SEGUNDA
PARTE
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PEONER I AN DISKA
BERGEN.
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CAPITULO
XI
|VIAJE POR LOS ANDES
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Una tarde agradable y reposada inundaba el espacio, llenando de
romanticismo la atmósfera, mientras el sol bañaba por completo la
bodega existente en Juntas.
El sol, como en un descenso apresurado, estaba ya sobre las
copas de los árboles que además de cubrir las espaldas de la
cordillera constituían la ribera izquierda del río Verde. En la
lejanía una pálida luz anunciaba la llegada de la luna, que pronto
se erguía con su magnífica belleza por sobre las escarpadas paredes
rocosas, reflejándose en el Nare, ubicado a los pies y en cuya
agitada corriente de remolinos y aguas inquietas parecía un trazado
de plata enclavado entre los montes oscuros, cubiertos de espesos
bosques.
El silencio era el amo de la situación; nada se movía. Ni aun el
sonido constante de las aguas que recorrían las faldas de estas
alturas era capaz de entorpecerlo. En realidad el lugar era un
altar erigido al profundo silencio de la
naturaleza.
Sentado en el portón de la bodega durante un largo rato estuve
gozando de tales delicias. Me felicitaba por haber acabado el largo
y agotador viaje por el río. El clima me sentaba muy
bien.
De improviso todo se interrumpió. Me levanté a observar qué
producía el alboroto y descubrí que era la despedida de la piragua
que me había traído hasta aquí. Así comprobé que mi relación con
ellos había tocado a su fin.
La pequeña embarcación se esfumó pronto en la lejanía; tan solo
se escuchaban las voces de sus tripulantes, que poco a poco fueron
debilitándose hasta desaparecer por completo. Nuevamente volvió la
paz y el murmullo del río.
Pese a lo maravilloso del sitio debía prepararme para reanudar
el viaje, por lo cual traté de encontrar a mi muchacho de servicio,
al que no veía desde hacía un buen rato. Lo busqué inútilmente y al
preguntar por él al empleado del bodeguero, me contestó fríamente:
“Se fue con la piragüita”.
Tal acto me sorprendió, más aún si el muchacho en la travesía no
demostró nunca tal actitud. En definitiva lo que causó tal
separación fueron las respuestas que este mozo le entregó a mi
muchacho acerca del tipo de viaje por las montañas y del frío
existente. Es claro que como nacido y criado en las bajas y
ardientes temperaturas del Magdalena, haya preferido volver en
secreto a su querida tierra, con mosquitos y calor.
Al encontrarme privado de toda la compañía anterior, tuve que
buscar el acercamiento con los residentes de la bodega, que eran el
encargado y dos sirvientes indígenas.
El encargado era un criollo bastante simpático, con una cara
alegre y una respetable barriga. Al saber la deserción de mi
sirviente se ofreció a acompañarme el tiempo que fuera necesario, y
cuando se enteró de mi nacionalidad, la amistad se estrechó puesto
que conocía a todos mis compatriotas que anteriormente cruzaron por
este sitio.
Era un individuo bastante alegre y educado; por eso nunca nos
faltó el tema de conversación. El estudio favorito del viejo era la
geografía, en la que, honestamente, no estaba suficientemente
instruído. Al no tener un mapa nos dimos a la tarea de dibujar los
continentes sobre el piso de la bodega, con el filo de un machete.
El mayor debate se centró acerca de la ubicación de
Norteamérica.
Para el viejo, que realizaba sus viajes desde Cartagena hacia el
punto motivo del conflicto, la ubicación correcta era virar hacia
la derecha. Por mi parte tenía todas las energías concentradas en
demostrarle lo contrario. Finalmente le convencí, pero puso la
condición de que pasara a un papel todo lo que dibujé en la arena,
para no dejar algún punto de América colocado en un lugar
inconveniente.
El tema siguiente se aventuró hacia la política y tras
compadecerme por no vivir yo en una nación libre, comenzó a hablar
del actual poderío colombiano luego de haber expulsado a los
“pendejos” españoles, sintiéndose feliz de vivir en la
“República de Colombia”. Pendejo es uno de los peores
epítetos que se le pueda dar a un español. Corresponde a nuestro
truhán. Una vez escuché a un francés explicar el significado de tal
palabra, pero al revisar todo su vocabulario, no logró encontrar
alguna que le complaciera, por lo que, con gran justeza, me señaló:
“Señor, pendejo es un mote o palabra que ningún español puede
digerir”.
Ante el desconocimiento de nuestra realidad por parte de mi
interlocutor, tuve que asegurarle que la nación sueca no solo es
una de las más libres de Europa sino que se jacta de ser la más
antigua de las naciones libres actuales. El gritaba de admiración y
sorprendido preguntaba: “¿ Cómo pueden ser libres sí no son
republicanos ?”.
De ahí que me viera obligado a convencerlo a través de razones y
de datos concretos, aclarándole que aun cuando en el nombre no lo
éramos, en la realidad resultábamos mejores que los colombianos;
máxime si éstos carecen de la cultura suficiente para gozar de las
libertades que la Constitución les asegura.
En seguida la conversación giró hacia el aspecto religioso. El
interrogó si los suecos son mahometanos, lo cual por supuesto causó
hilaridad en mí y al preguntarle la razón para que pudiéramos tener
tal creencia, afirmó: “Su rey Carlos XII era muy amigo de los
turcos”.
Ante semejante testimonio hube de contestar que el hecho de que
nuestro rey habitara un tiempo junto a los turcos se debió a que
tuvo que demostrar su rencor contra los rusos más que su aprecio
real a los musulmanes. Además de argumentar que ningún sueco creía
en Mahoma, la Meca o el Corán, y que si alguno hubiera tenido que
escuchar las largas explicaciones sobre el Islam, con toda
seguridad que no habría sido Carlos XII, ya que este era tan
cristiano como el que más.
