INDICE





INTRODUCCIÓN

VIAJE POR COLOMBIA

PRIMERA PARTE
Capítulo I - El embarque
Capítulo II - Cartagena
Capítulo III - Santa Marta
Capítulo IV - Viaje de Santa Marta a Cartagena
Capítulo V - Cartagena
Capítulo VI - Viaje de Cartagena a Mompós
Capítulo VII - Mompós
Capítulo VIII - Viaje por el Magdalena
Capítulo IX - Viaje por el alto Magdalena
Capítulo X - Viaje por el alto Magdalena y el río Nare

SEGUNDA PARTE
Capítulo XI - Viaje por los Andes
Capítulo XII - Viaje a través de la provincia de Antioquia
Capítulo XIII - Medellín
Capítulo XIV - Viaje desde Medellín a Bogotá
Capítulo XV - Bogotá
Capítulo XVI - Colombia antes de su emancipación
Capítulo XVII - La República de Colombia
Capítulo XVIII - Los habitantes y la población de Colombia
Capítulo XIX - Visitando el Salto de Tequendama
Capítulo XX - Viaje de vuelta a la costa
CAPITULO XIV 

 

VIAJE DESDE MEDELLIN A BOGOTA |
 

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Repartiendo nuestra estada, por espacio de dos meses, entre Medellín y sus alrededores, esperamos al 1° de mayo para abandonar la entretenida colonia sueca, el simpático lugar de su residencia y esta linda ciudad con el fin de dirigirnos a la capital de la nación: Bogotá. 

Casi al filo del mediodía y acompañado, por espacio de una hora, de algunos de mis compatriotas, comencé a subir solitario las alturas del cerro de Santa Helena. Cuando me acerqué a su cumbre volví a sentir el goce de la impresionante vista sobre el valle. Proseguí mi viaje, llegando a Rionegro en las horas de la tarde, donde fui bien recibido por el ya conocido señor Sáenz. 

Luego del desayuno continué hacia Marinilla, lugar que dejé atrás a las doce del día; sobrepasé el Peñol a las tres de la tarde y finalmente hice mi entrada a Ceja, a las cinco. Me albergué donde mis antiguos conocidos. Al otro día tuve la alegría de abrazar a mi viejo peón Cristóbal López, quien se presentó con su silla dispuesto a guiarme por los cerros. Contratamos a un par de cargadores, con los que completamos nuestra cuota para el viaje, el que no pudo iniciarse al día siguiente, como estaba previsto, pues una lluvia torrencial lo impidió. 

El jueves 4 de mayo planeábamos comenzar la marcha a la madrugada, pero el alcalde del pueblo se opuso a que cualquier peón abandonara el lugar antes de la hora de misa, ya que ese día era uno de los innumerables días santos. Así es que no quedó otra cosa que esperar hasta casi empezar la tarde para lograr iniciar el largo recorrido. 

A las dos estábamos en la cima del cerro y tras deleitarnos con la visión de la despedida de la provincia de Antioquia, nos dispusimos a empezar el viaje hacia nuevos lugares. Al caer la tarde nos encontramos al pie de las montañas, en las casas de Bijagual, donde decidimos albergarnos. 

La salida fue de madrugada; aún el sol dormitaba cuando ya formábamos parte del camino y su paisaje. La caminata tuvo de todo: vados, montura, trepadas, etc. Todo complicado, ya que la lluvia mantenía el camino húmedo y era difícil conservarse firme en la tierra y transitar sin inconvenientes. Por eso nos alegramos al llegar a Tutumba, donde había sitio para proteger nuestras cabezas, en el mismo instante en que se desataba un aguacero formidable. 

Pese a que el cielo se encontraba nubladísimo, anunciando lluvia, decidimos continuar adelante. La mañana aclaró, ayudando a nuestro avance de modo más que aceptable. Nuestra meta de llegar a Valsadera antes de la tarde fue plenamente lograda. 

Aquí comimos algo y nos enfrascamos en una larga discusión sobre si nos quedábamos a esperar la noche en este sitio o si continuábamos la ruta para llegar a Canoas antes del anochecer. 

La discusión tenía mucha validez, máxime si yo deseaba estar en Juntas a la noche siguiente, a fin de alcanzar a tomar una embarcación, cuya llegada se calculaba para entonces, pero que zarpaba a la medianoche. Pero no podía dejarse de lado el riesgo que significaba salir de Valsadera tan tarde y con las complicaciones del tiempo. Iniciar el viaje significaba tratar de alcanzar obligadamente a Canoas, situada a cuatro horas de aquí, sin mediar casas, ni pueblos. 

Una vez estudiadas cuidadosamente las condiciones climáticas se decidió proseguir nuestra marcha. El cielo parecía no querer descargar su furia lluviosa antes de la llegada de la noche. El camino fue recorrido con una rapidez poco común, así que alcanzamos nuestra meta del día al tiempo con la caída del sol, felices por el exitoso intento y cansados por el viaje anormalmente largo. 

Aunque la mañana siguiente era domingo, dejamos también el pueblo a horas tempranas. Ayudó mucho a ello el no existir un alcalde que pudiera evitar la salida de alguien antes de la hora de la misa dominical. 

Como consecuencia de la lluvia caída durante la noche el terreno estaba intransitable y apenas antes de las once de la mañana logramos llegar —unos sucios y mojados viajeros— a las mencionadas chozas de protección que usan los peones para la ruta entre Canoas y Juntas. Hervimos nuestro chocolate, desayunamos, descansamos unos instantes y reanudamos la caminata. En horas de la tarde estábamos en esta última estación del viaje, es decir, en la bodega de Juntas. 

