CAPITULO
XV
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|BOGOTA
Pese a tener en mis carteras algunas cartas de recomendación, me
fue necesario buscar una casa donde poder hospedarme. Por las
indicaciones que me diera el guía, elegí la ubicada lo más cerca
que se pudo de la Posada de Boyacá, en uno de los sectores de la
gran plaza.
Este sitio ha tomado su nombre del lugar donde se realizó una de
las jornadas más brillantes de la historia independentista de
Colombia. Cuando uno entendía las razones, llegaba a entusiasmarse,
pero con lo que seguía a continuación, la satisfacción disminuía
mucho.
Me hicieron pasar por una angosta y oscura puerta y luego entrar
a un patio sucio, en el cual una estrecha escalera me condujo al
balcón que rodeaba la casa y que para el caso servía como galería
del segundo piso. Allí me fue indicada la habitación, la cual era
tan pequeña que, después de una cabina de barco, se me antojaba el
más pequeño dormitorio que pudiera existir. No tenía ventanas y su
aspecto no era muy superior al de un estante que cubriera las
paredes. Recordé al sabio pastor que decía: “La gente no
acostumbra vivir en muebles”.
Todo el inventario de muebles consistía en una cama, una mesa y
una silla, pero, aún así, no era posible decir que la pieza
estuviera vacía, ya que nada podía caber en ella. Todo el espacio
que pudiera estar sobrando se llenó con mis dos maletas. Una
botella, mal ubicada, me hacía dudar acerca del verdadero uso que
debiera darle. Pese a que no se encontraban adornos menores,
bastaba observar que la cama estaba bien cuidada, para olvidarse de
ellos. Solo importaba lograr dormir y que los eternos perturbadores
del sueño no tuviesen cabida; pienso que nos merecíamos el descanso
luego de un día de viaje tan largo y agitado.
Un ruido agudo de campanillas me despertó a la mañana siguiente.
Provenía de un convento de monjas de las cercanías. Esa mañana me
dediqué a hacer un largo paseo por la gran ciudad, acompañado del
doctor Hoyos, quien era profesor de uno de los colegios de Bogotá
y, tal vez, el criollo mejor informado y educado que encontré en
este país. Esa amistad debo agradecerla a una carta que me
extendiera su padre, un viejo administrador de correos de Medellín,
muy querido de todos por su honestidad y
patriotismo.
Como deseara yo tener una pronta visión de la capital, decidimos
seguir la larga y amplia calle que se nos ofrecía, por la cual
llegamos a una capilla situada en las afueras de la ciudad desde
donde se apreciaba una impresionante panorámica de Bogotá. La
ciudad está construida entre la serranía que le cubre las espaldas
y lá extensa sabana que le muestra el horizonte; es decir, su
ubicación recuerda un anfiteatro.
Casi en su centro está la plaza mayor, cobijando a la Catedral.
De allí las calles rectas, con sus empedrados y sus aceras.
recortadas en ángulos rectos, forman un conjunto de cerca de
doscientas cuadras. Las casas son muy similares, la distinción se
basa en los tamaños. Tienen uno o dos pisos levantados en piedra,
cuyos muros blancos contrastan con el rojo ladrillo de los techos.
Están premunidas de grandes ventanales forrados en hierro, ya que
los vidrios no abundan.
Gran cantidad de iglesias muestran sus torres, que sobrepasan
las techumbres de las casas y de los conventos, de los cuales puede
encontrarse cerca de una docena. Con todo, el volumen llega a unas
treinta y dos construcciones religiosas, suficientes para atender a
una ciudad con treinta y cinco mil habitantes. La solidez de todas
esas construcciones parece un desafío a los movimientos de tierra
que puedan presentarse.
Cuando ya veníamos de regreso comenzamos a apreciar la belleza
de la catedral, que había terminado de construirse en 1814. Pocas
iglesias católicas pueden comparársele, ya que en su gusto sencillo
equilibraba la riqueza pura de su arquitectura y el ornamento
interior. Por supuesto que riqueza no le faltaba. El oro brillaba
por todas partes. Una imagen de la Virgen, rica en perlas y joyas,
demostraba que su valor era bastante grande. Una capilla interior
mostraba una inmensa cantidad de cuadros pintados al óleo, haciendo
un bello efecto con la pintura que decoraba el cielo
raso.
La fachada da hacia la plaza, de la que está separada por un
paseo muy solicitado en los atardeceres especialmente por los
personajes más prestantes de la ciudad, cuyos exponentes masculinos
se pasean de un lado a otro con sus grandes
cigarros.
Frente a ella se halla el antiguo palacio de los Virreyes que
actualmente es la residencia de los presidentes, hoy habitado por
el vicepresidente, ya que el presidente se encuentra ausente.
Pudiera decir que tal palacio no tiene belleza exterior ni
interior. Consiste en una casona de piedra, de dos pisos, pintada
de blanco, de techo plano, con dos plantas adicionales, una de
ellas ocupada por el canciller y la otra por la
guardia.
Más allá de la plaza, en una de las calles principales, está el
Senado, edificio que antaño era una parte del gran convento de los
Dominicos. Entrando en su inmenso patio encontramos una escalera de
piedra que nos lleva a una amplia galería que rodea el interior de
la construcción y sirve de pasillo a las salas ubicadas en el piso
superior.
Por una de las diversas puertas se ingresa a la sala de sesiones
de los senadores, que es un recinto largo y angosto donde una
barrera de madera separa a estos del público, que posee libre
entrada. Arriba de esta sala, es decir en su parte más alta, está
el asiento del presidente, pintado en un tono de damasco intenso,
sobre el cual cuelga el retrato de Bolívar, en tamaño
natural.
