CAPITULO
XII
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VIAJE A TRAVES DE
LA PROVINCIA DE ANTIOQUIA
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Hacia el lado
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oriental de esta inmensa y pareja llanura,
como una isla flotando en medio de los altos Andes, se halla el
pequeño pueblo de Ceja. Parece un puerto, pues en él las mercancías
vuelven a cargarse para ser llevadas hasta el interior de la
provincia.
Peones y piernas son reemplazados por mulas y caballos, tornando
de este modo el viaje en algo más normal y cómodo.
En espera de hacer un cambio en el transporte de mis
pertenencias y de descansar un tanto, mediante las indicaciones de
mi peón, procedí a tomar una habitación.
La conseguí en una casa que, sin ser hostería ni pensión,
resultó tan buena como si lo fuera. Su dueña me preparó la cena, al
tiempo que su esposo salió en busca de los caballos, con los que
emprendería el nuevo camino que iba a recorrer, todo esto realizado
con gran amabilidad y gusto, lo que vino a confirmar las tan
mentadas cualidades de los residentes de la región. Era la
continuación feliz de mi trato con los peones.
Los habitantes de este poblado tenían el cuerpo robusto, gruesas
sus extremidades y los rasgos faciales muy expresivos, aumentados
por la claridad de su piel, en contraste con la de los peones, a
causa de que estos últimos debían exponerse a demasiados cambios
climáticos.
Tuve ocasión de hacer una buena comparación en la primera
asistencia a la iglesia, donde la mayor parte de los lugareños
vestían trajes de tonos rojos, atavío habitual de los
domingos.
Observar este conjunto de personas resultaba agradable,
especialmente por formar un contraste tan fuerte con lo contemplado
en las provincias bajas, ya en cuanto a sus vestimentas como al
color de su piel. Tras vivir las delicias de un nuevo clima, estas
personas convencen a cualquiera de que uno se encuentra en otro
país.
Hombres y mujeres se distinguen de todo lo visto hasta ahora.
Fuera de trajes hechos de lino, los varones usan una prenda
denominada ruana, consistente en una tela de gran tamaño, cuadrada,
de algodón o lana, que tiene en su centro un hueco por el cual se
introduce la cabeza. Dicha prenda queda así descansando sobre los
hombros y cae hasta cerca de las rodillas. Tiene un gran parecido
con las capas usadas por los sacerdotes en sus misas.
Generalmente están hechas de telas de colores fuertes, rojo,
azul, amarillo, y tejidas a rayas, lo que les da una gran belleza.
A esto se une el hecho de que sus dobladillos con flecos dan un
aspecto antiguo a dicha vestimenta.
Las mujeres llevan una falda de algodón de tono azul, que junto
con una tela de lino cubre sus figuras en mucho mejor forma que las
indígenas residentes en las tierras bajas.
Sobre su cabeza llevan un sombrero de paja adornado con una
cinta multicolor, que sería mucho más bonito si semejara en menor
medida un sombrero de varón diseñado por nuestros cortadores de
sombreros, con su alta copa y las alas angostas dobladas hacia
arriba.
Los hombres, por otra parte, poseen en sus cabezas una comodidad
superior, toda vez que resulta mucho más apto para el clima y hasta
más cómodo el sombrero de paja con sus alas más
anchas.
Al contemplar todas estas prendas comienza a notarse que si bien
no implican una cultura superior, por lo menos se viven otras
formas de vida y otras costumbres, y empiezan a encontrarse mayores
semejanzas con Europa. Pero la imagen me devuelve a Suramérica a
medida que voy viendo los pies descalzos que transitan frente a mí,
y es así como me doy cuenta de que solamente las personas más
pudientes usan medias y calzado. Incluso la común alpargata, ya
descrita, solo es llevada por los criollos y aquellos indígenas de
mejores posibilidades económicas, y las medias siguen siendo
privilegio de pocos.
A las tres de la tarde aparecieron mis cabalgaduras. Después de
despedir a los peones y prometer a mi silletero hacerle saber el
día de mi regreso, proseguí el viaje. Poco a poco fui dejando atrás
a Ceja hasta perderla de vista.
Montar nuevamente sobre un caballo resultaba tan extraño como
agradable. Recordé que no lo hacía desde el momento en que llegué a
Barranca. Por supuesto que este modo de viajar es superior a la
incomodidad de una canoa o al penoso recorrido a través de las
montañas.
El viaje se ofrecía como de placer, a lo que ayudaban el hermoso
paisaje, el clima agradable y un buen camino, que a medida que
ascendía descubría todas sus bellezas, por lo que se hacía más
palpable que es difícil comparar la zona entre Ceja y Río Negro con
algún otro paraje.
Aunque en su totalidad es un campo demasiado uniforme, se
levanta entre las mesetas, la misma que para los franceses es
“plato” y para los ingleses “campo de mesas”.
Toda esa silueta se entrecruza con pequeñas y bajas colinas, en
cuyas lomas solo se ve desolación o pequeñas zonas con pasto. Entre
una colina y otra, sin embargo, se pueden divisar bosques espesos y
los prados que adornan sus laderas y vallecitos. También es posible
notar que a los pies de estos muchas veces les acompaña un arroyo
que insistentemente va buscando su camino hacia nuevas
bellezas.
Todo este cuadro hace que el perder la orientación del sendero
no sea demasiado difícil. Es sentir la sensación marina de andar
dando vueltas sin encontrar el rumbo, como si la brújula estuviera
loca. Tal inseguridad queda demostrada al tratar de corregir el
rumbo guiándose por el sol de mediodía.
Existe acá un objeto único de referencia para el viajero. Es una
alta roca, que sirve como puente del viaje y alza mágicamente su
frente, desnuda y gris, por encima de los bajos cerros que la
acompañan.
