CAPITULO XIV
VIAJE DESDE
MEDELLIN A BOGOTA
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Repartiendo nuestra estada, por espacio de dos meses, entre
Medellín y sus alrededores, esperamos al 1° de mayo para abandonar
la entretenida colonia sueca, el simpático lugar de su residencia y
esta linda ciudad con el fin de dirigirnos a la capital de la
nación: Bogotá.
Casi al filo del mediodía y acompañado, por espacio de una hora,
de algunos de mis compatriotas, comencé a subir solitario las
alturas del cerro de Santa Helena. Cuando me acerqué a su cumbre
volví a sentir el goce de la impresionante vista sobre el valle.
Proseguí mi viaje, llegando a Rionegro en las horas de la tarde,
donde fui bien recibido por el ya conocido señor Sáenz.
Luego del desayuno continué hacia Marinilla, lugar que dejé
atrás a las doce del día; sobrepasé el Peñol a las tres de la tarde
y finalmente hice mi entrada a Ceja, a las cinco. Me albergué donde
mis antiguos conocidos. Al otro día tuve la alegría de abrazar a mi
viejo peón Cristóbal López, quien se presentó con su silla
dispuesto a guiarme por los cerros. Contratamos a un par de
cargadores, con los que completamos nuestra cuota para el viaje, el
que no pudo iniciarse al día siguiente, como estaba previsto, pues
una lluvia torrencial lo impidió.
El jueves 4 de mayo planeábamos comenzar la marcha a la
madrugada, pero el alcalde del pueblo se opuso a que cualquier peón
abandonara el lugar antes de la hora de misa, ya que ese día era
uno de los innumerables días santos. Así es que no quedó otra cosa
que esperar hasta casi empezar la tarde para lograr iniciar el
largo recorrido.
A las dos estábamos en la cima del cerro y tras deleitarnos con
la visión de la despedida de la provincia de Antioquia, nos
dispusimos a empezar el viaje hacia nuevos lugares. Al caer la
tarde nos encontramos al pie de las montañas, en las casas de
Bijagual, donde decidimos albergarnos.
La salida fue de madrugada; aún el sol dormitaba cuando ya
formábamos parte del camino y su paisaje. La caminata tuvo de todo:
vados, montura, trepadas, etc. Todo complicado, ya que la lluvia
mantenía el camino húmedo y era difícil conservarse firme en la
tierra y transitar sin inconvenientes. Por eso nos alegramos al
llegar a Tutumba, donde había sitio para proteger nuestras cabezas,
en el mismo instante en que se desataba un aguacero
formidable.
Pese a que el cielo se encontraba nubladísimo, anunciando
lluvia, decidimos continuar adelante. La mañana aclaró, ayudando a
nuestro avance de modo más que aceptable. Nuestra meta de llegar a
Valsadera antes de la tarde fue plenamente lograda.
Aquí comimos algo y nos enfrascamos en una larga discusión sobre
si nos quedábamos a esperar la noche en este sitio o si
continuábamos la ruta para llegar a Canoas antes del
anochecer.
La discusión tenía mucha validez, máxime si yo deseaba estar en
Juntas a la noche siguiente, a fin de alcanzar a tomar una
embarcación, cuya llegada se calculaba para entonces, pero que
zarpaba a la medianoche. Pero no podía dejarse de lado el riesgo
que significaba salir de Valsadera tan tarde y con las
complicaciones del tiempo. Iniciar el viaje significaba tratar de
alcanzar obligadamente a Canoas, situada a cuatro horas de aquí,
sin mediar casas, ni pueblos.
Una vez estudiadas cuidadosamente las condiciones climáticas se
decidió proseguir nuestra marcha. El cielo parecía no querer
descargar su furia lluviosa antes de la llegada de la noche. El
camino fue recorrido con una rapidez poco común, así que alcanzamos
nuestra meta del día al tiempo con la caída del sol, felices por el
exitoso intento y cansados por el viaje anormalmente
largo.
Aunque la mañana siguiente era domingo, dejamos también el
pueblo a horas tempranas. Ayudó mucho a ello el no existir un
alcalde que pudiera evitar la salida de alguien antes de la hora de
la misa dominical.
Como consecuencia de la lluvia caída durante la noche el terreno
estaba intransitable y apenas antes de las once de la mañana
logramos llegar —unos sucios y mojados viajeros— a las
mencionadas chozas de protección que usan los peones para la ruta
entre Canoas y Juntas. Hervimos nuestro chocolate, desayunamos,
descansamos unos instantes y reanudamos la caminata. En horas de la
tarde estábamos en esta última estación del viaje, es decir, en la
bodega de Juntas.
En la ruta y en dicha estación pude contar a más de cien peones.
El intenso ajetreo se debe a que en la primera semana de cada mes
pueden conseguir algo de las cargas llegadas durante toda la
treintena. Cada cual viene preparado para la empresa; con sus sacos
para las mercancías comerciales o con bolsas de cuero, redondas, en
las que transportan tabaco y cacao. Algunos vienen con unos raros
artefactos de metal donde las mercaderías se transportan entre
peones y mulas, por igual.
Así fue durante todo el resto del camino, el cual noté que se
estrechaba aún más, toda vez que pasar por los angostos pasos que
quedaban entre éste y las rocas era más complicado por la gran
cantidad de interesados en hacerlo. Con todo, tuve la ocasión de
volver a presenciar la agilidad con que se mueven y la gentileza de
dejar a mis peones cruzar con sus maletas, abriéndoles el
paso.
