INDICE





INTRODUCCIÓN

VIAJE POR COLOMBIA

PRIMERA PARTE
Capítulo I - El embarque
Capítulo II - Cartagena
Capítulo III - Santa Marta
Capítulo IV - Viaje de Santa Marta a Cartagena
Capítulo V - Cartagena
Capítulo VI - Viaje de Cartagena a Mompós
Capítulo VII - Mompós
Capítulo VIII - Viaje por el Magdalena
Capítulo IX - Viaje por el alto Magdalena
Capítulo X - Viaje por el alto Magdalena y el río Nare

SEGUNDA PARTE
Capítulo XI - Viaje por los Andes
Capítulo XII - Viaje a través de la provincia de Antioquia
Capítulo XIII - Medellín
Capítulo XIV - Viaje desde Medellín a Bogotá
Capítulo XV - Bogotá
Capítulo XVI - Colombia antes de su emancipación
Capítulo XVII - La República de Colombia
Capítulo XVIII - Los habitantes y la población de Colombia
Capítulo XIX - Visitando el Salto de Tequendama
Capítulo XX - Viaje de vuelta a la costa
CAPITULO XV  |

 

|BOGOTA
 

 

Pese a tener en mis carteras algunas cartas de recomendación, me fue necesario buscar una casa donde poder hospedarme. Por las indicaciones que me diera el guía, elegí la ubicada lo más cerca que se pudo de la Posada de Boyacá, en uno de los sectores de la gran plaza.

Este sitio ha tomado su nombre del lugar donde se realizó una de las jornadas más brillantes de la historia independentista de Colombia. Cuando uno entendía las razones, llegaba a entusiasmarse, pero con lo que seguía a continuación, la satisfacción disminuía mucho.

Me hicieron pasar por una angosta y oscura puerta y luego entrar a un patio sucio, en el cual una estrecha escalera me condujo al balcón que rodeaba la casa y que para el caso servía como galería del segundo piso. Allí me fue indicada la habitación, la cual era tan pequeña que, después de una cabina de barco, se me antojaba el más pequeño dormitorio que pudiera existir. No tenía ventanas y su aspecto no era muy superior al de un estante que cubriera las paredes. Recordé al sabio pastor que decía: “La gente no acostumbra vivir en muebles”.

Todo el inventario de muebles consistía en una cama, una mesa y una silla, pero, aún así, no era posible decir que la pieza estuviera vacía, ya que nada podía caber en ella. Todo el espacio que pudiera estar sobrando se llenó con mis dos maletas. Una botella, mal ubicada, me hacía dudar acerca del verdadero uso que debiera darle. Pese a que no se encontraban adornos menores, bastaba observar que la cama estaba bien cuidada, para olvidarse de ellos. Solo importaba lograr dormir y que los eternos perturbadores del sueño no tuviesen cabida; pienso que nos merecíamos el descanso luego de un día de viaje tan largo y agitado. 

Un ruido agudo de campanillas me despertó a la mañana siguiente. Provenía de un convento de monjas de las cercanías. Esa mañana me dediqué a hacer un largo paseo por la gran ciudad, acompañado del doctor Hoyos, quien era profesor de uno de los colegios de Bogotá y, tal vez, el criollo mejor informado y educado que encontré en este país. Esa amistad debo agradecerla a una carta que me extendiera su padre, un viejo administrador de correos de Medellín, muy querido de todos por su honestidad y patriotismo. 

Como deseara yo tener una pronta visión de la capital, decidimos seguir la larga y amplia calle que se nos ofrecía, por la cual llegamos a una capilla situada en las afueras de la ciudad desde donde se apreciaba una impresionante panorámica de Bogotá. La ciudad está construida entre la serranía que le cubre las espaldas y lá extensa sabana que le muestra el horizonte; es decir, su ubicación recuerda un anfiteatro. 

Casi en su centro está la plaza mayor, cobijando a la Catedral. De allí las calles rectas, con sus empedrados y sus aceras. recortadas en ángulos rectos, forman un conjunto de cerca de doscientas cuadras. Las casas son muy similares, la distinción se basa en los tamaños. Tienen uno o dos pisos levantados en piedra, cuyos muros blancos contrastan con el rojo ladrillo de los techos. Están premunidas de grandes ventanales forrados en hierro, ya que los vidrios no abundan.

Gran cantidad de iglesias muestran sus torres, que sobrepasan las techumbres de las casas y de los conventos, de los cuales puede encontrarse cerca de una docena. Con todo, el volumen llega a unas treinta y dos construcciones religiosas, suficientes para atender a una ciudad con treinta y cinco mil habitantes. La solidez de todas esas construcciones parece un desafío a los movimientos de tierra que puedan presentarse. 

Cuando ya veníamos de regreso comenzamos a apreciar la belleza de la catedral, que había terminado de construirse en 1814. Pocas iglesias católicas pueden comparársele, ya que en su gusto sencillo equilibraba la riqueza pura de su arquitectura y el ornamento interior. Por supuesto que riqueza no le faltaba. El oro brillaba por todas partes. Una imagen de la Virgen, rica en perlas y joyas, demostraba que su valor era bastante grande. Una capilla interior mostraba una inmensa cantidad de cuadros pintados al óleo, haciendo un bello efecto con la pintura que decoraba el cielo raso. 

La fachada da hacia la plaza, de la que está separada por un paseo muy solicitado en los atardeceres especialmente por los personajes más prestantes de la ciudad, cuyos exponentes masculinos se pasean de un lado a otro con sus grandes cigarros.

