INDICE





INTRODUCCIÓN

VIAJE POR COLOMBIA

PRIMERA PARTE
Capítulo I - El embarque
Capítulo II - Cartagena
Capítulo III - Santa Marta
Capítulo IV - Viaje de Santa Marta a Cartagena
Capítulo V - Cartagena
Capítulo VI - Viaje de Cartagena a Mompós
Capítulo VII - Mompós
Capítulo VIII - Viaje por el Magdalena
Capítulo IX - Viaje por el alto Magdalena
Capítulo X - Viaje por el alto Magdalena y el río Nare

SEGUNDA PARTE
Capítulo XI - Viaje por los Andes
Capítulo XII - Viaje a través de la provincia de Antioquia
Capítulo XIII - Medellín
Capítulo XIV - Viaje desde Medellín a Bogotá
Capítulo XV - Bogotá
Capítulo XVI - Colombia antes de su emancipación
Capítulo XVII - La República de Colombia
Capítulo XVIII - Los habitantes y la población de Colombia
Capítulo XIX - Visitando el Salto de Tequendama
Capítulo XX - Viaje de vuelta a la costa
CAPITULO X |  |

 

|VIAJE POR EL ALTO MAGDALENA Y EL RIO NARE
 

 

Al hacer nuestro ingreso a la playa tuve la suerte de encontrarme con un compatriota, el señor Plageman, quien fuera compañero de viaje durante la travesía de Estocolmo a Cartagena. Se encontraba aquí junto a un grupo de alemanes enviados por Goldschmidt y Cía., para trabajar en las minas de la compañía que dirigía el señor Hauswolff. 

Por problemas de conexión, no habían podido seguir el viaje hacia Antioquia y se encontraban esperando conseguir algún medio que les permitiera continuar hacia su destino. 

Alegría inmensa resultó el hecho de encontrar a un compatriota. Ambos gozamos por igual tal encuentro, y una excelente manera fue el poder ejercitar nuestra lengua nativa. 

La tarea de Plageman era bastante desagradable. Le correspondía reclutar en Alemania mineros que eran recogidos en el puerto de Cartagena y llevados al centro minero. Todos los que venían parecían más aventureros que trabajadores. Con toda seguridad habrían resultado ideales para una escuela de reclutamiento, pero no podría decirse lo mismo en el caso de laborar en las minas de Colombia. 

En su gran mayoría eran estudiantes frustrados, militares despedidos y uno que otro practicante inútil. La disciplina resultaba algo muy problemático de mantener, por lo que mi compatriota se veía obligado a infligirles castigos para evitar los excesos. De ahí que en estos momentos uno de los indisciplinados se encontrara atado de los pies a un tronco de madera, en donde estaba filosofando sobre sus frustradas esperanzas acerca de las proyecciones que le ofrecía este país. Con seguridad él esperaba poder encontrar por iniciativa propia la ocasión de llenarse de oro las manos y los bolsillos. 

Todo el grupo estaba compuesto por quince personas, al llegar a Cartagena, el cual se había reducido a diez debido a las enfermedades que fueron contrayendo a lo largo de la ruta. 

Así, el capitán se había quedado en Mompós. Otro oficial siguió el camino de las ninfas, de ahí que antes de expirar aconsejara a cada uno de sus dirigidos que tomara un acompañante cuando se les acercara la hora que a él le llegaba. Por supuesto que en el proyecto de colonización no estaban contempladas estas vicisitudes. 

Menciono estas situaciones que muestran, en parte, las múltiples dificultades que tienen nuestros compatriotas debido a la baja calidad de los mineros, que fueron traídos en grandes cantidades por los ingleses para ser ocupados en la explotación de sus minas de oro y plata. 

Los reclutados para este empleo eran generalmente gente reunida en Inglaterra y el Viejo Continente que carecían de fuerza moral y de fuerza física. A su llegada se entregaban a todo tipo de desorden, cayendo muy pronto en el sistema de vida del país, aunque por supuesto no es ese el estilo que un recién llegado debe asumir. Es así como fui testigo que de una tripulación de cincuenta mineros, cerca de un tercio murió antes de abandonar a Santa Marta, lugar donde desembarcaron. Los médicos atribuyeron tal caso al exceso de consumo de frutas y aguardiente. 

San Bartolomé es un pueblo ubicado en la provincia de Antioquia, del cual sale un camino intransitable hacia el interior de ella. Avanzando un tanto, desemboca en el Magdalena un río importante, el Regla, y navegando por sus aguas, situadas en la separación de los ríos Cauca y Magdalena, se cruza hacia Zaragoza y Río Negro, en la misma provincia de Antioquia. 

El clima de la región no es tan insoportable, por la menor cantidad de mosquitos y el inferior calor. El paso de la brisa se veía aumentado gracias a la abertura que hicieron antes de la entrada al pueblo. 

Antes de tomar esta inteligente medida, el cura párroco, como parte de la celebración, aprovechó la oportunidad para fumigar su templo, y logró sus propósitos, pues los mosquitos e insectos fueron sacados de la circulación. El único problema fue que todo se hizo con fuego y actualmente los muebles y el techo, las paredes y la iglesia muestran las huellas de la quema. Por supuesto que tras ésta el cura encontró que sobraba su presencia y se marchó. La situación no escapaba a muchos lugares del territorio, donde al consultar el porqué no se celebraba misa, respondían: “No hay cura”. 

Encontré en este sitio dos buenos funcionarios, el administrador del Correo y uno de los alcaldes, a quienes Plageman elogiaba como individuos honestos y cumplidos. 