Tras muchos saludos y cortas conversaciones —ya que ningún
peón se cruza con uno de sus iguales sin antes haberle dirigido
unas pequeñas frases sentenciosas y de saludo— pareció
alcanzarles un arrebato de aliento, que nos hizo llegar a eso de
las cinco de la tarde a la solitaria bodega de Juntas, donde el
encuentro con mi buen amigo el bodeguero constituyó un inmenso
gusto. Este se hallaba bastante ocupado por la distribución de la
peonada, pero me atendió con gran deferencia.
La actividad en los contornos de la bodega era permanente, pues
había una buena cantidad de peones que se entretenían en terminar
de acomodar sus cargas en las máquinas traídas para tal efecto; en
amarrarlas convenientemente y probar su estabilidad en sus hombros,
midiendo de este modo el largo adecuado de sus correas. Pese al
ánimo que ponían en ello no daban abasto para poder emprender el
viaje inmediatamente, por lo que se hacía necesario esperar hasta
la madrugada siguiente. Así era que disponiendo del tiempo que les
quedaba, se dedicaron a hervir sus chocolates, formando círculos, y
al tiempo que corría la bebida por todas las manos, se pusieron a
charlar y cenar.
Entre todos los grupos formados logré reconocer a varios de los
que habían estado conmigo en la abandonada choza de Falditas, en mi
anterior subida. Justamente cuando charlaba con uno de ellos se me
acercó un peón que puso en mis manos algo envuelto en un papel, al
tiempo que decía: “¿No es esta la navaja de su
merced?”.
Al desenvolver el papel me percaté de que efectivamente era la
navaja que había extraviado en mi subida a la provincia. La
encontró en el camino y al enterarse por sus compañeros de que un
extranjero recorrió aquella ruta, la guardó cuidadosamente en
espera de encontrarse con su dueño para entregársela. Dicho gesto
no dejó de extrañarme, aunque no pusiera en duda la honestidad del
peón. Como sabía el valor inapreciable que para uno de esos
trabajadores tenía un cuchillo de esa naturaleza, no pude menos de
pedirle que se quedara con él.
Esa no fue la única sorpresa que debía llevarme. Existe un
detalle que aún no he narrado pero que las circunstancias hacen que
deba hacerlo. En el viaje desde Mompós hacia Antioquía me había
llevado uno de aquellos pajaritos negriamarillos, un turpial, de
los que existían en estado salvaje en las zonas montañosas, donde
por su canto y por su belleza son muy cotizados. Le llevaba en una
jaula pequeña que se acomodaba tan bien en la canoa como en las
espaldas del peón, donde le daba sitio sobre una de las maletas que
transportaba.
Al llegar a la parada de Ceja encontré quebrado uno de los
palitos de la jaula. El peón no logró darme mayores detalles de
ello, por lo cual tuve que presumir que algún gancho de un árbol lo
había roto, situación para escapar que la avecilla no desperdició.
Por supuesto que ya veía totalmente esfumadas las posibilidades de
ver mi pajarito.
Cuando llegué al albergue de El Peñol y estaba a punto de
acostarme, se acercó un peón joven que llevaba un enorme sombrero
en la cabeza. Se lo quitó y al volverlo pude ver que en su fondo y
piando estaba mi añorado pajarillo. Lo que ocurrió fue que el peón
recorrió el mismo camino y se encontró al pajarito entumecido de
frío, echado en el camino sin saber qué hacer y muerto de hambre,
por lo que no puso reparos en dejarse coger. Al preguntar en Ceja
por el posible dueño, se apresuró a venir hasta acá a
devolverlo.
No podía dejar de valorar este hecho, puesto que bastante bien
sabía cuánto era el valor que una avecilla de estas tenía por estos
lados, y nadie habría podido formular una acusación contra ese peón
en caso de que hubiera decidido no devolverla. Aunque pequeños
ambos rasgos, probaban la honestidad de los habitantes de esas
cordilleras de que ya hablara.
La embarcación no llegaba, y era la esperanza constante que
mantenía el bodeguero todos los días. La única posibilidad de salir
de allí se reducía a los champanes y las canoas del río, que eran
poco frecuentes en llegar y cuando lo hacían se devolvían
inmediatamente vacíos, por lo que solo existía la posibilidad de
quedarse hasta que la dichosa embarcación decidiera llegar, o hacer
la travesía por el Nare.
Esta especie de arresto podía durar bastantes días si así lo
decidía la lluvia, ya que el Nare traía tal caudal que ninguna nave
era capaz de intentar y lograr su cruce hacia Juntas. Por lo tanto,
a cada momento se hacía más agradable escuchar al bodeguero suponer
con gran seguridad que ya pronto vendría el barco, y de allí que la
peonada decidiera mantener el mayor silencio para escuchar la
llegada de tan ansiado personaje.
Pasó la mañana en una espera vana. Los ruidos que se escuchaban
provenían de los micos o de las habladurías de los papagayos, que
lanzaban sus voces desde la alta espesura de los bosques. Del mismo
modo pasó la tarde hasta que se perdieron las esperanzas de que
algo llegara. Pero casi coincidiendo con la caída del sol, cuando
estábamos enfrascados en una larga charla, escuchamos unos débiles
gritos que venían desde el río: “Ahora viene... ”, gritó
el bodeguero. La conversación se suspendió en el acto, para poder
asegurarnos de tal cosa.
