Es muy grande la cantidad de especies y tipos de árboles que
pueden observarse, pero se distingue por sobre todo la palmera de
coco. Sinembargo, fue un bajo y frondoso árbol, Palo de Tutumba
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, el que llamó mi
atención.
En sus largas e interminables ramas lleva colgando un fruto de
color verde oscuro, tan grande como la cabeza de una persona, que
al cortarlo por la mitad y liberarlo de su pulpa se obtienen dos de
los más fuertes recipientes de madera que se pueda imaginar. Estos
y las calabazas ahuecadas forman los utensilios de cocina y los de
comida.
Con la sola excepción de los perros, los únicos animales
domésticos que mantienen son los cerdos y las gallinas. De ahí que
su alimentación central sean la carne de cerdo y los pollos y
huevos; ya que aun cuando en el río podrían buscar otra
alimentación, son poco dados a la pesca, de una parte porque no
tienen más que pequeños arpones, y de otra porque carecen de redes
para obtener mejores resultados.
Además usan pequeñas lanzas para la caza de tigres y arco y
flechas para la de pájaros. Los jóvenes se divierten persiguiendo
papagayos y guacharacas.
Lugar importante tienen los productos hortícolas y vegetales,
entre los cuales el plátano ocupa el papel central, de ahí que sea
considerado el maná de este país, y que su presentación a los
lectores no sea necesaria. Para todo el mundo basta nombrarlo para
saber a qué nos referimos.
El plátano es una fruta conocida en toda la tierra caliente. La
planta alcanza la altura de dos hombres, con un diámetro de medio
pie. Su tronco parece un tallo suelto de flor más que el de un
árbol, pues consiste en blandas y separadas fibras de hojas, llenas
de abundante jugo. Este tallo se dirige hasta la corona de hojas,
de la que emerge una cantidad considerable de hojas, capaces de
cubrir a un hombre. Bajo esta protección y alrededor del tronco
cuelga la fruta, en racimos de cuarenta a cincuenta frutos cada
uno, por lo cual una mata pueda albergar y producir hasta
doscientos plátanos.
Los plátanos se parecen al cohombro, un tanto doblado en sus
puntas, pero más grandes. Algunos alcanzan hasta un pie de largo;
el grosor puede llegar al de una muñeca de
hombre.
Antes de madurar son de un verde intenso, pero a medida que van
avanzando en este proceso adquieren un amarillo fuerte. Las
cáscaras gruesas y elásticas, son fáciles de pelar y los animales
domésticos se las devoran con mucho
agrado.
El fruto en sí tiene un color blanco-anaranjado y su carne es
blanda y jugosa. Su sabor es tan agradable como difícil de
describir. Es muy alimenticio y puede comerse de tres maneras
diversas.
Al estar verde, se fríe en las brasas, con lo que se hace un pan
riquísimo. Entonces se corta en tajadas delgaditas que se fríen en
grasa y comen con chocolate. En estado de mayor madurez se puede
usar como verdura para acompañar cualquier tipo de carnes, y así
reemplaza a nuestra papa. Cuando están totalmente maduros son muy
sabrosos. Es una fruta saludable y su consumo es muy
recomendable.
Este uso variado es lo que lo hace tan importante, del mismo
modo que para nosotros es vital el pan. La fruta, incluso, está
incluida en la dieta del ejército, ya que al salir a campaña, cada
hombre lleva asignada una cuota de
plátano.
La preparación de la tierra para la siembra del plátano es la
siguiente: al comenzar la temporada seca se procede a talar el
bosque, el cual se deja secar, para posteriormente quemarlo, con lo
cual el terreno queda despejado.
Se colocan las plantas en hileras, a distancia de unos quince
pies cada una y el único cuidado que exigen es la limpieza de
malezas. Esta pronto deja de hacerse efectiva a medida que la
planta crece rápidamente, tanto que a los nueve meses ha alcanzado
su tamaño total, produciendo constantemente desde el segundo año
hasta el décimo.
La rapidez con que ese lechoso y blando tronco crece es
sorprendente. Cuando las ramas empiezan a cruzarse de una mata a
otra, al ser arrancadas por el machete, casi puede verse su
crecimiento.
Otro dato complicado de dar con exactitud es el de su
productividad y calidad alimenticia. Haciendo cálculos podría
decirse que en un terreno de más de media hectárea se puede obtener
alimento suficiente para veinte
personas.