A su lado se encuentra la mesa del secretario. En todo el
espacio que separa la barrera se encuentran cuarenta y ocho sillas,
donde toman asiento los senadores. Hoy una cantidad ínfima de esas
sillas estaba ocupada, pues la sesión parecía no tener demasiada
importancia. Solo se trataba de la lectura de una serie de materias
que luego deberían ser discutidas.
Mi compañero me mostró a los delegados de mayor importancia,
entre los que estaban el presidente Baralt, el senador Balarino y
el doctor Soto, todos considerados liberales de tomo y lomo, y el
último de ellos uno de los mejores oradores.
Una vez que escuchamos y vimos una sesión del Senado, que no
resultaba impresionante, nos marchamos a la Cámara de Diputados,
que se encontraba al frente del recinto donde en estos momentos
estábamos.
Seguimos la senda que nos situó en la sala de los diputados, la
cual resultó ser más estrecha e incómoda que la del Senado. Una
valla de madera pintada de azul encerraba igual cantidad de
diputados y de sillas, del mismo color, dejando un espacio mínimo
para los asistentes y oyentes. La propia silla del presidente debía
sufrir las consecuencias de la estrechez de la sala. Frente a la
mesa del secretario colgaba una pintura de Bolívar, bastante mal
hecha. El actual presidente se llamaba Arbelo y entre sus
asistentes más notables se encontraban los señores Martín,
Mosquera, Torres y Pardo. A este último inmediatamente lo reconocí
como al Administrador de Correos de Cartagena. Se acercó
prontamente a mí y sonriendo me saludó con un fuerte apretón de
manos, al tiempo que decía: “¿Cómo está, amigo
mío?”.
El orden no parecía ser la máxima en estas sesiones, pues
constantemente se interrumpen. Tal como ocurría en la Convención
Nacional francesa, se podían encontrar aquí la montaña y la
llanura; el monte y la playa; ya que se dividían entre liberales y
conservadores. (A este último partido pertenece casi todo el
clero).
Ahora seguía la elección de una comisión que se encargaría de
tratar algunos temas de importancia. Esto ocurriría durante el
período de receso de la Cámara. Esta no proporcionaba muchas
comodidades, por lo que era común ver a sus diputados levantarse
para dirigirse a la mesa presidencial y solicitar un lápiz con el
cual poder escribir el nombre de su elegido. Luego de esto, pasaba
el secretario recogiendo, en una fuente de vidrio, las papeletas
para proceder a su recuento.
El paseo y las visitas nos ocuparon toda la mañana, por lo que
se acercaba la hora de comer. Al pasar frente a una casa en la que
colgaba un letrero que decía “Fonda”, nos detuvimos a
hacerlo. En Bogotá, además de las posadas, que equivalen a nuestras
hospederías, se encuentran numerosos lugares que son las fondas,
donde se encuentra comida y refrescos. Así fue que entramos en una
habitación bastante grande en la que se veían un mesón, un
mostrador y una pared llena de estantes, donde los licores y las
fuentes despertaban una grata sorpresa.
Aproveché la ocasión para preparar de antemano una respuesta que
resultara aceptable, así es que al serme consultado respondería con
un “sí, señor”. En las fondas era común una mesa de
billar, la que raramente se encontraba desocupada. Siempre apuestan
dinero, tanto los jugadores como los mirones. Al fondo se ven unas
mesas ocupadas por jugadores de naipes. Tuve la oportunidad,
incluso, de ver cómo caballeros de buena posición sacaban de sus
bolsillos un naipe y empezaban a jugar. Por supuesto que en Bogotá
son aficionados a los juegos —como en la mayor parte del
país— y se encuentran muchas casas de juego secretas, es
decir, ilegales, donde se juegan altas sumas, que están prohibidas
por el gobierno actual.
Por sobre todos esos juegos de azar emergen las riñas de gallos
que se realizan, sagradamente, todos los domingos en la tarde, acá
en la capital. Para ellas usan un teatro especialmente construido a
tal fin. Cobran una entrada al público, cuyo valor es de medio
real. Cuando se ha pasado por un grupo de charlatanes, hombres de
juego y gallos cantando se llega a una verdadera pista de circo,
cercada con una doble fila de palcos y una barrera de madera que
separa a los espectadores del lugar de la pelea. Esta se encuentra
formando un círculo menor, cubierta con fina arena. En uno de los
mejores palcos está sentado el director del espectáculo, quien con
una campanilla da la señal para el comienzo de cada pelea.
Cuando así ocurre, ingresan los dueños de los gallos con estos
bajo el brazo. Al encuentro les salen dos tipos que con un limón
rebanado, primero, y luego con agua y una toalla secan
cuidadosamente las patas y el espolón o arma del gallo para así
evitar las posibles puntas envenenadas. Por último amarran a las
patas de los “luchadores” un afilado trozo de metal, de
tres a cuatro pulgadas de largo, muy bien pulido. Los gallos están
criados especialmente para estas competencias. A temprana edad les
quitan la cresta y sus partes sensibles y fácilmente atacables;
incluso a algunos se les corta la cola. Son bien alimentados y los
tienen en grupos para hacerlos más agresivos. A las patas se les
amarra una cuerda lo que impide que se queden agarrados entre
si.
A la otra señal de la campanilla todos se alejan del ruedo e
inmediatamente son soltados los gallos, a cierta distancia uno del
otro. Parecen ser conscientes de que se trata de una riña de vida o
muerte, por lo que durante un instante se contemplan, se estudian.
