INDICE





INTRODUCCIÓN

VIAJE POR COLOMBIA

PRIMERA PARTE
Capítulo I - El embarque
Capítulo II - Cartagena
Capítulo III - Santa Marta
Capítulo IV - Viaje de Santa Marta a Cartagena
Capítulo V - Cartagena
Capítulo VI - Viaje de Cartagena a Mompós
Capítulo VII - Mompós
Capítulo VIII - Viaje por el Magdalena
Capítulo IX - Viaje por el alto Magdalena
Capítulo X - Viaje por el alto Magdalena y el río Nare

SEGUNDA PARTE
Capítulo XI - Viaje por los Andes
Capítulo XII - Viaje a través de la provincia de Antioquia
Capítulo XIII - Medellín
Capítulo XIV - Viaje desde Medellín a Bogotá
Capítulo XV - Bogotá
Capítulo XVI - Colombia antes de su emancipación
Capítulo XVII - La República de Colombia
Capítulo XVIII - Los habitantes y la población de Colombia
Capítulo XIX - Visitando el Salto de Tequendama
Capítulo XX - Viaje de vuelta a la costa
CAPITULO XII  |

 

VIAJE A TRAVES DE LA PROVINCIA DE ANTIOQUIA |
 

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Hacia el lado | oriental de esta inmensa y pareja llanura, como una isla flotando en medio de los altos Andes, se halla el pequeño pueblo de Ceja. Parece un puerto, pues en él las mercancías vuelven a cargarse para ser llevadas hasta el interior de la provincia. 

Peones y piernas son reemplazados por mulas y caballos, tornando de este modo el viaje en algo más normal y cómodo. 

En espera de hacer un cambio en el transporte de mis pertenencias y de descansar un tanto, mediante las indicaciones de mi peón, procedí a tomar una habitación. 

La conseguí en una casa que, sin ser hostería ni pensión, resultó tan buena como si lo fuera. Su dueña me preparó la cena, al tiempo que su esposo salió en busca de los caballos, con los que emprendería el nuevo camino que iba a recorrer, todo esto realizado con gran amabilidad y gusto, lo que vino a confirmar las tan mentadas cualidades de los residentes de la región. Era la continuación feliz de mi trato con los peones. 

Los habitantes de este poblado tenían el cuerpo robusto, gruesas sus extremidades y los rasgos faciales muy expresivos, aumentados por la claridad de su piel, en contraste con la de los peones, a causa de que estos últimos debían exponerse a demasiados cambios climáticos. 

Tuve ocasión de hacer una buena comparación en la primera asistencia a la iglesia, donde la mayor parte de los lugareños vestían trajes de tonos rojos, atavío habitual de los domingos. 

Observar este conjunto de personas resultaba agradable, especialmente por formar un contraste tan fuerte con lo contemplado en las provincias bajas, ya en cuanto a sus vestimentas como al color de su piel. Tras vivir las delicias de un nuevo clima, estas personas convencen a cualquiera de que uno se encuentra en otro país. 

Hombres y mujeres se distinguen de todo lo visto hasta ahora. Fuera de trajes hechos de lino, los varones usan una prenda denominada ruana, consistente en una tela de gran tamaño, cuadrada, de algodón o lana, que tiene en su centro un hueco por el cual se introduce la cabeza. Dicha prenda queda así descansando sobre los hombros y cae hasta cerca de las rodillas. Tiene un gran parecido con las capas usadas por los sacerdotes en sus misas. 

Generalmente están hechas de telas de colores fuertes, rojo, azul, amarillo, y tejidas a rayas, lo que les da una gran belleza. A esto se une el hecho de que sus dobladillos con flecos dan un aspecto antiguo a dicha vestimenta. 

Las mujeres llevan una falda de algodón de tono azul, que junto con una tela de lino cubre sus figuras en mucho mejor forma que las indígenas residentes en las tierras bajas. 

Sobre su cabeza llevan un sombrero de paja adornado con una cinta multicolor, que sería mucho más bonito si semejara en menor medida un sombrero de varón diseñado por nuestros cortadores de sombreros, con su alta copa y las alas angostas dobladas hacia arriba. 

Los hombres, por otra parte, poseen en sus cabezas una comodidad superior, toda vez que resulta mucho más apto para el clima y hasta más cómodo el sombrero de paja con sus alas más anchas.

Al contemplar todas estas prendas comienza a notarse que si bien no implican una cultura superior, por lo menos se viven otras formas de vida y otras costumbres, y empiezan a encontrarse mayores semejanzas con Europa. Pero la imagen me devuelve a Suramérica a medida que voy viendo los pies descalzos que transitan frente a mí, y es así como me doy cuenta de que solamente las personas más pudientes usan medias y calzado. Incluso la común alpargata, ya descrita, solo es llevada por los criollos y aquellos indígenas de mejores posibilidades económicas, y las medias siguen siendo privilegio de pocos. 

A las tres de la tarde aparecieron mis cabalgaduras. Después de despedir a los peones y prometer a mi silletero hacerle saber el día de mi regreso, proseguí el viaje. Poco a poco fui dejando atrás a Ceja hasta perderla de vista. 

Montar nuevamente sobre un caballo resultaba tan extraño como agradable. Recordé que no lo hacía desde el momento en que llegué a Barranca. Por supuesto que este modo de viajar es superior a la incomodidad de una canoa o al penoso recorrido a través de las montañas. 

El viaje se ofrecía como de placer, a lo que ayudaban el hermoso paisaje, el clima agradable y un buen camino, que a medida que ascendía descubría todas sus bellezas, por lo que se hacía más palpable que es difícil comparar la zona entre Ceja y Río Negro con algún otro paraje. 