No podía decir lo mismo del otro alcalde, el que me había dado albergue por las noches. El caso fue que durante mi estada en su casa perdí mi bolsita de dinero que contenía algunas piastras, las que no podían desaparecer sin mediar la acción del dueño de casa, máxime habiendo sido el único que ingresó a la pieza durante la noche. La sospecha aumentó por la gran cantidad de malas referencias que de él recibí, además de la descripción de su carácter y del poco interés que puso para solucionar el caso. 

Las posibilidades de investigar a fondo eran nulas, por lo que solo deseé a mi hospedero suerte en sus pesquisas. 

En el pueblo pude cambiar al boga enfermo. El recién contratado era un tipo experimentado en travesías por el río Nare, no tan tranquilo como el Magdalena y que requería mejores brazos para navegar por sus violentas aguas. 

El 16 de febrero reanudamos viaje río arriba. Hacia el flanco derecho se tenía una linda vista, el Cerro Grande, el punto más alto de la cordillera existente en Antioquia. 

En la tarde debimos sortear uno de los puntos peligrosos de la travesía. Al pasar por una montaña saliente se debía atravesar el Remolino Grande, que aumentaba su peligrosidad debido a las características propias del Nare. 

La etapa del viaje que ahora realizamos me deparó una de las mejores contemplaciones de la belleza que haya vivido aquí. Al seguir subiendo nos encontramos con una hermosa roza o estancia. 

Las rozas están formadas por pequeñas chozas con algunas casitas en sus alrededores y plantaciones cercanas de maíz y plátanos. El terreno que ocupan le ha sido arrebatado al bosque, con lo cual los indígenas obtienen una residencia estable y segura. La distinción entre roza y hacienda es que esta última comprende plantaciones mayores. 

No existen iglesias, ni autoridades, las cuales solo comienzan en los pueblos, muy semejantes a los nuestros. Nuestras villas corresponden a lo que acá denominan ciudades, de las que la mayor es mencionada capital. Frente a la visión que ante mí tengo me doy cuenta de que he avanzado demasiado, puesto que ahora estoy en las primeras expresiones de la vida comunitaria, la solitaria roza del río Magdalena. 

En sus orillas hay generalmente una canoa amarrada. En un plano del terreno se encuentran algunos árboles distribuidos aquí y allá, en cuyo espacio sombreado realizan el trabajo y colocan sus frutas, herramientas, etc. Con frecuencia se encuentra una gran mesa en el centro del plano, y en el terreno correspondiente se ubica la casa de residencia, rodeada por la cocina, los gallineros y el chiquero de los cerdos. 

Formando un semicírculo alrededor de la casa y muy cercana a ella está la plantación de bananos. Las de maíz siempre se hallan algo más separadas de la casa y en un lugar de mayor altura. 

El cuerpo del alojamiento es una construcción de diez a quince varas de largo, por la mitad de ancho, con paredes hechas de bambú, sobre las cuales descansa el techo de hojas de palmera. 

La construcción se hace única y exclusivamente a base de madera y paja, ya que para las uniones de tubos no necesitan más que eso, y para las junturas de las vigas y el techo solo emplean fuertes varas de mimbre; es decir, no utilizan cemento, ni clavos, ni metales en toda la construcción de la casa. 

Amoblarlas es lo mismo de simple. Las puertas son pedazos de madera que forman un marco sobre el que se extiende un cuero seco de buey, sin curtir; con tres de las mismas tiras de cuero se hacen las bisagras y la cerradura. La división de la casa carece de planeación, una pieza para esto y otra para aquello. 

Los muebles de la habitación externa —la sala— consisten en dos sillas bajas y butacas, una mesita, un par de tinajas y para el mejor bienestar, una hamaca que se cuelga y cruza toda la dependencia. 

En el dormitorio solamente se encuentran bancos de bambú distribuidos en las paredes, los que se convierten en camas con solo colocarles encima una alfombra. Si una de las camas está ubicada en una esquina de la pieza y tiene cuero estirado y curtido, es que el dueño de la casa pertenece a la clase de los acomodados; y más aún, si sobre la cama se ha colocado un mosquitero de algodón grueso, quiere decir que se está en el centro de un dormitorio que posee un mueblaje de lujo, muy difícil de encontrar. 

Inmediatamente contigua se hallará, invariablemente, la cocina. Para entrar a ella no se necesita sino cruzar un marco de cuatro palos levantados y cubiertos con hojas de palmeras. En el centro está la estufa o fogón, para el que no se necesita ningún tipo de chimenea. El combustible para cocinar son simples hojas. Un gran tronco hueco, de tres pies de largo, situado en una esquina, sobre el cual cae un pesado golpeador de madera, es el mortero para triturar el maíz, que luego se muele o ralla en una piedra plana, que descansa en posición inclinada en tres palos enterrados en la tierra y sobré la cual una piedra menor sirve como moledor. 

El resto del inventario lo forman las cortezas de coco, calabazas y otras frutas, un machete que sirve para cortar leña, y nada más. 

Afuera, el terreno se divide entre el gallinero y el chiquero de los chanchos. Ambos los hacen con cañas de bambú y palos colocados muy cerca unos de otros. La distinción entre ambos reside en que el chiquero está totalmente abierto y el gallinero cerrado por todas partes, dejando solamente un pequeño hueco que se destapa por las tardes cuando llega la hora de guardar las gallinas. 

Ocupando un espacio casi idéntico en superficie al de la casa se encuentra levantada una mesa en lo que podríamos llamar patio, construida con varas de cañabrava cortada que ubicadas una al lado de la otra forman la cara de la mesa, sostenida en la tierra por varios palos enterrados. Encima de ella colocan sus herramientas de trabajo y pesca. 

Es muy grande la cantidad de especies y tipos de árboles que pueden observarse, pero se distingue por sobre todo la palmera de coco. Sinembargo, fue un bajo y frondoso árbol, Palo de Tutumba | (1) , el que llamó mi atención.  