Pero pronto empieza el aventurero a darse cuenta de que más que
un corrector u orientador ese rocoso emblema resulta un faro
desviador de rutas, pues como coqueteando empieza a mostrarse por
todos lados, apareciendo y desapareciendo, sin saber si la próxima
vez lo tendrá delante o detrás de él.
Es así como yo lo veía a mi lado derecho, a gran distancia, y
luego muy cerca de mí pero sobre el costado izquierdo. Extrañado
sobre tal fantasma conductor, se toma la resolución de no volver a
ser sorprendido y la vista comienza a dedicarse a otras
cuestiones.
Absorto en las nuevas contemplaciones, la roca empieza a ser
olvidada. El camino tiene una enorme cantidad de vueltas. De
improviso, nuevamente tengo a la roca guía frente a los ojos. La
pregunta a quien va mostrando el sendero no se deja esperar; solo
que la sospecha no ha sido cierta. La respuesta de mi conductor me
tranquiliza, y su explicación es que este sendero es uno de los más
curvos que puedan darse. En estas alturas lo que se ha avanzado no
se puede medir por los pasos que se vayan dando.
Lo grato del viaje se prolongó por toda la tarde. En varias
ocasiones nos encontramos con personas que se dirigían a Ceja y
Peñol, a pie o a caballo, y cuyas vestimentas de intenso colorido
me causaban impresión.
Cuando eran las cinco de la tarde arribamos a Peñol. Gracias a
la mediación del guía, pude albergarme en la casa de un criollo de
buena posición, donde encontré, por supuesto, mayores comodidades
que en la choza incompleta de la noche anterior.
Pese a lo agotadora que resultó la jornada, no pude dejar de
hacer una visita por el atractivo caserío, cuya ubicación
pintoresca me impulsó a conocerlo.
Subí a uno de los cerros cercanos para tener una visión más
amplia de las hermosuras de este poblado. Sus construcciones eran
todas bastante regulares y una plaza grande se extendía en la mitad
del mismo, encima de un plano verde situado en las márgenes del
serpenteante río Nare, que acá adquiere el nombre de Río
Negro.
Un puente largo, que mostraba debilidad por estar levantado con
cañas de bambú, unía las extensas playas de este ancho río. Sus
aguas flotaban sin conocer el intenso ímpetu que luego alcanzarían
para poder sortear los escollos que la cordillera iba a colocarles
al llegar a su eterno compañero de viaje, el espacioso y tranquilo
Magdalena.
La marcha del sol hacía subir los bellos tonos de esta
naturaleza que nos rodeaba. En este momento el pensamiento
comenzaba a jugar un papel nostálgico. El clima fresco era muy
semejante a nuestros veranos allá en el norte. Era en estas
ocasiones cuando me sentía trasladado hasta mi antiguo hogar. Los
cortos atardeceres y sus noches oscuras me devolvían a los sueños
del trópico, donde trataba, sin éxito, de encontrar las claras
noches de verano de mi patria, las que durante aquella parte del
año convierten a la naturaleza en una de las más bellas que puedan
encontrarse.
Al retornar al albergue me dirigí a mi cama, que ya había dejado
de consistir en una hamaca y ahora estaba compuesta por muchas
partes de cuero, sobre las que se colocaban cobijas de paja y
algunas ruanas que nos protegían del frío.
Las casas se encuentran mucho mejor protegidas. Todas las
puertas y ventanas están bien cerradas. Por supuesto que dormí
mucho más plácidamente que en el infierno de mosquitos, murciélagos
y otros inquietos visitantes nocturnos que en el viaje debí
soportar, y aunque el frío de la mañana se hace sentir, gracias al
sueño durante la noche uno se despierta fortalecido y descansado.
Todo era tan diferente a esas calurosas noches de clima
caliente.
Cuando el astro rey hizo su nueva aparición nos encontramos en
camino al Río Negro, donde deberíamos estar cerca del
mediodía.
La ruta era buena y pareja. Las lomas anteriores empezaron a
desaparecer, cosa que ocurría al otro lado de la ciudad donde nos
dirigíamos.
Tras desayunar en una de las casas del camino, cruzamos el
pueblo de Marinilla, el que pasamos teniendo apenas ocasión de ver
sus bonitas casas de barro pintadas de blanco. Sus puertas y
ventanas mostraban bellos adornos y los balcones alegre colorido.
Una limpieza poco común parecía reinar en la pequeña y agradable
ciudad, tan acorde con el aire puro y la dichosa natura que la
rodeaba.
A la una de la tarde y después de haber realizado uno de los
mejores viajes, arribamos a la ciudad de Río Negro, a la cual se
ingresaba por un puente de madera que se levantaba sobre el río de
igual nombre y era la puerta de ingreso por uno de sus
extremos.
El aspecto del lugar era más simpático que el de Marinilla y sus
casas más grandes y cómodas. Esto fue lo que comprobé en el hogar
del comerciante más importante de esta ciudad.
En mis manos tenía yo una carta de recomendación que me dio el
señor Hauswolff dirigida a este comerciante, un notable criollo. El
recibimiento que éste me hiciera concordaba perfectamente con la
descripción que de él tenía. Todos mis compatriotas ensalzaban su
carácter, hospitalidad y benevolencia, cualidades que él mostraba
hacia sus invitados y aún seguía manifestando.
Esta amistad con los suecos es importante de valorar, más aún,
tratándose de uno de los comerciantes más prósperos y excelente
ciudadano no solo de la provincia de Antioquia sino de toda la
República; así es como el nombre de don Pedro Sáenz es tan conocido
por la solidez de sus negocios y por su excelente atención y
amistad.
Una vez instalado en mi habitación, situada en un lugar
preferencial y muy bien equipada, fui llamado a comer. El almuerzo
siempre se sirve aquí más temprano que en los climas calientes.
Cosa importante era la costumbre de servir sopa, que antes no había
vivido.