Aunque en su totalidad es un campo demasiado uniforme, se levanta entre las mesetas, la misma que para los franceses es “plato” y para los ingleses “campo de mesas”. Toda esa silueta se entrecruza con pequeñas y bajas colinas, en cuyas lomas solo se ve desolación o pequeñas zonas con pasto. Entre una colina y otra, sin embargo, se pueden divisar bosques espesos y los prados que adornan sus laderas y vallecitos. También es posible notar que a los pies de estos muchas veces les acompaña un arroyo que insistentemente va buscando su camino hacia nuevas bellezas. 

Todo este cuadro hace que el perder la orientación del sendero no sea demasiado difícil. Es sentir la sensación marina de andar dando vueltas sin encontrar el rumbo, como si la brújula estuviera loca. Tal inseguridad queda demostrada al tratar de corregir el rumbo guiándose por el sol de mediodía. 

Existe acá un objeto único de referencia para el viajero. Es una alta roca, que sirve como puente del viaje y alza mágicamente su frente, desnuda y gris, por encima de los bajos cerros que la acompañan. 

Pero pronto empieza el aventurero a darse cuenta de que más que un corrector u orientador ese rocoso emblema resulta un faro desviador de rutas, pues como coqueteando empieza a mostrarse por todos lados, apareciendo y desapareciendo, sin saber si la próxima vez lo tendrá delante o detrás de él. 

Es así como yo lo veía a mi lado derecho, a gran distancia, y luego muy cerca de mí pero sobre el costado izquierdo. Extrañado sobre tal fantasma conductor, se toma la resolución de no volver a ser sorprendido y la vista comienza a dedicarse a otras cuestiones. 

Absorto en las nuevas contemplaciones, la roca empieza a ser olvidada. El camino tiene una enorme cantidad de vueltas. De improviso, nuevamente tengo a la roca guía frente a los ojos. La pregunta a quien va mostrando el sendero no se deja esperar; solo que la sospecha no ha sido cierta. La respuesta de mi conductor me tranquiliza, y su explicación es que este sendero es uno de los más curvos que puedan darse. En estas alturas lo que se ha avanzado no se puede medir por los pasos que se vayan dando. 

Lo grato del viaje se prolongó por toda la tarde. En varias ocasiones nos encontramos con personas que se dirigían a Ceja y Peñol, a pie o a caballo, y cuyas vestimentas de intenso colorido me causaban impresión. 

Cuando eran las cinco de la tarde arribamos a Peñol. Gracias a la mediación del guía, pude albergarme en la casa de un criollo de buena posición, donde encontré, por supuesto, mayores comodidades que en la choza incompleta de la noche anterior. 

Pese a lo agotadora que resultó la jornada, no pude dejar de hacer una visita por el atractivo caserío, cuya ubicación pintoresca me impulsó a conocerlo. 

Subí a uno de los cerros cercanos para tener una visión más amplia de las hermosuras de este poblado. Sus construcciones eran todas bastante regulares y una plaza grande se extendía en la mitad del mismo, encima de un plano verde situado en las márgenes del serpenteante río Nare, que acá adquiere el nombre de Río Negro. 

Un puente largo, que mostraba debilidad por estar levantado con cañas de bambú, unía las extensas playas de este ancho río. Sus aguas flotaban sin conocer el intenso ímpetu que luego alcanzarían para poder sortear los escollos que la cordillera iba a colocarles al llegar a su eterno compañero de viaje, el espacioso y tranquilo Magdalena. 

La marcha del sol hacía subir los bellos tonos de esta naturaleza que nos rodeaba. En este momento el pensamiento comenzaba a jugar un papel nostálgico. El clima fresco era muy semejante a nuestros veranos allá en el norte. Era en estas ocasiones cuando me sentía trasladado hasta mi antiguo hogar. Los cortos atardeceres y sus noches oscuras me devolvían a los sueños del trópico, donde trataba, sin éxito, de encontrar las claras noches de verano de mi patria, las que durante aquella parte del año convierten a la naturaleza en una de las más bellas que puedan encontrarse. 

Al retornar al albergue me dirigí a mi cama, que ya había dejado de consistir en una hamaca y ahora estaba compuesta por muchas partes de cuero, sobre las que se colocaban cobijas de paja y algunas ruanas que nos protegían del frío. 

Las casas se encuentran mucho mejor protegidas. Todas las puertas y ventanas están bien cerradas. Por supuesto que dormí mucho más plácidamente que en el infierno de mosquitos, murciélagos y otros inquietos visitantes nocturnos que en el viaje debí soportar, y aunque el frío de la mañana se hace sentir, gracias al sueño durante la noche uno se despierta fortalecido y descansado. Todo era tan diferente a esas calurosas noches de clima caliente. 

Cuando el astro rey hizo su nueva aparición nos encontramos en camino al Río Negro, donde deberíamos estar cerca del mediodía. 

La ruta era buena y pareja. Las lomas anteriores empezaron a desaparecer, cosa que ocurría al otro lado de la ciudad donde nos dirigíamos. 

Tras desayunar en una de las casas del camino, cruzamos el pueblo de Marinilla, el que pasamos teniendo apenas ocasión de ver sus bonitas casas de barro pintadas de blanco. Sus puertas y ventanas mostraban bellos adornos y los balcones alegre colorido. Una limpieza poco común parecía reinar en la pequeña y agradable ciudad, tan acorde con el aire puro y la dichosa natura que la rodeaba. 

A la una de la tarde y después de haber realizado uno de los mejores viajes, arribamos a la ciudad de Río Negro, a la cual se ingresaba por un puente de madera que se levantaba sobre el río de igual nombre y era la puerta de ingreso por uno de sus extremos. 

El aspecto del lugar era más simpático que el de Marinilla y sus casas más grandes y cómodas. Esto fue lo que comprobé en el hogar del comerciante más importante de esta ciudad. 