En sus largas e interminables ramas lleva colgando un fruto de color verde oscuro, tan grande como la cabeza de una persona, que al cortarlo por la mitad y liberarlo de su pulpa se obtienen dos de los más fuertes recipientes de madera que se pueda imaginar. Estos y las calabazas ahuecadas forman los utensilios de cocina y los de comida. 

Con la sola excepción de los perros, los únicos animales domésticos que mantienen son los cerdos y las gallinas. De ahí que su alimentación central sean la carne de cerdo y los pollos y huevos; ya que aun cuando en el río podrían buscar otra alimentación, son poco dados a la pesca, de una parte porque no tienen más que pequeños arpones, y de otra porque carecen de redes para obtener mejores resultados. 

Además usan pequeñas lanzas para la caza de tigres y arco y flechas para la de pájaros. Los jóvenes se divierten persiguiendo papagayos y guacharacas. 

Lugar importante tienen los productos hortícolas y vegetales, entre los cuales el plátano ocupa el papel central, de ahí que sea considerado el maná de este país, y que su presentación a los lectores no sea necesaria. Para todo el mundo basta nombrarlo para saber a qué nos referimos. 

El plátano es una fruta conocida en toda la tierra caliente. La planta alcanza la altura de dos hombres, con un diámetro de medio pie. Su tronco parece un tallo suelto de flor más que el de un árbol, pues consiste en blandas y separadas fibras de hojas, llenas de abundante jugo. Este tallo se dirige hasta la corona de hojas, de la que emerge una cantidad considerable de hojas, capaces de cubrir a un hombre. Bajo esta protección y alrededor del tronco cuelga la fruta, en racimos de cuarenta a cincuenta frutos cada uno, por lo cual una mata pueda albergar y producir hasta doscientos plátanos. 

Los plátanos se parecen al cohombro, un tanto doblado en sus puntas, pero más grandes. Algunos alcanzan hasta un pie de largo; el grosor puede llegar al de una muñeca de hombre. 

Antes de madurar son de un verde intenso, pero a medida que van avanzando en este proceso adquieren un amarillo fuerte. Las cáscaras gruesas y elásticas, son fáciles de pelar y los animales domésticos se las devoran con mucho agrado. 

El fruto en sí tiene un color blanco-anaranjado y su carne es blanda y jugosa. Su sabor es tan agradable como difícil de describir. Es muy alimenticio y puede comerse de tres maneras diversas. 

Al estar verde, se fríe en las brasas, con lo que se hace un pan riquísimo. Entonces se corta en tajadas delgaditas que se fríen en grasa y comen con chocolate. En estado de mayor madurez se puede usar como verdura para acompañar cualquier tipo de carnes, y así reemplaza a nuestra papa. Cuando están totalmente maduros son muy sabrosos. Es una fruta saludable y su consumo es muy recomendable.

Este uso variado es lo que lo hace tan importante, del mismo modo que para nosotros es vital el pan. La fruta, incluso, está incluida en la dieta del ejército, ya que al salir a campaña, cada hombre lleva asignada una cuota de plátano. 

La preparación de la tierra para la siembra del plátano es la siguiente: al comenzar la temporada seca se procede a talar el bosque, el cual se deja secar, para posteriormente quemarlo, con lo cual el terreno queda despejado. 

Se colocan las plantas en hileras, a distancia de unos quince pies cada una y el único cuidado que exigen es la limpieza de malezas. Esta pronto deja de hacerse efectiva a medida que la planta crece rápidamente, tanto que a los nueve meses ha alcanzado su tamaño total, produciendo constantemente desde el segundo año hasta el décimo. 

La rapidez con que ese lechoso y blando tronco crece es sorprendente. Cuando las ramas empiezan a cruzarse de una mata a otra, al ser arrancadas por el machete, casi puede verse su crecimiento. 

Otro dato complicado de dar con exactitud es el de su productividad y calidad alimenticia. Haciendo cálculos podría decirse que en un terreno de más de media hectárea se puede obtener alimento suficiente para veinte personas. 

Este árbol, unido a la calidez del clima, puede resultar una limitación para la futura industria colombiana; ya que para los habitantes es fácil satisfacer sus necesidades con un producto tan simple. 

Ya he dicho que a un nativo para vivir le basta tener su choza de palmeras y caña de bambú y sembrar algunas matas de plátano, que unida a ciertos animales domésticos muy fáciles de mantener, constituyen la alimentación básica. Además el tronco de cedro le da la canoa, y la calabaza del árbol de Tutumba le aporta sus utensilios de comida y de cocina. Todo lo entrega la naturaleza que lo rodea, tan solo le pide un poco de trabajo. La herramienta requerida para todo es el machete que además de una tela delgada para camisa es lo único que necesita comprar, ya que el sombrero es hecho con las mismas hojas de palmeras y paja del maíz, la cual también es aprovechada para hacer las colchonetas. 

Una plantación de maíz requiere tan poco trabajo como la de plátano. El producto obtenido le da al individuo además, en grandes cantidades, alimento para sus animales domésticos. 

Desde el caballo hasta los pollitos comen con igual agrado los granos de maíz tan poderosamente alimenticios. 

En una roza no es frecuente encontrar cacao y caña de azúcar, por eso no todos pueden beber chocolate o preparar una bebida llamada guarapo, hecha con caña de azúcar hervida y fermentada. 

La caña de azúcar que logra cosecharse se dedica a la preparación de bebidas refrescantes. Para ello se exprime la caña entre dos cilindros rayados, de madera, colocados en un marco, uno bajo el otro, los que se hacen girar con una manivela. El jugo es recibido en unas calabazas y luego se hierve y deja fermentar en la misma fuente. 