A los pocos momentos se dejaron oír los cantos tradicionales de
los bogas, que anunciaban la llegada de una embarcación, al tiempo
que recibía la convicción de que pronto abandonaría las soledades
de estas tierras y de la bodega misma. Tales cantos, junto con la
verificación que hacía mi amigo de que era lo que esperaba, se me
asemejaban a la sensación que siente el viajero cuando, tras
esperar varias horas un carruaje en una alejada hostería, después
de haber hojeado innumerables veces su diario de vida y aprendido
de memoria la tarifa colgada en la pared, comienza a escuchar los
sonoros golpes de las patas de los caballos, que anteceden al
mensaje del conductor: “Ha llegado el
coche”.
Salimos al encuentro de los cantos y gritos de los bogas y
pronto les distinguíamos. Era un bongo, dirigido por cuatro bogas,
que se acercaba lentamente por la orilla del Nare, cuyo serpenteo a
través de las aguas y la maleza no resultaba muy diferente a un
gusanito tratando de encontrar un sendero por entre el pasto que a
su derredor se levanta.
La misma tarde llegó una canoa que también venía desde Mompós,
la que, por traer pequeña carga y solo llevar algunos bultos de
cacao, retornaba a la mañana siguiente, por lo cual acordamos con
su patrono que yo sería su pasajero en el regreso.
Nos despedimos del bodeguero por la mañana, bebiendo chocolate.
A las ocho estaba embarcado. La incesante lluvia que azotaba la
cordillera había aumentado el caudal del río considerablemente, que
se deslizaba a una velocidad vertiginosa y endemoniada en algunos
puntos. En varios de ellos la corriente alcanzaba los sesenta
kilómetros y en otros superaba los cien.
Debido a tal situación los remos casi no se usaban y las varas
desempeñaban la función más de dirigir que de impulsar la canoa. En
esas labores cumplían un papel de máxima importancia, ya que con
ellas se hacía el quite a los remolinos y rocas, contra lo cual
conspiraba la corriente.
Hubo un lugar que nos dio bastante trabajo, pues exigía la
experiencia tanto del timonel como de sus remeros. En un recodo el
agua rebotaba contra una pared rocosa que la obligaba a devolverse
con mucha fuerza. El peligro estaba no solo en dirigir la nave en
medio de los remolinos, sino en evitar chocar contra los
peñascos.
Tanto el timonel como los bogadores mostraron su práctica y
habilidad, unidas a sus silencios, ya que no gritaban como otros.
Pasado el escollo, cogieron sus remos, con lo que la embarcación
alcanzó una velocidad desenfrenada, pues parecía volar, cual una
flecha cortando el aire, por sobre las espumosas aguas que la
mojaban, a ella y a los pasajeros, como si estuviera contrariada
por no habernos logrado causar mayor daño.
La velocidad parecía aumentar y la canoa trató de dirigirse otra
vez a una roqueda, pero se evitó mediante una hábil maniobra. Con
la ayuda del timón volvió a encauzarse su dirección y la velocidad
se hizo más pareja, hasta que se consiguió llegar a la amplitud
mayor del río, donde sus aguas eran menos
diabólicas.
Aunque la velocidad inicial había aminorado un tanto, la que
llevaba ahora nos trasladó en un plazo de media hora a la Bodega de
Nuz. Lo radiante del día empezó a hacerme pensar que un viaje por
el Nare resultaba grato. A todo se le sumaba el hecho de que nunca
antes había vivido la experiencia de descender por canoa en una
corriente tan violenta.
La diferencia entre ambas formas de navegar es notoria debido a
lo primitivo de ellas, y la tristeza de la subida y el placer por
el descenso están en directa relación con el torrente de las aguas.
Por ello, como difícil resultó la subida fue placentera la bajada.
La rapidez era tanta que casi no podía distinguir los paisajes
antes observados. El sentimiento quizás tenga algo en común con la
sensación de leer después de mucho tiempo el mismo libro que antes
resultara desagradable o aburrido. Cuando lo volvemos a tener en
las manos notamos su verdadero valor; ya no es el texto tortuoso
que debía leerse acompañado de diccionarios, donde muchas
inquietudes quedaban sin resolver. Ahora se podían seguir
linealmente todos los hilos de la trama.
Así me parecía ahora. Deslizándonos por el centro del río
comenzaba a tener una vista amplia, desde la cual, con alguna
facilidad, comencé a gozar de nuevas delicias. La diferencia
estribaba en que a la subida se estaba más preocupado de gatear por
las orillas que de anotar cuidadosamente los puntos y vueltas del
paraje; más ocupado en afirmarse con manos y alma a las rocas o
arbustos, que en tratar de unir todos estos detalles y
registrarlos.
Al rato nos encontramos con un champán fuertemente cargado,
cuyos tripulantes hacían un griterío ensordecedor, trabajando
muchísimo para poder acortar las distancias y a una velocidad casi
imperceptible.
A nosotros que veníamos raudos nos pareció ver la silueta de un
caracol deslizándose. Nuevamente sentí alegría e hice una
comparación. Recordaba —así me parecía— ver un trineo
liviano viajando por una colina resbalosa y encontrarse con un
trineo cargado, tratando de avanzar en la dirección contraria, bajo
un griterío por hacer caminar a los perros, en esas alturas
escarpadas.
El río se nos ofrecía más ancho y su corriente era menos
intensa. En sus orillas podían verse muchas estancias y se sentía
el intenso calor que nos golpeaba. A las once de la mañana
confluimos al viejo río Magdalena con su calma y sofocamiento y esa
extensa masa de agua amarilla-gris, tibia y sucia.
Aunque se trataba de un viejo conocido, no le miré con simpatía.