En mis manos tenía yo una carta de recomendación que me dio el señor Hauswolff dirigida a este comerciante, un notable criollo. El recibimiento que éste me hiciera concordaba perfectamente con la descripción que de él tenía. Todos mis compatriotas ensalzaban su carácter, hospitalidad y benevolencia, cualidades que él mostraba hacia sus invitados y aún seguía manifestando. 

Esta amistad con los suecos es importante de valorar, más aún, tratándose de uno de los comerciantes más prósperos y excelente ciudadano no solo de la provincia de Antioquia sino de toda la República; así es como el nombre de don Pedro Sáenz es tan conocido por la solidez de sus negocios y por su excelente atención y amistad. 

Una vez instalado en mi habitación, situada en un lugar preferencial y muy bien equipada, fui llamado a comer. El almuerzo siempre se sirve aquí más temprano que en los climas calientes. Cosa importante era la costumbre de servir sopa, que antes no había vivido. 

En el transcurso de la comida me. presentaron al conjunto familiar, que consistía en la dueña de casa, dos hijas mayores y algunos niños de menor edad. Toda la familia, pero en especial sus componentes más pequeños, se distinguían por la blancura de su piel y el colorido de sus mejillas, cosas que no había notado en Colombia, ni siquiera en los extranjeros residentes en esta nación. 

Sin embargo, tal hecho pudiera ser explicado porque el frescor del clima otorgaba una blancura y rubor ya casi imperceptibles en sus propios antepasados. Tal efecto pude comprobarlo en un paseo que realicé por la tarde. En varias ocasiones contemplé caras de niños y mujeres mirando por las ventanas sin vidrios, que me hicieron pensar en que serían un excelente adorno en las ventanas del norte de Europa. 

Dejándome llevar por una de las calles más amplias llegué hasta el otro extremo de la ciudad, desde donde un camino se prolongaba hacia una loma cubierta de pasto, en que se levantaba un cementerio. Un muro blanco rodea el lugar, lo mismo que una que otra casa pequeña. Era de una grandiosa hermosura y de un orden y cuidado esmerados. Indudablemente debe admitirse que es uno de los cementerios más lindos que se pueden encontrar. 

De regreso a la casa del señor Sáenz encontré a toda su familia reunida en un salón excelentemente amoblado y destinado a dejar transcurrir la tarde bajo amena charla. Dicho salón se convertía en una necesidad, ya que debido al frescor de las tardes no era posible reunirse a conversar fuera de las casas, como era la constante observada hasta ahora. 

Encontrar un salón de tal exquisitez, enclavado tan al interior de Suramérica, amoblado y decorado con una pompa cercana a la europea, resultó verdaderamente inesperado. Especialmente cuando se comenzaron a contemplar un sinnúmero de espejos, lámparas de colgar, mesas, sillas y un piano de cola. Muebles y cosas que solo pueden haber llegado hasta aquí en las espaldas de los peones. Recordar lo dificultoso del trayecto, que permanecía demasiado fresco en mi memoria, y encontrarse en medio de tal lujo, era algo inexplicable. Era como oír aquel cuento infantil que narraba que luego de recorrer tierras salvajes y atravesar el oscuro bosque se llegaba al castillo brillante y hechizado. 

Lo que más me sorprendió hallar fue el inmenso piano de cola. De una parte por la tremenda dificultad que era el traerlo, pues llegar hasta estas tierras con un mueble de tal proporción constituía empresa de titanes; y de otra, porque aún no había logrado ver ninguno de ellos en Colombia. 

Consideré que era un lujo innecesario, ya que nadie podía sacar notas diáfanas del instrumento y todo cuanto lograban tocar eran unos ritmos de valses aprendidos al oído, por lo cual el piano desafinado demostraba que se estaba exhibiendo la riqueza del dueño más que las virtudes de aquel. 

Pronto el piano cedió su lugar a una caja musical alemana que comenzó a deleitarnos con su bello sonido, la cual no necesitaba de ningún talento para ser manejada, y por lo demás resultaba más adecuada para este país, tanto más si estaban iniciando sus pasos en el mundo del arte. 

La noche que pasé junto al círculo familiar resultó muy agradable. Cuando me despedía para retirarme a mi habitación, el dueño me llevó a contemplar un libro semejante a la Biblia que se encontraba sobre una mesa, al tiempo que me preguntaba sonriendo si lo conocía. 

La pregunta me sorprendió bastante, ya que la educación y conocimientos de quien la hacía no ofrecía sospechas como la de aquel bodeguero de Juntas, al consultarme si yo era cristiano. Afortunadamente me vi exonerado de responder cuando al abrir la gruesa tapa de cuero quedó al descubierto una hoja con grandes títulos en letras rojas que decían: “El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha”. 

Lo que ante mis ojos se ofrecía era una pomposa edición, con gran cantidad de grabados, que daba a conocer las aventuras de este universal personaje. Hube de decir que si bien era cierto había leído las aventuras del caballero de Cervantes, no había tenido anteriormente la ocasión de tener en mis manos tal obra escrita en su lenguaje original. Ante esto el dueño de casa me dijo que la llevara a la habitación para poder hojearla, cosa que hice hasta que el llamado del sueño me obligó a cambiar la obra maestra de Cervantes, con sus esquinas de cobre, por la cama, más atractiva con sus sábanas, colchón y frazadas. 

A las siete de la mañana me despedí de mi honorable anfitrión, que ya estaba ocupado en su sala de estudio. Otra cosa que resultaba extraña en este país era que aquel tenía una excelente biblioteca compuesta de libros en español, francés e inglés, idiomas los dos últimos que comprendía bastante bien y hablaba de manera aceptable. 