En el transcurso de la comida me. presentaron al conjunto
familiar, que consistía en la dueña de casa, dos hijas mayores y
algunos niños de menor edad. Toda la familia, pero en especial sus
componentes más pequeños, se distinguían por la blancura de su piel
y el colorido de sus mejillas, cosas que no había notado en
Colombia, ni siquiera en los extranjeros residentes en esta
nación.
Sin embargo, tal hecho pudiera ser explicado porque el frescor
del clima otorgaba una blancura y rubor ya casi imperceptibles en
sus propios antepasados. Tal efecto pude comprobarlo en un paseo
que realicé por la tarde. En varias ocasiones contemplé caras de
niños y mujeres mirando por las ventanas sin vidrios, que me
hicieron pensar en que serían un excelente adorno en las ventanas
del norte de Europa.
Dejándome llevar por una de las calles más amplias llegué hasta
el otro extremo de la ciudad, desde donde un camino se prolongaba
hacia una loma cubierta de pasto, en que se levantaba un
cementerio. Un muro blanco rodea el lugar, lo mismo que una que
otra casa pequeña. Era de una grandiosa hermosura y de un orden y
cuidado esmerados. Indudablemente debe admitirse que es uno de los
cementerios más lindos que se pueden encontrar.
De regreso a la casa del señor Sáenz encontré a toda su familia
reunida en un salón excelentemente amoblado y destinado a dejar
transcurrir la tarde bajo amena charla. Dicho salón se convertía en
una necesidad, ya que debido al frescor de las tardes no era
posible reunirse a conversar fuera de las casas, como era la
constante observada hasta ahora.
Encontrar un salón de tal exquisitez, enclavado tan al interior
de Suramérica, amoblado y decorado con una pompa cercana a la
europea, resultó verdaderamente inesperado. Especialmente cuando se
comenzaron a contemplar un sinnúmero de espejos, lámparas de
colgar, mesas, sillas y un piano de cola. Muebles y cosas que solo
pueden haber llegado hasta aquí en las espaldas de los peones.
Recordar lo dificultoso del trayecto, que permanecía demasiado
fresco en mi memoria, y encontrarse en medio de tal lujo, era algo
inexplicable. Era como oír aquel cuento infantil que narraba que
luego de recorrer tierras salvajes y atravesar el oscuro bosque se
llegaba al castillo brillante y hechizado.
Lo que más me sorprendió hallar fue el inmenso piano de cola. De
una parte por la tremenda dificultad que era el traerlo, pues
llegar hasta estas tierras con un mueble de tal proporción
constituía empresa de titanes; y de otra, porque aún no había
logrado ver ninguno de ellos en Colombia.
Consideré que era un lujo innecesario, ya que nadie podía sacar
notas diáfanas del instrumento y todo cuanto lograban tocar eran
unos ritmos de valses aprendidos al oído, por lo cual el piano
desafinado demostraba que se estaba exhibiendo la riqueza del dueño
más que las virtudes de aquel.
Pronto el piano cedió su lugar a una caja musical alemana que
comenzó a deleitarnos con su bello sonido, la cual no necesitaba de
ningún talento para ser manejada, y por lo demás resultaba más
adecuada para este país, tanto más si estaban iniciando sus pasos
en el mundo del arte.
La noche que pasé junto al círculo familiar resultó muy
agradable. Cuando me despedía para retirarme a mi habitación, el
dueño me llevó a contemplar un libro semejante a la Biblia que se
encontraba sobre una mesa, al tiempo que me preguntaba sonriendo si
lo conocía.
La pregunta me sorprendió bastante, ya que la educación y
conocimientos de quien la hacía no ofrecía sospechas como la de
aquel bodeguero de Juntas, al consultarme si yo era cristiano.
Afortunadamente me vi exonerado de responder cuando al abrir la
gruesa tapa de cuero quedó al descubierto una hoja con grandes
títulos en letras rojas que decían: “El ingenioso hidalgo Don
Quijote de La Mancha”.
Lo que ante mis ojos se ofrecía era una pomposa edición, con
gran cantidad de grabados, que daba a conocer las aventuras de este
universal personaje. Hube de decir que si bien era cierto había
leído las aventuras del caballero de Cervantes, no había tenido
anteriormente la ocasión de tener en mis manos tal obra escrita en
su lenguaje original. Ante esto el dueño de casa me dijo que la
llevara a la habitación para poder hojearla, cosa que hice hasta
que el llamado del sueño me obligó a cambiar la obra maestra de
Cervantes, con sus esquinas de cobre, por la cama, más atractiva
con sus sábanas, colchón y frazadas.
A las siete de la mañana me despedí de mi honorable anfitrión,
que ya estaba ocupado en su sala de estudio. Otra cosa que
resultaba extraña en este país era que aquel tenía una excelente
biblioteca compuesta de libros en español, francés e inglés,
idiomas los dos últimos que comprendía bastante bien y hablaba de
manera aceptable.
Tras recibir los envíos de saludos para mis compatriotas, con
los cuales partía a reunirme, dejé esta hospitalaria mansión, y
pronto estuve en las afueras de Río Negro. Olvidaba mencionar que
esta ciudad poseía una población de seis mil habitantes, algunas
casas grandes, muchas iglesias y una hermosa catedral recién
levantada. En definitiva se podía considerar a Río Negro, después
de Medellín, como la ciudad más importante de la provincia. Su
clima era el más agradable, puesto que el termómetro a mediodía
raras veces superaba los veintidós grados y a medianoche no bajaba
más que hasta doce grados.
En sus comienzos el camino se extendía por un vasto campo con
espacios para el pastoreo de animales. Esta zona mostraba cierto
bienestar, ya que en todas direcciones podían verse casas con sus
trozos de tierra, rodeadas de jardines, plantíos y campos de maíz,
además de algunos animales, protegidos por cercos que deslindaban
las tierras de uno con las del vecino. En todo, resultaba ser un
paisaje simpático para el viajero.
