INDICE





INTRODUCCIÓN

VIAJE POR COLOMBIA

PRIMERA PARTE
Capítulo I - El embarque
Capítulo II - Cartagena
Capítulo III - Santa Marta
Capítulo IV - Viaje de Santa Marta a Cartagena
Capítulo V - Cartagena
Capítulo VI - Viaje de Cartagena a Mompós
Capítulo VII - Mompós
Capítulo VIII - Viaje por el Magdalena
Capítulo IX - Viaje por el alto Magdalena
Capítulo X - Viaje por el alto Magdalena y el río Nare

SEGUNDA PARTE
Capítulo XI - Viaje por los Andes
Capítulo XII - Viaje a través de la provincia de Antioquia
Capítulo XIII - Medellín
Capítulo XIV - Viaje desde Medellín a Bogotá
Capítulo XV - Bogotá
Capítulo XVI - Colombia antes de su emancipación
Capítulo XVII - La República de Colombia
Capítulo XVIII - Los habitantes y la población de Colombia
Capítulo XIX - Visitando el Salto de Tequendama
Capítulo XX - Viaje de vuelta a la costa
CAPITULO XIII  |

 

MEDELLIN
 

 

A los pocos días de nuestra llegada a Medellín apareció el señor Hauswolff, proveniente de Remedios, y luego el señor Plageman que venía desde San Bartolomé. Así empezaron a reunirse todos los suecos que estaban en esta provincia. El conjunto era extraño, pero se aumentó con dos compatriotas más que venían para Colombia y se encontraban próximos a llegar. Ellos eran el Capitán Greiff y su señora. 

Fue así como el 11 de marzo nos dirigimos todos en grupo, a caballo, por el camino hacia Rionegro para recibir a nuestros viajeros, tan esperados como bienvenidos. A lo lejos, casi en la cúspide del cerro de Santa Helena, comenzamos a distinguir la caravana que devoraba las curvas de la ruta. En la mitad de la senda nos reunimos con ellos. 

Un encuentro de esa índole con compatriotas, anteriormente desconocidos, tan lejos de la patria, es algo que emociona; comparable al encuentro largamente postergado con un familiar, tanto que éste llega a resultar casi desconocido. Por supuesto que no se necesita demasiado rato para que el protocolo quede olvidado, a raíz de la natural confianza que se despierta. Parece que existiera esta desde mucho tiempo atrás. Así, antes de grabar en la memoria los rasgos y gestos del rostro, uno se da a la tarea de conocer sus voces. 

El encuentro se inició con una charla que era más bien un cuestionario, pues se desarrollaba entre preguntas y respuestas acerca de la patria tan lejana y recordada; conversación que se veía interrumpida con las expresiones de admiración por el paisaje que proferían los recién llegados. El viaje seguía en dirección a la ciudad, adonde llegamos en las horas de la tarde, atravesando un cerco de curiosos que miraban sorprendidos, desde puertas y ventanas, a la comitiva que ingresaba, en la que les llamaba especialmente la atención “la señora extranjera”. 

De modo que ahora la colonia sueca se veía aumentada con dos nuevos miembros y estaba formada por ocho personas, pues además habitaban en la casa un sirviente y un herrero suecos, una niña inglesa y una muchacha de Escania que acompañaba a la señora de Greiff. Quien aparentemente decidía en este dúo la situación legal, parecía ser el marido, pero en la práctica daba la impresión de que ella era quien había impulsado determinada acción. No existiendo entre ellos problemas de tipo económico, ni reproches de ninguna de las complicaciones que, se supone, trae el matrimonio. 

Al ver la colonia tan numerosa, sentíamos que nada nos faltaba para hacer una vida que se asemejara a la sueca. Durante todo el tiempo el grupo estuvo reunido en la casa y en otros sitios de Medellín, lo que permitía la compañía habitual de todos los compatriotas, con la cual le parecía a uno trasladarse a Suecia, a lo que ayudaban el clima y los hermosos parajes que rodean a esa ciudad, donde se goza de la región natural más agradable de Colombia. 

Puedo decir que, en cierta medida, estábamos habitando en ambos países, ya que durante el día organizábamos un paseo hacia algún rincón del valle o por la ciudad, o bien una visita a alguna casa familiar; es decir, nos colombianizábamos. Pero durante las jornadas vespertinas en la casa, el modo de vivir, las ocupaciones, los pasatiempos y el idioma nos transportaban a nuestra querida patria. 

El señor Hauswolff poseía varios caballos, lo que nos permitía realizar habitualmente excursiones, más o menos largas, hacia diferentes lugares. Conocimos un sitio cuya hermosura sobrepasó todos los límites, por lo que unánimemente decidimos que Envigado, pueblo ubicado a dos horas de camino en dirección al sur de la ciudad, por su paisaje incomparable, era uno de los sitios del mundo de mayor belleza. 

El río sigue un camino que pronto se separa del que lleva al pueblo, y mientras comienza a subir, el río se va quedando abajo; de allí que el poblado esté más arriba que la ciudad, lo cual nos ofrece una vista mucho más amplia y libre. Nos dirigimos hacia un connotado criollo de apellido Santa María, desde cuyas tierras se lograba gozar, en su máxima dimensión, del panorama.