Tras recibir los envíos de saludos para mis compatriotas, con los cuales partía a reunirme, dejé esta hospitalaria mansión, y pronto estuve en las afueras de Río Negro. Olvidaba mencionar que esta ciudad poseía una población de seis mil habitantes, algunas casas grandes, muchas iglesias y una hermosa catedral recién levantada. En definitiva se podía considerar a Río Negro, después de Medellín, como la ciudad más importante de la provincia. Su clima era el más agradable, puesto que el termómetro a mediodía raras veces superaba los veintidós grados y a medianoche no bajaba más que hasta doce grados. 

En sus comienzos el camino se extendía por un vasto campo con espacios para el pastoreo de animales. Esta zona mostraba cierto bienestar, ya que en todas direcciones podían verse casas con sus trozos de tierra, rodeadas de jardines, plantíos y campos de maíz, además de algunos animales, protegidos por cercos que deslindaban las tierras de uno con las del vecino. En todo, resultaba ser un paisaje simpático para el viajero. 

El camino comenzó a subir por las laderas cordilleranas, ya empezaban a aparecer los ribetes andinos del nuevo tramo. Posteriormente el sendero fue adquiriendo mayor complejidad, por lo que tuvimos que hacer el trayecto lentamente, incluso detenernos en una de las casas encontradas a la orilla, donde se hizo necesario el descanso. 

En un principio se tiene una amplia vista sobre Río Negro, Marinilla y toda la planicie hasta los cerros cercanos a Ceja, pero pronto los bosques y la montaña dominan el paisaje. Casi al mediodía llegamos a la cumbre, donde el camino se extendía sobre un plano más parejo y horizontal, en medio de árboles y arbustos que debido a su menor tamaño le daban un aspecto más rígido a la escasa vegetación que existía. Además de todo el frío que hacía, debido a la altura, empecé a darme cuenta de que aún quedaba un tramo por ascender. 

Cuando llegamos al cerro de Santa Helena, desde donde se tenía una visión impresionante sobre el valle, nos embargó una emoción de belleza inenarrable. Esto era inmensamente más hermoso que lo observado en Ceja, tanto por la altitud como por la riqueza del cuadro que allá abajo se exponía. Si el valle del Río Negro parece el compromiso del país con la hermosura, el que se me ofrecía a la vista era el paraíso. Desde aquí me parecía uno de los escenarios más bellos en que pudiera descansar la vista humana. 

Su descripción resulta imposible, lo que ocurre cuando debemos usar el lápiz en reemplazo del pincel. Como si el borrador de un cuento inconcluso complementara los detalles de una pintura acabada. 

Desde ambos costados del mirador se extendían montañas, bosques, paredes rocosas y abismos que formaban un semicírculo en intenso contraste con la uniformidad de la cordillera lejana, que a medida que avanzaba tomaba tonos de claridad mayor. La vista empezaba a descender por las pendientes y sembrados que alcanzaban tonos de verde claro hasta llegar a los pies de las casas, alamedas y plantaciones que rodean el valle como un anfiteatro que reposa con sonrisa infantil en medio de este jardín ideal. 

Como si tuviéramos en las manos un mapa, se ven los prados, arroyos, alamedas, cuestas, bosques, campos de cultivo, plantaciones, casas de campo y chozas, mezclándose en forma tan exuberante que los ojos no saben dónde detenerse y avanzan siguiendo el recorrido del río Nechí que, cual una cinta de plata, descansa a un lado de Medellín, enclavado con sus casas rojas y blancas en el centro del paraje.

El viajero sorprendido desearía solamente extasiarse con tamaño abanico de belleza, pero debe iniciar el descenso, que tendrá como duración cerca de dos horas, durante las cuales este despliegue se desarrolla más cercano y hermoso. Es de este modo como se llega a la contemplación de una gran cascada que, después de recolectar otras menores, deposita sus aguas en el Nechí. Al llegar a un puente situado más abajo comienzan a distinguirse las diferentes especies de árboles y plantíos. Así, se encuentran alamedas, arboledas compuestas por limoneros y naranjales y campos sembrados de plátano, maíz y caña de azúcar. 

El aire que en las alturas era frío, ha adquirido un suave calor primaveral y los árboles y arbustos de mayor altura anuncian un clima más suave. A pesar de la impaciencia por llegar pronto al valle, nos detuvimos muy poco, apenas lo necesario para que los caballos tomaran aliento. Dos horas después bordeábamos la antesala de tantos atractivos. 

Un sendero con menos pendiente y más ancho, acompañado por altos cactus y flores silvestres nos conducía a la ciudad. Pasábamos por naranjales, dulces y agrios, que con su aroma perfumaban el aire tibio. Pronto las casas comenzaron a encontrarse unas con otras hasta que se perdieron en las calles de la ciudad de Medellín. Pasando algunas que nos condujeron hasta la plaza principal, se llegaba a una larga y recta donde estaba la residencia del señor Hauswolff, que entonces vivía en una grande y bien situada. Allá llegué a las tres de la tarde, teniendo el placer de encontrar al matrimonio Hauswolff y a dos compatriotas, los señores Nisser y Zimmerman.  

Para no interrumpir la descripción de este viaje no me detendré a narrar lo indescriptible de tal encuentro, ni la manera tan simpática de vivir que existía en la casa colombo-sueca. Dejaré estas apreciaciones para una segunda visita, esperando que una estada más larga me ponga en mejores condiciones de analizar tanto a la colonia sueca de residentes como a su cuartel general que era la ciudad de Medellín. 

Transcurridos tres días de permanencia aquí seguí viaje hacia el interior, a las ciudades de Antioquia y Santa Rosa, en compañía de un compatriota. En la tarde del 4 de marzo tuvimos cargadas nuestras mulas y dejamos a Medellín para alcanzar a llegar al municipio de Alto Viejo antes del ocaso.  

 

Este último se halla ubicado en la parte norte del valle; luego de pasar un puente de piedra construido en uno de los extremos de la ciudad sobre las aguas del Bocana, se sigue la ruta sembrada por todas partes de árboles que forman una preciosa alameda. 