El camino comenzó a subir por las laderas cordilleranas, ya
empezaban a aparecer los ribetes andinos del nuevo tramo.
Posteriormente el sendero fue adquiriendo mayor complejidad, por lo
que tuvimos que hacer el trayecto lentamente, incluso detenernos en
una de las casas encontradas a la orilla, donde se hizo necesario
el descanso.
En un principio se tiene una amplia vista sobre Río Negro,
Marinilla y toda la planicie hasta los cerros cercanos a Ceja, pero
pronto los bosques y la montaña dominan el paisaje. Casi al
mediodía llegamos a la cumbre, donde el camino se extendía sobre un
plano más parejo y horizontal, en medio de árboles y arbustos que
debido a su menor tamaño le daban un aspecto más rígido a la escasa
vegetación que existía. Además de todo el frío que hacía, debido a
la altura, empecé a darme cuenta de que aún quedaba un tramo por
ascender.
Cuando llegamos al cerro de Santa Helena, desde donde se tenía
una visión impresionante sobre el valle, nos embargó una emoción de
belleza inenarrable. Esto era inmensamente más hermoso que lo
observado en Ceja, tanto por la altitud como por la riqueza del
cuadro que allá abajo se exponía. Si el valle del Río Negro parece
el compromiso del país con la hermosura, el que se me ofrecía a la
vista era el paraíso. Desde aquí me parecía uno de los escenarios
más bellos en que pudiera descansar la vista
humana.
Su descripción resulta imposible, lo que ocurre cuando debemos
usar el lápiz en reemplazo del pincel. Como si el borrador de un
cuento inconcluso complementara los detalles de una pintura
acabada.
Desde ambos costados del mirador se extendían montañas, bosques,
paredes rocosas y abismos que formaban un semicírculo en intenso
contraste con la uniformidad de la cordillera lejana, que a medida
que avanzaba tomaba tonos de claridad mayor. La vista empezaba a
descender por las pendientes y sembrados que alcanzaban tonos de
verde claro hasta llegar a los pies de las casas, alamedas y
plantaciones que rodean el valle como un anfiteatro que reposa con
sonrisa infantil en medio de este jardín ideal.
Como si tuviéramos en las manos un mapa, se ven los prados,
arroyos, alamedas, cuestas, bosques, campos de cultivo,
plantaciones, casas de campo y chozas, mezclándose en forma tan
exuberante que los ojos no saben dónde detenerse y avanzan
siguiendo el recorrido del río Nechí que, cual una cinta de plata,
descansa a un lado de Medellín, enclavado con sus casas rojas y
blancas en el centro del paraje.
El viajero sorprendido desearía solamente extasiarse con tamaño
abanico de belleza, pero debe iniciar el descenso, que tendrá como
duración cerca de dos horas, durante las cuales este despliegue se
desarrolla más cercano y hermoso. Es de este modo como se llega a
la contemplación de una gran cascada que, después de recolectar
otras menores, deposita sus aguas en el Nechí. Al llegar a un
puente situado más abajo comienzan a distinguirse las diferentes
especies de árboles y plantíos. Así, se encuentran alamedas,
arboledas compuestas por limoneros y naranjales y campos sembrados
de plátano, maíz y caña de azúcar.
El aire que en las alturas era frío, ha adquirido un suave calor
primaveral y los árboles y arbustos de mayor altura anuncian un
clima más suave. A pesar de la impaciencia por llegar pronto al
valle, nos detuvimos muy poco, apenas lo necesario para que los
caballos tomaran aliento. Dos horas después bordeábamos la antesala
de tantos atractivos.
Un sendero con menos pendiente y más ancho, acompañado por altos
cactus y flores silvestres nos conducía a la ciudad. Pasábamos por
naranjales, dulces y agrios, que con su aroma perfumaban el aire
tibio. Pronto las casas comenzaron a encontrarse unas con otras
hasta que se perdieron en las calles de la ciudad de Medellín.
Pasando algunas que nos condujeron hasta la plaza principal, se
llegaba a una larga y recta donde estaba la residencia del señor
Hauswolff, que entonces vivía en una grande y bien situada. Allá
llegué a las tres de la tarde, teniendo el placer de encontrar al
matrimonio Hauswolff y a dos compatriotas, los señores Nisser y
Zimmerman.
Para no interrumpir la descripción de este viaje no me detendré
a narrar lo indescriptible de tal encuentro, ni la manera tan
simpática de vivir que existía en la casa colombo-sueca. Dejaré
estas apreciaciones para una segunda visita, esperando que una
estada más larga me ponga en mejores condiciones de analizar tanto
a la colonia sueca de residentes como a su cuartel general que era
la ciudad de Medellín.
Transcurridos tres días de permanencia aquí seguí viaje hacia el
interior, a las ciudades de Antioquia y Santa Rosa, en compañía de
un compatriota. En la tarde del 4 de marzo tuvimos cargadas
nuestras mulas y dejamos a Medellín para alcanzar a llegar al
municipio de Alto Viejo antes del ocaso.
Este último se halla ubicado en la parte norte del valle; luego
de pasar un puente de piedra construido en uno de los extremos de
la ciudad sobre las aguas del Bocana, se sigue la ruta sembrada por
todas partes de árboles que forman una preciosa
alameda.
Más distante se encuentra una construcción con base de piedra,
un tanto abatida por el tiempo, donde al comienzo de la revolución
de la Independencia existía una fábrica de pólvora, que ahora está
cerrada, debido a que el gobierno considera mejor monopolizar el
producto y comercializarlo por cuenta
propia.
