INDICE





INTRODUCCIÓN

VIAJE POR COLOMBIA

PRIMERA PARTE
Capítulo I - El embarque
Capítulo II - Cartagena
Capítulo III - Santa Marta
Capítulo IV - Viaje de Santa Marta a Cartagena
Capítulo V - Cartagena
Capítulo VI - Viaje de Cartagena a Mompós
Capítulo VII - Mompós
Capítulo VIII - Viaje por el Magdalena
Capítulo IX - Viaje por el alto Magdalena
Capítulo X - Viaje por el alto Magdalena y el río Nare

SEGUNDA PARTE
Capítulo XI - Viaje por los Andes
Capítulo XII - Viaje a través de la provincia de Antioquia
Capítulo XIII - Medellín
Capítulo XIV - Viaje desde Medellín a Bogotá
Capítulo XV - Bogotá
Capítulo XVI - Colombia antes de su emancipación
Capítulo XVII - La República de Colombia
Capítulo XVIII - Los habitantes y la población de Colombia
Capítulo XIX - Visitando el Salto de Tequendama
Capítulo XX - Viaje de vuelta a la costa
SEGUNDA PARTE | 
 

 

PEONER I AN DISKA BERGEN.

 

CAPITULO XI 

 

|VIAJE POR LOS ANDES

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Una tarde agradable y reposada inundaba el espacio, llenando de romanticismo la atmósfera, mientras el sol bañaba por completo la bodega existente en Juntas. 

El sol, como en un descenso apresurado, estaba ya sobre las copas de los árboles que además de cubrir las espaldas de la cordillera constituían la ribera izquierda del río Verde. En la lejanía una pálida luz anunciaba la llegada de la luna, que pronto se erguía con su magnífica belleza por sobre las escarpadas paredes rocosas, reflejándose en el Nare, ubicado a los pies y en cuya agitada corriente de remolinos y aguas inquietas parecía un trazado de plata enclavado entre los montes oscuros, cubiertos de espesos bosques. 

El silencio era el amo de la situación; nada se movía. Ni aun el sonido constante de las aguas que recorrían las faldas de estas alturas era capaz de entorpecerlo. En realidad el lugar era un altar erigido al profundo silencio de la naturaleza. 

Sentado en el portón de la bodega durante un largo rato estuve gozando de tales delicias. Me felicitaba por haber acabado el largo y agotador viaje por el río. El clima me sentaba muy bien.

De improviso todo se interrumpió. Me levanté a observar qué producía el alboroto y descubrí que era la despedida de la piragua que me había traído hasta aquí. Así comprobé que mi relación con ellos había tocado a su fin. 

La pequeña embarcación se esfumó pronto en la lejanía; tan solo se escuchaban las voces de sus tripulantes, que poco a poco fueron debilitándose hasta desaparecer por completo. Nuevamente volvió la paz y el murmullo del río. 

Pese a lo maravilloso del sitio debía prepararme para reanudar el viaje, por lo cual traté de encontrar a mi muchacho de servicio, al que no veía desde hacía un buen rato. Lo busqué inútilmente y al preguntar por él al empleado del bodeguero, me contestó fríamente: “Se fue con la piragüita”. 

Tal acto me sorprendió, más aún si el muchacho en la travesía no demostró nunca tal actitud. En definitiva lo que causó tal separación fueron las respuestas que este mozo le entregó a mi muchacho acerca del tipo de viaje por las montañas y del frío existente. Es claro que como nacido y criado en las bajas y ardientes temperaturas del Magdalena, haya preferido volver en secreto a su querida tierra, con mosquitos y calor. 

Al encontrarme privado de toda la compañía anterior, tuve que buscar el acercamiento con los residentes de la bodega, que eran el encargado y dos sirvientes indígenas. 

El encargado era un criollo bastante simpático, con una cara alegre y una respetable barriga. Al saber la deserción de mi sirviente se ofreció a acompañarme el tiempo que fuera necesario, y cuando se enteró de mi nacionalidad, la amistad se estrechó puesto que conocía a todos mis compatriotas que anteriormente cruzaron por este sitio. 

Era un individuo bastante alegre y educado; por eso nunca nos faltó el tema de conversación. El estudio favorito del viejo era la geografía, en la que, honestamente, no estaba suficientemente instruído. Al no tener un mapa nos dimos a la tarea de dibujar los continentes sobre el piso de la bodega, con el filo de un machete. El mayor debate se centró acerca de la ubicación de Norteamérica. 

Para el viejo, que realizaba sus viajes desde Cartagena hacia el punto motivo del conflicto, la ubicación correcta era virar hacia la derecha. Por mi parte tenía todas las energías concentradas en demostrarle lo contrario. Finalmente le convencí, pero puso la condición de que pasara a un papel todo lo que dibujé en la arena, para no dejar algún punto de América colocado en un lugar inconveniente. 

El tema siguiente se aventuró hacia la política y tras compadecerme por no vivir yo en una nación libre, comenzó a hablar del actual poderío colombiano luego de haber expulsado a los “pendejos” españoles, sintiéndose feliz de vivir en la “República de Colombia”. Pendejo es uno de los peores epítetos que se le pueda dar a un español. Corresponde a nuestro truhán. Una vez escuché a un francés explicar el significado de tal palabra, pero al revisar todo su vocabulario, no logró encontrar alguna que le complaciera, por lo que, con gran justeza, me señaló: “Señor, pendejo es un mote o palabra que ningún español puede digerir”. 

Ante el desconocimiento de nuestra realidad por parte de mi interlocutor, tuve que asegurarle que la nación sueca no solo es una de las más libres de Europa sino que se jacta de ser la más antigua de las naciones libres actuales. El gritaba de admiración y sorprendido preguntaba: “¿ Cómo pueden ser libres sí no son republicanos ?”. 