En la ruta y en dicha estación pude contar a más de cien peones. El intenso ajetreo se debe a que en la primera semana de cada mes pueden conseguir algo de las cargas llegadas durante toda la treintena. Cada cual viene preparado para la empresa; con sus sacos para las mercancías comerciales o con bolsas de cuero, redondas, en las que transportan tabaco y cacao. Algunos vienen con unos raros artefactos de metal donde las mercaderías se transportan entre peones y mulas, por igual. 

Así fue durante todo el resto del camino, el cual noté que se estrechaba aún más, toda vez que pasar por los angostos pasos que quedaban entre éste y las rocas era más complicado por la gran cantidad de interesados en hacerlo. Con todo, tuve la ocasión de volver a presenciar la agilidad con que se mueven y la gentileza de dejar a mis peones cruzar con sus maletas, abriéndoles el paso. 

Tras muchos saludos y cortas conversaciones —ya que ningún peón se cruza con uno de sus iguales sin antes haberle dirigido unas pequeñas frases sentenciosas y de saludo— pareció alcanzarles un arrebato de aliento, que nos hizo llegar a eso de las cinco de la tarde a la solitaria bodega de Juntas, donde el encuentro con mi buen amigo el bodeguero constituyó un inmenso gusto. Este se hallaba bastante ocupado por la distribución de la peonada, pero me atendió con gran deferencia. 

La actividad en los contornos de la bodega era permanente, pues había una buena cantidad de peones que se entretenían en terminar de acomodar sus cargas en las máquinas traídas para tal efecto; en amarrarlas convenientemente y probar su estabilidad en sus hombros, midiendo de este modo el largo adecuado de sus correas. Pese al ánimo que ponían en ello no daban abasto para poder emprender el viaje inmediatamente, por lo que se hacía necesario esperar hasta la madrugada siguiente. Así era que disponiendo del tiempo que les quedaba, se dedicaron a hervir sus chocolates, formando círculos, y al tiempo que corría la bebida por todas las manos, se pusieron a charlar y cenar. 

Entre todos los grupos formados logré reconocer a varios de los que habían estado conmigo en la abandonada choza de Falditas, en mi anterior subida. Justamente cuando charlaba con uno de ellos se me acercó un peón que puso en mis manos algo envuelto en un papel, al tiempo que decía: “¿No es esta la navaja de su merced?”. 

Al desenvolver el papel me percaté de que efectivamente era la navaja que había extraviado en mi subida a la provincia. La encontró en el camino y al enterarse por sus compañeros de que un extranjero recorrió aquella ruta, la guardó cuidadosamente en espera de encontrarse con su dueño para entregársela. Dicho gesto no dejó de extrañarme, aunque no pusiera en duda la honestidad del peón. Como sabía el valor inapreciable que para uno de esos trabajadores tenía un cuchillo de esa naturaleza, no pude menos de pedirle que se quedara con él. 

Esa no fue la única sorpresa que debía llevarme. Existe un detalle que aún no he narrado pero que las circunstancias hacen que deba hacerlo. En el viaje desde Mompós hacia Antioquía me había llevado uno de aquellos pajaritos negriamarillos, un turpial, de los que existían en estado salvaje en las zonas montañosas, donde por su canto y por su belleza son muy cotizados. Le llevaba en una jaula pequeña que se acomodaba tan bien en la canoa como en las espaldas del peón, donde le daba sitio sobre una de las maletas que transportaba. 

Al llegar a la parada de Ceja encontré quebrado uno de los palitos de la jaula. El peón no logró darme mayores detalles de ello, por lo cual tuve que presumir que algún gancho de un árbol lo había roto, situación para escapar que la avecilla no desperdició. Por supuesto que ya veía totalmente esfumadas las posibilidades de ver mi pajarito. 

Cuando llegué al albergue de El Peñol y estaba a punto de acostarme, se acercó un peón joven que llevaba un enorme sombrero en la cabeza. Se lo quitó y al volverlo pude ver que en su fondo y piando estaba mi añorado pajarillo. Lo que ocurrió fue que el peón recorrió el mismo camino y se encontró al pajarito entumecido de frío, echado en el camino sin saber qué hacer y muerto de hambre, por lo que no puso reparos en dejarse coger. Al preguntar en Ceja por el posible dueño, se apresuró a venir hasta acá a devolverlo. 

No podía dejar de valorar este hecho, puesto que bastante bien sabía cuánto era el valor que una avecilla de estas tenía por estos lados, y nadie habría podido formular una acusación contra ese peón en caso de que hubiera decidido no devolverla. Aunque pequeños ambos rasgos, probaban la honestidad de los habitantes de esas cordilleras de que ya hablara. 

La embarcación no llegaba, y era la esperanza constante que mantenía el bodeguero todos los días. La única posibilidad de salir de allí se reducía a los champanes y las canoas del río, que eran poco frecuentes en llegar y cuando lo hacían se devolvían inmediatamente vacíos, por lo que solo existía la posibilidad de quedarse hasta que la dichosa embarcación decidiera llegar, o hacer la travesía por el Nare. 

Esta especie de arresto podía durar bastantes días si así lo decidía la lluvia, ya que el Nare traía tal caudal que ninguna nave era capaz de intentar y lograr su cruce hacia Juntas. Por lo tanto, a cada momento se hacía más agradable escuchar al bodeguero suponer con gran seguridad que ya pronto vendría el barco, y de allí que la peonada decidiera mantener el mayor silencio para escuchar la llegada de tan ansiado personaje. 