Desde este punto se tiene una vista impresionante del hermoso
valle de Medellín, donde la ciudad capital muestra sus torres,
iglesias y casas con una mejor perspectiva que la tenida desde el
cerro de Santa Helena. Abandonando esta altura, el camino se curva
a la izquierda pasando por un puente de madera sobre el Nechí, que
corre inclinado hacia el noroeste, separándose del que lleva a Alto
Viejo, sitio al cual llegamos al tiempo con el
ocaso.
Este pueblo está asentado en tierras fértiles, limitadas por el
Nechí y por la cordillera que le separa del río Cauca. Se puede
considerar como una prolongación del valle de Medellín, y lo rodean
grandes pastizales y productivos campos de maíz y bananos. Un
arroyo claro buscaba su salida hacia el
Nechí.
Todo el lugar mostraba, junto con el bienestar y la amabilidad,
una limpieza y cuidado que caracterizan a los poblados grandes de
Antioquia y tanta falta hacen a los situados en las márgenes del
Magdalena y en las tierras bajas de la costa, donde el clima
caluroso —unido a la pereza de los habitantes— ayuda al
desaseo y descuido de ellos.
Nos hospedamos en una de las mejores residencias de aquí.
Pasamos una noche muy agradable, en conversación amena con los
dueños de casa, y aunque el clima no era tan frío como en Rionegro,
se requería estar precavido, por lo cual era necesario andar
siempre con ruana y alguna frazada. La primera es un implemento
necesario en las ciudades cordilleranas, así como lo es la hamaca
en las tierras calientes, hoy convertida en una prenda
sobrante.
La ruana también puede ser usada como frazada y resulta una
excelente compañía por estas tierras de clima un poco más frío, ya
que colgada sobre los hombros no causa molestia, y protege tanto al
jinete como a la montura. Además su tejido es lo suficientemente
tupido como para evitar bastante el paso del agua lluvia. Encontrar
un jinete sin su ruana sería algo verdaderamente
inusitado.
A la mañana siguiente, a eso de las cinco y media, estábamos
transitando otra vez nuestro sendero, que nos llevaba a Copacabana,
un bellísimo municipio, que se alza al otro lado del Nechí,
sembrado de bananeras y cañaverales. Frente a este el camino se
dividía en dos, uno hacia Santa Rosa y el otro hacia
Antioquia.
Tomamos el segundo de ellos, que se adentraba semejando una
extensión de la loma del cerro Cantador. Poco a poco este empieza a
hacerse más escarpado, hasta que se llega a su cima, la cual
alcanzamos luego de dos arduas horas de subida. En esta cumbre
existía un amplio campo, llamado Sabana de Ovejas, nombre que no
era exacto, pues no se encontraban ovejas por ningún sitio. Tal vez
la altura y el clima serían buenos para la crianza de éstas. Por lo
demás, nuestras mulas se acostumbraron bastante bien al clima; al
igual que nosotros, que pronto tuvimos que desayunar, pues la
altura cordillerana despertó con gran fuerza nuestro
apetito.
Tras una hora de descanso, seguimos el viaje. Pasamos por el
Cerro Gallinazo cerca del mediodía, desde el cual teníamos una
buena vista del valle del Cauca, que verdaderamente opacaba la
belleza del valle de Medellín. Quizás éste último presenta mayor
riqueza, o atractivo, pero el valle del Cauca es mucho más extenso,
sublime y majestuoso. Si bien es cierto que la vista del de
Medellín infundía deseos de un pronto arribo a él, la del Cauca era
de gozosa admiración, al tiempo que causaba una gran aversión
tratar de bajar de estas alturas que tanta belleza
presentan.
Hacer una comparación de las visiones relatadas, de Ceja, Santa
Helena y esta del Gallinazo, produce una sensación muy parecida a
la de un inteligente vendedor de objetos valiosos que comienza
ofreciendo sus artículos pequeños, para ir en seguida
sobrepasándolos en calidad y tamaño, pero siempre manteniendo en
alto el interés del comprador. De igual forma la presencia de este
valle es una obra maestra para el viajero. Todo lo que observaba me
parecía fastuoso: las diferentes profundidades de los valles me
recordaban aquel campo frío situado a un costado de Ceja, la
tibieza de Medellín y la calidez del clima del Cauca. Era una
verdadera escala.
En Ceja no se producían los frutos de tierras calientes. En
Medellín ya se veía prosperar los plátanos, y en el último, recién
conocido, se observaban las palmeras. Esto parecía verdaderamente
algo natural. De tal comparación se puede subentender que jamás he
tenido ocasión de dar una mejor descripción de la
naturaleza.
Cerca del mediodía se levantó una delgada neblina sobre las
alturas. Al principio era uniforme, entre blanca y gris, que
impedía mirar; pero poco a poco se dividía por una débil brisa y al
final semejaba pequeñas nubecillas albas flotando alrededor de un
cielo nítido. Se deslizaba hasta las profundidades del valle, por
entre aquellas inmensas paredes rocosas que se erguían en el
horizonte.
Estas formas montañosas permitían distinguir y apreciar la
diferencia climática, que dependía de la altura, por lo que iba
variando desde lo más alto y frío hasta lo bajo y caluroso. De allí
que pudiera notarse que las cimas de zonas heladas generalmente
estaban peladas, cubiertas apenas por delgados y finos trazos de
pasto, o adornadas con arbustos bajos y espinosos y algunos árboles
parecidos a enanitos que extendían sus ramas
torcidas.
Más abajo el verdor empieza a mostrar frescura y abundancia. Los
árboles resultan ser hidalgos. Cuando llegamos allá al fondo, a lo
más bajo, notamos que Ceja y Rionegro han quedado atrás.
Encontramos vastos pastizales y numerosos animales paciendo;
extensos maizales y bien cuidadas plantaciones que hacen coro a las
casas amplias y alegres que se acercan, casi tocándose, hasta
finalmente fundirse junto a los pequeños poblados que uno va
descubriendo a orillas de los torrentes, ahora con mayor afluencia
y belleza.