Más distante se encuentra una construcción con base de piedra, un tanto abatida por el tiempo, donde al comienzo de la revolución de la Independencia existía una fábrica de pólvora, que ahora está cerrada, debido a que el gobierno considera mejor monopolizar el producto y comercializarlo por cuenta propia. 

Desde este punto se tiene una vista impresionante del hermoso valle de Medellín, donde la ciudad capital muestra sus torres, iglesias y casas con una mejor perspectiva que la tenida desde el cerro de Santa Helena. Abandonando esta altura, el camino se curva a la izquierda pasando por un puente de madera sobre el Nechí, que corre inclinado hacia el noroeste, separándose del que lleva a Alto Viejo, sitio al cual llegamos al tiempo con el ocaso. 

Este pueblo está asentado en tierras fértiles, limitadas por el Nechí y por la cordillera que le separa del río Cauca. Se puede considerar como una prolongación del valle de Medellín, y lo rodean grandes pastizales y productivos campos de maíz y bananos. Un arroyo claro buscaba su salida hacia el Nechí. 

Todo el lugar mostraba, junto con el bienestar y la amabilidad, una limpieza y cuidado que caracterizan a los poblados grandes de Antioquia y tanta falta hacen a los situados en las márgenes del Magdalena y en las tierras bajas de la costa, donde el clima caluroso —unido a la pereza de los habitantes— ayuda al desaseo y descuido de ellos. 

Nos hospedamos en una de las mejores residencias de aquí. Pasamos una noche muy agradable, en conversación amena con los dueños de casa, y aunque el clima no era tan frío como en Rionegro, se requería estar precavido, por lo cual era necesario andar siempre con ruana y alguna frazada. La primera es un implemento necesario en las ciudades cordilleranas, así como lo es la hamaca en las tierras calientes, hoy convertida en una prenda sobrante. 

La ruana también puede ser usada como frazada y resulta una excelente compañía por estas tierras de clima un poco más frío, ya que colgada sobre los hombros no causa molestia, y protege tanto al jinete como a la montura. Además su tejido es lo suficientemente tupido como para evitar bastante el paso del agua lluvia. Encontrar un jinete sin su ruana sería algo verdaderamente inusitado. 

A la mañana siguiente, a eso de las cinco y media, estábamos transitando otra vez nuestro sendero, que nos llevaba a Copacabana, un bellísimo municipio, que se alza al otro lado del Nechí, sembrado de bananeras y cañaverales. Frente a este el camino se dividía en dos, uno hacia Santa Rosa y el otro hacia Antioquia. 

Tomamos el segundo de ellos, que se adentraba semejando una extensión de la loma del cerro Cantador. Poco a poco este empieza a hacerse más escarpado, hasta que se llega a su cima, la cual alcanzamos luego de dos arduas horas de subida. En esta cumbre existía un amplio campo, llamado Sabana de Ovejas, nombre que no era exacto, pues no se encontraban ovejas por ningún sitio. Tal vez la altura y el clima serían buenos para la crianza de éstas. Por lo demás, nuestras mulas se acostumbraron bastante bien al clima; al igual que nosotros, que pronto tuvimos que desayunar, pues la altura cordillerana despertó con gran fuerza nuestro apetito. 

Tras una hora de descanso, seguimos el viaje. Pasamos por el Cerro Gallinazo cerca del mediodía, desde el cual teníamos una buena vista del valle del Cauca, que verdaderamente opacaba la belleza del valle de Medellín. Quizás éste último presenta mayor riqueza, o atractivo, pero el valle del Cauca es mucho más extenso, sublime y majestuoso. Si bien es cierto que la vista del de Medellín infundía deseos de un pronto arribo a él, la del Cauca era de gozosa admiración, al tiempo que causaba una gran aversión tratar de bajar de estas alturas que tanta belleza presentan. 

Hacer una comparación de las visiones relatadas, de Ceja, Santa Helena y esta del Gallinazo, produce una sensación muy parecida a la de un inteligente vendedor de objetos valiosos que comienza ofreciendo sus artículos pequeños, para ir en seguida sobrepasándolos en calidad y tamaño, pero siempre manteniendo en alto el interés del comprador. De igual forma la presencia de este valle es una obra maestra para el viajero. Todo lo que observaba me parecía fastuoso: las diferentes profundidades de los valles me recordaban aquel campo frío situado a un costado de Ceja, la tibieza de Medellín y la calidez del clima del Cauca. Era una verdadera escala. 

En Ceja no se producían los frutos de tierras calientes. En Medellín ya se veía prosperar los plátanos, y en el último, recién conocido, se observaban las palmeras. Esto parecía verdaderamente algo natural. De tal comparación se puede subentender que jamás he tenido ocasión de dar una mejor descripción de la naturaleza. 

Cerca del mediodía se levantó una delgada neblina sobre las alturas. Al principio era uniforme, entre blanca y gris, que impedía mirar; pero poco a poco se dividía por una débil brisa y al final semejaba pequeñas nubecillas albas flotando alrededor de un cielo nítido. Se deslizaba hasta las profundidades del valle, por entre aquellas inmensas paredes rocosas que se erguían en el horizonte. 

Estas formas montañosas permitían distinguir y apreciar la diferencia climática, que dependía de la altura, por lo que iba variando desde lo más alto y frío hasta lo bajo y caluroso. De allí que pudiera notarse que las cimas de zonas heladas generalmente estaban peladas, cubiertas apenas por delgados y finos trazos de pasto, o adornadas con arbustos bajos y espinosos y algunos árboles parecidos a enanitos que extendían sus ramas torcidas. 