El valle en este sector es algo estrecho. Está formado por las pendientes que bajan de los cerros, alrededor de los cuales buscan su unión con el río, que se enlaza con ellos. Por tanto, la vista que recorre el valle, si bien es bella, resulta un tanto limitada. Al seguir los ojos el curso de las aguas del río empieza uno a sentirse más libre, ya que este inicia una ruta que se amplía y hace más ancha, llegando sus vueltas a abarcar todo el valle. Al final la vista se deleita con la gama de colores que se le brinda. 

El valle me recuerda una quilla de barco. Sus costados están formados por los cerros; en su cúspide está Envigado, y en su base, Medellín. Sus casas rojas, y verdes alamedas limitan por un costado el paisaje alegre de prados, arboledas, sembradíos, arbustos y pueblos desparramados a ambos lados de la cordillera bañados por las curvas del río. Esto nos hace sentir que nada falta para que sea el lugar ideal y fomenta el deseo de vivir y morir en esta libertad. Si no es así, al menos hará surgir el siguiente interrogante: “¿Será posible encontrar un paraje más hermoso en la tierra?”. 

Al observar ese jardín sombreado por limoneros y naranjos y la abundancia de frutas exóticas y deliciosas como la piña, el mango, la chirimoya, no sería aventurado sospechar que aquí pudo estar ubicado el Edén, tanto como en Mesopotamia, y que nuestros primeros padres pudieron haber sido americanos lo mismo que asiáticos, sobre todo viendo la existencia del cuerpo del delito del Paraíso: el fruto prohibido, que con tanta abundancia y riqueza se da acá. 

La chirimoya es una fruta grande, parecida a un melón verde. Su pulpa es blanca y blanda, con un gusto mezcla de fresa silvestre, crema y azúcar; posiblemente es la fruta más deliciosa del mundo. Con seguridad Humboldt hubiera dicho: “Valdría la pena un viaje a Suramérica por el solo hecho de comer chirimoya”. 

Mas para probar y tocar los excelentes frutos que se producen en el trópico no teníamos necesidad de hacer nunca una salida, ya que la casa del señor Hauswolff nos lo ofrecía todo, pues era una verdadera casaquinta. La calle que nacía de la plaza mayor, frente de esta casa, se convertía en una abundante alameda lo que daba lugar al paseo más elegante y concurrido de Medellín. 

La casa contribuía mucho a ello, y desde sus ventanas se podía contemplar, durante los domingos, a casi toda la gente de mayor edad de la ciudad caminar por este bello paseo. Al otro lado de la casa estaba el jardín particular, que por su construcción, conservación y calidad era interesante y hermoso. Podían distinguirse plantas de interior del norte de Europa, junto a las más bellas, enormes y abundantes de América del Sur. 

El exotismo estaba presente en todo. Podía verse una siembra de papas al lado de una de piñas, mientras que el campo de fríjoles limitaba con la siembra de melones, y el perejil se cobijaba a la sombra de un pimiento. El azúcar tenía su sitio entre los yams y las raíces de arracacha. Mis ojos tropezaban con limones, naranjas y mangos. Estos últimos son una fruta larga y amarilla, de cuesco grande y carne anaranjada y fibrosa protegida por una cáscara elástica. Dicha pulpa tiene un sabor dulzón y su olor semeja al de la trementina. Con mucha razón está considerado como uno de los frutos tropicales más finos y saludables. 

El café no podía estar ausente. El plantío era extenso y sus granos me recordaban a las guindas. Un tanto separada había una pileta de baño, levantada con piedras y alimentada por un pequeño hilito de agua que recorre todo el jardín. El agrado sube de tono cuando se ve que esta construcción está protegida y semicubierta por un enorme rosal. 

En pocas palabras, nada parecía faltar en este jardín. No hacía más que seguir pensando que todo lo visto era uno de los sitios más agradables del mundo. 

Medellín, la ciudad capital de Antioquia, está situada al lado derecho del río Nechí, casi en el centro mismo del valle que este recorre. Un torrente menor, el Bocaná, se lanza a través de las faldas del cerro de Santa Helena, cruza la ciudad y lleva el agua fresca y cristalina que llena la fuente de la plaza, para pasar por las calles de la ciudad en pequeños hilos, ayudando a la limpieza de su presentación. 

Las calles, por su trazado, se cortan en ángulos rectos, y en su mayor parte están cubiertas de piedras y provistas de aceras angostas. Las casas son generalmente de un solo piso, aunque existen algunas de dos con sus respectivos balcones, todas cubiertas con techos de tejas y hechas de adobe, mezcla de tierra y barro. La madera no puede ser muy usada pues es carcomida por los insectos, lo cual hace que se deban reconstruir cada cierto tiempo, cosa que no las hace muy económicas. 

La ciudad tiene siete iglesias, una de las cuales posee un órgano; un convento de monjas llamado Santa Clara y una casona de piedra, además de un colegio. Su población llega a las nueve mil personas que en gran parte son comerciantes. Las clases más pobres están formadas casi en su totalidad por nativos, y negros casi no se ven.