Frente a ella se halla el antiguo palacio de los Virreyes que actualmente es la residencia de los presidentes, hoy habitado por el vicepresidente, ya que el presidente se encuentra ausente. Pudiera decir que tal palacio no tiene belleza exterior ni interior. Consiste en una casona de piedra, de dos pisos, pintada de blanco, de techo plano, con dos plantas adicionales, una de ellas ocupada por el canciller y la otra por la guardia. 

Más allá de la plaza, en una de las calles principales, está el Senado, edificio que antaño era una parte del gran convento de los Dominicos. Entrando en su inmenso patio encontramos una escalera de piedra que nos lleva a una amplia galería que rodea el interior de la construcción y sirve de pasillo a las salas ubicadas en el piso superior. 

Por una de las diversas puertas se ingresa a la sala de sesiones de los senadores, que es un recinto largo y angosto donde una barrera de madera separa a estos del público, que posee libre entrada. Arriba de esta sala, es decir en su parte más alta, está el asiento del presidente, pintado en un tono de damasco intenso, sobre el cual cuelga el retrato de Bolívar, en tamaño natural. 

A su lado se encuentra la mesa del secretario. En todo el espacio que separa la barrera se encuentran cuarenta y ocho sillas, donde toman asiento los senadores. Hoy una cantidad ínfima de esas sillas estaba ocupada, pues la sesión parecía no tener demasiada importancia. Solo se trataba de la lectura de una serie de materias que luego deberían ser discutidas. 

Mi compañero me mostró a los delegados de mayor importancia, entre los que estaban el presidente Baralt, el senador Balarino y el doctor Soto, todos considerados liberales de tomo y lomo, y el último de ellos uno de los mejores oradores. 

Una vez que escuchamos y vimos una sesión del Senado, que no resultaba impresionante, nos marchamos a la Cámara de Diputados, que se encontraba al frente del recinto donde en estos momentos estábamos. 

Seguimos la senda que nos situó en la sala de los diputados, la cual resultó ser más estrecha e incómoda que la del Senado. Una valla de madera pintada de azul encerraba igual cantidad de diputados y de sillas, del mismo color, dejando un espacio mínimo para los asistentes y oyentes. La propia silla del presidente debía sufrir las consecuencias de la estrechez de la sala. Frente a la mesa del secretario colgaba una pintura de Bolívar, bastante mal hecha. El actual presidente se llamaba Arbelo y entre sus asistentes más notables se encontraban los señores Martín, Mosquera, Torres y Pardo. A este último inmediatamente lo reconocí como al Administrador de Correos de Cartagena. Se acercó prontamente a mí y sonriendo me saludó con un fuerte apretón de manos, al tiempo que decía: “¿Cómo está, amigo mío?”. 

El orden no parecía ser la máxima en estas sesiones, pues constantemente se interrumpen. Tal como ocurría en la Convención Nacional francesa, se podían encontrar aquí la montaña y la llanura; el monte y la playa; ya que se dividían entre liberales y conservadores. (A este último partido pertenece casi todo el clero). 

Ahora seguía la elección de una comisión que se encargaría de tratar algunos temas de importancia. Esto ocurriría durante el período de receso de la Cámara. Esta no proporcionaba muchas comodidades, por lo que era común ver a sus diputados levantarse para dirigirse a la mesa presidencial y solicitar un lápiz con el cual poder escribir el nombre de su elegido. Luego de esto, pasaba el secretario recogiendo, en una fuente de vidrio, las papeletas para proceder a su recuento. 

El paseo y las visitas nos ocuparon toda la mañana, por lo que se acercaba la hora de comer. Al pasar frente a una casa en la que colgaba un letrero que decía “Fonda”, nos detuvimos a hacerlo. En Bogotá, además de las posadas, que equivalen a nuestras hospederías, se encuentran numerosos lugares que son las fondas, donde se encuentra comida y refrescos. Así fue que entramos en una habitación bastante grande en la que se veían un mesón, un mostrador y una pared llena de estantes, donde los licores y las fuentes despertaban una grata sorpresa. 

Aproveché la ocasión para preparar de antemano una respuesta que resultara aceptable, así es que al serme consultado respondería con un “sí, señor”. En las fondas era común una mesa de billar, la que raramente se encontraba desocupada. Siempre apuestan dinero, tanto los jugadores como los mirones. Al fondo se ven unas mesas ocupadas por jugadores de naipes. Tuve la oportunidad, incluso, de ver cómo caballeros de buena posición sacaban de sus bolsillos un naipe y empezaban a jugar. Por supuesto que en Bogotá son aficionados a los juegos —como en la mayor parte del país— y se encuentran muchas casas de juego secretas, es decir, ilegales, donde se juegan altas sumas, que están prohibidas por el gobierno actual. 

Por sobre todos esos juegos de azar emergen las riñas de gallos que se realizan, sagradamente, todos los domingos en la tarde, acá en la capital. Para ellas usan un teatro especialmente construido a tal fin. Cobran una entrada al público, cuyo valor    es de medio real. Cuando se ha pasado por un grupo de charlatanes, hombres de juego y gallos cantando se llega a una verdadera pista de circo, cercada con una doble fila de palcos y una barrera de madera que separa a los espectadores del lugar de la pelea. Esta se encuentra formando un círculo menor, cubierta con fina arena. En uno de los mejores palcos está sentado el director del espectáculo, quien con una campanilla da la señal para el comienzo de cada pelea. 