Finalmente el clima es más caluroso y en los espacios entre los
cerros y el valle empiezan a verse las bananeras extensas y los
arrozales, sombreados por limoneros y naranjales, compitiendo con
el valle de Medellín.
En el centro del lugar, rodeado de álamos, se ve la ciudad de
San Jerónimo, que con sus techos rojos hace una grata interrupción
a la exuberante vegetación de sus alrededores, y se torna más
notoria una vez que se alcanza el valle hondo, reconocido por ese
escenario tropical de la caña de azúcar tierna y los enormes cedros
que toman su vida de las aguas del ancho río Cauca, al otro lado
del cual se halla Antioquia, con sus paredes y techumbres
brillantes que reflejan los rayos solares, anuncio del intenso
calor concentrado en el fondo del valle.
Como asustados de seguir tanta belleza, la misma que se
prolongaba hasta su desaparición allá en el horizonte, nos
limitamos a frenar nuestra hambrienta vista, y nos vimos obligados
a regresar a la realidad de nuestro derredor. De ese modo volvimos
a encontrarnos en esta cima, desde la que gozáramos tanto con tal
cuadro, extendido sin egoísmos.
El placer que sentimos cuando nos pusimos a intercambiar
opiniones fue inmenso. Nos correspondió hacer realidad la máxima de
aquel autor que dijera: “La contemplación de un paraje bello
siempre estará acompañada de la necesidad de exclamar: ¡ Ah, qué
hermoso paisaje ¡”. La realidad sea dicha, que toda la escena
se vio aumentada porque ahora ya no solo se comentaba con un amigo,
sino que en vez de hablar con un nativo podía hacerlo con un
compatriota y en la lengua natal.
El descanso fue corto y nuestra cabalgata tuvo que proseguir. El
descenso nos fue mostrando nuevos mundos de hermosura. Ahora
estábamos leyendo en el mismo libro. Aquí entraban en función todos
los sentidos. La vista comparaba las distintas especies de plantas
y árboles; el olfato se encargaba de la diversidad de perfumes,
clasificando los olores del pasto de la cordillera, de los prados
más bajos y de los penetrantes que emanaban los rosales, los
limoneros y naranjos; y dejando estos para analizar las diferencias
climáticas entre la altura y esta zona baja, que ya alcanzaba los
matices del verano y pronto ya no se consideraba tan agradable
debido al calor que hacía.
Así fue como entretenidos con el paisaje, nuestro descenso se
hizo muy alegre y después de haber pasado varias casitas y algún
pequeño poblado, entramos a San Jerónimo, donde decidimos
interrumpir la jornada, debido al intenso calor que nos acompañaba.
De este modo nuestro viaje a Antioquia se suspendió hasta el día
siguiente.
Nos dirigimos hacia la casa cural, en la cual encontramos al
párroco y a sus hermanos religiosos, como miembros de una familia
que debería estar prohibida por lo numerosa. Luego de cenar
ocupamos los lugares respectivos en las hamacas, transformadas otra
vez en artículos necesarios, toda vez que la temperatura fácilmente
alcanzaba los treinta grados.
Las tierras de San Jerónimo están consideradas como de las más
fértiles y son muy conocidas por las excelentes cosechas de arroz.
Sus casas presentan fachadas graciosas pintadas de blanco, con
puertas y ventanas de colores muy fuertes. El lugar, después de
acostumbrarse a su calor, es uno de los más simpáticos de la
región.
Serían cerca de las seis de la mañana cuando ya estábamos
montados. Habíamos cambiado nuestras mulas por caballos, pues el
camino no se adentraba por montañas, así que muy pronto perdimos de
vista al Gallinazo y la perspectiva del valle del
Cauca.
La actual vista, si bien no resultaba tan amplia como la de
ayer, era también agradable y dejaba frente a mí la gran ciudad de
Antioquia, con su soberbio paisaje que hacía relucir con mayor
fuerza los sectores ricos de la ciudad, todo ello acompañado por la
salida del sol que ya hacía sentir sus fuerzas. Nos detuvimos a
descansar brevemente bajo la sombra de un enorme cedro cuya copa
era tan grande que perfectamente podría haber dado sombra a un
escuadrón completo. A las nueve de la mañana llegamos a la margen
derecha del río Cauca, que con velocidad uniforme transportaba su
masa de agua gris y amarilla por entre sus bajas
playas.
Este lugar, pese a ser llamado Paso Real de Antioquia, no está
de acuerdo con su nombre. La anchura no es excesiva, pero al no
existir puente ni balsa, debe hacerse el paso a la otra orilla a
bordo de una embarcación impulsada mediante dos remos totalmente
deformados, en la que solo pueden ir personas y no animales. Estos
deben realizar el cruce a nado, para lo cual se les une con un
cabestro a la barca.
Apenas entramos al agua nos cogió la corriente que llevaba una
velocidad poderosa, por lo cual debíamos hacer grandes esfuerzos,
al igual que las cabalgaduras, para no ser arrastrados. La
navegación duró algunos momentos y cuando al fin llegamos a la
orilla opuesta, resultó que nos encontrábamos por lo menos a unas
cinco veces la distancia del lugar del embarque respecto del de
desembarque del ancho del río.
Una vez cargados nuestros caballos, reanudamos el viaje a través
de una ruta ancha y pareja que pasaba por lugares de abundancia y
bien cuidadas plantaciones de azúcar, arroz, plátano y maíz. Las
casas estaban sombreadas por frondosos árboles: cedros y palmeras,
además de algunos limoneros y naranjos
agrios.
Después de una hora de cabalgata llegamos a Antioquia, bañados
en sudor, casi al filo de las doce y nos dirigimos a recibir la
hospitalidad de un comerciante criollo, de nombre
Fermín.
