CAPITULO
XIII
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MEDELLIN
A los pocos días de nuestra llegada a Medellín apareció el señor
Hauswolff, proveniente de Remedios, y luego el señor Plageman que
venía desde San Bartolomé. Así empezaron a reunirse todos los
suecos que estaban en esta provincia. El conjunto era extraño, pero
se aumentó con dos compatriotas más que venían para Colombia y se
encontraban próximos a llegar. Ellos eran el Capitán Greiff y su
señora.
Fue así como el 11 de marzo nos dirigimos todos en grupo, a
caballo, por el camino hacia Rionegro para recibir a nuestros
viajeros, tan esperados como bienvenidos. A lo lejos, casi en la
cúspide del cerro de Santa Helena, comenzamos a distinguir la
caravana que devoraba las curvas de la ruta. En la mitad de la
senda nos reunimos con ellos.
Un encuentro de esa índole con compatriotas, anteriormente
desconocidos, tan lejos de la patria, es algo que emociona;
comparable al encuentro largamente postergado con un familiar,
tanto que éste llega a resultar casi desconocido. Por supuesto que
no se necesita demasiado rato para que el protocolo quede olvidado,
a raíz de la natural confianza que se despierta. Parece que
existiera esta desde mucho tiempo atrás. Así, antes de grabar en la
memoria los rasgos y gestos del rostro, uno se da a la tarea de
conocer sus voces.
El encuentro se inició con una charla que era más bien un
cuestionario, pues se desarrollaba entre preguntas y respuestas
acerca de la patria tan lejana y recordada; conversación que se
veía interrumpida con las expresiones de admiración por el paisaje
que proferían los recién llegados. El viaje seguía en dirección a
la ciudad, adonde llegamos en las horas de la tarde, atravesando un
cerco de curiosos que miraban sorprendidos, desde puertas y
ventanas, a la comitiva que ingresaba, en la que les llamaba
especialmente la atención “la señora
extranjera”.
De modo que ahora la colonia sueca se veía aumentada con dos
nuevos miembros y estaba formada por ocho personas, pues además
habitaban en la casa un sirviente y un herrero suecos, una niña
inglesa y una muchacha de Escania que acompañaba a la señora de
Greiff. Quien aparentemente decidía en este dúo la situación legal,
parecía ser el marido, pero en la práctica daba la impresión de que
ella era quien había impulsado determinada acción. No existiendo
entre ellos problemas de tipo económico, ni reproches de ninguna de
las complicaciones que, se supone, trae el
matrimonio.
Al ver la colonia tan numerosa, sentíamos que nada nos faltaba
para hacer una vida que se asemejara a la sueca. Durante todo el
tiempo el grupo estuvo reunido en la casa y en otros sitios de
Medellín, lo que permitía la compañía habitual de todos los
compatriotas, con la cual le parecía a uno trasladarse a Suecia, a
lo que ayudaban el clima y los hermosos parajes que rodean a esa
ciudad, donde se goza de la región natural más agradable de
Colombia.
Puedo decir que, en cierta medida, estábamos habitando en ambos
países, ya que durante el día organizábamos un paseo hacia algún
rincón del valle o por la ciudad, o bien una visita a alguna casa
familiar; es decir, nos colombianizábamos. Pero durante las
jornadas vespertinas en la casa, el modo de vivir, las ocupaciones,
los pasatiempos y el idioma nos transportaban a nuestra querida
patria.
El señor Hauswolff poseía varios caballos, lo que nos permitía
realizar habitualmente excursiones, más o menos largas, hacia
diferentes lugares. Conocimos un sitio cuya hermosura sobrepasó
todos los límites, por lo que unánimemente decidimos que Envigado,
pueblo ubicado a dos horas de camino en dirección al sur de la
ciudad, por su paisaje incomparable, era uno de los sitios del
mundo de mayor belleza.
El río sigue un camino que pronto se separa del que lleva al
pueblo, y mientras comienza a subir, el río se va quedando abajo;
de allí que el poblado esté más arriba que la ciudad, lo cual nos
ofrece una vista mucho más amplia y libre. Nos dirigimos hacia un
connotado criollo de apellido Santa María, desde cuyas tierras se
lograba gozar, en su máxima dimensión, del panorama.
El valle en este sector es algo estrecho. Está formado por las
pendientes que bajan de los cerros, alrededor de los cuales buscan
su unión con el río, que se enlaza con ellos. Por tanto, la vista
que recorre el valle, si bien es bella, resulta un tanto limitada.
Al seguir los ojos el curso de las aguas del río empieza uno a
sentirse más libre, ya que este inicia una ruta que se amplía y
hace más ancha, llegando sus vueltas a abarcar todo el valle. Al
final la vista se deleita con la gama de colores que se le
brinda.
El valle me recuerda una quilla de barco. Sus costados están
formados por los cerros; en su cúspide está Envigado, y en su base,
Medellín. Sus casas rojas, y verdes alamedas limitan por un costado
el paisaje alegre de prados, arboledas, sembradíos, arbustos y
pueblos desparramados a ambos lados de la cordillera bañados por
las curvas del río. Esto nos hace sentir que nada falta para que
sea el lugar ideal y fomenta el deseo de vivir y morir en esta
libertad. Si no es así, al menos hará surgir el siguiente
interrogante: “¿Será posible encontrar un paraje más hermoso
en la tierra?”.