Era como ingresar al colegio, para un muchachito perezoso que no
veía con buenos ojos cómo sus vacaciones se trocaban en libros y
cuadernos, en el mismo plantel que tanto le hicieron sudar y
sufrir; el mismo donde tanto se aburría y donde reconocía demasiado
bien todos los objetos y rincones como para sentir sensaciones
nuevas de alegría.
Con la ayuda de las varas, durante tanto tiempo quietas,
empezamos a abrirnos camino por las impenetrables orillas.
Transcurrida media hora de trabajo, casi al mediodía, llegamos a la
ciudad de Nare.
En mi anterior estada acá había contratado un timonel con su
tripulación, para ser llevado hasta Honda, o bien al último puerto
del Magdalena. Solo tuve que acordar el precio y presentar mi carta
de recomendación al dueño de la canoa para que el negocio quedara
cerrado, estableciéndose que la partida sería a la mañana
siguiente.
Nare no es un lugar demasiado importante, por lo que se hace
difícil encontrar alguna embarcación durante las épocas de lluvia
como la presente, con lo cual todo se encarecía demasiado. El
precio convenido fue de cuatro piastras, incluyendo la tripulación
y la comida para llevar.
Consideré el trato bastante ventajoso, como que generalmente
quien desea viajar debe quedarse esperando hasta que aparezca algún
champán en el que se hace un viaje hasta Honda tan aburridor como
lento. La razón es que estos siempre van demasiado cargados
resultando la travesía perezosa, aparte de que en muchos tramos se
ven obligados a separarse de la ruta para evitar corrientes
fuertes. Un viaje en uno de ellos requiere, en tiempo lluvioso,
hasta un mes.
El calendario señalaba que era el 10 de mayo cuando salimos de
Nare y enfilamos rumbo por una brecha que no se diferenciaba en
nada de todas las que poseía el Magdalena.
La corriente era un poco rápida, el agua alcanzaba una altura
que no permitía ver ningún banco de arena, ya que llegaba hasta las
ramas de los arbustos existentes. El conjunto se ornamentaba con
grandes troncos que fueron arrancados de sus asientos naturales y
flotaban por el río con gran libertad hasta que unidos a otros,
construían un refugio o balneario, en las épocas secas, a caimanes,
bogadores y tortugas. Podía suceder, a la vez, que estos árboles no
fueran interceptados en su travesía y con mayor amplitud navegaran
hacia el amplio océano. Muchas veces es posible encontrarse con
troncos en alta mar, semejando a un inválido en una pista de baile,
que solo se mantiene en pie por los movimientos de los danzarines.
Tales troncos no parecen tener otra actividad que obligar a los
barcos a variar el rumbo y evitar la colisión.
El viaje se mantuvo invariable durante todo el día, usando una u
otra orilla según la necesidad y las características que
ofrecieran. Cuando eran casi las cuatro de la tarde llegamos a una
choza mísera que fue nuestro refugio nocturno. Los lugares que
pudieran ser habitados se tornaban más escasos cada vez, por lo que
hubimos de quedarnos acá y evitar ser cogidos por las torrenciales
lluvias que se desataban durante la noche y no permitían que nos
quedáramos en algún banco de arena, como antes.
Un nuevo insecto empezó a hacer su aparición; era una especie de
mosca grande: un tábano, parecido al nuestro, pero con sus alas más
cortas. Más que picar, este muerde, dejando una herida grande y
molesta.
En ese lugar nos encontramos un bongo que transportaba a dos
comerciantes criollos hacia Honda, en cuya compañía cenamos y
charlamos hasta que la oscuridad hizo aparecer las deficiencias de
cómo pasar la noche. El cielo amenazador de lluvia no permitía que
se usara la canoa; todo el lugar presentaba inconvenientes. La
choza era demasiado estrecha para contener a tanto
pasajero.
La familia dormía junto con los perros, lo que esfumó las
intenciones de colgar la hamaca en un sitio de su interior, más aún
cuando se nos informó: “Tengan cuidado, hay muchos
murciélagos”, lo que ayudó a quitar las ganas de meternos allá
adentro, pues el mejor nido para ellos era el bajo techo de paja de
la choza. Todo ello disminuía los deseos de compartir habitación
con tantos huéspedes inesperados.
Excepto el gallinero y el chiquero de los cerdos, no existían
otras defensas contra el aguacero; además, la cocina ni siquiera
tenía techo de protección; es decir, no había lugar donde colgar la
hamaca y mucho menos para protegerse.
Así es que, a pesar nuestro, tuvimos que tirarnos en la tierra
húmeda. El campamento pronto comenzó a ser invadido, de modo que
esa noche se convirtió en un auténtico tormento. Nos azotó la
lluvia que entraba por todos lados. Luego empezaron los mosquitos
que traían sed por el banquete que se les brindaba. Le siguieron
los chillidos de los murciélagos. Para los cerdos se convirtió en
gran alegría y aunque sus dependencias eran tan deficientes como la
nuestra, se mostraban conformes. El problema fue cómo hacerlos
desaparecer de nuestras narices.
Pero la copa no estaba llena. Vino a completarse con el ingreso
de la especie acuática-anfibia. Si antes teníamos que agitar
nuestros brazos para espantar insectos, pájaros y animales, la
coalición enemiga vio aumentada sus fuerzas con los sapos que
pesada y alegremente saltaban por la tierra húmeda.
Sumar todas estas cosas, en una noche oscura y lluviosa,
iluminada apenas por uno que otro relámpago, le hace dudar a uno si
denominarla de aventura, o la más miserable o la más ridícula. Por
supuesto que no pegamos los ojos en toda la noche. Nos dedicamos a
luchar contra los invasores, a reír y gritar
groserías.