De ahí que me viera obligado a convencerlo a través de razones y de datos concretos, aclarándole que aun cuando en el nombre no lo éramos, en la realidad resultábamos mejores que los colombianos; máxime si éstos carecen de la cultura suficiente para gozar de las libertades que la Constitución les asegura. 

En seguida la conversación giró hacia el aspecto religioso. El interrogó si los suecos son mahometanos, lo cual por supuesto causó hilaridad en mí y al preguntarle la razón para que pudiéramos tener tal creencia, afirmó: “Su rey Carlos XII era muy amigo de los turcos”. 

Ante semejante testimonio hube de contestar que el hecho de que nuestro rey habitara un tiempo junto a los turcos se debió a que tuvo que demostrar su rencor contra los rusos más que su aprecio real a los musulmanes. Además de argumentar que ningún sueco creía en Mahoma, la Meca o el Corán, y que si alguno hubiera tenido que escuchar las largas explicaciones sobre el Islam, con toda seguridad que no habría sido Carlos XII, ya que este era tan cristiano como el que más. 

Con todo, la conversación fue cambiando constantemente de tema, lo cual resultaba explicable pues demostraba el interés de mi interlocutor por aprender y enterarse de otras realidades. Tal forma de discutir, tan variada, era muestra típica de todas las capas sociales de este país. 

Al atardecer del día siguiente llegó una gran cantidad de peones, lo que me permitía programar mi salida para el nuevo amanecer. 

El camino por las montañas tenía grandes dificultades, por lo cual era complicado y prácticamente imposible transitar con mulas. Para ello se encuentran tipos que se dedican a cargar tanto a personas como mercancías por las alturas cordilleranes. Acostumbrados desde la niñez a cargar mercancías subiendo montañas, son capaces de llevar sobre sus hombros a personas como si fueran bultos de carga. Su fortaleza de soportar fardos de cerca de setenta kilos es largamente superada, ya que normalmente hacen reposar sobre sus hombros casi el doble de tal peso. 

Con tamaño lastre caminan entre cuatro y cinco días, casi sin descanso, desde la mañana hasta el atardecer, por caminos dificultosos de recorrer para cualquier otra persona, a la que le sería difícil sortear las trabas y obstáculos que ellos presentan. 

Debido a tal práctica, su cuerpo posee una complexión atlética, especialmente en la parte inferior, que se acerca mucho a una descripción de Hércules. La fuerza que poseen es fabulosa. 

Estos verdaderos habitantes de los montes componen una raza especial, harto separados del resto de la población, no solo en lo referente a su aspecto moral sino al físico. 

Poseen una piel clara, de un amarillo sucio, producto del clima que deben soportar y de la falta de mezcla de su sangrecon la de los negros. En sus rostros, un tanto alargados, los rasgos son muy expresivos y muestran un aire de bondad y melancolía que contrasta con el orgullo porfiado de los nativos. Creo que en pasajes posteriores, a medida que les vaya conociendo más, estaré en condiciones de dar una mejor imagen de estos personajes. 

Aquella misma tarde mi amigo el bodeguero eligió tres peones considerados por él como “muy buenos silleteros” y “muy buenos cargueros”. La distinción clasificaba separadamente a uno y a otros. O sea, uno de ellos era bueno para monta y los otros como caballos de carga. 

Por “silletero” se entiende a quien lleva sobre sus espaldas a las personas. Como “carguero”, al encargado de soportar el mayor rigor de peso. 

El silletero usa una especie de montura amarrada a los hombros, hecha de piezas de bambú aplanadas y liadas entre sí por varas de mimbre, cuyo largo es de unos tres pies y su ancho de uno; todo esto va sujeto a los pies. 

En la parte baja de la silla se amarra una tabla, en ángulo recto, que tiene las mismas dimensiones del ancho y la mitad de su largo. Vista así, toda la estructura semeja una silla sin patas. 

La primera parte mencionada forma el respaldo y la última el asiento. Dos fuertes bandas o cintas situadas en los extremos de ambas piezas mantienen todo en ángulo recto, sirviendo al propio tiempo de brazos a los que el viajero puede asirse. Un pedazo de bambú de un pie de largo, que cuelga, le sirve como apoyo para los pies, si es que quiere considerarse un jinete de caballería. 

Toda esta armazón cuelga del peón mediante tres cuerdas fuertes, dos de las cuales van amarradas desde los hombros, cruzando el pecho y retornando por la parte trasera de los brazos. Una tercera pita atraviesa por la mitad del espaldar y cruza luego por la frente del peón. Es en este punto donde se centra el mayor peso, ya que él carga mejor con la cabeza que con los músculos del cuello. 

Entre la espalda y la montura los silleteros colocan una tela de lana doblada. Fuera de esa pieza van completamente desnudos. Solo llevan unos pantaloncillos cortos, de lino, con un dobladillo sobre las rodillas, de modo que nada les pueda impedir el libre movimiento de sus piernas. 

La tarde se dedicó a comprar y preparar las sillas de los peones. Los implementos usados por los cargueros son mucho más simples de lo que se ha descrito. Generalmente consisten en un espaldón cuyo largo y ancho varían según el peso y tipo de carga. Muchas veces no son más que los ya mencionados, terciados en forma de cubos, y ese peso no debe exceder los sesenta y tres kilos, ciento veinticinco libras, aproximadamente. Claro que se les paga, más o menos, según el peso que deban llevar. 

Un transporte de ese tipo, desde Juntas hasta Cejas, a tres o cuatro días de viaje, equivale para un peón a un jornal de cinco a ocho piastras. En Ceja todo vuelve a ser cargado en mulas, pero en muchas ocasiones los peones transportan hasta el interior de la provincia, hasta Medellín, Santa Rosa y Antioquia, esta última ubicada en la margen del río Cauca. 