Cuando así ocurre, ingresan los dueños de los gallos con estos bajo el brazo. Al encuentro les salen dos tipos que con un limón rebanado, primero, y luego con agua y una toalla secan cuidadosamente las patas y el espolón o arma del gallo para así evitar las posibles puntas envenenadas. Por último amarran a las patas de los “luchadores” un afilado trozo de metal, de tres a cuatro pulgadas de largo, muy bien pulido. Los gallos están criados especialmente para estas competencias. A temprana edad les quitan la cresta y sus partes sensibles y fácilmente atacables; incluso a algunos se les corta la cola. Son bien alimentados y los tienen en grupos para hacerlos más agresivos. A las patas se les amarra una cuerda lo que impide que se queden agarrados entre si. 

A la otra señal de la campanilla todos se alejan del ruedo e inmediatamente son soltados los gallos, a cierta distancia uno del otro. Parecen ser conscientes de que se trata de una riña de vida o muerte, por lo que durante un instante se contemplan, se estudian. En este momento se hacen casi todas las apuestas. Cuando la pelea empieza, generalmente no dura más de algunos segundos, antes que uno de ellos, o ambos, queden tirados en la pista chorreando sangre. Para asegurarse de cuál es el triunfador sus dueños los cogen y colocan uno frente al otro. Se supone que el que esté más fuerte tratará de dar el último golpe a su rival, el que procurará evitarlo. 

Cuando ya ha pasado ese momento comienza la liquidación de las apuestas; las más importantes suelen llegar a cien onzas o dieciséis piastras. Es común durante la disputa escuchar los gritos de: “Veinticinco onzas por el colorado..., cincuenta onzas por el negro...”. La pasión por este espectáculo es tal que puede verse a un esclavo negro llevar una gran bolsa repleta de onzas,con la que los dueños de los gallos hacen sus apuestas, así como también a señores del mejor linaje sacar su gallo favorito, oculto bajo unas mantas. Ese era el caso de Arrubla, un rico comerciante, extraordinariamente apasionado y que poseía una gallería con más de doscientos gallos, criados para peleadores, todos dedicados a ser masacrados en este extraño, ridículo e inhumano espectáculo.

Aparte de esto los habitantes de Bogotá no tienen ningún posible espectáculo, y aunque existe un teatro grande y bien decorado, desde la salida de los españoles no se hacen representaciones. Las únicas que pueden realizarse están en manos de grupos de estudiantes, los que, aun cuando actúan bien, tratan de reemplazar la falta de elenco en las edades y sexos por una brillante variedad de trajes.

Lo otro que podría mencionarse son las corridas de toros, aunque estas parecen haber sido deformadas en toda la república en cuanto a su naturaleza verdadera. Comparadas con las españolas, estas parecen fábulas realizadas por niños, acostumbrados a divertirse e imitar luego la presentación de un teatro móvil, o una obra destinada a entretener a los actores más que a los espectadores.

Al toro, mejor dicho al buey, se le amarra una cuerda a los cuernos y comienza a ser molestado por negros que, con pañuelos y frazadas, actúan como banderilleros, mientras que los picadores solo están armados de palos cortos, y los sonadores, o sea los petardos, se encargan de asustar un poco más al animal, acompañado esto de gritos del público y ejecutantes.

Lo mejor de todo es la resultante de que no se les puede acusar de derramar sangre, ya que cuando el torero tiene algunos problemas, basta que al animal se le cambie la dirección con un simple tirón de la cuerda amarrada a sus cuernos. En cuanto al toro, no corre peligro de que algún matador le haga su víctima; esa única posibilidad está en las manos de un carnicero común. Estas clases de corridas se llevan a efecto en la plaza mayor de Bogotá. Se comenta que están pasando de moda y quizás acaben en el total olvido.

En el centro de la referida plaza se alza una fuente de piedra. El agua se lleva hasta ella desde los cerros cercanos mediante un acueducto subterráneo. Dicha plaza tiene toda su superficie empedrada y con variedad de veredas o caminos angostos que nacen de la bella fuente. Por las veredas de mayor amplitud se deslizan profundas cunetas que aprovechando la pendiente de las calles se encargan de transportar el agua a través de la ciudad. En épocas de lluvia, como la actual, se hace imposible cruzarlas sin la ayuda de los puentes peatonales que para ello se han levantado, los cuales están ubicados en las esquinas de cada bocacalle.

Naturalmente que todo este cuadro hace que la ciudad esté limpia la mayor parte del tiempo. Comprende uno, cuando recuerda, que tenía mucha razón ese Virrey que decía: “El agua de lluvia es uno de los más nobles agentes de policía”. 

Varias de las calles principales tienen protección contra la lluvia mediante los techos y balcones sobresalientes de las casas. Lo otro llamativo, pese a su deficiencia, es la iluminación nocturna que se hace con los farolitos instalados en las esquinas. 

Las casas cercanas al centro o a la plaza generalmente tienen dos pisos. El de abajo está ocupado por pequeños negocios, talleres o depósitos, y el superior se destina a vivienda. Hacia este se llega por anchas escaleras de piedra que conducen a galerías que miran al centro de los patios y hacia el conjunto de plantas que adornan la balaustrada. Aquí se hallan las puertas que dan acceso a las habitaciones, las cuales están compuestas por pequeñas piezas y dormitorios, el comedor y la sala. 

Muy llamativos son los tapetes del piso, en su mayoría gruesos trenzados de paja, que son reemplazados, en las casas de los más pudientes y adinerados, por alfombras europeas. 

Estos tapetes son considerados indispensables para protegerse del frío, que acá es persistente; suele ocurrir que el termómetro baje hasta diez grados en tiempos como el actual, es decir, de lluvias. No se ven estufas de azulejos. Las piezas están forradas con papel y en pocas casas hay tragaluces. Las ventanas no son de vidrios sino que están protegidas con rejas de madera. La única ventilación que tienen las habitaciones pequeñas es la puerta misma. 