Tal bebida es considerada deliciosa y refrescante por los nativos y en especial por los bogadores, que la toman cuando tienen calor. Es tal el placer que sienten con ella que fácilmente pueden beberse de un solo trago una jarra entera. Al pasar por una casa jamás dejan de preguntar: “¿Hay guarapo?”. Si la respuesta es negativa prosiguen su camino lanzando un cúmulo de groserías por no poder contar con su bebida favorita. El guarapo, con todo, es una bebida de bajo costo; tanto es así, que una fuente de madera —cuyo contenido es bastante más que una jarra— vale un cuartillo. Tras este deleite para nuestros ojos, decidimos continuar el recorrido. 

Nos propusimos descansar en una pequeña playa ubicada en la mitad del río. Tales bancos de arena fueron haciéndose cada vez más escasos y el río empezó a tornarse mucho más angosto y profundo. Este sitio ayudó a nuestro descanso y la presencia de los mosquitos resultó mucho menor, aunque fueron reemplazados por moscas de arena. 

Dichas moscas llevan su apelativo con bastante propiedad. No son más grandes que la cabeza de un alfiler, de color gris-negro, y se presentan en cantidades multitudinarias, llegando a cubrir la cara y las manos. Al atacar dejan una mancha roja, que comienza a molestar como un fuerte escozor, pero su acción es menos devastadora que la de los mosquitos. 

Antes de que el sol anunciara que comenzaba el día 17 nos dispusimos a continuar la marcha. Cerca de las nueve de la mañana entramos en un hermoso pueblo, Garopata, | (2) | situado al lado izquierdo del río. Algunos solitarios árboles frondosos daban sombra a la inclinada playa, a lo largo de la cual se encontraba una fila de diversos tipos de casas y una pequeña iglesia. Como la vi abierta, sentí impulsos de entrar pero al llegar allá me di cuenta que estaba en completas ruinas. Al consultar el porqué de tales condiciones de la parroquia, se me respondió que desde hace mucho tiempo no tenían sacerdote. Pese a esto, el pueblo tenía un excelente aspecto de bienestar general gracias al cual aprovechamos la ocasión para comprar huevos, pollos y plátanos. 

Nos quedamos a descansar hasta la tarde, antes de emprender viaje, ya que el bogador de mayor edad se nos enfermó. Aproveché el tiempo para pasear hacia el interior del bosque, siguiendo una senda angosta que me llevó hasta un sembrado de maíz. 

Caminar, en especial por las mañanas, resulta el mejor modo de conocer esta naturaleza extraña, rica y llena de vida. Estar bajo la corona de hojas de la diversidad de especies de árboles, con esos troncos unidos como semejando una muralla de contención y admirar esa enorme variedad de colores de las flores, es cosa que deslumbra a cualquiera. Uno comienza a avanzar y en todo momento lo acompaña el verdor de los campos que se prolonga hasta donde la vista ya no puede alcanzar. 

Ahora estaba fascinado observando un bello naranjo cuyos frutos colgaban dando relampagueantes colores, cual estrellas cubiertas por una frondosa capa de hojas, que ayudaban a darle un brillo inusitado. Sobre esta planta, como un manto protector, una palmera la cubría de los excesos solares y del ataque de los mosquitos. 

Más allá veía un limonero que mostraba una variada gama de tonos en sus frutos que se encontraban en diferentes estados de maduración, e iba desde el amarillo fuerte hasta el verde oscuro. En el suelo toda una colección de aquellos que ya habían cumplido su etapa en la planta y ahora lo alfombraban. 

El escenario estaba presidido por el grande y majestuoso cedro que al estirar sus ramas formaba un manto protector sobre todos los arbustos pequeños que le rodeaban con hondo respeto. 

Entre estos últimos se distinguía el Árbol de María que extiende hasta unos cincuenta pies de altura sus flores de rojo encendido. También sobresalía uno de flores de color entre amarillo y rojo, que me hicieron recordar nuestras queridas hortensias.

Al seguir explorando, la vista encuentra gran cantidad de flores desconocidas que apenas logran sacar sus cabecitas por entre la maraña de lianas que tejen una verdadera red. 

Pero no todo son plantas o vegetación. También es posible encontrar una colección de bichos, insectos, etc. Es así como pude ver moscas, mariposas, pájaros, lagartos, escarabajos y otros, que daban vueltas y vueltas como estableciendo una competencia de colorido. 

Imposible decir cual es de más bellos tonos. El brillo esmaltado del escarabajo, el verde dorado de las moscas, el terciopelo rojo y negro de las mariposas. El vuelo del pájaro Miel, parecido a los ángeles, los tonos desde azul hasta amarillo de que es dueño el lagarto pequeño. La magnificencia de los colores del papagayo cuyos tonos van subiendo paulatinamente hasta llegar a un fuerte azul de cielo en verano, hacen que cualquier comparación no tenga validez, ya que la multiplicidad de elementos y sus diversas variantes impiden que se obtenga un patrón global de apreciación y síntesis. 

En este sentido es como si el observador estuviera caminando ante una vitrina de la naturaleza donde el dueño de la colección tomó en cuenta lo más brillante y entretenido para la vista; ya que en este lugar no se encuentra ni un solo objeto que desentone o esté desaprovechando su gracia y posibilidades. Esto era el eterno verano. 

Lo lastimoso era que el capricho de la naturaleza obligaba a la supervivencia de las especies y para ello era necesario que algunas cedieran su lugar a otras más fuertes. 

Género importante lo constituyen las hormigas, de las que se podían encontrar diferentes clases, de aproximadamente una pulgada de largo. Sobresalía una de color castaño cuyos caminos se parecían a las huellas de los humanos en los campos cuando abren algún sendero. 