Esta medida de distancia es siempre indefinida, más aún en Colombia y especialmente en sus cordilleras, debido a las dificultades del camino, ya que se debe subir y bajar a todo momento. Para la presente ocasión puede evitarse tal dificultad pues se calcula la distancia por recorrer en poco más de treinta y dos kilómetros. 

Cuando mis maletas y mi persona fueron pesadas, acordamos el precio, que fue de cinco piastras para los cargueros y nueve para el silletero. Debo observar que uno no puede compadecerse de la persona que ha de transportar tanto peso, pues de ser así, al propio interesado le correspondería subir los cerros o distribuir la carga entre varios peones, lo que resultaría demasiado costoso, y además el conformar una caravana demasiado numerosa entorpecería el avance, ya que muchos lugares permiten tan solo el paso de un solo hombre cada vez. 

A las siete de la mañana del día 23 de febrero los tres peones estaban dispuestos para la salida y para complacer el gusto del bodeguero, que deseaba verme montado en la silla. Debo decir, excusando la expresión, que por primera vez subí a caballo en una persona. 

Uno debe sentarse con la espalda hacia el peón y colocar los pies en los estribos. Aproveché la oportunidad de despedirme de mi amigo el bodeguero cuando mi cargador avanzando muy rápido inició su marcha. Pronto perdimos de vista la bodega y su celador, quien me gritaba: “Cuidado, caballero, olvidó usted el freno y las espuelas”. 

Luego de haber satisfecho mi curiosidad, decidí apearme y prometí que no volvería a sentarme mientras no estuviera verdaderamente agotado. 

El sendero conducía por angostos pasajes o desfiladeros hacia una mayor altura. Producto del constante pisoteo y del arrastre de las aguas en épocas de lluvias, el terreno se agrietaba cada vez más, de modo que todo se enterraba en ese barro gredoso que se formaba. Tal estado de los caminos impide avances rápidos y en muchos puntos se atraviesa por lugares profundos y angostos, con sus bordes casi verticales, de modo que para cualquiera se hace complicado pasar con su carga. 

En raras ocasiones el camino era recto; nunca en sentido descendente. De allí que siempre que se alcanzaba una altura esta se encontraba inmediatamente unida a cerros más altos. Desde estas alturas la vista sobre los valles era mínima. La interminable fila de cerros que se entrecruzan, cuyas laderas están cubiertas de bosques, impiden poder extender mucho la visión. 

Lograr subir era una verdadera proeza. El terreno lleno de barro solo permitía ser usado siguiendo las huellas que dejaba el pisoteo de los peones en sus interminables viajes. En otro punto del ascenso el agua formaba pequeños torrentes que se llevaban a su paso los puntos de sostén para afirmarse, encontrándose en su lugar un conjunto de piedras de diversas formas y tamaños que habían sido ubicadas en forma de escalinata. Subir por ellas requería pericia. Era preciso usar las manos y dar grandes rodeos para encontrar mejores sitios de apoyo, máxime si las piedras tenían una inclinación de cuarenta y cinco grados hacia la pendiente. 

Es sorprendente ver a los peones subir con tanta agilidad usando una fuerza increíble, tranquilos, balanceando el peso y sin perder en ningún momento el equilibrio. 

Cuando disponen de instantes de reposo, nunca descargan sus pesos; todos descansan en una misma posición, y si desean hacer altos más prolongados, tienen sus lugares preferidos. Generalmente es una subida donde un muro de pasto o algunas piedras forman un sitio propicio para acomodarse y descargarse de sus fardos. 

Llegamos a uno de estos apeaderos cerca de las diez de la mañana, donde nos dispusimos a desayunar. Es de imaginarse que si todo lo que se lleva va recargado en el precio, la comida no es abundante. 

Una pequeña bolsa con un pan de maíz seco, un trozo de queso, otro de panela y algunas bolitas de chocolate constituyen habitualmente la provisión para el viaje. Todo lo envuelven en un pañuelo que se amarran en la cabeza. En ocasiones agregan una ollita de greda, considerada como propiedad común, la que se deja en los paraderos que son juzgados aptos para ese tipo de cocina. 

Que cada cual se limite en sus raciones, es una cuestión elemental, ya que durante el primer día no se encuentra un lugar donde se pueda conseguir algo que ayude a continuar alimentándose. En la estación de Juntas apenas se adquiere lo necesario para iniciar el viaje. Tendremos que esperar arribar a algún poblado donde podamos abastecernos de huevos cocidos y pollo frío. 

El único artículo extra que portaba era una botella de coñac, que resultaba buena ayuda, pues beber estas heladísimas aguas viniendo de atravesar por el calor del Magdalena resultaba un cambio demasiado brusco, por lo cual era conveniente beberlas mezcladas con coñac, y así evitaba enfriarme. Como los envases de vidrio eran apetecidos, por su valor, en la provincia, y su transporte era fácil y liviano, los peones aceptaban cargarlos, con la sola condición de quedarse con ellos una vez que hubieran quedado vacíos. 

Al finalizar el desayuno, compuesto de pan de maíz, queso y azúcar, reanudamos el viaje. La hora del almuerzo nos sorprendió en Rancho. Con este nombre se conocía una pequeña ramada de hojas de palmera, con espacio suficiente para un pequeño número de peones y sus cargas. Estos ranchos son levantados como lugares de descanso y para esperar a que la lluvia detenga su furia. En algunos puntos encontré que existían varios contiguos, siempre construidos sobre un plano elevado y cubierto de hierba. 

Estos paraderos son considerados de pertenencia y uso colectivos, por lo que en muchas ocasiones se encuentra en ellos una olla y una vasija para el agua, además de un depósito para ésta, fabricado con los bambús más grandes, para sacar o echar agua, según se desee. 

Tras recuperar algo las fuerzas con un trozo de panela, pan, agua mezclada con coñac y descansar un rato, seguimos la caminata, ya que planeábamos llegar antes de la caída del sol al primer lugar habitado desde que salimos de Juntas. El pueblo donde pensábamos llegar era Canoas. 