Los muebles, sin ser de gran belleza, son los más cercanos a los nuestros que haya visto en las ciudades colombianas. La sala de recepción de las visitas tiene un diseño de conjunto; se pueden ver sillones, un sofá, algunas mesas, un enorme espejo y posiblemente algunos cuadros pendiendo de las paredes color ladrillo, todo lo cual forma un esbozo que, sin ser fastuoso, es increíblemente grato para el forastero. 

El clima es más bien frío. El termómetro en raras ocasiones sube de los treinta grados, lo que ayuda bastante a notar las diferencias del vestir de las personas, que parecieran depender de la sensibilidad innata y la oportunidad de mostrar la debilidad que se tiene por los colores fuertes. Al pasearme por la calle real, la principal de Bogotá, me he entretenido mirando los contrastes del vestuario, que me llevaban a pensar que mediante esa apreciación pueden encontrarse los hábitos característicos de cada zona. 

Es así como puede observarse a un señor envuelto en su capa azul y cubierto con un negro sombrero muy bien puesto en su cabeza, avanzar suelto y pausadamente, al tiempo que a su lado camina un personaje cuyo sombrero de raíces livianas y saco sencillo de lino parecen dar a entender que no lo considera molesto. Para ellos tampoco tiene importancia. 

En sentido contrario veo venir grupos de mujeres que traen sus cabezas libres y llevan vestidos livianos, a pie descalzo o con alpargatas, las que parecen mirar con envidia el vestuario de las damas elegantes que caminan delante de ellas. Estas últimas traen sobre sus cabelleras un sombrero, visten falda negra de seda como las medias, una mantilla y zapatos. Miro más adelante y contemplo algunas señoras que se visten a la usanza europea. El sombrero tan tradicional ha dejado su lugar a uno de gran colorido y plumas teñidas del mismo color que éste, o bien usan sombreros con flores artificiales, al tiempo que la mantilla ha sido reemplazada por una vivaz pañoleta de colores que se anuda lo mismo que las mantillas, con una de sus puntas metida bajo el sombrero, la del medio mantenida sobre el pecho y la de más abajo colgando coquetamente por la espalda.

Cerca de esas señoras veo dos especímenes, dispares entre sí. Uno brillaba por el sudor, pues vestía cuello de piel, gorro con forro y gruesas botas, y el otro se envolvía en un traje de pantalones de lino, medias de seda y zapatos. Si no fuera porque hablan el mismo idioma, tan fuerte como vulgarmente, y fuman sus tabacos con gracia nativa, podría pensarse que se está frente a un ruso y un francés que tuvieron la ocurrencia de mostrar en este suelo sus respectivos trajes. 

Pero esto no es lo único. También podían notarse las diferencias entre los oficiales, que daban pie para que cada uno tuviera ocasión de mostrar un tipo de traje ideado por su mente. En general resultaban vestidos más adecuados para los paseos callejeros en Bogotá que para llevar a la práctica una campaña por el desierto o los llanos, fuera de que el traje casi nunca va acompañado de sus armas. 

Sin desear polemizar, considero que los referidos trajes están recargados de costuras, colores y adornos policromos, para lo cual hacen resaltar demasiado el oro, la plata, las medallas, los botones, etc., en una mezcla tan brillante como ridícula, a lo cual se agregan sus gorros y sombreros de tres puntas con penachos y plumas de excesivo colorido. Nunca vi a estos personajes sin pensar si esta manía de vestirse tan multicolor y brillante pudiera ser considerada como una de las consecuencias del trópico, lugar en donde se manifiesta esta variedad en los animales y las personas. 

De este modo puede verse a un dragón y a un húsar sobrecargados de trenzas de plata y botones, mientras que sus largos mamelucos rojos escarlatas ven correr dobles galones dorados hacia las horribles botas con espuelas, bajo un sombrero de tres puntas provisto de recargados penachos. Toda esta chuchería la cubre un largo plumón que el uniformado hace tambalear en el aire. 

A su lado es posible que camine un representante de la infantería, que no tiene el gusto en la confección de los trajes del anteriormente reseñado. Sinembargo su colorido y diseño muestran que por lo menos ha intentado lucir tanto como su compañero. 

Ante tamaña diversidad, el gobierno se vio obligado hace algún tiempo a establecer un reglamento más rígido sobre los uniformes del ejército, con el fin de impedir que cada cual se vista de acuerdo con su gusto propio y personal. Esta medida se implantó mientras yo me encontraba en Bogotá, lo que me dio ocasión de escuchar la casi unanimidad de criterios que se mostraban disconformes con ella, y muchas veces fui testigo de debates sobre detalles insignificantes del traje. Los más discrepantes pertenecían a los recién nombrados tenientes. Aquellos que acompañaron al Libertador en la campaña, no discutían. 

Bolívar es el personaje más renombrado de Colombia y Suramérica. General y estadista, al que no había tenido ocasión de ver, pues se encontraba en el Perú. Por lo que, momentáneamente, tuve que limitarme a conocer a su hombre más cercano, el vicepresidente Santander, también general, y ante quien llegué por intermedio del ministro mejicano que se encontraba en Bogotá, el señor Torrens, que conocí durante mi estada en esta ciudad. 

Para la presentación se acordó un domingo en la mañana, aprovechando las audiencias concedidas por el general. A las once estuvimos en el palacio presidencial, cuyo interior era tan poco pretencioso como su aspecto exterior. Al cruzar una patrulla de húsares que formaba la guardia personal del presidente, se encuentran unas escaleras de piedra que llevan a la galería que se alza en el segundo piso. Un húsar abre las puertas hacia un pequeño recinto, antesala de la que corresponde a las audiencias. 