Pasó la mañana en una espera vana. Los ruidos que se escuchaban provenían de los micos o de las habladurías de los papagayos, que lanzaban sus voces desde la alta espesura de los bosques. Del mismo modo pasó la tarde hasta que se perdieron las esperanzas de que algo llegara. Pero casi coincidiendo con la caída del sol, cuando estábamos enfrascados en una larga charla, escuchamos unos débiles gritos que venían desde el río: “Ahora viene... ”, gritó el bodeguero. La conversación se suspendió en el acto, para poder asegurarnos de tal cosa. 

A los pocos momentos se dejaron oír los cantos tradicionales de los bogas, que anunciaban la llegada de una embarcación, al tiempo que recibía la convicción de que pronto abandonaría las soledades de estas tierras y de la bodega misma. Tales cantos, junto con la verificación que hacía mi amigo de que era lo que esperaba, se me asemejaban a la sensación que siente el viajero cuando, tras esperar varias horas un carruaje en una alejada hostería, después de haber hojeado innumerables veces su diario de vida y aprendido de memoria la tarifa colgada en la pared, comienza a escuchar los sonoros golpes de las patas de los caballos, que anteceden al mensaje del conductor: “Ha llegado el coche”. 

Salimos al encuentro de los cantos y gritos de los bogas y pronto les distinguíamos. Era un bongo, dirigido por cuatro bogas, que se acercaba lentamente por la orilla del Nare, cuyo serpenteo a través de las aguas y la maleza no resultaba muy diferente a un gusanito tratando de encontrar un sendero por entre el pasto que a su derredor se levanta. 

La misma tarde llegó una canoa que también venía desde Mompós, la que, por traer pequeña carga y solo llevar algunos bultos de cacao, retornaba a la mañana siguiente, por lo cual acordamos con su patrono que yo sería su pasajero en el regreso. 

Nos despedimos del bodeguero por la mañana, bebiendo chocolate. A las ocho estaba embarcado. La incesante lluvia que azotaba la cordillera había aumentado el caudal del río considerablemente, que se deslizaba a una velocidad vertiginosa y endemoniada en algunos puntos. En varios de ellos la corriente alcanzaba los sesenta kilómetros y en otros superaba los cien.

Debido a tal situación los remos casi no se usaban y las varas desempeñaban la función más de dirigir que de impulsar la canoa. En esas labores cumplían un papel de máxima importancia, ya que con ellas se hacía el quite a los remolinos y rocas, contra lo cual conspiraba la corriente. 

Hubo un lugar que nos dio bastante trabajo, pues exigía la experiencia tanto del timonel como de sus remeros. En un recodo el agua rebotaba contra una pared rocosa que la obligaba a devolverse con mucha fuerza. El peligro estaba no solo en dirigir la nave en medio de los remolinos, sino en evitar chocar contra los peñascos. 

Tanto el timonel como los bogadores mostraron su práctica y habilidad, unidas a sus silencios, ya que no gritaban como otros. Pasado el escollo, cogieron sus remos, con lo que la embarcación alcanzó una velocidad desenfrenada, pues parecía volar, cual una flecha cortando el aire, por sobre las espumosas aguas que la mojaban, a ella y a los pasajeros, como si estuviera contrariada por no habernos logrado causar mayor daño. 

La velocidad parecía aumentar y la canoa trató de dirigirse otra vez a una roqueda, pero se evitó mediante una hábil maniobra. Con la ayuda del timón volvió a encauzarse su dirección y la velocidad se hizo más pareja, hasta que se consiguió llegar a la amplitud mayor del río, donde sus aguas eran menos diabólicas. 

Aunque la velocidad inicial había aminorado un tanto, la que llevaba ahora nos trasladó en un plazo de media hora a la Bodega de Nuz. Lo radiante del día empezó a hacerme pensar que un viaje por el Nare resultaba grato. A todo se le sumaba el hecho de que nunca antes había vivido la experiencia de descender por canoa en una corriente tan violenta. 

La diferencia entre ambas formas de navegar es notoria debido a lo primitivo de ellas, y la tristeza de la subida y el placer por el descenso están en directa relación con el torrente de las aguas. Por ello, como difícil resultó la subida fue placentera la bajada. La rapidez era tanta que casi no podía distinguir los paisajes antes observados. El sentimiento quizás tenga algo en común con la sensación de leer después de mucho tiempo el mismo libro que antes resultara desagradable o aburrido. Cuando lo volvemos a tener en las manos notamos su verdadero valor; ya no es el texto tortuoso que debía leerse acompañado de diccionarios, donde muchas inquietudes quedaban sin resolver. Ahora se podían seguir linealmente todos los hilos de la trama. 

Así me parecía ahora. Deslizándonos por el centro del río comenzaba a tener una vista amplia, desde la cual, con alguna facilidad, comencé a gozar de nuevas delicias. La diferencia estribaba en que a la subida se estaba más preocupado de gatear por las orillas que de anotar cuidadosamente los puntos y vueltas del paraje; más ocupado en afirmarse con manos y alma a las rocas o arbustos, que en tratar de unir todos estos detalles y registrarlos. 

Al rato nos encontramos con un champán fuertemente cargado, cuyos tripulantes hacían un griterío ensordecedor, trabajando muchísimo para poder acortar las distancias y a una velocidad casi imperceptible. 