La poca costumbre de caminar minó mi resistencia, ya debilitada por aquella larga travesía en canoa. Todo se unió para que yo no pudiera subir tan rápido como las circunstancias lo exigían, de modo que, muy a mi pesar, tuve que aceptar el llamado de mi peón, que decía: “Monte ahora, señor, su merced no irá a pagarme por nada”. El término “su merced” es muy usado por los sectores sociales más bajos cuando uno de ellos se dirige a una persona de estado superior, y forma parte del legado cultural español que da mucha preferencia a expresiones de esta índole. 

Finalmente debí aceptar. Lamentando que dos personas, cada una con sus propios medios, fueran más lentas para avanzar que una de ellas haciendo el trabajo de las dos. Solo me consolaba que los peones estuvieran de acuerdo en que ningún viajero había caminado tanto el primer día de viaje como yo lo había hecho. 

Para la escarpada y larga jornada me equipé con alpargatas, que es un calzado indígena confeccionado con pita y algodón. Con la pita se tejen los hilos de la planta del calzado, es decir la suela, y encima de ella una especie de cubierta hecha con hilo de algodón, lugar en que se meten los dedos. Con esta misma tela se fabrica la parte correspondiente al talón, el cual se mantiene sujeto por una cinta que arranca de la parte trasera y cruza el empeine. Como mejor ejemplo puedo decir que la parte superior de este calzado es similar a la de un patín para el hielo. 

La alpargata es bastante liviana y resistente; además, la humedad se seca rápidamente. Tales cualidades la convierten en un elemento irremplazable para esta clase de viajes. Fuera de esto, adquiere con el uso un ajuste perfecto al pie, lo que evita los resbalones y caídas en el barro y las piedras lisas de los lugares altos. Normalmente se usa sin medias.   

El resto de la indumentaria lo forman un pantaloncillo de lino, un saco liviano y un sombrero de raíces. Los peones no usan alpargatas y se acomodan con la suela natural de sus pies, para lo cual están bastante acostumbrados. Es tanto su hábito, que posiblemente no lograrían adaptarse a otro tipo de protección y ese calzado les estorbaría en lugar de ayudarles. De ahí que sus pies tomen el aspecto de un cuero muy bien curtido como el de buey antes que parecer los pies de un ser humano. 

Luego de bregar durante toda la tarde con el barro de las montañas, los riscos y los profundos desfiladeros, el camino se abrió. Alrededor de las cuatro de la tarde divisamos el pueblode Canoas, situado en un flanco de montaña cubierto de yerba fresca y verde a cuyos pies corría un riachuelo, que presentaba un grato aspecto a la vista, acostumbrada a estar limitada por montañas y bosques impenetrables. 

Al contemplarle, se notaba una belleza tranquila en medio de un impresionante y fresco verdor, que convertía este sitio en un lugar de fuerte contraste con todo lo observado en la travesía sobre el Magdalena. El aire mucho más agradable convertía en pesadilla la anterior vivencia. Resultaba claro y evidente que nos encontrábamos en otro clima. Por su parte el pueblo se encarga, con su aspecto, de formular una grata invitación al forastero, como premiando todos los pasos que hubo de dar para alcanzar tamaño premio. Cada vez que un viajero contemple este paisaje debe sentir algo parecido a lo que yo estaba sintiendo. Todo se me hacía magnífico debido a mi condición de extranjero y me hizo recordar a mi bella y montañosa Suecia. 

Con alguna anticipación a la caída del sol llegamos al poblado. Este corto trayecto lo hice con verdadera satisfacción. 

Gracias a la pertinaz preocupación del silletero, fuimos recibidos en la casa de una señora de edad que nos proporcionó todo lo que sirviera para el descanso y alimento de nuestros cuerpos. A los pocos instantes se agregaron a la mesa una buena cantidad de huevos cocidos y un pollo frito, que en el intervalo preparó el peón. 

No es fácil imaginar lo útil y necesario que resulta esta clase de sujetos. El papel que juegan en todo momento los hace de enorme necesidad. Un silletero es la condición primaria, el todo de un viaje como este. Mejor expresado, la posibilidad para un extraño de ingresar a este mundo está personificada en dicho sujeto.

Para quien viaja, no es exclusivamente la cabalgadura, el que indica el camino o un simple acompañante. Resulta ser, además, mayordomo, cocinero y sirviente. 

Después de que el peón ha cargado al viajero durante el camino y descrito las particularidades de éste como pasatiempo e información, en cuanto llegar al lugar de descanso se saca su montura y sale corriendo en busca de las bebidas del lugar para ofrecerlas al “señor”. Enciende fuego, cocina el chocolate, despluma el pollo, lo prepara y al cabo de media hora está en condiciones de decir: “Su merced, ¿quiere comer un poquito?”. 

Cuando la cena ha terminado, alista al viajero un lugar para dormir. Por la mañana se le observa temprano levantarse silenciosamente, preparar el chocolate y luego acercarse a despertar al patrono diciendo: “Todo está listo, señor”. Mientras uno se viste y desayuna, él ya ha empacado la frazada y la colchoneta de paja y preparado la montura para adosar a sus espaldas. Es decir, dispone todo para la salida. 

Es imposible negar la importancia de una persona de tales características. Su compañía, por lo demás, resulta muy grata, y así, existen motivos suficientes al finalizar el viaje, para dar algunos centavos extras a este hombre tan esforzado y servicial. 

Me hice bastante amigo de ese peón, de tal modo que le prometí hacerle saber, por intermedio del bodeguero, la fecha de mi regreso a Juntas. Dos meses más tarde tuve la ocasión de ver a mi viejo peón con su misma silla venir a encontrarme a Ceja para llevarme a Juntas. 