Este árbol, unido a la calidez del clima, puede resultar una
limitación para la futura industria colombiana; ya que para los
habitantes es fácil satisfacer sus necesidades con un producto tan
simple.
Ya he dicho que a un nativo para vivir le basta tener su choza
de palmeras y caña de bambú y sembrar algunas matas de plátano, que
unida a ciertos animales domésticos muy fáciles de mantener,
constituyen la alimentación básica. Además el tronco de cedro le da
la canoa, y la calabaza del árbol de Tutumba le aporta sus
utensilios de comida y de cocina. Todo lo entrega la naturaleza que
lo rodea, tan solo le pide un poco de trabajo. La herramienta
requerida para todo es el machete que además de una tela delgada
para camisa es lo único que necesita comprar, ya que el sombrero es
hecho con las mismas hojas de palmeras y paja del maíz, la cual
también es aprovechada para hacer las
colchonetas.
Una plantación de maíz requiere tan poco trabajo como la de
plátano. El producto obtenido le da al individuo además, en grandes
cantidades, alimento para sus animales
domésticos.
Desde el caballo hasta los pollitos comen con igual agrado los
granos de maíz tan poderosamente alimenticios.
En una roza no es frecuente encontrar cacao y caña de azúcar,
por eso no todos pueden beber chocolate o preparar una bebida
llamada guarapo, hecha con caña de azúcar hervida y
fermentada.
La caña de azúcar que logra cosecharse se dedica a la
preparación de bebidas refrescantes. Para ello se exprime la caña
entre dos cilindros rayados, de madera, colocados en un marco, uno
bajo el otro, los que se hacen girar con una manivela. El jugo es
recibido en unas calabazas y luego se hierve y deja fermentar en la
misma fuente.
Tal bebida es considerada deliciosa y refrescante por los
nativos y en especial por los bogadores, que la toman cuando tienen
calor. Es tal el placer que sienten con ella que fácilmente pueden
beberse de un solo trago una jarra entera. Al pasar por una casa
jamás dejan de preguntar: “¿Hay guarapo?”. Si la
respuesta es negativa prosiguen su camino lanzando un cúmulo de
groserías por no poder contar con su bebida favorita. El guarapo,
con todo, es una bebida de bajo costo; tanto es así, que una fuente
de madera —cuyo contenido es bastante más que una jarra—
vale un cuartillo. Tras este deleite para nuestros ojos, decidimos
continuar el recorrido.
Nos propusimos descansar en una pequeña playa ubicada en la
mitad del río. Tales bancos de arena fueron haciéndose cada vez más
escasos y el río empezó a tornarse mucho más angosto y profundo.
Este sitio ayudó a nuestro descanso y la presencia de los mosquitos
resultó mucho menor, aunque fueron reemplazados por moscas de
arena.
Dichas moscas llevan su apelativo con bastante propiedad. No son
más grandes que la cabeza de un alfiler, de color gris-negro, y se
presentan en cantidades multitudinarias, llegando a cubrir la cara
y las manos. Al atacar dejan una mancha roja, que comienza a
molestar como un fuerte escozor, pero su acción es menos
devastadora que la de los mosquitos.
Antes de que el sol anunciara que comenzaba el día 17 nos
dispusimos a continuar la marcha. Cerca de las nueve de la mañana
entramos en un hermoso pueblo, Garopata,
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(2)
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situado al lado izquierdo del río.
Algunos solitarios árboles frondosos daban sombra a la inclinada
playa, a lo largo de la cual se encontraba una fila de diversos
tipos de casas y una pequeña iglesia. Como la vi abierta, sentí
impulsos de entrar pero al llegar allá me di cuenta que estaba en
completas ruinas. Al consultar el porqué de tales condiciones de la
parroquia, se me respondió que desde hace mucho tiempo no tenían
sacerdote. Pese a esto, el pueblo tenía un excelente aspecto de
bienestar general gracias al cual aprovechamos la ocasión para
comprar huevos, pollos y plátanos.
Nos quedamos a descansar hasta la tarde, antes de emprender
viaje, ya que el bogador de mayor edad se nos enfermó. Aproveché el
tiempo para pasear hacia el interior del bosque, siguiendo una
senda angosta que me llevó hasta un sembrado de
maíz.