Al observar ese jardín sombreado por limoneros y naranjos y la
abundancia de frutas exóticas y deliciosas como la piña, el mango,
la chirimoya, no sería aventurado sospechar que aquí pudo estar
ubicado el Edén, tanto como en Mesopotamia, y que nuestros primeros
padres pudieron haber sido americanos lo mismo que asiáticos, sobre
todo viendo la existencia del cuerpo del delito del Paraíso: el
fruto prohibido, que con tanta abundancia y riqueza se da
acá.
La chirimoya es una fruta grande, parecida a un melón verde. Su
pulpa es blanca y blanda, con un gusto mezcla de fresa silvestre,
crema y azúcar; posiblemente es la fruta más deliciosa del mundo.
Con seguridad Humboldt hubiera dicho: “Valdría la pena un
viaje a Suramérica por el solo hecho de comer
chirimoya”.
Mas para probar y tocar los excelentes frutos que se producen en
el trópico no teníamos necesidad de hacer nunca una salida, ya que
la casa del señor Hauswolff nos lo ofrecía todo, pues era una
verdadera casaquinta. La calle que nacía de la plaza mayor, frente
de esta casa, se convertía en una abundante alameda lo que daba
lugar al paseo más elegante y concurrido de
Medellín.
La casa contribuía mucho a ello, y desde sus ventanas se podía
contemplar, durante los domingos, a casi toda la gente de mayor
edad de la ciudad caminar por este bello paseo. Al otro lado de la
casa estaba el jardín particular, que por su construcción,
conservación y calidad era interesante y hermoso. Podían
distinguirse plantas de interior del norte de Europa, junto a las
más bellas, enormes y abundantes de América del
Sur.
El exotismo estaba presente en todo. Podía verse una siembra de
papas al lado de una de piñas, mientras que el campo de fríjoles
limitaba con la siembra de melones, y el perejil se cobijaba a la
sombra de un pimiento. El azúcar tenía su sitio entre los yams y
las raíces de arracacha. Mis ojos tropezaban con limones, naranjas
y mangos. Estos últimos son una fruta larga y amarilla, de cuesco
grande y carne anaranjada y fibrosa protegida por una cáscara
elástica. Dicha pulpa tiene un sabor dulzón y su olor semeja al de
la trementina. Con mucha razón está considerado como uno de los
frutos tropicales más finos y saludables.
El café no podía estar ausente. El plantío era extenso y sus
granos me recordaban a las guindas. Un tanto separada había una
pileta de baño, levantada con piedras y alimentada por un pequeño
hilito de agua que recorre todo el jardín. El agrado sube de tono
cuando se ve que esta construcción está protegida y semicubierta
por un enorme rosal.
En pocas palabras, nada parecía faltar en este jardín. No hacía
más que seguir pensando que todo lo visto era uno de los sitios más
agradables del mundo.
Medellín, la ciudad capital de Antioquia, está situada al lado
derecho del río Nechí, casi en el centro mismo del valle que este
recorre. Un torrente menor, el Bocaná, se lanza a través de las
faldas del cerro de Santa Helena, cruza la ciudad y lleva el agua
fresca y cristalina que llena la fuente de la plaza, para pasar por
las calles de la ciudad en pequeños hilos, ayudando a la limpieza
de su presentación.
Las calles, por su trazado, se cortan en ángulos rectos, y en su
mayor parte están cubiertas de piedras y provistas de aceras
angostas. Las casas son generalmente de un solo piso, aunque
existen algunas de dos con sus respectivos balcones, todas
cubiertas con techos de tejas y hechas de adobe, mezcla de tierra y
barro. La madera no puede ser muy usada pues es carcomida por los
insectos, lo cual hace que se deban reconstruir cada cierto tiempo,
cosa que no las hace muy económicas.
La ciudad tiene siete iglesias, una de las cuales posee un
órgano; un convento de monjas llamado Santa Clara y una casona de
piedra, además de un colegio. Su población llega a las nueve mil
personas que en gran parte son comerciantes. Las clases más pobres
están formadas casi en su totalidad por nativos, y negros casi no
se ven.
El clima es templado y el termómetro, en las temporadas secas,
no pasa de los veinticinco grados, y en períodos de lluvia, de los
veinte grados. En las épocas de sequía no existen nubes en el
cielo, mientras que en las de lluvia no es raro creer que las nubes
que acarician los picos de la cordillera vendrán a descargar sus
masas de agua antecedidas por truenos.
Infortunadamente, demasiado pronto se llegaba a conocer los
cambios del clima, de modo que nunca lograban sorprendernos, ya que
teníamos el cuidado suficiente de no desprotegernos. Esto hacía
que, con gusto, en las mañanas estuviéramos vestidos de manera
liviana, con ropas de lino, que cambiábamos por unas de lana cuando
se acercaba la hora de la comida.
El frescor de la noche, aunque no alcanzaba a los fríos que tuve
que soportar en Rionegro, asegura un sueño plácido y sin
transpiración. La preocupación por los mosquitos no existe, lo que
lleva a decir, precipitadamente, que nada se encarga de molestar
las noches.