Era un hombre de edad madura, muy despierto, con la piel color amarillo sucio y pelo negro liso. Ojos grandes y vivaces. Todo estaba en concordancia con la rapidez y agilidad que caracterizaban todos sus movimientos. Su figura enjuta, de casi tres varas de largo, de hombros anchos y delgados, con unos brazos y piernas y un par de pantorrillas dignos de una figura de la mitología, formaba un cuadro que pondría envidioso a cualquier héroe de playa. 

Al preguntar por su nombre, respondió: “Fernando López, para servir a su merced”. Jamás pude escucharle una frase vacía de contenido; por todo ello, era mucho más que un “sirviente humilde”.

Tras pasar una noche agradable, gracias al clima más templado y al duro ejercicio de la jornada anterior, estuvimos otra vez sobre la senda a eso de las seis y media de la mañana. 

Durante la noche había caído una fuerte neblina y la hermosa mañana la anunció el frío que yo sentía por falta de costumbre, ya que el termómetro marcaba veinte grados, temperatura excelente para la dura jornada. El camino, como en el día anterior, continuaba siendo ascendente, pero cambió al llegar a una cumbre escarpada, luego de la cual comenzó a descender. 

Al final de una de sus tantas vueltas logramos observar un puente de madera bajo el cual pasaba una fuerte corriente. Como la gran mayoría de los que hallamos en la ruta, éste parecía, con su techo de paja y sus paredes de madera, una verdadera casa construída sobre el río profundo que bramaba allá abajo. Pero este era raro, ya que pese a ser tan extenso no poseía pilares ni arcos y toda la construcción, reposaba en las vigas largas unidas por el centro del puente en un ángulo casi imperceptible. 

El puente se llamaba Balsadero, lo mismo que las casas de las cercanías, en una de las cuales vivía el inspector, quien cobraba una pequeña tarifa por todo lo que pasaba por el sitio. 

Se podía ver un rancho grande para los peones y sus cosas. Este sitio puede considerarse como uno de los más destacados entre Juntas y Ceja. Nos detuvimos para desayunar y descansar en compañía de muchos peones que estaban reunidos cerca de la bodega para tratar de conseguir algunas cargas. 

Reemprendimos viaje antes del mediodía, bajo un cielo que prometía descargar su contenido de mal tiempo, y en el camino alcanzamos a unos peones cargados y a otros que regresaban desocupados. 

Al observar a estos individuos tenaces en el esfuerzo; doblados bajo las enormes cargas que llevan, subiendo uno tras otro, saltando piedras por los cerros escarpados, o resbalando por un cañón profundo mezclado de barro, balanceándose bajo el peso con sus brazos y piernas; o viéndoles trotar por los caminos llanos y arribar a los lugares de difícil acceso con una fuerza increíble, y al unirlos con lo salvaje del paraje, no se puede dejar de comparar a tales individuos con las hormigas, ya que muchas veces van arrastrando un peso igual al de sus cuerpos, por una senda de árboles y piedras. 

Interesante era también mirar a los peones sin carga que saltaban de una roca a otra, ágilmente, semejando un grupo de chicos en un recreo de la escuela. Parecían competir por los cerros y no estar realizando un viaje que duraba tres días, en medio de una zona montañosa con muchas complicaciones. Como la costumbre era efectuar el viaje con carga, el no sentirla sobre sus cuerpos transformaba el camino en un liviano paseo; resultaba un buen pasatiempo, mientras se dirigían a otro sitio a recibir nuevas cargas. 

El presagio del mal tiempo se cumplió por la tarde al desencadenarse un fuerte aguacero, seguido de truenos, cuyo ruido rebotaba de roca en roca, a la vez que los relámpagos llenaban de luz los vacíos existentes entre ellas. 

No queda ocasión para contemplar tal belleza, debido a que el camino se torna imposible de recorrer. Es, en parte, la respuesta de la naturaleza a quienes reclaman por la mata calidad de las vías. Parece ser una venganza o un intento para que el que protesta tenga mejores bases de crítica. 

Ser cogido por una lluvia de tal estilo es una de las cosas que más temen los peones. En muchas ocasiones se ven obligados a permanecer en medio del camino e instalar un rancho provisional para protegerse a sí mismos y a las cosas que transportan. El barro que se forma ni siquiera logra ser derrotado por sus pies de felinos. 

Los mejores lugares de la ruta, aquellos ubicados en las lomas de los cerros, pronto dejan de ser aptos para el descanso porque se llenan de agua, la misma que demuestra una extraordinaria capacidad para desplazarse en todas direcciones sobre un plano horizontal. 

Por otro lado, las piedras y troncos del camino cumplen ahora el papel de guías, que nos permiten mantenernos en la senda. Con un poco de atención y algo de esfuerzo llego a la conclusión de que aun cuando no podemos seguir una línea recta, vadeando hay posibilidades de avanzar, dependiendo tan solo del largo de nuestras piernas. Mojarse no es mayor problema, ya que la ducha recibida nos ha empapado completamente. 

Cuando vemos saltar el agua de una piedra a otra la escena resulta interesante y llamativa, pero no en nuestra situación. 

El romanticismo queda de lado. El murmullo del agua que corre por entre las rocas se ha transformado en una espesa cortina que nubla y confunde la vista, impidiendo ver el sendero más conveniente. 

Los pies se niegan a reposar con seguridad suficiente para subir por estas escaleras tan alucinantes como mortales. 

La peor experiencia es tener que cruzar los profundos agrietamientos del camino. En sus paredes el agua corre a torrentes, rápida e intermitentemente. Tal sendero más parece una construcción destinada a llevar el agua hasta algún molino, que para el tránsito humano. 

Por supuesto que se corre el riesgo de ser arrastrados hacia abajo, en medio del resbaloso fondo de barro que todo lo cubre, y tal arrastre puede ser beneficioso o fatal. 

