, lo que se logró pese a la rigidez de las Cortes. 

España ya no solo estaba en guerra contra Inglaterra sino también contra Francia, por lo que se planteó la necesidad de la conformación de las Juntas de Gobierno. Al conocerse la prisión de Fernando VII se formó en Caracas un Congreso que entregó la comentada petición a las Cortes. 

La respuesta que éstas dieron fue tan extraña como dura y errada: que las colonias debían ser pasivas y en todo seguir el destino de la madre patria, cualquiera que este fuera. Tal respuesta y el descontento generado a raíz del bloqueo de la costa de Caracas, declarado por las Cortes, motivaron sentimientos que llevarían a plantearse la separación definitiva de la tutela hispana. El primer acto de insurrección ocurrió en Caracas en julio de 1810, mediante la proclama a todo el mundo del modo como España recibía la oferta de las colonias, ayuda frente al enemigo común, y la instalación de un gobierno libre y soberano bajo el nombre de Provincias Confederadas de Venezuela.

Por ese entonces hizo su ingreso efectivo a la historia un criollo caraqueño, Francisco Miranda, quien durante bastante tiempo había tratado de servir a su patria. Ya antes de la Revolución Francesa recurrió a la ayuda del gobierno inglés, luego a la de los norteamericanos y los franceses, siempre solicitando apoyo para arrojar el yugo español que oprimía sus tierras. 

Inglaterra, al principio, escuchó con atención las peticiones de este luchador, pero después de la firma de la paz con España no siguió haciéndolo, ya que el objetivo de Europa era evitar el ejemplo de la Revolución Francesa e impedir la formación de nuevos países de ese tipo. Los Estados Unidos eludieron el compromiso a través de las disposiciones de su Constitución que impedían el uso de la fuerza a no ser que estuviera en peligro la defensa del país. La Convención Nacional francesa, que tenía mucho interés en sembrar en Sur América el árbol jacobino de la revolución, ofreció a Miranda el mando de una expedición con tal fin, pero éste no acogió el proyecto, pues debió haber sospechado que una revolución a la francesa no beneficiaría a su patria, quedando postergada la empresa hasta una mejor oportunidad. 

Con la formación de la Confederación de Provincias, Miranda aprovechó la coyuntura de desplazarse hasta Caracas para dirigir el ejército rebelde en contra de Monteverde, quien se vio obligado a retirarse a Maracaibo. Lamentablemente las fuerzas patriotas tuvieron que soportar el terremoto de 1812, que en el lapso de unos minutos destruyó la mayor parte de Caracas y causó la muerte a dos mil de sus habitantes. 

Este drama fue utilizado en contra de los independentistas, y para ello el clero se encargó de hacer una buena comedia, señalando que la causa del desastre era la desobediencia al rey y a la corona. Estas eran palabras dirigidas hacia Monteverde, con las cuales, veladamente, se le daba carta blanca para que marchara sobre Caracas. Los españoles lograron varias victorias, lo que hizo que Miranda tuviera que decidir el retiro de sus tropas. 

Estas últimas habían sufrido un grave deterioro con el terremoto; tanto, que uno de los mejores batallones de Miranda encontró la muerte en el derrumbe de un sitio donde se albergaba. Por ello se vio en la obligación de firmar una capitulación, en la que se hizo constar que nadie sería perseguido por sus ideas y que cualquiera podría abandonar el país si así lo deseare. Por supuesto, los españoles no cumplieron el pacto, basados en su teoría de que no negociaban con los rebeldes, de manera que apresaron a Miranda cuando se disponía a partir a Europa. Lo mantuvieron en La Guaira y posteriormente lo enviaron a Cádiz, donde, en una cárcel, este valiente hombre terminó la actividad de sus días. Sin embargo, dejó el legado y un digno sucesor, Simón Bolívar, coronel del ejército, quien logró escapar hacia Curazao. 

Tales acontecimientos, si bien era cierto que aminoraban la suerte de la independencia, no conseguían apagar su llama. Bastó que los sentidos se recuperaran de la catástrofe de la naturaleza para que volviera el ímpetu, aun cuando el territorio seguía ocupado por las tropas invasoras. 