Más abajo el verdor empieza a mostrar frescura y abundancia. Los árboles resultan ser hidalgos. Cuando llegamos allá al fondo, a lo más bajo, notamos que Ceja y Rionegro han quedado atrás. Encontramos vastos pastizales y numerosos animales paciendo; extensos maizales y bien cuidadas plantaciones que hacen coro a las casas amplias y alegres que se acercan, casi tocándose, hasta finalmente fundirse junto a los pequeños poblados que uno va descubriendo a orillas de los torrentes, ahora con mayor afluencia y belleza. 

Finalmente el clima es más caluroso y en los espacios entre los cerros y el valle empiezan a verse las bananeras extensas y los arrozales, sombreados por limoneros y naranjales, compitiendo con el valle de Medellín. 

En el centro del lugar, rodeado de álamos, se ve la ciudad de San Jerónimo, que con sus techos rojos hace una grata interrupción a la exuberante vegetación de sus alrededores, y se torna más notoria una vez que se alcanza el valle hondo, reconocido por ese escenario tropical de la caña de azúcar tierna y los enormes cedros que toman su vida de las aguas del ancho río Cauca, al otro lado del cual se halla Antioquia, con sus paredes y techumbres brillantes que reflejan los rayos solares, anuncio del intenso calor concentrado en el fondo del valle. 

Como asustados de seguir tanta belleza, la misma que se prolongaba hasta su desaparición allá en el horizonte, nos limitamos a frenar nuestra hambrienta vista, y nos vimos obligados a regresar a la realidad de nuestro derredor. De ese modo volvimos a encontrarnos en esta cima, desde la que gozáramos tanto con tal cuadro, extendido sin egoísmos. 

El placer que sentimos cuando nos pusimos a intercambiar opiniones fue inmenso. Nos correspondió hacer realidad la máxima de aquel autor que dijera: “La contemplación de un paraje bello siempre estará acompañada de la necesidad de exclamar: ¡ Ah, qué hermoso paisaje ¡”. La realidad sea dicha, que toda la escena se vio aumentada porque ahora ya no solo se comentaba con un amigo, sino que en vez de hablar con un nativo podía hacerlo con un compatriota y en la lengua natal. 

El descanso fue corto y nuestra cabalgata tuvo que proseguir. El descenso nos fue mostrando nuevos mundos de hermosura. Ahora estábamos leyendo en el mismo libro. Aquí entraban en función todos los sentidos. La vista comparaba las distintas especies de plantas y árboles; el olfato se encargaba de la diversidad de perfumes, clasificando los olores del pasto de la cordillera, de los prados más bajos y de los penetrantes que emanaban los rosales, los limoneros y naranjos; y dejando estos para analizar las diferencias climáticas entre la altura y esta zona baja, que ya alcanzaba los matices del verano y pronto ya no se consideraba tan agradable debido al calor que hacía. 

Así fue como entretenidos con el paisaje, nuestro descenso se hizo muy alegre y después de haber pasado varias casitas y algún pequeño poblado, entramos a San Jerónimo, donde decidimos interrumpir la jornada, debido al intenso calor que nos acompañaba. De este modo nuestro viaje a Antioquia se suspendió hasta el día siguiente. 

Nos dirigimos hacia la casa cural, en la cual encontramos al párroco y a sus hermanos religiosos, como miembros de una familia que debería estar prohibida por lo numerosa. Luego de cenar ocupamos los lugares respectivos en las hamacas, transformadas otra vez en artículos necesarios, toda vez que la temperatura fácilmente alcanzaba los treinta grados. 

Las tierras de San Jerónimo están consideradas como de las más fértiles y son muy conocidas por las excelentes cosechas de arroz. Sus casas presentan fachadas graciosas pintadas de blanco, con puertas y ventanas de colores muy fuertes. El lugar, después de acostumbrarse a su calor, es uno de los más simpáticos de la región. 

Serían cerca de las seis de la mañana cuando ya estábamos montados. Habíamos cambiado nuestras mulas por caballos, pues el camino no se adentraba por montañas, así que muy pronto perdimos de vista al Gallinazo y la perspectiva del valle del Cauca. 

La actual vista, si bien no resultaba tan amplia como la de ayer, era también agradable y dejaba frente a mí la gran ciudad de Antioquia, con su soberbio paisaje que hacía relucir con mayor fuerza los sectores ricos de la ciudad, todo ello acompañado por la salida del sol que ya hacía sentir sus fuerzas. Nos detuvimos a descansar brevemente bajo la sombra de un enorme cedro cuya copa era tan grande que perfectamente podría haber dado sombra a un escuadrón completo. A las nueve de la mañana llegamos a la margen derecha del río Cauca, que con velocidad uniforme transportaba su masa de agua gris y amarilla por entre sus bajas playas. 

Este lugar, pese a ser llamado Paso Real de Antioquia, no está de acuerdo con su nombre. La anchura no es excesiva, pero al no existir puente ni balsa, debe hacerse el paso a la otra orilla a bordo de una embarcación impulsada mediante dos remos totalmente deformados, en la que solo pueden ir personas y no animales. Estos deben realizar el cruce a nado, para lo cual se les une con un cabestro a la barca. 

Apenas entramos al agua nos cogió la corriente que llevaba una velocidad poderosa, por lo cual debíamos hacer grandes esfuerzos, al igual que las cabalgaduras, para no ser arrastrados. La navegación duró algunos momentos y cuando al fin llegamos a la orilla opuesta, resultó que nos encontrábamos por lo menos a unas cinco veces la distancia del lugar del embarque respecto del de desembarque del ancho del río. 

Una vez cargados nuestros caballos, reanudamos el viaje a través de una ruta ancha y pareja que pasaba por lugares de abundancia y bien cuidadas plantaciones de azúcar, arroz, plátano y maíz. Las casas estaban sombreadas por frondosos árboles: cedros y palmeras, además de algunos limoneros y naranjos agrios. 