En el caso de ser arrastrado no quedará la más mínima posibilidad de volver a subir o de asirse a alguna rama o arbusto que le impida seguir cayendo, y si cae al camino necesitará de la ayuda de sus compañeros o elegir otra ruta de ascenso. 

Aquí también se nota la cuidadosa preocupación del peón por el viajero, ya que aun cuando no puede llevarlo sobre sus espaldas, lo agarra de la mano, conduciéndolo a través del barro. Para el silletero era un verdadero conflicto comprobar que sus ágiles y acostumbrados pies no tuvieran la fuerza suficiente para agarrarse con firmeza y avanzar. 

Por fortuna pronto llegamos a una pequeña casa abandonada, situada en una altura de la montaña; era el “Alto de la Aguada”. Tras nosotros llegaron otros peones buscando protección contra la fuerte lluvia. 

Esta acabó al poco tiempo y transcurrida una hora de descanso reanudamos nuestro viaje, que continuaba en descenso. A lo lejos podíamos distinguir algunas casas y veíamos “La Aguada”, donde pasamos la noche. 

Nos situamos en la casa de unos huéspedes muy amables pero pobres, cuya pequeña residencia, aunque no ofrecía muchas comodidades, nos permitió abrir las maletas y sacar nuestras pertenencias, entre éstas, ropas secas, y las mojadas las pusimos a secar en el fuego de la cocina. En ese instante volvió a mi mente el recuerdo de un calentador. 

Mi peón apareció con una pequeña olla de chocolate caliente, que fue muy bien recibido porque apagaba la sed y ayudaba a combatir el hambre y el frío, necesidades bastante sentidas luego de la anfibia caminata. 

La temperatura resultó bastante más baja que en la localidad anterior, pues a la hora del ocaso el termómetro marcaba catorce grados. A tal fenómeno ayudaban la mayor altura y el enfriamiento del aire después de la lluvia caída por la tarde. 

Aquí comenzó a prestar gran ayuda la frazada, tan menospreciada hasta el momento. Pausadamente tal implemento había empezado a relegar en importancia al mosquitero, que solo llevaba como agradecimiento por los servicios prestados o para que sirviera de almohada. Esta nueva situación de esa pieza era comparable al reposo de un guerrero, para quien se ha ideado una ocupación descansada como recompensa por los favores que prestó durante la guerra. 

Eran las seis de la mañana cuando los peones estaban dispuestos a continuar la travesía por las montañas. Los húmedos vapores bajaban por los cerros aprovechando el calor que el sol les daba, permitiéndoles enrollarse en nubes de vapor, descender por las pendientes boscosas y detenerse en los valles más angostos, donde empezaban a reunirse espesamente unos sobre otros, hasta que la acción solar los volvía a distribuir en lluvia o los esparcía en la atmósfera como tibias nubecillas. 

El camino que se abría ante nosotros, en medio de un cerro sin vegetación, nos proporcionó desde esta altura un espectáculo que no habíamos tenido la oportunidad de disfrutar. 

Allá abajo se veían valles profundos y escarpados, totalmente tejidos por una gruesa alfombra de bosque cuyas tonalidades variaban desde las más fuertes hasta unas muy tenues, producto de las sombras y del efecto de la distancia. 

Podía verse un oscuro tono entre negro y verde, perteneciente al valle más lejano y profundo, que empezaba a diluirse a medida que subía hacia los picos montañosos. Allí era dorado por el sol y finalmente se transformaba en un tono claro, mezcla de verde y amarillo.

De ese modo en la enorme cadena de cerros el azul del cielo adquiera un esmalte oscuro, contrastando con el gris de estos, cuyos aspectos variaban según la altura y la lejanía, hasta que desaparecían en un horizonte azul claro, que como un marco brillante encerraba el inmenso, oscuro y monótono cuadro. 

El camino de hoy era más parejo y soportable de recorrer, lo que nos ayudó a realizar un viaje tranquilo. Por la mañana descansamos en algunas casas extraordinariamente agradables, llamadas tutumbas, donde desayunamos con gran apetito. Por lo demás logramos adquirir algunos huevos y un pollo, el que se destinó para ser consumido más adelante, ya que en toda la tarde no encontraríamos otra residencia. 

Me llamó la atención ver a uno de mis peones retirar del techo del paradero una bolsa con una buena cantidad de panes de maíz, sin haberle dicho nada a la dueña del lugar. Pronto nos explicó de qué se trataba: tanto en esa casa como en otras diseminadas por el trayecto los peones suelen dejar bolsas con algo de comida para evitarse tener que cargarlas constantemente. 

La medida en sí era inteligente y cómoda, pero no sería lo mismo de eficiente en otros países, donde podría suceder que las bolsas no se encontraran por haberlas cogido alguien por error o simplemente por hacer una broma y llevárselas, más aún si los dueños del lugar jamás se fijan en quién las cuelga o descuelga, ya que estos no se hacen responsables de ellas. 

Que alguien robe una de estas, no sucede nunca; y si así ocurriera, su valor es tan mínimo que no vale la pena hacerlo. Esto muestra el carácter honrado de estas gentes y lo hace más plausible debido a su pobreza. No se puede olvidar que en otros lugares personas del mismo bajo nivel no tienen ningún reato de conciencia en tomar lo que no les pertenece y llenar su panza con el sacrificio de otros. 

Pronto comprendería que, en general, los habitantes de Antioquia tienen esta cualidad. Existe la seguridad de poder hacerles entrega del efecto más valioso y siempre se recobrará. Escuché decir en diversas oportunidades a bodegueros y grandes comerciantes que a un peón puede entregársele la maleta con toda confianza, pues se encargará de llevarla a su destino; y ella puede ir abierta o cerrada, y el dinero puede estar o no contado, y todo el contenido llegará a la meta sin haber sido hurgado ni sustraído. 