La mañana, con el sol largamente añorado, desparramó las nubes,
acabando con este tragicómico espectáculo. Desatrancamos nuestra
canoa de su lugar de guarda y emprendimos la despedida de tal
sitio.
Los bogadores trabajaron fuertemente durante todo el día. En las
horas de la tarde llegamos a una recta excepcional que me permitió
contemplar una de las vistas más amplias y libres que tiene el
Magdalena. Era muy agradable, ya que las paredes de hojas
disminuyeron su follaje y bajaron su altura permitiéndome observar
los lejanos cerros que se alzaban para unirse a la cordillera de
Honda.
La canoa devoró una gran distancia, pues no se detuvo sino hasta
las siete de la tarde en una pequeña y abandonada choza, situada en
la margen derecha del río, apenas sobrepasando la boca del río
Miel, que baña el interior de la provincia de Mariquita, antes de
desembocar en el Magdalena.
Ocupamos la choza vacía, durmiendo mucho mejor que en la noche
anterior, ya que acá nada nos impedía elegir los mejores sitios
para colgar nuestras hamacas y no había animales domésticos, ni
gente, ni los repugnantes murciélagos.
La madrugada del día 12 cruzamos por el río Miel y por la
hermosura de un pueblo muy bien llamado Bellavista. Al no tener
nada que hacer en su interior no nos detuvimos, a fin de alcanzar
antes de la media tarde la desembocadura del río Negro. Este lleva
su nombre con mucha propiedad pues sus aguas son totalmente negras,
casi como tinta, si está en movimiento, pero el color desfallece
cuando se hallan detenidas, ya que el negro se escapa hasta el
fondo y deja en la superficie un agua cristalina. Al seguir
avanzando llegamos a una roza grande donde nos dispusimos a pasar
una noche tan tranquila como los mosquitos y murciélagos lo
permitieran.
La monotonía se mantuvo durante el día 13. El calor comenzaba a
ser menos intenso y los mosquitos no tan frecuentes. Pero ahora la
lluvia y los tábanos eran el martirio. Con todo, indudablemente no
se puede considerar un viaje por el río entre Nare y Honda como
algo llamativo, porque se confabulan la violencia de las aguas y la
lluvia, que no permiten realizar viajes largos, sino apenas
recorrer diariamente trayectos reducidos.
En el día alcanzamos a avanzar hasta un techo que nos ofreció
Conejos, lugar donde había un paradero de champanes y en el cual
descargaban sus mercancías cuando por la fuerte corriente no podían
llegar hasta su punto de destino, un tanto más
allá.
El día siguiente era el de Pentecostés. Pero también empezamos
el viaje muy temprano ya que la intención era llegar a nuestra meta
antes del anochecer. El tramo se desenvolvía con bastante
normalidad, ya que durante la noche el río no aumentó su caudal, lo
cual nos permitió pasar con relativa facilidad una serie de saltos
más pequeños, entre ellos uno llamado Perrito, donde alcanzamos un
champán que necesitaba usar de cuerdas para poder
avanzar.
Me extrañó el hecho de que esa tripulación estuviera trabajando
en un día como el de hoy, y así se lo hice saber a nuestro timonel,
quien me dio como argumento que esa embarcación hacía tres meses
estaba realizando el camino entre Mompós y Honda, y muy
probablemente no habría avanzado tanto si no estuviera a bordo el
dueño del barco. Seguramente el que se encontrara navegando ahora
era obra de su persuasión.
El paisaje que empezaba a envolvemos variaba en gran forma.
Muchas de sus partes eran rectas, ralas y arenosas. Tan solo las
adornaba de vez en cuando una solitaria palmera. Las cordilleras se
acercaban a las orillas, ciñendo el valle y sus raudales. Tras
pasar varias estancias llegamos, a las cinco, a nuestra última
parada: la bodega cubierta situada en Honda.
Todo esto fue una verdadera alegría, ya que veía la canoa por
última vez. Al entrar a tierra me invadió una sensación de gozo
comparable a una obra que acaba de terminarse después de costoso
trabajo y de vencer múltiples dificultades.
Me despedí del timonel y de los bogadores, de cuyo
comportamiento no podía quejarme, más aún si estos tipos son tan
rebeldes como todos sus compañeros de profesión. En seguida me
dirigí hacia el encargado de la bodega, un hombre servicial que
vivía aquí con su familia y me ofreció todas las comodidades que
ella podía ofrecer. No olvidaba que cualquier techo se valora mucho
por estos lugares, ya que no molestan la lluvia, ni mosquitos, ni
murciélagos, y es un lugar donde podía apreciar la bondad de un
sueño tranquilo y reparador, que tanto echaba de
menos.
A la segunda mañana mi anfitrión se ofreció a acompañarme a la
ciudad de Honda, distante apenas cinco kilómetros. Peligrosos
saltos y remolinos impiden que las naves lleguen hasta ella, de ahí
que la bodega se encuentre, junto a la de Santa Fe, un tanto
retirada de la vida agitada de la ciudad y al otro lado del río, el
cual vuelve a ofrecer su navegabilidad cuando se le ha cruzado y
presenta la imagen del Magdalena. Este tramo del río es navegable
por embarcaciones menores en un trayecto de mil
kilómetros.