Después de una hora de cabalgata llegamos a Antioquia, bañados en sudor, casi al filo de las doce y nos dirigimos a recibir la hospitalidad de un comerciante criollo, de nombre Fermín. 

Dicha ciudad, también llamada Santa Fe de Antioquia, está situada en la margen izquierda del Cauca. Tiene cerca de cuatro mil habitantes y hasta el año de 1825 fue capital de la provincia. Posee cuatro iglesias, además de hermosas y grandes construcciones. Muchas de sus casas tienen amplios patios plantados de árboles. Su clima es caliente y muchas veces el termómetro supera los treinta y cinco grados. A pesar de esto, es un sitio saludable, mucho más sano que las orillas del Magdalena, y el aire no es tan húmedo como en éstas. 

No se encuentra mayor cantidad de mosquitos, y así, al no necesitarse mosquitero, es este lugar uno de los más agradables de tierra caliente. Un pequeño río, el Tonusco, recorre la ciudad, a la vez que la provee de agua. Su corriente es tan impetuosa, que fuera de los bueyes no hay otros animales capaces de atravesarla. 

El comercio no tiene gran importancia y todas las mercancías deben ser traídas desde Zaragoza o Juntas. De ahí que han proyectado abrir una ruta desde el golfo Darío, | (1) a través del río Sucio, por el cual se podría solucionar el problema del transporte. 

Tan importante plan parece que no se realizará pues el Congreso no quiere permitir esa comunicación porque piensa que se abriría un sendero que puede ser aprovechado por los españoles. Si el gobierno tomara en cuenta tal aspecto defensivo y se hiciera extensivo a todo el país, habría que proceder a la destrucción de todas las ciudades y pueblos que se encuentran en las riberas del Magdalena, ya que ante la imposibilidad de secar este para evitar la invasión española solo quedaría la solución de la destrucción de los poblados. No se puede negar que las razones del Congreso van demasiado lejos y negar las posibilidades de desarrollo por el solo argumento de que puede ser usado por el enemigo, termina siendo una locura tan grande como la justificación. Es como si un general no llevara sus cañones al campo de batalla porque podrían caer en manos enemigas y ser usados más tarde contra sus propias fuerzas. 

Nos quedamos un día más en Antioquia, y de ahí salimos al amanecer del 8 de marzo en dirección a Medellín, pasando por Santa Rosa. Cruzamos el Cauca por el mismo punto anterior y al encontrar un desvío del camino tomamos la ruta de Sopetrán. 

Una serie de plantaciones fueron quedando a nuestras espaldas, y llegamos a dicho pueblo cerca de las nueve de la mañana. Entregamos los caballos a fin de ser reemplazados por mulas, ya que para el sendero montañoso que nos esperaba eran de mayor provecho estas últimas. Descansamos unos instantes en Sopetrán, que nos pareció muy semejante a San Jerónimo. 

Una vez reanudada la marcha, el camino comenzó a tomar un carácter de subida muy pendiente, a través de un cerro cubierto de verdor que nos acompañó por espacio de una hora. Aquí arriba ni un árbol o arbusto impedía la vista hacia el Valle, Antioquia y el Cauca, así como a Sopetrán, San Jerónimo y el cerro Gallinazo. 

Si no nos hubiéramos alegrado íntimamente de las bellezas que se presentaban ante nosotros, nos quedaría el consuelo de que en cada tramo donde debíamos hacer descansar las mulas quedaba la posibilidad de gozar observando el paisaje, ya que a cada instante se descubría un nuevo detalle. Finalmente llegamos a las alturas que estaban protegidas por la sombra verde de las copas de los árboles, la misma que nos impedía extender a mayor distancia nuestra visión. Así caminamos hasta que nos detuvimos en una pequeña casa solitaria, donde el calor era menor, ya por la altitud o por los árboles que la rodeaban y protegían. 

Después de que almorzamos y nos refrescamos seguimos avanzando. La ruta era bastante escarpada, con muchas curvas y recovecos, que nos hizo recordar el camino entre Juntas y Ceja. De modo que en varias ocasiones tuvimos que apeamos para que las mulas lograran avanzar, ya que de otra manera no hubiera sido posible hacerlas caminar por entre tantas piedras y dificultades. 

La situación duró hasta cerca de las tres de la tarde, cuando el plano volvió a ocupar nuevamente su puesto. Transcurrido un pequeño lapso, el sendero comenzó casi imperceptiblemente a descender, llevándonos hasta unas casas que daban nombre al sitio de Santo Domingo. 

Como albergue tomamos una choza pequeña, en donde, tras comprar maíz para las mulas y algunos huevos para nosotros, nos dispusimos a reemplazar la comodidad de las camas de cuero por la nueva cama de hermanos apretados en gran estrechez. Por supuesto que el frío nos impidió dormir bien. El tiempo estaba tan helado por la mañana que apenas faltaba un paso para formarse la escarcha. Esto se comprueba llevando el termómetro al punto de congelación, para lo que ayuda mucho el rocío matinal que forma en el suelo pequeñas capas de escarcha. 

Imposible sería negar que en esta provincia no puedan conocerse en un mismo día todos los tipos posibles de clima. Aquí cambiar de temperatura es como encender o apagar un horno, ya que quien desea desayunar en una habitación bien tibia, almorzar en un comedor atemperado y pasar la noche en un dormitorio helado, necesita solamente hacer el viaje que nosotros hemos realizado: desayunar en Antioquia, almorzar en una casa montañesa y dormir en una de Santo Domingo. De esta manera no tendrá que preocuparse de corrientes ni de humo, de falta de apetito ni de ganas de dormir, pues el ejercicio le ayudará a vencer algunos de esos deseos. 

Ahora bien, analizado desde un punto de vista filosófico, el viaje no tendría tanta atracción si no se viviera la experiencia de conocer tal variedad de climas y tanta exuberancia natural. 