A nosotros que veníamos raudos nos pareció ver la silueta de un caracol deslizándose. Nuevamente sentí alegría e hice una comparación. Recordaba —así me parecía— ver un trineo liviano viajando por una colina resbalosa y encontrarse con un trineo cargado, tratando de avanzar en la dirección contraria, bajo un griterío por hacer caminar a los perros, en esas alturas escarpadas. 

El río se nos ofrecía más ancho y su corriente era menos intensa. En sus orillas podían verse muchas estancias y se sentía el intenso calor que nos golpeaba. A las once de la mañana confluimos al viejo río Magdalena con su calma y sofocamiento y esa extensa masa de agua amarilla-gris, tibia y sucia. 

Aunque se trataba de un viejo conocido, no le miré con simpatía. Era como ingresar al colegio, para un muchachito perezoso que no veía con buenos ojos cómo sus vacaciones se trocaban en libros y cuadernos, en el mismo plantel que tanto le hicieron sudar y sufrir; el mismo donde tanto se aburría y donde reconocía demasiado bien todos los objetos y rincones como para sentir sensaciones nuevas de alegría. 

Con la ayuda de las varas, durante tanto tiempo quietas, empezamos a abrirnos camino por las impenetrables orillas. Transcurrida media hora de trabajo, casi al mediodía, llegamos a la ciudad de Nare. 

En mi anterior estada acá había contratado un timonel con su tripulación, para ser llevado hasta Honda, o bien al último puerto del Magdalena. Solo tuve que acordar el precio y presentar mi carta de recomendación al dueño de la canoa para que el negocio quedara cerrado, estableciéndose que la partida sería a la mañana siguiente. 

Nare no es un lugar demasiado importante, por lo que se hace difícil encontrar alguna embarcación durante las épocas de lluvia como la presente, con lo cual todo se encarecía demasiado. El precio convenido fue de cuatro piastras, incluyendo la tripulación y la comida para llevar. 

Consideré el trato bastante ventajoso, como que generalmente quien desea viajar debe quedarse esperando hasta que aparezca algún champán en el que se hace un viaje hasta Honda tan aburridor como lento. La razón es que estos siempre van demasiado cargados resultando la travesía perezosa, aparte de que en muchos tramos se ven obligados a separarse de la ruta para evitar corrientes fuertes. Un viaje en uno de ellos requiere, en tiempo lluvioso, hasta un mes. 

El calendario señalaba que era el 10 de mayo cuando salimos de Nare y enfilamos rumbo por una brecha que no se diferenciaba en nada de todas las que poseía el Magdalena. 

La corriente era un poco rápida, el agua alcanzaba una altura que no permitía ver ningún banco de arena, ya que llegaba hasta las ramas de los arbustos existentes. El conjunto se ornamentaba con grandes troncos que fueron arrancados de sus asientos naturales y flotaban por el río con gran libertad hasta que unidos a otros, construían un refugio o balneario, en las épocas secas, a caimanes, bogadores y tortugas. Podía suceder, a la vez, que estos árboles no fueran interceptados en su travesía y con mayor amplitud navegaran hacia el amplio océano. Muchas veces es posible encontrarse con troncos en alta mar, semejando a un inválido en una pista de baile, que solo se mantiene en pie por los movimientos de los danzarines. Tales troncos no parecen tener otra actividad que obligar a los barcos a variar el rumbo y evitar la colisión. 

El viaje se mantuvo invariable durante todo el día, usando una u otra orilla según la necesidad y las características que ofrecieran. Cuando eran casi las cuatro de la tarde llegamos a una choza mísera que fue nuestro refugio nocturno. Los lugares que pudieran ser habitados se tornaban más escasos cada vez, por lo que hubimos de quedarnos acá y evitar ser cogidos por las torrenciales lluvias que se desataban durante la noche y no permitían que nos quedáramos en algún banco de arena, como antes. 

Un nuevo insecto empezó a hacer su aparición; era una especie de mosca grande: un tábano, parecido al nuestro, pero con sus alas más cortas. Más que picar, este muerde, dejando una herida grande y molesta. 

En ese lugar nos encontramos un bongo que transportaba a dos comerciantes criollos hacia Honda, en cuya compañía cenamos y charlamos hasta que la oscuridad hizo aparecer las deficiencias de cómo pasar la noche. El cielo amenazador de lluvia no permitía que se usara la canoa; todo el lugar presentaba inconvenientes. La choza era demasiado estrecha para contener a tanto pasajero. 

La familia dormía junto con los perros, lo que esfumó las intenciones de colgar la hamaca en un sitio de su interior, más aún cuando se nos informó: “Tengan cuidado, hay muchos murciélagos”, lo que ayudó a quitar las ganas de meternos allá adentro, pues el mejor nido para ellos era el bajo techo de paja de la choza. Todo ello disminuía los deseos de compartir habitación con tantos huéspedes inesperados.  

Excepto el gallinero y el chiquero de los cerdos, no existían otras defensas contra el aguacero; además, la cocina ni siquiera tenía techo de protección; es decir, no había lugar donde colgar la hamaca y mucho menos para protegerse. 

Así es que, a pesar nuestro, tuvimos que tirarnos en la tierra húmeda. El campamento pronto comenzó a ser invadido, de modo que esa noche se convirtió en un auténtico tormento. Nos azotó la lluvia que entraba por todos lados. Luego empezaron los mosquitos que traían sed por el banquete que se les brindaba. Le siguieron los chillidos de los murciélagos. Para los cerdos se convirtió en gran alegría y aunque sus dependencias eran tan deficientes como la nuestra, se mostraban conformes. El problema fue cómo hacerlos desaparecer de nuestras narices. 