Este es un salón bastante amplio, decorado con muebles de tonos rojos, una alfombra europea, tres lámparas de lágrimas, algunas mesas y ventanas con vidrios. En la parte superior de esta habitación se halla el dormitorio del presidente. Desde ahí descendió el general Santander, vestido muy sobriamente, con tonos rojos y azules.

Es un hombre de gran estatura, que sobresale de la normal altura colombiana. Se encontraba en sus mejores años, con una cara alegre, que le otorgaba un aspecto noble y una categoría mucho más cercana a la de un general europeo que la que se pudiera tener de un vicepresidente suramericano. Aunque no estuvo nunca en Europa, mostraba conocimiento avanzado sobre ella y uno muy profundo sobre nuestro país. 

Así fue que al entregarle un retrato de Su Majestad nuestro Rey, empezó a hacerme preguntas concernientes a nuestra capital, Estocolmo, y a nuestro soberano. 

Poco a poco fue llegando gente, por lo que nos despedimos y abandonamos la sala de audiencias, en la cual no existía etiqueta estricta, como que incluso varias personas eran presenta. das en forma simple y descuidada. El único sirviente que se veía, a excepción de los mal vestidos húsares, era un mulato que calzaba alpargatas, sin medias, y estaba al servicio del general. 

La guarnición de Bogotá consiste de dos batallones de infantería y uno de los mencionados Húsares Rojos, dieciséis de los cuales formaban parte de la caballería. Estas tropas son las más descuidadas y poco ejercitadas que hasta ahora conozco en esta nación. La ocasión ideal para ver las tropas mejor presentadas y relucientes era la fiesta del 25 de mayo, que hace recordar los momentos en que cumplían órdenes en los cálidos y enardecidos campos de batalla, durante las marchas forzadas. Era entonces cuando no se podía dejar de recordar sus hazañas, pese a que su figura se viera un tanto empequeñecida en esta gran parada, en la capital de la República. 

Con excepción del pequeño escuadrón provisto de bototos, | (1) en donde se colocaban las espuelas, la guarnición no poseía medías ni zapatos; el calzado eran solo alpargatas. Y aunque todos usaban uniformes, era fácil ver que no correspondían a la talla de cada uno. Los sacos largos y rojos, con sus reversos azules y su corte inglés, daban al espectador la posibilidad de suponer que, con toda seguridad, anteriormente esos uniformes habían adornado los cuerpos de un regimiento inglés de mayor estatura para luego ser vendidos a los colombianos de menor cuerpo. 

El otro cuerpo de la guarnición mostraba diversidad tanto en la indumentaria como en los grados. La tropa vestía con las tradicionales ropas; los suboficiales llevaban trajes de lino blanco, y los oficiales, amarillos de casimir. Poco antes de dar comienzo a la ceremonia se practicaban ejercicios de mano y ritmo, que mostraban un poco los que el ejército español había legado al colombiano, y luego prácticas con las armas, todos dirigidos por el oficial de mando o por la batuta del tambor mayor. La impresión que daba a la vista era la de un excelente teatro de títeres, donde el movimiento de uno hacía que todos le siguieran. 

Me llamó poderosamente la atención un paso que consistía en algo como una arrodillada frente a una procesión religiosa. Toda la fila bajaba sus armas, colocándolas delante, quitaba sus sombreros y descansando en una rodilla esperaba el paso de sus compañeros. Todos estos complicados giros y pasos serían muy hermosos realizados por tropas que no sean estas. Esta guarnición se halla muy por debajo de la de Cartagena, y al hacer una comparación más rígida entre ellas tendría que señalar que el criterio del gobierno parece ser que como la guarnición de la Costa está más a la vista del forastero se hubiera contentado con tratar de mostrar allá lo mejor, descuidando la de la capital. Es como imaginar una obra de teatro en que los personajes centrales están representados por los actores de mejor vestuario y el resto del elenco debe llevar trajes inadecuados, pero que muestren todo lo que el teatro posee en vestimentas. 

La fiesta anteriormente mencionada corresponde al Corpus Christi, que la Iglesia Católica celebra con mayor pompa que la misma Navidad. Trataré de hacer —pues parece el sitio apropiado— una descripción de lo que esta fiesta representa. 

Ocho días antes de comenzar los festejos oficiales empezaban los preparativos de la celebración. En la plaza —lugar central de la festividad— y en las esquinas de sus calles adyacentes se alzaban altares ricamente adornados, provistos de ruedas para su desplazamiento, que no eran descubiertos hasta que la fiesta se daba por iniciada. La tarde de la víspera una guerra de fuegos artificiales anunciaba que todo estaba comenzando. Este ejemplo de fanatismo por la pirotecnia duraba un rato prolongado: era un verdadero bombardeo. 

La oscuridad de la tarde resultaba un marco apropiado para tal efecto. La multitud se apretaba y casi no podía ser contenida por el espacio existente entre la plaza y las casas de los alrededores. Fácil es imaginar la confusión que se forma cuando un cohete escapado de la guerra pirotécnica pasa por entre tanta gente. 

Temprano, en la mañana del día siguiente, se procedió a descubrir los altares. Allí se podía observar la diversidad de cosas brillantes que se encontraban en el interior de los tabernáculos. Sin gusto ni selección, era una mezcla de objetos religiosos y profanos, o masa heterogénea situada una encima de la otra. Así, podía verse al lado de la imagen de la Virgen, lujosamente adornada, un cuadro francés que mostraba a Venus en el baño; un cáliz religioso rodeado de fuentes de plata, jarros, copas doradas y otros objetos profanos, un crucifijo en el centro de espejos y numerosos retratos. Todas las paredes eran un mosaico de tesoros, imágenes de santos y apóstoles, pinturas poco serias, grabados, coronas de rosas, flores, cintas, etc., etc. En pocas palabras, es difícil comprender tanta mezcolanza, donde lo brillante y profano no deja apreciar lo divino y sagrado. Parece como si el objetivo fuera deslumbrar la vista antes que conmemorar una fiesta religiosa. 