Con todo, la conversación fue cambiando constantemente de tema,
lo cual resultaba explicable pues demostraba el interés de mi
interlocutor por aprender y enterarse de otras realidades. Tal
forma de discutir, tan variada, era muestra típica de todas las
capas sociales de este país.
Al atardecer del día siguiente llegó una gran cantidad de
peones, lo que me permitía programar mi salida para el nuevo
amanecer.
El camino por las montañas tenía grandes dificultades, por lo
cual era complicado y prácticamente imposible transitar con mulas.
Para ello se encuentran tipos que se dedican a cargar tanto a
personas como mercancías por las alturas cordilleranes.
Acostumbrados desde la niñez a cargar mercancías subiendo montañas,
son capaces de llevar sobre sus hombros a personas como si fueran
bultos de carga. Su fortaleza de soportar fardos de cerca de
setenta kilos es largamente superada, ya que normalmente hacen
reposar sobre sus hombros casi el doble de tal
peso.
Con tamaño lastre caminan entre cuatro y cinco días, casi sin
descanso, desde la mañana hasta el atardecer, por caminos
dificultosos de recorrer para cualquier otra persona, a la que le
sería difícil sortear las trabas y obstáculos que ellos
presentan.
Debido a tal práctica, su cuerpo posee una complexión atlética,
especialmente en la parte inferior, que se acerca mucho a una
descripción de Hércules. La fuerza que poseen es
fabulosa.
Estos verdaderos habitantes de los montes componen una raza
especial, harto separados del resto de la población, no solo en lo
referente a su aspecto moral sino al físico.
Poseen una piel clara, de un amarillo sucio, producto del clima
que deben soportar y de la falta de mezcla de su sangrecon la de
los negros. En sus rostros, un tanto alargados, los rasgos son muy
expresivos y muestran un aire de bondad y melancolía que contrasta
con el orgullo porfiado de los nativos. Creo que en pasajes
posteriores, a medida que les vaya conociendo más, estaré en
condiciones de dar una mejor imagen de estos
personajes.
Aquella misma tarde mi amigo el bodeguero eligió tres peones
considerados por él como “muy buenos silleteros” y
“muy buenos cargueros”. La distinción clasificaba
separadamente a uno y a otros. O sea, uno de ellos era bueno para
monta y los otros como caballos de carga.
Por “silletero” se entiende a quien lleva sobre sus
espaldas a las personas. Como “carguero”, al encargado de
soportar el mayor rigor de peso.
El silletero usa una especie de montura amarrada a los hombros,
hecha de piezas de bambú aplanadas y liadas entre sí por varas de
mimbre, cuyo largo es de unos tres pies y su ancho de uno; todo
esto va sujeto a los pies.
En la parte baja de la silla se amarra una tabla, en ángulo
recto, que tiene las mismas dimensiones del ancho y la mitad de su
largo. Vista así, toda la estructura semeja una silla sin
patas.
La primera parte mencionada forma el respaldo y la última el
asiento. Dos fuertes bandas o cintas situadas en los extremos de
ambas piezas mantienen todo en ángulo recto, sirviendo al propio
tiempo de brazos a los que el viajero puede asirse. Un pedazo de
bambú de un pie de largo, que cuelga, le sirve como apoyo para los
pies, si es que quiere considerarse un jinete de
caballería.
Toda esta armazón cuelga del peón mediante tres cuerdas fuertes,
dos de las cuales van amarradas desde los hombros, cruzando el
pecho y retornando por la parte trasera de los brazos. Una tercera
pita atraviesa por la mitad del espaldar y cruza luego por la
frente del peón. Es en este punto donde se centra el mayor peso, ya
que él carga mejor con la cabeza que con los músculos del
cuello.
Entre la espalda y la montura los silleteros colocan una tela de
lana doblada. Fuera de esa pieza van completamente desnudos. Solo
llevan unos pantaloncillos cortos, de lino, con un dobladillo sobre
las rodillas, de modo que nada les pueda impedir el libre
movimiento de sus piernas.
La tarde se dedicó a comprar y preparar las sillas de los
peones. Los implementos usados por los cargueros son mucho más
simples de lo que se ha descrito. Generalmente consisten en un
espaldón cuyo largo y ancho varían según el peso y tipo de carga.
Muchas veces no son más que los ya mencionados, terciados en forma
de cubos, y ese peso no debe exceder los sesenta y tres kilos,
ciento veinticinco libras, aproximadamente. Claro que se les paga,
más o menos, según el peso que deban llevar.
Un transporte de ese tipo, desde Juntas hasta Cejas, a tres o
cuatro días de viaje, equivale para un peón a un jornal de cinco a
ocho piastras. En Ceja todo vuelve a ser cargado en mulas, pero en
muchas ocasiones los peones transportan hasta el interior de la
provincia, hasta Medellín, Santa Rosa y Antioquia, esta última
ubicada en la margen del río Cauca.
Esta medida de distancia es siempre indefinida, más aún en
Colombia y especialmente en sus cordilleras, debido a las
dificultades del camino, ya que se debe subir y bajar a todo
momento. Para la presente ocasión puede evitarse tal dificultad
pues se calcula la distancia por recorrer en poco más de treinta y
dos kilómetros.
Cuando mis maletas y mi persona fueron pesadas, acordamos el
precio, que fue de cinco piastras para los cargueros y nueve para
el silletero. Debo observar que uno no puede compadecerse de la
persona que ha de transportar tanto peso, pues de ser así, al
propio interesado le correspondería subir los cerros o distribuir
la carga entre varios peones, lo que resultaría demasiado costoso,
y además el conformar una caravana demasiado numerosa entorpecería
el avance, ya que muchos lugares permiten tan solo el paso de un
solo hombre cada vez.
A las siete de la mañana del día 23 de febrero los tres peones
estaban dispuestos para la salida y para complacer el gusto del
bodeguero, que deseaba verme montado en la silla. Debo decir,
excusando la expresión, que por primera vez subí a caballo en una
persona.