Sin embargo, fácil resulta engañarse, pues aun cuando no se
encuentran ni mosquitos ni murciélagos, aparecen otros
perturbadores, a saber, las pulgas y chinches, las cuales, sin
entrar en ninguna investigación entomológica, puedo decir que son
las mismas que nosotros conocemos; su forma y gustos coincidentes
me permiten asegurarlo.
Por supuesto que, como en todas partes, estos insectos son
consecuencia del desaseo y del descuido de piezas y dormitorios;
situación que es más molesta en las casas de los campesinos que en
las de los adinerados de la ciudad. Pero el caso grave lo
representa un insecto llamado nigua, que se agarra en la planta de
los pies, entre los dedos y las uñas. Una vez instalado, se dedica
a colocar sus huevos, que al empollar, pueden producir una buena
cantidad de gusanillos (hongos), los que con sus constantes
esfuerzos perforan la piel, llegando hasta los huesos y produciendo
una inflamación que, si no es tratada a tiempo, puede degenerar en
gangrena. El intruso es fácil de sacar al principio, pero si no se
elimina a tiempo, se torna bastante peligroso.
Este fue uno de los motivos por los cuales los españoles en su
primera invasión a la provincia fueron perdiendo sus vidas ya que
como no conocían las niguas ni sabían cómo tratarlas para su cura,
se fueron pudriendo sus huesos. En el tiempo actual no se corren
tales riesgos, pues apenas hallado el insecto se saca con un
cuchillo; él mismo delata su presencia por el escozor que
produce.
También esta tarea suele dejárseles a los nativos, ya que éstos,
con habilidad y maestría, descubren y destruyen esos nidos
infecciosos. Sus implementos quirúrgicos consisten en un alfiler y
un cigarro encendido. Luego de hacer una minuciosa búsqueda en la
planta y en los dedos, comienzan a abrir un hueco hacia el fondo
del nido. Su profundidad dependerá del tiempo que haya tenido para
su germinación. Una vez localizados, se extraen los insectos con la
cabeza del alfiler y luego se saca el resto de sangre dañada que
queda. Hecho eso, aplican la punta del cigarro encendido a la
herida; la ceniza y esa cicatrización se encargarán de destruir los
huevos que puedan haber quedado.
Como en el interior del país, el comercio de Medellín no puede
considerarse insignificante; debe ser visto como un depósito para
la mayor parte de la provincia. Las casas extranjeras de comercio
casi no existen, pero sí una buena cantidad de ricos comerciantes
criollos que consiguen sus artículos en Cartagena o Santa Marta, o
viajan a Jamaica para adquirirlos.
Un viaje de esos no es posible realizarlo en menos de cuatro
meses; equivale a lo que para nosotros supone desplazarse a
América. Por ello el comerciante se da ínfulas de “haber
estado en Jamaica”, con una ostentación superior a la de algún
comerciante nuestro que pueda jactarse de haber viajado a Londres
tomando la ruta de Hamburgo. Sinembargo, los productos se encarecen
demasiado debido al transporte. No obstante, hace su aparición una
cantidad inesperada de artículos europeos. Es así como las bodegas
comerciales de la plaza mayor, si bien no tan ricas y surtidas como
las de Kingston, se ven llenas y coloridas, lo que explica el lujo
que muestran las clases pudientes de la ciudad.
Entusiasmados con la idea de vestirse al estilo de sus
compañeros de la Costa, los habitantes de Medellín tienen muchas y
mejores ocasiones de hacerlo, ya que el clima templado les permite
usar ropas y prendas que más se acercan a lo que es la moda
europea, mientras que los costeños, en sus grandes fiestas o en las
procesiones religiosas, sudan copiosamente y no pueden hacer del
frac su vestido habitual. Acá ocurre lo opuesto, ya que el calor
permite usar tanto ropas de lana como de lino. Por eso, de las
personas elegantes se dice que “usa ropa de paño”, lo
cual suena idéntico a nuestros piropos al hombre bien
vestido.
Ver jóvenes mostrando ropas tan ricas como las europeas, no
sorprende; y para un petimetre de Medellín es importante, si desea
causar sensación, llevar un sombrero de Europa, usar botas inglesas
o francesas y un traje confeccionado en el exterior, ya que los
sastres y zapateros del lugar no se caracterizan por la perfección
de sus acabados. Estas extravagancias no pueden dar lugar a que se
las tache de esnobismo, ya que están por debajo de los caprichos de
nuestros jóvenes que mandaban su ropa a lavar a Inglaterra para
tenerla “fascinadoramente impecable”.
En reemplazo de la ruana se usa una capa oscura, algo más corta,
que permite echarse una de sus puntas sobre los hombros, con lo
cual se facilitan las posibilidades de saludar a los demás, y de
deshacerse de ella al llegar de visita a una casa, ya que
conservarla en una habitación es considerado como muestra de mala
educación.
Por su parte, la ropa femenina, muy usual en las tierras bajas,
consiste en vestidos de mangas cortas confeccionados de telas de
algodón, muselina o seda, unidos a un pañuelo de diverso tamaño.