El clima es templado y el termómetro, en las temporadas secas, no pasa de los veinticinco grados, y en períodos de lluvia, de los veinte grados. En las épocas de sequía no existen nubes en el cielo, mientras que en las de lluvia no es raro creer que las nubes que acarician los picos de la cordillera vendrán a descargar sus masas de agua antecedidas por truenos. 

Infortunadamente, demasiado pronto se llegaba a conocer los cambios del clima, de modo que nunca lograban sorprendernos, ya que teníamos el cuidado suficiente de no desprotegernos. Esto hacía que, con gusto, en las mañanas estuviéramos vestidos de manera liviana, con ropas de lino, que cambiábamos por unas de lana cuando se acercaba la hora de la comida. 

El frescor de la noche, aunque no alcanzaba a los fríos que tuve que soportar en Rionegro, asegura un sueño plácido y sin transpiración. La preocupación por los mosquitos no existe, lo que lleva a decir, precipitadamente, que nada se encarga de molestar las noches. 

Sin embargo, fácil resulta engañarse, pues aun cuando no se encuentran ni mosquitos ni murciélagos, aparecen otros perturbadores, a saber, las pulgas y chinches, las cuales, sin entrar en ninguna investigación entomológica, puedo decir que son las mismas que nosotros conocemos; su forma y gustos coincidentes me permiten asegurarlo. 

Por supuesto que, como en todas partes, estos insectos son consecuencia del desaseo y del descuido de piezas y dormitorios; situación que es más molesta en las casas de los campesinos que en las de los adinerados de la ciudad. Pero el caso grave lo representa un insecto llamado nigua, que se agarra en la planta de los pies, entre los dedos y las uñas. Una vez instalado, se dedica a colocar sus huevos, que al empollar, pueden producir una buena cantidad de gusanillos (hongos), los que con sus constantes esfuerzos perforan la piel, llegando hasta los huesos y produciendo una inflamación que, si no es tratada a tiempo, puede degenerar en gangrena. El intruso es fácil de sacar al principio, pero si no se elimina a tiempo, se torna bastante peligroso. 

Este fue uno de los motivos por los cuales los españoles en su primera invasión a la provincia fueron perdiendo sus vidas ya que como no conocían las niguas ni sabían cómo tratarlas para su cura, se fueron pudriendo sus huesos. En el tiempo actual no se corren tales riesgos, pues apenas hallado el insecto se saca con un cuchillo; él mismo delata su presencia por el escozor que produce. 

También esta tarea suele dejárseles a los nativos, ya que éstos, con habilidad y maestría, descubren y destruyen esos nidos infecciosos. Sus implementos quirúrgicos consisten en un alfiler y un cigarro encendido. Luego de hacer una minuciosa búsqueda en la planta y en los dedos, comienzan a abrir un hueco hacia el fondo del nido. Su profundidad dependerá del tiempo que haya tenido para su germinación. Una vez localizados, se extraen los insectos con la cabeza del alfiler y luego se saca el resto de sangre dañada que queda. Hecho eso, aplican la punta del cigarro encendido a la herida; la ceniza y esa cicatrización se encargarán de destruir los huevos que puedan haber quedado. 

Como en el interior del país, el comercio de Medellín no puede considerarse insignificante; debe ser visto como un depósito para la mayor parte de la provincia. Las casas extranjeras de comercio casi no existen, pero sí una buena cantidad de ricos comerciantes criollos que consiguen sus artículos en Cartagena o Santa Marta, o viajan a Jamaica para adquirirlos. 

Un viaje de esos no es posible realizarlo en menos de cuatro meses; equivale a lo que para nosotros supone desplazarse a América. Por ello el comerciante se da ínfulas de “haber estado en Jamaica”, con una ostentación superior a la de algún comerciante nuestro que pueda jactarse de haber viajado a Londres tomando la ruta de Hamburgo. Sinembargo, los productos se encarecen demasiado debido al transporte. No obstante, hace su aparición una cantidad inesperada de artículos europeos. Es así como las bodegas comerciales de la plaza mayor, si bien no tan ricas y surtidas como las de Kingston, se ven llenas y coloridas, lo que explica el lujo que muestran las clases pudientes de la ciudad. 

Entusiasmados con la idea de vestirse al estilo de sus compañeros de la Costa, los habitantes de Medellín tienen muchas y mejores ocasiones de hacerlo, ya que el clima templado les permite usar ropas y prendas que más se acercan a lo que es la moda europea, mientras que los costeños, en sus grandes fiestas o en las procesiones religiosas, sudan copiosamente y no pueden hacer del frac su vestido habitual. Acá ocurre lo opuesto, ya que el calor permite usar tanto ropas de lana como de lino. Por eso, de las personas elegantes se dice que “usa ropa de paño”, lo cual suena idéntico a nuestros piropos al hombre bien vestido. 

Ver jóvenes mostrando ropas tan ricas como las europeas, no sorprende; y para un petimetre de Medellín es importante, si desea causar sensación, llevar un sombrero de Europa, usar botas inglesas o francesas y un traje confeccionado en el exte­rior, ya que los sastres y zapateros del lugar no se caracterizan por la perfección de sus acabados. Estas extravagancias no pueden dar lugar a que se las tache de esnobismo, ya que están por debajo de los caprichos de nuestros jóvenes que mandaban su ropa a lavar a Inglaterra para tenerla “fascinadoramente impecable”. 