La zona que rodea a Honda es de lo más pintoresco que se pueda
imaginar. A la mañana salimos, avanzando por un camino ancho y
plano que nos llevó por entre bosques pequeños hasta la ciudad. La
vista se encontraba limitada por muros de rocas altísimas que
formaban contra el horizonte las figuras más variadas entre las
cuales cruza el río espumoso, hasta que aparece la agradable
interrupción de la ciudad, con sus ruinas, casas de piedra e
iglesias. El sonido melodioso de algunos saltos da una nota musical
sobre el silencioso paraje. La altura no era demasiada, por lo que
todo resultaba agradable. Tras media hora de lenta caminata y
después de pasar un arco que era un puente de piedra, ingresamos a
Honda.
Esta última se halla ubicada en la margen izquierda del
Magdalena y por ambos costados la cruza el río Gualí; es la capital
de la provincia de Mariquita; en tiempos pasados era una de las
ciudades más lindas del país, pero fue afectada por el fuerte
terremoto de 1807 que destruyó gran parte de ella. El temblor
ocurrió por la noche, lo que hizo que más de quinientas personas
perdieran su vida. Aún se pueden ver en ruinas la iglesia central y
muchas de sus casas distinguidas. En la misma catástrofe resultó
destruido el bello puente de piedra sobre el Gualí. En su reemplazo
se alza uno largo y delgado de bambú que une los dos extremos de la
ciudad.
Todas las ruinas muestran la grandeza que debió alcanzar Honda
en la época de la ocupación española. Por aquel entonces cobijaba a
diez mil habitantes, y ahora no alcanza ni a la mitad de esa cifra.
Es probable que ahora, ya terminada la guerra, recupere su sitio y
reputación. Para ello ha de ayudar su excelente ubicación, como
último puerto de este lado del Magdalena, lo que la hace almacenar
las mercaderías que van o vienen de Mariquita, Popayán, Neiva y
Bogotá.
Pese a estar a mil ochocientos metros de la superficie del mar,
es una de las ciudades más calurosas de Colombia. La explicación se
encuentra en que las altas cumbres que la rodean evitan toda
circulación de las brisas. Como en Mompós, las mujeres se ven
deformadas por enormes bolsas en el cuello. La vista que presenta
sobre el violento Gualí con sus rocas, árboles y ruinas, rodeadas
de arbustos y plantas, podría hacer que Honda extendiera
eternamente una invitación al pintor y sus
pinceles.
Después de haber arrendado un par de mulas y un guía, en el
local de un comerciante criollo de apellido Agudelo, para quien
traía una carta de recomendación, seguí el 16 de mayo mi viaje
hacia Bogotá. Tomé un transbordador en la estación, ya que ahí la
corriente es menos fuerte y peligrosa, e hice el cruce tal como lo
practicara en el Cauca, o sea, las mulas tuvieron que nadar detrás
de aquel con grave riesgo de ahogarse, pero nada de eso
ocurrió.
Tras ascender un terreno escarpado, continuamos por un camino
bastante bueno y ancho. Frente a Honda tenía una excelente vista
sobre el prado que cubre el espacio entre ella y Mariquita, cuyas
casas también lograba ver, allá abajo contra la oscuridad de los
cerros.
El camino continúa ascendiendo, alejándose del Magdalena. Era
frecuente que las mulas debieran trepar por rocas de granito, con
una seguridad que movía a elogio. La cabalgata que pudiera parecer
aventura de principiantes, aun para aquellos que han transitado por
lugares más peligrosos, resultaba no ser tal, ya que todo podía
confiarse a los seguros pasos de las mulas, que iban subiendo de
una roca a otra con gran seguridad y firmeza. Por eso el uso de las
riendas y espuelas solo las lastimaría y estorbaría, sin prestar
ninguna ayuda. En estos lugares un indígena sobre su pequeña mula
realiza saltos infinitamente más bellos y seguros que los que
ejecuta un experimentado oficial de caballería sobre su caballo
favorito y entrenado para ello.
Cuando se ha cruzado el caudal del río Seco el sendero sigue
ascendiendo lentamente hasta que, girando a la derecha, se hace más
pendiente y peligroso y enlaza con el cerro Sargento que separa al
valle situado al lado de Guaduas. A las cuatro comenzó el lento
trabajo de subida, por entre piedras y cañadas. La cima logramos
alcanzarla poco antes de la caída del sol y tuvimos desde allí una
vista inolvidable sobre el ancho valle del Magdalena, que se
prolonga hasta las cordilleras que lo separan del Cauca. Fácil
sería seguir con la vista la inmensa extensión hasta alcanzar todo
el sur y el rumbo sinuoso del río, que observado desde allá resulta
hermoso y tentador, haciendo olvidar todas las penalidades en él
pasadas. Ya las distancias y las apariencias no engañan pues se las
ha conocido y vívido. La vista podría proseguir y al quitarla de
esas aguas la despedida resulta fácil y alegre, como se le diera a
una persona insoportable y de cuyo alejamiento no pudiéramos decir
que nos entristecemos.
Realizados bastantes esfuerzos, llegamos finalmente, ya
anocheciendo, a algunas viviendas en mal estado que existían en la
cumbre. Allí nos albergamos y dormimos, aunque la noche, debido a
la altura, era fría.
Había en ellas alojados algunos hombres dedicados a capturar
mulas salvajes y cuyos animales, descargados y sueltos, pacían en
las cercanías.