Para las ceremonias en la iglesia llevan una falda negra de seda, y
sobre sus cabezas una prenda que causa muchas sorpresas. Es un
sombrero con una copa redonda y alas anchas, como los de algunos
campesinos de Escania, pero tan pequeño que descansa en la parte
superior de la cabeza. Entre el sombrero y el cuello llevan atado
un velo azul y transparente que cuelga por la espalda y los
hombros, tapando el cuello y las mejillas y dejando solamente una
pequeña abertura por la que pueden verse los ojos.
Hombres y mujeres usan durante el tiempo de lluvia, encima y
protegiendo los zapatos, unas botas de agua confeccionadas con un
fondo grueso de madera que se amarra por encima del empeine. Algo
semejante se usaba en Inglaterra. Impropiamente el apelativo se
trasladó al calzado llamándolo burlescamente
suecos.
El modo de vivir guarda apreciables diferencias con el resto de
las provincias bajas y calurosas, que se aprecian más en el número
de las comidas y en su preparación.
En tierras calientes basta comer dos veces al día, es decir,
desayuno y cena. Acá se hacen tres o cuatro comidas diariamente, y
como se sirve almuerzo al mediodía, es necesaria la cena nocturna.
Esta distribución de las comidas se parece mucho a la usada por
nosotros, aunque en su preparación no se parecen ni a las suecas ni
a las inglesas ni a las francesas. Con relación a la extraña mezcla
de artículos y al modo de servirlos, se parecen mucho más a las
comidas preparadas por los niños cuando se les da cierta cantidad
de alimentos para sus juegos, en los cuales lo importante no es la
calidad sino la cantidad. Por esto la descripción debe ser bien
detallada para que no pierda interés.
Se empieza a comer después de las ocho de la mañana y el
comienzo está enmarcado por no menos de cuatro platos diferentes,
para lo que se necesitará cuchillo, tenedor y cuchara, ya que el
primer plato es sopa.
La sopa de pan consiste en pan de trigo mojado en agua,
pimienta, cebolla y grasa de cerdo, todo freído y hervido formando
una cosa intermedia entre sopa de leche y papilla. Luego sigue un
plato de carne frita, hervida anteriormente, que se corta en
pequeñas tiras para ser freídas en grasa de cerdo. Este verdadero
producto químico tiene un olor, sabor y color que en nada se parece
a la carne de res. En seguida se comen huevos fritos, que nadan en
un mar de grasa oscura, acompañados de delgados trozos de plátano,
que con su carne rosada hacen un contraste con el castaño oscuro y
el blanco de aquellos. Para finalizar llega una taza de chocolate
con harina de maíz, que se le agrega para hacerlo más espeso y el
cual se sirve caliente, recién salido de la olla, acompañado de
plátanos cocidos en la ceniza. Toda la comida se pasa con una jarra
de agua fría.
Avanzando el día se toman las onces. Un plato de frutas: piña,
chirimoyas, naranjas, limones dulces, etc., y luego un trago de
aguardiente, ron o coñac.
La comida —podría decirse el almuerzo— se sirve a las
dos, comenzando con sopa de arroz y carne; a falta de esta se
emplea manteca o la tan temible grasa de cerdo, que juega un papel
importante en la cocina colombiana, así como la mantequilla en la
nuestra. Después se acerca una olla con la sopa, que se sirve en
tazas. Le siguen las frituras, que muchas veces consisten en pavo o
gallina, las que también se pueden reemplazar por la grasa de cerdo
untada.
A continuación un plato de frijoles en salsa blanca, aliñados en
aceite y vinagre. Para el final se deja la carne asada, pero no se
crea que tiene la presentación normal de la carne, ya que trozos
tan grandes jamás dejan los carniceros, aunque silo hacen con los
huesos. Tampoco podría decirse que se trata de un
“Rostbeef” inglés, o un “Róti” francés, untado
en salsa blanca o preparado en otra forma. Lo solo uniforme de las
tajadas fritas son las quemaduras; la manteca de color amarillo
claro que baila en sus costados nos hace decir cualquier cosa de
ella; por lo menos a la carne no se le puede quitar el mérito de
reunir a su alrededor una gran cantidad de mezclas extrañas e
imposibles de reconocer.
Le ha tocado el turno a un plato llamado mazamorra, palabra
usada para distinguir una mezcla parecida a la papilla, pero que en
este caso significa una sopa espesa con granos de maíz, agua y
leche. El postre consiste en dulces y conservas fabricadas con
miel, azúcar, etc., que se comen con queso. Las conservas más
comunes son las de piña, preparadas en miel y azúcar y siempre
acompañadas con una gran jarra de agua helada.
Se vuelve a servir la comida entre las siete y ocho de la noche,
y al comienzo se parece al desayuno. Se pone sopa de pan, carne
picada o frita, huevos fritos y chocolate, reforzado esto con
mazamorra y conservas. A esta hora se acompaña todo con dos clases
de pan, pan de trigo y arepas. El primero se parecería mucho al
nuestro si fuese menos ácido y tuviera algo más de
sal.
Este pan se consigue en diversas formas, ya sea blando o duro,
este último bajo el nombre de bizcocho. El pan de maíz
—arepa— se hace en las mismas casas, y resulta ser la más
complicada de las tareas domésticas. Se deben mojar los granos de
maíz y colocarlos en un mortero donde se les suelta la cáscara.