En reemplazo de la ruana se usa una capa oscura, algo más corta, que permite echarse una de sus puntas sobre los hombros, con lo cual se facilitan las posibilidades de saludar a los demás, y de deshacerse de ella al llegar de visita a una casa, ya que conservarla en una habitación es considerado como muestra de mala educación. 

Por su parte, la ropa femenina, muy usual en las tierras bajas, consiste en vestidos de mangas cortas confeccionados de telas de algodón, muselina o seda, unidos a un pañuelo de diverso tamaño. Para las ceremonias en la iglesia llevan una falda negra de seda, y sobre sus cabezas una prenda que causa muchas sorpresas. Es un sombrero con una copa redonda y alas anchas, como los de algunos campesinos de Escania, pero tan pequeño que descansa en la parte superior de la cabeza. Entre el sombrero y el cuello llevan atado un velo azul y transparente que cuelga por la espalda y los hombros, tapando el cuello y las mejillas y dejando solamente una pequeña abertura por la que pueden verse los ojos. 

Hombres y mujeres usan durante el tiempo de lluvia, encima y protegiendo los zapatos, unas botas de agua confeccionadas con un fondo grueso de madera que se amarra por encima del empeine. Algo semejante se usaba en Inglaterra. Impropiamente el apelativo se trasladó al calzado llamándolo burlescamente suecos. 

El modo de vivir guarda apreciables diferencias con el resto de las provincias bajas y calurosas, que se aprecian más en el número de las comidas y en su preparación. 

En tierras calientes basta comer dos veces al día, es decir, desayuno y cena. Acá se hacen tres o cuatro comidas diariamente, y como se sirve almuerzo al mediodía, es necesaria la cena nocturna. Esta distribución de las comidas se parece mucho a la usada por nosotros, aunque en su preparación no se parecen ni a las suecas ni a las inglesas ni a las francesas. Con relación a la extraña mezcla de artículos y al modo de servirlos, se parecen mucho más a las comidas preparadas por los niños cuando se les da cierta cantidad de alimentos para sus juegos, en los cuales lo importante no es la calidad sino la cantidad. Por esto la descripción debe ser bien detallada para que no pierda interés. 

Se empieza a comer después de las ocho de la mañana y el comienzo está enmarcado por no menos de cuatro platos diferentes, para lo que se necesitará cuchillo, tenedor y cuchara, ya que el primer plato es sopa. 

La sopa de pan consiste en pan de trigo mojado en agua, pimienta, cebolla y grasa de cerdo, todo freído y hervido formando una cosa intermedia entre sopa de leche y papilla. Luego sigue un plato de carne frita, hervida anteriormente, que se corta en pequeñas tiras para ser freídas en grasa de cerdo. Este verdadero producto químico tiene un olor, sabor y color que en nada se parece a la carne de res. En seguida se comen huevos fritos, que nadan en un mar de grasa oscura, acompañados de delgados trozos de plátano, que con su carne rosada hacen un contraste con el castaño oscuro y el blanco de aquellos. Para finalizar llega una taza de chocolate con harina de maíz, que se le agrega para hacerlo más espeso y el cual se sirve caliente, recién salido de la olla, acompañado de plátanos cocidos en la ceniza. Toda la comida se pasa con una jarra de agua fría. 

Avanzando el día se toman las onces. Un plato de frutas: piña, chirimoyas, naranjas, limones dulces, etc., y luego un trago de aguardiente, ron o coñac. 

La comida —podría decirse el almuerzo— se sirve a las dos, comenzando con sopa de arroz y carne; a falta de esta se emplea manteca o la tan temible grasa de cerdo, que juega un papel importante en la cocina colombiana, así como la mantequilla en la nuestra. Después se acerca una olla con la sopa, que se sirve en tazas. Le siguen las frituras, que muchas veces consisten en pavo o gallina, las que también se pueden reemplazar por la grasa de cerdo untada. 

A continuación un plato de frijoles en salsa blanca, aliñados en aceite y vinagre. Para el final se deja la carne asada, pero no se crea que tiene la presentación normal de la carne, ya que trozos tan grandes jamás dejan los carniceros, aunque silo hacen con los huesos. Tampoco podría decirse que se trata de un “Rostbeef” inglés, o un “Róti” francés, untado en salsa blanca o preparado en otra forma. Lo solo uniforme de las tajadas fritas son las quemaduras; la manteca de color amarillo claro que baila en sus costados nos hace decir cualquier cosa de ella; por lo menos a la carne no se le puede quitar el mérito de reunir a su alrededor una gran cantidad de mezclas extrañas e imposibles de reconocer. 

Le ha tocado el turno a un plato llamado mazamorra, palabra usada para distinguir una mezcla parecida a la papilla, pero que en este caso significa una sopa espesa con granos de maíz, agua y leche. El postre consiste en dulces y conservas fabricadas con miel, azúcar, etc., que se comen con queso. Las conservas más comunes son las de piña, preparadas en miel y azúcar y siempre acompañadas con una gran jarra de agua helada. 