Dicha ciudad, también llamada Santa Fe de Antioquia, está
situada en la margen izquierda del Cauca. Tiene cerca de cuatro mil
habitantes y hasta el año de 1825 fue capital de la provincia.
Posee cuatro iglesias, además de hermosas y grandes construcciones.
Muchas de sus casas tienen amplios patios plantados de árboles. Su
clima es caliente y muchas veces el termómetro supera los treinta y
cinco grados. A pesar de esto, es un sitio saludable, mucho más
sano que las orillas del Magdalena, y el aire no es tan húmedo como
en éstas.
No se encuentra mayor cantidad de mosquitos, y así, al no
necesitarse mosquitero, es este lugar uno de los más agradables de
tierra caliente. Un pequeño río, el Tonusco, recorre la ciudad, a
la vez que la provee de agua. Su corriente es tan impetuosa, que
fuera de los bueyes no hay otros animales capaces de
atravesarla.
El comercio no tiene gran importancia y todas las mercancías
deben ser traídas desde Zaragoza o Juntas. De ahí que han
proyectado abrir una ruta desde el golfo Darío,
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a través del río Sucio, por el
cual se podría solucionar el problema del
transporte.
Tan importante plan parece que no se realizará pues el Congreso
no quiere permitir esa comunicación porque piensa que se abriría un
sendero que puede ser aprovechado por los españoles. Si el gobierno
tomara en cuenta tal aspecto defensivo y se hiciera extensivo a
todo el país, habría que proceder a la destrucción de todas las
ciudades y pueblos que se encuentran en las riberas del Magdalena,
ya que ante la imposibilidad de secar este para evitar la invasión
española solo quedaría la solución de la destrucción de los
poblados. No se puede negar que las razones del Congreso van
demasiado lejos y negar las posibilidades de desarrollo por el solo
argumento de que puede ser usado por el enemigo, termina siendo una
locura tan grande como la justificación. Es como si un general no
llevara sus cañones al campo de batalla porque podrían caer en
manos enemigas y ser usados más tarde contra sus propias
fuerzas.
Nos quedamos un día más en Antioquia, y de ahí salimos al
amanecer del 8 de marzo en dirección a Medellín, pasando por Santa
Rosa. Cruzamos el Cauca por el mismo punto anterior y al encontrar
un desvío del camino tomamos la ruta de
Sopetrán.
Una serie de plantaciones fueron quedando a nuestras espaldas, y
llegamos a dicho pueblo cerca de las nueve de la mañana. Entregamos
los caballos a fin de ser reemplazados por mulas, ya que para el
sendero montañoso que nos esperaba eran de mayor provecho estas
últimas. Descansamos unos instantes en Sopetrán, que nos pareció
muy semejante a San Jerónimo.
Una vez reanudada la marcha, el camino comenzó a tomar un
carácter de subida muy pendiente, a través de un cerro cubierto de
verdor que nos acompañó por espacio de una hora. Aquí arriba ni un
árbol o arbusto impedía la vista hacia el Valle, Antioquia y el
Cauca, así como a Sopetrán, San Jerónimo y el cerro
Gallinazo.
Si no nos hubiéramos alegrado íntimamente de las bellezas que se
presentaban ante nosotros, nos quedaría el consuelo de que en cada
tramo donde debíamos hacer descansar las mulas quedaba la
posibilidad de gozar observando el paisaje, ya que a cada instante
se descubría un nuevo detalle. Finalmente llegamos a las alturas
que estaban protegidas por la sombra verde de las copas de los
árboles, la misma que nos impedía extender a mayor distancia
nuestra visión. Así caminamos hasta que nos detuvimos en una
pequeña casa solitaria, donde el calor era menor, ya por la altitud
o por los árboles que la rodeaban y
protegían.
Después de que almorzamos y nos refrescamos seguimos avanzando.
La ruta era bastante escarpada, con muchas curvas y recovecos, que
nos hizo recordar el camino entre Juntas y Ceja. De modo que en
varias ocasiones tuvimos que apeamos para que las mulas lograran
avanzar, ya que de otra manera no hubiera sido posible hacerlas
caminar por entre tantas piedras y
dificultades.
La situación duró hasta cerca de las tres de la tarde, cuando el
plano volvió a ocupar nuevamente su puesto. Transcurrido un pequeño
lapso, el sendero comenzó casi imperceptiblemente a descender,
llevándonos hasta unas casas que daban nombre al sitio de Santo
Domingo.
Como albergue tomamos una choza pequeña, en donde, tras comprar
maíz para las mulas y algunos huevos para nosotros, nos dispusimos
a reemplazar la comodidad de las camas de cuero por la nueva cama
de hermanos apretados en gran estrechez. Por supuesto que el frío
nos impidió dormir bien. El tiempo estaba tan helado por la mañana
que apenas faltaba un paso para formarse la escarcha. Esto se
comprueba llevando el termómetro al punto de congelación, para lo
que ayuda mucho el rocío matinal que forma en el suelo pequeñas
capas de escarcha.
Imposible sería negar que en esta provincia no puedan conocerse
en un mismo día todos los tipos posibles de clima. Aquí cambiar de
temperatura es como encender o apagar un horno, ya que quien desea
desayunar en una habitación bien tibia, almorzar en un comedor
atemperado y pasar la noche en un dormitorio helado, necesita
solamente hacer el viaje que nosotros hemos realizado: desayunar en
Antioquia, almorzar en una casa montañesa y dormir en una de Santo
Domingo. De esta manera no tendrá que preocuparse de corrientes ni
de humo, de falta de apetito ni de ganas de dormir, pues el
ejercicio le ayudará a vencer algunos de esos
deseos.
Ahora bien, analizado desde un punto de vista filosófico, el
viaje no tendría tanta atracción si no se viviera la experiencia de
conocer tal variedad de climas y tanta exuberancia
natural.