Luego se limpian y colocan en una olla para
sancocharlos.
Se les ralla y al agregarles agua se forma con todo una masa
gruesa, a la que se le da forma de tajadas planas y redondas.
Finalmente estas son horneadas encima del fuego en una sartén de
greda. Lo que quita bastante tiempo es el rallado, ya que el grano
de maíz es duro. Por eso al observar a una indígena sudando, de
pie, durante más de una hora y agachada sobre la piedra en el
corredor, preparando la masa para el pan de la comida siguiente, no
parece que exista nadie que personifique mejor la idea de:
“Ganarás el pan con el sudor de tu frente”. Cuestión que
adquiere importancia en este país donde nadie parece tener noticias
del Juicio Final.
Aparte de la diaria compra de los alimentos, cada viernes la
población tiene un mercado, con muchas más mercancías, instalado en
la plaza mayor, al que concurre mucha gente de los lugares más
apartados de la provincia. Junto a los productos típicos de la
mesa, como el arroz, trigo, plátanos y frutas, se pueden adquirir
otros manufacturados, como fuentes de greda, pitas, alpargatas,
sombreros, alfombras, cajas de paja y ruanas.
De los sombreros de paja hay un tipo fino que cuesta hasta ocho
piastras y está hecho de la hiraca, que es una planta de palma, los
cuales son tan fuertes como livianos, aunque no de tanto valor como
los que vienen de Guayaquil o Panamá, los jipi-japa, que se compran
con doblones o con dieciséis piastras, pero que son
indestructibles.
Las ruanas varían de color y finura, por lo que se puede elegir
entre las que valen cuatro o cinco piastras o las que su valor debe
pagarse en doblones. Estas últimas no son vendidas en la plaza,
sino en las bodegas adyacentes a ella. Las de mejor calidad
provienen de Méjico y son muy buenas; tanto, que sus colores
resisten todos los climas.
También se encuentran para la venta caballos y mulas. Todos los
viernes se reúne en esta plaza una diversidad tal de personajes y
mercancías, que resulta una obra tan variada como interesante, que
muestra un mapa con todos los tipos de habitantes de la provincia,
sus animales, obras naturales y los productos artísticos que nacen
de sus manos.
La provincia de Antioquia, ubicada entre los grados sexto y
octavo de latitud norte, limita al este con el Magdalena y al oeste
con la Cordillera Occidental de la provincia del Chocó. Hacia el
norte y el sur, sus límites son mucho menos definidos, ya que se
encuentran las provincias de Mompós y Mariquita, Cartagena y
Popayán.
Se halla cruzada por la rama media de los Andes que va a
perderse en el extremo sur de la región, formando uno de los
paisajes más montañosos de Colombia. Desde sus alturas heladas
bajan hacia el Magdalena y el Cauca diversos torrentes, que por su
fuerza y tamaño no logran contribuir a facilitar el transporte en
la provincia, a lo sumo entregan sus aguas a los dos ya
mencionados, los que sí ayudan a la comunicación interna del
país.
Entre los torrentes más notables figuran el Rionegro y el río
Verde que se unen bajo el nombre de río Nare al Magdalena, el que
más abajo recibe los caudales del Regla y el Cimitarra. Al otro
lado del lomo cordillerano se unen las aguas del río Grande y el
Porce con las del Nechí, que después va a caer al Cauca. Desde la
cordillera oeste bajan además del Bocaná numerosos raudales
menores.
De este modo, lleno de altas montañas, bosques salvajes,
profundos valles y fuertes y pequeñas corrientes, se encuentran
aquí las características que diferencian un país montañoso y
tropical de los demás, donde las direcciones que toma el viento son
decididas por las alturas; al paso que en el resto del mundo esas
direcciones son determinadas por los mayores o menores grados de
latitud.
Esa es la razón del intenso calor en las profundidades de los
valles del Magdalena y del Cauca y lo agradable en el sector del
Nechí; mientras que en la plataforma de Rionegro el clima resulta
ser más fresco, y en el lado de Santa Rosa, si bien los días son
agradables, las noches alcanzan un frío notable.
Obviamente que un país con tal variedad climática debe producir
muchos ejemplares de productos y si bien la provincia antioqueña es
menos conocida por los vegetales, el contraste habría que
explicarlo por la abundancia de minerales, en detrimento de
aquellos. Por otra parte, crecen todos los productos de tierra
caliente, y una buena cantidad de los de clima templado, como
también prosperan la ganadería y la siembra de diferentes clases de
cereales. Estos niveles podrían impulsarse no solo para abastecer
la región sino para llevarlos al resto de las
comarcas.
El que no sea así, tiene sus razones. En primer lugar, la
difícil comunicación de la provincia y la falta de caminos hacia el
Cauca y Magdalena, lo que hace que estos productos sean muy
difíciles de transportar. En segundo lugar, la inmensa cantidad de
minas de oro, cuya segura rentabilidad es suficiente para pagar las
mercaderías llegadas desde otros lugares. Además, como este
producto no pierde valor y es de fácil movilización, se considera
mejor enviar unas cuantas bolsas de polvo o arena de oro, por el
correo, que transportar productos de alimentación.