Por otro lado, los balcones de la plaza están cubiertos de riquezas, telas de colores fuertes, pañoletas, cobijas, etc. Es como un intento por ennoblecer la fiesta. Todo reluce, todo brilla..., pero sin religión. 

En un momento previamente acordado todas las iglesias echan a volar las campanas, anunciando que comienza la procesión desde la catedral. Es ahora cuando a los ojos de un protestante el espectáculo adquiere dimensiones inexplicables, aunque la vista de los tabernáculos había sido un buen aviso de esto.

En sus comienzos tenía bastante parecido con nuestras fiestas religiosas, pero el clima y el carácter tropical de la gente hicieron que degenerara en una procesión carnavalesca o, mejor dicho, en una farsa religiosa, cuya idea, nacida en la mente de un sacerdote católico, solamente puede haber sido incubada bajo el sol tropical. La escena más se asemeja al feto de una fantasía sobrada de humor. 

La procesión comienza dejando paso a las adornadas carretas en las que van niños disfrazados que representan diferentes personajes históricos y bíblicos, vestidos de jinetes con cascos negros, lanzas y escudos. Se puede distinguir a David y su arpa a cuyo lado está Betsabé. Se ve a José armado de un látigo dorado y espuelas con broche de oro, a quien le siguen dos jinetes que escoltan su paso como una verdadera guardia personal.

Todos los personajes están representados por hijos de las familias más ricas, lo cual lleva a una verdadera demostración de joyas y vestimentas. Se ven diamantes, oro, plata y piedras valiosas. Podría decirse que Ester, en ese momento, tenía un valor de diez mil piastras.

Inmediatamente seguía un aspecto diferente de la fiesta. Una gran cantidad de lagartos, tortugas, tigres, serpientes y caimanes, representados por ciudadanos, que producían un efecto de mal gusto. El ejemplar que más llamaba la atención era una enorme tortuga en cuyo lomo iba sentado un negrito. Causaba sensación entre la gente del pueblo porque efectuaba unas maniobras con su cabeza y cuello, de gran movilidad. Otro favorito era un caimán que se encargaba de morder a todos aquellos que se le acercaban. 

Luego seguía un grupo de horribles enmascarados, que hacían un ruido atronador con pitos, tambores y castañuelas y danzaban como si representaran un baile de demonios. Venían equipados con colas largas, cuernos y patas de caballo. Verdaderamente se defendían de la persecución que a sus espaldas les hacía el arcángel Miguel, vestido de seda blanca y grandes alas púrpuras, al tiempo que con una espada repartía golpes al dragón, que era seguido de ocho hombres vestidos de negro. El ángel conseguía arrastrar tras de sí a los diablillos y al dragón, con lo que aprovechaba para abrir paso a los nuevos actores: numerosos niños vestidos de pastores y envueltos en ramas y flores a quienes acompañaban rebaños de ovejas. 

Otro grupo importante estaba compuesto por el de los tres Reyes Magos, que avanzaban mirando al cielo con mucha atención en dirección a la estrella, la que era llevada en una larga caña de bambú. La escena era seguida por un cuadro en que venía la Virgen María adornada del modo más reluciente y seguida por el viejo José, con una hacha y su barba que le daba acentuado toque de distinción. 

A espaldas de este grupo aparecía la procesión como tal. Una cantidad interminable de sacerdotes, monjes, acólitos, niños de coro, etc., todos portando velas encendidas. Entre ellos una fila de bellas jovencitas, con rosas blancas y vestidos decorados con flores, llevaban sahumerios, canastillos con flores, etc. Les seguía un grupo de muchachos indígenas que bailaban en círculos al derredor de un palo que en su punta tenía una copa de cintas de seda de fuertes colores. 

En seguida venían los invitados del Perú, que, como tales, debían también formar parte de la procesión. Eran dos llamas; lindos animales de cabezas erguidas y cuello largo y recto que dificultosamente eran arrastrados por su dueño. 

Tras ellos seguía la banda de músicos vestida de soldados romanos y sirviendo de antesala a la presencia del vicepresidente, los ministros y altas personalidades del gobierno, todos muy bien engalanados. La guardia con sus armas terminaba esta parte, tan extensa como extraña. 

Al momento en que el arzobispo llega al primer altar el ruido y la música se acallan. La gente se arrodilla mientras un sacerdote lee y ora. Al terminar éste se encienden los fuegos artificiales, situados detrás del altar, con lo que la comitiva sigue su camino hacia otro lugar de oración. Es así durante varias horas, y una vez que se ha visitado el último de los altares la gente retorna a la plaza. 

Lo que sigue ya no tiene relación con lo anteriormente detallado. Se han colocado en la plaza varios postes encebados y en sus extremos superiores penden premios que serán ganados por el que logre llegar a ellos. La fiesta se despide con una de las corridas de toros ya descritas. 

Todo el espectáculo torna a ser vivido ocho días más tarde. El teatro vuelve a hacer la representación. Ya se han preparado las decoraciones, cada actor sabe su papel y el espectador tendrá mejor ocasión para observar y criticar la obra puesta en escena. Pero todo me recuerda a aquel crítico que esconde sus verdaderos juicios y se descarga con la sola mención de las escenas más notables. 