El camino proseguía en descenso y esa mañana pasamos por un riachuelo donde no existía ningún puente, no obstante lo cual podía vadearse sin mayores problemas, mediante el uso de las piedras que se encontraban distribuidas. Pese a esa ayuda el agua sobrepasaba nuestras rodillas. 

Debido a la insistencia del silletero para que me quedara sentado a sus espaldas, ya que podía enfriarme al mojar mis pies —lo que yo traducía como el interés de mostrar su capacidad de equilibrio— acepté quedarme sentado. 

Los peones siempre tienen sus maneras y ayudas para sortear tales escollos. En esta ocasión se servían de unas varas de cierto largo, una de las cuales tomó mi peón y comenzó a saltar de una piedra a otra. Lo hizo con gran rapidez, que me sorprendía ya que muchas de las piedras ni siquiera se veían, pues estaban cubiertas por el agua. De allí que el palo jugara un papel tan importante, como que se usaba a modo de una tercera pierna. 

Dicho palo impedía que fuéramos arrastrados por la corriente o que resbaláramos por las piedras. Luego de esta arriesgada cabalgata, el peón botó inmediatamente el palo, a fin de que lo pudiera usar otro que cruzara por aquí. Por lo demás nunca utilizaban varas para su marcha sino que se les veía constantemente con las manos cruzadas sobre el pecho, y en difíciles ocasiones gateaban para seguir avanzando. 

Cuando dicho lugar quedó atrás, el silletero se detuvo en seco y me dijo : “Mire el tigre”. En ese momento vi un tigre de buen tamaño trotar despacio y despreocupadamente por el camino, en medio de los espesos bosques, a través de los cuales se nos perdió. 

Este tipo de sorpresa no es extraña en estos parajes. Durante el día el tigre no es un animal peligroso, pero al llegar la noche es común verle rondar las casas e inundar el espacio con sus rugidos. No se atreve a atacar un rancho, pero sí lo bloquea. Es así como frecuentemente da muerte a perros y demás animales que encuentre en esas cercanías. 

Aparte de micos, no se ve ningún otro animal de cuatro patas. En cuanto a aves, se encuentran papagayos, faisanes, cigüeñas y una cantidad impresionante de pájaros de miel, que generalmente tienen sus nidos en los arbustos o en las paredes de lodo de los barrancos. Es una avecilla realmente hermosa, que ante la presencia de seres humanos se asusta y emprende el vuelo, llenando con éste la vista del intruso.

Me dediqué a recoger algunos de estos nidos, que estaban hechos de yerba seca y una fina pasta en uno de los cuales encontré un par de huevecillos, redondos, que no pasaban del tamaño de una arveja común. 

Durante la tarde tuvimos que sortear un nuevo chaparrón. Nos detuvimos a las cuatro para poder comer algo. En esta ocasión pudimos beber agua fresca y cristalina. Nuevamente seguimos nuestra caminata, pues deseábamos arribar a buena hora al albergue nocturno, que estaba situado en unas casas solitarias y se llamaba Bijagual. 

Tal intención no logró ser concretada, pues al poco rato nos sorprendió una fuerte lluvia que, aun cuando no tan caudalosa como la ya narrada, puso el camino en condiciones intransitables. Así que hubimos de resignarnos a esperar que escampara en una choza ruinosa, Falditas, ubicada a un lado del sendero, la cual nos ofreció dos cosas buenas: techo para que nuestras cabezas y cuerpos no se mojaran y un lote de madera seca que nos permitió encender fuego y neutralizar el frío. 

De ese modo muy pronto flameaba en medio de la choza una llama chisporroteante, que el viento ayudó a crecer. Además nada impedía el libre paso de éste, ya que no existían puertas ni paredes. 

Una vez que la lluvia pasó pudimos comprobar que no éramos ya los únicos pues en el transcurso de ella se habían agregado los peones que hacían la misma ruta. En ese tiempo compartido se hizo hervir chocolate, que fue aportado de la ración de cada uno de los presentes, por lo cual para todos alcanzó una buena porción. 

La escena resultaba de gran nobleza. Imaginaba uno de esos cuadros flamencos al ver a estos hombres musculosos, semidesnudos, habitantes de la montaña, acostados o sentados en un apretado círculo cuyo centro era el fuego. Les veía confiadamente hacer pasar, de boca en boca, el chocolate en esa olla caliente y sacar de sus bolsitas arepas con queso para acompañar el líquido. El orden que reinaba en esta comida era extraordinario. El círculo era llamativo y si yo no hubiera preparado mi propia sopa, de buena gana les habría acompañado. Ahora, desde un fardo cercano, me entretenía mirando cómo ya habían consumido toda la bebida. 

Entre tanto saqué algunos cigarrillos y tras haber ofrecido a quienes deseaban fumar, tomé mi lugar junto al brasero. El haberles regalado tabaco constituyó un buen motivo de acercamiento con ellos, ya que es realmente caro en esta provincia; tanto, que para el peón es considerado un artículo de lujo. Los encendieron, dando paso a una interesante conversación, cuyo tema central fueron las eternas aventuras vividas por cada uno de ellos a través de las montañas. 

Al debilitarse la fogata fue extendiéndose el silencio. Todos se dispusieron a dormir. Por supuesto que mi gentil y diligente peón ya había dispuesto para mí el mejor sitio de la choza, colocando la colchoneta y la frazada sobre cañas de bambú, que, sostenidas en las vigas, formaban una especie de cielo raso, donde dormí bastante bien, pese a que tuve que soportar un intenso frío. 

Era domingo a la mañana siguiente. Decidimos salir antes de la salida del sol, y como la leña se consumió durante la noche fue preciso reanudar la marcha con el estómago vacío, lo que no nos importó mucho pues pronto debíamos llegar a Bijagual. 