Muy temprano abandonamos la choza y después de bajar algún trecho por los cerros húmedos nos encontramos frente al Valle de los Osos, en medio del cual está situada la ciudad de Santa Rosa. 

Todo el valle está cubierto de minas de oro que fueron clausuradas. En algunas se continuaba trabajando, aunque a niveles mínimos. La soledad del paraje encuadraba la búsqueda de ese esquivo metal precioso. 

La vegetación era escasa, solo se encontraba un pasto delgado, seco y muy de vez en cuando algún arbusto doblado por la acción del tiempo, como soportando una enorme carga. Las lomas altas están absolutamente limpias de vegetación y tienen hoyos cavados por todos lados que muestran al viento su tierra amarilla, con tonalidades de greda, de donde sacan la arena que emplean para descubrir el oro. 

Por el momento diré que este trabajo ya no es tan fructífero como pudiera creerse. En general se puede decir que los buscadores de oro no son los más ricos de la provincia sino muy por el contrario. 

Una vez atravesado el río Chico, cuyo curso que domina el valle trajo una agradable interrupción a esta sequedad del paisaje, alcanzamos la ciudad de Santa Rosa, cuyas casas no estaban tapadas por bosques ni nada que se les pareciera. 

Cuando habíamos atravesado la mayor parte de la ciudad, nos detuvimos frente a una de las casas más elegantes, donde fuimos recibidos por su amable dueño, el que al saber quiénes éramos nos atendió con excelente comida, que vino a aplacar el apetito surgido tras la larga espera y la bondad del clima. 

Con un poco más de mil habitantes, es una ciudad hermosa, aunque pequeña. Su ubicación es una de las de mayor altitud del país, como que está a nueve mil pies sobre el nivel del mar. Por supuesto el clima es frío y el termómetro jamás pasa de los veinte grados al mediodía, pero por las noches baja más allá de cero grados. 

Durante la temporada de lluvias y temporales los rayos suelen causar más de un accidente. Por su escasez vegetativa debe traerse hasta acá la mayor parte de los alimentos. Su único artículo de valor es la arena de oro. Es casi seguro que esta debe haber sido la razón de la fundación de una ciudad con características tan limitadas. 

Cuando ya habíamos recuperado las fuerzas reanudamos la marcha para dirigirnos hacia Medellín. Al pasar algunas casas entablamos conversación con un viejo que vivía del lavado de oro y cuyo tema favorito eran las minas, vetas, oro, etc. Aprovechó la oportunidad para mostrarnos un poco de arena aurífera guardada en una bolsita de cuero que escondía en un viejo armario. Este último además de una mesa y unos pocos asientos componían los muebles de esta vieja casa. Compartía sus pertenencias y las horas con otro minero, de edad avanzada, avaro y solitario, que era su propio yo, y se acompañaba de algunos trabajadores que tenían a su cargo el laboreo de la mina. 

Debimos soportar una noche tan fría como desagradable, por lo que sentimos cierto alivio cuando emprendimos nuestro camino en dirección a los pueblitos de Trinidad y La Pastora, que eran residencias de mineros y de sus patronos. Estos últimos permanecían cortas temporadas, ya que solamente venían acá para supervisar el trabajo, y su estada dependía de ello. 

Por la tarde nos entrevistamos con uno de los capataces de la mina, el cual ordenó a uno de sus obreros que nos hiciera una demostración de lavado de oro. 

Para esta labor se usa un plato grande de madera, llamado batea, con un diámetro de unos cincuenta centímetros, donde se deposita la arena. A continuación le echan agua encima y empiezan a hacer movimientos circulares, con los cuales se van separando las partículas de tierra. Algunas resbalan y se deslizan por fuera de la batea mientras que la arena más pesada permanece en el centro o va depositándose en el fondo. 

La operación de agua y movimiento circular se repite hasta que solo quedan arena y tierra, de un color gris oscuro, entre las que se separan las partes brillantes, que son el oro, con la sola inclinación del plato de madera. Claro que la cantidad recogida es verdaderamente insignificante comparada con la gran porción de tierra que se coloca en él para limpiar. 

El valor de todo este trabajo no alcanza a un real. La arena que se ha escurrido también tiene su valor, que alcanza a unas cuatro o cinco piastras por cada veinticinco libras de peso. Como descripción general diré que el único artículo de exportación de Antioquia es el polvo y la arena de oro. 

Volvimos a pasar una noche helada en Trinidad, pero continuamos hacia Medellín, por una zona cubierta de bosques que bajaba hasta el valle, sobre el que se deslizaba el río Grande, cuyo torrente pasa por entre inmensas rocas que aglutinan y compactan sus masas de agua. En uno de esos sitios funciona una mina de sal bastante rica, que produce unas setenta y cinco libras de sal por día. 

Desanduvimos un trecho más de camino, pasando por un puente desde el cual podía verse la fuerza de las aguas y la imperfección de este. De allí que en lugar de dinamitar rutas hayan pensado en abrir nuevas brechas transitables, que ayudarían además a llegar al fondo del salto que debe contener mucha arena de oro. 

El sendero comenzó de nuevo a ascender. Atravesamos paisaje bello hasta un San Pedro, ubicado en la cima. Descansamos unos instantes y comenzamos el descenso por El Cantador, el mismo que tres días antes habíamos subido, solo que un tanto más desviado hacia el flanco derecho. 

Después de dos horas de constante zigzagueo, tomamos nuevamente el sendero en dirección a Alto Viejo, ciudad que pasamos algo antes del ocaso.  

Bajo un cielo estruendoso, señal de aviso de un próximo temporal, hicimos nuestra llegada. Envueltos en ruanas e iluminados por los intensos relámpagos, a las siete de la tarde estábamos caminando por las calles de Medellín.

 

 

(1). Golfo del Darién (N. del t.). (Regresar a 1)

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