Pero la copa no estaba llena. Vino a completarse con el ingreso de la especie acuática-anfibia. Si antes teníamos que agitar nuestros brazos para espantar insectos, pájaros y animales, la coalición enemiga vio aumentada sus fuerzas con los sapos que pesada y alegremente saltaban por la tierra húmeda. 

Sumar todas estas cosas, en una noche oscura y lluviosa, iluminada apenas por uno que otro relámpago, le hace dudar a uno si denominarla de aventura, o la más miserable o la más ridícula. Por supuesto que no pegamos los ojos en toda la noche. Nos dedicamos a luchar contra los invasores, a reír y gritar groserías. 

La mañana, con el sol largamente añorado, desparramó las nubes, acabando con este tragicómico espectáculo. Desatrancamos nuestra canoa de su lugar de guarda y emprendimos la despedida de tal sitio. 

Los bogadores trabajaron fuertemente durante todo el día. En las horas de la tarde llegamos a una recta excepcional que me permitió contemplar una de las vistas más amplias y libres que tiene el Magdalena. Era muy agradable, ya que las paredes de hojas disminuyeron su follaje y bajaron su altura permitiéndome observar los lejanos cerros que se alzaban para unirse a la cordillera de Honda. 

La canoa devoró una gran distancia, pues no se detuvo sino hasta las siete de la tarde en una pequeña y abandonada choza, situada en la margen derecha del río, apenas sobrepasando la boca del río Miel, que baña el interior de la provincia de Mariquita, antes de desembocar en el Magdalena. 

Ocupamos la choza vacía, durmiendo mucho mejor que en la noche anterior, ya que acá nada nos impedía elegir los mejores sitios para colgar nuestras hamacas y no había animales domésticos, ni gente, ni los repugnantes murciélagos. 

La madrugada del día 12 cruzamos por el río Miel y por la hermosura de un pueblo muy bien llamado Bellavista. Al no tener nada que hacer en su interior no nos detuvimos, a fin de alcanzar antes de la media tarde la desembocadura del río Negro. Este lleva su nombre con mucha propiedad pues sus aguas son totalmente negras, casi como tinta, si está en movimiento, pero el color desfallece cuando se hallan detenidas, ya que el negro se escapa hasta el fondo y deja en la superficie un agua cristalina. Al seguir avanzando llegamos a una roza grande donde nos dispusimos a pasar una noche tan tranquila como los mosquitos y murciélagos lo permitieran. 

La monotonía se mantuvo durante el día 13. El calor comenzaba a ser menos intenso y los mosquitos no tan frecuentes. Pero ahora la lluvia y los tábanos eran el martirio. Con todo, indudablemente no se puede considerar un viaje por el río entre Nare y Honda como algo llamativo, porque se confabulan la violencia de las aguas y la lluvia, que no permiten realizar viajes largos, sino apenas recorrer diariamente trayectos reducidos. 

En el día alcanzamos a avanzar hasta un techo que nos ofreció Conejos, lugar donde había un paradero de champanes y en el cual descargaban sus mercancías cuando por la fuerte corriente no podían llegar hasta su punto de destino, un tanto más allá. 

El día siguiente era el de Pentecostés. Pero también empezamos el viaje muy temprano ya que la intención era llegar a nuestra meta antes del anochecer. El tramo se desenvolvía con bastante normalidad, ya que durante la noche el río no aumentó su caudal, lo cual nos permitió pasar con relativa facilidad una serie de saltos más pequeños, entre ellos uno llamado Perrito, donde alcanzamos un champán que necesitaba usar de cuerdas para poder avanzar. 

Me extrañó el hecho de que esa tripulación estuviera trabajando en un día como el de hoy, y así se lo hice saber a nuestro timonel, quien me dio como argumento que esa embarcación hacía tres meses estaba realizando el camino entre Mompós y Honda, y muy probablemente no habría avanzado tanto si no estuviera a bordo el dueño del barco. Seguramente el que se encontrara navegando ahora era obra de su persuasión. 

El paisaje que empezaba a envolvemos variaba en gran forma. Muchas de sus partes eran rectas, ralas y arenosas. Tan solo las adornaba de vez en cuando una solitaria palmera. Las cordilleras se acercaban a las orillas, ciñendo el valle y sus raudales. Tras pasar varias estancias llegamos, a las cinco, a nuestra última parada: la bodega cubierta situada en Honda. 

Todo esto fue una verdadera alegría, ya que veía la canoa por última vez. Al entrar a tierra me invadió una sensación de gozo comparable a una obra que acaba de terminarse después de costoso trabajo y de vencer múltiples dificultades. 

Me despedí del timonel y de los bogadores, de cuyo comportamiento no podía quejarme, más aún si estos tipos son tan rebeldes como todos sus compañeros de profesión. En seguida me dirigí hacia el encargado de la bodega, un hombre servicial que vivía aquí con su familia y me ofreció todas las comodidades que ella podía ofrecer. No olvidaba que cualquier techo se valora mucho por estos lugares, ya que no molestan la lluvia, ni mosquitos, ni murciélagos, y es un lugar donde podía apreciar la bondad de un sueño tranquilo y reparador, que tanto echaba de menos. 

A la segunda mañana mi anfitrión se ofreció a acompañarme a la ciudad de Honda, distante apenas cinco kilómetros. Peligrosos saltos y remolinos impiden que las naves lleguen hasta ella, de ahí que la bodega se encuentre, junto a la de Santa Fe, un tanto retirada de la vida agitada de la ciudad y al otro lado del río, el cual vuelve a ofrecer su navegabilidad cuando se le ha cruzado y presenta la imagen del Magdalena. Este tramo del río es navegable por embarcaciones menores en un trayecto de mil kilómetros. 