Caminar, en especial por las mañanas, resulta el mejor modo de
conocer esta naturaleza extraña, rica y llena de vida. Estar bajo
la corona de hojas de la diversidad de especies de árboles, con
esos troncos unidos como semejando una muralla de contención y
admirar esa enorme variedad de colores de las flores, es cosa que
deslumbra a cualquiera. Uno comienza a avanzar y en todo momento lo
acompaña el verdor de los campos que se prolonga hasta donde la
vista ya no puede alcanzar.
Ahora estaba fascinado observando un bello naranjo cuyos frutos
colgaban dando relampagueantes colores, cual estrellas cubiertas
por una frondosa capa de hojas, que ayudaban a darle un brillo
inusitado. Sobre esta planta, como un manto protector, una palmera
la cubría de los excesos solares y del ataque de los
mosquitos.
Más allá veía un limonero que mostraba una variada gama de tonos
en sus frutos que se encontraban en diferentes estados de
maduración, e iba desde el amarillo fuerte hasta el verde oscuro.
En el suelo toda una colección de aquellos que ya habían cumplido
su etapa en la planta y ahora lo
alfombraban.
El escenario estaba presidido por el grande y majestuoso cedro
que al estirar sus ramas formaba un manto protector sobre todos los
arbustos pequeños que le rodeaban con hondo
respeto.
Entre estos últimos se distinguía el Árbol de María que extiende
hasta unos cincuenta pies de altura sus flores de rojo encendido.
También sobresalía uno de flores de color entre amarillo y rojo,
que me hicieron recordar nuestras queridas hortensias.
Al seguir explorando, la vista encuentra gran cantidad de flores
desconocidas que apenas logran sacar sus cabecitas por entre la
maraña de lianas que tejen una verdadera
red.
Pero no todo son plantas o vegetación. También es posible
encontrar una colección de bichos, insectos, etc. Es así como pude
ver moscas, mariposas, pájaros, lagartos, escarabajos y otros, que
daban vueltas y vueltas como estableciendo una competencia de
colorido.
Imposible decir cual es de más bellos tonos. El brillo esmaltado
del escarabajo, el verde dorado de las moscas, el terciopelo rojo y
negro de las mariposas. El vuelo del pájaro Miel, parecido a los
ángeles, los tonos desde azul hasta amarillo de que es dueño el
lagarto pequeño. La magnificencia de los colores del papagayo cuyos
tonos van subiendo paulatinamente hasta llegar a un fuerte azul de
cielo en verano, hacen que cualquier comparación no tenga validez,
ya que la multiplicidad de elementos y sus diversas variantes
impiden que se obtenga un patrón global de apreciación y
síntesis.
En este sentido es como si el observador estuviera caminando
ante una vitrina de la naturaleza donde el dueño de la colección
tomó en cuenta lo más brillante y entretenido para la vista; ya que
en este lugar no se encuentra ni un solo objeto que desentone o
esté desaprovechando su gracia y posibilidades. Esto era el eterno
verano.
Lo lastimoso era que el capricho de la naturaleza obligaba a la
supervivencia de las especies y para ello era necesario que algunas
cedieran su lugar a otras más fuertes.
Género importante lo constituyen las hormigas, de las que se
podían encontrar diferentes clases, de aproximadamente una pulgada
de largo. Sobresalía una de color castaño cuyos caminos se parecían
a las huellas de los humanos en los campos cuando abren algún
sendero.
Al lograr seguir tal senda se llega a un hormiguero que, por su
tamaño, parece más una montaña hecha por el hombre que una
residencia construida por insectos.
El hormiguero está lleno de senderos que en forma de caracol van
ascendiendo hacia la cima. Sobre ellos se ven regimientos de
hormigas que se mezclan en todas las direcciones. Esta residencia
puede compararse con nuestras grandes ciudades repletas de
gente.
En los momentos en que me encontraba absorto contemplando tal
ingenio, me sobresaltó un ruido agudo y el sonido de un repliegue
de alas sobre mi cabeza. Al mirar hacia el cielo, vi un pájaro
grande que desde las ramas de un árbol contemplaba la naturaleza.
El deseo de mirarle a menor distancia fue cediendo paso a otros
sentimientos menos nobles, y fue así como se desplomó entre unos
arbustos, muerto de un certero tiro. Era un bello ejemplar negro y
brillante. Del tamaño de una pava, con su cuello largo y la pequeña
cabeza coronada por un copo de plumas blancas y negras que daban un
poco de sombra a un pico pequeño y grueso, de color amarillo
limón.
Al retornar a la canoa con mi trofeo de caza, el timonel gritó:
“Muy buena cacería mi señor..., usted ha matado un Pagi”.