Se vuelve a servir la comida entre las siete y ocho de la noche, y al comienzo se parece al desayuno. Se pone sopa de pan, carne picada o frita, huevos fritos y chocolate, reforzado esto con mazamorra y conservas. A esta hora se acompaña todo con dos clases de pan, pan de trigo y arepas. El primero se parecería mucho al nuestro si fuese menos ácido y tuviera algo más de sal. 

Este pan se consigue en diversas formas, ya sea blando o duro, este último bajo el nombre de bizcocho. El pan de maíz —arepa— se hace en las mismas casas, y resulta ser la más complicada de las tareas domésticas. Se deben mojar los granos de maíz y colocarlos en un mortero donde se les suelta la cáscara. Luego se limpian y colocan en una olla para sancocharlos. 

Se les ralla y al agregarles agua se forma con todo una masa gruesa, a la que se le da forma de tajadas planas y redondas. Finalmente estas son horneadas encima del fuego en una sartén de greda. Lo que quita bastante tiempo es el rallado, ya que el grano de maíz es duro. Por eso al observar a una indígena sudando, de pie, durante más de una hora y agachada sobre la piedra en el corredor, preparando la masa para el pan de la comida siguiente, no parece que exista nadie que personifique mejor la idea de: “Ganarás el pan con el sudor de tu frente”. Cuestión que adquiere importancia en este país donde nadie parece tener noticias del Juicio Final. 

Aparte de la diaria compra de los alimentos, cada viernes la población tiene un mercado, con muchas más mercancías, instalado en la plaza mayor, al que concurre mucha gente de los lugares más apartados de la provincia. Junto a los productos típicos de la mesa, como el arroz, trigo, plátanos y frutas, se pueden adquirir otros manufacturados, como fuentes de greda, pitas, alpargatas, sombreros, alfombras, cajas de paja y ruanas. 

De los sombreros de paja hay un tipo fino que cuesta hasta ocho piastras y está hecho de la hiraca, que es una planta de palma, los cuales son tan fuertes como livianos, aunque no de tanto valor como los que vienen de Guayaquil o Panamá, los jipi-japa, que se compran con doblones o con dieciséis piastras, pero que son indestructibles. 

Las ruanas varían de color y finura, por lo que se puede elegir entre las que valen cuatro o cinco piastras o las que su valor debe pagarse en doblones. Estas últimas no son vendidas en la plaza, sino en las bodegas adyacentes a ella. Las de mejor calidad provienen de Méjico y son muy buenas; tanto, que sus colores resisten todos los climas. 

También se encuentran para la venta caballos y mulas. Todos los viernes se reúne en esta plaza una diversidad tal de personajes y mercancías, que resulta una obra tan variada como interesante, que muestra un mapa con todos los tipos de habitantes de la provincia, sus animales, obras naturales y los productos artísticos que nacen de sus manos. 

La provincia de Antioquia, ubicada entre los grados sexto y octavo de latitud norte, limita al este con el Magdalena y al oeste con la Cordillera Occidental de la provincia del Chocó. Hacia el norte y el sur, sus límites son mucho menos definidos, ya que se encuentran las provincias de Mompós y Mariquita, Cartagena y Popayán. 

Se halla cruzada por la rama media de los Andes que va a perderse en el extremo sur de la región, formando uno de los paisajes más montañosos de Colombia. Desde sus alturas heladas bajan hacia el Magdalena y el Cauca diversos torrentes, que por su fuerza y tamaño no logran contribuir a facilitar el transporte en la provincia, a lo sumo entregan sus aguas a los dos ya mencionados, los que sí ayudan a la comunicación interna del país. 

 

Entre los torrentes más notables figuran el Rionegro y el río Verde que se unen bajo el nombre de río Nare al Magdalena, el que más abajo recibe los caudales del Regla y el Cimitarra. Al otro lado del lomo cordillerano se unen las aguas del río Grande y el Porce con las del Nechí, que después va a caer al Cauca. Desde la cordillera oeste bajan además del Bocaná numerosos raudales menores. 

De este modo, lleno de altas montañas, bosques salvajes, profundos valles y fuertes y pequeñas corrientes, se encuentran aquí las características que diferencian un país montañoso y tropical de los demás, donde las direcciones que toma el viento son decididas por las alturas; al paso que en el resto del mundo esas direcciones son determinadas por los mayores o menores grados de latitud. 

Esa es la razón del intenso calor en las profundidades de los valles del Magdalena y del Cauca y lo agradable en el sector del Nechí; mientras que en la plataforma de Rionegro el clima resulta ser más fresco, y en el lado de Santa Rosa, si bien los días son agradables, las noches alcanzan un frío notable. 

Obviamente que un país con tal variedad climática debe producir muchos ejemplares de productos y si bien la provincia antioqueña es menos conocida por los vegetales, el contraste habría que explicarlo por la abundancia de minerales, en detrimento de aquellos. Por otra parte, crecen todos los productos de tierra caliente, y una buena cantidad de los de clima templado, como también prosperan la ganadería y la siembra de diferentes clases de cereales. Estos niveles podrían impulsarse no solo para abastecer la región sino para llevarlos al resto de las comarcas. 