En 1813 el general patriota Nariño formó una fuerza en Cumaná, la que estaba en condiciones de enfrentar a las realistas, y con el retorno de Bolívar, a quien le había sido entregado el mando de los ejércitos de Nueva Granada, seguidora del ejemplo de Venezuela, y la marcha de esas tropas desde Cartagena a Mompós se desataron ofensivas contra los españoles. El primer encuentro con éstos ocurrió en Cúcuta, en el cual los patriotas alcanzaron el triunfo y la marcha creció en número y en intenciones. Bolívar se consideró lo suficientemente fuerte como para buscar el encuentro con Monteverde, en Valencia. La victoria lograda obligó al general español a retirar sus tropas y encerrarse en Puerto Cabello. La capital estaba abierta para los patriotas. En agosto de 1813 Bolívar se presentó en Caracas. 

La campaña había tenido una duración de casi un año. Las divisiones de los americanos fueron comandadas por Bolívar, Nariño, Páez, Bermúdez y Urdaneta. Las tropas realistas tuvieron como jefes a Monteverde, Morales, Cajegal, Boyes y Rosette. La guerra empezó a mostrar sus cambios y después del anterior triunfo patriota comenzaron los avances de los realistas. 

En Caracas Bolívar renunció al mando de las tropas que le confiara el congreso de Nueva Granada, pero en enero de 1814 se formó una dirección militar cuyo mando le fue dado a él, lo cual debe comprenderse porque la situación misma determinaba la existencia de tal tipo de gobierno. 

La racha triunfal y los logros alcanzados no lograron ser mantenidos durante mucho tiempo, pues Bolívar fue derrotado en dos ocasiones por el general Boves, en La Puerta y Arigüita, y obligado a dejar a Caracas y embarcarse para Cartagena. 

Lo espeluznante aparece en esta etapa de la reconquista, en que las crueldades cometidas se repartieron en forma equitativa. El solo mencionarlo hace temblar a la humanidad. La responsabilidad, fuera de toda duda, corresponde a los españoles, que desataron el horror de la guerra. Por lo tanto, esperar que no existieran represalias, era una utopía. Fue así como la contienda resultó una verdadera barbarie digna de las épocas más oscuras y primitivas de la humanidad. 

En la lucha no se daban cuartel y los prisioneros que se hacían en cada retirada eran masacrados en el acto o llevados al cuartel general donde se les asesinaba en masa. Parecía que esta guerra quería erradicar del léxico la palabra “prisioneros”. 

No eran éstos los únicos desafortunados, pues también se extendía a las personas que pensaban de un modo diferente a la de la política imperante en el gobierno. Cuando se reunieron gran cantidad de ellos en las cárceles se emuló a la Revolución Francesa: se les mató. 

Entre esas “hazañas” pueden mencionarse la de Monteverde, que ordenó matar al Coronel Briceño junto con siete oficiales de Bolívar, y la masacre que hicieron las tropas realistas en Barinas. Bolívar encontró una buena manera de vengarse y ordenó el fusilamiento de los prisioneros que se mantenían en Caracas y La Guaira; de este modo fueron ejecutados más de ochocientos infelices españoles. 

Después de la ocupación de Puerto Bellota, lugar donde Monteverde debió defenderse, se implantó la práctica, aceptada por ambos bandos, de colocar a sus respectivos prisioneros en los primeros lugares de combate: así, recibían el fuego graneado de las balas de sus propios compañeros. Eran los conejitos de indias de la táctica enemiga. 

Después de todos estos acontecimientos Nueva Granada se vio afectada por escisiones. Hacia 1808 se habían formado diferentes Juntas Regionales que empezaron a disputar entre sí. La discusión central se refería al tipo de gobierno que debían acoger; para unos era el federal, para otros el central. El desacuerdo casi les lleva a una guerra interna entre el sector del congreso de Nueva Granada que funcionaba en Tunja y el del sur o Junta de Cundinamarca, cuyas sesiones se celebraban en Bogotá, de donde en 1810 fue expulsado el último virrey español. 

La posibilidad de continuar la guerra resultaba así tan irrisoria como incomprensible. La decisión, afortunadamente, fue alterada debido a que los españoles entraban desde el Perú y los sectores en discordia tuvieron que colocarse a las órdenes del gobierno central hasta cuando quedara en claro cuál sería el tipo de gobierno que más les favorecía y se lograra la destrucción del enemigo, los realistas. 