Uno debe sentarse con la espalda hacia el peón y colocar los
pies en los estribos. Aproveché la oportunidad de despedirme de mi
amigo el bodeguero cuando mi cargador avanzando muy rápido inició
su marcha. Pronto perdimos de vista la bodega y su celador, quien
me gritaba: “Cuidado, caballero, olvidó usted el freno y las
espuelas”.
Luego de haber satisfecho mi curiosidad, decidí apearme y
prometí que no volvería a sentarme mientras no estuviera
verdaderamente agotado.
El sendero conducía por angostos pasajes o desfiladeros hacia
una mayor altura. Producto del constante pisoteo y del arrastre de
las aguas en épocas de lluvias, el terreno se agrietaba cada vez
más, de modo que todo se enterraba en ese barro gredoso que se
formaba. Tal estado de los caminos impide avances rápidos y en
muchos puntos se atraviesa por lugares profundos y angostos, con
sus bordes casi verticales, de modo que para cualquiera se hace
complicado pasar con su carga.
En raras ocasiones el camino era recto; nunca en sentido
descendente. De allí que siempre que se alcanzaba una altura esta
se encontraba inmediatamente unida a cerros más altos. Desde estas
alturas la vista sobre los valles era mínima. La interminable fila
de cerros que se entrecruzan, cuyas laderas están cubiertas de
bosques, impiden poder extender mucho la visión.
Lograr subir era una verdadera proeza. El terreno lleno de barro
solo permitía ser usado siguiendo las huellas que dejaba el pisoteo
de los peones en sus interminables viajes. En otro punto del
ascenso el agua formaba pequeños torrentes que se llevaban a su
paso los puntos de sostén para afirmarse, encontrándose en su lugar
un conjunto de piedras de diversas formas y tamaños que habían sido
ubicadas en forma de escalinata. Subir por ellas requería pericia.
Era preciso usar las manos y dar grandes rodeos para encontrar
mejores sitios de apoyo, máxime si las piedras tenían una
inclinación de cuarenta y cinco grados hacia la
pendiente.
Es sorprendente ver a los peones subir con tanta agilidad usando
una fuerza increíble, tranquilos, balanceando el peso y sin perder
en ningún momento el equilibrio.
Cuando disponen de instantes de reposo, nunca descargan sus
pesos; todos descansan en una misma posición, y si desean hacer
altos más prolongados, tienen sus lugares preferidos. Generalmente
es una subida donde un muro de pasto o algunas piedras forman un
sitio propicio para acomodarse y descargarse de sus
fardos.
Llegamos a uno de estos apeaderos cerca de las diez de la
mañana, donde nos dispusimos a desayunar. Es de imaginarse que si
todo lo que se lleva va recargado en el precio, la comida no es
abundante.
Una pequeña bolsa con un pan de maíz seco, un trozo de queso,
otro de panela y algunas bolitas de chocolate constituyen
habitualmente la provisión para el viaje. Todo lo envuelven en un
pañuelo que se amarran en la cabeza. En ocasiones agregan una
ollita de greda, considerada como propiedad común, la que se deja
en los paraderos que son juzgados aptos para ese tipo de
cocina.
Que cada cual se limite en sus raciones, es una cuestión
elemental, ya que durante el primer día no se encuentra un lugar
donde se pueda conseguir algo que ayude a continuar alimentándose.
En la estación de Juntas apenas se adquiere lo necesario para
iniciar el viaje. Tendremos que esperar arribar a algún poblado
donde podamos abastecernos de huevos cocidos y pollo
frío.
El único artículo extra que portaba era una botella de coñac,
que resultaba buena ayuda, pues beber estas heladísimas aguas
viniendo de atravesar por el calor del Magdalena resultaba un
cambio demasiado brusco, por lo cual era conveniente beberlas
mezcladas con coñac, y así evitaba enfriarme. Como los envases de
vidrio eran apetecidos, por su valor, en la provincia, y su
transporte era fácil y liviano, los peones aceptaban cargarlos, con
la sola condición de quedarse con ellos una vez que hubieran
quedado vacíos.
Al finalizar el desayuno, compuesto de pan de maíz, queso y
azúcar, reanudamos el viaje. La hora del almuerzo nos sorprendió en
Rancho. Con este nombre se conocía una pequeña ramada de hojas de
palmera, con espacio suficiente para un pequeño número de peones y
sus cargas. Estos ranchos son levantados como lugares de descanso y
para esperar a que la lluvia detenga su furia. En algunos puntos
encontré que existían varios contiguos, siempre construidos sobre
un plano elevado y cubierto de hierba.
Estos paraderos son considerados de pertenencia y uso
colectivos, por lo que en muchas ocasiones se encuentra en ellos
una olla y una vasija para el agua, además de un depósito para
ésta, fabricado con los bambús más grandes, para sacar o echar
agua, según se desee.
Tras recuperar algo las fuerzas con un trozo de panela, pan,
agua mezclada con coñac y descansar un rato, seguimos la caminata,
ya que planeábamos llegar antes de la caída del sol al primer lugar
habitado desde que salimos de Juntas. El pueblo donde pensábamos
llegar era Canoas.
La poca costumbre de caminar minó mi resistencia, ya debilitada
por aquella larga travesía en canoa. Todo se unió para que yo no
pudiera subir tan rápido como las circunstancias lo exigían, de
modo que, muy a mi pesar, tuve que aceptar el llamado de mi peón,
que decía: “Monte ahora, señor, su merced no irá a pagarme por
nada”. El término “su merced” es muy usado por los
sectores sociales más bajos cuando uno de ellos se dirige a una
persona de estado superior, y forma parte del legado cultural
español que da mucha preferencia a expresiones de esta
índole.