En este momento se hacen casi todas las apuestas. Cuando la pelea
empieza, generalmente no dura más de algunos segundos, antes que
uno de ellos, o ambos, queden tirados en la pista chorreando
sangre. Para asegurarse de cuál es el triunfador sus dueños los
cogen y colocan uno frente al otro. Se supone que el que esté más
fuerte tratará de dar el último golpe a su rival, el que procurará
evitarlo.
Cuando ya ha pasado ese momento comienza la liquidación de las
apuestas; las más importantes suelen llegar a cien onzas o
dieciséis piastras. Es común durante la disputa escuchar los gritos
de: “Veinticinco onzas por el colorado..., cincuenta onzas por
el negro...”. La pasión por este espectáculo es tal que puede
verse a un esclavo negro llevar una gran bolsa repleta de onzas,con
la que los dueños de los gallos hacen sus apuestas, así como
también a señores del mejor linaje sacar su gallo favorito, oculto
bajo unas mantas. Ese era el caso de Arrubla, un rico comerciante,
extraordinariamente apasionado y que poseía una gallería con más de
doscientos gallos, criados para peleadores, todos dedicados a ser
masacrados en este extraño, ridículo e inhumano espectáculo.
Aparte de esto los habitantes de Bogotá no tienen ningún posible
espectáculo, y aunque existe un teatro grande y bien decorado,
desde la salida de los españoles no se hacen representaciones. Las
únicas que pueden realizarse están en manos de grupos de
estudiantes, los que, aun cuando actúan bien, tratan de reemplazar
la falta de elenco en las edades y sexos por una brillante variedad
de trajes.
Lo otro que podría mencionarse son las corridas de toros, aunque
estas parecen haber sido deformadas en toda la república en cuanto
a su naturaleza verdadera. Comparadas con las españolas, estas
parecen fábulas realizadas por niños, acostumbrados a divertirse e
imitar luego la presentación de un teatro móvil, o una obra
destinada a entretener a los actores más que a los
espectadores.
Al toro, mejor dicho al buey, se le amarra una cuerda a los
cuernos y comienza a ser molestado por negros que, con pañuelos y
frazadas, actúan como banderilleros, mientras que los picadores
solo están armados de palos cortos, y los sonadores, o sea los
petardos, se encargan de asustar un poco más al animal, acompañado
esto de gritos del público y ejecutantes.
Lo mejor de todo es la resultante de que no se les puede acusar
de derramar sangre, ya que cuando el torero tiene algunos
problemas, basta que al animal se le cambie la dirección con un
simple tirón de la cuerda amarrada a sus cuernos. En cuanto al
toro, no corre peligro de que algún matador le haga su víctima; esa
única posibilidad está en las manos de un carnicero común. Estas
clases de corridas se llevan a efecto en la plaza mayor de Bogotá.
Se comenta que están pasando de moda y quizás acaben en el total
olvido.
En el centro de la referida plaza se alza una fuente de piedra.
El agua se lleva hasta ella desde los cerros cercanos mediante un
acueducto subterráneo. Dicha plaza tiene toda su superficie
empedrada y con variedad de veredas o caminos angostos que nacen de
la bella fuente. Por las veredas de mayor amplitud se deslizan
profundas cunetas que aprovechando la pendiente de las calles se
encargan de transportar el agua a través de la ciudad. En épocas de
lluvia, como la actual, se hace imposible cruzarlas sin la ayuda de
los puentes peatonales que para ello se han levantado, los cuales
están ubicados en las esquinas de cada bocacalle.
Naturalmente que todo este cuadro hace que la ciudad esté limpia
la mayor parte del tiempo. Comprende uno, cuando recuerda, que
tenía mucha razón ese Virrey que decía: “El agua de lluvia es
uno de los más nobles agentes de policía”.
Varias de las calles principales tienen protección contra la
lluvia mediante los techos y balcones sobresalientes de las casas.
Lo otro llamativo, pese a su deficiencia, es la iluminación
nocturna que se hace con los farolitos instalados en las
esquinas.
Las casas cercanas al centro o a la plaza generalmente tienen
dos pisos. El de abajo está ocupado por pequeños negocios, talleres
o depósitos, y el superior se destina a vivienda. Hacia este se
llega por anchas escaleras de piedra que conducen a galerías que
miran al centro de los patios y hacia el conjunto de plantas que
adornan la balaustrada. Aquí se hallan las puertas que dan acceso a
las habitaciones, las cuales están compuestas por pequeñas piezas y
dormitorios, el comedor y la sala.
Muy llamativos son los tapetes del piso, en su mayoría gruesos
trenzados de paja, que son reemplazados, en las casas de los más
pudientes y adinerados, por alfombras europeas.
Estos tapetes son considerados indispensables para protegerse
del frío, que acá es persistente; suele ocurrir que el termómetro
baje hasta diez grados en tiempos como el actual, es decir, de
lluvias. No se ven estufas de azulejos. Las piezas están forradas
con papel y en pocas casas hay tragaluces. Las ventanas no son de
vidrios sino que están protegidas con rejas de madera. La única
ventilación que tienen las habitaciones pequeñas es la puerta
misma.
Los muebles, sin ser de gran belleza, son los más cercanos a los
nuestros que haya visto en las ciudades colombianas. La sala de
recepción de las visitas tiene un diseño de conjunto; se pueden ver
sillones, un sofá, algunas mesas, un enorme espejo y posiblemente
algunos cuadros pendiendo de las paredes color ladrillo, todo lo
cual forma un esbozo que, sin ser fastuoso, es increíblemente grato
para el forastero.