Al lograr seguir tal senda se llega a un hormiguero que, por su tamaño, parece más una montaña hecha por el hombre que una residencia construida por insectos. 

El hormiguero está lleno de senderos que en forma de caracol van ascendiendo hacia la cima. Sobre ellos se ven regimientos de hormigas que se mezclan en todas las direcciones. Esta residencia puede compararse con nuestras grandes ciudades repletas de gente. 

En los momentos en que me encontraba absorto contemplando tal ingenio, me sobresaltó un ruido agudo y el sonido de un repliegue de alas sobre mi cabeza. Al mirar hacia el cielo, vi un pájaro grande que desde las ramas de un árbol contemplaba la naturaleza. El deseo de mirarle a menor distancia fue cediendo paso a otros sentimientos menos nobles, y fue así como se desplomó entre unos arbustos, muerto de un certero tiro. Era un bello ejemplar negro y brillante. Del tamaño de una pava, con su cuello largo y la pequeña cabeza coronada por un copo de plumas blancas y negras que daban un poco de sombra a un pico pequeño y grueso, de color amarillo limón. 

Al retornar a la canoa con mi trofeo de caza, el timonel gritó: “Muy buena cacería mi señor..., usted ha matado un Pagi”. (Nota del autor: se debe pronunciar Pahí, con acento marcado en la segunda parte. El chillido de este pájaro se parece mucho a su nombre). 

Esta ave tiene un excelente sabor y se encuentra en grandes cantidades en los bosques. He tenido la ocasión de verla domesticada caminando por los patios de las casas, lo mismo que nuestros pavos. 

Después de la cena, en su mayor parte consistente en la tierna carne del ave cazada, dejamos el pueblo, avanzando lentamente porque el bogador enfermo no logró recuperarse y fue sustituido por el muchacho de servicio, que trataba de reemplazarlo en la mejor forma posible. 

A eso de las seis nos detuvimos para levantar el campamento nocturno. Al mirar hacia adelante divisamos dos negros que se dirigían hacia el lugar de donde veníamos, muy contentos sobre la superficie del río, sentados sobre un simple tronco que casi no se veía, lo cual hacía que se asimilaran bastante a un par de duendes flotando sobre el agua. Al pasar a nuestro lado descubrimos que lo que les permitía mantenerse a flote era una simple madera que constituía el medio sencillo de viajar por el río. 

El viejo bogador seguía enfermo pero reconoció en los viajeros que pasaban a dos bogadores de champanes, por lo cual los llamó pues consideró que podían ser de alguna ayuda. 

Entonces tuve oportunidad de observar con gran detención la pequeña embarcación que transportaba a los invitados. Era una balsa. La armazón consiste en algunos troncos secos y ramas, que se amarran con varas de mimbre formando un cuadrado casi del tamaño de un hombre. Una cantidad menor de ramas cruza ambas puntas, a todo lo ancho, haciendo una especie de castillo de proa, en el cual los negros se sientan, con sus largos remos a los costados y unos más cortos en las manos, con los que dan dirección a la embarcación. 

Este era el modo más común de navegación entre quienes ya habían cumplido el viaje a bordo de un champán, como bogadores. De este modo se trasladaban de Honda a Mompós y en ocasiones hasta Barranquilla. 

Encontrar estas naves durante el resto de la travesía se volvió algo normal, pues siempre se veía a un par de indios flotar solitariamente por el silencioso río, tanto en este viaje como en el de retorno. La situación narrada me transportó, con los recuerdos, a comparar visiones parecidas, como estas del Magdalena y las del Hudson. El primero, con la tranquilidad de sus aguas entre grises y amarillas, que recorren habitualmente canoas solitarias o balsas incesantes que flotan entre sus orillas, en medio del interminable follaje verde de la naturaleza. 

El Hudson, por su parte, siempre excitado por la fresca brisa y constantemente cortadas sus aguas por un número enorme de barcos y lanchas que lo cruzan de un punto a otro. Sus orillas siempre adornadas por ciudades, pueblos, prados, sembradíos e interminables alamedas, con un ruido uniforme que se escucha por todas partes. 

Ambos ríos se encuentran en América, en este continente que hace solo tres siglos era desconocido para Europa. 

La diferencia fundamental entre estos dos ríos reside en la de los países que bañan, tanto por la formación cultural y artística, como por su ubicación en el globo; uno de ellos recorre tierras calientes y el otro navega sobre tierras templadas; uno colonizado por los españoles y el otro por los ingleses. 

Avanzando a una velocidad extraña durante los días anteriores, nos dedicamos muy temprano a seguir devorando las distancias, gracias a haber logrado que uno de los negros de la balsa se quedara ayudándonos. Esta mañana atrapé dos patos silvestres, lo cual fue para mí motivo de alegría, ya que en varias ocasiones había fracasado en dar caza a uno de ellos. 

Este pajarraco es de un color rojo de tono subido, que al amanecer o en el ocaso da los más bellos tonos que puedan ser imaginados. Su cuerpo es un poco más grande que el de un pato común, el cuello y las patas largas, y tiene un pico amarillo de medio pie de largo que acaba en un ancho óvalo, parecido a una cuchara, y de ahí su nombre: Pato Cuchara. Generalmente anda en pequeñas bandadas pero es tímido y muy asustadizo, por lo que resulta bastante difícil de cazar. 

Es común encontrar estas aves a lo largo del Magdalena, vadeando la orilla de los bancos de arena para atrapar algunos peces pequeños o gusanos, que cogen con gran habilidad haciendo uso de su ancho y largo pico. Tienen un fuerte rival en la grácil y hermosa cigüeña, llamada por los indios “soldado”. 