El que no sea así, tiene sus razones. En primer lugar, la difícil comunicación de la provincia y la falta de caminos hacia el Cauca y Magdalena, lo que hace que estos productos sean muy difíciles de transportar. En segundo lugar, la inmensa cantidad de minas de oro, cuya segura rentabilidad es suficiente para pagar las mercaderías llegadas desde otros lugares. Además, como este producto no pierde valor y es de fácil movilización, se considera mejor enviar unas cuantas bolsas de polvo o arena de oro, por el correo, que transportar productos de alimentación. 

Por lo que la descripción de los productos exportables está remitida al trabajo y explotación de las minas y aunque no pretendo hacer un análisis científico de doctorado en mineralogía, sino apenas una nota técnica de un hombre de cerros, voy a decir cuanto he tenido ocasión de aprender. 

Mucho antes de la conquista y descubrimiento por parte de los españoles, esta región era conocida por su inmensa riqueza en oro. La tradición cuenta que los habitantes entre el Cauca y el Magdalena bajaban al segundo de estos ríos para cambiar su polvo dorado por las mercancías que les ofrecían los indios, cuyo producto más cotizado era la sal. 

Ambos pueblos vivían en eternos conflictos, los que no permitían una amistad firme. De allí que existía el acuerdo de que un grupo colocaba primero el polvo de oro, en pequeños montones, en algunos lugares convenidos a las orillas del río, después de lo cual se retiraba. Apenas entonces hacían su aparición los poseedores de la sal, que iban amontonando según lo que se hubiera tratado. Cuando estos se alejaban, retornaban los dueños del oro a retirar sus montones de sal, que orgullosamente llevaban a su casa. 

Extraño negocio, en donde predominaban la desconfianza y la confianza, en una rara unión. Lo que nos hace suponer que para esos intercambiadores los valores de esos elementos eran un tanto diferentes a los dados por nosotros, ya que al menos no pagaríamos la sal, por anticipado, en oro. 

Lo triste del caso es que la leyenda no nos comente nada acerca de las proporciones convenidas. Hemos de contentarnos con saber que existía un intercambio de tal especie, lo cual viene a demostrar que el oro se encontraba a verdaderos raudales. Buena prueba de ello es la gran cantidad de piezas de oro que aún pueden sacarse de la tierra después de que los indios las escondieran de los españoles. 

Las obras encontradas demuestran que aquellos poseían cierto sentido del arte. Yo he visto algunas figuras de personajes, posiblemente sus dioses, hechas con una habilidad que demuestra que los indios sabían derretir, trabajar y dar forma al noble metal. Pero los hispanos se reservaron el derecho de otorgar valor a tales piezas y además dieron una expansión inusitada a la explotación de las minas. Creo que en esto fueron demasiado lejos, como un profesor histérico que movido por su excesiva pasión por los conocimientos es capaz de inmolar a sus alumnos. Los españoles muchas veces sacrificaron vidas indígenas por sus ansias doradas. 

Desde el momento de su llegada, los conquistadores sacaron una buena tajada del oro de Antioquia; esta es una de las razones de su familiaridad con el territorio, el cual anteriormente estaba prohibido para todos los extraños. Por lo demás era menos que imposible que los habitantes del lugar permitieran el ingreso a él de un forastero. Además no debe dejar de mencionarse que física y políticamente la zona estaba aislada del resto del país. 

El que esta provincia haya rebajado la producción de sus minas se debe a la explotación excesiva que de estas se ha hecho. Aunque también hay una gran diferencia entre el modo de trabajar en la colonia española, y en el actual estado libre de Colombia, ya que antes se obligaba a laborar a una cantidad de esclavos fáciles de manejar y en la etapa actual solo trabajan mineros libres y con una paga alta. 

Trataré de hacer las respectivas distinciones en cuanto a la extracción del oro, para comprender la situación de las minas. 

El oro tiene dos estados: oro corrido y oro de veta. El primero se encuentra en pequeños granos mezclados con tierra, arena y barro; el único proceso que necesita es el lavado. El oro de veta está incrustado en diversos tipos de piedras y en combinación con otros metales, y es preciso moler todo ello con una limpieza exhaustiva. Por esto resulta su extracción más complicada y costosa que la de los aluviones, especialmente en un país en que no existe la maquinaria adecuada. De allí que prime el laboreo del oro corrido. 

Este último se encuentra en tres diferentes formaciones: desparramado en la superficie misma, oculto en las profundidades de los cerros barrosos y mezclado en el fondo de los ríos; por consiguiente, el trabajo debe dividirse según esas características; es decir, lavado de partes completas de tierra y cavado y sacado de los lechos de los ríos. 

De todos los modos descritos el primero es el que fue usado con preferencia durante la época indigenista y española, ya que resultaba de menor complicación y mayores frutos. 

Una vez elegido el sitio que se consideraba poseer una riqueza suficiente y con pendiente para poder desaguar, se abría una serie de canales menores, hacia los cuales se dirigía el agua. En esos canales se hacían diques de algunas pulgadas de alto, con una pequeña distancia entre unos y otros. Hacia ambos costados del canal se escarbaba la superficie a una profundidad de dos a tres pulgadas y se echaba a correr el agua por los surcos. Los mineros se mantenían en permanente actividad con todo esto. 