El joven criollo Antonio Nariño, uno de los más grandes genios político-militares que haya formado la revolución de Suramérica, recibió el mando de las tropas de la coalición y durante un año no solo resistió a los españoles sino que les causó duros reveses, expulsándolos de la provincia de Popayán; pero sufrió una grave derrota en Pasto, región montañosa, y fue tomado prisionero.

Por esta época regresó Bolívar, tras la derrota de Arigüita, usando nuevamente la vía de Cartagena. A su llegada a Tunja el congreso de Nueva Granada le confirió el mando de las tropas, por segunda vez, ahora para reprimir a la Junta de Cundinamarca, con la cual subsistían los desacuerdos. Derrotó al General Alvarez, disolvió esa Junta y unió los ejércitos bajo la perspectiva de expulsar de Santa Marta a los realistas, que fue la decisión y responsabilidad que recibiera del Congreso. 

A tal fin se dirigió, con cerca de tres mil hombres, sin armas y casi sin municiones, hasta Cartagena, en donde no recibió apoyo de su gobernador Castillo, quien no quiso entregarle los pertrechos necesarios, por ser éste oriundo de Caracas, así que Bolívar no pudo hacer nada. 

Este último pensaba hacer uso de las atribuciones que le otorgara el Congreso, cuando hizo su aparición el General Morillo. Este traía una fuerza muy superior, con lo que puso fin a todas las desavenencias de los patriotas. Bolívar se vio obligado a dejar el país y escapar a Jamaica, no sin antes entregar el mando de las tropas a Castillo para que este procediera a la defensa de Cartagena. 

El nuevo general español era enviado por Fernando VII, quien, como consecuencia del triunfo aliado, logró en 1814 quedar en libertad y volver a sentarse en el trono. Tenía puestas sus esperanzas en que bastaría una Constitución en la que otorgara a las colonias iguales derechos que a los españoles. Pero la realidad era que solo quería hacerles alimentar ilusiones, ya que, en estricta verdad, no tenía intención de aplicar esta norma sino que, por el contrario, se dedicó a obtener la sumisión incondicional de los colonos. Esto parecía un premio a la lealtad demostrada durante el cautiverio del rey. Fernando VII les regalaba un decreto que prometía el olvido de todo lo ocurrido en su tiempo de ausencia, y noblemente ofrecía a los patriotas que se colocaran las cadenas que a fuerza de tanta lucha se estaban quitando. Al ver que la respuesta no era la esperada, decidió usar otros métodos. De ahí el envío de Morillo al frente de diez mil hombres. Así haría valer sus derecho al otro lado del océano. 

Cartagena resistió heroicamente durante cuatro meses, pero finalmente tuvo que rendirse. El avance del general triunfador siguió por Nueva Granada, sin que existiera fuerza capaz de resistirle. La huella de la furia de este español era fácil de seguir; para ello solo bastaba recorrer los rastros de la destrucción que indicaban su paso. 

Cada criollo conocido por alguna habilidad o por sus conocimientos fue perseguido y fusilado al instante. El propio general se jactaba en sus informes al rey de que no dejarla, en toda la Nueva Granada, un solo sospechoso con vida y acompañaba la promesa de actuar según el espíritu de los españoles conquistadores. 

La guerra que llevaba adelante España era tan cruel y sanguinaria que resultaba comparable a la desatada por los turcos en Grecia. Morillo no necesitaba ser musulmán para emular a Ibrahim Pachá. 

Pero Bolívar no estaba inactivo en las Antillas. Después de lograr escapar al ansia de un asesino a sueldo de los españoles, recibió en Santo Domingo el apoyo de Boyer, presidente de esa nación, y pasó luego a Curazao, donde encontró a Brion, quien le entregó dinero y una pequeña escuadra. Reunió después una cantidad importante de emigrados, en la isla Margarita, que le fuera arrebatada a los españoles por un jefe patriota de apellido Arismendi. Reclutó a más gente y se dirigió hacia la costa venezolana, tocando tierra firme en Cumaná. De nuevo encontró problemas y al ser atacado por Morales, se vio obligado a embarcarse en dirección a las islas. 

Bolívar permaneció un tiempo en Santo Domingo. Allí consiguió nuevas fuerzas y retornó a su tierra por tercera vez. Llevaba el propósito de no abandonarla mientras existiera un solo invasor en ella. Tuvo una corta estada en Barcelona; atravesó los llanos entre la Costa y el río Orinoco y ocupó a Angostura, la ciudad más importante del sector y capital de la provincia española de Guayana. Allí estableció el nuevo gobierno, en espera de que condiciones más favorables le permitieran trasladarlo al punto central de la futura república. 