Todos los días se vive el jolgorio del mercado en la plaza, que en general no se diferencia de los ya conocidos, aunque sobrepasa en tamaño, mercancías y personas a los que había visto. Se dice que en él se venden más de diez mil piastras al día. Entre los personajes que deambulan puede verse el criollo rubicundo, el oscuro mestizo, el indígena amarillento, el mulato oscuro y el negro. Por lo demás, llama la atención encontrar, a solo cuatro grados del Ecuador, manzanas, guindas y fresas silvestres, aunque sus tamaños son menores de los que conocí en mi patria, aparte de que tanto en el sabor como en su aspecto no presentan iguales características. 

Si tuviera que dar una justa razón de esta diferencia mencionaría el clima caliente de estas regiones tropicales y, por otro lado, el clima contradictorio que ofrece Bogotá. El problema del calor podría suplirse usando invernaderos; pero esa sería una solución artificial. Ahora, tratándose de un lugar como la sabana de Bogotá que por su ubicación en cuanto a la superficie terrestre debería ser uno de los más calurosos de la tierra, en estricta verdad es un sitio frío y no está en condiciones de tomar el calor del sol que normalmente debiera recibir. Se concluye entonces que son las diferencias climáticas las que cambian el natural sabor de los productos que se encuentran en distintos puntos del globo. 

Cuando observé esos productos me pareció que me encontraba con uno de mis amigos de la infancia. Pero al desaparecer la sorpresa inicial causada por esos rasgos tantas veces soñados, empieza la decepción al comprobarse que nada es igual a como antes y que uno está obligado a reconocer que prefiere y debe relacionarse con los que ha conocido en estos lugares. 

Las aceras que salen de la fuente de la plaza se dividen en cuatro triángulos proporcionales, cada uno de los cuales está ocupado por una sección bien específica. En el primero de ellos se ve a los carniceros y sus negocios de carne, grasa, manteca y longanizas. Otro está destinado a la gente del campo y sus productos: arroz, maíz, trigo, cebada, yuca, papas, plátanos, repollos, limones, naranjas, zanahorias, piñas, etc. En estos también se venden lindas flores, entre las que se pueden distinguir rosas y claveles. El tercer espacio está dedicado a la venta de pavos, gallinas, palomas y pájaros de gran colorido. En el cuarto se venden productos manufacturados, distinguiéndose la ropa gruesa de lana y algodón, muy similar a nuestras telas destinadas a la confección de vestidos para las clases más bajas. Aquí es posible encontrar para la venta caballos, mulas y diversos animales que serán sacrificados para el consumo. 

El ver esta plaza repleta de personas, productos y animales es un entretenimiento, que alcanza ribetes de mayor agrado si se mira desde las alturas de un balcón. La mejor muestra de Bogotá se puede descubrir desde sus balcones... Allí se nos ofrece la verdadera Colombia. 

Si bien es cierto que el comercio bogotano no es demasiado floreciente, tiene a lo menos un tráfico intenso, para lo cual usa el Magdalena y los numerosos arrieros que realizan el transporte de mercaderías desde las bodegas de Honda. Todos sus depósitos pueden verse abarrotados de mercancías inglesas y norteamericanas, aunque ahora se encuentran preferentemente las francesas recién llegadas en un champán que les ofrecía un treinta por ciento de descuento por pérdida, en tanto que los comerciantes pedían les fuera declarado un cuarenta por ciento. Esto hace ver que no se puede creer en los precios de las mercaderías europeas, pues en pocos países del mundo son tan caras como en Colombia. Debe contribuir bastante también el hecho de que en otros lugares no se siente tanto la necesidad de tener productos lujosos, sin considerar los problemas del transporte que resultan de traer artículos desde la costa hasta el interior. 

Buena prueba de ello es que un sombrero de castor, fino, alcance un precio de un doblón, es decir, dieciséis piastras; un frac, cincuenta piastras; un par de medias, doce; una caja de vino de Burdeos, con doce botellas, quince piastras. Así se podría seguir y seguir. Aun con todo eso no se encuentran comerciantes nativos que tengan una gran riqueza. Los que obtienen mayor provecho son los comerciantes extranjeros, que se asocian generalmente con sus iguales de Cartagena. 

La mayor parte de los grandes comerciantes tienen sus tiendas en las calles centrales, y ellas solo poseen como ventanas la propia puerta, por lo que son bastante oscuras y llenas de humo de cigarrillo, el mismo que expulsa el tendero sentado en un estante, con los brazos cruzados. Es la postura de un negligente colombiano que satura de humo su local. 

Pues bien, si los viernes ponen una nota agradable con la presencia del mercado, los sábados hay inundación de mendigos recorriendo calles y casas. En su gran mayoría muestran heridas en sus brazos y piernas, o enormes y deformes pies a consecuencia de la elefantiasis. La escena suele ser dura, ya que antes el país no me la había mostrado. A esto también contribuye el clima frío con la ayuda de las instituciones de beneficencia, que son muy malas y burocráticas. 

En esta ciudad es posible encontrar pequeños hospitales que dependen de los conventos, entre ellos el más grande e importante es el de los hermanos franciscanos. Además existe un hospital militar, que es el más ordenado, hasta el punto de que para despachar cualquier receta de medicinas se necesita la autorización de un comisario de control. Tan estricto resulta esto, que si no se encuentra ese funcionario debe esperarse hasta su llegada para que le sean entregadas al paciente a quien fueron formuladas. 