El clima es más bien frío. El termómetro en raras ocasiones sube
de los treinta grados, lo que ayuda bastante a notar las
diferencias del vestir de las personas, que parecieran depender de
la sensibilidad innata y la oportunidad de mostrar la debilidad que
se tiene por los colores fuertes. Al pasearme por la calle real, la
principal de Bogotá, me he entretenido mirando los contrastes del
vestuario, que me llevaban a pensar que mediante esa apreciación
pueden encontrarse los hábitos característicos de cada
zona.
Es así como puede observarse a un señor envuelto en su capa azul
y cubierto con un negro sombrero muy bien puesto en su cabeza,
avanzar suelto y pausadamente, al tiempo que a su lado camina un
personaje cuyo sombrero de raíces livianas y saco sencillo de lino
parecen dar a entender que no lo considera molesto. Para ellos
tampoco tiene importancia.
En sentido contrario veo venir grupos de mujeres que traen sus
cabezas libres y llevan vestidos livianos, a pie descalzo o con
alpargatas, las que parecen mirar con envidia el vestuario de las
damas elegantes que caminan delante de ellas. Estas últimas traen
sobre sus cabelleras un sombrero, visten falda negra de seda como
las medias, una mantilla y zapatos. Miro más adelante y contemplo
algunas señoras que se visten a la usanza europea. El sombrero tan
tradicional ha dejado su lugar a uno de gran colorido y plumas
teñidas del mismo color que éste, o bien usan sombreros con flores
artificiales, al tiempo que la mantilla ha sido reemplazada por una
vivaz pañoleta de colores que se anuda lo mismo que las mantillas,
con una de sus puntas metida bajo el sombrero, la del medio
mantenida sobre el pecho y la de más abajo colgando coquetamente
por la espalda.
Cerca de esas señoras veo dos especímenes, dispares entre sí.
Uno brillaba por el sudor, pues vestía cuello de piel, gorro con
forro y gruesas botas, y el otro se envolvía en un traje de
pantalones de lino, medias de seda y zapatos. Si no fuera porque
hablan el mismo idioma, tan fuerte como vulgarmente, y fuman sus
tabacos con gracia nativa, podría pensarse que se está frente a un
ruso y un francés que tuvieron la ocurrencia de mostrar en este
suelo sus respectivos trajes.
Pero esto no es lo único. También podían notarse las diferencias
entre los oficiales, que daban pie para que cada uno tuviera
ocasión de mostrar un tipo de traje ideado por su mente. En general
resultaban vestidos más adecuados para los paseos callejeros en
Bogotá que para llevar a la práctica una campaña por el desierto o
los llanos, fuera de que el traje casi nunca va acompañado de sus
armas.
Sin desear polemizar, considero que los referidos trajes están
recargados de costuras, colores y adornos policromos, para lo cual
hacen resaltar demasiado el oro, la plata, las medallas, los
botones, etc., en una mezcla tan brillante como ridícula, a lo cual
se agregan sus gorros y sombreros de tres puntas con penachos y
plumas de excesivo colorido. Nunca vi a estos personajes sin pensar
si esta manía de vestirse tan multicolor y brillante pudiera ser
considerada como una de las consecuencias del trópico, lugar en
donde se manifiesta esta variedad en los animales y las
personas.
De este modo puede verse a un dragón y a un húsar sobrecargados
de trenzas de plata y botones, mientras que sus largos mamelucos
rojos escarlatas ven correr dobles galones dorados hacia las
horribles botas con espuelas, bajo un sombrero de tres puntas
provisto de recargados penachos. Toda esta chuchería la cubre un
largo plumón que el uniformado hace tambalear en el
aire.
A su lado es posible que camine un representante de la
infantería, que no tiene el gusto en la confección de los trajes
del anteriormente reseñado. Sinembargo su colorido y diseño
muestran que por lo menos ha intentado lucir tanto como su
compañero.
Ante tamaña diversidad, el gobierno se vio obligado hace algún
tiempo a establecer un reglamento más rígido sobre los uniformes
del ejército, con el fin de impedir que cada cual se vista de
acuerdo con su gusto propio y personal. Esta medida se implantó
mientras yo me encontraba en Bogotá, lo que me dio ocasión de
escuchar la casi unanimidad de criterios que se mostraban
disconformes con ella, y muchas veces fui testigo de debates sobre
detalles insignificantes del traje. Los más discrepantes
pertenecían a los recién nombrados tenientes. Aquellos que
acompañaron al Libertador en la campaña, no
discutían.
Bolívar es el personaje más renombrado de Colombia y Suramérica.
General y estadista, al que no había tenido ocasión de ver, pues se
encontraba en el Perú. Por lo que, momentáneamente, tuve que
limitarme a conocer a su hombre más cercano, el vicepresidente
Santander, también general, y ante quien llegué por intermedio del
ministro mejicano que se encontraba en Bogotá, el señor Torrens,
que conocí durante mi estada en esta ciudad.
Para la presentación se acordó un domingo en la mañana,
aprovechando las audiencias concedidas por el general. A las once
estuvimos en el palacio presidencial, cuyo interior era tan poco
pretencioso como su aspecto exterior. Al cruzar una patrulla de
húsares que formaba la guardia personal del presidente, se
encuentran unas escaleras de piedra que llevan a la galería que se
alza en el segundo piso. Un húsar abre las puertas hacia un pequeño
recinto, antesala de la que corresponde a las
audiencias.
Este es un salón bastante amplio, decorado con muebles de tonos
rojos, una alfombra europea, tres lámparas de lágrimas, algunas
mesas y ventanas con vidrios. En la parte superior de esta
habitación se halla el dormitorio del presidente. Desde ahí
descendió el general Santander, vestido muy sobriamente, con tonos
rojos y azules.