Este es un pájaro orgulloso, recto, de unos cinco pies de largo, con cuerpo de Blancanieves, la cabeza negra y el cuello adornado con una hermosísima argolla de color rojo encendido. Patas largas, negras y el pico de un pie de largo, de igual color. El aspecto soberbio y reposado de su andar debe haber sido lo que motivó el nombre que le dieron los indios, y en verdad tiene una marcialidad en la marcha y en su porte, que lo justifica y legitima. 

Cerca de la hora de comer llegamos a Angostura, un paso estrecho y profundo formado por dos pendientes montañosas que caen al río en forma violenta y hacen este lugar bastante peligroso, especialmente en las épocas de lluvia, de modo que a los champanes se les hace imposible pasarlo. 

A ambos lados las orillas están cubiertas con paredes de rocas, lo que parece indicar que una fuerza superior de la naturaleza las formó o que un terremoto reciente partió la montaña en dos y el río tuvo que tomar esa difícil ruta para continuar su marcha. 

Con grandes dificultades gateamos por la pared izquierda, donde los bogadores se agarraban con las manos de la mejor forma posible, tratando de colocar sus palos en algunas de sus grietas. 

La corriente corre por este lugar a una velocidad vertiginosa. Nos costó mucho más avanzar porque nadie hizo caso de las órdenes del timonel, sino que cada uno se dedicó a gritar. Lo entendible de todo era el tradicional “carajo”. 

(Nota del autor: Podría parecer rara la continua aparición del término. Pero la extrañeza es superior para el extranjero que lo oye decir tanto a personas honorables como a las de clase inferior. También suele ser utilizado como juramento o interjección, con el fin de mostrar enojo, sorpresa, alegría o asombro. En discursos encendidos se intercala esta palabra para dar mayor énfasis a una locución o mejor ritmo musical a lo que desea expresarse. Además permite medir, por la intensidad con que se emplea, el entusiasmo que demuestren dos tipos trabados en una disputa). 

Volviendo al tema, debo narrar que en ocasiones como esta es cuando muchas canoas y champanes se voltean, ya que al ser tan angosto el callejón, la fuerte corriente pronto corta las barandas, dejando además sin quilla a la embarcación. 

Tan comunes resultan estas aventuras que los bogadores nunca pierden la vida en ellas. Entonces lo único que puede ocurrir es tener una avería, por lo que hacen grandes esfuerzos para evitarla. 

Hace tiempo se volcó un champán cargado con mercaderías destinadas al comercio, y a pesar de todo los bogadores lograron recuperar la gran mayoría de ellas. 

Estos indígenas son excelentes nadadores y tienen una capacidad de resistencia y zambullida sorprendentes. Con un poco de esfuerzo pasamos la dura prueba y amarraron la embarcación un tanto más arriba mientras nosotros nos dispusimos a descansar en la fresca sombra para recuperarnos del duro trabajo realizado. 

Al poco tiempo de haber abandonado este sitio llegamos a la desembocadura del río Nare, proveniente del interior de la provincia de Antioquía y que desagua en el Magdalena. Para todos resultó un verdadero goce poder beber agua fresca, limpia y cristalina, tan distinta de la turbia, sucia y tibia del Magdalena. El placer era mayor si se le consideraba como una bienvenida a la hermosa provincia situada en Los Andes, cuyo clima más frío y fresco ofrecía bienestar a quien llegara de las tierras ardientes, de esas playas bajas y de eterno calor, de las calientes aguas grises-amarillas del Magdalena. 

Al presentir que cambiaría los calientes bancos de arena llenos de mosquitos por las montañas y su aire puro, no pude menos de alegrarme alborozado. 

Por ahora teníamos que cruzar el río Nare para poder alcanzar el pueblo del mismo nombre, enclavado más arriba de donde nos encontrábamos y al que debíamos arribar por la noche. Sin embargo, a las tres de la tarde llegamos a él, debido a que aceleramos la marcha porque el Nare no ofrecía ningún banco de arena donde descansar en caso de sorprendernos la noche. 

Nare es una pequeña ciudad en la margen izquierda del Magdalena, a poca distancia del sitio donde el río del mismo nombre se une con aquel. Tal ubicación ha hecho del lugar un punto notable como puerto, por el cual todos los productos de las provincias bajas y las mercaderías de los comerciantes extranjeros ingresan a la provincia de Antioquía. 

Se encontraba en sus riberas buena cantidad de champanes cargados con tabaco o cacao destinados a Juntas, el último puerto del río Nare. Al llegar allá las mercaderías se transportaban por tierra hasta el interior de la provincia, por lo que debían recorrer el mismo camino que nosotros. 

Con mucho pesar me enteré que no saldría de aquí tan rápidamente como había deseado, en especial por ser mañana domingo. Mis sospechas se confirmaron y en lugar de preparar la marcha, los bogadores se dispusieron a salir con otros compañeros y el timonel. En vano le recordé a este último la promesa de no descansar ningún domingo más, a lo que me respondió: “No se puede, señor, el río Nare es muy fiero y nos matará si viajamos en domingo”. 

Por otra parte, el Magdalena cobró una nueva víctima hoy. Aunque las razones deban encontrarse en el más peligroso de los ríos: el aguardiente. 

Dos negros con sus buenos tragos en el cuerpo se embarcaron en una canoa para bajar a una estancia cercana. Acababan de dejar la tierra cuando al inclinarse ambos hacia el mismo lado se volcaron con igual rapidez. De no haber estado ebrios el baño no les hubiera causado daño, ya que con solo agarrarse a la canoa habrían flotado hasta la orilla. Pero no tenían poder de raciocinio y en lugar de acercarse se alejaban más y más de ella, chapoteando con brazos y piernas sobre el agua mientras la cabeza permanecía bajo ella. 