Al ocupar esta ciudad quedó en condiciones de abrir una ruta utilizando las aguas del Orinoco, que le pondría en comunicación con Europa y especialmente con Inglaterra. Esto tuvo una vital importancia, pues comenzó a recibir gran cantidad de refuerzos, tanto de oficiales como de soldados y utensilios. Pronto, para evitar las especulaciones se inició el envío de patriotas.

Parecía que la planta de la libertad estaba echando sus raíces en Venezuela. Pero la verdad era que Morillo continuaba haciendo estragos en Nueva Granada, aunque muy pronto le llamaría la atención la serie de triunfos que Bolívar y sus tropas alcanzaban. Entonces se decidió a actuar. Dejó hombres en Cartagena, Santa Marta y Bogotá, en la última de las cuales se instaló nuevamente un Virrey, Sámano; marchó hacia Caracas, y tras reunirse con un refuerzo español de mil seiscientos nuevos hombres, partió a atacar a Bolívar. 

Se encontraron a comienzos de 1817. Entre estos generales se desarrolló un estilo de guerra complicado y destructor. Durante dieciocho meses el transcurso de las batallas fue cambiante. 

Finalmente las tropas patriotas se cansaron de este verdadero sacrificio de vidas y decidieron una marcha, hasta ese entonces considerada imposible de efectuar. Se trataba de atravesar la cordillera del este, que separa a Venezuela de Nueva Granada, y caer sorpresivamente sobre las tropas españolas que allí se encontraban, para continuar abriéndose paso hacia la capital. 

Con tal idea en la cabeza, Bolívar dejó que Morillo se encargara de los movimientos de Páez, el general patriota, quien serviría de distracción al hispano, mientras que el grueso de las fuerzas marchaba con Bolívar lejos de ese escenario. Este se unió con Santander en Tame y después de trasmontar la cordillera cortaron la senda al otro lado de la provincia de Tunja. 

Tras un recorrido de dos meses y con unas tropas muy cansadas, llegaron éstas al pie de los cerros y empezaron su ascensión, la que se veía entorpecida por las lluvias constantes que aumentaban los torrentes. Las aguas por donde debían pasar en varias ocasiones arrastraron a soldados y mulas. 

El tiempo se confabulaba contra las intenciones libertarias, causaba daño a las armas y las municiones; la lluvia y la nieve impedían a los hombres dar reposo a sus cansados cuerpos. No encontraban el reparador fuego que les permitiera cocinar sus alimentos ni secar sus ropas. Pero la llama seguía alta y un ejército fogueado en duras pruebas —aunque bastante diezmado— alcanzó la cumbre, gozando de la inolvidable vista que las aguas del Gallinazo le ofrecían a los pies de las alturas, allá en Tunja. Este fue el lugar que permitió descansar a un agotado ejército que marchaba en dirección a Bogotá. Dos días bastaron para que la marcha prosiguiera. 

Las tropas no alcanzaron a avanzar mucho cuando se encontraron con las fuerzas del Virrey, avisadas de la increíble marcha que aquellas realizaran en las alturas andinas. El 25 de julio fue sobrepasada la vanguardia que dirigía el coronel Barreiro, en Vargas, y con fuerza incontenible siguieron hasta Boyacá. 

Los patriotas, bajo las órdenes de Bolívar, obtuvieron, el 7 de agosto, una de las victorias más grandes y decisivas. Casi todo el ejército español cayó en la batalla o fue tomado prisionero. Ningún realista con armas se interpuso en el camino del ejército victorioso hasta Bogotá. Entonces, con excepción de Cartagena y Santa Marta, no quedaban fuerzas realistas en el territorio de Nueva Granada. 

En los encuentros reseñados así como en las batallas libradas en las playas del Orinoco, las tropas patriotas estuvieron reforzadas por un cuerpo de ingleses que, bajo el nombre de Batallón de Albión, ayudó en gran medida al triunfo. Bolívar estaba tan contento con sus cualidades que después de Boyacá les distinguió con grados de generales y honró a todo el batallón con la Orden de los Libertadores, la más grande muestra de honor en el país. Por lo demás, fue un cuerpo que se ganó el respeto de todos, que se inició con la travesía de la cordillera, donde bregó como uno más sin desfallecer. Poco después tendrían de nuevo la oportunidad de mostrar sus virtudes y complacer a Bolívar. Al año siguiente ellos fueron quienes iniciaron la batalla de Carabobo, en la cual perdieron la mitad de sus fuerzas, contando entre estas a su valiente jefe el Coronel Ferrier. 