Por lo que la descripción de los productos exportables está
remitida al trabajo y explotación de las minas y aunque no pretendo
hacer un análisis científico de doctorado en mineralogía, sino
apenas una nota técnica de un hombre de cerros, voy a decir cuanto
he tenido ocasión de aprender.
Mucho antes de la conquista y descubrimiento por parte de los
españoles, esta región era conocida por su inmensa riqueza en oro.
La tradición cuenta que los habitantes entre el Cauca y el
Magdalena bajaban al segundo de estos ríos para cambiar su polvo
dorado por las mercancías que les ofrecían los indios, cuyo
producto más cotizado era la sal.
Ambos pueblos vivían en eternos conflictos, los que no permitían
una amistad firme. De allí que existía el acuerdo de que un grupo
colocaba primero el polvo de oro, en pequeños montones, en algunos
lugares convenidos a las orillas del río, después de lo cual se
retiraba. Apenas entonces hacían su aparición los poseedores de la
sal, que iban amontonando según lo que se hubiera tratado. Cuando
estos se alejaban, retornaban los dueños del oro a retirar sus
montones de sal, que orgullosamente llevaban a su
casa.
Extraño negocio, en donde predominaban la desconfianza y la
confianza, en una rara unión. Lo que nos hace suponer que para esos
intercambiadores los valores de esos elementos eran un tanto
diferentes a los dados por nosotros, ya que al menos no pagaríamos
la sal, por anticipado, en oro.
Lo triste del caso es que la leyenda no nos comente nada acerca
de las proporciones convenidas. Hemos de contentarnos con saber que
existía un intercambio de tal especie, lo cual viene a demostrar
que el oro se encontraba a verdaderos raudales. Buena prueba de
ello es la gran cantidad de piezas de oro que aún pueden sacarse de
la tierra después de que los indios las escondieran de los
españoles.
Las obras encontradas demuestran que aquellos poseían cierto
sentido del arte. Yo he visto algunas figuras de personajes,
posiblemente sus dioses, hechas con una habilidad que demuestra que
los indios sabían derretir, trabajar y dar forma al noble metal.
Pero los hispanos se reservaron el derecho de otorgar valor a tales
piezas y además dieron una expansión inusitada a la explotación de
las minas. Creo que en esto fueron demasiado lejos, como un
profesor histérico que movido por su excesiva pasión por los
conocimientos es capaz de inmolar a sus alumnos. Los españoles
muchas veces sacrificaron vidas indígenas por sus ansias
doradas.
Desde el momento de su llegada, los conquistadores sacaron una
buena tajada del oro de Antioquia; esta es una de las razones de su
familiaridad con el territorio, el cual anteriormente estaba
prohibido para todos los extraños. Por lo demás era menos que
imposible que los habitantes del lugar permitieran el ingreso a él
de un forastero. Además no debe dejar de mencionarse que física y
políticamente la zona estaba aislada del resto del
país.
El que esta provincia haya rebajado la producción de sus minas
se debe a la explotación excesiva que de estas se ha hecho. Aunque
también hay una gran diferencia entre el modo de trabajar en la
colonia española, y en el actual estado libre de Colombia, ya que
antes se obligaba a laborar a una cantidad de esclavos fáciles de
manejar y en la etapa actual solo trabajan mineros libres y con una
paga alta.
Trataré de hacer las respectivas distinciones en cuanto a la
extracción del oro, para comprender la situación de las
minas.
El oro tiene dos estados: oro corrido y oro de veta. El primero
se encuentra en pequeños granos mezclados con tierra, arena y
barro; el único proceso que necesita es el lavado. El oro de veta
está incrustado en diversos tipos de piedras y en combinación con
otros metales, y es preciso moler todo ello con una limpieza
exhaustiva. Por esto resulta su extracción más complicada y costosa
que la de los aluviones, especialmente en un país en que no existe
la maquinaria adecuada. De allí que prime el laboreo del oro
corrido.
Este último se encuentra en tres diferentes formaciones:
desparramado en la superficie misma, oculto en las profundidades de
los cerros barrosos y mezclado en el fondo de los ríos; por
consiguiente, el trabajo debe dividirse según esas características;
es decir, lavado de partes completas de tierra y cavado y sacado de
los lechos de los ríos.
De todos los modos descritos el primero es el que fue usado con
preferencia durante la época indigenista y española, ya que
resultaba de menor complicación y mayores frutos.
Una vez elegido el sitio que se consideraba poseer una riqueza
suficiente y con pendiente para poder desaguar, se abría una serie
de canales menores, hacia los cuales se dirigía el agua. En esos
canales se hacían diques de algunas pulgadas de alto, con una
pequeña distancia entre unos y otros. Hacia ambos costados del
canal se escarbaba la superficie a una profundidad de dos a tres
pulgadas y se echaba a correr el agua por los surcos. Los mineros
se mantenían en permanente actividad con todo esto.
La arena que contenía el oro, más pesada que el resto de la
tierra, se hundía, quedando apretada y retenida en los diques.