Finalmente debí aceptar. Lamentando que dos personas, cada una
con sus propios medios, fueran más lentas para avanzar que una de
ellas haciendo el trabajo de las dos. Solo me consolaba que los
peones estuvieran de acuerdo en que ningún viajero había caminado
tanto el primer día de viaje como yo lo había
hecho.
Para la escarpada y larga jornada me equipé con alpargatas, que
es un calzado indígena confeccionado con pita y algodón. Con la
pita se tejen los hilos de la planta del calzado, es decir la
suela, y encima de ella una especie de cubierta hecha con hilo de
algodón, lugar en que se meten los dedos. Con esta misma tela se
fabrica la parte correspondiente al talón, el cual se mantiene
sujeto por una cinta que arranca de la parte trasera y cruza el
empeine. Como mejor ejemplo puedo decir que la parte superior de
este calzado es similar a la de un patín para el
hielo.
La alpargata es bastante liviana y resistente; además, la
humedad se seca rápidamente. Tales cualidades la convierten en un
elemento irremplazable para esta clase de viajes. Fuera de esto,
adquiere con el uso un ajuste perfecto al pie, lo que evita los
resbalones y caídas en el barro y las piedras lisas de los lugares
altos. Normalmente se usa sin medias.
El resto de la indumentaria lo forman un pantaloncillo de lino,
un saco liviano y un sombrero de raíces. Los peones no usan
alpargatas y se acomodan con la suela natural de sus pies, para lo
cual están bastante acostumbrados. Es tanto su hábito, que
posiblemente no lograrían adaptarse a otro tipo de protección y ese
calzado les estorbaría en lugar de ayudarles. De ahí que sus pies
tomen el aspecto de un cuero muy bien curtido como el de buey antes
que parecer los pies de un ser humano.
Luego de bregar durante toda la tarde con el barro de las
montañas, los riscos y los profundos desfiladeros, el camino se
abrió. Alrededor de las cuatro de la tarde divisamos el
pueblode Canoas, situado en un flanco de montaña cubierto de
yerba fresca y verde a cuyos pies corría un riachuelo, que
presentaba un grato aspecto a la vista, acostumbrada a estar
limitada por montañas y bosques
impenetrables.
Al contemplarle, se notaba una belleza tranquila en medio de un
impresionante y fresco verdor, que convertía este sitio en un lugar
de fuerte contraste con todo lo observado en la travesía sobre el
Magdalena. El aire mucho más agradable convertía en pesadilla la
anterior vivencia. Resultaba claro y evidente que nos encontrábamos
en otro clima. Por su parte el pueblo se encarga, con su aspecto,
de formular una grata invitación al forastero, como premiando todos
los pasos que hubo de dar para alcanzar tamaño premio. Cada vez que
un viajero contemple este paisaje debe sentir algo parecido a lo
que yo estaba sintiendo. Todo se me hacía magnífico debido a mi
condición de extranjero y me hizo recordar a mi bella y montañosa
Suecia.
Con alguna anticipación a la caída del sol llegamos al poblado.
Este corto trayecto lo hice con verdadera
satisfacción.
Gracias a la pertinaz preocupación del silletero, fuimos
recibidos en la casa de una señora de edad que nos proporcionó todo
lo que sirviera para el descanso y alimento de nuestros cuerpos. A
los pocos instantes se agregaron a la mesa una buena cantidad de
huevos cocidos y un pollo frito, que en el intervalo preparó el
peón.
No es fácil imaginar lo útil y necesario que resulta esta clase
de sujetos. El papel que juegan en todo momento los hace de enorme
necesidad. Un silletero es la condición primaria, el todo de un
viaje como este. Mejor expresado, la posibilidad para un extraño de
ingresar a este mundo está personificada en dicho
sujeto.
Para quien viaja, no es exclusivamente la cabalgadura, el que
indica el camino o un simple acompañante. Resulta ser, además,
mayordomo, cocinero y sirviente.
Después de que el peón ha cargado al viajero durante el camino y
descrito las particularidades de éste como pasatiempo e
información, en cuanto llegar al lugar de descanso se saca su
montura y sale corriendo en busca de las bebidas del lugar para
ofrecerlas al “señor”. Enciende fuego, cocina el
chocolate, despluma el pollo, lo prepara y al cabo de media hora
está en condiciones de decir: “Su merced, ¿quiere comer un
poquito?”.
Cuando la cena ha terminado, alista al viajero un lugar para
dormir. Por la mañana se le observa temprano levantarse
silenciosamente, preparar el chocolate y luego acercarse a
despertar al patrono diciendo: “Todo está listo, señor”.
Mientras uno se viste y desayuna, él ya ha empacado la frazada y la
colchoneta de paja y preparado la montura para adosar a sus
espaldas. Es decir, dispone todo para la
salida.
Es imposible negar la importancia de una persona de tales
características. Su compañía, por lo demás, resulta muy grata, y
así, existen motivos suficientes al finalizar el viaje, para dar
algunos centavos extras a este hombre tan esforzado y
servicial.
Me hice bastante amigo de ese peón, de tal modo que le prometí
hacerle saber, por intermedio del bodeguero, la fecha de mi regreso
a Juntas. Dos meses más tarde tuve la ocasión de ver a mi viejo
peón con su misma silla venir a encontrarme a Ceja para llevarme a
Juntas.
Era un hombre de edad madura, muy despierto, con la piel color
amarillo sucio y pelo negro liso. Ojos grandes y vivaces. Todo
estaba en concordancia con la rapidez y agilidad que caracterizaban
todos sus movimientos. Su figura enjuta, de casi tres varas de
largo, de hombros anchos y delgados, con unos brazos y piernas y un
par de pantorrillas dignos de una figura de la mitología, formaba
un cuadro que pondría envidioso a cualquier héroe de
playa.
Al preguntar por su nombre, respondió: “Fernando López,
para servir a su merced”. Jamás pude escucharle una frase
vacía de contenido; por todo ello, era mucho más que un
“sirviente humilde”.