La zona que rodea a Honda es de lo más pintoresco que se pueda imaginar. A la mañana salimos, avanzando por un camino ancho y plano que nos llevó por entre bosques pequeños hasta la ciudad. La vista se encontraba limitada por muros de rocas altísimas que formaban contra el horizonte las figuras más variadas entre las cuales cruza el río espumoso, hasta que aparece la agradable interrupción de la ciudad, con sus ruinas, casas de piedra e iglesias. El sonido melodioso de algunos saltos da una nota musical sobre el silencioso paraje. La altura no era demasiada, por lo que todo resultaba agradable. Tras media hora de lenta caminata y después de pasar un arco que era un puente de piedra, ingresamos a Honda. 

Esta última se halla ubicada en la margen izquierda del Magdalena y por ambos costados la cruza el río Gualí; es la capital de la provincia de Mariquita; en tiempos pasados era una de las ciudades más lindas del país, pero fue afectada por el fuerte terremoto de 1807 que destruyó gran parte de ella. El temblor ocurrió por la noche, lo que hizo que más de quinientas personas perdieran su vida. Aún se pueden ver en ruinas la iglesia central y muchas de sus casas distinguidas. En la misma catástrofe resultó destruido el bello puente de piedra sobre el Gualí. En su reemplazo se alza uno largo y delgado de bambú que une los dos extremos de la ciudad. 

Todas las ruinas muestran la grandeza que debió alcanzar Honda en la época de la ocupación española. Por aquel entonces cobijaba a diez mil habitantes, y ahora no alcanza ni a la mitad de esa cifra. Es probable que ahora, ya terminada la guerra, recupere su sitio y reputación. Para ello ha de ayudar su excelente ubicación, como último puerto de este lado del Magdalena, lo que la hace almacenar las mercaderías que van o vienen de Mariquita, Popayán, Neiva y Bogotá. 

Pese a estar a mil ochocientos metros de la superficie del mar, es una de las ciudades más calurosas de Colombia. La explicación se encuentra en que las altas cumbres que la rodean evitan toda circulación de las brisas. Como en Mompós, las mujeres se ven deformadas por enormes bolsas en el cuello. La vista que presenta sobre el violento Gualí con sus rocas, árboles y ruinas, rodeadas de arbustos y plantas, podría hacer que Honda extendiera eternamente una invitación al pintor y sus pinceles. 

Después de haber arrendado un par de mulas y un guía, en el local de un comerciante criollo de apellido Agudelo, para quien traía una carta de recomendación, seguí el 16 de mayo mi viaje hacia Bogotá. Tomé un transbordador en la estación, ya que ahí la corriente es menos fuerte y peligrosa, e hice el cruce tal como lo practicara en el Cauca, o sea, las mulas tuvieron que nadar detrás de aquel con grave riesgo de ahogarse, pero nada de eso ocurrió. 

Tras ascender un terreno escarpado, continuamos por un camino bastante bueno y ancho. Frente a Honda tenía una excelente vista sobre el prado que cubre el espacio entre ella y Mariquita, cuyas casas también lograba ver, allá abajo contra la oscuridad de los cerros. 

El camino continúa ascendiendo, alejándose del Magdalena. Era frecuente que las mulas debieran trepar por rocas de granito, con una seguridad que movía a elogio. La cabalgata que pudiera parecer aventura de principiantes, aun para aquellos que han transitado por lugares más peligrosos, resultaba no ser tal, ya que todo podía confiarse a los seguros pasos de las mulas, que iban subiendo de una roca a otra con gran seguridad y firmeza. Por eso el uso de las riendas y espuelas solo las lastimaría y estorbaría, sin prestar ninguna ayuda. En estos lugares un indígena sobre su pequeña mula realiza saltos infinitamente más bellos y seguros que los que ejecuta un experimentado oficial de caballería sobre su caballo favorito y entrenado para ello. 

Cuando se ha cruzado el caudal del río Seco el sendero sigue ascendiendo lentamente hasta que, girando a la derecha, se hace más pendiente y peligroso y enlaza con el cerro Sargento que separa al valle situado al lado de Guaduas. A las cuatro comenzó el lento trabajo de subida, por entre piedras y cañadas. La cima logramos alcanzarla poco antes de la caída del sol y tuvimos desde allí una vista inolvidable sobre el ancho valle del Magdalena, que se prolonga hasta las cordilleras que lo separan del Cauca. Fácil sería seguir con la vista la inmensa extensión hasta alcanzar todo el sur y el rumbo sinuoso del río, que observado desde allá resulta hermoso y tentador, haciendo olvidar todas las penalidades en él pasadas. Ya las distancias y las apariencias no engañan pues se las ha conocido y vívido. La vista podría proseguir y al quitarla de esas aguas la despedida resulta fácil y alegre, como se le diera a una persona insoportable y de cuyo alejamiento no pudiéramos decir que nos entristecemos. 

Realizados bastantes esfuerzos, llegamos finalmente, ya anocheciendo, a algunas viviendas en mal estado que existían en la cumbre. Allí nos albergamos y dormimos, aunque la noche, debido a la altura, era fría. 

Había en ellas alojados algunos hombres dedicados a capturar mulas salvajes y cuyos animales, descargados y sueltos, pacían en las cercanías. 