Es un hombre de gran estatura, que sobresale de la normal altura
colombiana. Se encontraba en sus mejores años, con una cara alegre,
que le otorgaba un aspecto noble y una categoría mucho más cercana
a la de un general europeo que la que se pudiera tener de un
vicepresidente suramericano. Aunque no estuvo nunca en Europa,
mostraba conocimiento avanzado sobre ella y uno muy profundo sobre
nuestro país.
Así fue que al entregarle un retrato de Su Majestad nuestro Rey,
empezó a hacerme preguntas concernientes a nuestra capital,
Estocolmo, y a nuestro soberano.
Poco a poco fue llegando gente, por lo que nos despedimos y
abandonamos la sala de audiencias, en la cual no existía etiqueta
estricta, como que incluso varias personas eran presenta. das en
forma simple y descuidada. El único sirviente que se veía, a
excepción de los mal vestidos húsares, era un mulato que calzaba
alpargatas, sin medias, y estaba al servicio del
general.
La guarnición de Bogotá consiste de dos batallones de infantería
y uno de los mencionados Húsares Rojos, dieciséis de los cuales
formaban parte de la caballería. Estas tropas son las más
descuidadas y poco ejercitadas que hasta ahora conozco en esta
nación. La ocasión ideal para ver las tropas mejor presentadas y
relucientes era la fiesta del 25 de mayo, que hace recordar los
momentos en que cumplían órdenes en los cálidos y enardecidos
campos de batalla, durante las marchas forzadas. Era entonces
cuando no se podía dejar de recordar sus hazañas, pese a que su
figura se viera un tanto empequeñecida en esta gran parada, en la
capital de la República.
Con excepción del pequeño escuadrón provisto de bototos,
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(1)
en donde se colocaban las
espuelas, la guarnición no poseía medías ni zapatos; el calzado
eran solo alpargatas. Y aunque todos usaban uniformes, era fácil
ver que no correspondían a la talla de cada uno. Los sacos largos y
rojos, con sus reversos azules y su corte inglés, daban al
espectador la posibilidad de suponer que, con toda seguridad,
anteriormente esos uniformes habían adornado los cuerpos de un
regimiento inglés de mayor estatura para luego ser vendidos a los
colombianos de menor cuerpo.
El otro cuerpo de la guarnición mostraba diversidad tanto en la
indumentaria como en los grados. La tropa vestía con las
tradicionales ropas; los suboficiales llevaban trajes de lino
blanco, y los oficiales, amarillos de casimir. Poco antes de dar
comienzo a la ceremonia se practicaban ejercicios de mano y ritmo,
que mostraban un poco los que el ejército español había legado al
colombiano, y luego prácticas con las armas, todos dirigidos por el
oficial de mando o por la batuta del tambor mayor. La impresión que
daba a la vista era la de un excelente teatro de títeres, donde el
movimiento de uno hacía que todos le
siguieran.
Me llamó poderosamente la atención un paso que consistía en algo
como una arrodillada frente a una procesión religiosa. Toda la fila
bajaba sus armas, colocándolas delante, quitaba sus sombreros y
descansando en una rodilla esperaba el paso de sus compañeros.
Todos estos complicados giros y pasos serían muy hermosos
realizados por tropas que no sean estas. Esta guarnición se halla
muy por debajo de la de Cartagena, y al hacer una comparación más
rígida entre ellas tendría que señalar que el criterio del gobierno
parece ser que como la guarnición de la Costa está más a la vista
del forastero se hubiera contentado con tratar de mostrar allá lo
mejor, descuidando la de la capital. Es como imaginar una obra de
teatro en que los personajes centrales están representados por los
actores de mejor vestuario y el resto del elenco debe llevar trajes
inadecuados, pero que muestren todo lo que el teatro posee en
vestimentas.
La fiesta anteriormente mencionada corresponde al Corpus
Christi, que la Iglesia Católica celebra con mayor pompa que la
misma Navidad. Trataré de hacer —pues parece el sitio
apropiado— una descripción de lo que esta fiesta
representa.
Ocho días antes de comenzar los festejos oficiales empezaban los
preparativos de la celebración. En la plaza —lugar central de
la festividad— y en las esquinas de sus calles adyacentes se
alzaban altares ricamente adornados, provistos de ruedas para su
desplazamiento, que no eran descubiertos hasta que la fiesta se
daba por iniciada. La tarde de la víspera una guerra de fuegos
artificiales anunciaba que todo estaba comenzando. Este ejemplo de
fanatismo por la pirotecnia duraba un rato prolongado: era un
verdadero bombardeo.
La oscuridad de la tarde resultaba un marco apropiado para tal
efecto. La multitud se apretaba y casi no podía ser contenida por
el espacio existente entre la plaza y las casas de los alrededores.
Fácil es imaginar la confusión que se forma cuando un cohete
escapado de la guerra pirotécnica pasa por entre tanta
gente.
Temprano, en la mañana del día siguiente, se procedió a
descubrir los altares. Allí se podía observar la diversidad de
cosas brillantes que se encontraban en el interior de los
tabernáculos. Sin gusto ni selección, era una mezcla de objetos
religiosos y profanos, o masa heterogénea situada una encima de la
otra. Así, podía verse al lado de la imagen de la Virgen,
lujosamente adornada, un cuadro francés que mostraba a Venus en el
baño; un cáliz religioso rodeado de fuentes de plata, jarros, copas
doradas y otros objetos profanos, un crucifijo en el centro de
espejos y numerosos retratos. Todas las paredes eran un mosaico de
tesoros, imágenes de santos y apóstoles, pinturas poco serias,
grabados, coronas de rosas, flores, cintas, etc., etc. En pocas
palabras, es difícil comprender tanta mezcolanza, donde lo
brillante y profano no deja apreciar lo divino y sagrado. Parece
como si el objetivo fuera deslumbrar la vista antes que conmemorar
una fiesta religiosa.