La arena que contenía el oro, más pesada que el resto de la tierra, se hundía, quedando apretada y retenida en los diques. Reuniéndola en cada uno de estos se formaba una masa espesa que contenía el oro en grandes cantidades y listo para ser limpiado, según el procedimiento ya explicado de la batea. Este estilo ha sido usado tan indiscriminadamente, que ya casi no queda en toda la provincia lugar posible para esta técnica, pues no solo es necesaria la sola presencia del minero en una superficie, sino que debe estar en cierto plano inclinado y cercano de un caudal potente desde el cual puedan deslizarse las aguas de lluvia en cantidades aceptables. 

El actual modo de trabajar el oro es uno en que mediante unas barras de hierro comienza a perforarse la tierra que se supone contiene el metal, la que después se lleva a un gran estanque, para pasar el lavado más grueso. El estanque es un cuadrado grande, hacia el cual se llevan aguas de algún torrente cercano o donde se almacena agua de lluvia. En uno de sus costados tiene una abertura con una especie de rastra, por la cual sale el agua. 

De este modo se hace un nuevo layado, en el que se sacan las partículas de barro y tierra. Una vez acabado ese procedimiento se cierra la entrada del agua y se abren las compuertas del dique, con lo que vuelve a quedar la gran masa lista para ser limpiada por el método de la batea. Es la forma de limpieza y extracción que se practica en todas las minas del valle, especialmente en la zona que rodea a Santa Rosa. 

El tercer método de separar el oro ha resultado el más ventajoso para su extracción, aunque los mejores sitios ya están agotados. Como base de partida deben ser terrenos con muchas subidas y bajadas, caudales a los pies de rocas, bancos de arena en pendientes y pronunciadas curvas, las que ayudan a que las aguas tengan cierta profundidad y dirección determinada. Es decir, son verdaderos diques naturales en donde las aguas tienen mucha quietud, razón por la cual el polvo y las piedrecillas de oro se hunden. Para lograr obtener esa riqueza se pueden utilizar dos modos distintos: uno a través del buceo y el otro por intermedio de un cambio en la dirección de las aguas. El más empleado de estos es el buceo, ya que el otro requiere conocimientos sobre hechura de canales, que no son técnicas conocidas en este país. 

Para bucear se escoge el punto que permita esperar épocas secas, ya que entonces la profundidad de las aguas es la menor y su fuerza muy reducida. Poco más arriba del sector elegido se construye un dique a base de bambú, donde se montan algunos pilares, el que se dirige hacia el centro del río formando un ángulo agudo con la orilla más cercana, para luego tomar la dirección hacia el lugar elegido, allí donde están las aguas detenidas, lo que hace el trabajo más simple y fructífero. Así, apenas se inicia la verdadera sacada del mineral. A tal efecto un indígena se lanza a las aguas, llena su batea con polvo y arena, para lo cual cava la tierra con un instrumento corvo; mientras más profundo es el corte, tanto mejor, y vuelve a la superficie dejando la acción a otro hombre. 

Toda la labor se hace en equipo, así cuando emerge quien está en el fondo, el anterior compañero ya está presto para arrojarse al buceo, y ha aprovechado para limpiar la anterior sacada. De esa manera comienza el dragado y lavado de la tierra, hasta que lo único que queda es el oro. 

Tal técnica es bastante fructífera y muy empleada por los habitantes de las márgenes del Cauca y el Nechí. Pero el sector donde más se usa este estilo es el de la ciudad de Zaragoza. Como dato interesante se menciona que en 1824 unos ciento cincuenta obreros extrajeron oro por valor de ciento cuarenta mil piastras. 

El modo más adecuado de cambiar la dirección de un río es solo posible en torrentes de escaso caudal, y —con todo— se hace muy pocas veces. Si se generalizara sería uno de los más provechosos para los especuladores europeos que, con obreros especializados y equipos aptos para la tarea —incluyendo dinamita, que no es conocida acá— obtendrían resultados espectaculares. 

En cuanto al laboreo de oro de veta, es complicadísimo, tanto para extraerlo de los cerros como para molerlo. Se necesita que un individuo se ocupe de sacar una piedra, de unas cuatro o cinco libras de peso, lo que se realiza con ayuda de una barra de metal. Para romper la piedra, si es dura, puede tardar todo un día; la labor se parece al molino de los granos de maíz. Se hace sobre una piedra plana. Con la ayuda del agua se va formando una pasta que posteriormente se lava en la batea. 

Una piedra de esas puede no tener más valor que un real, por lo que juega un papel importante la fuerza del moledor. Muchas veces el trabajo de todo un día no da más que para cuatro o cinco reales. Con algunas piedras más blandas se da el caso de que la cantidad deba ser contada en piastras. 

El método es usado con asiduidad en el cordón cordillerano a la orilla izquierda del Cauca, que posee ricas vetas, entre las que sobresale la de la mina Quina. Como los impedimentos mayores surgen por el precario modo de laboreo y las herramientas poco adecuadas, parece que este podría ser otro campo apropiado para la industria europea, la cual, con sus molinos de pie y maquinaria precisa, lograría mayor producción. 