Los corraleros de mulas abundan entre Honda y Bogotá, lugar al que se transporta la mayor cantidad de productos, usando para eso los cerros. Quizás existan peones por aquí, pero no son indispensables como entre Juntas y Ceja. Un corralero es el individuo encargado de transportar unos veinticinco de estos animales, repartidos en divisiones, para cada una de las cuales se destina a un arriero. Toda la comitiva está a cargo de un caporal, que siempre va montado. Como equipaje provisional llevan una carpa donde descargan las mercancías para evitar que se dañen. Estas cuelgan sobre las ancas de la mula, acomodadas sobre una especie de montura o colchoneta delgada, rellena de paja, que va ligada a dos barrigueras. Para los sitios escarpados las proveen de protección en la cola y en el pecho, lo cual es necesario acá para todo tipo de cabalgadura, ya que de lo contrario se corre el riesgo de pasar por encima de la montura y de la cabeza de la mula en una bajada demasiado vertical. 

Como complemento se usan unos extraños estribos metálicos que cubren la primera mitad del pie, como si fueran una pantufla, y evitan los golpes que se pudieran recibir por las piedras salientes. En lugar de una funda para revólver se encuentran dos bolsillos amplios, con tapas, en los que se pueden llevar las pertenencias traídas. 

En el primero de estos compartimientos se puede encontrar un plato grande que accidentalmente sirve como una pequeña mesa en casos de emergencia. El equipo se completa con espuelas de discos fuertes y un látigo grande. 

El camino nos encontró en él cuando eran las siete de la mañana, avanzando por una loma repleta de árboles envueltos en una gruesa, húmeda y helada neblina matinal que anulaba totalmente la visión. Media hora más tarde hallé algo desconocido para mí en el país: era una piedra que indicaba tanto la distancia de Bogotá como su altura sobre el nivel del mar. La primera era de dieciocho leguas y la segunda de ochocientas brazas | (1) .  

La llegada del astro rey comenzó a despejar la espesa neblina quedando al descubierto el valle de Guaduas a nuestros pies, que se presentaba como un parque de recreo en medio de las alturas. Sus prados, alamedas, riachuelos y plantíos, indicaban que en el centro se encontraba la ciudad de Guaduas. 

Pasada una hora exacta en el descenso, tuvimos mejor ocasión de contemplar las bellezas del paisaje. En el valle una temperatura más suave reemplazaba a los fríos sentidos en las montañas. Llegamos a las nueve de la mañana a la ciudad, luego de pasar por prados muy prósperos sobre los que pastaba un hermoso ganado y de cruzar pequeños riachuelos que, extrañamente, estaban provistos de puente. 

Me dirigí donde el Coronel Acosta, conocido de todos los viajeros a Bogotá por su extraordinaria amabilidad y hospitalidad, que resultaba de mayor valía, pues era un funcionario noble y muy querido en el lugar, además de poseer una enorme fortuna. Residía en una casa grande y muy bella con todas las comodidades del caso y siempre abiertas sus puertas para todo el que lo deseara, incluyendo al extraño que no estuviera provisto de una recomendación personal hacia él. 

Guaduas está en un valle fértil, posee uno de los climas más agradables que se puedan escoger, con una temperatura que varía entre los veinte y los veinticinco grados. Su población alcanza a las tres mil personas, que en una gran mayoría son adineradas, como producto de sus ventas de café, azúcar y bananos, complementadas ahora con las de ganado, ovinos y mulas que se dedican a criar en sus abundantes pastizales. 

Como los de la provincia de Antioquia, sus habitantes son relativamente rubios y bien educados. La ciudad tiene dos calles rectas y una plaza central con su respectiva fuente. Hay una construcción antigua y grande que alguna vez fue convento de frailes franciscanos, hoy transformada en una de las escuelas Lancaster. El edificio tiene una bella ubicación al lado de un raudal que corre por toda la ciudad. 

Debo decir que para quien llega aquí procedente del río Magdalena, la sola observación de todo esto tiene que parecerle un paraíso. 

Desayuné junto con mi amable anfitrión y luego de brindar con vino por el éxito del viaje, salí un poco antes de las doce del día, con dos mulas arrendadas acá. Nuevamente empezamos el ascenso por el cerro que separa a Guaduas de Villeta. El camino no era muy bueno y en algunas de sus cuestas barrosas había senderos de piedras, pero como estos no recibían el cuidado debido, se encontraban en condiciones tales que más que favorecer el desplazamiento lo dificultaban. 

Cada media legua se encuentran piedras que informan sobre las distancias a la capital. Todo hacía pensar que la ruta había sido bien mantenida durante la época hispana, a diferencia de todas las existentes en el país. Esta se descuidó a causa de la guerra de la Independencia y decayó de tal manera que en las épocas de lluvia se consideraba una de las más dificultosas de transitar. No debe olvidarse que es el camino más corto y más importante entre la Costa y la capital de la República. 

De ahí que en cada sitio habitado exista un puesto donde expenden aguardiente y chicha, preparada ésta con maíz molido y agua, que después de hervirlos se dejan enfriar en una fuente, para su fermentación. Es tomada con asiduidad por peones y arrieros. Su sabor es parecido al de una que nosotros hacemos, y se aprecia mejor en cantidades grandes. De todas formas es demasiado fría para el estómago y causa acidez; se aconseja a los forasteros no beberla muy seguido. Al no ser atractivo su sabor, no resulta apetecible para las clases superiores. 