Por otro lado, los balcones de la plaza están cubiertos de
riquezas, telas de colores fuertes, pañoletas, cobijas, etc. Es
como un intento por ennoblecer la fiesta. Todo reluce, todo
brilla..., pero sin religión.
En un momento previamente acordado todas las iglesias echan a
volar las campanas, anunciando que comienza la procesión desde la
catedral. Es ahora cuando a los ojos de un protestante el
espectáculo adquiere dimensiones inexplicables, aunque la vista de
los tabernáculos había sido un buen aviso de esto.
En sus comienzos tenía bastante parecido con nuestras fiestas
religiosas, pero el clima y el carácter tropical de la gente
hicieron que degenerara en una procesión carnavalesca o, mejor
dicho, en una farsa religiosa, cuya idea, nacida en la mente de un
sacerdote católico, solamente puede haber sido incubada bajo el sol
tropical. La escena más se asemeja al feto de una fantasía sobrada
de humor.
La procesión comienza dejando paso a las adornadas carretas en
las que van niños disfrazados que representan diferentes personajes
históricos y bíblicos, vestidos de jinetes con cascos negros,
lanzas y escudos. Se puede distinguir a David y su arpa a cuyo lado
está Betsabé. Se ve a José armado de un látigo dorado y espuelas
con broche de oro, a quien le siguen dos jinetes que escoltan su
paso como una verdadera guardia personal.
Todos los personajes están representados por hijos de las
familias más ricas, lo cual lleva a una verdadera demostración de
joyas y vestimentas. Se ven diamantes, oro, plata y piedras
valiosas. Podría decirse que Ester, en ese momento, tenía un valor
de diez mil piastras.
Inmediatamente seguía un aspecto diferente de la fiesta. Una
gran cantidad de lagartos, tortugas, tigres, serpientes y caimanes,
representados por ciudadanos, que producían un efecto de mal gusto.
El ejemplar que más llamaba la atención era una enorme tortuga en
cuyo lomo iba sentado un negrito. Causaba sensación entre la gente
del pueblo porque efectuaba unas maniobras con su cabeza y cuello,
de gran movilidad. Otro favorito era un caimán que se encargaba de
morder a todos aquellos que se le
acercaban.
Luego seguía un grupo de horribles enmascarados, que hacían un
ruido atronador con pitos, tambores y castañuelas y danzaban como
si representaran un baile de demonios. Venían equipados con colas
largas, cuernos y patas de caballo. Verdaderamente se defendían de
la persecución que a sus espaldas les hacía el arcángel Miguel,
vestido de seda blanca y grandes alas púrpuras, al tiempo que con
una espada repartía golpes al dragón, que era seguido de ocho
hombres vestidos de negro. El ángel conseguía arrastrar tras de sí
a los diablillos y al dragón, con lo que aprovechaba para abrir
paso a los nuevos actores: numerosos niños vestidos de pastores y
envueltos en ramas y flores a quienes acompañaban rebaños de
ovejas.
Otro grupo importante estaba compuesto por el de los tres Reyes
Magos, que avanzaban mirando al cielo con mucha atención en
dirección a la estrella, la que era llevada en una larga caña de
bambú. La escena era seguida por un cuadro en que venía la Virgen
María adornada del modo más reluciente y seguida por el viejo José,
con una hacha y su barba que le daba acentuado toque de
distinción.
A espaldas de este grupo aparecía la procesión como tal. Una
cantidad interminable de sacerdotes, monjes, acólitos, niños de
coro, etc., todos portando velas encendidas. Entre ellos una fila
de bellas jovencitas, con rosas blancas y vestidos decorados con
flores, llevaban sahumerios, canastillos con flores, etc. Les
seguía un grupo de muchachos indígenas que bailaban en círculos al
derredor de un palo que en su punta tenía una copa de cintas de
seda de fuertes colores.
En seguida venían los invitados del Perú, que, como tales,
debían también formar parte de la procesión. Eran dos llamas;
lindos animales de cabezas erguidas y cuello largo y recto que
dificultosamente eran arrastrados por su
dueño.
Tras ellos seguía la banda de músicos vestida de soldados
romanos y sirviendo de antesala a la presencia del vicepresidente,
los ministros y altas personalidades del gobierno, todos muy bien
engalanados. La guardia con sus armas terminaba esta parte, tan
extensa como extraña.
Al momento en que el arzobispo llega al primer altar el ruido y
la música se acallan. La gente se arrodilla mientras un sacerdote
lee y ora. Al terminar éste se encienden los fuegos artificiales,
situados detrás del altar, con lo que la comitiva sigue su camino
hacia otro lugar de oración. Es así durante varias horas, y una vez
que se ha visitado el último de los altares la gente retorna a la
plaza.
Lo que sigue ya no tiene relación con lo anteriormente
detallado. Se han colocado en la plaza varios postes encebados y en
sus extremos superiores penden premios que serán ganados por el que
logre llegar a ellos. La fiesta se despide con una de las corridas
de toros ya descritas.
Todo el espectáculo torna a ser vivido ocho días más tarde. El
teatro vuelve a hacer la representación. Ya se han preparado las
decoraciones, cada actor sabe su papel y el espectador tendrá mejor
ocasión para observar y criticar la obra puesta en escena. Pero
todo me recuerda a aquel crítico que esconde sus verdaderos juicios
y se descarga con la sola mención de las escenas más
notables.