El clima de la capital, sin ser insalubre, es uno de los más peligrosos del país, en especial para los extranjeros, y no son pocos los casos que se cuentan de viajeros que acá encontraron el último de sus paseos. El motivo de esto parece ser la brusca interrupción del calor del Magdalena y su cambio por el frío de esta sabana montañosa. Debe advertirse que un cuidado adecuado no está de más en esta tierra, pues el cambio de un clima de treinta y cinco o cuarenta grados por uno de quince o veinte es un riesgo muy grande. 

Por ello la enfermedad más común es la fiebre con escalofríos unida a una creciente dificultad para respirar, que, al fin de cuentas, afectará los pulmones. Muchos jovencitos han partido hacia sus tumbas con mayor rapidez de la prevista porque después de haberse salvado de los peligros de las tierras calientes se han descuidado en la sabana bogotana.

Una buena medida de precaución que para el cambio de clima han adoptado los viajeros es la de detenerse un par de jornadas en Guaduas o Villeta, que tienen una temperatura intermedia. Otra es arroparse convenientemente durante el viaje por las cumbres, con ropas de lana, y tomar bebidas que les ayuden a recuperar las fuerzas. Un vaso de vino de madera combinado con quinina resulta lo mejor. Finalmente, dentro de los cuidados debe buscarse la realización y práctica de un ejercicio adecuado, para lo cual las alamedas situadas en las afueras de la ciudad brindan una buena oportunidad. 

Uno de los paseos más lindos de Colombia lo tiene Bogotá en la alameda que se encuentra en el camino a Tunja. Ancha, pareja y casi en línea recta, se extiende por casi veinte kilómetros en las afueras de la ciudad. A sus costados se encuentran frondosos y antiquísimos álamos, cuyos troncos se unen por una red impenetrable de arbustos y rosales. 

Aunque a los habitantes de la capital no les agrada mucho la excursión —en esto no se comparan al resto del país— sino que limitan sus paseos a la calle real, pueden verse muchos de ellos, los días domingos, desfilar por las delicias de esta alameda. Quienes la frecuentan en mayor número son los jóvenes, que en sus cabalgaduras la recorren a todo trote. Esta costumbre de montar es muy bien vista en Bogotá, ya que la calidad de “mejor señor” no tiene sentido si éste no posee un caballo de montar. 

Los caballos, pese a ser pequeños como las jacas noruegas, son fuertes y vivaces, entrenados en un paso común y siempre guiados con riendas cortas. Aquí hay una caballeriza cuya única tarea es adiestrar al animal en el paso de ambladura, lo que se consigue amarrando a las patas pequeñas cuerdas que no le permiten andar de modo normal sino mover las patas en sentido coordinado. Para el caballo se transforma en un paso corriente y pronto puede trotar. Este estilo produce una especie de movimiento hacia los lados, que da un efecto raro pero lindo. 

Un caballo ya entrenado tiene un valor que alcanza a las mil piastras, especialmente si es negro, color que es el más apreciado. 

Al igual que en su propio vestuario, los jinetes muestran sus gustos en los atuendos del animal. Brillantes monturas y paños escarlatas de bordes dorados o plateados y riendas con decorados brillantes conforman el aspecto que se les da. Las espuelas, generalmente de plata, las portan tanto los grandes señores como los de clase inferior. Resulta divertido ver a los campesinos de edad, calzados con alpargatas, entretenerse en hacer sonar sus grandes espuelas de agradable tintineo como si fuese una protesta a un recluta joven, en su primera llegada al regimiento. 

Hacia la izquierda de este paseo se encuentra la “Quinta de Bolívar”, donada por la nación al presidente y único regalo que éste ha recibido por tantos favores hechos en bien de la República. Siguiendo una angosta senda que da vueltas por la orilla oriental de la ciudad, en los cerros, se llega a un jardín cercado por un muro de tierra y arbustos que rodea la pequeña vivienda. Una cantidad inmensa de rosas silvestres, alelíes y claveles acompañan a cuadras de fresas. Otro sector está sembrado de césped que muestra inscripciones como: “Viva Bolívar... Boyacá... Carabobo”, etc. Los dos últimos nombres corresponden a sitios donde Bolívar alcanzó grandes triunfos militares sobre los españoles. 

Una grata vista tiene la construcción erigida en esa pendiente de los cerros, donde se observan las espaldas de Bogotá y una amplia perspectiva de la ciudad y la sabana que se extienden a sus pies, lo mismo que los montes muestran sus alturas y vertientes andinas, aún vírgenes. 

La planta inferior de esta construcción es una casa destinada al baño y mantenida con las cristalinas aguas del arroyo cercano. Es este el sitio que el Libertador acostumbra visitar en los pocos momentos en que él se encuentra en Bogotá. Por todo lo detallado no resulta extraño que prefiera esta casita al ya descrito palacio presidencial, en el sector de la plaza principal de la capital. 

Bogotá, que antes de la Independencia se llamaba Santa Fe de Bogotá o comúnmente Santa Fe, siempre ha sido una de las ciudades principales de Suramérica. 

Fundada en la mitad del siglo XVI, (en 1538), por el español Gonzalo Jiménez de Quesada, pronto aumentó en tamaño e importancia. Poco tiempo medió antes de que fuera nombrada como la capital de Nueva Granada y asiento de los Virreyes. 

Mediante la Constitución de 1821 se la declaró capital de la República y centro del Gobierno y del Congreso. Por ello y por ofrecer un punto de partida para la visión general del país, es la ciudad más llamativa e interesante para el forastero. 

Como el análisis es rápido e incompleto, dejaré muchas apreciaciones y resultados para el capítulo siguiente.

 

 

(1).  Calabazas (N. del T.).  (Regresar a 1)

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