(Nota del autor: se debe pronunciar Pahí, con acento marcado en la
segunda parte. El chillido de este pájaro se parece mucho a su
nombre).
Esta ave tiene un excelente sabor y se encuentra en grandes
cantidades en los bosques. He tenido la ocasión de verla
domesticada caminando por los patios de las casas, lo mismo que
nuestros pavos.
Después de la cena, en su mayor parte consistente en la tierna
carne del ave cazada, dejamos el pueblo, avanzando lentamente
porque el bogador enfermo no logró recuperarse y fue sustituido por
el muchacho de servicio, que trataba de reemplazarlo en la mejor
forma posible.
A eso de las seis nos detuvimos para levantar el campamento
nocturno. Al mirar hacia adelante divisamos dos negros que se
dirigían hacia el lugar de donde veníamos, muy contentos sobre la
superficie del río, sentados sobre un simple tronco que casi no se
veía, lo cual hacía que se asimilaran bastante a un par de duendes
flotando sobre el agua. Al pasar a nuestro lado descubrimos que lo
que les permitía mantenerse a flote era una simple madera que
constituía el medio sencillo de viajar por el
río.
El viejo bogador seguía enfermo pero reconoció en los viajeros
que pasaban a dos bogadores de champanes, por lo cual los llamó
pues consideró que podían ser de alguna
ayuda.
Entonces tuve oportunidad de observar con gran detención la
pequeña embarcación que transportaba a los invitados. Era una
balsa. La armazón consiste en algunos troncos secos y ramas, que se
amarran con varas de mimbre formando un cuadrado casi del tamaño de
un hombre. Una cantidad menor de ramas cruza ambas puntas, a todo
lo ancho, haciendo una especie de castillo de proa, en el cual los
negros se sientan, con sus largos remos a los costados y unos más
cortos en las manos, con los que dan dirección a la
embarcación.
Este era el modo más común de navegación entre quienes ya habían
cumplido el viaje a bordo de un champán, como bogadores. De este
modo se trasladaban de Honda a Mompós y en ocasiones hasta
Barranquilla.
Encontrar estas naves durante el resto de la travesía se volvió
algo normal, pues siempre se veía a un par de indios flotar
solitariamente por el silencioso río, tanto en este viaje como en
el de retorno. La situación narrada me transportó, con los
recuerdos, a comparar visiones parecidas, como estas del Magdalena
y las del Hudson. El primero, con la tranquilidad de sus aguas
entre grises y amarillas, que recorren habitualmente canoas
solitarias o balsas incesantes que flotan entre sus orillas, en
medio del interminable follaje verde de la naturaleza.
El Hudson, por su parte, siempre excitado por la fresca brisa y
constantemente cortadas sus aguas por un número enorme de barcos y
lanchas que lo cruzan de un punto a otro. Sus orillas siempre
adornadas por ciudades, pueblos, prados, sembradíos e interminables
alamedas, con un ruido uniforme que se escucha por todas
partes.
Ambos ríos se encuentran en América, en este continente que hace
solo tres siglos era desconocido para
Europa.
La diferencia fundamental entre estos dos ríos reside en la de
los países que bañan, tanto por la formación cultural y artística,
como por su ubicación en el globo; uno de ellos recorre tierras
calientes y el otro navega sobre tierras templadas; uno colonizado
por los españoles y el otro por los
ingleses.
Avanzando a una velocidad extraña durante los días anteriores,
nos dedicamos muy temprano a seguir devorando las distancias,
gracias a haber logrado que uno de los negros de la balsa se
quedara ayudándonos. Esta mañana atrapé dos patos silvestres, lo
cual fue para mí motivo de alegría, ya que en varias ocasiones
había fracasado en dar caza a uno de
ellos.
Este pajarraco es de un color rojo de tono subido, que al
amanecer o en el ocaso da los más bellos tonos que puedan ser
imaginados. Su cuerpo es un poco más grande que el de un pato
común, el cuello y las patas largas, y tiene un pico amarillo de
medio pie de largo que acaba en un ancho óvalo, parecido a una
cuchara, y de ahí su nombre: Pato Cuchara. Generalmente anda en
pequeñas bandadas pero es tímido y muy asustadizo, por lo que
resulta bastante difícil de cazar.