Todos los días se vive el jolgorio del mercado en la plaza, que
en general no se diferencia de los ya conocidos, aunque sobrepasa
en tamaño, mercancías y personas a los que había visto. Se dice que
en él se venden más de diez mil piastras al día. Entre los
personajes que deambulan puede verse el criollo rubicundo, el
oscuro mestizo, el indígena amarillento, el mulato oscuro y el
negro. Por lo demás, llama la atención encontrar, a solo cuatro
grados del Ecuador, manzanas, guindas y fresas silvestres, aunque
sus tamaños son menores de los que conocí en mi patria, aparte de
que tanto en el sabor como en su aspecto no presentan iguales
características.
Si tuviera que dar una justa razón de esta diferencia
mencionaría el clima caliente de estas regiones tropicales y, por
otro lado, el clima contradictorio que ofrece Bogotá. El problema
del calor podría suplirse usando invernaderos; pero esa sería una
solución artificial. Ahora, tratándose de un lugar como la sabana
de Bogotá que por su ubicación en cuanto a la superficie terrestre
debería ser uno de los más calurosos de la tierra, en estricta
verdad es un sitio frío y no está en condiciones de tomar el calor
del sol que normalmente debiera recibir. Se concluye entonces que
son las diferencias climáticas las que cambian el natural sabor de
los productos que se encuentran en distintos puntos del
globo.
Cuando observé esos productos me pareció que me encontraba con
uno de mis amigos de la infancia. Pero al desaparecer la sorpresa
inicial causada por esos rasgos tantas veces soñados, empieza la
decepción al comprobarse que nada es igual a como antes y que uno
está obligado a reconocer que prefiere y debe relacionarse con los
que ha conocido en estos lugares.
Las aceras que salen de la fuente de la plaza se dividen en
cuatro triángulos proporcionales, cada uno de los cuales está
ocupado por una sección bien específica. En el primero de ellos se
ve a los carniceros y sus negocios de carne, grasa, manteca y
longanizas. Otro está destinado a la gente del campo y sus
productos: arroz, maíz, trigo, cebada, yuca, papas, plátanos,
repollos, limones, naranjas, zanahorias, piñas, etc. En estos
también se venden lindas flores, entre las que se pueden distinguir
rosas y claveles. El tercer espacio está dedicado a la venta de
pavos, gallinas, palomas y pájaros de gran colorido. En el cuarto
se venden productos manufacturados, distinguiéndose la ropa gruesa
de lana y algodón, muy similar a nuestras telas destinadas a la
confección de vestidos para las clases más bajas. Aquí es posible
encontrar para la venta caballos, mulas y diversos animales que
serán sacrificados para el consumo.
El ver esta plaza repleta de personas, productos y animales es
un entretenimiento, que alcanza ribetes de mayor agrado si se mira
desde las alturas de un balcón. La mejor muestra de Bogotá se puede
descubrir desde sus balcones... Allí se nos ofrece la verdadera
Colombia.
Si bien es cierto que el comercio bogotano no es demasiado
floreciente, tiene a lo menos un tráfico intenso, para lo cual usa
el Magdalena y los numerosos arrieros que realizan el transporte de
mercaderías desde las bodegas de Honda. Todos sus depósitos pueden
verse abarrotados de mercancías inglesas y norteamericanas, aunque
ahora se encuentran preferentemente las francesas recién llegadas
en un champán que les ofrecía un treinta por ciento de descuento
por pérdida, en tanto que los comerciantes pedían les fuera
declarado un cuarenta por ciento. Esto hace ver que no se puede
creer en los precios de las mercaderías europeas, pues en pocos
países del mundo son tan caras como en Colombia. Debe contribuir
bastante también el hecho de que en otros lugares no se siente
tanto la necesidad de tener productos lujosos, sin considerar los
problemas del transporte que resultan de traer artículos desde la
costa hasta el interior.
Buena prueba de ello es que un sombrero de castor, fino, alcance
un precio de un doblón, es decir, dieciséis piastras; un frac,
cincuenta piastras; un par de medias, doce; una caja de vino de
Burdeos, con doce botellas, quince piastras. Así se podría seguir y
seguir. Aun con todo eso no se encuentran comerciantes nativos que
tengan una gran riqueza. Los que obtienen mayor provecho son los
comerciantes extranjeros, que se asocian generalmente con sus
iguales de Cartagena.
La mayor parte de los grandes comerciantes tienen sus tiendas en
las calles centrales, y ellas solo poseen como ventanas la propia
puerta, por lo que son bastante oscuras y llenas de humo de
cigarrillo, el mismo que expulsa el tendero sentado en un estante,
con los brazos cruzados. Es la postura de un negligente colombiano
que satura de humo su local.
Pues bien, si los viernes ponen una nota agradable con la
presencia del mercado, los sábados hay inundación de mendigos
recorriendo calles y casas. En su gran mayoría muestran heridas en
sus brazos y piernas, o enormes y deformes pies a consecuencia de
la elefantiasis. La escena suele ser dura, ya que antes el país no
me la había mostrado. A esto también contribuye el clima frío con
la ayuda de las instituciones de beneficencia, que son muy malas y
burocráticas.
En esta ciudad es posible encontrar pequeños hospitales que
dependen de los conventos, entre ellos el más grande e importante
es el de los hermanos franciscanos. Además existe un hospital
militar, que es el más ordenado, hasta el punto de que para
despachar cualquier receta de medicinas se necesita la autorización
de un comisario de control. Tan estricto resulta esto, que si no se
encuentra ese funcionario debe esperarse hasta su llegada para que
le sean entregadas al paciente a quien fueron
formuladas.