Nuestra canoa estaba cerca, por lo que intentamos hacer algo que les ayudara, pero nuestros bogadores se habían llevado los remos a tierra y solo teníamos los dos palos largos para maniobrar, los cuales en definitiva no sirvieron de mucha ayuda. 

Alcanzamos a gritar y alertar a una piragua ubicada un poco más abajo, y un indio que iba en ella logró en seguida frenar el avance de los negros en desgracia. De ese modo pudo salvar a uno de ellos, que pronto recuperó el conocimiento. Pero no se pudo hacer mucho por el otro, que ya estaba debajo del agua. Solo su sombrero de paja que se deslizaba río abajo servía como triste marco al lugar donde su propietario había perdido la vida, quedando como merienda para los hambrientos caimanes. 

Algunas embarcaciones salieron al rescate del cadáver pero no tuvieron éxito en la empresa. Solamente trajeron la canoa y algunos de los productos que transportaba. El alcalde, por otro lado, procedió a engrillar al rescatado contra un tronco, en donde, al menos, no podía hacer peligrar la vida suya ni la de otros. 

Al día siguiente a las cinco de la mañana nuestra embarcación se deslizó por última vez sobre la superficie del Magdalena para ingresar al fuerte y furioso Nare. 

La corriente de este era tan dispareja que los champanes que nos seguían no pudieron continuar camino, no quedándoles otro recurso que buscar protección en la roza existente al lado izquierdo del río. 

Tal situación es más o menos frecuente, pues depende de la cantidad de lluvia que cae en las montañas. Esta característica es tan notoria que un simple golpe de vista hacia los árboles y arbustos del sector permite apreciar la intensidad de tales cambios. 

En ocasiones la corriente es tan fuerte que hacer el recorrido de Nare a Juntas puede demorar de dos a tres semanas. Lo peor del viaje eran los elevados saltos, remolinos y angostos pasos, sumados a la fuerte y pronunciada pendiente, que lo hace muy peligroso y arriesgado. Muchas veces este río es imposible de cruzar. 

Para poder cumplir con nuestro objetivo nos vimos obligados a preparar convenientemente nuestra embarcación, aquí en Nare. El techo del camarote se quitó y las maletas y demás objetos se colocaron de nuevo en forma tal que nada impidiera el libre paso de los arbustos que íbamos a encontrar en la travesía, y la carga se distribuyó de manera que el barco quedara lo más liviano posible. 

El inventario de éste se vio aumentado con un cable de diez metros, confeccionado con pita, que era indispensable para pasar por los lugares de difícil acceso. 

A pesar de todos los preparativos, el timonel y uno de los bogadores no deseaban seguir viaje. Solo logró convencerlos el viejo remero que reemplazó al enfermo. 

Fue así como avanzamos hasta llegar a Nus, casi en la mitad del camino entre Nare y Juntas. El recorrido en este trecho no era tan complicado. Sin embargo, tuvimos que pasar varios saltos menores y algunos remolinos, lo cual exigió el uso del cable.

Cuando eran casi las ocho de la mañana hubimos de sortear lo más peligroso de este tramo. Una verdadera asamblea se hizo para discutir si afrontábamos el riesgo o no, y al fin se decidió continuar hacia adelante. 

El muchacho se lanzó al agua con el cable entre los dientes, nadando hasta una playita cercana donde lo amarró alrededor del tronco de un árbol. Por su parte los bogadores trabajaban por ambos lados, dando impulso a la nave con sus palos. El cable hacía el papel de freno de la embarcación, que en caso contrario hubiera sido arrastrada, evitando que avanzáramos. 

Por otro lado, el timonel manejaba la popa de la nave para impedir que ésta se inclinara y tomara por ese lado del salto. Fue un trabajo arduo pero pasamos muy bien. El timonel dispuso que el primero que gritara, distinto de él, perdería el aguardiente y el tabaco del día, y que si guardaban silencio durante la operación les sería doblada la cuota, medida que resultó muy inteligente pues se trabajó en silencio y cerca de las once de la mañana llegamos a Nus. 

Solamente se veía en Nus una bodega para guardar mercancías y en la cual a la vez debía cancelarse un pequeño impuesto de aduana para permitir el ingreso de aquellas a la provincia. Aduana y bodega resultaban aquí ser sinónimos. 

El bodeguero vive con un sirviente, una vida de silencio y aislamiento del resto de la gente. Este silencio apenas es alterado por algún transporte de mulas, muy raro en llegar hasta acá, que viene a buscar algunos productos, ya que el camino por tierra acorta las distancias hacia el interior. 

Dicho empleado es cambiado cada tres meses. Al actual, que era un criollo joven, le quedaba un par de días en el cargo. Estaba cansado de la vida de ermitaño que llevaba, esperando con regocijo la llegada de su reemplazante. 

Al vernos se alegró mucho, y tras haber comido algo, aprobó mi propuesta de dar un paseo hacia las montañas, que mostraban sus picos cubiertos de bosques. Era la experiencia que desde hacía tiempo colmaba mi esperanza de vivir. 

Después de cargar una carabina en un hombro y una bolsa de municiones en el otro, empezamos la lenta y ardua subida. Una senda angosta enlazaba constantes curvas que señalaban el ascenso. En algunos tramos era tan fuerte la pendiente que teníamos que apoyarnos en las raíces y ramas de los árboles, por lo cual me causaba extrañeza que las mulas cargadas pudieran realizar tal viaje. 