En 1820 se preparó una expedición para liberar a la ciudad y provincia de Santa Marta. Con este fin se envió un destacamento que se uniría al recién llegado cuerpo del coronel Montilla, quien estaba en Sabanilla. Luego se les juntó el almirante Brion, procediendo a instalarse en Barranquilla. Dos batallones se colocaron bajo el mando del coronel Carreño, los mismos que poco antes habían aniquilado al cuerpo español enviado desde Ciénaga. Una rara escuadra, compuesta de pequeñas embarcaciones equipadas con un cañón de calibre menor, se envió por el archipiélago de Cuatro Bocas, realizándose un ataque conjunto por mar y tierra. Santa Marta, tomada sorpresivamente y con mucha fuerza, se rindió. 

Esto permitió a los patriotas alcanzar una posición fija en la costa, además de abrirles las compuertas de una excelente comunicación con las islas del Caribe. 

En 1820 se firmó un armisticio entre Bolívar y Morillo, tras el cual el general español se marchó a su tierra dejando el mando de las tropas a Latorre y Morales. El Libertador consideró que ese pacto no le favorecía y lo rompió, disponiéndose luego a librar la batalla definitiva: la de Carabobo, en la que los realistas, si bien mayores en número, sufrieron una derrota estruendosa. Los sobrevivientes casi no alcanzaron a encerrarse en Puerto Cabello, ciudad que era la única que España mantenía en todo el territorio. Los patriotas en seguida ocuparon la zona. 

En octubre del mismo año fue tomada Cartagena, operación en la cual cupo papel importante al coronel Padilla, quien con sus pequeños cañones seguía cooperando al éxito de los patriotas. 

Era así como las fuerzas hispanas solo ocupaban a Puerto Cabello, en toda la extensión comprendida entre el límite de Méjico y la boca del río Orinoco. Pero aún mantenían sus pies firmes en el Perú, por lo que Bolívar envió un destacamento para reforzar al general Sucre, quien allí conseguía algunos éxitos. 

La batalla de Pichincha, en 1822, dio a los patriotas —hoy llamados colombianos— el temible dominio sobre todo el territorio que se cobijaba bajo el nombre de Nueva Granada. 

Morales, con la ayuda de algunos refuerzos, consiguió iniciar una nueva ofensiva. Para ello se afirmó en Puerto Rico y Cuba y desembarcando con cerca de quinientos hombres logró, ayudado por la inexperiencia del encargado militar, tomar la ciudad y su fortaleza. Con esto alcanzó una posición que le permitía marchar a Caracas, Bogotá y Santa Marta. Morales no demostró mayor interés en abandonar sus posiciones, no en vano era el militar más capaz de España y el enemigo más peligroso de Colombia. Durante un año mantuvo la situación y habría seguido mayor tiempo si hubiera recibido apoyo de su patria y aprovechado la ausencia de Bolívar que se encontraba luchando en el Perú. 

Nuevamente los laureles históricos le fueron favorables al intrépido y sagaz coronel Padilla, quien, con una reducida escuadra de pequeños barcos de guerra y sus ya famosos cañones de pequeño calibre, logró vencer a la flotilla de Morales, consistente en treinta embarcaciones de pequeño calado. 

En este combate naval los colombianos se colocaron a la altura de sus mayores éxitos. Padilla destruyó la flota española y Morales viose obligado a capitular en Maracaibo, con la sola condición de que le dejaran libre, se embarcara a España y jamás volviera a servir en contra de Colombia. 

Con esto se comprobó la importancia vital que Puerto Cabello tenía para los españoles y la seguridad colombiana, por lo que se decidió ocupar esa fortaleza. El asalto tuvo tal fuerza que el 10 de noviembre de 1823 capituló la ciudadela de la guarnición, perdiendo así los españoles el último punto de apoyo que les quedaba en este país. Hablan pasado trece años de feroz, sangrienta y heroica lucha libertaria.

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