Tras pasar una noche agradable, gracias al clima más templado y
al duro ejercicio de la jornada anterior, estuvimos otra vez sobre
la senda a eso de las seis y media de la
mañana.
Durante la noche había caído una fuerte neblina y la hermosa
mañana la anunció el frío que yo sentía por falta de costumbre, ya
que el termómetro marcaba veinte grados, temperatura excelente para
la dura jornada. El camino, como en el día anterior, continuaba
siendo ascendente, pero cambió al llegar a una cumbre escarpada,
luego de la cual comenzó a descender.
Al final de una de sus tantas vueltas logramos observar un
puente de madera bajo el cual pasaba una fuerte corriente. Como la
gran mayoría de los que hallamos en la ruta, éste parecía, con su
techo de paja y sus paredes de madera, una verdadera casa
construída sobre el río profundo que bramaba allá abajo. Pero este
era raro, ya que pese a ser tan extenso no poseía pilares ni arcos
y toda la construcción, reposaba en las vigas largas unidas por el
centro del puente en un ángulo casi
imperceptible.
El puente se llamaba Balsadero, lo mismo que las casas de las
cercanías, en una de las cuales vivía el inspector, quien cobraba
una pequeña tarifa por todo lo que pasaba por el
sitio.
Se podía ver un rancho grande para los peones y sus cosas. Este
sitio puede considerarse como uno de los más destacados entre
Juntas y Ceja. Nos detuvimos para desayunar y descansar en compañía
de muchos peones que estaban reunidos cerca de la bodega para
tratar de conseguir algunas cargas.
Reemprendimos viaje antes del mediodía, bajo un cielo que
prometía descargar su contenido de mal tiempo, y en el camino
alcanzamos a unos peones cargados y a otros que regresaban
desocupados.
Al observar a estos individuos tenaces en el esfuerzo; doblados
bajo las enormes cargas que llevan, subiendo uno tras otro,
saltando piedras por los cerros escarpados, o resbalando por un
cañón profundo mezclado de barro, balanceándose bajo el peso con
sus brazos y piernas; o viéndoles trotar por los caminos llanos y
arribar a los lugares de difícil acceso con una fuerza increíble, y
al unirlos con lo salvaje del paraje, no se puede dejar de comparar
a tales individuos con las hormigas, ya que muchas veces van
arrastrando un peso igual al de sus cuerpos, por una senda de
árboles y piedras.
Interesante era también mirar a los peones sin carga que
saltaban de una roca a otra, ágilmente, semejando un grupo de
chicos en un recreo de la escuela. Parecían competir por los cerros
y no estar realizando un viaje que duraba tres días, en medio de
una zona montañosa con muchas complicaciones. Como la costumbre era
efectuar el viaje con carga, el no sentirla sobre sus cuerpos
transformaba el camino en un liviano paseo; resultaba un buen
pasatiempo, mientras se dirigían a otro sitio a recibir nuevas
cargas.
El presagio del mal tiempo se cumplió por la tarde al
desencadenarse un fuerte aguacero, seguido de truenos, cuyo ruido
rebotaba de roca en roca, a la vez que los relámpagos llenaban de
luz los vacíos existentes entre ellas.
No queda ocasión para contemplar tal belleza, debido a que el
camino se torna imposible de recorrer. Es, en parte, la respuesta
de la naturaleza a quienes reclaman por la mata calidad de las
vías. Parece ser una venganza o un intento para que el que protesta
tenga mejores bases de crítica.
Ser cogido por una lluvia de tal estilo es una de las cosas que
más temen los peones. En muchas ocasiones se ven obligados a
permanecer en medio del camino e instalar un rancho provisional
para protegerse a sí mismos y a las cosas que transportan. El barro
que se forma ni siquiera logra ser derrotado por sus pies de
felinos.
Los mejores lugares de la ruta, aquellos ubicados en las lomas
de los cerros, pronto dejan de ser aptos para el descanso porque se
llenan de agua, la misma que demuestra una extraordinaria capacidad
para desplazarse en todas direcciones sobre un plano
horizontal.
Por otro lado, las piedras y troncos del camino cumplen ahora el
papel de guías, que nos permiten mantenernos en la senda. Con un
poco de atención y algo de esfuerzo llego a la conclusión de que
aun cuando no podemos seguir una línea recta, vadeando hay
posibilidades de avanzar, dependiendo tan solo del largo de
nuestras piernas. Mojarse no es mayor problema, ya que la ducha
recibida nos ha empapado completamente.
Cuando vemos saltar el agua de una piedra a otra la escena
resulta interesante y llamativa, pero no en nuestra
situación.
El romanticismo queda de lado. El murmullo del agua que corre
por entre las rocas se ha transformado en una espesa cortina que
nubla y confunde la vista, impidiendo ver el sendero más
conveniente.
Los pies se niegan a reposar con seguridad suficiente para subir
por estas escaleras tan alucinantes como
mortales.
La peor experiencia es tener que cruzar los profundos
agrietamientos del camino. En sus paredes el agua corre a
torrentes, rápida e intermitentemente. Tal sendero más parece una
construcción destinada a llevar el agua hasta algún molino, que
para el tránsito humano.
Por supuesto que se corre el riesgo de ser arrastrados hacia
abajo, en medio del resbaloso fondo de barro que todo lo cubre, y
tal arrastre puede ser beneficioso o
fatal.
En el caso de ser arrastrado no quedará la más mínima
posibilidad de volver a subir o de asirse a alguna rama o arbusto
que le impida seguir cayendo, y si cae al camino necesitará de la
ayuda de sus compañeros o elegir otra ruta de
ascenso.
Aquí también se nota la cuidadosa preocupación del peón por el
viajero, ya que aun cuando no puede llevarlo sobre sus espaldas, lo
agarra de la mano, conduciéndolo a través del barro. Para el
silletero era un verdadero conflicto comprobar que sus ágiles y
acostumbrados pies no tuvieran la fuerza suficiente para agarrarse
con firmeza y avanzar.