El clima de la capital, sin ser insalubre, es uno de los más
peligrosos del país, en especial para los extranjeros, y no son
pocos los casos que se cuentan de viajeros que acá encontraron el
último de sus paseos. El motivo de esto parece ser la brusca
interrupción del calor del Magdalena y su cambio por el frío de
esta sabana montañosa. Debe advertirse que un cuidado adecuado no
está de más en esta tierra, pues el cambio de un clima de treinta y
cinco o cuarenta grados por uno de quince o veinte es un riesgo muy
grande.
Por ello la enfermedad más común es la fiebre con escalofríos
unida a una creciente dificultad para respirar, que, al fin de
cuentas, afectará los pulmones. Muchos jovencitos han partido hacia
sus tumbas con mayor rapidez de la prevista porque después de
haberse salvado de los peligros de las tierras calientes se han
descuidado en la sabana bogotana.
Una buena medida de precaución que para el cambio de clima han
adoptado los viajeros es la de detenerse un par de jornadas en
Guaduas o Villeta, que tienen una temperatura intermedia. Otra es
arroparse convenientemente durante el viaje por las cumbres, con
ropas de lana, y tomar bebidas que les ayuden a recuperar las
fuerzas. Un vaso de vino de madera combinado con quinina resulta lo
mejor. Finalmente, dentro de los cuidados debe buscarse la
realización y práctica de un ejercicio adecuado, para lo cual las
alamedas situadas en las afueras de la ciudad brindan una buena
oportunidad.
Uno de los paseos más lindos de Colombia lo tiene Bogotá en la
alameda que se encuentra en el camino a Tunja. Ancha, pareja y casi
en línea recta, se extiende por casi veinte kilómetros en las
afueras de la ciudad. A sus costados se encuentran frondosos y
antiquísimos álamos, cuyos troncos se unen por una red impenetrable
de arbustos y rosales.
Aunque a los habitantes de la capital no les agrada mucho la
excursión —en esto no se comparan al resto del país— sino
que limitan sus paseos a la calle real, pueden verse muchos de
ellos, los días domingos, desfilar por las delicias de esta
alameda. Quienes la frecuentan en mayor número son los jóvenes, que
en sus cabalgaduras la recorren a todo trote. Esta costumbre de
montar es muy bien vista en Bogotá, ya que la calidad de
“mejor señor” no tiene sentido si éste no posee un
caballo de montar.
Los caballos, pese a ser pequeños como las jacas noruegas, son
fuertes y vivaces, entrenados en un paso común y siempre guiados
con riendas cortas. Aquí hay una caballeriza cuya única tarea es
adiestrar al animal en el paso de ambladura, lo que se consigue
amarrando a las patas pequeñas cuerdas que no le permiten andar de
modo normal sino mover las patas en sentido coordinado. Para el
caballo se transforma en un paso corriente y pronto puede trotar.
Este estilo produce una especie de movimiento hacia los lados, que
da un efecto raro pero lindo.
Un caballo ya entrenado tiene un valor que alcanza a las mil
piastras, especialmente si es negro, color que es el más
apreciado.
Al igual que en su propio vestuario, los jinetes muestran sus
gustos en los atuendos del animal. Brillantes monturas y paños
escarlatas de bordes dorados o plateados y riendas con decorados
brillantes conforman el aspecto que se les da. Las espuelas,
generalmente de plata, las portan tanto los grandes señores como
los de clase inferior. Resulta divertido ver a los campesinos de
edad, calzados con alpargatas, entretenerse en hacer sonar sus
grandes espuelas de agradable tintineo como si fuese una protesta a
un recluta joven, en su primera llegada al
regimiento.
Hacia la izquierda de este paseo se encuentra la “Quinta de
Bolívar”, donada por la nación al presidente y único regalo
que éste ha recibido por tantos favores hechos en bien de la
República. Siguiendo una angosta senda que da vueltas por la orilla
oriental de la ciudad, en los cerros, se llega a un jardín cercado
por un muro de tierra y arbustos que rodea la pequeña vivienda. Una
cantidad inmensa de rosas silvestres, alelíes y claveles acompañan
a cuadras de fresas. Otro sector está sembrado de césped que
muestra inscripciones como: “Viva Bolívar... Boyacá...
Carabobo”, etc. Los dos últimos nombres corresponden a sitios
donde Bolívar alcanzó grandes triunfos militares sobre los
españoles.
Una grata vista tiene la construcción erigida en esa pendiente
de los cerros, donde se observan las espaldas de Bogotá y una
amplia perspectiva de la ciudad y la sabana que se extienden a sus
pies, lo mismo que los montes muestran sus alturas y vertientes
andinas, aún vírgenes.
La planta inferior de esta construcción es una casa destinada al
baño y mantenida con las cristalinas aguas del arroyo cercano. Es
este el sitio que el Libertador acostumbra visitar en los pocos
momentos en que él se encuentra en Bogotá. Por todo lo detallado no
resulta extraño que prefiera esta casita al ya descrito palacio
presidencial, en el sector de la plaza principal de la
capital.
Bogotá, que antes de la Independencia se llamaba Santa Fe de
Bogotá o comúnmente Santa Fe, siempre ha sido una de las ciudades
principales de Suramérica.
Fundada en la mitad del siglo XVI, (en 1538), por el español
Gonzalo Jiménez de Quesada, pronto aumentó en tamaño e importancia.
Poco tiempo medió antes de que fuera nombrada como la capital de
Nueva Granada y asiento de los Virreyes.
Mediante la Constitución de 1821 se la declaró capital de la
República y centro del Gobierno y del Congreso. Por ello y por
ofrecer un punto de partida para la visión general del país, es la
ciudad más llamativa e interesante para el
forastero.
Como el análisis es rápido e incompleto, dejaré muchas
apreciaciones y resultados para el capítulo siguiente.