Por lo demás, las complicaciones se alivianaron por el solo hecho de recordar que era nuestro último día de viaje. Luego de pasar varios riachuelos, a las siete llegamos al poblado, donde nos vendieron un pollo, huevos y chocolate. Este último pronto reemplazó la falta de bebida de la mañana. La comida fue decisiva, ya que nos disponíamos a realizar la parte más dura de la travesía. Era el sitio de la más alta unión de montañas, llamado Cuesta del Páramo. 

Mi peón me había preparado para este trayecto, deseando siempre que el clima complaciera nuestros deseos de buen viaje, lo cual se estaba cumpliendo pues teníamos un bello día, con un sol esplendoroso. Así que empezamos, poco a poco, después del desayuno, el lento ascenso. 

El camino era uno de los más terribles que se puede imaginar y resultaba complicado subirlo aun sin lluvias. Estaba lleno de profundos y angostos barrancos, altos y escarpados bloques de piedras, cuestas de barro muy pendientes, resbalosas y con todas las posibles variantes, pues unos a otros se iban reemplazando en el trayecto. Por fin, tras un trabajo arduo, logramos llegar a la cima a las once de la mañana. 

Desde esta altura dedicamos un breve instante a contemplar las bellezas del paisaje y seguimos casi inmediatamente, pues aspirábamos a llegar a la vista que nos ofrecería el camino un poco más adelante, la cual era descrita por el peón como “la más linda del mundo”. Al llegar a ella no puedo decir que corresponde a la categoría que el silletero le daba, pero sin lugar a dudas se puede considerar entre las mejores del planeta. 

Quizás sea posible que uno pierda la imparcialidad para juzgar después de haber vivido durante cuatro días caminando por estos cerros solitarios, angostos y cubiertos de bosques, es decir, tanto tiempo prisionero entre tal monotonía del paisaje y de las paredes vegetales del Magdalena. 

Tal vez me suceda lo mismo que a los españoles, que con la sola visión del salvaje istmo de Panamá olvidaron todas las penalidades del viaje, pues el Mar del Sur les había dejado encantados. 

Es posible que todo esto ocurra, pero la vista que tenía ante mí, llena de entusiasmo y sorprende mucho. De un golpe se presenta al observador un cuadro que, por lo inesperado de su aparición, semeja una bellísima pintura a la que se le haya descorrido de una sola vez el velo que la cubría. 

Un extenso campo, cuyo cerco lo componían las montañas naturales, se abría ante los ojos deslumbrados por tan grande amalgama de formas y colores. Los ojos, rápidamente, comienzan a desmenuzar el espectáculo y observan con mucho cuidado para no omitir ni un solo detalle. 

La yerba y los bosquecillos adornan las colinas que cruzan por este plano en todas las direcciones posibles y las sombras de las laderas, con sus cambios de tonos, dan un efecto de ensoñación. 

Encima de toda esta belleza corre un río impetuosamente y en su trayecto reúne numerosos arroyos y riachuelos que mezclan sus aguas, dándole fuerza suficiente para abrirse paso por entre los cerros ubicados al lado derecho. 

Con la misma claridad se distinguen muchos caminos y senderos que dan al ambiente un fuerte tono amarillo e interrumpen el intenso verdor que todo lo domina. Tales caminos buscan por los cerros las posibilidades de su prolongación más allá de las blancas casas y de los pueblos que se esparcen en el valle. 

Desde esta altura se observan los pueblos de Ceja y Peñol, además de Río Negro y Marinilla. Esta última no se distingue muy bien debido a que se encuentra en el fondo del cuadro, al pie de la cordillera que pone límite a la vista. 

Girando hacia la izquierda del espectáculo, se levanta una roca inmensa, alta y angosta, que semeja una gris torre riendo de la verde pampa que la rodea. Por su misma soledad parece pertenecer a las rarezas que la naturaleza creadora comúnmente coloca trastornando un tanto su orden, o como si las diseñara por un extraño antojo. En verdad parece ser algo inexplicable. 

Una vez saciados de tamaña obra teatral, que había subido sus tonos gracias al hermoso sol que todo lo iluminaba, empezamos el descenso por este rico paisaje, que se ocultaba y volvía a asomar a nuestros ojos, según el orden de las profundas vueltas de las montañas que nos ofrecían o nos quitaban la vista. 

Aunque la bajada por esta escarpada montaña no era cosa fácil, especialmente debido a la gran cantidad de energías gastadas en la subida, realizamos el descenso en forma rápida, movidos por los deseos de acercarnos más y más al paisaje que se nos ofrecía. 

Finalmente el camino comenzó a abrirse hasta hacerse un sendero amplio y recto, y en verdad no resultó ser más que una prolongación del cerro. 

Un sentimiento muy agradable empezó a agitarse a medida que avanzábamos por el camino, con la vista fija en la maravilla que se nos entregaba. El ambiente tenía olor. Todo emanaba aromas de primavera y el aire se respiraba con gusto. 

En otras palabras, los sentidos se colman de tal placer que ya no cuentan ni la ruta de cerros ni los sitios que se han conocido en este país tropical, ni el intenso calor, ni la gigantesca vegetación, pues es como si se ahogara uno en tanta hermosura. 

Puede ser comparado este sentimiento al del enfermo que, tras larga temporada, ha dejado su pieza pequeña y parecida a una prisión, y disfruta de un paseo por el campo en un día de verano. El entusiasmo lo arrastra y la belleza que durante mucho tiempo no pudo gozar, lo embriaga; deseaba estar cerca de ella, pero no podía. Ahora olvida su enfermedad y las complicaciones, así como la debilidad que le ha acompañado. Deja de lado sus pesares y se renueva para vivir intensamente. 

De esta manera estaba sucediendo con nosotros. El goce que sentíamos expulsaba los pensamientos de la travesía del Magdalena y de los Andes y hacía olvidar el cansancio debido a la reciente subida. Por todo ello íbamos bajando muy rápidamente. 

Pronto, apenas pasado el mediodía, nuestra caravana puso sus pies en el agradable pueblo de Ceja. 

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