Es común encontrar estas aves a lo largo del Magdalena, vadeando
la orilla de los bancos de arena para atrapar algunos peces
pequeños o gusanos, que cogen con gran habilidad haciendo uso de su
ancho y largo pico. Tienen un fuerte rival en la grácil y hermosa
cigüeña, llamada por los indios
“soldado”.
Este es un pájaro orgulloso, recto, de unos cinco pies de largo,
con cuerpo de Blancanieves, la cabeza negra y el cuello adornado
con una hermosísima argolla de color rojo encendido. Patas largas,
negras y el pico de un pie de largo, de igual color. El aspecto
soberbio y reposado de su andar debe haber sido lo que motivó el
nombre que le dieron los indios, y en verdad tiene una marcialidad
en la marcha y en su porte, que lo justifica y
legitima.
Cerca de la hora de comer llegamos a Angostura, un paso estrecho
y profundo formado por dos pendientes montañosas que caen al río en
forma violenta y hacen este lugar bastante peligroso, especialmente
en las épocas de lluvia, de modo que a los champanes se les hace
imposible pasarlo.
A ambos lados las orillas están cubiertas con paredes de rocas,
lo que parece indicar que una fuerza superior de la naturaleza las
formó o que un terremoto reciente partió la montaña en dos y el río
tuvo que tomar esa difícil ruta para continuar su
marcha.
Con grandes dificultades gateamos por la pared izquierda, donde
los bogadores se agarraban con las manos de la mejor forma posible,
tratando de colocar sus palos en algunas de sus
grietas.
La corriente corre por este lugar a una velocidad vertiginosa.
Nos costó mucho más avanzar porque nadie hizo caso de las órdenes
del timonel, sino que cada uno se dedicó a gritar. Lo entendible de
todo era el tradicional
“carajo”.
(Nota del autor: Podría parecer rara la continua aparición del
término. Pero la extrañeza es superior para el extranjero que lo
oye decir tanto a personas honorables como a las de clase inferior.
También suele ser utilizado como juramento o interjección, con el
fin de mostrar enojo, sorpresa, alegría o asombro. En discursos
encendidos se intercala esta palabra para dar mayor énfasis a una
locución o mejor ritmo musical a lo que desea expresarse. Además
permite medir, por la intensidad con que se emplea, el entusiasmo
que demuestren dos tipos trabados en una
disputa).
Volviendo al tema, debo narrar que en ocasiones como esta es
cuando muchas canoas y champanes se voltean, ya que al ser tan
angosto el callejón, la fuerte corriente pronto corta las barandas,
dejando además sin quilla a la
embarcación.
Tan comunes resultan estas aventuras que los bogadores nunca
pierden la vida en ellas. Entonces lo único que puede ocurrir es
tener una avería, por lo que hacen grandes esfuerzos para
evitarla.
Hace tiempo se volcó un champán cargado con mercaderías
destinadas al comercio, y a pesar de todo los bogadores lograron
recuperar la gran mayoría de ellas.
Estos indígenas son excelentes nadadores y tienen una capacidad
de resistencia y zambullida sorprendentes. Con un poco de esfuerzo
pasamos la dura prueba y amarraron la embarcación un tanto más
arriba mientras nosotros nos dispusimos a descansar en la fresca
sombra para recuperarnos del duro trabajo
realizado.
Al poco tiempo de haber abandonado este sitio llegamos a la
desembocadura del río Nare, proveniente del interior de la
provincia de Antioquía y que desagua en el Magdalena. Para todos
resultó un verdadero goce poder beber agua fresca, limpia y
cristalina, tan distinta de la turbia, sucia y tibia del Magdalena.
El placer era mayor si se le consideraba como una bienvenida a la
hermosa provincia situada en Los Andes, cuyo clima más frío y
fresco ofrecía bienestar a quien llegara de las tierras ardientes,
de esas playas bajas y de eterno calor, de las calientes aguas
grises-amarillas del Magdalena.
Al presentir que cambiaría los calientes bancos de arena llenos
de mosquitos por las montañas y su aire puro, no pude menos de
alegrarme alborozado.
Por ahora teníamos que cruzar el río Nare para poder alcanzar el
pueblo del mismo nombre, enclavado más arriba de donde nos
encontrábamos y al que debíamos arribar por la noche. Sin embargo,
a las tres de la tarde llegamos a él, debido a que aceleramos la
marcha porque el Nare no ofrecía ningún banco de arena donde
descansar en caso de sorprendernos la
noche.