Reuniéndola en cada uno de estos se formaba una masa espesa que
contenía el oro en grandes cantidades y listo para ser limpiado,
según el procedimiento ya explicado de la batea. Este estilo ha
sido usado tan indiscriminadamente, que ya casi no queda en toda la
provincia lugar posible para esta técnica, pues no solo es
necesaria la sola presencia del minero en una superficie, sino que
debe estar en cierto plano inclinado y cercano de un caudal potente
desde el cual puedan deslizarse las aguas de lluvia en cantidades
aceptables.
El actual modo de trabajar el oro es uno en que mediante unas
barras de hierro comienza a perforarse la tierra que se supone
contiene el metal, la que después se lleva a un gran estanque, para
pasar el lavado más grueso. El estanque es un cuadrado grande,
hacia el cual se llevan aguas de algún torrente cercano o donde se
almacena agua de lluvia. En uno de sus costados tiene una abertura
con una especie de rastra, por la cual sale el
agua.
De este modo se hace un nuevo layado, en el que se sacan las
partículas de barro y tierra. Una vez acabado ese procedimiento se
cierra la entrada del agua y se abren las compuertas del dique, con
lo que vuelve a quedar la gran masa lista para ser limpiada por el
método de la batea. Es la forma de limpieza y extracción que se
practica en todas las minas del valle, especialmente en la zona que
rodea a Santa Rosa.
El tercer método de separar el oro ha resultado el más ventajoso
para su extracción, aunque los mejores sitios ya están agotados.
Como base de partida deben ser terrenos con muchas subidas y
bajadas, caudales a los pies de rocas, bancos de arena en
pendientes y pronunciadas curvas, las que ayudan a que las aguas
tengan cierta profundidad y dirección determinada. Es decir, son
verdaderos diques naturales en donde las aguas tienen mucha
quietud, razón por la cual el polvo y las piedrecillas de oro se
hunden. Para lograr obtener esa riqueza se pueden utilizar dos
modos distintos: uno a través del buceo y el otro por intermedio de
un cambio en la dirección de las aguas. El más empleado de estos es
el buceo, ya que el otro requiere conocimientos sobre hechura de
canales, que no son técnicas conocidas en este
país.
Para bucear se escoge el punto que permita esperar épocas secas,
ya que entonces la profundidad de las aguas es la menor y su fuerza
muy reducida. Poco más arriba del sector elegido se construye un
dique a base de bambú, donde se montan algunos pilares, el que se
dirige hacia el centro del río formando un ángulo agudo con la
orilla más cercana, para luego tomar la dirección hacia el lugar
elegido, allí donde están las aguas detenidas, lo que hace el
trabajo más simple y fructífero. Así, apenas se inicia la verdadera
sacada del mineral. A tal efecto un indígena se lanza a las aguas,
llena su batea con polvo y arena, para lo cual cava la tierra con
un instrumento corvo; mientras más profundo es el corte, tanto
mejor, y vuelve a la superficie dejando la acción a otro
hombre.
Toda la labor se hace en equipo, así cuando emerge quien está en
el fondo, el anterior compañero ya está presto para arrojarse al
buceo, y ha aprovechado para limpiar la anterior sacada. De esa
manera comienza el dragado y lavado de la tierra, hasta que lo
único que queda es el oro.
Tal técnica es bastante fructífera y muy empleada por los
habitantes de las márgenes del Cauca y el Nechí. Pero el sector
donde más se usa este estilo es el de la ciudad de Zaragoza. Como
dato interesante se menciona que en 1824 unos ciento cincuenta
obreros extrajeron oro por valor de ciento cuarenta mil
piastras.
El modo más adecuado de cambiar la dirección de un río es solo
posible en torrentes de escaso caudal, y —con todo— se
hace muy pocas veces. Si se generalizara sería uno de los más
provechosos para los especuladores europeos que, con obreros
especializados y equipos aptos para la tarea —incluyendo
dinamita, que no es conocida acá— obtendrían resultados
espectaculares.
En cuanto al laboreo de oro de veta, es complicadísimo, tanto
para extraerlo de los cerros como para molerlo. Se necesita que un
individuo se ocupe de sacar una piedra, de unas cuatro o cinco
libras de peso, lo que se realiza con ayuda de una barra de metal.
Para romper la piedra, si es dura, puede tardar todo un día; la
labor se parece al molino de los granos de maíz. Se hace sobre una
piedra plana. Con la ayuda del agua se va formando una pasta que
posteriormente se lava en la batea.
Una piedra de esas puede no tener más valor que un real, por lo
que juega un papel importante la fuerza del moledor. Muchas veces
el trabajo de todo un día no da más que para cuatro o cinco reales.
Con algunas piedras más blandas se da el caso de que la cantidad
deba ser contada en piastras.
El método es usado con asiduidad en el cordón cordillerano a la
orilla izquierda del Cauca, que posee ricas vetas, entre las que
sobresale la de la mina Quina. Como los impedimentos mayores surgen
por el precario modo de laboreo y las herramientas poco adecuadas,
parece que este podría ser otro campo apropiado para la industria
europea, la cual, con sus molinos de pie y maquinaria precisa,
lograría mayor producción.