Así fue el sendero durante una media hora, después de la cual se nos ofreció una vista magnífica. La cúspide del cerro nos mostraba bosques impresionantes que cubrían todas las laderas, llevando la vista hasta límites inimaginables. Mi compañero me aseguró que durante un buen trecho no tendríamos ocasión de descansar, por lo cual nos sentamos sobre un tronco de árbol, gozando de la pureza del aire y del paisaje. 

Mi acompañante era bastante bueno para charlar y empezó a narrarme sus viajes a través de las montañas y alturas de Antioquia. Nos entretuvimos de tal manera que cuando el sol comenzó a despedirse recordamos que aun nos quedaba media hora de camino para regresar hasta la bodega. 

Cuando el sol terminaba de entregarle el mando de luz a la luna, llegamos al punto de partida. Se veía la luna reflejarse en el Nare, como tomando un baño en sus impetuosas aguas. 

El aire en la bodega no era tan puro ni tan fresco como en las montañas, pero tampoco guardaba comparación con el que antes habíamos aspirado en el Magdalena.

Me dispuse a colgar la hamaca en el marco de una especia de portón que se levantaba al lado de la casa y al empezar a tratar de colocar mi mosquitero, escuché que a mis espaldas alguien se sonreía. Era el bodeguero, que me preguntó lo que estaba haciendo, y al escuchar mi respuesta me dijo: “No se preocupe, aquí no hay mosquitos”. La impresión de saber ese detalle solo la puede comprender quien haya tenido que sufrir en carne propia las consecuencias de un viaje por el Magdalena, resultando que de ahí a la alegría hubo solo un paso. Jamás el idioma sonó tan dulcemente en mis oídos, y por eso, haciéndome el bobo, pedí al joven que pronunciara nuevamente: “No hay mosquitos”. 

Desde luego la noche en este sitio fue extraordinariamente agradable. Nos despedimos del bodeguero, embarcándonos a la madrugada. Durante la noche el río mostró mucha calma, lo que llevó al timonel a fijar a Juntas como meta para ese mismo día. 

(Nota del autor: debo anotar que quien no está familiarizado con el idioma hispano puede encontrar que algunas letras no guardan su estricto sonido. Por ejemplo, acá se pronuncia Huntas; la letra J suena como H. como la G antes de la E y la I. Así, tenemos que las palabras: Jamás, Cartagena, Girón son pronunciadas por los españoles como: Hamás, Cartahena, Hirón). 

De todas maneras los saltos y ríos arremolinados eran un grave peligro. Parecía que fueran colocados como prueba antes de dar el permiso de ingresar a Antioquia. Por eso las pendientes del Nare las entendíamos como una escala muy dificultosa de subir. 

Desde la embarcación se observan las altísimas paredes rocosas que muchas veces caen verticalmente hacia el río, entre picos cubiertos de bosques verdes donde los papagayos establecen su centro de juegos y ruidos, junto a una banda de micos que hacen tanta o más algarabía; se escucha el ruido cadencioso de las caídas de agua y se ven su blanca espuma y sus fuertes remolinos buscando el sendero que las lleve a tierras bajas. Mientras la vista y el oído se entretienen con cada uno de estos detalles, siento que puedo respirar aire puro y gozar de mayor libertad. 

Este tramo parece ser el prólogo del gran drama que la naturaleza quiere entregar al viajero, mostrar la belleza de los Andes, como la obertura gigantesca, donde se pueden encontrar las características más sublimes de los sentimientos y sensaciones humanas. 

En la tarde nos enfrentamos al lugar de mayor peligro. Una roca sale al paso, lo que obliga a que las aguas hagan bruscamente un giro en su curso, por lo cual éste adquiere mayor velocidad y fuerza, ya que, a la vez, lo reduce a la mitad de su ancho, haciéndose entonces las aguas más caudalosas y peligrosas. 

Con mucho esfuerzo, gateando por sus paredes, logramos pasar, no obstante que la canoa nos arrastraba hacia el peligro de los remolinos, y tras una larga batalla en que ni siquiera podíamos hacer uso de los palos sino solo de las manos que nos sujetaban a las ramas y ayudaban a darnos impulso. 

Así fue como logramos divisar la bodega de Juntas, que cual nido de águilas estaba en la cima de un cerro, rodeada de árboles, en el punto donde se unen el Río Verde y el Nare. Es decir, que logramos la meta tan dificultosa y temida. 

El lugar era el sitio obligado de parada y descanso de las tripulaciones y de todas las embarcaciones, champanes, canoas, bongos, etc., y el punto cúspide de timoneles y bogadores, ya que aquí termina en definitiva la molestia del calor sofocante, la humedad y los mosquitos, en una palabra, el suplicio del Magdalena. 

En ese sentido, las impresiones percibidas son solo comparables a las de la persona que sufre constantes mareos al viajar en barco y al observar el puerto en el horizonte se siente próxima a ser liberada de sus penas y mortificaciones. Así, yo contaba los palos que faltaban para dejar todo lo anterior y llegar a Juntas. 

Siguiendo por la playa derecha del Río Verde y tras bregar un poco con su corriente y dar una pequeña vuelta, nos acercamos al puerto. Fue necesario hacer algunas maniobras para poder llegar a descansar. Cuando girábamos para iniciar el tramo final hacia tierra firme, los remeros, con sus palos, empezaron a frenar la canoa mientras otro se agarraba a las ramas de los árboles. Así se le dio la dirección adecuada y por fin todo terminó. 

Alegres por la misión cumplida y por la belleza de la maniobra anterior empezaron los bogadores a entonar su “Ave María Santísima”, al tiempo que el timonel, emocionado, gritaba: “Gracias a Dios”, y tras responder en coro “Amén”, saltó a tierra, en una pendiente rocosa. 

 

 

(1). Totuma (N. del t.)(Regresar a 1) 
(2). Garrapata (N. del t.) (Regresar a 2)

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