Nare es una pequeña ciudad en la margen izquierda del Magdalena,
a poca distancia del sitio donde el río del mismo nombre se une con
aquel. Tal ubicación ha hecho del lugar un punto notable como
puerto, por el cual todos los productos de las provincias bajas y
las mercaderías de los comerciantes extranjeros ingresan a la
provincia de Antioquía.
Se encontraba en sus riberas buena cantidad de champanes
cargados con tabaco o cacao destinados a Juntas, el último puerto
del río Nare. Al llegar allá las mercaderías se transportaban por
tierra hasta el interior de la provincia, por lo que debían
recorrer el mismo camino que nosotros.
Con mucho pesar me enteré que no saldría de aquí tan rápidamente
como había deseado, en especial por ser mañana domingo. Mis
sospechas se confirmaron y en lugar de preparar la marcha, los
bogadores se dispusieron a salir con otros compañeros y el timonel.
En vano le recordé a este último la promesa de no descansar ningún
domingo más, a lo que me respondió: “No se puede, señor, el
río Nare es muy fiero y nos matará si viajamos en
domingo”.
Por otra parte, el Magdalena cobró una nueva víctima hoy. Aunque
las razones deban encontrarse en el más peligroso de los ríos: el
aguardiente.
Dos negros con sus buenos tragos en el cuerpo se embarcaron en
una canoa para bajar a una estancia cercana. Acababan de dejar la
tierra cuando al inclinarse ambos hacia el mismo lado se volcaron
con igual rapidez. De no haber estado ebrios el baño no les hubiera
causado daño, ya que con solo agarrarse a la canoa habrían flotado
hasta la orilla. Pero no tenían poder de raciocinio y en lugar de
acercarse se alejaban más y más de ella, chapoteando con brazos y
piernas sobre el agua mientras la cabeza permanecía bajo
ella.
Nuestra canoa estaba cerca, por lo que intentamos hacer algo que
les ayudara, pero nuestros bogadores se habían llevado los remos a
tierra y solo teníamos los dos palos largos para maniobrar, los
cuales en definitiva no sirvieron de mucha ayuda.
Alcanzamos a gritar y alertar a una piragua ubicada un poco más
abajo, y un indio que iba en ella logró en seguida frenar el avance
de los negros en desgracia. De ese modo pudo salvar a uno de ellos,
que pronto recuperó el conocimiento. Pero no se pudo hacer mucho
por el otro, que ya estaba debajo del agua. Solo su sombrero de
paja que se deslizaba río abajo servía como triste marco al lugar
donde su propietario había perdido la vida, quedando como merienda
para los hambrientos caimanes.
Algunas embarcaciones salieron al rescate del cadáver pero no
tuvieron éxito en la empresa. Solamente trajeron la canoa y algunos
de los productos que transportaba. El alcalde, por otro lado,
procedió a engrillar al rescatado contra un tronco, en donde, al
menos, no podía hacer peligrar la vida suya ni la de
otros.
Al día siguiente a las cinco de la mañana nuestra embarcación se
deslizó por última vez sobre la superficie del Magdalena para
ingresar al fuerte y furioso Nare.
La corriente de este era tan dispareja que los champanes que nos
seguían no pudieron continuar camino, no quedándoles otro recurso
que buscar protección en la roza existente al lado izquierdo del
río.
Tal situación es más o menos frecuente, pues depende de la
cantidad de lluvia que cae en las montañas. Esta característica es
tan notoria que un simple golpe de vista hacia los árboles y
arbustos del sector permite apreciar la intensidad de tales
cambios.
En ocasiones la corriente es tan fuerte que hacer el recorrido
de Nare a Juntas puede demorar de dos a tres semanas. Lo peor del
viaje eran los elevados saltos, remolinos y angostos pasos, sumados
a la fuerte y pronunciada pendiente, que lo hace muy peligroso y
arriesgado. Muchas veces este río es imposible de
cruzar.
Para poder cumplir con nuestro objetivo nos vimos obligados a
preparar convenientemente nuestra embarcación, aquí en Nare. El
techo del camarote se quitó y las maletas y demás objetos se
colocaron de nuevo en forma tal que nada impidiera el libre paso de
los arbustos que íbamos a encontrar en la travesía, y la carga se
distribuyó de manera que el barco quedara lo más liviano
posible.
El inventario de éste se vio aumentado con un cable de diez
metros, confeccionado con pita, que era indispensable para pasar
por los lugares de difícil acceso.
A pesar de todos los preparativos, el timonel y uno de los
bogadores no deseaban seguir viaje. Solo logró convencerlos el
viejo remero que reemplazó al enfermo.