De cualquier forma no podemos adelantarnos en los juicios ya que
hay una cantidad de problemas que deben ser tenidos en
consideración. Mencionaré solo los más importantes: el transporte
(casi imposible para cumplir con los mínimos resultados), la
dificultad de obtener alimentos suficientes y lo costoso para
conseguir y traer obreros hasta estos lugares. Aunque puedan
vencerse tales obstáculos, de todas maneras subsiste la inseguridad
de encontrar el metal precioso en cantidades que justifiquen la
traída desde Europa de tanta maquinaria, ya que el costo es inmenso
y además juegan factores como los comentarios de mineros e
indígenas que manifiestan que nunca se ha logrado encontrar el oro
en cantidades suficientes, en un solo sitio, como para que se
emprenda una empresa de tanta envergadura mediante la traída de
capitales europeos.
La misma apreciación se tiene del resto de los métodos tratados,
ya que el oro, con la sola excepción de los caudales de ríos, no se
encuentra en espacios reducidos sino que está repartido en toda la
región. Es como si la naturaleza, para otorgar un modo de
supervivencia, quisiera entregar a todos sus habitantes una fuente
punto menos que interminable, evitando así que el más poderoso
pueda obtener una riqueza demasiado grande.
Es el caso que se presenta con los esclavos, ya que estos,
después del triunfo de la revolución independentista, empiezan a
hacerse más escasos y muy pocos emplean gente a paga fija, por lo
que los indios trabajan lo necesario para satisfacer sus
necesidades mínimas.
Por supuesto que esto no impide que unos pocos dueños de minas
reúnan una fortuna considerable, pero eso entra en el terreno de
las excepciones, y como esas minas pertenecen a familias ricas de
antiguo, la ganancia no está destinada a la satisfacción de ciertas
necesidades. Mejor dicho, se les podría considerar meros
fideicomisos, porque es como si tuvieran un capital prestado, por
el cual hacen entrega de cierta renta, lo que no permite la
especulación extranjera. Así, proponen precios tan excesivamente
altos para la venta de las minas, que nadie los puede pagar y menos
si el comprador no tiene la seguridad de conseguir un crédito o de
mantener el existente, si la mina comienza a necesitar mayor
inversión.
Respecto de los esclavos tengo que aclarar que según la
Constitución de 1821, nadie nace esclavo; su importación se
prohibió, todo lo cual llevó a que desaparecieran completamente en
la nueva república.
Siguiendo con el tema, señalo que existen varias minas de oro
para la venta, y el nombre lo llevan con justeza.
Tras la Independencia, las tierras pertenecían únicamente al
gobierno y podían ser entregadas en propiedad a cualquier individuo
con el solo compromiso de sembrarlas o usarlas para la minería.
Como luego se desató la fiebre del oro y la plata, esta dio lugar a
que una serie de charlatanes y especialistas en
“proyectos”, ya colombianos o ingleses, vinieran a hacer
inspecciones a este sector. Para tal efecto se necesitaba solamente
conseguir un título de propiedad sobre un trozo de tierra en algún
paraje abandonado que decía contener oro.
Los papeles se expedían en la Gobernación, bajo el nombre de
registros, en cantidades que fueron pasando a las manos de
comisionados ingleses, acompañados de una descripción atractiva
sobre la calidad del oro, su excelente ubicación, etc., para lo
cual se invitó a Humboldt a fin de que diera mayor seriedad al
negocio.
Todo esto era enviado, en inmensas partidas, a Inglaterra, donde
debido al estilo de abreviaturas y nomenclaturas,
española-indígena, parecían verdaderos jeroglíficos. Registros tan
difíciles de descifrar para los funcionarios de allá, como deben de
haberlo sido para los comisionados acá, en cuanto a precisar los
sitios de emplazamiento, o sea, a los que estaban vinculados los
derechos de propiedad.
A pesar de las dificultades, tuvieron durante cierto tiempo un
éxito extraordinario en la Bolsa de Londres y formaron la base de
una serie de compañías mineras que en su gran mayoría fenecieron
junto con sus nacimientos, ya que el frenesí de querer llenar de
minas a Suramérica y a Méjico murió ahogado en sus propias aguas.
Tras haber pasado el estado de paroxismo se descubrió que la
mayoría de esos negocios se convirtieron en un descalabro en el
mercado de las acciones.
Los habitantes de la provincia de Antioquia se acercan a los
cien mil, encerrados por las alturas montañosas, y han logrado
conservar sus costumbres típicas, a diferencia de lo que ocurre con
los de las provincias cercanas. Por lo demás, su ubicación les
salvó de la mayor parte de la guerra y de su mala influencia, como
también de las corrientes migratorias de tipos que se desplazaban
en busca de la paz posterior. Por eso se encuentran las
características centrales de los montañeses, al tiempo que en las
clases pobres se observa un sentido de la honestidad y del buen
servicio. Los grados de educación y formación son bastante elevados
pero poco frecuentes.
Republicanos entusiastas, en el mejor sentido de la expresión,
muchos se han mostrado hombres capaces, no solo como oficiales de
guerra sino como delegados al Congreso o desempeñando altos puestos
civiles o diplomáticos. Se puede decir, en general, tanto en el
aspecto físico como político, que Antioquia es una de las
provincias más extraordinarias de Colombia.