Pasadas dos horas de duro batallar por un camino bastante quebrado, volvimos a encontrarnos con las lomas que nos brindaban un espectáculo muchas veces limitado, desde donde se veía la naturaleza salvaje de las montañas y sus valles cubiertas de bosques, que ayudaban a formar el paraje típicamente andino. El cielo limpio que se nos ofrecía permitía que miráramos sin limitaciones y aunque la temporada de lluvias ya comenzaba, tuvimos la alegría de no ser atacados por un aguacero. 

Al fin iniciamos el descenso, y a eso de las cinco de la tarde llegamos a Villeta donde, por recomendación de mi guía, me hospedé en la casa de unos nativos de buena situación. 

Villeta está enclavada en un valle lindo pero demasiado apretado, que baña el río Dulce, a una altura no muy elevada sobre el nivel del mar. Su clima se considera algunos grados más alto que el de Guaduas y sus tierras fértiles producen un arroz de gran exquisitez, que es llevado en grandes cantidades al mercado bogotano. Sus habitantes son famosos por su hermosura. Observé varias mujeres, las cuales se distinguen por la pureza de sus rasgos, que unidos a sus ojos castaños, les daban una belleza muy superior a la de las indígenas que antes había contemplado. Parece reinar un bienestar general y sus habitantes conviven en un clima de absoluta armonía. 

Solamente tarde pudimos reanudar nuestra marcha, ya que una lluvia caía durante la noche no quería escampar, quedando por supuesto el camino en condiciones deplorables. Por un puente hecho con cañas de bambú atravesamos el oscuro y caudaloso río Negro. El camino que tuvimos que emprender era malo y más complicado de lo imaginable; en vez de mejorar iba empeorando, ya que todo estaba cubierto de barro y constantemente teníamos que desmontar y echar las mulas adelante, resbalando en ese barro acumulado entre las piedras sueltas. Finalmente, luego de una jornada ardua, llegamos, iluminados por la luz de la luna y cubiertos de barro, a las casas existentes en la cima, que forma el muro oeste por donde se extiende la Sabana de Bogotá. La temperatura era helada. La frazada y la ruana volvieron a ejercer su cometido. 

El clima del sector no permite el uso de las hamacas, por lo que al albergarse en una casa, hay que esperar a que los bancos de bambú no estén ocupados por la familia. En caso contrario hay que conformarse con extender la colchoneta —si se ha traído— en el lugar más seco de la habitación y estirar en ella el cuerpo. Si no es así, la única comodidad habrá que lograrse mediante los artículos que se traigan, que se ubicarán de modo que brinden alguna. 

Era ya el 19 de mayo, día viernes, cuando montamos nuestras mulas por vez última y a las ocho dejamos el frescor matinal para alcanzar la cuesta que se abría ante nuestros ojos con tal inmensidad que resultaba eterna para estos. Se extendía como un infinito mar verde, rodeado por montañas hasta donde la vista ya no alcanzaba más. Calculaba unos quinientos kilómetros de largo por veinte de ancho. Aunque estaba bien sembrado y habitado, su falta de naturaleza verde y sus continuos quiebres no alcanzaban a decir que el cuadro era bello, y pasado el momento inicial y llena la visión, uno se percata que reina una gran monotonía y que esta llanura no puede ser comparada con los inolvidables valles de la magnífica Antioquía. 

Tras dejar a Facatativá, a doscientos kilómetros de Bogotá, nos situamos en el ancho sendero que marca el paso hacia la capital. Extensos pastizales donde pacían grandes manadas de reses y ovinos; vastos campos de trigo, maíz y avena; pueblos y caserones solitarios rodeados por sauces y manzanos; el clima templado y una fresca brisa, todo, todo recordaba a mi Europa y me parecía estar trasladado al norte de Francia o, aún mejor, a la parte suroeste de Escandinavia. 

Un trecho más adelante nos encontramos pasando un bonito poblado, Fontibón, desde donde descubrimos las torres blancas de las iglesias de la gran ciudad, todo con un fondo de montaña que formaba la parte sureste. El camino tenía mayor vida por la gran cantidad de personas y animales que lo transitaban. 

Podía verse a los comerciantes con sus productos de las regiones cercanas: plátanos, limones, naranjas, arroz, etc., llevados por sus mulas o bueyes, además de las mulas sueltas que retornaban con sus arrieros a Honda en busca de nuevos cargamentos. A lo lejos unos jinetes, con sus ruanas al aire y en un galope frenético, devoraban la distancia de la recta sabana. 

Una vez que traspasamos los ríos Bogotá y Común, por muelles y puentecillos en sus lugares pantanosos, llegamos a una piedra que señalaba que nos encontrábamos a mil trescientos setenta pies sobre la superficie del mar. 

Las casas de la ciudad comenzaron a ser más visibles y la torre de la catedral sobresalía nítidamente, al igual que dos conventos que penden de modo gracioso sobre la ciudad, ya que están levantados en dos cimas escarpadas. Las casas al costado del sendero aumentan y el tráfico es mayor hacia las horas de la tarde. Una fila de campesinos descendía de la ciudad, a la cual se habían dirigido para participar en el gran mercado de los viernes, y a medida que seguía nuestro avance nos dábamos cuenta del ambiente de festividad, a veces de embriagadora alegría. Comenzamos a imaginar cuanto restaba. 

Cuando íbamos encontrando más y más gente, ganado, mulas y mejores jinetes que hacían su paseo vespertino, el camino empezó a confundirse en una ancha calle de piedras, y después de pasar por otras de ese estilo, poco antes del ocaso, nos hallamos en la plaza mayor de la capital de Colombia. 

 

(1). Aproximadamente noventa kilómetros y más de tres mil metros. N. del T.(Regresar a 1)

 

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