Fue así como avanzamos hasta llegar a Nus, casi en la mitad del
camino entre Nare y Juntas. El recorrido en este trecho no era tan
complicado. Sin embargo, tuvimos que pasar varios saltos menores y
algunos remolinos, lo cual exigió el uso del cable.
Cuando eran casi las ocho de la mañana hubimos de sortear lo más
peligroso de este tramo. Una verdadera asamblea se hizo para
discutir si afrontábamos el riesgo o no, y al fin se decidió
continuar hacia adelante.
El muchacho se lanzó al agua con el cable entre los dientes,
nadando hasta una playita cercana donde lo amarró alrededor del
tronco de un árbol. Por su parte los bogadores trabajaban por ambos
lados, dando impulso a la nave con sus palos. El cable hacía el
papel de freno de la embarcación, que en caso contrario hubiera
sido arrastrada, evitando que
avanzáramos.
Por otro lado, el timonel manejaba la popa de la nave para
impedir que ésta se inclinara y tomara por ese lado del salto. Fue
un trabajo arduo pero pasamos muy bien. El timonel dispuso que el
primero que gritara, distinto de él, perdería el aguardiente y el
tabaco del día, y que si guardaban silencio durante la operación
les sería doblada la cuota, medida que resultó muy inteligente pues
se trabajó en silencio y cerca de las once de la mañana llegamos a
Nus.
Solamente se veía en Nus una bodega para guardar mercancías y en
la cual a la vez debía cancelarse un pequeño impuesto de aduana
para permitir el ingreso de aquellas a la provincia. Aduana y
bodega resultaban aquí ser sinónimos.
El bodeguero vive con un sirviente, una vida de silencio y
aislamiento del resto de la gente. Este silencio apenas es alterado
por algún transporte de mulas, muy raro en llegar hasta acá, que
viene a buscar algunos productos, ya que el camino por tierra
acorta las distancias hacia el interior.
Dicho empleado es cambiado cada tres meses. Al actual, que era
un criollo joven, le quedaba un par de días en el cargo. Estaba
cansado de la vida de ermitaño que llevaba, esperando con regocijo
la llegada de su reemplazante.
Al vernos se alegró mucho, y tras haber comido algo, aprobó mi
propuesta de dar un paseo hacia las montañas, que mostraban sus
picos cubiertos de bosques. Era la experiencia que desde hacía
tiempo colmaba mi esperanza de vivir.
Después de cargar una carabina en un hombro y una bolsa de
municiones en el otro, empezamos la lenta y ardua subida. Una senda
angosta enlazaba constantes curvas que señalaban el ascenso. En
algunos tramos era tan fuerte la pendiente que teníamos que
apoyarnos en las raíces y ramas de los árboles, por lo cual me
causaba extrañeza que las mulas cargadas pudieran realizar tal
viaje.
Así fue el sendero durante una media hora, después de la cual se
nos ofreció una vista magnífica. La cúspide del cerro nos mostraba
bosques impresionantes que cubrían todas las laderas, llevando la
vista hasta límites inimaginables. Mi compañero me aseguró que
durante un buen trecho no tendríamos ocasión de descansar, por lo
cual nos sentamos sobre un tronco de árbol, gozando de la pureza
del aire y del paisaje.
Mi acompañante era bastante bueno para charlar y empezó a
narrarme sus viajes a través de las montañas y alturas de
Antioquia. Nos entretuvimos de tal manera que cuando el sol comenzó
a despedirse recordamos que aun nos quedaba media hora de camino
para regresar hasta la bodega.
Cuando el sol terminaba de entregarle el mando de luz a la luna,
llegamos al punto de partida. Se veía la luna reflejarse en el
Nare, como tomando un baño en sus impetuosas
aguas.
El aire en la bodega no era tan puro ni tan fresco como en las
montañas, pero tampoco guardaba comparación con el que antes
habíamos aspirado en el Magdalena.
Me dispuse a colgar la hamaca en el marco de una especia de
portón que se levantaba al lado de la casa y al empezar a tratar de
colocar mi mosquitero, escuché que a mis espaldas alguien se
sonreía. Era el bodeguero, que me preguntó lo que estaba haciendo,
y al escuchar mi respuesta me dijo: “No se preocupe, aquí no
hay mosquitos”. La impresión de saber ese detalle solo la
puede comprender quien haya tenido que sufrir en carne propia las
consecuencias de un viaje por el Magdalena, resultando que de ahí a
la alegría hubo solo un paso. Jamás el idioma sonó tan dulcemente
en mis oídos, y por eso, haciéndome el bobo, pedí al joven que
pronunciara nuevamente: “No hay
mosquitos”.