De cualquier forma no podemos adelantarnos en los juicios ya que hay una cantidad de problemas que deben ser tenidos en consideración. Mencionaré solo los más importantes: el transporte (casi imposible para cumplir con los mínimos resultados), la dificultad de obtener alimentos suficientes y lo costoso para conseguir y traer obreros hasta estos lugares. Aunque puedan vencerse tales obstáculos, de todas maneras subsiste la inseguridad de encontrar el metal precioso en cantidades que justifiquen la traída desde Europa de tanta maquinaria, ya que el costo es inmenso y además juegan factores como los comentarios de mineros e indígenas que manifiestan que nunca se ha logrado encontrar el oro en cantidades suficientes, en un solo sitio, como para que se emprenda una empresa de tanta envergadura mediante la traída de capitales europeos. 

La misma apreciación se tiene del resto de los métodos tratados, ya que el oro, con la sola excepción de los caudales de ríos, no se encuentra en espacios reducidos sino que está repartido en toda la región. Es como si la naturaleza, para otorgar un modo de supervivencia, quisiera entregar a todos sus habitantes una fuente punto menos que interminable, evitando así que el más poderoso pueda obtener una riqueza demasiado grande. 

Es el caso que se presenta con los esclavos, ya que estos, después del triunfo de la revolución independentista, empiezan a hacerse más escasos y muy pocos emplean gente a paga fija, por lo que los indios trabajan lo necesario para satisfacer sus necesidades mínimas. 

Por supuesto que esto no impide que unos pocos dueños de minas reúnan una fortuna considerable, pero eso entra en el terreno de las excepciones, y como esas minas pertenecen a familias ricas de antiguo, la ganancia no está destinada a la satisfacción de ciertas necesidades. Mejor dicho, se les podría considerar meros fideicomisos, porque es como si tuvieran un capital prestado, por el cual hacen entrega de cierta renta, lo que no permite la especulación extranjera. Así, proponen precios tan excesivamente altos para la venta de las minas, que nadie los puede pagar y menos si el comprador no tiene la seguridad de conseguir un crédito o de mantener el existente, si la mina comienza a necesitar mayor inversión. 

Respecto de los esclavos tengo que aclarar que según la Constitución de 1821, nadie nace esclavo; su importación se prohibió, todo lo cual llevó a que desaparecieran completamente en la nueva república. 

Siguiendo con el tema, señalo que existen varias minas de oro para la venta, y el nombre lo llevan con justeza. 

Tras la Independencia, las tierras pertenecían únicamente al gobierno y podían ser entregadas en propiedad a cualquier individuo con el solo compromiso de sembrarlas o usarlas para la minería. Como luego se desató la fiebre del oro y la plata, esta dio lugar a que una serie de charlatanes y especialistas en “proyectos”, ya colombianos o ingleses, vinieran a hacer inspecciones a este sector. Para tal efecto se necesitaba solamente conseguir un título de propiedad sobre un trozo de tierra en algún paraje abandonado que decía contener oro. 

Los papeles se expedían en la Gobernación, bajo el nombre de registros, en cantidades que fueron pasando a las manos de comisionados ingleses, acompañados de una descripción atractiva sobre la calidad del oro, su excelente ubicación, etc., para lo cual se invitó a Humboldt a fin de que diera mayor seriedad al negocio. 

Todo esto era enviado, en inmensas partidas, a Inglaterra, donde debido al estilo de abreviaturas y nomenclaturas, española-indígena, parecían verdaderos jeroglíficos. Registros tan difíciles de descifrar para los funcionarios de allá, como deben de haberlo sido para los comisionados acá, en cuanto a precisar los sitios de emplazamiento, o sea, a los que estaban vinculados los derechos de propiedad. 

A pesar de las dificultades, tuvieron durante cierto tiempo un éxito extraordinario en la Bolsa de Londres y formaron la base de una serie de compañías mineras que en su gran mayoría fenecieron junto con sus nacimientos, ya que el frenesí de querer llenar de minas a Suramérica y a Méjico murió ahogado en sus propias aguas. Tras haber pasado el estado de paroxismo se descubrió que la mayoría de esos negocios se convirtieron en un descalabro en el mercado de las acciones. 

Los habitantes de la provincia de Antioquia se acercan a los cien mil, encerrados por las alturas montañosas, y han logrado conservar sus costumbres típicas, a diferencia de lo que ocurre con los de las provincias cercanas. Por lo demás, su ubicación les salvó de la mayor parte de la guerra y de su mala influencia, como también de las corrientes migratorias de tipos que se desplazaban en busca de la paz posterior. Por eso se encuentran las características centrales de los montañeses, al tiempo que en las clases pobres se observa un sentido de la honestidad y del buen servicio. Los grados de educación y formación son bastante elevados pero poco frecuentes. 

Republicanos entusiastas, en el mejor sentido de la expresión, muchos se han mostrado hombres capaces, no solo como oficiales de guerra sino como delegados al Congreso o desempeñando altos puestos civiles o diplomáticos. Se puede decir, en general, tanto en el aspecto físico como político, que Antioquia es una de las provincias más extraordinarias de Colombia. 

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