Por fortuna pronto llegamos a una pequeña casa abandonada,
situada en una altura de la montaña; era el “Alto de la
Aguada”. Tras nosotros llegaron otros peones buscando
protección contra la fuerte lluvia.
Esta acabó al poco tiempo y transcurrida una hora de descanso
reanudamos nuestro viaje, que continuaba en descenso. A lo lejos
podíamos distinguir algunas casas y veíamos “La Aguada”,
donde pasamos la noche.
Nos situamos en la casa de unos huéspedes muy amables pero
pobres, cuya pequeña residencia, aunque no ofrecía muchas
comodidades, nos permitió abrir las maletas y sacar nuestras
pertenencias, entre éstas, ropas secas, y las mojadas las pusimos a
secar en el fuego de la cocina. En ese instante volvió a mi mente
el recuerdo de un calentador.
Mi peón apareció con una pequeña olla de chocolate caliente, que
fue muy bien recibido porque apagaba la sed y ayudaba a combatir el
hambre y el frío, necesidades bastante sentidas luego de la anfibia
caminata.
La temperatura resultó bastante más baja que en la localidad
anterior, pues a la hora del ocaso el termómetro marcaba catorce
grados. A tal fenómeno ayudaban la mayor altura y el enfriamiento
del aire después de la lluvia caída por la
tarde.
Aquí comenzó a prestar gran ayuda la frazada, tan menospreciada
hasta el momento. Pausadamente tal implemento había empezado a
relegar en importancia al mosquitero, que solo llevaba como
agradecimiento por los servicios prestados o para que sirviera de
almohada. Esta nueva situación de esa pieza era comparable al
reposo de un guerrero, para quien se ha ideado una ocupación
descansada como recompensa por los favores que prestó durante la
guerra.
Eran las seis de la mañana cuando los peones estaban dispuestos
a continuar la travesía por las montañas. Los húmedos vapores
bajaban por los cerros aprovechando el calor que el sol les daba,
permitiéndoles enrollarse en nubes de vapor, descender por las
pendientes boscosas y detenerse en los valles más angostos, donde
empezaban a reunirse espesamente unos sobre otros, hasta que la
acción solar los volvía a distribuir en lluvia o los esparcía en la
atmósfera como tibias nubecillas.
El camino que se abría ante nosotros, en medio de un cerro sin
vegetación, nos proporcionó desde esta altura un espectáculo que no
habíamos tenido la oportunidad de
disfrutar.
Allá abajo se veían valles profundos y escarpados, totalmente
tejidos por una gruesa alfombra de bosque cuyas tonalidades
variaban desde las más fuertes hasta unas muy tenues, producto de
las sombras y del efecto de la
distancia.
Podía verse un oscuro tono entre negro y verde, perteneciente al
valle más lejano y profundo, que empezaba a diluirse a medida que
subía hacia los picos montañosos. Allí era dorado por el sol y
finalmente se transformaba en un tono claro, mezcla de verde y
amarillo.
De ese modo en la enorme cadena de cerros el azul del cielo
adquiera un esmalte oscuro, contrastando con el gris de estos,
cuyos aspectos variaban según la altura y la lejanía, hasta que
desaparecían en un horizonte azul claro, que como un marco
brillante encerraba el inmenso, oscuro y monótono
cuadro.
El camino de hoy era más parejo y soportable de recorrer, lo que
nos ayudó a realizar un viaje tranquilo. Por la mañana descansamos
en algunas casas extraordinariamente agradables, llamadas tutumbas,
donde desayunamos con gran apetito. Por lo demás logramos adquirir
algunos huevos y un pollo, el que se destinó para ser consumido más
adelante, ya que en toda la tarde no encontraríamos otra
residencia.
Me llamó la atención ver a uno de mis peones retirar del techo
del paradero una bolsa con una buena cantidad de panes de maíz, sin
haberle dicho nada a la dueña del lugar. Pronto nos explicó de qué
se trataba: tanto en esa casa como en otras diseminadas por el
trayecto los peones suelen dejar bolsas con algo de comida para
evitarse tener que cargarlas
constantemente.
La medida en sí era inteligente y cómoda, pero no sería lo mismo
de eficiente en otros países, donde podría suceder que las bolsas
no se encontraran por haberlas cogido alguien por error o
simplemente por hacer una broma y llevárselas, más aún si los
dueños del lugar jamás se fijan en quién las cuelga o descuelga, ya
que estos no se hacen responsables de
ellas.
Que alguien robe una de estas, no sucede nunca; y si así
ocurriera, su valor es tan mínimo que no vale la pena hacerlo. Esto
muestra el carácter honrado de estas gentes y lo hace más plausible
debido a su pobreza. No se puede olvidar que en otros lugares
personas del mismo bajo nivel no tienen ningún reato de conciencia
en tomar lo que no les pertenece y llenar su panza con el
sacrificio de otros.
Pronto comprendería que, en general, los habitantes de Antioquia
tienen esta cualidad. Existe la seguridad de poder hacerles entrega
del efecto más valioso y siempre se recobrará. Escuché decir en
diversas oportunidades a bodegueros y grandes comerciantes que a un
peón puede entregársele la maleta con toda confianza, pues se
encargará de llevarla a su destino; y ella puede ir abierta o
cerrada, y el dinero puede estar o no contado, y todo el contenido
llegará a la meta sin haber sido hurgado ni
sustraído.
El camino proseguía en descenso y esa mañana pasamos por un
riachuelo donde no existía ningún puente, no obstante lo cual podía
vadearse sin mayores problemas, mediante el uso de las piedras que
se encontraban distribuidas. Pese a esa ayuda el agua sobrepasaba
nuestras rodillas.
Debido a la insistencia del silletero para que me quedara
sentado a sus espaldas, ya que podía enfriarme al mojar mis pies
—lo que yo traducía como el interés de mostrar su capacidad de
equilibrio— acepté quedarme
sentado.