Desde luego la noche en este sitio fue extraordinariamente
agradable. Nos despedimos del bodeguero, embarcándonos a la
madrugada. Durante la noche el río mostró mucha calma, lo que llevó
al timonel a fijar a Juntas como meta para ese mismo
día.
(Nota del autor: debo anotar que quien no está familiarizado con
el idioma hispano puede encontrar que algunas letras no guardan su
estricto sonido. Por ejemplo, acá se pronuncia Huntas; la letra J
suena como H. como la G antes de la E y la I. Así, tenemos que las
palabras: Jamás, Cartagena, Girón son pronunciadas por los
españoles como: Hamás, Cartahena,
Hirón).
De todas maneras los saltos y ríos arremolinados eran un grave
peligro. Parecía que fueran colocados como prueba antes de dar el
permiso de ingresar a Antioquia. Por eso las pendientes del Nare
las entendíamos como una escala muy dificultosa de
subir.
Desde la embarcación se observan las altísimas paredes rocosas
que muchas veces caen verticalmente hacia el río, entre picos
cubiertos de bosques verdes donde los papagayos establecen su
centro de juegos y ruidos, junto a una banda de micos que hacen
tanta o más algarabía; se escucha el ruido cadencioso de las caídas
de agua y se ven su blanca espuma y sus fuertes remolinos buscando
el sendero que las lleve a tierras bajas. Mientras la vista y el
oído se entretienen con cada uno de estos detalles, siento que
puedo respirar aire puro y gozar de mayor
libertad.
Este tramo parece ser el prólogo del gran drama que la
naturaleza quiere entregar al viajero, mostrar la belleza de los
Andes, como la obertura gigantesca, donde se pueden encontrar las
características más sublimes de los sentimientos y sensaciones
humanas.
En la tarde nos enfrentamos al lugar de mayor peligro. Una roca
sale al paso, lo que obliga a que las aguas hagan bruscamente un
giro en su curso, por lo cual éste adquiere mayor velocidad y
fuerza, ya que, a la vez, lo reduce a la mitad de su ancho,
haciéndose entonces las aguas más caudalosas y
peligrosas.
Con mucho esfuerzo, gateando por sus paredes, logramos pasar, no
obstante que la canoa nos arrastraba hacia el peligro de los
remolinos, y tras una larga batalla en que ni siquiera podíamos
hacer uso de los palos sino solo de las manos que nos sujetaban a
las ramas y ayudaban a darnos impulso.
Así fue como logramos divisar la bodega de Juntas, que cual nido
de águilas estaba en la cima de un cerro, rodeada de árboles, en el
punto donde se unen el Río Verde y el Nare. Es decir, que logramos
la meta tan dificultosa y temida.
El lugar era el sitio obligado de parada y descanso de las
tripulaciones y de todas las embarcaciones, champanes, canoas,
bongos, etc., y el punto cúspide de timoneles y bogadores, ya que
aquí termina en definitiva la molestia del calor sofocante, la
humedad y los mosquitos, en una palabra, el suplicio del
Magdalena.
En ese sentido, las impresiones percibidas son solo comparables
a las de la persona que sufre constantes mareos al viajar en barco
y al observar el puerto en el horizonte se siente próxima a ser
liberada de sus penas y mortificaciones. Así, yo contaba los palos
que faltaban para dejar todo lo anterior y llegar a
Juntas.
Siguiendo por la playa derecha del Río Verde y tras bregar un
poco con su corriente y dar una pequeña vuelta, nos acercamos al
puerto. Fue necesario hacer algunas maniobras para poder llegar a
descansar. Cuando girábamos para iniciar el tramo final hacia
tierra firme, los remeros, con sus palos, empezaron a frenar la
canoa mientras otro se agarraba a las ramas de los árboles. Así se
le dio la dirección adecuada y por fin todo
terminó.
Alegres por la misión cumplida y por la belleza de la maniobra
anterior empezaron los bogadores a entonar su “Ave María
Santísima”, al tiempo que el timonel, emocionado, gritaba:
“Gracias a Dios”, y tras responder en coro
“Amén”, saltó a tierra, en una pendiente
rocosa.