Los corraleros de mulas abundan entre Honda y Bogotá, lugar al
que se transporta la mayor cantidad de productos, usando para eso
los cerros. Quizás existan peones por aquí, pero no son
indispensables como entre Juntas y Ceja. Un corralero es el
individuo encargado de transportar unos veinticinco de estos
animales, repartidos en divisiones, para cada una de las cuales se
destina a un arriero. Toda la comitiva está a cargo de un caporal,
que siempre va montado. Como equipaje provisional llevan una carpa
donde descargan las mercancías para evitar que se dañen. Estas
cuelgan sobre las ancas de la mula, acomodadas sobre una especie de
montura o colchoneta delgada, rellena de paja, que va ligada a dos
barrigueras. Para los sitios escarpados las proveen de protección
en la cola y en el pecho, lo cual es necesario acá para todo tipo
de cabalgadura, ya que de lo contrario se corre el riesgo de pasar
por encima de la montura y de la cabeza de la mula en una bajada
demasiado vertical.
Como complemento se usan unos extraños estribos metálicos que
cubren la primera mitad del pie, como si fueran una pantufla, y
evitan los golpes que se pudieran recibir por las piedras
salientes. En lugar de una funda para revólver se encuentran dos
bolsillos amplios, con tapas, en los que se pueden llevar las
pertenencias traídas.
En el primero de estos compartimientos se puede encontrar un
plato grande que accidentalmente sirve como una pequeña mesa en
casos de emergencia. El equipo se completa con espuelas de discos
fuertes y un látigo grande.
El camino nos encontró en él cuando eran las siete de la mañana,
avanzando por una loma repleta de árboles envueltos en una gruesa,
húmeda y helada neblina matinal que anulaba totalmente la visión.
Media hora más tarde hallé algo desconocido para mí en el país: era
una piedra que indicaba tanto la distancia de Bogotá como su altura
sobre el nivel del mar. La primera era de dieciocho leguas y la
segunda de ochocientas brazas
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.
La llegada del astro rey comenzó a despejar la espesa neblina
quedando al descubierto el valle de Guaduas a nuestros pies, que se
presentaba como un parque de recreo en medio de las alturas. Sus
prados, alamedas, riachuelos y plantíos, indicaban que en el centro
se encontraba la ciudad de Guaduas.
Pasada una hora exacta en el descenso, tuvimos mejor ocasión de
contemplar las bellezas del paisaje. En el valle una temperatura
más suave reemplazaba a los fríos sentidos en las montañas.
Llegamos a las nueve de la mañana a la ciudad, luego de pasar por
prados muy prósperos sobre los que pastaba un hermoso ganado y de
cruzar pequeños riachuelos que, extrañamente, estaban provistos de
puente.
Me dirigí donde el Coronel Acosta, conocido de todos los
viajeros a Bogotá por su extraordinaria amabilidad y hospitalidad,
que resultaba de mayor valía, pues era un funcionario noble y muy
querido en el lugar, además de poseer una enorme fortuna. Residía
en una casa grande y muy bella con todas las comodidades del caso y
siempre abiertas sus puertas para todo el que lo deseara,
incluyendo al extraño que no estuviera provisto de una
recomendación personal hacia él.
Guaduas está en un valle fértil, posee uno de los climas más
agradables que se puedan escoger, con una temperatura que varía
entre los veinte y los veinticinco grados. Su población alcanza a
las tres mil personas, que en una gran mayoría son adineradas, como
producto de sus ventas de café, azúcar y bananos, complementadas
ahora con las de ganado, ovinos y mulas que se dedican a criar en
sus abundantes pastizales.
Como los de la provincia de Antioquia, sus habitantes son
relativamente rubios y bien educados. La ciudad tiene dos calles
rectas y una plaza central con su respectiva fuente. Hay una
construcción antigua y grande que alguna vez fue convento de
frailes franciscanos, hoy transformada en una de las escuelas
Lancaster. El edificio tiene una bella ubicación al lado de un
raudal que corre por toda la ciudad.
Debo decir que para quien llega aquí procedente del río
Magdalena, la sola observación de todo esto tiene que parecerle un
paraíso.
Desayuné junto con mi amable anfitrión y luego de brindar con
vino por el éxito del viaje, salí un poco antes de las doce del
día, con dos mulas arrendadas acá. Nuevamente empezamos el ascenso
por el cerro que separa a Guaduas de Villeta. El camino no era muy
bueno y en algunas de sus cuestas barrosas había senderos de
piedras, pero como estos no recibían el cuidado debido, se
encontraban en condiciones tales que más que favorecer el
desplazamiento lo dificultaban.
Cada media legua se encuentran piedras que informan sobre las
distancias a la capital. Todo hacía pensar que la ruta había sido
bien mantenida durante la época hispana, a diferencia de todas las
existentes en el país. Esta se descuidó a causa de la guerra de la
Independencia y decayó de tal manera que en las épocas de lluvia se
consideraba una de las más dificultosas de transitar. No debe
olvidarse que es el camino más corto y más importante entre la
Costa y la capital de la República.
De ahí que en cada sitio habitado exista un puesto donde
expenden aguardiente y chicha, preparada ésta con maíz molido y
agua, que después de hervirlos se dejan enfriar en una fuente, para
su fermentación. Es tomada con asiduidad por peones y arrieros. Su
sabor es parecido al de una que nosotros hacemos, y se aprecia
mejor en cantidades grandes. De todas formas es demasiado fría para
el estómago y causa acidez; se aconseja a los forasteros no beberla
muy seguido. Al no ser atractivo su sabor, no resulta apetecible
para las clases superiores.
Pasadas dos horas de duro batallar por un camino bastante
quebrado, volvimos a encontrarnos con las lomas que nos brindaban
un espectáculo muchas veces limitado, desde donde se veía la
naturaleza salvaje de las montañas y sus valles cubiertas de
bosques, que ayudaban a formar el paraje típicamente andino. El
cielo limpio que se nos ofrecía permitía que miráramos sin
limitaciones y aunque la temporada de lluvias ya comenzaba, tuvimos
la alegría de no ser atacados por un aguacero.