Los peones siempre tienen sus maneras y ayudas para sortear
tales escollos. En esta ocasión se servían de unas varas de cierto
largo, una de las cuales tomó mi peón y comenzó a saltar de una
piedra a otra. Lo hizo con gran rapidez, que me sorprendía ya que
muchas de las piedras ni siquiera se veían, pues estaban cubiertas
por el agua. De allí que el palo jugara un papel tan importante,
como que se usaba a modo de una tercera
pierna.
Dicho palo impedía que fuéramos arrastrados por la corriente o
que resbaláramos por las piedras. Luego de esta arriesgada
cabalgata, el peón botó inmediatamente el palo, a fin de que lo
pudiera usar otro que cruzara por aquí. Por lo demás nunca
utilizaban varas para su marcha sino que se les veía constantemente
con las manos cruzadas sobre el pecho, y en difíciles ocasiones
gateaban para seguir avanzando.
Cuando dicho lugar quedó atrás, el silletero se detuvo en seco y
me dijo : “Mire el tigre”. En ese momento vi un tigre de
buen tamaño trotar despacio y despreocupadamente por el camino, en
medio de los espesos bosques, a través de los cuales se nos
perdió.
Este tipo de sorpresa no es extraña en estos parajes. Durante el
día el tigre no es un animal peligroso, pero al llegar la noche es
común verle rondar las casas e inundar el espacio con sus rugidos.
No se atreve a atacar un rancho, pero sí lo bloquea. Es así como
frecuentemente da muerte a perros y demás animales que encuentre en
esas cercanías.
Aparte de micos, no se ve ningún otro animal de cuatro patas. En
cuanto a aves, se encuentran papagayos, faisanes, cigüeñas y una
cantidad impresionante de pájaros de miel, que generalmente tienen
sus nidos en los arbustos o en las paredes de lodo de los
barrancos. Es una avecilla realmente hermosa, que ante la presencia
de seres humanos se asusta y emprende el vuelo, llenando con éste
la vista del intruso.
Me dediqué a recoger algunos de estos nidos, que estaban hechos
de yerba seca y una fina pasta en uno de los cuales encontré un par
de huevecillos, redondos, que no pasaban del tamaño de una arveja
común.
Durante la tarde tuvimos que sortear un nuevo chaparrón. Nos
detuvimos a las cuatro para poder comer algo. En esta ocasión
pudimos beber agua fresca y cristalina. Nuevamente seguimos nuestra
caminata, pues deseábamos arribar a buena hora al albergue
nocturno, que estaba situado en unas casas solitarias y se llamaba
Bijagual.
Tal intención no logró ser concretada, pues al poco rato nos
sorprendió una fuerte lluvia que, aun cuando no tan caudalosa como
la ya narrada, puso el camino en condiciones intransitables. Así
que hubimos de resignarnos a esperar que escampara en una choza
ruinosa, Falditas, ubicada a un lado del sendero, la cual nos
ofreció dos cosas buenas: techo para que nuestras cabezas y cuerpos
no se mojaran y un lote de madera seca que nos permitió encender
fuego y neutralizar el frío.
De ese modo muy pronto flameaba en medio de la choza una llama
chisporroteante, que el viento ayudó a crecer. Además nada impedía
el libre paso de éste, ya que no existían puertas ni
paredes.
Una vez que la lluvia pasó pudimos comprobar que no éramos ya
los únicos pues en el transcurso de ella se habían agregado los
peones que hacían la misma ruta. En ese tiempo compartido se hizo
hervir chocolate, que fue aportado de la ración de cada uno de los
presentes, por lo cual para todos alcanzó una buena
porción.
La escena resultaba de gran nobleza. Imaginaba uno de esos
cuadros flamencos al ver a estos hombres musculosos, semidesnudos,
habitantes de la montaña, acostados o sentados en un apretado
círculo cuyo centro era el fuego. Les veía confiadamente hacer
pasar, de boca en boca, el chocolate en esa olla caliente y sacar
de sus bolsitas arepas con queso para acompañar el líquido. El
orden que reinaba en esta comida era extraordinario. El círculo era
llamativo y si yo no hubiera preparado mi propia sopa, de buena
gana les habría acompañado. Ahora, desde un fardo cercano, me
entretenía mirando cómo ya habían consumido toda la
bebida.
Entre tanto saqué algunos cigarrillos y tras haber ofrecido a
quienes deseaban fumar, tomé mi lugar junto al brasero. El haberles
regalado tabaco constituyó un buen motivo de acercamiento con
ellos, ya que es realmente caro en esta provincia; tanto, que para
el peón es considerado un artículo de lujo. Los encendieron, dando
paso a una interesante conversación, cuyo tema central fueron las
eternas aventuras vividas por cada uno de ellos a través de las
montañas.
Al debilitarse la fogata fue extendiéndose el silencio. Todos se
dispusieron a dormir. Por supuesto que mi gentil y diligente peón
ya había dispuesto para mí el mejor sitio de la choza, colocando la
colchoneta y la frazada sobre cañas de bambú, que, sostenidas en
las vigas, formaban una especie de cielo raso, donde dormí bastante
bien, pese a que tuve que soportar un intenso
frío.
Era domingo a la mañana siguiente. Decidimos salir antes de la
salida del sol, y como la leña se consumió durante la noche fue
preciso reanudar la marcha con el estómago vacío, lo que no nos
importó mucho pues pronto debíamos llegar a
Bijagual.
Por lo demás, las complicaciones se alivianaron por el solo
hecho de recordar que era nuestro último día de viaje. Luego de
pasar varios riachuelos, a las siete llegamos al poblado, donde nos
vendieron un pollo, huevos y chocolate. Este último pronto
reemplazó la falta de bebida de la mañana. La comida fue decisiva,
ya que nos disponíamos a realizar la parte más dura de la travesía.