Muy temprano abandonamos la choza y después de bajar algún
trecho por los cerros húmedos nos encontramos frente al Valle de
los Osos, en medio del cual está situada la ciudad de Santa
Rosa.
Todo el valle está cubierto de minas de oro que fueron
clausuradas. En algunas se continuaba trabajando, aunque a niveles
mínimos. La soledad del paraje encuadraba la búsqueda de ese
esquivo metal precioso.
La vegetación era escasa, solo se encontraba un pasto delgado,
seco y muy de vez en cuando algún arbusto doblado por la acción del
tiempo, como soportando una enorme carga. Las lomas altas están
absolutamente limpias de vegetación y tienen hoyos cavados por
todos lados que muestran al viento su tierra amarilla, con
tonalidades de greda, de donde sacan la arena que emplean para
descubrir el oro.
Por el momento diré que este trabajo ya no es tan fructífero
como pudiera creerse. En general se puede decir que los buscadores
de oro no son los más ricos de la provincia sino muy por el
contrario.
Una vez atravesado el río Chico, cuyo curso que domina el valle
trajo una agradable interrupción a esta sequedad del paisaje,
alcanzamos la ciudad de Santa Rosa, cuyas casas no estaban tapadas
por bosques ni nada que se les
pareciera.
Cuando habíamos atravesado la mayor parte de la ciudad, nos
detuvimos frente a una de las casas más elegantes, donde fuimos
recibidos por su amable dueño, el que al saber quiénes éramos nos
atendió con excelente comida, que vino a aplacar el apetito surgido
tras la larga espera y la bondad del clima.
Con un poco más de mil habitantes, es una ciudad hermosa, aunque
pequeña. Su ubicación es una de las de mayor altitud del país, como
que está a nueve mil pies sobre el nivel del mar. Por supuesto el
clima es frío y el termómetro jamás pasa de los veinte grados al
mediodía, pero por las noches baja más allá de cero
grados.
Durante la temporada de lluvias y temporales los rayos suelen
causar más de un accidente. Por su escasez vegetativa debe traerse
hasta acá la mayor parte de los alimentos. Su único artículo de
valor es la arena de oro. Es casi seguro que esta debe haber sido
la razón de la fundación de una ciudad con características tan
limitadas.
Cuando ya habíamos recuperado las fuerzas reanudamos la marcha
para dirigirnos hacia Medellín. Al pasar algunas casas entablamos
conversación con un viejo que vivía del lavado de oro y cuyo tema
favorito eran las minas, vetas, oro, etc. Aprovechó la oportunidad
para mostrarnos un poco de arena aurífera guardada en una bolsita
de cuero que escondía en un viejo armario. Este último además de
una mesa y unos pocos asientos componían los muebles de esta vieja
casa. Compartía sus pertenencias y las horas con otro minero, de
edad avanzada, avaro y solitario, que era su propio yo, y se
acompañaba de algunos trabajadores que tenían a su cargo el laboreo
de la mina.
Debimos soportar una noche tan fría como desagradable, por lo
que sentimos cierto alivio cuando emprendimos nuestro camino en
dirección a los pueblitos de Trinidad y La Pastora, que eran
residencias de mineros y de sus patronos. Estos últimos permanecían
cortas temporadas, ya que solamente venían acá para supervisar el
trabajo, y su estada dependía de ello.
Por la tarde nos entrevistamos con uno de los capataces de la
mina, el cual ordenó a uno de sus obreros que nos hiciera una
demostración de lavado de oro.
Para esta labor se usa un plato grande de madera, llamado batea,
con un diámetro de unos cincuenta centímetros, donde se deposita la
arena. A continuación le echan agua encima y empiezan a hacer
movimientos circulares, con los cuales se van separando las
partículas de tierra. Algunas resbalan y se deslizan por fuera de
la batea mientras que la arena más pesada permanece en el centro o
va depositándose en el fondo.
La operación de agua y movimiento circular se repite hasta que
solo quedan arena y tierra, de un color gris oscuro, entre las que
se separan las partes brillantes, que son el oro, con la sola
inclinación del plato de madera. Claro que la cantidad recogida es
verdaderamente insignificante comparada con la gran porción de
tierra que se coloca en él para limpiar.
El valor de todo este trabajo no alcanza a un real. La arena que
se ha escurrido también tiene su valor, que alcanza a unas cuatro o
cinco piastras por cada veinticinco libras de peso. Como
descripción general diré que el único artículo de exportación de
Antioquia es el polvo y la arena de oro.
Volvimos a pasar una noche helada en Trinidad, pero continuamos
hacia Medellín, por una zona cubierta de bosques que bajaba hasta
el valle, sobre el que se deslizaba el río Grande, cuyo torrente
pasa por entre inmensas rocas que aglutinan y compactan sus masas
de agua. En uno de esos sitios funciona una mina de sal bastante
rica, que produce unas setenta y cinco libras de sal por
día.
Desanduvimos un trecho más de camino, pasando por un puente
desde el cual podía verse la fuerza de las aguas y la imperfección
de este. De allí que en lugar de dinamitar rutas hayan pensado en
abrir nuevas brechas transitables, que ayudarían además a llegar al
fondo del salto que debe contener mucha arena de
oro.
El sendero comenzó de nuevo a ascender. Atravesamos paisaje
bello hasta un San Pedro, ubicado en la cima. Descansamos unos
instantes y comenzamos el descenso por El Cantador, el mismo que
tres días antes habíamos subido, solo que un tanto más desviado
hacia el flanco derecho.
Después de dos horas de constante zigzagueo, tomamos nuevamente
el sendero en dirección a Alto Viejo, ciudad que pasamos algo antes
del ocaso.
Bajo un cielo estruendoso, señal de aviso de un próximo
temporal, hicimos nuestra llegada. Envueltos en ruanas e iluminados
por los intensos relámpagos, a las siete de la tarde estábamos
caminando por las calles de Medellín.