Al fin iniciamos el descenso, y a eso de las cinco de la tarde
llegamos a Villeta donde, por recomendación de mi guía, me hospedé
en la casa de unos nativos de buena situación.
Villeta está enclavada en un valle lindo pero demasiado
apretado, que baña el río Dulce, a una altura no muy elevada sobre
el nivel del mar. Su clima se considera algunos grados más alto que
el de Guaduas y sus tierras fértiles producen un arroz de gran
exquisitez, que es llevado en grandes cantidades al mercado
bogotano. Sus habitantes son famosos por su hermosura. Observé
varias mujeres, las cuales se distinguen por la pureza de sus
rasgos, que unidos a sus ojos castaños, les daban una belleza muy
superior a la de las indígenas que antes había contemplado. Parece
reinar un bienestar general y sus habitantes conviven en un clima
de absoluta armonía.
Solamente tarde pudimos reanudar nuestra marcha, ya que una
lluvia caía durante la noche no quería escampar, quedando por
supuesto el camino en condiciones deplorables. Por un puente hecho
con cañas de bambú atravesamos el oscuro y caudaloso río Negro. El
camino que tuvimos que emprender era malo y más complicado de lo
imaginable; en vez de mejorar iba empeorando, ya que todo estaba
cubierto de barro y constantemente teníamos que desmontar y echar
las mulas adelante, resbalando en ese barro acumulado entre las
piedras sueltas. Finalmente, luego de una jornada ardua, llegamos,
iluminados por la luz de la luna y cubiertos de barro, a las casas
existentes en la cima, que forma el muro oeste por donde se
extiende la Sabana de Bogotá. La temperatura era helada. La frazada
y la ruana volvieron a ejercer su cometido.
El clima del sector no permite el uso de las hamacas, por lo que
al albergarse en una casa, hay que esperar a que los bancos de
bambú no estén ocupados por la familia. En caso contrario hay que
conformarse con extender la colchoneta —si se ha traído—
en el lugar más seco de la habitación y estirar en ella el cuerpo.
Si no es así, la única comodidad habrá que lograrse mediante los
artículos que se traigan, que se ubicarán de modo que brinden
alguna.
Era ya el 19 de mayo, día viernes, cuando montamos nuestras
mulas por vez última y a las ocho dejamos el frescor matinal para
alcanzar la cuesta que se abría ante nuestros ojos con tal
inmensidad que resultaba eterna para estos. Se extendía como un
infinito mar verde, rodeado por montañas hasta donde la vista ya no
alcanzaba más. Calculaba unos quinientos kilómetros de largo por
veinte de ancho. Aunque estaba bien sembrado y habitado, su falta
de naturaleza verde y sus continuos quiebres no alcanzaban a decir
que el cuadro era bello, y pasado el momento inicial y llena la
visión, uno se percata que reina una gran monotonía y que esta
llanura no puede ser comparada con los inolvidables valles de la
magnífica Antioquía.
Tras dejar a Facatativá, a doscientos kilómetros de Bogotá, nos
situamos en el ancho sendero que marca el paso hacia la capital.
Extensos pastizales donde pacían grandes manadas de reses y ovinos;
vastos campos de trigo, maíz y avena; pueblos y caserones
solitarios rodeados por sauces y manzanos; el clima templado y una
fresca brisa, todo, todo recordaba a mi Europa y me parecía estar
trasladado al norte de Francia o, aún mejor, a la parte suroeste de
Escandinavia.
Un trecho más adelante nos encontramos pasando un bonito
poblado, Fontibón, desde donde descubrimos las torres blancas de
las iglesias de la gran ciudad, todo con un fondo de montaña que
formaba la parte sureste. El camino tenía mayor vida por la gran
cantidad de personas y animales que lo transitaban.
Podía verse a los comerciantes con sus productos de las regiones
cercanas: plátanos, limones, naranjas, arroz, etc., llevados por
sus mulas o bueyes, además de las mulas sueltas que retornaban con
sus arrieros a Honda en busca de nuevos cargamentos. A lo lejos
unos jinetes, con sus ruanas al aire y en un galope frenético,
devoraban la distancia de la recta sabana.
Una vez que traspasamos los ríos Bogotá y Común, por muelles y
puentecillos en sus lugares pantanosos, llegamos a una piedra que
señalaba que nos encontrábamos a mil trescientos setenta pies sobre
la superficie del mar.
Las casas de la ciudad comenzaron a ser más visibles y la torre
de la catedral sobresalía nítidamente, al igual que dos conventos
que penden de modo gracioso sobre la ciudad, ya que están
levantados en dos cimas escarpadas. Las casas al costado del
sendero aumentan y el tráfico es mayor hacia las horas de la tarde.
Una fila de campesinos descendía de la ciudad, a la cual se habían
dirigido para participar en el gran mercado de los viernes, y a
medida que seguía nuestro avance nos dábamos cuenta del ambiente de
festividad, a veces de embriagadora alegría. Comenzamos a imaginar
cuanto restaba.
Cuando íbamos encontrando más y más gente, ganado, mulas y
mejores jinetes que hacían su paseo vespertino, el camino empezó a
confundirse en una ancha calle de piedras, y después de pasar por
otras de ese estilo, poco antes del ocaso, nos hallamos en la plaza
mayor de la capital de Colombia.
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(1).
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Aproximadamente noventa kilómetros
y más de tres mil metros. N. del T.(Regresar a
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