Era el sitio de la más alta unión de montañas, llamado Cuesta del
Páramo.
Mi peón me había preparado para este trayecto, deseando siempre
que el clima complaciera nuestros deseos de buen viaje, lo cual se
estaba cumpliendo pues teníamos un bello día, con un sol
esplendoroso. Así que empezamos, poco a poco, después del desayuno,
el lento ascenso.
El camino era uno de los más terribles que se puede imaginar y
resultaba complicado subirlo aun sin lluvias. Estaba lleno de
profundos y angostos barrancos, altos y escarpados bloques de
piedras, cuestas de barro muy pendientes, resbalosas y con todas
las posibles variantes, pues unos a otros se iban reemplazando en
el trayecto. Por fin, tras un trabajo arduo, logramos llegar a la
cima a las once de la mañana.
Desde esta altura dedicamos un breve instante a contemplar las
bellezas del paisaje y seguimos casi inmediatamente, pues
aspirábamos a llegar a la vista que nos ofrecería el camino un poco
más adelante, la cual era descrita por el peón como “la más
linda del mundo”. Al llegar a ella no puedo decir que
corresponde a la categoría que el silletero le daba, pero sin lugar
a dudas se puede considerar entre las mejores del
planeta.
Quizás sea posible que uno pierda la imparcialidad para juzgar
después de haber vivido durante cuatro días caminando por estos
cerros solitarios, angostos y cubiertos de bosques, es decir, tanto
tiempo prisionero entre tal monotonía del paisaje y de las paredes
vegetales del Magdalena.
Tal vez me suceda lo mismo que a los españoles, que con la sola
visión del salvaje istmo de Panamá olvidaron todas las penalidades
del viaje, pues el Mar del Sur les había dejado
encantados.
Es posible que todo esto ocurra, pero la vista que tenía ante
mí, llena de entusiasmo y sorprende mucho. De un golpe se presenta
al observador un cuadro que, por lo inesperado de su aparición,
semeja una bellísima pintura a la que se le haya descorrido de una
sola vez el velo que la cubría.
Un extenso campo, cuyo cerco lo componían las montañas
naturales, se abría ante los ojos deslumbrados por tan grande
amalgama de formas y colores. Los ojos, rápidamente, comienzan a
desmenuzar el espectáculo y observan con mucho cuidado para no
omitir ni un solo detalle.
La yerba y los bosquecillos adornan las colinas que cruzan por
este plano en todas las direcciones posibles y las sombras de las
laderas, con sus cambios de tonos, dan un efecto de
ensoñación.
Encima de toda esta belleza corre un río impetuosamente y en su
trayecto reúne numerosos arroyos y riachuelos que mezclan sus
aguas, dándole fuerza suficiente para abrirse paso por entre los
cerros ubicados al lado derecho.
Con la misma claridad se distinguen muchos caminos y senderos
que dan al ambiente un fuerte tono amarillo e interrumpen el
intenso verdor que todo lo domina. Tales caminos buscan por los
cerros las posibilidades de su prolongación más allá de las blancas
casas y de los pueblos que se esparcen en el
valle.
Desde esta altura se observan los pueblos de Ceja y Peñol,
además de Río Negro y Marinilla. Esta última no se distingue muy
bien debido a que se encuentra en el fondo del cuadro, al pie de la
cordillera que pone límite a la vista.
Girando hacia la izquierda del espectáculo, se levanta una roca
inmensa, alta y angosta, que semeja una gris torre riendo de la
verde pampa que la rodea. Por su misma soledad parece pertenecer a
las rarezas que la naturaleza creadora comúnmente coloca
trastornando un tanto su orden, o como si las diseñara por un
extraño antojo. En verdad parece ser algo
inexplicable.
Una vez saciados de tamaña obra teatral, que había subido sus
tonos gracias al hermoso sol que todo lo iluminaba, empezamos el
descenso por este rico paisaje, que se ocultaba y volvía a asomar a
nuestros ojos, según el orden de las profundas vueltas de las
montañas que nos ofrecían o nos quitaban la
vista.
Aunque la bajada por esta escarpada montaña no era cosa fácil,
especialmente debido a la gran cantidad de energías gastadas en la
subida, realizamos el descenso en forma rápida, movidos por los
deseos de acercarnos más y más al paisaje que se nos
ofrecía.
Finalmente el camino comenzó a abrirse hasta hacerse un sendero
amplio y recto, y en verdad no resultó ser más que una prolongación
del cerro.
Un sentimiento muy agradable empezó a agitarse a medida que
avanzábamos por el camino, con la vista fija en la maravilla que se
nos entregaba. El ambiente tenía olor. Todo emanaba aromas de
primavera y el aire se respiraba con
gusto.
En otras palabras, los sentidos se colman de tal placer que ya
no cuentan ni la ruta de cerros ni los sitios que se han conocido
en este país tropical, ni el intenso calor, ni la gigantesca
vegetación, pues es como si se ahogara uno en tanta
hermosura.
Puede ser comparado este sentimiento al del enfermo que, tras
larga temporada, ha dejado su pieza pequeña y parecida a una
prisión, y disfruta de un paseo por el campo en un día de verano.
El entusiasmo lo arrastra y la belleza que durante mucho tiempo no
pudo gozar, lo embriaga; deseaba estar cerca de ella, pero no
podía. Ahora olvida su enfermedad y las complicaciones, así como la
debilidad que le ha acompañado. Deja de lado sus pesares y se
renueva para vivir intensamente.
De esta manera estaba sucediendo con nosotros. El goce que
sentíamos expulsaba los pensamientos de la travesía del Magdalena y
de los Andes y hacía olvidar el cansancio debido a la reciente
subida. Por todo ello íbamos bajando muy
rápidamente.
Pronto, apenas pasado el mediodía, nuestra caravana puso sus
pies en el agradable pueblo de Ceja.